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Colombia Prehispánica

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Academic year: 2021

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C

OLOMBIA

P

REHISPÁNICA:

R

EGIONES

A

RQUEOLÓGICAS

Autor: Botiva Contreras, Alvaro; Groot de Mahecha, Ana María; Herrera, Leonor; Mora, Santiago Fecha de publicación: 1989 Editorial: 1989.; Bogotá; Colcultura; Instituto Colombiano de Antropología Parte de: Colección Orlando Fals Borda Palabras clave: Arqueología; Colombia; Indígenas de Colombia Temas: Arqueología; Indígenas de Colombia Lugar: Colombia

Descripción:

La presente obra constituye un esfuerzo del Instituto Colombiano de Antropología por organizar la información existente sobre la historia prehispánica de Colombia, con el objeto de registrar las necesidades de investigación arqueológica en el país, para contribuir con ello, en la orientación futura de las tendencias investigativas de los profesionales en este campo, como una de sus varias tareas académicas.

El impulso inicial que condujo a la culminación de la misma fue dado por el Doctor Roberto Pineda Giraldo quien en el año de 1985 era director del Instituto Colombiano de Antropología. Con el interés de producir un documento marco que le permitiera a la institución cumplir con la meta propuesta, se organizó un taller de trabajo sobre "El Estado Actual y las Necesidades de Investigación Arqueológica en Colombia", con el patrocinio de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República, el cual se llevó a cabo en Bogotá en el mes de abril de 1985. Participaron en esta reunión, investigadores escogidos de acuerdo con su responsabilidad en la docencia de la arqueología en diversas universidades del país, o por su posición directiva en centros de investigación especializada en esta rama del conocimiento.

Nota editorial

Los manuscritos para esta obra fueron entregados a finales de 1986. Dificultades, especialmente de índole presupuestal impidieron que se publicara en ese año. Aunque algunos de los capítulos fueron actualizados para incluir datos sobre publicaciones e informes inéditos aparecedios en 1987 y 1988, esto no fue posible en todos los casos. Los editores y autores de esta obra presentan excusas a aquellos investigadores cuyos trabajos más recientes no se mencionen.

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INDICE

INTRODUCCIÓN

VER EL MAPA DE LAS REGIONES ARQUEOLÓGICAS

I. La Costa Atlántica

Ana María Groot

 El corredor costero

 Urabá-Alto Sinú

 La Depresión Momposina

 Guajira -Corredor César

 Sierra Nevada de Santa Marta

 Catatumbo

 Subregión Insular

 Balance General de la región

II. Valle intermedio del río Magdalena

Gilberto Cadavid

 Llanos del Huila y Tolima

 Subregión comprendida entre la desembocadura del río Bogotá y los raudales de Honda y Barrancabermeja

 Subregión comprendida entre Barrancabermeja y Morales

 Balance general de la región

III. El Macizo Central Antioqueño

Gilberto Cadavid

 Altiplanicie del Río Negro y Sonsón

 Valle del río Medellín

 Altiplanicie de Santa Rosa de Osos

 Balance general de la región

IV. La montaña santandereana

Gilberto Cadavid

 Cordillera de los Yareguies

 Valles longitudinales de los ríos Suárez y Fonce

 Cañón del Chicamocha

 Meseta y terrazas de la vertiente Occidental de la cordillera Oriental

 Páramos del Oriente

 Balance General de la región

V. La Altiplanicie Cundiboyacence

Alvaro Botiva Contreras

 Introducción

 Descripción geográfica

 Las ocupaciones prehispánicas

 El periodo lítico o precerámico

 El período Herrera

 El período Muisca

 Territorio del Zipa

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 Territorios independientes

 Balance General de la región

VI. Cuenca montañosa del río Cauca

Leonor Herrera

 Alto Cauca

 Valle del Cauca

 Cauca Medio

 Cañón del Cauca

 Balance general de la región

VII. Costa del Océano Pacífico y Vertiente oeste de la cordillera

occidental

Leonor Herrera

 Sub-región Pacífico norte

 Sub-región Pacífico sur

 Sub-región cordillerana

 Sub-región Mesa del Chocó

 Sub-región insular

 Balance general de la región

VIII. Macizo colombiano - Alto Magdalena

Ana María Groot - Santiago Mora

 Tierradentro

 Alto Magdalena

 Serranías de Garzón y Neiva

 Balance General de la región

IX. Macizo Andino del Sur

Ana María Groot

 Altiplano Nariñense

 Alto río Patía

 Balance General de la región

X. Llanos Orientales

Santiago Mora

 Llanos al sur del río Meta

 Llanos al Oriente del río Meta

 Llanos al occidente del río meta

 Balance general de la región

XI. Amazonía colombiana

Leonor Herrera

 Investigaciones arqueológicas

 Balance general de la región

Bibliografía general

Bibliografía por región

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 La costa Atlántica

 Valle intermedio del río Magdalena

 El Macizo Central Antioqueño

 La montaña Santandereana

 La Altiplanicie Cundiboyacence

 Cuenca Montañosa del río Cauca

 Costa el Oceáno Pacífico y vertiente

 Oeste de la cordillera occidental

 Macizo colombiano - Alto Magdalena

 Macizo Andino del Sur

 Llanos orientales

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Introducción

Ana María Groot de Mahecha

La presente obra constituye un esfuerzo del Instituto Colombiano de Antropología por organizar la información existente sobre la historia prehispánica de Colombia, con el objeto de registrar las necesidades de investigación arqueológica en el país, para contribuir con ello, en la orientación futura de las tendencias investigativas de los profesionales en este campo, como una de sus varias tareas académicas.

El impulso inicial que condujo a la culminación de la misma fue dado por el Doctor Roberto Pineda Giraldo quien en el año de 1985 era director del Instituto Colombiano de Antropología. Con el interés de producir un documento marco que le permitiera a la institución cumplir con la meta propuesta, se organizó un taller de trabajo sobre "El Estado Actual y las Necesidades de Investigación Arqueológica en Colombia", con el patrocinio de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República, el cual se llevó a cabo en Bogotá en el mes de abril de 1985. Participaron en esta reunión, investigadores escogidos de acuerdo con su responsabilidad en la docencia de la arqueología en diversas universidades del país, o por su posición directiva en centros de investigación especializada en esta rama del conocimiento. Concurrieron los investigadores que a continuación se relacionan:

Roberto Pineda Giraldo. Director del Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá. Luis Duque Gómez. Director Ejecutivo de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Bogotá.

Jorge Morales. Jefe del Departamento de Antropología de la Universidad de Los Andes, Bogotá.

Gustavo Santos. Jefe del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, Medellín.

Clemencia Plazas.Subdirectora Técnica del Museo del Oro, Bogotá.s Carlos Angulo. Universidad del Norte, Barranquilla.

Julio César Cubillo. Universidad del Valle, Cali.

Gonzalo Correal. Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, Bogotá. Héctor Llanos. Departamento de Antropología de la Universidad Nacional, Bogotá.

Carlos Humberto Illera. Departamento de Antropología de la Universidad del Cauca, Popayán.

Neyla Castillo. Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, Medellín. Héctor Salgado. Instituto Vallecaucano de Investigaciones Científicas, Cali.

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Alvaro Botiva. Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá. Leonero Herrera. Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá.

Ana María Groot de Mahecha. Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá. Gerardo Ardila. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Bogotá.

En desarrollo de este taller se revisó un documento de trabajo que fue presentado a consideración de los participantes por los arqueólogos del Instituto Colombiano de Antropología, se evaluó la información en éste contenida, y como resultado de las deliberaciones, se hicieron importantes observaciones al mismo, que ayudaron a precisar datos y marcaron una pauta en la estructura de la presente obra. Con las múltiples contribuciones de los estudiosos que expusieron sus conocimientos e ideas en el taller, a la par que con una exhaustiva revisión bibliográfica sobre el tema, se busca con este escrito, presentar al lector un documento de útil referencia sobre el estado actual de la investigación arqueológica en el país.

Al tomar en cuenta el territorio que comprende hoy la República de Colombia e intentar trazar una historia desde su más remoto pasado, a la vez de organizar la información que existe al respecto, se encontraron tres dificultades iniciales. En primera instancia, la heterogeneidad geográfica del territorio señalaba una constante dentro de la cual, la adaptación del hombre produjo respuestas diferentes que incidieron en la pluralidad de los desarrollos culturales del pasado. De otra parte, se observó la imposibilidad de asimilar zonas a territorios étnicos de la antiguedad, dada la existencia de un vector diacrónico, que indicaba cambios en las fronteras y procesos de desaparición y reemplazo de unos grupos por otros. Por último, fue extremadamente notoria la existencia de zonas aún inexploradas o muy precariamente conocidas, en oposición a otras con numerosos datos y una larga tradición en investigaciones. Los anteriores planteamientos obligaron a la búsqueda de principios organizadores de la información, con el fin de dar coherencia al discurso arqueológico-histórico.

