Biblioteca Básica de Historia
Monografías
La Guerra
de Sucesión
José Calvo
ANAYA
L
os comienzos del siglo X V III español estuvieron marcados por un duro conflic to, la G u e rra de Sucesión, cuyo desenlace significó la aparición de un nuevo estado, al hilo del carácter de guerracivil que la lucha adquirió
ante la opción borbónica de Castilla y austríaca de A ra gón. A la autonomía que ca racterizó la monarquía de los Austrias le sucedió un estado fu e rte m e n te centralizado.
Como contienda internacional supuso la liquidación del Im perio español en Europa y el asentamiento de Inglaterra como gran potencia.
JOSE Calvoes doctor en His toria y Catedrático de bachi llerato. Autor de varios libros, su investigación se ha centra do en la España de los siglos XVII y XV III.
La Guerra
de Sucesión
José Calvo Fbyato
Colección: Biblioteca Básica Serie: Historia (Monografías)
Diseño de la serie: Narcís Fernández Maquetación: Angel Guerrero
Edición gráfica y redacción de los pies: Manuel González Moreno
Ayudante de edición: Mercedes Castro
Coordinación científica: Joaquim Prats i Cuevas (Catedrático de Instituto y Profesor de Historia de la Universidad de Barcelona) Coordinación editorial: Juan Diego Pérez González
Enrique Posse
Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra bajo cualquiera de sus formas, gráficas o audiouisuales, sin la autorización precia y escrita del editor, excepto citas en reuistas, diarios o libros, siempre que se mencione la procedencia de las mismas.
© José Calvo Poyato
© 1988, de la edición española, E. G. Anaya Josefa Valcárcel, 27. 28027 Madrid I.S.B.N.: 84-7525-500-0
Depósito legal: M-30586-1988
Impreso por ORYMU, S. A. C/Ruiz de Alda, 1 Polígono de la Estación. PINTO (Madrid) Impreso en España. Printed in Spain
Contenido
La difícil descendenciade Carlos II El Hechizado 4 1 España en los comienzos del siglo XVIII 8
2 La llegada de la nueva dinastía 16
3 Los inicios del conflicto 26
4 Los grupos sociales ante la guerra 34
5 Una guerra nacional 42
6 Los perfiles internacionales 54
7 La larga marcha hacia la paz 64
8 Las consecuencias de la guerra 74
Datos para una historia 90
Glosario 92
Indice alfabético 94
E ste bello fro n tis picio c o rre sp o n d e a u n a edición dedi c a d a al hijo p red i le c to de F elipe IV, B a l t a s a r C a r lo s , cu y a m u e rte p re m a tu r a , sig n ific ó la a sc e n sió n al tr o no de E sp añ a del e n fe rm iz o p rín c i pe C a rlo s: é s te tra s u n a p e n o s a e x is ten cia, sím bolo de la d e c a d e n c ia de su rein o , te s tó en favor d e F elipe de A njou (p ág in a si g u ie n te), p e rte n e cie n te a la C a sa de B o r b ó n f r a n c e s a y c a b e z a v isib le de uno de los d os b a n d o s q u e c o n v ertiría n a la p e nínsula Ib érica en e l e s c e n a r i o d e una larga y co sto - 4 sísim a gu erra.
La difícil descendencia
de Carlos II el Hechizado
El día primero de noviembre de 1700 fallecía C ar los II, y con él finalizaba la dinastía que había re gido los destinos del imperio español durante casi doscientos años. Su testamento designaba como heredero al nieto de Luis XIV, su enemi go más encarnizado: el duque de Anjou, el futu ro Felipe V. Sin embargo, lo que esta voluntad testamentaria dejaba formalmente resuelto hubo de dilucidarse, en la práctica, a través de una lar ga y costosa contienda: la Guerra de Sucesión.
Carlos II El Hechizado L a v i t a l i d a d d e l p u e rto d e B u rd eo s a c o m ie n z o s d e l XVlll c o n tra s ta con la de Bilbao (pág. 7), que h ab ía p erd id o su p ro sp e rid a d de o tr o s tiem pos.
Carlos II había sido un niño enfermizo, y sus súbditos pronto le conocerían con el sobrenom bre de el Hechizado, no sólo por su pobre as pecto físico sino también por su incapacidad para tener descendencia. Este problema suceso rio, achacado por algunos a una especie de m a leficio, se intentó subsanar por medios estrafa larios, tales como la utilización de una momia mi lagrosa que al contacto con el monarca estimu lase la regia procreación. Pero todo fue inútil.
Tanto la rama imperial de los Austrias (Leo poldo I) como los Borbones franceses (Luis XIV el J?ey Sol), trataron de jugar la baza de su pa rentesco con el monarca español y pugnaron por atraerse a su causa a los más influyentes perso najes de la corte para que moviesen la voluntad del débil monarca en beneficio de algún miem bro de sus respectivas familias: el archiduque Carlos de Austria y Felipe de Anjou.
El conflicto dinástico se complicó con las di ferentes concepciones que sobre la organización del Estado había en la Península. Los países de la Corona de Aragón se aliaron con el archi duque, en defensa de sus fueros, frente a Feli pe V que defendía la administración centralista de la corona de Castilla. Carlos II El Hechizado L a s im á g e n e s d e B u rd eo s y Bilbao r e s u lt a n e x p r e s i vas de u n a reali d a d d if e r e n te : la p u ja n z a f ra n c e s a fre n te al e s ta n c a m i e n t o e s p a ñ o l , reflejo de la e x p a n s ió n c o m e rc ia l y política en el p ri m e r c a so y d e la falta d e to d a clase de iniciativas en el segundo. 7
L a i m a g e n q u e o fre c ía E sp a ñ a a l o s v i a j e r o s e x t r a n j e r o s e n la s p o strim e rías del si glo XVII y com ien zo s del xviii, e r a la de un p aís en b a n c a rro ta q u e s o b re vivía g racias a la in m e n s a h e re n c ia im p e rial del siglo
XVI y a los m ejores fru to s d e la c u ltu ra del B arro co , ele m e n to s am b o s que s e g u ía n c o n s titu y endo su g ran d e za h istó ric a y las cla v es m ás p ro fu n d a s de su declive.
España en los comienzos
del siglo XVIII
La España de comienzos del siglo XVIII presen taba los perfiles de una comunidad en crisis, aun que en algunas áreas concretas de la Península aparecían síntomas patentes de recuperación.
Esa crisis era la consecuencia de un esfuerzo desmedido, el que hubo de hacerse para m an tener un imperio acosado desde múltiples direc ciones. Este se sostenía en sus aspectos exter nos, pero estaba extenuado. En este sentido, el imperio hispánico que pasaba de siglo XVII al
XVIII era una ficción.
Si las necesidades desbordaban con mucho los recursos, la obtención de estos últimos se realizaba a través de un sistema caótico y poco eficaz. Además se había perdido el horizonte, fal taba un programa común y existían profundas fallas en el cuerpo de la monarquía. La receta de los gobernantes era no mover nada para que el «enfermo» no empeorase y el agravamiento no acabase por hundirlo todo.
