Servidores y testigos de la Verdad. Meditaciones 13. Creo en la. resurrección de la carne

Texto completo

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“Servidores y testigos

de la Verdad”

Meditaciones 13

Creo

en la

resurrección

de la carne

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ÍN

D

IC

E

Edita: Arzobispado de Madrid C/Bailén, 8. 28071. Madrid www.misionmadrid.es La necesidad de asumir y

de integrar la realidad de la muerte... 3 Fuimos creados para vivir con Dios

para siempre...3 Somos herederos de la gloria del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo.

¡Nuestra esperanza está bien fundada!...3 ¿Cómo resucitarán los muertos?...4 Si los muertos no resucitan,

Cristo tampoco resucitó...5 El poder de la resurrección final y

la promesa de la vida eterna ya están

actuando en nosotros... 6 Al recibir el Espíritu Santo, hemos recibido también la prenda de la futura inmortalidad...6

Para la reflexión y el diálogo, la oración y la vida.. 7

Catecismo de la Iglesia Católica

988-1019

Compendio 200-201

Youcat 150-151

Meditaciones 13

Creo

en la

resurrección

de la carne

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La necesidad de asumir y de integrar la realidad de la muerte La realidad de la muerte, así como la del sufrimiento y del dolor, choca con el anhelo de todo corazón humano de vivir y de vivir para siempre. Por ello, no nos resignamos a tener que morir, por mucho que sea una de las cosas que más claras hemos de tener desde que adquirimos uso de razón. Los cristianos, fundados en la fe, estamos abiertos a la esperanza de que, aunque tenemos que morir, lo cual cier-tamente nos entristece, resucitaremos y viviremos para siem-pre con el Señor. Porque, al igual que Cristo resucitó, nosotros también resucitaremos con Él. A este respecto así se expresa Benedicto XVI:

“Se nos ha dado una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esa meta y si la meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Spe

salvi 1).

Fuimos creados para vivir con Dios para siempre

Desde el momento en que Dios pensó crear al hombre, dispuso compartir con él su vida divina. Por eso cada indivi-duo de la especie humana lleva inscrito en lo más profundo de su corazón el deseo de ver a Dios, de contemplarle cara a cara, de gozar de su presencia, de vivir en plenitud, de vivir para siempre en su compañía, de alcanzar la vida eterna. Y esto no sólo se aplica al alma, sino directa y primordialmente a la carne, en una palabra al hombre completo de carne y hueso, el cual tiene deseo de ver a Dios (cf. Joel 19,26;

Salmo 16,9; Salmo 84,3).

Somos herederos de la gloria del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesu-cristo. ¡Nuestra esperanza está bien fundada!

La vida eterna, como meta y como fin último de nuestra vida terrenal, nos parece tan elevada que resulta fácil pensar que se trata de una utopía; es decir, algo muy bonito pero inalcanzable. Sin embargo, no es ninguna utopía.

Los hombres podemos esperar seguros y confiados la vida eterna, porque Dios mismo se ha comprometido a

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dár-nosla (cfr. Tito 1,1-2). Más aún, Dios ha asumido, por medio de su Hijo Jesucristo, nuestra condición mortal, y de este modo nos ha hecho herederos de la gloria propia del Hijo Unigénito de Dios (cfr. Tito 3,7). En Cristo, Dios se ha hecho uno de nosotros, para que nosotros vivamos con la espe-ranza de estar juntamente con Él por toda la eternidad (cfr.

Efesios 1,18).

Jesús, al resucitar y subir a los cielos, lo hizo con su carne humana; y, como hombre, se sentó a la derecha del Padre, y, donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, con-fiamos estar también nosotros, que somos miembros de su cuerpo. Nuestra carne, por tanto, también resucitará.

¿Cómo resucitan los muertos?

La fe cristiana, tal y como nos recuerda el Catecismo, confiesa que los muertos resucitarán con su propio cuerpo, el que tuvieron mientras vivieron en esta tierra. Pero, al igual que le pasó a Jesús, será un cuerpo glorificado, transfigu-rado y espiritual.

En realidad no podemos decir mucho más, pues, como nos recuerda el Youcat, el cómo de la resurrección es una cuestión que sobrepasa nuestra imaginación y nuestro en-tendimiento. No es accesible más que en la fe. No obstante, el apóstol San Pablo nos ofrece unas cuantas pistas en una de sus cartas. En la Primera Carta a los Corintios afirma:

“Lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere. Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta” (1 Corintios 15,36-37).