Dos vectores, que corren paralelos sirven para organizar la información: El Espacio y El Tiempo. Tomados como referencia permiten su sectorización de acuerdo a sucesos considerados como relevantes en la historia de la cultura. Del manejo de cada uno de estos vectores, así como del énfasis con que sean tratados se obtendrá un enfoque del pasado. En la organización de este escrito, dadas sus características, se recurrió a tratar la información por regiones según criterios geográfico-culturales , referidos los datos al factor tiempo, en donde el nivel de los estudios lo permite. La agrupación del conocimiento por regiones no busca de ninguna manera el identificar regiones con ciertos rasgos geográficos, con procesos o etapas que se puedan considerar de carácter determinista. La discusión no gira en torno a la independencia o la dependencia del hombre con respecto al medio, transcurre alrededor del dato básico con el cual se cuenta para cada una de las zonas demarcadas. De otra parte, no se intenta ignorar o dejar de lado el sentido procesual de la historia. La región solamente

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representa en este caso, una herramienta conceptual y metodológica, que permite la exposición de los datos de una manera sistemática.

Durante el proceso de elaboración de este documento, los autores tuvieron varias discusiones acerca de la estructura que debía seguirse para organizar la información de cada región, en un esfuerzo por darle uniformidad a éste. Inevitablemente, cada uno tenía ideas diferentes no tanto sobre la clase de información que era necesario incluir, sino sobre el orden y la presentación de la misma. Más aún, los autores vieron que no les quedaba fácil manejar de la misma forma cada una de las regiones cuyo tratamiento temían a su cargo, debido a que el material que requerían procesar para las mismas variaba notablemente en su estado de elaboración.

El texto de cada región cubre los temas que a continuación se relacionan, resueltos paras cada caso en forma un poco distinta; el orden puede variar, y en ocasiones se desarrollan a nivel general de región, en otras de subregión.

1. Descripción de las Características geográficas de la región.

2. Recuento de las investigaciones realizadas, con mención de sus autores.

3. Resumen de la información para cada región obtenida a través de las varias investigaciones. En cada texto se incluyeron cuadros en donde se acopia la mayoría de las fechas de radio carbono que ilustran los datos.

4. Balance de esta información en términos de generalizaciones posibles, problemas y necesidades de investigación futura.

5. Bibliografía, seleccionada de acuerdo con los puntos anteriores.

La confusión prevalente en el uso de ciertas palabras comunes en escritos arqueológicos, se refleja inevitablemente en este documento, por la indiscriminada utilización dada por los autores en los textos consultados. Complejo, estilo, fase, tradición, cultura, horizonte, son términos que tienen una clara connotación conceptual y con frecuencia se usan en forma intercambiable, aún en un mismo escrito. Algo similar ocurre con el uso de conceptos relacionados con periodización, paleoindio, arcaico, precerámico, formativo, desarrollo regional, cacicazgos, pre-clásico e integración entre otros. Evidentemente sobre estos dos puntos se observa la necesidad de homologar criterios. Sin embargo, ambos problemas se salen del objetivo de este documento, pero no deben ignorarse.

Finalmente, cabe señalar que el proponer una regionalización del país que sea funcional para la historia prehispánica es un intento difícil. La información disponible es insuficiente y al final queda la duda sobre si las regiones establecidas corresponden, por lo menos en buena parte, a la realidad teniendo en cuenta que el período de tiempo al cual se aplicaría un modelo de esta clase comprende varios miles de años. Lapso durante el cual se generaron diferentes desarrollos culturales, que a veces se superpusieron y que tuvieron una distribución espacial oscilante.

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Sin embargo, definir regiones y acopiar la información existente sobre ellas, aún dentro de un panorama tan complejo geográficamente y heterogéneo culturalmente como el de la prehistoria colombiana es, sin lugar a dudas, una premisa para el ordenamiento y orientación de la investigación.

El Instituto Colombiano de Antropología contribuye con esta obra al planteamiento anteriormente expuesto y espera que de la lectura de la misma se propongan tareas concretas que puedan resultar en el enriquecimiento y consolidación del conocimiento sobre la historia de aquellos grupos humanos que vivieron en el pasado, sin importar que tan lejanos o cercanos de nosotros se encuentren en el tiempo, pero que hacen parte de nuestra identidad nacional.

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I. La Costa Atlántica

Por: Ana María Groot

 Importancia arqueológica de la región

 El corredor costero

 Urabá-Alto Sinú

 La Depresión Momposina

 Guajira -Corredor César

 Sierra Nevada de Santa Marta

 Catatumbo

 Subregión Insular

 Balance General de la región

Esta región limita por el Norte con el mar Caribe, por el Sur con el sistema andino alto; por el Oriente con la Sierra Nevada de Santa Marta, la Guajira y la Cordillera Oriental; y, por el Oeste con las últimas estribaciones de la Cordillera Occidental, que representa la zona de transición hacia la húmeda llanura del Pacífico. En su límite Sur se destaca la depresión Momposina, donde convergen el río Magdalena y el río Cesar por la derecha; el Cauca y el San Jorge por la izquierda.

Excepción hecha de la Sierra Nevada de Santa Marta, predomina en la región un sistema suavemente ondulado, de bajas montañas, cuyas alturas no pasan de los 300 metros sobre el nivel del mar. (Guhl, 1976: 147).

La temperatura promedio anual en toda la llanura del Caribe es superior a 270C. Entre los suelos se destacan grandes regiones aluviales en las partes inferiores de los grandes ríos Sinú, San Jorge, Cauca y Magdalena; y, un cinturón de la misma textura al pie de las montañas altas. Hacia el Noreste, a medida que disminuye la precipitación anual, crece la oscilación diurna, hasta alcanzar su máximo (más o menos 20C) en la subregión semidesértica de la Guajira.

Hacia el Sur, a medida que aumenta la precipitación, se incrementa también ligeramente la temperatura y disminuye la oscilación, excepto en la zona que queda bajo la influencia de la sombra seca de la Sierra Nevada de Santa Marta. En consecuencia, se observa partiendo de la costa al interior, primero, que el ambiente xerófilo es reemplazado por el mesófilo, propicio para la agricultura; luego en la zona selvática y limítrofe con la región montañosa andina -que representa una zona fitogeográfica de separación entre los Andes y la llanura del Caribe- predomina un clima bochornoso caracterizado por la alta y permanente lluviosidad (más o menos 3.500 mm), las altas temperaturas, y el poco movimiento atmosférico.

En el extremo nororiental se da la situación opuesta, con lluviosidad baja en sólo algunos meses. Los fuertes vientos y la casi constante insolación durante gran parte del año, provocan la sequía y con ella la implantación de un sistema semi-nómade, de traslado anual del ganado hacia los valles, con playones húmedos, de sus grandes ríos (Guhl, 1976: 147-148).

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Esta amplia región se subdivide en siete subregiones, de acuerdo con características geográficas y culturales: Corredor Costero, Urabá -Alto Sinú, Depresión Momposina, Guajira- Corredor Cesar, Sierra Nevada de Santa Marta, Catatumbo y Región Insular.

Importancia Arqueológica de la Región

La región de la Costa Atlántica fue en época muy antigua, anterior al advenimiento de Cristo, como lo atestiguan los vestigios arqueológicos, un foco de desarrollo cultural de importante trascendencia, "cuyos procesos influyeron de un modo decisivo sobre el curso de la evolución de las sociedades indígenas en una muy extensa zona de América". (Reichel-Dolmatoff, 1982: 48).

Los primeros pobladores de esta región la ocuparon en el pleistoceno tardío y holoceno temprano, según se infiere de los hallazgos de puntas de proyectil e industrias líticas simples, que parecen corresponder a la etapa paleoindia, caracterizada por la presencia de cazadores y recolectores tempranos. Estas evidencias culturales sugieren que la costa Atlántica sirvió como corredor de paso y de dispersión, en varios sentidos, de grupos humanos que una vez cruzado el Istmo de Panamá siguieron en dirección Oeste-este por el corredor costero o se adentraron por el Chocó, y por los valles de los ríos Magdalena y Cauca en dirección Norte-Sur.

