LA
REPÚBLICA
ROMANA
ARCAICA
(509-264a.C.)
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LA REPÚBLICA
ROMANA ARCAICA
(509-264 a. C.)
Antonio Duplá
EDITORIAL
SINTESIS
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© Antonio Duplá © EDITORIAL SÍNTESIS, S. A. Vallehermoso, 34. 28015 Madrid Teléfono 91 593 20 98 http ://www. síntesis. com ISBN: 84-9756-112-0 Depósito Legal: M. 33.702-2003 Impreso en España. Printed in Spain
índice
1. Introducción ... 11
2. La naturaleza de las fuentes... 19
2.1. Problemas de interpretación... 19
2.2. Tipos de fuentes... 21
2.2.1. Los relatos legendarios y la tradición o ra l... 21
2.2.2. Genealogías y tradiciones familiares ... 24
2.2.3. Archivos y documentos públicos... 25
2.2.4. Historiadores y analistas ... 28
2.2.5. Los anticuaristas... 37
2.2.6. La evidencia arqueológica ... 40
3. El origen de la República r o m a n a ... 43
3.1. La ciudad de Roma y su territorio a fines del siglo v i ... 43
3.2. La expulsión de los reyes... 44
3.3. Una reinterpretación de la crisis del 509 ... 46
3.4. Los inicios de la “constitución” republicana ... 49
3.4.1. Colegialidad y gobierno aristocrático... 49
3.4.2. Los primeros magistrados ... 50
3.4.3. La nueva división de funciones y competencias... 53
3.5. La nueva Roma republicana ... 55
3.5.2. El primer tratado de Roma con Cartago ... 57
3.5.3. Una nueva situación en Italia central... 58
4. P atricios y pleb eyos en e l siglo V ... 61
4.1. Aspectos generales de un conflicto social y político republi cano ... 61
4.2. Problemas de definición: gentes, curias, patres, senadores .. 62
4.3. El control patricio del Estado: privilegios políticos y jurídicos 65 4.4. El ascenso de la plebe y la ruptura del Estado... 68
4.5. Secesiones y crisis: la evolución del movimiento plebeyo .... 70
4.6. Las magistraturas plebeyas ... ... 72
4.6.1. El tribunado de la plebe ... 72
4.6.2. Los ediles plebeyos ... 75
4.7. La asamblea de la plebe y los plebiscitos... 76
4.8. Las reivindicaciones plebeyas ... 77
4.8.1. El problema agrario ... 77
4.8.2. Las deudas... 79
4.8.3. La escasez de grano y las carestías ... 80
5. Las leyes de las X I I Tablas ... 83
5.1. La codificación del derecho ... 83
5.2. Los decenviros ... 84
5.3. El contenido de las XII Tablas ... 86
5.3.1. Normas sobre derecho penal y p rocesal... 87
5.3.2. Disposiciones sobre propiedad y relaciones familia res ... 88
5.3.3. Sociedad y economía en las XII Tkblas ... 90
5.4. Las leyes Valerias-Horacias ... 96
5.5. Las XII Tablas y el conflicto patricio-plebeyo... 97
6. Rom a, e l L acio y E tru ria ... 99
6.1. Roma y los latinos ... 99
6.1.1. La Liga Latina... .'... 99
6.1.2. El foedus Cassianum y la progresiva hegemonía ro mana en el Lacio ... 101
6.1.3. Las colonias latinas ... 102
6.2. Volscos, ecuos y sabinos ... 102
6.3. Las guerras con Veyes ... ... 104
6.4.1. Los galos en Italia ... 107
6.4.2. El saqueo de R om a... 108
6.5. Los inicios de la expansion romana... 110
6.5.1. Un nuevo equilibrio en Italia central... 110
6.5.2. La evolución de la actividad bélica ... 112
6.5.3. Las transformaciones de la sociedad romana... 113
7. El triunfo de la p le b e ... 117
7.1. La evolución del movimiento p leb eyo... 117
7.2. Demandas políticas y económicas de la plebe ... 118
7.2.1. El plebiscito Canuleyo... 118
7.2.2. Los tribunos militares con potestad consular... 120
7.2.3. El acceso al ager publicus... 121
7.2.4. Manlio Capitolino y las deudas... 123
7.3. Las leyes Licinias-Sextias... 124
7.3.1. Una nueva fase del conflicto patricio-plebeyo ... 124
7.3.2. La ley sobre deudas ... 126
7.3.3. La ley agraria... 127
7.3.4. La ley sobre el acceso al consulado... 128
7.4. La homologación institucional de patricios y plebeyos ... 129
7.4.1. La integración de los líderes plebeyos ... 129
7.4.2. El plebiscito Genucio y las leyes Publilias... 131
7.4.3. La ley Hortensia y el valor legal de los plebiscitos ... 132
7.5. El fin del conflicto patricio-plebeyo... 133
7.5.1. Hacia una nueva clase dirigente... 133
7.5.2. Las reformas de Apio Claudio ... 135
7.5.3. Triunfo y fracaso de la p le b e ... 137
8. La conquista de Italia ... 139
8.1. Roma controla el L a c io ... 139
8.1.1. Sublevación y derrota de los latinos... 139
8.1.2. Un nuevo sistema de relaciones hegemónicas ... 141
8.2. Las Guerras Samnitas... 142
8.2.1. Los samnitas ... 142
8.2.2. La Primera Guerra Samnita (343-341) ... 143
8.2.3. La Segunda Guerra Samnita (326-304)... 144
8.3. Italia central contra Rom a... 146
8.3.1. Etruscos, umbros y ecu os... 146
8.3.2. La Tercera Guerra Samnita y la -victoria romana de Sentino... 147
8.4. La conquista de Magna Grecia ... 148
8.4.1. Roma en el Sur de Italia ... 148
8.4.2. La guerra contra Pirro, rey del É p iro ... 151
8.5. El control del Piceno y Etruria... 152
8.6. El dominio de Italia y la organización de la conquista... 154
8.6.1. Ager Romanus y civitas romana... 154
8.6.2. La civitas sine suffragio... 155
8.6.3. Las nuevas tribus ... 156
8.6.4. Las colonias latinas ... 157
8.6.5. Los aliados itálicos... 159
8.7. La hegemonía de Roma en Italia... 160
8.7.1. Un sistema complejo romano-itálico ... 160
8.7.2. Un horizonte imperialista... 161
8.7.3. Roma, nueva potencia internacional... 163
9. R om a en vísp eras de las Guerras Púnicas ... 167
9.1. Una nueva estabilidad socia l... 167
9.1.1. La clase dirigente: la nobilitas patricio-plebeya ... 167
9.1.2. La plebe urbana y la plebe rural ... 169
9.1.3. Los esclavos y la abolición del nexum ... 170
9.1.4. La situación de la mujer ... 171
9.2. La actividad económica ... 172
9.2.1. Una época de crecimiento económico y demográfico 172 9.2.2. La agricultura ... 175
9.2.3. Artesanos y manufacturas... 176
9.2.4. Los intercambios comerciales... 177
9.2.5. La m on ed a... 178
9.3. La “constitución’1 romana... 180
9.3.1. Una estatalidad específica... 180
9.3.2. Las magistraturas y el cursus honorum: imperium y potestas... 181
9.3.3. El senado: una nueva centralidad política ... 183
9.3.4. Las asambleas... 184
9.3.5. El ejército... ... 186
9.4. La religión romana arcaica ... ... 188
9.5. El derecho ... 190
9.6. Las transformaciones de la res publica ... 192
9.6.1. Un sistema aristocrático integrado... 192
9.6.2. Los valores de la nueva sociedad ... 193
9.6.3. La autorrepresentación de la nueva meritocracia ... 194
9.7.1. La nueva imagen de la ciudad ... 196
9.7.2. Una cultura material rica y sofisticada ... 197
9.8. La romanización de Italia... 199
Tabla cronológica ... 201
Selección de textos... 205
Introducción
Moribus antiquis res stat Romana virisque. El Estado romano se sustenta en tas costumbres antiguas y los hombres.
