MATERIALES
DE
CONSTRUCCIÓN
Carlos Droguett
A petición de la dirección de
"AISTHESIS",
he preparado provisoriamente estos apuntes, que re flejan algunas experiencias —o determinadas expe riencias— en búsqueda de un breve destino y la forma de materializarlo.Seguramente
que estas páginas crecerán con eltiempo,
noestoy
segurode ello,
.perotengo
esaimpresión
y, desde
muy
joven,
—pues uno suele serlo a veces— me
he
nutridode
impresiones,
y
mis equi vocaciones —muchas,
a vecesdemasiadas
—y
misaciertos,
másbien
confidenciales,
misteriosos,
ignorados,
sehan debido
a esaimpresión
primera o segunda. El problema se me complica unpoco,
porque no sabría cómo separar mi carnede
misangre,
mis sueños eilusiones
de
las
realidades quelas
han
confirmado ofrustrado. En
otraspalabras,
no puedo, sé que no puedo prescindirde
hechos
•—pequeños,
insigni
ficantes,
imperceptibles
—, pero que considero vitales para
la intención
de
estas vagasexperienciasde
unindividuo
queha
querido ser escritorde
garra o con garras.En
otrísimaspalabras,
todo
lo
quehe
vividoha
servido paraempujarme al
lugar
donde estoy,
no en estepaís,
en estacalle,
en esta casa ajena en queescribo,
sino más bien entiendo porlugar
estetiempo,
estas circunstancias que querríaOrtega:
el mundo que me rodeay
quetransformándome
meha deformado. Alguna
vez aalguien,
en un momentode
elementalsinceridad,
le
confesaba con ciertahumildad
quehabía
llegado
a unasituación,
en edady sufrimiento,
en presióny
compromiso, que yatodo
lo literatizaba.
Después,
díasdespués,
aquella mismapersona,
molesta por mitenebrosa actitud,
la
actitudde
mi cuerpoy
de
mialma,
creía ofenderme alhacer
con aparenteinocencia
undescubrimiento:
"Claro,
lo
que pasa es que ustedlo
literatiza
todo".
Y lo
que ocurríay
ocurre es quehay
mo mentos en quehasta
eldolor
setorna
funcional. Tal
vez esto meha
ocurridodesde niño;
desde
niño sentí esaangustia,
esa amenazadi
rectay
casifísica
pendiente sobre míy
quedespués he interpretado
—porque
incor-porarmé,
pero entonces erademasiado
nuevo paradarme
cuenta,
nada más me sentía soloy
desamparado,
esperando,
porejemplo,
enla
puertade
la
casa quellegara
mi padre para contarle misproblemas,
pero en cuantollegaba,
todo
sedesvanecía,
como sitodo
mi problemafuera
él,
su ausencia.Años
después,
recorriendola literatura de
los
escandinavos,
a quieneshabía
empezado a amar através de
Knut
Hamsun,
metropecé
con un cuentode
iSelmaLagerlóf,
titulado
"El
tío
Rubén". He
aquí esaintroducción
al sufrimientode
la
infancia:
Una
vez,hace
unosochentaañoí?, había
un niñopequeño quefue
ala
plazadel
mercadoy
se puso ajugar
altrompo.
Llamábase
Rubény
notenía
más quetrece años;
pero manejaba su pequeñolátigo tan
bien
como cualquierotro,
y
albailar
sutrompo lo dejaba
caer en el punto que sele
antojaba. Aqueldía,
hará
unos ochentaaños,
hacía
unhermoso tiempo de
primavera.El
mesde
marzohabía
llegado
y
la
población sedividió
endos
mundos: el uno claroy
templado,
donde
dominaba
elsol, y
el otrofrío
y oscuro,
donde
imperaba la
sombra.Todo
el mercado pertenecía ala
luz
del sol,
exceptouna estrechafaja,
alo largo de
míahilera de
casas.Ocurrió
entonces que elniño,
a pesarde
servigoroso,
se cansóde bailar
sutrompo
y buscó
entorno
sitio paradescansar.
Esto
no era cosadfifícil;
nohabía bancos
niasientos,
perotodas las
casastenían
escalonesde
piedra en el umbral.Rubén
no pudoimaginar
cosa más acertada.Era
una rapazuelomuy
escrupuloso.Tenía
una vagaidea
de
que a su madre nole
agradaba el que se sentase enlos
escalonesde
personas extrañas. Eran suma mentepobres;
pero por esa misma razón sehacía
necesario que nadiepudiese nunca sospechar que pretendía ocupar nada que no
fuese
suyo. Por esofue
a sentarse en el escalónde
su propiapuerta,
porque elloshabitaban, también,
enla
plazadel
mercado.Los
escalones es taban ala
sombray hacía
en ellos muchofrío.
Elpequeñuelo, descansó
la
cabeza sobrela
balaustrada,
extendiólas
piernasy
se colocó en posición tan cómoda como nunca adoptara en su vida. Durante un corto rato estuvo observando cómo cambiabande
posiciónlas
sombras de la
plaza delmercado,
cómo corríany bailaban
sustrompos
los muchachos; después
cerrólos
ojosy
se quedódormido. Durmió,
seguramente, másde
unahora. Cuando
sedespertó,
no se encontrabatan
bien como al quedarsedormido;
por elcontrario,
todo
le
parecía terriblemente molesto.Entró llorando
a ver a sumadre;
conocióésta
que sehabía
enfermadoy lo
metió en ellecho;
alos dos días
el niño había muerto.Esta historia
me obsesionódurante
muchotiempo.
No
sólo me sentíaidentificado
con el pequeñoRubén
en susoledad,
sinotambién
endestino,
y
estaba convencidode
que cualquierdía
en que mi padretardara
enregresar,
cogería yo un enfriamiento esperándolo ¡einla
puerta
y
antesde
medianochetendría
queir
él
mismo o mihermano
Roberto
alas
pompasfúnebres
instaladas
frente
a nuestra casa a contratar el consabido pequeñoservicio;
oidentificaba
aRubén
con mihermano Jorge de
rostro puroy de
cuerpoenfermo, tan
espiritualy
trizado,
diluyéndose
ya sin ¡ruido entre su enfermedad ala columna,
quedebía
llevarlo
ala
tumba
alos
catorceaños,
y
sufigura
arrogantey
suslabios,
porejemplo, delgados
y
voluntariosos.Aún más,
no sólo yo oJorge
aparecíamosidentificados
con aquel personajeinfantil de
Selma
Lagerloef,
sino quetambién la
mismacalle,
esa calleCopiapó
en ,que pasé partede
miinfancia,
nodiría
yolos días
mástristes
de
miinfancia,
sino aquellos másdesolados,
aquellos que recuerdo con másfrialdad,
pues eranlos
años en ¡que estaba creciendo rápidamentey
sabiendo que ahíafuera,
allá enla
calleEstado,
allá en elcolegio,
estabala
viday debía
pelear conella,
o másbien
defenderme,
sim plementedefenderme y
no sabía cómohacerlo.
