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ESQUEMA DEL PLAN DE PASTORAL MARCO REFERENCIAL MARCO REFERENCIAL MARCO DOCTRINAL ANALISIS DE LA REALIDAD

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ESQUEMA DEL PLAN DE PASTORAL

MARCO REFERENCIAL MARCO REFERENCIAL MARCO DOCTRINAL

ANALISIS DE LA REALIDAD MAGISTERIO DE LA IGLESIA

DIAGNOSTICO

MARCO OPERACIONAL (ACCION) MISION

VISION OBJETIVO GENERAL

OBJETIVO ESPECIFICO OBJETIVO ESPECIFICO OBJETIVO ESPECIFICO

PASTORAL DE LA

TERCERA EDAD PASTORAL DE LOS ENFERMOS PASTORAL JUVENIL

OBJETIVO ESPECIFICO OBJETIVO ESPECIFICO OBJETIVO ESPECIFICO

PASTORAL CATEQUETICA PASTORAL JUSTICIA SOCIAL PASTORAL INFANCIA

OBJETIVO ESPECIFICO OBJETIVO ESPECIFICO OBJETIVO ESPECIFICO

PASTORAL FAMILIAR PASTORAL LITURGICA PASTORAL ESPIRITUALIDAD

OBJETIVO ESPECIFICO PASTORAL FRATERNIDAD

OBJETIVO ESPECIFICO PASTORAL DE LA EDUCACION

OBJETIVO ESPECIFICO PASTORAL VOCACIONAL

CRITERIOS DE ACCION

POLITICAS Y ESTRATEGIAS

INVENTARIO DE RECURSOS

PASTORAL DE LA

TERCERA EDAD PROGRAMACION

PASTORAL DE LOS ENFERMOS PASTORAL JUVENIL PASTORAL CATEQUTICA

PASTORAL JUSTICIA SOCIAL PASTORAL INFANCIA PASTORAL FAMILIAR

PASTORAL LITURGICA PASTORAL ESPIRITUALIDAD PASTORAL DE LA

FRATERNIDAD

PASTORAL DE LA EDUCACION PASTORAL VOCACIONAL

DISTRIBUCION DEL TIEMPO

CONTROL

IMPREVISTOS EVALUACION

CELEBRACION

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PASTORAL DE LA TERCERA EDAD Marco Doctrinal

EL ANCIANO EN LA BIBLIA

Para entender profundamente el sentido y el valor de la vejez, es preciso abrir la Biblia, pues sólo la luz de la palabra de Dios nos da la capacidad de sondear la plena dimensión espiritual, moral y teológica de esa etapa de la vida. Como estímulo para volver a examinar el significado de la tercera y de la cuarta edad, sugerimos a continuación algunos puntos de referencia bíblicos, con observaciones y reflexiones sobre los retos que representan en la sociedad contemporánea.

«Respeta al anciano» (Lv. 19, 32)

En la Escritura la estima por el anciano se transforma en ley: «Ponte en pie ante las canas, (...) y ho- nra a tu Dios» (Lv. 19, 32). Además: «Honra a tu padre y a tu madre» (Dt 5, 16). Una exhortación delicadísima en favor de los padres, especialmente en la edad senil, se encuentra en el tercer capítulo del Eclesiástico, versículos 1-16, que termina con una afirmación muy grave: «Quien desampara a su padre es un blasfemo, un maldito del Señor quien maltrata a su madre». Es preciso, pues, hacer todo lo posible para frenar la tendencia, tan difundida hoy, a ignorar a los ancianos y a marginarlos,

“educando” así a las nuevas generaciones a abandonarlos. Jóvenes, adultos y ancianos tienen necesidad los unos de los otros.

«Nuestros antepasados nos contaron la obra que realizaste en sus días, en los tiempos antiguos»

(Sal 44, 2)

Las historias de los patriarcas son particularmente elocuentes al respecto. Cuando Moisés vive la experiencia de la zarza ardiente, Dios se le presenta así: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3, 6). Dios vincula su propio nombre al de los grandes ancianos que representan la legitimidad y la garantía de la fe de Israel. El hijo, el joven encuentra —digamos, «recibe»— a Dios siempre y sólo a través de los padres, de los ancianos. En el texto arriba citado, junto al nombre de cada patriarca aparece la expresión «Dios de...», para significar que cada uno de ellos tenía su experiencia de Dios. Y esta experiencia, que era el patrimonio de los ancianos, era también la razón de su juventud interior y de su serenidad ante la muerte.

Paradójicamente, el anciano que transmite lo que ha recibido esboza el presente; en un mundo que en- salza una eterna juventud, sin memoria y sin futuro, esto da motivo para reflexionar. Es necesario, por tanto, situar la vejez en el marco de. un designio preciso de Dios, que es amor, viviéndola como una etapa del camino por el cual Cristo nos lleva a la casa del Padre (cf. Jn. 14, 2). Sólo a la luz de la fe, firmes en la esperanza que no defrauda (cf. Rm. 5, 5), seremos capaces de vivirla como don y como tarea, de manera verdaderamente cristiana. Ese es el secreto de la juventud espiritual, que se puede cultivar a pesar de los años

En la vejez seguirán dando fruto» (Sal 92, 15)

La potencia de Dios se puede revelar en la edad senil, incluso cuando ésta se ve marcada por límites y dificultades. «Dios ha escogido lo que el mundo considera necio, para confundir a los sabios; ha ele- gido lo que el mundo considera débil, para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable» lo que no es nada a los ojos del mundo, para anular a quienes creen que son algo. De este modo, nadie puede presumir delante de Dios» (1 Co 1, 27-28). El designio salvífico de Dios se cumple también en la fragilidad de los cuerpos ya no jóvenes, débiles, estériles e impotentes. Así, del vientre estéril de Sara y del cuerpo centenario de Abraham nace el pueblo elegido (cf. Rm. 4, 18-20).

Y del vientre estéril de Isabel y de un anciano cargado de años, Zacarías, nace Juan el Bautista, precursor de Cristo. Incluso cuando la vida se hace más débil, el anciano tiene motivos para sentirse instrumento de la historia de la salvación: «Le haré disfrutar de larga vida, y le mostraré mi salvación» (Sal 91,16), promete el Señor.

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«Acuérdate de tu Hacedor durante la juventud, antes de que lleguen los días desgraciados y te alcancen los años en que dirás: “no les saco gusto”»(Qo 12, 1)

Este enfoque bíblico de la vejez impresiona por su objetividad evidente. Además, como recuerda el salmista, la vida pasa en un soplo y no siempre es suave y sin dolor: «Setenta años dura nuestra vida, y hasta ochenta llegan los más fuertes; pero sus afanes son fatiga y dolor, pues pasan pronto, y nosotros nos desvanecemos» (Sal 90, 10). Las palabras de Qohélet —que hace una larga descripción, con imágenes simbólicas, de la decadencia física y de la muerte— pintan un triste retrato de la vejez.

La Escritura nos invita aquí, a no hacemos ilusiones acerca de una edad que lleva a malestares, problemas y sufrimientos. Y recuerda que se debe mirar hacia Dios durante toda la existencia, porque él es el punto de llegada hacia el cual hay que dirigirse siempre, pero sobre todo en el momento del miedo que sobreviene cuando se vive la vejez como un náufrago.

