ROMANCES MEDIEVALES -ROMANCE DEL PRISIONERO. -ROMANCE DE DON TRISTÁN DE LEONÍS Y DE LA

Texto completo

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ROMANCES MEDIEVALES

-ROMANCE DEL PRISIONERO

-ROMANCE DE DON TRISTÁN DE LEONÍS Y DE LA REINA ISEO, QUE TANTO AMOR SE GUARDARON

-ROMANCE DEL AMOR MÁS PODEROSO QUE LA MUERTE -ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

-ROMANCE DEL VENENO DE MORÏANA -ROMANCE DE GERINELDO

-ROMANCE DE FONTE FRIDA

-ROMANCE DE LA PÉRDIDA DE ALHAMA

-ROMANCE DEL CERCO DE ZAMORA EN QUE DOÑA URRACA RECLAMA AL CID SU DESPRECIO

-ROMANCE DEL INFANTE ARNALDOS -ROMANCE DE DOÑA ALDA

-ROMANCE DE ABENÁMAR

(La presente obra ha sido incorporada a la biblioteca digital de www.ladeliteratura.com.uy con fines exclusivamente didácticos)

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ROMANCE DE LA MISA DE AMOR

Mañanita de San Juan, mañanita de primor, cuando damas y galanes

van a oír misa mayor. Allá va la mi señora, Entre todas la mejor; Viste saya sobre saya, mantellín de tornasol, camisa con oro y perlas bordada en el cabezón. En la su boca muy linda lleva un poco de dulzor;

en la su cara tan blanca un poquito de arrebol, y en los sus ojuelos garzos

lleva un poco de alcohol; así entraba por la iglesia relumbrando como el sol. Las damas mueren de envidia,

y los galanes de amor. El que cantaba en el coro,

en el credo se perdió; el abad que dice misa, ha trocado la lición; monacillos que le ayudan, no aciertan a responder, non,

por decir amén, amén, decían amor, amor.

ROMANCE DEL PRISIONERO

Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor, cuando los enamorados

van a servir al amor; sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión; que ni sé cuándo es de día

ni cuando las noches son, sino por una avecilla que me cantaba al albor. Matómela un ballestero; déle Dios mal galardón.

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ROMANCE DE DON TRISTÁN DE

LEONÍS Y DE LA REINA ISEO,

QUE TANTO AMOR SE GUARDARON

Herido está don Tristán de una muy mala lanzada,

diérasela el rey su tío por celos que de él cataba;

diósela desde una torre con una lanza herbolada: el hierro tiene en el cuerpo,

de fuera le tiembla el asta. Mal se queja don Tristán, que la muerte le aquejaba;

preguntando por Iseo muy tristemente lloraba: ”¿Qué es de ti, la mi señora?

Mala sea tu tardanza, que si mis ojos te viesen

sanaría ésta mi llaga”. Llegó allí la reina Iseo, la su linda enamorada, cubierta de paños negros,

sin del rey dársele nada: ”¡Quien vos hirió, don Tristán,

heridas tenga de rabia, y que no hallase maestro

que supiese sanarlas!” Júntase boca con boca, llora el uno, llora el otro,

la tierra toda se baña; allí donde los entierran nace una azucena blanca.

ROMANCE DEL AMOR MÁS

PODEROSO QUE LA MUERTE

Conde Niño por amores es niño y pasó la mar; va a dar agua a su caballo

la mañana de San Juan. Mientras el caballo bebne

él canta dulce cantar; todas las aves del cielo se paraban a escuchar, caminante que camina

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olvida su caminar, navegante que navega la nave vuelve hacia allá. La reina estaba labrando, la hija durmiendo está

-Levantaos, Albaniña, de vuestro dulce folgar, sentiréis cantar hermoso

la sirenita del mar. -No es la sirenita , madre,

la de tan bello cantar, sino es el Conde Niño que por mí quiere finar.

¡Quién le pudiese valer en su tan triste penar! -Si por tus amores pena,

¡oh, malhaya su cantar! y porque nunca los goce

yo le mandaré matar. -Si le manda matar, madre, juntos nos han de enterrar. Él murió a la medianoche,

ella a los gallos cantar; a ella como hija de reyes

la entierran en el altar, a él como hijo de conde

unos pasos más atrás. De ella nació un rosal blanco,

dél nació un espino albar; crece el uno, crece el otro, los dos se van a juntar; las ramitas que se alcanzan

fuertes abrazos se dan, y las que no se alcanzaban

no dejan de suspirar. La reina, llena de envidia, ambos los mandó cortar; el galán que los cortaba

no cesaba de llorar. De ella nace una garza, de él un fuerte gavilán, juntos vuelan por el cielo,

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ROMANCE DEL ENAMORADO

Y LA MUERTE

Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía, soñaba con mis amores que en mis brazos la tenía. Vi entrar señora tan blanca muy más que la nieve fría. - ¿Por dónde has entrado amor?

