Alianza Universidad
Geoffrey Leech
Semántica
Versión española deJuan Luis Tato G. Espada
Alianza
Editorial
Semantics - Esta obra ha sido publicada en inglés por Penguin Books Ltd.,
Harmondsworth, Middlesex, Inglaterra.
INDICE
© Geoffrey. Leech, 1974
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1977
Calle Milán, 38; a' 200 00 45 ISBN: 84-206-2197-8
Depósito legal: M. 34.904-1977
Impreso en Closas-Orcoycn, S. L. Martínez Paje, 5. Madrid-29 Printed in Spain
A g r a d e c i m i e n t o s 9
Símbolos ...10
Introducción ...11
1. Los significados de significado ...15
2. Siete tipos de significado ...25
3 . « C o n c e p t o s c o n a r m a z ó n » ...44
4 . Se m á nt i c a y s oc i e da d ...65
5. ¿Es la semántica una ciencia? ...88
6. Componentes y contraposiciones del significado... 1 1 5 7. La estructura semántica de las oraciones ... 147
8. La lógica en el lenguaje cotidiano ...178
9 . S e m á n t i c a y s i n t a x i s... 2 00 1 0 . L a s e m á n t i c a y e l d i c c i o n a r i o... 226
11. Color y parentesco: dos estudios concretos sobre «se-mántica universal»... 258
12. Equivalencia semántica y «semántica profunda» ... 2 9 2 1 3 . P r e s u p o s i c i o n e s y f a c t i c i d a d... 321
14. Otras teorías ... 356
Bibliografía básica... 395
Bibliografía... 404 Indice alfabético... 4 14
AGRADECIMIENTOS
El estudioso de la semántica ha de tener de varias cosas al mis-mo tiempo; no sólo de lingüista, sino también de filósofo, de antro-pólogo, de psicólogo, e incluso un poco de reformador social y de crítico literario. Por ello, estoy sumamente agradecido a las perso-nas siguientes, que me han ayudado con su colaboración, sus ideas y sus autorizadas sugerencias a salir airosamente en el desempeño de estos papeles adoptivos: Michael Breen (lenguaje y formación de conceptos), David Lightfoot («islas anafóricas»), Floyd Louns-bury (semántica del parentesco), Colin Lyas (filosofía y lingüística) y Humphrey Prideaux (por sus puntos de vista como profano en la materia).
Este libro lo redacté durante el semestre que estuve en calidad de Visiting Professor en la Brown University. Estas páginas, pues, deben mucho a mis colegas en la especialidad de lengua inglesa de Lancaster por posibilitarme esa estancia; al Departamento de Lin-güística de Brown por proporcionarme un semestre grato y estimu-lante, con abundante tiempo libre para escribir, y a Donald Freeman por sustituirme en Lancaster durante mi ausencia.
David Crystal, el responsable de las series lingüísticas de Pen-guin, merece mi reconocimiento más sincero por sus consejos, su paciencia y su amabilidad.
SIMBOLOS
INTRODUCCION
Para mayor claridad, enumeramos las convenciones simbólicas siguientes (la mayor parte de ellas atañe a los últimos capítulos del libro):
* (asterisco) precediendo a uni frase, un enunciado, etc., indica que éste es inaceptable o está mal formado.
«chico» (etc.) —la expresión que vaya entre comillas indica un sig-nificado, no una forma (p. 123)
chico (etc.) —la expresión que vaya en cursiva indica una forma, no un significado
el (etc.) —una palabra en negrita indica un formador, o rasgo «lógi co» del significado (pp. 182-186)
<PN> = predicación degradada (pp. 170-175) ( PN) = predicación incrustada (pp. 168-170) A = argumento (p. 149)
P = predicado (p. 149)
¿Por qué estudiar la semántica? Esta disciplina —en tanto que estudio del significado— es fundamental para el análisis de la co-municación; y dado que ésta resulta ser cada vez más un factor crucial en la organización social, la necesidad de entender aquélla resulta más acuciante cada vez. La semántica está también en
la
base misma del estudio de la mente humana: fenómenos tales como los procesos del pensamiento, el conocimiento o la conceptualiza-ción están estrechamente relacionados con la forma en que cla-sificamos y expresamos nuestra experiencia del mundo a travésdel
lenguaje.Debido a que todo esto —bajo esa doble perspectiva— es tul aspecto muy importante del estudio del hombre, la semántica ha sido el punto donde han confluido varias corrientes contrapuestas del pensamiento y diversas disciplinas de estudio: tanto la filosofía como la psicología y la lingüística afirman que tienen un gran in-terés por el tema; pero sus intereses en realidad son diversos a causa de sus distintos puntos de partida: para la psicología será el com-prender la mente; para la lingüística, el lenguaje y las diversas len-guas; y para la filosofía, cómo sabemos lo que efectivamente sabe-mos, las reglas del razonamiento correcto y la evaluación de la ver-dad y la falsever-dad. Debido a los muchos enfoques que se le ha ver-dado — cuyas relaciones entre sí son, por lo general, muy poco claras, incluso para los estudiosos ciel tema—, la semántica ha parecido frecuentemente algo incomprensible y misterioso; y se ha visto asi
también por su carácter de «conocimiento que se pliega sobre sí mismo», es decir, por ser una actividad que puede parecer que tenga mucho en común con la de un perro que se persigue su propio rabo.
Por todas esas razones, o simplemente porque es un tema fasci-nante, la semántica ha proporcionado material para muchos libros. Por supuesto que ha habido otros libros con el mismo título que lleva éste, pero esto no quiere decir que cada nuevo libro que se aventure a expresarse sobre cl tema sea una pérdida de tiempo o una simple copia de otro anterior; más bien consiste en el intento particular de su autor de arrojar una luz nueva sobre un problema que siempre amenaza con volver a su oscuridad primitiva, siendo tal la diversidad de enfoques que se pueden leer dos libros sobre semántica sin apenas encontrar entre ellos algo en común.
Ningún autor puede abordar un estudio completo del ámbito de la semántica (y si lo hace, no logrará más que un compendio superficial de «lo que otros han pensado» acerca del significado); el único proceder razonable es trillar su propio camino a través del yermo y no prestar más atención de la necesaria a lo que se encuen-tra a ambos lados. Ese es el espíritu que me anima al escribir este libro; entiendo la semántica como una rama de la lingüística, la cual es, a su vez, el estudio del lenguaje; como una esfera de estudio paralela a —y en interacción con— las de la sintaxis y la fonología, que tratan de las pautas formales del lenguaje y de la manera en que éstas se traducen en sonido, respectivamente; mientras que la sintaxis y la fonología estudian la estructura de las posibilidades expresivas del lenguaje, la semántica se dedica a los significados que se pueden expresar. Se puede afirmar de modo concluyente que el considerar la semántica como una disciplina integrante de la lin-güística es el punto de partida más fructífero y apasionante en la actualidad: hace veinte años, si bien la lingüística se desarrollaba rápidamente en varias direcciones, había dejado totalmente aban-donada la semántica en manos de los filósofos y los antropólogos; sin embargo, en los últimos diez años ha habido un considerable viraje: desde una consideración de la semántica como una tierra de nadie intelectual confusa y carente de todo orden, prácticamente ajena a la lingüística, hasta una tendencia que le otorga una posición más central cada vez en los estudios lingüísticos (posición a la que, al menos en mi entender, tiene derecho). La concentración de es-fuerzo intelectual sobre la semántica, posiblemente haya alcanzado ya su punto culminante; y, desde luego, ha conducido ya a unos planteamientos igual de originales —si no más— que los que los filósofos del lenguaje tales como Wittgenstein y Carnap alumbra-ron en las décadas de 1920 y 1930.
