Biblioteca Basica de Historia
-Monografías-La Revolución
Francesa
Esperanza Yllán
ANAYA
E
n 1789, hace ahora doscien tos años, se inició en Francia un proceso revolucionario que llegó a transformar el orden tra dicional del Antiguo Régimen y cuyos protagonistas principales procedían del «tercer estado»: burgueses, campesinos y prole tarios. A lo largo de este proce so, que culminó en 1799, se produjeron acontecimientos de repercusión universal, que si guen suscitando controversias. ESPERANZA YLLAN, Profesora Titu lar de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, es autora de numero sos libros y artículos sobre te mas históricos.La Revolución
Francesa
Colección: Biblioteca Básica Serie: Historia (Monografías) Diseño: Narcís Fernández Maquetación: Pablo Rico
Comentarios a las ilustraciones: Manuel González Moreno Ayudantes de edición: Mercedes Castro y Olga Escobar Coordinación científica: Joaquim Prats i Cuevas
(Catedrático de Instituto y Profesor de Historia de la Universidad de Barcelona) Coordinación editorial: Juan Diego Pérez González
Enrique Posse Andrada
© del texto. Esperanza Yllán, 1989
© de la edición española, Grupo Anaya, S A . 1989 Telém aco. 43. 28027 Madrid
Primera edición, septiembre de 1989 Segunda edición, julio de 1991 Tercera edición, mayo de 1993 I.S .B .N .: 84-207-3445-4 Depósito legal: M -8.513-1993
Impreso en A N Z O S , S. A. La Zarzuela. 6 Polígono Industrial Cordel de la Carrera Fuenlabrada (Madrid)
Impreso en España Printed in Spaln
R e s e r v a d o s t o d o s lo s d e r e c h o s D e c o n f o r m id a d c o n lo d is p u e s to e n e l a r tí c u lo 5 3 4 - b is d e l C ó d ig o P e n a l v ig e n t e , p o d r á n s e r c a s tig a d o s c o n penas de multa y p r iv a c ió n d e lib e r ta d q u ie n e s r e p r o d u je r e n o p la g ia r e n , e n t o d o o e n p a r t e , uno o b r a lite r a r ia , a r tís tic a o cientijfica f ija d a e n c u a lq u ie r t ip o d e s o p o r te , s in la p r e c e p t iv a a u to r iz a c ió n .
Contenido
L a R e v o l u c i ó n F r a n c e s a :
u n a p o l é m i c a a b ie r t a 4 1 L a Francia del A n tig u o R é g im e n 6 2 Francia en vísperas d e
la R e v o lu c ió n 12 3 L a tom a d e la Bastilla 2 4 4 L o s principios d e 1789: abolición
del feu d a lism o y D e c l a r a c i ó n
d e D e r e c h o s d e l H o m b r e 2 6 5 El re y y la A sa m b le a L egislativa 3 8 6 L a R ep ú b lica D em ocrá tica:
giro n d in o s y m o n ta ñ eses 4 8 7 L a C o n v e n c ió n m on ta ñ esa
y el G o b ie rn o re vo lu cio n a rio 6 0 8 L a dictadura jacob in a y la prim eras
victorias d el G o b ie rn o re v o lu c io n a rio 7 0 9 El D irectorio 8 0 1 0 El g o lp e d e esta d o d el 18 B ru m ario: N a p o le ó n B o n a p a rte 86 D a t o s p a r a u n a h is t o r ia 9 0 G l o s a r i o 92 I n d i c e a l f a b é t i c o 9 4 B ib l i o g r a f í a 96
La Revolución Francesa:
una polémica abierta
Cuando el 14 de julio de 1789 el pueblo de París asal taba la vieja fortaleza de la Bastilla, Luis XVI, sorpren dido y asustado, preguntó a uno de sus cortesanos: «¿Se trata de un tumulto?» «N o, señor — le respondieron— ; es una revolución.» De este modo, los últimos años del siglo XVIII. en el que se habían desarrollado las ideas de la Ilustración, se vieron sacudidos por el impacto de una gran conm oción social, una Revolución que transformó el orden tradicional del Antiguo Régimen y cuyo prota gonismo principal correspondió al llamado te r c e r esta do. burgueses, artesanos, campesinos y asalariados. H a ce ya doscientos años de aquello y desde entonces no han cesado de publicarse los más variados estudios sobre la Revolución Francesa, que ha sido considerada com o el viraje más decisivo en la historia moderna europea.
Para muchos franceses, la Revolución no fue una sor presa. Algunos filósofos de la Ilustración la creían inevi table. Ya en 1764 Voltaire había escrito:
«Todo cuanto contemplo arroja las semillas de una revolución que sobrevendrá indefectiblemente, y de la que no tendré el placer de ser testigo.»
Sin embargo, el X VIII fue un siglo de expansión eco nómica, de enriquecimiento de Europa en general, y de Francia en particular. ¿Por qué entonces terminó el si glo con una revolución y por qué ésta se produjo en Francia? Varias generaciones de historiadores se han he cho estas o parecidas preguntas y sus diferentes respues tas reflejan las diversas formas de entender el proceso histórico general y. sobre todo, la naturaleza de un fen ó meno revolucionario que aún continúa suscitando polé micas. El estallido de 1789 estuvo jalonado por aconte cimientos de gran repercusión universal: la D e c la r a c ió n
d e D e r e c h o s d e l H o m b r e : la instauración del régimen
parlamentario, la República; la creación de los símbolos patrióticos franceses (la bandera tricolor y L a M a r s e lle -
s a ). así com o la propia aparición del concepto contem
poráneo de n a c ió n o la incorporación a la ideología p o lítica de los conceptos de d e r e c h a e iz q u ie r d a . Veamos cóm o se desarrollaron los hechos.
La creciente activi d ad com ercial de los puertos ingleses reforzaba el d esa rro llo e c o n ó m ic o del R eino U n id o , conjugando su ex pansionismo indus trial con la facilidad p ara abrir nuevos m ercad os exterio res. A bajo, el puer to de Bristol, a m e diados del XVIII.
La Francia del Antiguo Régimen
A finales del siglo X VIII Francia era. en muchos aspec tos, el país más avanzado de Europa. El movimiento de la Ilustración y las nuevas teorías de los «philosophes» y enciclopedistas franceses circulaban por todo el conti nente, y sus libros y periódicos se leían en todo el mun do. El crecimiento dem ográfico fue continuo a partir de la segunda mitad del siglo: la población aumentó de 19 a 25 millones en vísperas de la Revolución. Sin embar go, a pesar de que en 1789 existían unas 60 ciudades con más de 10.000 habitantes, el campesinado repre sentaba todavía el 85 por 100 de la población francesa.
La actividad comercial y la producción artesanal ha bían experimentado un gran desarrollo. Francia exporta ba a Inglaterra y a Bélgica materias primas (cereales, lana, ganado) y a las regiones orientales del Mediterrá neo y a las colonias americanas artículos manufactura dos y productos alimenticios. También vendía en toda Europa sus excelentes vinos, así co m o artículos de lujo: encajes, porcelanas, objetos de bronce, muebles finos...
Sin embargo, el sistema de aduanas interiores (que correspondían a las antiguas divisiones territoriales del feudalismo) y las trabas que imponían los reglamentos de los gremios, obstaculizaban el desarrollo del com er cio. En las grandes ciudades los artesanos ocupaban distintos barrios según sus oficios: sastres, curtidores, tin toreros, etc.; estaban obligados a pagar fuertes con tribuciones, que recaudaban una amplia red de fun cionarios del gobierno real, y se regían por una estricta reglamentación gremial, que obligaba a producir los ar tículos según modelos y cantidades establecidos, lo que dificultaba el abastecimiento de un mercado cuya d e manda estaba en continuo crecimiento.