«Abraham expiró; murió en buena vejez, colmado de años, y fue a reunirse con sus antepasados» (Gn. 25, 8)

Este pasaje bíblico tiene una gran actualidad. El mundo contemporáneo ha olvidado la verdad sobre el significado y el valor de la vida humana —establecida por Dios, desde el principio, en la conciencia del hombre— y, con ella, el pleno sentido de la vejez y de la muerte. La muerte ha perdido hoy su carácter sagrado, su significado de realización. Se ha transformado en tabú: se hace lo posible para que pase desapercibida, para que no turbe. Su telón de fondo también ha cambiado: los ancianos, sobre todo, mueren cada vez menos en casa y cada vez más en el hospital o en un instituto, lejos de la propia comunidad humana. Ya casi no se usan, especialmente en la Ciudad, los momentos rituales de pésame y ciertas formas de piedad. El hombre actual, como anestesiado ante las representaciones diarias de la muerte que dan los medios de comunicación social, hace lo posible por no afrontar una realidad que el produce turbación, angustia, miedo. Entonces, inevitablemente, se queda solo ante la propia muerte. Pero el Hijo de Dios hecho hombre cambió, en la cruz, el significado de la muerte, abriendo de par en par al creyente las puertas de la esperanza: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, no morirá para siempre» (Jn. 11, 25-26).

A la luz de estas palabras, la muerte —que ya no es condena, ni necia conclusión de la vida en la nada— se manifiesta como el tiempo de la esperanza viva y cierta del encuentro cara a cara con el Señor.

«A ti, Señor, me acojo; no quede yo avergonzado para siempre» (Sal 71, 1)

Este salmo, que destaca por su belleza, es sólo una de las muchas oraciones de ancianos que se en- cuentran en la Biblia y que dan testimonio de los sentimientos religiosos del alma ante el Señor. La oración es el camino real para una comprensión de la vida según el espíritu, propia de las personas ancianas. La oración es un servicio, un ministerio que los ancianos pueden ofrecer para bien de toda la Iglesia y del mundo. Incluso los ancianos más enfermos, o inmovilizados, pueden orar. La oración es su fuerza, la oración es su vida. A través de la oración, participan en los dolores y en las alegrías de los demás, y pueden romper la barrera del aislamiento, salir de su condición de impotencia. La oración es un tema central, que incluye también el aspecto de cómo un anciano puede llegar a ser contemplativo. Un anciano agotado, en su cama, es como un monje, un ermitaño: con su oración puede abrazar al mundo. Parece imposible que una persona que ha vivido siempre en plena actividad pueda volverse contemplativa. Pero hay momentos de la vida en los que se abren horizontes que benefician a toda la comunidad humana. Y la oración es la apertura por excelencia, pues «no hay renovación, incluso social, que no parta de la contemplación. El encuentro con Dios en la oración infunde en los entresijos de la historia una fuerza (...) que toca los corazones, los induce a la conversión y a la renovación y, precisamente en esto, se convierte también en una poderosa fuerza histórica de transformación de las estructuras sociales»

En su mensaje a la Asamblea mundial sobre los problemas del envejecimiento de la población, Juan Pablo II afirmaba: «La vida es un regalo de Dios a los hombres, creados por amor a su imagen y semejanza. Esta comprensión de la sagrada dignidad de la persona humana lleva a valorar todas las etapas de la vida. Es una cuestión de coherencia y de justicia. En efecto, es imposible apreciar de verdad la vida de un anciano, sin

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apreciar de verdad la vida de un niño desde el momento mismo de su concepción. Nadie sabe hasta dónde se podría llegar si no se respetara la vida como un bien inalienable y sagrado».

La experiencia que los ancianos pueden aportar al proceso de humanización de nuestra sociedad y de nuestra cultura es más valiosa que nunca, y se les ha de solicitar, valorando los que podríamos definir ca- rismas propios de la vejez:

La gratuidad. La cultura dominante mide el valor de nuestras acciones según los parámetros de una eficiencia que ignora la dimensión de la gratuidad. El anciano, que vive el tiempo de la disponibi- lidad, puede ayudar a una sociedad «demasiado ocupada» a caer en la cuenta de la necesidad de romper con una indiferencia que disminuye, desalienta y frena los impulsos altruistas.

La memoria. Las generaciones más jóvenes van perdiendo el sentido de la historia y, con él, la propia identidad. Una sociedad que minimiza el sentido de la historia elude la tarea de la formación de los jóvenes. Una sociedad que ignora el pasado corre el riesgo de repetir más fácilmente los errores de ese pasado. La caída del sentido histórico puede imputarse también a un sistema de vida que ha alejado y aislado a los ancianos, poniendo obstáculos al diálogo entre las generaciones.

La experiencia. Vivimos, hoy, en un mundo en el que las respuestas de la ciencia y de la técnica pa- recen haber reemplazado la utilidad de la experiencia de vida acumulada por los ancianos a lo largo de toda la existencia. Esa especie de barrera cultural no debe desanimar a las personas de la tercera y de la cuarta edad, porque tienen muchas cosas que decir a las nuevas generaciones y muchas cosas que compartir con ellas.

La interdependencia. Nadie puede vivir solo; sin embargo, el individualismo y el protagonismo rei- nantes ocultan esta verdad. Los ancianos, en su búsqueda de compañía, protestan contra una sociedad que deja con frecuencia abandonados a sí mismos a los más débiles, llamando así la atención acerca de la naturaleza social de hombre y la necesidad de restablecer la red de relaciones interpersonales y sociales.

Una visión más completa de la vida. Nuestra vida está dominada por la prisa, la agitación y, a menudo, por la neurosis; es una vida desordenada, que olvida los interrogantes fundamentales sobre la vocación, la dignidad y el destino del hombre. La tercera edad es, además, la edad de la sencillez, de la contemplación. Los valores afectivos, morales y religiosos que viven los ancianos constituyen un recurso indispensable para el equilibrio de las sociedades, de las familias, de las personas. Son el sentido de responsabilidad, la amistad, la no-búsqueda del poder, la prudencia en los juicios, la paciencia, la sabiduría, la interioridad, el respeto a la creación y la edificación de la paz. El anciano capta muy bien la superioridad del «ser» con respecto al «hacer» y al «tener». Las sociedades humanas serán mejores si saben aprovechar los carismas de la vejez.

LOS ANCIANOS Y EL DON DE SABIDURÍA

“A las personas ancianas – muchas veces injustamente consideradas inútiles cuando no incluso como carga insoportable– recuerdo que la iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera, que no solo es posible y obligada también a esa edad, sino que esa misma edad la convierte, en cierto modo, en especifica y original.

La Biblia siente una particular referencia en presentar al anciano como símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios (cf. Si 25,4-6) En este sentido, el “don” del anciano podría calificarse como el del ser, en la iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición de la fe (cf. Sal 44, 2; Ex 12, 26-27) el maestro de vida (cf. Si 6, 34; 8, 11-12), el que obra con caridad.

El acrecentado número de personas ancianas en diversos países del mundo, y la cesación anticipada de la actividad profesional y laboral abre un espacio nuevo a la tarea apostólica de los ancianos, es un deber que

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5 hay que asumir, por un lado, superando decididamente la tentación de refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá, o renunciar a comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un momento de continuas novedades; y por otra parte, tomando conciencia cada vez más clara de que su propio papel en la iglesia y en la sociedad de ningún modo conoce interrupciones debidas a la edad sino que conocen solo nuevos modos.

