LA ESCUELA DE PALO ALTO
Biblioteca de Psicología Textos Universitarios
LA ESCUELA DE PALO ALTO
JEAN-JACQUES WITTEZAELE TERESA GARCÍA BARCELONA EDITORIAL HERDER 1994
ÍNDICE
Prólogo, por K. Schlanger y P. Watzlawick ... 9
Agradecimiento ... 14
Advertencia al lector... 16
Introducción ... 18
Cuaderno de ruta... 23
Parte primera: Hacia una ciencia de la comunicación... 31
1. Gregory Bateson... 35
2. Las «conferencias Macy»: la revolución conceptual... 56
3. El estudio de la comunicación ... 95
4. Aprendizaje y contexto... 122
Parte segunda: La doble coacción y más allá... 139
5. Crónicas de un proyecto... 142
6. La doble coacción... 168
7. Jackson, Erickson y la terapia familiar ... 195
Parte tercera: El MRI y el Centro de terapia breve... 225
8. Los comienzos del MRI... 229
9. La insostenible frialdad de la terapia breve... 260
Síntesis, perspectivas y conclusiones... 321
10. Las dos caras del cambio... 329
11. Conclusiones: la ética de Palo Alto... 344
Anexos... 359
I. El MRI hoy... 361
II. Informaciones prácticas sobre el MRI... 368
III. Referencias cronológicas... 373
Bibliografia... 385 Índice analítico... 403
PRÓLOGO
Nos complace sobremanera escribir este prólogo. A nivel
perso-nal, porque ha sido un placer recibir y guiar desde el principio a
estos talentos profesionales que se acercaron al Mental Research
Institute (MRI) con gran curiosidad y ansia de cambio. Sus
formaciones más tradicionales en psicología ya no parecían
satisfacer su necesidad de conectarse con el mundo. Era, para los
dos, momento de cambiar el contexto y su percepción de la
realidad. Creemos que lo han logrado ampliamente a juzgar por
el volumen que han producido en largos meses de trabajo
conjunto.
A nivel profesional, porque en este libro han logrado una
síntesis clara de todas las vertientes que han influenciado el
desarrollo de lo que en el mundo se conoce como «la escuela de
Palo Alto».
En la primera parte, los autores desarrollan exhaustivamente el
origen de lo que iba a ser un sello distintivo del MRI: la
concepción interaccional del comportamiento. Comienzan por
hacer un relato muy ameno de la vida de Gregory Bateson.
Cuentan cómo Bateson, el hijo menor de un empedernido hombre
de ciencia, comenzó su vida de estudiante bajo la presión paterna
por seguir una carrera en ciencias naturales. Fue un viaje a las
islas Galápagos el que lo guió por fin hacia la antropología. Éste
fue el primero de varios viajes largos centrados en estudiar tribus
de aborígenes en Nueva Guinea y luego Bali. Durante uno de
estos viajes Bateson describió por primera vez su concepto de
cismogénesis, que se convirtió en el principio de una lectura
interaccional de las relaciones humanas.
Prólogo Prólogo
Más adelante abordan la importancia de la cibernética como terreno en común para las ciencias de la época. Este concepto fue el que llevó a la convocación de las conferencias Macy. Resulta fascinante para el lector interesado atar todos los cabos sueltos de cómo
todos los grandes «personajes» de la época se conocieron y tomaron parte en dichas conferencias. De esa época data que hoy en día John Weakland cuente con una sonrisa: «Gregory conocía a todo el mundo que valía la pena conocer, con lo cual tenía la capacidad de abrir las puertas que necesitaba cuando quería entrar en algún área nueva que le interesaba investigar.»
En esa época cobra importancia en las ciencias sociales el concepto de causalidad circular como así también la información y la comunicación. Como dicen los autores: «Estamos en el año 1936 y Bateson ya establece los primeros escalones de lo que se va a convertir en el enfoque interaccional en psicoterapia.»
En la segunda parte del libro el doctor Wittezaele y la licenciada García muestran cómo las consideraciones teóricas de Bateson encontraron su lugar en la práctica.
Los autores se centran en el principio de la doble coacción, que fue el que puso al «grupo de Palo Alto» en el centro de los acontecimientos en terapia familiar. La doble coacción fue la primera aproximación concreta de la nueva epistemología, los tipos lógicos, la información y la comunicación a las ciencias humanas. Como dicen los autores nuevamente: «La doble coacción define la enfermedad mental como un problema en la comunicación, cambiando de base la perspectiva terapéutica.» Esto ocurrió en gran medida cuando dos miembros del «grupo Bateson», Weakland y Haley, se unieron a Don D. Jackson después que fundó el Mental Research Institute, en 1961.