V O Y A G E
D E S P A G N E
CV1UEVX • HÍSTORIQVE, A P A ? . 1 S . ¡ i C C n A f t L t l DH S « » 1 ...il 1« cría^’Sillí . tu i »m U .*vku. -v! ¿ U h o M » * o Tcoufonn M D C L XV ET P OL I T 1 QVE Fait cu 1'Amicc J6f j. J DED1E' A S O N A L T E S S E R O T A L E m ademoiselle. 8Un gigante con los pies de barro
La herencia que recibió Felipe V era una espe cie de gigante con los pies de barro. La enorme amplitud de los dominios hispánicos constituía un factor no despreciable en el proceso de su de cadencia. La Corona de Castilla, que asumió el papel imperial, nunca estuvo sobrada de efecti vos humanos; uno de los aspectos que más lla maba la atención de los viajeros que la visitaban era su escaso poblamiento y la existencia de grandes extensiones deshabitadas —verdaderos páramos desiertos. La pobalción peninsular no era comparable, con sus siete millones de habi tantes, con los veinte millones de Francia o con la cifra parecida que podía aportar el Imperio Austríaco; tampoco sus pueblos tenían nada que
Gigante con pies de barro
La fra se «un gigan te co n los pies de b arro » define a la p erfec ció n el e s ta d o d e c o s a s que c a r a c t e r i z a b a al i m p e r i o d e l o s A u s tr ia s e s p a ñ o les. Su últim o m o n arca, C a rlo s 11 el H ec h iza d o , que se p o s tra a n te la S a g r a d a F o r m a en e s t e e s p l é n d i d o lienzo de S á n ch e z C oello, e ra la c a ri c a tu r a d e un rey, b a jo c u y o p o d e r a b s o lu to e s ta b a n a ú n b u e n a p a r te d e lo s te rr ito r io s q u e habían c o n s ti t u i d o lo s f u n d a m e n to s de la h eg e m onía esp añ o la en el o rd e n m undial. P a r a d ó j i c a m e n t e e s ta gran riq u ez a t e r r i t o r i a l h a b ia m inado el prestigio de s u s p o se e d o re s, h a s t a c a e r en el d e s c r é d i t o in te r n a c i o n a l d e v e r com o los em b aja d o re s d e las p o te n cias e u ro p e a s m a n ejab a n la q u e b ra d iz a v o lu n ta d de s u « C a tó lic a M a je sta d » .
Gigante con pies de barro
El fre sc o de la sala de b a ta lla s de El E scorial nos habla del p o d erío militar e sp a ñ o l en la g e sta d e S a n Q u in tín ; h a z a ñ a s com o é sta d ie ro n a los te rc io s e s p a ñ o l e s d e in f a n te r í a fam a de invencibles y signi ficaron un titán ico e s fu e rz o d e hom b re s y re c u rs o s p a ra lo g rar el p re d o m inio de los H abs- b u rg o en E uropa.
ver con las densas y bien pobladas ciudades de los Países Bajos o del norte de Italia. La idea im perial resultó ser de este modo una empresa dem asiado grande para tan pocos hombres y en su cometido se quedaron muchos de los mejores.
Hacia el año 1700 la estructura del imperio es pañol se mantenía en buena parte intacta, pese a haberse producido algunas pérdidas muy do- lorosas. Pero la dispersión geográfica de los do minios hispanos —verdaderos retazos territoria les unidos muy dábilmente— acentuó el esfuer zo que se debía realizar. Muchos hombres y grandes cantidades de dinero fueron necesarios para mantener el imperio, y en este intento, ver daderamente agotador, se desangró una buena parte de la vitalidad de la monarquía.
Una crisis de identidad
En los inicios del siglo XVIII, otro de los aspectos más llamativos de la situación existente era la pérdida de objetivos por parte de aquella socie dad. La monarquía de los Austrias se había ba sado en una fórmula de gobierno descentraliza do, donde cada una de las partes que la integra ban gozaba de amplia autonomía económica y administrativa. En la Península las Coronas de Castilla y Aragón constituyen dos claros ejem plos: cada una tenía su propio Consejo, además de un aparato legislativo autóctono. En realidad el monarca era rey de Castilla y de Aragón, así como de un largo rosario de territorios, todos y cada uno de los cuales aparecían en la larga se rie de títulos reales.
Castilla y Aragón tenían, pues, su propio sis tema de gobierno, diferente sistema monetario y tributario, así como una manera distinta de en tender el Estado. Pocos habían sido los objeti vos comunes. Las empresas exteriores habían estado vinculadas a unos u otros, pero no se había llevado a cabo un programa conjunto. Hubo intentos en este sentido, como la llamada
Gigante con pies de barro
F r a g m e n t o d e l
A s e d i o d e A ir e - S ur-L elys, de Sna-
y e rs (m ediados del xvil). N os m u e stra a u n o s s o ld a d o s bien d istin to s a los d e la página a n te rior. H ara p ie n to s y débiles, sim bolizan la d e c r e p itu d de un E sta d o incapaz de d o ta r de equipo y paga e sta b le s a s u s e jé r c ito s . La m iseria de las tr o p a s se c o rre s p o n día c o n la p en u ria d e l a s a r c a s d e C a s til la , q u e s o p o rta b a casi en s o litario el c o s te de la política im perial.
Gigante con pies de barro
S o ld ad o s de la in fa n te ría e s p a ñ o la del siglo XVII; r e c o n s t r u c c i ó n d e u n o s c u e r p o s de e jé r c ito sa c rific a d o s en una s u c e s i ó n d e g u e r r a s d e n tro del te a tro e u ro p e o , cuyo c o s te en vidas h u m a n as se ria aú n m ás g ra v e q u e el im p o r t e e c o n ó m ic o de las ca m p añ as.
Unión de Armas propugnada por el conde-du que de Olivares en 1625, pero fracasó estrepito samente. También fracasaron los intentos de una mayor colaboración catalana al sostenimien to de la política exterior cuando la guerra con tra Francia, a partir de 1635, exigía un esfuerzo supremo. Y la desintegración culmino con la su blevación del Principado de Cataluña en 1640.
Esa falta de objetivos comunes o, lo que es igual, la carencia de un proyecto conjunto penin sular mantuvo un claro distanciamiento entre las diferentes partes que integraban el Estado. Aho ra bien, mientras que los fulgores del imperio bri llaron y en el exterior, con más o menos dificul tades, se mantuvo la situación de potencia he- gemónica, se pudo sostener la ficción de una causa común. Cuando los descalabros fueron acumulándose de forma creciente, la sociedad hispana adquirió el aspecto de un aglomerado que había perdido sus horizontes y que no en contraba su sitio en el conjunto de la comuni dad internacional. En este momento el estallido de la Guerra de Sucesión supuso un fuerte re vulsivo.
La situación militar
El panorama militar de España a comienzos del reinado de Felipe V presentaba unos perfiles poco halagüeños. La situación económica de la Real Hacienda no permitía, en éste como en otros aspectos, el mantenimiento de una situa ción ni siquiera digna. Las glorias militares per tenecían a épocas pasadas y se vivía de la he rencia de las victorias de Pavía, en 1525, o de San Quintín, en 1557, ambas sobre Francia (re cordemos que Felipe II mandó edificar El Esco rial en conmemoración de esta batalla).
Durante los últimos años del reinado de C ar los II se habían acometido algunos proyectos de reforma, como la reorganización de las milicias municipales en 1694 o el establecimiento por el territorio hispano de diferentes depósitos de ar mas situados estratégicamente. Como tantas ini ciativas y proyectos de este reinado, no se con cretaron en realidades tangibles.
N aipes, vino y pi c a re s c a se aso cian a la vida del so ld a do del XVII español, en un ejercicio p a ralelo al de la c a rre ra m ilitar; el de s o b r e v i v i r c o m o fuera a n te la crisis de la organización c a s tre n s e , c a re n te de m edios, incen ti vos y disciplina en la s g u a r n ic io n e s p e n in su la re s al ini c ia rse el n uevo si glo XVIII.
Gigante con pies de barro
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Gigante con pies de barro
El e s ta d o ruinoso de las fortificacio n e s del te rrito rio esp añ o l iba parejo a la exigüidad de los efectiv o s mili ta re s q u e se o fre c e n en la s cifras e x p u e sta s en e s ta página. Lo red u c i do de e s to s d a to s en lo s p r i m e r o s a ñ o s del siglo XVIII,
a b o n a b an las te sis que favorecían un rá p id o d e s a r ro llo d e u n a c a m p a ñ a militar d e s tin a d a a o c u p a r los c e n tro s vitales del país en ca so de gu erra; la r e a l i d a d , p e s e a to d o , no fue ta n sencilla.
Algunos representantes del cuerpo diplomáti co acreditado en Madrid informaban a sus go biernos —entre la sorpresa y la incredulidad— sobre el lamentable estado del ejército español. Sus informes se acercaban bastante a la reali dad: los depósitos de armas estaban vacíos, las plantillas de las guarniciones sólo existían nomi nalmente, la desnudez y la miseria atenazaban a unos soldados que nunca recibían sus pagas de forma regular.