Ya en el holoceno, las condiciones variadas que ofrecía la región, con sus lagunas y esteros, sus ríos y colinas, permitieron y estimularon el establecimiento de grupos humanos que dieron inicio a una forma de vida sedentaria, a prácticas agrícolas y al posterior desarrollo de la vida aldeana (Reichel-Dolmatoff, 1982).

Para la época que precede al comienzo de la era cristiana, los grupos humanos que poblaron la costa Atlántica, poseían ya un profundo conocimiento de los varios microambientes de la región y una larga tradición agrícola, que los condujo, a una diversificación cultural que se reflejó en un notable regionalismo y en la conformación de instituciones económicas, sociales y religiosas propias.

A continuación se dará énfasis a los desarrollos culturales sobre los cuales hay referencias, considerando cada una de las subregiones separadamente.

El Corredor Costero

Incluye una amplia zona de sabanas y colinas bajas entre el mar Caribe al Norte y la depresión Momposina al Sur. Hacia el Oeste se extiende hasta el río Sinú en sus cursos medio y bajo; y por el Este hasta la Sierra Nevada de Santa Marta, la cuenca baja del río Arigüani y el llamado "territorio de los Chimila" .

Investigaciones Arqueológicas

Son escasos los datos referentes a la etapa de cazadores y recolectores tempranos en esta subregión, y sólo se dispone de hallazgos ocasionales de unas pocas puntas de proyectil y algunos conjuntos o industrias de artefactos líticos. Puntas de proyectil, carentes de un contexto de hallazgo se han referenciado en los sitios de Santa Marta, Mahates y la laguna

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de Betancí. Se caracterizan por una talla bifacial y algunos retoques secundarios, aunque varían en forma y en detalles de su técnica de manufactura. (Reichel-Dolmatoff, 1965). En la categoría de industrias líticas, formadas por un número más o menos elevado de instrumentos tallados de lascas o de núcleos desbastados, se han registrado sitios en el Canal del Dique, cerca a Cartagena (Reichel-Dolmatoff, 1982: 42) y en las estaciones de Puerta Roja 1 y Villa Mery, en las proximidades del municipio de San Cayetano (Correal, 1977). Se destaca además, en el sitio de San Nicolás de Barí (bajo río Sinú), la presencia de artefactos de silex trabajados rudimentariamente con un mínimo de retoques secundarios por presión, sin estar asociados a cerámica ni a piedra pulida (Reichel-Dolmatoff, 1957: 134). La mayoría de estas industrias carecen de datación. Se requiere ampliar los estudios y realizar excavaciones estratigráficas para determinar su verdadero significado y posición cronológica.

Hacia el cuarto milenio antes de Cristo, los pobladores de las tierras bajas de la costa Atlántica, habían logrado adaptarse a distintos ambientes: marino, ribereño, lacustre, sabanero y selvático. Como expresión de esta época se destacan los materiales excavados en los sitios de : Monsú, Puerto Hormiga, Canapote y Barlovento, cuya importancia estriba en la escala cronológica detallada que forman, la cual abarca desde los comienzos del cuarto milenio, hasta el primero antes de Cristo y representa secuencias de desarrollo cultural que, por sus múltiples características adquiere un valor que va mucho más allá de la Costa Atlántica Colombiana (Reichel-Dolmatoff, 1982).

En Puerto Hormiga, hoy Puerto Badel, a unos 300 metros de la orilla oriental del Canal del Dique, en el departamento de Bolívar, Reichel-Dolmatoff, excavó un yacimiento tipificado por una acumulación de conchas marinas entremezcladas con artefactos líticos, óseos y con fragmentos de cerámica caracterizada por el uso de desgrasante vegetal, adornos modelados y decoración incisa, que presenta un nivel bastante desarrollado, lo que hace suponer que los comienzos del arte alfarero se pueden remontar a épocas aún anteriores. Entre los artefactos líticos figuran principalmente piedras con pequeñas depresiones ovaladas, que sirvieron de yunques para romper semillas duras; placas de piedra arenisca y granulosa, que sirvieron de base para moler o triturar materiales blandos; lascas de filo cortante, raspadores, golpeadores y pequeñas manos de triturar y machacar *.

* El sitio fue excavado en dos temporadas llevadas a cabo en los años 1961 y 1963. La primera patrocinada por el Instituto Colombiano de Antropología y la segunda por la Universidad de los Andes.

Los pobladores recolectaban moluscos del litoral y complementaban su dieta con la caza de especies pequeñas y la recolección de frutos vegetales. La ocupación de Puerto Hormiga, por fechas de radio carbono, se ubica entre 3090 ± 70 a.C. y 2552 a.C., lo cual indica una ocupación de más de quinientos años, sin mayores cambios en su composición cultural. Al parecer ocupaban el conchero sólo por temporadas (Reichel-Dolmatoff, 1965).

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En el año de 1956 Reichel-Dolmatoff (1965) encontró en el sitio Bucarelia, cerca de Zambrano a orillas del río Magdalena, un complejo cerámico parecido al de Puerto Hormiga; pero allí, los antiguos pobladores eran pescadores y recolectores ribereños y lacustres. La variada secuencia registrada en los yacimientos de Monsú, Canapote y Barlovento indica que sus antiguos pobladores sabían explorar eficazmente los múltiples recursos de los ambientes ecológicos, y habían desarrollado diversos modos de subsistencia.

Canapote y Barlovento, muestran, al igual que Puerto Hormiga, la adaptación a un ambiente de literal de grupos que dependían principalmente de la recolección de moluscos. El primero, excavado por Bischof, es un gran conchero de forma anular, localizado en la Ciénaga de Tesca y fechado en 1940 años a.C. Barlovento, excavado por Reichel-Dolmatoff en el año 1954, está formado por seis concheros, dispuestos en un círculo y unidos por sus bases cuya ubicación temporal está dada por fechas de radiocarbono entre 1560 a.C. y 1030 a.C. (Reichel-Dolmatoff, 1955; 1982: 50).

Monsú, en la margen de una ciénaga de la última vuelta del Canal del Dique, excavado por Reichel-Dolmatoff en 1974, se caracteriza por una gran acumulación, en forma anular, de desperdicios culturales, relacionados con una dieta vegetal y no tanto de moluscos. Es relevante la presencia de grandes azadas que señala que sus habitantes ya labraban la tierra y probablemente cultivaban algunas raíces como la yuca (1985).

En este yacimiento se estableció una prolongada secuencia cultural que comienza en época muy anterior al desarrollo de Puerto Hormiga, incluye el Período Canapote y concluye con el Período Barlovento. En dicha secuencia se distinguen varios pisos de ocupación, denominados por Reichel-Dolmatoff (1985) Períodos Turbana, Monsú, Pangola, Macavi y

Barlovento. Los Períodos Turbana y Monsú, constituyen una fase de desarrollo del montículo

y sus vestigios culturales pertenecen esencialmente a un solo desarrollo coherente. La parte tardía del Período Monsú tiene una fecha de radiocarbono de 3350 ± 80 años a.C., mientras que el Período Pangola que le sigue, está fechado aproximadamente en 2250 ± 80 años a.C. Entre Monsú y Pangola hay un intervalo temporal de 1100 años durante el cual el montículo estuvo deshabitado. Fue durante este lapso cuando se desarrolló la cultura de Puerto Hormiga en la vecindad del montículo de Monsú, entre 3090 ± 70 a.C. y 2252 ± 250 a.C. La cerámica de Puerto Hormiga no está representada en el montículo durante el intervalo que marca la desocupación temporal del mismo (Reichel-Dolmatoff, 1985).

La ocupación humana que cronológicamente le sigue a Pangola, corresponde al Período Macavi. Para este período es aplicable, una fecha de radiocarbono de 1940 ± 100 años a.C. obtenida por Bischof (1966) para el sitio de Canapote, ya que el material cerámico que lo representa está estrechamente relacionado con el Período Canapote definido por el mismo investigador. Entre el Período Macavi y el Período Barlovento, último en la secuencia del montículo, parece que hubo cierta continuidad, la acumulación de residuos culturales de la ocupación Barlovento, cubre toda la superficie del montículo y su posición cronológica se referencia respecto al sitio tipo de Barlovento. Además se cuenta con una fecha, para uno de los entierros intrusos que perforaron el montículo, de 850 a 80 años a.C., posterior al

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abandono del montículo, al terminar el período Barlovento (Reichel-Dolmatoff, 1985: 46-47).

