Kant Texto 1 Respuesta a la pregunta: Qué es la Ilustración?

Texto completo

(1)

Kant Texto 1

“Respuesta a la pregunta:¿Qué es la Ilustración?”

Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad, de la cual él mismo es el culpable. Minoría de edad es la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. Uno mismo es el culpable de esta

minoría de edad cuando su causa no reside en La carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor

para servirse de él sin la dirección de otro.

¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!, esa es la divisa de la ilustración.

Pereza y cobardía son la causa por la que una gran parte de hombres, mucho después de que la naturaleza los librara

de la dirección ajena (naturaliter maiorennes), sigan siendo con gusto toda la vida menores de edad; y es por eso que

les resulta tan fácil a los otros erigirse en sus tutores.

¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que tiene una conciencia moral para mí, un médico que me prescribe una dieta, etc., entonces no necesito molestarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar; ya habrá otros que asuman por mí tan molesta tarea. La inmensa mayoría de los hombres consideran que el paso a la mayoría de edad, además de pesado, es peligroso: eso procuran los tutores que se encargaron bondadosamente de su control...

Para la persona individual es pues difícil salir de una minoría de edad casi convertida en naturaleza...De ahí que tan solo unos pocos consiguiesen, con el propio esfuerzo de su espíritu, zafarse de la minoría de edad y, con todo,

mantener el paso firme.

Por el contrario, es posible que el público se ilustre por sí mismo; así será, de cierto, casi inevitablemente

siempre que se le de libertad. En efecto, siempre se encontrarán, hasta entre los establecidos tutores de la gran

masa, algunos que piensen por sí mismos, los cuales, después de deshacerse del yugo de la minoría de edad, propagarán a su alrededor el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la vocación de todo

hombre a pensar por sí mismo.

Kant Texto 2

Prolegómenos a toda metafísica futura que pueda

presentarse como ciencia

Así pues, a la vez hartos del dogmatismo que nada nos enseña y del escepticismo que nada nos promete, ni siquiera el retiro en una lícita ignorancia; requeridos por la importancia del necesario conocimiento y desconfiados, por nuestra larga experiencia, acerca de todos aquellos conocimientos que creemos poseer o de aquellos que se nos ofrecen bajo el título de razón pura, lo único que nos queda es una pregunta crítica, en función de cuya respuesta podremos en el futuro disponer nuestro proceder: ¿Es posible, en general, la metafísica?

Esta pregunta, no obstante, no ha de ser respondida con objeciones escépticas frente a una metafísica

existente (pues ahora no damos por buena a ninguna), sino a partir del concepto, puramente problemático, de una tal ciencia.

“Crítica de la razón” designa aquí el verdadero camino intermedio entre el dogmatismo, que Hume combatió, y el escepticismo que, él, por el contrario quiso introducir. Un camino intermedio que no recomienda, tal

como hacen otros caminos intermedios, proceder de manera, digamos, mecánica (algo de uno y algo de otro), que a nadie abre los ojos, sino un camino tal que se pueda determinar exactamente según principios.

Kant Texto 3

Crítica de la Razón Pura (1787)

De que nuestro conocimiento comienza con la experiencia, de eso no hay duda; pues ¿por qué otro medio iba a despertar la facultad de conocer, para su ejercicio, como no fuese por los objetos que tocan a nuestros sentidos, que, por un lado, provocan por sí mismos representaciones y, por otro, ponen en movimiento nuestra actividad

intelectiva para compararlas, unirlas o separarlas, transformando, de este modo, la materia bruta de las impresiones sensibles, en el conocimiento de los objetos que llamamos experiencia?

No hay, pues, en el orden del tiempo, ningún conocimiento que preceda en nosotros a la experiencia y con

ella comienza todo conocimiento. Pero, aún cuando todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso todo él procede exactamente de la experiencia. Pues bien podría ocurrir que el conocimiento empírico fuese un compuesto de lo que recibimos a través de las impresiones y de lo que nuestra propia facultad cognoscitiva (apenas estimulada por las impresiones sensibles) produce por sí misma.

En tal supuesto, nosotros no podemos distinguir esta adición respecto de aquella materia prima antes de que un prolongado ejercicio llame nuestra atención sobre eso y nos haga hábiles para llevar a cabo su separación.