Ennio, en Cicerón, Sobre la República, 5.1
La República romana arcaica se extiende, cronológicamente, desde la caí da de la monarquía, fechada tradicionalmente en el 509, hasta el estallido de las Guerras Púnicas entre Roma y Cartago, en el 264 (todas las fechas que aparecen en este libro son a. C.). El proceso histórico que se desarrolla entre el 509 y el 264 presenta una unidad importante, si bien es posible establecer subdivisiones internas en este período de tiempo y distinguir distintas fases, con importantes diferencias entre ellas. Por una parte, la expulsión de los reyes abre paso a un nuevo régimen republicano, que se extenderá por casi 500 años y contempla la transformación de Roma de una ciudad-Estado en el Lacio a un imperio mediterráneo. Por otra parte, el 264, esto es, el comien zo de la Primera Guerra Púnica, constituye otro punto de inflexión en la his toria romana y universal. Se trata, en palabras del historiador británico Tim Cornell, del comienzo del fin para Cartago y para los otros Estados de la cuen ca mediterránea y del fin de los comienzos para Roma, desde el punto de vista de la historia de la Urbe.
El mundo antiguo es un mundo, en general, de sociedades "lentas", es decir, un mundo en el que las transformaciones políticas, económicas o socia les se producen en lapsos temporales largos y prolongados. Sin embargo, los cambios que se producen en la República arcaica en poco más de dos siglos
son fundamentales y trascendentales. En el caso de Roma se trata no sólo de la evolución y consolidación internas de la ciudad, sino, además, de la forma ción de un dispositivo hegemónico en Italia, del valle del Po hasta el estrecho de Mesina. Durante ese tiempo, en realidad a lo largo de toda la historia repu blicana, la clase dirigente romana demuestra una capacidad de innovación que constituye una de las señas de identidad de la historia de Roma. Otra carac terística fundamental, ligada a la anterior, es el carácter de Roma como una ciudad abierta a gentes e influencias exteriores, aspecto evidente en la inte gración de poblaciones foráneas desde las épocas más tempranas. Se trata de un elemento estructural, presente también en las ciudades griegas arcai cas, que resulta fundamental para entender la historia posterior de Roma y su éxito. Los propios romanos lo destacan como un rasgo específico de su ciu dad y así lo refleja el discurso del tribuno Canuleyo, a mediados del siglo V.
La misma argumentación reaparecerá, siglos más tarde, en la intervención del emperador Claudio en el senado a favor de los nuevos senadores galos.
La ciudad, no sólo en el terreno físico, sino con todas sus implicaciones políticas, sociales e ideológicas, existe en el área tirrénica etrusco-latino-cam- pana desde los siglos vm-vn. Junto con las ciudades de la Magna Grecia, cons tituye un elemento esencial en la posterior evolución de esas áreas y en su diferenciación con el resto de Italia. La Roma de los primeros tiempos repu blicanos no responde todavía a la imagen más conocida, típica y tópica, de la gran Roma de Augusto y del Principado, pero ya entonces es una de las ciudades-Estado más poderosas de Italia central. Desde el siglo VI, el paisa je urbano romano incluye, junto a espacios de vocación política pública, como el Foro y el Comicio, gran número de monumentos, como el colosal templo de Júpiter Capitolino, y enormes casas de la aristocracia, como las excava das recientemente en el Palatino.
En ese marco se desarrolla el nuevo sistema político, en un juego cons tante de equilibrios entre el senado, las magistraturas y las asambleas. Un sis tema que un conocido historiador británico define así en su evolución a lo lar go de varios siglos (Crawford, 1981: 31):
Nada alteró el hecho central del gobierno republicano, o sea el man do colectivo de una aristocracia en teoría, y hasta diversos grados en la práctica, dependiente de la voluntad de una asamblea popular. En cier to sentido esta aristocracia se autoperpetuaba, pero sin duda fue p e r diendo muchas familias de su seno, a través de los siglos, y admitió otras nuevas, en tanto que perduró un núcleo central compuesto por familias importantes.
Si bien es cierto que esta base política permanece en todo momento inal terable, respecto al proceso histórico en general es posible diferenciar dos
períodos en la República arcaica. Por una parte, los momentos finales del siglo vi y todo el siglo v, con los primeros pasos del sistema republicano y las dificultades de Roma en el Lacio y, por otra, el siglo IV y el primer tercio del siglo ni, con la hegemonía de Roma en Italia central y el posterior domi nio de la península. En el orden interno, en el primer período se asiste a la conformación del movimiento plebeyo, mientras en el segundo el conflicto entra en una fase resolutiva y surge una nueva clase dirigente, la nobilitas patricio-plebeya. Si la historia de Roma hasta finales del siglo V puede no ser demasiado distinta de la de otras ciudades de Italia central, el panora ma cambia por completo en el siglo IV y en especial, a partir de mediados de ese siglo. La conquista de Italia supone un punto de inflexión de tras cendental importancia para el desarrollo de la sociedad romana, hasta el punto de que cada vez es más frecuente la referencia a una época medio- republicana ( the Roman Middle Republic). Esta “república media” , todavía no bien definida, se remontaría hasta los inicios o mediados del siglo IV, pro longándose hasta la Segunda Guerra Púnica o incluso hasta la aparición de la crisis tardorrepublicana.
Con independencia de la aceptación o no de estas nuevas subdivisiones, es evidente que las fuentes literarias presentan una imagen de los primeros siglos republicanos fuertemente distorsionada. Si la idea de una continuidad lineal es discutible como parámetro histórico en general, el estudio de la Roma arcaica se revela como un fuerte antídoto frente a ese error. La histo riografía antigua presenta mayoritariamente una historia de Roma de inequí voca grandeza desde el principio, con las líneas básicas de su entramado ins titucional, social e ideológico ya establecidas en época muy temprana, celosa de su especificidad propia y de un acendrado nacionalismo y patriotismo. A partir de ahí, se presenta una visión unitaria de la República como historia de la libertad del pueblo romano. En ese cuadro general, la imagen tradicional de Roma arcaica se basa en los primeros historiadores y analistas romanos y ha llegado hasta hoy, en gran medida, gracias al relato de Tito Livio. La importancia de Livio y otros autores en la conformación de la tradición sobre la historia más antigua de Roma es innegable, máxime en una sociedad como la romana en la que la identidad colectiva se basaba en un corpus de tradi ciones orales, solamente recogidas por escrito en época bastante tardía. Pero el mismo Livio reconoce sus licencias en la idealización de Roma antigua. Su insistencia en la simplicidad de los primeros tiempos, la ausencia de corrup ción exterior o la primacía de la agricultura son tópicos de gran fortuna pos terior, pero que no reflejan fielmente la realidad histórica. La idea de una Roma arcaica pobre, rústica, pero incorrupta y de sanas costumbres y moral es una construcción tardía de políticos, historiadores y anticuarios tardorre- publicanos y de época augústea. Es obligado señalar que esa reconstruc ción, asumida por Rostovtzeff, Last y otros historiadores de la primera mitad
del siglo XX, ya había sido cuestionada en las páginas, siempre sugerentes, de la Historia de Roma de Mommsen.
La reconstrucción moderna, contra la idea de un desarrollo histórico cerrado y estanco, insiste necesariamente en la idea de encrucijadas, de influencias cruzadas, de avances y retrocesos. Por ejemplo, en lo que hace a la Roma arcaica, ese planteamiento, siguiendo a Mazzarino, implica insis tir en la idea de una koiné cultural en la Italia tirrénica frente a la supuesta ausencia de toda influencia exterior en la temprana República; supone, tam bién, asumir la realidad de la crisis del siglo V, frente a la "gran Roma de los Tarquinos" del siglo anterior, que implica desde un retroceso económico y material en la ciudad hasta el avance volsco en territorios del Lacio, antes controlados por los romanos.
El período republicano temprano de Roma suscitó un enorme interés ya en la propia Antigüedad y lo ha seguido suscitando en el mundo moderno, desde los primeros humanistas. En la actualidad es una de las épocas histó ricas que más se está beneficiando de la feliz combinación de las distintas fuentes históricas y de los nuevos hallazgos epigráficos y arqueológicos. Es un campo particularmente adecuado para aplicar todo tipo de fuentes y docu mentación disponible y, por esa razón, Arnaldo Momigliano decía que era «una escuela ideal de método histórico».