La «escuela de Palo Alto» comenzó en 1955 con una primera hi pótesis acerca de la psicosis como relacionada con los conceptos de «madre esquizofrenizadora» y «paradoja». Sin embargo abandonaron el concepto de «paradoja» muy pronto porque no describía ade -cuadamente lo que veían. El concepto de «doble coacción» resultó más abarcador y por lo tanto es el que sobrevive hoy en día en la práctica, aun cuando lamentablemente el trabajo del MRI parece ser más famoso entre los colegas por el uso de la paradoja que cualquier otra intervención.
Los autores ponen el énfasis a través de todo su relato, sobre có mo las hipótesis de trabajo fueron cambiando. Nunca se dio el caso de haber «descubierto» algo que ya estaba allí. Más bien fue un proceso de «inventar», como diría Heinz von Foerster, diferentes aproximaciones a la solución de los problemas humanos. Por ejemplo, des de un principio, Bateson se preocupó por el problema mental de los sentimientos y cómo éstos cabían en la práctica de esta nueva modalidad de solución de problemas.
Lo que ha resultado, después de muchos años de práctica es que hoy en día, en nuestras prácticas, nos diferenciamos de otras aproximaciones terapéuticas en que no nos centramos
en la expresión de sentimientos durante la sesión. No ponemos en cuestión que el pre sente se ha creado en el pasado del cliente, pero, para producir un cambio en el problema, pondremos el énfasis en lo que ocurre en el día a día en forma práctica.
Es en la producción de un cambio en lo que el grupo se centra primordialmente, como lo dicen los autores del libro. La influencia de Erickson es un factor determinante en que el trabajo del equipo del Centro de terapia breve se centre en la producción de un cambio en las interacciones que son dolorosas para la persona o personas que nos consultan. Ciertamente, en lugar de estudiar a la familia como un sistema homeostático, es el proceso del cambio en sí mismo el que ocupa principalmente a los miembros del «grupo de Palo Alto» ahora.
En efecto, una de las premisas fundamentales de aquel momento hasta hoy es que los clientes no vienen a pedir terapia primordialmente para esclarecer un pasado inmodificable, sino porque se encuentran ante una insatisfacción en el presente y un- deseo de mejorar en el futuro. En palabras de Erickson: «Ni el paciente, ni el terapeuta pueden saber en qué dirección se ha de verificar un cambio y en qué grado ha de tener lugar este último.» Es la producción de este cambio lo que nos interesa.
Muchos de los profesionales del Instituto intervinimos en cierta medida en la tercera parte de este libro. Ha sido una experiencia enriquecedora la de ver el contexto en el cual esa tercera parte se inserta en el todo del libro. En ella, los autores se centran en el principiodel MRI y más específicamente en el nacimiento, en circunstancias dificiles, del Centro de terapia breve.
Los autores señalan que es fundamental hablar de la persona de Don Jackson en la fundación del MRI. Sin su persistencia y su visión, quién sabe qué curso hubieran tomado todas las invenciones de la gente iluminada de la época. Jackson, de alguna manera, fue el que se enfrentó al establecimiento constituido por la comunidad psiquiátrica de la época y no tuvo dudas en manifestarles su adhesión a la nueva concepción de los problemas humanos. Fue su carácter abierto y sus habilidades diplomáticas los que proveyeron apoyo financiero para que las investigaciones y proyectos pudieran continuar y florecer. Entre otros, permitieron que Virginia Satir lanzara el primer entrenamiento en terapia familiar financiado por una beca del National Institute of Mental Health.
Bajo el capítulo «La insostenible frialdad de la terapia breve», los autores recalcan la simplicidad de los principios usados en ese marco pero la dificultad en su implementación. Retoman el relato de los personajes involucrados en su creación para dar la impresión cla ra de que, si bien el Centro de terapia breve puede parecer un tanto aislado del contexto de las demás investigaciones que habían ocurrido en el MRI hasta entonces, fue el resultado de la evolución de los diferentes proyectos en los cuales sus fundadores, Richard Fisch, John Weakland y el autor de este prólogo, habían participado. Si bien Bateson nunca fue parte oficial del MRI, sus ideas ciertamente fueron puestas a prueba por estos profesionales; John Weakland había trabajado con Erickson de manera tan intensiva en Phoenix que sus enseñanzas se habían constituido en la parte principal de su trabajo en Palo Alto.
Terminan el capítulo señalando que casi todas las corrientes «nue vas» de terapia familiar tienen sus orígenes, más lejanas o cercanas, en el trabajo de los fundadores del Centro. Muy pocos de los discípulos en el mundo admiten esta influencia abiertamente.
