Relatos y leyendas dominicanos
Selección de Andrés Blanco Díaz
Javier Angulo Guridi Alejandro Llenas
Federico Henríquez y Carvajal Amelia Francasci
Temístocles A. Ravelo César Nicolás Penson José Ramón López Fabio Fiallo Vigil Díaz
Tomás Hernández Franco J. M. Sanz Lajara
© De es ta edi ción: 2003, San ti lla na
Ca lle Juan Sán chez Ra mí rez No. 9, Ens. Gas cue
Apar ta do Pos tal 10204 • San to Do min go, Re pú bli ca Do mi ni ca na Te lé fo no 809-682-1382
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ISBN: 978-9945-19-616-0 Re gis tro le gal: 58-347 Impreso en Costa Rica
Cubierta:
Marigina Eusebio Diseño de actividades: José M. Fernández Pequeño
Quinta reimpresión: marzo de 2015 Sexta reimpresión: febrero de 2017 Séptima reimpresión: mayo de 2019
To dos los de re chos re ser va dos. Es ta pu bli ca ción no pue de ser re pro du ci da, ni en to do ni en par te, ni re gis tra da ni tras mi ti da por un sis te ma de re cu pe ra ción de in for ma ción, en nin gu na for ma ni por un me dio, sea me cá ni co, fo to quí mi co, elec tró ni co, mag né ti co, elec troóp ti co, por fo to co pia, o cual quier otro, sin el per mi so pre vio es cri to de la edi to rial.
Índice
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rólogo... 11La Ciguapa. Javier Angulo Guridi ... 13
La BoCadeL indio..Alejandro Llenas ... 29
HumoradatrágiCa. Federico Henríquez y Carvajal... 39
pepa, pepey José. Amelia Francasci ... 51
Lanoviade su iLustrísima..Temístocles A. Ravelo ... 63
Losdiamantesnegros. César Nicolás Penson .... 71
eL aguador..José Ramón López ... 83
ernesto de anquises. Fabio Fiallo ... 93
Cándido espueLa. Vigil Díaz ... 101
mingo. Tomás Hernández Franco ... 109
ZumBador. J. M. Sanz Lajara ... 121
Prólogo
L
as once piezas literarias que forman este volumen bajo el título común de La ciguapa, el pícaro y la dama.Relatos y leyendas dominicanos construyen un
pano-rama marcado por la diversidad. Autores de diferentes épocas y estilos, narraciones que se ocupan de asuntos y contextos históricos distintos, credos y escuelas literarias disímiles configuran un material extremadamente rico.
Con todo, tres grandes aspectos puede señalarse que agrupan estos relatos y estas leyendas que la Serie Roja de editorial Alfaguara reúne en la presente selección de la narrativa dominicana: el tema de los pobladores indígenas autóctonos, el del personaje característico del período de nuestras luchas civiles y el de la relación hombre-mujer en el contexto social de su época.
La labor de selección que dio como resultado este libro prefirió escoger textos que, por lo general, no son los más conocidos de sus autores pero que, de conjunto, ofrecen una visión muy reveladora sobre los caminos que anduvo la literatura dominicana hasta llegar a la concre-ción y consolidaconcre-ción definitiva del cuento, un género que luego de los años treinta del siglo XX ha entregado más de una obra notable a las letras nacionales.
La Ciguapa
Javier Angulo Guridi
Nació en Santo Domingo el 3 de diciembre de 1816 y mu-rió en San Pedro de Macorís el 7 de diciembre de 1884. Vivió muchos años en Cuba, hacia donde sus padres emi-graron en 1822, luego de la ocupación haitiana de la antigua parte española de Santo Domingo. Fue el primer dominica-no en publicar una dominica-novela como libro, que fue La
fantas-ma de Higüey (La Habana, 1857), pues aunque El montero
de Pedro Francisco Bonó es de 1856, sólo apareció como folletín por entregas en El Correo de Ultramar, periódico que se editaba en París. Antes de dicho libro, Angulo Guri-di había publicado sus Ensayos poéticos (Puerto Príncipe, Camagüey, 1843), que es considerado por muchos como el primer libro de versos de un autor dominicano. Angulo Gu-ridi escribió también teatro, género en el cual fue pionero, con el drama nacional Cacharros y manigüeros, obra cuyo escenario se ubica en la guerra entre españoles y dominica-nos en tiempos de la anexión, y con El conde de Leos, es-trenado en la sociedad La República en 1868. Pero su obra teatral más conocida es Iguaniona, de tema indigenista. Javier Angulo Guridi está considerado entre los primeros representantes de la corriente indigenista en nuestro país, conjuntamente con José Joaquín Pérez y Manuel de Jesús Galván.
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or más que se haya dicho y se siga dicien-do que la civilización del siglo en que vivimos no ha excluido cosa alguna de su benéfica influen-cia, preciso es reconocer que algo le falta para el completo de su obra; puesto que la humanidad se mantiene fiel respecto de ciertos errores fu-nestos que concurren a rebajar la importancia de nuestros mismos adelantos. Evidentemente, y con especialidad de cuarenta años a esta parte, la inte-ligencia ha hecho tanto como en los dos últimos siglos. Cierta de que consagrada a mejoramientos o reformas, que siempre han de conservar la ori-ginalidad de su carácter, sólo llegaría a conquistar una gloria a medias, cuando no postiza, se ha lan-zado en el hermoso campo de las averiguaciones, donde ha sorprendido secretos importantes para las ciencias y las artes, y donde el mundo la ha ido a saludar al compás de sus vítores y aplausos en la solemne efusión del entusiasmo. Pero todos estos triunfos adolecen de la ausencia de uno que, a mi manera de ver, es sumamente necesario: el triun-fo sobre las envejecidas supersticiones, hijaslegí-16 17 timas de la tradición y sombras importantes que
flotan sin cesar en torno de las más nobles ideas. No se puede negar que la superstición ha sido vigorosamente combatida; mas, si debilitada por la lucha a que la ha arrastrado el paladín so-berbio del progreso la hemos visto desertar de los centros luminosos, volvamos nuestros ojos, y fuerte por la impunidad la veremos ejerciendo su férreo período en el silencio de la selva, en el claroscuro de los bosques y en la tranquilidad de las aldeas. Un hecho contemporáneo será el certi-ficado más expresivo de su perniciosa influencia sobre esos seres infelices, comunes a todos los pueblos, para quienes la civilización es todavía menos que un fantasma.
De Santiago de los Caballeros, provincia prin-cipal de nuestra República, a Puerto Plata, que es el marítimo más próximo, hay por el camino viejo o de Altamira, veinte leguas castellanas; mientras que por el nuevo o de Palo Quemado sólo hay ocho y media de extensión, que corren a termi-nar en dicho puerto. Aunque a primera vista pare-ce que el viajero debe preferir el último camino, atendida la prontitud con que respectivamente rendiría la jornada, no sucede así, porque trazado a través de una sucesión interminable de mon-tañas gigantescas y bordadas éstas por infinitos ríos caudalosísimos, de frecuentes avenidas, el caballo sufre mucho en el tránsito, por cuya ra-zón es necesario no apurarlo y desperdiciar por lo tanto el beneficio de tiempo que se pudiera obtener respecto del otro camino en razón de la menor distancia. Sin embargo, hay algo de
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blime en los peligrosos: bajar al Niágara en sus más solemnes arrebatos; cruzar por un andarivel sobre un abismo sin fondo, húmedo, imponen-te por cuanto solitario y imponen-tenebroso; aspirar el aliento de un volcán en los mismos bordes de su cráter, escalar los Alpes, sorprender al cóndor en su guarida, y andar perdido entre un bosque sin fin en noche oscura, o sobre el mar azotado por el huracán; son, a la verdad, escenas grandiosas, magníficas, soberbias, escenas que deben arre-batar el espíritu, llenar el corazón de brío, elevar y conmover. Santo Domingo no se presta a estas emociones absolutamente; pero tiene algo de so-lemne en su naturaleza, en la elevación de sus montañas, núcleo del sistema antillano en su as-pecto primitivo que conserva como ningún otro punto de la América, y en los bramidos sonoros de sus ríos.
Partidario, pues, de todo lo nuevo o sorpren-dente, y avezado ya al camino de Altamira, tomé el de Palo Quemado el día cuatro de junio del año de mil ochocientos sesenta para llegar a Puerto Plata el cinco y seguir mi viaje a La Habana en el Pájaro del Océano. Cinco horas de ruta, a contar desde la del alba, fueron suficientes para rebajar la potencia de mi caballo a tal manera, que ya subía las altas cumbres dando sordos gemidos y entraba en los ríos a viva fuerza, seguro de que le aguarda-ba un nuevo escalamiento. Lastimado de su que-branto, resolví hacer alto en las floridas márgenes del Bajabonico. Un joven gallardo, al parecer de oficio labrador, se me acercó y tomó a su cargo la diligencia de aflojar la montura a mi caballo. Tenía
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poderosa-mente con la energía de su musculatura atlética, y derramaba dolor en cada una de las miradas de sus grandes ojos negros.
