Casa Embrujada
Francisco A. Baldarena
textos.info
biblioteca digital abierta
Texto núm. 7499
Título: Casa Embrujada
Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento
Editor: Francisco A. Baldarena
Fecha de creación: 28 de junio de 2022 Fecha de modificación: 28 de junio de 2022
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Maison Carrée c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca Islas Baleares
España
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Casa Embrujada
La casa tenía fama de estar embrujada. Desde chico oía la misma cosa, en las bocas de mi abuela y de los más viejos del pueblo.
Eso me pasa por metido. Por querer demostrarle a los muchachos que soy valiente y que no hay nada en este mundo que me meta miedo, fue lo que pensé apenas puse un pie adentro. Daniel y Cabito fueron los únicos que quisieron persuadirme. "No seas loco", me amonestó Daniel. "No le hagas caso a los otros", me advirtió Cabito, refiriéndose a los demás miembros de la barra, su hermano Roberto y Lito. Pero yo no les di oídos a ninguno de los dos. Por nada del mundo iba a perder la apuesta: tres tragos de cada uno el sábado a la noche en El Laberinto, la discoteca del pueblo.
El trato había sido el siguiente: yo debía aguantarme dentro de la casa desde el atardecer hasta que amaneciera. Y no valía hacer trampa, como por ejemplo escaparme a mi casa saltando por el tapial y volver a eso de las seis de la mañana, porque ellos se quedarían en la vereda de enfrente para vigilar que cumpliera lo acordado.
En un momento en que no pasaba nadie, forcé la puerta con una barreta, que Roberto, no bien la puerta cedió, se la quedó diciéndome que si hubieran fantasmas me las tendría que arreglar a las trompadas.
¡Ni trompadas ni barretazos! ¿No dicen que los fantasmas son transparentes?, le dije antes de entrar.
Confieso que apenas puse los pies adentro sentí un retorcijón en el estómago, pero ya era tarde para arrepentimientos. El interior olía a encierro, a humedad, a polvo viejo, a soledad y olvido. Unos pocos muebles desvencijados, monstruos sombríos, me esperaban para hacerme compañía, junto con los bichos que habitan en los lugares encerrados: cucarachas, ratas y arañas. Aproveché la poca luz que todavía entraba por las hendijas de las ventanas que daban a la calle y sacudí el polvo dormido sobre un sillón que apestaba a decadencia y donde pensaba pasar la noche. Después espié la calle, los guardias
pretorianos estaban en sus puestos; bebían cerveza y reían, seguramente de mí. Pero si ellos creían que no estaba preparado para aguantar una noche de espanto estaban muy equivocados; desde el martes por la mañana que no pegaba un ojo y estábamos en jueves. Dentro de un rato me dormiría como un oso y no habría fantasma que me hiciera despertar, por las dudas me taparía los oídos con dos pedazos de goma espuma que había arrancado del colchón de mi cama. Hasta en eso había pensado.
Y así, sin oír nada y con los ojos cerrados, el sueño me agarró aplastado en el mugroso sillón.
De pronto, en algún momento impreciso de la noche, una claridad de los mil demonios me traspasó los párpados y me hizo volver a la realidad, una otra realidad quiero decir, impensada por la limitada imaginación de mi mente pueblerina. Alguien había abierto la puerta de la calle. Alguien monstruoso que metió una mano gigante y se puso a hurgar buscando quién sabe qué cosa. Me levanté de un salto y me escondí detrás de un aparador destartalado. Al parecer, el gigante no encontró lo que buscaba porque sacó la mano y un ojo grande como un globo aerostático ocupó la totalidad de la abertura de la puerta. Yo me acurruqué lo más que pude mientras le pedía a Dios no ser visto por el gigante y también despertar de esa pesadilla, porque sin dudas debía estar soñando. En seguida, el ojo se alejó de la puerta, ésta se cerró de un portazo y la casa empezó a moverse violentamente y yo a rodar de aquí para allá junto con la mugre y trastos inservibles. Hasta que en una de esas conseguí, no sé cómo, agarrarme del picaporte de una puerta que daba a otra habitación, con lo que quedé colgado, de nuevo dirigiéndome a Dios, esta vez para que la puerta aguantase mi peso y que el picaporte no se desprendiera. Cerca de un minuto después la casa volvió a quedarse quieta y nivelada y yo a respirar aliviado, más o menos aliviado, porque con ese gigante enfurecido capaz de cualquier locura qué alivio podía sentir. ¿Y si se le daba por revolear la casa por los aires? Desde afuera me llegaba su voz enfurecida y que sonaba como se oyen las voces de un disco de 45 rpm cuando puesto en 33. Pese a ello, me arrastré con máximo cuidado hasta una de las ventanas; ni mis amigos ni la vereda se encontraban más donde debían estar. Solamente el gigante, andando con fuertes zancadas de un lado para el otro y refunfuñando porque no encontraba unos juguetes.
“¡Ajá!”, gritó de pronto, al dar con una caja debajo de no sé dónde, y enseguida vino hacia la casa. Yo corrí a esconderme en otra habitación y desde ahí oí una puerta abriéndose, la puerta de calle sin dudas, pensé, y
un estruendo como de cosas arrojadas al piso sin ningún cuidado, y al gigante pronunciar un potente "¡listo!" Luego, un fuerte portazo.
Tras un breve instante de silencio percibí voces, débiles pero parecidas a la mía, a voz normal quiero decir. Entonces me animé a abrir la puerta, apenas un poco. Al asomarme me llevé otro susto: las voces eran emitidas por juguetes, juguetes de mi tamaño, que se movían como cualquier ser humano, aunque fueran de plástico y de goma. ¿Sueño o pesadilla?
Pesadilla, sin ninguna duda. Y por la manera como me miraron, me pareció como que a ninguno le gustó mi presencia, principalmente a un soldado de caballería americano, porque no más verme su rostro se transformó grotescamente y gritó: "¡Enemigo!" Y de inmediato se abalanzó hacia mí con su fusil que terminaba en una filosa bayoneta. Por fortuna alcancé a cerrar la puerta justo a tiempo cuando el arma cruzaba el vano;
con lo que la bayoneta quedó atascada entre la puerta y el marco, y antes que el soldado empezara a tironear, quebré la punta de una patada.
Inmediatamente empezaron los empellones contra la puerta, con lo que me apoyé contra ella y a duras penas conseguí recoger la punta de la bayoneta y arrancarme una manga de la camisa con la finalidad de poder empuñarla sin cortarme. Cuando estuvo lista, ahí sí, me aparté de la puerta y dejé que el soldado entrase gritándole: "Ahora vas a ver, soldadito de mierda, lo que te espera". Pero por más empeño que ponga en recordar, no sé lo que pasó por mi mente mientras mataba a cuchilladas a aquel juguete de plástico, lo que sí puedo decir es que me sentí aliviado al deshacerme de la amenaza hostil que representaba. Después, envalentonado por la victoria, pasé a la otra habitación determinado a hacer una carnicería con los otros juguetes. Pero vaya sorpresa que me llevé: apenas me vieron, ignoro si porque yo estaba armado o porque el soldado aquel era para ellos también una amenaza, todos me dieron la bienvenida con estruendosos "¡Viva el nuevo líder!", y en seguida vinieron a felicitarme y a darme palmaditas en los hombros. Con ello volví a sentirme seguro, pero no fue ese el motivo por el cual ya no me importó si estaba atrapado dentro de un sueño o pesadilla, ni si me quedaría en aquel estado para siempre, porque entre los juguetes había una Barbie vestida de enfermera, que apenas la vi me quedé perdidamente enamorado de ella.
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