APERICUENTOS 2 Tapeando historias
Alba García Marcos
ÍNDICE
Prólogo ... 11
El banquete final ... 12
Locura en fallas ... 16
La taurina animalista ... 20
Dramas... 24
Los chismes del bloque... 27
Subasta ... 31
Mensaje en una botella... 34
Sueños de neón ... 37
Segundos platos... 40
La bomba ... 44
Banderas idiomáticas ... 46
Frente a la chimenea ... 49
Prueba no superada ... 51
Ese día ... 55
Manual de cómo superar una ruptura amorosa ... 58
Amores inexistentes ... 61
La escala ... 64
La tregua ... 68
La vida es un carnaval ... 70
La chica de letras ... 73
De despeñaperros pa’bajo ... ………77
La promesa a Triana ... 79
Entre tapas ... 83
La batalla ... 86
Los chorizos del tren ... 89
Anatomía de una cicatriz ... 93
Grandes ideas ... 96
Tradiciones ... 99
Un minotauro llamado monique ... 102
Una vecina muy flamenca ... 105
Recuerdos con caracoles ... 109
Influenser de pueblo ... 112
Los efectos de Lolita ... 116
Traiciones ... 119
La fuga del Levante ... 122
Deuda pendiente ... 125
Perdonen las molestias ... 129
La fan de Bisbal ... 132
La limpiadora cupido ... 136
El enemigo ... 139
La bruma ... 142
Bares y tapas mencionadas ... 145
Agradecimientos ... 147
Sobre la autora ... 149
Prólogo
Los bares son testigos ruidosos de momentos claves de nuestra vida.
A veces elegidos, a veces impuestos por otros. Pero siempre con los brazos abiertos para darnos de comer y saciar nuestra sed.
Si ellos hablaran contarían algunas de las historias que vas a leer en este libro y muchas otras que se llevarán a la tumba cuando alguien decida cerrar sus puertas para siempre.
Los bares casi nunca desaparecen, solo se transforman en manos de otros dueños, pero conservan su esencia a través de todo lo que han vivido detrás de la barra.
Para los que están solos, se convierten en consuelo y abandono.
Para los que necesitan compartir buenas noticias, ceden sus mesas para que se llenen de abrazos y felicitaciones. Para los que necesitan poner un punto y final, se transforman en cómplices. Para los que siguen es- perando, son espacios de paso. Para los que necesitan aferrarse a tra- diciones, siguen envejeciendo.
No puedo pensar en España sin ellos. Son ese telón de fondo que siempre aparece junto a algún recuerdo, dispuesto a escuchar con todo el tiempo del mundo las penas y alegrías de otros.
En estos últimos años tan grises y llenos de incertidumbres, solo espero que pronto salga de nuevo el sol y podamos brindar por ellos, nuestros bares.
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EL BANQUETE FINAL
Si Dios con su gran bondad aquí bebiendo nos tiene, será porque nos conviene. Hágase su voluntad.
Cuando me desperté creí que seguía soñando, aunque no tenía claro si estaba dentro de un universo raro o de una terrible pesadilla. Olía a tostadas quemadas y me dolía la cabeza como en la peor de las resacas.
Al levantarme, fui a buscar mis zapatillas con los ojos aún cerrados pero no las encontré. Me agaché debajo de la cama y tampoco reconocí el suelo de baldosas azul sirena. Me incorporé medio dormida, medio asustada y me di cuenta de que tampoco reconocía aquella habitación impoluta y minimalista con un gran ventanal y tan solo una cama King size.
La ropa que llevaba no era mía, un pijama de algodón tan blanco que parecía nuevo y no había ni rastro de mis zapatillas o de ninguna clase de calzado.
No existía ninguna puerta en la habitación, solo un arco gigante en medio de la pared. Mejor así, porque mi instinto me decía que tenía que salir de ese cuarto lo antes posible. Cada vez olía más a quemado, pero al salir del dormitorio lo primero con lo que me topé fue con una cocina tan grande como una catedral. No había nadie, pero todos los aparatos que existían allí dentro trabajaban a pleno rendimiento. Los hornos estaban asando, las tostadoras funcionaban correctamente, las sartenes friendo, las ollas con pucheros, los cuchillos cortando ja- món… algo así como los objetos de la mansión de la Bestia, presos de un hechizo.