—¿Va usted a La Habana, caballero? —me pre-guntó con dulce acento.
—Ciertamente —le respondí—, pero ¿quién le ha dicho a usted que voy a La Habana?
—Mi tío, señor, que es quien le lleva su equi-paje… ¿Él irá por Altamira?
—Sí.
—Me admira que lo haya dejado a usted ve-nir solo por este camino. Un buen peón nunca debe separarse del viajero…
—Sin embargo, no le culpe usted. Mi venida por aquí es obra del antojo; luego, como afortu-nadamente en nuestra patria no se conocen los peligros que en otros países…
—¿Qué dice usted? —exclamó a media voz, y sentándose junto a mí sobre la yerba.
—Digo, que no hay malhechores en toda esta parte española.
—¡Ah!... es verdad, pero en cambio hay otra cosa peor… sí, señor: hay otra cosa que roba y mata sin quitarnos la vida o el dinero…
—No lo comprendo a usted, amigo mío. —Sin embargo, he dicho la verdad y en un idioma que no es a usted desconocido.
—Pero… la proposición de usted es peregri-na, ¿quién que roba y mata no invade la propie-dad y la existencia?
—¡La Ciguapa! —y así diciendo miraba en derredor con ojos aterrados.
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—¿La Ciguapa? —repuse sorprendido y re-duciendo a su mitad la fuerza de mi acento.
El joven se quedó un instante inmóvil, con el oído atento como quien percibe algún rumor leja-no; luego sonrió, puso sobre sus breves orejas los copos de cabellos que el espanto había esparcido por su frente, pálida como un botón de lirio, y le-vantando con trabajo la bóveda de su pecho, lanzó al aire un suspiro triste cuanto prolongado. Desde luego adiviné algo de maravilloso en la vida y en el dolor de aquel joven (que bautizaré con el nombre de mi gusto para evitar confusión en el discurso de este relato, por ejemplo, le llamaré Jacinto, siquiera sea porque la primera letra es también la primera de mi nombre) y curioso hasta la impertinencia re-solví provocarlo a la revelación, aun a precio de sus más amargos sufrimientos. Esta curiosidad, sin em-bargo, no carece de nobleza. Yo tengo la costumbre de identificarme con todos los dolores, y a veces con sacrificio de mi tranquilidad y mi deber… Vive en el mundo una señora que me contó la historia de su corazón, entre sollozos y entre lágrimas… Esto dio margen a una pasión desesperada por mi parte, pasión que brotó del árbol de la piedad, y que antes de florecer fue hollada por la misma que en sus diálogos pedía una limosna de amor… ¡Qué di-fícil es conocer la verdad en ciertos labios!
Jacinto, pues, vuelto de su sorpresa y recor-dando mi última frase dijo:
—La Ciguapa, caballero: la Ciguapa es la cria-tura que con un alma como nosotros alienta sólo por el exterminio de nosotros mismos… ¡Pero us-ted no conoce la Ciguapa!
20 21 —Ciertamente que no, amigo mío; y si no
fuera el temor de afligirle, me atrevería a supli-carle me diese algunas noticias de ese ser que aún en recuerdo le intimida.
—Será usted complacido, señor, mas para que comprenda bien el mágico poderío de la Ci-guapa, será preciso que lo vea confirmado en la desgracia que lloro sin cesar en medio de estas anchas soledades.
—Acepto —le respondí. Él me tendió la mano y añadió:
—Yo soy, señor, hijo de buen padre; pero víc-tima en primer término de sus opiniones políti-cas. Creyó que tal o cual doctrina era conveniente a la felicidad de nuestra patria, la enunció sin aten-der a las consecuencias, y luego tuvo que buscar el reposo en el destierro; dejando mi existencia de doce años entregada a las depredaciones de la orfandad. No sé si vive; pero tampoco lo acuso, aunque pudiera decir que más amó una doctrina que una prenda de su corazón… A espaldas de esa montaña que besando viene el río, habita el viejo Andrés, jefe de una familia numerosa y el cual me recogió agradecido a los favores que le otorgó mi padre en otro tiempo. Entre sus hijas hubo una llamada Marcelina, que me tomó un cariño extre-mado, y a la que correspondía yo con el mismo afecto; llegando esta afición a tal altura, que nos era imposible estar diez minutos separados. Así, cuando iba yo a cortar leña, ella me acompañaba al monte sin hacer cuenta de sus labores; y cuan-do ella bajaba con el calabazo a buscar agua al río, yo la seguía indiferente a las obligaciones que la
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hospitalidad me había impuesto. Marcelina conta-ba quince años: era hermosa como un clavel, de ojos negros, breve boca, cintura delgada y gallar-das formas; a todo esto se agregaba una sonrisa angelical siempre retozando en sus labios purpu-rinos como en testimonio de la inocencia y ternu-ra de su alma. El viejo Andrés, conocedor del co-razón humano, presintió el resultado de nuestra ostensible simpatía y una noche nos dijo:
—Hijos míos, la juventud es imprudente cuan-to más impresionable, y temeraria hasta la locu-ra cuando teme alguna contlocu-rariedad en sus mani-festaciones. Para prevenir estos males difíciles de contener una vez desarrollados, quiero participar a usted que sus almas, espejos en que me miro sin cesar, tienen grabadas recíprocamente sus propias imágenes, y que esta especie de mirismo marcha a una fusión que aplaudo y que bendigo. Así, pues, ni hay que padecer con la idea de una tiranía que siempre he condenado en las familias, ni menos que disfrazarse con un tupido manto de reservas.
Di las gracias al viejo Andrés en una mira-da, por su generosidad, y en seguida la fijé en el rostro de Marcelina; mas, inocente como mujer ninguna lo fue, nada comprendió de lo que ha-bía dicho su padre y continuaba embebida con su costura. Aquella noche no me fue posible dormir: hablé conmigo mismo de amor, de felicidad: veía a Marcelina turbada en mi presencia, oyendo la explosión de mis tiernos arrebatos, y lloré de gozo como un niño.
Tres meses transcurrieron, en los cuales sin alterar la índole de mi trato con Marcelina, el amor
22 23 había dilatado mi corazón y embellecido mi
exis-tencia.
Al cabo de ese tiempo salimos una mañana, para tomar agua del río… Allí, caballero… deba-jo de esa mata de cera… ¡ay! Allí nos sentamos como de costumbre, a trazar un cuadro de flores para el porvenir… ¿por qué no permitió Dios que yo hubiera enmudecido…? Ella viviera todavía; ¡y habríamos gozado, como antes, sin darnos cuenta de nuestra felicidad!
—Valor, Jacinto —le dije conmovido.
Entonces enjugó una lágrima y prosiguió de esta manera:
—Sentados, pues, debajo de ese árbol vimos discurrir cerca de una hora; hasta que yo excitado como nunca por la adoración contemplativa de los encantos que poseía mi joven amiga, le tomé y estreché apasionadamente una de sus manos.
—¡Ay, Jacinto! —me dijo sorprendida—: ¡cómo abrasa tu mano! Dime, ¿estás malo?
—No, Marcelina mía —le respondí balbu-ceando.
—Pero… ¡a lo menos sufres…!
—¡Ah! Lejos de eso, gozo de la felicidad en toda su plenitud.
—¡Egoísta! ¡Y pensabas ocultármelo…! —¡Calla, Marcelina! ¡Ah! Mira que convier-tes así en dolores mi alegría. ¿Cuándo te he ocul-tado cosa alguna?
—Perdóname, Jacinto: los que queremos bien somos a veces injustos; pero nuestras in-justicias no bajan jamás al corazón. Veamos, ¿me perdonas?
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—¡Oh!, te perdono hoy con más razón y más deleite que te hubiera perdonado ayer.
—¿De veras?
—¡Es mi alma la que habla…!
—¡Es mi alma la que escucha…! Pero tu mano me quema… Has dicho también una cosa… Y me miras de una manera… Por Dios, Jacinto… ¿qué está pasando de extraño entre nosotros? ¡Siento mi rostro inflamado, mi corazón se agita… te miro, y me estremezco…! Jacinto, ¡explícame todo esto que yo no me basto a comprenderlo…!