Concretada en cifras, la situación en estos mo mentos iniciales del siglo, según un informe ela borado en 1703, era la siguiente para la infante ría y la caballería:
Guarnición Hombres Caballos
Galicia 355 6 40 Vizcaya 378 — Extrem adura 528 1.227 Andalucía 4.727 2.162 Gibraltar 431 — Zamora 1.000 — Cataluña 3.116 1.068 Presidios africanos 2.730 —
Un volumen total de 17.265 hombres era un contingente exiguo para las necesidades milita res del país. Es cierto que durante doscientos años los españoles no habían peleado en su pro pio país, salvo casos muy concretos y
localiza-dos. Ahora había que afrontar una guerra de ca racterísticas muy distintas y no se estaba prepa rado para ello.
Un texto de un contemporáneo, el marqués de San Felipe, tal vez nos complete esta desola da visión que ofrecía la situación militar de Es paña:
«...el Reyno; el qual, como si no se disputasse de él, yacía sepultado en el ocio. Ruinosos los muros de sus Fortalezas, aún tenía Barcelona abiertas las brechas que le hizo el duque de Ven- doma y desde Rosas hasta Cádiz, no havía Al cázar, ni Castillo, no solo presidiado, pero ni montada su artillería. La misma negligencia se admiraba en los puertos de Vizcaya, y Galicia. No tenían los Almacenes sus provisiones; falta ban fundidores de armas... Vacíos los Arsenales, y Astilleros, se havía olvidado el arte de cons truir Naves, y no tenía el Rey mas que las des tinadas al comercio de Indias y algunos
galeo-Gigante con pies de barro
La fam a del ejérci to esp añ o l no era in m erecida ni g ra tuita; los viejos te r cios no habían p e r dido su b rav u ra ni el valor q u e les h a bía d o ta d o de un halo de leyenda, el p roblem a consistía en la s tre m e n d a s l a g u n a s q u e h a bían p ro v o ca d o la m ultitud de fre n tes de lucha a c u b rir y la desid ia de la n o bleza que form aba su alta oficialidad. La G u e rra de S u cesión su p u so una q u i e b r a d e e s t e m o d e lo p a ra d a r p aso a un ejército m ás pro fesio n al y o rg an iz ad o , sin re n u n ciar a los valo re s p ro p io s del so l d ad o español. 15
La p o lítica m a tri m o n ia l lle v a d a a c a b o p o r la C a sa de A u stria de em p a re n ta r c o n la di n astía fra n ce sa, se c o n s o lid ó c o n el m a trim o n io de la infanta M aría T e re sa (d erech a), hija de F elipe IV (arri ba) con Luis XIV de F ra n cia , en lace d e c isiv o p a r a las p re te n sio n e s fran c e sa s a la su c esió n en la c o ro n a e s p a ñola, al p ro p o n e r m ás ta rd e al nieto d e M a ría T e r e s a co m o c a n d id a to al tro n o de E spaña.
La llegada de la nueva dinastía
Dentro del complejo mundo de intereses que se enfrentaron en el curso de la G uerra de Suce sión, uno de ellos fue el conflicto dinástico. Aun que aparece clara la necesidad de dedicar una menor atención a este asunto (que en otras épo cas fue casi el único tratado), no puede perder se de vista el conflicto protagonizado por Aus- trias y Borbones.Para muchos contemporáneos la débil imagen de Carlos II era el compendio y resumen de los males que aquejaban a España, y definía por sí sola la postración a que la había llevado la Casa de Austria. Un cambio de dinastía podía ser el revulsivo que modificase aquella situación y de volviese los esplendores de antaño. La expecta ción ante un monarca de otra familia, joven, apuesto y capaz de ponerse al frente de sus tro pas —cosa que hacía muchos años que no ocu rría, salvo la incursión de Felipe IV en Cataluña medio siglo antes— debió levantar, en algunos, los decaídos ánimos.
La C asa de Borbón
El testamento de Carlos II había designado como sucesor a Felipe, duque de Anjou, nieto del to dopoderoso Luis XIV de Francia. Pertenecía a la Casa de Borbón. El primer miembro de esta familia que ciñó la corona de San Luis fue Enri que IV en 1589, quien para acceder al trono de Francia, ante la oposición de los católicos apo yados por España, abjuró del protestantismo. Se dice que pronunció la célebre frase: «París bien vale una misa».
Las relaciones de los Borbones con los Aus- trias españoles estuvieron presididas por la ten sión, la cual desembocó a partir de 1635 en una guerra casi permanente, en la que España llevó la peor parte —paces de los Pirineos, Aquisgrán, Nimega y Ryswick—; sin embargo, ello no fue
Los Borbones D e sd e su a d o le s c e n c i a C a r lo s II m o stró los signos inequívocos de su debilidad m ental y física. E ste r e tra to de C a rre ñ o de Mi ra n d a le p re se n ta e n e d a d ju v e n il, d o ta d o de un tr is te a s p e c to . C o n la m a d u re z no m ejo ró. S u s m a trim o nios se vieron e n v u elto s en una tr a m a de c o n sp ira c io n es p a ra a s e g u ra r un h e re d e ro incli nado hacia el lado fra n cé s o a u s tría co. C u a n d o se hizo ev id en te su e s te ri lidad la c o n s p ira ción intern acio n al ad q u irió tin te s de ce rm o n ia m a ca b ra p ara obligar a e s te infeliz s e r hum ano a o to rg a r un te s ta m e n to a co n v e n iencia de in te re s e s e x t r a n j e r o s ; p ese a to d o , su d e cisión final no p u e de s e r c o n sid e ra d a e rró n e a .
Los Borbones
La galería de los esp e jo s de V ersa- lles, m a rc o e sp lén dido p ara la e x a lta ción de un perío d o de e s p le n d o r en la h is to ria de F ra n cia, cu y a hegem o nía e u ro p e a coin cide co n la p e rs o na de Luis XIV.
obstáculo para que entre ambas dinastías se efectuasen dos enlaces matrimoniales: el de Luis XIII de Francia con la hija de Felipe III, Ana de Austria, y el de Luis XIV con la infanta María Te resa, hija de Felipe IV y hermana de Carlos II.
Pese a estos enlaces matrimoniales, las gue rras entre ambas coronas habían generalizado un sentimiento antifrancés, que se acentuaba aún más en el caso de la Corona de Aragón por razones de índole económica y por los conflic tos fronterizos que las guerras habían originado. Por esta última circunstancia Barcelona había sufrido un feroz bombardeo en 1697. En gene ral, los hasta hacía poco súbditos de Carlos II ha bían experimentado en su orgullo los zarpazos del imperialismo de Luis XIV. ¡Y ahora un nieto suyo iba a ocupar el trono!
Luis XIV y el duque de Anjou
El descubrimiento de los planes de reparto del imperio español entre varias potencias europeas creó, amén de una profunda indignación, una sensación de inseguridad y de impotencia. En el ánimo de Carlos II pesó de forma decisiva, al pa recer, la garantía que para el mantenimiento in tacto de la monarquía suponía su vinculación a un miembro de la Casa de Borbón. La estrella de Luis XIV, rodeado de una aureola de monar ca que gozaba de un poder absoluto, estaba en lo más alto de su curso y su deslumbrante po der era, para la empequeñecida corte de Madrid, una especie de garantía de integridad.
La llegada, pues, de Felipe V a España no pue de desligarse de la influencia de su abuelo. Es más, para muchos el nuevo monarca sería una especie de prolongación del Rey Sol; su papel podría ser el de un enviado de lujo de la corte de Versalles que, de esta forma, extendería su influencia no sólo sobre la península Ibérica, sino sobre las decisiones que se tomasen para el go bierno y la administración del imperio ultramari no. Esto era algo poco grato a los ojos del resto de Europa, que ya había organizado varias coa liciones para oponerse al preocupante expansio nismo francés.
