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La espiritualidad de la evangelización: Reflexiones teológicas sobre la relación intrínseca entre la acción evangelizadora y la existencia espiritual

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LA ESPIRITUALIDAD DE Alberto Ramírez

LA EVANGELIZACION (1)

Reflexiones teológicas sobre la relación intrínseca entre la acción evangelizadora y la existencia espiritual.

En nuestros días se ha estrechado más y más el lazo que liga la acción evangelizadora de la Iglesia con la existencia espiritual de las personas y de la comunidad. Ambos aspectos son constitutivos de la Iglesia, porque es imposible concebir una Iglesia cuya misión no sea la de la evangeliza-ción, ni se puede concebir una Iglesia que no sea la historia del seguimien-to de Jesucrisseguimien-to en la vida concreta de sus miembros. Desde el Concilio Vaticano II, en forma especial, ha sido afirmada de manera universal cada una de estas dimensiones de la Iglesia. Sobre todo la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi del Papa Pablo VI subrayó la responsa-bilidad evangelizadora de la Iglesia para toda la comunidad y ya la Cons-titución Dogmática sobre la Iglesia, en el capítulo Quinto, señalaba la vocación a la santidad como vocación universal. De la integración de ambas dimensiones existen múltiples testimonios recientes, en un senti-do semejante al que presentaba el Decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II, al referirse a la vida y al ministerio de los presbí-teros:

P.O. 14: "Así, desempeñando el oficio de buen pastor, en el mis-mo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfec-ción sacerdotal, que reduzca a la unidad su vida y su acperfec-ción".

(1) Se quiere recoger en estas notas, algunos aspectos del artículo que hemos publicado para el Cuarto Encuentro Latinoamericano de Espiritualidad, reu-nido en Villa de Leyva, en 1980, por los Carmelitas: "La Evangelización como Realización de toda Existencia Espiritual".

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IDAD DE ACION (1)

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reu-, por los Carmelitas: "La Evangelización icia Espiritual".

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Aunque referido a la vida de los presbíteros, este testimonio es alta-mente significativo para toda la Iglesia, que ha adquirido conciencia de su responsabilidad evangelizadora. No se puede desintegrar la Iglesia entre los espirituales y los evangelizadores: el hombre espiritual tiene que ser evangelizador y el evangelizador tiene que ser hombre espiritual. Ciertamente en la historia se ha conocido el hecho de esta dicotomía: en su forma más endurecida y probablemente excepcional se ha conoci-do la afirmación de la posibilidad de una existencia espiritual indepen-diente, con consistencia en sí misma, y la afirmación de una

existen-cia evangelizadora, también con consistenexisten-cia en sí misma. El hombre espiritual cultiva la "espiritualidad", noción por medio de la cual se ex-presan todas las actividades que hacen posible la consecución de la per-fección, la búsqueda de la santidad, o también la unión con el Señor Jesús y en último término con Dios. No se debe olvidar que no existe propiamente la espiritualidad en sí misma, sino el hombre espiritual, cuya identidad se determina por el objeto que éste se propone. El hom-bre evangelizador, por su parte, es el homhom-bre que dedica su vida a la proclamación del Evangelio.

Este tipo de dicotomía ha sido prácticamente excepcional. Más general ha sido una situación de hecho, que demuestra cómo la rela-ción entre la acrela-ción evangelizadora y la existencia espiritual no se ha realizado de manera verdaderamente integral: es el caso, por ejemplo, de la espiritualidad concebida como simple condición previa, requerida para asegurar la eficacia de la acción evangelizadora, de tal manera que, sólo con base en una espiritualidad, el hombre se puede lanzar a realizar la aventura apostólica; o también el caso de la doble actividad paralela de quienes, por una parte, consideran como una responsabilidad en su vida la realización de la misión y, por otra, consideran que simultánea o paralelamente se debe cultivar la espiritualidad para lograr la propia perfección.

Ante estas actitudes, el deseo actual de vincular intrínsecamente la acción evangelizadora con la existencia espiritual adquiere una impor-tancia trascendental, que exige una comprensión integral del hombre, en cuanto cristiano y en cuanto Iglesia, y que permite hablar de una es-piritualidad de la evangelización. Por razones puramente metodológicas tratamos en principio por separado de la acción evangelizadora y de la existencia espiritual, para concluir con algunas reflexiones acerca de la necesidad de la integración intrínseca de las mismas.

1. La evangelización, responsabilidad necesaria de la Iglesia

Se ha tomado conciencia, con razón, en nuestros días, de que el obje-to mismo o contenido de la misión de la Iglesia es la evangelización, que

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consiste en la proclamación del Evangelio, la buena noticia de la salva-ción, en muy variadas formas. Incluye esta tarea ante todo la proclama-ción de la persona misma de Jesucristo, no sólo en el sentido de que El es el primer evangelizador, que ha proclamado la buena noticia definiti-va de la saldefiniti-vación, sino también en el sentido de que El es la saldefiniti-vación misma, la realización de la salvación. Todas, las actividades por medio de las cuales es anunciado Jesucristo por la Iglesia constituyen el contenido mismo de su misión y pueden ser denominadas con el término genérico de evangelización.

Ciertamente la existencia de la Iglesia se establece por una actividad de recepción del Evangelio proclamado, pero no se agota esa actividad en la pura recepción del Evangelio: la buena noticia de la salvación debe ser continuamente transmitida y así, receptora continuamente del Evan-gelio proclamado, la Iglesia tiene la misión necesaria de transmitirlo, la misión de evangelizar. No se entiende ni se puede entender nunca la Iglesia sin la evangelización, sin la realización de su misión. Ni se puede explicar nunca una entidad eclesial sin que sea evangelizadora, como lo señala el Papa Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii Nun-tiandi:

"Con gran gozo y consuelo hemos escuchado Nos, al final de la Asamblea de Octubre de 1974, estas palabras luminosas: "Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia"... Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar..."