Como dice el salmista “Todavía en la vejez dará frutos, será fresco y lozano, para anunciar lo recto que es Yahvéh” (Sal 92, 15-16) repito lo que dije cuando la celebración del jubileo de los ancianos: “la entrada en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio; no sólo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino también y sobre todo porque este es el periodo de las posibilidades concretas de volver a considerar mejor el pasado, de conocer y de vivir más profundamente el misterio pascual de convertirse en ejemplo en la iglesia para todo el pueblo de Dios (...). No obstante, la complejidad de los problemas que debéis resolver y el progresivo debilitamiento de las fuerzas, y a pesar de las insuficiencias de la organización sociales los retrasos de la legislación oficial las incomprensiones de una sociedad egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al margen de la vida de la iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo movimiento, sino sujeto activo humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana.

Tenéis todavía una misión que cumplir, una ayuda que dar. Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una vida en crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta el último respiro”.

(Christifideles Laici N 48)

PASTORAL DE LOS ENFERMOS Marco Doctrinal

EL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO

Aunque en su dimensión subjetiva, como hecho personal, encerrado en el concreto e irrepetible interior del hombre, el sufrimiento parece casi inefable e intransferible, quizá al mismo tiempo ninguna otra cosa exige -en su 'realidad objetiva'- ser tratada, meditada, concebida en la forma de un explícito problema; y exige que en torno a él se hagan preguntas de fondo y se busquen respuestas. Como se ve, no se trata aquí solamente de dar una descripción del sufrimiento. Hay otros criterios, que van más allá de la esfera de la descripción y que hemos de tener en cuenta cuando queremos penetrar en el mundo del sufrimiento humano.

Puede ser que la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de curar, descubra en el vasto terreno del sufrimiento del hombre el sector más conocido, el identificado con mayor precisión y relativamente más compensado por los métodos del 'reaccionar' (es decir, de la terapéutica). Sin embargo, éste es sólo un sector. El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral. Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual como el inmediato o directo sujeto del sufrimiento. Aunque se puedan usar como sinónimos, hasta un cierto punto, las palabras 'sufrimiento' y 'dolor', el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera 'duele el cuerpo', mientras que el sufrimiento moral es 'dolor del alma'. Se trata, en efecto, del dolor de tipo espiritual, y no sólo de la dimensión 'psíquica' del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como el físico. La extensión y la multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del físico; pero a la vez aquél aparece como menos identificado y menos alcanzable por la terapéutica.

La Sagrada Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento. De los libros del Antiguo Testamento mencionaremos sólo algunos ejemplos de situaciones que llevan el signo del sufrimiento, ante todo moral:

el peligro de muerte [como lo probó Ezequías (Cfr. Is. 38,1 3).], la muerte de los propios hijos [como temía Agar (Cfr. Gen 15-16), como imaginaba Jacob (Cfr. Gen 37, 33-35), como experimentó David (Cfr. 2 Sm 19, 1).], y especialmente la muerte del hijo primogénito y único [como temía Ana, la madre de Tobías (Cfr.

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Tob. 10,1-7; Cfr. también Jer. 6, 26; Am. 8, 10; Zac 12, 10).]. También la falta de prole [tal fue la prueba de Abrahán (Cfr. Gen 15, 2), de Raquel (Cfr. Gen 30, 1), o de Ana, la madre de Samuel (Cfr. 1 Sm 1, 6- 10).], la nostalgia de la patria [como el lamento de los exiliados en Babilonia (Cfr. Sal 137)], la persecución y hostilidad del ambiente [sufridas, por ejemplo, por el salmista (Cfr. Sal 22, 17-21) o por Jeremías (Cfr.

Jer. 18,18).], el escarnio y la irrisión hacia quien sufre [esta fue la prueba de Job (Cfr. Job 19, 18; 30, 1-9), de algunos salmistas (Cfr. Sal 22, 7-9; 42, 11; 441, 16-17), de Jeremías (Cfr. Jer. 20, 7) del Siervo Doliente (Cfr. Is 53, 3).], la soledad y el abandono [por lo que hubieron de sufrir también ciertos salmistas (Cfr. Sal 22, 2-3; 31, 13; 38, 12; 88, 9 ; 19), Jeremías (Cfr. Jer. 15, 17) o el Siervo doliente (Cfr. Is 53, 3).]. Y otros más, como el remordimiento de conciencia [del salmista (Cfr. Sal 51, 5), de los testigos de los sufrimientos del Siervo (Cfr. Is. 53, 3-6), del profeta Zacarías (Cfr. Zac 12,10).], la dificultad en comprender por qué los malos prosperan y los justos sufren [esto lo sentían vivamente el salmista (Cfr. Sal 73, 3-14) y el Qohelet (Cfr. Qo. 4, 1-3).], la infidelidad e ingratitud por parte de amigos y vecinos [este fue el sufrimiento de Job (Cfr. Job 19, 19), de ciertos salmistas (Cfr. Sal 41, 10, 55, 13-15), de Jeremías (Cfr. Jer. 20, 10); mientras que en el libro del Eclesiástico se medita sobre tal miseria (Cfr. Sir 37, 1-6).], las desventuras de la propia nación [además de los numerosos pasajes del libro de las Lamentaciones Cfr. los lamentos de los salmistas (Cfr. Sal. 44, 10-17; 77, 3-11; 79, 11; 89, 51), o de los profetas (Cfr. Is. 22, 4; Jer. 4, 8; 13,17; 14, 17-18;

Ez 9, 8; 21, 11-12); Cfr. también las plegarias de Azarías (Cfr. Dan 3, 31-40) de Daniel (Cfr. Dan 9, 16-19)].

El Antiguo Testamento, tratando al hombre como un 'conjunto' psicofísico, une con frecuencia los sufrimientos 'morales' con el dolor de determinadas partes del organismo: de los huesos [Por ej. Is. 38, 13;

Jer. 23, 9; Sal 31, 10-11; 42, 10-11], de los riñones [Por ej. Sal 73, 21; Job 16, 13; Lam 3, 13], del hígado [Por ej. Lam 2, 11], de las vísceras [Por ej. Is. 16, 11; Jer. 4, 19; Job 30, 27; Lam 1, 20.], del corazón [Por ej. 1 Sm 1, 8; Jer. 4, 19; 8, 18; Lam 1, 20-22; Sal 38, 9.11]. En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte 'física' o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo.

Como se ve a través de los ejemplos aducidos, en la Sagrada Escritura encontramos un vasto elenco de situaciones dolorosas para el hombre por diversos motivos. Este elenco diversificado no agota, ciertamente, todo lo que sobre el sufrimiento ha dicho ya y repite constantemente el libro de la historia del hombre (éste es más bien un 'libro no escrito'), y más todavía el libro de la historia de la humanidad, leído a través de la historia de cada hombre.

Se puede decir que el hombre sufre cuando experimenta cualquier mal. En el vocabulario del Antiguo Testamento, la relación entre sufrimiento y mal se pone en evidencia como identidad. Aquel vocabulario, en efecto, no poseía una palabra específica para indicar el 'sufrimiento'; por ello definía como 'mal' todo aquello que era sufrimiento [a este propósito es oportuno recordar que la raíz hebrea "r'' designa globalmente lo que es mal, en contraposición a lo que es bien (tob), sin distinguir entre sentido físico, psíquico y ético.