El coloquio organizado por la Fondation Hardt a mediados de los años 60 y recogido en el volumen 13 de los Entretiens (Les origines de la Répu
blique romaine, 1967) representó al mismo tiempo un estado de la cuestión
y un planteamiento de nuevos problemas. Las exposiciones arqueológicas realizadas a principios de los años 70 con los nuevos materiales descubiertos en Roma y en poblaciones de su entorno marcaron, en cierta medida, el punto de partida de una reelaboración de la historia arcaica de Roma toda vía en curso (Coarelli, 1973). Al poco tiempo, una obra temprana, lamenta blemente poco conocida, ofrecía ya una visión de conjunto renovada y pro metedora (Starr, 1980). En las dos últimas décadas, una serie de reuniones científicas internacionales han supuesto una puesta en común, desde una perspectiva interdisciplinar, de nuevas hipótesis y propuestas sobre los dos primeros siglos republicanos. Los títulos de dichos encuentros y sus corres pondientes publicaciones son indicativos de las líneas de investigación más recientes. Entre otras, destacan Social Struggles in Archaic Rome (Raaflaub, 1986), Alle origini di Roma (Campanile, 1988), Staat und Staatlichkeit in der
frühen römischen Republik (Eder, 1990), Crise et transformation des sociétés archaïques de l'Italie antique au V siècle av. J.-C. (Masa-Pairault, 1990), Bilan- cio critico su Roma arcaica fra monarchia e repubblica (Gabrieli, 1993). Dichas
publicaciones, así como los volúmenes correspondientes en la nueva edi ción de la Cambridge Ancient History ( The Rise o f Rome to 220 B. C., Wal bank, 1989) y en la Storia di Roma dirigida por A. Schiavone y el
desapare-eido A. Momigliano (Roma in Italia, 1988), junto con los trabajos más recien tes, suponen en conjunto una bibliografía en crecimiento constante. Es des- tacable el hecho de que esta renovación historiográíica ha podido ser reco gida ya en síntesis que ofrecen una visión de conjunto de Roma arcaica (Cornell, 1999). Por otra parte, publicaciones muy recientes indican que este período y los problemas históricos que plantea siguen despertando el interés de los especialistas y al mismo tiempo, sigue ofreciendo numerosos interrogantes (Bruun, 2000).
Entre las orientaciones más recientes de la historiografía moderna es posible citar, entre otros problemas, la temprana influencia griega sobre los pueblos de Italia central, la aceptación de la historicidad básica de las noti cias sobre el conflicto patricio-plebeyo y una nueva visión de la sociedad y la economía romanas, así como del nivel material de Roma, en los si glos IV y ni.
En el caso de la temprana influencia helénica, son los nuevos descubri mientos arqueológicos, por ejemplo en el yacimiento de la antigua Lavinio, los que sustentan esta tesis, que subraya la influencia directa griega sobre el Lacio y relativiza'la mediación etrusca como vía exclusiva de penetración de dicha influencia. Así, el helenismo se convertiría en uno de los factores más importantes del cambio y la evolución de Roma arcaica. Algunos autores van más allá e, incluso, cuestionan la tesis tradicional de la "Roma etrusca" en el vi y la consiguiente liberación de una supuesta hegemonía etrusca en el siglo siguiente.
En cuanto al conflicto patricio-plebeyo, se reconocen las dificultades para la reconstrucción de episodios concretos y la frecuente distorsión histórica realizada por los historiadores antiguos, muy posteriores a los hechos. Sin embargo, se admite la historicidad del conflicto, a partir de la constatación de una importante crisis económica y social en todo el período, de la exis tencia de dos grupos diferenciados, patricios y plebeyos, con formas de orga nización propias y una relación conflictiva entre ellos, y de la analogía con los conflictos en Grecia arcaica entre una minoría aristocrática y grupos de pobla ción no aristocrática excluidos de los derechos políticos. En este sentido, es muy interesante la reflexión metodológica de Raaflaub (1986), quien insiste en la necesaria perspectiva comparativa con Grecia arcaica para iluminar los primeros siglos republicanos en Roma. En el caso romano, es preciso distin guir diferentes fases en el conflicto, desde su surgimiento a comienzos del siglo V, en un contexto plebeyo más defensivo, hasta una fase posterior, a par tir sobre todo de las leyes Licinias-Sextias, de resolución de problemas eco nómicos y de afirmación política.
En relación con el desarrollo económico y el nivel material de Roma arcaica, hoy se cuestiona la tesis que ve en las Guerras Púnicas el momen to del crecimiento espectacular de Roma, mediante su inclusión en una
órbita mediterránea y en una economía esclavista. A partir de una revisión de nuevos y viejos materiales arqueológicos, así como de una lectura más atenta de distintas menciones en los textos, se remite a la segunda mitad del siglo IV un importante desarrollo económico en Roma, con una ya nota ble red de intercambios comerciales, la presencia de esclavos provenien tes de las poblaciones conquistadas y un sofisticado nivel de vida de las élites sociales y políticas. Este replanteamiento afecta también al estudio de los inicios y motivaciones del imperialismo romano y al análisis de la conformación de la nueva clase dirigente patricio-plebeya a partir del si glo IV. Si los debates sobre el imperialismo situaban sus comienzos en las Guerras Púnicas, hoy se apunta hacia la época de la conquista de Italia. La famosa alusión de Fabio Pictor a que los romanos conocen por vez prime ra la riqueza cuando la conquista de la Sabina a comienzos del siglo m es uno de los apoyos más firmes para esta revisión. Respecto al estudio de la
nobilitas patricio-plebeya, se trata ahora de aplicar al estudio de los oríge
nes de esta nueva élite la revisión crítica de los planteamientos prosopo- gráficos, que ya se había realizado en las décadas anteriores para la épo ca tardorrepublicana. Si autores como Millar, Brunt, Crawford o Perelli han señalado las limitaciones de la prosopografía para una comprensión glo bal del funcionamiento político y social de los siglos II y i, ahora Hölkes kamp y otros plantean lo propio para los siglos iv y m. Se deduce así un cuadro más dinámico y fluido, más atento a las relaciones de los distintos grupos sociales entre sí, al juego de los diferentes elementos de la estruc tura política y a la interconexión entre la situación interna de Roma y el pro ceso de expansión exterior.
En última instancia, el problema central para el estudio de Roma arcaica, al que se dedica el siguiente capítulo, es el de las fuentes. Es cierto que el debate sobre la aceptación o no de la información de las fuentes literarias para los tiempos más tempranos de la República, en particular de los analis tas y de las grandes reconstrucciones históricas de Livio y Dionisio de Hali carnaso, sigue abierto. No obstante, frente a posiciones hipercríticas de épo cas anteriores, hoy parece imponerse una actitud más proclive a aceptar la historicidad básica de esas noticias que, cada vez con mayor frecuencia, se acoplan convenientemente con los hallazgos arqueológicos. Ésa es la critica
temperata o el tradizionalismo moderato que reivindica Carmine Ampolo. Es
verdad que la información sobre instituciones y episodios históricos es más fácilmente reconocible y confirmable que la relativa a personas concretas, de historicidad más dudosa o no confirmada. Pero ése es un problema de difí cil solución para tiempos tan antiguos. En este contexto general de nuevos descubrimientos y nuevas interpretaciones, el interés que ofrece la historia de los primeros siglos republicanos en Roma, a la luz de la renovación histo- riográfica reciente, es innegable.
La importancia de esta época queda clara cuando se advierte la cohe sión de la sociedad romana en las primeras décadas del siglo ni, presu puesto imprescindible para las guerras y conquistas posteriores. La supe ración del conflicto patricio-plebeyo tuvo como consecuencia una nueva integración sociopolitical por su parte, la conquista de Italia y los benefi cios derivados de la misma, que afectaban a todos los grupos sociales, favo recieron el desarrollo material de Roma y una nueva estabilidad socioeco nómica. La cohesión citada contribuyó a que se conformara una identidad nacional romana, perceptible ya en vísperas del enfrentamiento con Carta go. Esa nueva imagen de Roma, preparada ya para la empresa imperialis ta mediterránea, resulta incomprensible sin el análisis de los siglos ante riores.
La naturaleza de las fuentes
2.1. Problemas de interpretación
Para la historia altorrepublicana se cuenta con toda una gama variada de fuentes, clasificables fundamentalmente en dos grandes bloques, con pro blemas de interpretación propios y específicos: las fuentes literarias y las fuentes arqueológicas. En relación con estas últimas se están produciendo en la actualidad los mayores avances, con las excavaciones en curso en Roma y en el resto de Italia. En cuanto a las fuentes literarias, se mantiene el debate en cuanto a su valor histórico para conocer la época arcaica republicana. Por otra parte, no hay que olvidar que estas fuentes literarias para una historia de Roma y también de Italia son solamente romanas. Las fuentes propias etrus- cas, campanas o sabinas, así como las tradiciones locales, están perdidas, salvo referencias indirectas, como las pinturas de la tumba François de Vulci, con imágenes relativas a la historia arcaica local, que puede implicar a otras ciudades del área. En cuanto a las fuentes romanas, se trata de una tradición literaria con obras muy diversas, tanto de historiadores como de anticuaris tas, dedicadas específicamente a las épocas más antiguas de Roma, En gene ral, son varios siglos posteriores a los hechos de referencia.