A pesar de estas dificultades, la gran expansión c o mercial del siglo XVIII favoreció el desarrollo económ i co de un amplio sector de la burguesía, el que estaba al frente de las finanzas, del comercio y de la industria, y que proporcionaba a la monarquía tanto sus técnicos administrativos com o los recursos y empréstitos nece sarios para la marcha del Estado.
El Antiguo
Régimen
Mientras Inglaterra aum entaba su co mercio, Francia se encontraba sumida en una crisis que le impedía un despe gue sim ilar al in glés, retrasando su puesta al día res pecto a la actividad m ercantil. A b a jo , aduana de Londres.
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El AntiguoRégimen
Este molino de h a rina es un ejemplo del ru d im e n ta rio sistema de transfor mación de materias primas derivado del Antiguo Régim en. El c a m b io de los mecanismos en la actividad a g ra ria , tanto im p ositivos com o comerciales, era necesario para lo g r a r un m o d e lo económico m o derno.En la agricultura también habían ido penetrando las relaciones mercantiles, y se había superado el viejo ré gimen de servidumbre que aún existía en Rusia o en la Europa oriental. En Francia, la mayor parte de la tierra pertenecía a los estamentos privilegiados: la nobleza, la Iglesia, y también a la burguesía y a la Corona; pero mu chos campesinos habían accedido a la propiedad, aun que la mayoría trabajaba la tierra en régimen de arren damiento o se encontraba a jornal con el señor o con otro campesino. Pero a pesar de que el régimen de ser vidumbre personal se mantenía en Francia en muy pocos lugares, el sistema agrario y sus relaciones de depen dencia económica seguían reflejando, en su conjunto, la importancia de las cargas feudales y de los tributos se ñoriales.
El campesino estaba obligado a entregar parte de la cosecha al propietario de la tierra (generalmente una cuarta parte) o a pagarle su valor en dinero, así com o a satisfacer una serie de impuestos por las más variadas actividades: transportar los cereales a través de un
puen-te; moler grano en el molino o cocer el pan en el horno del amo. etc. Adem ás de estas cargas señoriales, exis tían otros impuestos, com o el diezmo (equivalente a la décima parte de la cosecha) destinado a la Iglesia, y otros muchos en favor del rey: el impuesto de bienes (la ta lla). de ingresos (la vigésima) o el impuesto por cabeza (la capitación). Todas estas cargas o tributos agobiaban al campesino. Incluso los que habían comprado las tie rras a bajo precio tenían que asumir com o propietarios los correspondientes impuestos, que apenas podían pa gar con los beneficios de sus tierras y menos aún cuan do tenían que hacer frente a las adversidades de una mala cosecha.
Para el pueblo llano, y en particular para los campesi nos y obreros, la expansión económica del siglo XVIII no fue muy apreciable. Los jornales no habían participado en absoluto de la prosperidad de las ganancias burgue sas. Hasta 1780 los precios de los artículos de consumo se elevaron un 65 por 100, mientras los jornales sólo aumentaron un 22 por 100.
Por otro lado, la revalorización del suelo y de los pre cios agrícolas que se produjo a partir de 1750 habían beneficiado sobre todo a los grandes terratenientes, que
El Antiguo
Régimen
Los horizontes del pueblo llano no pu dieron mejorar du rante el «siglo de las luces», pese a la ex tensión del pensa miento fisiocrático qtie propugnaba el incentivo de las ren tas y ac tiv id a d e s agrarias. C am pesi nos cruzando el río en la c i u d a d de Aviñón.
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El Antiguo
Régimen
El aspecto cómico de la caricatura de u n a a r i s t ó c r a t a fran cesa (a r r ib a ), realzado por la des c o m u n a l p e lu c a , constrasta con la elegancia de la p a reja de nobles de la derecha: represen tantes de la suntuo sidad y el lujo reser vado casi en exclu siva a una nobleza ociosa y ciega ante los cam bios socia les que se le venían encima.vieron aumentar sus rentas, y a los grandes agriculto res, que obtenían importantes ganancias con la venta de sus excedentes.
A l mismo tiempo, esta revalorización provocó un fe nóm eno de «reacción feudal»: los propietarios de tierras comenzaron a resucitar y a poner en vigor sus antiguos derechos señoriales y una serie de prestaciones de los campesinos caídas en desuso. Comenzaron a exigir, por ejemplo, una mayor rigidez en los contratos de arren damiento, haciéndolos imposibles de satisfacer por los campesinos.
A este renacer del feudalismo sobre el régimen de propiedad de la tierra, se añadió la cada vez más p o d e rosa presión de los nobles, que intentaban desplazar a la burguesía de los cuerpos de la administración del Es tado. Así, en los diferentes grados de la jerarquía (cor tes de justicia, intendentes, tenientes generales, obispa dos, etc.) se defendía el privilegio nobiliario frente a los «plebeyos». Esta actitud de la aristocracia provocaba la hostilidad de los burgueses y campesinos y contribuyó, en buena medida, a la gestación de un clima prerrevo- lucionario.
En definitiva, la Francia del Antiguo Régimen, a p e sar de la prosperidad económica del siglo XVIII y del de sarrollo experimentado por la burguesía francesa (y europea en general), seguía siendo una sociedad rígi damente estructurada en ó r d e n e s , donde aún predomi naban las relaciones feudales. Las órdenes o estamen tos privilegiados (el clero y la nobleza), además de no pagar impuestos directos, ocupaban también los empleos públicos más distinguidos y los más altos cargos de la jerarquía eclesiástica y del ejército.
Al tercer estado, o estado llano, pertenecían todos aquellos que no eran ni nobles ni eclesiásticos, es decir, la mayoría de la población de Francia. Jurídicamente ca recían de derechos políticos y estaban sujetos al pago de impuestos. Desde el punto de vista social, pertene cían a este estamento los elementos más activos de la economía: grandes comerciantes, burgueses importan tes, empresarios de manufacturas, así com o los secto res ilustrados y profesionales. También pertenecían a él los artesanos (agrupados en cofradías, gremios y cor poraciones) y el campesinado.
El Antiguo
Régimen
Representación tea tral en un s a ló n aristocrático del si glo XVIII. La selecta
concurrencia al p e queño espectáculo doméstico sim boli zaba el refinamien to s o c ia l que las clases privilegiadas habían acum ulado en su d orada y es pléndida soledad.
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El marqués de Lafa- yette (arriba) luchó en tierras nortea m ericanas a favor de la independencia de las trece co lo nias que constitui ría n lo s E s t a d o s Unidos, merced al triunfo de las ideas de la Ilustración y al tesón de la burgue sía norteamericana en hacer realidad el sueño de libertad que sim bolizaba la proclamación de su Independencia (d e recha), para lo cual contaron con la co la b o ra c ió n de un cuerpo de ejército francés, m andado por Lafayette, y otro español al mando d e B e r n a r d o d e Gálvez.
Francia en vísperas de la Revolución
El fuerte impulso experimentado por la econom ía fran cesa en el siglo XVIII comenzó a manifestar ciertos sín tomas de agotamiento en la década de 1780. La pérdi da de casi todas sus colonias americanas después de la guerra de los Siete Años (1756-1765) ya había afecta do seriamente al comercio y la situación se agravó más tarde con la intervención francesa en la guerra de Inde pendencia de las colonias británicas en América del Nor te (1777-1783). que produjo considerables gastos y obli gó a recurrir a elevados préstamos.
