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San Bernardo de Claraval Sermones Sobre El Cantar de Los Cantares

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Sermones sobre el

Cantar de los

Cantares

San Bernardo de Claraval

(2)

Sermones sobre el

Cantar de los Cantares

San Bernardo de Claraval

Versión electrónica creada, sin fines de lucro, para ser puesta

al servicio de la Nueva Evangelización,

queriendo hacer llegar este texto a quienes tengan

dificultad para obtenerlo en su versión impresa.

(3)

ÍNDICE

EXPERIENCIA CRISTIANA Y EXPRESIÓN ESTÉTICA EN LOS SERMONES SOBRE EL ...

CANTAR DE LOS CANTARES 1

...

I. EL CANTAR DE LOS CANTARES EN LA TRADICIÓN CISTERCIENSE 1

... Plan  de  la  serie  de  sermones  bernardianos  sobre  el  Cantar   1

...

Motivación   2

...

II. LA EXPERIENCIA CRISTIANA EN BERNARDO DE CLAIRVAUX 2

...

El  conocimiento  de  sí  mismo   3

...

La  belleza  y  su  raíz   3

... Signi@icado  último  de  la  experiencia:  «la  afección  del  sentido»   3

...

Los  cinco  sentidos   3

...

La  afección   4

...

La  sabiduría  y  sus  efectos   4

...

El  claustro,  circunstancia  comunitaria   4

...

Ocupaciones  del  claustro   5

...

Las  incongruencias  diarias   5

...

El  juego  de  la  liturgia   6

III. LA OSTENSIBILIDAD DE LA EXPERIENCIA Y LA DINÁMICA DEL LENGUAJE

...

BERNARDIANO 6

...

Las  imágenes  y  los  símbolos   6

...

Los  símbolos  sonoros   8

...

INTRODUCCIÓN. LA DOCTRINA DE LOS SERMONES SOBRE EL CANTAR 9

...

1.  Una  «Summa»  de  teología  contemplativa   9

...

2.  El  esposo   10

...

3.  La  esposa   12

...

SERMÓN 1. Sobre el título del libro “Cantar de los Cantares” 17

...

SERMÓN 2. Los cuatro besos o etapas de la manifestación de Cristo 20

...

SERMÓN 3. Aplicación espiritual del beso en los pies, en las manos y en la boca 23

...

SERMÓN 4. El triple progreso, simbolizado en los tres besos 25

...

SERMÓN 5. Cuatro clases de espíritus y sus relaciones con el cuerpo 27

I. Sobre las cuatro clases de espíritus y de qué manera necesitan un cuerpo el animal, el hombre ...

y el ángel. 27

...

SERMÓN 6. La santidad y majestad de Dios se manifiestan en la misericordia y el juicio 30

...

SERMÓN 7. Amor casto y ardiente de la esposa. Devoción durante la salmodia 33

...

(4)

...

SERMÓN 9. Los dos pechos del Esposo: la paciencia y la benignidad. 39

...

SERMÓN 10. Los pechos de la esposa: su leche y sus perfumes 43

...

SERMÓN 11. El perfume de la gratitud que merecen el fruto y el modo de la redención 46

...

SERMÓN 12. El perfume exquisito de la compasión 49

...

SERMÓN 13. Motivos y cualidades de la acción de gracias a Dios 53

...

SERMÓN 14. Diversa actitud de la Sinagoga y de la Iglesia frente a Cristo 57

...

SERMÓN 15. El nombre de Jesús es bálsamo y medicina 61

...

SERMÓN 16. La confesión debe ser humilde, sencilla y crédula 65

SERMÓN 17. Sobre la presencia y ausencia del Espíritu, y el juicio de Dios en favor de los ...

humildes 70

...

SERMÓN 18. Las dos operaciones del Espíritu Santo: la infusión y la efusión 73

...

SERMÓN 19. Cómo aman a Cristo cada uno de los órdenes angélicos 76

...

SERMÓN 20. El amor de Jesús es tierno, prudente y fuerte; así debe ser el nuestro 79

...

SERMÓN 21. La esposa desea ser atraída en pos de Cristo 83

.. SERMÓN 22. Los cuatro perfumes del Esposo: sabiduría, justicia, santificación y redención 87

...

SERMÓN 23. Las tres bodegas del Esposo: tres maneras de contemplar a Cristo 91

...

SERMÓN 24. Sobre la detracción; y en qué consiste la rectitud y curvatura del alma 97

...

SERMÓN 25. La esposa tiene la tez morena, pero es hermosa 100

...

SERMÓN 26. Llanto de Bernardo por la muerte de su hermano Gerardo 103

...

SERMÓN 27. La esposa se convierte por su hermosura en cielo de Dios 109

...

SERMÓN 28. Cristo es moreno y hermoso. Cómo se le toca por la fe 114

.. SERMÓN 29. Cómo han de amar la paz y evitar el escándalo los que viven en comunidad 119

...

SERMÓN 30. La viña de la esposa es el pueblo fiel confiado a la Iglesia 123

...

SERMÓN 31. Tres maneras de contemplar a Dios y cuatro manifestaciones del Esposo 127

SERMÓN 32. El Señor se presenta como esposo, médico, compañero, padre de familia o ...

pastor 131

...

SERMÓN 33. Cristo es el verdadero Mediodía donde aspira reposar el alma 135

...

SERMÓN 34. El camino de la humildad y de la paciencia 141

...

SERMÓN 35. El hombre que desconoce a Dios se iguala con los animales 143

SERMÓN 36. Diversas clases de ignorancia y de sabiduría: cuáles son necesarias y cuáles ...

nocivas 146

.. SERMÓN 37. El conocimiento propio y el de Dios es preferible a la ciencia de este mundo 149 SERMÓN 38. El desconocimiento de Dios y de sí mismo impiden la conversión y la

...

contemplación 152

...

SERMÓN 39. La esposa se asemeja a un gran ejército que triunfa de sus enemigos 154

SERMÓN 40. La intención del alma es como el rostro del espíritu. Cómo fomentar la soledad 157 ...

SERMÓN 41. El gozo de la contemplación y el ministerio de la predicación 159

...

SERMÓN 42. Sobre la humildad del conocimiento y del afecto 162

...

SERMÓN 43. La filosofía más sutil es meditar los sufrimientos de Cristo 166

(5)

.. SERMÓN 45. La doble hermosura del alma y del Esposo. Diálogo entre el Verbo y el alma 171

...

SERMÓN 46. Las flores de la ascesis deben preceder a la paz de la contemplación 174

...

SERMÓN 47. Cristo es nuestro modelo en el combate y la corona de nuestra victoria 177

...

SERMÓN 48. Humildad de Cristo encarnado, a cuya sombra vivimos por la fe 180

...

SERMÓN 49. La discreción ordena y estimula la caridad 183

...

SERMÓN 50. Sobre el amor afectivo y el activo 186

SERMÓN 51. En la ausencia del Esposo, la esposa se sustenta con la fe y las buenas obras 189 SERMÓN 52. El sueño de la esposa es morir a los deleites terrenos y a sí misma, y saborear las

...

delicias de la contemplación 192

...

SERMÓN 53. Cristo, al hacerse hombre, se hizo inferior a los espíritus celestiales 195

SERMÓN 54. Cristo pasa de largo con los soberbios y se recrea con los humildes. El temor evita ...

verse privado de la gracia. 198

SERMÓN 55. Cristo es misericordia y justicia. Si nos juzgamos a nosotros mismos, no seremos ...

juzgados por él 202

SERMÓN 56. El cuerpo y el pecado son el muro que separa al alma de Dios. La confesión nos ...

acerca a él 204

...

SERMÓN 57. La mirada de Dios. Cómo experimentamos la venida del Esposo 207

...