Aquella se encuentra en la forma sustantiva ra' y ra'a, que indica indiferentemente el mal en sí mismo, la acción mala o aquel que la realiza. En formas verbales, además de la forma simple (qal), que designa de manera variada 'el ser mal', se encuentra la forma reflexiva-pasiva (niphal), 'sufrir el mal', 'ser afectado por el mal', y la forma causativa (hiphil), 'hacer el mal', 'infligir el mal' a alguno. Dado que falta en el hebreo una verdadera correspondencia con el griego pascw = 'sufro', también este verbo se halla raramente en la versión de los Setenta.]. Solamente la lengua griega, y con ella el Nuevo Testamento (y las versiones griegas del Antiguo), se sirven del verbo 'pascw = estoy afectado por, experimento una sensación, sufro', y gracias a él el sufrimiento no es directamente identificable con el mal (objetivo), sino que expresa una situación en la que el hombre prueba el mal, y probándolo se hace sujeto de sufrimiento. Este, en verdad, tiene a la vez carácter activo y pasivo (de 'patior'). Incluso cuando el hombre se procura por sí mismo un sufrimiento, cuando es el autor del mismo, ese sufrimiento queda como algo pasivo en su esencia metafísica.

Sin embargo, esto no quiere decir que el sufrimiento en sentido psicológico no esté marcado por una 'actividad' específica. Esta es, efectivamente, aquella múltiple y subjetivamente diferenciada 'actividad' de dolor, de tristeza, de desilusión, de abatimiento o hasta de desesperación, según la intensidad del sufrimiento, de su profundidad o indirectamente según toda la estructura del sujeto que sufre y de su específica sensibilidad. Dentro de lo que constituye la forma psicológica del sufrimiento, se halla siempre una experiencia de mal, a causa del cual el hombre sufre.

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7 Así pues, la realidad del sufrimiento pone una pregunta sobre la esencia del mal: ¿qué es el mal? Esta pregunta parece inseparable, en cierto sentido, del tema del sufrimiento. La respuesta cristiana a esa pregunta es distinta de la que dan algunas tradiciones culturales y religiosas, que creen que la existencia es un mal del cual hay que liberarse. El cristianismo proclama el esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe, profesa la bondad del Creador y proclama el bien de las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Se podría decir que el hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado. Sufre en particular cuando 'debería' tener parte -en circunstancias normales- en este bien y no lo tiene. Así pues, en el concepto cristiano la realidad del sufrimiento se explica por medio del mal que está siempre referido, de algún modo, a un bien.

El sufrimiento humano constituye en sí mismo casi un específico 'mundo' que existe junto con el hombre, que aparece en él y pasa, o a veces no pasa, pero se consolida y se profundiza en él. Este mundo del sufrimiento, dividido en muchos y muy numerosos sujetos, existe casi en la dispersión. Cada hombre, mediante su sufrimiento personal, constituye no sólo una pequeña parte de ese 'mundo', sino que a la vez aquel 'mundo' está en él como una entidad finita e irrepetible. Unida a ello está, sin embargo, la dimensión interpersonal y social. El mundo del sufrimiento posee como una cierta compactibilidad propia. Los hombres que sufren se hacen semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino o mediante la necesidad de comprensión y atenciones; quizá sobre todo mediante la persistente pregunta acerca del sentido de tal situación.

Por ello, aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad. Trataremos de seguir también esa llamada en estas reflexiones. Pensando en el mundo del sufrimiento en su sentido personal y a la vez colectivo, no es posible, finalmente, dejar de notar que tal mundo, en algunos períodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Esto sucede, por ejemplo, en casos de calamidades naturales, de epidemias, de catástrofes y cataclismos o de diversos flagelos sociales.

Pensemos, por ejemplo, en el caso de una mala cosecha y, como consecuencia del mismo -o de otras diversas causas-, en el drama del hambre.

Pensemos, finalmente, en la guerra. Hablo de ella de modo especial. Hablo de las dos últimas guerras mundiales, de las que la segunda ha traído consigo un cúmulo todavía mayor de muerte y un pesado acervo de sufrimientos humanos.

A su vez, la segunda mitad de nuestro siglo -como en proporción con los errores y transgresiones de nuestra civilización contemporánea- lleva en sí una amenaza tan horrible de guerra nuclear, que no podemos pensar en este período sino en términos de un incomparable acumularse de sufrimientos, hasta llegar a la posible autodestrucción de la humanidad. De esta manera ese mundo de sufrimiento, que, en definitiva, tiene su sujeto en cada hombre, parece transformarse en nuestra época -quizá más que en cualquier otro momento- en un particular 'sufrimiento del mundo'; del mundo que ha sido transformado, como nunca antes, por el progreso realizado por el hombre y que, a la vez, está en peligro más que nunca a causa de los errores y culpas del hombre.

A LA BUSQUEDA DE UNA RESPUESTA A LA PREGUNTA SOBRE EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón;

una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. Esta no sólo acompaña al sufrimiento humano, sino que parece determinar incluso el contenido humano, eso por lo que el sufrimiento es propiamente sufrimiento humano.

Obviamente, el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda si no encuentra una respuesta satisfactoria.

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Esta es una pregunta difícil, como lo es otra muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal?

¿Por qué el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.

Ambas preguntas son difíciles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo.

Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduría, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena. Por ello, esta circunstancia -tal vez más aún que cualquier otra- indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma como las posibles respuestas a dar.

El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha, como podemos ver en la Revelación del Antiguo Testamento. En el libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión más viva.

Es conocida la historia de este hombre justo, que sin ninguna culpa propia es probado por innumerables sufrimientos. Pierde sus bienes, los hijos e hijas, y, finalmente, él mismo padece una grave enfermedad. En esta horrible situación se presentan en su casa tres viejos amigos, los cuales -cada uno con palabras distintas- tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave. En efecto, el sufrimiento -dicen- se abate siempre sobre el hombre como pena por el reato; es mandado por Dios, que es absolutamente justo y encuentra la propia motivación en la justicia. Se diría que los viejos amigos de Job quieren no sólo convencerlo de la justificación moral del mal, sino que, en cierto sentido, tratan de defender el sentido moral del sufrimiento ante sí mismos. El sufrimiento, para ellos, puede tener sentido exclusivamente como pena por el pecado y, por tanto, sólo en el campo de la justicia de Dios, que paga bien con bien y mal con mal.

Su punto de referencia en este caso es la doctrina expresada en otros libros del Antiguo Testamento, que nos muestran el sufrimiento como pena infligida por Dios a causa del pecado de los hombres. El Dios de la Revelación es Legislador y Juez en una medida tal que ninguna autoridad temporal puede hacerlo. El Dios de la Revelación, en efecto, es ante todo el Creador, de quien, junto con la existencia, proviene el bien esencial de la creación. Por tanto, también la violación consciente y libre de este bien por parte del hombre es no sólo una trasgresión de la ley, sino, a la vez, una ofensa al Creador, que es el Primer Legislador.

Tal trasgresión tiene carácter de pecado, según el sentido exacto, es decir, bíblico y teológico de esta palabra. Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo en la Revelación: o sea, que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal: '(Señor) eres justo en cuanto has hecho con nosotros, y todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos, y justos todos tus juicios. Y has juzgado con justicia en todos tus juicios, en todo lo que has traído sobre nosotros con juicio justo has traído todos estos males a causa de nuestros pecados'[Dan 3, 27 ss.; cfr. Sal 19, 10 36, 7; 48, 12; 51, 6; 99, 4; 119, 75;

Mal 3, 16-21; Mt 20, 16; Mc 10, 31; Lc. 17, 34; Jn. 5, 30; Rom 2, 2].

