Dr. Plerre Solignac
LA NEUROSIS
CRISTIANA
EDITORIAL BRUGUERA, S. A.
Título original: LA NÉVROSE CHRÉTIENNE Edición en lengua original:
© Editions de Trévise, París - 1976 © Juana Blgnozzl - 1976
Traducción
© J. Ventura • 1976 Cubierta
La presente edición es propiedad de E D I T O R I A L BRUGUERA. S. A. Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)
1.» edición: octubre, 1976 Impreso en España Frinted in Spain ISBN 84-02-04922-2
Depósito legal: B. 39.362-1976
Impreso en los Talleres Gráficos do EDITORIAL BRUGUERA, S. A. Carretera Nacional 152, Km 21,650
Prefacio
La neurosis es una afección psicógena cuyos sín-tomas son la expresión simbólica de un conflicto psí-quico que tiene sus raíces en la historia infantil del sujeto y compromete entre sí el deseo y la defensa. Después de veinte años de práctica médica, en los cuales traté de ejercer una medicina de la Persona, quedé impresionado por el hecho de que la educación cristiana tradicional favorecía las perturbaciones neu-róticas y las enfermedades psicosomáticas que son su consecuencia.
Mi formación cristiana, mis estudios médicos y psiquiátricos, el hecho de haber tratado a muchos sa-cerdotes, religiosas y «laicos comprometidos», me obligaron a reflexionar sobre las razones que explican que muchos de ellos sufran perturbaciones orgáni-cas. Estas no son más que la expresión de su angus-tia y de las dificultades que viven.
Son cada vez más numerosos los sacerdotes que dejan el ministerio..., los seminarios y los noviciados se vacían... y a pesar de esto, más que nunca, los jóvenes están interesados en la búsqueda de Dios y del sentido de la vida.
¿Acaso la educación cristiana permite al hombre desarrollarse y responder al mensaje revolucionario de CRISTO: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»?
I LA NEUROSIS CRISTIANA
Y EL HOMBRE
1 La sacralización del aniquilamiento
Uno de mis pacientes, afectado por una neurosis de angustia, me trajo espontáneamente el Libro de Familia católico que le habían dado cuando se casó en 1939. En la última página estaba escrito, con gruesos caracteres, el texto siguiente:
Cristiano,
Recuerda que hoy tienes a Tu Dios para servir y glorificar, Tu Salvador Jesús para imitar, La Virgen, su madre, para rezar, Tus pecados para expiar, Tu alma para salvar,
La muerte, tal vez, para sufrir, El infierno para evitar,
El Cielo para ganar.
Plegaria para ganar la indulgencia plenaria en el momento de la muerte: Señor, Dios mío, de ahora en adelante, cualquiera que sea la manera, y según Os plazca, con corazón tranquilo y sumiso, acepto de Vuestra mano la muerte, con todas sus angustias, sus penas y dolores. (Cualquiera que después de ha-ber confesado sus faltas y recibido la santa comunión recite esta plegaria en latín o en francés, aunque sea mucho tiempo antes de su muerte y con total salud, ganará una indulgencia plenaria que le será aplicada en el momento de la muerte, según la pureza de su conciencia.)
Una hermosa imagen sacerdotal
Un sacerdote de unos cincuenta años vino a con-sultarme a causa de unos dolores de cabeza, vértigos, dolores abdominales y pelvianos, y vómitos, resisten-tes a todo tratamiento desde hacía diez años. Seguía asumiendo, lo mejor que podía, sus responsabilida-des sacerdotales. Iba de médico en médico, y se diri-gía en especial a los otorrinolaringólogos y a los gas-troenterólogos. Su historial estaba completo: nume-rosos análisis de sangre, electrocardiogramas, radio-grafías de cráneo, de la vesícula y del intestino.
Nuestra primera entrevista estuvo consagrada a la larga historia sintomática de este enfermo que me describió detalladamente el color, el olor, el aspecto, ya sea desmenuzado o líquido, de sus heces, la in-tensidad de sus vértigos particularmente molestos cuando daba la comunión o decía misa, la duración de sus insomnios a causa de los dolores pelvianos irradiantes que le obligaban a levantarse varias ve-ces durante la noche para orinar.
Después de un cuidadoso examen clínico, exami-né uno a uno todos sus análisis. El último chequeo era de hacía algunas semanas. Una vez más era en-teramente normal. Como me ocurre a menudo en la práctica cotidiana, debía decirle a ese enfermo que no tenía ninguna afección orgánica, que todos sus órganos estaban sanos, pero que yo comprendía muy bien que estaba enfermo, que sufría y que necesitaba un tratamiento, no sólo médico sino también psico-lógico.
El hecho de que le reconociera y aceptara como enfermo pareció aliviarle. Le di un tratamiento muy simple para los síntomas y le pedí que, si lo deseaba, volviera a verme para que hablásemos un poco de él, de su vida de sacerdote, de sus dificultades y de sus problemas pasados y actuales.
—Las perturbaciones de las que usted se queja
sólo son comprensibles si no se las considera aisla-das y exteriores a su persona. Hay que volverlas a colocar en su propia historia presente y pasada.
Sin llegar a comprender bien qué le decía, ese sacerdote aceptó volver a verme, para hablar de otras cosas aparte de sus síntomas.
Las primeras consultas que siguieron fueron un poco difíciles, porque mi paciente tenía dificultades a la hora de hablar de sí mismo. Siempre empezaba por contarme, en detalle, los trastornos que había sentido desde nuestra última entrevista. Luego, poco a poco, comenzó a interesarse en su propia historia personal, que me fue contando de a retazos. La sexta consulta marcó un giro importante en nuestra rela-ción; no me habló de su trastornos ni un solo se-gundo. Resumiré nuestras entrevistas en algunas pá-ginas.
«Cuando pienso en mi infancia me asombro de los escasos recuerdos que tengo de mi padre. Mi ma-dre, al casarse, había sido trasplantada lejos de su provincia natal. Era huraña y sólo tenía verdaderos contactos con el cura de la parroquia. Estoy persua-dido de que decidió muy pronto que su hijo único fuera sacerdote. Me envolvió en vendas y me prome-tió para el sacrificio. La base de mi educación fue el miedo, el sentido del deber y de la grandeza. Me recordaban a menudo la frase del general Lapérine: "Cuando tenemos que elegir entre dos caminos, hay que tomar el más duro: el miedo es el signo del deber." Muy pronto tuve pesadillas y me veía abra-sado por las llamas del infierno; al parecer, gritaba como un condenado. El médico tranquilizaba a mi madre diciéndole que eran fiebres del crecimiento. En realidad, el pecado mortal colmó toda mi infan-cia y yo me confesaba a menudo por miedo a no acusarme lo suficiente. Me acuerdo de un texto de mi catecismo. Se titulaba: Por mis pecados merezco el infierno. Lo leí y releí tanto que todavía lo sé casi de memoria.
con-denados del infierno. Están privados para siempre de la visión de Dios. Sufren en un fuego mil veces más ardiente que todos los fuegos de la tierra. Sin cesar, oyen blasfemias, gritos de rabia y desesperanza. Es-tán rodeados por demonios y ¿cuánto durará ese es-pantoso suplicio? Durará siempre, siempre, una eter-nidad. ¡Oh!, qué terrible es, pues, el infierno, y lo merecemos por un pecado mortal. En este momento, tal vez, yo mismo tengo pecados mortales en mi corazón. Si muriera ahora me precipitaría al infierno.
¡Oh! Dios mío, no permitas que muera en este estado. Me arrepiento, sinceramente, de todos mis pecados, y prometo no volver a ofenderte."
»Mi madre me negaba todo gesto de ternura por-que pensaba por-que tenía por-que endurecerme. Me besaba en la frente y luego me ofrecía su mejilla derecha. No recuerdo que me sentara nunca en sus rodillas. Me tomó entre sus brazos una sola vez: el día de mi primera comunión. Al final del almuerzo, el cura de la parroquia anunció que yo entraba en el seminario, porque tenía vocación. Jesús me había inspirado el deseo de ser sacerdote. Estaba asombrado e inquie-to, porque no había sentido nada semejante. Pero la alegría de los asistentes, la sonrisa y la ternura de mi madre, el hecho de ser la vedette, que tuvo derecho a la primera porción del pastel, calmaron un poco mi inquietud y mis dudas.
»Así fue como entré en el seminario menor. Mi primera impresión fue desagradable. Era un gran edi-ficio, triste, de estilo napoleónico, con largos pasillos sombríos y dormitorios inmensos. ¡Cuántas veces los recorrí, en fila y en silencio, las manos en la espal-da, bajo la mirada severa de un sacerdote que ace-chaba el menor murmullo! Nos vigilaban con extrema severidad, pues el temor más grande del cuerpo de profesores era que entre nosotros hubiera amistades particulares. En el patio de recreo teníamos que ju-gar todos juntos. Si alguno se quedaba en un rincón pensando o jugando solo, era inmediatamente acusa-do de tener malos pensamientos. El hecho de estar
dos juntos era aún más grave. Era imposible tener un compañero, un amigo, toda relación privada se consideraba malsana. Por la noche, había que dor-mirse con las manos sobre la manta....