Esa
calle,fue
testigo
de
midespertar
a una vidadura,
pues ya estábamoshuérfanos de
madre.La
señora ¡Sarahabía muerto,
seha
bía borrado
totalmente
enla
pequeña casitade la
calleMaestranza,
aue he recordado en unbreve
cuento escrito en un estado nodigo de
limpio
sufrimiento, sino sólode dolor
—un aliviado
dolor
— porquela
estaba viendo aella,
reconstruvéndola másbien,
puesla
ignoraba
totalmente,
no recuerdo corno era,y
nada, ningunahuella de
surostro,
ni unretrato,
ni una prendade
vestir, ni siouiera una cartafue conservada,
¡supongo —y
suoongobien
—, que
todo
aquellofue
quemadodespués
de
los
funerales. Nuestra madrejamás
consintió en retratarsey fue
así cómo en el retrato aue.le tomaron
atoda
la
familia
enla
casade
la calle Juande
DiosPeni, figuramos todos
los
hijos
vivos entonces, HéctorLuis, Panchito,
la
Sarita,
eran ya sombras
enun recuerdo que para mí eran sólo ipalabras.En
ese cuadro noaparece mi
madre;
no quisoretratarse;
estaba porahí,
en uncuarto,
en el pasadizo,tal
vez en el comedor,tal
vez mirándonos, esperando que saliéramosde
esa brevefiesta
quefue
el retrato colectivoimagi
nado por mi padre.En
el pasado verano,le
preguntaba a mi hermanaElena,
enViña del
Mar,
que cómo erafísicamente
nuestra madre.Me
la
reconstruyó escuetamentedespués
de
tantos
años: alta,delgada,
peloquebrado,
ojosgrardes, boca
pequeña, narizperfecta,
lindas piernas,
terrible
genio.Ese
esbozo nomeextrañó,
no se contradijo connin gúnrecuerdo,
porque nadahabía
en mi memoria que pudiera chocar o polemizar con esos vertiginososdatos.
Pero
esainformación,
porlo
pobre,
precisamente,
meimpresionaba,
tanto
comola
edad en que ellahabía
muerto.Mal
genioy
muy
joven,
mal geniotodo
eltiempo,
aún antesde
enfermarse, eso medecían
ahora mientras el mar sedespedazaba
enlos
requeriosde
Recreo.La figura borrada
de
mimadre,
el recuerdoinforme
de
mimadre,
el recuerdo claroy
precisode
mihermano
Jorge,
muerto enbrazos
del Dr.
Héctor
OrregoPuelma,
reciénrecibido,
eran,
ahora medoy
cuenta,
elementos queiban construyendo,
reconstruyendo o preservando mi soledad
y
mi soledades,
meparece,
un elementonecesario,
no para que se comprenda
lo
quedespués he escrito,
sino para com prender yo mismo ese extrañoterror,
esetentador
terror
que meacompañó
durante toda
la
infancia. Figuras de
niñosfamosos
odes
conocidoshe
enfrentadodespués,
através de la
vidanúa,
através
de la
vidade: los
otros queha llegado hasta
mí en expedientesde
juz
gados,
porejemplo,
en expedientesde
desahucio y montepío,
através
de
lecturas,
de
conocimientoy búsqueda
directa de
biografías de
artistas
famosos,
de
escritoresilustres
y
menosilustres y
entodos
ellosprima un coeficiente
común, la
soledad,
esa soledadtotal,
absorbente,
inconmensurable
quellena
el almadel
pequeñoniño,
del
niñohuér
fano,
del
niño conmadrastra, del
niñolanzado
alos
dormitorios
de
uninternado
o alos
patiosde
unafábrica. Neruda
dice: Tiene
ese pobrey doloroso
poetalírico
Giovanni
Papini,
un comienzode
libro,
al relatar suniñez, desconsolado
ytristísimo.
Mira a sus compañeros alegres ragazziflorentinos,
buscay
no halla el secretode
aquellasalegrías.
Los
acecha con sus serios ojos verdes,y
apartede todos
es sujuez y
su enemigo. Le persisrueny lo
maltratan.De
suerte que alniño
lo
amamantóla
soledadde
su campiñatoscana,
y hasta
elfin
de
su vida Sella su corazón aquelllainfancia
solay
desesperada,
inva
dida de
obscuros ensueños, manchadade tinta
vde
colores.Después
sonlos terribles
accesesde
aquelbambino meditativo, los
mesesde
rioerbibliotecas,
las
nochesde lectura
encarnizada quele
dejan
estropeados
los
ojos para siempre.. . Y entodas
partesdonde
se posan sus graves ojosde
pequeño,entristecidos,
unacosa,
una sola yterri
ble
cosa:la
soledad.¡Oh,
no!To
non son statobambino.
. .No,
él
nofue
nuncaniño;
desconoce
ese piáis quieto y adormecidode donde
brotamos.
Giovanni
Papini,
trtste
poetalírico,
filósofo
ensañadoy
discontinuo,
nuncafue
niño:lo
vi ripeto che nonho
avutofanciulleza.
En
estos apuntes notrato de
probarnada,
sólopretendo, y
noestoy
segurode
lograrlo,
salir enbusca
de
miinfancia,
de
los
ele mentos queformaron
odeformaron
miinfancia
y
que, de
algún modomisterioso,
mehicieron
escritor o másbien
meimpulsaron
ajuntar
palabras para reconstituir unainfancia
oinventarla.
