Diario de un Coach
PNL, Inteligencia Emocional, Hipnosis, MHRP
Dr. Benigno Horna
2013
www.benignohorna.com
www.mhrp.net
© Benigno Horna de la Cruz
Editorial MHRP Benigno Horna de la Cruz
Calle Mirador del Prado 6-1B 28400 Collado Villalba Madrid España
Tel: (34) 607525006
Email: [email protected] www.benignohorna.com www.mhrp.net Para Susan God
Alberto Nasta Verón y Juandiego Nasta Morales
Agradecimiento
Un agradecimiento muy especial para Nilda Requena, que me ayudó a corregir el libro y ha quedado mucho mejor después de su trabajo. Para todas las personas que lean el libro.
Para mi hija Irene, es sin duda lo mejor que me está pasando en la vida- A mi familia, mi madre, a mis hermanos y cuñados. Mis sobrinos y mis difuntos que viven conmigo.
Para P.G.R, para IGSS, Concha B, MVBC, AEZ, TTVG, JHG, LDPJ, MIQG, MTPS.
Luis y Javier Clemente, Tomás Arenal, Rosario Tiertz. Carmen Carnero, Miguel Ángel Lobo. Ecocentro, María José Muñoz. Nazaret Romero. Soledad Ossuna, José Luis Wagener, Ross Galán. Isabel María Quesada González, que es la mejor terapeuta que conozco.
Ruth Zamora, Raúl Álvarez, Alejandro Ramos, Stephane Blay, Pablo Samper.
Miguel Gómez, Javier Pintor y Edu Fuentes. Adolfo Pérez Agustí. Yolanda Delgado Donoso y Kiara. Fernando, José y Birgit y Luis Cobo. Lorena Cano, Irene. Elsa y Willy
Martin Olsen, de la BIU. Edy Morales, Juan Enrique Cardiñanos, Antonio Calleja, María del Prado Moreno, Vera Frago. Noemí López.
Graciela Anderson. Roberto Contreras. Juanjo y Magacha Juste O. Javier Bordona, Jaime Jiménez Burillo, Pocholo Gandía.
Rosario Romero, Albert, Frederic y Ana Sala Dalmau. Antonio y Milva. Mar Asenjo Vilares, Sandra Ayoso y Coke.
Marta Torre, María LR. Jesús Fernández de Letra Clara. Miren Larrazabal, María Vara Santiago, Lourdes Sanz, Lucía Domínguez S., Sissy Rojas, Patricia Sancho I, Nancy Escalante. Rico Alcona. Borja Milans del Boch.
Padre Oscar. Jaime Javier Esquivel. Club Rotarios y 20 30 de David. Carlos Fajardo Arias, Mariangela Lemus, Mavi Sallé Y Ñoñe, Liz Tapiero de Saavedra, Luz Marisín González A, Carlos Saavedra. ADA. Pablo Herrera Reveco, Pamela Ledezma Jurado, Paola Kieswetter, Pirim, Manuel Ramón Guerra, Shantal Barría, Estampas de mi País. Elida Guerra y Roger Guerra, sin olvidarme de mi querido Don Ramón.
Erick Roy Minchola Renteria, Nancy Escalante, Lorena, Inés A., Elena Font, Josepe García, Concha Hidalgo, Arantxa Escot, Ana Garex, Ali Gon Ces, Betty Velarde.
Miguel A. Viñas. Carlos Alberto Cornejo y Raúl Herrera que QEPD. Fernando Flores Labra, Humberto Maturana, Rafael Echeverría.
Al Palacio de Fortuny en especial a Javier Merino, Javier Pintor, Tony Párraga “Tony Manero”, Javier Carrera Matesanz, Iñigo de Lorenzo, Bárbara Lozano, Miguel Fontes, Pablo de la Plaza, Pedro Espinosa, Antonio Villagomez, Víctor Manuel Martín, Carlos Mingues, Claudio Catinas y Miriam, Sorin Catinas, Antonio Silos, Aurelian Sariu, Cristian Simion, Bogdan Lungu, Cristian Simion, Florin Cosma, Dragos Garjan, Josechu Pérez d M, Cano de Santiago, Mónica de Tomás Villarín, Roxana Díaz, Iván Narváez, Jaime Villanueva, Ronnie Ghosh, Virginia González Veles, David de las Heras, Víctor Huerta Murillo, Christian Jönsson, Massimo Lazzaro, Alejandro Maritzia, Juan Salvador Martínez, Tommy Mun, Alberto Pérez Couceiro, Borja Pardo, Dragotron Pepinov, Arnaldo Alonso Pinto, Felipe Pinto y Familia, Luis Pires, Pedro Queipo de Llano, Rade Petrovic.
Mercedes Raigada, Carlos Salord, Antonio Luis Santamaría, Borja Tamargo, Dani Tudose, Mirela Tudose, Alicia Valerio López, David Villanueva, Natasa Vujnovic.
Arturo Pérez Wong. Raúl Abad, Marta Adell, Adrian Cionca, Christina Aguado, Menna Andrade, Mónica Andrés, Juan Carlos Antequera, Ela Marlena A., Cristina Arrabal, Paul Asavei, Lourditas Barlop, Victor Nogueira Barrón, María Bello, Rómulo Betnaza, Chris Börjesson, Tatiana Calderón, Eva Cerezo, Lucía Cerezo, Sunil Chainani, Rosa Iglesias C., Esther Codina, Rebeca JR, Lourdes Crespo, Luis De La Portilla, Alberto de Miguel, Javier Villarroya de Soto, Carlos Herraiz, Mila Ferré.
Carlos de Santiago Ferrero, Javino García, Dragos Garjan, Beatriz Ruiz Gómez, Antonio Gómez Herrero, Rafael Hidalgo Crespo, Chema Infante, Ionela Ionela, África Jareño, José Luis Jota, Vasile Lucaciu, Alberto Moya, Rosa Blasco M. Dani Tuduse, Jonhy Mentero, Antonio Montesdeoca, Alfonso Mora, Catalin Vasile Movila, Alejandro Oltra, Alicia Ortal, Borja Pardo, Arnaldo Alonso Pinto, Luis Pires.
Mercedes Raigada. Tamara Ramos, Ritchy Ritch, Inés Riviero, Ana Belén Rodríguez Saíz, María Romero, Beita Ruiz, Leticia Sabater Alonso, Fernando Salvador, Curro Sanguino, Antonio Luis Santamaría, Tina Clarissa Sieger, Cristian Nicolae Simion, Carlos Torlonia, Ramón Torre, Meri Vaamonde Castro, Ella Valencia, Eva Sonse, Jackeline Suárez,
Gabriela Monsalve, Carmen Chili Álvarez M, Sophia Villarroel, Ana Belén Rodríguez Saiz.
A mis primos: María Luisa, María Eugenia, Ceci, Lupe, Pancho, Rosaura, Roy, Chalito, Eduardo, Martín, José Manuel, José Ángel, Zara Mesa H. Lissy de Horna y a los que no están en Facebook y se me han pasado.
Prólogo
Diario de un Coach, es un libro que va mucho más allá de la pura teoría. Seduciendo y enamorando a la magia del amor. Al chamanismo y a la espiritualidad pragmática.
Narra cómo el protagonista Félix Gómez y otros personajes, son capaces de integrar la PNL, la IE, el Coaching a su vida diaria y como se pueden asimilar en cuestiones claves como la salud, la armonía, el éxito, la abundancia, el amor, el trabajo, el tiempo libre, las relaciones con los demás...
Por otro lado, Susan God, es una mujer que ha sido vapuleada por la vida y decide vencer a la muerte y enfrentarse a ella, con la mejor arma que tiene: El saber lo que quiere,
pagando su precio y disfrutándolo. “Quiero vivir este momento, como si hoy fuese mi último día en la tierra y al mirar desafiante a la muerte, confesarle que hoy he vivido intensamente y que mañana lo volveré a hacer”.
Hemingway pensaba, que un escritor, si sirve para algo, no describe la realidad. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o interpersonal y es eso lo que yo he
realizado. Las historias de los clientes, están basadas en hechos reales y escritos con el permiso de los actores.
Es una historia de amor, de sexo, de aventuras; es un grito de vida y de . De cómo el destino nos pone los obstáculos y nosotros decidimos el camino. Muchas veces abandonamos nuestros sueños por miedo a fracasar o peor aún, por dudar de poder hacerlos realidad.
su pasado. Creemos el presente y también nuestro futuro, recordando que la vida no se elige; se vive.
8 de Mayo 2013, Playa de Vera, Almería, España
Capítulo I
De un instinto mágico, a un regalo inesperado.
6 de Julio Santa Rosalía. Baja California Sur, México
Aquella tarde me encontraba en el oeste de México, en una parada de autobuses
concretamente en Santa Rosalía, en Baja California Sur, esperando la salida del siguiente autobús que me llevaría a la Paz, Capital del Estado, para desde allí, continuar mi camino, concretamente hacia Cabo San Lucas, donde me esperarían unos amigos. Acababa de leer una frase de Pablo Neruda que me había impactado mucho y que recuerdo decía:
"Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”
El atardecer era cálido, típico de aquella región de México y en el techo de la estación, una especie de abanico destartalado, movía el poco aire respirable, que habitaba, en aquel tórrido lugar. Por la megafonía se podían escuchar las canciones de Danza Invisible y aquello hacía un poco más soportable la larga espera.
