AFAGUARA INFANTIL AFAGUARA INFANTIL
© Del texo: CAROS JosÉ EY, 200 © Del texo: CAROS JosÉ EY, 200
© De eta edición:
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201 Dis Disibuidora ibuidora y y dioa dioa gilar lea Taur lfaguaa .gilar lea Taur lfaguaa .
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Pea repreón, octbre de 200
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Todos lo derecho eevado. Et
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ni e todo e pare, regstrada en o ramtida por un sitema de
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El mejor pinto de
El mejor pinto de
floes del mundo
floes del mundo
Carlos José Reyes
Carlos José Reyes
Ilustraciones d
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Contenido
La avenura del maesro .................... 9
Los peligros de la selva .....................19
E niño dbujane ................... 35
Los jóvenes herboaros .....................56
El dibujane rebede .....................66
E niño y la serpente..................78
El mejor pintor de fores del mundo y e vejo ecor ....................... 87
Epílogo...............................109
Noa del auor .............................. 13 Bograía ....................... 17
.
La aventura del maestro
Don Pedro, el maestro de escuela de un pequeño pueblo perddo en medio de la cordllera de los Andes, llevaba muchos años dictando las diversas materias de los cursos de primara y sentía que haba llegado el momento de retrarse, para lo cual era necesaro que enviaran a aguen ms joven y de ser posible, no uno, sno dos o tres prosores, que puderan encargarse de cada crso por separa-do Hasta el momento él se ocupaba de todo, con ayuda de su esposa, doña Carola, pero ella no dc taba clases, sino que se encargaba de otras tareas en la escuela, como vgilar a los niños en los recreos, cuidar los exámenes para que nade se copiara de los otros y otras actvidades semejantes.
Por eso la aparcón de un hombre que contaba hstorias llamó la atencón de los muchachos, pr-mero de uno, luego de cnco o ses y, al fnal, un curso completo corra a la plaza para escuchar los cuentos de aquel viejo.
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; ". - , 1El hombre, sentado bajo a gran ceiba de la plaza que según agunos era mucho más vieja que los abuelos, le comuncaba una especial emoción a as hstoras que contaba, cambaba a vo cuan- do hablaba otro personaje como s fera un actor entrenado paa representa muchos papeles.
Don Pedro el maestro había observado desde cierta dstancia a rma como aquel hombre se expesaba los gestos que hacía los tonos y tmbres que ponía a su vo y se había dado cuenta de que era muy dicil competr con él para atraer a sus aumnos Sentía que en a últma case de la tarde los uchachos casi no ponían atención pues que rían sair corriendo tan pronto doña Caroa tocaba a campana
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Por as noches, don Pedro no podía dormr pen sando en a frma de vover a atraer la atención de sus aumnos Sabía que a mejor manera de ograrlo aún estaba lejos de su comprensión Dicilmente podía consegur un buen resutado por medio de regaños o castgos Peo, por oa parte, a él e resu taba muy dici cambiar o encontr otras fas de expresión que atraeran a atención de los mucha-chos, pues era un hombre mayor y ya no estaba en edad de aprender cosas nuevas ni de cambiar de actitudes
Lo pensó una y otra vez, hasta que una voz en su interior empezó a decirle: "¿ Y or qué no puedes cambiar? ¿Acaso lo has intentado? ¡ Debes sair a tomar aire esco para poder mirar las cosas de otra manera!
Aque da era sábado, y os niños no tenían que asistir a cases Por lo genera, se evantaba tarde, cas al mediodía, sin anes Su mujer tampoco se ponía en pie tan temprano como solía hacero durante la joada de estudios, cuando iniciaba sus actividades con e prmer canto de gao. Esa era su opotunidad, antes de que ea despertase, pues quera hacer as cosas a su modo, sin que nadie metiese a cucharada y e dijese cómo actuar, como
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ocurría cada ve que pensaba hacer ago, cuaquier cosa, por pequeña que fera
Doña Carola entonces opinaba as sugerencias que hacía se convertían en verdaderas órdenes y . ¡Ay de que no las cumpiera! Porque entonces podían pasar varios días sin que ella volviera a dirigire a paabra.
Saltó de su cama tratando de no hacer e me nor ruido y se puso de inmediato os pantalones que había puesto sobre un banco Metió os pies dentro de sus alpargatas y se puso la camisa y el saco como si estuviese en una competencia de ver quién se vestía primero.
uando doña Carola despertó, e viejo maes- tro ya se encontraba ejos de allí Había salido del pueblo y se había metido por entre la espesura de unos matorraes buscando ago que todavía no sa- bía qué era Quizá podría encontrar un animaito extraño y convertirlo en la mascota de la escuela. O unas pantas distintas a as que crecían en os huertos o patios de las casas que pudieran serv de modeos para que os niños las dibujasen A medida que avanzaba satando por sobre gruesos troncos metiéndose entre unos vericuetos muy enredados para no caer en ningún camino conocido, sentía e aliento de la aventura, una sensación que no expe
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rimentaba desde los ya remotos días de su juven-tud, cuando soñó con salir de su pueblo y viar por el mundo para conocer otros paisajes, otros países y otras gentes.
Pero la idea del viaje se fe aplazando una y otra vez, en espera de una mejor oportunidad, que es algo indenible que nunca se sabe qué es. Después se casó, le dieron el puesto de maestro de la escuela y allí se quedó, enseñando a una genera-ción tras otra de los habitantes del pueblo siempre las mismas cosas, que por lo general olvidaban al terminar los estudios.
¿ Cómo podría lograr el hacer cosas que valie ran la pena de ser recordadas? ¡Necesitaba encon trar algo soresivo, para que los muchachos se entusiasman y vieran que aún estaba en capa-cidad de enseñarles cosas nuevas, de ayudarlos a descubrir otros mundos!
Aquellas ideas revoloteaban en su cabeza, co mo mariposas de distintos colores, cuando se dio cuenta de que estaba perdido Habían pasado varias horas y se había alejado ucho del pueblo y de la civilización. Ahora se hallaba en el ndo del bosque, en un lugar selvático y por eso comenzó a experimentar una sensación de peligro. Recordó la rma como su rival, el hombre que contaba cuen
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tos, hablaba de las aventuras de gentes del pasado, de personas que estaban lejos, tanto en el tiempo como en el espacio, pero al n era él mismo quien estaba viviendo una aventura, ahí y ahora, en ese moento, y no sabía cómo podía salir del embrollo en el que se había metido por su propia cuenta.
