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LA COMUNIDAD DE LOS ESPEJOS
BERNARDO DE LA MORA
Copyright © 2022 por Bernardo De la Mora.
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Diseño de portada por: BLACKMAN STUDIO Publicado por: INCORTO
Número de
Registro 03-2022-053010570100-01 30-05-2022
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
Todos los derechos patrimoniales de esta obra son exclusivos de Bernardo Díaz De la Mora, mejor conocido como Bernardo De la Mora. Este libro es la segunda parte de la colección, siendo la primera El Salón de los Espejos con:
ISBN: 9786070091407
Fecha de revisión: 30/05/2022
A LAS MAESTRAS DE MI VIDA:
A MI MADRE MARIA DOLORES
(POR ÓRDEN ALFABÉTICO) ALEXA CASTILLO NÁJERA BERNARDA SOLIS
FRANCIS ORTIZ
LORENA ABRAHAMSOHN LUPITA DE LA MORA MARCIA DE LA MORA MARCIA VAZQUEZ MARIA EUGENIA OJEDA TERE NIETO
AGRADECIMIENTO ESPECIAL A AURA ESPITIA POR HABERME REENAMORADO DE MI PROPIA HISTORIA.
A GENARO POR SER Y ESTAR.
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ÍNDICE
I EL PRINCIPIO DE UN FINAL II INTERDEPENDIENTE
III EL PASADO Y UNA ELECCIÓN IV DUDAR MATA
V ETERNO RECUERDO
VI EN LA GUERRA SE PERDIÓ LA RESPUESTA
VII UN MAL VIAJE
VIII EL PRINCIPIO DE OTRO FINAL
La Comunidad de los Espejos
“EL PRINCIPIO DE UN FINAL”
Capítulo I
“El mundo rompe a todos, y tras ello, muchos son fuertes en los lugares rotos”.
Ernest Hemingway
¿Qué hago aquí?, estoy cansado. El fango entorpece mis pasos y hace el camino pesado. Cada que coloco un pie, no sé cuál será el fondo firme. En ocasiones cubre la mitad del zapato, otras tantas, el lodo llega hasta la rodilla. Al entrar, la pierna me desliza dejando una
9 impresión fría, pero traerla de nuevo al son de otro paso, requiere fuerza que no tengo. No pensé que fuera capaz de traicionarme, al menos no en mi cumpleaños.
¿Traición?, ¿humanos?, ¿SER?...
Mis únicos trapos, los que traigo encima, son l odo de la cintura hacia abajo. ¿Qué podía esperar de un pantano, sino soledad, mugre y estos… desgraciados moscos…
¡carajo! ¿Será que el veneno de miles pueda matarme? Uno… tres…
quince… veintinueve piquetes tan sólo en los brazos.
Mis pies dejaron de hun dirse hace tiempo. Exhausto me derrengo sobre retoños de pasto. Abro piernas y brazos sintiéndome hombre universal. Me maravilla el cielo. No hay mejor pintura que la inagotable de arriba. Sus paños que
transforman nubes en barcos, manchas en rostros, peca s en recuerdos. ¿Qué haces? En sobresalto estoy de pie. No veo a nadie. Juraría que escuché una voz.
Busco a la distancia sombras que no hay. Sigo mi camino atento a cualquiera. ¡Adrenalina!, suele decir mi amigo Broer. Es curioso y cierto.
No importa que tan cansado te creas, si estás en peligro, esta sustancia natural reanima los sentidos. El efecto no dura para siempre, lo que necesito es comer,
¿qué? No… no, no, no. Héctor por favor, ¿cómo vas a comerte eso?
Piensa, creciste en un bosque…
¡Pájaro! Busco en el suelo alguna roca. Ni rastro. ¿Cómo voy a cazar un pájaro? No puede ser esa mi única opción… ¡Iguana, nutrientes!
Me adentro a una parte lodosa y llena de follaje. Sacudo arbustos y
11 hojas. Ni una sola aparece. Siento el cuerpo consumirse a sí mismo. Qué repugnante. Con esfuerzo logro atrapar a una rata y dos sapos.
La noche ha llegado, una más bajo la protección de las estrellas que me ignoran. Me hago de unas ramas, las más secas que encuentro.
Tal cual mi madre me enseñó, coloco éstas en forma de pirámide. Al centro hojas de arbusto seco y, como último ingrediente, mis rastros de energía en hacer chispas piedra contra piedra. Una labor nada fácil aún para el experimentado. La vara más larga la ocupo en atravesar a los animales ya muertos. Rata flaca con sapo, ni en mis peores tiempos.
Cocinados y observándolos con desprecio, tomo la pata y la llevo entre dientes. Con ayuda de una punta de rama, corto la piel y
tiro de ella. El aroma no es malo.
Una, dos… me la llevo a la boca.
Mastico lento, pasando el sabor entre lengua y paladar… Es comestible. Con ánimo llevo al r esto del animal entre dientes. ¿Será mi imaginación?, siento energía recorrer mi cuerpo. Paso de comer a devorar. El sabor del sapo no es de mi agrado, pero aún queda el segundo y no perderé la oportunidad. ¿De verdad te vas a comer todo?, ¿no te da asco? Me incorporo tirando el resto de mi cena al carbón prendido. No puedo ver bien con esta penumbra, pero ahora sé que no estoy loco.
Definitivamente alguien habló.
Escucho pasos sobre hojas, tomo una vara con la punta en llamas. Nadie, no lo creo. ¡Sé que es tás ahí!
Silencio. A mis espaldas percibo movimiento, doy vuelta furioso.
13 Nada. Mis sentidos se mantienen alerta, bailan con el fuego de derecha a izquierda. Una brisa toca mi hombro. Doy un cabezazo al aire, media vuelta, no logro ver. ¿Por qué hablas y t e escondes? ¡Responde!...
Nada sucede, estoy solo, sigo solo.
Me inquieta permanecer en el mismo sitio en que la voz me habló, pero cambiarme de lugar implica perder los cálidos restos del fuego.
Tomo firme la rama encendida. Dejo el otro extremo dentro de las llamas por si la requiero en mi defensa, aunque mi fatiga me obliga a quedar profundamente dormido en la misma posición.
Abro de golpe los ojos. Es de día a pesar de la poca luz. El fuego se ha consumido. La vara sigue sujeta de mi mano, aunque el lad o opuesto ahora es inofensivo carbón
seco. ¡Hasta que despiertas!
Anuncia la misma voz agud a de antes. Frente a mí, sentada al otro lado de los restos de fogata, una niña regordeta y de chinos pelirrojos, me sonríe. ¿Eras tú quien hablaba anoche? Sí, no er a mi intención asustarte. Pues lo hiciste.
¿Por qué no diste la cara? no te iba a matar, niña. ¿Y cómo iba yo a saber que no me dañarías? v e cómo te pones. ¿Y qué esperabas? A media noche, hambriento y en un lugar despoblado. Bien podías ser un animal o una persona queriendo robar. ¿Sapos y rat as, quién querría?
Bueno, ¿qué quieres niña?, ¿te puedo ayudar? Al contrario, yo puedo ser de ayuda. Ayer vi una choza no muy lejos de aquí. Puede tener mejor comida. ¿Y por qué me ayudas? Porque también estoy sola, y si alguien vive en ese lugar, tú eres
15 más fuerte. ¿Y qué hace una niña en un lugar como estos? Me perdí y estoy esperando.
Cada paso en el suelo, el abrir una puerta de alacena, sentarme en la silla, incluso un suspiro hace rechinar las voces ancianas de esta cabaña. Paredes, techo, suelo y muebles construidos con madera, a culpa del pantano, enmohecida y húmeda. De cada esquina me observan vigilantes las arañas, decenas de ellas en techo y esquinas.