Por otro lado, el tratado de comercio con Inglaterra firmado en 1786, beneficioso para vinateros y com er ciantes, pero que perjudicaba los intereses industriales, contribuyó en buena medida a que la industria experi mentara dificultades. En la década de 1780 los países más avanzados de Europa intentaron una primera ex periencia de comercio libre; se firmaron por entonces varios tratados comerciales y de navegación entre Fran cia y los jóvenes Estados Unidos, Inglaterra y varios paí ses bálticos, con el fin de ampliar los intercambios y re ducir las barreras aduaneras que obstaculizaban las relaciones económicas internacionales. De este modo, el citado acuerdo de 1786 facilitaba la venta de vino y productos de lujo a Inglaterra, pero al mismo tiempo re ducía los derechos aduaneros que habían de pagar las mercancías británicas; com o consecuencia de ello, un torrente de artículos ingleses, especialmente textiles, inundó el mercado francés, provocando la alarma y el desconcierto de comerciantes y manufactureros.
Sin embargo, el problema más grave seguía siendo el abastecimiento de una población que había crecido a mayor velocidad que la producción de cereales. Fran cia vivía obsesionada por la escasez, por el recuerdo de las «revueltas de hambre» que se habían producido a lo largo del siglo XVll! y el temor a su repetición. Este problema, unido al encarecimiento continuo de los pro ductos alimenticios, explican el descontento y agitación existente entre los campesinos y los sectores urbanos, cuya subsistencia dependía de la producción agrícola.
El año anterior a la Revolución, en el verano de 1788, la cosecha fue mala, y el invierno resultó inusita damente riguroso. La catástrofe agrícola cerró el
Vísperas de la Revolución
do rural y en las ciudades, donde ya existía una abun dante mano de obra, el paro se multiplicó y los salarios descendieron. En varias provincias estallaron insurrec ciones de campesinos, que asaltaban los graneros de los señores, se repartían el trigo y exigían a los comercian tes que vendieran el grano a un precio razonable o. c o mo decían, a «un precio honrado».
Los economistas burgueses venían proponiendo c o mo único remedio para resolver estas situaciones la libe- ralización del comercio de los cereales (beneficiosa so bre todo para los propietarios y comerciantes), pero el pueblo, por su parte, seguía reclamando la tradicional reglamentación y en los períodos de escasez exigía in cluso las requisas de grano y el establecimiento de pre cios fijos que fuesen asequibles.
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En la Europa de fi nales del siglo xvill las ciudades tenían un ciclo vital here d ad o del A n tiguo Régimen. La cele bración de m erca dos sem anales y de f e r i a s a g r í c o l a s ferias agrícolas ge neraban un m eca nismo de intercam bio y transacciones limitado a los ám bi tos com arcales, en a b ie rto co n traste con las necesidades r e c a u d a t o r ia s de los estados, cuyos c o m p r o m is o s les exigían imponer ca da vez m ayores im puestos al consumo doméstico.
La crisis financiera
Todos estos factores se sumaron para provocar una si tuación desesperada en las finanzas del Estado. Los gas tos que exigían el ejército, la corte, la política exterior, las obras públicas, etc., eran muy superiores a los ingre sos que se obtenían por medio de los impuestos. Por
j otro lado, com o los intereses que generaban las deudas contraídas por el Estado se abona
ban con retraso, los banqueros se ne gaban a otorgar nuevos préstamos.
De este m odo la deuda francesa, considerablemente incrementada por la guerra de Independencia america na y por el despilfarro ostentoso de la corte, no podía cancelarse, debido a que el presupuesto nacional no lo graba equilibrarse. Esta mala situación de las finanzas francesas no se debía a la pobreza nacional, sino a que los estamentos privilegiados, especialmente la nobleza, no pagaban impuestos.
La Iglesia, por su parte, consideraba que sus bienes no podían ser gravados con impuestos del Estado, al que ya contribuía por medio de su periódica y «libre dona ción» a las arcas del rey; pero, con ser importante, esta aportación era muy inferior a lo que podría obtenerse mediante un impuesto directo sobre las tierras que p o seía la Iglesia francesa.
En definitiva, el problema residía en que las clases que se beneficiaban de casi toda la riqueza del país no pagaban unos impuestos acordes con sus ingresos y. lo que era más grave, se resistían a ello por considerarlo propio de las clases inferiores, es decir, del tercer estado exclusivamente. Esta situación, en reali dad, se venía arrastrando desde mucho an tes, podría decirse que desde la é p o ca en que el cardenal Richelieu era consejero de Luis XIII.
Puerto de Burdeos (Francia). La avidez del fisco real iba m erm an d o el nú mero de importa ciones y exportacio nes que pasaban p o r la s a d u a n a s francesas a finales del siglo xvili, al gravarlas con fuer tes impuestos.
Vísperas de la Revolución
Vísperas de
la Revolución
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N e c k e r, m in istro d e F i n a n z a s d e Luis XVI, intentó, sin éxito, un proyec to reformista para h a c e r p a g a r im puestos a la noble za y al clero, exen tos por su estatuto privilegiado de es tas contribuciones. La oposició n que e n c o n t r a r o n su s propuestas le llevó a presentar la dimi sión.
Las tentativas de reform a y la revuelta aristocrática
Esta resistencia obligó al gobierno real a buscar una salida para la situación. Ya al comienzo del reinado de Luis XIV. el economista Turgot, interventor general de finanzas, había propuesto suprimir el privilegio de no pa gar impuestos del que gozaban los nobles y el clero. Pero la mayor parte de sus reformas fueron suprimidas, y la misma suerte corrió el programa económ ico de Necker, su sucesor.
En 1783, Charles Alexandre de Calonne, un exce lente y experimentado administrador, fue nombrado mi nistro de Hacienda para que acometiese la solución del problema, cuando ya no quedaba otra salida que trans formar radicalmente la Hacienda Pública y su política fiscal, o bien declararse en bancarrota y no pagar las deu das contraídas, lo cual significaba no volver a obtener nuevos empréstitos.
Calonne propuso establecer una «subvención territo rial», impuesto que habrían de pagar todos los terrate nientes sin excepción; también planteó la supresión de aduanas interiores y de varios impuestos de consumo, así com o la liberalización del comercio de granos, la con fiscación de algunas propiedades de la Iglesia y. por úl timo. el establecimiento de Asambleas Provinciales con representación de los tres estamentos.
Calonne sabía el alcance político de su proyecto y las dificultades que se plantearían para su aceptación por los organismos jurídicos, que estaban controlados por los sectores aristocráticos: los parlamentos, estados pro vinciales y la asamblea del clero. Ni Luis X V I ni sus mi nistros se atrevían a imponer tales medidas por decreto y consideraron más prudente reunir una Asamblea de Notables, designados por el rey, para conseguir su acep tación del proyecto. Pero la asamblea resultó menos dócil de lo que se esperaba: los notables se opusieron fron talmente a las medidas de Calonne y la opinión general reaccionó con estupor ante la magnitud de la crisis fi nanciera y la resistencia de la nobleza a ponerle rem e dio. El conflicto terminó con la destitución de Calonne. Le sustituyó el arzobispo de Toulouse, Loménie de Brien- ne, protegido de la reina María Antonieta y enem igo de Calonne.