»Me acuerdo de una de mis primeras confesiones. No comprendía las preguntas que me hacía el sacer-dote.
»—¿Has tenido malos pensamientos? «Silencio interrogativo de mi parte. »—¿Dejas vagar tu espíritu?
y¡—Sí, a veces me pasa. Pienso en lo que me hu-biera gustado hacer. Me gusta mucho arreglar cosas. Quisiera ser carpintero.
»—¿Te tocas? y¡—¿Tocarme, qué?
»Después de un silencio, que sentí cargado de ame-nazas, el sacerdote me despidió con dos avemarias como penitencia.
«Durante todo ese período trabajé mucho. Era el primero de la clase. Eso me valía cierta considera-ción por parte de mis condiscípulos y maestros. Cuan-do iba a casa me sentía un ser aparte. Mi madre me besaba en la frente, mi padre me estrechaba la mano. Nunca supe si él estaba de acuerdo con mi vocación. Nunca daba su parecer. Durante mis estan-cias en casa, el cura de la parroquia venía a visitar-me regularvisitar-mente. Mi privisitar-mer puesto despertaba su interés y me felicitaba con un tirón de orejas.
«Tengo el recuerdo de una infancia solitaria: sin amigos en el seminario, sin amigos en mi casa. M i -raba con nostalgia a los niños de los vecinos que peleaban, corrían y gritaban en el jardín de al lado. Mi dignidad de seminarista no me permitía tales manifestaciones. Daba largos paseos en solitario por el campo. A veces me acompañaba mi padre. Per-manecía en silencio y me apretaba la mano con fuer-za. Con la punta de su bastón señalaba algunas flo-res o algunos arbustos y me decía su nombre en latín. Nunca tuvimos una sola conversación.
mo-lestos y admirados al mismo tiempo. Nos quedába-mos juiciosamente en el salón y escuchábaquedába-mos a los mayores. Cada tanto teníamos derecho a jugar al do-minó o al tute. Hacía una cuestión de honor de ga-nar todas las partidas. En realidad no tenía ningún otro medio para expresar mi agresividad.
»Las vacaciones de verano eran para mí una prue-ba particularmente penosa. Todas las mañanas iprue-ba a ayudar la misa de siete, y luego con el sacristán preparaba los ornamentos. Era un buen tipo, viejo militar retirado. Tal vez fue el único, con mi padre, en percibir mi tristeza y mi confusión. Después de la misa a menudo me llevaba a su casa para mostrar-me algún trofeo recogido en sus campañas. En parti-cular un viejo sable que debía haber cortado algunas cabezas.
«Recuerdo haber soñado con él. Me veía en el pa-tio de recreo del seminario y cortaba la cabeza de mis condiscípulos, nunca la de mis profesores.
»E1 domingo recogía los donativos en todas las misas. Al terminar el oficio, el sacerdote apreciaba con una ojeada el contenido de la cesta. A menudo manifestaba su descontento:
»—Son siempre tan tacaños... Se lo diré el próximo domingo.
«Las limosnas eran mucho más abundantes cuan-do venía un misionero a predicar para las misiones, los seminarios o los sacerdotes ancianos. Su abun-dancia era directamente proporcional a la vehemen-cia y a las vociferaciones del predicador.
»Me divertía apreciando los argumentos más ren-tables (evaluaba la rentabilidad por el número de billetes que colmaba mi cesta). La caridad, el amor al prójimo desvalido, tenían mediano impacto. La acumulación de bienes materiales, signo de bajeza y egoísmo, que injuriaban la pobreza de Cristo, tenía un éxito mucho mayor.
»En realidad, los argumentos más rentables eran la culpabilidad y la angustia. Recuerdo a un misio-nero, fuerte y bronceado, que tenía el don de llenar
mi cesta hasta los bordes. Siempre utilizaba el mis-mo tipo de argumentos: "Vuestro apego al dinero os perderá y os llevará al infierno. ¿Estáis seguros de haberlo adquirido con rectitud y de no haber explo-tado a vuestros semejantes? Algunos de vosotros de-béis tener muy mala conciencia. Sabed compartir vuestros bienes para así obtener la indulgencia del Señor".
«Todas estas comprobaciones me dejaban vaga-mente inquieto. Esa apelación a la mala conciencia me molestaba. Intuía la trampa sin poder analizarla bien. Conservé siempre un sentimiento de culpabili-dad con respecto al dinero, y creo que esas diatribas de los domingos de mi infancia no son ajenas a él. «Para mí, la entrada en el seminario mayor fue una verdadera liberación. Cada uno tenía su habita-ción y por la noche podíamos leer hasta tarde sin que nos molestaran. No teníamos derecho a ir al cuarto de otros; en verdad, cada dormitorio era terreno vedado. El pretexto oficial era que no tenía-mos tiempo para perder en discusiones estériles. Po-díamos encontrarnos en el refectorio o en los re-creos.
«De mi educación en el seminario mayor me que-dan, esencialmente, unos lemas basados en ideas de grandeza, deber y obediencia. En ese período cono-cí mis primeras angustias y mis primeros insom-nios. Vivía en el temor de no hacer lo suficiente. Siem-pre me sentía culpable de algo. Mis primeras mas-turbaciones se remontan a esa época y cada vez me dejaban una angustia monstruosa. Inmediatamente iba a acusarme de ellas a mi director espiritual, que como penitencia me hacía leer algunas páginas de san Agustín, santa Teresa, o de los evangelios. Hubiera sido preferible que me aconsejara largas caminatas seguidas de una buena ducha fría.
«Después de haber sido educado en un miedo ob-sesionante a la homosexualidad y a las amistades particulares, descubrí el miedo no menos obsesionan-te de la mujer, símbolo de todo vicio y peligro.
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«Cuando salíamos, siempre en grupo, me dedica-ba a no mirar a ninguna. Tratadedica-ba de mantener mi mirada ni demasiado alta ni demasiado baja. Nues-tra educación sexual era prácticamente nula. Se limitó a una serie de prohibiciones: nunca recibir a una mujer a solas en el despacho, sino sólo en el confesionario, ser muy exigente sobre la vestimenta de las mujeres en la iglesia, no aceptarlas con fal-das demasiado cortas o con pantalones. La visión de su cuerpo era el origen de malos pensamientos. Sólo mucho más tarde descubrí que la vida era necesa-riamente sexual y que la relación psicológica y afec-tiva con la mujer era indispensable para nuestro equilibrio. En esa época inicié mi primera amistad. Había tenido que esperar veintidós años para des-cubrir toda su riqueza. Estábamos siempre juntos y en seguida nos convertimos en sospechosos. El su-perior nos convocó por separado para someternos a un interrogatorio exhaustivo. Me interrogó largamen-te acerca del caráclargamen-ter de nuestras relaciones y me habló de los peligros de una relación demasiado ex-clusiva con uno de mis condiscípulos. Me preguntó si tenía problemas sexuales, si me masturbaba y si te-nía malos sueños. Salí de su despacho desconcerta-do y angustiadesconcerta-do. Por suerte mi amigo estaba más al corriente que yo de los problemas sexuales. Habló claramente con el superior y se animó a pronunciar delante de él el término homosexualidad. Le tranqui-lizó hablándole de la pureza de nuestras relaciones y de su deseo, si un día salía del seminario, de fun-dar una familia y tener numerosos hijos.
»Me contó esa entrevista con humor y me descri-bió el aire estupefacto del superior cuando le habló de su eventual progenitura. Esa aclaración fue sa-ludable porque el superior, tal vez inquieto por ver marcharse prematuramente a un seminarista hetero-sexual, nos dejó terminar en paz el año escolar.
»¿Qué más le diré de mi vida en el seminario ma-yor?
»La impresión de no haber sido preparado para 14
la vida actual. La teología enseñada me parece la re-petición de un sistema en el que no hay nada vivo. A uno de nuestros superiores le gustaba repetir: "En lo que respecta a la vida sentimental del sacerdote tengo que deciros que puede consistir en tres cosas: 1." nada; 2.°, nada; 3.°, nada." Seguía un pequeño silencio durante el cual disfrutaba del efecto de sus palabras. Yo acepté el sacerdocio de buena fe, aun-que me daba cuenta de la relatividad de la cuestión. Soy maleable. Antes de comprometerme definitiva-mente me dije: "Estar casado o ser sacerdote, en el fondo qué importa, adelante". Cuando pienso en eso, creo que el deseo de mi madre determinó mucho esta decisión. No en vano hay asociaciones de ma-dres de sacerdotes y no existen, en cambio, de pama-dres o simplemente de padres y madres de sacerdotes. Mi padre había muerto de una hemorragia cerebral du-rante mi primer año en el seminario mayor. Creo que el pobre murió a causa de no haberse podido expre-sar nunca. Mi madre se había endurecido cada vez más y era la imagen de la creyente admirable que pasa su vida entre la iglesia y las buenas obras. Ahora me pregunto en qué debió consistir la vida afectiva y sexual de mi padre. Con toda seguridad fue nula. Estoy seguro de que si entre nosotros hubié-ramos tenido una relación verdadera, mi vida hubie-se cambiado radicalmente. El único hombre que te-nía la palabra en casa era el señor cura. Me parece que su papel en todo este asunto fue muy ambiguo. Con palabra elevada, firme, pontificaba... ¡Pobre pa-dre!