Quería llegar a mi destino lo antes posible, para así poder bucear en esas profundas y frías aguas, -por lo menos para mí-, del Mar de Cortés, en busca de las ballenas grises,
tiburones martillo, lobos de mar y delfines, que tanto atraen a los turistas de todo el mundo.
Sobre cualquier tipo de conjeturas, mi intención era la de empezar una nueva vida, ya que tenía todos los elementos en mi mano, para hacer de mi vida, una aventura arriesgada, cada vez que respiraba.
Mientras tarareaba, "Era lindo mi caballo, ligerito como el rayo", pude observar como una radiante mujer, se sentaba justo delante de mí, como a unos tres metros de distancia. Y fue cuando tuve un instinto mágico, de que ella sería la mujer de mi vida.
Solo nos separaban unas lozas de ónix, que hacían de suelo, en aquella "piquera de buses", lo más parecido a un tablero de ajedrez. Escuchando los corridos de caballos, observaba la figura de la mujer que me resultaba un tanto desconcertante. Su apariencia externa era normal, pero había algo en su interior, que no me dejaba respirar con tranquilidad. De reojo la analizaba, pensando que debía de medir alrededor de un metro sesenta y seis y pesar unos sesenta kilos.
Llevaba puesto un blue jean, una camisa vaquera de color azul claro de manga larga y un jersey blanco en la mano. Unas zapatillas de deporte a juego y tenía las piernas cruzadas, así que deduje que no sería probablemente nativa de aquel estado.
Debía de tener cerca de treinta años, en realidad tenía -cuarenta y cuatro- y su aspecto era mitad una pintura de Monet, lo cual le proporcionaba, un cierto aire de dulzura y de
indómito a la vez, al más puro estilo salvaje de Gauguin. Sus ojos de color indefinible, algo achinados, eran salvajemente hechiceros y su aura resultaba magnífica. Por un momento pensé, en la dicha de poderme perder en aquellos ojos todos los días de mi vida y en ese cuerpo, a cualquier hora…
Sus labios naturales eran junto a su tímida sonrisa, la imagen que tenía en mis sueños de la mujer, de la que yo debería enamorarme. Llevaba media melena y lucía el pelo negro zaino liso, con raya en medio. Sus ojos me habían cautivado, desde el primer momento en que se habían cruzado con los míos y aquello me producía una sensación de escalofrío, que recorría todo mi cuerpo… y aún hoy, al recordarlo, sigo temblando y sintiendo vibraciones como si me encontrase totalmente desnudo en mitad de un glaciar y solo la tuviese a ella, para poderme abrigar.
Empecé a tararear “Labios de Fresa, sabor de amor” y tanto el olor como el sabor y la sensación que tenía, cambiaron de pronto. Mi sonrisa era tan grande como una autopista alemana, sin darle apenas importancia de lo que pudiesen pensar, las personas que nos rodeaban.
Se estaba protegiendo de mí y yo sin saberlo, lo que le había producido, era una cierta repulsión, por mi actitud tan provocativa y un tanto irrespetuosa.
Al darse cuenta de que continuaba observándola o mejor dicho, la acechaba con mi
mirada, sacó de su bolso una cinta de color rojo y se recogió el pelo en señal de desafío, o por lo menos, esa fue la interpretación que tuve de aquello. Primero se enrolló la media melena con las dos manos, hizo un gesto de desplante hacia atrás y con una pericia pasmosa, se hizo en pocos segundos, una cola de caballo.
Yo tenía ya todo el valor para levantarme y sentarme a su lado, aunque al oír "Camino de Guanajuato" me acordé que "la vida no vale nada", si no hacemos que cuente todos los días. Pero en México uno debe tener mucho cuidado a la hora de comunicarse con las mujeres, sobre todo si estamos lejos de una ciudad turística, aunque sin saberlo, Santa Rosalía, sí que lo era.
Por mi cabeza pasaron cientos de preguntas, que me hubiese gustado hacerle y cuando me decidí a levantarme, apareció de pronto un hombre de aspecto rudo, que se sentó justo en el asiento, donde yo me había visualizado, segundos antes, a su lado.
Le traía la cena y unas cervezas. La comida estaba envuelta en un plato con servilletas y tal fue mi sorpresa que me eché a reír a carcajadas. El hombre en un principio se mosqueó un poco, pero al ver en mi cara, que mi sonrisa era incontrolable, se acercó y me dijo:
-¿Gusta?
En lugar de preguntarme: ¿De qué se está riendo gilipollas?
Si hubiera sido del todo sincero, le hubiese dicho que sí, pero él, me hubiera entendido, que mi respuesta era sobre la comida que me ofrecía y lo que realmente me provocaba, era aquel pedazo de mujer que estaba sentada a su lado.
Me preguntó para marcar su territorio, que si yo era gringo y le dije que no. Que era del Estado de Oaxaca, pero que en el fondo me consideraba gachupín.
En ese momento el señor gritó:
-Lupe, pon a Julio Iglesias que el Licenciado es español.
Por fin nos presentamos a la manera chicana y le dije que me llamaba Félix Gómez. Él me respondió con un "Toño González". Nos miramos desafiantes a los ojos y él entonces me preguntó sobre mi destino final. Al responderle hacia donde me dirigía, me comentó que ellos irían solo hasta La Paz, que era como la mitad del trayecto que me quedaba. Durante unos minutos hablamos de cuestiones sin importancia, siendo observados por la mujer, de los ojos negros felinos, que ya se había quitado las oscuras gafas de sol.
Ella me atraía de una manera hipnótica, ya que con su mirada me había hechizado y sentía en todo mi cuerpo un verdadero flechazo, lleno de electricidad como si Cupido me
brindara la oportunidad de enamorarme, o quizá, ella se estuviese riendo de mí. Al despedirme del señor González y volverme a sentar, puse en mi Walkman la canción, “Honey”, de Bobby Goldsboro y cerré mis ojos y me la imaginé bailando rodeándola con mis besos por todo su cuerpo.
Minutos después, al oír a Ritchie Valens, cantar la Bamba, ya me la suponía desnuda, haciéndole el amor. Durante algún tiempo indeterminado, estuve obsesionado poseyéndola al ritmo de la música y al abrir mis ojos, ella se levantó de pronto y sin decir nada, dejó los platos de comida sobre una silla y se ausentó sigilosamente, como si de una pantera negra se tratase.
A los pocos minutos regresó y pude comprobar que se había peinado y lavado la cara. También pude observar, ese extraordinario cuerpo –por lo menos para mí- que tenía. Se me acercó y mirándome fijamente a los ojos me dijo:
-Me llamo Susan God
Me tendió la mano como si ella fuese en realidad un hombre. Le respondí diciéndole el mío y noté como hablaba con un acento extraño. Nos comentó a Toño y a mí, que el
autobús se retrasaría unas horas, así que sin decirnos nada, nos fuimos los tres a dar una vuelta por el pueblo, que estaba en fiestas que supuse, serían patronales.
Ya en la calle, lo primero que vimos, fue la salida de la luna, que estaba preciosa y lucía un color amarillo naranja y se elevaba sobre una pequeña montaña. El sabor de mi boca, tenía un ligero gustillo a chocolate con leche extrafino. Caminamos sin rumbo fijo y debí de ganar muchos puntos, al llevarle su maleta que a Dios gracias, tenía ruedas y no pesaba demasiado, aunque no entendí que Toño no se hubiese opuesto. En una especie de puesto de hot dog, nos compramos unos “raspados” hechos de hielo, leche condensada y
caramelo líquido.
aquel espectáculo me motivó una vez más. Recuerdo que Toño nos dejó solos a Susan y a mí, ya que se fue a saludar a unos conocidos que se encontraban tomando una cerveza en una terraza, que daba a una estrecha calle, por la cual caminábamos. Siempre he sentido un profundo respeto por las personas y máxime si son mujeres. Sin querer podía ofenderle, así que con un ojo percibía a esa maravillosa mujer y con el otro disimulaba mirando hacia el otro lado.
Durante unos minutos estuvimos esperando a que Toño regresara y para romper el hielo, le dije a Susan mirándola fijamente:
-Señora, usted no es de por aquí y no lo digo por el acento.
Ella no me contestó y durante algunos segundos se hizo la indiferente, hasta que se oyó a lo lejos, como en una atracción de la Feria, la canción "La Feria de las Flores” cantada por Don Pedro Vargas.
Estábamos en mitad de la vía, cuando un coche de doble tracción me trajo a la realidad. Tomé a Susan del brazo y la aparté violentamente, con el tiempo oportuno, que nos permitió no ser arrollados por aquel ruidoso vehículo, conducido por un chaval güero o rubio teñido, melenudo con pinta de Neanderthal.
Al pasar tan cerca de nosotros el carro, ella estuvo a punto de caerse y la tuve que sujetar por la cintura y sin querer o queriendo, vaya usted a saber, rocé levemente sus pechos con mi mano y al ponerla de pie, tomándola por su espalda, durante unas milésimas de
segundo, la abracé completamente, como envolviéndola en un abrazo profundo, por primera vez en mi vida.
Ella se dio la vuelta y de frente, el uno del otro, me dijo, sonriendo, que ese abrazo no había sido muy cristiano y tan solo asentí con una sonrisa de satisfacción por lo que acaba de hacer, mientras nos quitábamos la electricidad que al abrazarnos, habíamos provocado.