La lingüística, en cuanto que estudio científico del lenguaje, ha dado al tema de la semántica un cierto grado de rigor analítico combinado con un enfoque del estudio del significado según el cual éste es un componente integrado en la teoría global de cómo funciona el lenguaje. En realidad, estudiar el plano del «contenido» del lenguaje sin hacer referencia al plano de la «expresión» no es más provechoso que estudiar éste sin hacer referencia a aquél (cosa esta última que los lingüistas ya han intentado y han comprendido que es estéril). La solidez de la concepción integradora antedicha reside en que hace posible que se puedan aplicar a la semántica técnicas de análisis que ya han demostrado ser fructuosas en otros aspectos del lenguaje; pero la ampliación de su horizonte en esa di-rección ha supuesto al mismo tiempo una limitación en otra: los precisos métodos analíticos que se han desarrollado para el estudio de la gramática y la fonología sólo se aplican a un tipo de signifi-cado que se llama tradicionalmente «conceptual» o «cognoscitivo», mientras que otros tipos que se pueden añadir, como el significado «connotativo» o «asociativo», se han descuidado un tanto. Preci-samente, uno de mis propósitos es corregir ese desequilibrio.
Este libro se divide en dos partes, actuando el capítulo 5 («¿Es la semántica una ciencia?») a modo de puente tendido entre ambas. Los cuatro primeros capítulos constituyen una introducción «pre-teorética» con la que he pretendido ofrecer una orientación general sobre el tema, procurando seguir un camino con el que se pueda tanto atender a los numerosos planteamientos y enfoques erróneos a los que es propensa la semántica, como explorar los problemas de la comunicación y del significado que la hacen estar en estrecha relación con los problemas de la vida moderna: se presta atención a cuestiones tales como la organización conceptual del pensamiento humano (capítulo 3) y la «semántica estratégica» de la publicidad y de la propaganda (capítulo 4).
Desde el capítulo 6 hasta el final, el libro se dedica al aspecto fundamental del significado, es decir, al cognoscitivo, exponiéndo-se una teoría exponiéndo-semántica basada en los principios desarrollados por la lingüística moderna. En esta parte del libro estudiaremos deta-lladamente cómo se organiza la estructura semántica de una lengua, e intentaremos dar respuesta a cuestiones como «¿cómo se propórciona una definición exacta de una palabra determinada?», «,cómo se formulan las reglas que expliquen de 'qué manera tal o cuál sucesión de símbolos fonéticos posee tal o cuál significado?». Este estudio teorético del significado puede ser muy apasionante intelectualmente, pero llevado a la precisión extrema de una formulación matemática resulta sobremanera complejo y abstracto; todo lo que
puedo hacer en un libro introductorio como éste es, simplemente, dar una idea de las diferentes clases de análisis que entran en juego y de las razones que conducen a adoptar una solución antes que otra referente a los problemas de descripción semántica.
Sin duda, el ir desde las consideraciones introductorias sobre la comunicación humana hasta el ámbito especializado de la se-mántica teórica representa un salto considerable, y los perseverantes lectores que lleguen a los últimos capítulos notarán algo así como «un cambio de marcha» y un incremento de las dificultades, espe-cialmente en el capítulo 7 y del 11 al 14. Puede suceder muy bien que alguien me reproche el que haya pretendido incluir en el mis-mo libro dos tipos tan dispares de investigación; creo, sin embargo, que elfo puede justificarse. Los problemas generales de la comuni-cación sólo se pueden valorar cabalmente en el contexto de una comprensión exacta de la estructura lógico-conceptual del lenguaje (en los capítulos 1 al 4 hay muchos puntos que explico más detalla-damente en páginas posteriores del libro); por el contrario, la se-mántica teórica puede perder contacto fácilmente con los problemas prácticos de la comunicación y adolecer, así, de dar una visión un tanto descolorida y deformada del tema que se pretenda estudiar ( la lógica formal de los filósofos proporciona numerosos ejemplos de esto). Dicho de otra manera, creo firmemente que se gana mu-cho intentando estudiar conjuntamente la semántica «pura» y la «aplicada».
Hay una escuela del pensamiento —la que se conoce como «se-mántica general»— que sostiene que el estudio de los procesos comunicativos puede ser un medio idóneo para resolver los proble-mas entre los hombres; aunque yo vacilaría al fomular las categó-ricas afirmaciones de este grupo —que, en mi entender, parece tener una visión más bien ingenua de las causas de tales proble-mas—, no hay duda de que cuanto más comprendamos las estruc-turas cognoscitivas y comunicativas del lenguaje, más capaces se-remos de detectar y controlar los elementos «patológicos» o nocivos de la comunicación, y de valorar y fomentar las tendencias que conducen a la concordia.
Dicho esto, debe reconocerse que la principal apelación de la semántica es de carácter intelectual, análoga, pues, a la de las ma-temáticas o a la de cualquier ciencia pura. Sólo después de procu-rar entender para entender se puede adquirir la prudencia que con-siste en emplear ese entendimiento para fines nobles.
Capítulo
1
LOS SIGNIFICADOS
DEL SIGNIFICADO
Ogden y Richards, y lo que ha venido después
La palabra «significado» y su verbo correspondiente, «signifi-car», se encuentran decididamente entre los términos más contro-vertidos de nuestro idioma; parece que los semantistas han consu-mido frecuentemente un tiempo excesivo en descifrar los «signifi-cados del significado», como un preliminar supuestamente
necesa-rio para el estudio de su tema. El libro quizá más conocido que se haya escrito nunca sobre semántica, el que publicaron O. K. Ogden e I. A. Richards en 1923, tenía precisamente como título The Mean- ing of Meaning [El significado del significado], y contenía —en las
páginas 186-7— una lista de nada menos que veintidós definiciones ( desde diversos puntos de vista teoréticos y no teoréticos) de la palabra en cuestión. He aquí, por el interés que ofrece, una selec-ción de esos significados:
• una propiedad intrínseca
• las palabras que se adjuntan a una palabra del Diccionario • la connotación de una palabra
• el lugar de algo en un sistema
• las consecuencias prácticas que para nuestra experiencia fu-tura tiene una cosa
• aquello a lo que realmente se refiera el que utiliza un símbolo • aquello a lo que debería referirse el que utiliza un símbolo
• aquello a lo que crea referirse el que utiliza un símbolo • aquello a lo que el que interpreta un símbolo:
( a ) s e r e f i e r a ( b ) c r e a r e f e r i r s e
(c) crea que se refiere el que lo utiliza
Al presentar esta lista, Ogden y Richards pretendían hacer ver ide qué manera el desacuerdo acerca de términos tan básicos como el
de significado puede producir confusión y malentendidos, aunque
esperaban que llegase por fin el día en que —como resultado de la preparación del público conseguida gracias a su libro y a otros medios— «se comprenda la influencia del lenguaje sobre el pen-samiento, y se ahuyenten los fantasmas que producen una idea equivocada de lo lingüístico». A partir de tal momento, creían, el camino quedaría expedito «hacia unos métodos de interpretación más fructíferos y un arte de la conversación gracias al cual los ha-blantes puedan disfrutar de algo más que de la aridez y monotonía [ lit. de las piedras y escorpiones] habituales». El sugestivo
vislum-bre de una utopía de conversación pura y correcta que nos ofrecen Ogden y Richards constituye en parte un punto de vista propio y peculiar suyo; pero, igualmente, otros semantistas (especialmente los pertenecientes a la Semántica General, inaugurada en 1933 por Korzybski con su Science and Sanity [Ciencia y cordura]) han visto
en la solución de los problemas del significado, del pensamiento y de la comunicación un posible ungüento amarillo para todos los males de la sociedad moderna; y también otros investigadores, al igual que Ogden y Richards, han buscado en la ciencia el esclare-cimiento de los conceptos semánticos. Así, estos últimos autores, en 1923, tenían la suficiente confianza en el progreso de la ciencia para afirmar lo siguiente:
En los últimos años, los adelantos de la Biologia y la investigación psicológica de la memoria y de la herencia han situado el «signifi-cado» de los signos en general fuera de toda duda, probándose con ello que el pensamiento y el lenguaje deben tratarse de idéntica manera. (p. 249)
Diez años más tarde, Bloomfield, en Language (1933) —el libro
sobre el lenguaje más influyente de entre los que se publicaron en-tre las dos guerras mundiales— vinculaba de forma parecida la se-mántica con el avance de la ciencia, si bien resaltando algo un poco distinto; lo que él veía que proporcionaba respuestas a los seman-tistas no era el estudio científico de los fenómenos psíquicos
(pen-samiento y simbolización), sino la definición científica de todo aquello a lo que pueda referirse el lenguaje;
Podemos definir con exactitud el significado de una forma lingüís-tica cuando aquél está relacionado con algo que conocemos científi-camente. Podemos, por ejemplo, definir los nombres de los minera-les mediante términos químicos y mineralógicos (así, decimos que el
significado normal de la palabra sal es «cloruro sódico [NaCI]»); y
también los nombres de los vegetales o de los animales mediante términos técnicos de la Botánica y la Zoología. Sin embargo, no te-nemos ninguna manera precisa de definir palabras tales como amor
u odio —que constituyen la gran mayoría, por otra parte—, porque atañen a situaciones que no se han clasificado con exactitud».