La cerámica de este montículo que representa los Períodos Turbana y Monsú corresponde a la cerámica decorada más antigua del continente, y se trata principalmente de tipos inciso-punteados. La decoración incisa es sumamente profunda y no corresponde a lo característico de un formativo temprano. De acuerdo con la propia expresión de Reichel-Dolmatoff, "tanto por su tecnología relativamente competente, como por su decoración estilísticamente coherente, se trata de un producto que debe basarse en una larga tradición previa" (1985:117). No se parece en nada a la del complejo alfarero de Puerto Hormiga, representa una tradición diferente, sin desgrasante vegetal, y sus motivos decorativos sugieren otras múltiples tradiciones e influencias.

En el Período Macavi aparecen además de las categorías cerámicas establecidas para el sitio de la Ciénaga de Tesca, numerosos elementos nuevos que señalan que se trata de una época en que las tradiciones cerámicas eran ya muy variadas. El período final del sitio de Monsú, caracterizado por un complejo cerámico relacionado con Barlovento, representa una dependencia alimenticia mayor, en pescado y fauna terrestre de la región, y no en moluscos (Reichel-Dolmatoff, 1985).

Manifestaciones culturales representativas de la secuencia Monsú, Puerto Hormiga, Canapote, Barlovento, se encuentran desde el golfo de Urabá hasta la baja Guajira y en el bajo río Magdalena hasta el Banco y la laguna de Zapatosa (Reichel-Dolmatoff, 1965: 1982). Recientemente fue registrado un sitio denominado el Pozón en las Sabanas de San Marcos, Sucre, con material cultural relacionado con los anteriores, que data del año 1.700 a.C. (Plazas y Falchetti, 1986:16-20).

De otra parte, el arqueólogo A. Oyuela contribuye con nuevos datos sobre esta época formativa, al referenciar dos sitios en la Serranía de San Jacinto, departamento de Bolívar. Uno de ellos, San Jacinto I, presenta cerámica con desgrasante de fibra vegetal y decoración incisa sencilla, fechada en 3.750 ± 430 años a.C. (1987:6). El otro, San Jacinto II, se caracteriza por cerámica con desgrasante tanto de fibra vegetal como de arena y decoración muy recargada utilizando como técnica la incisión panda y ancha (1987:10). Por comparaciones con el material arqueológico de los otros sitios de esta época, con los cuales presenta similitudes, considera que San Jacinto II podría ubicarse temporalmente entre el lapso de 3.000 y 2.000 años a.C. Al analizar las evidencias que le permiten inferir sobre la base de subsistencia de los dos sitios, considera que la caza menor y la pesca al igual que la recolección de nueces y caracoles ocupaba un lugar secundario, y esboza una posible hipótesis de agricultura incipiente de yuca brava en San Jacinto I y una manifestación temprana de agricultura de maíz en San Jacinto II (Oyuela, 1987:16).

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La costa Atlántica y el bajo Magdalena, por el crecido número de sistemas ecológicos que ofrecen, ricos en recursos, desempeñaron un papel relevante en la adaptación de grupos humanos al medio, y en la implementación de sistemas hortícolas que permitieron la vida aldeana, en el segundo milenio antes de Cristo.

Ejemplo de esta nueva forma de adaptación es Malambo (al borde de una laguna al sur de Barranquilla, cerca de la orilla Occidental del río Magdalena), sitio investigado por C. Angulo, a partir de 1957. Se trata de los vestigios de una población ribereña y sedentaria, que aparece hacia el año 1120 a.C., en los que se encuentra cerámica, más rica en formas que la de los períodos anteriores, caracterizada por elementos modelados, delimitados por anchas incisiones. En rasgos como éste, se relaciona con la cerámica de Barrancas, en el bajo río Orinoco (Venezuela), sitio habitado en una época contemporánea a la de Malambo (Reichel-Dolmatoff, 1982).

En Malambo se registraron con profusión fragmentos de grandes platos planos, "budares", que se asocian con la preparación del cazabe, o pan de harina de yuca. Al parecer, los habitantes basaban su subsistencia en el cultivo de la yuca y dependían en alto grado de la pesca; con caza ocasional. La cronología identifica este sitio con los primeros ensayos de vegecultura, con testimonios de la presencia de yuca (Manihot esculenta) en el año 1130 a.C. (Angulo, 1981).

Malambo señala un cambio en el poblamiento temprano del litoral Caribe: los grupos se alejan del mar y de los esteros y se asientan a lo largo de los ríos y en las orillas de las grandes lagunas de los ríos Magdalena y Sinú, principalmente. Reorientación que implicó una modificación en aspectos cualitativos de la subsistencia. La fauna de ambiente marino y de litoral fue reemplazada por fauna de agua dulce; y la mejor calidad de las tierras aluviales húmedas, propiciaron una experimentación agrícola y el desarrollo de una agricultura más eficiente y variada (Reichel-Dolmatoff, 1982: 5758).

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La perspectiva de esta tradición cultural se enriqueció con el descubrimiento del sitio Los Mangos (municipio de Sabana Grande), que en el río Magdalena representa la fase mas antigua de Malambo. (Angulo, 1981).

Momil, ubicado en la margen Nororiental de la Ciénaga Grande en el bajo río Sinú, es otro

yacimiento arqueológico, sistemáticamente estudiado por los esposos Reichel-Dolmatoff (1956), que tipifica bien la etapa de adaptación lacustre y ribereña, atestigua un largo período de ocupación humana y fuerte incidencia en los desarrollos de la Costa Atlántica colombiana y de regiones vecinas. Allí se encontró una secuencia que mostró un cambio significativo, fundamentalmente en la base de subsistencia de sus antiguos habitantes.

En la primera parte de esta secuencia, fechada para sus comienzos en unos 170 años a.C. se registraron numerosos fragmentos de platos, que indican el cultivo de la yuca y, muchas esquirlas de piedra muy dura que probablemente hacían parte de rallos o instrumentos similares usados en la preparación de raíces; además, huesos de mamíferos, aves acuáticas, reptiles y anfibios, representados los últimos en restos de caparazones de tortugas de agua dulce. La cerámicas es muy variada en formas, tales como vasijas de silueta compuesta, vasijas globulares, cuencos y recipientes de base anular, entre otras (Reichel-Dolmatoff, 1982:59).

En la segunda parte de la secuencia, cronológicamente más reciente, al paso que disminuyen los elementos que atestiguan el cultivo de la yuca, aparecen los grandes metates y manos de moler, platos y tinajas de cerámica, indicativos del cultivo del maíz; también, vasijas trípodes con soportes macizos o huecos mamiformes y vasijas con reborde basal (Reichel-Dolmatoff, 1982:66).

En la cerámica de Momil, predomina la decoración incisa, con gran diversidad en los motivos, y la pintada, bicroma (negro sobre blanco o negro sobre rojo), policroma (negro y rojo sobre blanco) y negativa.

Momil y el período cultural que representa, marca el paso del cultivo de raíces al de semillas, lo cual no implica solamente reemplazar un elemento por otro, sino un cambio en los procedimientos agrícolas, de trascendencia para las nuevas formas de desarrollo social (Reichel-Dolmatoff, 1982:60).

En Momil se aprecian rasgos que anotan cierta especialización artesanal, diferencias en los adornos personales, y se deducen actividades rituales posiblemente relacionadas con la fertilidad y la curación de enfermedades, todo ello probablemente relacionado con una jerarquización social y el surgimiento de un grupo de especialistas en artes y oficios (Reichel-Dolmatoff, 1982:62).

Manifestaciones arqueológicas comparables con Momil se hallan en muchos lugares de la costa Atlántica. Reichel-Dolmatoff se refiere a las regiones de los ríos Mulatos, San Juan y Canalete; entre el Golfo de Urabá y la hoya del río Sinú; las lagunas del río San Jorge y la ancha región del bajo río Magdalena en donde se destacan los lugares de El Banco, Zambrano

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y Calamar (1982:63). En el Golfo de Morrosquillo, el sitio "Marta", es descrito por Ortiz Troncoso y Santos como relacionado culturalmente con Momil (1985: 34-38).

De acuerdo con Reichel-Dolmatoff fue el desarrollo del cultivo del maíz, lo que permitió a habitantes ribereños y costaneros que dependían de la combinación de recursos acuáticos y del cultivo de la yuca, retirarse de los ríos y avanzar sobre las laderas montañosas del sistema andino, dando paso a una vida más estable, una diversificación cultural, y un notable regionalismo (1965, 1982).

Hasta aquí se han tratado los yacimientos arqueológicos tomados como base para la definición de una amplia etapa formativa, en la cual se inicia el sedentarismo, se desarrolla la agricultura y se establece la vida aldeana. No todos están estudiados sistemáticamente y algunos se conocen sólo por recolecciones de material de superficie. A continuación se hará referencia a los desarrollos culturales que tienen una evolución posterior al advenimiento de Cristo, algunos de los cuales se prolongan hasta la Conquista.