Hay, pues, cuanto menos, una cuestión necesitada de una más minuciosa investigación y que no se puede resolver de un plumazo: la de si existe semejante conocimiento, independiente de la experiencia y hasta de

(2)

todas las impresiones de los sentidos. Tal conocimiento se denomina a priori y se distingue de los conocimientos empíricos, los cuales tienen sus fuentes a posteriori, es decir, en la experiencia.

Comprensión del texto

Todo conocimiento comienza con la experiencia ( Kant acepta la afirmación empiristas), pero no por eso se origina todo él en la experiencia. Esta frase pone de manifiesto el planteamiento peculiar de Kant acerca del conocimiento: la síntesis entre racionalismo y empirismo.

El conocimiento comienza con la experiencia, esto es, con las impresiones sensibles, las cuales constituyen la materia del conocimiento. Ahora bien, no por eso el conocimiento procede todo él de la experiencia, pues las impresiones, en el momento mismo en que las recibe el sujeto, son informadas por su propia facultad cognoscitiva. De manera que el conocimiento resulta de la composición de dos elementos: uno, que procede de fuera de nosotros, que es el dato empírico o elemento a posteriori; y otro, que es proporcionado por nuestra facultad de conocer, con ocasión de las impresiones sensibles, y que es el elemento a priori. Ambos elementos sólo son discernibles mediante la reflexión.

Este planteamiento tiene importantes consecuencias y responde a inquietudes profundas, que tienen como marco de referencia las conclusiones a que había llegado Hume: Hume afirmaba que la única fuente de conocimiento de los hechos es la experiencia, sin embargo, la experiencia es incapaz de fundar necesidad, de manera que nuestro conocimiento de hechos es sólo probable.

Kant está de acuerdo con el empirismo en que el punto de partida del conocimiento son las impresiones sensibles y en que éstas, por sí solas, no pueden fundamentar nada con carácter necesario y universal. Ahora bien, no está de acuerdo con la conclusión del valor meramente probable del conocimiento (la física de Newton es el mejor ejemplo de la existencia de ciencias, es decir, conocimientos universales y necesarios).

La solución kantiana es que la necesidad y universalidad del conocimiento no proceden de su componente empírico, sino de su componente a priori, es decir, de la propia facultad de conocer del sujeto.

Es muy importante tener en cuenta que lo apriori no significa, para Kant innato, los elementos a priori del conocimiento no son ideas innatas, es decir, ideas que posea el sujeto antes de toda experiencia. Lo a priori es independiente de la experiencia, en tanto que no es derivado de ella, pero aparece sólo con ocasión de la experiencia.

La identificación de esos elementos a priori del conocimiento es lo que Kant lleva a cabo en su Crítica de la razón pura. Esa investigación es importante porque en esos elementos a priori se fundamenta el valor necesario y universal del conocimiento. Tal investigación recibe el nombre de “trascendental”, término central en toda la filosofía crítica de Kant, en cuanto investigación de las condiciones a priori -puras- que hacen posible la ciencia como conocimiento universal y necesario.

La caracterización del conocimiento como compuesto de un elemento empírico y otro elemento a priori satisface los dos requisitos que kant exige para el conocimiento científico: ampliar nuestro conocimiento de la realidad (elemento empírico) y ser universal y necesario (elemento a priori). Por eso los enunciados de la ciencia son juicios sintéticos a priori (en la actualiddad su existencia es negada por los lógicos, empiristas y positivistas).

Kant Texto 4

Crítica de la Razón Pura (1781/1787)

Si llamamos sensibilidad a la receptividad de nuestro ánimo (psique) para captar representaciones en

cuanto sea de algún modo afectado, llamaremos entendimiento a la facultad de producir por nosotros mismos representaciones, es decir, a la espontaneidad del conocimiento .

A nuestra naturaleza pertenece que la intuición nunca pueda ser más que sensible, es decir, que contiene únicamente el modo como somos afectados por los objetos. Por el contrario, la facultad de pensar el objeto de la

intuición sensible es el entendimiento.