(Lan-guage, p. 139)
Bloomfield, pues, era menos optimista que Ogden y Richards sobre los prodigios de la ciencia; y en sus conclusiones —cosa no sor-prendente— resonó una nota pesimista que vino a ser el toque de difuntos virtual de la semántica en los EE. UU. durante los veinte años subsiguientes: «La formulación de los significados es, por lo tanto, el punto débil del estudio del lenguaje, y así será hasta que el conocimiento humano vaya mucho más allá de donde ahora se encuentra». (p. 140).
El argumento de Bloomfield, llevado hasta sus últimas conse-cuencias lógicas, supone la quimera de una época futura en la que todas las cosas recibirán una definición científica y autorizada; o, dicho más llanamente, la de una .época en la que se sabrá todo lo que hay que saber acerca de todo (cosa aún más ilusoria que el idílico paraíso conversacional de Ogden y Richards). Aun teniendo en cuenta que Bloomfield escribía en unos tiempos en que el con-cepto de la «ciencia unificada» (es decir, la idea de que todas las ciencias, desde la Física a la Psicología, podrían quedar reunidas en un inmenso monolito de saber) gozaba de prestigio, su retrato del semantista como una persona que aguarda pacientemente a que la totalidad del saber humano se haya acumulado y consolidado se apoya en lo que ahora vemos que es una concepción ingenua de la naturaleza de la ciencia.
El enfoque bloomfieldiano contenía tres defectos soterrados. Por lo general --en primer lugar—, para dar cuenta científicamen-\. te de un mismo fenómeno concurren varias explicaciones simultá-neamente; ¿cuál de ellas escogeremos para nuestra definición?
En segundo lugar, la ciencia no avanza como el agua que va llenan do un recipiente hasta colmarlo, sino que lo hace por un proceso
ininterrumpido de revisión y aclaración que lleva a una mayor cla-ridad y profundidad de comprensión. Dado que los enunciados científicos son privisionales por naturaleza, se hace difícil prever el día en el que todo el mundo esté suficientemente seguro de que no aparecerán nuevas formulaciones para poder acometer sin ninguna dificultad la definición de palabras como amor y odio.
Por último, una definición que se dé a base de una fórmula científica, como la de sal = NaCI, lo que hace es simplemente
sustituir una serie de símbolos lingüísticos por otra, y de esa manera pospone la tarea de explicitación semántica a un momento posterior. Así pues, suponiendo que el lenguaje científico tenga como el coti-diano un significado, el problema que se nos presenta es el de de-finir el significado de «NaCI»; si para hacerlo pudiéramos reem-plazar esta fórmula científica por otra más precisa e informativa, ésta originaría a su vez el mismo problema, y así ad infinitum. Con
otras palabras: la receta de Bloomfield para descubrir el significa-do conduce a una ruta de regresión infinita; resulta ser un callejón sin salida, por razones no sólo prácticas, sino lógicas.
Los problemas que acompañan al tratamiento del significado por parte de Ogden y Richards y de Bloomfield provienen ante todo de su determinación de explicar .la semántica por medio de otras disciplinas científicas: y cabe sostener que ello es la causa de buena parte de la ambigüedad —que tanto molestaba a Ogden y Richards— del vocablo significado. Es claro que, de las veintidós
definiciones que ofrecen (y como muestran los ejemplos de las pp. 15-16), casi todas son una mera transcripción de las definiciones téc-nicas de los filósofos, los psicólogos, los filólogos, los críticos lite-rarios y otros especialistas; y es claro también que muchas de las incompatibilidades de tales definiciones se explican atendiendo a la necesidad o al deseo de cada especialista de adaptar el estudio del significado a las exigencias de su propio campo. Así, un filósofo puede definir para sus propósitos el significado a base de la verdad y la falsedad; un psicólogo conductista, apoyándose en el estímulo y la respuesta; un crítico literario, en la reacción del lector; y así sucesivamente. Sus definiciones, por tanto, al provenir de diversos marcos de referencia, tendrán muy poco en común.
Aunque se admita que el estudio de otros campos relacionados con la semántica puede proporcionar una estimable ayuda al estu-dioso de esta última, muchos pueden preguntarse por qué sería ne-cesario considerarla, así, dependiente de consideraciones ajenas a ella. De hecho, desde el momento en que comenzamos a tratar la semántica como merecedora de su propio marco referencial, en lugar de tener que tomar uno prestado de otra parte, hacemos que
se disipen muchas de las dificultades que han obstaculizado su des-arrollo en los últimos cincuenta años: una disciplina autónoma no nace con respuestas, sino con preguntas; podríamos decir, pues, que toda la razón de ser del intento de construir una teoría de la semántica reside en proporcionar una «definición» de significado
(es decir, una exposición sistemática de la naturaleza del significa-do); y pedir tal definición antes de haber empezado a estudiar el tema sería simplemente empeñarse en tratar otros conceptos (por ejemplo, los de estímulo y respuesta) como si fuesen en cierto sen-tido más fundamentales e importantes. Un físico no se ve precisado a definir nociones como las de «tiempo», «calor», «color» o «áto-mo» antes de comenzar a investigar sus propiedades: las definicio nes, si son necesarias, surgirán del estudio mismo.
Una vez que se acepta algo tan trivial, el problema de cómo de-finir significado, que tanto preocupó a Ogden y Richards, aparece
visto bajo su verdadera luz como un trampantojo.
Un punto de partida lingüístico para la Semántica
Hasta aquí he intentado allanar el terreno, mostrando que el estudio del significado debe liberarse de todo sometimiento a otras disciplinas. Esto, naturalmente, conduce al siguiente tipo de répli-cas: «Entonces, ¿cómo se ha de estudiar el significado?; al cons-truir una teoría de éste, ¿cuáles son las preguntas a las que debe-rnos intentar responder?; ¿qué principios deben constituir sus fun-damentos?».
