Colección MANÁ
1. Relatos desde la mesa compartida. Dolores Aleixandre 2. Vocabulario básico para el cristiano. Álvaro Ginel 3. Santos de leyenda. José Fernández del Cacho 4. Dios deformado. Enrique Martínez de la Lama 5. Iniciarse como catequista. Miguel Ángel Gil 6. Grupo y catequesis. Álvaro Ginel
7. Curso básico de pedagogía catequética. Eugenio González 8. Ser catequista. Álvaro Ginel
9. Dichosos vosotros. Dolores Aleixandre 10. Iniciar en la oración. Dolores Aleixandre
11. La fe de los grandes creyentes. Dolores Aleixandre / Juan J. Bartolomé 12. Esta historia es mi historia. Dolores Aleixandre
13. Bienaventuranzas. Ricardo Lázaro Recalde 14. Los Sacramentos. Manuel Bellmunt
15. Psicología y catequesis. Ana García / Mina Freire 16. Curso básico de Moral. Eugenio Alburquerque
17. Vocabulario Básico de Psicología y de Pedagogía. Crista Ruiz de Arana 18. Los salmos, un libro para orar. Dolores Aleixandre
19. Cuando vayas a orar… Mª Dolores López 20. Descubrir la Biblia. Cesare Bissoli / Jordi Latorre
21. El Credo de nuestra fe. Antonio Cañizares / Ángel Matesanz 22. La ética cristiana. Eugenio Alburquerque
23. Texto nacional para la orientación de la catequesis en Francia y Principios de Organización. Conferencia
de los Obispos de Francia
24. ¡Dichosa catequesis! Gilles Routhier 25. Repensar la catequesis. Álvaro Ginel
26. Las diez palabras del Sinaí. Eugenio Alburquerque 27. Caminos para la fe. Josep Mª Maideu Puig
28. Repensar la formación de catequistas. Álvaro Ginel
29. Los nuevos catequistas. Henri Derroitte / Danielle Palmyre (coords.) 30. Querida madrina, querido padrino. Andrea Fontana
31. Un tesoro escondido. Dolores Aleixandre 32. Hacerse discípulo. Dolores Aleixandre
33. Acompañar a los catecúmenos. Secretariado Diocesano para la Iniciación Cristiana de los Adultos (Turín) 34. ¡Salgan a buscar corazones! Jorge M. Bergoglio (papa Francisco)
Colección MANÁ
DOLORES ALEIXANDRE
LOS SALMOS, UN LIBRO PARA
ORAR
Décima edición: marzo 2014.
Página web de Editorial CCS: www.editorialccs.com
© Dolores Aleixandre
© 2005. EDITORIAL CCS, Alcalá, 166 / 28028 MADRID
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Diseño de portada: Olga R. Gambarte ISBN (pdf): 978-84-9842-967-1
UN LIBRO PARA ORAR
«Para mí, lo bueno es estar junto a Dios…» (Sal 73,28). Seguramente, en más de una ocasión, cada uno de nosotros hemos participado de la misma experiencia que hizo brotar es tas palabras en un creyente del pueblo de Israel. Y, como él, nos hemos sentido empujados a orar, a abrirnos a la presencia envolvente de ese Dios, a entrar en relación con él.
Cuando ese momento de gracia llega a nuestra vida y nos urge la necesidad de «estar junto a Dios», comienza la búsqueda de cómo, cuándo y dónde hacerla. Porque, en el fon do de nuestro corazón existe, afortunadamente, la convicción secreta de que todavía no sabemos orar. Y es una ignorancia salvadora que nos ayuda a permanecer en la humilde ver dad de nuestra pobreza, a la vez que mantiene en nosotros el deseo de aprender y la necesidad de ser enseñados.
Y esas actitudes nos dan acceso a la condición de discípulos, nos hacen parecernos a los niños que poseen el Reino y nos alejan de la necia suficiencia de creer, como el fariseo de la parábola, que ya somos capaces de mantener un diálogo de tú a tú con Dios. Leemos en el libro del Génesis un antiguo relato que puede iluminar nuestra búsqueda:
«Jacob salió de Berseba y fue a Jarán. Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño: soñó con una escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los cielos, y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que Yahvé estaba sobre ella…» (Gén 28,10-13).
Las claves simbólicas son claras y nos enseñan más sobre la relación con Dios que muchos tratados de teología: a ese Jacob que somos cada uno de nosotros se le ofrece un me dio de comunicación, una «escalera» que permite «subir» hacia Dios y a Dios «bajar» hasta donde estamos nosotros. La figura de los ángeles sugiere precisamente eso: la presencia comunicativa de un Dios que se hace cercano y accesible.
Es una escalera bien plantada en tierra, asentada en el humus de nuestra carne tan opa ca, de nuestras necesidades, tan precarias. Su lugar de arranque no es ningún templo,
ningún santuario; su momento no es el de la oración litúrgica ni cualquier otro tiempo sagrado: el encuentro con Dios que ella favorece se da en una situación tan cotidiana como la de un hombre que, cansado de caminar, se ha echado a dormir bajo un árbol.
Podría ser un símbolo para entender que, desde todos nuestros lugares y tiempos, desde todas y cada una de nuestras situaciones anímicas –alegría, preocupación, perplejidad, temor, confianza, queja…– la escalera está ahí esperando que nuestra oración suba por sus peldaños. Posibilitando, sobre todo, que llegue hasta nosotros el amor de un Dios que está bajando siempre a nuestro encuentro.
El libro de los Salmos tiene mucho que ver con esa escalera: han sido, desde hace más de 30 siglos, el camino privilegiado de oración de millones de hombres y mujeres creyentes y cuando nosotros los acogemos, entramos en el diálogo ya comenzado entre Dios e Israel y nos introducimos en la oración misma de Jesús. Orar con los Salmos es reconocer nuestra pertenencia y nuestra vinculación a la fe de las generaciones que nos han precedido.
Podemos preguntarnos por qué orar con oraciones del Antiguo Testamento. Chouraqui, un judío enamorado de la Biblia, nos recuerda: «El Salterio es más que un libro escrito en un pasado lejano: es un ser vivo que nos habla, que sufre, gime, muere y resucita, que habla fuera del tiempo, en el eterno presente del hombre. Cada nueva generación vuelve a este canto, se purifica en esta fuente, vuelve a preguntarse por cada verso, por cada palabra de las antiguas oraciones, como si sus ritmos golpearan la pulsación de los mundos.
El mundo entero se reconoce en este breve libro y, como narra la historia de todos nosotros, se ha convertido en el libro de todos, en el infatigable y penetrante embajador de la Biblia en todos los pueblos de la tierra».
Jesús oró con los Salmos, añadimos los cristianos, y nuestra oración, que es prolongación de la suya por el Espíritu que murmuraba el nombre del Padre dentro de nosotros, encuentra alimento, vocabulario, guía y dirección en las expresiones que él mismo pronunció. También para él tuvieron resonancias extrañas que no se correspondían a la realidad histórica de su tiempo y vivió, como nosotros, el descubrimiento de dirigirse a Dios en un lenguaje nacido de la fe de muchas generaciones.
Cobijarnos en el lenguaje de los Salmos educa nuestra fe, ensancha nuestra experiencia, nos acostumbra a hablar con Dios y de Dios a través de imágenes, símbolos y palabras que nos hacen entrar en comunión con esa inmensa comunidad que es la Iglesia y que se reúne para cantar, suplicar, bendecir y alabar a su Señor.
Acercarse a los Salmos es ponerse en presencia del Cuerpo de Cristo porque es a él a quien tocamos al tocar esa palabra que viene a nosotros. Es reconocer que existe una verdadera comunión entre el salmista, Jesús, los creyentes y nosotros.
