que siente» por el qué dirán, cuántas personas por años se esclavizan a relaciones huecas donde se ha perdido la esencia, lo que Dios nos ha pedido:

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Los apegos

Desde que somos muy pequeños, somos alimentados a diario con la necesidad de depender de otra persona para subsistir. ¡Dios, para eso estamos tantas personas en el mundo, para de-pender o compartir!

De pequeños nos aferramos a la imagen de nuestros padres, abuelos o de aquellas personas que se encargaron de criarnos, así pues, de grandes buscamos una guía porque resulta que nunca acabamos de crecer, por ello, siempre necesitamos esa mano que nos encamina. Lo triste es que no somos capaces de ser autén-ticos y aprendemos las mentiras o tradiciones, y como autóma-tas repetimos patrones que están en nuestro diario vivir, creado por y para el hombre para su propia destrucción —dejamos de ser libres—; escondemos a ese niño interno detrás de la imagen de un adulto olvidando la sinceridad y aprendiendo a ser polí-ticos; dejamos de reír para hacer una mueca; cambiamos el no quiero hacer por el no me queda más remedio, etc. hombres,

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que siente» por el qué dirán, cuántas personas por años se escla-vizan a relaciones huecas donde se ha perdido la esencia, lo que Dios nos ha pedido: ¡amor! por guardar el qué dirán o por no querer hacer daño, ¿cuál daño? O por no aceptar auténticamen-te que dependemos maauténticamen-terialmenauténticamen-te para una vida mejor, ¿cuál vida? Porque tengo que aceptar la traición, y vaya, hay muchas formas de traicionar, bueno..., un cacho o traición no es nada, debes haber fallado, ya no le gustas como antes, las mujeres o los hombres están perdidos, cuántas falsas excusas en unos casos para esconder los miedos y en otros la falta de respeto, porque aceptar que no haya comunicación, es que llega ella o él tan casando del trabajo que no quiere ni hablar, es que tiene otros problemas y no desea agobiarme, falso; porque es mejor para los hijos, falso. Sean honestos y pregúntense en ese abismo de hogar: ¿qué podrán aprender esos niños?, ¿en dónde está escrito eso?, ¿qué parte de la historia nos obliga a atarnos a vivir sumidos al silencio asfixiante, de tolerar estar con o donde uno no quiere estar?, ¿cuál es la enseñanza de Dios?, ¿dónde están los valores, el respeto?, ese respeto por lo que se sintió alguna vez. ¿Acaso Dios nos habla de atarse a otra persona para que sea feliz o esté complacida? O dice; amaros los unos a los otros; ama a tu prójimo como a ti mismo, ¡aprende a valorarte y respetarte y sabrás cómo a interactuar con los demás!

Oigan, adultos: y nosotros, los valores, sentimientos, ilusio-nes, emocioilusio-nes, placeres, etc., ¿dónde están? Por eso, mientras más maduramos —¿maduramos?, empiezan a pasar los años— comenzamos a avivar ese niño interno. Sentimos con más intensidad.

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Casi sin saber ni por qué nos empezamos a desprogramar, o sea, lagunas mentales, o la verdad es que me duelen tanto los recuerdos que prefiero olvidar. Cuántas veces le hemos dado la orden a nuestra mente «quiero olvidar» y ella tarda un poco pero actúa, nos aferramos más, cual niño temeroso, «eso sí, que nadie se dé cuenta», ¡prefieren esconder las verdades de lo que sienten por los demás! Sabemos qué queremos, pero nos llena-mos de miedos, también a quien querellena-mos y no titubeallena-mos en mantener cosas.

Espacios y situaciones en claro, casi por regla general.

No guardamos nada, entonces, o te llaman amargado, loco o frustrado.

¡Y no!, no hay nada más lejos de ser un frustrado. Es el retomar la autenticidad, es aprender a manifestar o dejar florecer lo que hay en el fondo de su ser. Sin crear expectativas, siendo auténticos, reales, sinceros, honestos, alegres, complacidos de las personas que nos rodean porque nos dan la alegría, el amor, la ternura. Somos conscientes de que ese temor de ser un viejito solo será llenado por esa persona que está a mi lado, que soporta mis achaques, y juntos aprendemos a querernos mucho. Y también a:

¡Crecer, crecer, crecer para cada día tener más que ofrecer! A dar gracias a Dios Todopoderoso, porque liberó nuestros corazones, porque nos vio con misericordia, porque nos recom-pensó con personas maravillosas. Por eso, ¡gracias, Padre amado, gracias por el dolor que me ha instruido tanto para valorar la felicidad!