Camino hacia la cocina, que a su vez es el comedor. Abro una puerta de alacena, arrancando telarañas sin dueña. No encuentro nada. Hago lo mismo en las de al lado, también vacías. ¡Carajo! Descubro la última puerta colocada bajo el fregadero.
Entre tuberías, encuentro una lata vieja. Al tomarla, una araña verde sube por mi mano. La azoto por
reflejo, me pongo de pie y agito el brazo sintiendo cómo el resto de ellas se me viene encima, aunque no, sólo era esa que ahora corre en otra dirección. ¿Cómo sería arrojar cien arañas hacia un espejo con magia?,
¿llegarían al mismo sitio o cada una dentro de un presente distinto?, ¿se podrán ir en pares?, ¿cómo regresarían juntas? Un hecho es que mi edad permanece igual a la de mi línea original. ¿Cómo estará mi hermano?, ¿qué será de Lexi?; no logro vivenciar Auschwitz. Ojalá me acompañara Broer.
Regreso por la comida, no sin antes revisar. Golpeo la tubería y aguardo unos segundos. Le soplo a la lata para liberar la dañada etiqueta del polvo, me ayudo con la mano y descubro la imagen vieja y las letras rojas “Picadill o con verduras”. Nada peor que sapo
17 asado. ¡Hey niña, encontré comida!
No prometo que esté buena.
Coloco frente a la pequeña un plato con el guisado frío dividido en porciones. Ahora regreso, voy al baño. Sigo un pasillo donde cuelgan dos cuadros de pai sajes y otros cinco retratos, entre ellos, una mujer, un anciano, un joven y una pequeña. Los cristales que los protegen tienen manchas amarillas que distorsionan la obra. Podría jurar que es un retrato de la niña pelirroja.
Me sorprendo al ver que incluso el inodoro está hecho de madera. Qué incó modo. Me limito a orinar, quito la tierra de las manos, de la cara y observo el espejo quebrado que deforma mis primeras arrugas, la barba descuidada y el derrame en el ojo. Lo que daría
porque este espejo tuviera la magia de llevarme a casa, con mi hermano y con Evolet.
Regreso entre re chinidos a la mesa. El plato de la pequeña ahora está vacío. Podría jurar que el mío tiene menos, pero no hago comentarios.
¿Puedes creer que hace cinco años que deambulo perdido?, en realidad tres. Hace cinco llegué a La Comunidad de los Espejos y por un par de años estuve siguiendo las reglas, cuidando del lugar y de los otros, alejado del Salón de los Espejos, hasta que ya no pude más.
Llegó el punto en que intenté olvidarme de su aroma. Me enfocaba tanto en las labores cotid ianas que en ciertos días lograba borrarla, pero se escabullía por las noches en
19 la almohada, me susurraba al oído y renacía en mis sueños.
Desperté, como de costumbre, antes del amanecer. Caminé al ventanal, replegué las cortinas, abrí la regadera y regresé al tragaluz para contemplar cómo el sol teñía las montañas. Alexis entró con un panqué, al centro una vela y en un abrazo recitó ¡Feliz cumpleaños hermano!, hoy puedes hacer lo qu e quieras. Tanto en ese momento como al apagar la vela e n un deseo, en mi mente estalló Evolet. Alexis salió del cuarto. Cerré la regadera, me coloqué el pantalón y corrí a los espejos. El salón estaba cerrado y la llave hacía tiempo me la habían pedido de vuelta. Regresé al cuar to del Maestro, la del cofre secreto, y encontré la llave en el mismo lugar que la primera ocasión. No noté lo obvio. Bajé corriendo las escaleras
centrales, di vuelta a la derecha, recorrí el pasillo de grandes arcos y me adentré.
Una vez bajo el halo de luz, busqué entre las diferentes imágenes la más similar al país en dictadura en que conocí a Evolet.
Hice el ritual de siempre y a partir de ese momento vago de un lugar a otro. Ahora entiendo que fue una prueba. Alexis me había advertido que usar el espejo a favor propio traería consecuencias, de hacerlo pasaría tal cosa y heme aquí, comiendo carne podrida de una lata caduca, contándole mi vida a una niña y extrañando tanto a mi gente.
A un lado de la puerta de entrada se encuentra un cesto de mimbre con dos paraguas y tres espadas de madera llenas de insectos. La pequeña corre en esa
21 dirección, toma una de las armas de juego y sale al pantano. ¡Te reto!, grita entusiasta. Camino a la puerta, tomo la espada, abro la manija y me paralizo. Un destello aparece frente a mí. La luz se expande en segundos impidiéndome ver a la niña y su entorno. El resplandor impacta en mi cerebro y activa una nueva migraña. La sensación de una aguja penetrando mis pensamientos, hasta lograr desmayarme. La maldición de los espejos hacía nuevamente su labor.
Despierto desesperado por respirar. Inhalo y exhalo profundo.
Me tomo el tiempo necesario para estabilizarme. El dolor de cabeza desapareció, lo ha sustituido este temblor en el cuerpo. No puedo detenerlo. Mis dientes chocan entre sí y la piel se entume. El frío me hace recordar heridas. Siento el suelo
mojado. Estoy de pie demasiado tarde; tengo nalgas y piernas empapadas que con el soplar del viento, congelan mis muslos.
Estoy en un nuevo lugar, alejado de todo y todos . Agito la cabeza para creer lo que veo, me siento volar. Este sitio es como ningún otro que conozca. El piso, los limites, las nubes, todo parece un mismo lienzo. No sé si mienten mis ojos o mis pies. Es cierto que permanezco en un suelo firme ligeramente cubierto por agua, al igual que es claro que una nube pasa por debajo de mí. La sensación es como estar loco o muerto. El cielo es todo y todo es cielo. No parece absurda la idea, tras tantas guerras, decesos y surrealidad en mi vida, que finalmente, la insania o muerte hayan llegado. En lo que me
23 familiarizo, comienzo a caminar sobre el cielo, sobre el suelo.
¿Dónde estoy esta vez?, además de en un lugar solitario como todos los otros, aquí camino con los pies encharcados.
Afortunadamente, a pesar de las consecuencias que estoy pagando, la magia de los espejos sigue sin abandonarme. Cada nuevo sitio donde aparezco, traigo ropa adecuada para el clima. Debería venir acompañado con botellas de agua, medicinas y provisiones para el camino, pero no, me toca sufrir por idiota.
Mis labios, tan secos como el salar que piso y el agua que quema, obligan a imaginar que aún puedo humedecerlos con la lengua.
Camino por inercia, para no dejar que el tiempo me consuma en su
letargo. La sangre bombea con tanta fuerza las piernas, que se entumecen y hormiguean. Es curioso dejar de sentirlas por momentos. Importa poco el frío, el agua y el clima; me dejo caer en lo profundo del sueño.
Da vueltas mi madre
aleccionándome, la seriedad de papá en la mesa, ma nchas de sangre que se apoderan del cuadro hasta convertirse en soldados que marchan detrás de mí. ¡Corran! Les grito a los ancianos, a los niños, pero nadie se mueve, permanecen quietos mirándome fijamente con esas caras llenas de dolor y desesperanza. Me apresuro por la calle que cada vez se hace más larga, pareciera no tener fin. Freno, doy la vuelta y en un grito acelero en contra de las balas. Despierto empapado no sólo en agua sal ada,
25 también en sudor que agota las reservas de líquido en mi cuerpo.
Veo a la distancia una silueta que camina escondida entre la neblina y el reflejo provocado por el desierto de sal. No alcanzo a distinguir qué es, aunque veo tres patas sost ener su andar. Me pongo en pie y sigo caminando en sentido opuesto a la sombra que s e mueve.