A lo largo de estas páginas iremos, pues, descubriendo y saboreando algunos Salmos, paseando por sus senderos, sentándonos a su sombra, escuchándolos como un susurro o como un clamor, haciéndoles sitio en nuestro interior, dejándonos habitar por ellos hasta que se conviertan en voz de nuestra voz o en palabra de nuestro silencio.
SUGERENCIAS PARA LA UTILIZACIÓN DEL LIBRO
– Procura tener a mano una edición manejable de los Salmos. Es excelente la de Ed. Cristiandad con la traducción de L. Alonso Schökel y J. Mateos. Es el texto oficial litúrgico y tiene buenas notas y comentarios.
– Ten en cuenta que a la hora de agrupar los Salmos he escogido como criterio las actitudes que pueden hacer nacer en el orante. El primer capítulo abarca una serie de actitudes que podríamos considerar más activas: buscar (Salmos 1, 14 y 83), desear (Salmo 62), elegir (Salmo 15), convertirse (Salmo 13), crear fraternidad (Salmo 132), admirar (Salmos 8 y 104)…
El segundo capítulo contiene Salmos que favorecen actitudes más receptivas: abandonarse (Salmos 120, 126 y 130), entrar en el misterio (Salmos 72 y 45), saberse conocido (Salmo 138), perdonado (Salmo 31), conducido (Salmo 22).
En el tercer capítulo hay tres Salmos que pueden ambientar la oración en Navidad: Salmos 71, 84, 97; en Cuaresma: Salmos 31 y 50; y en Pascua: Salmos 21 y 150.
– Antes de buscar el comentario del salmo, e incluso antes de leerlo, haz un espacio interior para acoger lo que te va a ser dado a través de sus palabras. Porque la iniciativa de orar no es nunca tuya, es el Padre quien va a dirigirte su palabra y lo que más importa es que te encuentre abierto, atento, silencioso.
– Lee, después, el Salmo despacio más de una vez y subraya con colores diferentes las expresiones que más «conectan» con tu propia experiencia y aquellas que te extrañan, te chocan y te resultan difíciles de entender. Déjate sorprender, intrigar por el lenguaje que encierra la fe del salmista, dialoga con él, trata de descubrir la realidad existencial que es conde y de reconocer si es también parte de la tuya.
– Una manera de leerlo que te ayudará es rezarlo desde los sentimientos y actitudes de Jesús. Quizá haya expresiones sobre Dios que no parecen compatibles con el Padre del que habla Jesús en el Evangelio: no tiene que extrañarte porque la revelación definitiva de Dios se nos ha dado en su Hijo y todo lo anterior es preparación y camino para llegar has ta Él.
– Otra manera puede ser escuchar primero internamente, el Salmo, como si fuera el Señor el que lo pronunciara: por ejemplo en el Salmo 22 (23): «Yo, el Señor, soy tu pastor, nada te falta…». Ese primer momento puede crear en ti la actitud de receptividad
silenciosa de quien está acogiendo unas palabras que le están dirigidas personalmente. Vuelve a leerlo por segunda vez, poniéndolo ahora en persona TÚ: es como si asintieras repitiendo, como un eco, lo que acabas de escuchar: «Tú, Señor, eres mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me haces recostar…».
Rézalo por tercera vez, ahora en plural, sintiendo que formas parte de un pueblo que pro clama ante el universo entero las maravillas de su Dios.
– Cuando vayas a orar con un Salmo, no te sientas nunca solo. Vas a orar con Jesús y en nombre de tantos hombres y mujeres del mundo que no saben o no pueden orar. Siéntete, en ese momento, la voz de su alabanza o de su súplica, de su queja o de su acción de gracias.
– Y no olvides nunca que, desde cualquier lugar en que estés, desde cualquier situación en que te encuentres, la escalera de esa comunicación con Dios que llamamos oración está plantada esperándote. Los Salmos pueden ayudarte a subirla y estando en tu casa o en la iglesia, en la ciudad o en el campo, en el silencio de la noche o en medio del bullicio del mediodía, en momentos de enfermedad o en plena salud, herido por la angustia o inundado por el gozo, puedes hacer tuya la experiencia de que, también para ti, «es bueno estar junto a Dios»…
1
En busca de la felicidad
Salmo 1
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados ni se detiene en la senda de los pecadores
ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su tarea es la ley del Señor y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; cuanto emprende tiene buen fin.
No así los malvados:
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los malvados no se levantarán ni los pecadores en la asamblea de los justos. Porque el Señor cuida del camino de los justos, pero el camino de los malvados acaba mal.
❥ En el fondo del corazón de cada uno de nosotros existe, seguramente, la convicción secreta de que todavía no sabemos orar. Y es una ignorancia salvadora que nos ayuda a permanecer en la humilde verdad de nuestra pobreza, a la vez que mantiene vivo en nosotros el deseo de aprender y la necesidad de ser enseñados.
Y esas actitudes nos dan acceso a la condición de discípulos, nos hacen parecernos a los niños que poseen el Reino y nos alejan de la necia suficiencia de creer, como el fariseo de la parábola, que ya somos capaces de mantener un diálogo de tú a tú con Dios. ❥ «El salterio —dice Chouraqui, un judío enamorado de la Biblia— es más que un libro escrito en un pasado lejano: es un ser vivo que nos habla, que sufre, gime, mue re y resucita, que habla fuera del tiempo, en el eterno presente del hombre.
Cada nueva generación vuelve a este canto, se purifica en esta fuente, vuelve a preguntarse por cada verso, por cada palabra de las antiguas oraciones, como si sus ritmos golpearan la pulsación de los mundos.
El mundo entero se reconoce en este breve libro y, como narra la historia de todos nosotros, se ha convertido en el libro de todos, en el infatigable y penetrante embajador de la Biblia en todos los pueblos de la tierra.
Los Salmos han atravesado todas las noches, todas las guerras, son como un milagro de comunicación universal.»
❥ Iremos, pues, descubriendo y saboreando algunos Salmos, paseando por sus senderos, sentándonos a su sombra, escuchándolos como un susurro o como un clamor, haciéndoles sitio en nuestro interior, dejándonos habitar por ellos hasta que se conviertan en voz de nuestra voz o en palabra de nuestro silencio.
Búsqueda de la felicidad
❥ Pocos temas tienen hoy tanta actualidad para nosotros como el de la búsqueda de
felicidad. Es el gran discurso de nuestros días, el reclamo de la publicidad, aquello que
nos ofrecen y pretenden vendernos bajo tantos nombres.
Parece haber mil caminos para alcanzarla, pero quizá hemos probado mucho de ellos y hemos comprobado que no llevaban a ninguna parte.
Un creyente del Antiguo Testamento nos ofrece su propia versión de en qué consiste ser feliz. Vamos a escucharlo detenidamente, recorriendo paso a paso sus palabras:
❥ Leemos el salmo fijándonos en sus personajes: pertenecen a dos grupos diferentes, delimitados con mucha claridad.
– De un lado, el hombre justo, que sólo es nombrado con ese calificativo. – Del otro, el grupo de los malvados, pecadores, cínicos…
Subraya las veces que aparecen el justo y los malvados.
❥ Del primero se dice lo que no hace: «no sigue…», «no entra…», «no se sien ta…», «no parece interesarle lo que se dice o se hace en esas reuniones». Luego, como si se quisiera descubrir el porqué de esa actitud tan solitaria, tan distinta de lo que es habitual, se nos revela su secreto: es un hombre que tiene puesta su alegría en otro sitio, está
constantemente vinculado al Señor y a su voluntad.
Dos comparaciones nos hacen visualizar el destino de uno y otros: la imagen del árbol firme, frondoso, lleno de verdor, cargado de frutos, con raíces bien regadas, contrasta con la levedad de la paja, juguete del viento.
