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El Mejor Pintor de Flores Del Mundo

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AFAGUARA INFANTIL AFAGUARA INFANTIL

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© Del texo: CAROS JosÉ EY, 200 © Del texo: CAROS JosÉ EY, 200

© De eta edición:

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Calle 80 No Calle 80 No 9-699-69 Teéfono (57) 639 60 00 Teéfono (57) 639 60 00 Telefax (7 236 93 82 Telefax (7 236 93 82 Bog

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Pmea edición en Colobn Coloba, abil de a, abil de 200200

Pea repreón, octbre de 200

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Todos lo derecho eevado. Et

Todos lo derecho eevado. Et publiión no publiión no uede e uede e erodd,erodd,

ni e todo  e pare,  regstrada en o ramtida por un sitema de

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El mejor pinto de

El mejor pinto de

floes del mundo

floes del mundo

Carlos José Reyes

Carlos José Reyes

Ilustraciones d

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Contenido

La avenura del maesro .................... 9

Los peligros de la selva .....................19

E niño dbujane ................... 35

Los jóvenes herboaros .....................56

El dibujane rebede .....................66

E niño y la serpente..................78

El mejor pintor de fores del mundo y e vejo ecor ....................... 87

Epílogo...............................109

Noa del auor .............................. 13 Bograía ....................... 17

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La aventura del maestro

Don Pedro, el maestro de escuela de un pequeño pueblo perddo en medio de la cordllera de los Andes, llevaba muchos años dictando las diversas materias de los cursos de primara y sentía que haba llegado el momento de retrarse, para lo cual era necesaro que enviaran a aguen ms joven y de ser posible, no uno, sno dos o tres prosores, que puderan encargarse de cada crso por separa-do Hasta el momento él se ocupaba de todo, con ayuda de su esposa, doña Carola, pero ella no dc taba clases, sino que se encargaba de otras tareas en la escuela, como vgilar a los niños en los recreos, cuidar los exámenes para que nade se copiara de los otros y otras actvidades semejantes.

Por eso la aparcón de un hombre que contaba hstorias llamó la atencón de los muchachos, pr-mero de uno, luego de cnco o ses y, al fnal, un curso completo corra a la plaza para escuchar los cuentos de aquel viejo.

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El hombre, sentado bajo a gran ceiba de la  plaza que según agunos era mucho más vieja que  los abuelos, le comuncaba una especial emoción  a as hstoras que contaba, cambaba a vo cuan- do hablaba otro personaje como s fera un actor  entrenado paa representa muchos papeles.

Don Pedro el maestro había observado desde  cierta dstancia a rma como aquel hombre se  expesaba los gestos que hacía los tonos y tmbres  que ponía a su vo y se había dado cuenta de que  era muy dicil competr con él para atraer a sus  aumnos Sentía que en a últma case de la tarde  los uchachos casi no ponían atención pues que  rían sair corriendo tan pronto doña Caroa tocaba  a campana

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Por as noches, don Pedro no podía dormr pen sando en a frma de vover a atraer la atención de sus aumnos Sabía que a mejor manera de ograrlo aún estaba lejos de su comprensión Dicilmente podía consegur un buen resutado por medio de  regaños o castgos Peo, por oa parte, a él e resu taba muy dici cambiar o encontr otras fas de expresión que atraeran a atención de los mucha-chos, pues era un hombre mayor y ya no estaba en edad de aprender cosas nuevas ni de cambiar de actitudes

Lo pensó una y otra vez, hasta que una voz en su interior empezó a decirle: "¿ Y or qué no puedes cambiar? ¿Acaso lo has intentado? ¡ Debes sair a tomar aire esco para poder mirar las cosas de otra manera!

Aque da era sábado, y os niños no tenían que asistir a cases Por lo genera, se evantaba tarde, cas al mediodía, sin anes Su mujer tampoco se ponía en pie tan temprano como solía hacero durante la joada de estudios, cuando iniciaba sus actividades con e prmer canto de gao. Esa era su opotunidad, antes de que ea despertase, pues quera hacer as cosas a su modo, sin que nadie metiese a cucharada y e dijese cómo actuar, como

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 ocurría cada ve que pensaba hacer ago, cuaquier  cosa, por pequeña que fera

Doña Carola entonces opinaba as sugerencias  que hacía se convertían en verdaderas órdenes y   . ¡Ay de que no las cumpiera! Porque entonces  podían pasar varios días sin que ella volviera a  dirigire a paabra.

Saltó de su cama tratando de no hacer e me  nor ruido y se puso de inmediato os pantalones  que había puesto sobre un banco Metió os pies  dentro de sus alpargatas y se puso la camisa y el saco como si estuviese en una competencia de ver  quién se vestía primero.

uando doña Carola despertó, e viejo maes- tro ya se encontraba ejos de allí Había salido del  pueblo y se había metido por entre la espesura de  unos matorraes buscando ago que todavía no sa- bía qué era Quizá podría encontrar un animaito  extraño y convertirlo en la mascota de la escuela. O unas pantas distintas a as que crecían en os huertos o patios de las casas que pudieran serv de modeos para que os niños las dibujasen A medida  que avanzaba satando por sobre gruesos troncos metiéndose entre unos vericuetos muy enredados  para no caer en ningún camino conocido, sentía e  aliento de la aventura, una sensación que no expe

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 rimentaba desde los ya remotos días de su juven-tud, cuando soñó con salir de su pueblo y viar por el mundo para conocer otros paisajes, otros países y otras gentes.

Pero la idea del viaje se fe aplazando una y otra vez, en espera de una mejor oportunidad, que es algo indenible que nunca se sabe qué es. Después se casó, le dieron el puesto de maestro de la escuela y allí se quedó, enseñando a una genera-ción tras otra de los habitantes del pueblo siempre las mismas cosas, que por lo general olvidaban al terminar los estudios.

¿ Cómo podría lograr el hacer cosas que valie  ran la pena de ser recordadas? ¡Necesitaba encon trar algo soresivo, para que los muchachos se entusiasman y vieran que aún estaba en capa-cidad de enseñarles cosas nuevas, de ayudarlos a descubrir otros mundos!

Aquellas ideas revoloteaban en su cabeza, co mo mariposas de distintos colores, cuando se dio cuenta de que estaba perdido Habían pasado varias horas y se había alejado ucho del pueblo y de la civilización. Ahora se hallaba en el ndo del  bosque, en un lugar selvático y por eso comenzó a experimentar una sensación de peligro. Recordó la rma como su rival, el hombre que contaba cuen

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tos, hablaba de las aventuras de gentes del pasado, de personas que estaban lejos, tanto en el tiempo como en el espacio, pero al n era él mismo quien estaba viviendo una aventura, ahí y ahora, en ese moento, y no sabía cómo podía salir del embrollo en el que se había metido por su propia cuenta.