1.1. La evangelización, responsabilidad misionera de toda la Iglesia

La misión de evangelizar es responsabilidad de toda la Iglesia, de todas las personas y comunidades que la constituyen. Ha renacido en nuestros días de manera especial la conciencia de esta responsabilidad evangeliza-dora, que tiene su origen en la voluntad misma del Señor. Es así como el Decreto Ad Gentes, del Concilio Vaticano II, lee el mandato evangéli-co de la misión evangéli-como voluntad del Señor, que, en primer lugar es diri-gido a toda la Iglesia, y a partir del cual se entienden las responsabilida-des específicas del ministerio jerárquico en relación con la misma mi-sión:

A.G. 5: "El señor Jesús ya desde el principio llamó a sí a todos los en-viarlos a predicar (Mc. 3, 13; cf. Mt. 10, 1-42). Los apóstoles

fueron así la semilla del nuevo Israel, a la vez del origen de la je-rarquía sagrada".

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Un nuevo pueblo de Dios ha sido convocado por Jesucristo y enviado en misión para proclamar el Evangelio. No solamente convocado para recibir el anuncio de la buena nueva de la salvación, sino también envia-do para proclamar el Evangelio (evangelizar). Toenvia-dos en la Iglesia somos responsables de la misión y ella es de tal manera constitutiva para la Igle-sia, que sin su realización no se ha llegado a adquirir la plena identidad eclesial. En la realización de la misión la comunidad es presidida necesa-riamente por quienes el Señor ha querido llamar para realizar este minis-terio de la presidencia.

1.1.1. El objetivo de la misión evangelizadora de la Iglesia

Lo que se ha dicho permitiría solamente pensar que la finalidad de la misión evangelizadora es la edificación de la misma Iglesia: la Iglesia se constituye al realizar su misión de recibir y proclamar el Evangelio. Sin embargo, la finalidad última de la misión evangelizadora y por lo tanto de la Iglesia, no es ella misma, sino la de la construcción del Reino de Dios desde la historia humana. Se proclama el Evangelio de Jesucristo para que, asumido en la fe por los hombres, haga él posible la realiza-ción de la historia humana como historia de la salvarealiza-ción. Desde los va- lores del Reino de Dios, proclamados por Jesucristo y encarnados en su persona, la historia de los hombres va desarrollándose ya, desde ahora, como el proceso del Reino de Dios, cuyo ideal es escatológico. La histo-ria de la salvación solamente es posible, según la convicción de la Iglesia, a partir de la proclamación del Evangelio y esa historia de la salvación aparece entonces, como el objetivo último de la evangelización.

Hay que reconocer el carácter privilegiado del momento que vivimos en relación con la conciencia eclesial acerca de la construcción del Reino de Dios, como meta hacia la cual tiene que estar orientada toda nuestra existencia cristiana. Son muchos los testimonios de nuestros días que han dado expresión a esta conciencia renovada eclesial. La teología con-temperánea, por ejemplo, ha producido excelentes frutos pastorales, al adoptar casi como método de comprensión de las realidades cristianas el de la historia de la salvación: la teología tradicional más conceptual, que lograba reducir a un sistema de verdades las realidades cristianas, no alcanzaba a hacer apuntar la dimensión histórico-salvífica de estas reali-dades. La reflexión pastoral acerca de la misión histórica de la Iglesia en el mundo de hoy, que encuentra una especial expresión y orientación, a la vez, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes y, en nuestro medio latinoamericano, en la documentación de Medellín y de Puebla, hizo trascender el estrecho horizonte de una comunidad encerrada y agotada en la construcción de sus propias estructuras, para hacer surgir el gran horizonte, objetivo último de la misión eclesial, como lo es el d de la Evangelización

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en-t. 10, 1-42). Los apóstoles la vez del origen de la je-

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horizonte del Reino de Dios. Las reflexiones teológico-pastorales acerca de la responsabilidad histórica (política) de la Iglesia han apuntado hacia este objetivo. Y más elocuentes han sido aún los testimonios eclesiales se han convertido en una verdadera diaconía de la Iglesia en relación con la construcción de la historia humana como historia de salvación en proceso. No todo el camino recorrido ha sido fácil y sin accidentes y de ello son prueba suficiente la vacilación en cuanto a las opciones concre-tas que deben ser asumidas en común en la Iglesia, las discusiones y has-ta las contradicciones dolorosas. Pero una cosa ha quedado siempre clara: que la responsabilidad necesaria que corresponde a todos en la Iglesia en lo referente a la evangelización, apunta hacia un objetivo que es decisivo y que es el único capaz de demostrar las virtualidades del Evangelio de Jesucristo: la construcción del Reino de Dios desde la misma historia humana.

1.1.2. Un nombre propio para la misión evangelizadora de la Iglesia en América Latina?

La evangelización, objeto mismo de la misión de la Iglesia universal, constituye, como es obvio, la preocupación fundamental de la Iglesia en América Latina. Y así como no es posible comprender la conciencia eclesial universal y comprometerse plenamente, según las exigencias de nuestros días, en el proyecto eclesial universal de la misión evangeliza-dora, sin tomar como punto de partida el momento conciliar y lo que ha surgido providencialmente a partir de él; así tampoco es posible ad-quirir una plena conciencia eclesial y asumir un compromiso evangeli-lizador concreto, en nuestro medio latinoamericano, sin tener en cuen-ta los hechos providenciales que se han suscicuen-tado recientemente en América Latina.