El impulo de avanzar y avanzar, de ir cada vez más ejos, hacia lo desconocido, no le había permi-tido poner atención a los detalles de las plantas, a la observación de pequeños aniales, de pájaros exó-ticos, de ores raras que había en los alrededores, y fe entonces cuando decidió que lo mejor que podía hacer era regresar y, mientras encontraba el camino para volver al pueblo, podía recoger mues tras de plantas, piedras de rmas raras o mariposas de colores exóticos. Por el tronco de un árbol subía una iguana o una salaandra, no sabía bien qué
animal era .. . Tenía un color verde esmeralda muy intenso y unos ojos enormes; un animal curioso, peo ¿cómo llevarlo? Hubiera necesitado un canas-to, una pequeña jaula, cualquier cosa
Ahora se daba cuenta de cómo al dejarse aastrar por un ipulso no había tenido la previ-sión de buscar una mochila, un costal, algo para recoger aquellas cosas con las que había soñado
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Caminó y caminó otro buen rato y comenzó a sentr hambre y dolor en las pieas No tuvo más remedio que sentarse sobre una gruesa raíz que se agaaba al suelo con torceduras caprichosas, mien tras meditaba sobre lo que debía hacer a parr de ese momento.
Mientras el maestro se hallaba perdido en los vericuetos de aquel bosque, sin hallar signos que le indicaran cómo volver al pueblo, doña Carola estaba muy preocupada, pues desde las primeras horas de la mañana, al constatar su desaparición había preguntado por él a los vecinos, en las tiendas dónde hacían las compras y en todos los lugares donde podía pensar que se encontraba su esposo, que desde luego no eran muchos, y nadie supo darle razón de su paradero.
Muy angustiada, decidió llamar entonces a un grupo de sus alumnos, entre los cuales se encontra- ba Jacinto, un muchacho vivaz e inteligente que
siempre se destacaba como el más capaz y de más iniciativa entre a sus compañeros.
Los jóvenes se reunieron y después de canar por uno y otro lado, recorriendo las distintas calles del pueblo, llegaron a la conclusión de que el maes tro se había marchado quién sabe por qué y sin
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doña Carola con una respuesta tan pobre ente a os temores de ea Tenían que hacer un eserzo y
halar a frma de encontrarlo
Don Pedro nunca había hecho algo así. ¿ Se habría vueto loco? A las mentes de los pequeños
vinieron toda clase de ideas.¿ Y si estuviera ener-mo? Varios de eos pensaron que con los años que aque hombre tenía encima, podía haber muerto de repente, pero ninguno se atrevió a deciro Entonces acordaron dar vuetas por todas as cales y pre guntar por todos ados si aguien o había visto.
Crearon varios grpos de exploración, y después de los primeros tanteos, se unieron más estudiantes y e número ya legaba a 20 Haciendo un rápido ejercicio matemático, Jacinto dividió 20 por 4 y así concluyó que cada grupo tendría 5 niños, y, así divididos podrían cubrir los cuatro puntos cardina les: norte, sur, oriente y occidente
acinto marchó con el primer grupo hacia e norte y los otros tomaron su camino. Aqueos jó-venes sentían que estaban viviendo una aventura emocionane al intentar resolver e misterio del paradero de su viejo maestro, un hombre que había dejado de interesares desde hacía mucho tiempo, en especia desde que legó al pueblo e contador de historias que ahora los observaba, desde su
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banco en a paza correr de un ado a otro como buscando algo que se es había perdido
Tal como o habían paneado recoeron as calles, preguntaron por todas partes e incuso sae ron de pueblo y buscaron por agunas de as
vere-das de os arededores pero nada E hombre había desaparecdo sin dejar rastro.
Los peligros de la selva
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Sin saber en qué momento, cuando ya se estaba haciendo de noche, don Pedro se fe quedando dormido, recostado contra e tronco del árbo donde
se había sentado a descansar. En ningún momento imaginó el revueo que había causado en el puebo
No dejaba de ser curioso e que hubiera lamado a atención y despertado e interés de sus aumnos y de la gente del pueblo más con su ausencia que con su presencia Parecía un asunto de magia que e
viejo maestro se hubiera vueto invisible
Caro que él no pensó nada de eso. A contra- rio, soñó que estaba en su casa, como todos los días, y que su mujer e acababa de servir un buen pato de sopa, pues de todos modos e hambre que tenía se e acanzó a meter en el sueño
A a mañana siguiente, despertó con los pri-meros rayos de so Le doían os brazos y las pieas, a cintura y e cuello, por a posición tan incómoda en la que había quedado En un primer
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momento se sorprendió al encontrarse en aquel stio, los de su casa y de la cama en la que dormía todas las noches Pero después de pensarlo unos nstantes, recordó el lío en el que se encontraba al meterse en las profndidades de un bosque enmara-ñado, de una selva desconocida para él, que queda- ba más allá del sitio donde teminaban los caminos
y veredas marcadas por la huella del hombre
En ese momento no sabía s al avanzar se es-taba acercando o alando del pueblo No haba tendo la precaución de ar algunos puntos para orientarse Ahora ya no saba dónde estaban el note ni el sur. En medo de su confsión, había olvidado por dónde sala el sol y por dónde se escondía
En un claro de aquel bosque descubrió una pedra con una rma extraña, que además parecía valiosa, pues mostraba vetas de varos colores, en-tre ellos un verde ntenso y brillante ¿Y s fera una eseralda? Por el tamaño, además, pensó que poda ser muy valosa De ser cierto aquel hallaz-go, el viaje habría valido la pena, a pesar de sus temores. Buscara con toda la calma, hasta encon trar algo o a alguien que le pudiera ndcar la vía de regreso
Se dirgió entonces a la piedra y comenzó a arrancarla de la terra, donde pareca esta incrustada
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Después de hacer varios movimientos, para uno y otro ado, como s era un too, a pedra se desprendió, pero, a msmo tiempo, de una peque ña cueva que aquea piedra había tendo tapada, saió una cuebra, que se arrastró haca é, rosa por haberla despertado Después de abrr su boca y mostrar una engua roiza que entraba y saía
veozmente por entre unos afados dientecos, e do un erte mordsco a maestro; nocuándoe su
veneno en una pea.