Uno de los puntos claves de cualquier enfoque lingüístico mo-derno de la semántica, es el de que no hay que salirse del lenguaje I mismo. Una ecuación como centavo = centésima parte del dólar o sal = NaCI, no es un emparejar un signo lingüístico con algo
exterior al lenguaje, sino una correspondencia entre dos expresiones lingüísticas que se presume tienen «el mismo significado»: la búsqueda de una explicación de los fenomenos ámenos lingüísticos apoyándose en lo que no es lenguaje es tan vana como la tentativa de salir de una habitación que no tenga puertas ni ventanas, ya que la misma palabra «explicación» implica un enunciado del lenguaje. Nuestra solución, pues, es conformarse con explorar lo que hay dentro de la habitación, es decir, estudiar las relaciones que existen dentro del lenguaje, tales como la paráfrasis o la sinonimia,
que equivalen aproximadamente a «identidad de significado» (de la primera, junto con otras relaciones de significado susceptibles de estudio sistemático, daremos un ejemplo inmediatamente). El
il-ment] y la presuposición son tipos de dependencia semántica que
median entre dos locuciones; y la incoherencia lógica es una forma
de contrastividad semántica entre varias de éstas.
1. X: los defectos del plan eran manifiestos
ES UNA PARÁFRASIS DE Y: las imperfecciones del proyecto eran evidentes
2 . X : l a T i e r r a g i r a a l r e d e d o r d e l S o l ENTRANA Y: la Tierra se mueve 3. X: el hijo de Juan se llama Manuel
PRESUPONE Y: Juan tiene un hijo 4 . X : l a T i e r r a g i r a a l r e d e d o r d e l S o l ES
INCOHERENTE CON Y: la Tierra es inmóvil
Estas son algunas de las relaciones semánticas entre dos locuciones, X e Y, que una teoría del significado puede intentar explicar con gran provecho (las trataremos más detalladamente en las pp. 104-106). Un segundo principio que subyace a los enfoques actuales de la semántica es el de entender la tarea del estudio del lenguaje como la de explicar la COMPETENCIA LINGUISTICA del hablante nati-vo de una lengua cualquiera; o lo que es lo mismo, el conjunto de reglas y estructuras que caractericen los mecanismos mentales que toda persona que «sepa» una lengua dada tiene que poseer. Al aplicar lo dicho a la faceta semántica del lenguaje surge la pregunta si-guiente: «¿Qué es saber el significado de una palabra, de una
ora-ción, etc...?», en lugar deja consabida: «¿Qué es el significado?»; y el reconocer las relaciones semánticas antedichas, 1-4, se puede aducir como una de las pruebas de la posesión de tal saber.
Otro hecho que certifica que una persona sabe la semántica de su lengua es que pueda darse cuenta de que, aunque algunas locu-ciones o expresiones están construidas de acuerdo con las reglas de la gramática del idioma en cuestión, son sin embargo «no semánti-cas», en el sentido de aberrantes o extrañas desde el punto de vista del significado. Una de tales rarezas es la TAUTOLOGIA, o sea, un enunciado que ha de ser verdadero en virtud de su mismo signifi-cado, como sucede con:
El lunes llegó antes del día (de la semana) que lo seguía.
Sin embargo, pocas veces tenemos ocasión de emplear tales enunciados, debido a que no dicen al oyente nada que no supiera de antemano (salvo en los casos en que estemos explicando un uso lingüístico desconocido para él); es decir, porque no comunican nada.
En el lado opuesto respecto de la aceptabilidad están las llama-das CONTRADICCIONES, que son enunciados necesariamente falsos, también en virtud de su significado:
Todo lo que me gusta no me gusta
Mi hermano ha tenido un dolor de muelas en la punta del pie Esta son, con mucho, más anómalas que las tautologías: no son ya vacuas en cuanto a la información que transmiten, sino autén-ticos absurdos. Para definir una lengua dada, la lingüística moder-na se ha esforzado por especificar cuáles oraciones son aceptables y cuáles inaceptables en la lengua en cuestión; es decir, por fijar los límites entre lo que es posible e imposible dentro de las reglas del lenguaje. Esto ha hecho que merezca una atención considerable la capacidad del hablante para distinguir entre oraciones «gramaticales» y «agramaticales»; y es que a ella hemos de recurrir si se establece que ese diferenciar las oraciones semánticamente extrañas de las dotadas de pleno sentido es una manifestación de que sabe las reglas del significado del idioma en cuestión.
El cupo de las oraciones extrañas o anómalas semánticamente no se cubre con las contradicciones y las tautologías: hay, por ejemplo, preguntas que lógicamente admiten sólo una respuesta
—sí o no—, y por ello no se pueden plantear en forma disyuntiva: ¿ Tiene tu madre algún hijo o hija? Hay también preguntas que no
se pueden contestar debido a que contienen presuposiciones ab-surdas: ¿Sabes cómo se castigó al hombre que mató a su viuda?
Esta clase de caprichos recuerda los trabalenguas y los galimatías disparatados con que se entretienen los niños a modo de deporte verbal:
I went to the pictures tomorrow 1 took a front seat at the back 1 fell from the pit to the gallery And broke a front bone in my back. A lady she gave me some chocolate, 1 ate it and gave it her back;
1 phoned for a taxi and walked it, And that's why 1 never came back. Fui al cine mañana,
ocupé un asiento delantero detrás, me caí de la platea al gallinero
Una señora me dio chocolate, me lo comí y se lo devolví; llamé un taxi y me fui a pie, y por eso nunca regresé.*
(Opio, The Lore and Language of Schoolchildren, p. 25)
La fascinación natural que sienten los niños por sobrepasar los
lími-tes de la significatividad se podría incluir entre los síntomas de esa
«captación intuitiva» del significado —0 COMPETENCIA SEMÁNTICA,
como la llamaría un lingüista— que comparten los hablantes de un idioma.
El Lenguaje y el «Mundo real»
Sin embargo, para el lingüista, igual que para el filósofo, la principal dificultad reside en trazar una línea divisoria no ya entre lo que tiene sentido y lo que no lo tiene, sino entre la clase de falta de sentido que surge al contradecir lo que sabemos acerca del lenguaje y del significado y la que tiene lugar cuando se con-tradice lo que sabemos acerca del «mundo real». Si a un hablante del castellano se le pide que comente la oración:
(1) Mi tío duerme siempre (derecho) sobre la punta de un pie es posible que exclame: «¡Eso es imposible! ¡Nadie puede dormir así!»; y parecida respuesta daría si se le presentase la contradicción:
( 2 ) M i t í o d u e r m e s i e m p r e d e s p i e r t o
Pero, tras reflexionar, probablemente daría una explicación distinta de los dos absurdos: la oración (1) es increíble por lo que sabemos acerca del mundo en que vivirnos (más concretamente, por lo que sabemos acerca de la postura en que es posible dormir); la oración (2) es más que increíble: se refiriría a algo inimaginable, por la contradicción existente entre los significados de dormir y de estar despierto. Aunque, por otra parte, a ese hablante le parecerían
ambos enunciados idénticamente absurdos, en la medida en que los dos son necesariamente falsos.
Podemos establecer una analogía entre las reglas del lenguaje y las del juego: los hechos presuntamente acaecidos en un partido de fútbol pueden ser imposibles (a) porque vayan contra las reglas
* Recuérdense, en castellano, cancioncillas análogas: «Ahora que vamos des-pacio / vamos a contar mentiras, / Por el mar corren las liebres / por el monte las sardinas, tratará...» [N. del TI
del juego, o (b) porque violen algunas leyes naturales concernientes a la resistencia física de los seres humanos, por la incapacidad de los balones de contravenir las leyes ordinarias del movimiento (por ejemplo, moverse en el aire como los boomerangs), etc. Por esto, una información futbolística que dijese: «El delantero centro ha metido un gol rematando con la cabeza el balón desde su propia portería», sería increíble por pura imposibilidad física, mientras que «El delantero centro consiguió un gol metiendo el balón en la portería de un puñetazo», sería increíble en cuanto que si efectivamente ha ocurrido tal cosa, el partido no puede haber sido de fútbol.