O sea, el cuerpo que se descompone en el seno de la tierra es el que resucitará. Pero antes sufrirá una transforma-ción, semejante a la que se produce en el grano de trigo cuando cae en la tierra, muere y luego aparece la espiga, cargada a su vez de nuevos granos. Hay continuidad y, al mismo tiempo, transformación y cambio. De ahí que el após-tol añadiera:

“Se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siem-bra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siemsiem-bra un cuerpo animal, resucita espiritual” (1 Corintios 15,43-44a).

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La principal transformación radicará en que lo espiritual, al igual que en el cuerpo glorioso de Cristo, asume la prima-cía. El cuerpo de los resucitados será todo de Dios, estará lleno del Espíritu Santo, el Espíritu que da vida. Y lo mismo que Jesús pudo ser reconocido por los suyos, por los que habían comido y bebido con Él durante su vida terrena, tam-bién el cuerpo de cada uno de los resucitados será recono-cible, aunque aparecerá completamente transformado y en plenitud por la fuerza del Espíritu de Dios.

Con todo, más importante que cómo sucederán estas cosas es tener claro la forma en que se nos garantiza la futura resurrección. El Catecismo, por eso, nos habla de que la Eu-caristía es ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por la participación y la comunión del cuerpo eucarístico, que es prenda de inmortalidad y de vida eterna, como prometió Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6, 54).

Así pues, los que un día fuimos incorporados por el bau-tismo a la muerte de Cristo, esperamos, al final de los tiem-pos, participar también de la gloria de su resurrección.

Si los muertos no resucitan, Cristo tampoco resucitó

El anuncio de la resurrección de los muertos y, en con-secuencia, de la resurrección de la carne, ha estado pre-sente desde los inicios de la predicación apostólica, aunque siempre haya sido uno de los puntos más controvertidos y malinterpretados. Conocemos las dificultades y las dudas que tuvieron los Apóstoles para aceptar la resurrección de Jesús. Especialmente significativa fue la tozudez de Tomás (cfr. Juan 20,24-29).

Por eso, tampoco nos extrañan las dificultades que ex-perimentaron los destinatarios de la predicación apostólica para acoger la resurrección de Jesús y la resurrección de nuestra carne mortal. Así san Pablo, en Atenas, tuvo que aguantar las burlas de aquellos hombres que deambulaban por el Areópago, y que se rieron abiertamente de él, cuando les anunció que el Dios desconocido de quien les hablaba, había resucitado a Jesús de entre los muertos (cfr. Hechos

de los Apóstoles 17,31). Y, en otra ocasión, también Pablo

tuvo que corregir muy seriamente a los de Corinto, porque algunos negaban que los muertos fueran a resucitar. El

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ar-gumento esgrimido por el Apóstol fue claro y rotundo: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó” (1

Corintios 15,13).

El poder de la resurrección final y la promesa de la vida eterna ya están actuando en nosotros

Nuestra fe en la resurrección se fortalece cuando obser-vamos el poder vivificador del Espíritu de Dios en nuestras vidas ya en el momento presente. El proceso existencial de los bautizados, que, por la gracia de Dios, pasan de la muerte a la vida y se van renovando en su modo de ser, de pensar y de obrar, nos habla del poder renovador del Espíritu Santo.

Un poder que, además, actúa en cada uno de los sacra-mentos, dando vigor a los elementos de la naturaleza para re-alizar una profunda transformación en sí mismos y en quienes los reciben. Así, el agua del bautismo, por la invocación del Es-píritu Santo, se convierte en agua de la vida; y a su vez el cuerpo de los bautizados se convierte en templo vivo de Dios. Por su parte, el pan y el vino de la Eucaristía se transforman, en virtud de la acción del mismo Espíritu, en Cuerpo y Sangre del Señor, y aquellos que los reciben se convierten en lo que reciben. Porque los que se alimentan del Cuerpo de Cristo son realmente su Cuerpo (cfr. 1 Corintios 6,15-20; 12,27).

Por tanto, hemos de ver la resurrección de nuestro cuerpo mortal como el último acto del poder de Dios, que no nos abandonará a la corrupción del sepulcro, sino que nos resucitará juntamente con su Hijo Jesucristo, pues nos creó (cuerpo y alma) para vivir felices y por siempre con Él.

Al recibir el Espíritu Santo, hemos recibido también la prenda de la futura inmortalidad

La fe cristiana enseña que la muerte corporal, conse-cuencia de haber perdido la amistad con Dios, será vencida cuando el Salvador, omnipotente y misericordioso, restituya al hombre la salvación perdida por la culpa (cfr. Gaudium et

Spes 18).