Ninguna de estas propiedades prevalece sobre la otra. Sin sensibilidad ningún objeto nos sería dado, y

sin entendimiento ninguno podría ser pensado. Los pensamientos sin contenidos son vacíos, las intuiciones sin conceptos son ciegas. Por eso tan necesario es hacerse sensibles los conceptos (es decir, añadirles

el objeto en la intuición) como hacerse comprensibles las intuiciones (es decir, someterlas a conceptos).

Ambas capacidades o facultades no pueden intercambiar sus funciones. El entendimiento no puede intuir

nada y los sentidos no pueden pensar nada. Únicamente en su unión puede originarse el conocimiento.

No por eso, no obstante, podemos confundir su contribución respectiva. Al contrario, hay serios motivos para separarlos cuidadosamente y distinguirlos entre sí. Por eso distinguimos la ciencia de las reglas de la sensibilidad

en general, es decir, la estética, de la ciencia de las reglas del entendimiento en general, es decir, la lógica.

Comprensión del texto

Antes de nada es necesario aclarar el significado general de los términos “estética” y “sensibilidad”.”Estética” viene del griego “aisthesis”, que significa sensación. El término “sensibilidad” designa la capacidad de recibir sensaciones, capacidad de ser afectado el sujeto por las realidades externas.

Todo conocimiento de objetos supone la sensibilidad como paso previo, pues sólo a través de ésta nuestro conocimiento se relaciona de modo inmediato con la realidad exterior.

Las sensaciones son, pues, el efecto en nosotros, en nuestra sensibilidad, de los objetos. Por tanto, las sensaciones son a posteriori y constituyen, según Kant, la materia del conocer al nivel de la sensibilidad.

(3)

Ahora bien, nosotros no recibimos las sensaciones en bruto, sino ordenadas en ciertas relaciones. Lo que hace que las sensaciones aparezcan ordenadas en ciertas relaciones es la forma, que no es dada a posteriori, sino que está ya a priori en el espíritu, como forma de la sensibilidad (Kant llama también intuición pura a la pura forma de la sensibilidad mientras que lo que llama intuición empírica hace referencia a las sensaciones)

La Estética Trascendental es la ciencia de los principios a priori o formas puras de la sensibilidad. Las formas puras o principios a priori de la sensibilidad son el espacio y el tiempo.

Lo que Kant quiere decir es que nosotros no percibimos las cosas sensibles sino ordenadas en ciertas relaciones espacio-temporales (no podemos percibir nada fuera de un espacio y un tiempo), por tanto, espacio y tiempo son las condiciones de posibilidad de toda experiencia. Las formas a priori de la sensibilidad proceden, pues, no de las cosas, sino de la forma de conocer del sujeto.

A las sensaciones ordenadas en el espacio y el tiempo, primera síntesis conseguida a nivel de la sensibilidad, le llama Kant: “fenómeno”, aquello que aparece, la realidad sensible organizada espacial y temporalmente.

Pues bien, el entendimiento va a operar sobre esta primera síntesis. El fenómeno es la materia para los conceptos del entendimiento (que son lo apriori, lo puesto por el sujeto). El entendimiento, como la sensibilidad, también tiene sus propias leyes: los conceptos puros o categorías, que permiten pensar o conocer los fenómenos.

Mientras el percibir es la función propia de la sensibilidad, el comprender es la función propia del entendimiento. El entendimiento es, pues, la facultad de pensar el objeto dado en la intuición empírica, es decir, pensar el fenómeno. Y como pensar es lo mismo que juzgar, el entendimiento también puede ser definido como la facultad de juzgar o facultad de los juicios.

Los conceptos puros o categorías, puesto que son a priori, no proceden de la experiencia, sino que el entendimiento los produce espontáneamente. Las categorías constituyen las estructuras o leyes a priori del pensamiento, es decir, que gracias a ellas podemos pensar, construir juicios acerca de los fenómenos. (Por ejemplo, en el juicio “el calor del sol funde la cera” además de los conceptos empíricos “calor”, “sol” o “”cera”, se establece un tipo de relación entre ellos que es determinada por el entendimiento de un modo a priori; esa relación es la causalidad, que no es propia de los fenómenos, sino que es “puesta” por el sujeto cognoscente).

