1. INVOCA
Prepárate para este rato de oración, de escucha de la Palabra de Dios. Deja a un lado tus ocupaciones, programas, proyectos. El diálogo con el Señor es lo más importante que debes realizar en este tiempo.
Ábrete al Espíritu. Él es quien te inspira el verdadero sentido de la Palabra, pues es Él quien la inspiró a los autores sagrados. Y te animará y te dará fuerzas para llevarla a la práctica.
Invócale con el canto suave: Veni, Sancte Spiritus
Ven, Espíritu Santo, te abro la puerta,
entra en la celda pequeña de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas, como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos que no me deja ver tu luz. Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura, por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento, mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz. Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente que me ayude a escudriñar las Escrituras. Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego. Que arda la lumbre sin llamas ni calor. Tengo la vida acostumbrada y aburrida. Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas. Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz. Tú que eres viento, empuja mi barquilla en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra, de encontrarme a mí mismo
en la lectura.
Oxigena mi sangre al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento. Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas y todas las flores marchitas
de mi propio corazón. Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura y que se renueve la cara de mi vida ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)
2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 22, 40) Contexto bíblico
Este texto del Evangelio de hoy está situado en un ambiente polémico. Éste es el tercer tema de discusión que Jesús sostiene con los fariseos,
herodianos y saduceos. Éstos temas son:
el tributo al César (22, 15-22), discusión con los fariseos y herodianos; la resurrección de los muertos (22, 23-33), discusión con los saduceos; el principal mandamiento (22, 34-40, discusión con los fariseos
el Mesías como hijo de David (22, 41-46), discusión con los fariseos. Hoy reflexionamos sobre el tercer tema: el mandamiento principal. 1. ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? (v. 22) Los fariseos, con ánimo de tender una trampa a Jesús, le hacen esta
pregunta. Para nosotros, es una cuestión sencilla de responder. En cambio, en tiempos de Jesús, había mucha confusión sobre este punto. Dentro de las diversas interpretaciones, se daban nada menos que: 613
mandamientos (365 prohibiciones y 248 prescripciones). Los fariseos
habían conformado una lista de tales puntos por orden de importancia. Sólo los entendidos la conocían. El pueblo sencillo no sabía de tanto legalismo.
Por eso, quedaba ante los fariseos como fuera de la Ley. Las demasiadas explicaciones confundían y oscurecían lo esencial de la Ley, el
mandamiento principal. Los preceptos insistían en tres grandes apartados: el sábado, la pureza ritual y los diezmos. Y el precepto del amor al prójimo quedaba al mismo nivel de importancia que los otros.
Dos aclaraciones nos ofrece la respuesta de Jesús:
el mandamiento más importante es el amor a Dios y el segundo, el amor al prójimo;
y estos dos mandamientos tienen la misma importancia y son inseparables. Queda confirmada esta aclaración en la última frase, que no ofrece lugar a dudas: En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los Profetas (v. 40). Es todo lo que Dios pide a sus fieles.
Con esta aclaración que da Jesús, relega a segundo plano otros mandatos que los fariseos los tenían como muy importantes. Éstos eran, por ejemplo: el curar en sábado,
comer con publicanos y pecadores; defender a la mujer adúltera.y
la fórmula popular: “lo que no quieras para ti no lo quieras para otro” (Hillel).
2. Amar a Dios y amar al prójimo
Jesús unifica el amor: a Dios con el amor al prójimo. Esta enseñanza nos sirve también a nosotros, ya que, con frecuencia, olvidamos y separamos al prójimo de Dios. Hay cristianos que son cumplidores exactos de los deberes “para con Dios”: ir a misa, rezar, ir de peregrinaciones, cuadros y
medallas… Pero, con el prójimo se relacionan en tanto en cuanto sean: familiares o conocidos. No hay una síntesis y un comportamiento para relacionar a Dios con el prójimo. Se da una doble moral: Dios por un lado y el prójimo, por otro.
Jesús unifica los dos mandamientos. Y es más nos dejó un único
mandamiento: Ámense unos a otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros (Jn 13, 34). De tal modo que para el cristiano está claro: lo que hagamos o dejemos de hacer con el prójimo eso mismo se lo hacemos o dejamos de hacerlo con el mismo Dios.
En el juicio final nos examinarán del amor. Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25, 40). Les aseguro que cuando dejaron de hacerlo con uno de estos pequeños, dejaron de hacerlo conmigo (Mt 25, 45).
El verdadero amor es inseparable. Si se ama a Dios hay que incluir necesariamente al prójimo. Tanto amamos a Dios cuanto amamos al prójimo. El cristiano, para no caer en la confusión de los fariseos, ha de preguntarse con frecuencia: ¿Amo a Dios? ¿En qué lo noto? Y la respuesta es clara en la enseñanza de Jesús. En las obras que hago o dejo de hacer a favor o en contra del prójimo. Ésas mismas obras dirán claramente si amo o no a Dios.
El prójimo es el necesitado. No es sólo el familiar, el pariente, el conocido, el amigo. Es todo aquel que sufre alguna necesidad y que cada quien puede hacer algo por remediarla.
En la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37), Jesús responde claramente a la pregunta de un letrado: ¿Quién es mi prójimo? (v. 29). Jesús le describe en la parábola la ayuda que el samaritano realizó con aquel que los bandidos habían dejado medio muerto en el camino. Al final, Jesús le pregunta al letrado: ¿Quién de los tres (sacerdote, levita,
samaritano) te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los asaltantes? El otro contestó: El que tuvo compasión con él. Jesús le dijo: Vete y haz tú lo mismo (Lc 10, 36-37).
Dios está identificado con el que sufre. Y quien ayuda al necesitado está ayudando al mismo Dios.
3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)
Ante las luminosas y claras enseñanzas de Jesús no hay duda para unificar el amor a Dios y el amor al prójimo. Tanto amo a Dios cuanto ayudo,
respeto, sirvo, perdono al prójimo. Lo que hago o dejo de hacer a favor del hermano, eso mismo lo recibe Dios como dirigido a Él mismo.
La gloria de Dios es que el hombre viva (San Ireneo de Lyon). O como decía monseñor Óscar Romero: La gloria de Dios es que el pobre viva.
4. ORA (Qué le respondo al Señor)
Te doy gracias, Padre, que te puedo ver en el rostro de cada persona. Cada ser humano está creado a tu imagen y semejanza. Y a Ti te hago el favor cuando se lo hago al prójimo..
Gracias, Jesús, porque al tomar nuestra condición humana, quedas
reflejado en tantos seres humanos que sufren y en los cuales Tú de nuevo estás encarnado.
Quiero ayudar todo lo posible, para manifestarte que te amo. 5. CONTEMPLA
A Jesús que sufre en los hermanos. A Jesús que ruega que le ayudes. A Jesús que carga la cruz de tantos sufrientes.
A ti mismo, tan indiferente con tanta frecuencia ante el dolor del prójimo. 6. ACTÚA
Revisa tu actitud hacia los pobres y afligidos. ¿Ves en ellos el rostro
sufriente de Jesús?
Repite muchas veces: Amarás a Dios con todo tu corazón… y al prójimo como a ti mismo
Recitemos en grupo el salmo responsorial de hoy: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
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