Puede
ser que
lo
que ¡digo a veces no se compadezca conlo
que en verdadocurría,
perotrato
de
ser sinceroy
verdadero,
nunca antes comoahora,
meparece, he
tratado de dejar fuera
miimaginación,
afuerade
micarne,
no sólode
mi carne sinotambién de
mi pasiónde
amoru
odio, y decir
sólolo
que me sirva para revelardespués de tantos
añosaquel
tiempo
desvanecido,
paraformar
unaimagen neutral,
imparcial,
fría
y práctica,
seguramente algomecánica, del
niño que era yo enespe-rando que el mar se
descargara
sobrela
casa.Soy
desordenado,
saltode
un recuerdo aotro, de
un año aotro,
retrocedoy
meanticipo,
inserto
un recuerdo sobreotro, lo
doy
vueltay
aparecen adherencias enél,
otrosrostros,
otras palabras, otroshechos. Ahora
hablo
del mar,
ahora está otra vez viva mi madrey
vivo mihermano Jorge
y
vivosPanchito,
Héctor Luisy la
Sarita;
esto afloró alguna vez seguramente en algún pequeño relatotodavía
inédito,
y
tengo
la
impresión
de
quelo
quediga
ahora sobre el mismotema,
sobre el mismo planoy
la
misma
gente,
no agregará nada a aquellosrecuerdos,
perode
repente meha
parecido que si no alargola
mano paratocar
aquellasimá
genes,
no serétodo
lo
verdadero que creo quedebo
ser,todo
lo
sincero quedebe tener
paramí,
más que paralos otros,
esteinforme
para mímismo.
Por eso aquí no
hay
literatura,
aquí nohay
estilo,
trato
de
que nolo
haya,
sólo elementosprimarios,
datos
escuetos,
inútiles,
supernumerarios,
gestos más queropas,
gestos silenciosos en gente silenciosa,
a pesardel
ruidode las
conversaciones,
de
los bailes
en el gran patiode
la
quinta, ¿o no era quinta?Recuerdo
unárbol
formidable,
copioso,
un ipatriarca oscuroy solitario,
alrededorde
él
sejuntaban
y
¡crecían mis primos, misprimas,
los
amigosllenos
de
carcajadas,yo
debía
estar porahí,
enterrado a medias como una piedra enla
humedad,
a mediasdisimulado
y alerta,
mirándolos a ellosy,
sobretodo,
alárbol,
su pielcuarteada,
envejecida vertiendo raudalesde
silencio,
y
escuchando elmar,
sabiendo que esta noche vendría a arañar suavey
solapadola puerta,
a remecerla
enredadera, a rodar por el patiohacia
las
puertasdel dormitorio
y
del
comedor.El
mary
la
tos de
mimadre,
sólo eso recuerdonítidamente,
eslo
único
que persistey
queha
quedado comoidea fija
en mimemoria, y las
extrañas
ausenciasde
mipadre,
extrañas sólo paramí,
puesdebían
tener
una explicaciónlógica
y
hasta
«burocrática, me parecía a veces quefaltaba
semanas o mesesde
la
casa,
creo que entoncesdesapa
recía el ruido
del
mar,
como que el mar seiba
conél
hacia
dentro,
hacia
otro paísseguramente, y
también
como que mi madre ya notosía,
tampoco
mejoraba,
recuerdo —oimagino
— su sombra pasandopor el
patio,
saliendode las
puertas,
entrando porlas
puertas,
siem pre calladay
diligente,
siempre caminando enlínea
recta comolo
hacen los
sonámbulosy las
manos ocupadas con algún ¡frágiltiesto,
con alguna
ropa,
con algúnfrasco
de arrope, y
donosamente
peinada.Creo
que antesde
la
información
dada
¡por mihermana
nohace
mucho sólo
aquello,
nodigo
recuerdo sino másbien
idea,
idea
apriori,
nacida
tal
vezda
conversaciones o comentarios marginalesde
mistías,
de
que ellatenía
hermosa
cabelleray
hermosa
frente,
seinter
polaba con esapregunta,
¿¡cómopodía, además,
la
muerte sertan
cobardey
estar escondida en esafrente frágil
eingenua y
que esoquedara
impune?
De
repente,
cualquierdía
regresaba mipadre,
más
descuidado,
ni más sucio,diría
yo quehasta
másbien
parecido, creo quehabía
gozadofama
de
buenmozoy
enamorado,tenía
unafigura
elegantey
un modo mesurado paraactuar,
pero se poníafu
rioso cuandole
decían
—losamigos,
los
parientes, porejemplo,
mitío
Enrique— que se parecía al Presidente Leguíadel
Perú.Era
harto
patriota,
guardadorde
todas
las
fiestas
nacionales, sindejar
de
¡serligeramente
sarcástocoy
estoico. Recuerdo que undía,
impre
sionado
y
fascinado
conla
lectura
de
las
obras completasde
Julio
Verne,
queél
poseía en un grantomo
ilustrado,
impreso
en castellanoen
París,
le
preguntétímidamente,
deseoso de
encontrar una respuesta que abonara mi incipiente patriotismoy
quizás también para acercarme más a su alma con esa clase
de
conversaciones, que qué cosafamosa
en el mundohabían inventido los chilenos,
me contestódes
pectivo,
¡sininsistir demasiado
y
ligeramente pesaroso:Las
humitas.Mi
padre,hasta
sumuerte,
yamuy
anciano,
fue
un extraordinariolector,
él
meinició
en el gusto porla
lectura
obligándome a conoceren edad
muy
temprana
a algunos autores que yo no podía comprender, porejemplo, Homero. Tenía
un amigocolombiano,
alguien que había sidoimportante
einfluyente
en sutierra,
ministro, embajador o algoparecido, recuerdo su nombre completo:
Patricio
Pereda
Pulido,
meimaginaba
yo Que era algún personajede
novelafrancesa
oespañola,
de
Galdós
o el mismo Pereda al que aprendí a odiar ¡tempranamente cuando estuve hospitalizado en el Salvador.Cuando
uno estáhospitalizado
setoma
más lúcido. Recuerdola tarde
en que me
llevaron
alhospital,
no me sentíaenfermo,
enfermo enabsoluto, pero
tenía
ique estarlo, pueshabíamos
pasado por muchas antesalasde
doctores,
yo me sentía másbien
perplejo,insertado
en unjuego
peligroso que noentendía,
mi padre estabapreocupado,
yde
malgenio; fuimos
acomprarropa ala
casaBurgalat,
antiguatien
da
que, estaba cercadel
colegiode San
Agustín,
recuerdolas
puertasgiratorias, la
¡vendedorade
rostro agraciadoy serio, de
grandes ojos sombríos que me miraba ya con simpatía, con otrasimpatía,
segura mentele
habríandicho
yao habría adivinado que me estaba muriendo, quetengo
que morirme este otromes,
mientras me probaba yo soloun
temo
horribley
un sombrero ridículo.Cuando
salgasdel
hospitalte
compraré untraje
de
pantalónlargo,
medijo
mi padre cuandoel
taxi
doblaba por Estadohacia
la
Alameday
yo estaba llorando en el rinconeito sindesear
queél
se diera cuentay la tarde
y
el automóvily
el bigotede
mi padre estabanllenos
de
sol.Esas
palabrassimples,
dichas incluso
con cierto malestar suavizado como
dicién-dome
notengo
bastante
plataahora,
sobretodo
contu
malditaenfermedad,
mehicieron
pensar sinduda
queiba
a morirmey
mesentí más liviano.