❥ Al final, el Señor toma partido por el justo y por su manera de vivir, por su «camino». El camino de los malvados no necesita ser descalificado por Dios: él mismo acaba mal, va a parar a un precipicio, sencillamente porque no tenía punto de destino.
Sugerencias de interiorización
1. Recuerda algunas frases publicitarias en las que se ofrecen distintos tipos de felicidad.
– Completa esta frase con tres o cuatro posibilidades, a partir de tu experiencia:
que suerte tiene el que…
– Si hacéis el ejercicio en grupo, tratad de describir el «retrato-robot» del hombre o la mujer que hoy, os parece feliz, al menos, que está en el camino de la felicidad.
– Leed luego las bienaventuranzas (Mt 5,1-10) y comparad su concepto de felicidad con el vuestro.
2. Dice el Salmo hablando del hombre justo: «Su tarea es la ley del Señor». ¿Qué palabras del Evangelio podrían reemplazar a esta afirmación? (encontraréis pistas en Jn 4,34; 5,30…).
la parábola que propone Jesús en Mt 12,24-30, observaréis otro parecer diferente. Comprobadlo.
3. La expresión «sentarse en la reunión de los cínicos» quiere decir algo así como «estar de acuerdo con ellos, entrar en comunión con ellos…». El Antiguo Testamento alaba la actitud de alejamiento de los pecadores, pero en el Nuevo nos encontramos con algo sorprendente: «Recaudadores y pecadores solían acercarse en masa para es cuchar a Jesús. Los fariseos y los letrados lo criticaban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,1-2).
Saborea la novedad revolucionaria que nos trae Jesús. Haz un espacio de silencio para agradecer que se haya sentado a la mesa con nuestra humanidad pecadora, y siéntete tú de esos llamados a estar sentado junto a él, sin otro mérito que el de estar necesitado de perdón y salvación.
4. Imagínate a ti mismo como un árbol: siente tus raíces, tus ramas y hojas, el circular de la savia… ¿Qué clase de árbol eres? ¿Con qué características (frondoso, me dio seco, alto, débil…)? ¿Dónde estás plantado? ¿Tienes alguna cerca?..
– Escribe una oración como si ese árbol que eres tú, joven o viejo, bien regado o necesitado de agua, en invierno o en primavera, hablara con Dios.
5. En nuestro mundo se dan muchas situaciones en las que gente justa y buena sufre a manos de esos otros que el salmo llama «malvados», «pecadores», «cínicos…». – Recuerda alguna de esas situaciones de injusticia y nombra ante el Señor a
esas personas o grupos que sufren opresión o persecución.
6. Relee el salmo dejando que cambie tu mirada y tu propio concepto de felicidad porque, en el fondo, ser contemplativo es llegar a mirar la vida y la historia con la mi rada y el corazón de Dios.
– Ponte ante él en la actitud humilde de aquel ciego de Jericó que gritaba a Jesús (Mc 10,46-52) y a quien él devolvió la vista, y suplícale que dé luz a tus ojos para saber reconocer cuál es el camino de la verdadera felicidad.
«Este salmo formaba parte del ritual de la Alianza y debía cantarse en la fiesta de los Tabernáculos en la cual se renovaba la Alianza. Es un anuncio profético de las bendiciones que conlleva la fidelidad y de las maldiciones que pesan sobre aquellos que son infieles a la Alianza» (Noël Quesson, 50 Salmos para todos los
días. Guías para la oración y la meditación cotidianas, Ed. Paulinas, Bogotá 1988, pág. 11.)
«El libro de los Salmos es como un árbol, que plantado junto a la corriente, da fruto en su sazón. La corriente es el río de la vida y el río de la historia. De vida humana y de historia humana chupa el árbol su savia. El río que pasa tendido se encarama hasta ser ternura en las hojas y zumo en la pulpa.
Árbol arraigado en tierra: barro de los hombres que muertos han dado vida a este árbol milagroso, “no se marchitan sus hojas”. “Da fruto en su sazón”: un fruto para las cuatro estaciones de la vida –tierna primavera, fogoso verano, henchido otoño, deshojado invierno–; frutos para los cuatro sabores de la vida, con sus mezclas y variedades. El que coma de este árbol vivirá» (L. A. SCHÖKEL).
LEY. En el Antiguo Testamento significaba la fidelidad a la Alianza. La Ley es, sobre todo, el decálogo. Es la voluntad de Dios revelada en palabra de Dios con poder para establecer un orden religioso. El creyente se alegraba de conocerla (Sal 119) y su cumplimiento exactísimo llegó a convertirse en la esencia de la religiosidad, a pesar de que sólo unos pocos con seguían hacerla.
Cristo es el final de la Ley (Rom 10,4). Él, que es el Camino, nos incorpora a sí como ca mino hacia el Padre.
2
Huéspedes del Señor
Salmo 14 (15)
Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?El que procede honradamente y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, el que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor, el que no retracta lo que juró aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra, nunca fallará.
❥ Una vez más, estamos tomando en las manos nuestra vida de compromiso con Jesús y su Iglesia y volvemos a hacernos las preguntas básicas de nuestra fe: ¿Cómo entrar en una mejor relación con el Señor, cómo provocar un encuentro con Él y ser mediadores entre la palabra del Evangelio y el corazón de los hombres?
❥ El pueblo que llegaba en peregrinación a las puertas de Jerusalén, leemos en el Salmo 14, tenía también preguntas a propósito de un encuentro con Dios, que califican como «hospedarse en su tienda» y «habitar en su monte santo».
Curiosamente, y a pesar de estar en los umbrales del Templo, la respuesta que reciben de los levitas que los esperaban, no tiene que ver con el culto, sino con la calidad de las relaciones humanas: hacer el bien, ser justo, decir la verdad, ser discreto y fiel a la palabra dada, o tener apego al dinero… Al que procede así se le somete la solidez, el gozo profundo de una vida a salvo. Toda una lección para nuestra búsqueda de Dios. Toda una sabiduría para orientar correctamente nuestros pasos hacia Él.
Para rezar con el Salmo
1. Trata de hacer un chequeo al mundo de tus deseos porque, como decía Jesús, «donde esté tu tesoro estará tu corazón». Pregúntate si la interrogación por la que comienza el salmo es la tuya, es decir, si existe en ti el deseo sincero de tener una experiencia de encuentro con el Señor, de hacer más fuerte tu relación personal con él. Si constatas la frialdad de tus deseos no te desanimes, alégrate de poder reconocer tu pobreza y dedica un rato a pedir desarmadamente que el Espíritu venga en ayuda de tu debilidad.
– Lee después, en Lc 19,1-10, el encuentro de Jesús con Zaqueo y su petición: «Baja pronto porque conviene que hoy me quede yo en tu casa», y en Jn 14,23, su promesa de venir y hacer morada en el que quiera recibirle.
– Ábrete al asombro de que sea el Señor mismo quien desea hospedarse en tu tienda y habitar en ti, y acoge con gozo la presencia del Huésped que está llamando a tu puerta.
2. Relee el pequeño decálogo del salmo y trata de traducirlo a tu lenguaje, o al de vuestro grupo, si lo hacéis en común. Fijaos en cómo queda comprometida toda la persona a partir de su corporalidad: los pies tienen que caminar por caminos de honradez, las manos tienen que practicar la justicia y abrirse con esplendidez, para alejarse del peligro de avidez ante el dinero; la boca tiene que aceptar la
disciplina difícil de no hablar mal de los otros y ser fiel a sus promesas; el corazón tiene que guardar limpia su intención e ir acostumbrándose a valorar y «arrimarse» a los que son rectos y cabales para aprender de ellos.
– Poned un papel continuo en el suelo y marcad la silueta de uno de vosotros que se ha tumbado sobre él. Id escribiendo, después, en las manos, pies, corazón, ojos, oídos… las cualidades que os parece que podrían completar el salmo si recorriera todos los miembros.