«Cuando empecé mi vida sacerdotal me sentí col-mado de humildad y de imperfecciones. Me repetía a menudo la frase de Péguy: "Cada uno combate con sus medios, Dios decidirá".
«Poco a poco me impuse a mí mismo una imagen prestigiosa de sacerdote, llena de castillos interio-res a la manera de santa Teinterio-resa. Hubiera podido afrontar a cualquier monstruo, porque tenía una co-raza hecha de grandeza, honestidad y sentido del
deber. Me nombraron vicario en una de las mejores parroquias de la diócesis (una comunidad parroquial del tipo Saint-Séverin, hace veinte años). En ese am-biente podía poner en funcionamiento mi propia imagen de un modo bastante brillante. Fue en esa época cuando en un autobús una mujer exclamó al verme: "¡Qué hermosa imagen sacerdotal!"
•Evolucioné, perfectamente cómodo, en un mun-do burgués que comprendía mi lenguaje. En mis ser-mones utilizaba con brío todos los conocimientos ad-quiridos: la espiritualidad del miedo, de la angustia y de lo prohibido. Era respetado, e incluso tenía la impresión de estar sobre un pedestal. Cuando vuel-vo a pensar en ese período me parece, en realidad, que no estaba en mis cabales. Me exaltaba por todo. Representaba el papel de un personaje aparentemen-te coherenaparentemen-te, pero al que mi sentido crítico condena-ba. Daba a mis fieles la misma educación que había r-jcibido. Juzgaba, afirmaba, condenaba sin escuchar nunca. Creo que así liberaba mi agresividad. Después de unos años de esa vida aparentemente sin proble-mas, me propusieron varios puestos interesantes para alguien que quisiese hacer carrera. Los rechacé. Pedí la parroquia más pobre de la diócesis: una parroquia del extrarradio industrial, particularmente desfavo-recida y al margen por completo de la soledad que yo conocía. Vivía en ella una población destruida huma-namente, replegada en una oposición a todo lo que significaba la vida: dignidad, confianza, amistad, l i -bertad, ternura, felicidad. Esa oposición se había cris-talizado en particular contra la Iglesia, símbolo de las potencias explotadoras, aniquiladoras y despre-ciativas que dominaron el lugar en otra época. La ausencia de todos los citados valores humanos había creado una imposibilidad casi total de comunicación, una especie de bloqueo en el rechazo a toda solu-ción. Y ahí empezó mi drama. Llegué a la parroquia lleno de fogosidad y entusiasmo, con mi hermosa imagen sacerdotal. En algunos meses ahuyenté de la iglesia de los pocos parroquianos que todavía asistían
a ella. Los burgueses se asustaron a causa de mi
agresividad, que pretendía ser social: los explotado-res huyeron. En cuanto a los explotados, no compren-dieron en absoluto mi lenguaje. La Iglesia actual quiere adular al obrero como antes aduló a los bur-gueses; pero el obrero, sobre todo el que vive en un ghetto, encerrado en su desgracia, como es el caso de esa parroquia muy pobre, no puede comprender el lenguaje tradicional de la Iglesia, aunque uno tenga la impresión de ponerlo a su alcance. Estoy conven-cido de que en esa comuna la gente no utiliza más de trescientas palabras. La comunicación no existe. No conocen la ternura ni la amistad, y viven reple-gados en su célula familiar. Allí experimenté, ignorado por todos, un inmenso aislamiento. Mi universo inte-rior se derrumbó. En ese período comenzaron mis trastornos. Me encerré en mí mismo. Reprimí mi agresividad y mi angustia, preocupado únicamente por mis síntomas físicos. Ahora comprendo, al ha-blar con usted, lo que significa una regresión en la enfermedad. No tenía otra alternativa. Mis "enferme-dades orgánicas" me impidieron hundirme en la de-presión y la desesperación.
»Hoy he tomado conciencia de que mi educación ha sido aplastante. El cura reclutador de vocaciones de mi infancia nunca se interesó por mí. Necesitaba vocaciones para mayor gloria de Dios y de sí mismo. Ni uno solo de mis maestros o de mis directores es-pirituales trataron de conocer las razones de mi vocación. Era un buen alumno, no planteaba ningún problema. Ni una sola vez dudé de mí mismo. Po-dría resumir mi educación en algunas palabras: "Estar al servicio del prójimo, aniquilarse delante de él y existir sólo a través de él."
»¿Cómo comunicarse con los demás cuando se es incapaz de comunicarse consigo mismo? ¿Cómo amar al prójimo cuando uno es incapaz de amarse? Siem-pre me siento culpable. Soy un hombre de la Iglesia, incoherente; hablo de amor y me detesto, y me siento asexuado y agresivo, pero esa agresividad está bien
camuflada. Cuando estaba en mi parroquia a la Saint-Séverin la destilaba desde lo alto del pulpito con ha-bilidad. La conscupiscencia, la sexualidad, el dinero, todo servía. Me acuerdo de un sermón que tuvo cierto éxito. He conservado el texto.
»"Tomo hoy el dinero como símbolo. El dinero es lo que vela la sed y en cualquier parte impide beber el verdadero sentido de la vida. El dinero es lo que hace posible el sueño de una satisfacción sin límites porque es su promesa. Y cuando digo dinero, no quie-ro decir sólo el dinequie-ro, quiequie-ro decir también todos los bienes: el éxito humano, la profesión o el amor con-yugal, la quiniela, o la casa de campo, el renombre o el diploma. Quiero decir todo eso, pero sobre todo la manera en que se vive todo eso, quiero decir todo lo que hace posible el poder, el dominio del futuro o la dominación de los demás. Hay seguridades que paralizan, hay caminos de seguridad que impiden moverse, hay ídolos de felicidad que eximen de vivir. El dinero lo tomo como símbolo de toda la falsa con-sistencia personal que impide al hombre reconocer su pobreza. El dinero lo tomo como símbolo de toda seguridad que ya no espera nada del porvenir. El di-nero lo tomo como símbolo de todo lo que permite liberarse de cualquier deuda hacia cualquiera, de todo lo que permite no deberle nada a nadie. A través del dinero se manifiesta una de las principales tram-pas del hombre para intentar escapar a su condi-ción por medio del engaño."
«Cuando vuelvo a leer ese sermón, no descubro en él la función educativa. No creo que haciendo sentirse culpable al hombre se le permita asumir su condición. El dinero, como fin esencial de la vida, es, por supuesto, condenable. El dinero como me-dio para hacer felices a los otros, como meme-dio para mejorar la condición de los que nos rodean, ¿por qué no? Realizarse en la vida de laico es tan difícil como hacerlo en la de sacerdote.
»Si mañana tuviese que trabajar para mantener una familia no sé lo que haría. Me siento totalmente
incapaz para eso. Pasar de una responsabilidad di-fusa, casi verbal, a una responsabilidad directa, me parece difícil. En nombre de la verdad que nos en-señaron, hicieron de nosotros seres tensos más aptos para juzgar que para escuchar o amar. Muy a me-nudo, la caridad sólo es una caricatura del amor del tipo fariseo: "Señor, hago caridad." Ya no soporto más esa expresión: hacer caridad. Me parece inju-riosa. La verdadera vocacón del sacerdote es ser un hombre de comunicación horizontal, pero también vertical; ése es, creo, uno de los símbolos de la cruz. Evidentemente su función no es la de condenar a uno para tranquilizar a otro. Hay que crear lugares donde el hombre se recomponga, donde pueda expre-sarse con libertad y criticar lúcidamente sus aliena-ciones, comunicarse con los otros y reencontrar el sentido de la vida. Ninguna estructura exterior, nin-gún arreglo burocrático puede conseguirlo. Tiene que salir de dentro.»
Traté a ese sacerdote durante varios meses. Le prescribí medicamentos calmantes para la ansiedad, antiespasmódicos para sus problemas digestivos y le escuché. Empezó por liberar su agresividad contra el cura de su primera comunión, contra su madre, contra su educación. Una entrevista fue particular-mente delicada: aquella en el curso de la cual plan-teó el problema de la autenticidad de su vocación.
—Cuanto más reflexiono sobre ello, doctor, más me convenzo de no haber decidido libremente mi vo-cación. ¿Usted qué piensa?
—Sea más preciso en lo que quiere decir. (La fun-ción del psicoterapeuta no es aconsejar o dirigir sino hacer que el paciente reflexione remitiéndole a sí mismo.)