Dos cosas nos vienen a la mente al terminar este prólogo. Una es la de la permanencia de la noción de cambio que sigue hasta el presente: los autores nos cuentan que Bateson solía tener reuniones abiertas todos lo jueves en su casa, donde se discutían temas de inte rés general con jóvenes entusiastas que luego llevaban la antorcha a nuevas disciplinas; Milton Erickson recibía a Jay Haley y John Weakland (y también a todos sus pacientes) en su casa en Phoenix; hoy en día, la tradición se sigue en casa de John Weakland los martes por la tarde. A pesar de su alejamiento del MRI por razones de salud, en su casa convergen Steve DeShazer, Insoo Berg, Wendel Ray, la autora de este prólogo entre otros muchos, interesados en oír lo que el «viejo sabio» tiene que decir. Parece haber algo que no ha cambiado: son las reuniones informales las que son fuente valiosa de intercambio de ideas.
La otra cosa que nos viene a la mente es la construcción de puentes y caminos en común con corrientes de terapia breve con las que tenemos conceptos en común. Derivadas de las enseñanzas de los grandes maestros esperamos que forjarán un futuro para que siem pre haya terapeutas cuya misión primordial sea la de aplacar el sufrimiento humano sin tener que recurrir a la bioquímica. Este libro con su claridad y su perspectiva es un gran paso hacia evitar la compulsión a la repetición, las soluciones intentadas que no funcionan.
Palo Alto, California, 1994 Karin Schlanger
AGRADECIMIENTO
Damos las gracias a todos cuantos han contribuido a la realización de esta obra. A nuestros amigos Claude'Seron, Raymond Kenler, Christine Servais, Daniel y Marie-Noélle Gerbinet, que aceptaron dedicar largas horas a leer y criticar el manuscrito.
Nuestro agradecimiento a Yves Winkin, cuyas sugerencias, siempre pertinentes, y amistoso estímulo nos han ayudado a precisar y a estructurar nuestro pensamiento.
Tenemos una deuda muy particular con Véronique Servais; no nos ha escatimado ni su tiempo ni su apoyo en los momentos de cansancio o de desánimo: las apasionantes tardes pasadas en su compañía serán un recuerdo privilegiado de esta aventura. Dedicamos un recuerdo especial a Sébastien Nicaise, que nos prodigó consuelo y simpatía cuando nos peleábamos con los ordenadores.
Damos también las gracias a todo el equipo del Mental Research Institute por su ayuda, su colaboración en este proyecto y el tiempo que nos ha dedicado. Jules Riskin, Arthur Bodin, Ferl Larsen, Margaret McCorkle, y el equipo administrativo: Sharon Lucas, Phylis Erwin y la malograda Joyce Emamjomeh. Gracias a Karin Schlanger por su acogida, su apoyo y su amistad; a Lucy Gill y Patricia Emard por habernos hecho compartir su experiencia en el MRI.
Debemos dar las gracias a todos los que han aceptado compartir con nosotros sus recuerdos personales de Gregory Bateson y del MRI: Stewart Brand, Michael Katz, Jerry Brown, Karl Pribram, Mary Catherine Bateson, Jay Haley. A todo el equipo de las Special Collections de la Universidad de Santa Cruz (y en particular a Rita Bot
toms) que nos ha facilitado el acceso a los archivos Bateson y nos ha manifestado siempre su simpatía.
Gracias a William Fry por habernos acogido en su propiedad de Nevada City para evocar sus recuerdos del «proyecto Bateson» y de los comienzos del MRI; a Heinz von Foerster y a su esposa Mal por su calurosa acogida. Nuestro agradecimiento a Wendel Ray por los preciosos informes sobre Don Jackson. Muchas gracias a Carlos Sluzki por su ayuda, su simpatía y la claridad de su análisis'.
Agradecemos a Jean-Luc Giribone la confianza que nos ha atesti guado y la libertad que nos ha dejado durante toda la realización de este trabajo.
Por último, debemos expresar todo nuestro agradecimiento y respeto a los miembros del Centro de terapia breve: Richard Fisch, gracias al cual hemos podido participar en las actividades del centro durante dos años; John Weakland, por su paciencia y su amabilidad; Paul Watzlawick, que, a pesar de su programa de trabajo sobrecarga do, nunca nos ha negado una aclaración o una anécdota sobre la historia del MRI. Le debemos no solamente este libro sino también un nuevo sentido a nuestro trabajo.
ADVERTENCIA AL LECTOR
Se impone una última advertencia: aunque la mayor parte de las ideas y de los conceptos expuestos en esta obra se deben a los miembros del grupo de Palo Alto, es evidente que asumimos la entera responsabilidad del uso y de las adaptaciones que hemos hecho de ellos.
Esta obra se ha realizado a partir de nuestra experiencia personal en el Mental Research Institute (MRI) con ocasión de varias temporadas pasadas en Palo Alto repartidas en un período total de diez años (de 1981 a 1991), de investigaciones bibliográficas y de conversaciones personales con los diferentes protagonistas a los que mencio naremos en nuestro relato. La mayor parte de nuestras conversaciones se realizaron entre 1989 y 1991; no hemos considerado útil precisar su fecha exacta en las citas, ya que algunas de ellas agrupan informaciones obtenidas en diversos momentos. En cada ocasión, hemos intentado mantener el espíritu y el contexto en el que se han manifestado nuestros interlocutores.