Brienne obtuvo de los nobles un empréstito que per mitió evitar de m om ento la bancarrota. Pero, a cambio, los nobles exigieron la convocatoria de los Estados G e nerales. mediante los cuales podían controlar a la m o narquía. Estos acontecimientos tuvieron repercusión en algunas provincias, donde la nobleza pidió el restableci miento de sus propios Estados Provinciales; en la re gión del Delfinado los nobles decidieron restablecerlos por su cuenta.
Ante la rebeldía de la nobleza, Brienne presentó su dimisión y el rey volvió a llamar a Necker. cuya primera medida fue aplazar la reforma, establecer los parlamen tos y convocar los Estados Generales para el 1 de mayo de 1789.
Algunos historiadores han calificado de «revolución aristocrática» este período de 1787 a 1789. Y. en efec to, durante estos años de crisis y enfrentamiento con los parlamentos, el protagonismo corrió a cargo de los ma gistrados y la nobleza, que defendían los derechos parla mentarios frente al absolutismo. Pero, en la práctica, el restablecimiento de los Estados Generales suponía
vol-Vísperas de
la Revolución
Parlamento de P a rís en una sesión a m ediados del si glo XVlll. Los p arla
m entarios provin ciales resultaron in capaces de alcan zar un acuerdo que sirviera para resol ver los problem as financieros del esta do francés.
Vísperas de la Revolución
ver a 1614. a una asamblea de carácter feudal, donde se seguía manteniendo la vieja fórmula de «el voto por or den»: cada orden o estamento disponía de un solo v o to. por lo que el número de diputados que correspon diera a cada uno de ellos carecía de importancia, ya que la votación final siempre sumaba dos votos (correspon dientes a los estamentos superiores) frente a uno (del tercer estado). A pesar de todo, la convocatoria de los Estados Generales significaba en aquel m om ento que la monarquía dejaba de ser absoluta. Era un paso im portante, casi una revolución, pero la intervención de la burguesía y la defensa de sus intereses por parte del tercer estado hicieron cambiar su sentido inicial.
C aricatura que re presenta la o p r e sión del clero y la nobleza sobre el ter cer estado (arriba). La im agen contiene un elemento de evi dencia incuestiona ble, ya que la acti vid ad p ro du ctiva del cam po y las m a n u factu ra s (d e r e cha) eran las úni cas que aportaban sus rendimientos al sostén del estado.
Los Estados G enerales y la A sam blea N a cio n al Constituyente
El decreto real convocando los Estados Generales se di fundió ampliamente y fue leído en todas las iglesias. La campaña electoral desem peñó un papel determinante en la formación de la opinión general y en la reflexión sobre los diversos problemas que padecía la sociedad francesa. Cada estamento confeccionaba una relación de peticiones, recogida en los llamados «cuadernos de quejas», que constituyen un valioso testimonio colecti vo de las esperanzas de reforma surgidas en todo el país. Los nobles y el alto clero insistían en la necesidad de conservar la sociedad tradicional, dividida en estamen tos, o defendían el fortalecimiento del parlamento fren te al absolutismo real. La burguesía, por el contrario, exi gía en sus «cuadernos» la eliminación de los privilegios estamentales y de casta, así com o la libertad del com er cio y de la industria y, sobre todo, poder político para interventir en la marcha del Estado. Por su parte, las
pe-Vísperas de la Revolución
La convocatoria de los Estados G ene ra le s (a b a j o ) fue prácticamente una concesión del rey a las dem andas cre cientes de una so ciedad que ya no te nía confianza algu na en sus viejas ins tituciones.
Vísperas de la Revolución
Las quejas que lle gaban a las c á m a ra s de r e p r e s e n t a c ió n , c o m o la A sam blea de N ota bles (a b a jo ), eran numéricamente mi noritarias, pero ex presaban el descon te n to p o p u l a r y avisaban del peligro de una inminente revuelta g e n e ra li zada.
ticiones del pueblo, especialmente las de los campesi nos, contenían abundantes quejas contra el aumento de las cargas feudales, de los impuestos y del alto precio de los arriendos, y también contra la injusticia de los tri bunales y la intransigencia de los señores que se apro piaban de sus tierras. Pero a los Estados Generales sólo se enviaron los «cuadernos de quejas» de las circuns cripciones más importantes; la burguesía urbana y rural efectuaba previamente una selección, eliminando los que contenían reivindicaciones populares y campesinas que afectaban a sus intereses.
C o m o estaba previsto, los Estados Generales se reu nieron en Versalles el 5 de mayo de 1789. El número de diputados sumaba el millar: 250 de la nobleza; otros tantos del clero y 500 diputados del tercer estado (que había sido duplicado), todos ellos miembros de la bur guesía financiera y comercial, o bien intelectuales y pro fesionales cualificados.
En la ceremonia de inauguración, el rey pronunció un breve discurso, insistiendo en la necesidad de con tribuir al fisco; se quejó del estado alarmante en que se hallaba el país y de las nuevas ideas imperantes y lanzó
advertencias contra las innovaciones. A l día siguiente, los nobles y el clero se reunieron por separado para dis cutir las cuestiones de procedimiento y la forma de v o tación. Por su parte, el tercer estado insistió desde el principio en que las sesiones fueran conjuntas de los tres estamentos, y que la votación no fuera «por orden», si no «por cabeza» (nominal), a lo que se negaron la no bleza y el clero.
Tras varias semanas de negociaciones infructuosas, el tercer estado comenzó, por su propia cuenta, a verificar los poderes o credenciales de los diputados de los tres estamentos. Varios representantes de la nobleza y del clero se incorporaron al estamento burgués, que se vio considerablemente aumentado. Cuando terminaron de pasar lista y a propuesta del abate Sieyés, el tercer esta mento, ampliamente mayoritario, se declaró
«represen-Vísperas de la Revolución
Ajenos a los conflic tos entre las institu ciones. las gentes del p u e b lo lla n o afrontaban su suer te con el escepticis m o propio de los que sufren todas las cargas con la espe ra n za incierta en unos cam bios que nuncan llegaban.
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Vísperas de la Revolución
El J u r a m e n t o del
ju e g o d e pelota, de
David, es una obra repleta de tensión, que tiene un efecto narrativo de fácil lectura: el escena rio, un frontón, y los protagon istas, los diputados del tercer estado, que se ju ramentan p ara de fender los derechos del pueblo, que aso m a, entre curioso y expectante, por las v e n t a n a s d el r e cinto.
tante de la nación», constituyéndose en una asamblea a la que denominaron Asamblea Nacional, declarando que el rey no tenía derecho a vetar sus decisiones: el tercer estado se había erigido com o poder supremo de la nación, término que adquirió un nuevo significado.
Sin embargo, tres días más tarde, cuando la Asam blea iba a reunirse, encontró cerradas por parte del rey las puertas del recinto donde tenían lugar las sesiones. Los diputados no se detuvieron ante ello; se traslada ron a una estancia próxima (un salón destinado al jue go de pelota) y allí pronunciaron el solemne juramento de no abandonar la sala hasta concluir la elaboración de una constitución para Francia.
Ante este desafío, el rey decidió tomar medidas enér gicas. C on vocó una nueva reunión, y esta vez su dis curso tuvo un tono más amenazador: anuló todas las decisiones adoptadas por el tercer estado, ordenando la disolución de la Asamblea Nacional y la vuelta al sis tema de estamentos.