Me dio las gracias y fue cuando me preguntó de una manera un tanto satírica, que por qué yo sabía que ella no era de ese Estado. Le contesté que la había visto, en la parada del
autobús, cuando Lola Beltrán cantaba "Qué lejos estoy del pueblo donde he nacido", la había observado salirse de su cuerpo y volar a otro lugar, pero no pude distinguir adónde. Me preguntó, a que sitio creía yo, que ella se había ido y no supe responderle.
Entonces me sonsacó que si yo era un corredor de carreras de carros, lo cual no entendí demasiado, ya que, muchos de los extranjeros que pululan por Baja California, estaban buscando constantemente aventuras arriesgadas.
Observé que delante de nosotros, había una especie de pizzería, que tenía aire
acondicionado y la invité a cenar y fue cuando estando sentados frente a frente, con un par de platos de pasta en medio de nosotros, empecé a conocer a esa mujer que me resultaba tan apasionante. Sin perder de vista la llegada del autobús la escuchaba e intentaba
interpretar todo lo que ella me decía. Para impresionarla y conocerla mejor, le leí la mano y dejé que ella poco a poco se fuese abriendo y dejara de lado su ironía inicial.
Ella al principio se negó a dejarme ver sus manos, aduciendo que hasta ese momento nadie se las había podido leer. Hacía muchos años, una señora mayor lo había intentado y le había dicho que tendría una vida difícil. Su mano izquierda, tan solo tenía dos líneas marcadas y le faltaba la tercera, así que al decirle lo que significaba, intrigada me dejó que siguiera.
Quien no ha amado con pasión, ignora la mitad más hermosa de
la vida.
Dios mío, me estaba enamorando y a la vez, me sentía algo perturbado, por el miedo y placer que aquello me proporcionaba.
Entonces me explicó, que desde muy niña, había soñado con encontrar a un hombre, con el cual compartir su vida y que al conocer a su marido, lo había dejado todo por estar con él. El problema fue que él, nunca hizo lo mismo por ella. Tuvieron dos hijos y aunque creció mucho como madre, en los demás aspectos de la vida se consideraba una mujer bastante pequeña y en el fondo, fracasada.
Me preguntó, que si estaba casado y como es lógico, le contesté que no y que iba camino de Cabo San Lucas, para trabajar en un asunto que me traía entre manos y que me llevaría algunos días resolverlo.
Le comenté que luego buscaría un pueblo apartado del turismo, para alquilar una casa y poder pasar un buen tiempo poniendo mis ideas en orden.
Entre trozo y pedazo de pizza Hawaiana, mi situación no era del todo normal. Por un lado tenía tanta hambre que mi educación me impedía parecerme a “Alf”, el extraterrestre de la
televisión, que no podía resistirse a una buena pizza comiéndola sin pausa, ni tampoco a un buen gato, aunque en esto “Alf” y yo éramos bastante diferentes, ya que en lugar de
comerme a los felinos, me encanta alimentarles.
Mirándola a los ojos, me la imaginaba, perdiéndose en mis brazos, a la vez que yo, hacía lo mismo, en cada parte de su cuerpo. solo el sabor agridulce de la piña, el jamón y el queso, paliaba un poco mi ansiedad carnal, aunque con cada palabra y gesto que intercambiábamos, mi deseo de compartir mi vida con ella, iba ganándole el terreno, al mero asunto sexual.
De pronto, mirándome fijamente y después de beberse un trago de cerveza Coronita de la botella, que contenía un limón dentro, me preguntó que si estaba escuchándola y yo le contesté:
-Claro que si lo hago. Ocurre que tengo mucha hambre, ya que yo no había cenado anteriormente.
Me explicó que tardaba tanto entre bocado y bocado, ya que tenía apenas apetito y me dio su indulgencia, para que me la comiera casi del todo en un santiamén. Con una sonrisa que yo entendí un tanto pícara me dijo:
-Espero que en otras cosas tan importantes de la vida, no sea usted tan rápido…
Me di cuenta que ella lo estaba pasando mal físicamente y le ofrecí mi ayuda desinteresada. Se levantó de pronto y se fue directo al baño y mientras la esperaba, intentaba imaginar lo que le podía estar pasando. A solas pensaba, en lo difícil que nos resulta a los hombres, entender algunos comportamientos de las mujeres.
Tardó varios minutos en regresar y me di cuenta de que se había soltado el pelo y puesto una especie de flequillo que me impedía verle los ojos con claridad. Me comentó
señalándose su estómago, que algo le había sentado mal y fue cuando le pregunté que si sabía nadar. Ella modificó inmediatamente sus facciones, se echó a reír y desafiándome con sus gestos, para que cuando quisiese, iríamos los dos a bucear en el mar abierto con snorkel y aletas, rodeados por tiburones.
Su cara cambió de pronto y pude sentir que su cuerpo seguía “malito”, así que saqué unas pastillas de Sal de Frutas, que al dárselas, le ayudó bastante con su acidez estomacal. Aquella escena me recordó a la primera mujer a la que había amado años atrás…
Amor a primera vista. ¿Es posible?
De pronto se me quedó mirando, como retándome y modificando su estado de ánimo, me hizo la siguiente pregunta:
-¿Alguna vez se ha enamorado a primera vista; el día en que conoció a una mujer?
Dudé en contestarle y le dije que sí, que lo había hecho, en alguna ocasión en mi pasado y fue cuando me pidió que se lo contara. Así que le dije:
-Tendría unos quince años y medio, cuando me enamoré por primera vez.
En ese momento cerré mis ojos y estirando mi cuerpo me transporté al pasado. Me visualicé en un baile juvenil en España y nada más ver a Pilar, en un club deportivo llamado “Parayas”, le pregunté a mi hermana, que quién era esa chica tan interesante.
Me dijo que era una compañera suya del colegio y me pidió que me olvidara del tema, ya que era mayor que yo.
Después de rogarle que me la presentara y poder mirarla a sus ojos, se escuchó por los altavoces a Simón & Gardfunkerl interpretar “Puente sobre Aguas Turbulentas”. Para colmo, ella era más alta y llevaba gafas, así que tenía que hacer un esfuerzo para apreciar lo precioso que resultaban sus “achinados” ojos.
Yo me había emocionado visualizando aquello y se me había formado un nudo en la garganta y sobre todo, en el estómago y aquello me impedía continuar, hasta que al abrir los ojos, veía a Susan que me decía que continuara mi relato.
Cerré mis ojos y me visualicé otra vez, aquella tarde de verano bailando en medio de la pista, años atrás y recordé -como si volviese a vivirlo-, cuando le pedí mirándola
profundamente a sus ojos que si quería ser mi novia.
Ella se quedó muy sorprendida y a continuación, se rió mucho de mí y haciéndome un pequeño desplante, me dejó en mitad de la pista, en medio de aquella gente, a la que yo no conocía.
Me quedé de piedra, ya que no entendía lo que le había pasado y tuvo que venir mi hermana mayor a rescatarme y al preguntarme por lo que le había propuesto a su amiga y después de contárselo, me explicó que en Santander a primeros de los años setenta, las personas que se hacían novios, era para casarse.
Entonces, le dije a mi hermana, tomándola del brazo y con una seguridad pasmosa: -Yo me casaré con Pilar. Te lo aseguro, es la mujer de mi vida.
Vuelta a la realidad, durante algunos segundos, nos miramos a los ojos sin apenas decirnos nada, hasta que Susan, me tomó de la mano para darme ánimos y me pidió que
continuara.
de nuestro primer baile, salimos por primera vez solos a merendar, a una cafetería llamada Lealtad, y que dos meses después, nos hicimos novios. Con ella aprendí el significado de amar y de sentir que la vida era maravillosa. La he querido con toda mi alma y ella pasó a ser mi todo, mi mundo, y también mi asignatura pendiente. Me enseñó que el verdadero amor es Eviterno, que tiene principio y no final.
Luego la perdí por una estupidez y lo peor de todo fue que asistí a su boda un ocho de diciembre, nueve años después de aquello.
-¿Cómo fue que asististe a su boda? ¿Qué fue lo que sentiste?
-Me sentía, lleno de amargura, viendo cómo definitivamente perdía a mi novia de toda mi vida. La que siempre debió de ser mi mujer; aquella tarde perdía a la única mujer que había sido capaz de querer. La única que me había hecho vibrar de felicidad. La única que me había visto llorar por su amor.
Durante unos minutos estuve pensativo, ya que me sentía afectado por la emoción de haberla recordado. Hasta que tuve el valor de proseguir:
-Curiosamente fueron de viaje de novios a California, porque la hermana del marido vivía allí y recuerdo que habían estado también en Tijuana. Qué coincidencias Dios mío.
La magia de nuestro primer amor, es la absoluta ignorancia, de que alguna vez ha de terminar
Saliéndome de mi cuerpo, como si estuviese haciendo un viaje astral le expliqué:
-Desde el último banco de la iglesia, veía a cámara lenta, como si fuera una película de terror, lo que allí ocurría; me encontraba aturdido. Mi hermana pequeña quiso comulgar y yo la acompañé. Allí delante del altar la miré de reojo y un par de lágrimas cayeron de mis ojos. Fueron las últimas que me brotaron en muchos años. Al terminar la ceremonia, me encontraba inexplicablemente tranquilo. Ya no tenía nada que perder; lo había perdido todo. Sentía que una parte de mi cuerpo me faltaba y que volaba, estando de pie.
