• No se han encontrado resultados

El poder y el delirio

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2022

Share "El poder y el delirio"

Copied!
8
0
0

Texto completo

(1)

El poder y el delirio

En la Feria del Libro de Bogotá el historiador y ensayista mexicano Enrique Krause presentó “El Poder y el Delirio” obra literaria que realiza un análisis

crítico sobre el gobierno del presidente Hugo Chávez en Venezuela.

Según palabras del autor, la obra es un acercamiento al pasado de Venezuela, una historia bastante tortuosa y violenta en el panorama político convulso de la región latinoamericana. En su obra, Krause sostiene además

que “más allá de su alcance social y retórico, el gobierno de Chávez se centra en Chávez”; y explica porqué el mandatario venezolano pertenece mucho más a la genealogía del fascismo que a la del socialismo. También

destaca su capacidad política y comunicativa.

Enrique Krause ha sido profesor investigador de El Colegio de México, secretario de redacción y subdirector de la revista “Vuelta”, fundador de Editorial Clío y fundador y director de la revista “Letras Libres”, además de productor y co-narrador de las series televisivas “México Siglo XX” (1998) y

“México Nuevo Siglo” (2001). Es autor de los documentales y series sobre la historia de México “Biografía del Poder” (1987), “México” (1988) y “El Vuelo del águila” (1994). Krause es miembro de Número de la Academia Mexicana de la Historia desde 1989 y fue becario de la Fundación Guggenheim (1979).

Recibió el “Premio Magda Donato” en 1976; el “Premio Comillas” de Biografía en 1993 otorgado en España por Siglo de Caudillos; también recibió la “Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio” en 2003 en España y la “Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica” en 2009, concedida

también por el gobierno de España.

¿Quién es Hugo Chávez: un combativo y avanzado líder político, artífice del

«socialismo del siglo XXI», o un estereotipado aprendiz de dictador, populista y palabrero? ¿Qué es Venezuela: el laboratorio de la primera revolución del nuevo milenio o una nación que marcha, no sin resistencias

civiles, hacia un duradero régimen autoritario? Para responder estas preguntas, y desmontar el mito más reciente de la izquierda latinoamericana,

Enrique Krauze nos entrega su libro más insólito y rotundo. Insólito porque, además de la veta ensayística ya reconocida en su autor, esta obra contiene

varios registros: crónica periodística, entrevista, coloquio, reflexión histórica, retrato biográfico, análisis político. Rotundo porque es doble su naturaleza: brinda una visión amplia de la historia de Venezuela, al tiempo que participa decisivamente en el debate político actual, siempre en contra del despotismo y a favor de las bondades de la democracia. No es exagerado

(2)

afirmar que la lectura de este libro es una tarea impostergable para cualquier latinoamericano. Ya se sabe: en Venezuela se está jugando, ahora mismo, el

destino de todo el subcontinente.

Los guerrilleros venezolanos que desde fines de los años sesenta fueron los precursores de la crítica de izquierda al «socialismo real» (incluido el

«socialismo real» cubano) son los primeros en lamentar que la Venezuela chavista confunda el futuro con el pasado y finja que el fantasioso

«socialismo del siglo XXI» pueda construirse sin tomar en cuenta el fracaso del socialismo revolucionario en el siglo XX. Pero Chávez está empeñado en

reeditar por su cuenta y riesgo el libreto cubano de los sesenta. Su reciente acuerdo armamentista con Rusia y su peligrosa amistad con Irán son representativos de ese designio: se trata de revivir la crisis de los misiles,

provocar al gigante herido y, con suerte, desatar una invasión: la ansiada Playa Girón de Hugo Chávez. Hay algo patético en el empeño chavista de enfilar a su país en una carrera armamentista que sólo responde a sus obsesiones y mitologías personales, o a su pretendida mímesis con Fidel Castro. Ante esta anacrónica resurrección (no por distorsionada menos real)

del mito revolucionario del siglo XX en el XXI, me pregunto ¿qué habría pensado Octavio Paz?

Aunque trabajé a su lado por más de veinte años en la revista Vuelta y compartí con él varios momentos cruciales en la historia política de México,

de América Latina y de Occidente, nunca me atrevería a afirmar con certeza lo que Paz habría pensado porque, sencillamente, no está aquí. Lo que sí he podido hacer es releer su obra en busca de claves y recordar el momento

delicado en que editamos un libro sobre América Latina que circuló razonablemente bien y que, a la distancia, sobre todo en el instante actual,

resulta iluminador.

