Editorial La Tinta del Silencio Ciudad de México, 2019
Hay un hombre en mi ventana
Jonathan Molina
15
Bienvenido al Hotel de la Mora
Es de noche. Te encuentras al pie de un camino ilu- minado por luces tímidas que conduce hacia la puerta de cristal. Es la entrada a uno de esos edificios que son producto de una mezcla, forzosa y extraña, de antigüe- dad y modernidad.
Avanzas, te acercas y la puerta se abre por sí misma.
Entras, observas: el decorado es rico y basto. Los muros están cubiertos de tapicerías y de ellos penden pintu- ras atrapadas en marcos de plata con figuras indefinidas que representan el pasado, el presente y el futuro del lugar. El piso de mármol es de color crema, te ciega.
Frotas tus ojos. Miras hacia la izquierda y hay un par de escaleras eléctricas por las que sube y baja gente que conversa entre sí, distraída, relajada, feliz; a la derecha, un largo pasillo que se pierde en el infinito; arriba, un enorme candelabro pende hacia el vacío, sobre tu cabe- za; en frente, la recepción y una chica: Ángela. Sobre el mostrador hay cinco teléfonos rojos.
Dudas, pero te acercas. Ella te sonríe y le respon- des. Te registras y recibes la tarjeta de la habitación.
Te dice que no hay que pagar, sino hasta que termine tu estancia. Para ti es extraño, pero aceptas. Toca una campanilla y un hombre de edad avanzada, se acerca, te invita a seguirlo. Es el anfitrión del Hotel y te guiará hasta el lugar donde descansarás.
Caminan y pasan frente a una puerta custodiada por sendos reconocimientos, algunos nacionales y otros
16
internacionales: La cocina de la Abuela, restaurante de alta especialidad. Se detienen frente al ascensor. Él pre- siona el botón. Esperan. Entran y suben seis pisos.
Salen. Avanzan por un pasillo estrecho hasta que llegan a su destino. Te desea buen reposo. Le ofreces una propina, pero la rechaza.
Deslizas la tarjeta y entras. Hay una cama, televisor, aire acondicionado, baño y regadera. Te sirves un vaso con agua y la escupes, tiene un sabor rancio y huele a huevo podrido. Intuyes que es un mal augurio y pien- sas que hubiese sido mejor optar por la opción B, pero recuerdas las miles de reseñas positivas que leíste del lugar y, en especial, de La Cocina de la Abuela. Te resignas.
Comienzas a instalarte y observas una pintura más donde hay una anciana en estado apoteósico mirando hacia el horizonte y al fondo, con todo su esplendor, el Hotel. No eres experto en arte, pero notas que los tra- zos son finos, muy profundos, y denotan que la mano que la elaboró posee gran técnica.
De pronto, te estremeces. Y no es porque hayas no- tado que el estilo no corresponde con el de las demás obras que viste en tu camino hacia la habitación, ni por su delicada ejecución, ni mucho menos por la ex- cepcional belleza de la mujer. No. Lo que te impresio- na es que su cabeza parece viva. ¡Viva!
Sorprendido, mantienes los ojos abiertos de par en par, fijos en ella. La viste mover, crees escuchar su res- piración. Te mantienes alerta largo rato hasta que tu vista se cansa. Parpadeas dos veces.
17
Sujetas el celular y abres la aplicación de la cáma- ra. Enfocas la pintura, el detector de rostros se coloca, de inmediato, en la cabeza. Presionas en la pantalla y capturas la imagen.
¡Se mueve!
Consternado, subes la fotografía a Internet. Quieres conocer más sobre la anciana y la obra. Nada. Buscas un poco más hasta que encuentras una página desac- tualizada que parece encontró su vida en los primeros inicios de la red.
La lees:
Vine a Nürt-Ürkt, un poblado que se ubica en la lati- tud N 25° 0’ 0’’ y en la longitud W 71° 0’ 0’’, porque recibí un mensaje anónimo en el que me informaron que los ancianos de este lugar están desapareciendo misteriosamente.
Busqué información oficial que me permitiera con- tar con elementos sólidos y me confirmara que el co- municado no se trataba de alguna farsa o de una espe- cie de extorsión.
Mi pesquisa arrojó buenos resultados. Por ejemplo, encontré un estudio que realizó el Instituto para la Vejez local con indicadores que muestran una tenden- cia inusual de ese grupo etario hacia la baja. El censo indica que la población pasó de 22.8 por ciento a 10.8.
Esto significa que, de continuar decreciendo a ese rit- mo, en un par de años los viejos dejarán de existir.
Intrigado, me comuniqué con las autoridades y me in- formaron que las organizaciones de la sociedad civil y el gobierno nürt-ürktense han hecho esfuerzos conjuntos
18
para preservar la vida del adulto mayor sin obtener resul- tados positivos: se esfuman sin razón aparente.