– ¿Cómo haríais la traducción al lenguaje de los niños o de los jóvenes?
3. Leed Mt 25,31-45 y pensad qué relación encontráis entre la parábola de Jesús y este salmo. Id escribiendo vuestros descubrimientos en una pizarra dividida en dos columnas.
«Ser huésped de Dios. Es la ambición del místico, entrar en ese círculo donde el len guaje del amor, por verdadero, es sencillo y directo, llegar a comprender las claves de la manifestación de lo divino, el lugar donde Dios se nos manifiesta. Pues aquí la fe cristiana se vuelve, una vez más, paradoja: Dios es nuestro huésped, él viene a nosotros y pone morada entre nosotros. Tremenda fe la nuestra en Jesús que hace de los contornos de lo humano los contornos mismos de Dios». Él está en la profundidad, él es nuestro huésped. Él: «Jesús de la historia en la historia del hombre de hoy» (F. AIZPURÚA).
3
La vida como subida
Salmo 83 (84)
¡Qué delicia es tu morada, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume anhelando los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casay la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre; dichosos los que encuentran en ti su fuerza
y la esperanza de su corazón.
Cuando atraviesan el Valle Arido, beben de manantiales; la lluvia temprana lo cubre de albercas.
Caminan de refugio en refugio hasta ver a Dios en Sión. Señor, Dios de los ejércitos, escucha mi súplica;
atiéndeme, Dios de Jacob;
fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo, mira el rostro de tu Ungido.
Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir en la tienda del malvado. Porque el Señor es sol y escudo, Dios concede favor y gloria.
El Señor no niega sus bienes a los de conducta intachable. ¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!
Volver a Dios
❥ Comprendemos la importancia de los deseos para la oración. Pero sólo tenemos una manera de saber si deseamos algo de verdad y es si algo en nuestra vida cambia, se
mueve, se pone en marcha para ir en busca de lo que deseamos.
❥ El Salmo 83 nos pone en contacto con la experiencia creyente de un pueblo que desea a Dios y vive en una situación de «subida». Una subida que expresa la coherencia entre sus deseos y su conducta.
❥ Se trata de una oración en la que sentimos la impaciente nostalgia de un pueblo que recuerda la felicidad de haber estado junto a Dios, «en sus atrios», «en su casa». Esa experiencia no lo ha dejado satisfecho y desea ardientemente otro encuentro. Por eso «se consume» en ansias de volver a gozar de la presencia que, en un momento de su pasado, quizá en su anterior subida al templo de Jerusalén, le llenó de alegría.
❥ Y evoca aquella experiencia gozosa a través de la imagen cálida y conmovedora de un gorrión y de una golondrina que han encontrado donde anidar a sus polluelos. Así de envolvente, así de maternal es la acogida del Señor para los que acuden a él, parece decirnos.
❥ Recurre también a otra imagen a la que todos somos sensibles, la del paso del tiempo: el día que pasó en la casa de su Señor, incluso en el más humilde de sus rincones, fue un tiempo denso y colmado, mil veces más pleno que los vividos en otros lugares.
❥ Pero la relación con Dios no es nunca para Israel una posesión definitiva. Se trata de un pueblo que se sabe siempre en camino y tiene que expresarlo simbólica mente cada año por medio de su peregrinación a Sión.
La fuerza para su nueva subida no le viene de él: es el Señor mismo quien impulsa y es el deseo acuciante de encontrarlo lo que hace que la aridez de los valles sea como un
oasis para el peregrino. Por eso su paso por el erial se convierte en algo tan fe cundo como la primera lluvia de primavera.
❥ Al final, el salmista revela lo último de su secreto: ese Dios al que va buscando es alguien que le ha hecho gustar un poco de su identidad: es el Viviente, aquel que ofrece luz, calor y vida como el sol, y refugio protector como el escudo. Es un Dios comunicador de fuerza, gracia y dicha, un Dios cuyos dones están al alcance del hombre, no como una recompensa a su esfuerzo o a su conquista, sino como un don gratuito para el que se atreve a confiar.
❥ Es ese Dios el que nos busca y al que vamos buscando. Por ir a su encuentro va len la pena todas las subidas.
Para rezar con el Salmo
1. El peregrino encuentra su fuerza en la esperanza de alcanzar un día la meta que va buscando. Es lo que aparece en el Salmo bajo la palabra «casa» o similares. Subraya estas expresiones.
– La casa es el lugar en que se hace la experiencia de estar al abrigo y guardado por una protección envolvente, de estar centrado y a salvo. Es el lugar que nos defiende de la hostilidad de fuera y nos da estabilidad y permanencia. – Pregúntate dónde encuentras tú todo eso, qué es para ti «la casa», cuáles son
los lugares en los que te rehaces y te sientes en plenitud.
2. La vida entera de Jesús aparece en los evangelios, como una constante subida a Jerusalén. Da la sensación de que Jesús siente que el Padre le ha dado una cita en la ciudad santa y allá sube el hijo fiel, le cueste lo que le cueste, al encuentro del querer de su Padre: «Iban de camino subiendo a Jerusalén y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo» (Mc 10,32).
– Trata de penetrar dentro del texto, de sentirte identificado con los sentimientos de miedo de los discípulos, con su resistencia a seguir a Jesús allí donde presienten que les espera el peligro.
– Toma conciencia de cuál es «tu Jerusalén», es decir, ese lugar, situación o modo de vivir a los que quizá te sientes llamado, pero del que experimentas
la dificultad porque es «cuesta arriba» y te desanima el esfuerzo de subir hasta él.
– Acércate a Jesús y ábrele tu corazón, confiésale tus temores, pídele que te comunique algo de su fuerza y de su valor, que te dé la mano para que también tú te atrevas a seguirle en la subida.
3. Haz memoria de las personas, grupos o comunidades de las que podrías decir que han hecho de su vida «una subida hacia Jerusalén», una Jerusalén que personifica los valores del Reino: el amor solidario, la paz, la alegría, el servicio…
– Posiblemente no llamen mucho la atención, pero no están lejos de nosotros y podemos encontrarlos en nuestros barrios, en el tercer mundo, en los monasterios de vi da contemplativa
– En la Iglesia todos somos responsables unos de otros y esa gente que se ha decidido a ponerse en un camino valiente de amor fraterno, necesita ser sostenida por la oración de todos.
– Reza el salmo en su nombre, alegrándote y dando gracias por su ánimo y por su fortaleza.
4. El salmo nos ha puesto también en contacto con el tema del camino que es quizá el símbolo más universal de la existencia humana.
– Toma contacto con su situación actual, ponle nombres a partir del tema del «camino»: ¿te sientes «en marcha», caminando con ánimo y con meta? ¿O te ves a ti mismo como sentado en al cuneta, desanimado, desorientado, sin saber a dónde vas? ¿Qué nombres pones a los lugares por los que vas andando: áridos, frondosos, pedregosos, llanos, cuesta arriba o cuesta abajo, en soledad o en compañía…?
– Desde esa situación concreta en que estás, escribe una oración que sea tu «salmo de peregrinación».
– Si hacéis este ejercicio en grupo o si lo adaptáis a la catequesis, dibujad un ca mino en un mural y situad vuestra huella en algún lugar determinado explicando por qué.
Los salmos de peregrinación (89, 90, 121…) cantan la alegría de los peregrinos que llegan finalmente a las puertas del templo.
Su estructura suele ser:
1. Exclamación inicial de alegría.
3. Catequesis a las puertas.
4. Oración de los peregrinos por la ciudad.
5. Fórmula de acogida de los habitantes de Jerusalén.
EL SALTERIO
El salterio es un libro de oraciones. Aquí radica su originalidad respecto a los demás libros de la Biblia. También es verdad que en otros lugares de la Biblia nos encontramos con oraciones; puestas en labios de algún personaje, se presentan como un elemento más del relato. Podemos rezar con ellas, pero no fueron compuestas con esa intención. Los salmos sí que están destinados directamente a la oración de la comunidad. Y esto es lo que los sitúa de verdad.