No
me morí enabsoluto,
perotuve
queleerme,
durante los largos
mesesde
hospitalización,
todo
Pereda,
todo
Galdós,
precisamente, porque,
don
Patricio,
tan
gentil, tan elegante,
siempre vestidode
levita,
concolero,
con guantesy
polainas,todo
eltiempo,
incluso
enverano,
y
empaquetadoy
nimbado por una suave resolanaverde
y
perfumada,
netamentecolombiana,
había
dictaminado
enúltima'
instancia
que aquéllastenían
que ser mislecturas
de
¡cabe cera.Odiaba
a mi padre parque me obligaba aleer
autorestan
aburridos,
tan
simplementeexteriores,
inventores
de
unaliteratura
tan
evidente vcaduca,
esolo
podíaimaginar cualquiera,
esolo
podíadecir
cualquiera con más sangrey
más coraje, ¡despuéshe
comprendido la
frase del
comentaristafrancés: En Fihnoia
no es ninguna gra cia escribirbien,
aquí escribenbien hasta los
imlrécile!"?.
Cuando bajé
alas
profundidades conlos
escandinavos yconlos rusos,
comprendíaaue-11a frase
v comprendítambién
lo
aue vo mismo, sinsaberlo,
Quería ybuscaba.
No
setrataba,
núes,de
escribirbien,
de tener
un estilo simplementeagregado,simplemente
bordado
en untema
no vivido, ya aue eltrabaio
hormonal de la
imaginación
nadalo reemplaza,
o sólo sobrela
vidadiaria,
la
vida vacíade
acontecimientos—y la
vida mismaes.ya, un acontecimiento—de
llanto,
de risa,
y poreso,
cuandoleí
aGabriel
Miró
—va ñor propia
iniciativa
— no pude volver aleerlo,
suliteratura
se evaporaba entre mismanos,
entre mi pensamiento que enforma
instintiva
buscaba
otras capas enla
tierra,
no sólola
cortezaexterior,
obvia v prescindible.
Creo
aue unafrase
queha
perjudicado muchola forma
de
hacer literatura
es aauélla acuñada primero porGide
v
después
porMalaparte:
La
piel eslo
más profundo quetiene
elhombre.
Sí,
elhombre
eslo
másprofundo,
perodesde
entonceshay
una suertede
creadores,
no sólonacionales,
aue con aquelfamoso
salvoconducto,
sehan
quedado autorizadamente sólo enla
piel.Porque
sólo es estilo sin
literatura,
me parece quela
obrade
Augusto D'Halmar se perderá
y licuará
con eltiempo,
sólo quedará sufigura teatral
e
impresionante,
y
quizás un parde
cuentos, paraformar
buimpor
tante leyenda.
Por
eso,
nada quedará, nada va quedandoya, de
Eduardo
Barrios,
el caso más ¡calificado en estaslatitudes,
de
unestilo en
busca de
un novelista. ¿Por qué esamaldición,
esades
gracia,
esafalta
de
concordancia y correspondencia entre una cabaltécnica
y
un vacío cerebral completo?El hermano
asno esfalso y
mentirosodesde
estelado
de la
mu rallay desde
elotro,
y
me refiero a una falsedady
una mentira simplemente
estéticas;
Gran señory
Rajadiablos,
es un pobre señory
un pobre
diablo,
es un rajadiablosde
salón,
ni siquierade dormi
torio.
Nada
importa lo
quehaya
podido opinarGabriela
Mistral;
sobre el novelista.
Ella
no acertaba siempre ni siquiera como poetay
esto
forma
partetambién de
su grandeza.Creo
que,había
enGabriela
Mistral demasiadalucidez
para queella se pudiera soltar
totalmente,
en cuerpoy
alma, en carney
enespíritu,
paralograr
escribir esa poesía yadesprendida
de
nuestroser,
esa poesía que es casi una emanaciónde
la naturaleza;
en otraspalabras, lo
que ella admiraba en RainerMaría Rilke
y
en su conducta
poética.Cuando
estoocurre,
¡fluyede
ella esa poesíaperfecta,
marmórea que esAmo
amor o aquellaloca
y
¡despeinada,
vociferante,
derramada,
incendiada
que consume confuego
permanente algunasde
sus coplasinolvidables. Nunca la
conocípersonalmente,
nuncala
divisé
siquiera enhomenajes y paraninfos,
perohabía,
enlas
circunstancias de
su viday de
la mía,
algunas misteriosasy
sutiles afinidades,
quetenían
que ver quizás más que conmigo(¡pues
yo no sabíaentonces,
—en plenainfancia
—, que ¡sería
devorado
porla
literatura)
, con mifamilia.
Nosotros,
comoella,
habíamos
vivido en el nortey
eso mehacía
inconscientemente incorporarla
alos
sueños que éntrete-gieron miinfancia,
v alos
oeaueñoshechos
auela deformaron. Por
eso, añosdesroués,
hacia
1930,
cuando ¡estudiéfugazmente
en unliceo
nocturno,
sufrítambién fugazmente
con una noticiaincreíble.