E maestro sintió a pcadura, pero a pedra e dio un gope a repti, que de nmediato se aejó perdiéndose por entre os matoaes Don Pedro dio unos pasos, muy asustado, y pronto empezó a senr como un vahído y un extraño cosqueo Re- gresó a ado de árbo donde había pasado a noche
y vovó a recostarse contra e tonco, mientras una sensación de ío e nvadía todo e cuerpo En ese momento sintió que había egado su hora y que iba a morir sin que pudieran encontraro en aque parae tan aejado de cuaquier huea humana
En e tempo que había transcurrdo desde que e maestro despertó y e picado por a seiente,
sus auos no se habían quedado con os brazos cruzados Después de dar vuetas por e puebo y sus aededores sin tener nnguna pista o ndcio
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que permitiera pensar qué haba pasado con su maeso, buscaron a hombre que contaba hstoas, pues estaban seguros de que tenía una amplia expe- riencia en los asuntos de mundo y sabía muchas cosas, conocía otros ugares, pues había recodo ampos espacos en su larga vida, y e pidieon que los ayudara a buscar a don Pedro
Le explicaron que no habían dormdo buscan do por uno y otro ado, y no podían imagnar para dónde y por qué se haba marchado un hombre de costumbres tan fas y repetidas como su maestro, que todos os das haca o msmo desde que lo conoceron, cuando llegaron a a escuela por pr mera ve
El hombre que sabía tantos cuentos se quedó pensando que ta vez alí había una nueva historia Por más que creamos conocer a los demás o a al guen en especa, siempre cabe la posbidad de que de pronto saga con algo nesperado, reaccione de una manera derente a como acostumbra o haga algo que amás haya hecho y lo ntente por primera ve, aunque se trate de un hombre vejo y en apa rienca predecible.
Luego, el contador de hstoras, cuyo nombre aún no conocan os muchachos, pues no se os había querido decr, quá para conservar un cto
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msterio sobre su vida y milagros, se puso de pie y señaló hacia las montañas, auera del pueblo
¿Para dónde pudo haberse ido ese buen se- ñor? Si no está en el pueblo y nadie lo ha visto, ni existe ninguna razón para que se haya escondido, debe haber salido de aquí, tal vez buscando algo o tratando de escapar de algo que no le gustaba.
Al mirar los posibles escenaros que rodeaban al pueblo, el contador de historis concluyó que existían dos posbles recorrdos, muy difrentes el uno del otro: o se marchó por las montañas o hab resuelto meterse por entre los parajes selváticos que se encontraban al otro lado La pmera posi bilidad era poco probable, pues trepar la cordillera a pie, para un hombre de su edad y poco acostum- brado al ejercicio, era algo casi imposible, pues no existía noticia alguna de que hubiera emprendido el viaje a caballo o a lomo de un burro o una mula, pues ni él tenía esa clase de animales ni nadie dijo
habérselos prestado o alquilado.
Y como ninguna persona puede disolverse en el aire o desaparecer sin explicación alguna, habría que examinar esa otra alteativa: observar la zona selvática, desde distintos puntos del camno, a ver si se descubría alguna señal de pisadas, ua rama
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rota o algo que indicara el paso de un cuerpo por entre los ramaes del bosque.
Así lo hcieron y después de algunas vueltas, sn que los jóvenes supieran cómo, el condor de historas señaló un puno y dijo:
Por aquí salió el maesro Síganme a ver si damos con su paradero.
Eso hcieron los muchachos, completamene seguros de lo que aqel hombre estaba haciendo, como si fese un detective experimentado Mraba el piso, ramas dobladas y dealles que los jóvenes no alcanzaban a percibir, hasa que al n, después de dar vueltas por enre una espesa maleza, llega ron a un claro y descubrieron al viejo, muy pálido, con un geso de dolor, pues no hacía mucho lo aca-baba de morder una serpiente.
Bastaron dos o res palabras del maestro, que aún esaba conscente, para que sus alumnos se dieran cuenta de la dramáica situación en la que se encontraba. Por la paldez de su rostro y un cons ante emblor en todo el cuerpo vieron que si no se hacía algo de inmediato, odía morr antes de llegar al pueblo. Enonces todos se volearon a un mismo tempo a mirar a conador de hisoras, que sabía tantas cosas, a ver si él encontraba un reme-dio, o de lo conrario todo estaría perddo.
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Ni siquiera tuveron que hacerle una pregunta para que el hombre tuviera lista una respuesta y les diera algunas indicaciones sobre lo que ellos tenían que hacer en ese momento.
Si de la naturaleza salió el mal, ella misma debe daos la solucón No se queden ahí con la boca abierta, muchachos. Busquen unas ramas para
hacerle una cama a ese buen señor, pues por lo que parece no está en condciones de caminar por su propa cuenta. Mientras tanto, yo voy a mirar cómo está la herida y a ver qué se puede hacer...
Y dicho y hecho, los jóvenes buscaron prime ro dos ramas fertes, que aguantaran el peso del
cuerpo y luego otras que le srveran de camastro, y las feron entrelazando unas con otras, tal como habían visto hacer a los artesanos del pueblo cuan do bricaban canastos.
Los jóvenes estaban concentrados en esa tea, mientras el contador de historas daba vueltas por los alrededores, como buscando algo, hasta que de ronto se detuvo ente a una especie de bejuco que tenía unas hojas de color verde oscuro, gresas y jugosas. Entonces ancó algunas de esas hojas y pedazos de la corteza del busto, se drgó a donde estaba el maestro, le qutó los pantalones y obser-vó la herida; la pea estaba amoratada, se había
inamado y para como de maes el maestro había perdido a conciencia
Cuando los jóvenes egaron después de armar un improvisado camastro con la intención de acos- tar a viejo sobre as ramas al vero rígido y con os ojos cerrados creyeron que estaba muerto y que ya no había nada que hacer
Siempre hay algo que hacer dijo el contador de historias
¿Pero cómo? Si está muerto..
¡ Muchachos apresurados! ¿Acaso no pueden distinguir a vida de a muerte? Esta panta está viva, mientras esta roca está rígida y muerta Su maestro todavía respira aunque débilmente.
¿ se puede hacer ago para savaro?
Ya es die que siempre se puede hacer a
Aguna utilidad tienen que tener las historias qu conozco así que vamos a ver si a experi cia de otros ante la picadura de serpientes puede ervos en el caso presente
Y después de decir esas palabras e contador de historias comenzó a ot la pie a herida de
maestro con las ramas del bejuco q había encon trado Lo hacía con ferza para que saiera e jugo que tenía dentro una y otra vez con mucha
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paciencia y a la vez le tocaba la ente a don Pedro, que estaba bañada de un sudor espeso y ío.
Hay que buscar algo en que traer un poco de agua para bajarle la febre
No terminó de decirlo, cuando dos de los jó-venes corrieron hacia una quebrada cuyas aguas se oían al golpear contra las piedras y después de buscar por los alrededores encontraron el cascarón de una especie de calabaza que les sirvió de totu-ma, y allí llevaron el agua con la que el contador de historias empapó un pedazo de tela que había aancado de la camisa que llevaba puesta y la puso sobre la ente del maestro.