La historia eclesial latinoamericana no tiene una trayectoria propia muy antigua. Su tradición es la misma tradición de la Iglesia Occiden-tal y su existencia real coincide con la época moderna de la historia de la Iglesia, que se inició en el Siglo XVI. Los historiadores de la Iglesia en América Latina han valorado todos los aspectos positivos y origi-nales de nuestra existencia eclesial, desde cuando comenzó el proce-so evangelizador en nuestro continente; ellos han señalado igualmente el alcance y las limitaciones de la experiencia eclesial de cuatro siglos. Y muchos han señalado también que la personalidad propia de la Igle-sia Latinoamericana ha tenido su surgimiento en la época contemporá-nea, a partir del Concilio Vaticano II (2).

No se puede decir nunca que los acontecimientos históricos nuevos surjan de manera automática, sin que hubiera habido en el pasado ele-mentos generadores del presente. En este sentido, un número no des-

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preciable de hechos y experiencias del pasado de esta Iglesia adquiere, desde la perspectiva histórica de nuestros días, toda su significación pro-videncial. Pero la Iglesia en América Latina ha adquirido una trascenden-cia espetrascenden-cial recientemente y ha ofrecido un aporte verdaderamente ori-ginal a la Iglesia universal.

En el ambiente todavía plenamente fresco y renovado del Concilio, la Iglesia Latinoamericana se reunía en el año de 1968, en la congregación plenaria de sus pastores, para asumir, a partir del Concilio, las opciones que debían responder a las exigencias históricas que se planteaban a la Iglesia en nuestro subcontinente. Era la II Conferencia General del Epis-copado Latinoamericano, reunida en Medellín. La significación proféti-ca de este acontecimiento eclesial no ha sido desvirtuada ni disminuída en su valor en ningún momento. En medio de una situación de angustia histórica, de la cual no hacía mucho tiempo se había empezado a tomar conciencia, el Evangelio de Jesucristo debía resonar con una fuerza nue-va. Si el objetivo primordial y último de la evangelización, en cuanto misión de la Iglesia, es la construcción del Reino de Dios o la realización de la historia de la salvación ya desde la historia humana, la empresa pastoral de la Iglesia en América Latina debía partir de esta situación histórica angustiosa. El Evangelio que debía ser proclamado aquí adqui-rió un nombre propio: el de la liberación. No se trataba simplemente de un proyecto de cambio inmediatista de las estructuras sociales, sino de ese cambio desde el espíritu integral de la salvación, del Reino de Dios. La opción por los pobres, basada en una espiritualidad profundamente cristiana, pertenecía como elemento integrante a ese proyecto evangéli-co de la liberación. Desde entonces evangéli-comenzó a reevangéli-correrse un camino accidentado ciertamente, que no ha llevado aún hasta la meta, pero que sigue animado por el Espíritu del Señor, camino que representa una gracia imponderable de Dios para toda la Iglesia y un servicio histórico de ella, que también es providencial. A asumir ese proyecto hemos sido invitados todos los cristianos, en cuanto Iglesia, y a la luz de él se com-prenden todos los esfuerzos de personas y de comunidades en los últi-mos años.

En esa misma tradición de Medellín se sitúa la III Conferencia Gene-ral del Episcopado Latinoamericano, reunida en Puebla en el ario de 1979. Las grandes opciones pastorales proclamadas por la Conferencia, que no son otra cosa que la explicitación concreta de la gran opción evangélica, incluyen de nuevo el proyecto de la liberación integral y el de la opción privilegiada por los pobres, además de otras opciones prio-ritarias. El nombre propio que en nuestras Iglesia ha adquirido el Evan-

(2) Además de las varias publicaciones de carácter histórico, se puede consultar la presentación corta del proceso histórico de la Iglesia en América Latina que ofrece en su primera parte el Documento de Puebla.

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gelio del Señor no se puede pronunciar sin hacer referencia a estas opciones. Este espíritu eclesial, que así trata de realizar la misión de la evangelización en el presente y en el futuro de la Iglesia en América La-tina, no ha quedado congelado en documentos. En ellos sólo ha encon-trado su expresión una realidad que los respalda: la experiencia vivida o el testimonio ejemplar, que ha presentado fuerza especial en algunas personas y comunidades que buscan responder con la mayor fidelidad posible al Evangelio, o lo que es lo mismo, a la persona del Señor, su ra-zón de ser última; en ellos han encontrado su expresión también los ideales evangélicos que estamos llamados a vivir en nuestra historia hu-mana.

2. La existencia espiritual

El ideal de perfección proclamado en la Iglesia y que está dirigido no sólo a ella en su totalidad, sino a cada uno de sus miembros en particular (3), es un llamamiento al seguimiento de Jesucristo o a la realización del Evangelio en la vida, del que no puede sentirse excusado ninguno de sus miembros. Llamados todos a realizar la misión evangelizadora, también lo estamos a realizar la existencia espiritual. En qué consiste esta existen-cia espiritual? Cómo ha sido ella realizada en el transcurso de la historia, en su forma más general humana y religiosa, y en su forma específica cristiana? No podemos construír actualmente una teoría completamen-te nueva acerca de la exiscompletamen-tencia espiritual, que prescinda de la tradición tan rica de los hombres en este sentido a través de la historia. En el caso cristiano se podría decir que esta existencia se define por el seguimien-to de Jesucrisseguimien-to en la vida, pero en su descripción más concreta se pue-de hacer referencia a los fenómenos espirituales pue-de la contemplación y de la oración, cultivados por el hombre cristiano y aún por todo hom-bre místico.