Las investigaciones de Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1957) en el curso medio del río Sinú definieron dos complejos culturales, conocidos como Ciénaga de Oro y Betancí. El yacimiento de Ciénaga de Oro, en la proximidad de una laguna, consiste en acumulaciones de basura de viviendas que al parecer formaban una población nucleada de una extensión de unos 500 por 300 metros (1957: 85). Parte del material cultural señala un parentesco con Momil II, pero otros elementos tienen un desarrollo muy marcado que se presenta en culturas cuya posición cronológica es tardía respecto a Momil. Se trata de copas pandas de pie tubular, bases coronarias; vasijas pandas con decoración interior; bordes anchos con lóbulos o triángulos modelados que salen horizontalmente (1957: 128). Según Foster y Lathrap estos elementos que no tienen relación con Momil, forman parte de una ramificación tardía de la expansión barrancoide (1977).

El complejo Betancí es un desarrollo tardío que está atestiguado por la comparación con los datos de los cronistas del siglo XVI. La pauta de poblamiento se caracterizaba por aldeas en diversos ambientes: ribereños (lagunas, ríos grandes y arroyos), en terrenos planos; y se construían túmulos para entierro (Reichel-Dolmatoff, 1957). Por los cronistas se sabe que eran hábiles orfebres, lo cual ha sido a su vez constatado por la arqueología (Falchetti, 1978; Legast, 1978, 1985). Al parecer este complejo se difundió sobre la extensa región del curso medio del río Sinú, y casi toda la hoya del río San Jorge, entre el Sinú y el río Magdalena (Reichel-Dolmatoff, 1957: 130).

En el curso bajo del Sinú, Reichel-Dolmatoff (1957) menciona varios sitios que guardan un marcado parentesco estilístico y tecnológico, en lo que se refiere a la cerámica, con el complejo de Tierra Alta, del alto Sinú. Sin embargo, por la escasez de materiales y por no haberse hallado ninguna superposición estratigráfica, es difícil reconocer una eventual secuencia.

El sitio de Crespo, en inmediaciones de Cartagena, ejemplifica una forma de vida observada en las bahías y en las islas costaneras entre la desembocadura del río Magdalena y el Golfo de Urabá, consistente en agrupaciones de pescadores y agricultores establecidos en pequeñas

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aldeas y campamentos (Reichel-Dolmatoff, 1982:85). En este yacimiento, excavado por Alicia Reichel-Dolmatoff (1954), los complejos cerámicos descritos incluyen budares, vasijas pandas para triturar condimentos, copas y platos con bases anulares, ollas globulares con cuello restringido y pequeñas figurinas antropomorfas. La decoración se caracteriza por motivos simples, incisas o punteadas y en ocasiones caras humanas moldeadas. Se encuentran hachas y azadas tanto de piedra pulida como de grandes conchas, que probablemente fueron utilizadas en la agricultura, en la manufactura de canoas, y en la extracción de almidón de los troncos de las palmas. También es notoria la presencia de piedras de moler. Se observan relaciones tipológicas con los complejos culturales del bajo Magdalena y, en algunos rasgos se vislumbran posibles contactos con culturas de la costa venezolana y de Panamá. Este sitio ha sido fechado en la última parte del siglo XIII después de Cristo y se cree que corresponde a las poblaciones que encontraron los españoles en el siglo XVI (Reichel-Dolmatoff, 1982: 85-86).

En el área del bajo Magdalena, en la desembocadura del río Cauca, Reichel-Dolmatoff registró en 1953, restos de poblaciones con grandes acumulaciones de basura y otros vestigios que indican la presencia de grupos que combinan la agricultura con la caza, la pesca y la recolección de recursos silvestres. Son de señalar los sitios de Plato y Zambrano, en donde, con recolecciones de superficie, se identificó una tradición de alfarería incisa que al parecer tiene una posición cronológica reciente (1954).

La cerámica de Tenerife, difiere de la de estos dos sitios y se observa un cierto parentesco con algunos de los complejos del río Ranchería (Reichel-Dolmatoff, 1954).

En el municipio de Pedraza, en el sitio Guaiquirí, L. Reines registró vestigios de un pueblo sedentario dependiente del medio semi-acuático, con una tradición cerámica incisa (Reines, 1985). Para este sitio existen dos fechas citadas por Plazas y Falchetti de Sáenz (1981), asociadas a los tipos cerámicos del complejo Plato-Zambrano, una del siglo XVI y la otra del siglo XIX, esta última muy tardía.

Grandes áreas cubiertas de conchales fueron registradas por Reichel-Dolmatoff (1955) en la franja litoral de la Isla de Salamanca, que alcanzaban más de 6 metros de altura, y en cuyas capas superiores se encontraban numerosos fragmentos, de cerámica Tairona II, y de las culturas del río Magdalena. Muchos de estos conchales, con excepción de los que existen en Tasajeras y Palmira, fueron destruidos o alterados durante la construcción de la carretera Barranquilla-Santa Marta (Angulo. 1978).

Sobre las zonas antes citadas y sobre las orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta, se dispone de varios estudios. En 1961, H. Bischof hizo un corte en Mina de Oro, sitio ubicado a unos dos kilómetros al oriente de la desembocadura del río Fundación. Los resultados de esta experiencia le sirvieron junto con otros, para proponer la tesis de un período temprano para la cultura Tairona, denominado Nahuange. En este yacimiento se obtuvo una fecha de 487 años d.C. (Bischof, 1969).

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En 1975, los arqueólogos D. Sutherland y C. Murdy hicieron un reconocimiento de la Isla de Salamanca y efectuaron excavaciones en los sitios de Cangarú y Caimán. En el registro reconocieron influencias del área del bajo Magdalena, y contactos con la cultura Tairona. En la Ciénaga Grande y la Ciénaga de Pajaral, que se encuentran conectadas y forman una unidad lacustre, son frecuentes extensos conchales, mezclados con cerámica, artefactos líticos y restos óseos de fauna. Allí realizó C. Angulo (1978) una exploración, de la cual obtuvo varias colecciones de superficie. Excavó, además, en los sitios de Palmira, Tasajeras y Los Jagüeyes (Isla de Salamanca), en Loma de López (orilla Oriental de la Ciénaga Grande) y en las Islas Cecilio y Tía María (complejo lacustre de Pajaral).

Los conchales estudiados hablan de una ocupación tardía por grupos humanos, que tenían campamentos tanto estacionales como permanentes. El asentamiento más antiguo de la Isla de Salamanca es el sitio los Jagüeyes fechado en el siglo IV de nuestra era. Son posteriores los asentamientos de Palmira (siglo VI d.C.) y Tasajeras (siglo X d.C.). En la Ciénaga Grande el primer asentamiento humano -Mina de Oro- ha sido fechado en el siglo V d.C. Loma de López se inicia en el siglo XI d.C. y su historia parece subsistir hasta la época de la conquista (Angulo, 1978:164-165,122).

A partir de la estructura de los cortes y del análisis del material, se distinguieron dos períodos de ocupación. El primero y más antiguo corresponde a comunidades de tradición agrícola, y el más reciente, a grupos con economía de pescadores. Los grupos agrícolas que se asentaron en la Isla de Salamanca y luego a orillas de la Ciénaga, procedentes al parecer en el primer caso, de las tierras planas que se extienden entre el piedemonte occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta y la orilla oriental de la Ciénaga, y en el segundo del bajo Magdalena, reorientaron la base de su subsistencia hacia la pesca y la recolección de moluscos. En la ocupación más reciente se evidencia un estrecho contacto con los grupos tardíos de la Sierra Nevada de Santa Marta (Cultura Tairona) (Angulo, 1978:166-167).

Recientemente, el investigador C. Langebaek, realizó excavaciones en antiguas terrazas aluviales en el bajo río Córdoba a lado y lado de la desembocadura del río y en una colina próxima a esta, en predios de la Hacienda Papare. Como resultado de su estudio se definen tres tradiciones alfareras cronológicamente superpuestas; la más antigua la denomina "malamboide" por su similitud con los materiales culturales descritos por Angulo (1981) para el sitio tipo de Malambo, sigue en la secuencia una tradición de cerámica semejante a la que Bischof llamó "Nahuange" (1969) y por último señala una tradición netamente Tairona (Langebaek, 1987:84). En una de las excavaciones (Tigrera), obtuvo una datación de 970 ± 80 años d.C., que se asocia con la aparición en la secuencia de la alfarería Tairona (Langebaek, 1987:87).

