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Febrero 2020, Montevideo, Uruguay.
“Cuando deseas algo, todo el universo conspira para ayudarte a conseguirlo, porque el amor, el verdadero amor, es la puerta de entrada al placentero camino hacia la felicidad.”
Aparicio Saravia
Datos del autor
Darío Caraballo nació el 22 de Mayo de 1954 en Malabo, Guinea Ecuatorial. Es escritor, Licenciado en Orinoterapia y Pastor Evangelista Pentecostal. Gracias a esos conocimientos actualmente se desempeña como Ministro de Derechos Humanos en la República Democrática Popular de Corea (Norte). Además es editor de El París Digital.
Publicó los libros: Ábacos (2010), Medio cuerpo en el barro (2014), Curco Vein no se mató (prefirió esperar el tren) (2016), Stalin era una
muñeca inflable (2017), Algo traman las palomas (2017) y Biografía exhaustiva de gente que no existió (2019).
Agradecimientos:
Muchas gracias.
Notas preliminares:
Los Canguros son sujetos peligrosos es la tercera y última parte de la trilogía comenzada por Stalin era una muñeca inflable y continuada en Algo traman las palomas. Si bien los primeros dos libros pueden leerse de forma
independiente, en la presente edición fueron incluidos como “parte uno” y
“parte dos” para dar contexto a la historia, de modo que si usted desea leer únicamente la tercera parte porque su memoria es espléndida puede ir directamente a la “parte tres”. En caso contrario, podrá leer los tres libros en uno.
“Y el tiempo escurrió y sus ojos se le llenaron de amaneceres y del mar se enamoró y su cuerpo se enraizó en el muelle. Sola, sola en el olvido, sola, sola con su espíritu, sola, con su amor, el Mar. Sola, en el muelle de San Blás.”
Joseph Stalin
Parte uno:
Stalin era una
muñeca inflable
1
Me desperté abrazado a una muñeca inflable con la cara de Joseph Stalin.
Primero, naturalmente, adjudiqué todo a no haberme despertado por completo;
con el paso de los minutos –en los que no dejé de abrazar al dictador muñeca inflable- me di cuenta que no estaba soñando.
Lentamente hice la muñeca dictador a un lado; era curioso que los bracitos de la muñeca me estuviesen abrazando y que fuera justamente eso lo que más
demoraba mi liberación; parecía no querer soltarse. La muñeca tenía una
bombacha blanca, grande, amplia y vieja. Y la cara de Stalin. No una máscara: la cara. Alguien habría diseñado una muñeca–y por qué no pensarlo, varias- con la cara del líder soviético ¿Habría un fetiche sexual con muñecas con la cara de Stalin tal que justificara su fabricación masiva?
Antes de levantarme de la cama, pero ya sin estar abrazando a la muñeca de Stalin, pensé en si era correcto o no llamarle “muñeca” siendo que tenía la cara de Stalin. El problema que se me presentaba para responder esa pregunta era que si bien la cara era claramente masculina, el cuerpo era de una muñeca. Con cierto disimulo –inexplicable, porque estaba solo en el cuarto- examiné sus partes pudendas y determiné que se trataba de una muñeca mujer, con cara de Stalin hombre. Esto, claro está, desde el punto de vista fisiológico.
Breve fue el tiempo que le dediqué a pensar si más allá de su apariencia de muñeca/mujer con cara de Stalin habría algo más, algo así como una identidad sexual de algún modo disociada del cuerpo símil femenino. Pronto me di cuenta de que la identidad de una muñeca no era un tema relevante. Allí pasé a las preguntas de carácter práctico y que debieron ser las primeras en venir a mi mente, como por ejemplo: ¿por qué estoy abrazado a una muñeca con la cara de Stalin?
A fuerza de ser honesto, el hecho de que tuviera la cara de Stalin era extraño, pero únicamente anecdótico; lo importante era resolver porqué estaba abrazado a una muñeca inflable. Traté de recordar qué había hecho la noche anterior pero nada me señalaba una muñeca inflable ni mucho menos una muñeca inflable con esa cara. Estaba claro: la noche anterior me había acostado tarde, había comido guiso, había leído un poquito y me había acostado a dormir como siempre. No había consumido drogas ni había tomado nada de alcohol, vivo solo y no había nadie en el lugar como para asumir que se tratase de una broma y no había muñecas inflables en la casa; al menos no de las que tuviera noticia.
De todos modos, de haber muñecas en mi casa, no explicaría tampoco que
amaneciera abrazado a una de ellas. También hay una caldera, tazas y café en mi casa y no por eso amanezco tomando café, o abrazado a una caldera.
Mientras trataba de levantarme de la cama –cosa que me costó a pesar del sobresalto de la sorpresa - miré de reojo a la muñeca con la cara de Stalin que había quedado boca arriba, con uno de los bracitos también hacia arriba, en una pose similar a la de una persona que está en el proceso de unirse a un trencito en una fiesta de casamiento, presto a tomar de la cintura a quien está delante con una mano primero para luego sumar la otra. Faltaba el vaso de whisky. Lo busqué, en vano.
La muñeca tenía dos tetas pequeñas y redondeadas, con pezones puntiagudos rojizos que mostraban la misma firmeza y la misma visión de estadista
determinado a hacer triunfar al socialismo real que mostraba la cara de Joseph.
Mientras miraba esa imagen y pensaba en todo eso, sonó el teléfono.
Me levanté de golpe y un poco enredado en uno de los cables de un alargue que tengo cerca de la cama, respondí.
Era un amigo. Me contaba a las risas que había despertado en su cama abrazado a una muñeca inflable con la cara de Gandhi y que no entendía nada. Que se había acostado mamado y que la noche anterior de seguro fue genial y que no se acordaba de nada y no paraba de decir “y” tal cual yo estoy haciendo ahora y que quería saber si yo había tenido algo que ver con esa joda porque era muy de mí hacer ese tipo de gracias. Cuando le dije que no tenía nada que ver y que yo de hecho compartía su desconcierto porque había amanecido abrazado a otra figura histórica, tal vez no tan abocada a la paz, pero sí una figura histórica reconocible, soltó carcajadas por un buen rato; pensaba que esto que yo le decía era una continuación de mi broma y que eso venía a confirmar que yo había colocado la muñeca inflable con cara de Gandhi en su cama. No logré
convencerlo de que eso no había sido así. Colgó no sin antes fingir enojo y mostrarse para nada convencido por mis explicaciones. Luego, supongo, sí se convenció. Seguramente del mismo modo en que yo me enteré de la magnitud de lo sucedido: entrando a Facebook.
Esa mañana no había una sola persona de mis contactos que no hubiese subido una foto, escrito un estado o comentado un estado ajeno relacionado al modo en que amanecieron abrazados a muñecas inflables. Esto ocurría tanto con
hombres como con mujeres. Quedé estupefacto. Todo el mundo lo estaba. O al menos todos con quienes tuve contacto, virtual, en este caso. Lo que
particularmente me llamó la atención fue que los portales de diarios y otras publicaciones informativas del exterior se habían hecho eco de esta noticia y la repetían hasta el hartazgo. Había ya memes de muñecas inflables con caras de políticos desconocidos para esta región, o personas que supuestamente habían amanecido también abrazadas a famosos, situación que a los extranjeros parecía resultarles muy graciosa. Lo concreto era que a quienes efectivamente
amanecimos abrazados a una muñeca inflable con cara de persona –muerta, en todos los casos- no nos parecía tan gracioso.
2
Prendí la radio y desde allí decían que este “peculiar suceso” había ocurrido en todas partes del país. No pasaron más de cinco minutos antes de que el celular volviera a sonar. Esta vez tenía claro de dónde venía la llamada.
-Hola.
-Detective, lo necesitamos en la oficina del ministro lo antes posible.
-Me lo suponía. Ya salgo para ahí.
-No hay necesidad de que lo haga. El detective Correa está yendo hacia su casa a traerlo para acá.
-Bien ¿Algo más que necesite saber?
-Negativo señor. Que pase un buen día.
-Usted también.
Me pareció raro que no fuera esa la primera llamada del día pero ahora que la había recibido tenía que desayunar de apuro porque aguantarme una jornada
entera sin tomar antes un café y sin llenar mi estómago con algo era una idea pésima. Además no tenía claro cuánto tiempo antes de la llamada había salido el detective Correa a buscarme, así que no tenía que perder mucho tiempo.
Puse en funcionamiento la cafetera y me pareció que era una buena idea recibir al detective Correa con una taza para él, así que dejé dos sobre la mesa. Senté a Joseph – entré en confianza con la muñeca inflable y pasé a llamarle así- en uno de los lugares de mi sillón y dejé uno libre para Correa. Yo me senté en una silla frente al sillón; tenía más lejos otra silla por si el detective venía con su propia muñeca inflable con la cara de vaya a saber qué persona famosa muerta.