El objetivo último buscado en toda existencia espiritual comprende el deseo de una superación de la superficialidad humana y el de la agudi-zación de una sensibilidad profundizadora que penetra en la realidad y en la historia. Se puede decir que este objetivo se identifica con el deseo del encuentro con Dios. Como afirmación general, esta consideración tiene validez para todo tipo de movimiento contemplativo religioso, cuya razón de ser es, en el sujeto, la perfección misma o la santidad; y esta afirmación se extiende también al interés por hacer manifiesta, por medio de un lenguaje profundo religioso, la unión con Dios. Contempla- (3) La eclesiología conciliar ha señalado la vocación universal a la santidad como contexto desde el cual se comprenden todas las opciones específicas de la Iglesia en este sentido.

ción y oración, como t existencia espiritual, no ticos cristianos más clát cos anglosajones y los ( ascetas y místicos del o: El valor de la búsqueda nocido: los místicos ha fundidad, que ha transl senta un factor de grai la sensibilidad humana humana, lo que explic: búsqueda hoy en mucl en este plano, no hemc místicos cristianos, la o cristianismo, de la Igles cristianas. La relación i dad nos permitirá más la búsqueda mística del

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universal a la santidad las opciones específicas

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ción y oración, como términos que expresan ambas dimensiones de la existencia espiritual, no se presentan solamente en los movimientos mís-ticos cristianos más clásicos y conocidos, como lo son los de los místi-cos anglosajones y los de los místimísti-cos españoles, sino también los de los ascetas y místicos del oriente, que nos son hoy mucho mejor conocidos. El valor de la búsqueda mística de los no cristianos no puede ser desco-nocido: los místicos han hecho una experiencia impresionante de pro-fundidad, que ha transformado sus vidas. Además, esta búsqueda repre-senta un factor de grande utilidad en el mundo de hoy, para agudizar la sensibilidad humana más profunda que trasciende la superficialidad humana, lo que explica el interés apasionante que se observa por esta búsqueda hoy en muchas partes. Y, sin embargo, cuando aún estamos en este plano, no hemos todavía planteado, ni siquiera en el caso de los místicos cristianos, la especificidad propia de la búsqueda mística del cristianismo, de la Iglesia, de las comunidades religiosas, de las personas cristianas. La relación intrínseca entre la evangelización y la espirituali- dad nos permitirá más adelante descubrir la significación específica de la búsqueda mística del cristianismo.

Con el fin de penetrar más profundamente en la estructura misma de la existencia espiritual, queremos recordar el sentido de la actitud con-templativa y de la manifestación profunda religiosa, que es llamada ora-ción.

2.1. Una mirada profunda de la realidad y de la historia: la actitud contemplativa

Se podría definir de manera rápida la actitud contemplativa como la mirada profunda y penetrante que podemos dirigir a la realidad toda y también a la historia humana, para penetrar en ella y hacerla pasar por nuestra vida. Las categorías utilizadas para una tal definición correspon-den metafóricamente a una concepción del hombre, considerado como "ser que mira", que se caracteriza, en cuanto ser relacional, por la mira-da. Estas categorías son naturalmente relativas. Podría echarse mano, para describir la actitud contemplativa, de otras categorías que repro-ducen alguna de las otras dimensiones del ser humano: la de la audición, la de la percepción más general. Cualquiera de ellas, con su significado poético, son útiles para designar la actitud contemplativa. En lo único en lo cual conviene insistir es, de todos modos, en la necesidad de no olvidar el carácter total de la experiencia mística, que es una actitud humana integral, como toda aquella en la cual el hombre no es reducido parcialmente a alguna de sus dimensiones (a la de la racionalidad o a la de la irracionalidad, por ejemplo). Es el hombre total el que es capaz de realizar una experiencia mística.

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2.1.1. La mirada profunda de la .realidad

Existe en nosotros una sensibilidad posible para mirar todas las cosas de manera profunda. Una sensibilidad que permite llegar hasta el corazón de la realidad. Nuestra mirada humana no tiene que agotarse necesariamente en la superficie de todo; como posibilidad, por lo menos, nuestra mirada puede ser ejercida en sentido profundo. Cuando habla-mos de contemplación nos referihabla-mos al ejercicio concreto de esta sensi-bilidad de nuestra mirada.

Nuestra mirada profunda contemplativa está caracterizada por una fuerza de penetración, que nos permite entrar en posesión de toda reali-dad, con su sentido diáfano y límpio, en su sentido primero, para hacer-la pasar por nuestra vida, como realidad que ha adquirido significación que trasciende lo superficial. Es así posible la experiencia también de Dios, que no es la superficie de nada, sino- más bien la realidad tras-cendente que se ubica en la profundidad de todo, si no caemos en el riesgo de sacrificar su trascendencia. El hombre que así mira, que así se comporta, no es el hombre superficial. En este sentido, la existen-cia mística hace posible una admirable humanización (4).

2.1.2. La mirada profunda de la historia

Para determinar la significación específica de la contemplación cris-tiana es necesario plantear la posibilidad de la mirada profunda de la historia humana. La experiencia mística de la realidad en general tam-bién es una dimensión de la experiencia mística cristiana, como en el caso de P. Teilhard de Chardin, pero no es aún su dimensión específi-ca. Decisivo es aquí el ejercicio de nuestra mirada de profundidad en relación con la historia humana. Este ejercicio nos hace alcanzar a Dios, a través de Jesucristo. El fondo de la historia humana que tocamos así, adquiere un nombre propio que tiene significación teológica: el nombre de Jesucristo. No hacemos aquí una experiencia superficial de la histo-ria, sino una exploración que llega hasta su fondo profundísimo. Ese fondo es Jesucristo, a quien nuestra mirada de fe reconoce como ma-nifestación sacramental de Dios. Por esta razón, porque Jesucristo es la manifestación sacramental de Dios, es necesario añadir: el recono-cimiento de Jesucristo, que se logra por el ejercicio de nuestra mirada