Felipe V cruzó la frontera a comienzos de 1701 y entró en Madrid el 18 de febrero. Venía acompañado de un séquito numeroso, cuidado samente seleccionado por Luis XIV, que tenía como misión asesorar al rey, que tan sólo con taba diecisiete años. Junto a la juventud del mo narca, al otro lado de los Pirineos se tenía una pésima imagen del funcionamiento de la admi nistración española, que sin duda necesitaba una reforma en profundidad.
Con todo, una ingerencia descarada de los franceses en los asuntos internos de la
monar-Los Borbones El largo rein ad o de L uis XIV, el R ey S o l, s u p u s o u n a tra y e c to ria de e x p a n s ió n d e s d e la P az d e los P irineos h a s t a el T r a ta d o d e U t r e c h t . E n e s te lapso de tie m po la influencia mi litar o diplom ática de F ra n cia en los a s u n to s e sp añ o le s, p e rm itió al am bi c i o s o m o n a r c a f r a n c é s el a u d a z p ro y e c to de unifi c a r las c o ro n a s de F ra n cia y E sp añ a en la figura d e su n i e t o F e l i p e . El p r o y e c to , p o r t e mible p a ra las d e m ás p o te n c ia s e u ro p e a s, dió lugar a la G u e rra de S u c e sión. 19
El M adrid de los A u s t r i a s ( a b a jo ) iba, con la llegada de F elipe V, a s e r el M a d rid d e los B o rb o n e s , no sin a n t e s s u f r i r lo s a v a t a r e s d e la s f a s e s d e la c o n tienda.
quía hispana hubiese exasperado aún más los ánimos de las restantes potencias europeas. Sin embargo, muy pronto se prescindió de toda pru dencia y se olvidaron las más mínimas preven ciones y el embajador de Francia en Madrid se convirtió en uno de los personajes de mayor in fluencia política.
Para «legalizar» las intervenciones del repre sentante de una potencia extranjera en cuestio nes internas se creó el Despacho, organismo donde los franceses desplazaron rápidamente a los españoles. Esta circunstancia propició una protesta de los grandes, entre ellos el duque de Medinaceli y el conde de Aguilar, que no sirvió para nada.
Los Borbones
Desde fecha muy temprana, dos enviados de Luis XIV se convirtieron en los consejeros más importantes del soberano español: Amelot, que controló la política administrativa del Estado, y Orry, que se encargó de los aspectos financie ros. Por su parte, mademoseille de la Tremoille, más conocida como la princesa de los Ursinos, desde su cargo de camarera mayor, controló a la joven reina Luisa Gabriela de Saboya, de sólo trece años, cuyo matrimonio con Felipe V tam bién había sido decidido desde Versalles.
Hasta 1709, ya en plena Guerra de Sucesión, en que la situación internacional obligó a Luis XIV a retirar la mayor parte de las tropas fran cesas que luchaban en la Península, la política es pañola estuvo decisivamente influida por la fran cesa, hasta el punto de quedar poco menos que mediatizada. A partir de dicha fecha, la influen cia gala inició una línea descendente y el monar ca español comenzó una etapa de menor depen dencia de su abuelo.
Los Borbones
C h o q u e de c a b a llería y de in fan te r í a d u r a n t e la s g u e r r a s d e L u is X IV c o n t r a s u s e n e m i g o s e u r o peos. La su p e rio ri dad de las tro p a s f ra n c e s a s d ab a a su rey un am plio m argen de m anio b ra ; las d e r r o ta s de los ejé rc ito s del
R e y S o l en los p ri
m e r o s a ñ o s d e l
X V I I , r e d u j e r o n e s te m argen h a s ta o b lig a rle a se ria s c o n c e s io n e s r e s p e c to a la su c esió n a l t r o n o d e E s paña.
La Gran Alianza
La llegada a Ma drid del nuevo rey im plicaba u n a n u e va c o n f ig u r a c ió n del m apa político e u ro p e o al u n ir en u n a m ism a ram a d in á stic a, los Bor- b o n es, las c o ro n a s de F ra n cia y E sp a ñ a . I n ic i a lm e n te Luis XIV h ab ía g a nado la p a rtid a a su s a d v e rsa rio s y re fo rz a b a su e s tr a te g ia m ed ian te el m atrim onio d e F e lipe V co n la jo ven p rin c e sa Lui s a G a b r i e l a d e S a b o y a ( a r r i b a ) .
El escenario europeo: la Gran Alianza La Guerra de Sucesión española, además del en frentamiento directo entre Felipe V y el archidu que Carlos de Austria por el trono de España, fue parte de un conflicto más amplio en el que participaron las potencias europeas y en el cual estaba en juego el control de Europa.
Por un lado, Austria era enemiga dinástica de Francia. Por otro, Inglaterra y Holanda (las «po tencias marítimas») desconfiaban de un posible
aumento del poder de Francia, con el consi guiente riesgo de ruptura del equilibrio de fuer zas en el escenario europeo. Para todos, el que un nieto de Luis XIV ocupase el trono de Espa ña constituía un motivo de preocupación.
España, con sus posesiones en Flandes, Mi lán y el sur de Italia era, al menos en teoría, un enemigo poderoso, de gran fuerza potencial en el centro de Europa y en el Mediterráneo. Un Borbón en su trono, y muy influido además por Luis XIV, cuya política expansiva se hacía cada vez más evidente, era algo que los demás países europeos no estaban dispuestos a soportar con pasividad. Por ello, Austria, Inglaterra y Holan da establecieron un tratado, firmado en La Haya en 1701, por el que se constituían en la llamada Gran Alianza. Como veremos más ampliamente en el capítulo 6, los miembros de la Alianza en traron en guerra contra Francia y España, apo yando lógicamente las pretensiones al trono del archiduque Carlos. La Gran Alianza La ac ep ta c ió n del B orbón p o r p a rte de la alta nobleza c a s te lla n a no fue ta n sim p le com o en un principio se p en só , ya q u e las ca m a rillas de p o d e r c re a d a s d u ra n te la vida del infe liz C a rlo s II p r e te n d ían rea liza r el mism o papel co n el nuevo rey. P ro n to s u r g ir ía n lo s p r i m e r o s c o n f lic to s q u e estallarían en g u erra. 23
El nuevo rey
Z a r a g o z a , s e g ú n ó le o d e S á n c h e z del M azo. La ca p i tal a ra g o n e sa fue e s c e n a r i o d e la ju ra de los fu ero s de A ragón p o r p a r te del n uevo m o n a r c a , u n g e s t o c o m p l e t a d o c o n c o n c e s i o n e s c o m erciales q u e limi ta b an el m o n o p o lio c a s te lla n o en las Indias.
Felipe V y los com ienzos del reinado
Más de tres meses habían transcurrido desde la designación del duque de Anjou como sucesor de la corona española, cuando se produjo su en trada en Madrid. Sin embargo, la entronización de los Borbones en España no fue algo tan sen cillo: fue indisolublemente unida a la Guerra de Sucesión.
Ahora bien, aunque el enfrentamiento bélico estaba latente, hubo de transcurrir año y medio desde que se abrió el testamento de Carlos II hasta que la guerra se convirtió en un conflicto generalizado. Desde 1701 franceses y austríacos luchaban en el norte de Italia, pero fue el ataque inglés a los Países Bajos españoles lo que le dio una dimensión general al conflicto.
Felipe V fue aclamado a su entrada en Ma drid. Al decir de los contemporáneos, su apos tura, que contrastaba con el ruin aspecto de su antecesor, causó una grata impresión. Llegaron a la corte representaciones de todas las ciuda des importantes de Castilla para besar la mano al rey y ofrecerle personalmente la obediencia que sus concejos municipales habían acordado en cabildos.
En el otoño de 1701 el monarca acudió a Bar celona para recibir a su joven esposa. A su paso por Zaragoza había jurado en la seo de esta ciu dad los fueros de Aragón, y los catalanes pidie ron la convocatoria de C ortes para que el rey ju rase el respeto de los suyos, requisito sin el cual, teóricamente, no podía ser considerado rey. Fueron convocadas las Cortes y en ellas el Bor- bón se mostró generoso —incluso concedió el derecho de enviar dos navios a las Indias, con cesión excepcional a un país no castellano—; sin embargo, la tensión en las relaciones fue la nota dominante.