No pasaron más de dos minutos cuando sonó la puerta de mi apartamento. Era Correa. Justo a tiempo para tomar el café.
-Buenos días Correa. Adelante.
-No tenemos tiempo que perder.
-Lo sé, pero no nos vamos a mover de acá sin tomar un café y ponernos al tanto de qué es lo que sabemos que ha sucedido.
Correa aceptó, cosa que me causó sorpresa. No suele ceder ante este tipo de propuestas que enlentecen nuestras investigaciones y para colmo involucran conversar conmigo. Me miró con cierto recelo cuando se dio cuenta de la
disposición del lugar que quedaba libre: él debería sentarse al lado de la muñeca inflable.
-Se llama Joseph, Correa. Sentate. No tengas miedo.
-No tengo miedo. Es nada más que me parece inapropiado que la siente como si se tratara de un ser humano.
-Joseph es casi un ser humano para mí- le dije, mirándolo a los ojos.
-¿Joseph?
-Se llama Joseph. Por Stalin. Porque no sé si ves que tiene la cara de Stalin- le respondí. Correa asintió. Luego continué:
-¿Vos viniste solo?
-No puedo permitir que me sigan, detective. Es procedimiento a, b, c. – respondió Correa, fingiéndose ofendido.
-¿Y por qué no trajiste a tu muñeca? ¿Quién te tocó?
-Luis XVI.
-Pero la cabeza estaba… ¿Unida al cuerpo?
-Sí.
-Pero en realidad…
-Se ve que consideraron hacer una muñeca con la cara de Luis XVI antes de los eventos de 1793.
Me puse de pie y me serví una taza de café.
-¿Querés un café, Correa?
-Prefiero un té- me dijo, mirando de reojo el bigote de Joseph.
-No tengo té, Correa.
-Entonces prefiero no tomar nada- respondió, ahora ya tocando con su índice el bigote.
-Pero mirá que el café es rico. Le pongo más azúcar si te gusta dulce.
-Prefiero no tomar bebidas con color de razas inferiores. No olvide que yo soy racista. Muy racista – me respondió Correa, ahora abandonando el bigote de la muñeca inflable para investigar más en su ropa interior.
Empecé a tomar mi café lentamente y comimos unas galletitas con miel, que si bien tenían el color de las razas de la India, al parecer no le parecían al detective Correa tan inferiores como los negros. Polémico.
-¿Qué te parece a vos que está pasando?- pregunté, dando un trago al café.
- Por lo que oí, es un fenómeno que se está dando en todo el país y en ninguna otra parte, pero no sé más que eso. No tengo idea de qué puede estar pasando.
Obviamente nunca antes pasó algo así. ¿Una broma de mal gusto por parte de alguna agencia de publicidad que quiera hacer una campaña de expectativa masiva? –dijo Correa. Luego se limpió un poco de miel que le caía por la comisura de los labios.
-Eso no lo había pensado. Es buena Correa. Igual bruta inversión ¿no?
-No es más que una especulación, detective- me dijo Correa, ya un poco más impaciente por la escasa frecuencia con la que tomaba café y la cada vez mayor frecuencia con la que conversaba.
Su mirada, no tanto por intimidatoria sino por justa, me hizo acelerar y terminar el café más rápido.
No más de tres minutos después, estábamos subiendo al auto de Correa.
Durante el camino hacia el ministerio casi no conversamos porque mi interlocutor no estaba demasiado dispuesto; haber desayunado juntos, incluyendo entre los comensales a una muñeca inflable con la cara de Stalin sentada en un sillón, había sido mucho más de lo que alguna vez me hubiera imaginado. Si bien no conversábamos, íbamos escuchando la radio. En el programa que estaban emitiendo se hablaba naturalmente del suceso de las muñecas, sacaban llamadas al aire con testimonios de personas contando sus historias, comentaban la relación que encontraban entre el personaje cuya cara tenía la muñeca inflable junto a la que despertaron y sí mismos, en plan
“búsqueda de un mensaje”; también se abrían los micrófonos a todo tipo de teoría que se les ocurriera a los oyentes, pero esa opción no tuvo mucho éxito:
nadie sabía qué podía ser. Algún jugado hizo un chiste, pero no fue ni muy celebrado ni aportó nada. Lo que sí hubo y, a mi criterio, desmedidamente, fueron reclamos e indignación. Que el gobierno no hace nada, que la policía es inepta, que tal ministro debe renunciar de inmediato, que cómo puede ser, que se han perdido los valores, que esto no es como era antes, que en un país serio esto no pasa, que somos el hazmerreír del mundo… Y cosas así. Nada relevante.
Correa terminó apagando la radio pero la volvió a prender cuando se dio cuenta que ni bien hubo silencio yo intenté empezar una conversación.
Un rato después ya estábamos en la oficina del ministro, sin el ministro, que estaba en China, en viaje diplomático. El licenciado Pina, asesor de perfiles psicológicos con el que habitualmente trabajamos, ya se encontraba en la oficina. Si bien el ministro no estaba, su secretaria nos leyó un correo
electrónico en el que designaba a Correa, a Pina y a mí para llevar adelante la investigación y nos indicaba que podíamos hacer uso de todas las unidades y todos los recursos con los que contaba el Estado.
-Empecemos por instaurar restaurantes, hospitales, escuelas y esas cosas pero exclusivos para gente de razas que no sean la nuestra, así evitamos estar cerca- dijo Pina, en clara referencia a las tendencias racistas de Correa. Éste, que no gustaba mucho del sentido del humor propio ni ajeno, lo llamó al orden:
-Pina, lo llamo al orden. Ubíquese. Estamos trabajando en algo serio. En algo sin precedentes.
-Correa, usted debe de ser así de mandón en la cama también. Lo veo en su conducta- afirmó Pina, sin poder ni querer disimular su sonrisa.
Pina es un excelente asesor. Su única…Extravagancia, por decirlo de alguna manera, es que tiene una tendencia a asociar todo lo que sucede, todo lo que se dice, todo lo que se hace, con el sexo. Algo propio de los psicoanalistas, se podrá maliciosamente sugerir. Eso lo decís porque te querés acostar con tu mamá, nos respondería el licenciado.
Este tipo de respuestas y planteos son bastante habituales. Casi podría decir que son parte de su forma de encarar las investigaciones. Recuerdo el caso de un pediatra al que le habían secuestrado la esposa para pedir rescate, en el que el Licenciado Pina tuvo la buena idea de explayarse sobre su hipótesis de que los veterinarios estudiaban veterinaria porque amaban a los animales del mismo modo que los pediatras estudiaban esa especialización porque amaban a los niños, en el sentido de que eran pedófilos reprimidos, lo que le parecía bien en su opinión, en el entendido de que es mejor ser pedófilo reprimido que pedófilo practicante. El médico se quejó y amenazó con demandar. Nos quitaron del caso, naturalmente. Tanto así como la comisión. Y la confianza del, en aquel entonces, ministro. Ahora queda como una anécdota divertida.
-Lo que sí es imprescindible – interrumpió mis pensamientos la secretaria del ministro, leyendo el párrafo final del correo- es que traten de mantener a los medios lo más alejados posible para poder avanzar con mayor celeridad y mayor eficiencia en la investigación. Ya bastante sensacionalista es la situación en sí como para sumarle inventos de la prensa.
Todos nos mostramos de acuerdo.
3
Media hora después ya estábamos en la sala de reuniones generales. La gente del sistema de vigilancia virtual había encontrado indicios de actividades sospechosas en las redes sociales. Al parecer tres jóvenes se estaban haciendo responsables del hecho de acuerdo a lo que podían ver en las conversaciones intervenidas. Lo que restaba hacer, una vez vistas las evidencias de estas charlas, era detenerlos y comenzar las indagaciones para averiguar si eran efectivamente los responsables y, en ese caso, descubrir cuáles eran sus motivaciones.
Un rato más tarde recibimos al inspector Olazábal quien nos indicó las identidades de los tres presuntos responsables y con nuestro visto bueno se iniciaron las búsquedas. Entre tanto el inspector nos repartió a cada uno de los investigadores las conversaciones completas de los sospechosos; nos indicó que era el registro correspondiente a los últimos seis meses. Era una cantidad intimidante de papel. Y según nos decía, no todas las conversaciones estaban directamente relacionadas con el caso, pero sí que nos podían dar una visión general de su manera de pensar y proceder de los sospechosos. Esto lo dijo mirando al licenciado Pina, quien ya estaba mirando las carpetas con bastante interés. Yo hice lo mismo. Tomé una conversación al azar y comencé a leer. Se trataba de dos de los tres sospechosos chateando entre sí:
-Hola
-Hola, ¿todo bien?