—Creo que me encaminaron en una vía sobre la que avancé sin reflexionar. Progresivamente me cons-truí un personaje, un super yo artificial en el que me encerré. Esa "hermosa imagen sacerdotal" es una jaula de la que quisiera salir. Durante mucho tiempo representé mi papel a la perfección, como un
autómata. Desgraciadamente, el mecanismo se des-compuso.
—¿Por qué desgraciadamente?
— Y a no veo el mundo como antes y tampoco tengo ganas de refugiarme en mi armadura de sacer-dote admirable.
—¿Tal vez no lo hará mejor?
—Pero ¿soy capaz todavía de ser sacerdote? —¿Qué quiere decir?
—¿Puede un sacerdote vivir como un hombre normal? No deseo tener hijos. Me siento incapaz de educarlos. Pero quisiera tener el derecho de amar a una mujer sin ocultarme y sin sentirme culpable. ¡El padre L..., uno de mis ex confesores, diría que quiero vender el cerdo y conservar el tocino I
— E l valor del cerdo está en el tocino.
—Es mi vocación de hombre de Dios al servicio de los hombres. Yo pienso que cumplo en verdad con mi oficio de sacerdote. Por qué no tenemos derecho a casarnos?
—¿Es necesario estar casado para amar?
—No, evidentemente. Pero el acto sexual nos está prohibido.
—¿Hizo votos de castidad?
—Sí, en el subdiaconato. En verdad no es un voto: es un compromiso. Aceptábamos ser célibes y castos y dábamos un paso para testimoniar nuestro acuerdo. En el fondo, por lo que más sufro es por no tener experiencia. Tengo la impresión de que soportaría mejor la castidad y el celibato si hubie-se tenido una vida amorosa hubie-sexual antes de hubie-ser sacer-dote.
En el curso de las entrevistas siguientes hablamos mucho de la sexualidad. A menudo volvía sobre el problema de su inexperiencia. Me habló muchas ve-ces de una mujer joven, soltera, que trabajaba con él desde hacía varios años. Era evidente que estaba muy enamorado de ella. Un día, llegó a la entrevista muy poco tenso.
—¡Doctor, he dado el paso!
(Permanecí en silencio.)
—He hecho el amor con Ana María... Tengo la impresión de haber sido muy inhábil. Después ha-blamos mucho. Me confesó que me amaba desde hacía mucho. Le dije que no quería casarme y que deseaba seguir siendo sacerdote. Ella está plenamen-te de acuerdo y quiere seguir trabajando conmigo. Más adelante veremos. Por el momento, ocultaremos nuestro amor. Ningún miembro de la parroquia debe saberlo. Estoy seguro de que un día u otro ten-dremos derecho a casarnos.
Nuestras entrevistas se espaciaron. En algunas semanas vi metamorfosearse a ese hombre. Abierto, lleno de impulso y confianza, sólo hablaba de su trabajo sacerdotal.
No he vuelto a verlo desde hace un año. Cada mes recibo una carta. Sigue construyendo con entusias-mo esa «casa de la Iglesia» de la que tantas veces me habló, ese lugar de participación e intercambio donde se reúnen explotadores y explotados. Una pe-queña comunidad cristiana ha nacido. Unos cuaren-ta hombres y mujeres se esfuerzan por crear oca-siones de encuentros y diálogos. En una de sus últi-mas cartas, escribió: «Esta pequeña comunidad in-tenta, en su función mediadora, ser, en su medida, la intermediaria entre el Dios de Jesucristo y los hombres, la Iglesia de ayer y la Iglesia de mañana.»
Un profesor de física impotente
Un hombre de veintiséis años, profesor de física, vino a consultarme a causa de su impotencia. Al sen-tirse por fin adulto, ya que era «profesor y estaba liberado de las obligaciones militares», intentó algu-nas experiencias sexuales con el único fin de pro-barse que su órgano viril podía servir para otra cosa, además de la masturbación. Estaba desesperado. Ha-bía ido con algunas prostitutas muy benevolentes. Ellas lo intentaron todo: tiempo perdido. Su sexo
seguía imperturbablemente flaccido. Probó suerte en su ambiente con algunas señoritas de tierna edad, porque le gustaban de alrededor de dieciocho años. Fue bien aceptado hasta el momento en que quería pasar al acto sexual. Además, estaba persuadido de que esas jovencitas sólo buscaban el matrimonio. «Un profesor de física es una mercancía muy apre-ciada en el mercado.» Lo intentó, por fin, con muje-res de cuarenta años, que al ser casadas y tomar anticonceptivos, ofrecían todo tipo de garantía en cuanto a desinterés. Sus esfuerzos no dieron ningún resultado. Cuando bailaba todavía tenía alguna erec-ción, pero cuando se encontraba «entre la espada y la pared», no pasaba nada. Calma chicha.
Para mi propia tranquilidad, practiqué todos los análisis adecuados que eliminaran un origen orgáni-co; resultaron perfectamente normales. Nuestras dos primeras entrevistas estuvieron consagradas a la edu-cación sexual. Sus conocimientos se limitaban a lo aprendido en ciencias naturales sobre los mecanis-mos de reproducción en los mamíferos superiores. Abordamos juntos un mundo totalmente desconoci-do para él y hablamos de la psicofisiología de la mu-jer, de la comunicación sexual, de la ternura y del placer.
Era el sexto de una familia de ocho hijos y había sido educado en un excelente ambiente, en el que los principios cristianos eran la base de la educa-ción. Su primer recuerdo de infancia, o, al menos, el que recuerda con facilidad, es el siguiente (debía de tener siete años): estaba en el jardín de la casa y hacía pis. Había descubierto desde hacía un tiempo que ciertos contactos eran particularmente agrada-bles y aprovechaba ese momento para concretar su descubrimiento. Su madre apareció inopinadamente y le dijo, con tono severo: «Te prohibo tocarte eso, es un pecado grave, te acusarás de él en la confe-sión.» Pero como el deseo era más fuerte que la pro-hibición, continuó episódicamente con sus prácticas masturbatorias, en la angustia y el miedo a la
dena eterna. El problema de la masturbación le per-seguiría durante toda su adolescencia. El domingo, la familia iba a misa, como cuerpo constituido. La comunión era de rigor. Si por desgracia se había masturbado sin tener tiempo para confesarlo, se acer-caba al altar con la certeza de cometer un pecado mortal. Pero prefería correr ese riesgo antes que so-portar la mirada inquisidora de su padre y la acti-tud dolorida de su madre. No comulgar suponía con-fesar oficialmente su ignominia.
Realizó los estudios primarios en un seminario menor. Toda su educación estuvo dominada por la idea de culpabilidad y pecado. Todo era pecado: ha-blar en el dormitorio, no ir a misa todos los días (no era una obligación, pero se consideraba de buen tono asistir y comulgar cotidianamente), no saberse bien las lecciones, quejarse de la comida, no jugar en el patio, aislarse con un camarada para hablar o jugar a los chinos durante el recreo. Había que correr, jugar, ser el perfecto alumno que se divierte con todos los" demás. No saber el catecismo, desinte-resarse por los cursos, etc., cualquier falta a la per-fección se sancionaba según su gravedad, con una reprimenda, algunas plegarias en la capilla o un de-ber suplementario que consistía en copiar algunos pasajes del Evangelio. Las faltas particularmente gra-ves se castigaban enviando al culpable a un rincón, de rodillas, con las manos sobre la cabeza.
Algunos grandes principios rigieron su educación. 1. ° Dios está en todas partes y me mira en todo momento. Me pedirá cuentas el día del Juicio Final, aun de mis acciones más ocultas.
2. " Hay que entrenarse sin cesar para la perfec-ción. Sólo ella permite acercarse a Dios, que es el único perfecto.
3. " Hay que olvidarse de uno mismo y sacrificar los propios deseos y necesidades a los deseos y ne-cesidades del prójimo.
4. " Hay que desconfiar de los instintos y de las malas inclinaciones. El buen cristiano debe estar
siempre alerta, porque Satán está en ellos, dispues-to a seducirnos y a alejarnos de Dios.
Los medios preconizados para llegar a respetar ese código eran los siguientes: la oración, la absti-nencia, el sacrificio permanente de uno mismo, la lucha cotidiana contra los malos pensamientos, en particular sexuales, la búsqueda de la perfección en todos los actos de la vida.
Su confesor le repetía a menudo: «Dios te mira y te juzga. Piensa en los sufrimientos de Jesucristo crucificado. Hay que aprender a morir uno mismo.» —Cuando pienso en ese período —me dijo—, toda-vía me siento aniquilado. Era una verdadera espi-ritualidad del miedo.
»Mis padres intervinieron muy poco en mi educa-ción. Me llevaron al seminario menor. Cumplieron con su deber. Mi padre ocupaba un puesto impor-tante en el Banco de Francia. Mi madre se quedaba en casa, suficientemente ocupada por sus ocho hijos. No teníamos ninguna comunicación real con ellos. Durante las comidas familiares era obligatorio guar-dar silencio. A menudo mi padre escuchaba las no-ticias por radio y el menor susurro era inmediata-mente reprimido por una mirada severa de mi ma-dre. Sólo teníamos derecho a contestar a las pre-guntas que nos hacían: todas referentes a nuestras notas y resultados escolares. A veces nuestros pa-dres discutían entre ellos. Sus conversaciones eran del tipo "chismes de comadres". Sólo recuerdo ha-ber oído la historia menuda de los amigos y cono-cidos.