La noticia de la generalización de la guerra, que implicaba de forma definitiva a España, lle gó cuando los reyes estaban aún en la ciudad condal. Los aragoneses también habían solicita do la convocatoria de sus Cortes, pero se deci dió la conveniencia de que el rey marchase a Ita lia, escenario de las operaciones militares más importantes hasta aquel momento. Para no con trariar a Aragón se convocaron Cortes en Zara goza presididas por la reina, quien, ante la ausencia de Felipe V, asumía las funciones de soberana asesorada por un Consejo de Re gencia. Así, mientras la reina presidía la apertu ra de las C ortes el 29 de abril, sin que las mis mas llegaran a cerrarse, el rey embarcaba el 1 de mayo rumbo a Italia, donde arribó a finales de dicho mes. El nuevo rey A p e s a r d e la ju ra de los fu e ro s de A r a g ó n y o t r a s c o n c e s io n e s r e a les, el re c e lo de los c a ta la n e s y ara g o n e s e s a la política c e n tr a liz a d o ra de la d in a stía fra n c e s a e s ta b a la te n te en e s to s p u eb lo s a c o g id o s al d e re c h o foral y se ju s tificaba po r las e x p erie n cia s llevadas a c a b o d u ra n te la a d m in istra ció n de C o lb e rt en F ra n cia. A rriba, c u b ie r ta de los A n a le s d e la C o ro n a d e A r a gón. 25
Los inicios del conflicto
Abiertas las hostilidades y con el rey en Italia, la reina se dirigió a Madrid, pues la situación re quería la presencia de la joven soberana. El sen timiento antifrancés de algunos y el desdén de los grandes, desplazados por los consejeros fran ceses, hacían pensar en complicaciones. La
grandeza española, que fue la dueña de la situa
ción durante el reinado anterior, había llegado a hacerse odiosa por su prepotencia y orgullo. Luis XIV puso en guardia a su nieto contra esta situación aconsejándole «conservarles todas las
prerrogativas exteriores de su dignidad y al mis mo tiempo excluirlos de todos los asuntos que, conocidos por ellos, pudieran aumentar su in fluencia».
Muy sonado fue el destierro del duque de Ar cos como consecuencia de un memorial crítico que publicó contra el proyecto que igualaba las dignidades de los grandes de España y de los
pares de Francia. También la defección del Al
mirante de Castilla, don Juan Tomás Enríauez de Cabrera, fue un asunto de impacto, rodea do de un cierto aire rocambolesco. Según un tes timonio de la época, en 1701 un holandés llegó a Cádiz bajo el pretexto de efectuar una serie de negocios —aún no estaba cerrado el co mercio con las Provincias Unidas—, pero su verdadero propósito era investigar el estado en que se encontraban las defensas peninsulares, así como los ánimos de la población respecto a la causa del archiduque Carlos de Austria. En cumplimiento de esta misión viajó a Madrid, don de se entrevistó con el Almirante, mostrándole éste un mapa donde se recogía la situación de las fortificaciones peninsulares. De la informa ción recogida, el holandés sacó la conclusión de que el ataque a España debía producirse por Andalucía.
Esta anécdota tal vez no sea muy verosímil, pero a la postre el Almirante de Castilla huyó a Portugal, donde acató al archiduque como so berano, y el primer intento de desembarco de los aliados en la Península se produjo en la ba hía gaditana.
Hasta que se produjo la generalización de la guerra en la Península con el desembarco anglo- holandés del verano de 1705 en las costas de Va lencia y Cataluña, una serie de acontecimientos localizados marcaron hitos de interés en el de sarrollo del conflicto.
La guerra En la página a n te rio r, u n frag m en to del c u a d ro de F r a n c i s c o R izz i, q u e r e p r e s e n ta un a u to d e fe e n la P l a z a M a y o r d e M adrid, d u ra n te el rein ad o de C arlo s II. Los lu g a re s p r e fe re n te s o c u p a d o s p o r la n o b le za nos dan u n a idea del p o d e r a c u m u la d o p o r e s ta clase s o c i a l , c u y o s m á s a c re d ita d o s m iem b r o s o p u s i e r o n una te n a z r e s is te n cia al r e c o rte de su s privilegios, lle g ando en algunos c a s o s a p a s a rs e al b an d o del a rc h id u q u e C arlo s.
Cádiz
L a s u p e r i o r i d a d naval de los alia d o s angloholande- s e s fue a p ro v e c h a d a e n 1702 p a ra la n z a r un a ta q u e so b re C ád iz (ab a jo) que, p e se al éx i to inicial, no fue m á s a llá d e l s a q u e o d e R o t a y P u e r to d e S a n ta M aría, fra ca san d o a n te la s m urallas de la capital.
El saqueo aliado de la bahía de Cádiz
En el verano de 1702 una escuadra angloholan- desa se presentó ante las costas gaditanas sin que conozcamos a ciencia cierta su objetivo: ¿Apoderarse de Cádiz para establecer una ca beza de puente que permitiese la invasión de An dalucía? ¿Efectuar una operación de saqueo con vistas a obtener un rico botín?
Las posibilidades de resistencia que podía ofrecer el Capitán General de Andalucía, marqués de Villadarias, eran muy escasas. En Madrid la noticia del suceso causó honda preocupación; el Consejo de Regencia se reunió urgentemente y acordó enviar todos los recursos posibles para la defensa de aquellas costas. A todas las pobla ciones andaluzas llegó una carta de la reina
licitando el envió de ayuda a Cádiz. En la misma aparece por primera vez una referencia al carác ter religioso que los borbónicos quisieron darle a la contienda, amparándose en la fama de he rejes que tenían en España tanto ingleses como holandeses.
En Sevilla y en Córdoba se movilizaron impor tantes recursos tanto en hombres como en di nero, lo que suponía una respuesta muy favora ble a la causa del Borbón. Concretamente en Se villa, numerosas instituciones —la Audiencia, el Consulado, la Casa de Misericordia, el conven to de la M erced...— ofrecieron importantes su mas. En numerosos lugares de Andalucía, las mi licias municipales se pusieron en movimiento, aunque con la lentitud que era proverbial.
La actuación angloholandesa se centró en el saqueo de varias poblaciones de la bahía, de las que Rota y Puerto de Santa María fueron las más castigadas. Pero su intento sobre Cádiz fra casó y la posibilidad de invadir Andalucía por el valle del Guadalquivir fue descartada. La afluen cia cada vez más numerosa de efectivos borbó nicos a la zona del desembarco obligó a los alia dos a reembarcar.
Las consecuencias que se derivaron de este hecho para las pretensiones del archiduque fue ron muy negativas. El duro saqueo a que se so metió a estas poblaciones empañó la imagen de los aliados. Por otra parte, la noticia de los des manes y robos cometidos en iglesias y conven tos, convenientemente manejada por la propa ganda felipista, marcó de forma tenebrosa a sus autores.
Junto a estos factores, las reacciones en fa vor de Felipe V que surgieron por todas partes, indicaron a aquellos que habían confiado en un levantamiento a favor del archiduque en Anda lucía, que tales posibilidades eran muy escasas.
Cádiz
La im p o p u larid ad que conllevó el s a q u e o a la b a h í a de C ádiz c o n trib u yó a la leva de sol d a d o s y m ilic ia s v o l u n t a r i a s e n to d a A ndalucía, lo que unido al uso de la p ro p ag a n d a religiosa c o n tra los «herejes» angloho- la n d e s e s perm itió la r e s p u e s ta mili ta r a la inv asió n y la ex p u lsió n de la flota aliad a a su s b a s e s d e origen. 29
Vigo
La fase inicial de la g u e rra r e p re s e n tó el p redom inio n a val de los aliados com o lo d o c u m e n ta la nu ev a acción a n g lo h o lan d e sa en la ría de Vigo a fi n e s d e 1702. En e s te lugar se dio u n a co n fu sa b a ta lla e n tre la flota de Indias y la e s c u a d r a a l i a d a , q u e p re te n d ía c a p tu r a r el botin de o ro y p la ta q u e llegaba de A m érica. El ataque a Vigo
Antes de que finalizase 1702, tuvo lugar en la ría de Vigo otra operación de características pare cidas a la de Cádiz, aunque su objetivo en este caso sí estaba claramente determinado.