Lucía su traje blanco, de novia, pero no lo vestía para mí. Recuerdo sus últimas palabras como si hoy mismo las hubiese oído. Ella me dijo:
-Mírame a la cara y sonríe. Tú eres un gran hombre y yo me siento muy orgullosa de ti y de nuestra relación, y estoy segura de que algún día encontrarás el equilibrio que ahora te falta y a la mujer que tú te mereces.
¡Siempre te querré, Félix Gómez! Y me dio un beso rozándome los labios. Su último beso.
-muchos años despuésseguía siendo una terrible pesadilla. Yo lloraba por dentro, sin lágrimas, ya no tenía; y supe que después de aquello, pasarían muchos años sin que esa sensación pudiera desaparecer, porque nunca podré secarme esas lágrimas que nadie vio...
Delante de una persona casi desconocida, al igual que lo había hecho, años atrás con Cristina en el Parque del Retiro de Madrid, me confesaba a lágrima viva y seguía
ensimismado anclado en mi pasado, sin haberlo podido ni querido superar. En ese instante di un paso muy importante en mi vida y empecé a expulsarlo vomitándolo, ya que si me lo seguía conteniendo, no podría atraer el amor que deseaba. Joder, yo no quería recordar más mi pasado.
Quería encontrar el amor de verdad y Susan era tan magnética para mí, que si hubiese podido elegir, en ese mismo momento, me hubiese casado con ella, sin pensármelo, allí mismo.
Muchas veces nos enamoramos de un ideal, de lo que creemos que es la otra persona. Y qué coña, -yo no la conocía-, pero mi intuición me decía que era ella mi media naranja, aunque la acababa de conocer. Estuvimos unos minutos en silencio, hasta que me preguntó, que cuánto tiempo había tardado en superarlo.
Tuve que reconocerle que pasaron dieciséis años, hasta que otra mujer llamada Concha B., nacida ese mismo día, un seis de Julio, me robó el corazón.
Viajo tanto por el mundo huyendo de mí, que un día Pilar, me regaló una agenda donde ponía: “Cuando en Madrid sean las diez de la noche, donde Félix esté serán”…
He viajado tanto como para perdonarme el haberla dejado escapar y a todos los países que he visitado, la he llevado conmigo. Me convertí en un Quijote que recorría países para ofrecérselos a su amada y que así ella, nunca me olvidara…
Sin haberme dado apenas cuenta, durante muchos años de mi vida, viví sin perdonarme el haberla perdido y como aquello me había anclado en el pasado, -de lo que nunca volverá-, me imposibilitaba ser feliz con ninguna mujer en mi futuro. Era hora de modificar el
anclaje. De qué me servía el haber estudiado tanta IE, PNL, MHRP, si luego yo no era capaz de asimilarlo y modelarlo en mí día a día.
Rápidamente tomé una gran decisión recordando una de las películas que más me han inspirado, sobre todo a la hora de hacer el Camino de Santiago, que es en realidad, el camino de la vida diaria, donde en “The Way”, el hijo le decía al padre:
-La vida no se elige. Se vive.
Vueltos a la realidad del presente, vi que Susan estaba muy decidida a decirme algo, ya que se tapó su boca y después de haberse tomado un trago de cerveza, para coger fuerzas
tomó mi mano, la besó y me dijo muy tiernamente, mirándome a mis ojos fijamente:
-¿Se casaría conmigo?
-Me casaré contigo Susana. Mi intuición me dice, que lo dé por hecho.
Entonces me levanté y por primera vez, rozamos nuestros labios. Durante unos segundos estuvimos mirándonos alucinados o por lo menos, yo sí que lo estaba. Entonces me preguntó:
-¿De qué vamos a vivir?
-Yo tengo un buen trabajo, vivo muy bien y no nos faltará de nada. ¿Y usted de qué trabaja?
-Trabajo en un restaurante y gano muy buenas propinas. También pesco langostas y sé algo de mecánica. ¿Quiere que tengamos hijos?
-Mire Susan, estoy un poco loco, pero por esto no paso. Discúlpeme, hasta ahora le he dicho lo que pienso y le he entregado mi corazón sin apenas conocerla. Yo sé que usted es muy joven, pero para mí, el solo hecho de pensar en ser padre, me supone una gran responsabilidad y ya no me veo motivado por ahora para serlo. Así que si quiere ser madre, dejo de ser en este momento, su futuro marido.
Ella soltó una gran carcajada y muerta de risa me dijo:
-Tengo dos hijos. El mayor de 22 años y el pequeño tiene 20 y para que sepa, tengo 44 y todo lo que le he dicho, también ha salido de lo más profundo de mi corazón y pongo a mi abuela de testigo.
“Quid Pro quo”, le recordé.
Así que le tocó a Susan confesarse y contarme como conoció a su primer amor. Me dijo que fue un treinta de Agosto y que ella tenía trece años y él, catorce. Que se conocieron en su Colegio de las Monjas, y que nada más verse, salieron a bailar “La Pollera Colorá” y que él, le dijo que tenía que hacer algo muy importante después de bailar la pieza.
Susan se quedó muda, supongo que sentiría, lo mismo que yo había experimentado anteriormente, cuando me dijo, que él se había ido corriendo, donde estaba la que hasta ese momento había sido su novia y le había dicho que en ese momento cortaban. Regresó donde estaba yo y me pidió ser su novia. Y nos dimos un beso. Mi primer beso de amor se lo di a un chico desconocido aquel sublime día, de Santa Rosa de Lima, en el Colegio Nuestra Señora de los Ángeles, de San José de David.
-Todo iba muy bien, hasta que sus padres y los míos se enteraron de nuestra relación y como él, era judío y yo católica, un viernes en que nos vieron juntos, nuestros padres decidieron separarnos y a él, lo mandaron a otro país y lo peor de todo, fue que no nos dieron tiempo de despedirnos.
Aquel día, me arrancaron el corazón sin ponerme anestesia. Todavía hoy me duele, pero cuánto mundo he conocido. Las cartas que nos mandábamos, nunca llegaron a su destino, ya que nuestros padres nos las censuraron. Tardé también dieciséis años en volverla a ver y fue cuando comprobé, que ninguno de los dos, éramos los mismos, que habíamos sido, siendo adolescentes llenos de amor, de antaño. Sí vivimos en el pasado, nunca seremos capaces de perdonarnos la pérdida y eso nos imposibilitará el ser capaces de darnos nuevamente, sin temor a perder, viviendo intensamente nuestro presente.
-Qué casualidad. Se ha dado cuenta que tardamos los mismos años en empezar a superarlo.
“El recuerdo que tiene el ser humano de los días pasados, es la balanza con la que se pesa nuestra vida. ¡Dichoso aquel que al mirar atrás, descubre que la desgracia inicial, se ha transformado en la dicha actual! Pero desgraciado es quien, al recordar su pasado, solo siente la tristeza de un solitario arrepentimiento” José Ortega y Gasset.
El silencio del recuerdo fue roto, por un camarero, que nos llenaba las bebidas, mejor dicho a mí, mientras que a ella, le traía otra cerveza. Nuestro estado de ánimo cambió, al oír a Leonardo Fabio, cantar “O quizás simplemente le regale una rosa”. Después de habernos pedido mutuamente en matrimonio, volvimos a juntar nuestras manos y fue cuando las feromonas de amor, empezaron a reproducirse, como si se tratase de una reacción en cadena.
Para cambiar el tema, hablamos de algunos viajes que ambos habíamos hecho por Sudamérica y la asombré con mi conocimiento sobre Martín Fierro. Se quedó bastante sorprendida por aquello y fue cuando me dijo que su padre, era un verdadero enamorado de la filosofía del poema. Entonces me la jugué y me puse a cantarle casi en su oído, “Mi viejo” de José Piero. Ella inmediatamente se puso triste y me dijo que esa era una de las canciones favoritas de su padre. Entonces al que le saltaron las lágrimas, fue a mí, ya que también lo había sido de mi difunto padre. Nos abrazamos, dándonos toda la ternura que podíamos y así estuvimos enlazados, unos minutos recordando a nuestros progenitores, sabiendo que el mío, estaba en espíritu, detrás de mi espalda, animándome.
¡Dios mío, como echaba de menos a mi padre!
Ella me dijo que cuando conociera al suyo, los dos nos haríamos muy buenos amigos y me pidió que le hablase sobre el mío y sobre todo de sus canciones favoritas. Recordé que le gustaba mucho la música de acordeón parisina y más mexicana, “Dos arbolitos”, “Las dos Puntas” de los cuatro hermanos Silva y de pasada le comenté, como conocí en San Miguel de Allende, a Don Pedro Vargas en noviembre de 1978 en un viaje por Guanajuato y que también me había hecho el Camino de Guanajuato, pero en carro y no a pie. Me preguntó pícaramente, acurrucándose en mis brazos, con cara de niña traviesa, que a qué lugar la
llevaría de viaje de novios y sin dudarlo le dije:
-Al Hotel “Foz do Iguazú” en Brasil y por la noche, te haría el amor a oscuras en la piscina, mientras veíamos el espectáculo musical, aunque pensándolo bien, mejor te llevaría a la Isla de Bali y luego a Flores Island en Indonesia, a Labuanbajo,
concretamente.