(4) Muy diferente es todo esto de una visión panteística de la realidad, pero se

comprende bien el por qué de la sospecha de panteísmo que algunos hicie-ron pesar sobre los místicos (cfr. el caso del Maestro Eckhard). De un gran interés es también en este contexto la significación del llamado panenteísmo, como el que confiesa J.A.T. Robinson en su obra "Exploración en el

Inte-rior de Dios", ed. Ariel, Barcelona, 1969.

contemplativa de la his última: la realidad mism La existencia espiral Dios, el contacto con simplemente con una a más, sino con la penetr lidad histórica, con la IDE

2.2. El lenguaje de la pr

La palabra humana pi de la manifestación del tiene una gran importar la distinción no es absol todológicamente disting mos la contemplación, e blar de los medios de 11 nocer sus característic estructura total dialoga] no es propiamente leng es discurso. La íntencio por una parte, en funci por otra parte, en funci El caso de la palabra rel] estructura básica dialoga diferentes, el de Dios y lenguajes: es la misma I ción de la manifestació lo que pasa también el dos realidades o dos ca realidad y la única 1 lidad reveladora de tod veladora de la dimensie piritual.

2.2.1. La oración com samos la revela, medio del cual r

(5) La temática de la s se detiene en los si virtud de ellos hac ción de Dios exige al Padre.

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la Evangelización A. Ramírez 65

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histo-fondo profundísimo. Ese de fe reconoce como ma-zón, porque Jesucristo es eccsario añadir: el recono-ejercicio de nuestra mirada

contemplativa de la historia, nos permite la captación de una realidad última: la realidad misma de Dios (5).

La existencia espiritual que tiene como objetivo la penetración en Dios, el contacto con El, el ser poseídos por El, no se identifica pues simplemente con una actitud contemplativa referida a la realidad sin más, sino con la penetración contemplativa en la profundidad de la rea-lidad histórica, con la penetración de Dios, por Jesucristo.

2.2. El lenguaje de la profundidad

La palabra humana profunda es el vehículo de la revelación de Dios y de la manifestación del hombre para Dios. En la existencia espiritual tiene una gran importancia la actividad que llamamos oración. Aunque la distinción no es absolutamente necesaria, sin embargo parece útil me-todológicamente distinguir lo que llamamos la oración, de lo que llama-mos la contemplación, en el movimiento total de la espiritualidad, al ha-blar de los medios de la misma. En cuanto a la oración, conviene reco-nocer sus características de discurso explicitante, que obedece a la estructura total dialogal del lenguaje religioso. La actitud contemplativa no es propiamente lenguaje explícito; la oración, en cambio, es palabra, es discurso. La intencionalidad del lenguaje humano se puede explicar, por una parte, en función de la realización de la presencia personal, y, por otra parte, en función de la realización del encuentro interpersonal. El caso de la palabra religiosa, mística, teologal, es especial: mantiene su estructura básica dialogal, que supone su surgimiento desde dos mundos diferentes, el de Dios y el del hombre. Pero no por eso constituye dos lenguajes: es la misma palabra del hombre la que se convierte en media-ción de la manifestamedia-ción de Dios y de su entrega a nosotros. Pasa aquí lo que pasa también en el momento de la contemplación: no existen dos realidades o dos historias que se experimentan por separado; la úni-ca realidad y la úniúni-ca historia humana no poseen solamente una virtua-lidad reveladora de todo y del hombre, sino también una virtuavirtua-lidad re-veladora de la dimensión profunda, para ser captada en la existencia es-piritual.

2.2.1. La oración como lenguaje profundo por medio del cual expre-samos la revelación de Dios, captada en toda realidad, y por medio del cual respondemos a ella

panteística de la realidad, pero se de panteísmo que algunos hicie-el Maestro Eckhard). De un gran catión del llamado panenteísmo,

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(5) La temática de la sacramentalidad ilustra bien este problema: el hombre no se detiene en los signos como en un muro compacto, sino que se lanza en virtud de ellos hacia una dimensión profunda. En este sentido, la explora-ción de Dios exige la consideraexplora-ción sacramental de Jesucristo: El nos lleva

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Un aspecto importante de la palabra de la oración es su capacidad de reproducir explícitamente la realidad profunda percibida en el ejercicio contemplativo. La palabra de oración es palabra religiosa, lenguaje hu-mano, poético, de valor simbólico. Así como, según se ha dicho, "la re-ligión es la poesía de la vida", así también se podría afirmar que el len-guaje religioso es la poesía del lenlen-guaje. Con esto sólo se hace notar la significación profunda que tiene la experiencia de la realidad, cuando hablamos de religión; con esto se hace notar también la significación profunda que tiene el lenguaje humano, cuando hablamos la palabra religiosa. Lo profundo sólo puede aparecer en el lenguaje simbólico. Así, en su función de manifestación, el lenguaje surge desde lo profun-do y es pronunciaprofun-do por nosotros: la contemplación de la realidad en su dimensión más profunda, arranca al hombre una palabra que es palabra humana, pero que reproduce y reconoce efectivamente la realidad expe-rimentada. La palabra "Dios", por ejemplo, es una palabra humana, que como oración, supone siempre una experiencia mística: la palabra "Dios" es "una canción del hombre" (6), que hace aparecer explicitada la profundidad que hemos experimentado y la proclama.