Arrebatado caí entonces de rodillas sin aban-donar su mano, temeroso de que asustada hubie-se huido como una paloma, buscando auxilio en la choza de su padre.
—Es, Marcelina —le dije casi llorando en mi arrebato—, es que nuestras almas se pronuncian contra la timidez, y se revelan en el lenguaje de las sensaciones el mejor de sus capítulos… es que no podemos seguir así, callando lo que sentimos y desflorando en su capullo el botón de la juven-tud… es en fin, que la soledad de estas montañas, los susurros de sus brisas y el dulcísimo lamento de este río nos han hecho volver nuestras miradas sobre nosotros mismos y preguntarnos: ¿qué es lo que sentimos y queremos? ¡Ah! ¿No es cierto que tal es nuestra situación en este instante…?
—Yo lo ignoro, Jacinto —me respondió toda convulsa—; sólo comprendo que si me abando-naras ahora, moriría de dolor sobre esta arena; pero tú no lo harás… porque me quieres mucho. —No lo haré porque sería suicidarme, y me importa vivir por tu alegría.
24 25 —¡Oh Jacinto! ¡Cuánto gozo escuchándote!
¡Qué hermosa novedad encuentro en tus pala-bras, y con cuánta delicia descienden hasta mi corazón!... Habla otra vez, y dime qué es lo que te inspira esas ideas originales y conmovedoras, que así me recrean y sorprenden. ¡Habla!
—¡Marcelina! Para explicártelo basta sólo una palabra…
—¿Una palabra…?
—Una que vale por todas las que represen-tan nuestro idioma…
—Y bien… ¡pronúnciala…!
—Sí, voy a pronunciarla… ¡Oh! Escúchame… —Habla.
—¡Yo te amo, Marcelina!
—¡Es posible! —exclamó con la inocencia de los ángeles—. ¿Y cómo es que adorándote yo no participo de tus propias inspiraciones?
El diluvio de besos que estampé en su mano incendiada por la pasión fue la respuesta que dio mi gratitud; mientras ella, esmaltada por el rubor a consecuencia de su bellísima espontaneidad, ce-rró los ojos e inclinó la frente como un aguinaldo en cuyo cáliz proyecta el sol su rayo más fogoso.
Calmadas las emociones del momento nos dimos cuenta del pasado y hablamos del porvenir. —Serás mi esposa —le dije— y nuestra cho-za el templo del amor.
—Sí —me repuso enajenada— y te amaré como te amo hoy, porque amarte más es imposi-ble. Mira, Jacinto, aquí mismo, al pie de este árbol levantarás nuestra cabaña. Así tendremos siem-pre siem-presentes nuestros juramentos. ¡Oh! ¡Cuánta
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felicidad! Pero vamos a echarnos a los pies de papá y a revelarle nuestro amor…
—¡Un momento más, querida Marcelina! ¡Es tan hermoso estar ahora a tu lado sin testigos…!
—Es que tengo miedo, Jacinto…
—¡Miedo! ¿Y de quién tienes miedo cuando yo velo por ti?
—No sé explicarlo… pero de verdad que tengo miedo…
—Tranquilízate, mi bien —repuse yo con-movido por su interesante timidez—; Dios des-de su trono ha escuchado nuestras protestas des-de amor, y seguramente las bendice. Además, yo es-toy aquí para defenderte y…
Dos agudos gritos estallaron a la vez. El uno seco, estridente, fatídico como el de la muerte, salió de la cresta de la montaña y restalló de roca en roca hasta perder su timbre entre los mur-mullos querellosos de estas aguas; el otro, ¡ay!, el otro triste, profundísimo, grito de dolor arranca-do al alma que se aarranca-dormecía descuidadamente en brazos de la felicidad, partió del seno de Mar-celina articulando con trabajo estas palabras:
—¡Dios mío!... ¡La Ciguapa!
Esto dicho, se desmayó. Privado de todo auxi-lio en aquella dolorosa situación, ceñí a Marcelina por la cintura, la suspendí hasta mis hombros y me alejé de este lugar, llevándola como a un niño que se duerme en los momentos más supremos de una fiesta.
Ni la ternura de su padre, ni el solícito cui-dado de sus hermanos, ni el amor afligido de mi alma, ¡ay!, nada señor, pudo devolver a la suya
26 27 la tranquilidad que había perdido… Desde que
cayó en el lecho fue víctima de una enajenación horrible, de un sopor espantoso, sólo alterado por la convulsión y los sollozos; si abría sus la-bios, ya sin carmín y sin color, era sólo para pro-nunciar estas palabras:
—¡Oh Jacinto mío! Íbamos a ser felices... pero... ¡yo vi la Ciguapa! ¡Adiós, Jacinto!
Enseguida escondía la hermosa frente en la almohada y volvía a desmayarse. Para concluir, ca-ballero, porque el recuerdo me asesina: ¡tres días después de este acontecimiento doloroso dimos sepultura debajo de ese árbol de cera al cadáver de mi adorable Marcelina…!
Calló el mancebo enjugando como a hurta-dillas una gruesa lágrima que surcaba su mejilla. Yo me levanté, viendo que era tiempo de seguir en dirección de Puerto Plata y tomé mi caballo que se había alejado un poco paciendo la fresca grama de las inmediaciones, pero antes de cabal-gar, y visto que Jacinto había dominado la emo-ción, me atreví a preguntarle.
—Y bien, amigo mío: usted me ofreció ex-plicarme qué cosa es la Ciguapa, y mi curiosidad ha subido de punto con lo que acabo de oír… ¿querría usted cumplirme su palabra?
—Sin duda, caballero; pero recordando a us-ted previamente que como nacido y educado, aunque a medias, en la ciudad de Santiago, no participo de las ideas supersticiosas de estos can-dorosos campesinos. Se dice que desde antes del descubrimiento de esta isla existe una raza cuya residencia ha sido siempre el corazón de estas
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montañas; pero que se conserva en toda su pu-reza, durmiendo en las coronas de los cedros, y alimentándose de los peces de los ríos, de pájaros y frutas. La Ciguapa, que tal es el nombre con que se conoce, es una criatura que sólo levanta una vara de talla: sin que por tanto se crea que en sus proporciones hay la deformidad de los llamados enanos en Europa, y aún en otros puntos de la América. Lejos de eso, existe una exacta armonía en todos sus músculos y miembros, una belleza maravillosa en su rostro, y una agilidad en sus mo-vimientos tan llenos de espontaneidad y de gracia que deja absorto al que la ve. Tiene la piel dorada del verdadero indio, los ojos negros y rasgados, el pelo suave, lustroso y abundante, rodando el de la hembra por sus bellísimas espaldas hasta la misma pantorrilla. La Ciguapa no tiene otro lenguaje que el aullido, y corre como una liebre por las sierras, o salta como un pájaro por las ramas de los árbo-les tan luego como descubre a otro ser distinto de su raza; porque es sumamente tímida e inofensiva al mismo tiempo. En general se le atribuye una sensibilidad sin ejemplo, y se añade que habién-dola capturado algunas veces por medio de tram-pas abiertas en los bosques, se le ha visto morir a pocas horas de dolor, anegada en su mismo llanto; pero sin exhalar una sola queja ni menos revelar indignación. Por último, caballero, la Ciguapa es en su naturaleza idéntica a nosotros; y en cuan-to a las manifestaciones del amor infinitamente superior, porque raya en el delirio. Sus celos ter-minan con la muerte, y es en este sentimiento tan intolerante y egoísta, que el cuadro de dos seres
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que se aman y acarician le arranca gritos de de-solación que sólo se apagan en el sepulcro. Pero no es esto lo más admirable, sino que cuando es hembra la Ciguapa que sorprende esos coloquios, muere a la misma hora que ella el joven enamo-rado, y cuando es varón, muere la amante como murió mi pobre Marcelina… En todo lo que llevo dicho no se descubre otra cosa que el triunfo de una creencia torpe; pero admitida y consagrada, sobre todo por nuestros inocentes campesinos. Esta creencia, pues, es la causa verdadera de una desgracia que lloraré con el corazón mientras ten-ga fuerzas para soportar su peso.
Dijo Jacinto, y estrechándome la mano de-sapareció por el caracol trazado rústicamente al pie de la montaña. Entonces volví a tomar el ca-mino, preocupado con la existencia y las deriva-ciones de tantos errores como prohija todavía la sociedad, despreciando la voz de la civilización y los testimonios irrecusables del progreso.