Definitivamente se me estaba yendo la cabeza, porque todo pare- cía una máquina perfectamente engrasada, pero yo seguía oliendo a tostadas quemadas a pesar de que la tostadora no echaba ninguna clase de humo.
Perdida la cordura o no, lo que me quedaba claro es que estaba empezando a tener hambre y sed. Me dirigí hacia la nevera transpa- rente. Dentro había jarras de todo tipo de bebidas con y sin gas. Quise coger una, pero al momento de introducir la mano para agarrar un zumo de piña la nevera se cerró con tal fuerza que casi me quedo sin ella. Por si las moscas, no lo volví a intentar.
A pesar de estar descalza y en un pijama de algodón de manga corta, no tenía frío; es más, empezaba a sentir mucho calor, y pensé que sería porque cuando las cocinas están a pleno rendimiento sube la temperatura, o eso me decía mi abuela.
Justo estaba acordándome de ella y de los huevos rellenos que nos comíamos en el bar El Circo, cuando vi entrar a una señora de edad incalculable que me recordaba mucho a ella. Olía a cebolla frita y sus ojos eran dos gajos de mandarina. Menuda y con el pelo recogido como un repollo de lechuga, estirado hasta el desmayo y blanco al igual que mi pijama. La mujer no me dijo ni una palabra, solo se paró delante de mí, me miró como si me estuviera escaneando y me hizo una señal con el dedo índice para que la siguiera. No lo dudé ni un segundo.
Salimos de la cocina y atravesamos un pasillo que parecía que no tenía fin, lleno de puertas de colores, con un ventanal circular en cada una de ellas como el de los camarotes de los cruceros. Andábamos con prisa, yo detrás de ella y con la lengua fuera mientras la señora parecía no inmutarse del ritmo de la marcha. Casi de pasada, pude ver que detrás de cada puerta había mesas kilométricas con gente sentada dis- puesta a comer, como en uno de esos banquetes medievales.
Cuando pensaba que íbamos a caminar en línea recta hasta el in- finito, llegamos a una especie de huerto donde todo se dividía en dos colores, verde y rojo. Era una plantación enorme que parecía un semá- foro. La anciana se detuvo justo donde había un arco de flores secas como el que usan ahora las novias jipis. Se mantuvo en silencio unos minutos, haciéndome sentir más incómoda y acojonada de lo que ya estaba. De repente una voz de radiofonía de supermercado empezó a hablar.
Como si alguien leyera mi ficha policial, empecé a oír una voz que relataba toda mi vida en forma de pesos, medidas y fechas. El día que nací, los kilos de mi cuerpo serrano, mi estatura, cómo fui creciendo, las heridas que sufrí a lo largo de mi vida, incluidas las emocionales, mi lista de novios, las discusiones que mantuve con mis padres, los
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hermanos que tuve, cuántos amigos… y así hasta que el puto dolor de cabeza estalló en forma de grito desesperado.
—¡¿Dónde coño estoy?! —dije explotando sin tener en cuenta mis modales.
—Esa lengua, Margarita. —Y entonces, achinando los ojos, creo que la reconocí.
—¿Abuela? —pregunté como alumna que cree que está diciendo una estupidez en medio de la clase.
—Ahora no soy tu abuela, soy la guardiana de las puertas de este sitio—. Casi me caigo de culo.
—¿Y cuál es este sitio?
—El banquete final, donde decidimos cuál va a ser vuestro último destino.
No sabía si la que se había vuelto loca era esa señora o yo, pero empecé a pellizcarme por todo el cuerpo para ver si despertaba de ese maldito sueño psicodélico. Lo único que conseguí fueron unos buenos moratones y ver que seguía en medio de ese huerto bicolor con una señora que en otra vida había sido mi abuela. ¿Otra vida? Espera…
—¿Estoy muerta?
—Aún no lo hemos decidido.