¿Cómo has entrado mi vida? Las puertas están cerradas,

ventanas y celosías. - No soy el amor, amante: la Muerte que Dios te envía.

- ¡Ay, Muerte tan rigurosa, déjame vivir un día! - Un día no puede ser, una hora tienes de vida. Muy de prisa se calzaba, más de prisa se vestía;

ya se va para la calle, en donde su amor vivía. - ¡Ábreme la puerta, blanca,

ábreme la puerta niña! - ¿Cómo te podré yo abrir si la ocasión no es venida? Mi padre no fue al palacio, mi madre no está dormida. - Si no me abres esta noche, ya no me abrirás querida; la Muerte me está buscando,

junto a ti vida sería. - Vete bajo la ventana donde ladraba y cosía, te echaré cordón de seda

para que subas arriba, y si el cordón no alcanzare

mis trenzas añadiría. La fina seda se rompe; la Muerte que allí venía: - Vamos, el enamorado, que la hora ya está cumplida.

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ROMANCE DEL VENENO

DE MORÏANA

Madrugaba don Alonso a poco del sol salido; convidando va a su boda

a los parientes y amigos; a las puertas de Morïana

sofrenaba su rocino: -Buenos días, Morïana. -Don Alonso, bien venido. -Vengo a brindarte, Morïana,

para mi boda el domingo. -Esas bodas, don Alonso, debieran de ser conmigo;

pero ya que no lo sean, igual el convite estimo, y en prueba de la amistad

beberás del fresco vino, en que solías beber dentro en mi cuarto florido.

Morïana, muy ligera en su cuarto se ha metido;

tres onzas de solimán con el acero ha molido,

de la víbora los ojos, sangre de un alacrán vivo:

-Bebe, bebe, don Alonso, bebe de este fresco vino. -Bebe primero, Morïana, que así está puesto en estilo.

Levantó el vaso Morïana, lo puso en sus labios finos; los dientes tiene menudos, gota dentro no ha vertido. Don Alonso, como es mozo,

maldita gota ha perdido. -¿Qué me diste, Morïana, qué me diste en este vino? ¡Las riendas tengo en la mano

y no veo a mi rocino! -Vuelve a casa, don Alonso,

que el día ya va corrido y se celará tu esposa si quedas acá conmigo. -¿Qué me diste, Morïana, que pierdo todo el sentido?

¡Sáname de este veneno, yo me he de casar contigo!

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-No puede ser, don Alonso, que el corazón te ha partido.

-¡Desdichada de mi madre que ya no me verá vivo!

-Más desdichada la mía desque te hube conocido.

ROMANCE DE GERINELDO

Levantóse Gerineldo que al rey dejara dormido,

fuese para la infanta donde estaba en el castillo.

-Abráisme, dijo, señora, abráisme, cuerpo garrido. -¿Quién sois vos, el caballero,

que llamáis a mi postigo? -Gerineldo soy, señora, vuestro tan querido amigo.

Tomárala por la mano, en un lecho la ha metido,

y besando y abrazando Gerineldo se ha dormido.

Recordado había el rey de un sueño despavorido; tres veces lo había llamado,

ninguna le ha respondido. -Gerineldo, Gerineldo,

mi camarero pulido, si me andas en traición, trátasme como a enemigo.

O dormías con la infanta o me has vendido el castillo. Tomó la espada en la mano, en gran saña va encendido,

fuérase para la cama donde a Gerineldo vido.

Él quisiéralo matar, mas criole de chiquito. Sacara luego la espada, entre entrambos la ha metido,

porque desque recordase viese cómo era sentido. Recordado había la infanta

y la espada ha conocido. -Recordaos, Gerineldo, que ya érades sentido, que la espada de mi padre yo me la he bien conocido.

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ROMANCE DE FONTE FRIDA

Fontefrida, Fontefrida Fontefrida y con amor,

do todas las avecicas van tomar consolación,

sino es la tortolica, que está viuda y con dolor.