-Bien, ¿y vos?
-Bien, bien. Por suerte. Vos todo bien entonces.
-Sí, lo más bien. Bueno… “Lo más bien”, siempre hay alguna cosita por la que preocuparse, ¿no?
-Y sí. Sino qué gracia tendría ¿no?
-Claro.
-Sí.
-¿Los tuyos?
-Bien también, andan en la de ellos. No los veo tanto como antes, pero es un poco normal eso ¿Los tuyos?
-Bien, con algunas nanas, pero bien.
-Salado.
-Sí, es lo que tienen los años.
-Sí, pero ni tanto. ¿Cuántos años tienen?
-¿Quiénes?
-Los tuyos.
-¿Cuáles?
-Los que tienen nanas.
-Ah. Ja. No, fue una forma de decir.
-Pero qué ¿no tienen años?
-Tienen sí. ¿Qué te pasa? Obvio que tienen.
-Ta ¿y cuántos tienen?
-¿Por qué preguntás?
-Porque me da curiosidad.
-Están pasados los cincuenta.
-¿Todos?
-No, mi hermana no.
-¿Y ella también tiene nanas?
-¿Por qué de pronto estás haciendo preguntas sobre mi hermana?
-No hice preguntas sobre tu hermana. Nada más hice una: pregunté si tenía nanas.
-Es una pregunta con demasiada carga sexual para mi gusto.
-¿Carga sexual?
-Sí.
-¿No será que estás proyectando vos y que cada cosa que alguien dice de tu hermana te parece sexual porque le tenés ganas?
-¡Pará!
-Ja, lo sabía.
-¿”Lo sabía” qué, pelotudo? Bajá un cambio.
-Bajo sí, pero quiero que sepas que le tenés ganas a tu hermana.
-Mejor dejemos de hablar de mi hermana.
-Mejor sí.
-¿Has visto a los gurises?
-¿Vos sabés que no?
-Ah.
-¿Vos has visto a alguien?
-¿De los gurises?
-Sí. De los gurises.
-Ah. No. Ahora que pienso no.
-Salado.
-A la que sí vi fue a la Nadia.
-La Nadia.
-Sí, la Nadia.
-Cómo está eh.
-¿Vos sabés que la vi y está medio desmejorada, no?
-Andá.
-Sí.
-¿Por qué decís?
-¿Por qué pienso que está desmejorada o por qué lo digo?
-Las dos cosas.
-Pero tenés claro que no son lo mismo.
-Ta, no son lo mismo. ¿Me respondés ahora?
-No me trates como a los locos.
-No tengo experiencia alguna tratando personas con invalidez mental.
-¿Y?
“-Y” que no sabría cómo tratar a un loco. No te preocupes.
-¡Al contrario gil! ¡Ahora me preocupé! No estaba preocupado hasta recién que me preocupaste.
-¿Qué te pasa?
-Pasa que me tratás como a los locos sin tener ni el menor fundamento teórico ni la menor experiencia práctica en el manejo de personas en mi condición.
-Vos no estás loco.
-¿No sabés tratar locos pero sabés diagnosticar? Sacamela un poquito.
-Estás re agresivo.
-No fui yo el que empezó a decir que no tiene ni la menor idea de cómo tratar a un loco y sin embargo no vaciló en tratarme a mí mismo de loco.
Irresponsable.
-Ajá.
-¿Ajá qué? Pelotudo.
-Estás re agresivo en serio. ¿Seguro que está todo bien en tu casa?
-Antes de meterte en mi vida, pensalo bien. Porque mirá que lo que va, como va, viene.
-¿De qué hablás?
-Hacete el gil sí.
-No me hago el gil. ¿Qué es lo que “como va, viene”?
-Las cosas. Las intenciones, las cosas que deseás. Todo.
-Bueno, bueno, pará. Dijiste mucho ahí en esa oración. Explicá. Las cosas, las intenciones, las cosas que deseás, todo…Decidite. No entiendo. Dijiste mucha cosa junta.
-Ah, sí, yo digo pila de cosas juntas. Mi cerebro funciona así. Es raro. A veces quiero decir una cosa y me sale otra pegada, como junta ¿viste?
-Ajá.
-¿Ajá qué? Te estoy hablando en serio.
-No lo dudo.
-¿Por qué ibas a dudarlo?
-No lo dudo.
-Sí, ya me dijiste eso. ¿Ves? Ahora empiezo a pensar en que en realidad vos dudás. Sino no me lo reafirmarías tanto.
-Mirá, yo dudo, no de vos, sino de las cosas, de todo en definitiva.
-¿Y yo no entro en ese “todo”?
-No sé. Sí.
-Entonces dudás de mí.
-Bueno, visto de esa manera, sí.
-Salado. Dudás de mí.
-Pero pará.
-No, no. Todo bien boludo. Si es normal dudar. Lo que veo que estás re paranoico, dudando de todo, de las cosas, de todo. Es re de perseguido eso.
Tenés que tener cuidado.
-¿Te parece que a alguien supuestamente paranoico el mejor consejo para darle es “que tenga cuidado”? Es lo peor que le podés decir.
-¿Por qué?
-Porque se re persigue. Va a empezar a pensar de qué cosas tiene que cuidarse y por qué, y cómo. Antes no pensaba en eso.
-¿De quién hablamos exactamente?
-De un paranoico.
-De un paranoico.
-Sí.
-Pero el consejo de tener cuidado por ser paranoico te lo di yo a vos. Como paranoico sos espantoso. No te sabés ni perseguir bien.
-A lo mejor no soy paranoico y sos espantoso vos dando diagnósticos.
-A lo mejor.
-¿Y si es una posibilidad por qué das diagnósticos así, a la ligera?
-No doy diagnósticos. Vos asumís que son eso. Yo nada más te dije ahí unas cosas que ya ni me acuerdo.
-Qué memoria frágil cuando te conviene.
-¿Qué sabés si me conviene?
-¿Vos sabés?
-¿Lo qué?
-Lo que te conviene.
-¿Me estás amenazando?
-Te perseguís.
-¿Eso es un diagnóstico?
-No. Es lo que veo.
-¿Y no es eso un diagnóstico?
-No necesariamente. Ponele, ahí, por ejemplo, veo mi zapato. Eso no es un diagnóstico. Es una afirmación: veo mi zapato.
-Es un diagnóstico. Ves tu zapato, tenés contacto con la realidad y no sólo eso, reconocés como tuyo el zapato y –esto se deriva- también el pie que está dentro. Te estás diagnosticando, apresuradamente, debo admitir, cuerdo.
-Vos partís en ese razonamiento, por así llamarle, de la existencia de la realidad.
-¿Vos no?
-Eso es irrelevante. Importa en tu ejemplo tu perspectiva, no la mía.
-¿Y cómo vas a hacer que tu perspectiva no forme parte de esto? Tu creencia o no en la existencia de la realidad es muy relevante porque vos vas a percibir todo desde ese punto; ese es el punto de partida.
-Ese es el que vos creés es el punto de partida. Pero no lo sabés.
-¿Y vos sí?
-No dije que lo supiera.
-Tampoco dijiste que no.
-No sé si existe la realidad. Pero parto de su existencia para poder conversar contigo y no volverme loco.
-Me dejás sorprendido. Porque entiendo entonces que si no partieras de la aceptación de la existencia de la realidad (esta realidad) te volverías loco. O existiría la chance. Eso es… Loco. Digo, en el peor de los sentidos.
-Pará. ¿A qué te referís con “esta realidad”?
-¿Eh?
-Antes, dijiste “si no partieras de la aceptación de la existencia de la realidad (esta realidad) te volverías loco” ¿Concebís la posibilidad de múltiples
realidades? Porque en ese caso tu respuesta es incompleta. Tendrías que
asumir la existencia de otra realidad. De todas las que pudieran existir. Asumo también, para no volvernos locos.
-¿Volvernos?
-Bueno, volverte, volverme.
-No estoy seguro si me involucrás a mí o te involucrás a vos en algo que no te incumbe.
-Pero si asumís que existe la realidad, o las realidades, lo asumís también para los demás. O sea que también para mí.
-Me parece que a veces hablás con cierta liviandad.
-¿Liviandad?
-Sí, liviandad. Yo también, no me engaño con eso. Yo también. Digo, damos diagnósticos psicológicos sin mucha formación, por ejemplo.
-Ah, entiendo ahora. Sí. Bueno, “mucha formación”…Ninguna formación.