El clero/y la nobleza obedecieron al rey y abando naron la sala, pero los representantes del tercer esta- tado, com o protesta, permanecieron en sus lugares en
la más silenciosa indignación. A l ver que la Asamblea no se disolvía, el maestro de ceremonias reiteró la or den real; el diputado Mirabeau le contestó:
«Vaya y díga a su señor que nosotros estamos aquí por la vo luntad del pueblo y sólo la fuerza de las bayonetas nos puede arrojar de este lugar.»
Vísperas de la Revolución
La Asamblea continuó, y pese a la prohibición del rey, muchos diputados de la nobleza se fueron incorporan do a ella, atraídos por la fuerza del tercer estado.
La nueva Asamblea Nacional, compuesta por repre sentantes de los tres órdenes, decidió por votación defi nirse com o Asamblea Constituyente. La importancia de esta decisión era fundamental, porque con ello la Asam blea se atribuyó un poder que la hacía superior al m o narca: redactar una constitución llamada a regular la or ganización y distribución de los poderes.
r.
3.
z.
M irabeau (arriba), diputado del ter cer estado aunque pertenecía a la no b leza, a s u m ió en la respuesta sobre la disolución de la A s a m b le a N a c i o nal una actitud de abierta rebeldía an te la in tra n sigen cia del poder consti
Las m ujeres ten drían a lo largo del proceso revolucio nario un p ro tag o nismo decisivo en muchos momentos. A rm adas y reivindi- cativas, su estampa aguerrida pronto se haría familiar a los ojos de los ciudada nos franceses de fi nales del siglo XVlll.
La toma de la Bastilla
La Asamblea Constituyente (1789-1791) com enzó sus sesiones en un m om ento de grave situación econ óm i ca. La crisis de subsistencias, la escasez de alimentos y la subida de precios exacerbaban a las clases populares, empujándolas a movilizarse.
El rey aparentaba transigir con la existencia de la Asamblea, pero en realidad había decidido disolverla por medio de la fuerza. Las tropas reales comenzaron a avanzar hacia Versalles y París, mientras el pueblo y los diputados seguían con inquietud las medidas del gobier no. El 12 de julio se supo en París que el rey había des tituido a Necker. ministro del gobierno partidario de las reformas. La noticia se consideró com o prueba de que se estaba gestando un «com plot aristocrático», y una gran manifestación de protesta se extendió por las ca lles y plazas de la capital. Hubo enfrentamientos con las tropas reales, pero en poco tiempo el pueblo parisien se. armado con picas y piedras, se fue haciendo con el control de los barrios.
En la noche del 14 al 15 de julio, todo París estaba movilizado y expectante. S e temía que las tropas reales asaltaran la capital. Los hombres levantaban barricadas y las mujeres amontonaban piedras en los tejados para arrojarlas contra los soldados. Comenzaron a correr ru mores de que la Bastilla, la vieja fortaleza medieval que venía siendo utilizada com o prisión, se disponía a dis parar sus cañones. Una muchedumbre enfurecida se di rigió a la fortaleza, dispuesta a asaltarla. Después de va rias horas de sangriento asedio, el comandante de la pri sión fue muerto y la guarnición se rindió. S e había to mado la Bastilla.
La insurrección de París y la caída de la Bastilla supu sieron, en cierto modo, el comienzo de una insurrección general. Hasta entonces, los múltiples motines y enfren tamientos ocurridos desde 1787 no habían tenido mu cha relación entre sí. pero a partir de este m om ento la mayoría de las ciudades y pueblos de Francia com enza ron, con inusitada rapidez, a imitar a la capital. El temor a un complot aristocrático, que había estado latente des de el principio, se fue extendiendo, cargado de negros presagios, hasta constituir lo que se ha dado en llamar
la g r a n d e p e u r . un «gran m iedo» que avanzaba impara
ble. poniendo en pie de guerra a la mayoría de los campesinos.
A finales de julio, en las ciudades y pueblos se ocupa ban los ayuntamientos: se formaban comités permanen tes y milicias urbanas, que más tarde tomaron el mon- bre de guardias nacionales. En las zonas campesinas, del mismo m odo que los parisienses habían asaltado la Bastilla, los labriegos asaltaban los castillos, irrumpían en las tierras, se repartían los pastizales y los bosques de los señores y exigían, para quemarlos, los viejos títu los en los que estaban inscritos los derechos feudales de propiedad de la tierra.
Desbordado por los acontecimientos, el rey se resistía a dar la orden de una ofensiva militar contra París, y o r denó la retirada de las tropas. Necker fue restituido en su cargo y el aristócrata Lafayette, destacado general de la Guerra de la Independencia norteamericana, recibió el nombramiento de comandante de la Guardia Nacional.
La Bastilla
El 14 de julio de 1789, la prisión de la Bastilla caía en m anos de la multi tud que veía en el antiguo castillo un sím bolo del caos y la injusticia genera do por la M o n a r quía para encauzar las reivindicaciones del pueblo. La Re volución Francesa había comenzado.
Francia entró en 1789 en un proceso acelerado de trans fo rm a cio n es ten dentes a alterar un equilibrio que había favorecido a los ór denes privilegiados hasta ese m om en to. Sobre el clero caerán las primeras medidas destinadas a expropiar sus nu m e r o s o s b ie n e s , c o n v e r tid o en el blanco de la ira p o pular.
Los principios de 1789: abolición del
feudalismo y
Declaración de Derechos
del Hombre
Mientras los campesinos trataban de destruir por la fuerza el régimen señorial, la Asamblea Constituyente llegaba a la conclusión de que únicamente la abolición oficial de este régimen tan odiado podía restablecer el orden y la paz en el país. La perplejidad y los intereses enfren tados reinaban en la Asamblea y las discusiones se pro longaban. Finalmente, durante la noche del 4 al 5 de agosto, la Asamblea declaró: «El feudalismo queda abo lido.» Se suprimieron los privilegios de los nobles y los diezmos de la Iglesia, aunque los campesinos tenían que seguir pagando una contribución a los antiguos propie tarios. Sin embargo, la resistencia de los propietarios a la aplicación de estas medidas y la negativa de los cam pesinos a pagar la citada contribución, provocó en 1790 una nueva movilización agraria y en muchas provincias hubo insurrecciones y enfrentamientos armados.
También en las ciudades, desabastecidas de alimen tos, la agitación era continua. Para los artesanos y los proletarios la situación empeoraba, porque gran parte de la aristocracia había huido y con ello desaparecieron los encargos de artículos de lujo. Los negocios no pros peraban, aumentaba el paro, bajaban los salarios y la es casez de los alimentos básicos se iba agravando de día en día.
I
Después de la resolución que declaraba abolido el feu dalismo, la Asamblea hizo pública la D e c la r a c ió n d e D e
r e c h o s d e l H o m b r e y d e l C iu d a d a n o , el 26 de agosto
de 1789. Este documento fue recibido com o base de una filosofía universal que proclamaba los derechos del hombre sin distinciones de tiempo, lugar, raza ni nación. En su texto se exponen los fundamentos de una nueva sociedad y se condena toda la estructura política y so cial del Antiguo Régimen. Así. el artículo 2 señala: «N in gún individuo puede ejercer una autoridad que no em a ne expresamente de la nación.» Por otro lado, los cons tituyentes fijaron en la D e c la r a c ió n las bases jurídicas del nuevo régimen, que reconocía a cada hombre unos d e rechos fundamentales: la libertad, la propiedad y la re sistencia a la opresión.
La D e c la r a c ió n tuvo, además, una gran trascendencia histórica en un mundo en el que dominaban los regí menes absolutistas. Por todas partes comenzaron a sur gir grupos pro-franceses y se produjeron movimientos contra las monarquías y los privilegios feudales. Pero este «contagio de la Revolución» provocó a su vez la reac ción inmediata de las monarquías europeas, y el m ovi miento contrarrevolucionario se extendió también por todas partes.