Al ser plegaria de la comunidad, toman a los fieles tal como son, con su vida de cada día, con sus esperanzas y sus pecados, con sus dificultades y su amor. Y también con su mentalidad y su forma de expresarse: imágenes concretas, representaciones mitológicas o mágicas. No pretenden, como la ley o los profetas, dar una enseñanza nueva. Y en ellos aparecen con toda claridad las lagunas doctrinales de los creyentes de aquella época, concretamente sobre la vida eterna. Su originalidad y su aportación consisten en algo distinto: no son doctrina, sino plegaria, nos hacen entrar profundamente en la relación entre Dios y el hombre (M. MANNATI, Orar con los salmos, Col. Cuadernos Bíblicos. Ed. Verbo Divino. Estella 1988, 6).
4
En contacto con nuestros deseos
Salmo 62 (63)
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,mi garganta tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua.
¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu lealtad vale más que la vida, te alabarán mis labios; toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote, me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.
Si en el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, es que fuiste mi auxilio; a la sombra de tus alas
canto con júbilo; mi aliento está pegado a ti, y tu diestra me sostiene.
Pero los que buscan mi perdición bajarán a lo profundo de la tierra; serán entregados a la espada
Y el rey se alegrará con Dios,
se felicitarán los que juran por tu nombre, cuando tapen la boca a los mentirosos.
❥ En el itinerario de oración que comenzamos, necesitamos, en primer lugar, to mar conciencia del oscuro mundo de nuestros deseos. Porque es de ahí, en lo escondido de nuestro ser, de donde nace el dinamismo que nos empuja a orar. Si nuestros deseos están adormecidos o engañadamente satisfechos, o entretenidos en mil peque ñas búsquedas, desempeñan el mismo papel que aquellas piedras y zarzas de la parábola de Jesús: ahogan el crecimiento de la semilla.
❥ Para encontrar a Dios hay que desearle, hay que ser consciente de cuánto necesitamos su presencia: como la tierra reseca grita ansiando el agua; como el centinela nocturno suspira por la llegada del amanecer.
Son imágenes de los Salmos, son imágenes de nuestra verdad más honda.
❥ Una lectura detenida nos hace descubrir quién es el orante que habla: es alguien habitado por un deseo que lo transporta fuera de sí mismo y que aparece expresado con la hondura de dos símbolos universales: la sed y el hambre, en contraste con la saciedad. ❥ La ausencia sentida de Dios ha provocado en él una situación semejante a la de la tierra reseca y cuarteada por la falta de agua. Por eso lo busca y suspira por él, por eso se mantiene en la noche en una vigilia expectante.
La presencia antes experimentada de ese Dios a quien llama «mi Dios», es evoca da en términos de una gozosa plenitud: la grasa y la médula (lo mejor del sacrificio que se ofrecía en el templo) empapando su ser, la sombra protectora de unas alas, una mano tendida para sostener y levantar.
❥ La alegría de la alabanza pone el fondo sonoro del encuentro evocado: «Mis labios te glorificaban», «te alababa mi boca con labios jubilosos». Es la vivencia año rada de ese encuentro lo que lleva a este creyente a hacer una afirmación asombrosa: «Tu amor vale más que la vida». Es una cultura para la que el valor máximo era la vi da presente y cuando faltaban siglos para empezar a descubrir la posibilidad de otra vida más allá de la de aquí y ahora, un creyente anónimo tiene la audacia de decir: «El amor de mi Dios es más precioso que la vida y lo prefiero incluso a esa vida que es la única que tengo».
Una afirmación como esta desconcierta todo el sistema de valores de Israel y lanza el pensamiento bíblico mucho más allá de sus márgenes tradicionales.
Una vez más, es la experiencia saboreada, y no la lógica reflexiva, la que rom pe los límites estrechos de la pura racionalidad. Dios es siempre mayor que nuestro corazón.
Para rezar con el Salmo
1. Recorrer un camino de oración es recorrer el camino de los propios deseos, pero no podemos confundir deseos con necesidades.
– Cuando nos movemos desde ahí y buscamos en Dios la satisfacción de esa necesidad, identificamos su causa con la nuestra, le reducimos a nuestro tamaño y queremos que la oración nos dé respuestas tranquilizadoras. ¿Reconoces en tu oración algunos de estos rasgos?
2. En la narración de la aparición del Resucitado a María Magdalena (Jn 20,11-18), el Señor hace a María dos preguntas definitivas que van dirigidas también a cada uno de nosotros: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Es decir: qué es lo que año ras, lo que echas de menos, lo que te falta, lo que te ha puesto en movimiento para llegar hasta aquí…
– Deja que esas dos preguntas iluminen lo más hondo de tu ser. Trata de contestar las escribiéndolo si eso te ayuda: «Lo que en este momento más deseo es…»; «Lo que voy buscando creo que es…».
– Una pista para comprobar la sinceridad de tus respuestas sería fijarte en los pasos concretos, en las actitudes tuyas que otros pueden verificar. Por eso podría ayudarte hablar de los propios deseos con otras personas que puedan servirte de espejo.
3. Si estáis en grupo, poned en un mural la frase: Buscar a Dios es… Id escribiendo debajo lo que eso significa para cada uno.
– Al final, dialogad sobre ello expresando acuerdos y desacuerdos con lo escrito.
4. En el Evangelio encontramos muchos personajes que van en busca de Jesús. Puedes encontrar algunas de esas búsquedas en Mc 136; Mt 14,13,35; Lc 9,2-5. – Lee en Jn 1,35-39 la narración sobre aquellos dos discípulos de Juan Bautista
había de deseo secreto en el corazón de aquellos dos hombres y qué les hizo ponerse en camino. Siente que tú eres uno de ellos y trata de responder a la pregunta de Jesús: «¿A quién buscas?».
5. Relee el salmo poniéndolo en boca de Jesús: ¿Qué expresiones te resuenan ahora de distinta manera? ¿Qué te revela de su relación con el padre? ¿Qué expresiones del salmo te parece que no «concuerdan» con lo que sabes de Jesús?
6. Recorre con tu imaginación lugares, situaciones, personas o grupos que están hoy en especial necesidad, con hambre y sed de cualquier tipo. Mézclate con ellos, identifícate con su clamor y su deseo y repite una y otra vez el comienzo del Salmo:
«Dios, tú mi Dios, yo te busco… Dios, Dios nuestro, te buscamos…».
7. El Evangelio nos revela algo que nos cuesta mucho aceptar y es que Dios nos de sea a nosotros infinitamente más que nosotros a él.
• Es él quien nos ama el primero (1 Jn 4,7-11). • Es él quien sale a nuestro encuentro (Lc 15,20).
• Es él quien se lanza a nuestra búsqueda cuando nos pierde (Lc 15,4-7). • Es él quien llama a nuestra puerta para compartir nuestra cena (Apoc 2,20). – Por eso también él podría, después de pronunciar nuestro nombre, decir el
comienzo del salmo: «Yo te busco, tengo sed de ti como tierra reseca, agotada, sin agua».
– Después de leer los textos señalados, haz un rato de silencio en el que, al ritmo de tu respiración, puedas acoger ese amor y dejarte encontrar por él que siempre anda en busca.
SALMOS DEL HUÉSPED DE YHWH: «EL EMMANUEL, DIOS CON NOSOTROS»
Podemos designar como SALMOS DEL HUÉSPESD DE YHWH a doce salmos que presentan, en líneas generales, un revestimiento parecido.