Uno
de
mis compañeros —ciertamente vulgar, ciertamente
demasiado
consciente
y deseoso de
estar vivo—le
contó a,l profesor,Isaac
Felioe
Azofeifa
—¡auien rn^sterde
sería
Embalador
centroamericano en nuestro ¡país— aueél
¡había sido vecinode Gabriela
Mistral,
no re^ cnerdo en aué ciudad, pero noimporta,
y
aue cadatarde,
cuando ella salíadel
liceo,
la
sentíallegar
ala casa,
abrirla
puertay empezar a subirla
escaleralentamente
leyendo
unlibro de
¡versos: contaba aue sehabía
acostumbradotanto
a ese episodio, ¡eme era ya una costumbrey
una ceremonia paraél
v auedía
adía
estaba ¡pendientede la
hora
en quetenían
que sonarlas
llaves
enla
puerta, los
zapatosen
la
escaleray la
voz en el silencio.Se
¡puso untanto
arrebolado cuando confesó aue esolo había
enfermadode
los
nervios v oue ya su madrehablaba
de
¡buscar otra casa porqueél
se comíalas
manos cuandoGabriela
Mistral se atrasaba un pocoy
¡mirabala hora
vla
tornaba
a mirary
seimaginaba
ala
poetisa ensangrentada enla
calledel pueblo,
muerta, aolastada por algún carretón. Esahistoria,
esa
imagen,
esafigura
de Gabriela
Mistral,
ingresando
lentamente
ala
gran casa solitaria quedó cristalizadaen mi memoria vcuando,
añosdespués,
llegaba
su persona o su poesíahasta
mis manos, asíla ima
ginabasiempre,
vestidade
rigurosoluto,
enhiesta,profunda,
seria,
melancólica, pero no
trágica,
subiendo,
subiendo haciala
casa quela
esperaba absorta.Lo
importante
para mí.lo
trascendental
era queGabriela
Mistral sehabía
convertido no sólo en autorfavorito
mío y partede
esa angustia adolescente que ya no meabandonaba,
sino,lo
que era mássintomático,
actuaba como un personajede la familia
y así
la
incorporaba
yo enla
a veces alborotada casade
la
calleCopiapó.
Mientras
mistías
conversaban cosasmundanas,
mientras
mishermanas
peleaban conRoberto
y
Robertoles tiraba las
trenzas hasta
que soltaban elgrito, de
repentellegaba
un minutopuro ¡de
silencio, todo
sedetenía,
todo
quedaba solidificado einmóvil;
yo presentía elmiedo,
adivinaba elmiedo,
parecía ¡que el ruidode
la
sierrade
la barraca
vecina a nuestra casa se apaciguabay
sehacía
más
solemne,
mi padre sedesvanecía
otra vez misteriosamentey
la
mamparade
vidriosarrebolados,
granates o verdes, se entreabríay
caminaba ya por el pasadizo
Gabriela Mistral
en untubo de
silencio, sin mirar anadie,
sindarse
cuentade
nada, de la
casa nide
sushabitantes;
¡sólo mirando ellibro,
tal
veztampoco mirándolo,
pues parecía caminar ¡dormida como apareciódespués
en elbusto
quede
ellahizo Laura
Rodig;
desapareció
pasadizoadentro,
sinhacer
muchoruido, aunque yo veía sus
tobillos
negros,
sustacos
toscos,
de maestra,
su granfalda
plisada;
mistías
conversaban siempre, mishermanas
chillaban siempre
y
ahoradiscutían
airadamente entre ellasy
semiraban el
pelo; Roberto
se reíacauteloso,
pero no caminaba por elpasadizo,
no,
nadie estaba enlas
baldosas,
¡sóloella,
yaiba
frente
aldormitorio
de
Roberto,
aldormitorio de
mitía
Concepción;
iba
frente
a
la
puertade
mipieza,
esa pequeña pieza con ¡claraboya enla
cualdebía
soñartanto
después,
y
empezaba abajar
los
escalonesdel
segundo patio
y deslizarse hasta
abajohacia
elhuerto,
y
nada meextrañaba, nada me parecía
maravilloso;
por elcontrario,
mirabatodo
aquello connaturalidad,
sin ese aspavientoy
esa experiencia gastada queda después
elarte;
no estaba asombrado odu
doso,
siquiera estupefectode
que ella estuvieraaquí,
enla
calleCopiapó,
¡dondeles Droguett y
noallá,
en esa. ¡casade
altosde
otraciudad, también
en otraépoca
y
se estuviera convirtiendo sin prolon gaciones en un miembrofantasma
de la
familia,
en cierto modo enuna
tía
personalmía,
porque yo sólo sabía ese secretoy lo
guardabay
a nadie selo
conté raneay
ahora esla
primera vez quelo
recuerdo.Por
lo
demás,
¿de qué me servíatodo
eso?Si
selo hubiera
contado a mitía
Concepción
—gran, amiga
de
miadolescencia,
mujer más prácticay
positiva nohe
conocido— sehabría
reído cortitoy
mehabría
miradolarga
perofugazmente;
si selo
hubiera
dicho
a mipadre,
mehabría
contestado con un gesto esquivado v
duro,
algo contaminado, un ¡gestoque en
definitiva,
siéndolo,
no quería serincomprensivo,
peroél
nuncatenía
tiempo
para naday jamás
sedio
cuentade
que yo estaba ente ramentevivo,
esdecir,
vivo poradentro,
vivo más alláde
la
aparienciay
eltemeroso
respirar.Recuerdo
quizás algunas anécdotasde la
infancia
rememoradas por eldoloroso
Chejov,
que me parecían a veceshechos
robados a mivida,
cosas que a mí me pasabany
eso no podíadecirlo
a nadie para que no serieran,
sobretodo
para aue no seriera,
porejemplo,
Roberto,
alborotado,
loco,
reconcentrado,
despectivo,
bueno
para reírsede
todo,
para encontrar elchiste,
el ¡sarcasmo, elridículo
en cualquier palabra o ¡gesto,incluso
en cualquiersilencio; sí,
sehabría
reído mucho rato agarrado a
la
puerta,
volando con ellay
con misecreto;
nodigo
yo ahora que estaba asustado poreso,
porhaber
vistoa
Gabriela Mistral
caminar por elpasadizo,
sin resbalar enlas
bal
dosas
nitropezar
con mistías,
tranqueando
a milado
con igranporque
temía y
creía que en mi cara se podría notar el granmisterio,
el secretodel
cual erayo,
porahora,
elúnico depositario.