Era increíble cómo me sentía de bien a su lado y eso, que nos acabábamos de conocer y ya estábamos hablando de nuestra futura luna de miel. ¿Sería amor a primera vista? Y esta vez por fin, con final feliz.
Capítulo II Hipnosis
Nuestra primera sesión de Hipnosis.
Entonces me pidió que le hiciese algo para calmarla. Le pedí que cerrase los ojos y que mantuviese una respiración lenta y profunda. Que eligiera un cine que le gustase mucho y que se imaginara, que estaba sola y que se iba a proyectar una película, para ella. Que se sentase donde quisiera y que podía llevar con ella, palomitas, agua o lo que le apeteciera. Luego le pedí que se imaginase un momento estupendo de su vida y que lo trajese a su memoria. Que lo sintiese, viese y que se asociara a él.
Susan seguía mis instrucciones al pie de la letra y yo lo comprobaba por sus cambios en su color de piel, sus facciones y datos externos que me indicaban que ya estaba entrando en el Trance Hipnótico. Al variar mi cadencia de la voz, ella respiraba de otra manera.
Le pedí que le pusiera música a su visión y me sorprendió al decirme que estaba oyendo su canción favorita. A Frank Sinatra interpretando “Strangers in the Night” y lo mejor de todo, era que yo también estaba escuchándola; pero era, por la megafonía del local.
Ella abrió los ojos de pronto y mi instinto animal me impulsó a sacarla a bailar y aunque al principio se resistió, después de decirle al oído, que la vida es una aventura arriesgada o no era nada, la tenía enfrente mío y bailando muy despacio, la sujetaba fuertemente con mi mano en su espalda.
Poco a poco, con cada movimiento que dábamos, la iba acercando a mi cuerpo y conforme dábamos vueltas, empezamos a sacarle brillo a la hebilla, danzando siempre encima del mismo azulejo...
Nos miramos a los ojos y nos besamos intensamente, aunque ella, hacía ademanes para zafarse. Los dos estábamos interpretando una danza pre nupcial y como si estuviésemos debajo del Acueducto de Segovia, le pedí que se casara conmigo.
Y, de pronto, la canción se terminó y con ella nuestra pasión. Nos sentamos rápidamente, como si no hubiésemos roto ningún plato, ante la atenta mirada y risas de algunos clientes y continuamos otra vez con el ejercicio.
Ella me dijo, medio gritando al principio y casi en silencio al final:
-Estamos en México y no en Holanda. Aquí la gente no es tan liberal. Así que será mejor que nos comportemos un poco.
Más calmados, volvimos a repetir el ejercicio anterior en el cine. Le pedí que le pusiera un olor a lo que revivía o se imaginaba y también un sabor y cuando ella estaba del todo disfrutando, asociada con su visión, le hice un anclaje en uno de sus hombros,
concretamente en el lado izquierdo.
Le pedí que hiciera una respiración lenta y profunda y que se imaginase que estaba sola en una isla, al amanecer y que escuchase el ruido de las olas del mar, rompiendo en la playa. Utilizando técnicas de Hipnosis, le pedí que se acercara a la playa lentamente y que sintiese el viento en su cuerpo y saborease el agua de mar en su boca. Que sintiera como la arena de la playa, estaba aún húmeda y que sus pies se enterraban un poco en la arenilla.
Le pedí que entrase en el mar y que notase el frío de la temperatura del agua, que la envolvía por todo su cuerpo y que al llegar a la altura del pecho, se sumergiera y nadara paralelo a la playa.
Al mirar dándole la espalda a la playa, observó que se acercaban unos delfines y digo que eran delfines, ya que venían dando saltos por encima del agua; y resultó que uno de ellos, que era muy parecido a Flipper, el delfín de la televisión, se le acercó y se puso a jugar con ella. Entonces le pedí que abrazase al delfín y que en ese mismo momento, cerrara los dedos índice y pulgar de sus dos manos.
Aplicándole el anclaje anterior, le pedí que se convirtiese en delfín y que se sintiese muy bien, ahora en el cuerpo de su nuevo aliado. Que expulsara todos los dolores de su cuerpo y que se imaginara cómo estos salían.
Siendo ella delfín, le expliqué lo mágico y maravilloso que son estos animales y las
propiedades curativas, que estos mamíferos marinos tienen, para regenerarse, ayudando a otros congéneres y también a los humanos a regular y potenciar su energía.
Son como grandes Maestros de Reiki, que aplican sus conocimientos a todos aquellos que tengan la inmensa suerte de bañarse con ellos y sobre todo, de abrazarlos.
Durante unos minutos, llevé a Susan convertida en delfín a vivir situaciones un tanto insólitas. Le pedí que curase su cuerpo y que ayudase a los demás a hacerlo, como si estuviese dando y recibiendo La Energía Universal.
La expresión de su cara y la sonrisa que tenía, la hacía más bella todavía…
Después de que se hubiese terminado el ejercicio, la traje de nuevo, a su condición de humana y al abrir los ojos, tan solo me miró, como nunca lo había hecho hasta ese
momento y me dio las gracias, con un beso de cariño en la mejilla. Se levantó nuevamente de la mesa y a los cinco minutos regresó con una gran sonrisa y los labios pintados. Me comentó que se sentía mucho mejor y los dolores del vientre, le habían desaparecido. Hablamos de nuestras películas favoritas y coincidimos en “Don Juan de Marco”, como una de las mejores películas románticas que ambos habíamos visto. Volvimos a la realidad del restaurante ya que se oía a Carlos Vives y su gota fría, canción de la Guajira
Colombiana en Villanueva, donde hubo una lucha entre Zuleta Baquero y Lorenzo Morales en Urumita, para determinar quién era mejor músico. Ganó Zuleta y al que se recuerda fue a Lorenzo Morales.
Sin pedírselo, salimos los dos a bailar ese vallenato, que sin duda es una de mis canciones preferidas. Me sentía como un colombiano de corazón consumados danzantes.
y bailábamos como
¿Un juego de locos embriagados? enamorados o
Entonces volvió a sorprenderme pidiéndose una caipiriña y eso que no estábamos en Brasil. Me beso muy tiernamente, comentándome que esos momentos, en los que nos habíamos dejado llevar, por una pasión desenfrenada, se había sentido querida y había podido ser ella misma por primera vez. Su bebida desapareció muy pronto y no fue por puro arte de magia, sino porque se la bebió muy rápidamente. Poco a poco, sus palabras fueron más lentas y su mirada me indicaba que se había trasladado a su pasado.
La dejé que meditase lo que quería decirme, mientras que yo deseaba besarla con todas mis fuerzas, hasta que me tomó de mis manos y las besó casi a cámara lenta, dándole pequeños mordiscos, mientras las observaba. Se detuvo por unos segundos, hasta que mirándome fijamente a mis ojos, rompió su silencio expresándome su sentir:
-Esta noche me has dado más besos que los que me dio mi ex marido, en toda nuestra relación de pareja. Tengo una felicidad inmensa, que me desborda y me produce pasión y miedo, de que esto, que estamos ahora viviendo, sea tan solo sea un sueño y al
despertarme de pronto, se haya convertido en una terrible pesadilla. Tenemos mucha química entre los dos y me sabes besar, y también tocar, para que desee hacer el amor ahora mismo. Me entregaría a ti, como nunca quizá, lo hubiese hecho anteriormente, aunque no quiero que sea esta noche, de prisa y corriendo.
Por otro lado, quiero sentirme poseída por ti ahora mismo, fundiéndonos en un solo grito de locura y experimentar continuamente, orgasmo tras orgasmo, para que este éxtasis profundo e intenso que ahora percibo, no tenga fin. Siento muy dilatados mis pechos, mis labios y mi sexo está ya muy húmedo, por la electricidad que imprimes en todo mi cuerpo,
que me está pidiendo a gritos, que estés dentro de mí.
No solo aspiro a que me penetres por entero, sino que nos demos lo mejor que tenemos, sin restricciones ni pensamientos morbosos en otras personas del pasado. Quiero vivir este momento, como si hoy fuese mi último día en la tierra y al mirar desafiando a la muerte, confesarle que hoy he vivido intensamente y que mañana lo volveré a hacer.
Las luces del local empezaron poco a poco apagarse, mientras, ya sin apenas música, nos besábamos intensamente, como si en ello nos fuese la vida. Era tanta la pasión que le poníamos a los besos, como la música que acabábamos de bailar.
En ese momento se oía en los altavoces del restaurante la canción de Safri Duo “Bongo Song”. Era la manera que utilizaban los del local, para señalar que era la hora del cierre.
Susan quería pagar la cuenta, pero eso mi educación jamás me lo permitiría aceptar.
Compramos dos botellas de agua y les dejamos una buena propina a los camareros, ya que era, lo menos que podíamos hacer. Al salir del restaurante, a los pocos minutos, estábamos totalmente empapados en sudor y comprobamos como teníamos los poros abiertos y después de volver a la triste realidad, de un calor húmedo y pegajoso, aunque la brisa marina empezaba a soplar.
Al ver a lo lejos, que Toño estaba algo preocupado en la piquera de los buses, le dije para fastidiarla, que su marido nos estaba esperando intranquilo.