A partir del presupuesto de que las fuentes históricas contienen numero so material fiable, cabe distinguir varios períodos en cuanto a nuestra infor mación. Para el primer siglo republicano la documentación es escasa, mien tras es mucho más abundante para el siglo IV, especialmente a partir del episodio de las leyes Licinias-Sextias en 366. La época de la conquista de Ita lia, en la segunda mitad del siglo IV, es plenamente histórica, bien recogida en diferente documentación, incluidas las obras de historiadores griegos y
la tradición oral que pudo transmitirse después a los primeros historiadores y analistas. El período de 293 a 264 está peor documentado, dado que la pér dida de la segunda década de Livio supone la ausencia de un relato conti nuado de los hechos. En cualquier caso, la existencia de más abundante infor mación no presupone que ésta no sea problemática. Ahí radica el problema de la historiografía antigua. Los historiadores antiguos, generalmente, se con sideraban satisfechos con elaborar la información recibida de autores pre cedentes. El afán investigador propio era escaso y, en realidad, estaba más presente, aunque desde otra perspectiva, en los anticuaristas. Cuando se habla de tradición historiográfica se alude, más bien, a la suma de creencias, relatos e información acumulada por sucesivas generaciones sobre su pasa do. Cabe pensar en un volumen relativamente abundante de datos, dado el carácter tradicionalista de una sociedad como la romana y el interés parti cular de su clase dirigente en el pasado como mecanismo justificador y legi timador.
Los historiadores romanos propiamente dichos estaban más preocupa dos por la elaboración literaria y retórica y por la perspectiva política y moral. La tradición histórica romana más antigua es, en realidad, una cons trucción del pasado que sirve para justificar y legitimar en clave patriótica una realidad posterior. Roma arcaica es vista como un remoto pasado, idea lizado a partir del modelo de su sociedad contemporánea. Un autor como Livio es plenamente consciente de ello y así lo afirma en su "Prefacio’1 (Miles,
1995: 69).
El debate moderno a propósito de la validez de la información propor cionada por los autores antiguos sobre los primeros tiempos de Roma surge como consecuencia de este problema. La cuestión afecta directamente a la época monárquica (Martínez-Pinna, 1999: 23), pero también a la República arcaica. El enfrentamiento entre "tradicionalistas” e "hipercríticos" cuenta ya con varios siglos de historia y aunque una parte importante de los especia listas parece inclinarse por lo que Ampolo ha denominado un "tradicionalis mo moderado” , la polémica sigue abierta. El contenido crítico de algunas reseñas de la reciente síntesis de Cornell lo confirma (Wiseman, 1996).
Los partidarios de la utilización y validez de los historiadores antiguos insisten en distinguir en estos autores la información propiamente histórica de la reconstrucción narrativa más libre, evidente en los discursos y en la des cripción de personajes y episodios. Teniendo en cuenta los postulados de una historiografía antigua, en muchos casos más cercana casi a la actual nove la histórica o a la biografía que al quehacer historiográfico en sentido moder no, la crítica moderna debe distinguir, en su opinión, entre los hechos histó ricos de fondo y la superestructura narrativa de la tradición literaria. Se trataría, mediante el contraste con otras fuentes y otro tipo de documentación, de des lindar los hechos históricos de fondo del lenguaje anacrónico, literario o dra
mático, de los autores antiguos. Esto es lo que plantean, entre otros muchos, especialistas como Raaüaub, Cornell o Hermon. De ese modo, los aconte cimientos básicos (guerras, construcción de templos, fundación de colo nias, etc.) pueden verse libres de la estructura narrativa que relata, interpre ta y explica o, incluso, distorsiona, esos datos. El problema real, que un estu dioso como Wiseman reitera una y otra vez, es saber y poder distinguir ese núcleo básico, no ya en los historiadores más tardíos, como Livio o Dionisio, sino en los de la primera generación (Fabio Píctor, Catón), así como en las fuentes de esos primeros historiadores, esto es, en las tradiciones anteriores al siglo III. Es decir, ¿cuánto sabía realmente de Roma arcaica Fabio Píctor hacia el año 200? La pregunta es legítima y obliga a analizar minuciosamen te las posibles fuentes de información de todos estos autores y los mecanis mos más antiguos de preservación del pasado entre los romanos. En este terreno es cierto que el método tradicional de la llamada Quellenforschung presenta importantes limitaciones. No tiene demasiado interés pretender demostrar cuáles son las fuentes de Livio o Dionisio en particular, dada nues tra escasa información sobre la vida y obra de los analistas. Es decir, no expli ca demasiado llegar a la conclusión de que en un episodio determinado Livio haya seguido supuestamente a Valerio Antias o a Licinio Macro, cuando ape nas podemos decir nada de ninguno de estos dos autores. Por otra parte, es probable que ninguno de ellos alterara de manera sustancial una tradición histórica ya relativamente acuñada y conformada sobre los primeros tiempos de la República.
En cualquier caso, mientras la información epigráfica y arqueológica aumenta de manera lenta pero constante, la interpretación de las fuentes lite rarias se mantiene como uno de los aspectos más polémicos de la historia de Roma arcaica.
2.2. Distintos tipos de fuentes
2.2.1. Los relatos legendarios y la tradición oral
Los relatos más antiguos y conocidos (Horacios y Curiados, Coriolano, Cincinato, Virginia, caída y expulsión de los Tkrquinios, Bruto, etc.) tuvieron que ser transmitidos por la tradición oral, ya que no pudieron basarse en tes timonios documentales. En estos casos el problema reside en valorar la posi ble tergiversación acumulada y calibrar la presunta información propiamen te histórica. En ocasiones resulta imposible demostrar ninguna hipótesis sobre su historicidad mayor o menor, ni positiva ni negativa. Se imponen entonces la prudencia y el examen crítico de cáda caso y cada testimonio, intentando delimitar su antigüedad. En cualquier caso, la estatua en bronce de la loba
Capitolina, probablemente anterior al 500, confirma la gran antigüedad de muchos de esos relatos.
En las sociedades orales la memoria histórica considerada fidedigna se puede remontar hasta dos o tres generaciones, alrededor de 100 años. En Roma los historiadores de la generación de Fabio Píctor tenían a su alcance, presumiblemente, los acontecimientos de fines del siglo iv e ini cios del ni. Por tanto, la información sobre esos tiempos es verosímilmen te aceptable en líneas generales. El problema se plantea con la tradición anterior, si tenemos en cuenta, según J. Vansina, que la tradición oral dis tingue en general tres niveles, una época reciente más detallada, un espa cio intermedio con escasa información (floating goa p), y el período más antiguo, de nuevo con más información (Ungern-Sternberg, 1988: 247). La dificultad de contrastar dicha información y las posibles distorsiones intro ducidas en la tradición oral a lo largo de siglos tienen que ver con los medios de transmisión. En Roma, los posibles mecanismos, formales y regulares, de transmisión oral son dos, el drama y los cantos de banquetes (carmina
convivalia).
Las representaciones dramáticas se suponen muy antiguas en Roma, rela cionadas con los juegos anuales, los Juegos Romanos (ludi Romaní) o los Jue gos Plebeyos (iudiplebeii), conocidos desde el siglo V. En Livio (7.2.3) las primeras noticias de dramas se remontan al 364, pero se ha sugerido que su origen puede ser anterior. La influencia etrusca es directa, según Livio, y de hecho los términos técnicos escénicos son préstamos etruscos (scaena,
histrio, persona). En la República tardía son frecuentes las representaciones
con temas históricos (fabulae praetextae). Un tal L. Accio presentó dramas sobre la caída de la monarquía y sobre la batalla de Sentino, siendo la más antigua de las obras de este tipo conocidas una de Nevio, en el siglo m, sobre Rómulo.