Las distintas estrategias que adoptamos al intentar dar sentido a las oraciones (1) y (2) recalcan la diferencia que ya hemos apre-ciado entre ellas. Parece ser que un principio incontrovertible de la semántica es el de que el pensamiento humano aborrece el vacío de sentido; por ello, un hablante de nuestra lengua al que se le presen-ten oraciones absurdas exigirá un esfuerzo supremo a su facultad interpretativa hasta que logre hacérselas inteligibles; y es posible que los lectores de estas páginas se hayan sorprendido ejercitando esa facultad con las dos oraciones anteriores. Así, para (1), Mi tío duerme siempre (derecho) sobre la punta de un pie, parecen
posi-bles dos estrategias de interpretación: la primera es suponer una
T R A N S F E R E N C I A D E S I G N I F I C A D O p o r l a q u e t a n t o d u e r m e c o m o (derecho) sobre la punta de un pie adquieren un sentido nuevo o
desusado ((derecho] sobre la punta de un pie, por ejemplo, podría
considerarse una hipérbole o un substituto exagerado de «boca abajo» o «en una postura extraña»); y la segunda estrategia consis-te en imaginar una situación prodigiosa e inaudita (por ejemplo, que mi tío se hubiera ejercitado en una versión del yoga nunca practicada hasta ahora) en la que tal enunciado pudiera ser ver-dadero.
En cambio, para (2), Mi tío duerme siempre despierto, sólo es
aplicable la primera estrategia, la de transferencia de significado: en este caso la solución tiene que resolver el conflicto semántico entre «dormir» y «despertar» merced (por ejemplo) a entender
duerme en forma metafórica («actúa como si estuviese dormido»).
Algo que sea absurdo de hecho se puede convertir en razonable imaginando un mundo posible —onírico o novelesco— en el que tal cosa pudiera existir o suceder. De otro lado, una contradicción lógica es un absurdo lingüístico al que, si se quiere dar sentido, ha de aplicarse un remedio lingüístico: un «trastocar las reglas del jue-go del lenguaje», del mismo modo que la imposible acción que he-mos descrito en el apartado (b) requeriría rehacer las reglas del fútbol.
La diferencia entre el lenguaje (incluido el «lógico»), por una parte, y los hechos o el «mundo real», por otra, la estudiaremos con más detalle en el capítulo 2 (pp. 29-30); y en el capítulo 10 analizaremos también el concepto de transferencia de significado, y veremos en qué sentido equivale a un «trastocar el lenguaje». Por ahora basta simplemente con notar que sentimos que tal dife-rencia existe, aun cuando para el lingüista o el filósofo no sea fácil justificarla, ni prescribir cómo se ha de trazar la línea di-visoria en cada caso. A modo de advertencia para escépticos se ha t de señalar también que el precio de pasar por alto esta diferencia entre el lenguaje y el «mundo real» es el de ensanchar la esfera de la semántica (como Bloomfield lo hizo por implicación) hasta convertirla en el imposible estudio, de puro vasto, de todo lo que se sepa acerca del universo en que vivimos.
Resumen
He intentado en este capítulo señalar tres cuestiones fundamen-tales acerca del estudio del significado, a saber:
1. Que es un error tratar de definir el significado reduciéndolo a conceptos de otras ciencias que no sean la del lenguaje (por ejemplo a base de la Psicología o de la Química).
2. Que la mejor manera de estudiarlo es considerándolo un fenómeno lingüístico por derecho propio, y no algo «fuera del lenguaje». Esto quiere decir que investiguemos semánticamente lo que es «saber una lengua»; por ejemplo, saber lo que lleva
consi-go el captar relaciones semánticas entre oraciones, y cuáles de éstas tienen sentido y cuáles no lo tienen.
3. Que el punto (2) presupone una distinción entre «conoci-miento del lenguaje» y «conoci«conoci-miento del `mundo real'».
Capítulo 2
SIETE TIPOS DE SIGNIFICADO
Algunos autores querrían que la semántica se dedicase al estu-dio del significado, dando a este término el amplio sentido de «todo lo que se comunica por medio del lenguaje»; otros —entre los cua-. les se encuentran los autores más modernos dentro del marco de la lingüística general— lo limitan, en la práctica, al estudio del sig-nificado lógico o conceptual, en el sentido que vimos en el capítu-lo 1. No hace falta mucha agudeza para comprender que la semán-tica, en el primer y más amplio sentido, puede llevarnos al mismo vacío que en el que Bloomfield se había refugiado por sus compren-sibles recelos, o sea, la descripción de todo lo que pueda competer al conocimiento o al intelecto humanos; por otra parte, si diferen-ciamos cuidadosamente los tipos de significado podemos mostrar cómo todos ellos son válidos con respecto al resultado complejo y completo de la comunicación lingüística, y también cómo los mé-todos de estudio que son apropiados para un tipo no lo pueden ser para otro.
Con arreglo a esto, descompondré el «significado», en su sen-tido más amplio, en siete componentes distintos, otorgando una importancia principal al significado lógico o —como yo prefiero llamarlo— S I G N I F I C A D O C O N C E P T U A L , del que ya he hablado antes a propósito de la «competencia semántica»; los otros seis tipos que voy a tratar son el significado connotativo, el estilístico, el afectivo, el reflejo, el conlocativo y el temático.
El significado conceptual
Siempre se ha dicho que el SIGNIFICADO CONCEPTUAL
—llama-do a veces «denotativo» o «cognoscitivo»— es el factor fundamen-tal de la comunicación lingüística, y creo que se puede mostrar que es, además, una parte integral del funcionamiento esencial del len-guaje, diferenciándose en esto de los demás tipos de significado (lo cual, por supuesto, no quiere decir que el significado concep-tual sea siempre el elemento más importante de un acto de comu-nicación lingüístico). Mi principal razón para dar prioridad al sig-nificado conceptual es que éste posee una organización sutil y compleja, comparable a —y relacionable con— la de los niveles sintáctico y fonológico del lenguaje; en particular, quiero señalar los dos principios estructurales que parecen estar en la base de todo modelo lingüístico: el principio de CONTRASTIVIDAD y el de ESTRUC-TURA CONSTITUYENTE. Los rasgos contrastantes, por ejemplo,
susten-tan la clasificación de los sonidos en la fonología, donde cual-quiera que sea la etiqueta que apliquemos a uno de ellos los rasgos antedichos los definen positivamente —en virtud de los rasgos que
poseen— y, por implicación, negativamente —en virtud de los
ras-gos que no posee`—; así, el símbolo fonológico /b/ se puede expli-citar como una representación de un haz de rasgos contrastantes + bilabial, + sonoro, + oclusivo, — nasal. Con lo que, en realidad, se da por sentado que los sonidos distintivos o fonemas de una lengua se caracterizan a base de contraposiciones binarias, al menos en su mayor parte. De forma parecida, los significados conceptuales de un idioma parecen estar organizados en su mayoría a base de rasgos contrastantes; así, por ejemplo, el significado de la palabra mujer
se podría especificar por + H U M A N O , — M A S C U L I N O*, + A D U L T O , y ser diferente por tanto del de, pongamos por caso, muchacho, que
podría «definirse» por + H U M A N O , + M A S C U L I N O , — A D U L T O (ver
página 116).