Israel, bajo los rasgos de un levita (Sal 5; 16; 23; 36; 63; 73), de un rey (Sal 27; 31; 61) o de un profeta (Sal 4; 4; 139), impresionado por la singularidad de su condición y la dificultad de su misión, tentado por el sincretismo e incluso por la apostasía, viene a consultar a YHWH. Y YHWH le hace descubrir que lo que él experimentaba como una eliminación brutal es, en realidad, una elección, que la suya es la mejor parte, porque es intimidad con Dios que le abre su casa, le acoge en su misterio y le convierte en un huésped estimado. Este revestimiento hace sensible el lado dramático, aparentemente absurdo, de la alianza, el precio incalculable de la intimidad con Dios y la ambivalencia de una misma situación, experimentada humanamente
como obstáculo y exclusión hasta los límites de lo intolerable, pero que resultará luego una lección admirable y cariñosa. Antes de la renovación de los compromisos de la alianza, estos salmos advierten: «¡Cuidado! ¡La alianza es exigente!»; pero al mismo tiempo estimulan: «¡Es maravillosa!».
Esta trama, que se encuentra en todos estos doce salmos (incluidos el salmo 5, que se encuentra en la periferia de este género), queda tratada con mucha libertad. No hay una estructura específica.
Así, pues, el personaje central es un rey, un levita o un profeta (M. MANNATI, Orar con los salmos. Ed. Verbo Divino, Estella, 1988, 56).
Israel sabía que la VIDA como don de Yahvé y ante él era el sumo bien del creyente. Pe ro en la frase: «Tu amor es mejor que la vida» (Sal 62,4), el amor y la vida se separan y algo aparece totalmente claro: que la vida en cuanto tal no es el sumo bien. Para el sal mista es el amor de Dios el único y más preciado valor y eso supone una total inversión de la escala de valores. La vida tiene su origen y fundamento en el don de Yahvé, en su presencia, en su protección y salvación. Cuando la vida se deshilacha en la situación apurada y en la muerte, emerge la convicción comparativa: «Tu amor es mejor que la vida». Existe algo mejor que la vida: «El amor de Yahvé» (H. J. KRAUS).
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Dios mío y todas mis cosas
Salmo 15 (16)
Protégeme. Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen.
Multiplicad las estatuas de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos, ni tomaré sus nombres en mis labios.
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.
Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas, y mi carme descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.
❥ La vida nos va poniendo constantemente en trance de hacer opciones. Nuestras elecciones, pequeñas o grandes, van configurándonos y dejando su huella en nuestra personalidad, hasta en los días que nos parecen más intrascendentes.
«Hoy puede ser un gran día, móntatelo bien…» canta Serrat, y a los creyentes la experiencia nos va dando que «montárnoslo bien» tiene mucho que ver con ir eligiendo los valores, gestos, acciones y palabras más coherentes con las opciones fundamentales de nuestra vida cristiana.
❥ Israel, después de su estancia en el desierto, se vio constantemente confrontado por las costumbres religiosas de los habitantes de Canaán y por el culto que daban a sus dioses, los baales. La tentación de dar culto a ídolos, de confiarles a ellos la fertilidad de sus tierras y la suerte de sus cosechas acechó a los israelitas que con frecuencia sucumbieron a ella.
El Salmo 16 es un salmo de los llamados «de confianza individual» en el que un creyente celebra poéticamente su experiencia de felicidad por no haber caído en la idolatría y lo que ha supuesto en su vida el tener a Yahvé como único Señor.
Para rezar el Salmo
1. Lee en un primer momento el Salmo desde una actitud «penitencial», es decir, dándote cuenta de aquellas expresiones de las que te encuentras lejos: «yo jamás formaré los nombres de los ídolos en mis labios», «mi heredad es preciosa para mí» (quizá tus valores van por otro lado…).
– Piensa cuáles son aún «tus ídolos», cómo los llevas en los labios, cómo vas corriendo detrás de ellos. Analiza tus deseos, tus preocupaciones, lo que vas buscando y persiguiendo, aquello a lo que dedicas tu tiempo… Quizá te encuentres con el ídolo de tener buena fama, del consumo, de la comodidad, de tu propio egoísmo. Todo eso que está impidiendo que de verdad el Señor sea tu único Señor.
– Vuelve a rezar el Salmo, pero en forma de petición humilde: «Señor, quiero que tú seas mi Señor, que teniéndote a ti no eche de menos nada…; sé tú la parte de mi herencia y de mi copa…».
2. Lee ahora el Salmo subrayando solamente una o dos frases de las que puedas decir que coinciden plenamente con tu experiencia: «Fuera de ti no hay para mí felicidad…», «él está a mi derecha, no vacilo», «me enseñas el camino de la vida…».
– Nárrate a ti mismo el itinerario de fe por el que has accedido a esa experiencia: qué situaciones de tu vida te han ido llevando, quizá a través de las dificultades y el dolor («aún de noche me instruyes internamente…»), a poder decirle cualquiera de esas expresiones al Señor. Si hacéis este ejercicio en grupo, podréis enriqueceros mucho con la experiencia de otros y dar gracias y admirar las maravillas que Dios va haciendo en cada uno.
3. Observa cómo el vocabulario del gozo recorre todo el Salmo. Subraya todas las palabras o frases que expresen ese gozo. Dedica un tiempo largo a rastrear la presencia de la alegría en tu vida y en qué relación está con la presencia del Señor.
4. Fíjate en cómo está presente en el Salmo la dimensión corporal: los labios, la mano derecha, el corazón, las entrañas, el rostro… Intenta orar «corporalmente», incluyendo ese cuerpo que eres en la oración. Recorre cada parte de tu cuerpo, no tan to «pensando» en ella sino sintiéndola. Concentra tu atención ahí y vuelve a decir el Salmo experimentando cómo a tus ojos, tus manos, tu boca, tus pies, tu corazón, tus entrañas va llegando la vivencia de «ser del Señor» y ser transformados por su cerca nía y su presencia envolvente.
5. Agradece profundamente el don de la fe que nos permite a los creyentes hacer esta experiencia consoladora de tener al Señor como Señor. Dedica un rato a nombrar ante él a gente no creyente o indiferente, acoge su situación con respeto, pero con el deseo de que también a ellos llegue el regalo de la fe.
– Piensa cómo puedes comunicar a otros tu propia vivencia de confianza y de gozo.
«Los que han vivido su fe antes que nosotros y la han expresado a través de los Salmos, son personas vivientes, no muertas, ante Dios. Permanecen siendo lo que fueron. Y en esa memoria eterna están unidos a nosotros que vivimos del mismo don que ellos recibieron y participamos de su respuesta creyente que sigue dirigida a nuestro Dios» (A. KNOCKAERT).
6
Cambiar de bando
Salmo 13 (14)
Dice el necio para sí: «No hay Dios».Se han corrompido cometiendo execraciones, no hay quien obre bien.
El Señor observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios. Todos se extravían igualmente obstinados,
no hay uno que obre bien, ni uno solo. – Pero, ¿no aprenderán los malhechores que devoran a mi pueblo como pan y no invocan al Señor?
Pues temblarán de espanto, porque Dios está con los justos.
Podéis burlaros de los planes del desvalido, pero el Señor es su refugio.
Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo se alegrará Jacob, y gozará Israel.
❥ Hemos oído tantas veces que la Cuaresma es el tiempo penitencial que la frase nos suena casi a un tópico y lo mismo puede ocurrirnos con las palabras conversión y
cambio de vida. Seguramente necesitamos ampliar nuestro campo de visión y des cubrir
esas actitudes, no solamente como «propias» de un tiempo litúrgico determinado, sino como constituyentes esenciales de la vida de un creyente. El salmo 13 puede ofrecernos una plataforma para realizar ese ensanchamiento de nuestro horizonte.