Dejando hacia el oriente la Ciénaga Grande de Santa Marta, con el nombre de "Valle de Santiago", se conoce una micro-región del departamento del Atlántico que se extiende desde el piedemonte Occidental de la serranía de Piojó y los contrafuertes septentrionales de la loma del Caballo, hasta el mar Caribe. En esta zona, Angulo (1983) excavó en los sitios de San Juan y María Jacinta en proximidades de la Ciénaga de Tocahagua, en Palmar de Candelaria y en la Isla, y definió tres fases arqueológicas: Tocahagua, Palmar y la Isla, las

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cuales derivan de tradiciones diferentes, aunque al parecer contemporáneas durante las últimas centurias.

La Fase Tocahagua se caracteriza por la utilización, como atemperante, de concha molida de caracoles terrestres, entierros en posición fetal lateral, uso de topias para fogones, aparición del cultivo del maíz y evidencias de casas comunales. Su posición cronológica se infiere por una fecha de 900 años d. C. proveniente de la parte media de la secuencia y de otras, de los siglos XVI y XVII en la parte final (Angulo, 1983:162-163). La fase Palmar presenta elementos característicos del área del bajo Magdalena, tales como decoración modelada - incisa, figurinas en arcilla y bases de pedestal, y se ubica cronológicamente entre los siglos XIII y XVII d.C. Por último la fase la Isla, de la cual se tiene una datación del siglo XVII, corresponde a grupos que se desplazaron hacia la costa, donde abandonaron luego la utilización de la concha molida como atemperante (Angulo, 1983:163). Sólo en la fase Palmar se dan evidencias del cultivo del maíz, que en los sitios que representan las fases la Isla y Tocahagua, se limitan a muestras de superficie. En las tres fases, se infieren actividades de caza y pesca. En las fases Tocahagua y Palmar se recolectaban moluscos y caracoles terrestres, los últimos de los cuales son escasos en la fase La Isla, en la que predominan, en cambio, los restos de caracoles marinos. (Angulo, 1983).

Posteriormente, Angulo (1986) extendió sus estudios arqueológicos a las orillas y alrededores inmediatos de la Ciénaga de Guájaro, y, a la vertiente norte de la Serranía del Caballo. Las evidencias culturales, la estratigrafía y los datos cronológicos le permitieron definir dos períodos culturales, denominados "Rotinet" y "Carrizal". Estos períodos aparecen separados por un lapso aproximadamente de 1000 años lo cual se ha interpretado como una larga etapa de abandono del sitio (Angulo, 1986:50).

El período Rotinet corresponde a la ocupación más antigua del lugar, se relaciona con las manifestaciones culturales de la secuencia Monsú, Puerto Hormiga, Canapote y Barlovento y presenta una posición cronológica hacia el tercer milenio antes de Cristo.

Hacia comienzos de la era cristiana, el mismo lugar fue repoblado por grupos que se desplazaban por el bajo río Magdalena, los cuales introdujeron nuevos aportes culturales. Corresponde esta reocupación al Período Carrizal, caracterizado por un modo de vida vegecultor en su fase inicial (Zahino), en la cual se intensifica la caza, la pesca y el cultivo de la yuca. Posteriormente se percibe un cambio en la subsistencia de estos grupos, al parecer por la introducción del cultivo del maíz. Esta fase es definida Palmar y corresponde estilísticamente y en el modo de vida a la fase del mismo nombre en el Valle de Santiago (Angulo, 1986).

Urabá - Alto Sinú

Esta subregión incluye el alto río Sinú, las estribaciones de las serranías de San Jerónimo y Abibe, y la zona del golfo de Urabá.

La posición geográfica, las condiciones geomorfológicas y ecológicas, con bosque húmedo tropical y bosque muy húmedo tropical hacen de la costa Pacífica Septentrional, Urabá y Alto

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Sinú, un área estratégica de paso obligado a migraciones y apta para los asentamientos humanos. El medio ambiente con su alta temperatura y pluviosidad posibilitan un alto índice de fotosíntesis y por ende un rápido y exhuberante desarrollo de la vegetación, y es propicio para la caza, la recolección y la explotación agrícola. Además el mar, los ríos y quebradas, albergan una gran riqueza ictiológica.

El área presenta una gran variedad de paisajes: el literal y la zona costera Septentrional del Pacífico y la serranía de Los Saltos *; la cuenca del río Atrato, la depresión del golfo y sus playas, las colinas de las estribaciones de la serranía de Abibe al Occidente y los planos aluviales superior e inferior de las partes planas bajas formados por la red hidrográfica que llega al golfo; las superficies de erosión con alturas de más de 100 metros de la serranía de Abibe hacia el Este; las colinas y cerros de 100 - 200 y más de 800 metros de la serranía de San Jerónimo hacia el Occidente; diferentes niveles de terrazas y aluviones altos inundables con buen drenaje de las cabeceras del Sinú. Estos últimos, aptos para la agricultura (Botiva, 1985).

* Se sabe que en el pasado prehispánico existieron vínculos culturales entre la región de Urabá-Alto Sinú y la zona costera septentrional del Pacífico, pero para efectos del presente trabajo, esta última zona se consideró geográficamente en la región Costa Pacífica.

Investigaciones Arqueológicas

El poblamiento temprano de cazadores y recolectores, cuenta con la evidencia cultural de bahía Gloria en el golfo de Urabá, en donde G. Correal encontró una punta de proyectil acanalada, similar a las del complejo "Lago Meden" en Panamá. En el Alto Sinú, el mismo investigador registró varios yacimientos de industrias de lascas y nódulos que indican poblamientos dispersos, en estaciones temporales de corta duración. Los artefactos líticos hallados en los sitios de Angostura, Caimanera y Frasquillo sugieren una subsistencia subordinada a actividades de cacería y pesca (Correal, 1977).

Las investigaciones arqueológicas adelantadas en el noroeste colombiano sobre el período cerámico han puesto de manifiesto la presencia de rasgos alfareros semejantes, que se extienden hasta el Darién panameño.

Sigvald Linné, en 1927, exploró la costa Atlántica de Panamá y el golfo de Urabá. En la Gloria efectuó excavaciones de algunos entierros secundarios en urnas funerarias, y en los sitios de Candelaria, Severa, Titumate, Triganá y Acandí, recolectó tiestos superficiales, de cuyo análisis deduce un carácter homogéneo. Solo en Severá encuentra diferencias en la cerámica y la relaciona con la encontrada en la costa Pacifica y en la Isla de las Perlas, que se caracteriza por la decoración impresa, utilizando como herramienta, conchas (Lineé, 1929).

En los últimos años, investigadores de la Universidad de Antioquia han llevado a cabo estudios en la costa del golfo cerca a Turbo y Necoclí y a lo largo de la costa hasta Arboletes (Botiva y Santos, 1980; Santos et. al., 1980, 1983).

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En esta área se identificó un complejo cultural denominado "Estorbo" en el cual se observa una tradición cerámica modelada incisa con rasgos estilísticos y tecnológicos propios. Los sitios más representativos son: El Estorbo I, Agualinda (Estorbo II), colinas por las que desciende la quebrada el Estorbo (III y IV), Tie, el Totumo, Necoclí, Piatra y más al Norte fuera del golfo, Arboletes. En la margen izquierda persiste la pauta de asentamiento definida para este complejo: Triganá, bahía Gloria, Capurganá, Acandí, Santa María la Antigua del Darién, bahía Rufino y Zapzurro.

Este complejo está representado por el asentamiento lineal a lo largo de los ríos, las quebradas y las colinas bajas de la región. Los yacimientos son extensos y densos basureros de conchas de moluscos asociadas a materiales cerámicos, líticos y óseos; además, se encuentran entierros humanos y fogones. Aunque la mayor parte de la evidencia es de conchas de bivalvos y caracoles, no se trata de simples recolectores de moluscos sino de cazadores y pescadores que practicaron también la agricultura y que debieron recoger el molusco como actividad complementaria (Botiva et. al., 1986).

Las formas de cerámica más representativas son cuencos de borde evertido horizontalmente con decoración modelada-incisa e impresa en el borde y bases anulares perforadas a trechos, cuencos sencillos de borde evertido engrosado hacía el exterior, platos, figurinas y rodillos. La posición cronológica aún no está claramente definida. Como referencia temporal se dispone de las fechas 350 ± 95 a.C. y 420 ± 130 d.C., que son miradas con precaución por Santos et, al., quienes consideran que el comienzo de la ocupación de El Estorbo no se remonta a una fecha anterior al siglo V d.C., y juzgan más acertada otra fecha del siglo IX d.C.

