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DESCALZA POR EL PARQUE

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Academic year: 2022

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DESCALZA POR EL PARQUE

Relato ganador del XII Premio Internacional de Relato Gerald Brenan (enero 2016)

Sales de casa y echas la llave tres veces; la guardas en el bolso antes de entrar en el ascensor. Tienes veinte pisos para ajustarte abrigo, bufanda y gorro, gama de grises conjuntando a la perfección. Enfilas la calle hacia la boca de metro donde una marea humana te engulle hasta el andén. En el de enfrente, la chica de todas las mañanas, otra Kate como tú, viajando en sentido contrario. La ves perderse entre la multitud que entra en el tren. Cuando llega el tuyo, te montas entre empujones. Olor a café, dentífrico y cuerpos recién duchados.

Alguien te pisa sin molestarse en pedir perdón, mascullas un insulto y el agresor te mira desafiante; decides refugiarte en el periódico de otro pasajero. Por fin, tu estación. Te mantienes a la derecha en la escalera mecánica: no es buena idea subir andando con esos tacones. Una vez arriba, Central Park, un oasis verde surgiendo de la bruma de Manhattan. Podrías atravesarlo, pero acabas esperando el autobús que tarda más de quince minutos en llegar. El tráfico está imposible.

—Buenos días.

—Buenos días. —Contestas quitándote el gorro y la bufanda desde la puerta del elevador.

—Parece que hoy van a subir las temperaturas.

—Sí, eso parece.

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2 La pantalla de tu ordenador está atiborrada de gráficos. Colores perfectamente corporativos: azules oscuros, marrones, todo tipo de grises.

Todavía no has podido ir ni a por un café, te llega el olor y el barullo de gente desde la sala de la máquina. Suena tu teléfono y cuando ves que se trata de tu padre, decides no descolgar, mejor lo llamas esta noche. Tu jefe te hace señales desde su despacho y te levantas para ver qué quiere. Te entrega una carpeta con un montón de documentos por escanear. Le dices que si te dedicas a eso, no podrás entregar el informe de cierre a tiempo. Te contesta que tú verás cómo te organizas. Le mandas a la mierda, pero solo en tu cabeza.

Cuando sales a la calle es noche cerrada. Jurarías que los rascacielos han crecido en la penumbra, desistes en encontrar alguna estrella más allá de los carteles de neón. Te da por calcular los cientos, mejor dicho ¡los cientos de miles!, de bombillas que se gastan al día en Nueva York; te acuerdas de tu padre y de su obsesión por las estadísticas. Tienes los pies machacados. Esperas el autobús embobada con los deportistas que entran y salen de Central Park:

corredores, patinadores, ciclistas… son luciérnagas con sus equipamientos fluorescentes. En el metro hay menos revuelo que por la mañana, te preguntas si la Kate del andén de enfrente estará también ya de vuelta. En sentido contrario. Compras unos tomates y un poco de pan de molde en el veinticuatro horas de la esquina. Sabes que deberías mirar ofertas de trabajo, poner una lavadora de color, preparar la ropa de mañana... Al final optas por ver una peli en la tableta metida entre las sábanas. Te quedas dormida mucho antes de que acabe.

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3 Sales de casa y echas la llave tres veces. Te ajustas la bufanda al cuello:

motas oscuras sobre fondo gris. Sombrero a juego. Dejas en el andén de enfrente a la otra Kate, hoy tu tren ha llegado antes que el suyo. La ves menguando según te alejas, su sombrero acaba siendo un punto negro entre la multitud. Vuelves a esperar el autobús; Central Park debe de estar muy embarrado.

—Buenos días.

—Buenos días. —Dices desabrochándote el abrigo.

—¡Cómo ha llovido esta noche! ¿eh? ¡ni el diluvio universal!

—Es cierto. —Alcanzas a decir antes de que se cierren las puertas del ascensor.

Sobre tu mesa una montaña de documentos coronada por un post-it amarillo. Reconoces la letra de tu jefe. Decides sacar un café de la máquina antes de empezar a escanear. Te intercepta en el camino y te pregunta si ya te has puesto con la documentación. Contestas que sí dando el café por perdido.