El segundo principio, el de la estructura constituyente, es aquél que sostiene que las unidades lingüísticas mayores están compuestas de otras más pequeñas; o —mirando el problema desde el lado contrario— que podemos descomponer una oración, siguiendo un criterio sintáctico en las partes que la constituyen, yendo desde
sus constituyentes inmediatos hasta sus constituyentes últimos (o
* Salvo que se indique lo contrario, el término masculino (male) se refiere a una oposición de sexo (sexo masculino/femenino), y no a una de género (género masculino/femenino). IN. del T.]
Semántica 27
elementos sintácticos más pequeños), pasando por una serie de es-tadios jerarquizados. Este aspecto de la organización del lenguaje se representa gráficamente por lo general por un diagrama arbóreo:
Lo cual también se puede representar por encorchetamiento: {( Ningún) (hombre)} €[(es)] [(una) (isla)]}
Aunque es un hecho aceptado desde hace tiempo que la sintaxis de un idioma se debe tratar de esta manera, sólo recientemente los lingüistas se han rendido a la evidencia de que el nivel semántico de los lenguajes naturales tiene su propia estructura constituyente ( ver pp. 147-170), su propia correspondencia con la estructura sintáctica o —para usar una analogía más precisa por muchos conceptos— con los sistemas de la lógica simbólica construidos por los matemáticos y los filósofos.
Los dos principios anteriores —el de la oposición y el de la es-tructura constituyente— representan el modo en que se organiza el lenguaje respecto a lo que los lingüistas llaman eje PARADIGMÁTICO
(o selectivo) y eje SINTAGMÁTICO (o combinatorio), respectivamente,
de la estructura lingüística. En la mayor parte de este libro (capítu-los 6-14), mi objetivo será precisamente estudiar tan comple-tamente como me sea posible la aplicación de esos principios al análisis semántico, y hacer ver 'así cómo los métodos de estudio ideados en principio para otros niveles del lenguaje pueden dar a la semántica conceptual una precisión y una profundidad mucho mayores.
En este planteamiento, he dado por supuesta la existencia de un tercer principio de la organización lingüística generalmente recono-cido, según el cual cualquier pieza del lenguaje está estructurada en dos o más «niveles» simultáneamente; parece que, por lo menos,
los tres niveles que aparecen en la figura —en ese mismo orden— son necesarios para rendir plena cuenta de la competencia lingüísti-ca, mediante la cual podemos producir o entender diversas locu-ciones:
Y esto significa que para el análisis de cualquier oración es preciso elaborar una «representación fonológica», una «representación sintáctica» y una «representación semántica», y explicitar también los puntos por los que un nivel de representación puede derivarse de otro; el objetivo de la semántica conceptual es, pues, propor-cionar una determinada configuración de símbolos abstractos para cualquier interpretación determinada de una oración, de tal manera que esa configuración sea la «representación semántica» de la ora-ción en cuestión, y que muestre con exactitud lo que se precisa saber para poder diferenciar un significado determinado de todos los demás que pueden dársele a la oración en el idioma de que se trate; y que empareje, además, ese significado con las formulacio-nes sintáctica y fonológica adecuadas. Esta propiedad del empare-jamiento de los niveles funciona en una dirección si DESCODIFICAMOS,
es decir, si escuchamos una oración y la interpretamos; y en la di-rección contraria si CODIFICAMOS, o sea, si construimos y
pronunc i a m o s l a o r a pronunc i ó n ( e n l a f i g u r a , A + B C y C B A , r e s -pectivamente). Teniendo en cuenta lo que se ha expuesto, parece evidente que el significado conceptual es una parte compleja y esencial del lenguaje mismo, hasta tal punto que es muy difícil de-finir cabalmente éste sin hacer referencia a aquél; por otra parte, un lenguaje cuya transmisión se efectuase no por el significado conceptual, sino por otros medios (por ejemplo, mediante palabras expletivas como ¡Oh!, ¡Ah!, ¡Vale!, ¡Ay! y ¡Hala! únicamente) no
sería verdaderamente un lenguaje, al menos en el sentido en que empleamos ese término para referirnos a las lenguas humanas.
Significado connotativo
Podremos observar algunas características más del significado conceptual cuando lo comparemos con el SIGNIFICADO CONNOTATIVO,
que es el valor comunicativo que tiene una expresión atendiendo sólo a lo que ella se refiere, es decir, dejando de lado su contenido
puramente conceptual. Se puede decir que la noción de «referen-cia» coincide en un grado muy considerable con la de significado conceptual: si la palabra mujer se define conceptualmente
median-te tres rasgos (+ HUMANO, - MASCULINO, + ADULTO), esas tres pro-piedades «humano», «adulto» y «no masculino» deben suministrar un criterio para el uso correcto de esa palabra; ahora bien, esos rasgos contrastantes, traducidos a términos del «mundo real», re-sultan atributos del referente (aquello a lo que se refiere la pala-bra). Pero hay una gran cantidad de propiedades adicionales que sabemos que posee normalmente cualquier referente de mujer;
aquéllas comprenden no sólo características físicas («bípedo», «tie-ne matriz»), sino también propiedades psicológicas y sociales («gre-gario», «posee instinto maternal»), e incluso pueden mentar carac-teres que son concomitantes típicos más bien que invariables del
sexo femenino («hablador», «experto en la cocina», «lleva falda o vestido»). Además, el significado connotativo puede englobar las «propiedades supuestas» del referente, o sea, las que se deban al punto de vista que adopte un solo individuo, un grupo de ellos o una sociedad entera; así, antiguamente la mujer portaba algunos atributos que el macho dominante le había adjudicado graciosa-mente («débil», «propensa al llanto», «cobarde», «sentimental», «irreflexiva», «inconstante»,...); y, de la misma manera, poseía unas cualidades más positivas tales como «dulce», «compasiva», «sensible», «laboriosa». Evidentemente, las connotaciones son sus-ceptibles de variar de una época a otra y de una sociedad a otra: hace cien años, «no lleva pantalones» parecería una connotación totalmente definitiva de la palabra mujer y sus equivalentes en
otras lenguas occidentales, del mismo modo que en muchas socie-dades orientales se asocia hoy la feminidad con atributos que son extraños para nuestra manera de pensar. Es igualmente evidente que las connotaciones pueden variar, hasta cierto punto, de un in-dividuo a otro, dentro de la misma comunidad lingüística: para un castellano-parlante misógino, mujer tendrá muchas asociaciones
desfavorables que no se darán en el pensamiento de otros hablantes que opinen más favorablemente sobre el feminismo.
Está claro que al hablar sobre la connotación, estoy, de hecho, hablando sobre la ,experiencia del «mundo real» que se asocia con una expresión cuando se la emite o se la escucha;
por lo
tanto, ellímite entre
e
ls
ignificado conceptual y el connotativo coincide con el límite, impreciso pero crucial, que existe entre el «lenguaje» y el «mundo real» (y del que ya se ha tratado en el capítulo 1). Para confirmar nuestra opinión de que laconnotación es algo
accidental de algún modo al lenguaje y no una parte esencial de él, podemos reparar en que el _significado connotativo no es específico del len-guaje, sino que también lo poseen otros sistemas comunicativos como las artes plásticas y la música: todas las connotaciones que tiene la palabra niño pueden hacerse presentes por un dibujo querepresente a un niño, o por la imitación de su llanto (aunque más eficazmente en el primer caso, debido a que el médium es directa-mente figurativo). La superposición de las connotaciones lingüís-ticas y visuales es particularmente perceptible en la publicidad, en la que, a menudo, las palabras son unos meros acompañantes de las imágenes, cuando se trata de otorgar una aureola de asociacio-nes positivas al producto en cuestión.