SERMÓN 58. Del reposo de la contemplación al cultivo espiritual de las almas 211

. SERMÓN 59. El alma suspira por el Esposo a impulsos del Espíritu, y vive en castidad y fe 215 SERMÓN 60. Israel produjo frutos silvestres; la Iglesia exhala con su vida el aroma de Cristo 218

...

SERMÓN 61. Las llagas de Cristo manifiestan las riquezas de la misericordia divina 221

SERMÓN 62. Dos maneras de contemplar a Dios: una peligrosa y otra loable. La Iglesia habita en ...

la Roca por su perfección 224

SERMÓN 63. El justo da frutos de sabiduría y de virtud, y sufre las asechanzas de la murmuración ...

y detracción 228

SERMÓN 64. Diversas tentaciones del monje adelantado en la virtud. Cómo actuar con los ...

herejes 231

... SERMÓN 65. Los nuevos herejes de Tolosa: sus doctrinas, misterios y malas costumbres 234

...

SERMÓN 66. Más sobre estos herejes: sus teorías sobre el matrimonio, bautismo, etc. 237

SERMÓN 67. Efectos del amor en el corazón de la esposa y efusiones que dirige a su Esposo 242 ...

SERMÓN 68. Solicitud amorosa de Cristo por la Iglesia, que confía exclusivamente en él 246

...

SERMÓN 69. El Padre y el Hijo vienen y habitan en el alma por el celo del amor 249

.... SERMÓN 70. Cristo se gana el amor de la Iglesia por su verdad, mansedumbre y justicia 252 SERMÓN 71. Unidad sustancial entre el Padre y el Hijo, y la que existe entre el hombre y Dios 255 SERMÓN 72. A este primer día de la vida corporal sigue otro en que respiramos la gracia y el

...

definitivo en que aspiramos la gloria 260

SERMÓN 73. Por su naturaleza divina y su encarnación, Cristo ha sido sublimado sobre todas las ...

criaturas 264

SERMÓN 74. Idas y venidas del Verbo al alma, y cómo se comporta ésta ante la llegada del ...

Esposo 267

...

(6)

SERMÓN 76. Gloria mutua que se rinden el Padre y el Hijo. Cualidades de los buenos ...

pastores 274

SERMÓN 77. Acusación contra los malos guardianes. Es peligroso caminar sin guía por los ...

senderos de la vida 278

SERMÓN 78. La Iglesia ha sido predestinada por Dios y prevenida por Él para que le busque y se ...

convierta a Él 281

...

SERMÓN 79. Fuerza unitiva del amor 284

SERMÓN 80. El Verbo es imagen de Dios, y el alma ha sido creada según esta imagen. Errores ...

de Gilberto de la Porré 286

...

SERMÓN 81. Parentesco del alma con el Verbo por simplicidad, inmortalidad y libertad 289

...

SERMÓN 82. La semejanza de Dios en el alma está desfigurada por el pecado 293

SERMÓN 83. Todos pueden volver al Verbo y ser reformados por Él. El amor del Esposo y de la ...

esposa 296

SERMÓN 84. El alma busca al Verbo porque antes ella ha sido buscada y encontrada por El 299 SERMÓN 85. Por qué causas busca el alma al Verbo, y cómo éste la reforma en la sabiduría 301

...

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EXPERIENCIA  CRISTIANA  Y  EXPRESIÓN  ESTÉTICA  EN  LOS  

SERMONES  SOBRE  EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES

Por  JUAN  MARIA  DE  LA  TORRE

I.  EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES  EN  LA  TRADICIÓN  CISTERCIENSE

El  Cantar  de  los  Cantares  ha  sido  uno  de  los  libros  favoritos  de  los  mís5cos  medievales,  tanto  judíos  como   cris5anos,  y  una  de  las  fuentes  más  fecundas  de  la  inspiración  esté5ca  medieval.  Pero,  dentro  del  ámbito   cisterciense,   el  Cantar   de   los   Cantares  es,   entre  todos  los   libros  de   la   Biblia,   la  composición   que   más   configura  el  carisma  cisterciense  en  su  misma  raíz.  Completa  a  ultranza  el  programa  de  la  búsqueda  radical   de  Dios,  esbozado  pura  y  simplemente  en  la  Regla  de  San  Benito,  que  alentó  el  dinamismo  arriesgado  y  en   cierto   modo   aventurero   en   los   primeros   momentos   de   la   ins5tución   cisterciense.   Este   programa   de   búsqueda  se  transforma  ahora  en  máximo  florecimiento  esté5co  a  través  de  los  comentarios  cistercienses   al  Cantar  de  los  Cantares.

Hay  que  insis5r  en  que  el  Cantar  de  los  Cantares  era  siempre  leído  en  contexto  eclesial.  Los  cistercienses,   como  todos  os  medievales,  tenían  siempre  sus  maestros  que  guiaban  su  inteligencia  y  su  amor  en  el  libro   que  para  ellos  era  la  expresión  de  la  búsqueda  y  de  la  unión  del  hombre  con  Dios.  El  maestro  más  es5mado   siempre  ha  sido  Orígenes  y  su  Comentario  al  Cantar  de  los  Cantares  ha  sido  el  más  leído  durante  toda  la   Edad   Media  monás5ca  occidental.   Gracias   a  esta   obra   del   maestro   alejandrino,   los  autores  monás5cos   medievales  acostumbraban  a  ver  en  el  Cantar  un  diálogo  entre  dos  personajes  o  dos  grupos  de  personas,   transferido  a  las  relaciones  entre  Cristo  y  la  Iglesia,  Cristo  y  cada  uno  de  los  creyentes.  La  voz  de  Cristo  y  la   voz   de   la  Iglesia  se  interceptan   constantemente.   A   par5r   de   Orígenes,   todos  los  comentarios  al   Cantar   5enen  un  sabor  eclesiológico.

Junto  al  Comentario  de  Orígenes,  los  cistercienses  solían  acudir  a  otros  preclaros  esclarecedores  del  libro   epitalámico.  Baste  recordar  el  comentario  de  Gregorio  Magno,  los  breves  pasajes  de  Casiodoro,  de  Isidoro  y   el  más  amplio  de  Beda  el  Venerable.

La  forma  de  comentar  el  Cantar  ha  sido  siempre  muy  libre  en  los  medios  monás5cos.  Entre  todos  destaca  la   serie  de  los  ochenta  y  seis  sermones,  comentarios  al  epitalamio  del  amor,  de  Bernardo  de  Clairvaux.  Será  el   pionero  e  inaugurará  un  nuevo  género  literario.  No  podía  ser  de  otro  modo,  pues  había  mucha  costumbre   de  familiarizarse  con   este  libro,   sobre  todo   en  los  claustros  cistercienses.   Basta  con   registrar   catálogos   an5guos  y   apercibirse   del  número   de  comentarios  que  armarios  y   bibliotecas  cistercienses  conservaban   sobre  este  libro.  Destaca  un  obje5vo  predominante:  el  dinamismo  por  antonomasia  de  la  persona,  que  se   reduce   al   misterio   y   prác5ca   del   amor.   Por   eso   los   comentarios   cistercienses   ma5zan   el   enfoque   meramente  eclesiológico  y  moral  encarrilándolo  en  el  surco  del  amor.  De  hecho,  los  versículos  del  Cantar   vienen  a  ser  un  mero  pretexto  para  expresar  la  experiencia  profunda  de  la  fe  y  el  ideal  de  perfección.  Y  si   toda  la  Escritura  revelada  es  el  pábulo  de  la  oración  y  de  la  contemplación,  el  Cantar  de  los  Cantares  goza   de  una  es5ma  par5cular  por  el  sen5do  anagógico  y  mistérico  que  provoca  su  lectura