Le mandas a la mierda mentalmente. Es más de media tarde cuando te sientas por fin frente al ordenador. Decides meter un verde lima en una de las barras del gráfico de ventas. El informe tiene que estar listo a finales de semana. Todavía estás a tiempo.

Cuando sales a la calle, ya es de noche. Te duelen los pies una barbaridad. Ves desde la parada del autobús a los deportistas revoloteando en torno a Central Park. Serían necesarias un trillón de luciérnagas para iluminar una sola manzana de Nueva York. Se te quedó grabado el domingo que fuiste

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4 con tu padre al museo de Historia Natural. Te preguntas si la otra Kate tendrá hijos. Compras judías verdes y unas patatas. Tienes pan de ayer. Aprovechas para poner la lavadora mientras se cuece la verdura. Sigues teniendo pendiente la llamada a tu padre. También actualizar tu currículum. Vuelves a quedarte dormida sin que la película llegue a acabar.

Sales de casa y echas la llave tres veces. Dejas el sombrero, los días que llevas coleta no te gusta ponértelo. Has cambiado la bufanda por un foulard: te lo anudas con un gran lazo a la derecha. Es gris marengo, como el bolso. A la Kate del andén de enfrente también le ha dado hoy por recogerse el pelo. Está tan cerca de las vías que alcanzas a ver las enormes ojeras que tiene. Su tren la engulle para llevársela lejos. En la superficie, hay más tráfico que de costumbre, frente a ti, la inmensa puerta de Central Park. Haces un amago, pero al final viene el autobús y te montas.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Hoy lucirá el sol todo el día.

—Eso dicen. — Omites tu opinión. Tu puesto de trabajo ni siquiera tiene ventana.

No te ha dado tiempo ni a quitarte el abrigo, cuando empieza a sonar tu teléfono. Es tu padre. Vas a descolgar, pero ves a tu jefe haciendo aspavientos desde su despacho. Vas hasta allí. Te suelta una retahíla sobre los colores corporativos en los informes. Le contestas que quitarás el verde lima del gráfico, que no hay problema y te vas a tu mesa con otra montonera de papeles por

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5 escanear. Ni te molestas en mandarle a la mierda. Todavía cuentas con un par de días para acabar el maldito informe.

Cuando sales a la calle, las farolas acaban de encenderse. Su intensidad luminosa se mide en luxes, lúmenes o candelas. «Candela», te encanta esa palabra. Ya en tu estación, no puedes evitar acordarte de la otra Kate y de sus ojeras. No haces parada en el veinticuatro horas de la esquina: sobró verdura de ayer. Descuelgas la ropa de color y te metes en la cama. No tienes ganas ni de encender la tableta.

Sales de casa y echas la llave tres veces. Hoy tampoco te has puesto sombrero, empieza a hacer calor. Estrenas un pañuelo de gasa que alguien te regaló en tu último cumpleaños; lo sacas del envoltorio en el mismo ascensor, es gris muy claro con estrellitas plateadas. Te gusta. La Kate del andén de enfrente se ha puesto hoy gafas oscuras, te surge la duda de si serán graduadas, si no ¿qué sentido tiene llevarlas bajo tierra? Un pasajero sin escrúpulos te pisa en su carrera por un asiento libre, lo miras con desprecio y logras arrancarle un tímido «perdón». Ves pasar Central Park desde la ventanilla del autobús, los diferentes tonos de verde han vencido a los marrones y parduzcos.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¡La primavera ya está casi aquí!

—Es verdad, qué gusto.

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6 Antes de ir a tu mesa, coges un capuccino de la máquina y logras sortear el despacho de tu jefe sin que te endose documentos para escanear. Enciendes el ordenador y tu pantalla se llena al momento de colores aburridos. Logras terminar el informe, pero prefieres esperar a mañana para enviarlo, de todos modos, el Consejo no es hasta pasado.

Cuando sales a la calle, los últimos rayos de sol se reflejan en los rascacielos. Un niño pasa a tu lado montado en un patinete camino de Central Park. Calza unas deportivas que se encienden con la pisada. Creías que se habían dejado de fabricar. «Si saltas cincuenta veces con estas zapatillas, emitirás la misma luz que cincuenta luciérnagas». Tú no las habías pedido, pero sin duda fueron el mejor de los regalos. Estás convencida de que la otra Kate también las tuvo, podría decirse que aquellas Navidades todos los niños de Nueva York estrenaron unas. Y desde luego eran mucho más cómodas que cualquier zapato de tacón. Llegas antes de que cierren la carnicería y decides darte un homenaje: compras un solomillo. Lo acompañas con una copita de vino.