»Mi padre era lo que se llama un gran y perfecto cristiano. No tenía nada que reprocharse. Era gentil y afable con todo el mundo. En realidad, era pro-fundamente indiferente. Encerrado en sus pensamien-tos, vivía a su propio ritmo y se protegía de toda agresión exterior. Tenía una vida cristiana bien or-ganizada y bien engrasada, hecha de misas y comu-niones regulares, de pagar escrupulosamente su de-nario al culto y de hacer limosna cuando se
taba la ocasión. Con seguridad era muy buena per-sona, pero estaba demasiado preocupado por si mis-mo y por su propia angustia existencial para abrirse a los demás.
«Cuando ya siendo mayores, expresábamos algu-na idea filosófica o religiosa, nos respondía de un modo perentorio que frenaba todo diálogo. Recuer-do haber dicho delante de él que me parecía que la Iglesia estaba un poco superada con respecto a los problemas de la contracepción y del aborto. Mi pa-dre se encolerizó y me dijo, con un tono violento que no le conocía: "Te prohibo criticar a la Iglesia bajo mi techo." Tenía un sistema de pensamiento bien or-ganizado y tranquilizador. En él todo estaba en su lugar: la jerarquía, la Iglesia, el Banco de Francia. Era un defensor del orden establecido. En realidad, no soportaba ningún cuestionamiento. Tenía bastante con su propia angustia como para implicarse en cualquier cambio. Hasta negaba el escándalo si la jerarquía era responsable de él. Nos acostumbramos a no expresar en su presencia opiniones que choca-ran con su rígido universo. Hacerlo era inútil y le angustiaba. En el fondo le queríamos. No teníamos nada que reprocharle: era perfecto, pero muy mal educador. Era imposible discutir con él y enfrentár-sele: reprimió totalmente nuestra agresividad.
»Mi madre sufría mucho a causa de la actitud de mi padre. Se había acostumbrado a callarse. Ahora comprendo que todos los males que sufría, dolores de cabeza y de estómago, palpitaciones cardíacas, tes-timoniaban la represión de su agresividad. Ese gran cristiano era muy aplastante.
«Como toda buena familia cristiana, teníamos nuestro oráculo: un padre dominico, cultivado y res-petado. Almorzaba una vez por mes en casa y está-bamos obligados a aguantar sus discursos sobre las teorías sociales de la Iglesia. Mi padre le escuchaba con respeto, sin discutir nunca una sola de sus opiniones.
»En nuestra última entrevista, usted me preguntó 25
cuál había sido en realidad mi educación sexual. Reflexioné sobre eso. Puedo resumírsela en unas pa-labras.
»1.° La masturbación estaba prohibida. No tenía-mos derecho a cerrar la puerta del cuarto de baño cuando nos bañábamos. Tal actitud hubiera sido sospechosa.
»2.° No hay que quitarle las bragas a las niñas. Le digo esto porque la segunda intervención de mi madre se sitúa alrededor de los diez años. Había jugado toda la tarde en el jardín de casa con uno de mis compañeros de clase y sus dos hermanas. Por la noche me hizo la siguiente pregunta: "¿Ya le has quitado las bragas a una niña? Si te ocurre de-bes confesarlo."
»3.° No quedarse en calzoncillos delante de los compañeros menores. Puede darles malos pensamien-tos. En el seminario menor me castigaron por ha-berme quedado en calzoncillos en el dormitorio du-rante unos minutos.
»4.° Alrededor de los catorce años, mi padre me hizo la siguiente recomendación: "Desconfía de las muchachas, aun las que aparentan ser ingenuas, son unas pervertidas." La quinta enseñanza importante me la dio nuestro oráculo del domingo: la única con-tracepción permitida es el método de las temperatu-ras.
»Esta es, resumida, mi educación sexual oficial y familiar. El resto lo aprendí como pude. Mis princi-pales fuentes de información fueron las bromas de mis compañeros y algunas revistas pornográficas que nos pasábamos. Cuando hago el balance de mi edu-cación no veo en ella ninguna posibilidad. Trabado entre una educación religiosa hecha de prohibiciones y un ambiente familiar estéril, no adquirí ningún pensamiento personal. Sólo tenía un escape: trabajar. Eso me permitió licenciarme. Estoy persuadido de que mis padres están muy satisfechos y consideran que su educación ha sido coronada por el éxito.
»Me siento'incapaz de vivir en el presente, sigo en una perpetua angustia. Pienso sin cesar en el pasado y temo al futuro. Siempre tengo algo que reprochar-me. Me abruman mis imperfecciones. Me siento in-capaz de estar al servicio de los demás y desapare-cer ante ellos. Tengo deseos de vivir para mí mis-mo. A menudo me digo que debería preparar mi vida eterna, pero en el fondo mi eternidad me im-porta un rábano.
»Pero aún más grave es mi dificultad en comu-nicarme con los demás. Me bloquean. Siempre me preguntó qué piensan de mí, si aceptan bien mi ima-gen. Esperaba encontrarme más cómodo con mi tí-tulo de profesor. En realidad, fue peor. Ahora me pre-gunto si me aprecian por mí mismo o sólo por mi título. Esta manera de pensar me bloquea completa-mente con respecto a las muchachas. Siempre tengo la impresión de que quieren casarse. Sería un ma-rido perfecto, pues mi historial está completo: buena familia, buena educación, buenos estudios. Como de-cía usted, me trato como un objeto. Me siento inca-paz de expresar mi agresividad. La siento profunda-mente encerrada en mí. Me hace rechazar al otro, cuyo juicio percibo de manera constante. Me siento sometido al "qué dirán". Ese "qué dirán" fue también la base de mi educación famliar: lo que piensan los otros es muy importante. Nunca puedo ser yo mis-mo. Tengo que cuidar mi imagen de buen hijo, buen alumno, buen cristiano, buen profesor de física. No tengo un yo único y homogéneo. Tengo varios y debo ocuparme de sus diferentes aspectos. ¿Cómo quiere que sea una persona? A menudo me siento víc-tima. ¡Una vez más, esa famosa relación objetal! No llego a comprometerme con mi vida como un ser res-ponsable e independiente. Quisiera tener amigos, pero no hago lo necesario para tenerlos. Siempre tengo la impresión de que no me quieren. El gran creyente de mi padre no es ajeno a esta manera de ser. Nunca le vi comprometerse personalmente en algo. No tenía amigos, ni intercambios, ni vida social
fuera del Banco. Vivía en un aislamiento atiborrado de certezas e ideas preconcebidas.
»E1 otro día, usted me preguntó cuáles habían sido mis relaciones afectivas con mi madre. Más tarde reflexioné sobre eso. Mi madre era muy afec-tuosa. Nos protegió y nos mimó mucho. Por desgra-cia, sufrió un aniquilamiento que superaba amplia-mente el nuestro. Después de sus estudios secunda-rios con las monjas se quedó con sus padres para aprender su oficio de ama de casa. Siempre presentí en ella un gran número de posibilidades no reali-zadas. A falta de otra cosa se entregó a los cuidados del hogar, a la cocina y a los postres, cosas que rea-lizaba a la perfección. Su opinión nunca difería de la de nuestro padre. Cuando le pedíamos algo que se salía un poco de lo común, siempre contestaba: "¡Pídeselo a tu padre!"
»Leí el libro de psicoanálisis que usted me dio hace quince días. Creo que no he superado la etapa del Edipo (1). Ya le conté, al principio de nuestras entrevistas, que intenté una experiencia con una mu-jer de cuarenta años. Cuando vuelvo a pensar en esa historia, creo que yo no tenía ningún deseo de hacer el amor con esa mujer Sólo tenía ganas de que me abrazara, me acariciara, me tranquilizara Hice una segunda experiencia del mismo tipo. Mi pareja fue menos paciente. Antes de ponerme en la puerta, me dijo: "No debes confundirme con tu madre.
Toda-(1) El complejo de Edipo es el conjunto organizado de los deseos amorosos y hostiles que el niño experimenta respecto de sus padres. En su forma llamada positiva, el complejo se presenta como en la historia de Edipo Rey: deseo de la muerte del rival que es el personaje del mismo sexo, y deseo sexual hacia el personaje del sexo opuesto. En su forma negativa se presenta a la inversa: amor por el progenitor del mismo sexo y odio celoso por el progenitor del sexo contrario. De hecho, estas dos formas se encuentran en diferentes grados en la forma llamada en total «complejo de Edipo».
El complejo de Edipo tiene un papel fundamental en la es-tructuración de la personalidad y en la orientación del deseo humano.