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Aprendizajes

De la vida aprendí algo maravilloso.

Hubo muchas consultas y, en su mayoría, cada uno de los casos, cada sin sabor, amargura, dolor depresión, rabia, nostal-gia, etc., tiene que ver con acontecimientos del pasado, unos distantes, otros cercanos, algunos, la mezcla de ambos; lo im-portante es que forman parte del pasado, lo primordial es que todos, y me incluyo, quieren ese rayito de fe, de esperanza y amor que está ahí, una vez que buscamos la ayuda la halla-mos, en algunos casos, me comentaron que llamaron a un viejo amigo(a), o amor y no pudieron tener el contacto. Ahí no había que buscarlo afuera, esa lágrima que brotó con la más cruel de las amarguras, había que sacarla y entre sollozos entender que la fuerza del amor está adentro de nuestro corazón y, aunque ra-biemos cual niño malcriado, esa rabia había que extirparla para devolver las ganas de vivir y demostrar... ¿a quién?, pues a noso-tros mismos «que sí podemos».

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En otros casos, los que lograron una voz externa, un abrazo, una mano amiga; también, porque aquellas personas — ángeles— nos brindaron el aliento o hasta el regaño, nos coloca-ron un espejo enfrente y nos percatamos de que «solo somos el reflejo de lo que anhelamos ser».

¿Cuál es el aprendizaje? Bien, mientras más buscamos en nuestro desordenado archivo interno, llenándolo de informa-ción desbordante —sin organizar— sin vaciar, vaciar, vaciar hasta lograr solamente que permanezca lo importante, nada de lo que hagamos dará buenos resultados.

Por lo general, se aconseja a la gente en las consultas espiri-tuales o psicológicas cambiar los ambientes, a limpiarlos, a botar lo innecesario, y realmente eso es muy bueno, es perfecto, pero debemos empezar por nuestro ambiente y archivo internos, re-tornar a nuestra mente infantil y usarla de espejo.

Los niños:

Juegan, son tiernos, inocentes, perseverantes, intuitivos, audaces, alegres, extrovertidos, sinceros, crecen constantemente casi sin saber ni por qué, aceptan retos, son sensibles, amigos fieles, creen y tienen fe.

¡Y entonces! ¿Por qué nos desvivimos por ser estos adultos cuando lo que no debemos dejar morir jamás es ese niño interno?

«Vaciar la casa del dolor no es fácil, pero es posible».

¿Qué prefieres ser un adulto exquisito, abundante, pero vacío y amargado o un ser pleno, feliz, auténtico, enamorado de la vida y con mucha fe, sin dejar de ser abundante y exquisito? ¡No es lo mismo sonreír que reír plenamente!

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Recuperación del

niño interno

Es maravilloso ver la ansiedad humana de poder asirse a la espe-ranza de la recuperación interna, muchos de ustedes que han seguido cada revelación —están o no dispuestos a la recupera-ción del niño interno— es sorprendente la respuesta de quienes desean descargar ese sobresaturado archivo mental y llenar la ga-vetita de luz, de alegría, fe, amor, confianza, esperanza…, que no es otra cosa más que la verdadera causa por la que estamos aquí.

Escuchar las voces del silencio muchas veces nos da temor, porque sabemos que hay miles que nos van a herir, aunque for-taleciéndonos al saber que el fin es la vida misma cargada de la más tierna aventura: encontrarnos con nuestro niño interno, el verdadero, el que es feliz al que nos aferramos y armamos de coraje para encontrar al niño extraviado que hay dentro de nosotros.

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Recuerden no hacer solo muletillas de risa, se debe reír y practicar todos los días un poco.

Ojo, no decir jamás y por qué, si tengo mil problemas rio, ¿en qué tiempo voy a vaciar?

Porque así demostrarán que son felices prendidos en la amar-gura de ser adultos, manifestando una imagen del pobre de mí. Y ese niño interno, ¿dónde está?

¿Quieres formar parte de la recuperación planetaria?, ¿quieres poder tan solo ver la tierra prometida?, ¿sabes que formas parte de esa tierra y que tu misión es ahora?

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Soledad

Muchos de nosotros nos preguntamos desesperadamente por qué no ha llegado alguien que alegre mi corazón, qué habré hecho, por qué me lleno de frustraciones, por qué desesperada-mente pido y pido y no consigo a nadie y no consigo respuesta. ¡Dios!, ¿te has olvidado de mí?