En el año 1983, M.E. Naranjo y M.C. Bedoya (1985), adelantaron en la localidad de Capurganá, un trabajo arqueológico para su tesis de grado, que les permitió señalar la

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existencia de dos ocupaciones culturales distintas, tanto en su alfarería como en su situación temporal. La cerámica más antigua con incisiones y pintura policroma de colores blanco, rojo y negro, se relaciona con Momil, la más reciente corresponde a la tradición modelada- incisa del Estorbo, definida como típica de todo el golfo.

Los dos conjuntos cerámicos muestran una distribución indicadora de que los asentamientos se dieron en áreas diferentes, apareciendo sólo superpuestos hacia el piedemonte, mientras que la evidencia dejada por la ocupación más tardía (Estorbo), es la única que aparece superficialmente en todos los sitios reseñados en Capurganá. En este lugar, antiguamente la playa estaba más cerca del piedemonte lo cual se constata por la presencia de formaciones coralinas muy adentro de la línea costera, hecho que permite interpretar la distribución de las evidencias y explica por qué las dos ocupaciones aparecen únicamente en el sector aledaño al piedemonte. Después del retire del mar, se estableció otra ocupación en la zona dejada por 61 y sobre las evidencias anteriores (Botiva, 1986).

En el área del golfo, también es de anotar la investigación de G, Arcila (1985), para ubicar a Santa María la Antigua del Darién. El análisis de los materiales excavados allí, tanto indígenas como españoles, denota una convivencia de los dos grupos por un corto espacio de tiempo. Tras el abandono del sitio por los españoles, no se observa sobrevivencia aborigen. Hacia el Este de Urabá se encuentra la zona del Alto Sinú, en donde las investigaciones realizadas por G. Reichel-Dolmatoff en el año 1957 permitieron definir el complejo cerámico "Tierralta". El sitio tipo de este complejo fue excavado en el Cabrero, y los sitios de Frasquillo, Gaitá, Táparo, Socorrer y Crucita, se definieron como parte del mismo complejo. En el bajo Sinú también se registraron algunos sitios relacionados (1957).

La economía de este complejo cultural se basaba principalmente en el cultivo del maíz, y se registran entierros secundarios en urnas y orfebrería, que son característicos en la costa Caribe de Colombia de culturas post-formativas, más bien tardías. La posición cronológica es, por lo tanto, posterior a Momil y se encuentra separado de este complejo por un considerable espacio de tiempo. Tierralta, al parecer, se deriva del complejo Ciénaga de Oro, del medio Sinú, sin embargo, al respecto no hay una comprobación estratigráfica (Reichel-Dolmatoff, 1957).

Recientemente, G. Casasbuenas y A. Espinosa, adelantaron en el año 1983 su trabajo de tesis en Frasquillo (margen izquierda del río Sinú) y en quebrada Mulas (margen derecha del río Verde). Las excavaciones en Frasquillo permitieron ubicar cronológicamente elementos pertenecientes al complejo Tierralta hacia finales del siglo IV d.C. Al comparar las formas cerámicas y su decoración con áreas arqueológicas vecinas, se observa una estrecha relación con la cerámica del sitio El Estorbo en Urabá. De otra parte, las evidencias cerámicas que se obtuvieron en la quebrada de Mulas, también presentan características muy semejantes a las del complejo de Urabá, aunque son cronológicamente más recientes (siglo IX d.C.) (Casasbuenas y Espinosa, 1985).

Posteriormente, el Instituto Colombiano de Antropología entre 1985 y 1986 realizó en el Alto Sinú, como parte del estudio de impacto ambiental del Embalse de Urra I, la investigación

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de la zona que iba a ser alterada por las obras de ingeniería y de sus alrededores. Bajo la dirección del arqueólogo Alvaro Botiva se llevó a cabo una exhaustiva prospección del área y se excavaron los sitios de El Cabrero, Frasquillo y El Gallo (Botiva, 1987). De acuerdo con la información arqueológica recogida, se allegaron nuevos datos cronológicos y sobre distribución espacial del complejo Tierralta. Se puede agregar a lo ya conocido que los antiguos habitantes de esta región vivieron en asentamientos en las márgenes del río y combinaron la agricultura con la explotación de los recursos del río, de las quebradas y de los bosques. Se observa al parecer una paulatina migración que del Bajo y Medio Sinú va colonizando las partes altas del río dejando huella de casas aisladas y caseríos dispersos y que se extiende a la región del Golfo de Urabá. La situación temporal puede considerarse entre los siglos III y XI d.C. (Botiva, 1987).

El investigador Botiva propone redefinir el complejo cultural arqueológico registrado en el Alto Sinú y en Urabá con "la combinación de los nombres tipos asignados: Tierralta (Reichel-Dolmatoff, 1957) y El Estorbo (Botiva y Santos, 1980); complejo cultural que se precisa al encontrarse la misma tipología cerámica y lítica, así como un patrón de asentamiento semejante con modificaciones locales muy secundarias y una relación con el medio particular de acuerdo a las características fisiográficas y bióticas de cada región..." (1987:210).

En la cerámica de Tierralta - El Estorbo, el modelado y la incisión son rasgos predominantes y, en formas, son frecuentes "los cuencos miniatura, pequeños y medianos de uso doméstico y ceremonial; cuencos de borde evertido horizontalmente con bases coronarias adosadas con sonajeros que representan figuras zoomorfas; urnas funerarias con bases coronarias; mocasines; así como vasijas globulares para uso culinario y almacenamiento de líquidos". (Botiva, 1987:211).

La Depresión Momposina

La Depresión Momposina se extiende a lo largo del Magdalena y en sus afluentes el Cauca, el San Jorge y el Cesar, formando un valle fértil aunque sujeto a inundaciones y ocupado por extensas ciénagas que en las épocas de las crecientes amplían considerablemente su superficie. (Guhl, 1976: 153). La precipitación es superior a los 2500 mm., la morfología es plana y cenagosa en la cual la alternancia de aguas altas y bajas hace que las ciénagas se rebosen, esparciendo agua de inundación por caños y tierras llanas o que los playones queden secos y se puedan utilizar como potreros.

Investigaciones Arqueológicas

La región del bajo río San Jorge, cuya importancia arqueológica fuera mencionada por Gerardo Reichel-Dolmatoff en 1958 y divulgada posteriormente por James Parsons desde 1965, fue objeto de una exhaustiva investigación en años recientes por C. Plazas y A.M. Falchetti de Sáenz, que permitió reconstruir el patrón de asentamiento de los grupos humanos que la ocuparon. Entre los años 1976-1981 estudiaron sitios arqueológicos en una extensa área, desde Jegua, al norte, hasta la Ciénaga de las Flores al Suroeste y Sucre, sobre el caño Mojana, al Oriente; simultáneamente, trabajaron en detalle dos zonas: una de vivienda dispersa a lo largo de los caños Carate - Mabobo donde los canales artificiales forman un

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sistema de gran magnitud y otra de vivienda nucleada sobre el caño Rabón (Plazas y Falchetti de Sáenz, (1981: 10-33).

En esta área se determinó la existencia de dos ocupaciones prehispánicas, correspondientes a dos grupos étnicos no contemporáneos, que tuvieron orígenes, adaptaciones y desarrollos culturales diferentes .

La primera ocupación se dió entre el siglo I y el X de nuestra era y se caracterizó por una alta densidad de población que adoptó el área como lugar de habitación permanente y de utilización productiva. A esta época corresponden los canales de control de aguas que cubren cerca de 500.000 hectáreas de terrenos inundables- las plataformas de vivienda y los montículos funerarios en donde se encuentran objetos de oro y cerámica de la tradición modelada-pintada. (Plazas y Falchetti de Sáenz, 1981).

Aproximadamente en el siglo VII d.C. en adelante, se llevó a cabo una relativa desocupación del Bajo San Jorge, quedando en el siglo XVI algunos remanentes de este desarrollo cultural en sitios como Ayapel. En el curso medio del mismo río, hacia el siglo X, se encuentran en la región de Monte-Líbano evidencias de esta misma tradición, correspondientes quizás a movimientos de población río arriba o sobrevivencias de asentamientos locales más antiguos (Plazas y Falchetti de Sáenz, 1981: 9-10).

En el bajo río San Jorge, a partir del siglo XIV en adelante se encuentran evidencias de otro grupo étnico, procedente del río Magdalena, que ocupa los espacios elevados disponibles, aprovechando solamente el área circundante.

Los vestigios de esta ocupación se encuentran dispersos sobre las orillas de los caños y meandros sin relación con los sistemas hidráulicos. La cerámica asociada corresponde a la Tradición Incisa Alisada, extendida a lo largo del curso bajo del Magdalena (Plazas y Falchetti de Sáenz, 1981: 10).