Esta es la esperanza y la seguridad que se nos anunció ya el día de nuestro bautismo. Nuestro cuerpo, como templo

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del Espíritu Santo, ha recibido la prenda de la inmortalidad y, tras la muerte física, por la cual nuestro cuerpo se verá sometido a la corrupción, resurgirá de los sepulcros cuando vuelva Jesús victorioso al final de los tiempos y se volverá a unir para siempre al alma. Entonces, la muerte habría sido vencida definitivamente.

Para la reflexión y el diálogo

- ¿Qué concepciones sobre eso que se dice de “vida des-pués de la vida” te parece que deben ser matizadas, co-rregidas o rechazadas a la luz de la esperanza en la resurrección de la carne propia de la fe cristiana? - Creer en la resurrección de la carne, tal y como profesa

la Iglesia en el Credo, ¿cómo te hace entender y valorar la vida presente, los trabajos de cada día, los esfuerzos, los gozos y las alegrías, los sufrimientos y las penas?

Para la oración

De la Primera Carta a los Corintios (15,12 28)

Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muer-tos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay re-surrección de muertos? Pues bien: si no hay rere-surrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que los muertos no resucitan.

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Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha re-sucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.

Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es pri-micia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivifi-cados. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo, entregue el reino de Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza. Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser des-truido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies. Pero, cuando dice que ha sometido todo, es evidente que queda excluido el que le ha sometido todo. Y, cuando le haya sometido todo, entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Así Dios será todo en todos.

La siguiente oración, tomada de diversos prefacios de la misa de difuntos, nos invita a contemplar a un Dios que lo ha hecho todo por amor y que ha dado vida al mundo, porque es enemigo de la muerte.

Dios, que mira a la tierra y conoce lo que hay en el corazón de los hombres, nos invita a permanecer vigilantes y a fortalecer nuestra esperanza, para que, al participar de la muerte de su Hijo, podamos compartir con Él la gloria de la resurrección. ¡Que la muerte temporal no nos haga dudar del Dios eterno, del Dios de la vida y que la fe nos haga esperar y confiar en que viviremos con el Señor por siempre y para siempre!

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Oración

Padre nuestro, te damos gracias

porque al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección. Así, si el morir se debe al hombre,

el ser llamados a la vida con Cristo es obra gratuita de tu amor,

ya que, habiendo muerto por el pecado, hemos sido redimidos por la victoria de tu Hijo. En él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos,

Señor, no termina, se transforma;

y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.

Para la vida

- ¿Qué es lo que debe cambiar en tu vida concreta, qué esperanzas nuevas se te abren, qué horizontes apare-cen en tus planteamientos de vida según lo que has co-nocido o profundizado en esta catequesis sobre la resurrección de la carne?

ANEXO: Credo del Pueblo de Dios (Pablo VI)

“Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se pu-rifican después de muertos y de los que gozan de la bien-aventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: ‘Pedid y recibiréis’ (cf. Lucas 10,9-10; Juan 16,24). Profesando esta fe y apoyados en esta es-peranza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero”.

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ORACIÓN PARA LA MISIÓN MADRID

Señor Jesucristo,

Hijo de Dios vivo y Hermano de los hombres, te alabamos y te bendecimos.

Tú eres el Principio y la Plenitud de nuestra fe. El Padre te ha enviado para que creamos en Ti y, creyendo, tengamos Vida eterna.

Te suplicamos, Señor, que aumentes nuestra fe: conviértenos a Ti,

que eres la Verdad eterna e inmutable, el Amor infinito e inagotable. Danos gracia, fuerza y sabiduría para confesar con los labios y creer en el corazón que Tú eres el Señor Resucitado de entre los muertos. Que tu Caridad nos urja

para encender en los hombres el fuego de la fe y servir a los más necesitados

en esta Misión Madrid que realizamos en tu nombre a impulsos del Espíritu.

Te pedimos con sencillez y humildad de corazón: haznos tus servidores y testigos de la Verdad; que nuestras palabras y obras

anuncien tu salvación y den testimonio de Ti para que el mundo crea.

Te lo pedimos por medio de Santa María de la Almudena,

a quien nos diste por Madre al pie de la cruz y nos guía como Estrella de la Evangelización para sembrar en nuestros hermanos la obediencia de la fe.

Amén.

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