2.2.2. La oración como lenguaje profundo por medio del cual expresa-mos la revelación de Dios, captada en la historia, y por medio del cual respondemos a ella

La contemplación de la historia, percibida en su significación teológi-ca, hace surgir también un lenguaje igualmente profundo; nos hace pro-nunciar el nombre de Jesucristo, cuya profundidad es el mismo Dios. La función de esta palabra no es solamente manifestativa; ella penetra en nosotros y nos permite a nosotros penetrar en Dios.

Estamos aquí frente a lo que es más importante, dentro de todo lo que hemos dicho en relación con la oración, cuando se trata de señalar su especificidad cristiana: el contenido de la oración cristiana es la his-toria. La palabra nuestra por medio de la cual se expresa la realidad profunda; la palabra nuestra que al mismo tiempo se convierte en pro-clamación y que es devuelta por nosotros como homenaje a Dios, tiene como contenido específico, en el cristianismo, la vida humana, la exis-tencia histórica, no vivida naturalmente de cualquier manera, sino vivi-da en Jesucristo, entendivivi-da como historia de la salvación.

(6) La expresión "Dios es mi canción" aparece en E. Schillebeeckx, en su obra "Dios Futuro del Hombre", ed. Sígueme, Salamanca, 1970, p. 94.

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3.1. El Espíritu de Di

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A. Ramírez 67

Algunas veces hemos empleado una expresión muy justa para indi-car lo dicho: hay que orar desde la vida. No se trata solamente de la vida como punto de partida, sino como contenido de la palabra que se convierte en palabra de revelación y en palabra para Dios. Es ésta la pa-labra que puede llegar tan lejos como es posible. No toda papa-labra de oración posee esta eficacia: aún el lenguaje afectivo más intenso, con-vertido en oración, puede ser un lenguaje superficial, que no alcanza a llegar lejos, sino que permanece en la superficie. Para que la palabra de oración posea el dinamismo interior que nos lleva hasta Dios, es nece-sario que lleve por dentro la vida humana, vivida en Jesucristo.

3. La espiritualidad de la evangelización

La evangelización que no lleva intrínsecamente una actitud espiritual puede ser una empresa interesante y aún últil, pero corre el riesgo tam-bién de ser empresa puramente humana, sin nervio anímico que la deter-mine como actividad que realizamos desde Dios. Por esta razón es ur-gente que se redescubran los nexos intrínsecos entre la existencia espi-ritual y la acción evangelizadora.

3.1. El Espíritu de Dios, agente profundo de la acción evangelizadora

No está por demás señalar que el lenguaje humano, y por lo tanto también el lenguaje teológico, debe ser tomado en serio y que lo expre-sado por él posee verdadera significación. La palabra misma "espiritua-lidad" lleva en su raíz la noción del espíritu y en nuestro caso la del Espíritu Santo.

La existencia teologal de los cristianos supone una referencia necesa-ria a la Trinidad. Su dimensión propiamente teológica consiste en la re-lación con Dios Padre, principio y meta que no se puede perder de nues-tra mirada continua. Esta existencia posee también necesariamente una dimensión cristológica, la cual hace resaltar nuestra relación con Jesu-cristo, cuyo seguimiento es el camino necesario que conduce hacia la meta. En fin, en nuestra existencia cristiana juega un papel necesario una dimensión pneumatológica, la cual consiste en nuestra referencia continua al Espíritu de Dios, que ha surgido en nosotros por la acción de Jesucristo y se ha constituído en el dinamismo que hace posible nuestro seguimiento de Jesús, para llegar hasta el Padre.

Al hablar de la espiritualidad de la evangelización se hace entonces comprensible el que se haga referencia continua al Espíritu de Dios en las orientaciones que conocemos en nuestros días para tratar acerca del proyecto de la evangelización, como acontece especialmente en la Evangelii Nuntiandi y, entre nosotros, en el Documento de Puebla:

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Puebla 202: "El Espíritu Santo llamado por Jesús "Espíritu de Verdad" y el encargado de llevarnos a la verdad plena, da en no-sotros testimonio de que somos hijos de Dios y de que Jesús ha re-sucitado y es "el mismo ayer, hoy y por los siglos" (Heb. 13, 8). Por eso es el principal evangelizador, quien anima a todos los evan-gelizadores y los asiste para que lleven la verdad total sin errores y sin limitaciones".

El Espíritu Santo es el alma de toda la actividad de la evangelización. El es quien nos permite hablar de Jesucristo y proclamar el Evangelio. El sujeto profundo de la evangelización es, por lo tanto, no simplemen-te el hombre, sino el Espíritu de Dios que se ha convertido en nuestra vida. Las capacidades humanas que se ponen en acción en la realización de la misión evangelizadora, son el fruto y el instrumento de una pre-sencia profunda en nosotros, la del Espíritu de Dios. Pero al mismo tiempo este Espíritu es el principio de nuestra existencia espiritual: des-de El miramos con la mirada des-de Dios la significación profunda des-de la rea-lidad y de la historia, y desde El asumimos la tarea de la proclamación de Dios, en Jesucristo.