En la opinión manifestada por los amigos de Job se expresa una convicción que se encuentra también en la conciencia moral de la humanidad: el orden moral objetivo requiere una pena por la trasgresión, por el pecado y por el reato. El sufrimiento aparece, bajo este punto de vista, como un 'mal justificado'. La convicción de quienes explican el sufrimiento como castigo del pecado halla su apoyo en el orden de la justicia, y corresponde con la opinión expresada por uno de los amigos de Job: 'Por lo que siempre vi, los que aran la iniquidad y siembran la desventura la cosechan'[Job 4, 8.]

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9 Job, sin embargo, contesta la verdad del principio que identifica el sufrimiento con el castigo del pecado, y lo hace en base a su propia experiencia. En efecto, él es consciente de no haber merecido tal castigo; más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. El libro de Job no desvirtúa las bases del orden moral trascendente, fundado en la justicia, como las propone toda la Revelación en la Antigua y en la Nueva Alianza. Pero, a la vez, el libro demuestra con toda claridad que los principios de este orden no se pueden aplicar de manera exclusiva y superficial. Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento.

La Revelación, palabra de Dios mismo, pone con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa. Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima. En la introducción del libro aparece que Dios permitió esta prueba por provocación de Satanás. Este, en efecto, puso en duda ante el Señor la justicia de Job: '¿Acaso teme Job a Dios en balde? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país.

Pero extiende tu mano y tócalo en lo suyo; (veremos) si no te maldice en tu rostro'[Job 1, 9-11.]. Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba.

El libro de Job no es la última palabra de la Revelación sobre este tema. En cierto modo es un anuncio de la pasión de Cristo. Pero ya en sí mismo es un argumento suficiente para que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento no esté unida sin reservas al orden moral, basado sólo en la justicia. Si tal respuesta tiene una fundamental y trascendente razón y validez, a la vez se presenta no sólo como insatisfactoria en casos semejantes al del sufrimiento del justo Job, sino que más bien parece rebajar y empobrecer el concepto de justicia que encontramos en la Revelación.

El libro de Job pone de modo perspicaz el 'por qué' del sufrimiento; muestra también que éste alcanza al inocente, pero no da todavía la solución al problema. Ya en el Antiguo Testamento notamos una orientación que tiende a superar el concepto según el cual el sufrimiento tiene sentido únicamente como castigo por el pecado, en cuanto se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento. Así pues, en los sufrimientos infligidos por Dios al Pueblo elegido está presente una invitación de su misericordia, la cual corrige para llevar a la conversión: 'Los castigos no vienen para la destrucción, sino para la corrección de nuestro pueblo' [2 Mac 6, 12].

Así se afirma la dimensión personal de la pena. Según esta dimensión, la pena tiene sentido no sólo porque sirve para pagar el mismo mal objetivo de la trasgresión con otro mal, sino ante todo porque crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre. Este es un aspecto importantísimo del sufrimiento. Está arraigado profundamente en toda la Revelación de la Antigua y, sobre todo, de la Nueva Alianza. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

Pero para poder percibir la verdadera respuesta al 'por qué' del sufrimiento tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente.

El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el 'por qué' del sufrimiento en cuanto somos capaces de comprender la sublimación del amor divino. Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades; sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden trascendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El amor es también la

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fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo. (de Salvificis Doloris: el Valor salvífico del sufrimiento) SALUD – ENFERMEDAD EN UNA VISIÓN CRISTIANA:

Dentro de la perspectiva cristiana es preciso considerar la salud – enfermedad a diversos niveles:

biológicos, sociológico, ético y teológico.

La persona cristiana debe enfrentarlo no solo a nivel natural, científico, sino en ACTITUD DE FE que exige discernimiento, reflexión.

Siendo la persona una unidad sicosomática, sujeto racional guiado por normas éticas o morales y, habiendo sido creado a imagen y semejanza de Dios, debe velar por la integridad de su salud que tiene que ver con cada uno de; estos aspectos que acabamos de indicar.

Por lo tanto, no puede no debe contentarse únicamente por su salud física o somática, sino por la totalidad de su salud y es bien sabido que lo somático influye en lo sicológico y viceversa. La vida desordenada, en todo campo, y, sobre todo, en lo moral trae graves consecuencias para la salud.

El hombre y sobre todo, si es cristiano sabe que su vida es, ante todo, un don de Dios que debe cuidarla responsablemente. Sabe igualmente, que la vida del hombre sobre la tierra, es una permanente lucha contra el mal y contra los vicios. Por ello no se deja vencer por el mal, que lo vence con los medios naturales y con la fuerza de la gracia de Dios apoyada en la oración y la frecuencia de los sacramentos que nos une con el Dios de la vida. Da sentido cristiano a su enfermedad, achaques, dolencias.

Al abrir los evangelios nos encontramos con Jesús en su acción amorosa en medio de los enfermos de las más variadas enfermedades y males, provenientes de nuestra naturaleza limitada y contingente. No queda indiferente ante estas duras situaciones. Les pide Fe y de inmediato, los cura de sus males. Las curaciones de Jesús no se refieren únicamente a lo corporal, sino a la integridad de la persona, para que sigan trabajando por el Reino de Dios.

Es preciso evitar falsas actitudes cristianas ante la enfermedad, actitudes tales como la resignación pasiva, la paciencia fatalista y el dolorismo meritorio.

El hombre auténtico, y con mayor razón el verdadero cristiano, debe luchar contra la enfermedad con los medios aptos, adecuados, que tenga a su disposición.

La actitud auténtica ante el dolor y la enfermedad no puede ser otra que la actitud de fe y fortaleza cristiana que da sentido cristiano apostólico a las enfermedades y sufrimientos. En tal forma la cama o silla de ruedas se convierte en un altar, y el enfermo en un sacramento vivo de Cristo.

Conclusión: si la vida es un don de Dios debemos cuidarla con los medios que estén a nuestro alcance, evitando todo aquello que atenta contra la salud propia y la ajena.

LA ACCION PASTORAL

Frente a tanta variedad de enfermos y de situaciones, en las más diversas y contradictorias circunstancias, no se puede y no se debe regir únicamente por dictámenes legalistas, puesto que afirma San Pablo, “la letra mata y el espíritu vivifica”.

Movidos por la fe auténtica y con las luces vivificantes del espíritu, estaremos en capacidad de discernir y resolver caso por caso, revistiéndonos de las actitudes de Cristo, buen pastor, sobre todo de humanidad y benignidad.

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11 Esta actitud de Cristo lleno de misericordia, de comprensión y de amor, obtuvo una sincera y profunda conversión de la adúltera. Cosa igual sucedió con Zaqueo, porque el “Hijo de Dios vino a salvar lo que estaba perdido”.

Cristo, a nadie despreció y a todos acogió con verdadero amor y comprensión. En el grupo de los doce apóstoles estaba Leví, cobrador de impuestos, a quien lo consideraban un pecador público por el oficio que desempeñaba. Y en Lc. 15, 1-2 los fariseos y maestros de la ley criticaban a Jesús porque trataba con pecadores y con ellos comía. Concluye Jesús (en ésta misma ocasión) diciendo: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Creemos que el interrogante de fondo que debemos plantearnos no puede ser otro que éste: ¿Qué es lo que Dios quiere de mí, hoy y aquí, en esta circunstancia particular?

No hay una conciencia igual en todas las personas, bien sabemos que la conciencia como tal no existe en sí misma sino en los individuos concretos. No es igual en todos y no se manifiesta en todos, la misma claridad y delicadeza.

“En rigor, no solamente hay conciencias individuales, sino que cada caso de conciencia es único e irrepetible, es un caso inédito.”