Por ahí fuera a pasar el traidor del ruiseñor; las palabras que le dice llenas son de traición: «Si tú quisieses, señora,

yo sería tu servidor.» «Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde

ni en ramo que tenga flor, que si el agua hallo clara

turbia la bebiera yo; que no quiero haber marido

porque hijos no haya, no; no quiero placer con ellos

ni menos consolación. ¡Déjame triste, enemigo, malo, falso, mal traidor; que no quiero ser tu amiga

ni casar contigo, no!»

ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA

Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón, ¡Cómo las haré yo, triste,

viejo y cano, pecador! ¡No reventaras, condesa,

por medio del corazón, que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!

Allí habló la más chiquita, en razones la mayor: -No maldigáis a mi madre,

que a la guerra me iré yo; me daréis las vuestras armas,

vuestro caballo trotón. -Conoceránte en los pechos,

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que asoman bajo el jubón. -Yo los apretaré, padre,

al par de mi corazón. -Tienes las manos muy blancas,

hija no son de varón. -Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol. -Conoceránte en los ojos, que otros más lindos no son.

-Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.

Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor: -¿Cómo me he de llamar, padre?

-Don Martín el de Aragón. -Y para entrar en las cortes,

padre ¿cómo diré yo? -Besoos la mano, buen rey,

las cortes las guarde Dios. Dos años anduvo en guerra

y nadie la conoció si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó. -Herido vengo, mi madre,

de amores me muero yo; los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.

-Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar, si Don Martín es mujer, l

as galas ha de mirar. Don Martín como discreto,

a mirar las armas va: -¡Qué rico puñal es éste,

para con moros pelear! -Herido vengo, mi madre, amores me han de matar, los ojos de Don Martín roban el alma al mirar. -Llevarasla tú, hijo mío,

a la huerta a solazar; si Don Martín es mujer,

a los almendros irá. Don Martín deja las flores,

un vara va a cortar: -¡Oh, qué varita de fresno

para el caballo arrear! -Hijo, arrójale al regazo

tus anillas al jugar: si Don Martín es varón,

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las rodillas juntará; pero si las separase, por mujer se mostrará. Don Martín muy avisado

hubiéralas de juntar. -Herido vengo, mi madre,

amores me han de matar; los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.

-Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar. Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está: -Cartas me fueron venidas,

cartas de grande pesar, que se halla el Conde mi padre

enfermo para finar. Licencia le pido al rey

para irle a visitar. -Don Martín, esa licencia

no te la quiero estorbar. Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;

por unas vegas arriba corre como un gavilán: -Adiós, adiós, el buen rey,

y tu palacio real; que dos años te sirvió

una doncella leal!. Óyela el hijo del rey, tras ella va a cabalgar. -Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar

hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar. Campanitas de mi iglesia,

ya os oigo repicar; puentecito, puentecito

del río de mi lugar, una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar. Abra las puertas, mi padre,

ábralas de par en par. Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar, que las armas y el caballo bien los supe manejar. Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.

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ROMANCE DE LA PÉRDIDA DE ALHAMA

Paseábase el rey moro por la ciudad de Granada,

desde la puerta de Elvira hasta la de Vivarambla

-¡Ay de mi Alhama! Cartas le fueron venidas que Alhama era ganada. Las cartas echó en el fuego,

y al mensajero matara. -¡Ay de mi Alhama! Descabalga de una mula y en un caballo cabalga, por el Zacatín arriba subido se había al Alhambra.

-¡Ay de mi Alhama! Como en el Alhambra estuvo,

al mismo punto mandaba que se toquen sus trompetas,

sus añafiles de plata. -¡Ay de mi Alhama! Y que las cajas de guerra

apriesa toquen el arma, porque lo oigan sus moros,

los de la Vega y Granada. -¡Ay de mi Alhama! Los moros, que el son oyeron, que al sangriento Marte llama,

uno a uno y dos a dos juntado se ha gran batalla.

-¡Ay de mi Alhama! Allí habló un moro viejo, de esta manera hablara: -¿Para qué nos llamas, rey?

¿Para qué es esta llamada? -¡Ay de mi Alhama! -Habéis de saber, amigos,

una nueva desdichada: que cristianos de braveza ya nos han ganado Alhama.

-¡Ay de mi Alhama! Allí habló un alfaquí, de barba crecida y cana: -Bien se te emplea, buen rey, buen rey, bien se te empleara

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-Mataste los Bencerrajes, que eran la flor de Granada;

cogiste los tornadizos de Córdoba la nombrada.