Los Derechos
del Hom bre
Los tumultos y re vueltas se extienden tanto por el territo rio continental co mo por las posesio nes de las colonias: la autoridad, desde los ayuntamientos hasta los tribuna les, se ve cuestiona da, cuando no asal tada, y los funcio narios más odiados p agarán a menudo con su vida el esta do de injusticia g e nerado por el Anti guo Régimen.
El pueblo
interviene
El otoño de 1789 será decisivo en el devenir de los suce sos que tienen al bajo pueblo com o protagonista m ás directo. Las m uje res de París m ar charon a Versalles, exigiendo pan, sin que el ejército opu siera resistencia al guna a su entrada en el recinto.
Las jornadas de octubre de 1789
Durante las sesiones de la Asamblea Constituyente se fueron perfilando diversas tendencias políticas, aunque todavía no estaban estructuradas com o partidos, en el sentido actual del término. Las divergencias surgieron cuando la Asamblea tuvo que abordar la futura organi zación del régimen, que debía quedar reflejada en la constitución. Aristócratas y monárquicos estaban a fa vor de que el rey tuviera derecho de veto, y apoyaban ia institución de un cuerpo legislativo dividido en dos cámaras (bicameralismo) y un sistema electoral censita- rio, siguiendo el modelo de Inglaterra. Los llamados «p a triotas», partidarios de la soberanía nacional, se oponían a ello, porque temían que la cámara alta restituyera en el poder a la antigua aristocracia y que el rey, de acuer do con los nobles, ejerciera su derecho de veto contra los decretos de abolición del feudalismo y contra la pro pia D e c la r a c ió n d e D e r e c h o s d e l H o m b r e .
Una vez más, el recelo contra la aristocracia tuvo un papel decisivo en el curso de los acontecimientos. El her mano de Luis XVI, el conde de Artois, ya había salido de Francia y junto a otros muchos emigrados estaba in tentante movilizar a los gobiernos monárquicos de Euro pa contra la Francia revolucionaria.
El 5 de octubre se produjeron tumultos en los merca dos de París, provocados por los sectores populares más afectados por la escasez de alimentos y la subida del pan. Al día siguiente, una gran muchedumbre se dirigió a Ver- salles, sitió el palacio real y obligó al rey a trasladarse a París, donde podría ser vigilado para evitar su huida. También la Asamblea se trasladó a París y, al reanudar se las sesiones, triunfaron los partidarios de la cámara legislativa única y de la limitación del veto real.
La intervención del pueblo resultó determinante, p e ro su creciente protagonismo atemorizaba a la mayoría de los diputados. Muchos de ellos consideraban inacep table que las cuestiones constituyentes se vieran resuel tas por la presión del «populacho» y pensaban que el movimiento inicial por la defensa del parlamento esta ba cayendo en manos indignas.
Esta preocupación tuvo com o consecuencia ciertas medidas adoptadas por la Asamblea Constituyente: se aprobó una ley que autorizaba el uso de la fuerza arma da para sofocar las revueltas populares y la llamada «ley de Chapelier», que prohibía a los obreros organizarse en asociaciones.
Por otro lado, a la hora de establecer el procedim ien to electoral mediante el cual se pudiera expresar la
«so-E1 pueblo
interviene
E l p u e b lo a c t ú a movido por agita dores cuyas consig nas avivan el des contento: éste lleva a la plebe, el 5 de octubre, a invadir la Asam blea Constitu yente, para exigir mayor celeridad en las reformas, que aún no habían lle gado a hacerse no tar en las condicio nes de vida de los más necesitados.
Ciudadanos con reparos
beranía nacional», no todos los franceses recibieron los mismos derechos ni adquirieron, por tanto, la categoría de ciudadanos contemplada en la famosa D e c la r a c ió n . En primer lugar, las mujeres, cuyo protagonismo fue d e cisivo a lo largo de todo el proceso revolucionario, que daron excluidas pura y simplemente de la ciudadanía y, por tanto, del derecho al voto, al igual que los h om bres menores de veinticinco años, los individuos subor dinados estrechamente a otro individuo (com o los cria dos) y. finalmente, aquellos que careciesen de dom ici lio fijo. Todas estas personas constituían la categoría de ciudadanos p a s iu o s . En cambio, eran considerados ciu dadanos a c tiu o s todos los hombres mayores de veinti cinco años que pagasen un impuesto directo equivalente a la remuneración de tres jornadas de trabajo. Pero la plenitud de derechos políticos residía en una tercera ca tegoría, constituida por un número bastante limitado de personas, ya que sólo podían alcanzar el rango de di putados los franceses con propiedades y posibilidades económicas suficientes para poder pagar los elevados impuestos que se exigían para ostentar estos cargos.
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Esta imagen, E l n o
ble arruinado, era
m ás un deseo que u n a r e a li d a d en 1789. La nobleza aún no había sido cuestionada com o clase dirigente, pe ro el odio acum u l a d o c o n t r a s u s m iem bros d esem bocaría a una per secución inmediata e im placable de los aún poderosos aris tócratas franceses.
A pesar de estas tendencias que hoy podríamos con siderar conservadoras, durante el período constituyente se aprobaron leyes de gran alcance histórico, que deja ron constancia del espíritu reformista de la Asamblea. Aparte de la Constitución misma, aprobada en 1791. se procedió a una reorganización administrativa gen e ral. Esta reorganización sustituyó a la tradicional frag mentación del país, con todos sus vestigios feudales, por una nueva organización territorial por Departamentos de extensión más o menos igual. Se reorganizaron los tribunales y se puso fin a la diferenciación social por es tamentos, suprimiéndose todos los títulos nobiliarios; asi mismo se reformó el sistema de contribuciones fiscales y se aprobaron una serie de leyes que abolían las trabas existentes tanto para la iniciativa privada com o para la libertad industrial y mercantil.
Las reformas
constitucionales
Custodiados por las alegorías de la ver dad y la justicia, los principios que cons tituyen la D e c la r a
ció n U n iv e rsa l de lo s D e r e c h o s del H o m b r e represen
tan uno de los m a yores avances de la h u m a n id a d en la co n sid eració n del hombre com o obje to de la acción po lítica. Sin embargo, este c a t á lo g o de principios raciona les encontraría tan tos adversarios c o m o partidarios.
iglesia y
Revolución
La Iglesia y la Revolución
En cuanto a la Iglesia. la Asamblea aprobó la llamada Constitución Civil del Clero de 1790. provocando un grave conflicto con el papado, que tendría gran reper cusión en el futuro. En su aspecto económico, el conflic to estuvo relacionado con las necesidades financieras del Estado. Con el fin de conseguir dinero para el erario público, los bienes de la Iglesia fueron confiscados y puestos a la venta com o «bienes nacionales». La m edi da pretendía beneficiar a los campesinos sin tierra; sin embargo, los verdaderos beneficiarios fueron aquellos nobles y burgueses que pudieron comprarlas.