El frío es más intenso con la ropa mojada y el soplar de la brisa que ayuda a secar la tela. El sol también hace su labor aunque l a noche está cerca de pintar el cielo y los rayos no pegan con tanta fuerza . A lo lejos, ¿será cierto? Veo una pequeña luz. Sigo caminando y una segunda, tercera y cuarta aparecen. Esa es la dirección.
Camino lo más firme que puedo.
Intento convencerme de que todo es
posible, el cansancio está en la mente, soy fuerte. No es cierto, la fatiga duele al igual que una navaja.
Mi pecho se contrae y se expande. La vida se ríe de mi muerte. Parece fascinante ver a un hombre quebrarse con el tiempo, que las llagas sean tan int ernas que nada las suavice, y ya sea dormido o consciente, una tras otra historia del pasado, la muerte, el grito ahogado, invaden mi alma, la amputan. Y sigo viendo pequeñas luces en todas las distancias, que guían mi delirio y me permiten vivir.
La sombra de tres patas cada vez está más cerca y no puedo correr. Ahora sé que hasta la adrenalina tiene sus límites, o tal vez ya no quiero luchar. ¿Qué sentido tiene aferrarse a lo que ya no existe? esto no es vivir. Detengo el paso, doy la espalda a las luces ,
27 tembloroso me coloco de rodillas, recargo las nalgas sobre tobillos, bajo los hombros, los brazos, la mirada y me dispongo. Estoy listo.
Escucho el canto de la vida, el viento rozarme el rostro, las miradas de millones de estrellas que parecen trompetear mi partida. El último canto de un ave lejana me hace recordar los amaneceres del bosque, el correr del agua, la voz de mi madre… mi madre, Alexis, Evolet, Broer, Maestro. A ti mujer , a pesar de nunca conocernos, fue mi rostro el último que viste, te recuerdo. A ustedes, a quienes fusilaron por mi culpa, a todos. Lo siento. Intenté hacerlo mejor. Creí que entregando el alma quebraría sus cadenas. Ahora veo que se necesitan más que unas cuantas rebeliones para romper el dolor de los olvidados…
Una mano cálida se posa en mi hombro. Relajo por completo los músculos, doy una última bocanada de aire y… ¡Héctor!, abre los ojos, todavía no es hora. Vamos, ponte de pie. Observo la voz que me habla.
Aquella sombra de tres patas es un anciano con bastón, que me s onríe con los labios hundidos a falta de dientes. Toma mi mano, levántate.
El anciano me extiende el brazo, observo su rostro lleno de arrugas que en conjunto forman caminos.
Tal vez los que ha recorrido. Tomo la extremidad ofrecida, coloco un pie de apoyo y estoy incorporado, listo para seguir mi camino. ¿Te gustaría acompañarme?
Retomo el andar con mucho trabajo, no mayor al que el viejo emplea en seguir mi rumbo. Me da fuerza pensar en sus dolores. Los míos son de una fatiga extrema por
29 días sin dormir y la punzada en las piernas por kilómetros de soportar mi peso; él carga años de vida, el atrofio del cuerpo, el fin de sus tiempos. De entre sus telas saca una porción considerable de pan, lo divide y me extiende la mitad.
Agradezco con un gesto y lo llev o a la boca, una mordida tras otra. He bajado diez kilos, tal vez más. Estoy consciente de las ojeras, la piel reseca, el desgano. Este pan me dará energía suficiente para llegar a las luces.
Señor, ¿sabe dónde nos encontramos? Claro que lo sé, qué
¿tú lo ignoras? Así es, por eso pregunto. ¡Uyuni… Uyuni… Uyuni!
El anciano canta con una tonadita y un baile al pronunciarlo. ¿Es éste el nombre del lugar? Correcto muchacho, así es como se le llama al desierto de sal más grande del
mundo. Todo lo que ves, el ref lejo del cielo en la tierra, la ausencia de límites, las nubes volar por tus pies, no son producto de tu mente, son el resultado de la capa de agua que cubre el salar. El espejo más grande que existe en el planeta es justo aquí. ¿No te parece curioso?... S í, me sorprende que mi vida tenga tanto que ver con los espejos, ¿quién diría que al verse fijamente en uno, las imperfecciones del rostro se hacen lo menos importante?
¿Ya sabes a dónde quieres ir muchacho? A casa con Alexis. Con Evolet. A casa con Alexis y Evolet.
¿Quedan en el mismo lugar? De alguna manera sí. Mi casa es el recinto que juré proteger, aunque también es en d onde está la gente a quien amo, y no están juntos. Mira muchacho, ante las grandes decisiones, podrá estar confundida
31 la cabeza, pero tu ser, quien eres, siempre sabrá a dónde ir. Lo importante es escuchar. Cuando debas decidir entre ir a un destino o el otro, sigue el instinto.
Las luces son cada vez más cercanas. Algunas nuevas han aparecido, mientras que otras se han apagado. Se comienza a dibujar en torno a la iluminación, el marco de una puerta, el tono blanco en la pared y un se gundo piso con faroles.
Hace meses que no llego a un l ugar con personas, en plural. La niña pelirroja y el anciano... bueno ellos… ¡Oye tú!, muchacho , ya casi llegas, grita una señora de cabello corto y delantal puesto. ¡No te rindas, ya estás por llegar! Sigue gritando la mujer mientras se acerca. Freno el paso casi por completo, dando pequeñas zancadas en espera de apoyo. La mujer da la
vuelta, se ll eva dos dedos entre las comisuras de los labios y produce el chiflido más ensordecedor que haya presenciado.
Veo a un hombre y a una mujer jóvenes aparecer de entre la neblina.
Se aproximan a una velocidad extraordinaria gracias a la parvada de Ñandúes que tiran del trineo. La señora me pasa el brazo por detrás de su cuello y con el hombro me da apoyo. Los muchachos dan una orden, los animales hacen un medio círculo de regreso a las luces, frenan en seco y el trineo, empujado por la inercia, derrapa hasta el lugar en donde nos encontramos. De un brinco abandonan el deslizador, suplen el soporte de la señora y me colocan en el vehículo. ¡Jaa!, grita el joven al mismo tiempo que la chica agita las riendas. Los Ñandúes, tan blancos como las montañas de
33 Groenlandia y el azul de sus mares en los ojos, de un tirón, nos llevan en dirección al único lugar que por ahora me da esperanza.
¡Resiste!, repite la señora, mientras empina una bota con agua que recorre las grietas en los labios, pasa entre los dientes rozand o la encía, reanima los poros en la lengua y humedece la garganta, recorriéndome el pecho hasta asentarse en las tripas, que agradecen el líquido, pero reclaman en gruñidos la ausencia de comida.
Supongo que mi rostro delata el malestar, pues la chica, al verlo, no puede evitar el asombro y grita ¡Jaa!
Mientras él tira con fuerza de las riendas. Los animales aceleran. ¿En dónde he sentido esto? El movimiento oscilante me es familiar. El vaivén de las olas. ¡El barco! ¿Disculpa? Pregunta la
mujer, pero explicarle mi tren de pensamiento, el hecho de haber recordado un navío en el que peleé contra piratas a causa del movimiento del trineo, requiere mucho esfuerzo. Mantengo el silencio, a lo que la mujer responde
¡Está delirando, aceleren! ¡Jaa! un nuevo grito, un nuevo tirón en las riendas y la fuerza de los lobos me transporta nuevamente a la embarcación. ¡Fuego!, grita el capitán, y al unísono se liberan los cañones…
¡Quédate conmigo!, replica la señora con una cachetada que calienta mi cara en ardor. No cier res los ojos. ¡Estoy bien!, intento decirle, aunque las palabras no me salen. Coloca una mano en mi frente, la otra en el pecho; clava firme la mirada en mis ojos y respira profundo, inhala pausada, exhala
35 lento. Con el tacto me regula el jadeo. ¡Quédate c onmigo!, repite. Y me dejo ir en su calma, en la nobleza que cuentan sus ojos. Es fami liar esta sensación. Confío en ella, no sé por qué. Los párpados me pesan, pero no puedo despegarle la vista.