¡ Hora de regresar! dijo.
Y alí se inició el viaje de regreso hacia el pue blo; el contador de historas iba señalando el cam no, mentras los muchachos lo seguían, llevando al doliente maestro en andas, que aún no había recupe- rado la conciencia. Los propios jóvenes no hubieran podido saber por dónde regresar, pues se sentían tan perdidos como el maestro cuando se llenó de temo- res al no saber cómo volver al pueblo.
Las cosas se deshacen conrme se hacen. Es dijo el hombre una voz frme que les dio plena seguridad a los muchachos. Aunque aún es taban preocupados por el maestro, pues no lo veían
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reaccionar en el fndo creían que e emedo que le había pues el contador de hisorias lo a a sa-var, y or eso queían que les contara cómo haa conocido ese emedio y si había alguna historia que pudiera conar sobre ese asunto.
Sí Conozco una hisoria, de la que hace par-e un niño como ustedes
Pese a la gravedad del momeno que esta- ban viviendo y en medio de la inceridumbre por la suerte del maesro heido po el veneno de la serpiene los jóvenes se pusieron muy conentos ante la posibilidad del relao que el viejo podía conarles
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Las gentes del pueblo vieron cómo entraba la comitiva de jóvenes, encabezada por el viejo que
se sentaba bajo la ceiba de la plaza a contar episo- dios del pasado Observaron el esado lamenable en que se hallaba el maesro, del cual muchos de los hombres mayores habían sido alumnos años atrás. Varios de ellos acompañaron el corejo hasa la casa del maestro, que quedaba al lado de la escuela, y vieron cómo se asomaba a la puera doña Carola, que se angustió aun más al ver a su marido en esa siuación.
De inmediato lo llevaron a su cama, lo acosa- ron, y el conador de hisorias preparó una insión, una especie de té con las cortezas del bejuco y con algunas de las hojas de la misma planta, y se las dio a beber al maestro, quien aún estaba medio incons- ciene, pálido y con ebre, y su aspeco era tal que parecía presagiar un trágico desenlace
El maestro, cuyo pronósico era reservado, aún permanecía en el lecho, el contador de hisorias se quedó a su lado, acompañado por doña Carola, quien esaba pendiente de odo lo que aquel hom bre necesitaba, como traerle paños de agua ía y ponerlos en la ene del afcado, o hacerle tomar oros sorbos del bebedizo que había preparado, como si se raase de un remedio de botica Aquel
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desconocido que saba tantas cosas parecía un mé dico de verdad
Transcurrió todo e día y una nueva noche, y algunos óvenes se tuaban para ir a la casa de su
maestro a preguntar por su salud Entre ellos Ja- cinto, que se haba convertido en el comandante de aquelas ferzas uveniles. Jacinto hababa con el contador de historias y luego relataba sus conver saciones con pelos y señales a sus compañeros de la escuela
Lo más importante que quería saber era si su maestro se iba a curar y si quedra bien, de modo que pudiera seguires dando case El hombre dijo que eso se sabría unas horas más tarde, y que él también podría comprobar si una historia que co- nocía de a época de naes de a coonia era verda- dera o si se trataba de una cción o una leyenda
El contador de historias se quedó dormido a lado de la cama del enrmo Cuando despertó a la mañana siguiente, e maestro estaba sentado en su lecho, con los ojos muy abiertos y una actitud com- pletamente distinta a la de día anterior. La paidez había desaparecido, los colores habían regresado a su rostro y, o más importante de todo, había des pertado con mucha hambre
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Doña Carola se puso muy contenta, le dio as gracias a viejo que se haba conveido en e salva dor de su esposo y coió a la cocina para prepaar un buen cado de gaina, de esos que dicen que sir ven para resucitar muetos, y hay que perdonar la expresión, ero en est caso la fase viene a cuento pues don Pedro, el maestro, había pasado las últi mas horas más muero que vvo dede el momento en que o mordió cuebra y le intodjo su veneno dentro del cuerpo.
Mientras tomaba su caldo, e maestro miraba al hombre a quien había considerad su rival, pues se haba convertido en una especie de héroe de sabio o en e mejor conversaor o conador de histoias, hasta el pnto de que ss aumns habían perdido l interés por las clases que él es ictaba, y en-tras es trataba de explicar cualquier cosa muchos de eos bostezaban y hacían cara de abuimieno, lo cual o ponía muy trste
Quería buscar en el bosque algo que pudie ra interesar a mis aumnos dijo a modo de ex picación . Una plata, un animal, a lo mejor un armadillo, una tortuga, cualquier ser iviente que hiciera más iteresante a clase Y de pronto encontré una piedra de heosos coores que tenía
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una veta de un verde muy intenso . . . ¡ Y fe ahí cuando apareció la culebra!
Jacnto, que acababa de llegar con otros com pañeros a preguntar por su maestro, le djo que todo estaba ben, que ellos habían traído esa pedra, por que él la había agaado cuando ellos lo encontrron caído al lado del árbol. Ahora tenían que colocar la pedra a la entrada de la escuea, como un troo de la aventura que había vvdo su prosor.
-Con todo lo que ha ocurrdo, ya sé qué hsto ria les voy a contar Vayan mañana a la plaza, des pués de ir a la escuela y escuchar el relato de su maestro, y les dré de qué se trata
Se puso de pie, se despdió de don Pedro y de doña Carola, agradeció el caldo de gallna que se había tomado, se puso su sombrero y salió de allí, al ver cómo se había recuperado el maestro y al asegurarse de que ya no era necesara su pre senca.
El niño dibujante
•
■Al otro día, gran parte de los estudiantes de la escuela se reunió en la plaza a la sombra de la gran ceiba en espera de la historia que les había prometi-do el contaprometi-dor de historias Mucha gente del pueblo había sacado bancos o sillas para escuchar el relato como si se tratara de una representación teatral
El vieo prendió su pipa y habló con una voz potente para que todos lo escucharan:
Muchachos antes que todo déjenme decirles que su maestro arriesgó su vida para encontrar algo novedoso que pudiera despertr su curiosidad Ustedes se han interesado por mis relatos que por el momento aparecen como una novedad pero si yo tuviera que hablar durante años y ustedes me tuvieran que ver todos los días a lo meor llegarían a cansarse de ú.