Ella solo me contestó que Toño no era su marido, pero que eso, yo ya lo sabía de sobra; que ellos no eran matrimonio, ya que ningún mexicano que se precie, dejaría sola a su mujer con un desconocido, nada más conocerse y la mujer a su vez, no se dejaría besar ni manosear como ella se había dejado y me confesó que estaba divorciada y que era
Americana, concretamente de San Diego.
Mientras me lo decía, la miraba de reojo, mostrándola una sonrisa pícara, ya que su acento era un algo extraño.
Toño un tanto alterado, nos informó que el autobús tardaría unas horas en llegar, ya que el que nos correspondía, se había estropeado y habían mandado otro desde la Paz. Así que el universo había conspirado a favor nuestro y tendríamos unas tres horas más para poder estar juntos.
Cerca de allí estaba la Feria de verano, un parque de atracciones en pequeño, que estaba llena de luces y a lo lejos se veía una noria dando vueltas y agarrados de la mano, nos acercamos hasta ella.
Vimos a un fotógrafo ambulante y le pedí que nos hiciera una foto. Ella se la quedó y dándole un beso, rápidamente la metió en su bolso, diciéndome que solo, si me portaba
bien, la volvería a ver y entonces quizás, me la daría…
Me preguntó sobre cual canción me gustaría bailar con ella en ese momento, o mejor dicho, que sí escribiese una novela sobre nosotros, que banda sonora le pondría y le respondí:
-Barcarolle, aunque para la novela, tenía a un biógrafo Panameño, que la escribirá, aunque seguro que tardaría más de doce años en redactarla y tendría que ser, después de haber visto Midnight in Paris, de Woody Allen, cuando la terminase. Evidente que habrá merecido la pena esperar y haber dejado que reposara, como el buen vino.
Susan me sorprendió gratamente al decirme:
-Barcarolle, “Belle Nuit”, de los Cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach. Vi un recital en La Ópera de Los Ángeles, de la Caballé y Marilyn Horne. Fue precioso, ya que me recordó la película La Vida es Bella, de Roberto Benigni, aunque mis favoritas, quitando obviamente a María Callas, es la interpretada por las Rumanas, Irina y Cristina
Iordachescu. A propósito, sabías que el director general de la Opera de Los Ángeles, es Plácido Domingo. O sea Félix, ¿te gusta La Ópera?
-Me encanta. Conocí a María Lalanne, a finales de los setenta y era la que interpretaba “El Voi Che Sapete” de las Bodas de Fígaro, dirigido por Waldo de los Ríos en Mozartmanía.
Durante unos dos años, en los que tuve la inmensa suerte de ser su amigo, me enseñó a querer la música, además de que sus vinos eran de Matrícula de Honor.
-¿Debo de tener celos de ella? -No, aunque la querré toda la vida.
-Cásate conmigo ahora mismo. Te prometo que quiero ir de tu brazo a la Ópera de Sidney, es posiblemente uno de mis grandes sueños.
-¿Casarte conmigo o La Ópera de Sidney?
-La Ópera de Sidney, aunque cada segundo que te conozco, te quiero más y quiero que nos amemos como dices tú, Eviternamente.
-Y ¿Por qué Australia? -Otro día te lo contaré.
Susan me dio un beso casi en los labios y de una manera muy tímida, me abrazó muy tiernamente y me dio las gracias por lo bien que se lo estaba pasando, mientras poco a poco, estábamos rodeados de niños y de personas desconocidas. Nos subimos en unos coches de choque y al principio lo pasamos como críos, hasta que mi espalda empezó a
resentirse de tanto trajín. Nos turnábamos a la hora de llevar el carro y cuando ella conducía, demostraba una cierta agresividad que hasta ese momento había ocultado.
En la fila de la noria, la tenía delante, justo a la inversa de cuando habíamos bailado, así que poco a poco la fui abrazando, mientras ella rechistaba un poquito, por si alguien nos pudiese ver. Con la mano izquierda la tomaba de la cintura y apretujaba contra mi cuerpo y con la otra, le acariciaba la espalda, envueltos en un calor que se sentía bonito.
Allí los dos abrazados, mientras le daba pequeños mordiscos en la nuca y al hacerlo, ella sin darse cuenta, movía su cuerpo y mientras me acordaba del abrazo, no muy cristiano que le había dado, al protegerla de la caída y ahora se lo hacía a conciencia, mientras ella se resistía, solo un poquito.
Antes de subirnos, le hice una pregunta estúpida, ya que le pregunté que si ella tenía en ese momento una relación. Se dio la vuelta y mirándome fijamente a los ojos, me dijo:
-Sí, siento como ya la tengo contigo.
Como yo no quería subir con nadie más, en el mismo cajón de la noria, tuve que comprar cuatro billetes adicionales, para así poder estar solos. Nos sentamos uno al lado del otro y mientras se iban llenando los otros compartimientos, cada vez estábamos más altos. Cuando por fin la noria empezó a girar, nuestras feromonas sexuales, se habían multiplicado y quise, allí mismo hacerle el amor, aunque no nos fue posible, máxime cuando me dijo que después de haberla convertido en Delfín, le acababa de bajar el periodo. Debí de poner cara de asco aunque realmente fue de contrariedad. La palpé a placer y algo más también, aunque después de la advertencia, tuve que ser un poco comedido.
Al detenerse la rueda gigante, ella detuvo mi impulso sexual, ya que se dio cuenta que había perdido un pendiente y estuvimos buscándolo a la luz de las linternas que yo llevaba para emergencias y por más que buscamos, el arete no apareció y me quedé con bastante pena de lo ocurrido, aunque ella no quiso darle importancia y pasamos a darnos tiernos y -casi-, castos besos. En todo lo alto, de pie, nos abrazamos jurándonos amor eterno y pusimos a la luna, a mi mochila y a su maleta, como testigos de nuestro amor.
En lo alto de aquella atracción de feria, ella me dijo:
-Amar a alguien y ser amada es muy importante para mí y espero que tú, no seas un fantasma de circo y que sepas valorar lo mucho que te he estoy dando en este momento. Cuando me has tocado, lo que he sentido no era tan solo sexo y en la fila de la noria, cuando me has abrazado por detrás y me has mordido la nuca, me he sentido querida por ti y no solamente poseída. Te he entregado mí amor, porque desde que te vi por primera vez, unas horas antes, he sentido un impulso de compartir, no de poseer, aunque tus besos y abrazos me derriten y por eso me he dejado seducir. No quiero que pienses que soy una
mujer fácil, ya que cuando me conozcas lo sabrás.
Hemos compartido momentos maravillosos y a Dios le pido, que sigamos haciéndolo el resto de nuestra vida. Somos amigos y algo más. Además eres el primer hombre que he conocido que no me interrumpe cuando hablo y asiente con su cabeza, lo que yo digo. Así que quiero preguntarle:
-¿Tiene usted alguna relación? -Sí, contigo.
-O sea, ¿qué ya somos novios?
-Si mi amor, ya lo somos un siete de Julio…
Nos dimos un profundo beso envuelto en un abrazo y al bajarnos un poco mareados, por instinto regresamos rápidamente a la parada de buses y descubrimos que estaba a punto de partir el nuestro, así que entramos rápidamente a la estación con el tiempo justo de
subirnos en el último momento. Se oía por megafonía a Selena cantar “Baila esa cumbia” y pasó algo maravilloso. Susan dejó que Toño subiera primero y ella con un pie en la
escalera, movió su cuerpo dándome un total escalofrío en el mío. Me dio un beso muy especial, rozando mis labios.
Y en el último momento, nos abrazamos íntimamente, con mucha complicidad y al subirse me dio las gracias por haberla hecho tan feliz y me recordó que teníamos un viaje de bodas pendiente a Bali y también me agradeció, por esa sensación amorosa y cuasi erótica que le había producido, sin olvidarse de la experiencia con el delfín.
Todo mi ser se me había amplificado y me sentía como un águila libre volando y también como la viva estampa de un tapir, que no llegaba a materializar aún la faena…
Al subir comprobé que solo había un asiento libre, así que los dos le cedimos el lugar a Susan y Toño y yo nos sentamos en mitad del pasillo de aquel destartalado camión, parecido a los "matatus" de Kenia, o a los autobuses que van de Pedasí a Los Santos en Panamá, parando en todos los pueblos.
Me sentía totalmente turbado y recordaba que muchos años después de haber perdido a Cristina, una mujer había despertado en mí, tantos sentimientos contradictorios. No podía casi respirar de la emoción y también de la excitación, que por fin de una manera peculiar, en la oscuridad y ayudado por mi mochila y escondido en la falta de luz, con un rápido movimiento, me “vine” allí mismo. Explosioné de una manera continua y sobre todo, muy húmeda. Al volver a mi realidad y antes de escuchar a través de mis “Walkman” la única melodía que podía paliar en parte mi desdoblamiento, que era La Novena de Beethoven, aunque la que de verdad escuché, fue a los Rodríguez, interpretar “Hace calor” y me eché a reír sin parar por lo que acababa de hacer.
Joder, que calor tan maltrecho hacía en ese camión, sin aire acondicionado. Seguía sudando a todo trapo y jadeando, ya que me faltaba el aire.