-Claro.
-Claro.
-Y eso me parece mal.
-Eso te parece que es liviano.
-No sé si liviano. Me parece que hablamos con liviandad.
-Bueno, yo qué sé.
-Yo creo que sí.
-Capaz. Pero no sé si liviandad.
-¿No?
-No sé. Ponele, opinar con liviandad sería decir “el nazismo no fue tan malo”
-Bueno…
-Bueno qué.
-“Bueno”, que no sé si eso está del todo mal.
-¿La liviandad?
-No. Bueno, eso también. No sé. Digo que no sé si está tan mal eso de decir que el nazismo no fue tan malo.
-Eh…
-El nazismo no fue tan malo.
-Ah, ahora lo afirmás así nomás.
-Sin liviandad.
-Con mucha liviandad.
-¿Y cómo sabés?
-Bueno, no empieces.
-Te explico, mirá. ¿Vos qué preferís, el nazismo, que mató sistemáticamente a millones de personas, o una plaga que mate a toda la humanidad?
-Bueno, qué gracia.
-¿Qué gracia qué?
-Que es una comparación exagerada.
-No es una comparación. Te presento una disyuntiva. Decime, ¿no preferís que quede alguien vivo a que no quede nadie vivo? Yo prefiero el nazismo a la
extinción de la especie, no sé vos. El nazismo no fue tan malo como puede serlo una plaga que nos mate a todos.
-El nazismo fue. Esa plaga no. Ahí está la diferencia.
-¿En dónde?
-Es un poco como la droga.
-¿El nazismo?
-No, el tema del mal menor. Reducción de daño. El nazismo fue malo, pero no tanto como lo sería una plaga que nos mate a todos. ¿Sacás?
-Saco sí. Pero me parece que es un poco engañosa tu comparación, porque a fin de cuentas el nazismo sucedió, mató a esas personas; la plaga de la que hablás es hipotética. No ha pasado.
-Hubo plagas.
-Ninguna que matara a toda la humanidad.
-Bueno, eso es lo que te han hecho creer.
-¿Quiénes?
-Ellos.
-Bueno. Volvió la paranoia.
-Y volvieron los diagnósticos livianos.
-Con liviandad, en todo caso. Pero volvieron los diagnósticos porque volvió la paranoia.
-Ah, claro, ahora es mi culpa.
Detuve la lectura, no sólo porque ya estaba totalmente confundido sobre el tema del que hablaban, sino también porque entró nuevamente Olazábal con dos de sus oficiales con cara victoriosa.
Al parecer fue bastante sencillo ubicar a los tres muchachos. Poco tiempo después los teníamos en la sala de interrogatorios.
4
-No parecen ser culpables- dijo el detective Correa, sin siquiera haber entrado a la sala.
-No se apresure, Correa; el hecho de que no sean negros no garantiza que no sean culpables- objetó Pina.
-En esta ocasión no lo decía por eso, licenciado; es que no me cierra que tres jovencitos de no más de veinte años, con charlas como las que hemos leído, tengan la capacidad de distribuir más de tres millones de muñecas inflables. En todo caso serán cómplices, o trabajarán para alguien- respondió el detective Correa.
Los tres jóvenes estaban bastante nerviosos. Primero que nada, estaban profundamente desconcertados por todo nuestro operativo y principalmente porque fueran tres las personas que los iban a interrogar. Al menos eso les escuché susurrar a dos de ellos.
En este tipo de interrogatorios generalmente soy yo quien realiza la mayor cantidad de preguntas haciendo de “policía bueno” mientras que el detective Correa suele ser el “detective malo”; el licenciado Pina en cambio opta más bien p por observar con atención el lenguaje corporal y los posibles indicios que obtenga de acuerdo a lo que responden los investigados; para eso se vale de anotaciones en su libretita que le permiten participar esporádicamente del interrogatorio para señalar algo. Sin embargo, esta vez, la cosa no fue así. Fue el licenciado Pina quien comenzó el interrogatorio.
-Muchachos, cuéntenme cuál fue su último sueño.
-¿El último sueño?- respondió uno de los interrogados, visiblemente sorprendido.
Yo estaba igual de sorprendido que él. Correa estaba a punto de objetar el proceder del licenciado, pero se contuvo.
-Sí, lo último que soñaron. Vos, por ejemplo. ¿Cuál es el último sueño que recordás y cuándo fue?- dijo el licenciado, señalando al que había hablado.
-Eh…No sé, no me acuerdo bien. Me parece que no sueño yo.
-Qué conveniente- puntualizó Pina golpeando su libretita con la lapicera;- ¿y ustedes dos? Cuanto más colaboren más fácil les será esto…
Uno de los muchachos se mostró más dispuesto a hablar.
-Yo soñé anoche.
-Bien. Contame tu sueño- dijo el licenciado Pina. Luego mordió la punta de la lapicera, satisfecho. El detective Correa me miró como esperando a que interviniera y terminara con la situación. No lo hice; confío en el licenciado y además siempre me interesó el tema de los sueños. Me dio curiosidad.
-Bueno…Soñé que iba en un tren. Era maquinista del tren. O bueno, no, no era maquinista, pero estaba así como adelante, en la parte de adelante, en la cabina.
O como se llame esa parte. Estaba solo. En un momento miraba para atrás y veía todos los vagones; y allá atrás, en el último, estaba mi padre, saludándome con la mano. Se podía ver por adentro de los vagones, porque tenían ventanas y allá a lo lejos estaba mi viejo.
-¿Nos llamaron para hablar de nuestros sueños?- protestó el que aún no había hablado.
-Sí. Primeramente sí- respondió Pina, desestimando la protesta;- ¿y qué pasaba después en el sueño? – insistió el licenciado, mirando a quien venía relatando.
-Y bueno, después de ver a mi padre allá en el fondo de la fila larga de vagones que tenía atrás, empecé a sentir un ruido raro, como de un derrumbe, pero resultó ser que algo blanco se venía desde el fondo del tren, vagón por vagón, hacia la cabina. Iba cubriendo todo. Tenía algo de espuma, pero más que nada era líquido denso. Eso blanco era al final leche. La cabina donde yo estaba se empezaba a llenar de leche y parecía que me iba a ahogar. Ahí me desperté.
-Gracias- dijo Pina;- todo suyo, detective Correa.
Hubo un silencio incómodo. Correa demoró en empezar a preguntar. Mientras tanto el licenciado Pina escribía unas cosas en su libreta y me la pasaba por debajo de la mesa. La leí.
Sodomita. Este pibe es puto. Quiere que su papá se lo coja por atrás. Lo que separa la cabina del tren de su papá es una larga fila de vagones – que
simbolizan el pene del papá- y poco tengo que decirte de lo que dijo de la leche.
Traté de no reírme, pero no lo logré. Nadie, excepto el detective Correa, lo notó.
Entretanto Correa seguía preguntando cosas. Me debo haber distraído
demasiado tiempo porque cuando presté atención nuevamente el interrogatorio estaba transcurriendo por carriles que usualmente trato de anticipar y evitar.
-Entonces ninguno de ustedes tiene sangre judía o gitana- decía el detective Correa.
-No- respondieron al unísono.
Ahí decidí intervenir.
-Más allá de sus razas y sus sueños ¿Qué saben del tema de las muñecas inflables?- pregunté, dejando al detective Correa con una pregunta sobre la opinión de los jóvenes en relación al mestizaje a medio terminar.
-No sabemos nada- respondió uno de ellos.
-No es lo que nos indica nuestro equipo de investigación- afirmé yo, mirándolos a los tres, de forma alternada. Dos de ellos bajaron la cabeza. El que no la bajó, fue quien siguió hablando.
-No es que no sepamos nada. Sabemos lo que saben todos. Sabemos que mucha gente amaneció con una muñeca inflable en la cama.
El licenciado Pina iba a hacer un comentario, pero el detective Correa lo detuvo con la mirada. Pina anotó algo en la libreta.
-¿Y cuál es vuestra relación con las muñecas inflables?- pregunté.
-Ninguna. Se lo juro- dijo uno de los que había bajado la mirada.
-No es eso lo que nos indican los reportes de nuestro equipo de investigación- insistí yo;- según pudimos ver con mis colegas, ustedes tres por separado, en conversaciones con terceros vía chat, en conversaciones entre ustedes vía chat y en publicaciones en redes sociales dijeron estar no sólo de acuerdo con el hecho sino que afirmaron ser los responsables. Incluso hablaron de un “siguiente paso” que sería “ponerles muñecos de torta con el pene erecto a las monjas de los seminarios”, según consta en el informe.