El impulo de avanzar y avanzar, de ir cada vez más ejos, hacia lo desconocido, no le había permi-tido poner atención a los detalles de las plantas, a la observación de pequeños aniales, de pájaros exó-ticos, de ores raras que había en los alrededores, y fe entonces cuando decidió que lo mejor que podía hacer era regresar y, mientras encontraba el camino para volver al pueblo, podía recoger mues tras de plantas, piedras de rmas raras o mariposas de colores exóticos. Por el tronco de un árbol subía una iguana o una salaandra, no sabía bien qué

animal era .. . Tenía un color verde esmeralda muy intenso y unos ojos enormes; un animal curioso, peo ¿cómo llevarlo? Hubiera necesitado un canas-to, una pequeña jaula, cualquier cosa

Ahora se daba cuenta de cómo al dejarse aastrar por un ipulso no había tenido la previ-sión de buscar una mochila, un costal, algo para  recoger aquellas cosas con las que había soñado

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Caminó y caminó otro buen rato y comenzó a sentr hambre y dolor en las pieas No tuvo más  remedio que sentarse sobre una gruesa raíz que se  agaaba al suelo con torceduras caprichosas, mien  tras meditaba sobre lo que debía hacer a parr de  ese momento.

Mientras el maestro se hallaba perdido en los vericuetos de aquel bosque, sin hallar signos que  le indicaran cómo volver al pueblo, doña Carola  estaba muy preocupada, pues desde las primeras  horas de la mañana, al constatar su desaparición  había preguntado por él a los vecinos, en las tiendas  dónde hacían las compras y en todos los lugares  donde podía pensar que se encontraba su esposo,  que desde luego no eran muchos, y nadie supo darle  razón de su paradero.

Muy angustiada, decidió llamar entonces a un  grupo de sus alumnos, entre los cuales se encontra- ba Jacinto, un muchacho vivaz e inteligente que

siempre se destacaba como el más capaz y de más  iniciativa entre a sus compañeros.

Los jóvenes se reunieron y después de canar  por uno y otro lado, recorriendo las distintas calles  del pueblo, llegaron a la conclusión de que el maes  tro se había marchado quién sabe por qué y sin

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 doña Carola con una respuesta tan pobre ente a  os temores de ea Tenían que hacer un eserzo y

halar a frma de encontrarlo

Don Pedro nunca había hecho algo así. ¿ Se habría vueto loco? A las mentes de los pequeños

vinieron toda clase de ideas.¿ Y si estuviera ener-mo? Varios de eos pensaron que con los años que  aque hombre tenía encima, podía haber muerto de  repente, pero ninguno se atrevió a deciro Entonces  acordaron dar vuetas por todas as cales y pre  guntar por todos ados si aguien o había visto.

Crearon varios grpos de exploración, y después  de los primeros tanteos, se unieron más estudiantes y e número ya legaba a 20 Haciendo un rápido  ejercicio matemático, Jacinto dividió 20 por 4 y  así concluyó que cada grupo tendría 5 niños, y, así  divididos podrían cubrir los cuatro puntos cardina  les: norte, sur, oriente y occidente

acinto marchó con el primer grupo hacia e  norte y los otros tomaron su camino. Aqueos jó-venes sentían que estaban viviendo una aventura  emocionane al intentar resolver e misterio del  paradero de su viejo maestro, un hombre que había  dejado de interesares desde hacía mucho tiempo,  en especia desde que legó al pueblo e contador  de historias que ahora los observaba, desde su

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 banco en a paza correr de un ado a otro como  buscando algo que se es había perdido

Tal como o habían paneado recoeron as calles, preguntaron por todas partes e incuso sae  ron de pueblo y buscaron por agunas de as

vere-das de os arededores pero nada E hombre había desaparecdo sin dejar rastro.

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Los peligros de la selva

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Sin saber en qué momento, cuando ya se estaba haciendo de noche, don Pedro se fe quedando  dormido, recostado contra e tronco del árbo donde

se había sentado a descansar. En ningún momento  imaginó el revueo que había causado en el puebo

No dejaba de ser curioso e que hubiera lamado  a atención y despertado e interés de sus aumnos y de la gente del pueblo más con su ausencia que  con su presencia Parecía un asunto de magia que e

viejo maestro se hubiera vueto invisible

Caro que él no pensó nada de eso. A contra- rio, soñó que estaba en su casa, como todos los  días, y que su mujer e acababa de servir un buen  pato de sopa, pues de todos modos e hambre que  tenía se e acanzó a meter en el sueño

A a mañana siguiente, despertó con los pri-meros rayos de so Le doían os brazos y las  pieas, a cintura y e cuello, por a posición tan  incómoda en la que había quedado En un primer

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momento se sorprendió al encontrarse en aquel stio, los de su casa y de la cama en la que dormía todas las noches Pero después de pensarlo unos nstantes, recordó el lío en el que se encontraba al meterse en las profndidades de un bosque enmara-ñado, de una selva desconocida para él, que queda- ba más allá del sitio donde teminaban los caminos

y veredas marcadas por la huella del hombre

En ese momento no sabía s al avanzar se es-taba acercando o alando del pueblo No haba tendo la precaución de ar algunos puntos para orientarse Ahora ya no saba dónde estaban el note ni el sur. En medo de su confsión, había olvidado por dónde sala el sol y por dónde se escondía

En un claro de aquel bosque descubrió una pedra con una rma extraña, que además parecía valiosa, pues mostraba vetas de varos colores, en-tre ellos un verde ntenso y brillante ¿Y s fera una eseralda? Por el tamaño, además, pensó que poda ser muy valosa De ser cierto aquel hallaz-go, el viaje habría valido la pena, a pesar de sus temores. Buscara con toda la calma, hasta encon trar algo o a alguien que le pudiera ndcar la vía de regreso

Se dirgió entonces a la piedra y comenzó a arrancarla de la terra, donde pareca esta incrustada

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Después de hacer varios movimientos, para uno y  otro  ado, como s era un too, a pedra se  desprendió, pero, a msmo tiempo, de una peque  ña cueva que aquea piedra había tendo tapada, saió una cuebra, que se arrastró haca é, rosa  por haberla despertado Después de abrr su boca y mostrar una engua roiza que entraba y saía

veozmente por entre unos afados dientecos, e  do un erte mordsco a maestro; nocuándoe su

veneno en una pea.