Por otra parte, Cicerón recoge una noticia de los Orígenes del pueblo roma
no de Catón (Tusculanas, 4.23; Bruto, 75), que confirma que en Roma existía
una tradición de poesía oral, que se cantaba o recitaba en los banquetes (car
mina convivalia). En todo caso, es difícil establecer cuándo estaba en -vigor
esa costumbre entre los romanos, si en tiempo de Catón, en la primera mitad del siglo II, o si entonces ya había desaparecido. Hay que recordar que para algunos autores romanos, como Tácito, la poesía es un medio de preserva ción del pasado típico entre los bárbaros, que no conocen la historia propia mente dicha. El debate moderno sobre la poesía como paso previo a la his toriografía en Roma es muy temprano, desde Justo Lipsio, Perizonio y Niebhur, quien en su ballad theory de 1811, muy pronto criticada, suponía que estos
carmina recogían la tradición plebeya y los anales de los pontífices la patri
cia. La evidencia arqueológica sobre fe importancia del banquete y los can tos y danzas en Etruria y las poblaciones latinas entre los siglos vi y iv es
inne-gable, pero el contenido de esos cantos y su posible perpetuación en una tradición oral utilizada a posteriori por los historiadores son totalmente oscu ros (Ampolo, 1989: 105). Por el contrario, otros insisten en ver en dicha p oe sía dramática y convivial un posible origen de la historiografía romana (Wise man, 1994). De ahí el escepticismo de muchos autores frente a la dificultad de aislar en analistas e historiadores posibles noticias anteriores. En el caso de la tradición oral, esos datos aludirían, presumiblemente, a listas de reyes y magistrados, episodios concretos, batallas, etc., pero, en general, sin con texto cronológico o con errores importantes.
Otro posible mecanismo de transmisión, poco estudiado todavía, es el de los cantos de los soldados en los cortejos triunfales de los generales 'victo riosos. En varios momentos, Livio alude a las gestas de los generales canta das por sus legionarios, con diferentes comentarios, por ejemplo tras el triun fo sobre los samnitas en 343 o en el triunfo de O· Decio tras Sentino, en 295, cuando se evoca la memoria de su padre y su sacrificio ritual (evocatio) fren te al enemigo.
En relación con las tradiciones y leyendas sobre Roma arcaica, algunos autores presuponen un núcleo histórico básico muy antiguo, transmitido, más o menos inalterado, por la tradición oral posterior, en los siglos V y IV. En ese sentido, se rechaza la tesis de la invención de todas las leyendas en el momen to de empezar a escribir historia a finales del siglo ni. Hay motivos concre tos que han podido ser racionalizados a posteriori, por ejemplo la loba iden tificada como una prostituta (lupa), pero el núcleo básico permanecería inalterado. En el momento de la fijación por escrito de la historia de Roma arcaica, no sólo determinados temas (los "motif classés” de Poucet), sino la estructura general del relato estaría ya conformada. En ese sentido, los auto res de finales del siglo ill, Fabio Píctor, Cincio Alimento, Enio o Nevio, no son un punto de partida, sino un punto de llegada, un punto final de una tradi ción anterior, oral. Interesa resaltar que en esa tradición los elementos forá neos son muy escasos. La presencia etrusca se reduce apenas a la llegada individual de Tarquino Prisco a Roma y fenicios y griegos están práctica mente ausentes, salvo quizá la mención al templo de Diana en el Aventino según el modelo del Artemision de Éfeso (Ungern-Sternberg, 1988: 258). El momento final y más acabado de esa elaboración se recoge en el libro I de Livio, donde el esquema básico magistraturas-consejo-asambleas y las prin cipales instituciones aparecen establecidas desde la monarquía. La época fundacional de la tradición (ktésis) es, de todos modos, relativamente amplia, incluyendo el siglo V, para integrar también elementos como el tribunado y el consulado.
La propia confrontación patricio-plebeya de los siglos V y iv pudo resultar un elemento favorable para la fijación de esa tradición oral, que no hay que olvidar que coexiste desde época muy temprana con una tradición escrita
(la crónica pontificial). El presunto interés tanto de unos como de otros, patri cios como plebeyos, en la cohesión del grupo, con sus liderazgos y episo dios clave transmitidos por la memoria colectiva, revalorizaría la tradición oral como mecanismo de fijación y perpetuación de esa memoria (Eder, 1990: 15). Dado que la tradición cumple un papel legitimador del orden social, una idealización de la comunidad y una reafirmación de la identidad colectiva, cabe pensar que, en el momento posterior del surgimiento de la nueva cla se dirigente patricio-plebeya, surgira cierto consenso aristocrático sobre las versiones de los episodios mayores en la política interna y externa de Roma (Cornell, 1986: 82).
2.2.2. Genealogías y tradiciones familiares
, Otra presunta fuente de información sobre los primeros siglos de la Repú blica romana son las genealogías y tradiciones de las grandes familias de la clase dirigente. En una sociedad aristocrática como la romana, esas gran des familias buscaban una legitimación histórica a su preeminencia política a partir del prestigio y las gestas de los antepasados, que conservaban y rememoraban en diferentes momentos y transmitían a las sucesivas gene raciones. Es sabido que a finales de la República la nobilitas encargaba la redacción de la historia de la familia y así Ático, el amigo de Cicerón, escri be la de los Junios, por encargo de M. Bruto, y también la de los Claudio Marcelos, los Fabios y los Emilios. Cabe pensar que ésta es una tradición antigua que se puede poner en relación con el aumento de la competencia en el seno de la nobilitas desde el siglo IV y la necesidad de exhibir cada una un historial previo brillante. Estas familias tenían imágenes y cuadros genealógicos en las paredes de sus casas, con los triunfos y gestas de sus ancestros más destacados.
Una de las ocasiones en las que se exhibían estas imagines y se recorda ban estas gestas eran los funerales, cuando un pariente del difunto pronun ciaba ante el cadáver del mismo el elogio fúnebre y recordaba a la multitud congregada los hechos más sobresalientes de su vida. El historiador griego Polibio subraya la importancia de estos actos en la vida política romana. Uno de los ejemplos más conocidos de estos elogia es el de Lucio Cecilio Mete lo, cónsul del año 250, pronunciado por su hijo Quinto en el 221 (Plinio, His
toria Natural, 7.139-140). Este elogio fúnebre, en particular, tiene un enorme
interés como fuente de información, pues puede ser considerado el más anti guo decálogo del buen ciudadano romano. Pese a que, estrictamente hablan do, las fechas son posteriores a la República arcaica, cabe aplicar ese mis mo código de valores a las décadas anteriores. En todo caso, sí parece anacrónica la pretensión de Dionisio de Halicarnaso de situar el origen de
esta costumbre en los inicios de la República o incluso antes, con la referen cia al discurso presuntamente pronunciado por el cónsul Valerio ante el cadá ver de Bruto, el primer héroe republicano.
El problema que plantea este material, presumiblemente utilizado por unos historiadores antiguos pertenecientes en su mayor parte a la aristocra cia, es el de su fiabilidad. Autores como Livio o Cicerón advierten de las fal sedades y distorsiones introducidas interesadamente en estas biografías, a mayor gloria de la familia en cuestión. En general, no cuestionan tanto la fal sedad de los hechos reivindicados, cuanto la falsedad del parentesco recla mado con los grandes personajes del pasado:
Y se conservan, en efecto, discursos en honor de los muertos de épo cas pasadas, porque las familias interesadas los conservaron como una marca de honor y como un recuerdo, con el fin de utilizarlos si algún otro miembro de la misma familia moría y asimismo, para preservar la memo ria de las hazañas de la familia y para documentar su nobleza. Por supues to que la historia de Roma ha sido falseada en estos discursos, porque muchas de las cosas señaladas en ellos jamás sucedieron: triunfos inven tados, consulados adicionales, pretensiones falsas de pertenencia al ' patriciado, con hombres inferiores incluidos de manera subrepticia en otra familia con el mismo nomen, como si, por ejemplo, yo adujera ser descendiente de Marco Tulio, que fue un patricio y cónsul junto a Ser vio Sulpicio, diez años después de la expulsión d e los reyes (Cicerón,
Bruto, 62).
Ciertamente, cabe pensar en alguna explicación posterior para la pre sentación tan distinta de unas gentes y otras en la historia republicana tem prana. Así podría, quizá, explicarse la imagen tan favorable de los Valerios frente al color tan desfavorable de los Claudios. Mientras los primeros son promotores de toda serie de reformas constitucionales tendentes a la pro tección de las libertades del pueblo (provocatio, etc.), los segundos desta can por su arrogancia patricia, que los hace enemigos irreconciliables de los plebeyos.