En Francia sólo había un banco importante; la Caisse d'Escompte de París. Esta compañía, previendo que con la venta de los bienes eclesiásticos se producirían fuertes ingresos, adelantó dinero al Estado. El gobierno, com o sistema de reembolsar este préstamo, emitió unos bille tes llamados A s ig n a d o s , que estaban respaldados por
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Entre los enemigos irreconciliables de la Revolución des ta c a r á la Ig le s ia Católica, cuyo po der e influencia fue ron duramente ata cados por los revo lucionarios, con la intención de so ca var el prestigio del clero y provocar el que buena parte de la población retira se el a p o y o a la Ig le s ia y sus m i nistros. ¡ S r C ? J-- J-- 1
los bienes de la Iglesia. Con estos billetes se podían comprar los llamados «bienes nacionales». El gobierno había previsto que a medida que estos bienes se ven dieran los asignados se inan destruyendo. Pero no se hizo así: se emitieron sin control y perdieron todo su valor. Ello contribuyó a que empezase a circular en Francia una moneda con muy poco valor, que no se aceptaba dentro ni fuera del país.
Por otro lado, el conflicto entre la Iglesia y la Revolu ción se debía a cuestiones relacionadas con las delimi taciones del poder civil y el eclesiástico. Los miembros de la Asamblea Constituyente (que en esto seguían a los monarcas franceses del siglo XVIII) consideraban a la Iglesia com o una autoridad pública y. por tanto, su bordinada al poder soberano del monarca. Es decir, no se reconocía la universalidad e independencia de la je rarquía eclesiástica, sino que se subordinaba al estado, com o otro más de sus elementos.
Los diputados votaron la Constitución Civil del Clero, por lo cual éste pasaba a formar un cuerpo de
funciona-iglesia y
Revolución
La reacción de la Iglesia ante las m e didas legales de la Asam blea Constitu yente estuvo siem pre dirigida desde Roma. Esto aum en tó su imagen de ins titución ajena a los intereses naciona les y al servicio de los elementos más re a c c io n a rio s del país.
Iglesia y
Revolución
Los e clesiá stico s que habían gozado de impunidad casi absoluta hacia sus personas y actos, en el periodo revo lucion ario fueron centro de los ata ques de los ilustra dos y liberales, ini ciándose una larga g u erra entre pen s a m ie n to lib re e Iglesia.
rios, similar al de los jueces o los diputados, cuyos miembros serían designados por la asamblea de electo res. S e exigió a todos los elementos del clero el jura mento de fidelidad a la nación y a la nueva ley, pero ellos objetaron que debían primero fidelidad al Papa y a los obispos.
Se solicitó la mediación del Vaticano, pero el Papa no sólo consideró la Constitución Civil com o atentato ria contra las prerrogativas de la Iglesia Católica, sino que condenó la Revolución misma y toda su obra. Este con flicto agudizó las tensiones en el seno de la Asamblea, cuya resolución final fue exigir a todo el clero francés un juramento de fidelidad a la propia Constitución, in cluida la Constitución Civil. El estamento eclesiástico se dividió en dos bandos; el más numeroso lo constituye ron los religiosos que se negaron a prestar juramento, que fueron llamados «refractarios», y que adoptaron una actitud violentamente contrarrevolucionaria. Esta escisión originó la existencia de dos Iglesias en Francia: una clan destina, sostenida por las donaciones voluntarias y los fondos que entraban desde el exterior, y otra oficial, pro tegida y financiada por el Estado.
La huida del rey y la tragedia del C a m p o de M arte
Desde que el rey fuera obligado por la muchedumbre a trasladarse a París, centró todos sus esfuerzos en in tentar salir de Francia para reunirse en el extranjero con los nobles emigrados y solicitar ayuda de los gobiernos europeos para una intervención armada. El 20 de junio de 1791, la familia real logró salir en secreto del palacio de las Tullerías. En una pesada berlina se dirigieron ha cia la frontera, donde se había concentrado un destaca mentó de tropas reales. Durante el trayecto el rey fue reconocido en varios lugares, sin que nadie osara d e nunciarlo. Pero al llegar a Varennes un funcionario de postas tuvo la audacia de detener el carruaje real e im pedirle el paso. A la voz de alarma acudió la Guardia Nacional, se concentraron campesinos de todos los lu gares cercanos y, en medio de un tumulto, el rey y su familia fueron devueltos a París.
Ante el cariz de los acontecimientos de París, el rey huyó de la capital, pero fue descu bierto y apresado en Varen nes. Desde este m o mento el m onarca pasó a ser un rehén en m a n o s d e la Revolución.
El rey
huye
El com andante en jefe de la Guardia N acional, Lafayet- te, comenzó a per filarse com o un ele m ento m o d e rad o tras su acción re presiva en el C a m po de M arte, g a nándose a los revo lucionarios m o de rados.
El «acontecimiento de Varennes» causó una profun da impresión en el pueblo. Muchos franceses leales a la Revolución habían creído en las buenas intenciones de Luis X V I y culpaban de las intrigas a los «m alos minis tros»; pero la huida disipó las dudas sobre su complici dad con el «com plot aristocrático». C om o consecuencia se produjeron tumultos y manifestaciones en contra del rey, que fueron violentamente reprimidos por la Guar dia Nacional. Se difundió la versión de que no había in tentado huir, sino que había sido «raptado» por el pue blo. La protesta y la indignación se extendieron por los ambientes políticos de la capital y, sobre todo, en los
c lu b s , donde se iba abriendo paso la propaganda repu
blicana. El 17 de julio de 1791. una gran manifestación se concentró en el C am po de Marte de París, exigiendo la abdicación del rey y su entrega a los tribunales. Por orden de la Asamblea, un destacamento de la Guardia Nacional, al mando de Lafayette. disolvió la
manifesta-ción abriendo fuego contra los concentrados y causan do un elevado número de muertos y heridos.
La tragedia del Cam po de Marte provocó la división abierta entre las diversas tendencias políticas de la Asamblea. El club de los jacobinos sufrió una escisión cuando los partidarios de la monarquía constitucional, agrupados en tom o a Lafayette, formaron su propio club, el de los fuldenses. La dirección del club jacobino la ocu paron los partidarios de la República y de continuar la revolución democrática, bajo el liderazgo de Robespie- rre y Brissot.
La Asamblea Constituyente se disolvió el 30 de sep tiembre de 1791. después de haber concluido la Cons titución, que fue firmada por el rey. Con ella se instau raba una monarquía constitucional, en la que una nueva Asamblea Legislativa unicameral tendría que afrontar to davía la resistencia de Luis XVI. que no aceptaba el nue vo orden implantado por la Revolución.
El Cam po
de M arte
Ante la falta de so luciones políticas, las iras del pueblo se desataron contra las iglesias y el cle ro. Sin em bargo, la Revolución seguía exigiendo reformas que no llegaban, en medio del caos y la violencia.
El rey y la Asamblea Legislativa
Antes de la disolución de la Asamblea Constituyente, se había acordado que ninguno de sus miembros p o dría formar parte de la nueva Asamblea Legislativa. Los diputados elegidos, todos ellos ciudadanos activos, eran más jóvenes y formaban una asamblea más revolucio naria que la anterior, con muy escasos representantes de la antigua derecha aristocrática. La derecha la cons tituía ahora el partido de los fuldenses. La izquierda la representaban los diputados jacobinos, en cuyo club se decidía la actitud que debían adoptar sus afiliados. M u chos de ellos habían sido elegidos por el departamento de la Gironda (Brissot, Condorcet. Vergniaud); de ahí que fueran conocidos con el nombre de «Girondinos». Los llamados «demócratas», el sector más radical de los jacobinos, ejercían su influencia por medio del club; su líder, Robespierre, actuaba indirectamente sobre la
La izquierda revolu cionaria decidió en 1792 ace lerar los cam bio s, llevando nuevamente al pue blo a la calle y pre sionando a los p ar tidos m o d e ra d o s con su p resen c ia tumultuosa.