En realidad, entre la forma positiva y la negativa existe toda una serie de casos mixtos en los que las dos formas coexisten en una relación dialéctica. Esto se comprueba cuando el analista se dedica a determinar las diferentes posiciones adoptadas por el sujeto para asumir y resolver su Edipo.
vía no estás destetado." También pensé sobre mis experiencias fallidas con las profesionales. En reali-dad, estoy obsesionado por el riesgo de las enferme-dades venéreas. Es la única recomendación que me hizo mi padre antes de partir para la milicia: "Des-confía de las mujeres de la mala vida, pueden con-tagiar enfermedades graves y algunas de ellas se transmiten a los hijos." Sé que existen preservativos, pero me siento incapaz de ir a comprarlos.»
En el curso de nuestras entrevistas, le pregunté a mi paciente cuál era la característica dominante de su ambiente familiar. Sin dudarlo, me contestó: «La ausencia total de comunicación y de verdadero amor. Cada uno vivió en su rincón, como pudo.»
Al reemprender la observación de ese hombre de veintiséis años, varios puntos me impresionaron. El hecho de que en un hombre joven, intelectualmente brillante, pudiera haber tal grieta entre el cociente intelectual y el cociente psicológico. Muchos, al leer estas líneas, pensarán: "Eso cambió mucho, ya no se está en lo mismo." Que se desengañen. Podría deta-llarles mil observaciones de este tipo. En los medios cristianos no se ha definido ninguna política educa-tiva. La Iglesia sigue utilizando la culpabilidad, el pecado y la angustia como bases para su educación. Frente a la rápida evolución de la moral social si-gue oponiendo una política de prohibiciones. Reaccio-na con lentitud y prudencia y trata, siempre dema-siado tarde, de contactar con el parecer de la mayo-ría.
La imposibilidad de ese muchacho para conside-rarse una persona homogénea e independiente, con opiniones propias, es otra característica de la neuro-sis cristiana. Ha aprendido un código que no hay que trasgredir y su actitud neurótica es particularmente intensa. No tiene confianza en sí mismo y no dis-pone de un sistema personal de valores. Es total-mente dependiente de lo que los demás piensen de él. De manera consciente se niega a aniquilarse, pero el resultado es el mismo. Nunca piensa y actúa en
función de sí mismo, sino que lo hace sólo en fun-ción de los demás o de los personajes que represen-tan. Bloqueado, en su angustia y en su agresividad, da vueltas en círculo, incapaz de reflexionar sobre sí mismo, incapaz de aceptarse y aun menos de amar-se. El paso a la independencia adulta es imposible. No puede comprometerse en su propia evolución y en su responsabilidad. Su yo (2) está regido por reglas exteriores que no puede interiorizar. Esa superes-tructura rígida le sirve de super yo (3), como una coraza en la que es imposible moverse. Para él, las preguntas esenciales siguen siendo las siguientes: «¿Soy culpable con respecto a la ley? ¿Qué piensan de mí? ¿Me aceptan los demás? ¿Me quieren?» Esta última pregunta es importante. Explica el número de pacientes afectados por diversos síntomas físicos que colman los consultorios médicos. Muchos de esos enfermos llamados «funcionales» son, en realidad, neuróticos que viven una relación objetal en la que nunca se sienten amados. El gran cristiano inamo-vible ha encontrado la solución. Nunca plantea du-das y vive aparentemente cómodo en su coraza, sin ocuparse por saber qué pasa en el exterior. ¡Peor para los demás si se rompen los dientes al intentar-lo! ¡Cuántos de esos cristianos admirables han hecho de sus hijos adultos inmaduros, frágiles, incapaces de aceptarse, irresponsables y agresivos, siempre en busca de una imagen identificable que los tome bajo su protección.
Aunque este libro no esté consagrado a la psico-terapia, diré rápidamente cuál fue la evolución de nuestro profesor de física. Como muchos
adolescen-2) El yo es una instancia que Freud, en su segunda teoría del aparato psíquico, distingue del ello y del superyó.
(3) El yo se coloca como mediador, encargado de los inte-reses de la totalidad de la persona, pero su autonomia es sólo relativa. Depende de las reivindicaciones del ello (ver pág. 83) de los imperativos del superyó y de las exigencias de la realidad. El superyó se constituye por interiorización de las exigencias del medio y de las prohibiciones de los padres: su papel con respecto al yo es asimilable al de un juez o censor. Freud ve en la conciencia moral, la autoobservación, la formación de idea-les, funciones del miperyó.
tes educados en un medio neurótico, estaba aprisio-nado entre el deseo y la prohibición. Criticaba sus propios impulsos sexuales en nombre de las prime-ras reglas de su educación. Confundía deseo sexual y conscupiscencia. Se creía culpable de malos pen-samientos. Por otra parte, había conservado la ima-gen ideal de María que procreó sin perder su muy preciosa virginidad al lado de un esposo de una cas-tidad ejemplar. Además, el deseo sexual sólo encon-traba su justificación en la procreación, que discul-paba el deseo carnal: «Creced y multiplicaos.» Su tensión psicológica se agravaba a causa de un desco-nocimiento total de la mujer. Creía que el acto sexual normal se resumía en la penetración del pene en la vagina y en una eyaculación rápida y triunfal. Una de nuestras primeras entrevistas estuvo consagrada a la anatomía femenina. Descubrió maravillado un mundo que desconocía: hasta los nombres le ale-graban: el monte de Venus, la vulva, los labios ma-yores, las ninfas (o labios menores), el capuchón, el clítoris, el hocico de tenca (parte que emerge del cuello de útero al fondo de la vagina). Se interesaba muy vivamente por las zonas erógenas, por la no-ción de orgasmo, por la funno-ción del clítoris. Al mis-mo tiempo, discutíamis-mos sobre la comunicación sexual y el placer.
Su comportamiento sexual evolucionó rápidamen-te. Dejó el piso de su familia y tomó una habitación para él solo. Sus relaciones con los demás se trans-formaron. Se acostumbró a escucharles y a descubrir-les sin obsesionarse por la imagen que daba de sí mismo. Se asombró de la facilidad con que se hizo amigos.
Desbloqueado de su obsesión de impotencia, acep-tó no poner la relación sexual como primera condi-ción de toda relacondi-ción femenina. Unas semanas des-pués del comienzo de nuestras entrevistas conoció a una joven estudiante, con la que aprendió a vivir una comunicación sexuada, con lo que ésta implica de afectividad, intercambio y descubrimiento del otro
femenino. Sólo varios meses después de su primer encuentro hicieron el amor. Durante mucho tiempo tuvo eyaculaciones precoces que testimoniaban cier-to miedo al fracaso. La relajación según el mécier-todo Schoultz (4) le ayudó a adquirir el control de su se-xualidad.
Una religiosa-objeto
Una hermana de unos sesenta años vino a con-sultarme con motivo de un estado depresivo, acom-pañado por el «calambre del escritor». Desde hacía años le era imposible escribir normalmente. Después de su curación y accediendo mi deseo, redactó su propia historia. La transcribo aquí íntegramente.
«Tenía sólo veinte años cuando empecé mi novi-ciado. Seguí la llamada de Dios, de la que no dudé, y estaba totalmente decidida a entregarme a fondo. En las enseñanzas de la maestra de novicias reapa-recían sin cesar algunos temas constantes: "Nunca nos equivocamos cuando obedecemos. Hay que ser fiel a las pequeñas cosas. Hay que pedir todos los permisos." Y permisos se necesitaban para todo: to-mar un baño dos veces por mes, lavarse el pelo, cambiarse los camisones una vez por mes. También se necesitaba para dar o aceptar la menor cosa, aun-que fuera una estampa, para escribir una carta (evi-dentemente leían todo el correo), para acostarse o levantarse a una hora distinta que las demás: recreo, refectorio, oficio religioso. Se necesitaba incluso para tener una conversación con una alumna o con una hermana. Toda trasgresión a la regla implicaba cier-tas penitencias tradicionales: besar los pies de las hermanas, mendigar su comida de rodillas, proster-narse en el suelo en el camino de las hermanas para que pasaran por encima, decir en el refectorio, en
(4) El tralnlng autógeno de Schultz es un método que en-seña al sujeto a relajarse mentalmente y a controlar sus reaccio-nes emocionales y su repercusión psicológica.
voz alta, una oración con los brazos en cruz, apretar un lápiz entre los dientes durante cierto tiempo cuan-do se había faltacuan-do al silencio, llevar atacuan-dos alrede-dor del cuello los restos de un objeto que habíamos tenido la desgracia de romper. Era de buen tono pe-dir permiso para entregarse a ciertas modificacio-nes: latigazos con ayuda de una cuerda de nudos,
o llevar brazaletes con pinchos.