Muchos de aquellos niños trataron de dec que no peo el viejo impidió que siguieran los
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murmullos con n gesto de su mano y prosiguió su
eplicación:
Agún sabio en el pasado dijo que el que
va despacio va lejos lo que quiere der que para
aprender algo útil y frmarse e verdad hay que
tener una gran paciencia y escuchar las lecciones
que día a día van frmando la personadad y los
conocimientos de cada uno de ustedes. Esa tarea no
siempre es placentera ni para los jóvenes que quie
ren divertse y descubrir algo nuevo a cada instante
ni para el maestro que tiene que verlos y dictarles
clase durante días meses y aos
Don Pedro el maestro se había levantado de
su cama y escuchaba desde cierta distancia, pues
doña Carola también había sacado una silla para
que se sentase a escuchar ya que aún estaba débil
como para mantenerse e pie.
También e alegra ver que aqí hay gente
mayor porque en la vida a cualquier edad se pue
den aprender cosas útiles
Después de dar dos bocanadas a su pipa y de
jar que la nubecilla de humo del tabaco se
disper-sara en el aire el hombre prosiguió su explicación
como un prólogo a la histora que iba a contar:
El maestro de estos muchachos y de muchos
de ustedes dijo sealando a los adultos ha vivido
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una experiencia muy interesante, digna de tenese en cuenta, en relación con la investigación de la naturaleza. Porque esa naturaleza que nos da los alimentos de cada día, que nos da los animales que son útiles para el trabajo y que nos mueta tantas cosas bellas como las ores, las maiposas de vivos colores o las aves que nos alegran con sus trinos también tiene muchas cosas que pueden ser peligrosas paa el hombre, como las tempesta des, los terremotos, las inundaciones, el ataque de animales roces o la pcadura de las seientes Paa sobreviv hay que tomar precauciones y estar preparado para aontar los peligros ue se puedan presentar Por eso, la historia que les oy a contar tiene que ver con la investigación de la natualeza, y en ella inerviene un niño como cualquiera de ustedes, que en un momento se mostró rebelde y capricoso, pero que al n comprendió el valo de las lecciones También él tuvo que ver con la
pica-dura de una seiene, y su experencia fe la que nos sirvió para pedr que el veneno de la culeba que mordió a don Pedro fea a acabar con su vida Gracias a esa experiencia, él está ahora sano y salvo, peo deben tener paciencia y escuchar todo el relato, para que puedan comprender las causas
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de as grandes mpresas y las dicultades que se presentan para sacarlas adelante
El contador de historias había adoptado un tono de voz prosora!, quizá como homenaje al viejo maestro, y don Pedro sintió en el fndo, que todas aquellas palabras dichas se referían a él y a su abnegado papel como frmador de tantas gene-raciones de adultos Tuvo entonces un sentimiento
de gratitud y aprecio hacia aquel hombre que había llegado al pueblo no como un rival y enemigo suyo , sino como un amigo y compañero en la dicil tarea de educar y rmar a los muchachos y además, de mentar su curiosidad y aprender a escuchar con atención. Po todo elo, sóo poda tener hacia él un proundo agradecmiento
Después de aquellas palabras de introducción, el hombre entró de lleno en su historia:
==+
En los últimos tiempos coloniales, durante la se�
gunda mitad del siglo XVIII, se produjeron im�
portantes cambios en el llamado Nuevo Reino
de Granada, que después de la independencia
s convirtió en la República de Colombia. Fue
una época de refrmas, durante la cual mejora�
ron las ciencias, la investigación, la medicina y la
botánica, entre otras. Y a todo esto contribuyó
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un hombre muy importante, que llegó a
Carta-gena en 1760, en la comitiva del virrey Messía de
la Cerda: José Celestino Mutis.
Antes de emprender el vije, Messía de la
Cerda había encontrado a Mutis estudiando
dis-tintas especies e plantas en el ardín Botánico de
Madrid. Cuando se enteró de que además había
realizado estudios de medicina lo invitó a
acom-pañarlo como su médico personal. Pero Mutis
tenía otos intereses además de a mediina: as
40
matemáticas, la astronomía, a botánica y el
es-tudio de los mneales. Muchas de estas
activida-des eran cas por completo activida-desconocidas en estas
tierras, or tal razón, pronto Mutis fe
consul-tado sobre todos los temas imaginables Era un
verdadero sabio, y por eso lo llamaron «el
orá-culo e reino».
José Celestino Mutis tradujo textos de
ma-temáticas y de sica, del nglés Isaac Nwton,
Newton tena la visin más moderna de a época
en estos campos de la ciencia ¿Recuerdan la
his-toria de Newton y la manzana Pues se cueta
que, al observar la cada de una manzana,
descu-brió la ley de la gravedad, que es la rma como
i
la tierra atrae las cosas como si fera un imán •••
Entonces el viejo se inclinó, tomó una piedra en sus manos, se subió a la banca en la que había estado sentado y dejó caer la piedra.
Hoy nos parece lógico y sencillo ¡verdad/, p�1
sar n esta ley al ver la rma como caen los
ob-jetos al suelo. Pero, de esta observación, Newton
rmu toda una ley de a ciencia, a de la
gra-vitación universal, lo que demuestra que un
buen observador puede etraer conclusiones muy
4 1
interesantes y profndas hasta del detalle más
pequeño .. .
Desde su llegada a Santa Fe de Bogotá, a
comienzos del 1761, Mutis tuvo un intenso tra
bajo como médico. No sólo tenía que atender al
virre sino a muchas personas que lo llamaban
cuado padecan alguna enrmedad... Porque
no habí muchos médicos en la ciudad, sino
yerbateros, bruos y oras personas sin conoc
miento de las enermedades ni de los remedios.
Pero aquello fe lo que más preocupó al
médico y botánico: que no había sucientes re
medios, ni se conocían aquellas plantas que po
drían servir para preparar jarabes o ungüetos
en la boticas . . . Quería estudiar la naturaleza,
investigar las plantas de este nuevo continente
-la mayor parte de las cuales no habían sido
observadas en rma cientíca-, para saber qué
eecos podrían producir al preparar bebidas o
usarlas de cualquier otra manera, no sólo para
curar a los enermos, sino como un modo de
prevenir y evitar las enrmedades.
Todo esto que les estoy contando, amigos
míos, nos va a servir para presentar al protago
nista de esta historia: un niño como ustedes que
apenas tenía nueve años cuano lo descubrió José
Celestino Mutis. Pero para llegar a ese punto,
tenían que pasar otras cosas. Llegaron nuevos
virreyes, y también feron cambiando las
acti-vidades de aquel sabio. Al tiempo que trabajaba
como médico, comenzó a dictar clases de sica
y matemáticas en el Colegio Mayor de Nuestra
Señora del Rosario, que es una de las
universi-dades más antigua de la capital y del país. De allí
salió a buscar minerales valiosos en distintos
lu-gares, primero en los alrededores de Pamplona y
luego en cercanías de !bagué.