—¿Estoy medio muerta? —pregunté dudando de nuevo.
—Estás a medio cocinar, querida. Te ha pasado algo que te con- taremos más adelante para no causarte más trauma y ahora en tu mundo estás en una cama de hospital, en coma. Las personas en tu situación suben hasta aquí, donde decidimos si vuelven a bajar a su anterior vida, si le damos una nueva o si se quedan con nosotros para siempre en el lado verde o en el lado rojo.
—¿Y qué pasa en cada lado? —Por si acaso la loca era yo, decidí seguirle la corriente.
—Tan curiosa como siempre, mi niña. —Pensé que iba a acari- ciarme el pelo como hacía cuando era pequeña, pero solo suspiró un segundo de manera melodramática y siguió con su explicación—. Pues
en este banquete interminable los veganos, microbióticos y los que es- tán en todas esas modas gastronómicas acaban en el lado verde, co- miendo durante toda la eternidad algas y cosas naturales. Y en el rojo, todo lo que engorda y sabe rico es lo que comerán los elegidos. Algo así como el ying yang de la comida del más allá.
Todo parecía tan surrealista que me dejé llevar y le pregunté:
—¿Y cómo tomáis la decisión? —Deseando que si me iba a que- dar allí al menos fuera en el lado rojo de la vida del más allá.
—A fuego lento, como todo lo que se debe hacer bien. Ve a des- cansar querida, te esperan unos días intensos y será mejor que recupe- res fuerzas. No te preocupes de nada, que para eso está aquí tu abuela, no voy a permitir que te quedes en los huesos. Y olvídate de esos hue- vos rellenos, que ya no estamos en Zaragoza.
Y sin saber aún qué me había pasado, así es como acabé en el limbo del mundo, protegida por una señora que fue mi abuela, que lee mi mente y que ahora es la mujer que cocina todas las decisiones impor- tantes.
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LOCURA EN FALLAS
El vino alegra el ojo, limpia el vientre y sana el diente.
El día de la Mascletá, Silvia tuvo una revelación que le cambiaría la vida: podía ser quien ella quisiera. Y con esa certeza se fue al Mercado a comerse unas croquetas al Central Bar.
Los periódicos de esa mañana habían despertado a la ciudad con titulares de lo más variopintos, pero solo unos cuantos lectores depa- raron en ellos, porque el resto nada más que pensaba en el evento de aquel día.
«Salta de un décimo piso y desaparece»
«5 concejales del Ayuntamiento de Valencia fallecidos en extrañas circunstancias»
«La perrera municipal amanece vacía»
Mientras ella pedía al camarero media de croquetas, el hombre que estaba en la barra junto a ella le comentaba a otro de los camareros la locura de los titulares.
—Lo que faltaba es que la ciudad se llenara de perros el día que nuestro mundo arde y los cohetes toman Valencia. ¿Dónde los habrán metido?
—A lo mejor, se los han llevado a todos al matadero y han simu- lado un robo —suponía el camarero.
—O quizás a quién han matado es a los concejales.
—Tú y tus muertos, Damián. Que te gusta un asesinato. No se sabe aún de qué han fallecido.
—A mí no, será al asesino. Yo solo leo los periódicos.
—Las noticias aún no han anunciado a ningún asesinado.
—Pero el Tuiter ese sí, mira. — Movió con agitación su móvil para enseñarle al camarero la pantalla, donde se podían leer comentarios sobre el caso de los concejales.
Silvia pensó que las redes sociales nos habían jodido la vida con las fachadas de mentira y la inmediatez sin contrastar. No se sorpren- dió de que aquel señor, que podía ser su padre, estuviera tan al día de las nuevas tecnologías. Los titulares se iban actualizando en Twitter con tanta velocidad que parecía que una banda del crimen organizado se había adueñado de la ciudad en plenas Fallas.
Y mientras los dos se ponían a mirar el móvil, ella se comía tran- quilamente sus croquetas a la vez que recordaba sus últimas veinticua- tro horas.