Plan  de  la  serie  de  sermones  bernardianos  sobre  el  Cantar

Entre   todos   los   comentarios   al   Cantar   de   los   Cantares,   la  serie   de   los  Sermones   de   Bernardo   se   alza   indiscu5blemente   con   la   bandera   de   la   paternidad.   Hacia   1120,   Bernardo,   enfermo   y   apartado   de   la   comunidad  por  fuerza  de  su  quebrantada  salud,  se  entre5ene  en  largos  coloquios  con  su  amigo  Guillermo   de  Saint  Thierry  acerca  de  la  naturaleza  espiritual  del  alma  y  del  Cantar  de  los  Cantares...  Más  tarde,  hacia   1135,   Bernardo  5ene  una  como  especie  de  revelación  por  la  que  intuye  toda  la  realidad   del  Cán5co   del   amor.  Ante  la  mirada  atenta  de  Bernardo,  la  vida  monás5ca  facilita  al  hombre  una  verdadera  preparación   para  el  día  del  juicio.  Pero  para  eso  necesita  previamente  juzgarse  a  sí  mismo.  El  requisito  fundamental  es   la  humildad,  la  pobreza,  como  vías  de  acceso   al   amor.  Esta  ac5tud  y   la  disposición   en   el  comer,  beber,   digerir   la  palabra  de  Dios,  facilita  a  la  persona  la  aspiración  hacia  la  eternidad.  Es  el  nervio   central  de  la   serie  de  los  sermones  bernardianos.

Y   si  Guillermo  de  Saint  Thierry  ha  comenzado  por  hacer  antologías  sobre  los  comentarios  de  Ambrosio  y   Gregorio  Magno  antes  de  lanzarse  a  elaborar  su  comentario  personal,  Bernardo  tomó  esta  misma  inicia5va   en  1134  y  la  prosiguió  hasta  su  muerte,  en  1153.  No  se  trata,  por  lo  tanto,  de  una  obra  homogénea.  No  hay   divisiones   de   libros   o   de   capítulos.   Tampoco   existe   un   plan   lógico   previo.   Estos   sermones   han   sido  

(8)

compuestos  a  medida  que  el  autor  gozaba  de  la  tranquilidad  que  le  dejaban  los  problemas  de  la  sociedad  y   de  la  Iglesia  de  su  5empo.

Considerando   el   conjunto   de   la   tradición   manuscrita,   se   puede   suponer   que   Bernardo   ha   puesto   en   circulación  sucesiva  cuatro  grandes  bloques  de  sermones:

a) Sermones   1-­‐24.   Este   bloque   apunta   a   fechas   muy   concretas.   El   sermón   primero   es   como   un   prefacio   o   prólogo   al  conjunto  que   inmediatamente  sigue.   Este  conjunto  ha   sido   iniciado   hacia   finales  de  julio  de  1135,  cuando  Bernardo  regresaba  de  Aquitania.  Su  trabajo  quedó  interceptado   en   diciembre   de   1136,   a   raíz   de   una   llamada   del   papa   Inocencio   II   y   de   los   cardenales   para   intervenir  de  nuevo  en  Italia  y  desbaratar  el  cisma  provocado  por  Anacleto  II.  Pero  Bernardo  había   dictado  ya  los  24  sermones.

b) Sermones  24-­‐49.  A  su  regreso  de  Italia,  durante  el  verano  de  1138,  Bernardo  gozó  de  un  5empo  de   ocio  y  se  enfrascó  en  su  obra.  Redactó  nuevamente  el  sermón  24,  comenzando  por  una  alusión  a  su   tercera  estancia  en  Roma  y  al  cisma  ya  desar5culado.  Compuso  el  sermón  33  antes  de  cuaresma  de   1139  y  concluyó  este  conjunto  probablemente  en  1145.

c) Los  sermones  50-­‐83  llenaron  los  años  siguientes.  Los  sermones  65  y  66  responden  a  una  pe5ción  de   Evervino,  preboste  de  los  premostratenses  de  Steinfeld,  en  Renania,  que  en  1144  había  instado  a   Bernardo  a  refutar  a  los  herejes  cátaros,  numerosos  en  su  región.  El  sermón  80  es  algo  posterior  al   concilio  de  Reims  y  en  él  se  hace  alusión  a  las  teorías  de  Gilberto  Porretano.

d) El   grupo   inconcluso   de   sermones   84-­‐86.   Bernardo   trabajaba   este   nuevo   conjunto   cuando   le   sorprendió  la  muerte,  el  20  de  agosto  de  1153.  Por  este  mo5vo,  esta  obra  permanecerá  siempre  a   lo  largo  de  generaciones  como  una  sinfonía  inacabada.

Los   sermones   man5enen   indudablemente   una   contextura   como   obra   escrita.   Nunca   se   pensó   pronunciarlos  ante  la  comunidad  de  Clairvaux  o  ante  cualquier  otro  auditorio.  Han  sido  “dictados”  a   un  secretario  y  después  transcritos  en  varios  ejemplares  con  vistas  a  su  publicación

Mo>vación

Una  vez  que  llegó  el  momento  de  máxima  inspiración  y  madurez  espiritual  y  literaria,  Bernardo  se  decidió  a   emprender   su  obra  de  arte  por  antonomasia.   En   1135  Bernardo  5ene  cuarenta  y   cinco  años  y  veinte  de   responsabilidad  como  guía  y  animador  de  su  propia  comunidad  de  Clairvaux.  Sus  mismos  amigos  quieren   probar  ya  sus  frutos.  Uno  de  ellos,  Bernardo,  cartujo  de  Portes,  le  acaba  de  solicitar  por  escrito.  Bernardo,   el   cisterciense,  rehúsa  en  principio.  Concibe  una  gran  obra  que   le  exigiría  mucho  5empo,  tranquilidad  y   derroche  de  ingenio.  Al  fin,  cede,  «desafiando  su  5midez».  Algo  más  tarde,  Bernardo,  el  cisterciense,  envía   a  su  amigo  homónimo,  el  cartujo  de  Portes,  algunas  primicias  de  sus  sermones  sobre  el  Cantar,  a  modo  de   ensayo,  para  con5nuar  o  cesar  en  este  paciente  trabajo.  Bernardo  de  Clairvaux  espera  una  respuesta  con   rela5va  ansiedad.  Las  dos  cartas  a  Bernardo  de  Portes,  la  153  y  154  del  conjunto  epistolar  del  cisterciense,   vienen   a  ser   como   la   introducción   a  los   Sermones   sobre   el   Cantar.   Ambos  escritos   expresan   la  causa  

scribendi  y  las  aprehensiones  de  Bernardo  ante  la  crí5ca

A   lo   largo   de   los   dieciocho   años   de   vida   restante,   Bernardo   se   aplicará   paula5namente   a   componer,   corregir  y  pulir  su  gran  obra  interrumpida  por  los  sucesivos  acontecimientos  arriba  indicados.  Y  si  es  cierto   que  Bernardo  está  todo  en  cada  una  de  sus  obras,  también  lo  es  que  cada  una  de  sus  obras  encuentra  su   réplica  en   esta   serie  de  sermones  sobre  el   Cantar,  desde  donde  podemos  establecer   reduplicaciones  o   paralelismos  de  conceptos.

Valga  esta  observación,  simplemente,  para  apuntar  hacia  una  reordenación  de  todas  las  ideas,  expresiones,   conceptos  y  valores  en  torno  a  lo  que  es  como  la  clave  de  bóveda  del  fenómeno  cisterciense:  la  experiencia   cris5ana  expresada  en  un  contexto  esté5co.