E maestro sintió a pcadura, pero a pedra  e dio un gope a repti, que de nmediato se aejó  perdiéndose por entre os matoaes Don Pedro  dio unos pasos, muy asustado, y pronto empezó a senr como un vahído y un extraño cosqueo Re- gresó a ado de árbo donde había pasado a noche

y vovó a recostarse contra e tonco, mientras una sensación de ío e nvadía todo e cuerpo En ese momento sintió que había egado su hora y que  iba a morir sin que pudieran encontraro en aque  parae tan aejado de cuaquier huea humana

En e tempo que había transcurrdo desde que  e maestro despertó y e picado por a seiente,

sus auos no se habían quedado con os brazos  cruzados Después de dar vuetas por e puebo y sus aededores sin tener nnguna pista o ndcio

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que  permitiera pensar qué haba pasado con su maeso, buscaron a hombre que contaba hstoas,  pues estaban seguros de que tenía una amplia expe- riencia en los asuntos de mundo y sabía muchas cosas, conocía otros ugares, pues había recodo ampos espacos en su larga vida, y e pidieon que los ayudara a buscar a don Pedro

Le explicaron que no habían dormdo buscan do por uno y otro ado, y no podían imagnar para dónde y por qué se haba marchado un hombre de costumbres tan fas y repetidas como su maestro, que todos os das haca o msmo desde que lo conoceron, cuando llegaron a a escuela por pr mera ve

El hombre que sabía tantos cuentos se quedó  pensando que ta vez alí había una nueva historia Por más que creamos conocer a los demás o a al guen en especa, siempre cabe la posbidad de que de pronto saga con algo nesperado, reaccione de una manera derente a como acostumbra o haga algo que amás haya hecho y lo ntente por primera ve, aunque se trate de un hombre vejo y en apa  rienca predecible.

Luego, el contador de hstoras, cuyo nombre aún no conocan os muchachos, pues no se os había querido decr, quá para conservar un cto

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msterio sobre su vida y milagros, se puso de pie y señaló hacia las montañas, auera del pueblo

¿Para  dónde pudo haberse ido ese buen se- ñor? Si no está en el pueblo y nadie lo ha visto, ni  existe ninguna razón para que se haya escondido,  debe haber salido de aquí, tal vez buscando algo o  tratando de escapar de algo que no le gustaba.

Al mirar los posibles escenaros que rodeaban  al pueblo, el contador de historis concluyó que  existían dos posbles recorrdos, muy difrentes el  uno del otro: o se marchó por las montañas o hab  resuelto meterse por entre los parajes selváticos  que se encontraban al otro lado La pmera posi  bilidad era poco probable, pues trepar la cordillera  a pie, para un hombre de su edad y poco acostum- brado al ejercicio, era algo casi imposible, pues no  existía noticia alguna de que hubiera emprendido  el viaje a caballo o a lomo de un burro o una mula,  pues ni él tenía esa clase de animales ni nadie dijo

habérselos prestado o alquilado.

Y como ninguna persona puede disolverse en  el aire o desaparecer sin explicación alguna, habría  que examinar esa otra alteativa: observar la zona selvática, desde distintos puntos del camno, a ver si se descubría alguna señal de pisadas, ua rama

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rota o algo que indicara el paso de un cuerpo por entre los ramaes del bosque.

Así lo hcieron y después de algunas vueltas, sn que los jóvenes supieran cómo, el condor de historas señaló un puno y dijo:

Por aquí salió el maesro Síganme a ver si damos con su paradero.

Eso hcieron los muchachos, completamene seguros de lo que aqel hombre estaba haciendo, como si fese un detective experimentado Mraba el piso, ramas dobladas y dealles que los jóvenes no alcanzaban a percibir, hasa que al n, después de dar vueltas por enre una espesa maleza, llega ron a un claro y descubrieron al viejo, muy pálido, con un geso de dolor, pues no hacía mucho lo aca-baba de morder una serpiente.

Bastaron dos o res palabras del maestro, que aún esaba conscente, para que sus alumnos se dieran cuenta de la dramáica situación en la que se encontraba. Por la paldez de su rostro y un cons ante emblor en todo el cuerpo vieron que si no se hacía algo de inmediato, odía morr antes de llegar al pueblo. Enonces todos se volearon a un mismo tempo a mirar a conador de hisoras, que sabía tantas cosas, a ver si él encontraba un reme-dio, o de lo conrario todo estaría perddo.

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Ni siquiera tuveron que hacerle una pregunta para que el hombre tuviera lista una respuesta y les diera algunas indicaciones sobre lo que ellos tenían que hacer en ese momento.

Si de la naturaleza salió el mal, ella misma debe daos la solucón No se queden ahí con la  boca abierta, muchachos. Busquen unas ramas para

hacerle una cama a ese buen señor, pues por lo que parece no está en condciones de caminar por su propa cuenta. Mientras tanto, yo voy a mirar cómo está la herida y a ver qué se puede hacer...

Y dicho y hecho, los jóvenes buscaron prime  ro dos ramas fertes, que aguantaran el peso del

cuerpo y luego otras que le srveran de camastro, y las feron entrelazando unas con otras, tal como habían visto hacer a los artesanos del pueblo cuan do bricaban canastos.

Los jóvenes estaban concentrados en esa tea, mientras el contador de historas daba vueltas por los alrededores, como buscando algo, hasta que de ronto se detuvo ente a una especie de bejuco que tenía unas hojas de color verde oscuro, gresas y  jugosas. Entonces ancó algunas de esas hojas y pedazos de la corteza del busto, se drgó a donde estaba el maestro, le qutó los pantalones y obser-vó la herida; la pea estaba amoratada, se había

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 inamado y para como de maes el maestro había perdido a conciencia

Cuando los jóvenes egaron después de armar  un improvisado camastro con la intención de acos- tar a viejo sobre as ramas al vero rígido y con os  ojos cerrados creyeron que estaba muerto y que ya  no había nada que hacer

 Siempre hay algo que hacer dijo el contador  de historias

¿Pero cómo? Si está muerto..

 ¡ Muchachos apresurados! ¿Acaso no pueden  distinguir a vida de a muerte? Esta panta está viva, mientras esta roca está rígida y muerta Su maestro todavía respira aunque débilmente.

¿  se puede hacer ago para savaro?

 Ya es die que siempre se puede hacer a

Aguna utilidad tienen que tener las historias qu  conozco así que vamos a ver si a experi cia de  otros ante la picadura de serpientes puede ervos  en el caso presente  

Y después de decir esas palabras e contador  de historias comenzó a ot la pie  a herida de

maestro con las ramas del bejuco q había encon  trado Lo hacía con ferza para que saiera e  jugo que tenía dentro una y otra vez con mucha

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paciencia y a la vez le tocaba la ente a don Pedro, que estaba bañada de un sudor espeso y ío.

Hay que buscar algo en que traer un poco de agua para bajarle la febre

No terminó de decirlo, cuando dos de los jó-venes corrieron hacia una quebrada cuyas aguas se oían al golpear contra las piedras y después de  buscar por los alrededores encontraron el cascarón de una especie de calabaza que les sirvió de totu-ma, y allí llevaron el agua con la que el contador de historias empapó un pedazo de tela que había aancado de la camisa que llevaba puesta y la puso sobre la ente del maestro.

¡ Hora de regresar! dijo.

Y alí se inició el viaje de regreso hacia el pue  blo; el contador de historas iba señalando el cam no, mentras los muchachos lo seguían, llevando al doliente maestro en andas, que aún no había recupe- rado la conciencia. Los propios jóvenes no hubieran podido saber por dónde regresar, pues se sentían tan perdidos como el maestro cuando se llenó de temo- res al no saber cómo volver al pueblo.