Y nos vemos frente al espejo y el brillo de nuestros ojos se aprecia apagado, nuestro rostro luce marchito, ya no hay fuerzas y la nostalgia…, todo me suena hueco y nada tiene sabor, y es ahí, precisamente, donde está el error, primero quiérete, gústate, acéptate, hasta disfruta de ti mismo, acepta esa soledad, no es más que la consecuencia de tu temor que te ha provoca-do encararlo, y la pérdida de fe, alegría y esperanza es debiprovoca-do a no localizar el pedacito del amor de Dios que tenemos adentro. Los milagros ocurren cuando nos sentimos seguros de quiénes somos, qué queremos y a dónde vamos.

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Ah, ¡y pobre de aquel que se haga cómplice del maltrato de un niño!

Pregúntate: ¿cuántas veces he maltratado a mi niño interior? Es hora de sanar, de actuar, de andar libres de culpas, pre-parados para ser dignos ante los ojos de Dios y ejemplo para los hombres.

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El milagro

Las pruebas continúan, nosotros, seres de libre albedrío, nos quejamos constantemente de lo que somos, hacemos o vivimos y no analizamos, o no nos damos cuenta, que somos respon-sables de cada paso de nuestras vidas. Es más fácil lamentarse y pedir a Dios un milagrito, de ese modo, le hacemos el trabajo más difícil a papá Dios. Esto es igual que cuando tenemos a nuestros hijos y le colocamos la tarea del a, e, i, o, u, se lo ex-pliqué yo, la maestra también, y a la hora de hacer la tarea el muchacho se niega justificando que no sabe o no la podrá hacer bien: «Mami, papi, házmela tú».

¿Cuál es nuestra actitud? «Sí, mi vida, te la hago». O ¡ya te la hemos enseñado para que la realices solo!». Incluso llegamos a pasar del regaño a la nalgada o al castigo. Y otras veces: «Este muchacho no aprende». Papá Dios no dio toda la enseñanza, la dejó escrita en todos los idiomas y en cualquiera de las formas, sin embargo, nosotros esperamos el milagrito para que sea él

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mos en no ver esas vocales que están ahí y que si con calmita las observamos bien, tomamos nuestro papel y lápiz y practicamos lo conseguiríamos. En cambio, nada hacemos para alcanzar la perfección de hacerlas parecidas o iguales que la que nos escri-bieron en cada rincón.

Porque los niños tienen fe, esperanza, confianza y están abier-tos al aprendizaje; porque son puros; porque son niños y noso-tros, los adultos, nos conformamos en comentar: «Loro viejo no aprende hablar». Pues no, no soy un loro y no importa la edad que tenga, estoy dispuesto a tomar mi papel y lápiz y escribir, tanto como sea necesario, una historia bonita, llena de regaños, tropiezos y hasta castigos, pero cargada de amor, de fe y esperanza, que cuando me pongan la prueba para pasar de grado la aprobaré eximido puesto que puse mi mayor empeño en aprender. Enton-ces, cuando la aprobamos, es sabroso decir; «Lo hice».

Porque jamás nos llenamos de orgullo y hasta nos daría vergüenza decir que fulano o mengano me la hizo y por eso la aprobé, no obstante, si lo llevas a cabo tú, con tu esfuerzo, el orgullo y la alegría de celebrar ese «milagrito» son grandes. La vida es un estudio constante y a cada cuanto nos colocan pruebas, de nuestro afán dependerá que celebremos o rabiemos por la nota recibida.

Pregúntese entonces: ¿estoy dispuesto a que me raspen o a pasar?, o ¿nos conformaremos con una media nota? «No, deseo aprobar eximido…».

Yo quiero obtener ese milagro, que soy yo, ser el orgullo de mi maestro, que es Dios, y convertirme en un buen profesor

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La puerta

Cuando elegimos la paz, los poderes mágicos de la madre natu-raleza nos ayuda a liberar de nuestras vidas aquellas amarguras, dolores y desengaños.

«Dolores, profundos dolores».

La naturaleza nos va ungiendo poco a poco de esa fe necesa-ria, de esa esperanza vital, y encontramos la verdadera razón, el auténtico amor y el camino de la luz, que nunca ha estado fuera de nosotros, pero nuestros ritmos de vida diario colocaron una gran muralla que tapa ese inmenso amor —nuestro amor— y el amor incondicional que hemos recibido siempre, al cual no habíamos querido ver: «el amor de Dios». Una vez que entra-mos en conciencia apartaentra-mos a un lado lo banal y fluye sin cesar información pura que nos lleva a la elevación terrenal, a localizar nuestra misión, el camino real del amor, que no es solo de Dios y todos sus elementos, también el sendero de la unión a todos esos seres que están en nuestra sintonía, el amor a nosotros mismos.