Estoy con ella. ¡Sigue luchando, tú puedes, vamos juntos! Me susurra sin acercarse. ¡Fék! Gritan al mismo tiempo la joven y su compañero , dan un tirón a las riendas y los animales detienen el andar. ¡Las luces!
Exclamo al observar que estamos frente al lugar que hace horas me mantiene. Ambos jóvenes me cargan entre hombros, las puntas de mis pies no tocan el piso. No había notado su altura, la piel tostada que se adhiere a los músculos. De ella, el largo cabello negro que roz a con las puntas la perfección de los muslos.
De él, la espalda de un roble cubierta en pieles.
Hotel Tu Reflejo, reluce una pieza ovalada de mármol y letras azules, junto a la puerta principal tallada en madera. Quienes me cargan abren el portón que asoma el recibimiento del lugar. Paredes blancas como animal albino, teñidas con pinturas de Leonardo y Leonora. Sillones individuales en colores diversos; rojo, marrón, verde, guinda, azul, óxido, entre tantos otros, colocados de tres en tres, alrededor de mesas, algunas en blanco, otras en negro.
Los jóvenes me llevan hasta la barra que resguarda al encargado de cuartos, quien observa intrigado mi caminar. ¡Es usted bienvenido buen hombre! Por su aspecto imagino que necesita comida, agua y descanso,
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¿con qué método de pago cuenta?
¿Qué?, ¿método?, pregunto a mis adentros. Pues… tengo… esta chamarra y los pantalones especiales para el clima. ¡Está bien!, los pantalones puede quedárselos, la chamarra colóquela en el cesto de la primera habit ación; en un momento le indico. Por la calidad de la prenda y su buen estado, tienes derecho a un colchón con mosquitero. Yo muriendo y este imbécil regateando mi chamarra.
Apruebo con la cabeza. ¡Se me olvidaba! Anuncia el recepcionista con la ceja derech a levantada. Sólo tengo dos espacios disponibles de acuerdo al precio. El número setenta y tres y el nueve, ¿cuál prefiere? Da lo mismo, necesito descansar. ¡Pero si no da lo mismo señor! A toda acción una reacción. ¿Cuál prefiere?
El nueve está bien. El h ombre de
lentes redondos, cara afilada y calva prominente, me extiende la llave con el número grabado. ¡Sígame!
Sale detrás de la barra y camina por un pasillo del mismo color blanco y puertas de madera. Primera habitación, indica con el brazo izquierdo. A un lado de la puerta, en metal plateado, el símbolo I romano adorna la entrada. Giro la perilla. Al abrirse la puerta se enciende una luz, dejando ver un cesto lleno de abrigos. Aviento la chamarra al interior, cierro el lugar y sigo sus pasos.
Pasillos y habitaciones, espacios para estar cada tanto.
Pinturas, fotografías de personajes vestidos de militar, otros de smoking y paisajes en las paredes.
Al finalizar de un corredor llegamos a una terraza cercada, con
39 una centena de colchones
numerados. Separac ión
considerablemente entre uno y otro, y los mosquiteros respectivos. El encargado me indica que busque el correspondiente.
Los más cercanos muestran los números noventas, así que me toca recorrer caminos entre una estancia y otra. Algunas habitadas por parejas, un par de niños, parecen hermanos; tres hombres, cada uno envuelto en bolsas de dormir y mochilas a un lado; dos mujeres y la mayoría de los colchones vacíos.
Sigo como puedo cama tras cama. Me sostengo de mosquiteros.
¡Nueve… nueve! Veinticuatro, diecisiete, doce, nueve. ¡Aquí es!
Muevo la tela protectora buscando la entrada. Intento levantarla, pero está clavada por todos lados. ¡La
voy a romper!, pienso al instante que veo un candado en el suelo, sujeto a una estaca y obstruyendo el cierre del mosquitero. Doy vuelta a la llave, libero la cerradura del piso, recorro el tirador que se atasca entre el velo y los dientes, jalo fuerte, y, aunque rasgando la tela, logro abrir.
Me adentro, cierro para aislar a los zancudos y me desplomo en el colchón.
¡Respuesta incorrecta!, pronuncia el soldado y dispara. La mujer está muerta delante de mis ojos. ¡Lo preguntaré por segunda vez!, ¿en qué lugar están mi General y tu amigo? Respuesta errónea.
Dispara y el anciano cae muerto a un lado, con los ojos abierto s clavados en mí. Grito lleno de rabia. La s gotas de sudor cesan al darme cuenta que estoy recostado en el mismo colchón y los vecinos de cama me observan
41 alarmados. Me cubro con la cobija, acurruco la cabeza entre la almohada y me dejo ir, eso intento.
Doy vueltas, me destapo, subo la pierna, observo las estrellas, estiro el cuerpo, ¡estoy deshidratado! Me incorporo doliéndome de… todo, subo el cierre, salgo casi aventándome y el destello me ciega, inflama mi cerebro y ya no estoy más en Uyuni, el desierto Boliviano.
“INTERDEPENDIENTE”
Capítulo II
“Cada amigo representa un mundo en nosotros, un mundo que no nace hasta que llegan, y sólo en su encuentro nace el nuevo mundo”.
AnaÏs Nin
Me arrastro en la negrura de un suelo firme. Intento incorporarme. Me falta fuerza. No veo nada. No hay luna que ilumine.
Doblo las piernas, levanto la espalda. Intento afocar. La oscuridad es absoluta. ¿Alguien?
Digo en tono bajo. ¡En!, se escucha en susurro. ¿Alguien?, repito fuerte,
¡en! me responde la voz. ¡Necesito
43 ayuda!, grito harto. ¡Uda!, ¡uda!, responden. Eco, maldito eco… ¡Co!
Me mantengo por segundos, aunque la gravedad me adhiere al suelo. Giro el cuerpo colocándome en posición fetal, haciéndom e sentir más seguro, aunque no desaparece la fiebre, las nauseas y el dolor que cada tanto… ¡Perfecto!, ahora también estoy cubierto en vomito.
Lleno de impotencia, cubro el lugar con un grito.
Un relámpago de luz me enceguece. El destello, de suelo a cielo al abrirse una puerta. Justo a tiempo, digo en mis adentros. Dos sombras corren hacia mí.
Despierto recostado en una camilla de hospital. Me rodean instrumentos médicos, estoy conectado a jeringas que sacan e introducen sangre. En la otra vena,
un líquido transparente que bombea. El electrocardiograma en ritmo estable. ¡Estoy vivo! ¡Héctor!, joder, es bueno verte hermano. Y fue inevitable el nudo en la garganta, fruncir el seño r, dejar escapar lágrimas de amor, felicidad esta sensación de sentirme seguro. Nos abrazamos en silencio para sanar.
Pensé que te perdía, Héctor.
Hace años que tu cuerpo yace en El Salón de los Espejos y ahora regresas en estas condiciones. ¿A qué te refieres hermano? Ya lo sabías. Cuando viajas en el tiempo a través de los espejos, tu cuerpo original permanece en estado de reposo dentro del salón. Tras años de observar tu figura, estás de vuelta, cubierto en vomito e inconsciente. Es una fortuna que el eco del salón, retumbe por los muros
45 del palacio. Maya y yo corrimos al escucharte.