❥ El desafío ateo del comienzo: «No hay Dios», nos hace zambullirnos de lleno en el pensamiento más descarado de la increencia. La «corrupción» y «abominaciones» que vienen a continuación dan cuenta de la situación de deterioro moral que es consecuencia de lo anterior, o que quizá lo han provocado.
❥ El creyente que contempla la situación (posiblemente durante el destierro de Babilonia) es presa de un hondo pesimismo: «No hay uno que obre bien, ni uno so lo». Predominan el extravío y la obstinación de los malhechores que devoran al pueblo, se burlan de él y no invocan al Señor.
❥ Y, sin embargo, el horizonte no está irremisiblemente cerrado y él mismo reconoce la
existencia de «otra gente» que no puede ser calificada de necia: se trata del grupo que él
llama mi pueblo, los justos, los desvalidos. De ellos se pronuncia la mejor de las afirmaciones: Dios está con ellos, él mismo se ha constituido en su refugio.
❥ Su oración termina con la expresión de un deseo ardiente de la salvación y de una declaración de serena seguridad: el Señor va a cambiar la suerte de su pueblo, el futuro está abierto a la alegría y al gozo.
Para rezar con el Salmo
1. Vamos a buscar ahora los elementos del salmo que pueden iluminar algo nuestro camino hacia la Pascua.
como la máxima estupidez y, sin embargo, la Biblia, especialmente en los libros sapienciales, nos da con frecuencia esta lectura de él. Puedes leer, en el capítulo 9 del libro de los Proverbios, la personificación de «Doña Sabiduría» y «Doña Necedad», y, en el capítulo 3, los preciosos consejos de un padre a su hijo para que elija y se abrace a la primera.
– Convierte estas recomendaciones en la expresión de tu deseo y de tu oración: «Señor, ayúdame a guardar en mi corazón tus mandatos… (v. 1), que no me abandonen la piedad y la lealtad, que las lleve grabadas en la tablilla de mi corazón… (v, 3); dame la felicidad de encontrar la sabiduría, que esa sea mi riqueza, más que la plata o el oro… (v. 13)».
– Uno de los reproches que aparecen con más frecuencia en el Nuevo Testamento es, precisamente, el de in-sensatez o necedad, unido a la
dureza de corazón. Los discípulos tenían la mente embotada (Mc 8,17); los
de Emaús eran necios y tardos de corazón para creer to do lo que dijeron los Profetas (Lc 24,25); Pablo calificaba a los gálatas de insensatos…
– Ponte delante del Señor consciente de tu propia necedad, «déjate regañar» por él y sentirás, con asombro, cómo eso no te culpabiliza ni te empequeñece, sino que te introduce en el espacio abierto y ensanchado de su perdón y de su ternura…
2. La verdadera conversión que Dios nos pide es «cambiarnos de bando», dejar de ser «devoradores» de otros y hacernos «refugio» para ellos. Piensa cuáles son hoy las traducciones de esas dos actitudes de que habla el Salmo: porque quizá, sin darnos cuenta, podemos «devorar» el espacio de otros, o su fama, o sus iniciativas, o su tiempo, o su atención. Pero también podemos serles apoyo, acogida leal, escucha y ánimo en sus problemas y colaborar así a «cambiar la suerte» de ese pueblo del Señor que somos todos y especialmente los desvalidos. La liturgia de este tiempo nos invita también a mirar a Aquél que de verdad ha sido sensato y buscador de Dios: Jesús.
3. «El Señor observa desde el cielo para ver si hay algún sensato, alguno que busque al Señor.»
– Puedes leer el capítulo 17 de san Juan en que Jesús nos pone en contacto con la oración que expresa el significado de su vida, siempre en busca de la gloria del Padre. En las «parábolas de la misericordia» del capítulo 15 de Lucas encontramos concretamente en qué consiste esa actitud: en buscar a todos los perdidos, en reunir y acoger en casa a los que andamos alejados. – Dedica un tiempo de oración a mirarle y a alegrarte de su amor fiel agradece
«Según la mentalidad del salmista, los sin-Dios no tienen remedio: están destinados al fracaso rotundo. La fe cristiana ha dado un paso mucho más adelante: Jesús se ha especializado en los sin-Dios. Los planes más queridos de su Reino han sido hechos para ellos y no se sabe muy bien si su muerte en cruz es un acto de confianza en el Padre o un supremo acto de confianza en el hombre malo, en que, aquellos que le están crucificando pueden también ser creyentes, hombres según el Reino» (F. AIZPURIRÍA).
7
La alegría de la fraternidad
Salmo 132 (133)
Ved: qué dulzura, qué delicia,convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba,
que baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento. Es rocío del Hermón que va bajando sobre el monte Sión
Porque allí manda el Señor la bendición:
la vida para siempre.
❥ «Ved qué dulzura y qué delicia»… El salmo comienza con una llamada de atención, una convocatoria que reclama nuestra mirada para atraerla hacia algo que despierta sentimientos de paz y de gozo, algo que vale la pena que desvelemos los ojos de
cualquier otra realidad, por hermosa e interesante que nos parezca. Se nos está anunciando algo que resulta extraordinario, raro, llamativo: existe un grupo humano que
está viviendo una relación de fraternidad, con su consecuencia natural que es vivir unidos.
Analicemos la expresión con más detenimiento. Ser hermano es estar ante el otro con una relación de igualdad, desde la negación de cualquier superioridad o desnivel. Es reconocer que formamos con él una comunidad, una familia, que por sus venas corre la misma sangre que por las nuestras, que estamos amasados del mismo barro, que nos vinculan lazos imposibles de romper. Saberse hermano desbanca los impedimentos que nos deterioran el amor: sentir al otro como un extraño, un inferior un competidor…
Cuando saltan esas escamas de nuestros ojos, recuperamos la claridad de visión y vemos al otro como realmente es: un hermano. Entonces no hay que hacer esfuerzo para el amor o para la unidad.
Las imágenes que usa el salmista nos resultan extrañas y tenemos que hacer un esfuerzo de «inculturación» en el mundo de Israel para saborearlas, aunque, en realidad, estamos más cerca de ellas de lo que creemos. Dice Noël Quessón: «Ninguna
civilización ignora a su manera el lenguaje de los “perfumes”, la suavidad penetrante del “aceite” que da flexibilidad, ni la frescura bienhechora del rocío que descubrimos por la mañana, pasada la noche…».
❥ Lo que es importante es que la alegría de la fraternidad es puesta en relación con escenas y símbolos culturales: la consagración sacerdotal, las vestiduras sagradas, el monte Sión, lugar en el que está enclavado el Templo… Y es recompensada con lo que significaba los valores máximos para un israelita: la bendición de Dios y la vida para
siempre.
❥ Se diría que la intuición teológica del salmista le ha hecho rozar la frontera del Nuevo Testamento: en él aprenderemos que el verdadero templo es el hombre, que no hay posibilidad de culto sin reconciliación fraterna y que la gloria de Dios consiste en reunir en un banquete a sus hijos dispersos. Esa es su bendición, esa es la vida eterna que se nos promete.
Para rezar con el Salmo
1. Estamos acostumbrados a fijarnos en los aspectos negativos de la realidad más que en los positivos, pero hoy vamos a intentar contagiarnos de la mirada del Dios
creador que vio que su mundo «era bueno».
– Si estáis en grupo, haced una lista de «situaciones de fraternidad» que conozcáis y tratad de analizar y poner nombre a los «componentes
fraternos» que ahí aparecen: cercanía, servicio, solidaridad, bondad,
comprensión, aguante, ayuda, etc. Fijaos también en el «perfume» que produce ese tipo de relación, qué «huelen» los demás al acercarse a un ambiente donde la gente se quiere, por qué se puede comparar al «aceite» (facilidad, suavidad, desaparición de roces…) o al «rocío» (frescura, limpieza, gratuidad…).