-¡Ay de mi Alhama! Por eso mereces, rey, una pena muy doblada: que te pierdas tú y el reino,

y aquí se pierda Granada. -¡Ay de mi Alhama!

ROMANCE DEL CERCO DE ZAMORA

EN QUE DOÑA URRACA RECLAMA

AL CID SU DESPRECIO

—¡Afuera, afuera, Rodrigo, el soberbio castellano!

Acordársete debría de aquel buen tiempo pasado

que te armaron caballero en el altar de Santiago, cuando el rey fue tu padrino,

tú, Rodrigo, el ahijado; mi padre te dio las armas, mi madre te dio el caballo,

yo te calcé espuela de oro porque fueses más honrado;

pensando casar contigo, ¡no lo quiso mi pecado!,

casástete con Jimena, hija del conde Lozano; con ella hubiste dineros, conmigo hubieras estados;

dejaste hija de rey por tomar la de un vasallo.

En oír esto Rodrigo volvióse mal angustiado: —¡Afuera, afuera, los míos, los de a pie y los de a caballo,

pues de aquella torre mocha una vira me han tirado!,

no traía el asta hierro, el corazón me ha pasado; ¡ya ningún remedio siento,

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ROMANCE DEL INFANTE ARNALDOS

¡Quién hubiera tal ventura sobre las aguas del mar como hubo el infante Arnaldos

la mañana de San Juan! Andando a buscar la caza para su falcón cebar,

vio venir una galera que a tierra quiere llegar;

las velas trae de sedas, la ejarcia de oro torzal,

áncoras tiene de plata, tablas de fino coral. Marinero que la guía, diciendo viene un cantar, que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar; los peces que andan al hondo,

arriba los hace andar; las aves que van volando,

al mástil vienen posar. Allí habló el infante Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá: —Por tu vida, el marinero,

dígasme ora ese cantar. Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar: —Yo no canto mi canción sino a quién conmigo va.

ROMANCE DE DOÑA ALDA

En París está doña Alda,

la esposa de don Roldán, trescientas damas con ella

para bien la acompañar: todas visten un vestido, todas calzan un calzar, todas comen a una mesa, todas comían de un pan. Las ciento hilaban el oro,

las ciento tejen cendal, ciento tañen instrumentos

para a doña Alda alegrar. Al son de los instrumentos doña Alda adormido se ha;

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un sueño de gran pesar. Despertó despavorida con un dolor sin igual, los gritos daba tan grandes

se oían en la ciudad. —¿Qué es aquesto, mi señora

qué es el que os hizo mal? —Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar:

que me veía en un monte en un desierto lugar: y de so los montes altos

un azor vide volar; tras dél viene una aguililla que lo ahincaba muy mal.

El azor con grande cuita metióse so mi brial, el águila con gran ira de allí lo iba a sacar; con las uñas lo despluma,

con el pico lo deshace. Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá: —Aquese sueño, señora, bien os lo entiendo soltar:

el azor es vuestro esposo que de España viene ya,

el águila sedes vos, con la cual ha de casar, y aquel monte era la iglesia,

donde os han de velar. —Si es así, mi camarera, bien te lo entiendo pagar.

Otro día de mañana cartas de lejos le traen:

tintas venían de fuera, de dentro escritas con sangre,

que su Roldán era muerto en la caza de Roncesvalles. Cuando tal oyó doña Alda

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ROMANCE DE ABENÁMAR

—¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida, moro que en tal signo nace

no debe decir mentira. Allí respondiera el moro,

bien oiréis lo que diría: —Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro

y una cristiana cautiva; siendo yo niño y muchacho

mi madre me lo decía que mentira no dijese, que era grande villanía: por tanto, pregunta, rey, que la verdad te diría. —Yo te agradezco, Abenámar,

aquesa tu cortesía. ¿Qué castillos son aquéllos?

¡Altos son y relucían! —El Alhambra era, señor,

y la otra la mezquita, los otros los Alixares, labrados a maravilla. El moro que los labraba cien doblas ganaba al día,

y el día que no los labra, otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía;

el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía. Allí habló el rey don Juan,

bien oiréis lo que decía: —Si tú quisieses, Granada,

contigo me casaría; daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla. —Casada soy, rey don Juan,

casada soy, que no viuda; el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería.

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