Todo, todo,
después de tanto
tiempo,
porque una nochede
claroinvierno,
en elliceo
Hansen,
Alameda
abajo,
nuestro compañeroTorres había
confiado
notoriamente —lo
que noera, por
lo
demás,
particularmenteextraño,
pues estábamos en clasede
literatura— queél
había
sidovecino
de Gabriela
Mistral. Torres era cortode
inteligencia y
algovulgar, tal
vezdemasiado
hablador,
esodije,
eso pensabaentonces,
pero ¡seguramente mitajante
opinión sedebía
a que yo estaba celosoy
envidiosoy él
noera, quizás,
nitan
vulgar nitan
imbécil,
especialmente porqueporaquellos años
todos
yasabíamosel rumbo queíbamos
tomando.
El,
el vecinode
Gabriela,
escribía ¡versos elinfeliz,
enrealidad,
decía
quelos
escribía porque nuncalogré
conseguir que meleyera
uno
y
cuando se planteaba el punto en clase nos mostrabalas
hu
mildeshencías.
Palavicini era grandibujante y
escribíatambién,
tal
vez
de
un modo ¡demasiadopuro, demasiado
metafísicoy
desarraigado
para migusto;
añosdespués
seguía siendo empleadode
unabotica
del
barrio
estacióny
le
pedí queilustrara la
portadade Sombra
y
Sujeto,
versosde
JaimeRayo,
poetalúcido,
extraordinariamente'
lúcido,
que se suicidarade
unbalazo
en el veranode 1942.
Cualquier
día,
en clasede composición,
presenté un cuento enverso
y
lo
entregué en elúltimo momento, de
manera quenadie,
ni mis compañeros ni elprofesor,
supieran eltema y la forma
de
mitrabajo,
era agradable hacer elmisterioso, tal
vez aquí estriba el se cretode
las aristocraciasde
todo
pelo,la
semana siguiente nofui
aclases
y
sóloquincedías
después,
elprofesor,
ya enteradode
mi mismomal,
mellamó
con una sonrisa paramasónicay
estuvimos conver sando.La
composición mía no valía ¡grancosa,
pero mefue
muy útil
porque por ahí andaba el vecino
de
Gabriela
haciéndose
el encontradizo y deseando
meterse en midehesa,
pero yolo
ignoraba,
lo des
preciaba, no
le
perdonaba sumentira,
mentirala
llamaba
yo por que ya por entonces eramuy
injusto,
puesla
verdad era quele tenía
envidia,
envidia sin embagesy
sintapujos
y, enrealidad,
nunca seme ocurrió que
él hubiera
inventado
aquellahistoria
como yo nohabía inventado la mía,
¿no es, verdad?Pues
bien,
digo
que mi composición no valía
nada,
pero aquellabreve
historia
del
cielotenía
yaun comienzo
de
imaginación,
un afánimpetuoso
de
salirsede la
tierra
permaneciendo en ella, como si alhundirme
en elbarro y
en elpolvo
y
golpearmelas
rodillas contralos
peñascos,
cada vez más abajoy
másobscuro, hubiera
de
algún modo querido cogerla
vida,
la
vidaauténtica cuyo soplo solamente pasaba
arriba,
cada vez másarriba,
cada vez másinalcanzable.
Por
lo
demás,^
aquél nohabía
sido mi primer ensayoliterario,
yaen
San
Agustín,
añosantes, le
mostré a mi compañerode
banco,
Ma
nuelSalvat,
hoy,
desgraciado
de
él,
abogado,
un cuento quehabía
crito
y
quesetitulaba
¿Por qué se enfríaía
sopa?Manuel
se entusias mó con aquellahistoria tan
diluida
notanto
por ella misma sino por queél
había
notadohacía
tiempo,
decía
con risita solapada eintelec
tual,
que yo estaba ya probablemente enfermo.A
mí me gustabade
aquel ¡cuento eltítulo
y también
eltema,
notanto
eldesarrollo;
eltítulo
meobsesionaba, pues era para mícomo unretorno ala
infancia,
ala
casade
La
Serena,
donde había
enfermadofatalmente
mi madrey
ia cual casiincendió
núhermano Roberto
una mañana queinventó
construir una capilla con sábanas
y frazadas y
cantar una rápida misademasiado solemne,
me acuerdo oimagino
verlotodavía
todo
chamus cadoy
dorado,
notanto
por el calory
el susto sino poreltemor
de
que marla casa,
perotambién
recuerdo que enfrentó valientemente a mi padre cuandoél llegó y todos
los
niños chicos creíamos quelo
mataría sencillamente.Verás
cómo saca el cortaplumasy
lo
degüella
en elba
ño,
decía
Jorge,
lo decía
de
un modofrío, tranquilo,
sinpesar, tam
poco conalegría,
mientras se arreglaba el nudode
la
corbatay
se peinaba sus cabellosclaros;
enrealidad,
Roberto
lo había fregado
mucho
siempre,
casidiría
que más que a mishermanas,
peroahora,
Jorge
no se estabavengando,
no,
eratan
espiritualy
tan
bueno,
mar cado ya por eldestino,
él
lo
sabíay
yolo
adivinaba,
sólo estaba señalando,
captando el ¡castigo que venía ya en elaire;
pero no ocurriónada;
mi padre entrócallado, dejó
en el paragüero su ¡bastóny
los
diarios,
se sacó el sombrerolentamente
en un gestodócil
y
cansadoy
nos abarcóconla
mirada sonriendo unosmilímetros,
prescindiódel
humo
y de
los
destrozos,
ni siquiera sefijó
en el agua que corría por elsuelo,
lo
vimos perdersehacia
dentro
llevando
unasbriznas
de
in
cendio que nolo
captaban,
que no se metían enél,
parecíainvulnera
ble,
a pruebade
catástrofesy
también de sinsabores,
a pesarde
ese silenciohabitual
quetanto
impresionaba. Sentí
sus pasos quedos que se perdían en el airey después
unabreve
tos de
mi madrey
¡golpespersistentes
y
como que elhumo
llenaba
toda
la
casay
borraba
a mishermanos y
alos
muebles.Todas
esas cosas evocaba paramí aquel esbozo de cuento,
quedesgraciadamente
perdí no sécuándo,
no sé cómoy del
cualtodavía
nos acordamos con Manuel cuandole llevo
algún problemajudicial,
porejemplo, la
posesión efectivade los bienes de
mi padre o cuandoél
metransfiere
algunode
sus opúsculos especializados de
la
.historiade
América
colonial. Pero recuerdo que siendoaún más
niño,
tal
vez alumnode
segundo otercero
de
humanidades,
escribía ya
versos,
versos plenosde
imaginación,
eso creíayo,
los
quepensaba reunir en un volumen
de título
pomposoy
ridículo,
pero que a mí me parecía el¡colmoy
el nirvanade la
audacia verbaly
temática:
Física del sentimiento,
eran versos ¡de pococalado,
como losdel
Crepusculario
de
Neruda, tristes,
pero notan
tristes
comoéste,
lo que,
porlo
demás,
no era unacualidad,
ya iquetú
tienes la
obligacióny
elderecho de
estarinconsolable y triste
en algunos años enlutadosde
tu
alma.