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La boca del indio
Fantasía indígena
Alejandro Llenas y Julia
Nació en Santiago de los Caballeros el 14 de febrero de 1844 y murió en la misma ciudad el 29 de mayo de 1902. Fue el primer dominicano graduado de doctor en Medicina en la Universidad de París, en 1874. Desempeñó algunos cargos diplomáticos en Haití y en Roma, ciudad donde se le concedió la encomienda pontificia de San Gregorio Mag-no. También fue diputado por Santiago de los Caballeros, luego de su regreso al país, en 1875. Sus textos de carácter histórico y científico han permitido que se le sitúe entre los primeros escritores nativos que se preocuparon por los estudios de la historia del país. El relato “La boca del indio” sigue los pasos de la corriente indigenista en las letras crio-llas. Luego de la muerte de Alejandro Llenas y Julia, fue pu-blicado su opúsculo Importantes apuntes sobre los restos
de Colón. También escribió unos apuntes sobre la historia
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rendado de las excelentes condiciones de nuestra isla, quiso el descubridor que fuese ella el centro de donde irradiara la civilización cristiana por todo el Nuevo Mundo. Y para asegurarse de su posesión, estableció varias fortalezas. Una de ellas, la Magdalena, la situó a diez leguas al oeste de la Concepción, sobre la margen del gran Yaque, a la en- trada de las montañas del Cibao, condiciones to-pográficas que corresponden a las del fuerte de nuestro Santiago.Bien pronto se levantó en aquella eminen-cia un grupo de bohíos, rodeados de trincheras y fosos. Para defender tan importante posición mi-litar, escogió el Almirante al joven capitán Alonso de Ojeda, ya conocido por su intrépido valor; y dejándole la fuerza que le pareció suficiente, se retiró para regresar a la Isabela.
La Magdalena se encontraba en dominios del nitaíno Guatiguaná, uno de los jefes más va-lientes del Cibao, digno vasallo de Canoabo, Se-ñor de la Casa de Oro. No era hombre Guatigua-ná para soportar mucho tiempo en su vecindad
32 33 la presencia de aquellos extranjeros: no temió
intentar expulsarlos de sus tierras; y de repen-te se vio Ojeda asediado por numerosas huesrepen-tes indígenas.
El valor y la pericia y las armas de los caste-llanos fueron suficientes para rechazar los asaltos del enemigo. Pero cada día se renovaban los ata-ques; cada día era preciso hacer frente a nuevos combates, con gran perjuicio de los cristianos, cu-yas fuerzas mermaban en cada jornada, mientras que los indios sus numerosas pérdidas fácilmente reponían.
Días pasaron en esas alternativas y asaltos; ya los cristianos veían escasear el alimento: ya ape-nas les permitían sus fuerzas bajar al río por agua, las armas en la mano.
Una tarde se encontraba Ojeda en la trin-chera, contemplando la caída del sol, que parecía augurarle su próxima caída. Noches antes, había despachado al indio cristiano Juan Mateo para que fuese a noticiar al Almirante su desesperada situa-ción, y ni aun noticias había del mensajero, que sin duda, pensaba él, habría caído en poder de Guati-guaná. Sumergido estaba en sus amargas reflexio-nes, cuando de repente levantó la cabeza… Creyó haber oído un toque lejano de trompeta… ¿Acaso será ilusión de sus sentidos debilitados? ¡No! Los to-ques se repiten y se acercan, anunciando la llegada de un auxilio. Sus soldados también los han oído y acuden presurosos. También los ha oído y recono-cido el enemigo: los indios, levantándose como un solo hombre de entre los matorrales, saltan sobre sus armas y se aprestan a recibir el ataque.
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Ojeda también forma a sus escasos soldados, y se dispone a secundar a sus amigos con una vi-gorosa salida.
Ya se trabó el combate. Los certeros dispa-ros de los arcabuces, la carga de la caballería, los furiosos embistes de los perros corsos no tardan en dominar el inútil valor del indio mal armado. Cediendo a la necesidad, Guatiguaná da la señal de retirada; sus guerreros bajan precipitadamen-te las cuestas, se lanzan al río, lo atraviesan y de-saparecen entre las malezas de la orilla opuesta. Sólo un pequeño grupo, cercado por el ene-migo, resiste con desesperación; pero no tarda en sucumbir casi todo. Un guerrero permanece de pie, defendiéndose de las lanzas y espadas con su pesada macana. Es un hombre joven, de cuerpo atlético, cuyos ojos lanzan rayos de enérgica re-solución. De repente, cae él también y un solda-do castellano se abalanza, espada en mano, para darle el golpe de muerte; pero Ojeda lo ha visto y, admirador del valor enemigo, “¡Detente!”, grita al soldado, “sálvale la vida!” Y acudiendo rápido, arranca la macana de la mano desfallecida del in-dio, lo levanta en sus robustos brazos, sube hacia el fuerte y allí lo deposita en su propio bohío.
Oscurecía ya cuando las tropas castellanas penetraron en la fortaleza libertada; y los solda-dos de Ojeda pudieron, esa noche, gozar de un descanso bien merecido.
Después de tomar nuevas disposiciones que hicieran inútil cualquier nueva agresión, y de dar nuevo refuerzo a la guarnición, el Almirante, al otro día, pasó a tener con Ojeda un largo
colo-34 35 quio. Conclúyese aquella secreta conferencia con
estas palabras de Ojeda: “Confiad en mí, señor Al-mirante, lo pondré en vuestras manos”. Habiendo asegurado la defensa de la Magdalena, Colón tomó de nuevo el camino de la Isabela.
Pocos días tardó el indio prisionero en repo-nerse de sus heridas. Ojeda mismo lo curaba, tra-tándole con atenciones que rayaban en cariño, sin que, por ello, pudiese ablandar la fiereza de Mania-tibel, que así se llamaba el indio.
Viéndole restablecido, “Maniatibel”, le dijo un día el capitán español, “¿te sientes sano? ¿pue-des marchar?... Sin duda ¿pue-deseas saber qué haré de ti, acaso temes ser llevado a las carabelas y des-terrado de tu país… Pues bien, así te salvé de la muerte, quiero salvarte de la esclavitud. La puerta de la fortaleza está abierta para ti: eres libre”. A tan generosas como inesperadas palabras, no pudo resistir el indómito corazón del indígena. Toman-do las manos de Ojeda: “Bien veo que hay almas grandes entre los cristianos. ¡Sí! Aprovecharé tu generosidad”. Y señalando una alta barranca ha-cia el poniente del otro lado del río: “Allí está mi bohío; allí me esperan esposa e hijos queridos. Iré donde ellos. Pero antes de separarme de ti, quie-ro que seamos hermanos guatios”. Y tomando la daga de Ojeda, abriose una pequeña incisión en el brazo, otra hizo en el brazo del castellano; y mezclando sangre con sangre: “De hoy más”, le dijo, “te llamarás Maniatibel, y yo, Alonso de Ojeda. Soy tuyo por la vida”. Luego, dando un cariñoso
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abrazo al capitán español, bajó lentamente del fuerte hacia el río, dirigiéndose a su morada.
Era Maniatibel un hombre en cuyo valor y fidelidad confiaba Canoabo mismo. Viviendo a la entrada del camino que por el Cibao conduce a la corte del Señor de la Casa de Oro, había reci-bido el encargo de señalar cualquier invasión de los cristianos con un grito de alarma, que, repeti-do de loma en loma por otros centinelas indios, debía llevar al gran cacique la noticia de la inva-sión casi con la rapidez del moderno telégrafo.
Una noche contemplaba Maniatibel, a la es-pléndida claridad de la luna, la tranquila extensión de la sabana dominada al este por la alta mole de la fortaleza, cuando cayó su vista sobre un gru-po de jinetes castellanos que, en el silencio de la noche, se dirigían al río para vadearlo por el paso que conducía a las montañas. Ya se dispo-nía el indio a lanzar el estridente grito de alarma cuando, por lo brioso del corcel, el porte esbel-to del jinete y el penacho que ondulaba sobre su morrión, reconoció a Ojeda. ¿A qué venía por allí el jefe de la Magdalena? ¿Cómo se atrevía a pasar a las tierras del Cibao?... Penosa lucha se trabó entonces en el corazón del indio: si calla-ba, traicionaba el deber de su encargo; por otro lado, su grito sería quizás la sentencia de muerte de aquel que le diera la vida y la libertad; sor-prendido en las montañas por los guerreros de Canoabo, Ojeda debía sucumbir y, prisionero, pe-recería en las llamas en la corte de Maguana. Tan
36 37 espantosa idea sofocó en el indio cualquier otro
sentimiento: Maniatibel permaneció en silencio y Ojeda, pasando el río, pudo internarse, sin ser descubierto, por el camino de la sierra.