Así que era momento de profundizar. Uno de mis contactos me llevó con otro, quien a su vez me con- tactó con uno más y así sucesivamente, hasta que lle- gué con un alto funcionario, cuyo nombre no revelaré, que se ofreció a proporcionarme información (a cam- bio de otra) si me trasladaba hasta acá para conversar personalmente con él.
Nos reunimos en el Hotel de la Mora y charlamos largo rato.
Me comentó que la mayoría de los políticos de Nürt-Ürkt consideró nostálgico observar por las calles a cientos de longevos abandonados por sus familiares y mendigando por algunas monedas o por alimento.
A su parecer, esta imagen era un problema de salud pública y, además, perjudicial para el turismo que cre- ció favorable a partir de la edificación del Hotel de la Mora sobre una mansión olvidada. «¿Qué turista que- rría ver a un ejército de nonagenarios, con su paso lento y su piel arrugada, pidiendo limosna?», me preguntó.
Con el problema en mente, se integró un grupo de asesores, formados en las mejores Universidades del mundo, que se dio a la tarea de buscar un método eficaz, eficiente y efectivo para resolver la situación.
Trabajaron arduo hasta que dieron con una solución que, a mi parecer, es digna de encomio por encontrar- se llena de justicia, razón y humanidad: consideraron viable mantener, alrededor de un año, o un par a lo mucho, a los ancianos en alguna Casa de Retiro. Por su edad avanzada, no podían emplearlos como mano de obra, pues serían ineficaces y ello se traduciría en pérdidas para cualquier empleador, pero sí podrían ocuparlos de tal suerte que, en lugar de ser una carga,
19 se constituyeran en pieza fundamental para el desarro-
llo de Nürt-Ürkt.
Mi informante anónimo me aseguró que la carne de anciano es un alimento delicioso y con un sin fin de propiedades nutricionales (muchísimas más que las que contiene la porcina o la vacuna que hoy en día están saturadas de hormonas perjudiciales para la salud), que puede emplearse para una entrada, para el plato princi- pal o un delicioso postre. «Es como el vino: entre más vieja, mejor», aseguró.
También me comentó que no solo se aprovecha la carne, sino todas y cada una de las partes del cuerpo.
La piel, por flácida y marchita que se encuentre, se manipula para elaborar objetos para el hogar (lámpa- ras, sillones, cobijas para el invierno, etc.) que son co- tizados con alto valor comercial; y la grasa se destina para la fabricación artesanal de perfumes, jabones y demás productos de belleza.
Para conservar el equilibrio poblacional, determina- ron que alrededor del 35% de quienes ingresaran a la Casa de Retiro (considerando, desde luego, su historia de vida), fuera preparado para consumo humano y co- mercial, alimentado con bastante proteína y además evitando que se mueva para que la carne sea lo más sua- ve posible. El 65% restante se deja que desaparezca de manera natural. «¡Es el ciclo de la vida!».
Este manjar, concluye el relato mi nuevo amigo, fue el principal detonante del turismo en Nürt-Ürkt ya que atrajo a personas que pagaron altas cantidades de dinero por considerarlo un platillo prohibido en todo el mundo.
Después, como es natural, pasó la moda y quedó olvidado hasta que los dueños del Hotel de la Mora compraron la Casa de Retiro y abrieron su famoso
20
restaurante, La cocina de la Abuela, donde guardan con gran recelo sus recetas especiales.
Este es mi reporte. Me retiro porque es momento de degustar un grueso filete, cocido al toque, que me han servido en el Hotel.
Buen provecho.
43
Habitación 521: Hay un hombre en mi ventana
Uno de los cinco teléfonos que se encuentran en el vestíbulo del Hotel sonó.
—Recepción. Buenas noches —respondió Ángela.
—¿Ho… la? —La voz de un niño.
—Hola. ¿En qué puedo ayudarte?
—Eh… Sí… —La voz del pequeño se escuchó cor- tada—. Es que tengo un problema, señora.
—Dime, ¿qué pasa? —Le dijo con amabilidad.
—Esto le va a parecer extraño.
—No te preocupes. Estoy para resolver todo lo que necesites.
—Eh... Es que… Es que… Hay un hombre en mi ventana.
La mujer sonrió con ternura y respondió:
—Es normal. Estamos en un Hotel y hay mucha gente.
—Es que… Es que… Me está mirando —habló nervioso.
—No te preocupes. Hay muchas personas hospe- dadas que andan por aquí y por allá divirtiéndose. Por qué no le dices a tus papás que vean quién es. Tal vez se trate de algún amigo o de un conocido que sabe que están aquí y vino a saludarlos.