II.  LA  EXPERIENCIA  CRISTIANA  EN  BERNARDO  DE  CLAIRVAUX

Nunca   Bernardo   trató  de  definir   la  experiencia;   ni   tan   siquiera   de  explicarla.   Lo   da  como   un   hecho.  El   término  «experiencia»  y  sus  derivados  recubren  toda  una  serie  de  fenómenos  oblicuos  y  complejos,  a  los   que  nos  podemos  globalmente  referir  como  «red  de  la  experiencia».  Pero   la  experiencia  de  Bernardo   es   únicamente  analizable,  y  siempre  de  modo  imperfecto,  a  la  luz  de  la  fe.  Él  vivió  su  aventura  humana  como   un  compromiso  de  fe  en  un  contexto  muy  concreto,  el  ámbito  de  su  comunidad  monás5ca.  Precisamente  

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aquí   los   compromisos   aparecen   con   redoblada  exigencia   y   las   limitaciones   de   un   puñado   de   hombres   religados  por  un  mismo  ideal  5enden  con  frecuencia  a  sofocar  todo  intento  de  evasión  transcendente. ¿Es  posible  cons5tuir  el  núcleo   de  la  experiencia?  Sí,  pero  antes  habrá  que  insis5r   en   que  la  experiencia   cris5ana  para  Bernardo  no  reclama  la  fuga  hominis.  Es  un  absurdo  para  el  abad  de  Clairvaux  una  cercanía   de  Dios  huyendo  del  hombre,  que  son  los  demás  y  que  es  uno  mismo.  La  experiencia  cris5ana  implica  la   asunción  desde  la  fe  de  todos  los  condicionantes  humanos.  Lo  vemos  a  cada  paso  en  el  recorrido  de  los   Sermones  sobre  el  Cantar.  Esta  asunción  desde  el  prisma  de  la  fe  es  lo  que  va  a  condicionar  la  experiencia   bernardiana,  exteriorizada  en  una  comunicación  directa  con  su  comunidad  claravalense  y  en  un  lenguaje   escrito  impactable  en  quienes  se  situaban  en  aquella  órbita  histórica  y  cultural  que  caracterizó  el  ámbito   vital  de  Bernardo.

El  conocimiento  de  sí  mismo

El  conocimiento  de  sí  mismo  es  algo  marcadamente  relacional,  como  se  ve  en  la  serie  de  estos  sermones   sobre  todo.  Y  en  cuanto  relacional,  es  dinámico  y  vital.  Uno  mismo  se  conoce  viviendo  con  los  demás.  Nos   conocemos   en   Dios   viviendo   la   comunión   existencial   desde   la   fe   en   la   aventura   de   un   compromiso   comunitario.   El   «conózcate   a   5   (Dios)   conózcame   a   mí»   (yo)   agus5niano   pasa   en   Bernardo   por   el   conozcámonos  mutuamente  asumiéndonos  desde  el  prisma  de  la  fe.

¿Qué  es  el  hombre  a  la  luz  del  propio  conocimiento?  Es  un  libro,  impreso  en  letras  vivas.  «Leemos  hoy  en  el   libro  de  la  experiencia».  El  libro  está  para  ser  leído.  La  impresión  viva  de  la  letra  del  texto  es  la  conciencia   de  la  propia  realidad,  humana,  individual  y  colec5va,  siempre  limitada,  percibida  con  un  asumido  desnivel   entre  la  realidad  y  la  aspiración.  Estamos  como  forzados  a  leer  nuestro  texto  y  a  leerlo  de  con5nuo,  y  hasta   el  fin.

Pero  ¿qué  es  el  hombre  en  sí  mismo?  Vitalmente,  una  dolorosa  paradoja;  un  miserable  esclavo,  envuelto   en  lujuria,  dejadez,  envidia  y  soberbia.  El  hombre  es  recto-­‐curvo;  formado-­‐deformado;  negro-­‐  hermoso.   El  hombre  es  imagen  y  semejanza  de  Dios,  uno  y  trino

La  belleza  y  su  raíz

Nadie  olvide  que  Bernardo  siempre  concibe  al  hombre  integral  desde  el  ángulo  de  la  fe.  Existe  la  humildad   del  pecador   arrepen5do   y  desgarrado;  como  existen  la  humildad   del  inocente  y   sencillo.  La  pureza  es  la   inseparable  compañera  de  la  humildad  y  la  primera  configuración  de  la  belleza.  Para  que  una  acción  sea   bella  es  preciso  que  la  intención  que  la  anima  sea  bella;  y  su  ejecución,  perfecta.

Los   actos   engendran   las   virtudes.   El   alma   adornada   con   todos   estos   hábitos   buenos   se   muestra   metafóricamente  como  la  bellísima  esposa,  adornada  de  perlas  deslumbrantes.  Pero  la  belleza  moral,  como   la  belleza  osica  no  son  más  que  bellezas  parciales.  Eso  sí,  son  reales  indicadores  de  una  belleza  existente  en   su   perfecta   totalidad,   la   belleza   absoluta,   vislumbrable   en   lontananza,   que   en   cierto   modo   está   ya   efec5vamente  presente,  alentando  la  belleza  osica  y  moral.

Significado  úl>mo  de  la  experiencia:  «la  afección  del  sen>do»

Ciertamente  que  los  sen5dos  anidan  en  la  dimensión  corporal  y  sensible  de  la  persona,  el  cuerpo.  Pero  los   sen5dos  corporales  no  son  superficiales  ni  malos,  porque  el  cuerpo  humano  no  es  ni  malo  ni  superficial.  El   cuerpo,   para   Bernardo,   designa   simplemente   un   modo   de   vida.   Las   expresiones   «cuerpo   y   carne   de   pecado»  5enen  un  sen5do  moral  y  espiritual,  en  cuanto  que  es  portador  de  la  concupiscencia  y  trata  de   arrastrar  al  alma  hacia  el  pecado.

El  conocimiento   para  Bernardo  es  par5cipación.  La  par5cipación  supone  una  comunidad   o  comunión  de   naturaleza.   Asoma   ahora  el  gran  principio   que  va  a  terraplenar   toda  diferencia  de   nivel:   «lo  semejante   busca  lo  semejante».

Los  cinco  sen>dos

Ser  imagen  de  Dios  es  tener  capacidad  de  relación  con  El,  capacidad  de  comunión.

El  tacto

Es   por   antonomasia   el   sen5do   material.   En   cuanto   tal   es   el   más   primario.   Tes5monia   por   la   experiencia  presencial  de  su  objeto

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El  olfato

Menos   material,  es   el   sen5do   de  la   orientación   en   la  ausencia   de  una  presencia  inminente.   La   fragancia  odoris   (el  perfume)   es  una  especie  de   paradoja,  la  manifestación  de  la  persona  en   su   ausencia.  Tal  paradoja  aviva  la  inquietud  de  su  resolución,  expresada  en  el  impera5vo  «tráeme»,  el   hambre  de  la  presencia.  El  Esposo,  que  es  el  Ungido,  derrocha  perfume  y  aviva  el  sen5miento  de   vaciedad  anhelante  y  suspirante  de  la  persona  humana,  la  esposa,  que,  percibiendo  el  olor,  cobra   conciencia  de  su  propia  vida.

El  oído

Supera  en  Bernardo  a  los  demás  sen5dos  por  estar  exento  de  todo  lastre  de  materia.  Es  el  sen5do   espiritual  por  excelencia.  La  palabra  es  espíritu  y  vida,  pertenece  a  la  esfera  de  lo  inteligible.  El  oído   es  el  órgano  privilegiado  del  conocimiento  y  de  la  ac5vidad  espiritual,  como  el  instrumento  mejor   para  captar  el  mensaje  de  los  símbolos.