Mañana te darán de alta, llevas dos semanas en reposo. ¿Qué has dicho? Que estabas al borde de la muerte, tío. Me pregunto si eso te habrá hecho regresar. Olaf te entregará el resultado de los análisis. En cuanto eso pase, vendré por ti. Hay algo de lo que debemos hablar.
Evolet me toma fuerte de la mano y suplica que no muera. Siento mi vida escaparse lentamente.
Despierto conectado en el mismo lugar. Supongo que es de noche por las luces bajas. Permanezco despierto pensando en ella, en las pecas que cubren sus hombros y el color en su mirada.
Me han dejado de administrar morfina. Los dolores aparecen
agudos, constantes. Al ritmo del minutero, bombea la sangre en la yagas. Los músculos desgarrados me recuerdan su existir.
Olaf cruza la puer ta, me desconecta, hace algunas pruebas de reflejos, del sistema nervioso, de respiración. Me entrega los resultados. Héctor, analicé el cultivo de excremento, orina y muscular, los resultados me arrojan un mismo diagnóstico de envenenamiento intravenoso. Los medicamentos que te he administrado son agresivos. Te pido reposo en los próximos días.
Alexis no llega a la enfermería, por lo que me dirijo a su habitación. Cruzo pasillos y puertas; algunos cuartos decorados con arte surrealista de Remedios Varo, André Bretón y Miró. En otras
47 salas, instrumentos de prodigiosos músicos. La guitarra de Hendrix, el piano de Beethoven y el arpa de Bochsa.
Cerca de mi destino encuentro una puerta abierta.
¡Rómulo!, tiempo sin vernos. Al entrar, veo a Rómulo, uno de los integrantes de La Comunidad, quien carga un cuadro de legendarias montañas teñidas de amanecer, en las cuales, de cerca, se distinguen angostas entradas a cuevas secretas.
Al verme, Rómulo recarga el cuadro, me da un fuerte apretón de manos, una palmada en la espalda, se sonríe. ¡Qué gusto verlo, soldado!,
¡cuánto tiempo! No vayas a pensar mal. Han pasado cosas extrañas en la mansión, aunque esta pintura me la llevo para que la firme El Pintor.
¿De qué me hablas?, ¿quién es El Pintor? ¿Qué, nunca has escucha do
hablar de él? Lo entenderás luego.
Dicen que está en los jardines.
Rómulo se apresura por el pasillo.
Escucho la voz de Alexis darme la entrada. Sirve dos tazas de café, me extiende una y pide que tome asiento. Abre el ventanal, toma los estudios y mie ntras los lee, da vueltas como ave en pajarera.
Héctor, ¿recuerdas haber ingerido algo desconocido durante tu último viaje? Supongo que lo preguntas por la nota a pie de página dónde dice que estuve envenenado a punto morir. También me llamó la atención. C omí cualquier cantidad de basura durante los años en que estuve perdido, sin embargo, Olaf asegura que el envenenamiento es severo y fue ingerido por intravenosa. Da un par de vueltas en silencio. Creo saber lo que está
49 pasando, pero tendremos que unir fuerzas para descubrirlo.
Te cité en mi habitación porque es el único lugar seguro que conozco. Han estado robando las más valiosas piezas de la mansión.
El piano de Cristofori, pinturas de El Cura Genovés, candelabros antiguos y muchas armas de alto calibre. Aún no descubro quién o para qué las quiere, eso sí, es un hecho que forma parte de La Comunidad de los Espejos.
Presiento que esa misma persona es quien envenenó tu cuerpo yacente en el Salón de los Espejos. Es fundamental descubrir lo que sucede y mi co nfianza completa pocos la tienen, hermano. Muy pronto tendremos una junta en la que se discutirá éste y otros temas, quiero que estés preparado.
Camino a mi habitación.
Enciendo un antiguo estéreo que era de mi padre. El cuarto se llena en violines que ll oran, guitarras que acarician. Abro un cajón escondido bajo la cama. Tomo una libreta de pasta negra y, como tantas veces, me pierdo entre oraciones.
La sabiduría que mi madre dejó en este libro, es uno de mis tesoros más preciados. Frases, anécdotas, notas de acción y prevención llenan cada espacio del papel. Doy vuelta a la hoja y encuentro la plegaria, escrita por Mario Benedetti, que mi madre repitió cada noche hasta el día de su muerte.
Padre nuestro que estás en el exilio casi nunca te acuerdas de los míos de todos modos donde quiera que estés
santificado sea tu nombre…
51 Al son del recuerdo, me quedo profundamente dormido.
Entre sueños escucho la puerta abrirse. Veo una sombra. No logro ponerme en pie. Se acerca. Rechinan los pasos en el suelo. Quiero aventar las cobijas, incorporarme, mi cuerpo pesa y no responde. Es tarde. Se abalanza en contra mía… ¡Héctor, despierta! ¿Qué? ¡Es él! Tranquilo, era una pesadilla. Esa última palabra me hace reaccion ar. Es Alexis quien se encuentra a un l ado de la cama. Disculpa hermano , me pasa de hace tiempo para acá, no es nada. Quito las sábanas, me siento a la orilla del colchón, me froto la cara y respiro. Joder, no quise entrar así, pero la reunión se adelantó. Hace unos momentos estuve con El Maestro. Esta vez han robado
información. No entendemos cómo es posible. El lugar en donde se ocultan esos papeles, sólo lo sabemos tres personas. Ya están todos en camino. Te espero allá.
Me lavo manos y cara, abotono la camisa, un poco de loción y… ¡el tributo!, por poco lo olvido. Saco el objeto de un apartado oculto en la pared y corro a la habitación más grande de la mansión. Al entrar, encuentro pasillos bardeados por libreros, que conducen a una mesa circular. Alrededor de ésta, sobre columnas romanas, se encuentran bustos de grandes pensadores.
Tomamos asiento y colocamos nuestros respectivos tributos.
Medallones grabados con símbolos.
Cada uno representa lo mejor de nosotros. Es así que contribuimos a la comunidad.
53 Alexis se quita la collera. En la chapa se observa tallada una Rosa de Jericó, símbolo de la fuerza interna. Leandro presenta, colgada de su cadena, una pequeña esfera negra, que pareciera tener una tormenta interna, guía del inicio y el final. El tributo de Leandro es distinto, siempre he querido saber por qué, me cuestiono en silencio.
Rómulo muestra su medal la con una luna nueva grabada, representando los nuevos ciclos. Lexi lleva una pluma de Ave Lira como insignia, símbolo del aire y el cuerpo. Maya muestra las semillas del mundo labradas en el me dallón, símbolo del herborismo, los alimentos y la fertilidad. Olaf lleva cincelado un átomo, como el conocimiento científico. Broer lleva ilustrada un espada y un hacha enfundada, en ofrenda de paz. Yo aporto el
medallón con el grabado del fuego, símbolo de la pasión. Finalmente, el Maestro exhibe un reloj de arena tallado, en representación del tiempo.
Por lo general, tras dicho acto, el Maestro comienza su discurso. En esta ocasión aguarda en silencio junto al resto. Aclara la garganta, tamborilea sobre la mesa, se toma la barba… ¡Pintor, bienvenido! El Maestro saluda con una reverencia, le extiende la silla desocupada.
Agradezco la presencia de todos, comienza el Maestro. Sé que los convoco con premura. Han ocurrido sucesos que ya no podemos aplazar. Aprecio que nos acompañe Pintor. De no ser urgente. Un ataque de tos lo impide seguir hablando.
Saca un pañuelo, carraspea, golpeteos en el pecho, listo. Como
55 les decía, de no ser urgente, no habría solicitado su comparecencia.