Así que tuve que desconectarme de mi sofoco y qué mejor manera de hacerlo que pensar en Susan y después de extender mi corta fríos en el suelo, me tumbé como pude en el pasillo del camión, donde tanto a mi izquierda como a mi derecha, lo que veía y olía, eran los zapatos de los viajeros que iban cómodamente sentados.
Me estaba enamorado perdidamente de una mujer de la que solo conocía su nombre y que aunque iba en el mismo autobús que yo, no podía ni tan siquiera estar a su lado sentado. Tenía sus ojos incrustados en los míos. Su sonrisa, era la viva estampa de la mujer que todos los días se aparecía en mis sueños y su cuerpo era el más perfecto que jamás había visto, aunque ella me había confesado minutos antes, que se sentía un poco gordita y se veía bastante pequeña de estatura, pero para mí era perfecta.
Desconcertado y sin saber cómo, estaba escuchando el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía y no podía recordar cómo esos minutos se habían convertido en tan solo unos segundos. Mi cuerpo sudaba y era como si me acabase de dar un baño, además una parte de mis pantalones –la delantera- estaba “todavía” en un estado altamente lamentable. Tuve que tomarme casi un litro de agua para no sentirme deshidratado.
A esas horas de la noche, el desodorante nos había abandonado a todos, así que tuve que hacer un esfuerzo para poder respirar sin quejarme y como la luz no se manifestaba
demasiado, mi vergüenza y excitación anterior era un secreto mío, que ahora comparto con usted.
Pronto la canción “Alice, who the fuck is Alice” de Gompie me trajo otra vez a la
existencia. No podía permitirme el lujo de enamorarme y dejar que mis sentimientos me dominasen así tan de repente, pero recordé qué:
“El amor es como las enfermedades contagiosas; cuanto más se temen, más expuestos nos hallamos a contraerlas”
Todavía sentía la sensación del abrazo que nos habíamos dado y de los besos tan
apasionados y eso que era nuestro primer encuentro. Delante de mí, recordé que tenía los pies calientes de algunas personas, así que me olvidé de todo y mi mente voló hacia las ballenas que pronto vería intentando apartar a Susan de mis pensamientos.
La megafonía del autobús emitía pura música caribeña y aquello me sorprendió un poco, pero resultaba que el chófer era "Jarocho" y parecía más bien que estábamos en la
"Parroquia" en la plaza de Veracruz, que en algún lugar de Baja California.
Sin apenas darme cuenta, después de haber bebido tanta agua, me dieron tremendas ganas de orinar y tuve que hacer uso, de un viejo truco, que había aprendido en África del Este,
años atrás y sin derramar ni una sola gota, ni mojarme, pude orinar a placer poniéndome de lado, a unos cuantos centímetros de gente que roncaba a pierna suelta y como me da vergüenza de contarlo aquí, le dejaré con la intriga, ya que la botella de agua, donde en un principio había pensado hacerlo, había desaparecido con el bamboleo del bus y tuve que utilizar la misma técnica africana, que me había dado tan buen resultado en los largos viajes por las llanuras del continente, donde nos hicimos Homo sapiens.
Después de aquello, me dormí y debieron de pasar algunas horas hasta que llegamos a otro pueblo, donde se bajó bastante gente y deposité en el baño, mi fechoría. No tuve
oportunidad de hablar con Susan, ya que todo fue muy rápido. Al subirnos por fin Toño y yo pudimos sentarnos. Él se sentó muy cerca de Susan y yo me cobijé en los asientos traseros durmiéndome otra vez.
Al despertarme era ya de madrugada y estábamos llegando a nuestro destino. Busqué desesperadamente a Susan, pero ya ella no estaba en el autobús. Se me cayó literalmente el mundo encima, porque no habíamos intercambiado los teléfonos, ni sabía adonde ella se dirigía. Me armé de valor y le pregunté al conductor sobre el nombre del pueblo donde se habían bajado mis amigos.
El se metió la mano en un bolsillo y me dio una tarjeta que Susan le había dado para mí. Era como una postal, donde no había muchos datos, pero sí la dirección de un restaurante. Le di una buena propina al conductor y este me explicó, cómo podía llegar a mi destino.
Era un restaurante llamado "Outback" y estaba en una isla a mitad de camino entre la península de Baja y el continente y no venía escrito teléfono alguno.
"Outback" me repetía constantemente. Había leído ese nombre en algún lugar, pero me era imposible acordarme. En un principio lo relacioné con Sudáfrica, pero no estaba seguro y fue cuando recordé la Ópera de Sidney y su intención de que fuéramos a Australia.
Tuve que tomar otro autobús, este con aire acondicionado, bar y televisión, con rumbo a Cabo San Lucas, pero antes en la estación de la Paz, lavé como pude mi pantalón, me cambié de ropa interior y también la camisa, después de haberme dado una ducha con una manguera. Como no llevaba otro pantalón conmigo de repuesto y mi calzoncillo parecía un bañador, me subí al vehículo con el pantalón mojado y lo estiré en un asiento vacío donde le daba el sol, para que se secara antes de llegar a mi destino.
Capítulo III Inteligencia Emocional
Inteligencia Emocional aplicada a la vida real.
Saqué de mi chistera, todo lo que había aprendido sobre la Inteligencia Emocional y recordé que es la capacidad que tenemos los humanos, para conocer nuestras emociones;
conocer las emociones de los demás y saberlas encauzar positivamente, para obtener unos resultados que nos permitan dirigirlas hacia un bien específico.
Recordé que son seis las emociones básicas: El miedo, la tristeza, el enfado, el asco, la sorpresa y la alegría. Realicé un análisis de lo que me había pasado esa noche y utilicé las seis emociones que nos brinda la Inteligencia Emocional (IE) para conocernos y modificar nuestra vida.
¿Cómo podemos superar el miedo?
Primero debemos buscar la causa que nos produce el miedo. El “miedo” que tuve, lo vencí enfrentándome a él y su máxima manifestación se produjo cuando me di cuenta de que Susan ya no estaba en el autobús. Me dirigí al conductor y obtuve la dirección aproximada. También sentí mucho miedo al compromiso, ya que por lo menos, lo que yo le había expresado a ella, salió desde lo más profundo de mi corazón y sabía que ella, también fue sincera.
Ese miedo al compromiso lo superaría cuando la volviese a ver y de esa manera me lo quitaba de encima, ya que hasta entonces, no podría solucionarlo, por tanto “ese” miedo desaparecía. Recordé entonces que: “La persona que de verdad es libre y domina los lances de su vida, día a día, en cada acción y decisión, construye sus propias venturas. El débil sufre y padece lo que él cree, que le impone su destino, aferrándose a no quererlo cambiar, por miedo a encontrarse con él mismo de frente”. MHRP
Recordé a su vez, como el miedo te puede llevar a un estado de pesimismo latente y también que los pesimistas siempre están preocupados por algo, aunque ni ellos mismo comprenden, porque están preocupados.
Las personas que siempre están preocupadas, no viven la vida; tienen tanto miedo a perder lo poco que tienen, que no saben arriesgar. Viven paralizados. Tienen tanto miedo a dejar de ser ellos mismos, a participar en la dicha de los demás, que se cierran en sí mismos y se conforman pensando en que ellos son incapaces de hacer algo positivo en la vida. Si el pesimista, está convencido de que empiece lo que empiece, va a fracasar, ¿para qué va a realizar un gran esfuerzo?
Como yo hasta ese momento no tenía ninguna relación con Susan, no podía perder lo que nunca había tenido. De esa manera tan especial, superé la primera emoción básica.
¿Cómo podemos superar la tristeza?
Tenemos que aceptarla y asumir el cambio que nos produce lo que hemos perdido.
ya que estaba seguro que en unos días o semanas después, estaríamos otra vez frente a frente, siempre y cuando yo estuviese dispuesto a pagar el precio de buscarla, ya que estaba en mi mano, el hacerlo.
“Si existe un infierno en la tierra, cabe encontrarlo en el corazón de un hombre triste” Burton.
¿Cómo podemos superar el enfado?
Marcando límites al enfado y qué mejor manera de hacerlo, que sonriendo, ya que cuando una persona sonríe, este cambio en los músculos faciales, produce una serie de cambios bioquímicos, que modifican nuestra emoción y favorece nuestra salud.
En lugar de “enfadarme” por no haberle pedido su teléfono, me comprometí a que en el futuro, estaría más atento a lo que hacía. Además recordé que dependía exclusivamente de mí el volver a verla, aunque fui tan egoísta en no haber pensado en ella y la incertidumbre que ella pudiera tener.
Re enfoqué el enfado, encontrando lo positivo de todo aquello, ya que las situaciones difíciles son una gran oportunidad para que podamos aprender, recordando como en el pasado salimos adelante, en circunstancias similares.
En torno al “asco”, no experimenté esa emoción; sin embargo la “sorpresa” fue mayúscula al conocerla y luego al darme cuenta de que ella no estaba en el autobús, porque creía que se bajaría en la misma estación, a la cual yo me dirigía. Al unirse al miedo, fue cuando mis emociones fueron máximas. Y, por último, la “alegría” la experimenté durante casi toda la noche, no dejando en ningún momento que se pudiese convertir en euforia, que es una de las más peligrosa emoción que podemos sentir.
Me sentía poderoso, seguro de mí mismo, con un futuro prometedor junto a esa mujer fascinante, que me había cautivado por su forma de ser tan natural y espontánea.