2.2.3. Archivos y documentos públicos
Hasta la construcción del Tabularium en el año 78 no existía en Roma nada parangonable a los archivos públicos centrales de muchas ciudades g rie gas. Sin embargo, y pese a las quejas de Cicerón por el deficiente sistema de conservación de las leyes (Las leyes, 3.20.46), existían en la Roma repu blicana numerosos archivos. Además de la crónica anual elaborada y cus todiada por los pontífices, otros documentos públicos se guardaban en el
templo de Ceres en el Aventino, en el aerarium del templo de Saturno y en el Atrium Libertatis del Capitolio; también las curias poseían sus archivos, así como los colegios sacerdotales, con sus libros augurales, relativos a los
auspicia, y libros pontificales, presumiblemente dedicados a instituciones y
rituales religiosos; Dionisio de Halicarnaso (1.74.5) habla incluso, a propó sito de las actas de los censores, de documentos públicos conservados en archivos familiares privados.
A través de inscripciones o por referencias en fuentes escritas poste riores se conocen algunos documentos para la República temprana, como las XII Tablas, los tratados con Cartago, el tratado con los latinos de comien zos del siglo V, el así llamado foedus Cassianum, o la vetusta iex sobre el
praetor maximus. Por otra parte, la información presente en los analistas y,
después, en los grandes relatos históricos ofrece una presentación similar, que cabe pensar que deriva de una documentación accesible en archivos públicos. En primer lugar, se citan los nombres de los magistrados anua les, cónsules o tribunos militares en su caso, y luego aparecen noticias de diferente tipo relacionadas con la comunidad (guerras, fundación de colo nias, triunfos, tratados y alianzas, ampliación del territorio romano, conce sión de ciudadanía a otras comunidades, creación de tribus, leyes, obras públicas, etc.).
La mención de Cicerón a los analistas y a los Annales maximi (Sobre el
orador, 2.52) confirma la existencia de algún tipo de fuente con información
anual. La crónica de los pontífices, que recogía los magistrados epónimos y los hechos más relevantes de dimensión pública para la comunidad duran te cada año, sería entonces la fuente de información primordial de los ana listas y primeros historiadores romanos. Aparentemente, se trataba de una crónica redactada por el pontífice máximo, desde los comienzos de Roma hasta su compilación en 80 libros por el pontifex maximus Mucio Escévola hacia el 120 (Cicerón, Sobre el orador, 2.52; Servio, Eneida, 1.373). Este docu mento se exponía en público en unas tablas pintadas de blanco ( tabula deal
bata), colocadas en el exterior de la la Regia, la residencia del pontífice en
el Foro. Al final del año, el contenido se traspasaba a la crónica propiamen te dicha, con la ordenación cronológica de la tabula, sin más pasos inter medios (Frier, 1999: XV). Para facilitar su depósito como material oficial de archivo, el texto quizá se guardaba, no en rollos de papiro ni tablas de bron ce, sino en códices de madera. Conviene recordar que, pese a ser obra de los pontífices, no se trata tanto de una historia desde una perspectiva sacer dotal, cuanto de la clase dirigente, pues a ella pertenecían los miembros de dicho colegio.
Realmente, la crónica se remontaba a tiempos muy antiguos, como lo prue ba el registro de un eclipse atestiguado para el mes de junio del año 400. Es cierto que ya Catón, en sus Orígenes, se queja de la ausencia de datos his
tóricos de verdadero interés frente a las continuas menciones a carestías y eclipses. Es probable, al respecto, que la crónica fuera muy escueta al comien zo, incluso algunos años sin más información que los magistrados anuales, y después se hiciera más detallada, sobre todo a partir del último cuarto del siglo IV. Ello explicaría la creciente información en los últimos libros de la pri mera década de Livio y la historicidad de gran número de noticias recogidas por la analística, en particular a partir del 350.
Existe una fuerte polémica moderna sobre los Amales Maximi. Frente a quienes los atribuyen a un anticuarista de época augustea (Frier, 1999), otros mantienen la tesis dominante desde Mommsen, esto es, la autoría de Escé- vola, ayudado probablemente por otros pontífices y escribas (Forsythe, 2000). El debate se extiende a los Fasti consulares, la lista de magistrados elabora da en época de Augusto, basada en los Armales Maximi. Estos Fastos se remon tan hasta los inicios de la República y son reconstruibles con ayuda de las fuentes literarias. Si bien su autenticidad está hoy generalmente admitida, se discuten los nombres más antiguos y la posibilidad de interpolaciones y aña didos, así como la posible existencia de más listas.
Muy recientemente se ha argumentado que los Armales Maximi no sola mente contenían información anterior procedente de la crónica anual, sino también fragmentos de textos sobre derecho pontificial, información de tipo religioso e, incluso, material de historiadores anteriores a la compilación. Ésta habría supuesto, por tanto, un auténtico punto de inflexión para historiadores y analistas al facilitar la consulta de toda esa información, a partir de enton ces mucho más accesible.
El optimismo y la confianza de algunos autores modernos (Cornell et al), frente a la desconfianza y pesimismo de otros (Wiseman eí al.), son síntoma de la complejidad del tema. Existen datos que pueden avalar una u otra pos tura. La noticia de Livio sobre una vetusta lex, que alude a un praetor maxi
mus como primer magistrado republicano, cuestiona en principio la lista dual
de los Fasti. Por otro lado, las noticias del propio Livio sobre las desastrosas consecuencias del saqueo galo en los archivos públicos parecen exagera das. En cualquier caso, cabe pensar que la información posterior sobre el siglo v y los inicios del IV era bastante escasa, independientemente de la veracidad o no del efecto devastador del saqueo galo. Por otra parte, no parece que el estudio de esa documentación fuera una prioridad para los primeros analistas e historiadores, como se deduce del comentario de Poli bio a propósito del primer tratado de Roma con Cartago. El historiador grie go señala que los propios romanos no parecían muy interesados en ese tema. Esta indiferencia, o los errores de interpretación, como se ha destacado recientemente (Ampolo, 1983), son aspectos a tener en cuenta a la hora de considerar el uso de los documentos oficiales antiguos en la historiografía posterior.
A) La tradición historiográñca sobre Roma arcaica
Desde el punto de vista de la historiografía antigua sobre la historia arcai ca romana, es el período a caballo entre los siglos IV y III el momento clave para fijar las líneas directrices de la reconstrucción histórica posterior (Gab ba, 1993: 13). En ese momento se conforma el horizonte historiográfico roma no, cuando Roma lleva a cabo la conquista de Italia y surgen nuevas relacio nes políticas y sociales tras la superación del conflicto patricio-plebeyo. A finales del siglo III aparecen las primeras obras propiamente históricas en Roma. En esa historia, concebida como una cadena de res gestae, el pueblo romano (populus Romanus) aparece como detentador abstracto de la sobe ranía e identidad colectiva, pero en realidad es una historia de las hazañas y actuaciones de sus líderes. La memoria pública es la memoria de su clase dirigente, pues esa determinada imagen histórica que se fija entonces refle ja la reafírmación ideológica y política de la nobilitas (Timpe, 1988: 283).
En ese proceso confluyen la memoria privada, conservada y alimentada por la rivalidad de las familias aristocráticas, la memoria pública de la tradi ción oral, la tradición historiográñca griega y la crónica pontificia! Esta últi ma funciona a modo de principio estructural y ordenador de la tradición his tórica en sentido propiamente romano. Para algunos especialistas, la crónica proporcionaba, además, el núcleo histórico básico sobre el que se elabora ba un relato literario-historiográfico. Esta influencia de la recopilación anual de los pontífices es evidente en el uso del término Armales y en el esquema compositivo de autores desde Ennio hasta Livio o Tácito. La historia de Roma resultante se basa en una concepción lineal, que presenta un desarrollo "esta tal" sin solución de continuidad, y en la que la centralidad de la política deja fuera de la tradición propiamente historiográñca muchos elementos religio sos, sociales, culturales o jurídicos, que la anticuaría recuperará a través de otros canales. Por otra parte, esa linealidad política favorece la reconstruc ción de los acontecimientos más lejanos (el enfrentamiento entre patricios y plebeyos) a partir de los episodios políticos contemporáneos (los conflictos políticos y sociales de los siglos Il-I).