La pequeña aventura editorial ocurrió hace poco más de veinticinco años, a principios de los ochenta. El panorama de América Latina era, si no más

preocupante, sí más desolador que el actual. Países tradicionalmente democráticos como Chile, Uruguay y Argentina llevaban años hundidos en

brutales dictaduras militares. La lucha entre la guerrilla y los cuerpos paramilitares dejaba decenas de miles de muertos en Guatemala y El Salvador. Nicaragua era el coto privado de nueve comandantes sandinistas.

El largo historial democrático de Colombia seguía sufriendo el embate de las guerrillas más antiguas e inescrupulosas del continente, grupo cuya

crueldad era apenas comparable con las de Sendero Luminoso, que comenzaba a asolar a la renaciente democracia peruana. Paraguay y Brasil

seguían bajo la bota del militarismo puro, lo mismo que Cuba bajo el

(3)

militarismo ideológico. Panamá había perdido al caudillo Torrijos pero daba la bienvenida al narcomilitar Noriega. Ecuador, Bolivia y la República Dominicana mantenían en un hilo su frágil institucionalidad, y México -el

envanecido México- empezaba a percatarse apenas de los enormes inconvenientes de su «dictadura perfecta». En aquel sombrío panorama,

sólo dos democracias pacíficas y maduras brillaban como estrellas solitarias: Venezuela y Costa Rica.

Alrededor de esas fechas, la revista Vuelta convocó a dos revistas de ideas de gran prestigio y vocación de izquierda liberal (Dissent, dirigida por Irving Howe, y Esprit, dirigida por Paul Thibaud) para invitar juntas a un grupo de

escritores latinoamericanos a reflexionar sobre el estado de la democracia en sus respectivos países. Bajo el título general de «Democracia y la dictadura en América Latina», los ensayos fueron apareciendo en números

sucesivos de las revistas y se integraron más tarde en libros editados en francés, inglés y español.

Quienes consideran al comandante Hugo Chávez un ser primitivo y superficial juzgándolo sólo por sus apariciones televisivas, en las que derrocha truculencia, demagogia, vulgaridad, diatribas y jerga, se llevarán

una sorpresa leyendo el libro que el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze ha dedicado al presidente venezolano: El poder y el delirio.

En su intenso rastreo, Chávez aparece, desde adolescente, antes de ingresar al Ejército, como un joven abrasado por una pasión subversiva y patriótica,

que practica el béisbol con éxito y devora libros de historia de su país, biografías de sus héroes y escudriña sin tregua la vida y proezas de Bolívar

a quien profesa un culto religioso y sueña con emular.

Más tarde, ya de oficial, experimentará una singular conversión a la ideología y los designios revolucionarios de los guerrilleros a quienes ha sido enviado a combatir a la región de Anzoátegui. Allí, en los setenta, leyó un libro que, según Krauze, cambió su vida: El papel del individuo en la historia, del padre

del marxismo ruso, Gueorgui Plejánov. A partir de entonces, mezclando reflexiones propias con lecturas de Marx, Lenin y panfletos revolucionarios latinoamericanos, al mismo tiempo que a su devoción por Bolívar añadía la fascinación por Fidel Castro, irá construyendo su peculiar ideología, una alianza de militarismo, marxismo y fascismo, en el que el eje y motor de la

(4)

revolución es el héroe epónimo, entendido éste en la acepción carismática y trascendental que le atribuyó Carlyle en su libro (tan admirado por Hitler) De

los héroes y el culto de los héroes. Todo esto ocurre en el secreto, claro está, pues el Ejército del que forma parte Chávez se halla en aquellos años

identificado con los gobiernos democráticos de Venezuela y empeñado en una lucha difícil contra las guerrillas que, apoyadas por Cuba, han abierto

varios frentes de lucha en el interior del país. Dentro de sus filas, Chávez forma sociedades secretas y conspira ya entonces preparando la toma del poder mediante un golpe, algo que sólo intentará, fracasando en el intento, años más tarde, en 1992, durante el segundo Gobierno de Carlos Andrés

Pérez.