Las categorías son, pues, condiciones trascendentales de nuestro conocimiento de los fenómenos. El entendimiento no puede pensar los fenómenos si no es aplicándoles estas categorías. Es decir, si el entendimiento no puede desarrollar esa función unificadora de los fenómenos a través de las categorías no tendremos conocimiento sino simplemente impresiones sensibles inconexas.

Por otra parte, así como las formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) están vacías y han de llenarse con las impresiones sensibles, también las categorías han de llenarse con los datos procedentes de la sensibilidad, es decir, con los fenómenos:

“las intuiciones empíricas sin conceptos son ciegas y los conceptos sin intuiciones, vacíos”.

El conocimiento resulta, pues, de la cooperación entre sensibilidad y entendimiento, y Kant insiste en que ambos son igualmente importantes:

“sin sensibilidad no nos sería dado objeto alguno; y, sin entendimiento, ninguno sería pensado”

Es necesario tener en cuenta que las categorías sólo son fuente de conocimiento aplicadas a los fenómenos. Es decir, que no pueden aplicarse a lo que está fuera de la experiencia, no pueden aplicarse a las “cosas en sí” o “noúmenos” (que existen realmente pero permanecen siempre desconocidos)

Si la ciencia de las reglas o leyes de la sensibilidad es la estética trascendental, la ciencia de las leyes del entendimiento es, según Kant, la lógica. Pero la lógica que le interesa ahora a Kant no es la lógica formal, sino la lógica trascendental. Mientras la primera se ocupa de los principios a priori del conocimiento pero haciendo abstracción de todo contenido (así entendida, Kant piensa que la lógica quedó definitivamente constituida como ciencia ya desde Aristóteles). La lógica de que se ocupa Kant es la lógica trascendental, que también versa sobre los conceptos y principios a priori del entendimiento pero en tanto que referidos a objetos, es decir, en tanto que condiciones necesarias para pensar o conocer los objetos.

Kant divide la lógica trascendental en analítica trascendental y dialéctica trascendental. La primera (que llama también “lógica de la verdad”) estudia el recto uso de los conceptos y principios del entendimiento. La dialéctica trascendental (que Kant llama también “lógica de la apariencia”) estudia el uso ilegítimo o abuso de los conceptos y principios del entendimiento.

Kant Texto 5

Fundamentación de la metafísica de las costumbres

No hay en ningún lugar del mundo, ni siquiera fuera de él, nada pensable que pueda ser considerado sin

ninguna restricción bueno, excepto una buena voluntad (…)

La buena voluntad no lo es por su acción o por sus efectos, ni por su idoneidad para conseguir tal o cual fin propuesto, sino únicamente por el querer, es decir, es buena en sí y, considerada por sí misma, es, sin comparación,

mucho más digna de estima que todo lo que por ella pudiese lograrse para satisfacer tal o cual inclinación o, si se quiere, la suma de todas las inclinaciones (…)

Para desenvolver el concepto de una voluntad digna de ser estimada por sí misma, de una voluntad buena sin ningún propósito ulterior, tal como ya se encuentra en el sano entendimiento natural, sin que necesite ser enseñado,

sino, más bien explicado... vamos a considerar el concepto del deber...

Deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley...El valor moral de la acción no reside, por tanto, en el efecto que de ella se espera ni tampoco en ningún principio de la acción que necesite tomar su fundamento determinante de aquel efecto esperado. Pues todos esos efectos (la comodidad de la propia situación o incluso el

fomento de la felicidad ajena) podían ser logrados por otras causas y no se necesitaba para eso de la voluntad de un

ser racional, que es lo único en donde puede, sin embargo, encontrarse el bien supremo e incondicionado.

(4)

encuentra en el ser racional- en cuanto es ella, y no el efecto que aguardamos, el fundamento determinante de la voluntad, ,puede constituir ese bien tan excelente que llamamos “bien moral” el cual está presente ya en la persona misma que obra según esa ley, y que no es lícito esperar de ningún efecto de la acción.

Pero ¿cual puede ser esa ley cuya representación, aun sin referirnos al efecto que se espera de ella, tiene que determinar la voluntad, para que ésta pueda llamarse buena en absoluto y sin restricción ninguna?

Como he desposeído a la voluntad de todos los estímulos que podrían apartarla del cumplimiento de una ley, no queda nada más que la universal legalidad de las acciones en general -que debe ser el único principio de

la voluntad-; es decir, yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal.