El día se había llenado de nubes negras y al levantar las persianas au- tomáticas ella pensó que no quería salir de la cama. Estaba melancólica y con ganas de escuchar al Cigala, tampoco ayudaba que en dos horas tuviera cita con su médico; pero como en su interior vivía una niña buena y disciplinada de colegio de monjas, salió de la cama a cumplir con sus obligaciones.
Siempre había sido una hipocondríaca, pero llevaba tiempo tra- bajando en el tema, gracias a unos cursillos que había encontrado por Internet; por eso había salido de casa pensando que solo iba a recoger unos resultados rutinarios. ¿Pero a quién quería engañar? ¡Seguro que eran malas noticias! Y en medio de aquella batalla mental entró en la consulta y esperó a que el enfermero la llamara.
Eran los mismos de siempre, pero a ella le parecía que estaban más serviciales que de costumbre y también los veía un poco más pá- lidos, aunque con este tiempo del diablo aún nadie había podido pisar la playa. Cuando entró, la doctora le dio los buenos días y fue directa
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al grano, porque sabía que su paciente odiaba los rodeos y la ponían nerviosa.
—Me temo que tengo malas noticias, Silvia. Los resultados no son lo que esperábamos —dijo con un semblante serio pero que a la vez trataba de transmitir empatía.
—Lo sabía. ¿De cuánto tiempo estamos hablando? —contestó Silvia con tanta calma que pilló por sorpresa a la doctora, a pesar de conocerla tan bien.
—Una semana —dijo tras unos segundos que a las dos le pare- cieron horas.
Después vino una retahíla de explicaciones e instrucciones que nublaron la cabeza de Silvia y que acabaron con una nueva cita para la semana siguiente, a la que nunca acudiría.
Mientras caminaba sin rumbo, Silvia pensaba en todas las pelícu- las y novelas con una escena similar a la que acababa de vivir y llegó a la conclusión de que ninguna versión tenía un final satisfactorio.
Pensó en huir, pero su padre siempre decía que correr era de co- bardes y tampoco tenía claro a dónde iría. Además, le dolía tanto la cabeza que en ese momento solo quería volver a casa y meterse en la cama de donde no debería haber salido.
Toda la ciudad se preparaba para el gran día y el olor a pólvora inundaba Valencia. Estaba siendo un año complicado, el clima amena- zaba con una tormenta histórica, los escándalos políticos empañaban las fiestas y los animalistas habían tomado la ciudad en defensa de los perros que odiaban las tracas. Demasiado ruido para el enorme dolor de cabeza de Silvia.
En medio de tanto bullicio, alguien se las había arreglado para:
liberar en menos de veinticuatro horas a todos los animales de la pe- rrera municipal sin ser visto, salvar la vida de una mujer que vivía en un décimo piso, y que iba a ser asesinada por su marido, y envenenar a cinco concejales en un pleno extraordinario, mientras la sesión lidiaba con una amenaza de bomba.
Las noticias hablaban de un grupo de delincuentes contratados, pero las descripciones que darían más tarde los supervivientes y la víc- tima del casi homicidio coincidirán en una mujer encapuchada. Lo ex- traño será que la personalidad descrita por ellos es tan diferente, que los expertos afirmarán que no puede tratarse de la misma mujer.
Cuando Silvia se terminó las croquetas, pidió la cuenta y fue a dar un paseo por la Catedral. El dolor de cabeza era más intenso pero inter- mitente, y ahora le empezaba a doler el cuerpo, como si unas agujetas infinitas le golpearan cada músculo.
Mientras se mezclaba con el bullicio de locales y turistas, sabía que debía tomar una decisión. Una semana le había dado la doctora y lo único que tenía claro es que no quería contárselo a nadie, solo des- aparecer del mapa, justo ahora que se sentía tan viva y con ganas de tomarse la justicia por su cuenta.
Decidió quedarse a ver la Mascletá y dejarse llevar por las llamas que devorarían todo en unas horas.
La carta que hay en su casa sin abrir, donde le comunican de ma- nera oficial que tiene que ingresar dentro de una semana en un psiquiá- trico, debido a su esquizofrenia paranoica, puede esperar.