Señores, es bueno tenernos cerca y estar juntos. Saben que Héctor estuvo a punto de mori r y ahora está con nosotros. Por ello, brindemos. Las copas se levantan, vuelven miradas hacia mí. Detrás de la sonrisa de alguien, se encuentra el culpable de mi envenenamiento.
Como líder de La Comunidad, me duele dar el anuncio actual.
Todos ustedes, a excepción de Héctor y por supuesto, del Pintor, han sido elegidos por mí, para formar parte de esta asamblea.
Momento, Maestro, déjeme aclarar.
Si he elegido a Héctor, es porque tiene mucho que aportar. Tal vez usted no entienda, porque el futuro no logra vislumbrar, aunque yo, que todo observo, otro día, si quiero, se
lo puedo explicar. Disculpe Pintor, no quise ofenderle, ni dudar de Héctor, es sólo que… Me molesta que hablen de mí como si no estuviera presente. Interrumpo la conversación de tajo. No se o lviden que yo aquí soy un prisionero y nada más. Héctor, por favor, no digas eso, responde Alexis… Ya está bueno, sanciona el Maestro. Como decía, nuestro objetivo primario, es guarecer el equilibrio en el ecosistema del planeta. El poder de los espejos y la comunidad, van por encima de nosotros. Hubo y habrá otros ocupando nuestro lugar. No por ello dejo de considerarlos mis pupilos, mis amigos, mi familia. Me rompe el corazón anunciar que hay un traidor entre nosotros.
57
“EL PASADO Y UNA ELECCIÓN”
Capítulo III
“El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo”.
Carlos Fuentes
Alexis se acercó y colocó sobre mis hombros una túnica como la del resto. Sentía que los viajes anteriores en el tiempo, el conocerlo sin saber que era mi hermano, el amor por Evolet, la vida me pasaba en un suspiro. Me encontraba en presencia de desconoci dos. Todos me observaban sonrientes. El anciano dijo: ¡Bienvenido a La Comunidad de los Espejos! Toma
asiento. Ocho personas observándome y una silla para mí.
Ocupé el lugar, crucé las piernas por debajo de la mesa y tomé el objeto más próximo, para apacig uar los nervios. Era un medallón. Mientras lo observaba, el símbolo del fuego comenzó a aparecer. Lo que tienes en las manos, muchacho, dijo el anciano desde su silla, es parte de tu bienvenida y el tributo que te representa. La magia del medallón analiza lo más recóndito de tu ser.
El fuego es la pasión que emana de ti.
Cinco fuerzas unifican el sentido de nuestro haber. Lo natural, lo físico, lo racional, el orbe
59 intelectual y el poder emocional.
Ahora estamos nosotros. Algún día hubo más protegiendo la proporción.
Hace tiempo que esperábamos tu llegada. Con toda franqueza, no voy de acuerdo en que formes parte de nuestra congregación. No acepto que haya familiares entre nosotros, sin embargo, el anciano multiforme te ha elegido. Yo soy El Maestro del Tiempo, guardián perpetuo de El Salón de los Espejos, y hasta el día de mi muerte… Un ataque de tos lo interrumpió, llevó un pañuelo a la boca para cubrir la mucosa, alzó la cabeza y los brazos hasta que finalmente pudo respirar. ¡Ésta
maldita garganta me va a matar!, como decía, la tarea de proteger este recinto es primordial. Nos otorga las facultades para reparar daños, errores humanos, que atentan contra el existir. De llegar los espejos a manos equívocas, el rumbo de la historia y todo aquello que conocemos estaría en peligro de ser borrado. Manipular el tiempo es algo serio. Como podrás imaginar, esto requiere trabajo en equipo y compromiso. Los aquí presentes hemos hecho un juramento y queremos invitarte a formar parte de él, no sin antes presentarte a ca da integrante.
61 A mi derecha se encuentra Alexis, quien ahora ya sabes, e s tu hermano y mi segundo a cargo. Se ha ganado mi confianza y mi respeto con los años… Seguido por Broer, el más joven integrante antes de tu llegada y el más poderoso de los guerreros también…
Ella es Lexi, quien nos recuerda la importancia del pensamiento libre e individualismo.
Sus movimientos son plumas al aire, en la batalla y en el baile…
Corría por la ciudad, empujando a la gente, cruzando las calles, deteniendo a las trocas que mentaban madres. No sabía si estaba huyendo de mis padres, de
mi vida o de haber descubierto la falsedad absoluta. Quien me leía los cuentos para dormir, también escribía mensajes sobre los cadáveres que colgaban de los puentes.
Aquella noche tuve que esconderme.
Hombres de mi padre buscando por toda la ciudad. Era cuestión de tiempo que me encontraran. Corrí tanto que logré perderme. Era de madrugada, hacía frío, tenía hambre. Fui a dar al barrio chino, en donde una mujer me ofre ció refugio.
Ahí la conocí. Ella fue mi Sensei. Al día siguiente huimos de mis tierras.
Para cuando llegamos a Asia, yo ya estaba convencida de querer entrenar artes marciales. Pasamos siete años, día y noche perfeccionando mente, cuerpo y espíritu. Logré sanar los recuerdos y
63 me hice maestra de las antiguas artes de la guerra oriental.
Cuando murió mi Sensei, intenté seguir con mi vida al otro lado del planeta, pero nada era igual.
Extrañaba mis tierras norteñas, así que volví. A mis padres nunca los quise ver, pero la gente, la comida, mi pueblo, sí que lo extrañaba, aunque tampoco me hallé de vuelta.
Ya no era de ningún lugar. Recorrí todo México, desde El Paso, hasta Yucatán. Es lo más bonito que he visto… México.
Una tarde conocí al Pintor, un viejillo bien curioso. Pasamos una semana viajando, me platicó de La Comunidad. Él comprendió mejor que nadie y pues, aquí sigo…
Olaf, al contrario, es nuestro pensador crítico, el hombre de
ciencia. Muchas mujeres opinan que… Un ataque de tos obliga al Maestro a contraerse, lo aguardamos en silencio… Opinan que es un desperdicio un hombre tan apuesto encerrado en laboratorios…
Nacer en el continente olvidado, es difícil. Los menores morimos de hambre o de sed.
Quienes quedamos, podemos ir a la escuela pocos añ os. A temprana edad se comienza a trabajar para las colonias francesas/inglesas. Somos esclavos del mundo moderno.
Mis papás trabajaban en las minas de oro en Perma, Benin. Fue muy duro. Veinte horas al día, por meses y apenas encontraban oro para vivir con hambre. Era jugar a la ruleta
65 rusa. Apostar la vida por encontrar la gran piedra dorada que te diera la posibilidad de vivir.
Me crie con la matrona del asentamiento, pero la misma tarde en que ella murió, mi padre decidió llevarme a su sueño dorado. De cía que, con mi tamaño, cabría entre las grietas más pequeñas. Ni siquiera el aire llegaba.
En la segunda semana, corrí hasta las motos de los cuidadores. Sin saber manejar, tomé una y el resto fue instinto. Seguí la carretera hasta la gran ciudad de Abuja .
El único trabajo que logré encontrar fue cargando cajas de un laboratorio. Un profesor de la Universidad Nacional me convenció de estudiar de manera externa.
Nunca me gradué, aunque el papel nunca me ha hecho falta para
abrirme camino. De cualquier forma llegué aquí, a La Comunidad. Puedo desarrollar libremente mi trabajo, he podido aprender errores del pasado y conocimientos del futuro.
En este lugar siento que tiene un sentido mi existencia.