La flota de Indias, escoltada por navios de gue rra franceses, llegó a finales de septiembre a las costas gallegas, desviándose de su habitual des tino en Cádiz al haber tenido noticia de la pre sencia en aquellas aguas de la flota aliada; cono cida por los angloholandeses esta arribada, se di rigieron en su búsqueda.
En Vigo, por problemas burocráticos y de competencias, no se efectuó de inmediato la des carga del oro y la plata de las naves, ya que en función del monopolio comercial sólo podía ha cerse en Sevilla. Ante la amenaza que suponía una posible aparición de la flota enemiga, el Con sejo de Indias, tras largas deliberaciones, autori zó la descarga de las naves.
La llegada de los barcos ingleses y holandeses se produjo a poco de iniciarse la operación, con lo que la misma quedó interrumpida. El resulta do final fue muy confuso. Parte del cargamento de los barcos pudo llegar a tierra, aunque los an- gloholandeses desembarcaron y se apoderaron de una parte del mismo. De la carga que se en contraba a bordo, alguna fue capturada y otra fue al fondo de la ría, donde, según algunos, se hundió la mayor parte del oro y la plata que traían los galeones.
Los resultados de este acontecimientos no de ben valorarse sólo en función de la pérdida de los tesoros (que afectó gravemente a las arcas de la Real Hacienda y, sobre todo, a los par ticulares con intereses en el cargamento) sino también por la pérdida de los barcos de guerra que escoltaban el cargamento, lo que quebrantó el poder naval borbónico.
Vigo
La p érd id a de b u e na p a rte de las ri q u e z a s d e u l t r a m ar p o r las a c c io n e s d e la s flo ta s a n g l o h o la n d e s a s r e p re s e n tó un n u e vo golpe a la res- q u e b r a j a d a H a c ie n d a e s p a ñ o la , cu y o s in g reso s se a p o y a b an en e s ta s rem e sas, y p ro v o có la ru in a de los p r e s t a m i s t a s d e l T e so ro público. 31
32 Gibraltar La fa se m a rítim a de la c o n tie n d a en e s t o s p r i m e r o s a ñ o s del siglo XVlll se inclinaba c la ra m ente a favor de las arm a s del a r c h id u q u e C a rlo s; la s u p e r i o r i d a d de la e s c u a d ra alia da se debía no sólo al núm ero de las u n id a d e s navales, sino ta m b ié n a la m e jo r c o n d ic ió n d e las trip u la c io n e s y navios; los f a m o s o s tw o d e c - k e r (arriba) d o ta dos de d o s c u b ie r ta s de c a ñ o n e s de p ro a a p o p a sitia ro n la fo rta le z a de G ib ra lta r en 1704. Gibraltar
Tras el ataque aliado a la ría de Vigo habrá que esperar hasta 1704 para que los acontecimien tos bélicos vuelvan a tomar relieve en la Penín sula.
La campaña militar de 1704 comenzó con el lanzamiento de una ofensiva de primavera por parte del ejército borbónico, con Felipe V a la ca beza, sobre Portugal, que había entrado en gue rra el año anterior. Por su parte, los aliados in tentaron provocar una sublevación en Cataluña, al presentarse en aguas de Barcelona una pode rosa escuadra. El intento fracasó, entre otras ra zones, por la briosa defensa que llevó a cabo el virrey, don Francisco de Velasco. Sin embargo, el acontecimiento más importante fue la conquis ta de Gibraltar por los ingleses.
El 1 de agosto la escuadra angloholandesa lle gó a la bahía de Gibraltar y su comandante, el príncipe de Darmstadt, invitó a las autoridades del Peñón a que proclamasen rey al archiduque y entregasen la plaza a su soberanía. Pese a que la guarnición era simbólica —setenta soldados más aquellos vecinos que pudiesen colaborar en la defensa— la respuesta fue negativa, y al ama necer del 4 de agosto se inició un fuerte bom bardeo desde el mar, al que prosiguió el desem barco de unos cuatro mil hombres. Tras un co nato de resistencia, el gobernador, don Diego de Salinas, entregó la plaza a los que la atacaban en nombre del archiduque Carlos.
La entrega de la plaza se hizo bajo capitula ción, siendo las condiciones principales la salida de la guarnición con armas y bagajes, así como la de aquellos vecinos que lo desearan. Igualmen te los que decidiesen permanecer podrían hacer lo, respetándose sus vidas y haciendas.
Aunque a las pocas semanas las tropas de Fe lipe V, al mando del marqués de Villadarias, re
forzadas por unidades francesas, iniciaron un asedio a la plaza que duró hasta la primavera de 1705, el Peñón no pudo ser recuperado. C ontro lado por los ingleses desde los días siguientes a su ocupación, en que proclamaron como sobe rana de la plaza a la reina Ana Estuardo. Pocos años más tarde, en 1708, los ingleses ocuparon asimismo la isla de Menorca, que no abandona ron hasta 1756 (aunque poco después volvieron a ocuparla). Gibraltar llegó a ocupar una de las cláusulas del Tratado de Utrecht, en 1713, por el que se puso fin a la guerra.
La ocupación británica de la roca se ha con vertido en uno de los acontecimientos de mayor repercusión de los últimos trescientos años de la historia de España, y es motivo de un conten cioso aún sin resolver.
Gibraltar En 1704, G ib raltar, que tr a s un fu e r te b o m b a rd e o , fue o c u p a d a p e s e a la e n é r g ic a d e fe n sa de s u s m o rad o res, q u e d a n d o d e s d e e n to n c e s bajo d o minio b ritánico.
A rriba, c a ric a tu ra q u e r e p r e s e n ta a un je s u íta a s e s o ran d o al P ap a po r instigación del d ia blo; los conflictos e n tre in stitu c io n es del E sta d o c o lo c a ron al c le ro y a la Iglesia a n te la n e cesid a d de to m a r p artid o en la g u e rra, situ ac ió n in e vitable en u n a in s titu ció n que había s i d o lig a d a a la s u e r t e d e l E s t a do llegando a cu m plir fun cio n es re p re s iv a s a tra v é s de la In q u isic ió n (derecha).
Los grupos sociales
ante la guerra
Durante mucho tiempo el conflicto civil que su puso la G uerra de Sucesión se analizó desde un punto de vista básicamente geográfico. El en frentamiento de los súbditos de la monarquía his pánica se polarizó entre los de la Corona de C as tilla y los de la Corona de Aragón. Desde hace ya algunos años, la cuestión ha sido matizada desde una perspectiva social que la ha enrique cido de forma notable. Ni la adhesión al archi duque fue una cuestión asumida en bloque por los aragoneses, valencianos y catalanes, ni la C o rona de Castilla se decantó tan unánimemente por Felipe V. Un planteamiento de las actitudes ante la guerra por parte de los diferentes grupos sociales, nos dará una visión más adecuada de este aspecto de la realidad de aquella contienda.
El clero
Las importantes connotaciones religiosas que re vistieron la contienda por diferentes motivos —que más adelante veremos en el apartado de dicado a la propaganda— hicieron que la parti cipación del estamento eclesiástico fuese muy activa en favor de la causa de uno u otro con tendiente.
En la toma de postura por parte de los cléri gos influyeron numerosos motivos, que hicieron que sus posiciones fuesen muy variadas. La ma yoría de las órdenes religiosas, tanto de la C o rona de Castilla como de la de Aragón, se incli naron por el archiduque, así como los seculares del clero catalán, valenciano y aragonés.