Pasaron días sin que ningún rumor de la suer-te del cassuer-tellano llegase a Maniatibel. Sin duda el temerario Ojeda pagaría con la vida su malhadada expedición; pero, en todo caso, no era él, Mania-tibel, la causa de la pérdida de su guatio. Y este pensamiento consolaba en algo su ansiedad y aca-llaba el remordimiento del deber traicionado.
Un día, estaba el sol en medio de su carre-ra y Maniatibel, sentado a la sombcarre-ra de un árbol, procuraba disipar en el humo de su calimete sus angustiosas reflexiones, cuando oyó como un tropel de caballos. Levantándose dirigió la vista hacia el camino y vio efectivamente un grupo de jinetes castellanos: era Ojeda con dos compañe-ros, que bajaba de las montañas. Pero el corcel de Ojeda no llevaba sólo a su dueño: en ancas del caballo, atado de espaldas al cuerpo del capitán español viene un hombre, un indio prisionero… Crece el asombro de Maniatibel… ¡Oh sorpre-sa!... El indio prisionero es… No, Maniatibel no puede creer a sus ojos… Sin embargo, no hay duda: ¡el indio prisionero es el propio Canoabo, el gran cacique del Cibao, el Señor de la Casa de Oro!... Y entonces Maniatibel comprende la te-meraria empresa de Ojeda y su éxito inverosímil. El cacique, engañado por el capitán español, se ha visto arrebatado en medio de su corte, de sus guerreros atónitos, y Ojeda lo lleva cautivo para entregarlo al Almirante.
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Entonces, la desesperación se apodera del ánimo de Maniatibel. Viendo a Ojeda pasar el río y desaparecer por el camino de la Isabela, él ve perdidas las últimas esperanzas de su raza: cau-tivo Canoabo, para siempre pereció la indepen-dencia indígena; nada se opondrá ya a la invasión extranjera. Los indios, acosados por doquiera, morirán en las cuevas de las montañas inaccesi-bles o en las cadenas de dura esclavitud…
“Y en tanta desgracia”, gritaba Maniatibel, golpeándose el pecho y mesando con las uñas su cabellera de ébano, “soy yo el culpable: Traicioné mi deber, sacrificando a la amistad de un extraño la independencia de mis hermanos, ¡la existencia de toda mi raza! Soy indigno de ver la luz del día, indigno de pisar el suelo sagrado de mis abue-los!...”
Y así diciendo, corre de aquí, de allá, como una fiera rabiosa; la locura se apodera de sus sen-tidos exaltados y lo lleva a lo más alto de la empi-nada barranca; y desde allí se precipita el desgra-ciado en los remolinos del Yaque.
Su cuerpo desapareció para siempre en el abismo de las aguas. Pero su espíritu sigue vagando por las pendientes de la barranca, condenado que está a repetir siempre, siempre, todo grito que se lance desde la ribera… No es el eco que repite aquellos ruidos, aquellas voces; ¡no! Es la boca del indio.
Humorada trágica
Federico Henríquez y Carvajal
Nació en Santo Domingo el 16 de septiembre de 1848 y murió en la misma ciudad el 4 de febrero de 1952. Fue un gran educador que trabajó en el Colegio San Luis Gonzaga, la Escuela Normal de Hostos, el Instituto de Señoritas, el Colegio Central y el Instituto Profesional. Fue rector de la Universidad de Santo Domingo. También se destacó como periodista en las revistas La Opinión, El Mensajero, Letras
y Ciencias, Ateneo y Clío. En su época, fue llamado El
Maes-tro. Publicó, entre otras, las siguientes obras: La hija del
he-breo, Juvenilia, Guarocuya. El monólogo de Enriquillo, Todo por Cuba, Del amor y del dolor, Mi álbum de sone-tos, Cuentos y Ética y estética (dos tomos).
C
orría el año de 1822 —el año triste del pa-voroso crimen que les dio asunto al poema y la leyenda de las vírgenes de Galindo— cuando acae-ció en una villa mediterránea de Cuba el caso tra-gicómico, a la inversa, que entonces dio pasto a murmuraciones y decires de beatas y comadres en huelga, y el cual, al cabo de una centuria, sirve de tema para este cuento… fidedigno.Sita en la linde oeste de la villa, aislada en su solar urbano, había una casa de madera pintada a dos colores: azul y crema. Circuíala una galería de torneadas columnas. Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. El interior se distribuía en cinco piezas: sala, comedor y tres alcobas. En el patio —un cuadrado con arbustos florales— erguíase un árbol, atalaya y nido de ruiseñores, que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda.
Tres damiselas, no familiares, tenían su mo-rada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas.
No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. Eran cortesanas a la moda
42 43 con algunos rasgos de belleza juvenil y no pocos
de buen humor, nacidas en andaluces lares, tal vez en cármenes granadinos, y sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario. Con-cepción, Susana e Inocencia —respectivamen-te— eran sus nombres de pila. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo ca-tólico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo.
En el mundo era otra cosa. En el mundo —el suyo— conocíaselas con estos apelativos disíla-bos: Pura, Casta y Niña. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba a gusto y hasta con ufanía.
Las tres estaban en la primavera de la vida y las tres eran hetairas. Hacían la vida en común y como si fuesen hermanas: hermanas en la servi-dumbre del placer furtivo y efímero. Luego —en el mediodía de su vida licenciosa— lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor, la inopia y el hospicio.
¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia y se deshoja al fuego de la lascivia!
Dos de ellas —Casta y Pura— lucían el mis-mo color mate-mis-moreno —suele decirse en el solar hispano— y ambas tenían, como los ojos, negro el pelo de ondulosa caída. Las manos, mórbidas, eran pequeñas; los pies, menudos, les cabían en las manos. Coincidían también en gustos y carác-ter. Hacían, por eso, muy buenas migas.
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La Niña, por el contrario, era gruesa, casi re-donda, cuellicorta. Tenía los ojos garzos y el ca-bello como oro en ascuas. La piel, muy fina, tenía el color y el brillo del alabastro. Encendíasele, a menudo, en el rostro, con oleadas de sangre a flor de cutis. Su grosura no era óbice a su apetito de-sordenado. La gula había hecho presa en su insa-ciado organismo físico.
—Vas a reventar, chica, como un globo infla-do con aire —decíanle a menuinfla-do sus infla-dos amigas, delgadas y esbeltas, que eran parcas en el comer y sobrias en el beber.
En todo lo demás formaban un trío.
Gustábales el canto. Bajo la copa del árbol, en horas de siesta, solían entonar canciones y puntos antillanos. Solían alternarlos con seguidi-llas y malagueñas o con soleares y cantares de la tierra de Mariasantísima. A veces, en la noche y a guisa de serenata, organizábase el concierto vocal en la galería y bajo la enredadera que po-nía en la casa-quinta algo de misterio y algo de poesía. Entonces entraba en juego la guitarra, a la par alegre y triste.
Leían muy poco. Pero en veces saboreaban, como rara golosina, versos eróticos. Una los leía, o los recitaba —no sin énfasis declamatorio— y todas los celebraban. El palique, en cambio, consti-tuía para todas la comidilla cotidiana. ¡Claro! En la charla se habla de todo y aun de todos. “La murmu-ración —se ha dicho y no de ahora— es un puntal de la vida”. Con él apuntalaban ellas la suya.
44 45 El tránsito por aquella calle limítrofe era
es-caso. Entre los transeúntes, aves de paso, a la caí-da de la tarde, en ocasiones se veía pasar al vene-rable cura de almas de la parroquia. Iba siempre, lentamente, sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes.
Era el anciano presbítero don Vicente Villa-nueva. “Padre Vicente” le llamaba el vecindario. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. Era manso e ingenuo. Era bueno y teníanle por un santo. El de Paúl le servía de modelo. Era, como él, caritativo y casto. Un aura de respeto y de cariño lo envolvía, como una aureola, dentro y fuera del templo.
Lucía la tarde de un día festivo. La villa estaba de gala. El trío había formado la tertulia en la gale-ría y frente a la calle. Entreteníanse en ver a la gente que iba o venía. El buen humor daba riendas suel-tas a la lengua y la lengua suelta destilaba acíbar so-bre los transeúntes. Las damas salían peor libradas que los caballeros. En eso apareció el párroco. Iba cabizbajo, abstraído, según su costumbre. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo…
—Creí, por la falda, que el cura era una de tantas —dijo la Niña.
—Anda, chica, deja en paz al señor cura. —A ese viejo todos le debemos respeto. Es un santo.
—¡Bah! Es un hombre y ha sido joven. ¡Quién sabe si todavía…!
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—Siempre ha vivido solo. Ni ama de llaves ni sobrinas tiene.