Maya es herbóloga. Manipula los extractos naturales más allá de la comprensión. La comunicación que sostiene con la madre tierra y sus grandes habilidades, nos hicieron imposible deshacernos de ella…
Mis ancestros nacieron en el Perú, cerca del Amazonas. La región se conoce ahora como la Provincia de Chachapoyas. Ah í lloré por primera vez, en el distrito de Huancas, rodeada de paisajes que calmarían cualquier furia, plantas
67 que sanan el cuerpo, animales que acompañan por el día y otros que musicalizan la noche. Las lunas llenas podrías tocarlas, las nubes pasaban por debajo de los pies. Fue en otra vida.
Mis abuelos, los papás de mis abuelos y muchas generaciones anteriores, se dedicaron a estudiar y recabar datos sobre las plantas, sus propiedades y usos medicinales.
Desde mis primeros días me arrullaron con lectura s al respecto.
Estudié en casa durante la infancia y la pronta juventud. La abuela murió, mi madre enfermó, papá cuidó de ellas hasta sus últimos días. Se le acabaron las fuerzas, las ganas y los sueños al morir mi madre. Me tocaba cuidarlo a mí.
Antes de cumplir los veinte años me quedé en una casa llena de libros y
fantasmas que me arropaban por la noche, pero en el día eran ausencias.
Salí a ver el mundo. En un libro escrito siglos atrás, mi ancestro narró sus paso s por Medio Oriente y Asia. De aquellas tierras ancestrales trajo basto conocimiento de hierbas.
Trabajé como curandera mientras cruzaba el mundo. Les parecía fascinante que las plantas lograran curar una herida, una infección o el estómago. A mí me parecía increíble que no lo supieran. La madre tierra nos ofrece y ellos voraces e ignorantes devoran.
No llegué a Asía. Primero toqué África. No estaba en mis planes.
Vaya sorpresa, descubrí un mundo de conocimiento. ¿Sabías que el rastro más antiguo del ser humano, está en África?, ahí comenzamos.
69 Plantas, raíces y sonrisas. Me enamoré de una mujer que dedicaba su vida a salvar otras. Viajamos juntas por el continente. Ella era médico de ciencia, yo de plantas.
Aprendimos tanto juntas. Desde amar a la otra sin poseer, hasta curar heridas del alma o reparar cuerpos mutilados por la guerra. Años más tarde le informaron que su hijo estaba enfermo. Me invitó a regresar con ella al mundo moderno. No pude aceptar, en su lugar decidí regresar al Perú, con mis ancestros, con mis fantasmas. Suerte que el pintor apareció. No te voy a mentir, a mí La Comunidad me da un tanto lo mismo. Te lo digo en confesión de amigos. Seguimos siendo humanos, cometemos errores. Yo estoy aquí y por lo que he decidido dar mi vida, es por El Salón de los Espejos. No
podemos cont rolar el tiempo, pero sí protegerlo.
Leandro es amigo, escucha y bibliotecario del lugar. Su estudio de la filosofía lo ha llevado con el tiempo a ser un hombre que habla poco, escribe mucho y observa todo.
Por último, tenemos a Rómulo. Proviene de una familia poderosa en sus tiempos, sin embargo, cuando niño, fue enclaustrado junto a sus padres y hermanos en los campos de concentración de Auschwitz. Sólo él logró sobrevivir de entre los suyos.
Lo encontré moribundo y no pude más que traerlo a un nuevo hogar.
71 Su barba cana no deja ocultar que ya son años como mi consejero…
He viajado por épocas antes y después de Cristo. Conté los días con el calendario Chino, el Maya y el occidental moderno. Entre tantos siglos comprendí la historia de mi pueblo y entre tantos mundos, no agradezco nacer en la época en donde fuimos masacrados por el régimen nazi.
Estaba cerca de cumplir los ocho años. Sentía que las luces, los árboles, las chimeneas, eran para mí. Mamá decía que nací en un día santo y por ello tenía un gran futuro. La tierra comenzó a temblar.
Mi padre salió a la calle para encontrar soldados, tanques, muerte. Corrimos al refugio que habían preparado en secreto.
Resistimos por más de un mes, pero
mi maldito perro de peluche se cayó a la entrada del refugio. Nos sacaron como ganado, nos treparon en camiones y nos encerraron en Auschwitz… No hay película que logre describir el terror. La peor parte, no fuimos los primeros, ni seremos el último pueblo masacrado.
Yo no elegí llegar a La Comunidad.
El Maestro me encontró moribundo y me trajo. Con los años, he decidido quedarme, toda vez que entro en duda. Es la única forma en que puedo dar de mí, para que el mundo sea un mejor sitio.
El Maestro le dirigió una mirada cómplice a Leandro. Éste se levantó perdiéndo se entre pasillos de libros. Pasados unos minutos, regresó con uno y lo dejó caer sobre
73 la mesa. El Maestro lo abrió y se extendió el aroma inconfundible a hojas viejas. Encuadernado con hilo a una gruesa pasta de piel y páginas entintadas. Bebió un trago de agua, aclaró la garganta, y dirigiéndose principalmente a mí, leyó:
¿De dónde venimos?, es un misterio. Evolución, los dioses, de vida en otros planetas, esporas espaciales,
¿qué importa?, lo irrefutable es que estamos llenos de vida y llenos de muerte, dos motivos para celebrar.
La descomposición de la materia viva, como base fundamental de la existencia, no es, al contrario del pensamiento humano, un castigo . El
método por el cual la materia orgánica se adapta, es a través del proceso de recomposición. Las células dejan el organismo anterior, para reanimarse en uno aventajado.
La existencia en sí, es algo sagrado. Una entre todas las especies vivas de la Tierra, se salió de control.
Sedienta de superioridad comenz ó a dominarlo todo. Los grandes ríos cambiaron su cauce, los bosques infinitos desparecieron, seres inigualables se extinguieron. ¡Están por todas partes!
No podemos juzgar a esta plaga como a cualquier otra. Tiene cualidades interesantes: es sumamente adaptable,
75 es inteligente y pasional. Es destructiva…
El espejo de magia afectó al resto de los enmarcados. Se nos dio el poder de viajar en el tiempo a través de ellos.
Equilibrio. La plaga no ha desaparecido ni lo hará, los seres humanos invaden todo, aunque también traen vida, aman y construyen. Los espejos son parte de la balanza y deben ser considerados así.
Las personas cometen errores. Es su método de aprendizaje y adaptación.
Esos tropiezos tienen consecuencias.
Por ello que los espejos nos dan armonía…
Prometo por la existencia que nunca viajaré en el tiempo para
modificar mi camino. Siempre deberá ser por una causa mayor, una causa que se defina como equilibrio.
¿Lo prometes Héctor?...
Un silencio absoluto envolvía el ambiente. Miradas de ánimo, de duda, se sentían en la mesa. Los viajes en el tiemp o, la especie humana, mi existencia vista como plaga, olvidar mi pasado para crear un nuevo futuro, e s mucho que asimilar.
No puedo, lo siento. No puedo hacer el juramento que me piden.
El Maestro hace una exclamación de aleluya. Al Pintor y
77 a Leandro no se les ve sorprendidos.
Alexis no puede creerlo, se acerca a susurrarme en el oído. Broer me toma del brazo, me aleja entre libros y exclama. No puedes negarte. Tú eres el motivo por el que estoy aquí.
Nací entre escombros, a hurtadillas. Aprendí a caminar en escondites, lo primero que balbucé, fue “bomba”. Soy hijo de La Tercera Guerra Mundial, la más vo raz. La vida cambió pronto. Tenía pocos años, cuando en un ataque, apareciste tú, Héctor. Estaba lleno de miedo al ver la luz. Pensé que habíamos muerto. La intensidad se redujo a ti, oculto a mi lado. Supe
ese día que viajar a través de los espejos era mi destino.