3.2. La espiritualidad de la evangelización en el sentido de las actitudes del evangelizador

Al hablar de espiritualidad en el contexto de la evangelización, se ha hecho referencia también recientemente a las actitudes que deben ani-mar a quien realiza la tarea evangelizadora. Es en este sentido en el que la Evangelii Nuntiandi, por ejemplo, ha incluído un último capítulo para señalar "el espíritu de la evangelización", y en el que el mismo Do-cumento de Puebla, tan inspirado en la Evangelii Nuntiandi, sin incluír propiamente un capítulo explícito acerca del tema, recoge en varios lu-gares la misma criteriología de la Exhortación Apostólica. Espirituali-dad se refiere aquí a las actitudes (el espíritu) que deben animar a quien realiza la evangelización. La Evangelii Nuntiandi señala las siguientes ac-titudes:

a. La del testimonio de autenticidad del evangelizador: testigos del Evangelio de Jesucristo, los evangelizadores deben respaldar su acción con la autenticidad de su testimonio.

b. La de la búsqueda de la unidad: la proclamación del Evangelio supo-ne en los evangelizadores un esfuerzo de comunión que permite orien-tar todas sus acciones en el sentido de una opción común. Sin esta actitud, el Evangelio proclamado corre el riesgo de ser desintegrado en sí mismo; en cambio, animados por esta actitud de comunión, los

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A. Ramírez 69

evangelizadores testifican el espíritu eclesial necesario para la eficacia de la misión.

c. La del servicio de la verdad: ninguna otra pretensión distinta a la de servir a la verdad auténtica aparece como condición necesaria en una espiritualidad de la evangelización. Si se pretendiera prestar un servi-cio a algo diferente a la verdad, faltaría un elemento indispensable entre los que constituyen la espiritualidad de la evangelización. d. La de la animación del amor: la obra de la evangelización supone en

el evangelizador un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza.

e. Y, por último, la del fervor de los santos: la Evangelü Nuntiandi seña-la aquí en último término una actitud, que no es accidental, sino que posee una gran importancia para hacer más eficaz e iluminadora la la-bor de los evangelizadores: "...ojalá que el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Bue-na Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impa-cientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo".

A todas estas actitudes, de las que se puede decir que surgen a partir del Espíritu de Dios en nosotros, habría que añadir, desde nuestro pro-pio aporte latinoamericano, las señaladas por Puebla en el sentido de la comunión y de la participación, con su significación eclesial pastoral. Y muy en especial las actitudes que concretizan el aspecto del testimonio, al cual hace referencia la Evangelii Nuntiandi: las de la opción preferen-cial por los pobres, que hace surgir en nosotros el Espíritu mismo de Je-sucristo:El capítulo de la espiritualidad de la evangelización que podría Ser escrito en nuestra experiencia eclesial latinoamericana no podría pa-sar por alto este don del Señor y lo que él significa como animación para todas las otras opciones concretas que hemos asumido.

3.3. Las actividades espirituales que hacen posible la toma de concien-cia de nuestra existenconcien-cia evangelizadora y que hacen surgir desde ella un lenguaje de comunión con Dios

Las actividades espirituales que siempre hemos conocido como carac-terísticas propias de la existencia espiritual, la contemplación y la ora-ción, siguen siendo los momentos fuertes que acompañan de manera fe-cunda nuestra existencia evangelizadora. Si la misma acción evangeliza-dora es ya una contemplación y una expresión religiosa de nuestra vida en relación con toda realidad y con la historia, no por eso hace ella su-

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A. Ramírez perflua la actividad contemplativa y orante de los evangelizadores. En

forma concreta existen maravillosos testimonios de reflexión contem-plativa y de oración, a partir de la acción evangelizadora y en función de ella. Para la realización de esta tarea, que nos humaniza y hace supe-rar nuestra superficialidad, existe un criterio supremo: el Evangelio. 3.4. El Evangelio, criterio supremo para la espiritualidad de la

evangelización

Nuestra "exploración en el interior de Dios" y nuestro encuentro con El no constituyen una espiritualidad específicamente cristiana, ni se co-nectan intrínsecamente con nuestra existencia evangelizadora, mientras el Dios alcanzado por nosotros no sea el Padre de nuestro Señor Jesucris-to, mientras nuestra búsqueda mística no se haya realizado a través de Jesucristo, mientras nuestra palabra de reconocimiento no tenga como contenido a Jesucristo mismo. Pero, al hablar de Jesucristo, no nos refe-rimos a El como a la realidad personal e histórica del pasado que se ha convertido para nosotros en un puro recuerdo, en función del cual vivi-mos actualmente nuestra vida profunda, nuestra búsqueda de Dios. Hablamos ciertamente también de El, pero como del que ha llegado a ser el Kyrios, el que vive actualmente en Dios, cuya existencia históri-ca ha adquirido una signifihistóri-cación definitiva, que influye en nuestra vida, que fecunda teológicamente nuestra historia. Por El es posible entrar en Dios, ya desde nuestra vida histórica. Nuestra exploración de Dios tiene que pasar por El.

Ahora bien, si Jesucristo es nuestro camino necesario hacia Dios y si su existencia actual para nosotros es su presencia sacramental en nues-tra historia, es indispensable nuesnues-tra atención contemplativa de la histo-ria humana, animada profundamente por El y explicitada en la oración.

Pero cómo reconocer a Jesucristo-en nuestra historia y cómo realizar la historia de tal manera que ella esté fecundada por la presencia del Señor? El Evangelio es nuestro criterio supremo para comprender la his-toria humana, en su significación teológica profunda, y el criterio para realizar con la misma profundidad la historia humana como historia de salvación. Conocemos a Jesucristo, el Kyrios, por el Evangelio, recibido y proclamado en la Iglesia, y lo reconocemos en la historia humana, leí-da y realizaleí-da por nosotros, a la luz del Evangelio. Es así como, al evan-gelizar y ser evangelizados, vivimos el pleno sentido cristiano de la espi-ritualidad, contemplamos y oramos desde nuestra vida histórica.

3.4.1 El Evangelio a descubrir El Evangelio nos mirar y de vivir la 1 como historia de D: teológica y como mi El Evangelio, que fiesta actualmente E hacemos presente, por el Evangelio, e, ria, Jesucristo es re cómo decir, sin má de Dios? No es ella t En nuestros días una importancia mu historia. En principi ella no nos ofrece tc generalización. No t de la historia, signific cia actuante, el Esp historia humana que cimiento de esta real ficación teológica de Dios, sino más bien con las categorías de valorado el fenómen, la mirada de la fe pet de una captación de no es efectivamente ausente, que hace pc historia y es la pero( Jesucristo, para com salvación.