Feli-E1 clero
La C o m p a ñ ía de J e s ú s ap o y ó d eci did am en te a Feli pe V; p a ra d ó jic a m ente un m o n a rc a d e s c e n d i e n t e de e s te rey, C a rlo s III, se ría el que d e c r e taría su expulsión un o s a ñ o s d e sp u és del te rrito rio e s p a ñol, co m o refleja e sta ilustración.El clero
La división política del clero o b ed e cía a los in te re s e s que u n as y o tr a s ó r d e n es ten ían en re la ción a las alian z as con am b o s c a n d i d a to s; así las ó rd e n es reg u la re s (a b a jo) a p o y a ro n al a r c h id u q u e a u s tr ía co a n te la p ro m esa d e é s te de p r e s e r var su s privilegios, h e re d a d o s d e la di nastía co n lo que e s ta b a e m p a re n ta do el c a n d id a to de la C a sa de A ustria.
pe V encontró su mayor apoyo en los jesuitas, el clero parroquial castellano y la mayor parte de los prelados. Entre estos últimos, tres de los catalanes, el de Zaragoza y la inmensa mayoría de los castellanos —el de Segovia, que se incli nó por el archiduque, fue una excepción— en tre los que destacaron los de Santiago, Murcia y Córdoba, que, curiosamente, no eran estricta mente castellanos.
Las causas que explican esta división fueron muy diversas y venían gestándose desde mucho antes del momento del conflicto; la guerra, en todo caso, lo que hizo fue sacarlas a flote. Así, por ejemplo, no debe extrañarnos que los jesui tas, defensores a ultranza del regalismo, se pro nunciasen por un monarca de Francia, cuna de esta doctrina. Tampoco que el clero regular, el más celoso defensor de los privilegios eclesiásti cos, se opusiese al representante de una dinas tía que tradicionalmente había intentado cerce nar estos privilegios.
La nobleza
La nobleza, al igual que el clero, tampoco reac cionó de forma unánime eligiendo entre las op ciones que se le presentaban; sin embargo, a di ferencia de los eclesiásticos y con notables aun que contadas excepciones, su papel fue mucho menos decidido. Hasta tal punto esto es así que la actitud de sectores muy amplios del estam en to nobiliario fue de cierta tibieza, cuando no de franca indiferencia.
La n o b le z a había vivido de esp a ld a s a la re a lid ad d e su tiem po. S u co n tro l p o lític o del E sta do, a tra v é s de la p a r t i c i p a c i ó n d e su s m ás re p re s e n ta tiv o s m ie m b ro s en lo s C o n s e jo s , no e r a s in o u n a fo rm a d e p r e s t i gio social m ás re la cionada co n el d is fru te de su s privi legios que co n el e je r c ic io d e l p o der: p u ed e d ec irse que fiestas y c a c e r í a s c o n s t i t u í a n su s m áxim as o c u p aciones. La nobleza
La nobleza R e co n stru c ció n de un palco te a tr a l r e se rv a d o a d am as y c a b a l l e r o s d e la n o b le z a c a s te lla na, un e s ta m e n to q u e sa lv o c o n t a d a s e x c e p c io n e s , se su m ó a la c a u sa del B orbón, ya que ta n sólo los n o b les c o n a s p ir a c io n e s d e c o n tro l s o b r e los a s u n to s del E s ta d o podían te m e r a la nueva ad m in is tra c ió n b o rb ó n ica y su te n d e n c ia al a b s o lu tis m o c e n tralista.
Por lo que respecta a Castilla, la alta nobleza dio un porcentaje muy alto de indiferentes y, en algunos casos, de oposición a las aspiraciones del Borbón. Una de las causas que se han bara jado para explicar esta actitud se encuentra en la pérdida de poder político y en la disminución de su influencia en las tareas de gobierno. Tam poco puede perderse de vista su oposición a la cada vez mayor influencia de los franceses en los negocios del Estado.
Entre los casos más sonados de abandono de la causa de Felipe V está el ya señalado del Al mirante de Castilla. En esta línea hay que situar la detención, en 1709, del duque de Medinaceli y su posterior encarcelamiento y muerte en el castillo de Pamplona. Situaciones muy ambi guas, en algunos casos saldadas con destierro, mantuvieron otros cualificados representantes de la grandeza, como los condes de Oropesa y Tendilla o los duques de Béjar y del Infantado.
La pequeña nobleza y la masa de los caballe ros e hidalgos fue más proclive que los grandes hacia el Borbón, aunque un número notable de casos señala que no fueron excepcionales las posturas contrarias.
En los países de la Corona de Aragón la no bleza titulada se dividió de forma muy profunda a la hora de establecer sus preferencias. Si mu chos fueron los que se pronunciaron por Carlos III, también fueron numerosos los que optaron por Felipe V. Entre los primeros, los casos más relevantes fueron los condes de Fuentes y de la Corzana. Muchos testimonios de la época vie nen a señalarnos que frente al mayoritario apo yo que las clases populares ofrecieron al partido del archiduque, la nobleza apoyó al bando de los Borbones. La explicación a esta situación se ha formulado sobre la base de una fuerte oposición de clases, que llevaba a la adopción de posturas contrapuestas entre la nobleza y el pueblo.
La nobleza
La p e q u e ñ a no b le za y los hidalgos ap o y aro n en C a s ti lla a Felipe V uná n im e m e n te ; a lg o sim iliar o c u rrió en el a p o y o d e e s te e s t a m e n t o al a r c h id u q u e C a r l o s p o r p a rte d e a r a g o n e s e s y c a ta la nes. En el prim er ca so , se dio la fide lid a d tr a d i c io n a l de C astilla al p o d e r real; en el s e g undo, se libró un conflicto d e cla se s que llevó a los s e c to re s p o p u la re s de A ragón a identifi ca r a C a rlo s com o el paladín d e su s r e i v i n d i c a c i o n e s an tiseñ o riales. 39
La burguesía El p ueblo en C a s ti lla había s o p o r ta do con u n a e n te r e z a a d m ir a b le los d e s a s tr e s de la di n a stía a u s tría c a , y a n te la p ersp e c tiv a de un ca m b io se m o s t r a r o n e n t u sia sta s en el apoyo de F elipe V, c o n la e s p e ra n z a de v e r se libres d e las c a r g a s q u e h a b í a n a rru in a d o las tie r r a s de C astilla a c a u sa de la sa n g ría p ro v o c a d a p o r la política im perial.
La burguesía y las cla ses populares
Bajo la denominación de burguesía y clases po pulares se englobaba un heterogéneo tejido so cial que incluía desde cualificados sectores eco nómicos hasta grandes masas de jornaleros hambrientos. Pese a esta falta de cohesión so cial, a la postre, fue la masa de la gente acogida bajo esta denominación la que, tanto en Castilla como en Aragón, adoptó una postura más ho mogénea, aunque en el primer caso apoyase a Felipe V y en el segundo al archiduque Carlos.
En Castilla, la burguesía y las clases medias se identificaron rápidamente con la nueva dinas tía, que las vinculó de inmediato a las tareas de gobierno frente a la organizada oposición de los
grandes. Al apoyo de este grupo y a la lealtad
de las clases populares debió Felipe V el m ante nimiento de la corona, cuando ésta se vio seria mente am enazada en los momentos difíciles de 1706 y 1710.
En Aragón, se produjo la misma situación, pero a la inversa. La burguesía siguió al archidu que, aunque al principio su vinculación al aus tríaco no fue tan decidida como la de los caste llanos al francés. No olvidemos que el levanta miento de Cataluña y Valencia sólo se produjo en 1705 y ante el estímulo que supuso la presen cia de una poderosa fuerza militar aliada. Ahora bien, como veremos más adelante (pág. 52), a partir de los decretos de Nueva Planta en 1707, tras la batalla de Almansa, (en la que vencieron las tropas de Felipe V), la adhesión a la causa del archiduque fue casi unánime, no sólo entre la burguesía sino en todos los sectores sociales, porque esta vinculación significaba, al mismo tiempo, la defensa de los fueros.
La burguesía
En A ragón la d e fensa d e los fu ero s im ponía u n a u n an i m idad casi general e n tre pueblo y b u r guesía. El c a r á c te r c e rra d o de la e c o nom ía foral e ra in com patible co n la abolición de a d u a nas y la im posición d e t r i b u t o s q u e la a d m in is tra c ió n b o rb ó n ica p ro p u g naba. 41
El C o rp u s d e S a n gre, c u a d ro de An-
to n i E s tr u c h q u e refleja la rev u e lta d e los s e g a d o r e s en B a r c e lo n a , el día del C o rp u s del a ñ o 1640.