Nos conocimos antes, mientras me ocultaba entre los escombros de una casa, durante la Guerra, apareciste frente a mis ojos.
Platicamos en el refugio del anciano, a quien mataron los militares. En ese entonces era un infante. ¿Quieres decir que tú eres el pequeño que…? Así es, ese día supe que todo era posible. Me contaste de la magia de los espejos y poco después salvaste a mi gente. Crecí queriendo hacer lo que hacías.
Broer, amigo, no lo sabía, ¡qué gusto verte de nuevo! Me alegra saber la
79 historia del pequeño a quien salvé hace tantos viajes.
Regresamos a nuestros asientos. La zozobra fue interrumpida por el Pintor, quien convocó a una asamblea posterior.
Me darán dos días para pensar.
Leandro se retiró rumbo a los libros. Alexis se acercó, col ocó su mano en mi hombro. ¿Te puedo ver en mi habitación, hermano? La reunión fue cesando. Caminé a mi cuarto aclarar pensamientos. Evolet, los espejos, la promesa, La Comunidad, El Maestro, Alexis… lo olvidé, Alexis. Salí de prisa, corrí hacia el cuarto de mi hermano,
toqué la puerta repetidas veces aunque él no respondió. Por el pasillo se acercó corriend o.
Disculpa la tardanza, dijimos al unísono. Caminamos a la mesa junto a la ventana, recorrí las cortinas, coloqué dos vasos con agua...
¿Cómo te sientes Héctor? Me llena el corazón tenerte cerca Alexis, aunque me duele Evolet y no sé si estoy dispuesto a perder mi identidad. Lo entiendo Héctor, te aseguro que valdrá la pena. No hay mejor satisfacción que vivir para apoyar. Te he pedido que vengas porque quiero hacerte una propuesta. Qué te parece si el día de mañana vamos a la casa de mamá y
81 papá, que hace tanto tiempo no vemos… Imagino que al sentarme a la mesa podré revivir su esencia…
Salimos por la puerta frontal de la mansión, recorrimos los jardines llenos de esculturas y nos adentramos en el bosque. Con mochilas al hombro y machetes en mano fuimos abriendo camino. A la distancia se escuchaba el correr del agua que brinda vida y color a este lugar. ¡Estamos cerca! El sonido del río es inconfundible. Cómo extraño los días de infancia cuando mamá y papá nos veían jugar. Creo que nunca lograste ganarme en
“encuéntrame pájaro” , macho. De qué hablas, te gané varias veces. Lo
que recuerdo, es que siempre subí a los árboles más rápido que tú. ¿Qué dices?, que te daba ventaja macho.
Por años soñé con ver a mi hermano de nuevo, platicar con él, jugar y aquí estamos, tantos daños después y la hermandad sigue intacta; crecemos juntos.
¡Nuestra antigua casa, Héctor!
Aquí fue en dónde mamá me defendió del tigre, Alexis. La hubieras visto, saltó frente al animal para salvar mi vida. Corrió hasta la puerta de la casa y el felino logró desgarrarla con un zarpa zo. Esa herida la mató. Héctor, lamento mucho no haber estado. Siempre
83 permanecí cerca e incluso… los vi en mi pasado. ¿De qué hablas? Yo también fui castigado por usar los espejos en favor propio. Por largo tiempo no pude soportar la idea de estar ausente . No sólo venía escondido entre los árboles a dejar comida, también use el poder para viajar al pasado. Ocupé el fragmento para estar contigo y con mamá. Pude conocer mejor a papá y comprender su vivir. Comprendí el alcoholismo que lo mató poco después de correrme, aunque huir fue lo mejor.
Sé que estuviste solo por largos años. Sé que aprendiste a cazar como pocos que yo haya visto. Sé
que murió mamá en tus brazos. Sé que te hice falta.
En mi obsesión por estar contigo, con la familia, pude conocer, y más que eso, convivir con mamá y papá. Fue tal mi necesidad por tenerlos cerca, que viajé a los pasados de nuestros jóvenes padres.
Ocupé los espejos para conocerles en su juventud. ¿Cómo eran?… Eso sí es difícil de creer. Papá fue uno de los soldados más hon orables del ejército “yankee”. Mamá fue una de las revolucionarias más respetadas de Latinoamérica, tanto, que autores cubanos compusieron en su nombre.
No sé qué vieron el uno en el otro;
su amor fue tan grande que
85 fingieron sus muertes y huyeron al bosque más inhóspito del mundo.
Mamá no era cubana, creo que nació en Bolivia. Chilena, mamá nació en Chile. Ella se auto denominaba Latinoamericana. ¿Te lo contó, Héctor? Sí. Tantos años sin ustedes, fueron mañanas con ella. En mis viajes, Héctor, los vi comen zar una nueva vida en este bosque, lejos de la guerra. Los recuerdos de papá, la imagen de cada inocente que mató, las caras de las mujeres y los hombres que torturó, lo fueron ahogando en vino. Se perdió en el duelo. Sin darse cuenta se desquitó con nosotros, su familia.
Me pegó sólo una vez, pero el maltrato emocional era constante…
el resto de la historia ya la sabes. Un día corrí y al volver la vista, ya no había camino a casa. Él también prefirió huir con sus demonios.
El bosque había crecido, había invadido la casa. Las enredaderas cubrían el techo y las paredes. Las ventanas tenían vidrios faltantes y rotos. Abrimos la puerta principal, hicimos ruidos para ahuyentar a los animales, que salieron bólidos.
Caminé al comedor, zangoloteé la que solía ser mi silla, le quité el polvo. Cayeron cochinillas y cien pies. Me senté a la mesa como en aquellos días en que mamá me daba
87 de comer. Logré percibir su aroma.
Un venado empujó a mi hermano y salió a toda prisa por la puerta frontal. Caminé al cuarto de pap ás.
Descubrí cobijas llenas de polvo, enredaderas entrando por la ventana, una foto manchada por el tiempo. Papá sonríe, Alexis y yo a un lado, mamá lo abraza. La guardé en el morral y seguí hurgando.
¡Encontré algo!, gritó Alexis desde la otra habitación. Una caja vieja, rota y húmeda. ¡El tren de vapor! Me ilusionaba la idea de verlo avanzar.
Lo llevaré a la mansión. Caminé de vuelta al cuarto de papás. Me acerqué al buró, saqué el cajón, encontré un dije y un pisa corbatas
con una estrella. Una madera carcomida descubrió un segundo fondo. Nunca lo había visto. El mueble cedió, dejando al descubierto una libreta de pasta negra en buen estado. Abrí la cubierta y tres hojas volaron al suelo. Ni tan buen estado. Es la letra de mi madre.
Nunca dejes de leer, n unca dejes de soñar. No permitas que te arranquen las alas, alza tu propio vuelo y llega hasta donde quieras.
¡Alexis, mira esto! Sus pasos rechinaron en el suelo. Coloqué la libreta en sus piernas. Es tuyo hermano. No Héctor, este libro te
89 pertenece. Leer sus palabras me ayuda a seguir. Tú viviste con ella los últimos años, me gustaría que lo conserves. Es de los dos, afirmo.
Nunca te lo dije: aún recuerdo tu verdadero nombre, así como el nombre y apellido de mamá y de papá. El de ellos también lo recuerdo, el mío… dejémoslo en Alexis Antón. Ese soy ahora y d esde hace mucho tiempo. No compartimos apellido, pero compartimos sangre y vida.
Recorrimos la casa, juntamos recuerdos, alistamos la mochila y salimos. Llenamos las garrafas en el río. Nos quitamos zapatos, arremangamos los pantalones y