De manera que cuando el comandante Chávez sube al poder, en 1998, ungido por los votos de los electores venezolanos, está lejos de ser un improvisado. Va a poner en práctica un proyecto político y social que irá puliendo y radicalizando desde el gobierno, pero que ya le rondaba la cabeza

desde su juventud. Ésta es también una tesis que hace suya el ex presidente boliviano Jorge Quiroga, para quien Chávez es un astuto estratega que, detrás de sus extremos histriónicos, va edificando sin prisa ni pausa y a golpes de chequera -de petrochequera- un imperio continental estatista, totalitario y caudillista. Este proyecto, dice Krauze, aunque se promueve a sí mismo con una retórica revolucionaria y marxista, tiene, por su componente

militarista, vertical y sobre todo el culto irracional del héroe, una entraña fascista, y su semejanza mayor, en América Latina, son Perón y el

peronismo.

Uno de los aspectos más interesantes de la investigación de Krauze es mostrar la influencia que ejerció sobre Chávez un pintoresco personaje de

híbrido prontuario, Norberto Ceresole, peronista, profesor de la Escuela Superior de Guerra en la URSS, representante de Hezbolá en España, antisemita y neonazi militante, autor de libros de geopolítica que negaban el

Holocausto. Luego de haber estado vinculado a la dictadura militar de izquierda del general Velasco Alvarado en el Perú, Ceresole se convirtió en asesor y panegirista del comandante Chávez, a quien acompañó en sus giras

por el interior de Venezuela.

El poder y el delirio es un libro muy ameno, compuesto de ensayo histórico, reportaje periodístico, documento de actualidad y análisis político. Traza un

animado fresco del pasado inmediato venezolano, donde encuentra las raíces secretas de la crisis que abrió a Chávez las puertas del poder en el deterioro, despilfarro y corrupción en que degeneró una democracia que, a

la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, y con el Gobierno de Rómulo

(5)

Betancourt había abierto un período, ejemplar en ese momento

latinoamericano, de libertades públicas, fortalecimiento de las instituciones civiles y de la legalidad, a la vez que de intensa preocupación social.

Con justicia, Krauze llama a Betancourt "la figura democrática más importante del siglo XX en América Latina", pues no sólo impulsó la libertad

en su país sino luchó sin desmayo contra todas las dictaduras, de Trujillo a Fidel Castro, que mantenían al continente en el atraso y la barbarie. Si la

llamada "doctrina Betancourt" que quería comprometer a todos los gobiernos democráticos del continente a romper relaciones y a acosar diplomáticamente a todo régimen de facto hubiera prosperado, otra sería la

suerte política de América Latina en la actualidad. Por eso fue atacado con ferocidad sin igual por los dos extremos y se salvó de milagro de los varios

atentados contra su vida. Krauze tiene razón: Rómulo Betancourt fue un demócrata cabal, un estadista honrado y lúcido, y si todos los gobernantes

que lo sucedieron hubieran seguido su ejemplo jamás hubiera surgido en Venezuela un fenómeno como el de Chávez. Por desgracia no fue así y, al

igual que en otras democracias latinoamericanas, la ineficiencia y la corrupción que vinieron después hicieron que grandes sectores sociales,

frustrados en sus anhelos, se dejaran seducir por los cantos de sirena revolucionarios. Y, ahora, mientras luchan por recuperar la democracia que perdieron, aprenden (¿aprenden, de verdad?) que el sacrificio de la libertad

es siempre inútil, pues los hombres fuertes y caudillos acarrean siempre peores males que los que pretenden remediar.

En los animados diálogos y mesas redondas y entrevistas con intelectuales venezolanos de distintas tendencias que acompañan el ensayo de Krauze, se

despliega toda la complejidad de la situación actual en Venezuela, y queda claro que hay criterios muy diversos entre los análisis que hacen distintas figuras de la oposición, de un Teodoro Petkoff a un Germán Carrera Damas o

a un Simón Alberto Consalvi, para explicar el fenómeno Chávez. Pero lo que surge de todo ese rico material polémico es algo que resulta muy alentador:

lo más graneado y sólido de la intelectualidad venezolana, sea de izquierda, de centro o de derecha, milita en las filas de la oposición democrática al

régimen caudillista de Chávez y trabaja para impedir que el proyecto autoritario cancele los espacios de libertad que aún sobreviven. Y todos parecen coincidir en la convicción de que esa lucha por la libertad debe ser

pacífica, de ideas y principios, y electoral. Esta es la primera vez en la historia de América Latina en que un régimen "revolucionario" no ha conseguido reclutar a un solo artista, pensador o escritor de valía y más bien

se las ha arreglado para ponerlos a todos ellos en la oposición. Vale la pena

(6)

subrayarlo y celebrarlo porque lo cierto es que hasta ahora todas nuestras dictaduras, sobre todo si eran de izquierda, han tenido cortesanos

intelectuales, y a veces de alto nivel.