-¿Tienen algo que comentar los señores caucásicos?- agregó el detective Correa, con tono severo.
-Lo único que tengo para decir es que todo eso lo decíamos en joda. También decíamos muchas otras cosas, que si revisan nuestro historial de charlas y publicaciones, como veo que revisan, podrán encontrar con facilidad. Si nos van a culpar por todo lo que decimos que vamos a hacer o que hicimos, sería
ridículo.
-Eso lo tengo claro- interrumpí;- la diferencia entre las otras cosas que ustedes decían “estaría buenazo hacer”, según veo en los reportes, es que no sucedieron en el mundo real más allá de en sus cabecitas enfermas. Esto de las muñecas inflables con caras de personas muertas famosas, en cambio, sí sucedió. Se llevó a la práctica ¿Entienden la diferencia?
-Pero eso nosotros lo dijimos después. Fue distinto- protestó uno de los muchachos, tímidamente.
-¿Siempre hablás en ese tono tan bajo?- preguntó el licenciado Pina, con repentino interés.
-Sí.
-No se te escucha bien. El tono bajo se corresponde con personas que sufren depresión y también con personas con tendencias sumisas. Sodomitas. A homosexuales pasivos me refiero- dijo Pina, extendiéndome su libreta. En ella un apunte decía:
El de la derecha dijo “No es que no sepamos nada. Sabemos lo que saben todos.
Sabemos que mucha gente amaneció con una muñeca inflable en la cama”. El de la derecha le tiene ganas al del medio. Putos.
Escribí en la libretita y se la pasé al licenciado. Mientras tanto Correa se hizo cargo de seguir preguntando. En la libretita le respondí:
Concentrate. Nada indica que sean putos. Y no importa si son putos o no. No todo es sexo en la vida.
Correa mientras tanto les indicaba a los interrogados que los íbamos a mantener en custodia a la espera del reporte definitivo de nuestro equipo de investigación y que en todo caso los interrogaríamos en extenso luego. Mientras lo decía, no podía evitar mostrarnos una mueca de fastidio al ver que el licenciado Pina volvía a pasarme la libretita con otra cosa escrita:
“No todo es sexo en la vida” Oración que exhibe una negación hacia el sexo, una aproximación a la castidad y a la represión que puede estar emparentada con el masoquismo, pero que al incluir la palabra “vida” me da la idea más bien de impulsos suicidas. ¿Por qué no te acostás con alguien en vez de querer matarte? Aprovechá la muñeca inflable.
Sentí una mezcla de gracia y rabia al leer la nota. Le respondí:
Pero tiene la cara de Stalin la muñeca. No jodas. Ponete las pilas, Pina.
Los tres jóvenes fueron conducidos a un calabozo mientras el detective Correa, de pie, veía que el licenciado Pina escribía en su libretita algo con mucho entusiasmo y me la pasaba:
Si tan homofóbico sos, tapale la cara a la muñeca inflable con una almohada.
Mejor eso a que te termines matando ¿no?
Había agarrado la lapicera para responderle cuando Correa interrumpió:
-¿Los dos idiotas van a seguir escribiéndose notitas o vamos a ponernos a trabajar? Nos llaman de la oficina del ministro de nuevo.
Dejé la libreta en la mesa. Pina la agarró. Mientras me ponía de pie, escribió algo a las apuradas y me lo dio:
El detective Correa es tan mandón que deberíamos llamarlo “amo”. Hasta su apellido refiere a los fetiches de la dominación sexual. “Correa”.
5
Salimos de la sala de interrogatorios rumbo a la oficina del ministro. Su
secretaria nos pidió que aguardáramos unos minutos a que Olazábal llegara. Al parecer traía noticias.
Entre tanto, nos mantuvimos en silencio. Me incomodaba el silencio a fuerza de ser honesto, así que lo interrumpí.
-Pina, no te pregunté si amaneciste abrazado a una muñeca inflable hoy.
-No sería la primera vez- intervino Correa.
-Qué cómico que sos- repuso el licenciado Pina.
-¿No sería la primera vez que no se lo pregunto o no sería la primera vez que amanece abrazado a una muñeca inflable?- pregunté. El detective Correa atinó una respuesta pero el licenciado Pina interrumpió:
-Amanecí abrazado a una muchacha con cara de muchacha linda, que resulta estaba abrazada también a una muñeca inflable con cara de Sandra Bullock y además estaba abrazado yo a una muñeca inflable con cara de Eduardo Galeano.
-Sandra Bullock no está muerta- observó Correa.
-A lo mejor tendría cara de otra actriz parecida - respondió Pina.
Entre tanto Olazábal había entrado a la oficina. Venían con él dos oficiales más que se presentaron respetuosamente.
Las novedades que traían eran dos: los muchachos que teníamos en el calabozo y habíamos interrogado parecían ser nada más que bromistas que, de tomarlos como sospechosos, nos obligaría a tomar a la mitad de los usuarios de las redes sociales como tales. No se pudo encontrar ningún vínculo, ninguna prueba y ni siquiera ningún indicio de que estuvieran asociados de alguna manera a la aparición de las muñecas inflables.
-No son culpables- concluyó Correa, con la satisfacción de haberlo sabido desde el principio.
-Es lo que indica la evidencia- repuso el oficial Ortega.
La otra noticia que traían Ortega y sus colaboradores era la de una pista mucho más verosímil que relacionaba a un grupo de narcotraficantes brasileros que operaba en Minas y que había importado una cantidad millonaria de muñecas inflables para llenarlas de droga. Sobre los rostros de esas muñecas y sobre las motivaciones no se nos dieron detalles, es algo que según palabras del propio Olazábal “convendría averiguar en el lugar”. En consecuencia, el detective Correa, el licenciado Pina y yo, nos encaminamos a un viaje en auto hacia la ciudad de Minas. La policía de Lavalleja ya estaba enterada y nos estarían esperando.
No era el primer viaje que hacíamos juntos. No sé cuántos hicimos, pero
definitivamente no eran menos de diez. Y hablo de viajes largos, donde se pone a prueba la relación entre las personas a un punto tal que se puede decir que uno está conviviendo. En el caso del detective Correa, del licenciado Pina y de mí, la convivencia se lleva relativamente bien. Al menos esa es mi opinión, que al momento de estar por llegar a Minas no era compartida por el detective Correa.
-Amanecer abrazado a una muñeca inflable con la cara de Luis XVI es bastante jodido, Pina. Pero no tiene nada que ver con eso que usted dice.
-Correa, no seas gil. Estudié para esto. No te niegues al conocimiento- decía el licenciado.
-No. Repito e insisto: no tengo ganas de cortarme el pene por ningún tipo de frustración sexual ni de inseguridad ni por ningún deseo de ser mujer- dijo Correa, con tono enojado.
-Amaneciste abrazado a una muñeca con cara de un rey al que decapitaron. Le sacaron la cabeza, que generalmente se asocia al pene; al glande, más
precisamente. De acuerdo a mi sólida formación te lo garantizo: tú te querés cortar el pitito. Y me parece que ese deseo está motivado por una necesidad de hacer algo para dejar de ser hombre. Tú al parecer querés ser mujer.
No sabía qué me irritaba más: el uso adrede y odioso de “tú querés” o la
hostilidad que se estaba creando en el auto. Faltaban dos kilómetros para llegar a Minas pero aun así era mucho tiempo como para que pasara algo feo entre ellos dos.
Correa se mantuvo en silencio y luego, para mi sorpresa, respondió con mucha serenidad:
-Hay una falla en su conclusión, licenciado. No opté yo por tener una muñeca inflable en mi cama con esa cara; fue un hecho ajeno a mí. No puede usted
deducir cosas de algo que no fue consecuencia de mi decisión. En todo caso ese deseo lo tiene la persona, o las personas, que colocaron la muñeca en mi cama.
El licenciado Pina iba seguramente a hacer alguna observación de carácter sexual en relación al último comentario del detective, seguramente vinculándolo con la idea de orgía, pero se lo guardó; los tres nos quedamos en silencio
mirando una cadena humana de varias personas paradas hombro contra hombro atravesando la calle, impidiendo el paso.
Estábamos lejos aún, pero Correa nos indicó que como se veía una tonalidad oscura en las personas que interrumpían el paso, seguramente se tratase de gente de raza negra que estaba protestando injustamente por algo.
-No son negros, Correa. Al menos no podemos saberlo desde acá. Y además, que sean negros no quiere decir que estén protestando por algo injusto- objetó el licenciado Pina con tono suave.
-La libertad de expresión debería estar restringida a las personas que Dios ha…
-Correa, no- interrumpí.- Voy a ir deteniendo el auto lentamente. Quiero que estén preparados.