Una guerra nacional
El contencioso dinástico que supuso la Guerra de Sucesión significó, por una parte, una guerra internacional en la que se vieron involucrados, por causas muy diferentes, la mayor parte de las potencias de Europa Occidental —desde el Im perio Austríaco a Portugal y desde Italia a las Is las Británicas—; pero, por otra, acabó por con vertirse, a partir de 1705, en una guerra civil, en la que se enfrentaron los partidarios de la Casa de Austria y los de la C asa de Borbón. Los mo tivos que llevaron a unos y a otros a adoptar una postura concreta fueron muy complejos y las op ciones se decantaron por el amplio mundo de in tereses que anidaba detrás de cada uno de los bandos en lucha.
El ambiente que había en la Península antes de que em pezara la guerra era poco propicio a un proyecto conjunto y en multitud de hojas vo landeras y panfletos se manifestaba un senti miento de aversión recíproca entre castellanos
y catalanes. Sin embargo, en ningún momento de la guerra se advirtió ninguna intención de los países de la Corona de Aragón por desligarse de Castilla y por romper el principio de unidad ya conseguido, aunque el proyecto unificador de los Reyes Católicos, transcurridos doscientos años, se encontraba todavía en estado muy embriona rio. Incluso en Cataluña, donde la resistencia a Felipe V fue más enconada, siempre se creyó que se luchaba por el conjunto España, desde la opción austríaca.
El desarrollo de los acontecimientos apunta a que sin la presencia de un ejército extranjero, que ya había fracasado en su intento de 1704, tal vez la sublevación de los países torales no se hubiese producido, o cuando menos no hubiese alcanzado las dimensiones que tuvo. El proble ma de los fueros no estaba en juego. Felipe V los había jurado en las C ortes de 1701-1702. El respeto que el Borbón mostró hacia los dere chos torales de Navarra y de las provincias vas cas nos induce a pensar que pudo haber hecho lo mismo con los de la Corona de Aragón. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos, a partir de 1705, condujo a una situación muy di ferente.
Con todo, la tenaz adhesión a la causa del ar chiduque y la desesperada resistencia de Barce lona en los tramos finales de la guerra no pue den explicarse sólo por motivos de preferencia hacia una dinastía, sino por la oposición a los De
cretos de Nueva Planta. La dura represión lle
vada a cabo por los borbónicos en Valencia, des pués de la batalla de Almansa, tuvo que fortale cer la voluntad de resistencia catalana, y la cues tión de los fueros pasó a un primer plano. Den tro del conjunto del Principado, Barcelona era la que más perdía. Ello nos explica su postura numantina hasta el final.
Motivaciones nacionales La G u e rra de S u cesió n no e s sólo la (ase n acional de un conflicto e u r o p e o : a d q u irió d i m e n sio n e s de g u e rra civil p o r el e s ta llid o d e v ie jo s c o n f lic to s n u n c a bien re su e lto s en el p asad o . La S e ce sió n c a ta la n a de 1640 (página a n te rior), largo conflic to e n tre C a ta lu ñ a y el r e s to del E s ta do d u ra n te el XVII, se agudizó p o r la d e c id id a v oluntad d e lo s h a b ita n te s de la C o r o n a de A ragón d e im pedir un re c o rte en s u s d e r e c h o s fo ra le s . El viejo co n flic to a c a b a r í a c o n la d e s t r u c c i ó n m o m e n tán e a de s e c u lares in stitu c io n es qu e, com o la G e- n e r a l i t a t , f o r m a b a n p a r t e d e la ese n c ia del pueblo ca ta lán .
El ejército A lo la rg o de la g u e r r a cam b iaro n el siste m a tra d ic io nal d e re c lu ta de so ld a d o s (que a h o ra p ro ce d ían de los m u n ic ip io s ) y la p r o p ia o r g a n iz a ción m ilitar.
El ejército y las reclutas
El desarrollo de la Guerra de Sucesión supuso la lucha general en la península Ibérica durante más de una década —desde el ataque angloho- landés a Rota de 1702 hasta la rendición de Bar celona en 1714—, cosa que no había ocurrido desde la conclusión de la Guerra de Granada en 1492. Ello obligó a una profunda modificación en la estructura del ejército. Un ejército que había luchado en los campos de batalla de Europa du rante más de doscientos años, pero que había asumido unos cometidos muy diferentes a los que ahora se le iban a pedir.
Ya hemos visto que en 1703 el número de tro pas que se asignaban a la Península era de tan sólo 17.265 hombres, con una fuerte concentra ción en Andalucía y en los presidios norteafrica- nos, que se elevaba a más del cincuenta por cien to del total. La escasez de esta cifra rayaba en lo ridículo, y la distribución de las tropas dejaba amplios espacios totalmente desguarnecidos. Para afrontar una guerra tal como se planteó la de Sucesión era imprescindible una transforma ción de esta situación. La misma vino por una doble vía: una profunda reforma de las estruc turas militares y un reclutamiento masivo de hombres.
La reforma se inicó a comienzos de 1703, al decretarse el uso reglamentario de fusiles y ba yonetas, que sustituyeron a los tradicionales y ya anacrónicos mosquetes y picas. Aquel mismo año se ordenó en la Corona de Castilla, para am pliar la plantilla de las unidades, el alistamiento de un hombre por cada cien vecinos, y en 1704 la vieja estructura organizativa de los tercios se sustituyó por la de los regimientos. La nueva or ganización que estaba adquiriendo el ejército borbónico y la propia dinámica del conflicto obli gó a una recluta permanente de hombres, que se formulaba sobre la base que proporcionaba el número de vecinos de cada lugar.
Estos reclutamientos no despertaron gran en tusiasmo, sino más bien un rechazo bastante ge neralizado, lo que hizo que las autoridades loca les, forzadas desde arriba, sostuviesen una te naz lucha con los vecinos para conseguir los cu pos de hombres que se les reclamaban. Los mis mos fueron satisfechos en muchas ocasiones mediante procedimientos poco ortodoxos, pese a la voluntariedad que se mencionaba en todas las órdenes de reclutamiento. Las deserciones, a veces masivas, fueron con frecuencia la
res-E1 ejército
L o s n u e v o s re g i m ientos form ados p a ra sa tisfa c e r las n e c e s id a d e s de la g u e r r a e s t a b a n eq u ip ad o s co n a r m as m o d e rn a s (fu siles y b ay o n e ta s), muy d iferen tes de los m o sq u e te s y pi c a s que utilizaban lo s v ie jo s te rc io s q u e d o m i n a r o n g ran p a rte de Eu ro p a en el xvi. 45
El ejército
La re c lu ta fo rz o sa no fue bien recibi d a en los m edios ru ra les, d o n d e to d o s l o s b r a z o s e ra n p o c o s en é p o c a d e c o se c h a . Los d e s e r to r e s fueron b u sc a d o s y c a sti g ad o s se v e ra m e n te (arriba y d e re cha), p e se a lo cual en A ragón se dio u n c o n s i d e r a b l e im pulso a las uni d a d e s de v o lu n ta rios qu e, co m o los
m igúele te s, se o c u
p aro n de d efe n d er su te rrito rio .
puesta de los reclutas a su obligado servicio mi litar; pese a todas estas dificultades el ejército de Felipe V, al final de la guerra, superaba los ochenta mil hombres.
En la Corona de Aragón, pese a las explosio nes populares en favor del archiduque que en al gunos lugares fueron muy generales, la nota do minante también fue la apatía. Con todo, la crea ción de compañías de migueletes constituye la muestra de un cierto voluntariado, que culmina ría en la defensa que los barceloneses hicieron de su ciudad en la ofensiva final de las tropas borbónicas. Pero, aún en este caso, Barcelo na y alguna otra población como Cardona representan una voluntad de resistencia poco común, siendo más frecuente una defensa me nos ardiente.