Las cosas se deshacen conrme se hacen. Es dijo el hombre una voz frme que les dio plena seguridad a los muchachos. Aunque aún es taban preocupados por el maestro, pues no lo veían

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 reaccionar en el fndo creían que e emedo que le había pues el contador de hisorias lo a a sa-var, y or eso queían que les contara cómo haa conocido ese emedio y si había alguna historia que pudiera conar sobre ese asunto.

Sí Conozco una hisoria, de la que hace par-e un niño como ustedes

Pese a la gravedad del momeno que esta- ban viviendo y en medio de la inceridumbre por la suerte del maesro heido po el veneno de la serpiene los jóvenes se pusieron muy conentos ante la posibilidad del relao que el viejo podía conarles

(29)

30

Las gentes del pueblo vieron cómo entraba la  comitiva de jóvenes, encabezada por el viejo que

se sentaba bajo la ceiba de la plaza a contar episo- dios del pasado Observaron el esado lamenable  en que se hallaba el maesro, del cual muchos de  los hombres mayores habían sido alumnos años  atrás. Varios de ellos acompañaron el corejo hasa  la casa del maestro, que quedaba al lado de la  escuela, y vieron cómo se asomaba a la puera doña Carola, que se angustió aun más al ver a su marido  en esa siuación.

De inmediato lo llevaron a su cama, lo acosa- ron, y el conador de hisorias preparó una insión,  una especie de té con las cortezas del bejuco y con  algunas de las hojas de la misma planta, y se las dio  a beber al maestro, quien aún estaba medio incons- ciene, pálido y con ebre, y su aspeco era tal que  parecía presagiar un trágico desenlace

El maestro, cuyo pronósico era reservado, aún  permanecía en el lecho, el contador de hisorias se quedó a su lado, acompañado por doña Carola,  quien esaba pendiente de odo lo que aquel hom  bre necesitaba, como traerle paños de agua ía y  ponerlos en la ene del afcado, o hacerle tomar  oros sorbos del bebedizo que había preparado,  como si se raase de un remedio de botica Aquel

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32

 desconocido que saba tantas cosas parecía un mé  dico de verdad

Transcurrió todo e día y una nueva noche, y  algunos óvenes se tuaban para ir a la casa de su

maestro a preguntar por su salud Entre ellos Ja- cinto, que se haba convertido en el comandante de  aquelas ferzas  uveniles. Jacinto hababa con el  contador de historias y luego relataba sus conver saciones con pelos y señales a sus compañeros de  la escuela

Lo más importante que quería saber era si su maestro se iba a curar y si quedra bien, de modo  que pudiera seguires dando case El hombre dijo  que eso se sabría unas horas más tarde, y que él  también podría comprobar si una historia que co- nocía de a época de naes de a coonia era verda- dera o si se trataba de una cción o una leyenda

El contador de historias se quedó dormido a  lado de la cama del enrmo Cuando despertó a la mañana siguiente, e maestro estaba sentado en su  lecho, con los ojos muy abiertos y una actitud com- pletamente distinta a la de día anterior. La paidez había desaparecido, los colores habían regresado a su rostro y, o más importante de todo, había des  pertado con mucha hambre

(32)

33

Doña Carola se puso muy contenta, le dio as gracias a viejo que se haba conveido en e salva dor de su esposo y coió a la cocina para prepaar un buen cado de gaina, de esos que dicen que sir ven para resucitar muetos, y hay que perdonar la expresión, ero en est caso la fase viene a cuento pues don Pedro, el maestro, había pasado las últi mas horas más muero que vvo dede el momento en que o mordió  cuebra y le intodjo su veneno dentro del cuerpo.

Mientras tomaba su caldo, e maestro miraba al hombre a quien había considerad su rival, pues se haba convertido en una especie de héroe de sabio o en e mejor conversaor o conador de histoias, hasta el pnto de que ss aumns habían perdido l interés por las clases que él es ictaba, y en-tras es trataba de explicar cualquier cosa muchos de eos bostezaban y hacían cara de abuimieno, lo cual o ponía muy trste

Quería buscar en el bosque algo que pudie  ra interesar a mis aumnos dijo a modo de ex picación . Una plata, un animal, a lo mejor un armadillo, una tortuga, cualquier ser iviente que hiciera más iteresante a clase   Y de pronto encontré una piedra de heosos coores que tenía

(33)

34

una veta de un verde muy intenso . . . ¡ Y fe ahí cuando apareció la culebra!

Jacnto, que acababa de llegar con otros com pañeros a preguntar por su maestro, le djo que todo estaba ben, que ellos habían traído esa pedra, por que él la había agaado cuando ellos lo encontrron caído al lado del árbol. Ahora tenían que colocar la pedra a la entrada de la escuea, como un troo de la aventura que había vvdo su prosor.

-Con todo lo que ha ocurrdo, ya sé qué hsto ria les voy a contar Vayan mañana a la plaza, des pués de ir a la escuela y escuchar el relato de su maestro, y les dré de qué se trata

Se puso de pie, se despdió de don Pedro y de doña Carola, agradeció el caldo de gallna que se había tomado, se puso su sombrero y salió de allí, al ver cómo se había recuperado el maestro y al asegurarse de que ya no era necesara su pre senca.

(34)

El niño dibujante

Al otro día, gran parte de los estudiantes de la escuela se reunió en la plaza a la sombra de la gran ceiba en espera de la historia que les había prometi-do el contaprometi-dor de historias Mucha gente del pueblo había sacado bancos o sillas para escuchar el relato como si se tratara de una representación teatral

El vieo prendió su pipa y habló con una voz potente para que todos lo escucharan:

Muchachos antes que todo déjenme decirles que su maestro arriesgó su vida para encontrar algo novedoso que pudiera despertr su curiosidad Ustedes se han interesado por mis relatos que por el momento aparecen como una novedad pero si yo tuviera que hablar durante años y ustedes me tuvieran que ver todos los días a lo meor llegarían a cansarse de ú.

Muchos de aquellos niños trataron de dec que no peo el viejo impidió que siguieran los

(35)

36

murmullos con n gesto de su mano y prosiguió su

 eplicación:

Agún sabio en el pasado dijo que el que

va despacio va lejos lo que quiere der que para

 aprender algo útil y frmarse e verdad hay que

 tener una gran paciencia y escuchar las lecciones

 que día a día van frmando la personadad y los

 conocimientos de cada uno de ustedes. Esa tarea no

siempre es placentera ni para los jóvenes que quie

 ren divertse y descubrir algo nuevo a cada instante

 ni para el maestro que tiene que verlos y dictarles

 clase durante días meses y aos

Don Pedro el maestro se había levantado de

su cama y escuchaba desde cierta distancia, pues

 doña Carola también había sacado una silla para

 que se sentase a escuchar ya que aún estaba débil

 como para mantenerse e pie.