—Es que… Estoy solo. Mis papás salieron desde la mañana y no han vuelto.
—Estoy segura de que no tardarán en llegar, te lo prometo.
44
—Ajá, pero la persona que está parada afuera no deja de mirarme. Lleva mucho tiempo en la ventana.
—Tranquilo.
—Tengo miedo —la voz del niño se quebró—, mu- cho miedo. No sé qué quiere.
—Está bien. No llores, ¿ok?
—Ajá.
—¿Puedes revisar que la puerta y la ventana de tu habitación estén cerradas?
—Sí.
Se escucharon los pasos del niño que iban de un lado hacia otro de la habitación hasta que sujetó el te- léfono de nuevo.
—Están cerradas.
—Muy bien. Mira: el Hotel es muy seguro. Hay cá- maras y personal de vigilancia por todas partes. Nadie puede hacerte daño.
El niño inhaló hondo, tratando de calmarse.
—¿Mucho mejor? —Preguntó la mujer al pequeño.
—Sí…
Hubo una pausa del otro lado de la línea. Luego, el niño comenzó a respirar rápido, cada vez más rápido.
—¿Estás bien?
—Es que… Me está saludando.
—Cálmate, por favor. No vayas a colgar. Voy a pe- dir que alguien de vigilancia vaya a tu habitación, ¿de acuerdo?
—Sí señora.
—¿Me confirmas en qué habitación te encuentras hospedado?
45
—En la 521.
—¿En la 521? ¡Ah! Ya te entiendo: la persona que dices que se encuentra afuera de tu habitación está abajo, en el estacionamiento y desde allí mira hacia tu ventana, ¿verdad? Tal vez yo pueda pedirle que se reti- re. —La mujer estiró el cuello tratando de ver hacia el estacionamiento. Nada. La tormenta había esparcido a la mayoría de las personas.
—No —respondió el niño—. Él está aquí afuera, parado frente a mi ventana.
Ángela sintió un escalofrío.
—El personal de vigilancia va para allá. ¿Puedes decirme cómo es esa persona?
—Es alto y me está saludando. Ahora…
—¿Qué sucede?
—¡Está golpeando la ventana! —La voz del niño se escuchó desesperada—. ¡Quiere entrar en la habitación!
—Escúchame por favor. Es muy importante que te alejes de la ventana. Enciérrate en el baño. El personal de vigilancia está por llegar —miró el monitor de las cámaras y vio al oficial esperando el ascensor—. ¿Pue- des hacerlo, por favor?
La mujer escuchó los pasos del niño y luego cómo se cerró una puerta a la que echó el seguro.
—Ya estoy en el baño —dijo con la respiración en- trecortada y con la voz llorosa—. ¡Vengan ya!
—¡Sí, sí! Ya se encuentra en el elevador. No tarda en subir.
—¿Señora?
—Dime.
46
—El hombre…, está…, rascando la ventana.
—Tranquilo, por favor —«¡Dios mío!», pensó—. El oficial ya salió del elevador y camina hacia tu habita- ción. Estará contigo en lo que contamos hasta diez, ¿de acuerdo?
—Sí —respondió llorando.
—Cuenta conmigo: 1.
—2.
—3.
—4.
—5.
—6.
—7.
—8.
—9.
Silencio.
—¿Pequeño?
—Ya no puedo contar.
—¿Por qué?
—Porque él está conmigo… Aquí… En el baño…
Sonriéndome…
—¡Sal de ahí!
El niño no respondió. La mujer escuchó el sonido de golpes y un cristal rompiéndose seguido de un grito estremecedor.
—¡Responde!
La llamada se cortó.
El personal de seguridad se detuvo frente a la puer- ta de la habitación 521.
—Seguridad —llamó—. Buenas noches.
47
Esperó algunos segundos y volvió a llamar. Nadie respondió.
Pese a llevar más de veinte años en servicio, el guar- dia se sentía nervioso. Su corazón se aceleró.
Deslizó la llave maestra y entró. Encontró el sitio a oscuras, la corriente eléctrica sin funcionar. Encendió una lámpara de mano. Avanzó unos pasos entre el des- orden del lugar. Ensimismado, observó un escenario desolador. Sobre la mesa, comida podrida.
Su radio sonó:
—¿Encontró al niño? —Le cuestionó Ángela.
—En eso estoy, señorita.
—¡En el baño, busque en el baño! ¡Le pedí que se escondiera allí!
Obedeció y se dirigió hacia allá.
Abrió la puerta y sobre la tina encontró un pequeño cuerpo sin vida. Presionó el botón para hablar con la mujer:
—Lo encontré, señorita, encontré al niño, pero pare- ce que lleva mucho tiempo muerto. El cuerpo presenta alto grado de descomposición.