—¡Oh! cuando se muera, ¡el pobrecito!, será canonizado por sus virtudes y el almanaque trae-rá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Villa o de la Aldea, virgen y mártir.
Una risa, clamorosa, coreó la irreverente bur-la de bur-la atrevida hetaira.
Ese mismo día, en la prima noche, hallában-se a la mesa. Era una cena opípara. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío. El uno cortejaba a Pura; a Casta, el otro. La Niña echaba de menos un tercero. En todo era golosa. Se desquitaba comiendo y bebiendo. La conver-sación, por instantes, adquiría tonos subidos en color y ritmo. El vino se les subía a la cabeza. Entre sorbo y sorbo, como una saeta, volaba el dicho agudo y picante. El beso, a dúo, sellaba los labios agresivos. La Niña protestaba. Había comi-do y bebicomi-do con exceso. Estaba harta y un poco ebria; pero ayuna de caricias. Era un abuso.
Hubo un rato de silencio. La Niña cavilaba. La austera figura del levita se dibujó en su ima-ginación enardecida. Se sonrió con una mueca satánica e hizo, en alta voz, esta afirmación pro-vocativa:
—Si el padre Vicente estuviese aquí lo haría-mos caer en pecado…
—No digas eso, Niña. Él es inviolable. Sus canas le sirven de escudo.
46 47 —Apuesto —insistió la Niña— a que, si lo
hiciésemos venir aquí, esta misma noche se que-maría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca.
—¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas y pedirle perdón por tu insolencia. —Eso mismo digo yo y voy en contra tuya. —¡Santurronas! Eso decís porque estáis acompañadas. Otra cosa diríais, egoístas, si estu-vierais en mi caso.
Los jóvenes, ajenos a la disputa, no cesaban de reír a mandíbula batiente. La Niña propuso:
—Hágase la prueba. Yo me voy a la cama. Es-toy enferma y necesito de los auxilios espiritua-les. Hay que llamar al cura… El caso es urgente y de conciencia… ¿Qué os parece?
—La broma es pesada…
—Pero digna de una tragicomedia —com-pletó uno de los jóvenes.
—Sea. Llamemos al párroco —concluyó Casta— antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. Pura escribió unas líneas y —ya en la puer-ta de la calle— puso el papel y una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. El mandadero, gustoso y listo, echó a correr con dirección a la morada del cura.
Media hora había transcurrido cuando —en ejercicio de su ministerio y llevando consigo el án-fora de los santos óleos— llegaba el padre Vicente
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a la casa de la enferma fingida. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante:
—¡El Señor sea con vosotros!
Pudo haber dicho “con vosotras”. Los jóve-nes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería.
—Buenas noches, padre.
—Entre. En aquella alcoba está la enferma. Y le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. La risa les retozaba en el cuerpo. El ancia-no sacerdote entró solo a la alcoba. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. Bajo un guardabrisa color de ópalo atenuaba la luz una lamparita.
El anciano miró con su cansada vista. En el lecho había alguien. Una mujer, sin duda. Para con-fesarla había ido. Miró de nuevo… la joven hetai-ra, desnuda, parecía una estatua yaciente. Oíase en la estancia un ronquido sordo. Allegose a la cama, como quien mira y no ve; tomó la sábana de blanco lino, con mano trémula, y la subió hasta los hom-bros de la joven desnuda. Su mano rozó, ligeramen-te, con un seno de la enferma y lo sintió vibrar al contacto de su mano.
No se inmutó por eso. Otro ronquido sordo, sin duda de agonía, se produjo en la abultada y enrojecida garganta de la Niña.
—Hermana: aquí estoy. Vengo a confesarte. Pon tu fe y tu esperanza en el cordero sin man-cilla. Magdalena, la pecadora, fue perdonada por haber amado mucho y por haber creído en el Galileo.
La joven hizo un esfuerzo, como si recupera-se la conciencia, y recupera-se quedó mirando dulcemente
48 49 al venerable anciano. Luego, casi afónica, como
un eco sin palabra, articuló por sílabas esta frase de fe y de esperanza:
—El padre Vicente es un santo y con su per-dón y sus oraciones me abrirá las puertas del cielo.
Se moría. La broma se había convertido en un drama. La Niña era presa de una apoplejía ful-minante. ¡La infeliz! Había intentado salir del le-cho, había querido gritar y no pudo. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse aban-donada y sola. ¡Pero ya no! El bondadoso cura de almas se hallaba a su lado. Este volvió a lla-marla. En vano. No contestó. La confesión era ya imposible. Se moría. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. Eso hizo. La moribunda, con los ojos entreabiertos, sonreía…
Así, sonreída, entró en el arcano del eterno sueño.
El párroco tomó las manos de la muerta y se las puso en cruz encima del pecho. La cerró los ojos. Oró por ella. E inclinándose, con piedad y ter-nura, ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz y de misericordia.
—¡La Niñá ganó la apuesta!
Era una algarada de voces ebrias y de risas locas.
Las dos hetairas, seguidas por sus compa-ñeros de orgía, habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los bu-rentes labios de la Niña. Entraban a la alcoba, para
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ver y celebrar el triunfo del placer y de la vida, harto efímero, y se hallaron con un cuadro de do-lor y de muerte.
El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa:
—Callaos. No la despertéis de su último sue-ño. No pude confesarla. Llegué tarde. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. Sólo he podido ungirla, in extremis, con los santos óleos y con el beso de paz y de amor en Cristo. ¡Dios la acoja en su seno y en su gloria!
Casta y Pura —sobrecogidas de espanto y de angustia— cayeron a los pies del lecho mortuo-rio, musitando a dúo el Padrenuestro. Luego, con un gesto fervoroso, cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable cura de almas para be-sársela.
Era la atrición. Era el último dolor, medro-so, de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. Y siempre de rodillas —como la cortesana de Magdalena con el dulce Nazare-no— cubrieron de besos y bañaron con sus lá-grimas aquellas manos —lirios de castidad y de pureza— que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida.
El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz —símbolo de redención y de amor en Cristo— y las bendijo…
Pepa, Pepe y José
Fantasía
Amelia Francasci
Nació en Santo Domingo el 4 de octubre de 1850 y mu-rió en la misma ciudad el 27 de febrero de 1941. Su ver-dadero nombre era Amelia Francisca Marchena de Leyba. Fue colaboradora de la Revista Científica, Literaria y de
Conocimientos Útiles, Listín Diario, Panfilia y La Cuna de América. Casi todas sus obras pertenecen al género de
la novela. Escribió, entre otros, los siguientes textos: Madre
culpable, Recuerdos e impresiones, Francisca Martinoff, Cierzo en primavera y Monseñor de Meriño íntimo. Esta
última relata su amistad con el prelado Fernando Arturo de Meriño, y es la que ha sido valorada más favorablemente por la crítica literaria dominicana.
P
epa era una morenilla de veinte abriles, nacida en las riberas del Ozama, y en cuyas ver-des y siempre animadas pupilas parecían refle-jarse las claras y movibles ondas del hermoso río. Pequeñita y delgada, de cara redonda, cabe-llo rizado y negro, roma nariz, boca purpurina y rosado color.Hija única de padres pobres pero bien em-parentados, nada ambicionaba, sólo cantar y reír. Nadie al verla le daba más de quince años, no tanto por lo diminuto de toda su persona, sino por su carácter verdaderamente infantil. Parecía una loquilla. Su alegría, su viveza y atolondramien-to eran tales, que en su casa la llamaban relámpa-go, trueno, centella, rayo. Ella sola metía ruido, y sus trinos y su risa se oían en el vecindario.
¿Quién podía tratarla con seriedad? ¿Quién mostrarse adusto o severo con ella? Sus padres pretendían reñirla, pero inútilmente. Decíanle: “Pepa, ¿cuándo tendrás juicio? Pepa, ¿hasta cuán-do te creerás chiquilla? De tocuán-do te burlas, y pien-sas que se puede vivir riendo”.
54 55 —Papasito, déjame; mamasita, no me riñas;
quizás día llegará en que llore —contestábales Pepa con un beso, arrojándoseles al cuello y rien-do siempre.
Los desarmaba. Débiles y llenos de ternura por la hija única, no se atrevían a reñirla, mas sólo en un punto se mostraban muy enérgicos. Era cuando se trataba de los amores de Pepa… Entonces sí que la amonestaban seriamente, pero ella reía. Porque Pepa tenía un novio. Este novio era Pepe, la exacta antítesis de Pepa, el re-verso de la medalla, todo lo que se podía soñar de más desproporcionado para ella. Era joven, pero afectaba tal gravedad que se daba aires de viejo; cejijunto, taciturno, tan parco de palabras como locuaz era ella; pedante y brutal, desagra-dable y antipático, jamás reía, nunca chanceaba, mientras que las bromas de ella eran sempiter-nas, su risa constante. Aunque muy inocente, el mohín malicioso de su boca tan graciosa era en-cantador.