También e alegra ver que aqí hay gente

mayor porque en la vida a cualquier edad se pue

 den aprender cosas útiles

Después de dar dos bocanadas a su pipa y de

 jar que la nubecilla de humo del tabaco se

disper-sara en el aire el hombre prosiguió su explicación

 como un prólogo a la histora que iba a contar:

 El maestro de estos muchachos y de muchos

 de ustedes  dijo sealando a los adultos ha vivido

(36)

37

una experiencia muy interesante, digna de tenese  en cuenta, en relación con la investigación de la  naturaleza. Porque esa naturaleza que nos da los  alimentos de cada día, que nos da los animales  que son útiles para el trabajo y que nos mueta  tantas cosas bellas como las ores, las maiposas de vivos colores o las aves que nos alegran con sus trinos también tiene muchas cosas que pueden ser peligrosas paa el hombre, como las tempesta des, los terremotos, las inundaciones, el ataque de  animales roces o la pcadura de las seientes Paa sobreviv hay que tomar precauciones y estar  preparado para aontar los peligros ue se puedan  presentar Por eso, la historia que les oy a contar  tiene que ver con la investigación de la natualeza, y en ella inerviene un niño como cualquiera de ustedes, que en un momento se mostró rebelde y  capricoso, pero que al n comprendió el valo de  las lecciones También él tuvo que ver con la

pica-dura de una seiene, y su experencia fe la que  nos sirvió para pedr que el veneno de la culeba  que mordió a don Pedro fea a acabar con su vida Gracias a esa experiencia, él está ahora sano y salvo, peo deben tener paciencia y escuchar todo  el relato, para que puedan comprender las causas

(37)

38

de as grandes mpresas y las dicultades que se presentan para sacarlas adelante

El contador de historias había adoptado un tono de voz prosora!, quizá como homenaje al viejo maestro, y don Pedro sintió  en el fndo, que todas aquellas palabras dichas se referían a él y a su abnegado papel como frmador de tantas gene-raciones de adultos  Tuvo entonces un sentimiento

de gratitud y aprecio hacia aquel hombre que había llegado al pueblo no como un rival y enemigo suyo , sino como un amigo y compañero en la dicil tarea de educar y rmar a los muchachos y además, de mentar su curiosidad y aprender a escuchar con atención. Po todo elo, sóo poda tener hacia él un proundo agradecmiento

Después de aquellas palabras de introducción, el hombre entró de lleno en su historia:

==+

En los últimos tiempos coloniales, durante la se� 

gunda mitad del siglo XVIII, se produjeron im�

portantes cambios en el llamado Nuevo Reino

de Granada, que después de la independencia

s convirtió en la República de Colombia. Fue

una época de refrmas, durante la cual mejora�

ron las ciencias, la investigación, la medicina y la

botánica, entre otras. Y a todo esto contribuyó

(38)

3 9

un hombre muy importante, que llegó a

Carta-gena en 1760, en la comitiva del virrey Messía de

la Cerda: José Celestino Mutis.

Antes de emprender el vije, Messía de la

Cerda había encontrado a Mutis estudiando

dis-tintas especies e plantas en el ardín Botánico de

Madrid. Cuando se enteró de que además había

realizado estudios de medicina lo invitó a

acom-pañarlo como su médico personal. Pero Mutis

tenía otos intereses además de a mediina: as

(39)

40

matemáticas, la astronomía, a botánica y el

es-tudio de los mneales. Muchas de estas

activida-des eran cas por completo activida-desconocidas en estas

tierras, or tal razón, pronto Mutis fe

consul-tado sobre todos los temas imaginables Era un

verdadero sabio, y por eso lo llamaron «el

orá-culo e reino».

José Celestino Mutis tradujo textos de

ma-temáticas y de sica, del nglés Isaac Nwton,

Newton tena la visin más moderna de a época

en estos campos de la ciencia ¿Recuerdan la

his-toria de Newton y la manzana Pues se cueta

que, al observar la cada de una manzana,

descu-brió la ley de la gravedad, que es la rma como

i

la tierra atrae las cosas como si fera un imán •••

Entonces el viejo se inclinó, tomó una piedra en sus manos, se subió a la banca en la que había estado sentado y dejó caer la piedra.

Hoy nos parece lógico y sencillo ¡verdad/, p�1

sar n esta ley al ver la rma como caen los

ob-jetos al suelo. Pero, de esta observación, Newton

rmu toda una ley de a ciencia, a de la

gra-vitación universal, lo que demuestra que un

buen observador puede etraer conclusiones muy

(40)

4 1

interesantes y profndas hasta del detalle más

pequeño .. .

Desde su llegada a Santa Fe de Bogotá, a

comienzos del 1761, Mutis tuvo un intenso tra

bajo como médico. No sólo tenía que atender al

virre sino a muchas personas que lo llamaban

cuado padecan alguna enrmedad... Porque

no habí muchos médicos en la ciudad, sino

yerbateros, bruos y oras personas sin conoc

miento de las enermedades ni de los remedios.

Pero aquello fe lo que más preocupó al

médico y botánico: que no había sucientes re

medios, ni se conocían aquellas plantas que po

drían servir para preparar jarabes o ungüetos

en la boticas . . . Quería estudiar la naturaleza,

investigar las plantas de este nuevo continente

-la mayor parte de las cuales no habían sido

observadas en rma cientíca-, para saber qué

eecos podrían producir al preparar bebidas o

usarlas de cualquier otra manera, no sólo para

curar a los enermos, sino como un modo de

prevenir y evitar las enrmedades.

Todo esto que les estoy contando, amigos

míos, nos va a servir para presentar al protago

nista de esta historia: un niño como ustedes que

apenas tenía nueve años cuano lo descubrió José

(41)

Celestino Mutis. Pero para llegar a ese punto,

tenían que pasar otras cosas. Llegaron nuevos

virreyes, y también feron cambiando las

acti-vidades de aquel sabio. Al tiempo que trabajaba

como médico, comenzó a dictar clases de sica

y matemáticas en el Colegio Mayor de Nuestra

Señora del Rosario, que es una de las

universi-dades más antigua de la capital y del país. De allí

salió a buscar minerales valiosos en distintos

lu-gares, primero en los alrededores de Pamplona y

luego en cercanías de !bagué.

Poco a poco, desde el primero de estos viajes

que realizó entre Cartagena y Bogotá por el río

Magdalena, fe descubriendo las maravillas de

la naturaleza tropical, las plantas, los animales,

los pájaros de mil colores, los utos de toda clase

que eran una delicia al paladar... Pero también

descubrió las enrmedades, los padecimientos

de la gente, y sentía mucha tristeza por no poder

ayudarlos a todos como hubiera querido.

En cierto momento, se ordenó como

sacer-dote, así podría dedicarse todo el tiempo a sus

investigaciones y al estudio de la naturaleza, así

no lo invitarían a bailes y otras estas, ni tendría

que conseguir una novia y casarse, porque todo

eso lo distraía de su verdadera pasión: la ciencia

(42)

.