Aquí es la mera legalidad en general (sin poner por fundamento ninguna ley determinada a ciertas acciones) la que sirve de principio a la voluntad, y tiene que servirle de principio si el deber no ha de ser en todo caso una vana

ilusión y un concepto quimérico. Y con todo esto concuerda perfectamente la razón vulgar de los hombres en sus juicios prácticos; teniendo siempre delante de los ojos el mencionado principio.

Comprensión del texto

El propósito de Kant en sus obras éticas es de fundamentación, encontrar el fundamento de una ley moral

universal, identificar los principios a priori que han de determinar al hombre a actuar si es que su conducta ha de ser racional, y por lo tanto moral. Lo que a Kant le interesa es, pues, la razón pura práctica.

A la razón pura práctica no le interesan los motivos que determinan empírica y psicológicamente a los hombres a obrar (deseos, sentimientos...)sino lo que debe determinarlos a obrar de una forma absolutamente a priori porque sólo así puede alcanzarse una ética universal, es decir, válida para todos los seres humanos; esta universalidad está garantizada, precisamente, por la forma de la conducta.

El propósito de Kant es, pues, construir una filosofía moral pura, que llama también metafísica de las

costumbres, que debe prescindir de todo elemento empírico. (En la Crítica de la Razón Práctica también encuentra en la razón pura el fundamento de una ley moral universal que, desde su carácter racional y, por tanto, a priori de toda experiencia, regule todas las conductas: el famoso Imperativo Categórico).

Kant comienza su Fundamentación de la metafísica de las costumbres refiriéndose al concepto de “buena

voluntad”, lo único “bueno sin restricción” ¿Por qué? Las riquezas, la salud, el valor...incluso la ciencia, son buenos o

malos, según el uso que se haga de ellos y siempre son bienes relativos, es decir, buenos para algo y no por sí mismos. En cambio, una voluntad buena no es buena por algún propósito ulterior, sino buena por sí misma.

Para desentrañar el significado de “buena voluntad”, Kant nos remite al concepto de deber, sólo actuamos moralmente cuando actuamos “por deber”, ningún móvil empírico (es decir, ninguna inclinación) puede servir de fundamento de la moralidad. Pues bien, una voluntad que obra por deber, y no por ninguna otra inclinación,

es, según Kant, una buena voluntad.

Veamos un ejemplo para entenderlo. Una persona puede realizar una acción de acuerdo con el deber (obrar

conforme al deber, obrar legalmente, cumpliendo la ley) y tener, en cambio, como móvil de su acción (o fundamento

de determinación de su voluntad) alguna inclinación: una persona salva a otra en un accidente, el deber indica que hay que ayudar, pero lo hace por recibir una compensación económica o salir en la televisión como un héroe. En este caso no obraría moralmente aunque su acción sea conforme al deber.

Por lo tanto, para que un acto sea moralmente bueno ha de ser realizado por obediencia a lo que el deber manda y no motivado por ninguna inclinación.

Kant define el deber como “la necesidad de una acción por respeto a la ley” y sostiene que lo que determina a la voluntad que obra por deber no puede ser “la representación del efecto de la acción” puesto que, como hemos explicado, en tal caso dicha voluntad estaría determinada por alguna inclinación ¿qué es, entonces, lo que determina a la voluntad que obra por deber? Objetivamente, la ley moral y, subjetivamente, el respeto a esa ley

En conclusión, no la representación del efecto de la acción, sino sólo la representación de la ley en sí misma

es lo que puede determinar a una voluntad para que ésta pueda llamarse buena sin restricción. Sólo la representación de la ley en sí misma puede constituir el bien moral y el bien moral está “ya presente en la

persona misma que actúa según esa ley” (es decir, en su forma de actuar) y “no es lícito esperarlo de ningún efecto de la acción” (es decir, el bien moral no tiene que ver con ningún contenido material)

Kant propone una ética formal (VER APUNTES), por lo tanto, vacía de contenido, no establece ningún bien o fin que haya de ser perseguido ni tampoco nos dice lo que hemos de hacer en cada caso particular, sino la forma en de debemos actuar.