Poco a poco, desde el primero de estos viajes
que realizó entre Cartagena y Bogotá por el río
Magdalena, fe descubriendo las maravillas de
la naturaleza tropical, las plantas, los animales,
los pájaros de mil colores, los utos de toda clase
que eran una delicia al paladar... Pero también
descubrió las enrmedades, los padecimientos
de la gente, y sentía mucha tristeza por no poder
ayudarlos a todos como hubiera querido.
En cierto momento, se ordenó como
sacer-dote, así podría dedicarse todo el tiempo a sus
investigaciones y al estudio de la naturaleza, así
no lo invitarían a bailes y otras estas, ni tendría
que conseguir una novia y casarse, porque todo
eso lo distraía de su verdadera pasión: la ciencia
.
44
en sus distintos campos, pero sobre todo la
bo-tánica.
La botánica, sí, porque veía cómo, en estas
tierras de los trópicos, se daban muchas plantas
que no se conocían en Europa, y que algunas
podrían servir como alimento y otras como
me-dicina. De ellas se podín sacar ustancias que
podrían ser útiles a la gente de distintas maneras.
Así, por ejemplo, oyó hablar de una planta que
se daba cerca de Quito, en la provincia de Loja,
que hoy hace parte de la República del Ecuador:
la quina Se trataba de un arbusto cuya corteza,
es decir, la piel del arbolito que le sirve como
ves-tido, era un magnífco remedio para bajar las
fe-bres y curar muchas enrmedades.
Después de dar varias vueltas por los
alre-dedores de Santa Fe, que era como se llamaba en
esa época a Bogtá, descubrió que por estos lados
también existían plantas de quina. Las descubrió
cerca del pueblo de Tena, en la región que queda
en los alrededores del salto de equendama.
Sobre la mosa quina ya existía una
his-toria que se había convertido en una leyenda.
Una duquesa que ivía en España, en un pueblo
cercano a Madrid llamado Chinchón, tenía una
enermedad muy grave y nadie había podido
45
enconrar el remedio. Sus febres eran cada día
más altas. No quería comer y se sentía tan mal,
que no era capaz de levantarse de la cama.
Un día apareció en su casa un hombre que
acababa de llegar de las provincias de América, y
llevaba varias muestras de las cortezas de la quina.
Entonces djo que tal vez aquella planta podría
aliviarla un poco, pues en las tierras de la Amé�
rica del Sur los indígenas decían que era buena
para curar muchas enermedades. Les djo a las
sirvientas de la duquesa que pusieran a hervir
46
agua con trozos de aquellas cortezas, como si se
tratara de una infsión, una especie de té.
Los médicos que habían atendido a la
duquesa ya habían perdido las esperanzas de
salvarla, y estaban pendienes de que llecera
de un momento a otro. La palidez de su rostro y
su mirada perdida parecían anunciar un pronto
desenlace. Por eso, no se perdía nada con
in-tentar esa última posibilidad de obtener alguna
mejoría. Entonces las damas de compañía de
aquella señora comenzaron a darle a beber tazas
de ese té de quina a la mañana y a la noche.
¡Muy pronto se produjo el milagro! En el
rostro de la señora volvieron a aparecer los
colo-res. La expresión de sus ojos se hizo más vivaz
Se incorporó en el lecho y pidió que le pusieran
unas almohadas para senirse más cómoda.
An-tes no quería probar bocado, pero ahora se le
había despertado un gran apeito, y apenas
ha-bía alcanzado a decir que tenía hambre, cuando
aquellas mueres corrieron a prepararle un buen
caldo de gallina. Una recuperación parecida a la
de don Pedro, el maestro.
A los pocos días, la duquesa de Chinchón
pudo levantarse, sana y salva, y por eso aquellas
cortezas de la bendita planta se llamaron a partir
47
de ese momento
Quina chinchona,
palabra que se
transfrmaría en
Quina cinchona,
que es una de
las variedades de tan benéco arbolito.
El sabio Mutis descubrió varias especies de
la quina, por la frma y color de sus cortezas
en-tre ellas la cinchona, la quina amarilla, la blanca
o la naranjada, como las llamaba el sabio Para
dar noticia de los benecios de aquella planta
recién descubierta por él, publicó en el
Papel
Pe-riódico de Bogotá
un escrito en el que empezaba
diciendo: «Son ciertamente muchas las
ener-medades que puede vencer la quina donde no
alcanzan otros remedios»
Mutis estaba muy contento de poder curar
a enrmos de ebres muy altas y de otros
ma-les que habían terminado con la vida de mucha
gente, como gripas, que aectaban los pulmones
y causaban verdaderas epidemias, ebres
persis-tentes y otras dolencias de distinta naturaleza.
Ya en ese momento José Ceestino Mutis
quería dedicar todo su tiempo al estudio de la
botánica, y por eso pidió ayuda a las
autorida-des, al rey y al virre a los obispos y arzobispos,
pero tuvo que trabajar muchos años por su
pro-pia cuenta, sacando el dinero de su trabajo como
médico, como prosor de matemáticas o como
48
mineo para poder fnanciar los primeros pasos
de su investigacón, antes de que el rey autorizara
la creación de la Expedición Botánica y le otor�
gara los recursos económicos necesarios para �
nanciar sus actividades.
Sólo hast 1783, veintidós años después
de haber llegado a la capital, Mutis logró reci�
bir la ayuda tan esperada para poder adelantar
os trabajos de investigació de la naturaleza, en
una empresa que reunió a mucha gente y que se
llmó la Real Expedición Botánica del Nuevo
Reino de Granada.
Era un trabo tan grande, que no podía
hacerlo él sólo Necesitaba toda clase d ayudn�
tes en distinos campos: gentes que recolectaran
las muestras de plantas, po los alrededores de
Bogotá o bando por la cordillera hasta llegar
a la tierra caliente; boticos que pudieran dis�
tinguir las distintas milias de plantas, por la
rma de sus hojas o los tipos de ores y utos
que tuviesen, y también pintores y dibujantes,
que pudieran reproducir las imágenes de las
muestras reunidas en los herbarios, para su es�
tudio y clasifcación.