(43)

44

en sus distintos campos, pero sobre todo la

bo-tánica.

La botánica, sí, porque veía cómo, en estas

tierras de los trópicos, se daban muchas plantas

que no se conocían en Europa, y que algunas

podrían servir como alimento y otras como

me-dicina. De ellas se podín sacar ustancias que

podrían ser útiles a la gente de distintas maneras.

Así, por ejemplo, oyó hablar de una planta que

se daba cerca de Quito, en la provincia de Loja,

que hoy hace parte de la República del Ecuador:

la quina Se trataba de un arbusto cuya corteza,

es decir, la piel del arbolito que le sirve como

ves-tido, era un magnífco remedio para bajar las

fe-bres y curar muchas enrmedades.

Después de dar varias vueltas por los

alre-dedores de Santa Fe, que era como se llamaba en

esa época a Bogtá, descubrió que por estos lados

también existían plantas de quina. Las descubrió

cerca del pueblo de Tena, en la región que queda

en los alrededores del salto de equendama.

Sobre la mosa quina ya existía una

his-toria que se había convertido en una leyenda.

Una duquesa que ivía en España, en un pueblo

cercano a Madrid llamado Chinchón, tenía una

enermedad muy grave y nadie había podido

(44)

45

enconrar el remedio. Sus febres eran cada día

más altas. No quería comer y se sentía tan mal,

que no era capaz de levantarse de la cama.

Un día apareció en su casa un hombre que

acababa de llegar de las provincias de América, y

llevaba varias muestras de las cortezas de la quina.

Entonces djo que tal vez aquella planta podría

aliviarla un poco, pues en las tierras de la Amé�

rica del Sur los indígenas decían que era buena

para curar muchas enermedades. Les djo a las

sirvientas de la duquesa que pusieran a hervir

(45)

46

agua con trozos de aquellas cortezas, como si se

tratara de una infsión, una especie de té.

Los médicos que habían atendido a la

duquesa ya habían perdido las esperanzas de

salvarla, y estaban pendienes de que llecera

de un momento a otro. La palidez de su rostro y

su mirada perdida parecían anunciar un pronto

desenlace. Por eso, no se perdía nada con

in-tentar esa última posibilidad de obtener alguna

mejoría. Entonces las damas de compañía de

aquella señora comenzaron a darle a beber tazas

de ese té de quina a la mañana y a la noche.

¡Muy pronto se produjo el milagro! En el

rostro de la señora volvieron a aparecer los

colo-res. La expresión de sus ojos se hizo más vivaz

Se incorporó en el lecho y pidió que le pusieran

unas almohadas para senirse más cómoda.

An-tes no quería probar bocado, pero ahora se le

había despertado un gran apeito, y apenas

ha-bía alcanzado a decir que tenía hambre, cuando

aquellas mueres corrieron a prepararle un buen

caldo de gallina. Una recuperación parecida a la

de don Pedro, el maestro.

A los pocos días, la duquesa de Chinchón

pudo levantarse, sana y salva, y por eso aquellas

cortezas de la bendita planta se llamaron a partir

(46)

47

de ese momento

Quina chinchona,

palabra que se

transfrmaría en

Quina cinchona,

que es una de

las variedades de tan benéco arbolito.

El sabio Mutis descubrió varias especies de

la quina, por la frma y color de sus cortezas

en-tre ellas la cinchona, la quina amarilla, la blanca

o la naranjada, como las llamaba el sabio Para

dar noticia de los benecios de aquella planta

recién descubierta por él, publicó en el

Papel

Pe-riódico de Bogotá

un escrito en el que empezaba

diciendo: «Son ciertamente muchas las

ener-medades que puede vencer la quina donde no

alcanzan otros remedios»

Mutis estaba muy contento de poder curar

a enrmos de ebres muy altas y de otros

ma-les que habían terminado con la vida de mucha

gente, como gripas, que aectaban los pulmones

y causaban verdaderas epidemias, ebres

persis-tentes y otras dolencias de distinta naturaleza.

Ya en ese momento José Ceestino Mutis

quería dedicar todo su tiempo al estudio de la

botánica, y por eso pidió ayuda a las

autorida-des, al rey y al virre a los obispos y arzobispos,

pero tuvo que trabajar muchos años por su

pro-pia cuenta, sacando el dinero de su trabajo como

médico, como prosor de matemáticas o como

(47)

48

mineo para poder fnanciar los primeros pasos

de su investigacón, antes de que el rey autorizara

la creación de la Expedición Botánica y le otor�

gara los recursos económicos necesarios para �

nanciar sus actividades.

Sólo hast 1783, veintidós años después

de haber llegado a la capital, Mutis logró reci�

bir la ayuda tan esperada para poder adelantar

os trabajos de investigació de la naturaleza, en

una empresa que reunió a mucha gente y que se

llmó la Real Expedición Botánica del Nuevo

Reino de Granada.

Era un trabo tan grande, que no podía

hacerlo él sólo Necesitaba toda clase d ayudn�

tes en distinos campos: gentes que recolectaran

las muestras de plantas, po los alrededores de

Bogotá o bando por la cordillera hasta llegar

a la tierra caliente; boticos que pudieran dis�

tinguir las distintas milias de plantas, por la

rma de sus hojas o los tipos de ores y utos

que tuviesen, y también pintores y dibujantes,

que pudieran reproducir las imágenes de las

muestras reunidas en los herbarios, para su es�

tudio y clasifcación.

A estos ayudantes les dio algunas clases

para que supieran el tipo de plantas que debe�

(48)

49

rían recoger y el modo de conservar las mues

tras. Se llamaron «herbolarios», pues eran los

encargados de rmar los llamados «herbarios»

compuestos por ramas de distintas plantas con

las hojas y sus ores y utos que deberían ser

llevados a la casa de la Expedición donde serían

guardados y preservados para que el grupo de

pintores pudiera dibuaros con la mayor

fdeli-1�

posible.

En aque punto del relato, los muchachos  comenzaron a habar en voz baja hacendo sus  comentarios pues por aquellos días, en las clases  de la escuela, tenían que hacer dbujos de plantas en  el salón y estaban muy preocupados por retener las  imágenes y no ovdar as rmas y colores, ya que  a hacer las tareas no ba a tener la panta delante  para copara Etonces le preguntaron al viejo  cómo era aquelo de los herbaros y qué podían

hacer elos para tener sus propas coleccones.

-Paa elo, Muts les enseñó una técca a sus  ayudantes, que les voy a expcar un poco más  adelante Tengan paciencia porque todo lega a su  tempo Antes tengo que expicares cómo fe que Muts se encontró con aquel niño de nueve años y

(49)

5 0

 qué e lo que el muchacho ho en esa expedcón,  que requería de nvestgadores centífcos y de pn- tores expermentados

Cada vez que el vejo quería motvar la cu  rosidad de los jóvenes creaba una espece de

suspenso Paraba de habar y encendía su ppa,  dejando que los cculos de humo se desvaneceran  en el are Todos o mraban muy atentos, pues ya  ba a aparecer el personaje que estaban esperando  desde hacía un buen rato.