Algunos
de
esos versos figuraron afines
de
año en miimpecable
cuadernode
composición. Cuando metocó
elturno
de
darexamen,
elexaminador
fiscal,
MarianoLatorre,
algo más encendidoquede
costumbre,
pues erala jornada de la tarde y
el almuerzo servido porlos
frailes
había
sido copiosoy
regadode
muy
buen
vino, cogió mi cuadernoy
sesorprendió ostensiblemente al observar mis
versos, desde
arribade
sutarima
echó una corta mirada azul para cogermey
nodejarme
escapary
se estaba retorciendo elbigote
para exprimir en ellos el sentidode
aquellos versos
descalcificados,
los
peldaño^de la
lluvia
lavan las
penas
del
alma.Luego,
de
colega acolega,
aunquedesnivelados,
tal
vezcon señorial
simpatía,
condemasiada
simpatíade
partesuya,
que nome ¡gustaba
nada,
nos poníamosde
acuerdo sobreGarcilaso y después
me echó a rodar.
Efectivamente,
yo estaba sonrojadoy
furioso,
nodigo
que
humillado
pero ofendido porque había sidoexhibido endemasía;
nose
lo
perdonaba,
no selo
perdonénunca,
sobretodo
porque alguna vezla
¡vida nos colocó otra vez en situaciónsemejante, él
sentado porahí,
en el aire oen
la
tierra,
enlos bancos del
jardín del
Congreso
Nacional odel Parque
Forestal,
'dondelo divisaba
craneandoy
garrapateando algunode
aquellos cuentos chatosy famosos
¡que no me ¡gustaban enabsoluto.
Yo
vivía por aquellos añosdonde
me correspondíahistórica
mente,
en esa arroganciay fecundidad
de
la
juventud,
y,
en consecuencia,
aquellos cuentoscriollos,
sinaire,
¡sinatmósfera,
no me gustaban.Me
parecenfalsos,
padre,le dije
undía
a¡Escuderoy le
pregunte algunosdatos
sobreMariano Latorre.
Mira,
medijo,
Mariano
va en el verano al sury
toma apuntes,
suele conversar conla
gentey
por ahílo
en contrarás en uncuento,
haciendo preguntas,
tú
ves, él
vahacia la
tierra
¡como unturista
estival,
no vienede
ella.¡Ah!,
ahora se acordaba. Me
contó que undía de
fin
de
semanahabían
salidolos
tres,
conLuis
Durand
de
excursiónhacia
los
camposde
Linares,
y
paraél
esa caminata a caballohabía
sidola
definición
de
los
hom
bres
y
de
sus respectivasliteraturas.
Luis
Durand,
directo,
adherido,
fuerte
ala
tierra,
esdecir
alcaballo,
respirando goloso el campo,
feliz de
estarvivo,
de
estarlo sobretodo
enésta
queél
amabay
quepor eso respiraba
y
comprendíay
expresaba,
no erahombre
profundo niculto,
pero estaballeno de
vitalidady de
verdad;
poreso, junto
acuentos que novalen
nada,
si noes porla
visióndirecta y
totalizadora,
hay
otros que son verdaderosaciertos,
porqueLucho Durand
amala
tierra,
él
mismo es un pedazode
tierra,
está contentode vivir,
pare ciera que nunca se va amorir, tan
repleto estáde
vida,
pletórdcode
campoy
de
entusiasmo. Encambio, Mariano Latorre
es unhombre
de
la ciudad,
conlos
gustos malosy buenos de la
ciudad,
corrompido como ella, contaminado como
ella,
él
no amanada,
se amatal
vez a símismo, la
vidaha
sidofácil
paraél
y
él
la
ha
tomado
transitoriamente
como se
le ha presentado,
sincomprometerse,
le
gustala buena mesa,
los
¡buenosvinos,
míraloy
verás que es unelegante,
un pije solicitadopor
las
mujeresy
para ellas no másha
vivido. ¿Que amala
tierra,
que es un criollista
de
corazón?Pamplinas,
¡aquella ¡vez, cuandollega
mos aun
lugar
a servirnoscomida,
mientrasLucho y
yo pedíamosuna cazuelade
pavaMariano
preguntaba por unosñoquis
o unos canelones;y
cuandoregresábamos,
mientrasLucho
cantaba a plenopulmón,
gozosoy
contagioso,
unatonada chilena,
Mariano
tatareaba
una canzoneta napolitana, y entonces,
ahílos
tienes
alos
dos,
echandofuera
los
productos
que mástienen
que ver con sunaturaleza, Durand
entregando esanovela
informe
¡queesFrontera,
pesada, primaria,
titubeante,
perogran diosaaratos, verdadera,
auténtica ensudeformidad,
porque esolo
ha
vi vidoél,
esolo ha
sentidoél;
encambio,
Mariano es unhombre
que se sienteridículo,
tímido,
montado a caballoy
del
campo sólo sientelos
zancudos,
alhuaso,
alcampesino,
nolos
siente, trata de
comprenderlosagolpes
de intuición
y.node
pasióny,
comotú
dices,
susmejores cuentos
sonaquéllos'en¡quese encuentra el
mar,
esdecir,
la aventura,
porqueél
mismo era unsoñador, firío
pero soñador.Mis
¡años como alumnodel
colegiode
San Agustín
fueroninol
vidables¡paramíy
los
miro como si ayer nomás,
eljueves
o elsábado,
hubiera
¡abandonadolas
aulas.Lo
pasé mal en elcolegio,
fue
para mí meterme¡Violentamente, fuera
de
mivoluntad, y
mi voluntad nocontaba,
en un ambiente que me rechazaba.Estaba
solo en elmundo,
cada vez mássolo,
aunquetenia
a mi padrey
a mitía
Concepción.