Asamblea, aunque no fuera diputado por haberlo sido ya en la Constituyente.
Ante esta nueva institución representativa, el rey m a nifestó una actitud hostil, que se acentuó a medida que la Asamblea fue adoptando sistemas más radicales para controlar la situación: confiscación de bienes, severos castigos a los contrarrevolucionarios y privación de sus sueldos a los sacerdotes que se negaran a prestar el ju ramento de fidelidad a la Constitución. Luis XVI, hacien do uso de su prerrogativa, vetó estas y otras medidas y dirigió todos sus esfuerzos a intensificar sus contactos internacionales, confiando en que una intervención ex terior podría fortalecer el trono francés. La presión de los sectores más radicales se acentuó en la Asamblea; las divergencias políticas crecían y el rey, aprovechando las disensiones internas, decidió formar un nuevo g o bierno girondino, presidido por Roland.
Durante la primavera de 1792, la carestía de alimen tos hizo aumentar los desórdenes en las ciudades; se exi gía el establecimiento de precios fijos para los cereales y los más radicales pedían la pena de muerte para los acaparadores. En el campo se acrecentaba el movimien to campesino reclamando tierra, mientras por toda Fran cia se extendía la amenaza de la guerra.
Entre los monarcas de otros países europeos — que recibían con alarma las noticias de la Revolución Fran cesa que traían los em igrados— se creó una fuerte c o rriente de opinión a favor de Luis XVI, basada sobre to do en el m iedo a que el fervor revolucionario fuese algo contagioso.
En el sentir popular y en el club de los jacobinos, la idea de la guerra com o el único medio de salvar a los pueblos de la opresión prendió con fuerza. Por su par te, el rey consideraba que era un buen medio para reca bar la ayuda de las potencias extranjeras, sobre todo de Prusia y Austria.
También los políticos girondinos veían en la guerra una solución para los problemas internos. Si la Consti tución no podía funcionar porque el rey paralizaba todas las medidas del legislativo con su derecho de veto, la guerra forzaría a Luis X V I a actuar lealmente o, de lo contrario, se expondría a ser acusado de alta traición, lo cual permitiría someterle a juicio. Estos eran los
razona-H acia la
guerra
Luis XVI subió al trono en 1774, en medio de la alegría general. En 1770 se había casad o con M aría A ntonieta, hija de Francisco I de Austria, la cual se hizo muy im po pular entre los fran ceses. El rey, de c a rácter débil, no su po enfrentarse a los graves problem as económ icos y so ciales del país, y no dio suficiente apoyo a los ministros de los que se rodeó p a ra que implantaran medidas eficaces.
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H acia la
guerra
mientos de Brissot. Por otro lado, los generales políticos (Lafayette y Dumouriez) veían en la guerra no sólo el medio de adquirir prestigio, sino el de disponer de un ejército adicto para imponer su programa. El entusias mo revolucionario y los ideales «patrióticos» se fueron extendiendo, confiando en que la guerra permitiría «ha cer triunfar la revolución contra la tiranía» en los países que participasen en ella. ¡Ideas generosas! Ideas nefas tas, dirá Robespierre en sus famosos discursos a los gi rondinos:
«Antes de combatir a la aristocracia más allá de las fronteras, hay que destruirla en el interior; quedan aún demasiados con trarrevolucionarios capaces de aprovechar la guerra para aplas tar la Revolución.»
Pero el ardor y los argumentos de los girondinos se fueron imponiendo en la Asamblea. S ólo Robespierre se resisitió, haciendo ver que la guerra beneficiaría a la monarquía y que, en todo caso, traería com o conse cuencias inevitables la dictadura, el debilitamiento de los franceses y la reacción nacional de los pueblos que se pretendía liberar.
La guerra contra las poten cias co n tra revolucionarias d e sató el entusiasmo popular que se a d vierte en estas im á genes. Por primera vez el enemigo esta b a fuera de las lu chas internas. Arri ba, la reina M aría Antonieta.
La guerra contra las monarquías absolu tas despertó una se rie de entusiasmos difíciles de contro l a r ; v o l u n t a r i o s exaltado s a b a r r o taban las calles pi d ie n d o a r m a s y o rg a n iz a n d o una estructura militar paralela al ejército regular, m an d ad o aún p or o fic iales pertenecientes a la nobleza.
Se declara la guerra: 20 de abril de 1792
A pesar de los argumentos de Robespierre, la corriente a favor de la guerra se precipitó en los primeros meses de 1792. Pero en realidad ya había sido preparada mu cho antes. Tras la humillación que Luis X V I había sufri do al ser detenido en Varennes, los representantes de los emigrados franceses se entrevistaron con el em pe rador de Austria, Leopoldo 11. y con el rey de Prusia, Federico Guillermo II.
El resultado de la reunión fue la declaración de Pillnitz del 27 de agosto de 1791, por la cual ambos monarcas se comprometían a intervenir contra Francia, siempre que las demás potencias europeas unieran sus esfuerzos a los suyos. Pero los gobiernos europeos eran lentos a la hora de decidirse y a Luis X V I se le agotaba la pacien cia. El 20 de abril propuso a la Asamblea la declaración de guerra al «rey de Hungría y Bohem ia» y sólo una p e queña minoría, de acuerdo con Robespierre, votó en contra.
Los partidarios de la guerra pensaban que ésta sería rápida y decisiva, pero se equivocaron: pronto se produ jeron las primeras derrotas y desde 1792 Francia entró en un período de guerras que duró hasta 1815.
En los ejércitos franceses, cuyos altos mandos perte necían a la nobleza, anidaba la traición y el recelo de los oficiales hacia sus tropas; éstas, a su vez. iban
perdien-Francia en
guerra
do la confianza en los mandos, mientras los ejércitos aus tríacos y prusianos se aproximaban a las fronteras de Francia.
La situación em peoró aún más debido a que la reina María Antonieta, hermana del em perador de Austria, había informado a los austríacos de los planes militares del ejército francés. La Asamblea endureció su política contra los enemigos de la Revolución y dispuso la fo r mación de batallones de voluntarios para defender la capital y hacer frente a toda tentativa militar de los g e nerales monárquicos.
Luis X V I se negó a sancionar tales medidas, a pesar de los razonamientos de Roland haciéndole ver que su veto podría provocar una fuerte reacción entre los fran- ceces, al indicar que el rey se alineaba decididamente al lado de los enemigos de Francia. El monarca, haciendo caso omiso de estos requerimientos, destituyó a Roland y a los ministros girondinos, y los fuldenses volvieron al poder. Ahora estaban decididos, con el apoyo de La- fayette y otros generales, a imponer su programa en la Asamblea: desplazar a los jacobinos, revisar la Consti tución reforzando el poder del rey y poner fin a la gu e rra por medio de un acuerdo con el enem igo.
La reacción popular no se hizo esperar. A lo largo de todo el país se fueron form ando destacamentos de v o luntarios que acudían a la defensa de París. El ardor pa triótico y el impulso revolucionario dieron fama a los
Francia en
guerra
R oger de L'Isle, un oficial del ejército del Rin, canta en su habitación las es trofas de una can ción patriótica des tinada a convertirse en un himno cono cido universalmen te com o L a M a r s e -
llesa, al ser adopta
do como canción de guerra por un regi miento procedente de la capital m edi terránea. N ad ie, y m enos él, p od ía im aginar que este himno sería sinóni mo de Francia, con el transcurso de los tiempos.