En una de las veredas campesinas, bajando

-

de-1

Santa Fe de Bogotá a tierra caliente en com�

pañía de algunos de sus ayudantes, pintores y

herbolarios, a Mutis le llamó la atención ver a

un niño, en medio del campo, cuidando a los

animales pero concentrado en otra cosa Tenía

toda la atención puesta en una hoja de papel y

observaba con mucho cuidado un árbol que te�

nía delante. Con un carboncillo estaba tratando

de dibujar el tronco y las ramas de aquel árbol

corpulento El cura botánico se acercó a él, con

pasos lentos, tratando de no hacer ruido, para no

distraerlo de su tarea. El niño seguía dibujando

sin caer en cuenta del sacerdote que lo observaba

con especial atención

(50)

"

(51)

52

Mutis duró un buen rato contemplando

los trazos del niño sobre el papel, mientras sus

acompañantes lo esperaban a cierta distancia.

Ellos sabían que cuando algo le llamaba la aten�

ción, una planta, un insecto, un pájaro o una

lagartija, o ahora un niño pintando, se dedicaba

a observar con gran paciencia, sin que el tiempo

pareciera importarle.

De pronto, el niño alcanzó a ver la sombra

del faile sobre la hierba y se volteó a mirarlo,

tratando de esconder el dibujo, como si hubiera

sido sorprendido haciendo al

g

na diablura.

Dame ver lo que has pintado -le dijo

Mutis, con una sonrisa bonachona.

-No, señor... No me vaya a regañar.. . Le

juro que no lo vuelvo a hacer. . .

¿Y por qué te iba a regañar? Si no estás

haciendo nada malo. Al contrario, la pintura

que has hecho de ese árbol es muy bonita, tiene

cierto parecido. Pero podría ser mucho mejor

si aprendieras el ocio, hasta convertirte en un

buen dibujante.

Mis padres no me dejan, señor. Tengo que

cuidar las vacas y llevarles la comida a los cerdos

y las gallinas.

(52)

53

No lo sé señor. . . ¡Siempre he vivido con

ellos!

¿Y no me regalarías el dibujo que has

he-cho?

Sí, señor pero no le cuente a nadie que yo

lo hice Mi papá me regañaría porque siempre

dice que yo no hago más que perder el tiempo.

José Ceestino Mutis sonrió al descubrir a

ingenuidad de las gentes del campo, y recordó

los días de su inncia en Cádiz cuando

empe-zaba a dar los primeros pasos en la observación

de a naturaeza y el conocimiento de las

cien-cias. También a él lo habían regañado por pasar

largos ratos observando una planta o un insecto

pues pensaban que eso no le iba a servir para

nada y en cambio lo distraían de as tareas y

o-cios qe le asignaban en su casa

Poco a poco, sin embargo se feron dando

cuenta de que, para José Celestino, saber

obser-var la naturaleza era algo muy serio, pues incluso

muchas personas de autoridad quisieron

apo-yarlo y le consiguieron ayudas importantes para

estudiar medicina en Madrid.

Aquellos recuerdos le inspiraron deseos de

apoyar a aque niño que mostraba un talento

(53)

54

especial para el dibujo. Hasta ese momento los

pintores y dibujantes que colaboraban con él ya

estaban rmados en las técnicas artísticas, pero a

este niño él podría educarlo desde el comienzo.

Después de hablar un poco con el

ucha-cho, Mutis le preguntó si no le gustaría irse con

él a la casa de la Expedición, donde se estaba

r-mando una verdadera escuela de dibujo. El niño

lo escuchó con atención y sus ojos comenzaron a

brillar de la emoción, pues hasta el momento

na-die le había puesto atención en relación con sus

dibujos, que para él se habían convertido en un

juego secreto y placentero.

-¿Cómo

te llamas?

Francisco, señor. Francisco Javier Matís.

¡Mira que tenemos un apellido parecido!

El mío es Mutis, y mi nombre es José

Celes-tino ... Y dime Francisco: ¿cuántos años tienes?

Por ahora nueve señor, pero más tarde

voy a tener muchos más.

Mutis volvió a sonreír ante la gracia

inge-nua de aquel muchacho, cuyo talento natural

merecía tener una buena guía, como sucede con

la semilla de una planta, que puede crecer y dar

buenos futos si se cultiva en terreno abonado y

con todos los cuidados que se requieren.

(54)

55

Como director de la Expedición Botánica

Mutis no perdió el tiempo para ganar a ese nue�

vo dibujante que con algunas clases y buena

orientación podría ser muy útil para el tra�

bajo científco y con mayor razón si podía

rmarlo él mismo desde sus primeros pasos

Lo primero que hizo e hablar con los padres

del muchacho  luego, lo llevó con los demás di�

bujantes a la casa que la Expedición tena en el

pueblo de Mariquita y de inmediato comenza�

il

ron las lecciones.

(55)

Los jóvenes herbolarios

.

Después de unos primeos tanteos en la prác;1

del dibujo, durante los cuales Matís realizó bos�

quejos de plantas en carboncillo, Mutis tomó la

decisión de vincularlo al grupo de pintores que

constituían toda una escula y se había conver�

tido en el principal baluare de la xpedición.

Allí lo encomendó al cuidado del primer

dibujante y mayordomo de la Expedición Botá�

nica, que se llamaba Salvador Rizo, para que le

diera papel carboncilo y pinceles para ss pri�

meros trabajos, y realizara dibujos de las hojas

y fores de las plantas que se encontraban en el

jardín de la casona.

Tanto Mutis como Rizo observaban los

trabajos de los dibujantes, con mucha o poca

experiencia, corregían lo que estaba mal y les

daban charlas que eran verdaderas clases tanto

de dibujo como de botánica. También asistían

(56)

57

los enargados de recoger muestras de plantas

en el campo, los Hamados herbolarios, y el joven

Matís que llegó con muchos deseos de aprender

y conocer nuevas tierras, hacía las dos cosas:

di-baba al principo imágenes en blanco y negro,

aprendiendo a hacer sombreados, y también

acompañaba a los herbolarios en la búsqueda de

nuevos emplares para los herbarios.

En estos paseos, por fera de la casona,

comenzó a hacer amistad con otros jóvenes del

pueblo que más adelante le crearon problemas y

serios disgustos con su maestro y protector

Mutis explicaba: «Para identicar la planta,

hay que arse primero en la or, que es la que

contiene la semilla y es a parte más hermosa de

la planta Luego, hay que numerarlas, de acuerdo

con el orden de los herbarios, para poder

reco-nocerlas y evitar confsiones».