No es menos extraordinario que en la resistencia a Chávez militen, en la vanguardia, los estudiantes universitarios, en su gran mayoría, y sobre todo

los de las universidades públicas, es decir, los de origen social menos próspero. Enrique Krauze entrevista a varios de ellos y hace un perceptivo examen de las razones que han llevado a los jóvenes venezolanos a rechazar

la supuesta "revolución socialista del siglo XXI" y a movilizarse, en diciembre del año pasado, contra el intento del régimen de Chávez de legitimar su eternización en el poder mediante un plebiscito. La derrota que allí experimentó el régimen, por primera vez, es una fecha histórica, porque desde entonces ha cambiado la correlación de fuerzas, y ello ha quedado demostrado el pasado 23 de noviembre, con los resultados de las elecciones en las que la oposición conquistó los cinco Estados principales del país y un

gran número de alcaldías. No creo que sea wishful thinking predecir que desde ahora, y aunque ello tome tiempo, Venezuela dejará de retroceder hacia el autoritarismo pleno y avanzará de nuevo hacia una democracia renovada, enriquecida por la experiencia y vacunada contra los errores que

engendraron la anomalía de la que ahora trata de emanciparse.

Hoy en Latinoamérica se confunde la Patria con el gobierno. Por ejemplo, todo lo que el gobierno ecuatoriano actual hace va adornado con la frase "La

Patria ya es de todos". Pero las consecuencias de confundir la patria con el gobierno y de anteponer los intereses de la patria a los intereses personales

podrían ser terribles y no solo limitadas a la perversión del lenguaje. Se habla mucho de la soberanía de la patria, pero muy poco de la soberanía individual que es la que importa y está profundamente en conflicto con la

Patria soberanísima del siglo XXI.

En El poder y el delirio (Tusquets, 2008), el historiador mexicano Enrique Krauze dice que "Chávez ha asumido frente a la oposición una actitud que

recuerda a la Contrarreforma: quienes disienten son ´escuálidos´,

´pitiyanquis´, ´traidores a la patria´, ´vendepatrias´". Incluso dice que el chavismo tiene sus "tribunales de inquisición" en el programa de televisión

La Hojilla (con el inquisidor Mario Silva) y sitios de Internet como

(7)

aporrea.org. En Ecuador el presidente lanza sus dardos a la oposición en su cadena radial de los sábados. Además, dice Krauze que cuando Chávez se refiere "al pueblo" solo se refiere a una parte de este (la que comulga con él).

Lo interesante es que, sin advertirlo, el autor mexicano estaba haciendo eco de una idea que el filósofo político argentino Juan Bautista Alberdi expresó en su texto clásico "La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad

individual" en 1880. Alberdi dice ahí que los latinoamericanos, a diferencia de las naciones de Europa Occidental y EE.UU, habíamos heredado la concepción griega y romana de la Patria: "era una institución de origen y carácter religioso y santo . . . El hombre individual se debía todo entero a la

Patria; le debía su alma, su persona, su voluntad, su fortuna, su vida, su familia, su honor". Y es por eso que, dice Alberdi, "los antiguos no conocían,

pues, ni la libertad de la vida privada, ni la libertad de educación, ni la libertad religiosa".

Esta concepción tan antigua de la Patria contribuye a que en países como Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela los escándalos, de corrupción, por

ejemplo, no afecten la popularidad o credibilidad del líder. Dice Krauze que de toda mancha que pueda haber en el gobierno chavista se infiere que "él

(Chávez) no sabe, él no es responsable, él pondría remedios, él es una víctima". Eso explica por qué a pesar del terrible desempeño económico y el

caos social que suelen generar estos líderes siguen ganando elecciones.

Pero la historia latinoamericana demuestra que eventualmente el pueblo se cansa.

El caudillismo o populismo tiene raíces profundas en América Latina porque, explica Alberdi, nuestros libertadores como Bolívar, O´Higgins, San Martín, habiendo estudiado en España y comprendido a la Patria y a la libertad "a la

española", solo libraron a los estados latinoamericanos de España y no a sus individuos del Estado.

Nada de esto lo digo por fomentar el "anti-patriotismo", sino por promover un patriotismo distinto y no reñido con las libertades individuales, aquel que

considera al individuo un valioso contribuyente, libre y responsable, al progreso del país.

(8)

Referencias

Documento similar