¿Cómo se habían querido? ¿Acaso entre esa antítesis viviente podía caber amor? Nadie lo creía. Todos, incluso los padres de Pepa, que de-testaban a Pepe, pensaban que aquella, por capri-cho o por burla tal vez, se decía enamorada.
Pepe era estudiante y pobre, sumamente hol-gazán: además de sus defectos, no podría ofrecer a ninguna joven esperanzas de porvenir. Los pa-dres de Pepa, que tenían para ella mejor partido, no le perdonaban que distrajera a su hija. Pero Pepa no pensaba en nada: “Quiero a Pepe, decía, a José sólo lo aprecio”.
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José era el partido de la familia, pariente cer-cano, joven y acomodado, que conocía a Pepa desde niña y la amaba.
—José te hará feliz. Con Pepe llorarás. —¿Qué hacer? ¡Lo quiero y lo quiero! Y Pepa reía, sus padres se enfadaban un mo-mento y al fin la dejaban.
A menudo reñían los dos novios, porque Pepa, lejos de asustarse por el terrible ceño de Pepe, se divertía en verle rabiar, y por provocarle hacía mil travesuras. Era un verdadero diablillo.
Nadie podía contener la risa en presencia de aquellas riñas célebres ya por lo chistosas.
¿Iba Pepa a salir? Le decía a Pepe: —Te espero en casa.
Y cuando él llegaba, arrostrando el mal sem-blante de los padres de la novia, no la hallaba allí. —¿Cómo me has hecho eso? —preguntába-le él furioso cuando volvía a verla.
—Por ver si me quieres —y reía. Enfurecía-se él más, y ningún espectáculo podía darEnfurecía-se más cómico que la cara picaresca de ella comparada con el airado rostro de él.
—¡Un día de estos me suicido! —clamaba Pepe—. ¡Estoy desesperado!
—¡No te mates, Pepito! —contestaba Pepa—, ¡no sabes cuánto te quiero! —Y volvía a reír.
Un día Pepe, después de una travesura de la novia, se armó de una pistola y fue donde ella. No le dijo nada; ella, inocente, principió a bro-mear:
—¡Qué feo eres! Estoy por dejarte: ¡Perico me agrada más!
56 57 Perico era un mandadero de la casa y un ser
insignificante.
—¿Te has visto la nariz? Hoy la tienes más grande.
Pepe no gustaba de que se hiciera alusión a su nariz, porque en realidad la tenía enorme.
—Me mato, me mato —bramó y sacó la pistola. Pepa empezó a dar gritos. Asustada o no, era para morirse de risa el verla tan apurada tratan-do de calmar a Pepe.
—¡Pepito de mi vida! ¿Qué haces con eso? ¡Si eres tan lindo! ¿No sabes que es por chanza que te llamo feo? ¡Para mí no puedes serlo! ¡Te quiero tanto! Dame esa pistola. Si te matas, me enveneno. ¡Pepe, Pepito mío! ¡Dame un abrazo y hagamos las paces! No te haré rabiar más.
Y Pepa corría cerca del joven, quizás real-mente algo asustada y llorosa, pero en medio de sus lágrimas reía.
Pepe se calmó: nunca había pensado en matarse.
El tiempo pasaba y el quijotesco estudian-te no adelantaba nada. Sus padres deestudian-terminaron embarcarlo y darle una profesión más práctica y económica que aquella a que le dedicaban. El co-mercio les pareció conveniente a sus fines, que eran no gastar más en el joven. Un tío, comer-ciante, se encargaba de él.
Pepe se ausentó.
Pepa no se opuso a nada. Manifestábase se-rena, y lo dejó ir. Sus padres volvieron a la carga:
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—Ahí está José, Pepa, que te quiere tanto; mucho te ha esperado; ¿por qué no lo quieres?
—Mucho cariño le tengo, pero no como a Pepe.
—Pepe no está aquí, te olvidará; ¿qué espe-ras de él?
—No sé, pero lo quiero.
Pepa no reía tanto, mas tampoco estaba triste. Sus padre insistieron, y día por día le habla-ron de José.
José iba diariamente a verla, le hacía regali-llos, le pintaba su amor.
Pepa lo escuchaba distraída y no contestaba. El novio no escribía; estaba muy ocupado. Pasó un mes y otro mes y también un año. Pepa se cansó. Sin embargo de no gustarle escribir, le escribía a Pepe y él apenas contestaba. Decía que la quería y le envió unos versos que improvisó para ella (se las daba de poeta) y esto fue todo.
Era tan perezoso que apenas le alcanzaba el tiempo para ayudar en algo al tío.
Pepa, sin reír, prometió casarse con José, y sus padres contentísimos la miraron a cual mejor. José estaba loco, no sabía cómo manifestar su alegría. Los regalos llovían. El ajuar de la novia estuvo arreglado en poco tiempo. No tardó en estar todo listo para la boda. El traje de Pepa era lindísimo.
58 59 ¿Qué tiene Pepa, la graciosísima ribereña
del Ozama, la alegre y maliciosa niña que tanto ruido metía a su alrededor? ¿Por qué no se oye? ¿Qué ha sido de sus trinos? ¿Qué de su comu-nicativa risa? ¿Qué de su divertida charla, de su zumbona alegría?
Todos se lo preguntaban. ¿Dónde están sus colores?
Pepa ya no ríe, está pálida; no canta y habla poco.
¿Por qué? José la adora, sus padres que por ella han mejorado de fortuna, la idolatran; todos la quieren y la miman; nada le falta. Antes era una pobrecilla que con traje de purciana o de batista salía a todas partes. Sus adornos consistían en algún sencillo cinturón, una corbatita o una flor natural, y en la hermosa trenza, un lazo de cinta. Ahora viste como una señora, tiene chales y som-breros, ricos aderezos y nada se pone. En casa de sus padres ella misma se servía; hoy tiene cria-dos, incluso su marido y su madre que son escla-vos de ella. ¿Qué tiene Pepa? Nada puede apete-cer que no lo consiga; a porfía la complacen su familia y amigos. ¿Estará enferma? Ella de nada se queja; por el contrario, dice que es feliz, que a todos quiere y agradece y sonríe… ¡siempre sonríe! Esa sonrisa que desde la noche de su ma-trimonio hase como estereotipado en sus labios. De natural y satisfecha ha ido convirtiéndose en tímida, forzada, triste y hasta dolorosa. A quien conoció a Pepa risueña, le causa pena.
La recién casada languidece y se marchita; José llama al médico, le interroga:
58 59 —¿Qué tiene Pepa?
—Un poco de anemia, llévela a bañarse en el mar, y que tome hierro.
Prodigan a Pepa los vinos ferruginosos y otras drogas parecidas y le echan a perder el es-tómago. La joven come menos. Llévanla de aquí para allí, y siempre languidece. Es la sombra de sí misma.
Viene otro médico:
—Vamos, doctor, a ver si usted la cura —dice José afligido—, ¿qué tiene mi mujer?
—Abatimiento nervioso; necesita estimu-lantes.
Se los dan a Pepa y de nada le sirven. Parece mejor un día, y al otro recae. Ya apenas puede salir, ni come, ni duerme; se sostiene a líquido y sólo dormita, pero siempre sonríe.
—Quéjate, Pepa —dice la madre llorosa—, para ver si te aliviamos.
—Pídeme cuanto se te antoje, alma mía —ex-clama José casi desesperado— ¡para dártelo todo! —¿De qué me voy a quejar? Yo estoy bien, sólo me siento muy cansada… José mío, ¡que bue-no eres! ¿Qué más quieres darme de lo que me das? ¡Cuánto agradezco a todos!
Y Pepa les sonríe.
Cada vez la sonrisa es más violenta; hace llorar.
Un día, varias amigas de Pepa están con ella y la rodean; traen un periódico y se lo presen-tan para distraerla. Pepa se halla extendida en un largo sillón. Coge el periódico y aunque no tiene fuerzas para leer, se fija en algunas líneas.
60 61 Ábrense sus ojos como extraviados, palidece y
se desmaya.
Las amigas hablan entre sí, y nada han visto. Cuando se vuelven hacia Pepa la notan desma-yada y sonriendo. El periódico que yacía en el suelo, decía en el párrafo que ella había leído:
“NOTABLE PÉRDIDA.— El joven Pepe X. ha sucumbido ayer víctima de la fiebre que diezma la población de D… donde él residía, etc., etc.”