Y volviéndose ·a Matís, le aclaró: «az de

cuenta que se trata de un juego: esta planta con

este número, y ahí le escribimos el nombre con

el que la gente a conoce» Para el niño todo

aquello resultaba nuevo y tenía mucho misterio,

pues aunque había mostrado un talento natural

para el dibujo, no sabía leer ni escribir, ni tenía

(57)

5 8

nociones de matemáticas ni de aritmética, pues

nunca había estado en una escuela

Fue así como poco a poco la Expedición

Botánica se convirtió en una verdadera escuela

para él Varios de los miembros se dedicaron a

enseñarle el uno, la escritura; el otro, a manejar

los pinceles; un tercero, a reconocer las distintas

clases y frmas de las muestras de plantas que

llegaban para armar los herbarios  

Mutis vigilaba cada uno de los pasos, pues

se daba cuenta de la gran responsabilidad que

te-nía como director de aquella Expedición

cientí-ca. Además de director, se había convertido en

maestro y casi en un padre para el nuevo

miem-bro de la Expedición Botánica que era Francisco

Javier Matís Por eso, no se cansaba de explicarle

en detalle cómo debía organizar sus trabajos ,

de paso, le enseñaba a comprender los misterios

de la naturaleza y la vida de las plantas

Observando un capullo en un arbuso,

de-ca «La or comenza a abrirse en botones y

capullos, y luego, cuando crece y se desarrolla

hasta llegar a su plenitud y plena madurez, como

sucede con las personas, entones pued

trans-mitirnos todos sus secretos: su aroma, su belleza

(58)

j

j

.

.

(59)

6

600

en todo su esplendor. Par conoce todo ee

en todo su esplendor. Par conoce todo ee

proc

proc

eso

eso

, conve

, conve

ne dibu

ne dibu

jar ca

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da una de las

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eta

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pas

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.

.

a

a

te aqu

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í en est

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e capullo

e capullo

;

;

lue

lue

go, en e

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s

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a or

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qu

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e

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está abrendo y después en ésta, que ha llegado

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a s

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u ple

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no

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des

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arr

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oll

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o

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.

.

.

.

Db

Db

a cad

a cad

a una de esas

a una de esas

partes, y s lo haces ben, es como s contaras

partes, y s lo haces ben, es como s contaras

la hstora de la planta. Por eso hay que poner

la hstora de la planta. Por eso hay que poner

/

/

mpr

mpr

e

e

la fcha en la qu

la fcha en la qu

e

e

l

l

a muestra

a muestra

s

s

e r

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ecog

ecog

ó y

ó y

la qu

la qu

e s

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e hzo

e hzo

el dbu

el dbu

j

j

o

o

»

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Los niños escuchaban al viej con mucha

Los niños escuchaban al viej con mucha

 aten

 aten

cón

cón

,

,

pue

pue

s

s

tam

tam

bié

bié

n

n

ell

ell

os

os

que

que

ría

ría

n

n

aprender

aprender

l

l

a

a

mejor frma de hacer las cosas y de dibar los

mejor frma de hacer las cosas y de dibar los

 árbole

 árbole

s,

s,

los

los

arbu

arbu

stos

stos

, la

, la

s 

s 

or

or

es y

es y

lo

lo

s

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ru

ru

tos, y,

tos, y,

por

por

 eso,

 eso,

decidie

decidie

ron

ron

crear

crear

su

su

propi

propi

o herbario,

o herbario,

par

par

a

a

que

que

 les

 les

sirviera

sirviera

de

de

modelo

modelo

e

e

n

n

las

las





ases

ases

de

de

dbuj

dbuj

o

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Entonces l

Entonces l

e preguntaron al viejo cómo organizaba

e preguntaron al viejo cómo organizaba

Mutis los herbarios, para ellos ntentar hacer algo

Mutis los herbarios, para ellos ntentar hacer algo

semejante.

semejante.

A, bueno, muchachos dijo el viejo, me

A, bueno, muchachos dijo el viejo, me

 alegra

 alegra

que

que

estas

estas

historias

historias

que

que

les

les

cuento

cuento

puedn

puedn

serles útiles en l

serles útiles en l

a vida,

a vida,

para me

para me

jorar su propio desa

jorar su propio desa

 rrollo

 rrollo

.

.

. Y ya que

. Y ya que

me lo

me lo

preg

preg

unta

unta

n, voy a explic

n, voy a explic

ar-

ar- les

 les

la frm

la frm

a

a

co

co

mo e

mo e

l

l

sabio

sabio

M

M

u

u

tis l

tis l

es

es

enseñó

enseñó

a

a

sus

sus

 colaborad

(60)

6

611

»Lo priero qe había que hacer era cortar

»Lo priero qe había que hacer era cortar

 de

 de árbol árbol o o del del arbsto as arbsto as raramitas cargadas de mitas cargadas de sussus

hojas y ores en n taaño en e qe cieran en

hojas y ores en n taaño en e qe cieran en

n piego de pape extendido.

n piego de pape extendido.

«Después había qe poner cada raita entre

«Después había qe poner cada raita entre

 dos

 dos hojas hojas de de estraza estraza que es que es n n tipo de tipo de apape e áspeáspe

 ro

 ro sin sin banqbanqearear. . En En e e ooento ento de de ccooocar ocar aass

 raas

 raas erera ia ipp0101anante tener cuidado al extender late tener cuidado al extender lass

hojas y las ores porqe ego se pasaba a colo

hojas y las ores porqe ego se pasaba a colo

 car

 car estas estas estras estras de de pantas pantas entre entre dos dos tabas tabas dede

iso ta

iso taañoaño  carcargángándoas doas con con n peso n peso sfciesfcientente

 par

 para a hacer hacer presión presión pero pero no no tanto tanto que que llegara llegara aa

 apast

 apastarlas y arlas y destruirdestruirasas

»Mutis decía: "Si e tiepo es húedo hay

»Mutis decía: "Si e tiepo es húedo hay

 qe ponerlas

 qe ponerlas a sa soo con  con e peso e peso enencicia a por por agunasagunas

horas

horas cacabiándoles los papeles después de biándoles los papeles después de apaapartar-

rtar- as del

 as del sol para irles qsol para irles qitando itando a a hheedad. dad. CandoCando

 estén

 estén biebien n secas secas hay hay que que colocar colocar cada cada esqueeesqueetoto

 o

 o raa raa disecada disecada en en n n piego piego de de pape pape extendiextendidodo

Entonces a cada hoja se e pone n papeito con

Entonces a cada hoja se e pone n papeito con

 e

 e nobre cnobre con on el el que que se se conoce conoce a la la plana planta, ta, o o esteeste

 nobre

 nobre se se escribe escribe en en e e iisso o piego. piego. Lego Lego alal

 gardarl

 gardarlas as despédespés s de de nenerarlrarlas as hahay y qe qe hacerhacer

na ista para saber cuántas y cáles pantas se

na ista para saber cuántas y cáles pantas se

 tienen

Referencias

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