Las autoras entrelazan la información arqueológica con los relatos de los cronistas del siglo XVI sobre los indígenas Zenúes y tratan de indicar su pertenencia a un desarrollo cultural común con los habitantes que ocupan el bajo San Jorge en los primeros siglos (1981). El complejo Betancí, del río Sinú guarda una estrecha relación con el desarrollo cultural del Valle del San Jorge; con el cual comparte el enterramiento en túmulos y el estilo de la orfebrería. Sin embargo, aunque existen algunos complejos cerámicos que se relacionan, hay otros que no están presentes en el San Jorge, tal como ocurre con la decoración incisa profunda que, al parecer, tiene un mayor parentesco con la alfarería de la región de Urabá. (Bray, 1984: 334).

Las tradiciones recogidas por los cronistas sobre los indígenas Zenúes y los datos arqueológicos indican la antigua existencia de una estructura de poder de jefaturas (Cacicazgos) que dominaba política y económicamente las hoyas de los ríos Sinú, San Jorge, bajo Cauca y Nechí (Plazas y Falchetti, 1981).

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En el siglo XVI, a la llegada de los españoles, estaba establecido en parte de la Depresión Momposina y en las riberas del Magdalena, el grupo étnico Malibú que tenía un patrón de poblamiento lineal sobre los barrancos que bordean los cursos de los ríos, en viviendas dispersas y caseríos ribereños. A orillas del Magdalena establecieron poblaciones de alguna importancia como Mompós, Tamalameque y el mercado de Zambrano. (Reichel-Dolmatoff, 1951).

Una extensión de grupos de esta etnia hacia el bajo San Jorge a partir del siglo XVI en adelante, fue determinada por Plazas y Falchetti de Sáenz (1981) por excavaciones en el sitio "Las Palmas" en el caño San Matías, donde estudiaron una plataforma de habitación y encontraron basureros y entierros dentro de las viviendas, directamente en la tierra o en urnas funerarias en el caso de los niños, junto con ofrendas de cerámica. Se sabe que el lugar estaba habitado hacia el año 1300 después de Cristo y que su ocupación se prolongó al parecer hasta finales del siglo XVI. La cerámica hallada pertenece a la tradición Incisa Alisada y se caracteriza por formas sobrias, sin distinción entre vasijas para uso doméstico y ritual. Son vasijas de servicio culinario y almacenamiento, tales como copas de pedestal, ollas globulares pequeñas y grandes, estas últimas reutilizadas como urnas funerarias.

Las actividades de subsistencia se basaban en la pesca, la caza, la agricultura y la recolección de alimentos vegetales (Plazas y Falchetti de Sáenz, 1981:98).

En el área del río Magdalena, que hace parte de la depresión Momposina, Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1953) realizaron una prospección de las riberas del río y de la región de la laguna de Zapatosa, es decir, el curso inferior del río Cesar, como resultado de la cual reseñaron numerosos sitios que se referenciaron de acuerdo con el tipo de vestigios arqueológicos hallados en ellos, tales como: entierros en urnas funerarias; fragmentos de cerámica superficiales; fragmentos de cerámica y líticos; fragmentos de cerámica, túmulos de piedra; terrazas de cultivo con murallas, cerámica y líticos; calzadas de caminos y terrazas y por último petroglifos y cerámica.

En la ciénaga de Zapatosa estudiaron en detalle el sitio de Saloa y la isla del Barrancón. Estos sitios pertenecen a un mismo período aunque es posible observar ciertas diferenciaciones características que parecen tener algún valor cronológico, y que insinúan que el yacimiento arqueológico de Saloa forma una base más antigua que los yacimientos de la isla del Barrancón, donde se encuentran evidencias de la época de contacto con los españoles. Con base en estos estudios se definió un complejo alfarero inciso que parece tener una tradición larga e influyó hacia el norte, tal como se manifiesta en diferentes niveles de la zona de contacto y transición de áreas del río Cesar. (Reichel-Dolmatoff, 1953).

En la región de Tamalameque, en el lugar de la Sabana de San Luis, excavaron un cementerio de entierros de urnas, perteneciente a la misma cultura observada en Saloa, la cual a su vez se relaciona con el grupo étnico de los Malibú en el siglo XVI (Reichel-Dolmatoff, 1953). En general la cerámica tardía del bajo Magdalena, incluyendo la Depresión Momposina forma parte de una tradición incisa, con tipos cerámicos relacionados, que probablemente correspondían a desarrollos locales.

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Guajira-Corredor Cesar

Esta subregión comprende el valle del río Cesar y sus dilatadas praderas, que se extienden entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Cordillera Oriental, la Sierra de Perijá y la Guajira. En esta unidad espacial se encuentran varios conjuntos climáticos que van desde el semiárido de la alta Guajira al seco de la media Guajira, que se prolonga en forma de Golfo de sequía en la depresión del Cesar, desde Carraipia hasta el sur de Valledupar; el semi-húmedo que incluye la faja del valle del Cesar entre la región seca y las faldas húmedas de los macizos montañosos (Sierra Nevada y Serranía de Perijá).

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Correal (1977) puso en evidencia la presencia de grupos líticos en la Guajira, mediante el hallazgo de estaciones líticas al aire libre en Carrizal, Camuchisain y Serranía de Cocinas. En inmediaciones del Departamento del Cesar, en predios de la hacienda "El Espejo", sobre la margen izquierda del río Minas, en el corregimiento de Media Luna, localizó dos sectores de abrigos de rocas areniscas duras del cretásico superior, muy propias para la habitación humana. En un corte de observación en uno de ellos determinó un horizonte cerámico en los estratos iniciales, y en los estratos más profundos, otro de elementos líticos que aparentemente se relaciona con la época paleoindígena. Sin embargo, como él mismo lo anota, "solamente una excavación amplia permitirá definir las características de los posibles complejos líticos de esta área" (Correal, 1977: 47).

El mismo Correal informa sobre la existencia de petroglifos en Barrancas y en la Inspección de Policía de San Pedro, y Gerardo Ardila detectó tres cuevas con pictografías en el curso bajo del arroyo Tres Calabazos (Ardila, 1983: 42).

Para una etapa formativa tardía, son de especial relevancia los trabajos de G. y A. Reichel-Dolmatoff (1951) en el valle del río Ranchería, a lo largo del cual encontraron numerosos sitios que forman parte de una secuencia de complejos agrícolas sedentarios, caracterizados por la presencia de cerámica pintada cuya posición cronológica estimaron coetánea con Momil (Reichel-Dolmatoff, 1982). Los autores dividen la ocupación del área en dos mareas culturales, que denominaron primer horizonte pintado y segundo horizonte pintado de acuerdo con una secuencia comprobada por la estratificación de los vestigios y corroborada por comparaciones en un sentido horizontal. El primero y más antiguo está constituido por los períodos Loma, Homo y Cocos y el segundo, por las fases I y II del Período Portacelli. En síntesis, tal como lo expresan los esposos Reichel-Dolmatoff : "Los vestigios observados en la Cuenca del río Ranchería, corresponden a las manifestaciones de dos culturas aborígenes que sucesivamente ocuparon esta zona en tiempos pasados, desapareciendo finalmente en una época muy anterior a la Conquista. El estrato cultural más antiguo lo forma la cultura que hemos designado como períodos Loma y Hornos, mientras que el estrato siguiente está formado por la cultura del Período Portacelli, la secuencia de estas dos culturas representa un desarrollo de un complejo cerámico policromado hacia un complejo bicromado, a través de una fase de experimentación pictórica y plástica como lo es el Período Horno. No sabemos como se efectuó la sucesión de estas dos olas, y si fue en forma de conquista o en forma de lenta penetración. Lo brusco del cambio parece indicar la primera forma; la cultura Portacelli se superpuso, ocupando casi todos los sitios anteriormente habitados por la cultura antigua, pero tal vez no los ocupó todos al mismo tiempo, sino en épocas distintas" (1951: 208). Con sus excavaciones en la vertiente Suroriental de la Sierra Nevada, lograron constatar la asociación cronológica del período más antiguo del área de la Sierra Nevada con la fase superior y más reciente del Período Portacelli.

La cantidad y calidad de los vestigios culturales encontrados, indican largos períodos de ocupación y una población indígena numerosa, distribuida en aldeas extensas. Al parecer durante las dos ocupaciones, la base de la economía fue la agricultura; sin embargo, en los períodos Loma y Horno, es notable la ausencia de piedras y manes de moler, así como la de

Referencias

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