Hacía
siete años que mi madrehabía
muertode
algún misteriosomodo,
yo no sufrídirectamente
sumuerte,
sólo al paso rápido olento
de los
años ella sehabía
estado muriendo poco a poco en mialma;
todavía
seguía el cursode
su enfermedad cuya presenciafísica
ima
ginabadesde
que alguien me cogíade
la
manoy
mellevaba hacia
elmar,
días
hermosos,
días plácidos,
aunque sinsol,
perotambién
sinviento,
sólo el mary
el ¡cielo existíany
nuestros pasos atravesandola
humedad de
un galpón sombríohacia
las
olas que cabeceabanilu
minadas a
dos
¡cuadras; mi madre quedabalejos,
envueltay
preser vada ¡enla
neblina, tamizadas
sustoses
porla
niebla,
por elmar,
por el viento que ¡remecía suavela
casa para no ser violentohasta
la
noche.Me
sentíatriste,
bajábamos
corriendo porla
calle Cantour-netahora,
una calle claray
sonora,
másbien
estrecha,
másbien
lle
nade
luz,
¡como si ahí estuviera siemprela
mañana ola primavera,
contodas
sus casas ¡sonrientes, pintadasalegremente,
con ventanas verdesy
limpias,
herméticamente
¡cerradas, pero cerradas no sobre eldrama y la
amenaza sino plegadas sencillamente para preservar unaholgada y tranquüa
vida,
una risatenue
que cantaba por ahítras los
visillos,
mishermanas
mellevaban
cada unade
unamano,
como uncanasto, las
mirabahacia
arriba,
estabanmuy
arriba,
más arriba entre las
nubes,
contemplando el mar para respirarlo conmiedo,
el mar venía ahímismo,
algo ¡gibado, apretabalas
manosde
mishermanas
pero ahora ya estábamoshundidos
en el aguay
ella queríadesen
redarnos conmaldad,
meahogaba,
olíala
sangre en mediodel agua,
me estabamuriendo, mamá,
mamá,
mishermanas
sereían,
ahora estabandiscutiendo
enla
arena,
riéndose suavede
mí,
abarcándome conla mirada,
preservándome con ellay también
sujetándome para que no meescapara,
suspiraba profundóy
me ¡dejaba caer cercade
esperába-íhos
y
teníamos
paciencia,
de
repente se convertía en cerrosy
cerrospara ¡aplastarnos más
luego,
cualquiera nocheharía
esoél,
cualquiera
noche,
por esolo
miraba conrecelo,
no creyendo en su paz ni en sutranquilidad,
hacia
las
doce
se acercaría ala
casay derramaría
sus materiales sobre
todos
nosotros,
pobremamá,
yo presentía que ella erala
másfrágil,
la
másherida,
la
másvulnerable,
mela
imaginaba
lista
para sufrir odespedazarse,
para queél
o mi padre o mihermano
Roberto la
despedazaran,
creo que sedejaría
derramar
sinlágrimas,
sólo tosiendo
unpoco,
unpoquito,
sin mayorescándalo,
tosiendo
endefinitiva
sólo paraella,
no creo que paranosotros,
menos para mipadre,
parecía que ellade
repente estaba yalejos,
viviendo realmenteen otra
parte,
en otra ¡casa, en otraciudad,
en otropaís;
cuando ca minaba por elpatio,
cuando entraba ala
piezay
abríala
ventanay
cogíalas
ropasde
la
cama,
parecía quetodo
aquellolo
estabaha
ciendoprovisoriamente,
como esperando suturno,
elturno
de
caminar
hacia
afuera parairse
parasiempre,
irse
sin ¡volverla cabeza,
sin siquieratoser ya,
sinhablar,
no,
nohablaba
nuncademasiado,
tal
vez alguna ¡vez ¡entreabriólos labios
y
sonrióenteramente,
alzó una manohasta
sucabellera,
pero era para acomodar sutos
o su angustiosa
espera,
porquetodavía
no venían a¡buscarla,
mi padre no venía a
buscarla, él,
cuando negabade la
calle,
veníacansado,
bastaba
mirarlo,
aunque sus pasos erantranquilos,
sin nadade cansancio,
sólo conindiferencia,
sólo conseguridad,
la
seguridadde
que ahíestaba
la silla,
el platode
sopa,las
zapatillas que mi madretenía
enlas
manos esperando que
él
seinclinara
unpoco,
entonces ella sellevó
la
mano ala
boca y
empalideció otro pocoy
entró corriendo mihermano
Roberto,
corriendode
un modo que nocorrespondía, después
lo he
he-cordado, no,
nodebió
venir corriendo para cogersedel
vestónde
mi ¡padre
y decirle
aquello que yahe
contado enotra parte.Mi
padre ya estaba
sentado,
algo enla
penumbra, pero yo veía subigote cuidado,
unbigote lleno
de
saludy fuerza y
seguridad, frunció
el entrecejo unpoco,
sóloun
poquito,
movióla
sillay
echó fueralas piernas,
sepusode
piey
miraba en
la
nuca aRoberto,
Roberto
de
repente estaba creciendo apresuradoy
ahora se afligíay
se poníahorrible,
estaba a puntode
llo
rar,
ahora no me parecía malvado niimpetuoso,
su nombre no me so naba ya a rechinarde
dientes,
sí,él
había
visto a mi madre escupir sangre
tras
la puerta,
tuve
un escalofrío ¡que no encajaba mientras miraba a mi padre pasarsela
servilleta porlos
labios
y
echar con sosegada violenciala
silla a unlado,
la
silla cayó alsuelo,
Roberto
se agachóy
cuando selevantó y
la
levantó
estaballorando,
sentí elsilencio,
elsilencio que se vertía
de
todas
partes,
incluso del
techo,
incluso
de los
rincones
penumbrosos,
no sentíanada,
ni a mishermanas
siempretan
¡bulliciosas, ni siquiera a mis otroshermanos, Jorge,
porejemplo,
caminando porahí,
mirandode
reojo, lleno de
viday
de
espíritu crítico,
tajando
con su miradalímpida,
con su rostrodelgado y
su suavecabello, las intenciones y las
cosas que estabandetrás de las intenciones
o