¿Qué es lo que se requiere? Se requiere una intuición personal bajo la guía del Espíritu que ayuda a comprender y discernir y orientar con el corazón y la mente del profeta, y no sólo con lo estrictamente dictaminado por la ley. El profeta es el hombre que se opone a que el medio se convierta, en fin. Cuantas veces la ley y no Dios se ha convertido en fin de la moral.

Todo agente de pastoral de la salud no debe contentarse tan sólo con sacramentalizar, descuidando la evangelización que lleva a la conversión y compromiso. La nueva evangelización de que nos habla Santo Domingo es un deber sagrado que no debemos descuidar. El contenido fundamental de la evangelización, más que una doctrina, es Jesucristo conocido, amado e imitado en todo lugar y circunstancias.

RELACIÓN DE AYUDA CON EL ENFERMO:

Ayudar es prestar cooperación, auxiliar, socorrer, sirviendo al necesitado. La solidaridad nos pide ayudar a toda persona necesitada, sea creyente o no lo sea, sea pariente o extraño, porque para el cristiano nadie es extraño, sino su propio hermano.

La relación de ayuda es un encuentro interpersonal, al estilo y modalidad del buen samaritano del que nos habla maravillosamente la Biblia en Lucas. A continuación, analizaremos cada paso o acción del buen samaritano:

La ayuda más que en el poseer se lo da en el ser. Todo ser crece en sus relaciones con los demás, sirviéndoles y en tal forma:

Aumenta sus capacidades: de amar, servir, donarse, creciendo en madurez, venciendo la propia comodidad y egoísmo que nos aísla.

Desarrolla su libertad: ya que quien ayuda y auxilia, no obra por obligación, sino por convicción.

En síntesis, ayudar significa: comprender, amar, servir, tener, sentido de empatía.

Las actitudes de Jesucristo, movido por el Espíritu de Dios, con un profundo sentido de humanidad y benignidad, son la fuente fundamental para realizar el ministerio de ayuda pastoral con toda clase de personas y enfermos.

En tal forma el ser humano se siente impulsado a mejorar, a cambiar, a crecer realizando juntos un camino de fe, esperanza y amor.

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En efecto, el cambio de actitudes, de comportamiento y de mentalidad se realiza en el diálogo y la comunión de personas que llegan a la intercomunicación e interacción. Es la forma de recorrer juntos el camino de la vida, ayudándose y transformándose mutuamente.

En la relación de ayuda pastoral, vivida y experimentada como un auténtico ministerio de comunidad cristiana, el modelo por excelencia será siempre y en toda circunstancia Cristo Jesús, el Buen Pastor.

LA PALABRA DE DIOS QUE ILUMINA

A partir del auténtico amor de Dios, expresado en el amor al prójimo, se lo llega a comprender, a ayudarle y a servirle 1 Jn. 4, 9-18: Dios es “Amor”. Lc. 5,17-20: Personas que ayudan al paralítico a acercarse a Jesús.

Nuestra ayuda al enfermo o al anciano necesitado, debe manifestarse a todo nivel, sin descuidar sobre todo el aspecto espiritual de llevarlo por la fe a Jesús que es salud y vida de los enfermos, compañero de camino, consuelo, vigor de todos los que sufren.

Será entonces que llegará a comprender el auténtico sentido de su enfermedad y sus consiguientes sufrimientos y limitaciones.

URGENCIA DE UNA AUTÉNTICA EVANGELIZACIÓN

Las actitudes erróneas (resignación pasiva; paciencia fatalista; dolorismo meritorio) desfiguran la auténtica imagen de Dios, Padre amorosísimo.

Se lo presenta como un juez castigador, como un Dios que prueba o que permite el dolor, la enfermedad y toda clase sufrimientos y males.

Estas actitudes erróneas se deben, principalmente a la religiosidad popular que no ha sido debidamente evangelizada.

Pero no debemos silenciar otra raíz nefasta que afecta la fe de nuestro pueblo. Se trata de la presencia y actuación de sacerdotes y otros agentes de pastoral no actualizados en teología bíblica que deforman gravemente la verdadera imagen de Dios.

Cristo enseña claramente: ¡En el cielo hay más gozo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse! Cristo no condena, no rechaza al pecador, sino que va en busca, lo sigue amorosamente, dialoga con pecadores, come con ellos, atrayéndolos al arrepentimiento y a la conversión (Cfr. Lc. 15, 7; 15, 2; 7, 37; 5,32; Mt. 9,10).

Jesucristo vino al mundo no para castigar, sino para perdonar y salvar y, en el colmo de su amor, dio su vida por todos en el madero de la cruz. Esta es la Buena Nueva, la auténtica Evangelización que nos trae el Salvador.

PLANIFICACIÓN DE LA PASTORAL DE LA SALUD

La pastoral de la salud se esforzará por ser portadora del signo de crecimiento de la fe, del cambio y la esperanza. No importa que lo corporal se desmorone por la dura enfermedad, cuando el Espíritu humano se vivifica, se fortifica, crece se eleva consciente de su noble misión redentora en una unión íntima con Cristo, en su misterio pascual.

Su cama o su silla de ruedas se transforman en un altar, y el enfermo en la víctima agradable a Dios y en sacramento de Cristo (Mt. 25, 36).

Pastoral de la salud que actúa y se compromete en comunidad, con sus enfermos, los ministros de enfermos y de la eucaristía, médicos, trabajadora social, enfermeras y auxiliares, formado un solo corazón para la transformación del mundo del dolor.

Pastoral de la salud que sea portadora del alegre mensaje de la fe, fortaleza, esperanza y amor solidario en un mundo consumista y deshumanizado.

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13 Pastoral de la salud en equipo, con pleno sentido eclesial, bajo el signo de la fraternidad, que experimentada se vuelve vivencia: todos somos hermanos: enfermos sanos. Es, sin embargo, una fraternidad que se hace, que crece, por la que se lucha y también se sufre ... por la que vale la pena sacrificarse.

Una pastoral de la salud integrada por personas limitadas en camino de conversión: de su “ser en” en el mundo (masificación) al “ser con” (comunicación) a fin de ser para (servicio) y llegar “a ser en Cristo”

(comunidad).

Pastoral de la salud en constante búsqueda del encuentro con el Dios personal (Ex. 3,6) que establece relación con el hombre a través de la Encarnación (Jn. 1, 14) hasta el punto de hacerse varón de dolores.

Finalmente, la pastoral de la salud se esforzará por anunciar, vivir y celebrar la salvación o libración integral del hombre: “anunciarla, evangelizando; vivirla en el compromiso histórico y celebrarla en la liturgia y los sacramentos.

CARACTERÍSTICAS DE LA PASTORAL DE SALUD:

La pastoral de salud debe ser:

Integral: asumir la situación histórica completa (económica, política o de diferentes ideologías)

Abierta: abarca a los cristianos como a los no cristianos, creyentes y no creyentes, personas de nuestra ideología o de diferentes ideologías.

Orgánica: es decir, en íntima relación con la pastoral de conjunto de la Iglesia particular.

Diferenciada: tomando en cuenta las diversas situaciones y condiciones de personas.

Cualificada: con la debida capacitación y formación.

Crítica: tiene que examinar y evaluar constantemente las causas que hacen que la realidad no responda al plan de Dios. Tiene que examinar y evaluar estructuras sociales y los comportamientos que surgen de las mismas y que originan personas ¡enfermas! o mantienen a los enfermos en su situación por falta de recursos o por una mala administración.

Creativa: y no repetitiva, empleando continuamente la metodología más apropiada para responder a los retos del lugar y de los tiempos.