El  oído  es  el  órgano  que  dispone  a  la  visión,  esto  es,  a  la  plena  experiencia  escatológica;  porque  la   visión  del  más  allá  es  la  mismísima  vida  que  aquí  se  vive  bajo  los  velos  de  la  fe,  que  se  ejercita  por  el   oído.

El  gusto

Es  el  órgano  del  goce.  Porque  en  el  gusto  acontece  una  especie  de  fusión  entre  el  sujeto  y  el  objeto.

La  vista

Es  el  sen5do  propiamente  escatológico;   y  por   tal  mo5vo  es  antagónico  al  oído.   Ocupa  el  puesto   más  sublime  entre  los  sen5dos  porque  se  equipara  al  amor  en  su  momento  más  puro,  en  cuanto   que  es  capaz  de  dirigirse  hacia  su  objeto  desde  una  cierta  distancia.

En   tal   perspec5va,  el  sen5do   del   oído   se   man5ene   en   Bernardo   como   sen5do   primordial  que   marca  la   peregrinación   ascé5ca   del   hombre   en   la   fe.   No   obstante,   la   vista   seguirá   siendo   el   instrumento   por   antonomasia   de   la  contemplación   en   el   más  allá,   una   vez   desprendida  de   cualquier   atributo   osico.   El   sen5do   de   la   vista   es   el   sen5do   del   oído   consumado,   que   casi   del   todo   se   halla   liberado   de   condicionamientos  carnales.

La  afección

El  sen5do  del  amor  es  el  sen5do  único  de  la  esposa.  Es  el  sen5do  espiritual  por  excelencia.

La  función   del  sen5do  es  sen5r.  Y  si  el  amor  es  sen5do,  el  amor  siente.   El  amor  ama  porque  el  amor   es   sen5r.

El   affectus   es   un   encuentro.   Mejor,   quizás,   una   venida.   La  inicia5va   y   el   movimiento   ac5vo   provienen   siempre  del  ámbito  divino.  La  persona  humana,  el  alma,  es  siempre  la  visitada,  la  buscada.  Presenciamos  un   real  contraste  con  toda  la  dinámica  aparente  del  Cantar  de  los  Cantares,  en  donde  la  esposa  es  siempre  la   que  busca,  y  busca  ansiosamente  sin  cejar  por  un  instante  en  su  intento.  No  obstante,  las  visitas  del  Señor   no  dejan  a  la  persona  humana  asép5camente  recep5va.   Todo   lo   contrario,   su   pasividad  y  acogida  es  la   mayor  ac5vidad  posible  para  que  el  afecto  alcance  su  máxima  eficacia.

El  affectus  es  una  aperción.  Aperción  más  que  abertura.  El  término  «aperción»  refiere  el  acto  y  el  proceso   de  abrirse.  Se  trata  aquí,  en  úl5ma  instancia,  de  abrirse  al  misterio   de  Dios  a  través  del  propio  misterio   personal.  Por  eso,  para  Bernardo,  el  camino  de  la  autén5ca  y  vital  sabiduría  consiste  en  conocer  a  Jesús  y   Jesús  crucificado.

La  sabiduría  y  sus  efectos

El   corazón,   en   cuanto   paladar,   saborea   el   fruto   de   esa  inteligencia,   que   es   el   Verbo,   Cristo   mismo,   el   resplandor  de  la  sabiduría.  Por  esta  sabiduría  la  persona  humana  se  va  reformando  interiormente.

El  estado  de  sabiduría  es  superior  al  de  ciencia.  La  ciencia  se  halla  ligada  al  conocimiento  más  obje5vo,  a  la   moral  y  a  la  letra  de  la  Palabra  de  Dios.  La  sabiduría,  en  cambio,  es  el  fruto  de  la  unión.

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El  aspecto  social  e  individual  de  la  forma  de  vida  propugnada  por  Bernardo  se  hace  sen5r  en  la  expresión   «claustro  monás5co»,  como  lugar  en  donde  «se  descansa»  y  se  vive  en  quietud.

El  morador  del  claustro  se  vuelve  quieto,  tranquilo,  plácido,  sereno,  seguro,  mediante  la  respiración  de  una   atmósfera   sosegada.   Una   metáfora   de   talante   humano   complementario   es   la   ac5tud   de   permanecer   sentado.  La  posibilidad  de  «sentarse»  expresa  la  realidad  claustral.  La  quietud  se  contrapone  al  ajetreo  y  a   la  inquietud.  La  quietud  5ene  el  sen5do  de  unificar  las  energías  de  la  persona  en  función  de  su  dinamismo   profundo  en  una  búsqueda  comprome5da.  Por  eso  el  morador  del  claustro  es  el  buscador  a  ultranza. La  vacación  y  el  ocio  son  dos  términos  complementarios  en  Bernardo,  que  nunca  se  traducen  por  ociosidad,   haraganería  o  forma  de  pasar  la  vida  y  el  5empo.  Serían  entonces  maneras  de  dispersión  y  de  pérdida  de   energías  en  la  persona  que,  por  lo  demás,  son  duramente  fus5gadas  por  Bernardo  mismo.  Vacación  y  ocio   traducen   el  máximo   de  ac5vidad   constante  y   paciente  en   la  persona.   Tratase   de  una  concentración   de   energía  en  su  orientación  fundamental:  la  dedicación  exclusiva  a  Dios.

Dios  es  para  la  persona  humana  vida  y  ocio;  es  tranquilo  y  todo  lo  tranquiliza.  Por  eso  la  vacación,  el  ocio  y   la   quietud   connotan   ya   un   principio   ascé5co   expresado   en   sus   contrarios:   empeño   en   contra   de   la   agitación,  de  la  dispersión  y  de  la  inquietud  como  formas  de  inauten5cidad  y  de  desorden;  ese  ojo  turbado   que  el  ambiente  sosegado  del  claustro  5ene  que  ayudar  a  transformar.  Posi5vamente  cabe  indicar  que  la   vacación,  el  ocio  y  la  quietud  son  el  inicio  de  la  «ordenación  del  amor»,  tarea  de  embellecimiento  integral   en  toda  la  persona  humana;  puesto  que  el  amor  es  su  quicio.  El  «negocio  del  amor»  es  la  superación  de   toda  contradicción  y  división  y  máximo  desvelo  en  lo  único  esencial,  la  búsqueda.

Ocupaciones  del  claustro

Orar,  leer,  escribir,   meditar   expresan  el  mero  estado   y  acción   de  vida  y   vida  monás5ca.  La  enumeración   parece  obedecer  a  un  orden  decreciente  en  importancia.

La  oración

Es  para  Bernardo  el  empeño  fundamental  de  la  persona-­‐esposa,  que  despliega  su  máxima  intensidad  en  el   máximo  momento  de  ocio,  de  vacación  y   de  quietud:  la  noche  La  oración   en  la  noche  se  expresa  como   sumo  empeño,  es  su  cariz  de  oración  solitaria,  personal  e  individual.  Es  el  sen5do  que  Bernardo  nos  da  de   la  oración  litúrgica  nocturna,  las  vigilias,  orientadas  a  la  búsqueda  del  Esposo  desde  lo  más  profundo  de  la   noche.

Lo  que  se  encuentra  siempre  se  encuentra  en  la  noche,  esto  es,  envuelto  en  los  velos  de  la  fe.  El  símbolo   «noche»  arrastra,  a  su  vez,  a  sus  cons5tu5vos:  5nieblas,  sombra,  que  en  su  sesgo  posi5vo  siempre  hacen   referencia  a  la  fe.

La  oración,  en  su  diligencia  más  profunda,  viene  a  ser  en  Bernardo  el  efecto  de  una  real  limpieza  interior.  La   noche  invita  a  vaciarse  de  imágenes  y  a  abrir  toda  la  capacidad  del  seno  personal,  expresada  en  un  anhelo   tan  ní5do  y  puro  como  sosegado.