A estos ayudantes les dio algunas clases
para que supieran el tipo de plantas que debe�
49
rían recoger y el modo de conservar las mues
tras. Se llamaron «herbolarios», pues eran los
encargados de rmar los llamados «herbarios»
compuestos por ramas de distintas plantas con
las hojas y sus ores y utos que deberían ser
llevados a la casa de la Expedición donde serían
guardados y preservados para que el grupo de
pintores pudiera dibuaros con la mayor
fdeli-1�
posible.En aque punto del relato, los muchachos comenzaron a habar en voz baja hacendo sus comentarios pues por aquellos días, en las clases de la escuela, tenían que hacer dbujos de plantas en el salón y estaban muy preocupados por retener las imágenes y no ovdar as rmas y colores, ya que a hacer las tareas no ba a tener la panta delante para copara Etonces le preguntaron al viejo cómo era aquelo de los herbaros y qué podían
hacer elos para tener sus propas coleccones.
-Paa elo, Muts les enseñó una técca a sus ayudantes, que les voy a expcar un poco más adelante Tengan paciencia porque todo lega a su tempo Antes tengo que expicares cómo fe que Muts se encontró con aquel niño de nueve años y
5 0
qué e lo que el muchacho ho en esa expedcón, que requería de nvestgadores centífcos y de pn- tores expermentados
Cada vez que el vejo quería motvar la cu rosidad de los jóvenes creaba una espece de
suspenso Paraba de habar y encendía su ppa, dejando que los cculos de humo se desvaneceran en el are Todos o mraban muy atentos, pues ya ba a aparecer el personaje que estaban esperando desde hacía un buen rato.
En una de las veredas campesinas, bajando
-
de-1
Santa Fe de Bogotá a tierra caliente en com�
pañía de algunos de sus ayudantes, pintores y
herbolarios, a Mutis le llamó la atención ver a
un niño, en medio del campo, cuidando a los
animales pero concentrado en otra cosa Tenía
toda la atención puesta en una hoja de papel y
observaba con mucho cuidado un árbol que te�
nía delante. Con un carboncillo estaba tratando
de dibujar el tronco y las ramas de aquel árbol
corpulento El cura botánico se acercó a él, con
pasos lentos, tratando de no hacer ruido, para no
distraerlo de su tarea. El niño seguía dibujando
sin caer en cuenta del sacerdote que lo observaba
con especial atención
"
52
Mutis duró un buen rato contemplando
los trazos del niño sobre el papel, mientras sus
acompañantes lo esperaban a cierta distancia.
Ellos sabían que cuando algo le llamaba la aten�
ción, una planta, un insecto, un pájaro o una
lagartija, o ahora un niño pintando, se dedicaba
a observar con gran paciencia, sin que el tiempo
pareciera importarle.
De pronto, el niño alcanzó a ver la sombra
del faile sobre la hierba y se volteó a mirarlo,
tratando de esconder el dibujo, como si hubiera
sido sorprendido haciendo al
gna diablura.
Dame ver lo que has pintado -le dijo
Mutis, con una sonrisa bonachona.
-No, señor... No me vaya a regañar.. . Le
juro que no lo vuelvo a hacer. . .
¿Y por qué te iba a regañar? Si no estás
haciendo nada malo. Al contrario, la pintura
que has hecho de ese árbol es muy bonita, tiene
cierto parecido. Pero podría ser mucho mejor
si aprendieras el ocio, hasta convertirte en un
buen dibujante.
Mis padres no me dejan, señor. Tengo que
cuidar las vacas y llevarles la comida a los cerdos
y las gallinas.
53
No lo sé señor. . . ¡Siempre he vivido con
ellos!
¿Y no me regalarías el dibujo que has
he-cho?
Sí, señor pero no le cuente a nadie que yo
lo hice Mi papá me regañaría porque siempre
dice que yo no hago más que perder el tiempo.
José Ceestino Mutis sonrió al descubrir a
ingenuidad de las gentes del campo, y recordó
los días de su inncia en Cádiz cuando
empe-zaba a dar los primeros pasos en la observación
de a naturaeza y el conocimiento de las
cien-cias. También a él lo habían regañado por pasar
largos ratos observando una planta o un insecto
pues pensaban que eso no le iba a servir para
nada y en cambio lo distraían de as tareas y
o-cios qe le asignaban en su casa
Poco a poco, sin embargo se feron dando
cuenta de que, para José Celestino, saber
obser-var la naturaleza era algo muy serio, pues incluso
muchas personas de autoridad quisieron
apo-yarlo y le consiguieron ayudas importantes para
estudiar medicina en Madrid.
Aquellos recuerdos le inspiraron deseos de
apoyar a aque niño que mostraba un talento
54
especial para el dibujo. Hasta ese momento los
pintores y dibujantes que colaboraban con él ya
estaban rmados en las técnicas artísticas, pero a
este niño él podría educarlo desde el comienzo.
Después de hablar un poco con el
ucha-cho, Mutis le preguntó si no le gustaría irse con
él a la casa de la Expedición, donde se estaba
r-mando una verdadera escuela de dibujo. El niño
lo escuchó con atención y sus ojos comenzaron a
brillar de la emoción, pues hasta el momento
na-die le había puesto atención en relación con sus
dibujos, que para él se habían convertido en un
juego secreto y placentero.
-¿Cómo
te llamas?
Francisco, señor. Francisco Javier Matís.
¡Mira que tenemos un apellido parecido!
El mío es Mutis, y mi nombre es José
Celes-tino ... Y dime Francisco: ¿cuántos años tienes?
Por ahora nueve señor, pero más tarde
voy a tener muchos más.
Mutis volvió a sonreír ante la gracia
inge-nua de aquel muchacho, cuyo talento natural
merecía tener una buena guía, como sucede con
la semilla de una planta, que puede crecer y dar
buenos futos si se cultiva en terreno abonado y
con todos los cuidados que se requieren.
55
Como director de la Expedición Botánica
Mutis no perdió el tiempo para ganar a ese nue�
vo dibujante que con algunas clases y buena
orientación podría ser muy útil para el tra�
bajo científco y con mayor razón si podía
rmarlo él mismo desde sus primeros pasos
Lo primero que hizo e hablar con los padres
del muchacho luego, lo llevó con los demás di�
bujantes a la casa que la Expedición tena en el
pueblo de Mariquita y de inmediato comenza�
il
ron las lecciones.
Los jóvenes herbolarios
.
Después de unos primeos tanteos en la prác;1
del dibujo, durante los cuales Matís realizó bos�
quejos de plantas en carboncillo, Mutis tomó la
decisión de vincularlo al grupo de pintores que
constituían toda una escula y se había conver�
tido en el principal baluare de la xpedición.
Allí lo encomendó al cuidado del primer
dibujante y mayordomo de la Expedición Botá�
nica, que se llamaba Salvador Rizo, para que le
diera papel carboncilo y pinceles para ss pri�
meros trabajos, y realizara dibujos de las hojas
y fores de las plantas que se encontraban en el
jardín de la casona.