Pero también pose tencionalidad positiva debe presentar siemp tivo. El Espíritu de según el Evangelio, c nifestación positiva nuestra vida y nuest ideales del amor, de

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A. Ramírez 71

3.4.1 El Evangelio nos enseña a mirar y a vivir la vida en Jesucristo y a descubrir y realizar así su dimensión teológica

El Evangelio nos enseña que no tenemos manera más profunda de mirar y de vivir la historia, que como la ha mirado y vivido Jesucristo: como historia de Dios, como historia de salvación, con su significación teológica y como medio de nuestro encuentro con Dios.

El Evangelio, que es el mismo Jesucristo,- nos enseña que Dios se mani-fiesta actualmente en nuestra historia, que ahí lo encontramos y ahí lo hacemos presente, al realizarla como historia de la salvación. Conocido por el Evangelio, el que nos revela la significación teológica de la histo-ria, Jesucristo es reconocido por nosotros en esa misma historia. Pero cómo decir, sin más, que la historia humana es la historia sacramental de Dios? No es ella también una historia de pecado?

En nuestros días la temática de los signos de los tiempos ha tenido una importancia muy grande para señalar la significación teológica de la historia. En principio, esta temática posee una validez innegable. Pero ella no nos ofrece toda su utilidad iluminadora, si sufre el abuso de una generalización. No toda acción humana, no todos los acontecimientos de la historia, significan de manera positiva la historia de Dios, su presen-cia actuante, el Espíritu de Jesucristo. Existe un rostro negativo de la historia humana que más bien manifiesta la ausencia de Dios. El recono-cimiento de esta realidad es también- trascendental para señalar la signi-ficación teológica de la historia. No se trata de una presencia positiva de Dios, sino más bien de una presencia negativa, que podría ser designada con las categorías de la ausencia. La fenomenología de nuestros días ha valorado el fenómeno de la ausencia, como modo de ser de la presencia; la mirada de la fe permite hablar, a la luz de Jesucristo, de la posibilidad de una captación de Dios, como el ausente, en la historia humana que no es efectivamente historia de la salvación. La experiencia de Dios ausente, que hace posible el Evangelio de Jesucristo, es un juicio de la historia y es la percepción del llamamiento que recibimos de Dios, en Jesucristo, para convertirnos y realizar la historia como historia de la salvación.

Pero también posee la temática de los signos de los tiempos una in-tencionalidad positiva. La historia humana muestra en muchos casos y debe presentar siempre, en la intención de sus agentes, un rostro posi-tivo. El Espíritu de Jesucristo la puede animar; nuestra vida, vivida según el Evangelio, convierte la historia en historia de salvación, en ma-nifestación positiva y efectiva de Dios. En realidad, éste es el ideal de nuestra vida y nuestra responsabilidad cristiana. La realización de los ideales del amor, de la entrega, del servicio, en las acciones concretas

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Augusto L. Uribe I.E. Director de Planeación

U.P.B.

1. Introducción

La muerte de Jean F ga a una revisión de su un conocimiento previ< tende contribuír, expo lógica sobre el sistema escoge en la creencia c mente las relativas al d nes que por otra parte sivamente sectorizada inctisociable.

Para Piaget, la episte ciones cognoscitivas, y mismas ciencias, al tie ellas conforman. Así, t drá del interior de aque les o genéticas, y que c metodología: la primer, un problema de clasific analogía, lleva a la libE modos, una y otra CUE

cuanto que la primera pretaciones cognoscitivl

que constituyen la historia, hacen de ella la historia de la salvación, hacen efectiva la presencia de Jesucristo, el Señor, la presencia sacramen-tal de Dios. Una vez más, se trata de la realización del Evangelio, por el ministerio de la evangelización, cuyo objetivo último es el Reino de Dios. El objetivo de la espiritualidad, que es el encuentro de Dios, el Padre de Jesucristo, se realiza en la acción misma de la evangelización. Y todo esto se puede decir a partir de una actitud contemplativa de la historia, a la luz del Evangelio.

3.4.2. El Evangelio nos enseña a orar con la palabra misma de Jesucristo, palabra que surge desde la vida vivida como historia de salvación. La oración es la culminación del proceso contemplativo; la oración cristiana es la culminación del proceso contemplativo cristiano. Tam-bién aquí, el Evangelio es el criterio decisivo de nuestra palabra de re-conocimiento del Padre de Jesucristo, que se nos manifiesta en nues-tra historia; y de nuesnues-tra palabra de oración en su función de hacer posible nuestro encuentro interpersonal con El.

Jesucristo es el orante ejemplar: el modelo de nuestra palabra para Dios. El Evangelio nos ha entregado no fórmulas de oración, que po-sean eficacia salvífica automática, sino la regla de la oración de Jesu-cristo. La oración de Jesús es una oración desde la vida, desde la his-toria. Realizar la historia de la salvación y convertirla en el contenido mismo de nuestra oración, es lo que hacemos, por ejemplo, cuando decimos que deseamos "que venga el Reino de Dios", "que se haga su voluntad" y cuando todo lo que constituye nuestras preocupaciones humanas es referido a Dios.

"Los místicos, sin ser en absoluto unos puros inmanentistas o panteístas, han trabajado con una proyección que lo-caliza a Dios en lo que San Juan de la Cruz llama "el centro profundo" (J.A.T. Robinson, Exploración en el Interior de Dios).

Referencias

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