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está más que en nuestra sanación. Saquemos todos esos malos pensamientos que nos hacen andar en mala onda, en baja vibra-ción y en distorsión cósmica. Alcemos la frente, fortalezcamos nuestro cuerpo y corazón llenándolos de la fuerza incondicional que está en la simplicidad de la vida, abriendo la única puerta sobre nuestra cabeza —chacra corona—, la única real que nos dejará entrar en el reino del supremo, si apartarnos de la vida te-rrenal, pues nuestro chacra raíz estará en la más pura conexión, sin dejar de ser los seres que somos, por el contrario, volvién-donos cada día mejores, y así transmitiremos energía pura que manará del centro, del amor puro.

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Depredadores

de humanos

Humanos, se dice de aquel ser… ¡que tiene valor por otro! De quien tiene libre albedrío. En eso del valor, deberíamos de hacer una pausa, ¿acaso nosotros valoramos a alguien?, desde el mismo instante que se concibe esa vida se hizo por amor o placer, en su tiempo de gestación, se alimentaron pensamien-tos puros hacia la portadora de la semilla o transmisora directa. ¿Por qué las mujeres se ponen tan sensibles cuando están em-barazada?, ¿será el doble campo energético o el choque energé-tico? Tras nacer la semilla se le hacen muchos amapuches, pero nos volteamos a discutir o llego de la calle cargado de miles de microenergías oscuras para hacerle cariño al bebé. Y ¿por qué llora si le estoy dando amor? ¿Cuál? ¿Lleno de odio, venganza, calumnias, falsedades, materialismo, etc.? Luego poco a poco voy cargando su vida de trabas, no seas libre, no seas auténtico,

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no conforme con ello, lo llevamos a guarderías, jaulas cargadas de grandes letreros que le enseña por qué no puede o no debe ser feliz, y como seres humanos sin libre voluntad le repetimos lo que nosotros medianamente entendimos acerca de qué es la conducta y la vida en sociedad, y así vamos avanzando malas, regulares o buenas calificaciones, y vengan las comparaciones o un nuevo año escolar, ya está más grande, vamos a poner a nuestro exhibidor-muñeco —hijo— cargado de marcas, zapatos tal o la moda pascual, porque tiene que ser desde pequeño como fulano de tal, podría ser un artista o un famoso... ¿en qué?

En la fama de ser un payaso moderno que desequilibra y en-loquece al más tranquilo rincón natural.

Docentes esclavizados y esclavizadores —apuesto que les encantaría salirse de esas normas— siguiendo patrones y ni si-quiera porque muchos de nosotros hemos dicho cómo era la educación de antes: ¡tiranía! Pero se lo graban grandes profesio-nales; astrónomos, profetas, mentes superiores, seres traumados llenos de nostalgias y, en su gran mayoría, fracasados sentimen-talmente. Muchos de ellos se refugiaron en ser grandes no im-portando en qué, seres desesperados que en su mayoría vivían como ateos, porque ha sido el éxito-fracaso de ser grandes, no les dio tiempo de pararse a mirar la esencia de la amada madre naturaleza —la mano de Dios—, el secreto a voces que está en los detalles sencillos, puros y comunicativos, cada parte natural, animalito..., en fin, se halla en todo, pero no somos capaces de hacer nada por cambiarlo.

Si me salgo de las normas de la sociedad, ¿qué dirán de mí? Es verdad todo lo expuesto antes, aunque digan que soy un

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desadaptado, ¿cómo los míos o yo cambiamos? Nos podemos traumar aún más por el qué dirán, tendría que retirarme, aislar-me o vivir como un ermitaño para ser feliz. ¡No! Despacio, lim-piando nuestro interior y enseñando a los nuestros a limpiarlo y entendiendo de corazón a decir por qué sí o no amamos las cosas, a ser comunicativos en forma real, a valorar las pequeñas grandezas y aceptar las nuestras, sin los mies, porque este paso por la vida que demos nos dirá en forma real que hay un Dios, que es tan grande y generoso que ha hecho de nuestras vidas grandes colegios, y somos alumnos y somos profesores desde el mismo momento de ser concebidos, dejamos la palabra gracias por la súplica, más efecto tendrá agradecer sin necesidad de que haya ruego. Dios sabrá colocarnos dónde, cómo y con quien re-solver un «X» dilema, problema, «trance de aprendizaje», de lo no casual a lo causal, lo verdaderamente educativo a lo autén-ticamente real.

¡Gracias, la palabra mágica más grande y fuerte del universo que nos conduce a la esencia pura del amor y la luz!

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