La  lectura

El  juego  de  la  lectura  en  Bernardo  es  un  trabajo  por  asimilar  sapiencialmente  el  contenido  de  la  Palabra;   que  en  su  corteza  es  dura,   insulsa  y  torpe,  pero  que  en  su   contenido   sabe  dulce,  es  esclarecedora  en  el   Espíritu  que  la  anima,  es  sabiduría

Las  incongruencias  diarias

La  comunidad  de  Bernardo  es  una  convivencia  de  fe,  regulada  por  la  azadilla  de  la  disciplina  y  donde  la   caridad  5ene  que  estar  constantemente  es5mulada.  Pero  en  este  ambiente  es  poco  menos  que  imposible   desterrar  la  envidia  la  languidez  e  indolencia,  los  miedos,  la  inexperiencia  de  novicio,  el  placer  interesado,   el  fingimiento,  la  detracción,  el  aburrimiento  y  el  tedio.  Por  eso  Bernardo  5ene  que  apremiar  de  con5nuo  a   sus  hermanos  en   la  celebración   de  las  horas  litúrgicas,  en  la  oración,  en   la  corrección,  en  la  confesión  o   acusación  personal,  en  el  trato  con  los  huéspedes

La  vida  de  comunidad  5ene  que  cohesionarse  y  regularse  en  función  de  un  programa  espiritual,  el  orden  de   la  caridad.  Esto  garan5zará  a  cada  cual  el  progreso  en  función   de  sus  ín5mas  aspiraciones,  supuesto   un   clima  de  paz  y  de  silencio.

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El  juego  de  la  liturgia

Si  la  persona  es  seno,  es  capacidad  femenina,  importa  que  la  Palabra,  el  Verbum,  venga  a  ella,  y  venga  en   plenitud.   El  simple  ejercicio  de  la  lecDo   divina  no   basta.   La  Palabra  ha  de  resonar   en  totalidad,   desde  el   exterior  al  interior;  ha  de  penetrar  por  el  oído  hasta  el  seno.  De  aquí  el  papel  de  la  liturgia.  La  liturgia  es  un   juego.  Y  la  liturgia  como  juego  se  expresa  gratuitamente  en  búsqueda  gozosa  y  en  encuentro.  La  Palabra,  el   Espíritu,  por  una  parte,  y  la  persona  humana,  el  monje  por  la  otra,  configuran  el  diálogo  vivo  de  la  liturgia,   el  juego  de  la  relación  yo-­‐Tú,  nosotros-­‐Tú  en  un  ambiente  concreto.

Bernardo  concibe  la  vida  monás5ca  a  la  que  se  ha  comprome5do  como  una  radical  gratuidad.  Por  eso  la   liturgia   es   para   Bernardo   la   expresión   de   la   vida   monás5ca   como   gratuidad.   Gratuidad   implica   disponibilidad.

III.  LA  OSTENSIBILIDAD  DE  LA  EXPERIENCIA  Y  LA  DINÁMICA  DEL  LENGUAJE  

BERNARDIANO

La  experiencia  del  compromiso  de  fe  en  Bernardo  es  ostensible,  sobre  todo  bajo  la  dimensión  poé5ca.  ¿Por   qué,   sobre   todo,   bajo   la   dimensión   poé5ca?   Porque   el   lenguaje   poé5co   es   de   índole   muy   dis5nta  al   lenguaje  vulgar  y  al  lenguaje  pensante;  es  una  realidad  arcana  al  mundo  de  lo  divino  y,  al  mismo  5empo,  la   denominación  fundamental  de  la  persona  humana,  de  la  vida,  de  la  historia  y  de  las  cosas.

El  lenguaje  poé5co  no  deja  frío  al  lector;  lo  afecta  con  su  contenido  interno  por  su  forma  externa;  en  breve,   lo  impresiona  por  su  símbolo.  Y  el  símbolo  lo  es  todo  en  la  vida,  porque  es  media5zarte  entre  lo  profundo  y   lo  superficial.

Las  imágenes  y  los  símbolos

El  símbolo  en  cuanto  signo  revela,  en  cierto  modo,  el  misterio,  protegiéndolo  al  mismo  5empo  de  la  mirada   indiscreta.  El  símbolo  es  signo  y  es  velo.  En  cuanto  velo   encubre;  y  en  cuanto  signo   orienta,   designa  un   camino  de  acercamiento.  Quizá  por  esto  el  símbolo  parezca  paradójico  y  cree  oposiciones;  porque  lleva  la   oposición  en  sí  mismo.  Por  eso  aparece  en  cierto  modo  ambiguo.

Y   precisamente   la  mentalidad   de  Bernardo   es   eminentemente   simbólica,   como  lo   indicamos  a   renglón   seguido  estudiando  el  material  de  estos  sermones.

De  entre  los  símbolos  visuales  que  aparecen  en  la  presente  obra  bernardiana  se  pueden  establecer  cuatro   grandes  grupos:

1st.Los  símbolos  naturales  cósmicos:  la  luz  y  las  sombras.  La  luz  en  contraste  con  la  tenebrosidad  y  la   sombra  del  valle.  A  veces  el  símbolo  de  la  luz  y  de  la  sombra  aparecen  claramente  metaforizados:  la   vida  es  sombra.  El  símbolo  suele  también  expresar  la  bipolaridad  de  la  realidad  escatológica:  el  polo   nocturno   o   del   diablo   y   el   polo   de  la  clara  eternidad.  Nadie   puede  eludir   el  drama  de   la   lucha.   Afrontar   la  paradoja  «luz-­‐5nieblas»  es  comprometerse  en   una  fe  real,  que   es   día   y   noche,  una   noche  luminosa.  Es  la  clave  de  la  vida  del  monje,   de  todo  hombre  autén5co,   toda   ella   de  fe  y   confiada  en  la  victoria  del  Sol  de  jus5cia.  La  lucha  contra  la  sombra  es  un  empeño  por  liberarse  de   la  ignorancia.  En  esta  lucha  se  precisa  el  discernimiento,  la  luz  de  un  conocimiento  pleno.  Sólo  al  fin   habrá  pleno  mediodía.

Junto  a  la  luz,  el  fuego.  El  fuego  ilumina,  calienta  y  une.  Es  símbolo  del  amor  y  de  la  vida  par5cipada   de  Dios  como  de  la  cercanía  del  Reino.

El  agua,  los  ríos  y  las  fuentes,  la  concha,  los  canales  y  los  arroyos.  Bernardo  desarrolla  el  símbolo   arqueppico   del   agua   como   bebida   y   vida,   como   poder   y   purificación.   El   agua   se   asocia   a   la   fecundidad   y  a  la  exuberancia.  Es  el  símbolo  de  la  vida  divina  y  germen  de  eternidad.   Por   eso  el   paraíso  es  inconcebible  sin  el  agua  de  sus  cuatro  ríos.  En  cuanto  asociada  a  la  vida  divina,  el  agua   expresa  el  sen5do  del  gusto.

2nd.Símbolos  del  alimento  y  de  la  bebida:  el  pan,  como  primer  símbolo,  que  hay  que  par5r  y  romper;   que  5ene   una  corteza   dura  y   una   miga   suave.   Los   racimos  y   el   vino,   símbolo   específico   de  la   transformación  del  hombre,  manifestado  en  el  júbilo  espiritual.  Inseparable  al  vino  son  las  viñas,  los   signos  de  la  invitación  efec5va  del  Señor,  que  el  hombre  5ene  que  cuidar  y  fomentar.