«Cuando repaso ese período, me impresiona el he-cho de que nos trataran como irresponsables, como seres de los que había que desconfiar: la maestra de novicias y la superiora podían entrar en cual-quier momento en nuestra celda sin llamar. Había que dejar abierta la puerta para desvestirse: la maes-tra de novicias venía a cerrarla ella misma a las nueve de la noche. No teníamos derecho a salir al jardín y estaba prohibido mirar por las ventanas que daban a la calle. En el locutorio siempre una "hermana escucha". No podíamos conversar con un sacerdote o un religioso fuera del confesionario. Por supuesto, todo esto se remonta a cuarenta y cinco años, pero hace sólo unos pocos que ha cambiado. Este período del noviciado no fue el más duro. Seguía el camino trazado con una idea fija: "La voluntad de la superiora es la voluntad de Dios." Como yo, fuera de toda discusión, quería ser fiel a Dios, o más bien a Jesús, no hacía ninguna pregunta y vivía al día en una suerte de inconsciencia cercana a cierto fata-lismo. Sólo mucho más tarde empezaron mis difi-cultades. Me era muy difícil soportar la soledad afec-tiva. El afecto de mis alumnas hubiera podido ate-nuarla un poco: siempre tuve muy buena relación con ellas. Trabajaban bien y sabían que yo compren-día sus pequeños problemas. Siempre di los cursos con ánimo y con gusto. Mis alumnas me querían. Por desgracia, ese afecto era una fuente suDlementaria de dificultades. No estaba autorizada a hablar con mis alumnas fuera de las horas de clase, y, en todo caso, sólo de sus trabajos. Esto me hacía sufrir mucho porque no me había hecho religiosa educadora para
transmitir sólo reglas de sintaxis, nociones de historia y geografía, o mi placer por la literatura. El afecto que me testimoniaban algunas de mis alumnas era sospechoso y llegué a temer las muestras de simpa-tía y la popularidad que no podía dejar de compro-bar. No hay duda de que, más de una vez, algunas hermanas sintieron celos de ese éxito y elevaron a la superiora informes desprovistos de imparcialidad. Cuando ésta me llamó, yo ya sabía lo que me es-peraba. De este modo, cuando empezaba a integrar-me en una casa integrar-me enviaban a otra. En cuarenta años estuve en siete. Siempre que era posible daban a otras los cursos que me gustaban y para los cua-les estaba preparada, es decir, la enseñanza de letras en el segundo ciclo. Así es como horas y días de preparación resultaron inútiles y tuve que adaptar-me a alumnos más jóvenes para enseñar materias que casi no me interesaban. Luego llegó la época en que las instituciones libres quedaron bajo contrato del Estado. Se necesitaba sacar el mayor partido po-sible de los profesores y me pidieron que hiciera el profesorado. Estaba muy contenta porque siempre me ha gustado estudiar. Sólo que también en eso me hicieron tomar un callejón sin salida: un título en latín cuando nunca había aprendido griego. No podía acceder al profesorado en clásicas. Luego hice el curso de literatura francesa y contaba con obte-ner el profesorado en literatura moderna, para el que no me servía de nada el certificado de latín. Bruscamente, sin que yo lo esperara, me sacaron del puesto de profesora. Se necesitaba una ecónoma y no sé por qué razón me designaron. Tenía cuarenta años. De un día para otro debí renunciar a todo es-tudio, a los cursos, a la enseñanza, que siempre me había apasionado. Durante cuatro años estuve en un despacho, sola, frente a columnas de cifras, balances y facturas a pagar. No sabía absolutamente nada de todo eso y la ecónoma a la que reemplazaba tenía tuberculosis contagiosa; sólo podía verla raramente y con todo tipo de precauciones. Luego, un día, la
directora se dio cuenta de que yo había empezado un profesorado y me dijo: "No tenemos especialista en geografía, sería necesario que se dedicara a eso." A pesar de la alegría de salir, por fin, de mis cifras y entrever la posibilidad de retomar la enseñanza, tímidamente, intenté decirle que la geografía no me gustaba y que tenía pocas aptitudes para ella.
»Sentí con claridad que había superado el límite permitido al hablar de mis gustos y de mis aptitu-des. Por lo tanto, me dejé convencer y preparé otros dos certificados que me permitieron obtener la l i -cenciatura como libre. Dos años después se supo que el contrato de asociación exigía profesores titulares de una licencia de enseñanza, y para poder continuar tuve que reemprender mis estudios. Dos años en Inglaterra me permitieron, por fin, a los cincuenta años, ser la titular de una licencia de enseñanza. Me enviaron entonces a un pensionado del Norte, donde, como siempre, tuve excelentes contactos con las alumnas. Sin embargo, las hermanas, que aceptaban mal mi popularidad, me trataban sin benevolencia. »Esto duró dos años. Me sentí consternada al sa-ber que habían decidido enviarme a París. Detestaba esa ciudad, que asociaba a los malos recuerdos de mi adolescencia, y mi resistencia nerviosa se que-bró. Esto se manifestó en una incapacidad total para escribir y en una necesidad imperiosa de sole-dad que me hacía imposible toda vida comunitaria. Estaba perpetuamente angustiada y tenía pesadillas. Una vez despierta, sentía un placer mórbido en re-construirlas.
»Sentía pánico de la superiora, un complejo de cul-pabilidad, y tal vez hasta de persecución, y siempre estaba a punto de llorar. En cambio, frente a mis alumnas reencontraba mi presencia y mi equilibrio. A este hundimiento nervioso se asoció una serie de crisis de cólicos hepáticos muy dolorosos: las radio-grafías revelaron un cálculo grande como una nuez que bloqueaba la vesícula biliar. Me acuerdo de mi ali-vio cuando supe que estaba enferma de verdad y que
era necesario operarme. Después de la operación, al persistir la depresión nerviosa, la superiora decidió confiarme a un psiquiatra.»
Cité esta observación porque muestra bien el ani-quilamiento sufrido por numerosas religiosas, consi-deradas como objetos que uno desplaza o utiliza sin tener en cuenta sus gustos o sus aptitudes. Todo ello, evidentemente, para la mayor gloria de Dios.
Traté a esta hermana psicoterapéuticamente. En unos meses tuvo conciencia de todas las agresiones de las que se sentía víctima. Después de haberse liberado realmente, empezó una larga reflexión que le dio la certeza de que no quería vivir en una comuni-dad religiosa y de que ya no aceptaría más ser con-denada como un niño. Obtuvo permiso de Roma para abandonar la vida religiosa. Heredó de su familia una fortuna suficiente para no tener preocupaciones materiales.
Los altercados con su Orden no terminaron. Al rebasar los sesenta y cinco años exigió beneficiarse de su jubilación de profesora. La superiora le hizo saber que nunca la había declarado en la Seguridad Social y terminaba su carta de esta manera:
«Además, esto no tiene ninguna importancia, ya que usted tiene suficiente dinero para vivir.»
Como ya no había razones para dejarse «manipu-lar», nuestra ex religiosa, convertida en la señora D..., considera que debe ser indemnizada. Hasta piensa tomar un abogado. Vincularé esta observación con la de una joven hermana, muy inteligente, a la que traté por una úlcera de estómago. En el curso de nuestras entrevistas me explicó de qué manera la vida que llevaba en el convento había desencadenado en ella una ansiedad continua y verdaderas crisis de angustia. Tenía que observar la santa regla y hurgar continuamente en su conciencia anotando sus peca-dos, si era necesario para recordarlos y acusarse de ellos ante su superiora o en público, todo esto en nombre de la humildad y la caridad. La única que
tenía derecho de decidir era la superiora. Las herma-nas más viejas tenían derecho a la palabra; en cuan-to a las jóvenes, debían escuchar y callarse: no te-nían ningún derecho. Se les decía: «Cuando tengan dificultades no piensen, rezen», o mejor aun: «La luz en vuestra superiora, el consuelo en el tabernácu-lo.»
La formación sexual estaba limitada a dos grandes principios. El primero: no mirar nunca a los hom-bres. Cuando un hombre, médico u obrero, entraba en la casa, sonaba un timbre para advertir a las her-manas que debían esconderse para no ser vistas y para no ver. Estaba absolutamente prohibido ver a un hombre de cerca o de lejos. El segundo principio regía las relaciones entre religiosas. Correspondía al horror latente a una posible homosexualidad: las re-ligiosas tenían prohibido estar en parejas, y la supe-riora o una hermana delegada por ella tenía derecho a entrar, sin llamar, a cualquier hora del día y de la noche, en las habitaciones de las hermanas.
Esa misma hermana fue la que me contó que du-rante su año de noviciado la superiora calculaba el tiempo que pasaba de rodillas. En el curso de nues-tras últimas entrevistas me hizo partícipe de su in-quietud con respecto al fin de la vida religiosa tal como se vive actualmente. «Lúcidamente me digo que esto no puede seguir por los siglos de los siglos. So-mos las últimas supervivientes de una especie llamada a desaparecer. ¿Qué la reemplazará? Los noviciados se vacían y las jóvenes buscan otra cosa. Decir esto en la comunidad hubiera sido lo mismo que pasarlas a todas por las armas con una ametralladora. Se ne-cesita coraje para hablar de estas cosas. Moriré, sin duda, en un asilo de ancianos. Las mayores todavía esperan morir rodeadas religiosamente, en los peque-ños cementerios de la comunidad, algunos de los cua-les son "lugares memorabcua-les".»