En esa reconstrucción, con problemas particulares para el estudio de los orígenes de Roma (Martínez Pinna, 1999), los inicios de la República son vis tos como un sucesivo avance de la libertad, conseguida tras la expulsión del último rey-tirano, hasta el decenvirato de mediados del siglo V. Es precisa mente en los inicios del siglo III cuando se afirma la tradición sobre Bruto y su protagonismo en el fin de la monarquía, reflejada en la erección de su esta tua en el Gapitolio. Las dos reconstrucciones principales que cierran el ciclo historiográfico sobre los primeros siglos de Roma, las obras de Tito Livio y
Dionisio de Halicarnaso, aunque diferentes en extensión, perspectiva y méto do, comparten los presupuestos básicos de la historia de Roma apuntados. En todo caso y frente al caso griego, resulta un tanto sorprendente la relativa abundancia de testimonios literarios sobre Roma arcaica en los analistas, en Livio, Dionisio, Plutarco y otros autores, quizá explicable por el interés roma no en la tradición y el mos maiorum.
El problema principal es precisar cuál era la fuente de información de los primeros historiadores y analistas latinos para reconstruir la historia más arcai ca de Roma, dada la certeza indiscutible de que no hay historiadores en Roma hasta poco antes de 200. Es decir, establecer cuánto de lo recibido por Livio y Dionisio fue creado por sus predecesores y cuánto de lo conocido presun tamente por Fabio Píctor y sus contemporáneos estaba recogido de una tra dición anterior veraz.
B) Los historiadores griegos
La atención de los historiadores griegos hacia Roma está directamente relacionada con el proceso de conquista de Italia en el siglo IV, cuando el expansionismo romano provoca interés y preocupación en Magna Grecia, y después, en la centuria siguiente, tras la victoria sobre Pirro. Ese interés se centra en algún episodio más o menos contemporáneo, como el saqueo galo, pero, sobre todo, en los orígenes y la fundación de la ciudad. La etapa monár quica y después, la fase de expansión a partir de mediados del siglo IV están más estudiadas por los autores griegos que el siglo V o la primera mitad del siglo IV (salvo el episodio galo). En dichos autores no hay referencias a las relaciones con Marsella, tampoco a la guerra con Veyes, ni se mencionan la legislación magnogriega o ateniense como base para las XII Tablas. Es una reconstrucción histórica de "reloj de arena” (Gabba, 1967: 163), con noti cias de la fundación de la ciudad y del saqueo galo, pero vacía en los perío dos intermedios. Como apuntaba Gabba, es posible que para la pretensión griega de integrar a Roma en el ámbito histórico-cultural helénico, la época monárquica resultara más visualmente griega a primera vista. En relación con la tradición sobre el último Tarquino es interesante la llamada Crónica Cumana. Esta crónica pone de manifiesto la existencia en las ciudades grie gas de Italia de tradiciones no ya sólo del ciclo troyano, sino también sobre la monarquía e incluso sobre el inicio republicano, posible fuente para los analistas posteriores.
Las primeras menciones a Roma se encuentran en historiadores de fina les del siglo V, como Helénico de Lesbos, pero se trata de una mera alusión relacionada con Eneas y Troya. Según Plutarco (Rómulo, 3.1 ; 8.9), el primero en tratar los orígenes romanos fue Diocles de Pepareto, utilizado por Fabio
Pictor, aunque, si seguimos a Dionisio, el primero fue Jerónimo de Cardia. El episodio histórico más notable recogido en autores griegos es el saqueo de Roma por los galos en 390, mencionado ya por Teopompo, Aristóteles y Hera clides Pontico (Plutarco, Camilo, 22.2-3).
La orientación de Roma hacia el sur de Italia provoca el interés de los grie gos como observadores de la República romana a finales del siglo IV, acre centado por la derrota de Pirro, cuando Roma afecta ya directamente a los intereses griegos y helenísticos, lias Teofrasto y Duris de Samos, quien supues tamente comentó la victoria romana de Sentino, habrían sido en particular Jerónimo de Cardia y Timeo de Tauromenio, autores de sendas obras sobre la guerra de Pirro en Italia y Sicilia, los autores que pretendieron informar más detalladamente a sus lectores sobre la nueva potencia emergente en Occi dente. Cabe pensar que todos estos autores griegos de los siglos IV y III se apoyaron en tradiciones locales, por ejemplo la historia de Rómulo y Remo, y en crónicas de las propias ciudades magnogriegas, hoy desconocidas casi en su totalidad.
Timeo, exiliado en Atenas y autor de una Historia de Sicilia y de una Gue
rra de Pirro, es consciente de un hecho histórico de gran trascendencia. A
partir de la victoria sobre Pirro y Tarento, Roma sustituye a los griegos como principales rivales de los cartagineses en Sicilia. Con esa idea ayuda a la inte gración de Roma en la comunidad cultural helenística, con antigüedad, abo lengo y prestigio, con potencia y grandeza desde los primeros tiempos. Esa rivalidad con Cartago se subraya incluso con paralelismos simbólicos, como el supuesto sincronismo de la fundación de Roma y Cartago, de que nos habla Dionisio. Esa presentación positiva de la historia romana arcaica en la tradi ción griega incluiría los elementos antiránicos rastreables en la historia de Tarquinio el Soberbio y también en la de Espurio Casio. La presentación más acabada de esa versión favorable a Roma, presentada como una ciudad grie ga desde sus inicios, se encuentra en la obra de Dionisio de Halicarnaso. Por otra parte, la acentuación de los elementos griegos en la tradición de la ciu dad coincide con la difuminación de elementos etruscos, a su vez coincidente con enfrentamientos con los etruscos como líderes de la alianza antirromana en Sentino, a principios del siglo m.
C) Fabio Pictor, M. Porcio Catón y los inicios de la historiografía romana
Según la mayoría de los estudiosos, Quinto Fabio Píctor es el primer autor romano que narra la historia de la ciudad, en la segunda mitad del siglo ni. Fabio escribe su obra en griego, probablemente dirigida al público de Mag na Grecia, para combatir la propaganda antirromana de los historiadores filopúnicos. Evidentemente, el presupuesto primero de Píctor es el patrio
tismo y la necesidad de realzar la historia de Roma durante la Segunda Gue rra Púnica, para proporcionar confianza en un momento de adversidad. Pero, también, dada su condición de senador y miembro de una delegación ofi cial romana a Delfos, cabe pensar en su interés por la reafirmación de Roma en un ámbito internacional más amplio y de ahí el recurso a la lengua grie ga, lingua franca en el conjunto del mundo helenístico.
Indudablemente, Fabio Píctor es el creador de la tradición historiográfica en Roma, como autor del primer relato continuo e integrado, a partir de fuen tes de información diferentes y dispersas. Es probable también que definie ra la forma analística, el ordo annalium de Cicerón, como una elaboración muy estilizada de los contenidos originales de la crónica pontificial (Frier, 1999). Esa forma canónica de presentación de la historia republicana incluía el encadenamiento anual de las elecciones, la entrada en el cargo de los magistrados, el reparto de las provincias y el reclutamiento de tropas, las cam pañas militares, la expiación de prodigios, la recepción de embajadas, los asuntos administrativos, etc. A partir de una referencia de Dionisio (1.6.2), se ha discutido mucho el contenido de la obra de Píctor. Según Dionisio, tanto Fabio como Cincio Alimento (otro autor temprano de Anales en griego, pre tor en el 210), trataban más profundamente la época real y la contemporánea y con más superficialidad el período intermedio. Este extremo, que parece confirmarse por el sumario del contenido de la obra de Píctor recogida en una inscripción recientemente descubierta en la biblioteca de Taormina, es, sin embargo, motivo actual de polémica. Fragmentos de su obra evidencian un tratamiento extenso de los siglos V y IV y, ciertamente, el interés en el con flicto patricio-plebeyo y en la conquista de Italia resulta explicable en auto res senatoriales. El debate está relacionado con la consideración de Píctor como el primer historiador que da forma a una tradición oral romana pree xistente o, por el contrario, como quien recurre a un modelo alternativo grie go ya fijado, el relato fundacional.