Así pues, la respuesta a la pregunta ¿qué entiende Kant por “obrar por deber”? es: obrar por deber es obrar por respeto a la ley (el deber por el deber) o, lo que es lo mismo, tener como fundamento de determinación de la voluntad la mera representación de la ley moral.

Y la representación de la ley en sí misma sólo puede realizarse en el ser racional, por lo tanto sólo el ser racional puede someterse a una ley no por la utilidad o la satisfacción que su cumplimiento pueda proporcionar, sino por respeto a la misma, sólo el ser racional puede encontrar la ley que la razón pura práctica le dicta a la

voluntad y obedecerla aún con perjuicio de todas sus inclinaciones.

¿Cuál puede ser esa ley que determina la voluntad para que pueda llamarse buena en absoluto? El

Imperativo Categórico. La razón pura práctica ha descubierto la forma en que debemos actuar: yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal.

Esta ley, afirma Kant, está de manera implícita en el conocimiento de todos y la razón vulgar la adopta siempre como criterio de enjuiciamiento moral. Al comienzo del capítulo segundo de la Fundamentación, Kant insiste

(5)

concepto de experiencia; al contrario, es una proposición sintético-práctica a priori que expresa un mandato de

la razón pura práctica (que se impone por sí misma a todos los hombres) y la única ley moral por su carácter universal y necesario. (VER APUNTES)

Kant Texto 6

Fundamentación de la metafísica de las costumbres

Pues bien, todos los imperativos ordenan, ya hipotética, ya categóricamente.

Aquellos (los hipotéticos) representan la necesidad práctica de una acción posible, como medio de

conseguir otra cosa que se quiere (o que es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representase una acción por sí misma, sin referencia a ningún otro fin, como objetivamente necesaria (…)

un imperativo que, sin poner como condición ningún propósito a obtener por medio de cierta conducta, manda esa

conducta inmediatamente...

No se refiere a la materia de la acción y a lo que de ella pueda resultar, sino a la forma y al principio del

que ella misma se deriva, y lo esencialmente bueno de la acción reside en la disposición de ánimo, cualquiera que sea el resultado de la acción. Este imperativo puede llamarse el imperativo de la moralidad.

Comprensión del texto

Kant distingue:

-máximas (mandamientos o imperativos empíricos -por tanto ni universales ni necesarios- e hipotéticos -por tanto subjetivos- de las éticas materiales) impuestas desde el exterior del propio sujeto. Toda ética material es heterónoma, es decir, la obligación moral se fundamenta no en el propio sujeto, sino en algo empírico, en un contenido material (placer, felicidad, utilidad...)

-imperativo categórico (ley a priori -por tanto universal y necesaria para todos los hombres- ) ley objetiva ya que no tiene condición ninguna, incondicionada, válida para la voluntad de todo ser racional. La ética formal kantiana es autónoma ya que es el propio sujeto el que se determina a sí mismo a actuar. El imperativo categórico declara una acción como objetivamente necesaria, como buena en sí misma, sin referencia a ningún fin externo. Prescinde del contenido de la acción y del efecto que se espera de ésta; lo único que contiene es la exigencia de la conformidad de la máxima de la acción con la universalidad de una ley en general; lo único que ordena es la forma que ha de adoptar la máxima de la acción, o sea la universalidad propia de una ley en general.

Así pues, los imperativos hipotéticos quedan descartados como imperativos de la moralidad, por contingentes y condicionados. Sólo el imperativo categórico, en tanto que es el único que declara la acción objetivamente necesaria en sí, sin referencia a ningún propósito extrínseco, puede ser el imperativo de la moralidad.

En otras palabras, si un mandato moral debe ser universal (es decir, válido para todo ser racional) y necesario (es decir, sin excepción en la obligación de su cumplimiento), si un mandato moral ha de ser una ley y no, simplemente, una máxima, esta ley no puede encontrar su fundamento en nada empírico, en ningún contenido material (placer, felicidad...) sino que su fuerza debe residir en la mera forma de la ley. Por eso una ética formal

no dice lo que debe querer la voluntad (lo cual ya sería una máxima material) sino sólo cómo debe querer la voluntad.

La ley que la razón práctica pura le dicta a la voluntad no obliga por aquello que procura (placer, felicidad...), ni vale por sus efectos, sino que obliga en cuanto expresa un DEBER, un mandato necesario y universal.