3rd.Símbolos   de   estancia:   el   huerto,   la   bodega   y   la   alcoba,   que   apuntan   a   tres  estados   internos  y   progresivos  de  comunicación  con  el  misterio  y  cercanía  de  lo  divino.  La  5enda  desplegada,  lugar  de   la  creación   y   de  la  situación   histórica  del  hombre  que  obstruye  la  irrupción   de  la  luz.   Bernardo  

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asocia  dos  símbolos  bajo  un  mismo  vocablo.  El  término  la5no  pellis  se  traduce  por  5enda  y  piel;  piel   en  cuanto  cuerpo  o  vida  histórica  personal  desplegada  a  lo  largo  del  5empo.  Tienda  y  piel  son  las   señales  de  una   situación   peregrina;   connotan   provisionalidad   y   limitación.   Todos  llevamos   «las   pieles  de  Adán»;  pero  hay  pieles  ennegrecidas  y  pieles  hermosas,  en  función  de  la  belleza  úl5ma  y   defini5va.  La  ciudad,  Jerusalén,   el  lugar  de  la  seguridad,  punto  de  referencia  que  va  guiando   los   pasos  del  peregrino,  la  patria.  El  lecho,  lugar  puntual  del  encuentro  en  el  amor,  símbolo,  a  su  vez,   de  la  quietud  perfecta.

4th.Símbolos  de  animales:  la  tórtola,  el  ave  que  representa  el  trabajo  de  transformación,  que,  por  ser   estrictamente  personal,  es  un  quehacer  solitario.  La  paloma,  ave  libidinosa  a  pesar  de  que  a  veces   designa  al  Espíritu  Santo.  El  gamo  y  el  cerva5llo  insinúan  la  ligereza  y  presteza  en  la  búsqueda.  Las   raposillas  y  las  zorras  sugieren  las  astucias  que  asaltan  al  hombre  en  la  vida;  y  lo  que  es  más  grave,   las  manadas  de  lobos,  los  herejes,  cuyos  errores  son   señuelos  mortales  para  las  ingenuas  ovejas   que  desean  pastar  en  la  verdad.  Los  perros,  los  cerdos  y  los  fé5dos  ventoseos  de  la  zorra  denotan  la   deformidad  y  el  desecho  del  error  en  la  Iglesia

5th.Símbolos  corporales  y  de  ac5tudes  humanas:  son  sin  duda  los  más  usados  por  Bernardo,  que  lleva  a   cabo  una  verdadera  anatomía  transferencial.

El   beso  es  el  símbolo   más  embargante;   expresa  la  unidad  en   el   amor  y  se  aplica  siempre   a  dos   personas  complementarias,  el  esposo  y  la  esposa,  el  Verbo  y  el  alma;  Cristo  y  la  Iglesia,  la  divinidad   y  la  humanidad.  El  beso  implica  siempre  un  trasvase  de  uno  en  el  otro  con  un  intento  de  elevación   transformante  de  la  parte  inferior   a  la  altura  de  la  superior;  significa  en  sí  mismo  la  efusión  del   Espíritu  de  Dios,  la  comunicación  de  la  luz  del  conocimiento  y  del  fuego  del  amor.  Los  labios,  como   instrumento  por  antonomasia  del  beso   significan  la  capacidad  de  dar  y   de  recibir  amor.  La  boca,   órgano   de   la   comunicación   profunda  que,   unida  al  beso,   «beso   de   la  boca»,   refiere   la  entrega   mutua  de  dos  personas;  por  la  boca  se  transmite  una  enseñanza,  y  por  ella  el  alimento  penetra  en   el  interior.

Los  pechos,  además  de  su  función  esté5ca  y  de  ser  el  signo  de  la  ín5ma  suavidad,  encierran  en  su   turgescencia  la  expresión  delicada  del  amor,  la  leche,  esa  vida  peculiar  de  la  persona  concreta  que   se  da  en  el  acto  ín5mo  de  amar.  Pechos  y  seno  son  símbolos  convergentes.  Por  eso  Bernardo  alude   al  seno  de  Dios,  a  los  senos  o  pechos  del  esposo;  la  expresión  concierne  a  la  divinidad  andrógina. Órganos  complementarios  para  realizar  el  acto  del  amor  son  los  brazos,  y  más  específicamente  el   izquierdo  y   el  derecho,  esto  es,  la  confianza,  que  excluye  todo  miedo,  y  el  deseo.  El  cuello,  parte   atrac5va  y  capaz  de  embellecimiento  Los  ojos,  situados  en  la  parte  superior  del  cuerpo;  denotan  el   control  y  la  armonía  en  el  conjunto  de  la  persona.  La  cópula,  como  el  acto  caracterís5co  marital  y   concreto  de  la  unión  por  el  amor;  es  el  símbolo  más  profundo,  basado  en  la  raíz  misma  de  lo  carnal.   El  símbolo,  cuanto  más  embargantemente  carnal,  más  destaca  su  referencia  espiritual,  que  es  su   cons5tu5vo   real.  Por  eso  la  cópula  es  siempre,   para  Bernardo,  la  copula  spiritualis,  el  acto  de  la   belleza  suprema.  El  sueño,  símbolo  de  la  prolongación  de  ese  acto  de  in5midad  concreto  que  es  la   cópula.  El  sueño  se  designa  siempre  por  sus  efectos:  gozo,  quietud,  suavidad.

Si  estos  símbolos  se  consideraran  a  través  de  un  prisma  carnal,  se  reducirían  a  mero  ero5smo;  y   desde   ese  mismo   momento   dejarían   de   ser   símbolos.  Si  son  símbolos,  y   para  Bernardo   son  los   símbolos  más  adecuados  del  amor,  connotan   un  sen5do  espiritual.  El  símbolo   deslinda  en  cierto   modo  las  fronteras  de  lo  carnal  y  de  lo  espiritual,  e  introduce  en  lo  carnal  un  espíritu  de  tal  modo   que   infunde   a   lo   carnal   mismo   profundidad   y   belleza,   convir5éndose   por   ello   en   vehículo   transmisor  de  la  realidad  espiritual,  por  otra  parte,  incapaz  de  comunicarse  directamente  fuera  de   su  símbolo  correspondiente.

Por  ello  mismo,  el  símbolo  corporal  es  un  instrumento  ascé5co  creador  de  belleza,  de  control  y  de   transformación   de   operaciones   puramente   mecánicas   y   pulsionales,   que   para   Bernardo   y   los   espirituales  monás5cos  medievales  no  5enen  sen5do  por  sí  solas.

6th.Símbolos  diges5vos  o  gusta5vos:  son  efectuales  de  la  experiencia  del  amor  y  se  expanden  a  lo  largo   de  las  más  diversificadas  acciones  y   ocupaciones  de  la  jornada;  y  sobre  todo  en  el  momento  de   salmodiar.   Desaparece   entonces   todo   posible   bostezo,   que  es   signo  de  vaciedad.   En  cambio   se   eructa  como  prueba  de  sana  plenitud.

7th.Símbolos  de  idoneidad.  Con  dos  grupos  de  símbolos  complementarios  y  paralelos  entre  sí  se  puede   concluir  este  ligero  recorrido  simbólico:  curvatura  y  rec5tud;  negrura  y  blancura.

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Curvatura   y   negrura   apunta   a   deformidad;   rec5tud   y   blancura   o   candor   evocan   belleza.   Son   símbolos   referenciales   de   la   situación   dinámica   y   progresiva   del   hombre   en   función   de   su   reestructuración  profunda  y   divina  en  el  amor.  Porque  Dios  mismo  es  la  rec5tud  y   la  blancura  o   candor  refulgente  de  una  gloria  indescrip5ble.  Pero  ha  hecho  al  hombre  parpcipe  de  esta  misma   realidad  en  virtud  de  la  creación,  y  luego  de  la  redención.

Estos  símbolos  visuales  se  asocian  a  veces  entre  sí  y  nos  esclarecen  el  dinamismo  de  la  experiencia   en  el  amor.