Activa: es decir, en continuo dinamismo y lograr que las personas participen y sean así sujetos activos de la pastoral, desde su situación.

Comprometida: debe estar al servicio de la comunidad local y nacional en una práctica de justicia, buscando colaborar en la liberación integral del hombre y la historia, con su opción preferencial por los pobres.

Transformadora: para comprometerse en los cambios y transformaciones de la persona y la sociedad.

Comunitaria: realizada en comunidad, integrando las diversas comunidades (médicos, ministros de enfermos, enfermos, familiares, etc.) incorporando a sus miembros en la vida eclesial.

DECÁLOGO DE LOS SANTOS A LOS ENFERMOS

El santo cura de Ars: ¡El sufrimiento por amor es puerta del cielo! ¡Si miras el crucifijo te será más fácil sufrir!

San Alfonso de Ligorio: ¡Tu vida es un don de Dios, un préstamo que se ha dado para que lo gastes por algo y por alguien! ¡En la enfermedad la actitud cristiana es la de abandonarse total y amorosamente en los brazos de tu padre Dios!

San Francisco de Sales: ¡El sufrimiento es un misterio y solamente se lo puede vivir desde la fe!

San Juan de Avila: No divinices el sufrimiento. ¡Simplemente acepta los grandes bienes que de El puedes sacar, si lo ofreces por Amor!

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San Juan de la Cruz: ¡Cristo tiene muchos que quieren trabajar por ... ¡El, pero pocos que quieren sufrir por...El y con ...El!

San Vicente de Paul: ¡Tú enfermo, eres un verdadero sagrario en el cual está presente Cristo para que los sanos lo podamos reconocer, servir y venerar”!

San Pablo: “Tú eres discípulo de Jesús. Por lo mismo su suerte es tu suerte. ¡Tú también resucitarás como Jesús y entrarás en la Gloria!

PASTORAL JUVENIL Marco Doctrinal

LA JUVENTUD

Los jóvenes ejercen en la sociedad actual una fuerza de extraordinaria importancia. Las circunstancias de su vida, su modo de pensar e incluso las mismas relaciones con la propia familia han cambiado sobremanera. Muchas veces pasan con demasiada rapidez a una nueva situación social y económica. Pero, al paso que aumenta de día en día su importancia social e incluso política, parecen como impregnados para sobrellevar como es debido las nuevas cargas.

Este aumento de la importancia de las generaciones jóvenes en la sociedad exige de ellos una correspondiente actividad apostólica, a la cual los dispone su misma índole natural. Madurando la conciencia de la propia personalidad, impulsados por el ardor de vida y un dinamismo desbordante, asumen la propia responsabilidad y desean tomar parte en la vida social y cultural.

Este celo, si está lleno del espíritu de Cristo y se ve animado por la obediencia y el amor a los pastores de la Iglesia, ofrece la esperanza cierta de frutos abundantes.

Los jóvenes deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven.

(del decreto Apostolicam actuositatem) La expresión pastoral juvenil se utiliza comúnmente para referirse a distintos contenidos y realidades.

Algunas veces, designa al proceso mismo de educación en la fe que realiza la Iglesia para la evangelización (P 1193); otras, se aplica al conjunto de jóvenes integrados en esos procesos y otras, señala el conjunto de estructuras y organismos que, en los diferentes niveles, hacen posible el proceso pastoral. Tal diversidad muestra las variadas perspectivas desde donde se pueden abordar el esfuerzo evangelizador que realiza la Iglesia en el mundo juvenil. Aunque complementarias, son por tanto, necesariamente incompletas.

La pastoral juvenil es la acción organizada de la Iglesia para acompañar a los jóvenes a descubrir, seguir y comprometerse con Jesucristo y su mensaje para que, transformados en hombres nuevos e integrando su fe y su vida, se conviertan en protagonistas de la construcción del amor.

Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino un acto profundamente eclesial. La evangelización de los jóvenes es pues un desafío para toda la Iglesia. No puede considerarse solo como una cosa de jóvenes. Toda ella se compromete para que, con su apoyo y orientación, los jóvenes puedan crecer y desarrollarse como personas; puedan conocer a Jesús, aceptarlo, seguirlo e integrarse en la comunidad eclesial y puedan ser promotores y gestores del cambio en América latina. Es una apuesta para que, desde ellos y con ellos, se pueda ir construyendo la civilización del amor.

Así, la pastoral juvenil es la expresión concreta de la misión pastoral de la comunidad eclesial en relación a la evangelización de los jóvenes, que será también buena noticia para la Iglesia y propuesta de transformación para las personas y para la sociedad.

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15 CARACTERÍSTICAS

Como propuesta e invitación, la evangelización no puede estar al margen del momento histórico y de la situación real que viven sus destinatarios. El punto de partida de la pastoral juvenil es el propio joven, asumido en su realidad personal, cultural y social. La pastoral juvenil no inventa a los jóvenes: en nombre de Jesús los encuentra como son y donde están.

La acción evangelizadora no se realiza por medio de acciones aisladas, sino a través de un proceso, es decir, de un conjunto de dinamismos que llevan al joven a abrirse, a buscar respuesta a sus inquietudes, a valorar lo que construye su persona, a madurar motivaciones personales profundas y a concretar su proyecto de vida y su opción vocacional.

Este proceso evangelizador se vive de forma participativa en pequeños grupos o comunidades en las que los jóvenes comparten fe y vida, alegrías y tristezas, reflexión y acción, ilusiones y preocupaciones, la oración, la fiesta, las inquietudes, todo lo que son y quieren ser, lo que viven, lo que creen, lo que sienten, lo que esperan. Es la pequeña comunidad de Jerusalén, que reunió a los primeros discípulos del Señor.

En este proceso tiene un lugar privilegiado la presentación atractiva y motivadora de Jesucristo “camino, verdad y vida” (Jn. 14,6). Como respuesta a sus ansias de realización personal y a sus búsquedas de sentido de la vida. En el encuentro con Jesús vivo, los jóvenes se evangelizan, es decir, descubren, viven, testimonian y anuncian su estilo de vida y aprenden a ver la realidad y los hechos de todos los días como signos de una historia de amor que relaciona a Dios con los hombres como hijos y a los hombres entre sí como hermanos. En esta experiencia, encuentran el llamado a una nueva manera de ser, de pensar, de actuar, de vivir y de amar; a un orden nuevo, a una renovada comprensión del hombre, del mundo y de la historia.

El estilo de vida de Jesús se hace estilo de vida de los jóvenes. Su seguimiento se convierte en un discipulado y en una misión de entrega y servicio para hacer realidad la civilización del amor. Es el llamado de unos jóvenes a otros jóvenes, a través del anuncio y testimonio, para servir a la vida; alentarla, cuidarla, respetarla; defenderla y organizarla en formas de convivencia que sean praxis de verdad, justicia, paz y amor que hagan presente a Dios como “Padre de todos”. Es vivir en comunión y participación; es ir realizando la liberación integral del hombre y de la sociedad; es vivir el trabajo, el estudio, la profesión, la vida entera con vocación de servicio comunitario y solidario.

El proceso se realiza desde los jóvenes y con los jóvenes. Ellos son punto de partida y sujetos activos de sus propios procesos y están llamados a ser los primeros e inmediatos evangelizadores de los otros jóvenes.

Este protagonismo es elemento fundamental de la pedagogía, de la metodología y de la organización de la pastoral juvenil.