Kant presenta, de este modo, una ética de la voluntad: el criterio definitivo para distinguir una acción buena de una mala será la “buena voluntad” entendida como “actuar por deber” (en el texto “disposición de

ánimo”)

La única ley de moralidad es someterse a la ley, no por la utilidad o satisfacción que su cumplimiento pueda proporcionarnos, sino por respeto a la misma: el deber por el deber, cualquiera que sea el resultado de la acción. (VER APUNTES)

Kant Texto 7

Crítica de la razón práctica

La autonomía de la voluntad es el único principio de todas las leyes morales y de los deberes conformes a

ellas; toda heteronomía del libre albedrío, en cambio, no sólo no funda ninguna obligación, sino que más bien es

contraria al principio de la misma y de la moralidad de la voluntad.

El principio único de la moralidad consiste en la independencia de toda materia de la ley (a saber, de un objeto deseado) y, al mismo tiempo, sin embargo, en la determinación del libre albedrío por medio de la mera forma

legisladora universal de que una máxima tiene que ser capaz.

Aquella independencia, empero, es libertad en el sentido negativo, mientras que ésta propia legislación de

la razón pura y, como tal, práctica, es libertad en el sentido positivo.

Así, pues, la ley moral no expresa nada más que la autonomía de la razón pura práctica, es decir, la

libertad, y ésta es incluso la condición formal de todas las máximas, las cuales únicamente bajo tal condición pueden

(6)

Comprensión del texto

Es una tesis fundamental de Kant sostener que, cuando lo que determina a la voluntad es exclusivamente el

principio formal del deber, es decir, cuando la voluntad no elige otra cosa que seguir máximas tales que puedan

quererse como leyes universales, la voluntad no está sometiéndose a otra ley que a la que ella misma se da. Ahora bien, una voluntad que no está sometida y que no obedece más que a la ley de la que ella misma es autora, es una

voluntad autónoma. Tal es el principio kantiano de la autonomía de la voluntad.

En cambio, cuando lo que determina a la voluntad son impulsos o intereses exteriores o extraños (por ejemplo, conservar la buena fama), entonces la voluntad se está sometiendo a principios que no proceden de ella misma, sino que le son impuestos . En tal caso la voluntad es heterónoma.

Kant llama a la autonomía de la voluntad el principio supremo de la moralidad y la identifica con la

libertad. Veamos por qué. Kant presenta en el texto una definición negativa y una concepción positiva de la libertad:

Negativamente, es definida como la capacidad de los seres racionales de determinarse a obrar independientemente de causas extrañas, en contraste con la necesidad natural, según la cual los seres irracionales son

siempre determinados a actuar por influjo de causas extrañas.

Positivamente, la libertad es definida como la capacidad de los seres racionales a determinarse a obrar según leyes de otra índole que las naturales, esto es, según leyes que son dadas por su propia razón.

Libertad equivale, pues, a autonomía de la voluntad

Kant Texto 8

Fundamentación de la metafísica de las costumbres

Todos los seres racionales están,pues, sujetos a la ley de que cada uno de ellos debe tratarse a sí mismo y

tratar a todos los demás, nunca como simple medio, sino siempre al mismo tiempo como fin en sí mismo.

Surge de aquí un enlace sistemático de los seres racionales por medio de leyes objetivas comunes, es decir, un reino que, como esas leyes se proponen la relación de esos seres unos a otros como fines y medios, puede llamarse muy bien un reino de los fines (desde luego que sólo como ideal). (…)

En el reino de los fines todo tiene o bien un precio o bien una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada

equivalente, eso tiene una dignidad.

Lo que se refiere a las inclinaciones y necesidades del hombre tiene un precio de mercado; lo que, sin suponer una necesidad, se conforma a cierto gusto, es decir, a una satisfacción producida por el simple juego, sin fin

alguno, de nuestras facultades anímicas, tiene un precio de afecto; pero aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo, es decir, un precio, sino un valor intrínseco,es decir, dignidad.

La moralidad es, pues, la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo; porque sólo por medio de ella es posible ser miembro en el reino de los fines. Así, pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto que ésta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad.

Figure

Actualización...

Referencias

Actualización...