Un segundo hecho que indica que el significado connotativo es secundario si se le compara con el significado conceptual es que las connotaciones son relativamente inestables: como hemos visto, varían considerablemente desacuerdo con la cultura, el período histór
i
co y la experiencia del individuo. Aunque sea demasiado ingenuo pretender que todos los hablantes de una misma comunidad lingüística hablen «la misma lengua» exactamente, sí se puede su-poner —porque es un principio sin el cual la comunicación a través de esa lengua no sería posible— que, en general, comparten el mismo sistema conceptual, del mismo modo que comparten, aproximada-mente, la misma sintaxis. De hecho, muchos semantistas sostienen en la actualidad que la .organización conceptual, básica es la misma para todas las lenguas y que, por lo tanto, es una propiedaduni-versal del
pensamiento humano (ver pp. 47-49).En tercer lugar, el significado connotativo es algo indeterminado límites precisos, lo contrario precisamente de
lo que,
hastacierto punto, sucede con
el significado conceptual; aquél no tiene límites fijos del mismo modo que tampoco los tienen nuestros co-nocimientos y creencias acerca del universo: cualquier característi-ca del referente que se ha identificaracterísti-cado subjetiva u objetivamente\puede contribuir a ampliar el significado connotativo del enun-ciado que lo expresa; por el contrario, cualquier persona que
inves-tigue el significado conceptual considera un principio inamovible el que el significado de una palabra o de una oración puede ser co-dificado a base de una serie limitada de símbolos (v. gr. en forma de una serie finita de rasgos discretos del significado), y el que se puede especificar la representación semántica de una oración por medio de un número finito de reglas. Este postulado de la finitud y la delimitación del contenido conceptual no es arbitrario, sino que se le ha dado forma teniendo muy en cuenta las bases que los lin-güistas establecen generalmente cuando analizan otros aspectos de la estructura lingüística: sin tales bases difícilmente se puede in-tentar describir el lenguaje como un sistema totalmente coherente.
El significado estilístico y el afectivo
Vamos a considerar ahora dos aspectos de la comunicación que están relacionados con la situación en que tiene lugar una expresión. El SIGNIFICADO ESTILÍSTICO es lo que un elemento de la lengua expresa acerca de las circunstancias sociales de su empleo; así, podemos «descodificar» el significado estilístico de un texto sólo después de que hayamos reconocido la existencia de distintas dimensiones y ni -veles de uso dentro del mismo idioma: reconocemos que algunas palabras o pronunciaciones son dialectales, es decir, que nos mani-fiestan algo acerca del origen geográfico o social del hablante; asi-mismo, otros rasgos de la lengua nos informan sobre la relación social existente entre el hablante y el oyente, pues tenemos una escala de usos estatuidos (por ejemplo, en un extremo estaría el castellano formal y literario, y desde aquí se descendería hasta el otro extremo constituido por el castellano coloquial, familiar e in-cluso vulgar).
En un reciente estudio sobre el estilo del inglés (Crystal y Davy,
Investigating English Style [Investigaciones sobre el estilo de la lengua inglesa]) se ha visto que las dimensiones principales de la
variación estilística son las siguientes (he añadido ejemplos de las categorías de uso que se pueden distinguir en cada dimensión):
A (rasgos de estilo relativamente permanentes)
INDIVIDUALIDAD (el lenguaje del Sr. X, de la Sra. Y, de la Srta. Z, etcétera)
DIALECT° (el lenguaje de una región geográfica o de una clase social)
La dimensión estilística del «rango» es especialmente importante a la hora de diferenciar expresiones sinónimas. Ofrezco un ejemplo en el que la diferencia de rango se mantiene a lo largo de toda una oración, y se refleja tanto en la sintaxis como en el vocabulario:
(1) Soltaron una pedrada a los polis y luego se piraron con la pasta. (2) Después de lanzar una piedra a la policía, huyeron con el di
-nero.
_.a oración (1) podría ser emitida por dos maleantes que charlan lespreocupadamente del robo un poco después; la oración (2) pue-le ser emppue-leada por el inspector jefe al hacer su informe oficial; pero ambas podrían describir el mismo suceso, y su base común de significado conceptual se hace evidente por la dificultad que para cualquiera entrañaría afirmar la verdad de una de esas oraciones negar, al mismo tiempo, la de la otra (ver p. 113).
Si ampliamos un poco más la idea de situación lingüística, vere mos que el lenguaje puede reflejar también las opiniones y las creencias personales del hablante, incluyendo su actitud para con
oyente o su postura ante algo de lo que esta hablando. El SIGNIFIC ADO AFECTIVO, como se puede llamar a este tipo de significado, ;e
transmite a menudo explícitamente a través del contenido conceptual o connotativo de las palabras empleadas. Alguien que sea interpelado de la siguiente forma: «Es usted un tirano perverso y an réprobo infame, y le odio por ello», tiene muy pocas dudas >obre lo que el hablante opina de él; pero existen otras maneras henos directas que ésa de revelar nuestro parecer: por ejemplo, graduando nuestras observaciones de acuerdo con las normas de cortesía. Así, para conseguir que un grupo de gente se calle podríamos pronunciar cualquiera de estas dos oraciones: ;3) Siento muchísimo interrumpirles, pero me pregunto si ustedes
serían tan amables de bajar sus voces un poquito.
'4) Cállense de una vez.
Factores como la entonación y el timbre de voz —lo que denomin aremos normalmente «tono de voz»— son importantes también en estos casos: la impresión de cortesía que produce (3) puede resultar exactamente la contraria si se emplea un tono de sarcasmo mordaz; igualmente, la oración (4) se puede trocar en una simple
broma entre amigos íntimos si se la pronuncia con la entonación de una amable petición.
El significado afectivo es, en gran medida, una categoría para-sitaria, en él" sentido de que para expresar nuestras emociones te-nemos que contar con la ayuda de otras categorías del significado ( conceptual, connotativo o estilístico); así, aparece una expresión emocional merced al estilo cuando, por ejemplo, adoptamos un tono incorrecto para expresar disgusto (como en la oración (4) prece-dente), o también cuando adoptamos un tono despreocupado para expresar cordialidad. Por otra parte, hay elementos del lenguaje
MODALIDAD (MEDIOje de los informes, de las conferencias, de los chistes, etc.)
SINGULARIDAD (el estilo de Dickens, el de Hemingway, etc.)
Aunque no es exhaustiva, esta relación señala algunos hechos sobre la gama de diferenciación estilística que cabe dentro de un solo idioma. Por ello, puede que no resulte sorprendente el que sólo raramente encontremos palabras que tengan el mismo significado conceptual y el mismo significado estilístico; esta observación ha llevado a la gente a afirmar a menudo que «los auténticos sinóni
-mos no existen»: si entende-mos la sinonimia como una equivalencia completa de efecto comunicativo, verdaderamente se hace muy di- fícil hallar un ejemplo que refute esa afirmación; pero es mucho más ventajoso restringir el término «sinonimia» a la equivalencia
e tual ti podd
,.
de_sjgnifiéádo conceptual, 1? ,Para que, así damos mós-contraponer los sinónimos concptuales con respecto de sus diversos matices esti-lísticos:
B
DISCURSO
(a) NtEDio (habla, escritura, etc.)
(b) PARTICIPACIÓN (monólogo, diálogo, etc.)
c (rasgos de estpodamosrade significadositorios)
ESPECIALIDAD (el asíucontraponertífico, publicionceptuales.).
(sobre todo interjecciones, como ¡ajá! y ¡hurra!) cuya principal
función es la de manifestar emoción: cuando las utilizamos comu-nicamos sentimientos y opiniones sin ayuda de ninguna otra clase de función semántica.
El significado reflejo y el conlocativo
Aunque menos importantes, hay otros dos tipos de significado que suponen una interconexión en el nivel léxico del lenguaje.