Los  símbolos  sonoros

Bernardo,  dotado  de  temperamento  musical,  expresa  en  poesía  la  experiencia  mejor  que  lo  pudiera  hacer   un  lógico   metaosico   con  la  fría  concatenación   de  conceptos.  La  fe  penetra  por  el  oído  y  se  alimenta  en   cierto  modo  a  través  de  imágenes  audi5vas.

Bernardo  nunca  define  a  Dios.  Es  consciente  de  que  no  sólo   es  imposible,  sino  que  el  mismo   intento  de   incluirlo  en  categorías  humanas  lo  empobrecería.

Dios  es  «solo».  Que  para  Bernardo  equivale  a  ser  invisible  e  inaccesible  en  sí  mismo.  Y  solo  se  manifiesta  en   la  historia  como  creador,  vencedor  y  liberador.

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INTRODUCCIÓN.  LA  DOCTRINA  DE  LOS  SERMONES  SOBRE  

EL  CANTAR

Esta  serie  de  ochenta  y  seis  sermones  —o  más  exactamente,   de  ochenta   y  cinco  sermones  y  medio—,   constituye  la  obra  más  desconcertante   de   Bernardo,   la   más   di8ícil  para   leer  y   probablemente  la  más   hermosa.   Es,   sin   duda,   aquella   que   él   trabajó   durante   más   tiempo   y   con   más   atención,   como   lo   atestigua   la   historia   de   su   texto:   durante   los   últimos   veinte   años   de   su   vida,   desde   1.135   hasta   su   muerte,  acaecida  en  1.153,  no  cesó  de   trabajarla,  y  después  mejorarla  con  ulteriores  correcciones.   No   se   puede   comprender  la   doctrina   y   la   coherencia   con   que   está   expuesta   si   no   se   percibe   antes   la   intención  y,  si  existe,  la  lógica   de   su  exposición.   La   8inalidad   de   la   presente   introducción  no  puede  ser   resumir  toda  esa  doctrina  o  presentar  una  visión  de   conjunto  de  ella,   sino   ayudar  al  lector   a   abordar   la   obra   y  perseverar  en  su  lectura,  intentando  indicarle,  por  así  decirlo,  el  hilo  conductor,  si  es  que  hay   alguno.  Por  eso,  es  importante  ante  todo  señalar  el  carácter  general  de   la  obra  y  después  discernir  su   lógica  interna,  centrada  toda  ella  en  los  dos  protagonistas  de  que  habla,  Cristo  y  su  Esposa.

1.  Una  «Summa»  de  teología  contempla>va

Los  Sermones  sobre   el  Cantar   se  presentan  como  el  Opus  Magnum  de   Bernardo,   según   una   tradición   literaria  muy  conocida.   Un   historiador   de   Erasmo   ha   escrito   a   propósito   de   los   doce   libros  del  De  

Trinitate  de   Hilario  de   Poitiers:  «Es  fácil   advertir  que   era   una   ambición   frecuente   de   los   escritores  

famosos,   lo   mismo  que   en   los  pintores   y  escultores  excepcionales,   dejar   en   alguna   de  sus  obras  un   ejemplo   completo   y   maduro   de   su   arte:   con   ello   la   posteridad   podría   valorar   lo   que   pudo   haber   realizado  si  hubiera  ejercitado  todas  sus  capacidades.  Virgilio  parece  que   intentó   eso   en   las   Georgias,   Ovidio   en   su   Medea,   Cicerón  en  De  Oratore,  Agustín  en  La  Ciudad  de  Dios,  Jerónimo  en   su  Comentario  

a  los  Profetas,  Tomas  de   Aquino   en   sus  re8lexiones  sobre   la   Eucaristía,  Bernardo   en   el   comentario  al  

Cantar».

¿Opus  Magnum  u  Obra   maestra?  Ambas  expresiones  se   hallan  en   la  carta  de   Bernardo  a  Bernardo  de  

Portes,   la   153,   que   sirve,   por  así  decirlo,  de  prefacio  a   los  Sermones  sobre   el   Cantar,  y  que   Bernardo   quiso   que   8igurara   en   su   correspondencia   cuando   preparó   su   publicación1.   En   esa   carta   y   en   la  

siguiente,  dirigida  al  mismo  destinatario2,  8iguran  todos  los  elementos  que,  según  la  tradición  literaria  —

a   la   que   Bernardo   se   mostró   extremadamente   8iel—   debían   colocarse   en   un   prólogo   semejante   a   aquellos   con   los   que   él   mismo   iniciaba   sus   tratados.   Se   ha   dicho   y  repetido   que   esta   obra   sólo  se   emprendió  porque  se  la  pidieron  con  insistencia  y  muchas  veces  «en  frecuentes  cartas».  Allí   se  anuncia   ya   el   título:   se   tratará   de   «sermones   sobre   los   comienzos   del   Cantar»,   Sermones   super   principia  

Canticorum.   Con   ello   Bernardo   se   toma   la   libertad   de   no  comentar  todo   el   libro  sagrado.   El   género  

literario   será   el   de   «sermones»,   no   pronunciados   ante   un   auditorio   real   sino   destinados   a   ser   «publicados»  —el  verbo  edere  se  utiliza  dos  veces  en  su  sentido  más  literal—.  ¿Cuál  será  el  carácter  de   la   obra   (opus)   que   así   se   le   ha   pedido?   No   debe   ser   «ligera»,   ni   «de   escaso   valor»,   ni   «vil»,   ni   «despreciable»,   ni   «mediocre»,  sino  «grande»,   para   no  decepcionar  la   esperanza  de   quien   la   espera:  

magna  exspectanti,  speranti  grandia.

¿Cómo   va   a   responder   Bernardo   a   esta   demanda   y   satisfacer   esta   exigencia?   Lo   va   a   decir   inmediatamente   desde   el   primer  sermón,  que  hace  de  introducción  a  todos  los  demás:  situándose   al   más  alto  nivel  de  enseñanza,  aquel  en  el  que  se  dirige  a  personas  ya  «avanzadas»  en  los  caminos  de  la   vida  «espiritual».   Esta  predicación  escrita  no  se  detendrá  en  las  nociones  fundamentales  de   la   doctrina   cristiana   que   se   suponen  ya   conocidas,  sino  en  la  «doctrina  del  espíritu»,  la  «sabiduría»,  hoy  diríamos   la   espiritualidad:   el   Cantar   es   un   «discurso   contemplativo»   (theoricus   sermo   [1,   2]),   que   supone   ya   conocida   la   «disciplina»   práctica   a   observar   (1,   2-­‐3).   Eso   es   lo   que   hoy   llamamos   la   «teología   espiritual»,   que   debe   trasmitir   el   gozo   propio   del   lenguaje   lleno   de   encanto   y   alegría   del   texto   explicado:  iucundum  eloquium  (1,  5),  iucundum  elogium  (1,  8),  vox  exultationis  (1,  9).

A   continuación   se   anuncia   el   tema:   como   el   Cantar  es   un  «epitalamio»  (1,  8),  un  «canto  nupcial»  (1,   11),  se  tratará   esencialmente  de  tres  realidades,  enunciadas  en  una  fórmula  de  gran  densidad:  Cristo,  la   Iglesia,  y  su  unión:  Christi  et   Ecclesiae   laudes,   et   sacri   amoris   connubium   (1,   8).   Bernardo   habla   de   otros  temas  en  tratados  ocasionales,  cada  uno  de  los  cuales  trata  de  una  materia  indicada  en  el  título.  

1  Epístola  153,  en  Obras  completas  de  san  Bernardo,  VII  (BAC,  2003)  538-­‐  540. 2  Epístola  154:  l.c.,  540-­‐542.

Referencias

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