Las máscaras de Descartes
Laura Klein
Descartes: Se dice de mí…
— “¿Qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que también imagina y siente.”
— “Yo soy, yo existo: esto es cierto. Pero ¿cuánto tiempo?”
— “Yo no soy esa reunión de miembros que se llama cuerpo humano; […] no soy un viento, un soplo, un vapor, ni nada de cuanto puedo figurar e imaginar.”
— “Podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo, ni lugar en que me encontrase, pero no por esto podía fingir que yo no fuese.”
— “Como los comediantes llamados a escena se ponen una máscara para que no se vea el pudor en su rostro, así yo, a punto de subir a este teatro del mundo en el que hasta ahora sólo he sido espectador, me adelanto enmascarado.”
Retazos de un monólogo contemporáneo, diálogo para dos personajes de Ionesco, ironía de un dramaturgo cautivado por torcer el cuello de cisne de la filosofía, estos
parlamentos parecen haber sido escritos por un habitante del siglo XX atravesado por Pessoa, o por Beckett, o tomado por la ambición de desprenderse de la mejor manera de una instrucción clásica demasiado pesada. Sin embargo estas frases las escribió Renée Descartes en el siglo XVII. Los invito a leerlas de nuevo;
pertenecen a Meditaciones Metafísicas1, Discurso del Método2 y Primeros Escritos3. Si no las reconocemos como suyas es porque sus textos quedaron aplastados por su peso histórico y su lectura ahogada en el caldo indiscriminado de las frases hechas o perdidos en el discurso dominante de la filosofía.
¿Qué sabemos de Descartes? Que es el fundador del método científico, de la filosofía moderna y del racionalismo. Que fue el autor de un yo monolítico –precisamente el yo cartesiano –que confía en su poder de discernir, con claridad y distinción, lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto, lo evidente de lo dudoso. Que puso a Dios como garantía del conocimiento y
demostró su existencia de diversas maneras, que lo hizo para evadir la persecución del poder eclesial. Y que separó inexorablemente el alma del cuerpo, haciendo de éste último una mera máquina.
Uno llega a Descartes, como a cualquier otro pensador, con un bagaje importante de ideas, de opiniones previas, consecuencia del lugar que ocupa en la historia de la filosofía. Los manuales de antaño lo elogiaban como el padre de la filosofía moderna, los de hoy lo acusan de haber promovido la expansión imperialista del cogito occidental o la explotación tecnológica del planeta.
Y alguna tarde, frente a la estufa, uno se encuentra con que los textos de Descartes no coinciden con esas ideas. Uno se encuentra con que esas ideas instaladas, o bien no están en el texto o si lo están, presentan matices o torsiones que no se puede ya afirmar que sean aquellas. Uno se encuentra con que Descartes dice y hace otra cosa.
Y experimenta la alegría de escapar –de las opiniones, del canon, de la autoridad, del consenso.
Porque a contrapelo de las interpretaciones que dominan el campo de la filosofía, Descartes, tal como puede seguirse en sus propios textos, avanza a través de la invención más que de un método.
Un genio maligno que se complace en hacernos errar, un dios que engaña a la razón, una razón confundida por el sueño, un sueño que no se confunde con la locura. Como el mito en Platón, las ficciones en Descartes no ocupan un lugar marginal ni didáctico, sino que forman parte de una intriga que nos concierne: al texto y a nosotros, en ambos casos de modo más íntimo del que suponemos. Comenzando por el filósofo fingiendo no tener manos ni cuerpo; o sospechando que alguien lo induce a pensar que el mundo es lógico e introduce en él ideas sin su consentimiento. O por la paradoja con que inicia su obra, al intentar fundar la confianza en sí mismo pidiendo el auxilio del Cielo.
Descartes aplastado
Me complace rogar a nuestra posteridad que nunca crea que proceden de mí las cosas que no haya divulgado yo mismo.
Descartes, Discurso del método4
Después de tres siglos en que el pensamiento de Descartes ha sido repensado, comentado, explicado, resumido, rescatado, puesto en la cima y tirado al abismo o al tacho de residuos, ¿dónde está Descartes? Está claro que existe una pluralidad de Descartes. El Descartes del método, el subjetivista, el del dualismo extremo, el del dios instrumental, el autor intelectual de la tecnologización del mundo, el cobarde que transó por miedo a morir quemado, el héroe que comenzó todo de nuevo. Estas visiones pertenecen a los conocedores y a las autoridades en materia cartesiana, y más o menos interesantes, concurrieron en armar el ícono Descartes.
Descartes como hito en la historia de la filosofía corre el riesgo de suprimir al Descartes escritor, una escritura que hoy tiene algo para decirnos. Objeto de estudio que pone en jaque al
interlocutor.
Si uno va con la intención y la seguridad de encontrar en Descartes lo que ya sabe de él, es muy poco probable que encuentre en su viaje de lectura lo que Descartes escribió. Y a la inversa: si uno tropieza con la narración autobiográfica del Discurso del Método y no supiera que Descartes es un “racionalista”, ¿lo vería como tal?