Esta joven hermana decidió aprender el oficio de reeducadora en psicomotricidad. Hizo los cursos de la Salpétriére. Ahora trabaja por la mañana en un hospital y por la tarde en un dispensario.
Buena deportista, practica regularmente natación y tenis y para facilitar sus numerosos desplazamien-tos compró un 2 CV. Vive en una casa que pertenece a la Orden y en la que hay muchos apartamentos. Todas las puertas se abrían con la misma llave... hizo cambiar su cerradura.
De este modo ayudé a algunas hermanas a inte-grarse socialmente al aprender un oficio u obtener cualificación profesional. Pero esta solución sólo es válida para las más jóvenes. Las ancianas, las que ejercieron oficios de enfermeras o profesoras sin di-ploma, casi no tienen porvenir. ¿Si no se les asegura el relevo, qué las hará vivir? La venta de terrenos y casas que poseen sus órdenes es sólo una solución a corto plazo.
La disolución de las grandes comunidades plan-tea otro problema (5). A las religiosas de edad les resulta difícil, acostumbradas a una vida comunitaria muy estructurada, encontrarse en un abrir y cerrar de ojos en un piso pequeño con tres o cuatro reli-giosas más. Algunas viven solas, rechazadas por las otras, que no aceptan vivir con ellas. Eran soporta-bles en una comunidad. Muchas están angustiadas y deprimidas. Una de ellas me decía: «Es una verda-dera ruptura de contrato. No me hice religiosa para vivir sola. ¡Me siento abandonada y mi libertad me asfixia!» La liberación ha sido demasiado brutal.
La jerarquía tendría que considerar la posibilidad de un reagrupamiento dentro de la misma Orden
(5) Las grandes comunidades religiosas, sobre todo femeninas, dan ahora una gran libertad a sus miembros, que de esta ma-nera pueden participar en la vida de los laicos. Esta tendencia se afirma cada vez más. Para muchas religiosas ese cambio de vida podría ser una experiencia apasionante si estuvieran prepa-radas para él.
para las religiosas que quieren seguir viviendo en co-munidad.
Para las jóvenes postulantes, es decir, las que de-sean entrar en una Orden, es preferible que tengan un oficio para evitar que un día u otro caigan en un impasse.
Un sacerdote casado
Un sacerdote, casado, vino a consultarme porque sufría una neurosis de angustia. Desde la primera entrevista planteó el problema en estos términos:
—A los veinte años me convertí y confundí con-versión con vocación. Me enrolé en el sacerdocio impulsado por el ardor de los neófitos. A los cuarenta años dejé el ministerio y me casé. Confundí deseos de hacer el amor con deseo de casarme. Ahora me siento completamente perdido. Tengo hijos, un tra-bajo que no me interesa, y me siento incapaz de adaptarme a la vida normal. Me siento incapaz de su-perarlo. No tengo ninguna formación profesional. En-contré un puesto de ayudante en un laboratorio. Estoy obsesionado por problemas materiales: no logro hacer coincidir los dos fines.
»De mi formación de seminarista y sacerdote con-servé una verdadera manía de perfección que me desgasta y de la que no puedo desprenderme. Mis veinte años de sacerdocio aguzaron mi sensibilidad y desarrollaron en mí cierta capacidad de compren-sión, dos cualidades que la sociedad técnica, en ver-dad, no necesita. Hubiera querido trabajar como asis-tente social, pero es extremadamente difícil. No tengo ningún papel, ningún título, y tengo que conformar-me con ejercer un trabajo manual, para el que no tengo capacidad alguna.
»En la actualidad me siento culpable de no haber sabido asumir mi sacerdocio y mi celibato, culpable por haberme casado, culpable de no ser capaz de ganarme correctamente la vida. Siempre he tenido
la impresión de que los demás me juzgan y me miran con aire despreciativo.
—¿En verdad cree en lo que acaba de decir? —Sí y no. Intelectualmente me digo que es mi propio sentimiento de culpa el que me hace pensar así, pero eso no me impide sentirme aplastado por la mirada de los demás. En mi cabeza da vueltas como un disco la siguiente idea: "Saben que fuiste sacer-dote, que no supiste sostener tus compromisos. Te desprecian." Sé que es falso en lo que concierne a la mayoría de la gente que me rodea. Cuando me casé todos mis compañeros me ayudaron.
—¿Y su obispo?
—Estuvo muy paternal. Me'pidió que reflexionase y rezara. Hice un retiro espiritual. En realidad no soportaba más la soledad afectiva. Estaba en una parroquia de suburbio, con un cura de unos sesenta años, muy santo, pero muy silencioso. Me ocupaba del catecismo y de la Acción Católica. No tenía ningún medio para salir a flote.
—¿Cuándo conoció a su mujer? —Enseñaba el catecismo conmigo. —¿Se enamoraron?
—Es difícil de decir. Creo que, en realidad, des-cubrí a la mujer. Nunca había tenido una relación psíquica tan estrecha con una mujer. Durante mi adolescencia siempre trabajé mucho. Era un buen alumno empollón. Mi padre y mi madre eran maes-tros laicos. Para ellos lo que contaba eran los resul-tados escolares. Entre nosotros no teníamos una ver-dadera relación psíquica. Estaban demasiado absor-bidos por su trabajo. Para ellos mis buenas notas eran la garantía de su buena educación. A los diecio-cho años estuve en una colonia de vacaciones como monitor. El sacerdote que dirigía esa colonia era un tipo extraordinario. Por primera vez encontré a un adulto apasionante, que fue, para emplear su len-guaje, mi primera imagen paterna identificable.
—¿El le orientó hacia el sacerdocio? 40
—En absoluto, no me dio ningún consejo: pero yo quería parecerme a él. El Evangelio de Cristo fue, para mí, un descubrimiento que me llenó de entu-siasmo. Me preparaba para ser profesor. Había em-pezado un preuniversitario sin verdadera vocación. Hijo de maestros, quería ser profesor: en realidad no tenía ninguna formación que me permitiera elegir otro oficio. Estaba encaminado...
—¿A qué edad se convirtió? —A los diecinueve.
—¿Entró en el seminario inmediatamente? —A los veinte, trabajé un año como maestro, para reflexionar.
—¿Ese año le permitió decidir?
—Sobre todo, me aburrí mortalmente. Tenía un certificado de estudios primarios. Creo, en verdad, que la enseñanza no era mi vocación. Hubiese debi-do trabajar en un mundebi-do adulto como obrero o em-pleado. Ser maestro era una solución fácil.
—¿Sus padres aceptaron bien su entrada en el se-minario?
—No muy bien. Veían a su hijo de profesor en la facultad.
—¿Reaccionaron?
—Se decepcionaron. Trataron de hablar conmigo: era demasiado tarde para entablar un diálogo.
—En el seminario, ¿su formación fue interesante? —Retrospectivamente, no. No me prepararon para el oficio de sacerdote en un mundo en pleno cambio. Esa formación tal vez fuera suficiente hace veinte años.
—¿Por qué?
—No me prepararon para vivir en una sociedad en transformación. Tuvimos dos cursos sobre mar-xismo, uno sobre psicoanálisis, algunos cursos sobre evolución actual de la religión y de la idea de Dios: lo que podemos llamar la secularización.
—¿La secularización?
—Un abismo abierto entre la vida religiosa tradi-cional y el modo actual de vivir y pensar.
—Esos cursos debían ser interesantes...
—Pero sólo rozamos el problema. Soñaba con ser sacerdote obrero, pero la prohibición de Roma llegó antes de que pudiera entrar en la Misión de Francia.
—¿Lo lamenta?
—Sí y no. He visto a muchos compañeros que han salido de su experiencia obrera asqueados y a veces aplastados.
—¿Por qué?
—Siempre por el mismo motivo: la falta de pre-paración. Los sacerdotes obreros deberían tener una formación muy avanzada, política, social y hasta psi-coanalítica. La formación teológica clásica está lejos de ser suficiente. Chocaron con gente mucho más fuerte que ellos.
—¿Y entonces?
—Algunos abandonaron, otros resistieron. ¡Cuando el equipo era sólido esto era posible, pero de ningún modo para los aislados! Es difícil no dejarse em-barcar.
—¿Embarcar por quién?
—Algunos se hicieron marxistas y sólo piensan en la política y en la lucha de clases. Pierden el sentido de su vocación. Siempre vi al sacerdote como un hombre de comunicación, un lazo entre los hombres. No se necesitan sacerdotes para dirigir los sindicatos.
—¿Por qué no?
—No es su trabajo. Los obreros no los necesitan para organizarse. Los partidos políticos tienen sus cuadros mejor formados que cualquier sacerdote.
—¿Qué espera el obrero del sacerdote?
—Lo que no podemos darle. Una cultura y una apertura espiritual que den un sentido a su vida.
—¿Cuál es su sentido de la vida? 42