La importancia de Píctor como hito en la conformación de la historio grafía romana es incuestionable, con independencia de su condición o no de analista o, incluso, de su posible adscripción a la historiografía "trágica" helenística. En su obra vierte las noticias de los historiadores griegos, sus propios conocimientos (militares, políticos, jurídicos y topográficos) sobre Roma, las tradiciones orales y la documentación pública y particular dis ponible en su época. Desde la conocida crítica de Momigliano a la tesis de Alföldi, quien hacía a Píctor responsable de la deformación de toda la his toria arcaica de Roma ( “¿Mentía Fabio Píctor?” , 1965), hoy se considera que los primeros historiadores romanos, incluido Fabio Píctor, podían conocer muchos hechos de la antigua historia de Roma. A finales del siglo III, cabe pensar en una información relativamente abundante sobre tradiciones anti guas, cultos y ritos, proyectos de ley, guerras, etc., no solamente a través de
la sucinta crónica pontiñcial. Como afirma Cornell, la misma ciudad era un museo viviente.
En el campo de la literatura histórica en latín relativa, directa o indirecta mente, a la República arcaica, los primeros autores son Ennio y Catón. Quin to Ennio (239-169) narra la historia de Roma desde Eneas hasta su época en sus 18 libros de Anales. La obra, de la que se han conservado unos 600 ver sos hexámetros, es una auténtica epopeya nacional. En los libros 4 y 5 se refie re a los siglos V y IV y su insistencia en los logros militares y en el heroísmo individual, en las antiguas pautas de conducta y en la antigua religión, expli carían su fama posterior. Se trata de un testimonio muy importante para cono cer la idea que los romanos se hacían, o querían hacerse, de los tiempos más antiguos.
Marco Porcio Catón el Censor (234-148) es, para algunos, el primer his toriador latino propiamente dicho. Cónsul en 195 y censor en 184, es autor de Origines, una historia de Roma e Italia en 7 libros. En el primero narra los orígenes del pueblo romano ( origo populi Romani), la historia de los reyes y de la República hasta ca. 450. Posiblemente no sea una mera coin cidencia que también sigan este esquema Polibio, en su perdida "Archae- ologia” , y Cicerón en el libro segundo de Sobre 1a República. Conservada a través de unos 150 fragmentos, se trata de la obra historiográfica mejor conocida antes de César. El explícito rechazo de la crónica pontiñcial como fuente histórica, por la supuesta trivialidad de sus contenidos, así como el planteamiento compositivo, que supera la rigidez del esquema anual fijo de los analistas, hacen de su obra un hito en la historiografía romana. Catón estudia también los orígenes de todas las ciudades de Italia y pretende escribir la historia de Roma como una obra colectiva del pueblo romano a través de sucesivas generaciones, sin destacar a sus líderes y generales. Sin embargo, esta perpectiva, quizá respuesta a la creciente aparición de dirigentes aristocráticos empeñados en una feroz competencia con sus pares, no logró imponerse.
D) Los analistas
Se llama analistas a una serie de autores de los siglos II y I que escriben sobre la historia de Roma unas obras que titulan Amales, en las que siguen un esquema de composición año por año. La analística es, supuestamente, la fuente de los historiadores posteriores como Livio y Dionisio, quienes no usan ese título, pero utilizan la misma estructura compositiva. La relación y filiación directas, no obstante, resulta muy difícil de establecer, dado que se conoce la obra de los analistas de manera muy fragmentaria, a partir de testimonios y citas de otros autores. Es probable que los relatos de los ana
listas cayeran pronto en el olvido en favor de las obras de Livio o Dionisio, que permanecerían como la versión establecida sobre los primeros siglos de Roma.
A partir del paso de Dionisio ya comentado (1.6.2), se supone que los ana listas tratan con mayor extensión los orígenes de la ciudad, la monarquía y más tarde la época republicana a partir del siglo iv y la época contemporá nea, frente a los siglos V y IV, recogidos de manera más superficial. En prin cipio, no hay razones artístico-literarias para tal presentación y en todo caso, cabe pensar en una información más escasa para la época entre los inicios de la República y las guerras samnitas.
De los primeros autores posteriores a Catón, como Casio Hemina o Gneo Gelio, apenas conocemos nada. De otros sabemos algo más sobre su carre ra política, como de Cayo Fanio o Lucio Calpurnio Pisón. Este último, cónsul en el año 133 y censor en el 120, escribe una historia de Roma desde los orí genes en 7 libros, en tono fuertemente moralizante. Al siglo I pertenecen otra serie de nombres como Valerio Antiate, Licinio Macro, Claudio Quadrigario o O. Elio Tuberón, las presuntas fuentes de Livio o Dionisio, pero también conocidos de manera fragmentaria.
Es posible que los primeros analistas ofrecieran una simple y escueta enumeración de los hechos y que sólo más tarde se introdujera una cierta elaboración retórica. En cualquier caso, Cicerón critica la aridez y la falta de elaboración literaria de todos ellos (Las leyes, 1.2; Sobre el orador, 2.54) y destaca las limitaciones de la historiografía romana frente a la griega en ese terreno.
La valoración de los analistas ha sido y es una importante fuente de polé mica. Se discuten su fiabilidad, su partidismo político y familiar, su chovinis mo, su mayor interés por los tiempos más antiguos y su excesiva imagina ción al reconstruir la Roma arcaica. Se ha intentado incluso distinguir entre los analistas de los siglos II y I, más rigurosos los primeros frente a la mayor tendenciosidad de los segundos. Estos últimos serían, supuestamente, los inventores de una serie de relatos sobre Roma arcaica, modelados según los conflictos tardorrepublicanos. Es decir, el conflicto de los órdenes traducía en realidad la lucha entre optimates y populares y los hermanos Graco y Satur nino serían los modelos de los líderes plebeyos de los primeros tiempos repu blicanos. Si bien es indudable el peso de la situación política tardorrepubli- cana en su reconstrucción histórica, hoy perceptible en determinados episodios de la historia liviana, otras críticas resultan hipotéticas y difíciles de demostrar por la falta de datos concretos. Esto sucede con las supuestas ads cripciones políticas de muchos analistas y su correspondiente tendenciosi dad. Por otra parte, respecto a su rigor histórico, estos autores pudieron hacer uso de fuentes documentales que no conocemos hoy, como prueba el testi monio de Licinio Macro (Livio, 4.7.12), sobre las listas de magistrados, depo
sitadas en rollos de lino en el templo de Juno Moneta. También se pueden relativizar, en parte, las invenciones de los analistas tardíos sobre sus pre suntos gloriosos antecesores, por ejemplo de Valerio Antiate sobre los Vale rios o Licinio Macro sobre los Licinios. Una inscripción como el lapis Satrica-
nus confirma la importancia de la gens Valeria en los primeros tiempos de la
República. Es igualmente dudoso que estos analistas fueran los primeros en acuñar la noción de “guerra justa” , tal como se ha afirmado, pues, sin negar su patriotismo, incluso su chovinismo, es más probable que ese concepto sur giera y se desarrollara en Roma durante las guerras de conquista, continuas desde el siglo IV.
En realidad, los testimonios propios de los analistas son en sí mismos insu ficientes para una interpretación tan negativa, que responde a un prejuicio moderno. De hecho, resulta imposible demostrar que toda falsedad o inven ción en Livio derive de una invención analística. Esto no implica negar su con dición de políticos en la mayoría de los casos, su visión fuertemente roma- nocéntrica de la Historia o la influencia de la realidad contemporánea en sus reconstrucciones. Tan sólo recuerda lo limitado de nuestra información a la hora de emitir juicios demasiado acabados.
Por otra parte, a fines del siglo II, las críticas de Sempronio Aselión con tra los libros de Anales y su pretensión de escribir una historia pragmática
(A lio Gelio, Noches Áticas, 5.18.8), reflejan una polémica historiográfica entre la analística y otra forma de hacer historia, en la que el eco de Polibio y los modelos helenísticos es patente. Es probable que surgiera entonces la nece sidad de una reconstrucción histórica más completa, con más datos y más posibilidades de explicación que la de los analistas, para cumplir mejor sus funciones educativas y patrióticas. Ciertamente, también pudo aumentar entonces el peligro de los anacronismos y paralelismos ¿históricos, pues si la información disponible era inferior a la exigida por los nuevos plantea mientos, los distintos autores la pudieron completar con modelos y noticias posteriores.
E) Livio, Dionisio y otros autores
Los relatos más acabados y continuos de la historia arcaica de Roma se encuentran en dos autores contemporáneos de época augustea, Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso. Ambos tratan la misma historia y aunque sus preo cupaciones y método son distintos, como fuentes de información son com plementarios.
Tito Livio (59-17 d. C.), originario de Patavium (Padua), comienza a publi car en los años veinte una Historia de Roma desde la fundación de la ciudad