-Cuando quieras- dijo Pina. Correa asintió con su revólver en la falda.
Fui deteniendo el vehículo lentamente. A medida que nos acercábamos pudimos ver que se trataba de gente de baja estatura, vestidos con unas túnicas grises y unas caretas de Super Mario. Llegué a contar diez. Resultaron ser más del doble.
Velozmente nos rodearon y nos apuntaron con armas. Nuestras opciones de resistir eran nulas, de modo que aceptamos sus demandas de bajar del vehículo, entregar nuestras armas y seguirlos. No pintaba nada bien. Los narcotraficantes se nos habían anticipado.
-¿Qué quieren?- preguntaba el detective Correa mientras dos de los pequeños narcotraficantes brasileros lo empujaban con la punta de sus armas para que no dejara de caminar. Luego intentó comunicarse usando su elegante portugués.
Tampoco tuvo respuesta. Diría que los empujones se volvieron más intensos. Su tamaño me hizo pensar en menores pero la cantidad de ellos me desconcertaba.
Una vez fuera de la vista de cualquier vehículo que pasara por la ruta formaron un círculo a nuestro alrededor y uno de los individuos tomó la palabra:
-No queremos matarlos. Saben mucho, pero no queremos matarlos. Queremos que dejen de investigar, ya. Es una advertencia. Un día amanecieron con
muñecas inflables. No hay mucho más que investigar. Háganles el amor y listo.
Sigan con sus vidas. Háganles el amor tantas veces como quieran. Sean felices.
El amor es importante.
-Somos policías –dije; nuestro trabajo es investigar, entenderá usted que no vamos a poder dejar de hacerlo- estaba diciendo cuando un golpe en la cabeza desde atrás, con la culata de un arma, me hizo caer al piso.
-Háganles el amor a las muñecas inflables y sigan con sus vidas- insistió otro, con voz finita –; el amor es importante.
-No entiendo qué tiene que ver esto de las muñecas con las drogas que trafican- señaló el detective Correa.
-¿Qué drogas?
-Las que trafican. Sino no serían narcotraficantes- explicó el licenciado Pina. Yo me estaba levantando del piso y me tocaba la cabeza para ver si tenía algún chichón. No tenía.
-¿Traficar?
-Comercializar estupefacientes de modo ilegal- puntualizó Pina, empezando a molestarse por la forma en la que la conversación se venía desarrollando.
-Nosotros no traficamos drogas.
-Hombre, no me venga con cuentos- estaba diciendo Pina cuando quedó en completo silencio. Los pequeños narcotraficantes se quitaron la careta de Super Mario.
-Como verán –dijo uno de ellos con cierto tono dramático- somos extraterrestres.
-Al menos no son negros- indicó Correa, ante el silencio de todos;- son grises.
-Somos extraterrestres y lo que vamos a hacer a continuación es llevarlos a nuestra sala de interrogatorios para que podamos conversar con mayor tranquilidad.
No tuvimos tiempo de expresar nuestro desacuerdo cuando un destello de luz blanca nos dejó momentáneamente ciegos. Al recuperar la vista, nos
encontramos en una sala amplia con paredes blancas y una moquette verde;
estábamos parados, rodeados por los mismos seres. No había muebles de ningún tipo.
-Ahora mismo estamos bajo tierra- anunció uno de nuestros captores.
-Qué se proponen- pregunté sin dar tono interrogativo a la oración para hacerla sonar más intimidatoria.
-Nos proponemos, señorito intimidador fallido, que entiendan por las buenas que no tienen que seguir investigando. Esto se da así. Ya pasó. Ocurrió. Sucedió.
A otra cosa picaflor.
-Creo que el dicho es distinto- interrumpió uno de los extraterrestres de atrás;- a otra cosa, mariposa. Ellos usan rimas.
-Gracias- repuso el que había hablado antes, o acaso otro, difícil es saberlo porque eran todos iguales.
-No podemos dejar pasar esto sin investigar- insistió el detective Correa.
-Queremos solucionar esto por las buenas- dijo uno de nuestros captores, a mi derecha.
-¿Por qué pusieron las muñecas inflables?- preguntó Pina.
Los extraterrestres hicieron un sonido extraño, como el de un lavarropas mezclado con el canto de un murguista alcoholizado, valga la redundancia.
Hubo luego silencio.
-Nosotros podríamos matarlos ahora mismo, pero no lo vamos a hacer. En cambio lo que vamos a hacer es darles la oportunidad de vivir en una de nuestras instalaciones. Y nos van a acompañar ahora mismo.
En el acto, hubo otro destello.
6
Cuando volví a tener visión descubrí que estaba solo y a oscuras. Me invadió una sensación extraña: una especie de temor a no sentir nada. Temor al vacío.
Realmente no sé cómo llamarle. No sé cómo llamarle así que le voy a llamar Walter.
Walter es algo que habitualmente experimento cuando me despierto de golpe en medio de una pesadilla y encuentro que el mundo de la vigilia está
completamente oscuro y en silencio, en contraposición al mundo onírico que suele estar cargado de sonidos y secuencias de imágenes llamativas. En esta ocasión, en cambio, no se trató realmente de un “despertar” sino de un “ver”.
Hago la distinción porque cuando abrí los ojos y percibí la oscuridad, yo estaba de pie. Eso hizo que la sensación extraña de la que hablaba me invadiera con mayor impunidad. Tomé un poco de aire y aún a oscuras comencé a dar algunos pasos.
Delante de mí pude tantear un picaporte y una puerta. La abrí. Del otro lado pude ver una gran sala llena de gente sentada. Era una fábrica y ninguna de las personas que estaban allí se detuvo a mirarme, ni tampoco a Pina y a Correa, que entraban del mismo modo que yo, pero por otras puertas. Los tres nos unimos en un punto intermedio. Estábamos absortos.
Nadie nos respondió ninguna de las preguntas que hicimos. Incluso parecía que no podían percibirnos. Solamente una persona levantó la vista apenas y nos dedicó una mirada de intolerancia, como si el hecho mismo de haber hablado y estar parados ahí fuese causa de fastidio para ellos. En otra ocasión esto me hubiese hecho sentir incómodo, pero no fue así, fue más bien una especie de alivio, un modo de darme cuenta que esa gente verdaderamente estaba ahí y podía vernos. Una manera, demasiado optimista debo decir, de creer que las cosas no estaban del todo mal.
Por lo que pudimos ver se trataba de una fábrica de producción en línea. Había unas cien personas sentadas y había cintas mecánicas y grises que dejaban ver unas figuras humanoides de plástico o goma encima, que vistas con mayor atención terminaron por parecernos muñecas inflables.
En otras cintas pudimos ver caras. Reconocimos algunas. Todas las que reconocimos pertenecían a personas muertas.
No más de treinta segundos después escuchamos el sonido de voces que terminaron correspondiendo a tres extraterrestres que nos empujaron a nuestros lugares de trabajo que, por cierto, estaban alejados entre sí. Correa protestó porque le tocó la parte de las caras y le dio asco encontrarse con el rostro de Martin Luther King. Uno de los extraterrestres que no había notado antes, tirando rayos láser al techo con una pistolita que parecía de agua, nos dio a entender que teníamos que acatar lo que nos dijeran. No tuvimos otra opción que comenzar a trabajar.
El trabajo que estuvimos haciendo durante diez horas consecutivas consistía, en el caso de Pina y el mío, en inflar muñecas. Los del sector de Correa tenían en cambio que ensamblar los rostros a las muñecas ya infladas, sin perjudicar su forma ni su consistencia.
Cumplidas diez horas exactas de trabajo las luces bajaron en intensidad, sonó una alarma muy molesta y todos los trabajadores se retiraron por las diferentes puertas que podían verse en varios rincones del lugar. Había cincuenta puertas, si no conté mal.
-Ustedes tres- dijo una voz desde atrás de mí;- cuando suena la alarma se van a dormir para trabajar mañana. Pero como es el primer día, hoy, van a tener una charla con nuestro encargado- dicho esto, el extraterrestre se fue. Unos minutos después apareció otro, igual al anterior y a todos los demás, que nos condujo por una de las puertas a una sala similar a la primera en la que estuvimos, con la diferencia de que la moquette era de color azul.
En la sala además del encargado había dos extraterrestres más.
-La cosa es así- dijo el encargado-: nosotros queremos dejarles un mensaje a ustedes los humanos. Queremos que se dejen de guerras, de tanta guerra, de tanta violencia, de mucha guerra, de nada de paz; queremos que entiendan que con tanta guerra, tanta violencia y tanta falta de paz, no van a hacer otra cosa que destruirse. Queremos que vivan en paz y en armonía. Por eso venimos. Para hacerlos entrar en razón.