– Imaginad actitudes relacionales que pueden producir hoy esos efectos. Recordad canciones, poesías en las que se celebra la fraternidad. Cantad alguna y terminad rezando el Salmo teniendo delante esas situaciones que habéis contemplado.
2. Recordad palabras de Jesús que llaman a la fraternidad: «Todos sois hermanos»(Mt 23,28); «si tu hermano hace algo contra ti, perdónalo» (Mt 18,15); «¿por qué te fijas en la pajita en el ojo de tu hermano?» (Mt 7,3); «quien hace la voluntad de mi Padre es para mi un hermano» (Mt 12,50).
– Escribid cada una de ellas en una tarjeta y sacadlas a suertes. Después de un rato de silencio y reflexión, cada uno expresa qué significa para él esa palabra que le ha correspondido.
Cuando un hombre consigue un hermano, el cielo se hace sobre la tierra.
Cuando dos o tres se unen
sobre la tierra para implorar al Padre, el cielo los circunda
y se despliega sobre su súplica…
«Vamos a ver si es cierto que le amamos, vamos a mirarnos por dentro un poco. Hay cosas colgadas que a Él le lastiman, freguemos el suelo y abramos las puertas que salgan las lagartijas y entren las luces. Borremos los nombres de la lista negra, coloquemos a nuestros enemigos encima de la cómoda,
invitémosles a sopa.
Toquemos las flautas de los tontos, de los sencillos,
que Dios se encuentre a gusto si baja.»
8
En el centro, el hombre
Salmo 8
Señor, dueño nuestro,¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde.
Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos. la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano, para que cuides de él?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por las aguas.
Poco inferior a los ángeles
❥ «Veo a los hombres como si fueran árboles», decía al principio aquel ciego al que Jesús aplicó las manos. Cuando lo hizo otra vez, el hombre vio del todo: «Estaba curado y lo veía todo con claridad», dice Marcos 8,24.
❥ De alguna manera, todos nos sentimos un poco reflejados en ese modo tan defectuoso de mirar. Nuestros ojos resbalan por las apariencias de las personas, se de tienen en lo más trivial de su aspecto, no nos molestamos en preguntarnos por el misterio que se oculta debajo, y nos quedamos privados de aquello que constituye una de las dimensiones más ricas de nuestra personalidad: la capacidad de admirar.
Pero también tenemos la experiencia de momentos fulgurantes de lucidez en la que llegamos a atisbar, deslumbrados, el secreto que esconde cada existencia humana.
❥ El salmo 8 es el reflejo de uno de esos momentos: un creyente, envuelto en el silencio sobrecogedor de una noche estrellada, se adentra en la vivencia polar de la grandeza y pequeñez.
El himno comienza y termina con una exclamación de admiración deslumbrada: «Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!».
❥ Pero esa majestad sublime de Dios no la proclaman sólo los cielos: está en la boca de los pequeños, en el balbuceo de un niño que apenas sabe hablar. Y esa debilidad consigue, paradójicamente, vencer la rebelde soberbia de los hombres arrogantes.
Y desde ese «abajo» que es el niño, la mirada se vuelve al cielo, obra artesanal de los dedos de Dios, al espectáculo de la luna y las estrellas.
❥ De nuevo, como atraído por una fuerza irresistible, la atención es concentrada en aquel que está en el vértice de todo el universo: el hombre.
❥ Es en él, más que en la majestad de la noche estrellada, donde el misterio de Dios se deja sentir, porque ese hombre pequeño y aparentemente perdido en medio de la inmensidad del cosmos, está envuelto y abrigado por el recuerdo y el cuidado de Dios. ❥ El mismo Dios, que lo corona de gloria y dignidad, le ha puesto al frente de su
mundo, le ha dado autoridad sobre la creación. Como el relato del Génesis, en que los seres vivos van desfilando ante Adán para ser nombrados por primera vez, aparecen en el salmo rebaños y bandadas de aves y de peces puestos ahora a su servicio.
❥ La grandeza del hombre, «pastor del ser», se convierte en un himno a Dios en medio de la inmensidad del cosmos.
Para rezar con el Salmo
(Ten en cuenta que lo que importa para orar no es «hacer actividades», sino de detenerte allí donde encuentres una pequeña puerta por la que puedas adentrarte en la relación con el Señor…)
1. Dedica un primer tiempo a «entrar en la letra» del salmo: subraya los personajes y los verbos. Observa quién es el sujeto de cada, la insistencia en la repetición de la persona TÚ. Fíjate también en el escenario: la noche, el desfile de personas y de animales; en los contrastes: cielo/tierra; noche/luz de los astros; niño que alaba/adulto rebelde; hombre/Dios…
– Cuenta el número de versos y observa quién está en la frase central.
2. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que cuides de él?
– Toma contacto con el fondo de ti mismo, trata de calar en la conciencia que tienes de ti. Escucha la palabra que te está dirigida: «Eres alguien de quien Dios se acuerda, eres alguien de quien él cuida…». No eres fruto del azar, no estás abandonado en me dio del universo: habitas en el centro del corazón de Dios, estás alijado en el cuenco de sus manos.
– Respira profundamente, repite una y otra vez: « Señor, tú me recuerdas y me cuidas…».
– Nombra a personas que conoces, míralas también envueltas en el cuidado y el re cuerdo de Dios. Contempla también rostros de gente hundida y degradada, privada de sus derechos, en los últimos escalones de la sociedad: drogadictos, prostitutas, alcohólicos, mendigos. Míralos, más allá de todas las apariencias «coronados de gloria y dignidad».
que tratáis de comunicar. Discutid la pregunta central: ¿Qué es el hombre? Tratad de contestar teniendo en cuenta diferentes ámbitos: cómo se considera y se trata al hombre en la sociedad capitalista y de consumo; en los medios de comunicación; en la política, etc.
– Recordad situaciones de hombres y mujeres que no viven sometiendo el mundo, sino sometidos por el dinero, la fama, la manipulación, el poder de los más fuertes…
– Discurrid cómo se podría «poner en calderilla» esta afirmación: «Los
cristianos estamos llamados a crear contexto en los que la dignidad del ser humano pueda ser reconocida».
– Compartid experiencias o caminos de búsqueda para conseguirlo.
«Nosotros no entendemos nada de nada. Hay tanto misterio en el crecimiento de un grano de trigo como en el movimiento de las estrellas. Pero sabemos bien que nosotros somos los únicos capaces de amar. Y por eso mismo hay que decir que el menor de los hombres es más grande que todos los mundos reunidos» (G. de LARIGOUDY).
9
Dios mío, ¡qué grande eres!
Salmo 103 (104)
Bendice, alma mía, al Señor.¡Dios mío, qué grande eres Te vistes de gracia y majestad, la luz te envuelve como un manto. Despliegas el cielo como una tienda, construyes tus salones sobre las aguas; las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento; los vientos te sirven de mensajeros, el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano, y las aguas asaltaron las montañas; pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles; cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacan los ríos, para que fluyan entre los montes; en ellos beben las fieras agrestes, el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo, y entre las frondas se oye su canto. Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda; haces brotar hierva para los ganados y forraje para las bestias de labor; así saca él, pan de los campos, y vino que le alegra el ánimo, y aceite que da brillo a su rostro, y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor, los cedros del Líbano que él plantó. Allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña. Los riscos son para las cabras, las peñas son madriguera de tejones. Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Traes las tinieblas y se hace de noche y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol se retiran y se tumban en sus guaridas; el hombre sale de sus faenas, a su labranza hasta el atardecer. Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con maestría, la tierra esta llena de tus criaturas. Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número, animales pequeños y grandes; lo surcan las naves y el Liviatán
que modelaste para jugar en él. Todos ellos aguardan