El punto de partida: la decepción
Imposible leer a los clásicos, dijo Goethe. Cualquier lectura, pero especialmente la de los clásicos
—la Biblia, Shakespeare o el Quijote, Platón, Marx, Descartes y Borges— produce un choque5. Un choque entre lo que esperamos del texto y lo que encontramos. Un choque intelectual y emotivo. No era
5 Más ampliamente y no sólo con los clásicos, afirma Hans Gadamer en Verdad y método, es siempre con un choque que comienza el fenómeno de la comprensión. Choque que puede consistir en que, en el curso de la lectura, se produzca un desacuerdo con el texto o que irrumpa un sinsentido: recién allí el lector cobra conciencia de que lo que está leyendo no lo escribió él sino otro. Y allí, si no abandona, comienza el círculo hermenéutico de anticipaciones y desencuentros que darán lugar, si hay tesón y ventura, a la fusión de horizontes. V. Hans Gadamer Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Salamanca, Sígueme, 1999.
tan interesante como parecían sus ideas cuando las contó X. O:
pareciera que no estoy pisando tierra firme, no puede ser que diga esta ridiculez. O: es demasiado fácil; ¿estaré comprendiendo bien? O:
¡Increíble, encontré un aliado! O: ¿Busco mejor una introducción para no perderme? Disonancias que nos alejan de la idea que teníamos del texto, del autor, incluso de nosotros mismos. En cualquier caso, se trata de la decepción de una expectativa, otra promesa que (felizmente) no se ha cumplido. Pero si el texto coincidiera con lo esperado, si el texto no se apartara de lo que yo, lectora, lector, aun sin explicitarlo para mí, imagino encontrar, he fracasado malamente.
Supongamos mejor un buen fracaso: el texto no coincide pero no dejamos de leer y comienza la aventura. Empieza con la decepción, sigue el curso de los acontecimientos felices o infelices que deparan los encuentros y desencuentros sucesivos, remonta el curso que el autor remonta, y el choque a la vez intelectual y emotivo finalmente deviene sintonía.
En el caso particular de Descartes, esta experiencia de inadecuación, este desencuentro, van a repetir el acto fundacional de Descartes. Porque esto es precisamente lo que le sucedió respecto de los clásicos de su época y así lo cuenta en el autobiográfico capítulo I de su Discurso del Método:
“Fui criado en el estudio de las letras desde mi infancia y como me insistían en que por medio de ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil para la vida, tenía muchos deseos de aprenderlas. Pero en cuanto hube acabado todo esta carrera de estudios, al cabo de los cuales existe la costumbre de ser recibido en el rango de los doctos, cambié enteramente de opinión. Pues me encontraba enredado en tantas dudas y errores que me parecía no haber obtenido ningún provecho, al tratar de instruirme, sino que había descubierto cada vez más mi ignorancia.”6
No les sucede a todos en la misma página, ni con la misma intensidad. Quienes saben quién es Descartes lo padecen con mayor frecuencia, aunque pocos confían en sí mismos lo suficiente como para no mantenerlo en secreto y compartir la experiencia. La cuestión
es que uno empieza a leer el Discurso del método y ocurre que, si su alma lo tolera, se defrauda. O es demasiado claro, o demasiado alegre.
Un tanto pueril y un poco desprolijo. Extrañamente ligero en su andar.
Los textos que Descartes escribió no le llegan a los talones a la estatura que tiene en la historia. Su modo de escribir, de derrapar por momentos, su ritmo diverso según si va hacia el hallazgo del ¡pienso, soy! o hacia la demostración de la existencia de Dios.
Esta violenta inadecuación entre lo que se espera de un filósofo y el encuentro con él, abre paso a esa loca experiencia, para todo escritor o lector, de pensar. Entonces, quien pueda sentir fugazmente la sorpresa, y la pregunta, de cómo este hombre llamado René Descartes ha llegado a ser considerado el fundador de la filosofía moderna, repite la experiencia iniciática, el gesto cartesiano de atreverse a poner en suspenso la autoridad y su poder, no admitiendo como verdadero ningún conocimiento que no lo sea para sí.
Dicho de otra manera: la importancia de Descartes ha de ganársela cada lector. Más aún hoy, cuando su canonización constituye un obstáculo, y hasta una muralla, para ello (y los recursos para acceder a su lectura —y a las lecturas de sus lecturas— están a contrapelo de las pedagogías dominantes). Quien tiene el coraje de poner en suspenso la importancia de Descartes, ha honrado la primera condición que éste exige para poner en práctica lo que él llama su “método”.
Este fragmento forma parte del ensayo Las máscaras de Descartes, de Laura Klein, ganador del 2° Premio del concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes en la categoría Ensayo, año 2016. La obra completa aún está inédita.