-¿Y para qué nos hacen trabajar acá como esclavos?- preguntó Correa. -¿Y para qué lo de las muñecas y las caras de muertos?
-Viajamos tanto para darles un mensaje de paz. Basta de guerras, humanos.
Somos una civilización superior tecnológicamente y venimos a dar un mensaje de paz y armonía.
-¿Vienen a dar un mensaje de qué? No me quedó claro- dijo Pina, capaz de tomarse las cosas con humor hasta en los momentos más tensos.
-De paz, de armonía, de amor, de basta de guerras.
-¿Y de paz, no? Me pareció haber entendido eso- insistió Pina.
-¡Pina!- exclamó Correa;- ubicate un poco mongólico ¿qué querés, que nos maten?
-Ven- dijo uno de nuestros captores con voz de extraterrestre superado;- no saben convivir en paz. Queremos que tengan paz. Basta de tanta guerra y tanta violencia.
-¿Para que terminemos con la violencia nos secuestran y nos amenazan con pistolas de rayos laser?- pregunté. Mi pregunta tuvo cierto efecto porque uno de los extraterrestres que estaba a mi lado me dio un culatazo de nuevo en la
cabeza y me hizo caer al piso.
-¿Te morís de ganas de poder pegarle a alguien, no Correa? ¿Te está calentando la situación, pillín?- preguntaba el licenciado Pina, con los ojos entrecerrados.
-Que venga XM. Esto lo va a tener que resolver él- dijo el encargado extraterrestre. Acto seguido, desaparecieron.
Quedamos en la sala solos, a la espera de XM, que supusimos luego, era otro extraterrestre.
Los tres nos quedamos en silencio un momento. La verdad, yo no sabía bien qué decir. Nada de lo que pensaba aportaba algo a la situación. Pina miraba el suelo, Correa la pared; ambos estaban concentradísimos, pensativos. Mientras decidía qué iba a mirar yo para poder pensar en algo como ellos, entró un extraterrestre que se identificó como XM, y venía realmente contrariado.
-Ustedes son. Bueno, un gusto. Mi nombre es XM y soy el Director Regional de la Franquicia Planeta La Tierra- dijo el extraterrestre con una sonrisa tan amplia como poco confiable. Él, a diferencia de los demás extraterrestres, tenía boca.
-¿Una franquicia de qué?- preguntó el licenciado Pina.
-Olvidate de eso. ¿Por qué nos tienen acá? ¿Qué quieren?- dijo el detective Correa, a medio camino entre ansioso y furioso.
XM los miró con una sonrisa complaciente. Luego agregó:
-Lo que queremos es que vivan en paz. Queremos que basta de guerras y de tanta violencia.
- ¿Quieren que “basta de guerras”? Eso no está bien dicho, ni siquiera- objeté.
-Será un defecto de nuestro programa de traducción telepática- me indicó XM con gesto despreocupado y cortés. Iba a agregar algo más, pero un extraterrestre entró en la sala. Este venía incluso más preocupado que XM.
-Estos esconden algo más- dijo Correa;- don “basta de guerras y de tanta violencia” esconde algo más. Tenemos que averiguarlo.
Pina iba a decir algo gracioso, según pude ver en su cara, pero XM lo detuvo, al decir, con la mirada en el piso:
-La productividad había bajado. Era algo que se veía venir, pero no pensé que tan pronto.
El otro extraterrestre dijo algo que no entendimos.
-¿Por qué nos tienen acá?- insistió Correa.
-Ya no van a estar acá- dijo XM con cierta amargura;- acaban de cerrar la franquicia por falta de rentabilidad. Los señoritos no producen los suficiente y los impuestos que pagamos son demasiado altos.
-¿Y dónde vamos a estar?- pregunté, desestimando todas las demás preguntas con respecto a “la franquicia”.
-No sé. Supongo que se van a su casa. O a donde vayan. No sé. No trabajan más acá- dijo XM, quitándole trascendencia. Claramente le preocupaba algo más.
-¿Nos podemos ir entonces?- interrogó el licenciado Pina.
-Sí, sí, ahora en un ratito- repuso XM, firmando unos papeles que su asistente extraterrestre le iba pasando.
Creo que los tres nos sentíamos un poco más relajados después de escuchar estas promesas de liberación. El detective Correa, viendo que XM parecía un poco distraído y que estaba respondiendo nuestras preguntas, insistió:
-¿Por qué hicieron que todos amaneciéramos abrazados a muñecas inflables con cara de famosos muertos? ¿Por qué tienen fábricas donde hacen muñecas y caras?
XM seguía firmando papeles y respondía sin mirarnos.
-Lo segundo es consecuencia de lo primero. Las fabricamos para tenerlas. Tanto las muñecas como las caras. Y sobre lo primero…No podría…- XM dejó de firmar papeles y luego de unas milésimas de segundos en las que debe haber decidido algo, agregó:- nos van a cerrar. Así tratan a los inversores extranjeros acá, se ve. Pero ustedes no son responsables de esto, así que no me la voy a agarrar con ustedes. ¿Saben qué? Total…
XM hizo un silencio que nadie se atrevió a interrumpir. Era claro que iba a seguir hablando y convenía escuchar.
-Les voy a contar el plan. Total. Ahora ya fue. Si deben haber cerrado las demás franquicias también. La idea para que terminen con tanta guerra y tanta
violencia no es necesariamente que vivan en paz, sino que no vivan más. Que no existan más como especie. Porque lo que queremos en verdad es quedarnos con los recursos naturales que tienen ustedes y que nosotros no tenemos más en nuestro planeta.
Ninguno de los tres dijo nada, pero esta respuesta parecía mucho más honesta y hasta en cierta medida, lógica: ¿por qué una especie de otro planeta no tendría ansias de expansión y territorialidad como la tenemos nosotros?
-¿Y las muñecas, para qué?- interrogó el detective Correa. El licenciado Pina iba a comentar algo porque puso cara de pícaro, pero XM se le adelantó:
- Pasa que no queremos matarlos. Con las muñecas pretendíamos darles un mensaje. La idea era darles estímulos progresivos para que con el tiempo se habituaran a tener sexo con muñecas inflables y no con mujeres u hombres, para de ese modo satisfacer sus necesidades fisiológicas sin que eso implique reproducirse como especie.
Nos quedamos en silencio ante el absurdo que escuchábamos.
-¿Y las caras de famosos muertos?- pregunté.
-Decisión de la Casa Matriz. Nosotros nada más acatamos. Será para humanizar las muñecas, supongo- respondió XM.
-Hay algo de su plan que no entiendo- dijo Correa;- ¿había muñecos inflables para las mujeres?
-O para los hombres que en realidad inconscientemente quieren ser mujeres- acotó Pina, codeando al detective Correa. Éste lo insultó entre dientes.
-Basta de violencia y tanta guerra- dijo XM con tono desganado, viendo al detective y al licenciado codeándose y mirándose con hostilidad;- eso de los
muñecos inflables y las muñecas inflables es un detalle menor. Lo importante es que nos vamos y que son libres. Les deseo lo mejor –dijo XM y se nos acercó, para abrazarnos. Todos dimos un paso hacia atrás, pero el otro extraterrestre llevó su mano a la pistola de rayos láser así que nos dejamos abrazar.
Abrazaba bien.
- Les juro que nunca la pasé tan bien como Director Regional de una fábrica de muñecas inflables y caras de famosos muertos donde se utilizara mano de obra esclava como acá. Fue una experiencia increíble- dijo XM, visiblemente
emocionado. Nosotros no sabíamos qué decirle, así que nos quedamos callados.
XM nos volvió a abrazar afectuosamente y nos volvió a desear mucha suerte en nuestras vidas. Incluso fue un poco más allá:
-Muchas gracias por haber sido parte de esta experiencia maravillosa. Ojalá sean muy felices.
-Bueno, muchas gracias- dijo el licenciado Pina, un poco incómodo ante el silencio de los demás.
-Ah, eso sí- dijo XM, recordando algo súbitamente:- vamos a irnos y liberarlos, pero vamos a volver con nuestras naves a matarlos a todos y quedarnos con los recursos naturales que necesitamos. O le buscaremos la vuelta. Bueno. Nos vemos.
Hubo un gran resplandor que nos obligó a bajar la vista y taparnos los ojos. Yo alcancé a escuchar algo más dicho por XM, por el otro extraterrestre o por algún economista neoliberal infiltrado:
-¡No entienden el valor de las inversiones extranjeras acá!