Hoy tampoco llamas a tu padre, pero logras acabar de ver la película. Unos jovencísimos Robert Redford y Jane Fonda pasean descalzos por un parque de Nueva York.

Sales de casa y echas la llave tres veces; la guardas en el compartimento interior del bolso junto a una barra de labios. En los veinte pisos de bajada te ajustas el blazer y un pañuelo floreado que ha aparecido en el fondo del armario.

Te pintas también los labios y te pones un poco de colorete. Enfilas la calle hacia la boca de metro y, ya en el andén, te alegra ver un día más a Kate enfrente. Su

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7 aspecto deja bastante que desear: lleva el pelo sucio recogido de cualquier manera y una gabardina oscura que le viene demasiado grande. Te da la sensación de que está todavía más cerca de la vía que otros días. La miras a los pies, solo tiene apoyados los talones, las punteras sobrepasando el andén.

Se empieza a balancear: delante y atrás, delante y atrás. Un sudor frío te recorre la espalda. Nadie más parece darse cuenta. Miras angustiada el túnel. Solo oscuridad. El panel anuncia que su próximo tren pasará en un minuto. Te das la vuelta. Logras abrirte paso a empujones y alcanzas la escalera abarrotada.

Sorteas a la gente subiendo los escalones de dos en dos. Corres por el pasillo.

Escuchas el silbido de un tren. Suplicas que sea el del sentido contrario. El pasillo no tiene fin. El sonido del tren está cada vez más cerca. Ruido de frenos. Bajas las escaleras en una décima de segundo. Cuando llegas al andén, el pitido de las puertas anuncia que van a cerrarse. De repente, la espalda de Kate, su gabardina oscura, su coleta enmarañada. Está a punto de montarse en el vagón.

Tiras de ella hacia atrás sin saber muy bien porqué. Ves estupefacta como la tela de la gabardina se desintegra entre tus dedos, como Kate entera se desvanece en forma de humo. Las manos se te quedan manchadas de ceniza. Los pasajeros, mientras tanto, permanecen en el interior ajenos a semejante número de magia. El tren desaparece en el túnel dejando atrás chispas en la catenaria.

Miras las vías con aprensión: una lata roja de coca cola descansa en medio de los raíles. Conserva intacta su forma cilíndrica. Te apoyas en la pared dejándote resbalar hasta el suelo. Pasan varios trenes antes de reanudar tu camino. Una vez en la superficie, Central Park. Entras. Te quitas un zapato, después el otro.

Los tiras en la primera papelera que encuentras. Atraviesas el parque rodeando el lago, las primeras barcas navegan ya entre los patos. Sientes el frescor del

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8 césped en las plantas de los pies. Se te cruzan varias ardillas, habías olvidado la sensación de estar tan lejos en pleno centro de Manhattan. Entras descalza en la oficina.

—¡Buenos días! —Saludas tú primera con entusiasmo.

—Buenos días.

—¡Por fin primavera! — Notas la mirada de la recepcionista fija en tus pies descalzos.

—Eso parece.

Vas directa hacia tu puesto ignorando a tu jefe que te grita desde el despacho. Señala el reloj de su muñeca haciendo aspavientos. Enciendes el ordenador. Abres la última versión del informe y rehaces el gráfico de las ventas.

Las barras, en verde lima. Lo adjuntas en un correo. Destinatario: Secretaría del Consejo. Con copia a tu jefe. Viene al minuto hasta tu mesa como un energúmeno. Lo mandas a la mierda. Bien alto.

Cuando sales a la calle, hace un día espléndido. Vuelves a entrar en Central Park. Te tumbas boca arriba en una de las praderas y dejas que te pegue de lleno el sol en la cara. Ciento cincuenta millones de kilómetros lo separan de la Tierra. Sacas el móvil del bolso sin incorporarte. «Papá, soy yo».

Ana Díaz Velasco

Referencias

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