En primer lugar, el SIGNIFICADO REFLEJO es aquel que se da en los casos de significado conceptual múltiple, es decir, cuando un sen-tido de una palabra forma parte de nuestra respuesta a otro sensen-tido. Cuando oigo en un oficio religioso las expresiones sinónimas The Comforter [El Consolador o Confortador] y The Holy Ghost [El
Espíritu Santo], que se refieren ambas a la Tercera Persona de la Trinidad, veo que mis reacciones ante esos términos están condi-cionadas por los significados profanos cotidianos de comfort [
bienestar, confort] y ghost [fantasma, espíritu]: The Comforter
sugiere algo cálido y confortable (aunque en el contexto religioso significa «el que da fuerza o ánimo»), mientras que The Holy Ghost sugiere algo aterrador.
Un sentido de una palabra parece, pues, «raspar» a otro sentido en la forma descrita sólo cuando tiene un poder sugeridor domi-nante debido o bien. a su relativa frecuencia y familiaridad (como en el caso de El Espíritu Santo) o bien a la intensidad de sus
aso-ciaciones; sólo en poesía, que impone al lenguaje una sensibilidad elevada en todos los aspectos, podemos hallar funcionando al sig-nificado reflejo en unas circunstancias no tan abiertamente favo-rables:
Are limbs, so dear-achieved, are sides, Full-nerved -still warm- too hard to stir?*
En estos versos de Futility (Inutilidad], un poema sobre un
solda-do muerto, Wifred Owen emplea abiertamente la palabra dear
[que-rido, caro] en el sentido de «costosa(mente)», pero también alude —así se aprecia en el contexto global del poema— al sentido de «querido».
Traducción aproximada: «¿Son los miembros, tan costosamente realizados, son los costados, / rebosantes de vida —calientes todavía— demasiado difíciles de mover?». Es imposible trasladar al castellano los matices derivados de la palabra inglesa dear [N. del T.].
Los casos en que el significado reflejo se introduce por la pura fuerza de la sugerencia emotiva pueden ejemplificarse de una ma-nera sorprendentemente clara por las palabras que tienen un signi-ficado tabú; debido a su popularización con los sentidos relacio-nados con la fisiología del sexo, resulta extremadamente difícil em-plear términos como cópula, eyaculación, y erección en sus
senti-dos «inocentes» sin evocar sus asociaciones sexuales. Este proceso de contaminación por el tabú puede explicar la extinción, en tiem-pos pasados, del sentido de una palabra sin matices prohibitivos: Bloomfield ha explicado la sustitución de cock [gallo, macho de
ave], en el sentido de ave de corral, por rooster [gallo] debido a
la influencia del uso tabú de la primera, y creo que nos podemos preguntar si cópula no está corriendo una suerte parecida en la
actualidad.
El SIGNIFICADO CONLOCATIVO consiste en las asociaciones que una palabra adquiere al tener en cuenta los significados de las palabras que suelen aparecer en su entorno; pretty [guapo, bonito,
mo-no, ...] y handsome [bello, hermoso] tienen en común el
significa-do de 'good-looking' [«bien parecisignifica-do»], pero se pueden diferenciar por la clase de nombres junto a los que pueden coaparecer o —pa-ra usar el término de los lingüistas— «conlocarse»:
Naturalmente, puede haber coincidencla en tas ciases de nombres .
aunque sugieren un tipo distinto de atractivo, debido precisamente a las asociaciones conlocativas de los dos adjetivos. Otros ejemplos pueden ser los verbos cuasi sinónimos tales como
vagar y deambular (las vacas pueden vagar pero no deambular), o
también, temblar y estremecerse (temblamos de miedo, pero nos estremecemos de emoción). No es preciso que todas las diferencias
de coaparición potencial se expliquen a base del significado conlocativo: algunas se pueden deber a diferencias estilísticas, y otras a diferencias conceptuales: precisamente, lo que hace que algunas combinaciones, como «cabalgaba en su arre-arre» o «iba subido en su corcel», sean improbables es que se combinan estilos distintos; por otra parte, la aceptabilidad de «El burro comía heno»
confrontada con la de «El burro comía silencio» es un problema de
compatibilidad en el nivel de la semántica conceptual (sobre las «restricciones selectivas» véanse las pp. 162-168). Sólo necesitamos invocar la categoría especial del significado conlocativo cuando la explicación no se realiza a base de otras categorías del significado: en estos niveles se pueden establecer generalizaciones, mientras que el significado conlocativo es simplemente una propiedad idiosincrásica de determinadas palabras.
El significado asociativo: un término sumario
Significado reflejo y significado conlocativo, significado afectivo
y significado estilístico: todos ellos tienen más en común con el
significado connotativo que con el conceptual; todos tienen el mis-mo carácter indeterminado y poco preciso en la fijación de sus límites, y además, se prestan mejor al análisis hecho a base de es-calas o grados que al que se basa en la elección de una opción que, por fuerza, excluya a las demás; todos ellos, por fin, se pueden agrupar bajo el rótulo de SIGNIFICADO ASOCIATIVO y para explicar la
comunicación a esos niveles necesitamos valernos de algo tan poco complicado como es una teoría «asociatoria» elemental de las co-nexiones mentales basadas en la contigüidad de las percepciones empíricas. Los contraponemos conjuntamente al significado con-ceptual porque éste parece requerir la postulación de unas intrin-cadas estructuras mentales que sean específicas del lenguaje y de la especie humana.
El significado asociativo contiene tantos factores imponderables que sólo se lo puede estudiar sistemáticamente mediante técnicas estadísticas aproximativas. En efecto, Osgood, Suci y Tannen-baum han propuesto un método para un análisis parcial del sig
nificado asociativo, que podemos encontrar en el libro que pu-blicaron en 1957 y que titularon ambiciosamente The Measure-ment of Meaning [La medición del significado]. Osgood y sus
colegas inventaron una técnica (basada en un dispositivo de me-
dición estadística, el Diferencial Semántico) para organizar el sig- nificado a base de un espacio semántico multidimensional, utili-zando como datos los juicios de los hablantes, que se registraban de acuerdo con unas escalas divididas en siete grados cada una; estas escalas estaban rotuladas mediante pares de adjetivos contra-puestos tales como alegre-triste, duro-blando, lento-rápido, de tal
manera que una persona podía, por ejemplo, registrar en una ficha sus impresiones sobre la palabra gaita de la siguiente manera:
Valiéndose de la estadística, los investigadores descubrieron que lo realmente esencial parece residir en las tres dimensiones prin-cipales, a saber: la evaluación (bueno-malo), la potencia (duro-blando) y la actividad (activo-pasivo); es claro que este método,
según este brevísimo esquema, no puede proporcionar más que una explicación parcial y aproximada del significado asociativo: parcial porque entraña una selección de entre las infinitas escalas
posibles, las cuales, en cualqujer caso, podrían explicar el signi-ficado asociativo sólo en la medida en que éste es explicable a base de aquéllas; y aproximada debido al muestreo estadístico,
y porque una escala dividida en siete grados constituye la división de un continuo en siete segmentos dentro de los cuales no se hace diferenciación alguna (un proceso parecido a éste, por su tosquedad, es el de la división del espectro en siete colores primarios). Sin embargo, lo expuesto anteriormente no quiere decir que se denigre la técnica del Diferencial Semántico en cuanto sistema para cuanti-ficar el significado asociativo: la enseñanza que hay que recoger es que, de hecho, el significado asociativo sólo se puede estudiar sistemáticamente con unos instrumentos tan relativamente poco finos como los descritos: no se presta a análisis precisos que su-pongan la elección rotunda de una alternativa y unas estructuras de elementos segmentables de una forma única.
Otra observación importante que cabe hacer acerca del Dife-rencial Semántico es que se ha visto que es útil en algunos campos