Dada la pluralidad de realidades juveniles es necesario plantear una pastoral diferenciada que tenga en cuenta y responda a las diversas situaciones y actitudes de los jóvenes frente a la fe y frente a la vida.

Aunque haya diversidad de acciones, habrá siempre un mismo punto de partida, la maduración personal, su adhesión a Jesucristo, su participación en la iglesia, su compromiso con la civilización del amor.

La preocupación evangelizadora no se dirige sólo a los jóvenes que se integran a los grupos o a los que participan establemente en comunidades u otras organizaciones eclesiales. Con sentido misionero, llega también a quienes participan ocasional o esporádicamente y sobre todo a la gran masa juvenil que no se acerca a los ambientes eclesiales y que no ha recibido todavía el anuncio liberador del Jesucristo.

La comunidad eclesial acompaña a los jóvenes especialmente a través de asesores adecuadamente formados, que los quieran de verdad, que estén en actitud de escucha, comprensión y cercanía y que conozcan suficientemente las características pedagógicas y metodológicas del proceso de pastoral juvenil.

Esta actitud pastoral liberadora, personaliza a los jóvenes y los hace responsables de un proceso y de su propia existencia.

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MARCO OPERACIONAL: PEDAGOGÍA Y PEDAGOGÍA DE DIOS

La propuesta evangelizadora y formativa no debe descuidar la reflexión rigurosa acerca del modo mas adecuado para anunciar y transmitir en Evangelio. Una pedagogía que pretenda acompañar un proceso de educación en la fe deberá inspirarse necesariamente en la pedagogía del mismo Dios, es decir, en la relación de amor y de encuentro que el Padre quiso establecer con los hombres.

En la “plenitud de los tiempos” (Heb.1,1), la expresión definitiva de esta pedagogía divina es Jesucristo. Él mismo, en su persona, en su modo de obrar y de hablar, es el vínculo que Dios Padre quiere establecer para siempre con la humanidad. Él es la fuente de toda pedagogía pastoral. Su mensaje es al mismo tiempo un contenido y una manera de transmitirlo, un contenido y una pedagogía. En Él se inspira también la que propone la pastoral juvenil y que se realiza ante todo en una relación de amor y de encuentro entre el evangelizador y el evangelizando.

Una pedagogía evangelizadora de la pastoral juvenil tiene los siguientes objetivos:

Formar al joven maduro en la fe;

Promover una espiritualidad del seguimiento de Jesús que sea juvenil, laical, liberadora, encarnada e integradora de la fe y de la vida;

Vivir la opción preferencial por los pobres, lo que implica el doble desafío de hacerla realidad en la propia vida y de promover el cambio de las situaciones que provocan pobreza;

Proponer como meta final, el Reino escatológico de Jesús, la civilización del amor, la construcción de una nueva sociedad;

Animar un proceso integral de maduración y de formación en la acción.

RASGOS DE UNA PEDAGOGÍA PASTORAL.

La pedagogía de Jesús es una invitación permanente a participar en el reino y a vivir la plena dignidad de los hijos de Dios en relaciones de fraternidad y de acogida y como lugar para la participación de todos. De allí se desprenden los rasgos fundamentales de la pedagogía pastoral:

- Experiencial - Transformadora - Liberadora - Comunitaria - Coherente - Testimonial - Participativa

- Personalizante y personalizadora - Integral

EL GRUPO O COMUNIDAD JUVENIL

En algunos lugares, con la palabra “grupo” o “grupo juvenil” se designa a todo conjunto de jóvenes que se reúne de un modo más o menos estable; en otros, el mismo término sirve para referirse a una experiencia que en otros países se designa con el nombre de “comunidad juvenil”.

A su vez, el término “comunidad juvenil” significa para algunos el conjunto de grupos juveniles de un mismo centro pastoral, mientras que para otros s e refiere a aquellos grupos cuyo proceso de formación los ha llevado a un cierto grado de discernimiento y maduración de su vivencia comunitaria. Los obispos latinoamericanos dicen que la “pastoral juvenil... deberá favorecer la creación y animación de grupos y comunidades juveniles” (SD 120).

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17 EL DINAMISMO DEL GRUPO JUVENIL

El sentido más amplio de la experiencia comunitaria está en su dinamismo evangelizador. El seguimiento de Jesús en sus actitudes, mensaje y misión; la celebración de su presencia en la vivencia del grupo y en los signos litúrgicos, y la acogida sencilla y profunda del Espíritu en el proceso de conversión, son elementos fundamentales de la vida comunitaria:

Este dinamismo incluye dos dimensiones correlativas:

La primera es ser una comunión dinámica de personas que se comunican entre sí a través de relaciones de conocimiento, amistad e integración. En estas relaciones se comprometen mutuamente, se aceptan como son, se ayudan en la superación de los problemas y van creando un lenguaje, un conjunto de reglas y de objetivos comunes que les dan un sentido de pertenencia e identidad grupal.

La segunda es la presencia activa del espíritu del Señor en el dinamismo grupal. A través de la experiencia del amor fraterno, el espíritu reúne a los jóvenes, los anima a vivir unidos, a perdonarse, ayudarse y cuidarse mutuamente; transforma sus experiencias en encuentros con el amor del Padre y el de Jesús, va ayudando a interpretar la historia a la luz de la Palabra, a descubrir en la vida del grupo la historia de la propia salvación y a celebrarla principalmente en la eucaristía.

Es el Espíritu quien los va congregando, los va haciendo compartir sus bienes y poner en común sus limitaciones y fragilidades, los va ayudando a superar sus angustias, va animado su esperanza y va comprometiendo su vida en la solidaridad y en el compromiso con los más necesitados.

Por la presencia activa del Espíritu Santo, la experiencia de amor fraterno que se vive en el grupo puede resignificarse como revelación del proyecto del Padre para el joven y, por tanto, como una fuente para su definición vocacional. La opción vocacional será así la culminación del proceso de maduración en la fe y del seguimiento de Jesús.

En este dinamismo comunitario se va consolidando la madurez humana, se va construyendo la libertad, se va integrando la personalidad, se van afinando las motivaciones profundas, los sentimientos, el carácter. La salvación del pecado, la realidad que está en cada persona, que toma cuerpo en las estructuras sociales y que no permite a las personas y a los pueblos mantener un diálogo de fidelidad con Dios, viene por el don del Espíritu Santo que va sanando este tejido humano, personal y social.

Ambas dimensiones, de comunión interpersonal y de presencia activa del espíritu, se dan en permanente interrelación. Una se realiza en y a través de la otra. De ahí, la importancia que tiene la vida comunitaria para los jóvenes y la necesidad de que este dinamismo comunitario sea profundo, bien orientado y bien acompañado en su crecimiento.

LOS PROCESOS DE EDUCACIÓN EN LA FE

La opción pedagógica fundamental de la pastoral juvenil es el reconocimiento del carácter procesual y dinámico de la formación y de la educación en la fe:

La formación integral

¿Qué es formar? Para la pastoral juvenil formar es generar en los jóvenes y en los grupos nuevas actitudes de vida y nuevas capacidades que les permitan ser, clarificar sus proyectos de vida, vivir en comunidad e intervenir eficazmente para la transformación de la realidad.

Al hablar de la pedagogía pastoral se hace referencia al carácter integral de el proceso de educación en la fe. Para tener en cuenta la multiplicidad y riqueza de aspectos del crecimiento de la persona y el carácter procesual de su maduración, la pastoral juvenil propone un proceso de formación integral que atiende 5 dimensiones:

a) la relación consigo mismo;

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