7
Habíamos quedado los tres en silencio, a pocos metros de la ruta donde fuimos abducidos. Nadie dijo mucha cosa. En mi caso por lo menos las imágenes de las últimas horas formaban parte de algo así como una realidad paralela o tal vez un sueño. Definitivamente no pertenecía al mismo mundo al que correspondía todo lo demás que recordaba. Fue una sensación muy extraña.
El silencio se mantuvo unos minutos más. Luego comenzamos a pensar en voz alta cuál sería la mejor manera de transmitir a nuestros superiores lo que nos pasó. Terminamos decidiendo no contar nada de lo que ocurrió realmente e inventarnos una historia más creíble. Y que luego, si efectivamente los extraterrestres volvían a matarnos a todos, se las arreglaran los demás.
Parecía la solución más cómoda para los tres. Solución un poco de sociópatas, es cierto, pero es lo que se decidió.
-Nota al margen- dijo el licenciado Pina, mientras nos acercábamos a nuestro auto, que estaba donde lo habíamos dejado: - el asistente de XM le tenía ganas al Director Regional. Tal cual otro que yo conozco.
Correa le respondió y arrancó otra discusión. Yo esperé el mejor momento para decir “basta de tanta guerra y tanta violencia” pero la chance de decir el chiste no llegó nunca. Antes de que pudiera hablar vimos que el cielo estaba lleno de naves. Subestimamos un poco los tiempos de los extraterrestres neoliberales enojados. O el asunto ese del Espaciotiempo en la Relatividad Especial.
-Qué cosa che- reflexionó Correa;- esto está lleno de naves ahí en el frente, y miren allá…Se nos llena de naves por atrás también. Parece que todos vamos a morir.
-Una macana, la verdad- respondí.
-Tal cual. Tal cual- dijo el licenciado Pina, mirando absorto hacia arriba.
Las naves eran de un color gris oscuro y el cielo quedó de ese color también, casi por completo. No puedo determinar con exactitud cómo se sintieron los demás;
yo, por lo pronto, estaba aterrado. Miraba hacia arriba y veía las naves cubriendo el cielo. En un momento bajé la vista. No pude tolerarlo más. Sin embargo, al hacer eso, pude ver algo que no se correspondía con lo que esperaba ver: un canguro cruzaba la ruta, a paso cadencioso, con las manitos recogidas y la bolsita llena de quién sabe qué asquerosidad. Les llamé la atención a mis colegas. En ese preciso momento el canguro notó que lo estábamos mirando y, sin dejar de cruzar la ruta, nos dedicó una mirada fija, que yo interpreté como una especie de amenaza.
-¡Paracaidistas!- gritó Correa.
Eso tampoco tenía mucho sentido. Y sin embargo también era cierto.
Pudimos ver que desde las naves que cubrían el cielo comenzaban a caer paracaidistas. Lo primero que pensamos, naturalmente, fue que nos
apresuramos a juzgar las naves como “extraterrestres”; tal vez se tratara de un ejército extranjero invadiendo nuestro país, pero… ¿Para qué? ¿Tanta
coincidencia? Yo no lo creía posible.
El licenciado Pina tuvo una hipótesis más razonable viendo que se trataba, no solo de paracaidistas sino de canguros paracaidistas: tal vez los extraterrestres toman formas similares a las de criaturas que conozcamos y, por un error
geográfico severo, creyeron estar en Australia cuando en realidad no lo estaban.
-Seguramente hay paracaidistas mulita cayendo sobre Sidney- afirmaba el licenciado. El detective Correa encontró la idea interesante pero poco compleja:
¿de dónde sacamos la idea de que esto está ocurriendo en otras partes? Y de ser así ¿por qué no tenían forma de canguro los extraterrestres que nos
secuestraron?
Todo muy válido e interesante, pero los paracaidistas tocaron tierra y nos rodearon. Eran canguros, estaban armados y no parecían amistosos.
El canguro que estaba cruzando la ruta se detuvo al ver que los demás canguros –marrones, en todos los casos- nos rodeaban.
Los canguros eran marrones y parecían ser subalternos del que vimos en primera instancia que con saltitos y pataditas parecía dar indicaciones: unos golpecitos hacia adelante con las patitas delanteras y dos patadas para atrás con las traseras, y los canguros paracaidistas sacaron armas y nos apuntaron. No mediaron palabras. Nosotros estábamos fuera del auto, pero cerca de él. Con gestos nos hicieron apartar. Lo hicimos.
El canguro extraterrestre líder se detuvo y dio dos saltitos en nuestra dirección.
Los demás canguros que nos rodeaban, lo imitaron. A mí me dieron ganas, pero no lo hice.
El canguro extraterrestre líder hizo un gesto con sus manitos recogidas. El gesto estaba indudablemente dirigido al detective Correa. Al menos apuntó en su dirección. Los tres entendimos lo mismo: lo estaba llamando.
Correa había entrado inicialmente al auto y había tomado la precaución de agarrar su arma, pero dudaba. Luego de un momento de inacción, después del segundo gesto de llamado del canguro, el detective tomó coraje y comenzó a caminar hacia adelante. De pronto dos canguros paracaidistas salieron del costado a su encuentro. Por un momento pensé que iban a atacarlo pero no fue así. Correa trató de cubrirse pero resultó ser en vano: lo tomaron entre dos y le quitaron el arma. Luego, lo dejaron libre. Era claramente eso lo que querían:
impedir que Correa pudiera dispararle al canguro líder. Hasta ahí, se
comportaban, a grandes rasgos, con criterios de seguridad similares a los nuestros.
A paso lento pero seguro el detective Correa llegó hasta donde estaba el canguro líder. Tuvieron una conversación que con el licenciado Pina no alcanzamos a escuchar porque la distancia no lo permitía, pero por lo que veíamos de acuerdo a los gestos que hacían parecían estar intercambiando opiniones y llegando a una decisión. Me daba mucha curiosidad realmente.
El canguro daba algunos saltitos en el lugar y sutilmente avanzaba rumbo a Correa. El detective a veces se veía forzado a retroceder unos pasos, pero pronto al darse cuenta de eso daba él unos pasos hacia adelante y el canguro líder retrocedía unos saltitos hacia atrás. En esos momentos yo me temía que los demás canguros que nos rodeaban armados tomaran estos gestos del detective como una amenaza a su líder y se decidieran a iniciar hostilidades pero no ocurrió así; se mostraban muy seguros a pesar de la situación, cosa que no me tranquilizó demasiado de cualquier manera. Pina parecía estar en la misma situación que yo.
Poco a poco ese ritual de gestitos y saltos, de avances y retrocesos, cesó. El Canguro líder miró a los demás y todos dieron un salto hacia atrás, al mismo tiempo. Correa por su parte dio media vuelta y regresó hacia nosotros, con paso seguro. Tenía cara seria, pensativa, pero no había rastro de miedo.
El absurdo superó mi miedo. Y el desconcierto superó luego al absurdo: las naves que cubrían el cielo iluminaron la zona con una especie de focos y al parecer como consecuencia de ello todos los canguros desaparecieron.
Dedujimos que era un modo de ingreso a las naves. Parecido a lo que hemos visto en varias películas y series. Lo raro, según planteaba luego el licenciado Pina y el detective Correa se mostraba muy de acuerdo, es que se tiraron en paracaídas en primera instancia y luego fueran transportados a distancia tan solo con una luz. En fin. Raro ¿Una aparición teatral para impresionarnos, tal vez?
Lo importante vino en realidad de boca del detective Correa. Dijo poco a pesar de que nuestras preguntas eran muchas. Sí, eran extraterrestres. Sí, tenían forma de canguros, pero era su forma real. Sí, creían estar en Australia. No estaba claro si todos los canguros que ya estaban en La Tierra eran
extraterrestres o si eran descendientes de extraterrestres o si simplemente era una coincidencia de la evolución de las especies en diferentes planetas tal vez con condiciones similares al nuestro. Lo que el detective Correa sí nos dejó en claro es que el conflicto con los extraterrestres se resolvería en tres minutos.
Quedamos estupefactos.
-¿En tres minutos? –pregunté.
-Sí. En tres minutos- respondió lacónico el detective Correa.
-¿Y cómo es eso?- preguntó el licenciado.
-Lo vamos a resolver en una pelea mano a mano.
-¿Mano a mano?
-Bueno, o mano a garra. O mano a patada. O patada a patada. Pienso utilizar todos mis conocimientos de las artes marciales para vencerlo.
-Perdoname Correa ¿vas a pelear vos? –pregunté
No logramos terminar de entender lo que decía el detective Correa cuando las naves regresaron y cubrieron, en menor medida ahora, el cielo. De las naves ya no bajaron paracaidistas sino que directamente aparecieron transportados por la luz que los levantó la primera vez.