Me puse música y escuché primero Lonely Looking Sky, para continuar con Be, de Neil Diamond y volé junto a Juan Salvador Gaviota, -escrita por Richard Bach-, visualizando mi futuro con ella. Juan Salvador me mostraba al espíritu de mi padre y de mis abuelos, que al sonreírme me decían que mi amor por Susana ya era Eviterno.
Capítulo IV Terapia
Un ex suicida que quería cambiar de vida y dejar de ser bulímico
y de atiborrarse de pastillas.
En el autobús, por un momento me acordé de mi querida Navarra y de mi tercer Camino de Santiago, donde tuve que atravesarla para llegar a la Rioja. Me fui mentalmente a Pamplona y comí en la Calle de la Estafeta y me deleité recordando los encierros de San Fermín, donde participé de una forma muy peculiar. Primero corren los mozos, luego van los toros, luego las mozas y detrás de ellas, corría yo con mi amigo Fernando C. a
mediados de los 70.
En Cabo San Lucas me alojé en casa de un amigo llamado Emiliano Arxona, ya que él y su familia me habían pedido ayuda en relación a Víctor Manuel, su hermano pequeño que tenía una ligera adicción a la depresión y también a los reiterados intentos de quitarse la vida. Unas semanas atrás había intentado suicidarse y toda su familia, temía seriamente por su futuro.
A Emiliano lo había conocido en Madrid, a mediados de los 90, mientras estudiábamos el Doctorado en Antropología Social y después de haber vivido muchas aventuras en la Universidad Complutense, nos seguía uniendo una gran amistad, ya que al ser los dos mexicanos y tener un cierto interés por la cultura, Madrid nos había servido de base de lanzamiento, para habernos recorrido juntos una gran parte de esa España tan querida para los dos.
Al volver a vernos, después de varios años, hablamos de amigos comunes como Leopoldo LL., Ana E. y muchos otros compañeros, con los cuales habíamos creado un partido político universitario al que llamamos “Argonautas” y con el cual ganamos las elecciones estudiantiles.
Emiliano tenía alrededor de cuarenta y dos años, diez más que cuando nos habíamos conocido. Él había estudiado en un principio Ingeniería de Computación. Posteriormente finalizó sus estudios en Sociología y habíamos coincidido en la Universidad Complutense de Madrid, donde desde el primer momento en que nos conocimos, cultivamos una gran amistad.
Era de complexión fuerte y tenía un buen bigote al estilo Texano. Medía alrededor de un metro ochenta y era un verdadero apasionado del tenis y de las motos. Hablaba muy
pausadamente y me resultaba una persona muy culta. Probablemente lo más interesante de realizar los estudios de Doctorado, sean los amigos y compañeros que se hacen, porque al final, la relación es tan estrecha, que es como si tú también hubieses realizado su tesis. Siempre en clase nos sentábamos uno enfrente del otro y nos divertíamos poniendo “en entredicho” a lo que decían los profesores. También me acuerdo de Ana, -mi brujita- la cual nunca me hizo el menor caso, pero a la que miraba toda la hora de la clase, a través de mi reloj, que me servía de espejo. Ella me inspiró alguno de mis mejores cuentos, además de bastantes sueños, pero fue una pena, de que solo me viera como a un amigo más…
Pero volvamos a la casa de Emiliano y déjenme que les explique a ustedes, la primera impresión que tuve, de cada uno de ellos. La familia Arxona estaba compuesta por tres hermanos y en medio de los dos varones estaba Candela. Ella tenía treinta y seis años y estaba casada. Era muy blanca de piel, pero tenía el pelo negro, muy parecida a algunas mujeres Laponas Finlandesas del Círculo Polar Ártico, aunque estas tienen los ojos azul celeste y Candela los tenía marrones miel. Tenía un cuerpo de impresión, donde su doble maternidad no había dejado huella de ello.
Medía un metro setenta con zapatos y quería pasar por desapercibida. Vivía para sus hijos y para su marido y este, al ser muy celoso, no me dejó que conociera mucho de su mujer. Él era notario y parecía que estaba por encima del bien y el mal. Así que mientras pude, pasé de ellos.
Víctor Manuel tenía 22 años y era el pequeño de la casa. Su madre le había tenido con 42 años. Semanas atrás había intentado suicidarse debido a un desengaño amoroso mezclado con una bulimia galopante. Su novia le había dejado –según él- por estar gordo y pesar mucho y aquello le llevó a un nuevo intento de suicidio.
La importancia de la familia, a la hora de apoyar al presunto débil
La madre de Emiliano se llamaba María Teresa y había nacido el 2 de Mayo y tenía sesenta y dos años, pero parecía por lo menos veinte años más joven. Era una mujer bastante atractiva y tenía unos ojos penetrantemente maravillosos y un cuerpo de impresión. Se acababa de cortar el pelo y sentía como ella, estaba muy preocupada por todo lo que estaba pasando a su hijo.
Además se acababa de quedar sin trabajo ya que su labor en el Ayuntamiento había finalizado.
Según me comentó en un momento en que estuvimos a solas, se encontraba un tanto confusa e insegura de su situación actual. Me pidió que cuando pudiese la ayudase, ya que tenía serias dudas sobre su futuro y su hijo mayor le había contado que yo había sido un consumado experto en el arte de la transformación, para bien de las personas, aunque también le había advertido que no me lo pidiese.
Su padre era muy parecido físicamente al antiguo Presidente Fox de México. Se llamaba Rubén y era un hombre muy alto y corpulento y lucía un mostacho bien mexicano. Había nacido el 28 de Enero y se consideraba un Acuario de pura cepa. Era un empresario de éxito y quería contratarme para que ayudase a su hijo a salir de una situación en la que él, se veía impotente de resolver.
Rubén era un hombre extraordinariamente trabajador e incansable y después de darme un abrazo bastante sincero, me llevó a su despacho y me dijo:
-Emiliano me ha hablado muy bien de usted Dr. Gómez y me ha dicho que es la persona adecuada para ayudar a mi hijo pequeño a salir de esta situación tan angustiosa para toda la
familia. Él me ha contado muchas cosas sobre su vida y tanto María Teresa como yo, le estaremos siempre agradecidos, si nos ayuda a resolver esta situación agónica que
tenemos. Le pagaremos todo el dinero que nos pida, ya que Emiliano nos garantiza su honradez. Sé que también lo hará por la amistad que le une con nuestro hijo mayor, pero esté seguro de que saldrá muy bien recompensado, pase lo que pase. Pero sé que usted le sacará adelante, me lo dice mi intuición y lo que de usted he leído en Internet. Él es un buen muchacho aunque nunca hemos tenido una buena relación de padre e hijo. Siempre he estado trabajando, para así poderles dar unas oportunidades, que si no lo hubiese hecho, jamás las tendrían, pero algunas veces pienso que los hijos necesitan más tiempo y espacio para estar con ellos. Mire a mis dos hijos varones. Qué diferentes son y eso que a los dos les hemos educado de una manera parecida. Me siento culpable de lo que le sucede y no veo la manera de ayudarle. He consultado con muchos Doctores, Psicólogos y
Psiquiatras sobre la manera de ayudarle y me asusta la idea de que mi hijo tenga una dependencia extrema de pastillas y tranquilizantes para poder vivir dignamente. Mi hijo Emiliano nos habló de usted y de su manera tan ortodoxa de enfrentarse a la vida y que usted podía ayudar a Víctor Manuel a cambiar la percepción que él tiene sobre sí mismo y sobre toda la familia. Sé que estando a su lado, él podrá aumentar sus habilidades y
distinciones que ahora mismo posee. Aquí tiene dos tarjetas VISA Oro, con crédito
ilimitado. Haga todo aquello que crea conveniente y si se lo tiene que llevar a dar la vuelta al mundo, se lo lleva, pero por favor le pido, sáquelo adelante. Emiliano me pidió que no le dijera nada a usted, sobre lo que le ha pasado a Víctor Manuel, pero dígame, cómo
tenemos que actuar nosotros.
El precio de dejar de etiquetar
Durante unos segundos estuve asimilando todo lo que Rubén me acababa de comentar sobre su hijo, cuando recordé que en una situación como esta, lo primero que había que hacer, era quitar las etiquetas que tenían sobre su hijo. Que era un irresponsable, suicida, drogadicto, mal educado, vago, etc. Al hacerlo, él también iría modificando la percepción del mundo que mantenía sobre sí mismo. También les pedí que en el futuro, no nos preguntaran nada, sobre lo que habíamos hecho ese día y cuando le viesen comer o reír, no deberían hacer ningún comentario al respecto. Todo lo que se hablara sobre Víctor Manuel debería de ser positivo y nunca más se le debería de comparar con nadie, ni hacer referencia de “yo a tu edad ya había hecho…”.
A partir de ese momento toda la familia debería de seguir haciendo su vida normal, sin darle demasiada importancia a las futuras acciones de su hijo. No cabe duda que Rubén era un hombre que tenía un gran poder de convicción y también de seducción. Era un verdadero enamorado de los caballos y me prometió que nos iríamos a montar los dos juntos, en el momento que yo quisiera. Había viajado por todo el mundo y su deporte favorito era la pesca del pez espada. Me comentó que había pescado atún rojo en el Mar Mediterráneo y que había hecho pesca submarina en muchos lugares del mundo, incluido