Pepa, al leer esta noticia, se había desmayado.
—Comae Juana, corra, corra, pa que vea el intierro.
—¿Qué intierro, comae?
—Er que sale de la Catedrá. ¡Jesús, qué gen-tío tan grande!
—Verdá, ¡cuánta gente! ¿Y quién será el muerto?
—¿Arcanza usted a ver la caja?
—No, toavía, si la gente la tapa. ¡Ay sí! Ya la eviso. Y es chiquita.
—Yo también la veo: vamos pa la otra es-quina de la calle del Arquillo pa verla mejor. Ese debe ser de rico.
—Por supuesto. ¿No ha oído usted los do-bles dende esta mañana casi en toas las iglesias? ¡Si fuera probe con dos tin tan lo componían!
—¡Josesito, corre a la ventana! Ven a ver el entierro.
60 61
—Lleva mucha gente. ¡Todo Santo Domingo! —Como doscientas personas.
—¡Pobre Pepa! ¿Y de qué murió al fin? —No se sabe. Cada médico dice una cosa. —¡Tan alegre que era! Me da pena… —Hija, ¡y qué se va a hacer!
—Es verdad. Conformarse. Hoy ella y maña-na yo… ¿Vas esta tarde al campo?
—Diga usted, don Fernando, ¿conque es la muerta aquella señorita tan graciosa que se casó hace poco?
—Me han invitado al entierro y he venido sin saber quién era.
—La misma. El año pasado se casó lozana y tan alegre.
—¿Y qué le sucedió? —Enfermó a poco. —¿La quería el marido?
—Parece que sí. Allí va sin alzar siquiera la cabeza. Dicen que la ha llorado como un niño.
—¡Infeliz! ¡Para casarse así…! —Mala lotería…
—Muy cabizbajo va y sabe Dios si él la mató; ¿no lo crees, Andrea?
—¡Ea! ¡Para morir tan joven antes del año! ¡Son los hombres tan falsos! El que más parece querer no es a veces más que un hipócrita… La que tiene experiencia no se deja engañar.
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—¡Ay, pobrecita de Pepa! Si cociné en su casa; ¡tan alegre y tan buena! Jesús, Leoncia, ¡si le hicieron mal de ojo! ¡Era tan graciosa y se hacía querer tanto!
—No me diga, Faustina… yo cociné en casa de su tío y la veía a caa rato. Le echaron brujería.
—De seguro…
Pepa está en el cementerio y por algunos días siguen los comentarios. Cada cual juzga a su manera. Ese es el mundo y la vida va así… la des-venturada ha muerto, ¿de qué?... Un poeta diría: “Ha muerto de amor”.
No. La verdad es esta: violentaron su natu-raleza: Nació pájaro, para volar y cantar como los pájaros y tener sus amores como ellos. Los amores chistosos que había tenido con Pepe la hicieron mujer seria, y no pudo resistir.
Padres y mentores sesudos, oíd un consejo y observad. No tratéis nunca de cambiar completa-mente la naturaleza de vuestros hijos o educandos. Lo más a que podéis pretender es a modificarla, moralizándola prudentemente; de lo contrario, os exponéis a ser verdugos inconscientes como los padres de Pepa. No os fieis de la insensibilidad de los que siempre ríen, y guardaos de pensar que no tienen corazón. A menudo acontece que una idea es más profunda cuanto más vacío está el cerebro en que se arraiga, y lo mismo sucede con los sentimientos. El alma virgen de afectos es la más accesible al sentimiento único y avasallador. Observadlo y lo veréis. Encontraréis otras Pepas.
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La novia de Su Ilustrísima
Temístocles A. Ravelo
Nació en Santo Domingo el 25 de abril de 1854 y falleció en Santiago de Cuba en septiembre de 1936. En 1865, luego de finalizada la guerra restauradora dominicana, su familia se trasladó a Santiago de Cuba, donde su padre, el prócer trinitario Juan Nepomuceno Ravelo, estableció una em-presa tipográfica. En 1880 estuvo entre los alumnos de la Cátedra de Derecho Constitucional que impartía el ilustre Eugenio María de Hostos en el Instituto Profesional. Fue un activo defensor de la guerra de independencia cubana, por lo cual fue expulsado de aquella isla por el capitán general Camilo García Polavieja. Escribió algunas tradiciones domi-nicanas, entre las cuales se cuentan “La novia de su Ilustrísi-ma”, “Sabí” y “Episodio de la Restauración”. Ravelo fue autor, además, de un Diccionario biográfico dominicano que se conserva inédito en el Archivo General de la Nación.
H
acía cinco años que el arzobispo don Fran-cisco Pío de Guadalupe y Telles había tomado posesión de la silla arzobispal de la iglesia metro-politana primada de América, época en que don Bernardino de Meneses y Bracamonte, Conde de Peñalva, era gobernador de la colonia y en mo-mentos en que los filibusteros daban comienzo a sus ataques a las colonias españolas de Améri-ca estableciéndose en la islita La Tortuga.Acababan de llegar de España varias naves con tropas, familias y nuevos colonos, y entre aquellos pasajeros había desembarcado una dama de porte distinguido y de bella presencia, quien desde la ría del Ozama fue directamente al convento de las Cla-risas y se constituyó en huésped de aquella casa, lo que hizo dudar a los que la vieron que aquella dama fuese una profesora y motivó comentarios de más y de menos entre las gentes del pueblo.
Las hablillas cesaron y las rejas del convento guardaron silenciosas la reserva de aquella visita, por haber llegado a la colonia malas nuevas de la corte: la declaratoria de guerra a España
publi-66 67 cada en Londres el 28 de noviembre de 1654 por
el dictador Oliverio Cronwell, había sorprendido los ánimos y hecho olvidar cualquier otro aconte-cimiento de poca monta.
De las islas del mar Caribe ha sido siempre la más combatida la llamada “Española”, por pe-ripecias y acontecimientos fatales desde que el almirante Colón puso los pies en su tierra; las vi-cisitudes no han dejado de sucederle y esta vez también le cupo la suerte de ser la primera vícti-ma de la guerra de la metrópoli con el gran pirata de los mares.
Efectivamente, el 14 de mayo del año si-guiente de 1655 arribó al Placer de los Estudios la poderosa escuadra del almirante Sir William Penn, con nueve mil hombres de desembarco coman-dados por el general Venables.
Este acontecimiento obligó a poner en movi-miento a todo el pueblo y el temor en los ánimos, porque todos sabían que la entrada de los piratas traía siempre graves consecuencias, saqueos, vio-laciones e incendios.
La alarma penetró en el centro de los con-ventos, puesto que eran los puntos a que más pronto acudían, por tener fama de guardar rique-zas y alhajas de gran valor.
En los momentos de la confusión, cuando los invasores desembarcaban por las playas de Najayo y por la boca del río Haina, y el Conde de Peñalva ponía sobre las armas a la milicia y se preparaba a defender la plaza, y los dominicanos al mando del capitán don Damián del Castillo, hombre valiente y entendido en cosas de la guerra, se apostaban
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en los montes cercanos para rechazar la fuerza con la fuerza, un joven y apuesto galán, de hidal-ga apariencia, se presentó en lo más rudo de la pelea y estuvo al lado de los jefes hasta el día 26 del mismo mes en que los ingleses, derrotados completamente, abandonaron el campo en fuga descompuesta.
Después del día 3 de junio en que se reem-barcaron las tropas inglesas y la escuadra se ale-jó de las playas dominicanas y que todo volvió a ponerse en su estado normal, fue que se vinieron a dar cuenta los jefes del bizarro joven que con tanto denuedo se había batido en aquellos días memorables; y como era necesario dar cuenta a la corte de lo pasado y recomendar a los que me-jor se habían portado en la defensa de la colonia, se le buscó con ahínco y no fue encontrado; un campesino dijo que lo había visto caer herido y alejarse dentro de la maleza hacia los muros de la ciudad, y con el convencimiento de que allí debe-ría encontrarse y por la curiosidad que promovió por sus hechos y por el misterio que guardaba, se dieron órdenes severas para encontrarle.
Habían pasado días sin resultado alguno, si bien notose por algunos que las visitas de su ilustrí-sima el señor Arzobispo al convento de las Clarisas eran con más frecuencia, y que acudía con su mé-dico de confianza, el licenciado Lope de Ocampo, hombre viejo y callado, como el mármol que mode-la el obispo de piedra de mode-la catedral, y que había un cierto movimiento receloso dentro del convento.
Las hablillas del pueblo volvieron otra vez; las comadres de sacristía murmuraban a sotto