Tanto Mutis como Rizo observaban los
trabajos de los dibujantes, con mucha o poca
experiencia, corregían lo que estaba mal y les
daban charlas que eran verdaderas clases tanto
de dibujo como de botánica. También asistían
57
los enargados de recoger muestras de plantas
en el campo, los Hamados herbolarios, y el joven
Matís que llegó con muchos deseos de aprender
y conocer nuevas tierras, hacía las dos cosas:
di-baba al principo imágenes en blanco y negro,
aprendiendo a hacer sombreados, y también
acompañaba a los herbolarios en la búsqueda de
nuevos emplares para los herbarios.
En estos paseos, por fera de la casona,
comenzó a hacer amistad con otros jóvenes del
pueblo que más adelante le crearon problemas y
serios disgustos con su maestro y protector
Mutis explicaba: «Para identicar la planta,
hay que arse primero en la or, que es la que
contiene la semilla y es a parte más hermosa de
la planta Luego, hay que numerarlas, de acuerdo
con el orden de los herbarios, para poder
reco-nocerlas y evitar confsiones».
Y volviéndose ·a Matís, le aclaró: «az de
cuenta que se trata de un juego: esta planta con
este número, y ahí le escribimos el nombre con
el que la gente a conoce» Para el niño todo
aquello resultaba nuevo y tenía mucho misterio,
pues aunque había mostrado un talento natural
para el dibujo, no sabía leer ni escribir, ni tenía
5 8
nociones de matemáticas ni de aritmética, pues
nunca había estado en una escuela
Fue así como poco a poco la Expedición
Botánica se convirtió en una verdadera escuela
para él Varios de los miembros se dedicaron a
enseñarle el uno, la escritura; el otro, a manejar
los pinceles; un tercero, a reconocer las distintas
clases y frmas de las muestras de plantas que
llegaban para armar los herbarios
Mutis vigilaba cada uno de los pasos, pues
se daba cuenta de la gran responsabilidad que
te-nía como director de aquella Expedición
cientí-ca. Además de director, se había convertido en
maestro y casi en un padre para el nuevo
miem-bro de la Expedición Botánica que era Francisco
Javier Matís Por eso, no se cansaba de explicarle
en detalle cómo debía organizar sus trabajos ,
de paso, le enseñaba a comprender los misterios
de la naturaleza y la vida de las plantas
Observando un capullo en un arbuso,
de-ca «La or comenza a abrirse en botones y
capullos, y luego, cuando crece y se desarrolla
hasta llegar a su plenitud y plena madurez, como
sucede con las personas, entones pued
trans-mitirnos todos sus secretos: su aroma, su belleza
j
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.
.
6
600
en todo su esplendor. Par conoce todo ee
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proc
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eso
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, conve
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ne dibu
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jar ca
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da una de las
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Fí
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a
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e capullo
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;
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lue
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go, en e
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s
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está abrendo y después en ésta, que ha llegado
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a s
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no
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o
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Db
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a una de esas
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partes, y s lo haces ben, es como s contaras
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la hstora de la planta. Por eso hay que poner
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o
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Los niños escuchaban al viej con mucha
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aten
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cón
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,
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pue
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s
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tam
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bié
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n
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ell
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os
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que
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ría
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n
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aprender
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l
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mejor frma de hacer las cosas y de dibar los
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árbole
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los
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arbu
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stos
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es y
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lo
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tos, y,
tos, y,
por
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decidie
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ron
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crear
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o herbario,
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modelo
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e
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las
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ases
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o
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Entonces l
Entonces l
e preguntaron al viejo cómo organizaba
e preguntaron al viejo cómo organizaba
Mutis los herbarios, para ellos ntentar hacer algo
Mutis los herbarios, para ellos ntentar hacer algo
semejante.
semejante.
A, bueno, muchachos dijo el viejo, me
A, bueno, muchachos dijo el viejo, me
alegra
alegra
que
que
estas
estas
historias
historias
que
que
les
les
cuento
cuento
puedn
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serles útiles en l
serles útiles en l
a vida,
a vida,
para me
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jorar su propio desa
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rrollo
rrollo
.
.
. Y ya que
. Y ya que
me lo
me lo
preg
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unta
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n, voy a explic
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sabio
sabio
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es
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enseñó
enseñó
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611
»Lo priero qe había que hacer era cortar
»Lo priero qe había que hacer era cortar
de
de árbol árbol o o del del arbsto as arbsto as raramitas cargadas de mitas cargadas de sussus
hojas y ores en n taaño en e qe cieran en
hojas y ores en n taaño en e qe cieran en
n piego de pape extendido.
n piego de pape extendido.
«Después había qe poner cada raita entre
«Después había qe poner cada raita entre
dos
dos hojas hojas de de estraza estraza que es que es n n tipo de tipo de apape e áspeáspe
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ro sin sin banqbanqearear. . En En e e ooento ento de de ccooocar ocar aass
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raas erera ia ipp0101anante tener cuidado al extender late tener cuidado al extender lass
hojas y las ores porqe ego se pasaba a colo
hojas y las ores porqe ego se pasaba a colo
car
car estas estas estras estras de de pantas pantas entre entre dos dos tabas tabas dede
iso ta
iso taañoaño carcargángándoas doas con con n peso n peso sfciesfcientente
par
para a hacer hacer presión presión pero pero no no tanto tanto que que llegara llegara aa
apast
apastarlas y arlas y destruirdestruirasas
»Mutis decía: "Si e tiepo es húedo hay
»Mutis decía: "Si e tiepo es húedo hay
qe ponerlas
qe ponerlas a sa soo con con e peso e peso enencicia a por por agunasagunas
horas
horas cacabiándoles los papeles después de biándoles los papeles después de apaapartar-
rtar- as del
as del sol para irles qsol para irles qitando itando a a hheedad. dad. CandoCando
estén
estén biebien n secas secas hay hay que que colocar colocar cada cada esqueeesqueetoto
o
o raa raa disecada disecada en en n n piego piego de de pape pape extendiextendidodo
Entonces a cada hoja se e pone n papeito con
Entonces a cada hoja se e pone n papeito con
e
e nobre cnobre con on el el que que se se conoce conoce a la la plana planta, ta, o o esteeste
nobre
nobre se se escribe escribe en en e e iisso o piego. piego. Lego Lego alal
gardarl
gardarlas as despédespés s de de nenerarlrarlas as hahay y qe qe hacerhacer
na ista para saber cuántas y cáles pantas se
na ista para saber cuántas y cáles pantas se
tienen