En lo referente a las fuentes bibliográficas, hemos conservado las fechas de aparición de las ediciones originales a fin de que el lector pueda situar los documentos en el tiempo. Por el contrario, cuando los textos han sido objeto de una traducción, los números de las pá -ginas remiten a ésta. En cambio, hemos traducido nosotros mismos las conversaciones personales así como las citas de obras no traducidas de su original.
Nos hemos esforzado en seguir de forma cronológica el desarrollo de las ideas del grupo de Palo Alto. Sin embargo, la intricación de los diferentes contextos no permite una descripción estrictamente lineal. Para facilitar la orientación temporal de los lectores, hemos incluido, al final de la obra, un cuadro cronológico que recoge las publicaciones y los acontecimientos personales principales que jalonan nuestro relato.
INTRODUCCIÓN.
Hay lugares cuyos nombres son como jalones de la historia, seña les de una época, emblemas de una generación o eslóganes que reflejan una corriente de ideas. Palo Alto puede indudablemente pretender formar parte de ellos.
¿«Extraño atractivo» o simplemente el desván del «nuevo paradig ma» de las ciencias sociales? De buen o mal grado, esta pequeña ciudad californiana ha adquirido una reputación que probablemente no merece si nos limitamos a los hechos históricos. No obstante, una serie de personalidades se han reunido en ella, en momentos di versos, para cristalizar las ideas nuevas de la época. Y Palo Alto es, en el espíritu del público en general (europeo en todo caso), un nombre un poco mágico que se menciona para significar una pertenencia. Es sin duda concederle un honor excesivo, pero, después de todo, sólo se hacen préstamos a los ricos. Es cierto que Palo Alto se ha procu rado unos buenos ahorrillos durante los cuatro últimos decenios. Además de atribuirle la paternidad de la terapia familiar, se lo asocia a la «nueva comunicación»`, a la cibernética, a la sistémica y, más re -cientemente, al constructivismo. Se lo considera a veces como el abanderado de la epistemología sistémica y se relacionan con él unos nombres que, tomados cada uno de ellos separadamente, son ya unos monumentos: Gregory Bateson, Paul Watzlawick, John Weakland, Richard Fish, Don Jackson, Milton Erickson, Heinz von Foerster, Jay Haley, Virginia Satir...
Como ocurre con toda leyenda, es cada vez más dificil discernir la trama del tejido del bordado y, de todos modos, cuanto más se examinan los detalles, mayor valor se le encuentra al conjunto. Nuestra tarea aquí no consiste tanto en desmitificar cuanto en mul -tiplicar los ángulos de visión para afinar la imagen. Éste es el tema del presente libro: desenredar la red relacional, hacer el inventario de las riquezas e intentar delimitar los hechos que han permitido a Palo Alto ganar sus laureles.
Cuando un colaborador abandona el MRI, se oye a veces esta reflexión: «¡Ah, quizás va a fundar el grupo de Palo Alto!» Sin duda es una humorada pero que refleja muy bien esta afirmación cien veces repetida de Paul Watzlawick: «El grupo de Palo Alto no existe.» Aunque los miembros del MRI son sin duda los mejor situados para hablar de ello, no obstante esto merece algunas precisiones.
Si hablamos de un grupo formal, reunido a la vez en el tiempo y en el espacio, y que reivindique o haya reivindicado tal apelación, es cierto que no existe nada así, o que incluso nunca ha existido. Pero, dicho esto, los conceptos sobre los que tanto Bateson como el equipo del MRI fundan sus trabajos tienen los mismos orígenes cibernéticos y sistémicos; dirigen todos la misma mirada interaccional sobre el comportamiento humano. Como construcción mental, puede descubrirse en este grupo invisible una especie de «estructura que une», una metáfora que nos permite determinar mejor el nacimiento de una nueva concepción del hombre, de un nuevo «paradigma»'. Entonces, trazar la historia del grupo de Palo Alto es determinar un episodio de la historia de las ciencias humanas y
exponer la aparición y la evolución de la «epistemología sistémica» en este campo particular del conocimiento.
Epistemología, paradigma son éstas las grandes palabras lanzadas al viento. Tan grandes que pueden parecer desmesuradas y engañosas. Muchos investigadores sagaces podrán presentir la superchería, la trampa de las palabras y de las ideas que sirven para cubrir con un barniz de respetabilidad unas posiciones poco rigurosas. Es cierto que el conjunto de las ideas que desarrollaremos en estas páginas suscita aún muchas preguntas, presenta muchas imprecisiones terminológicas y llama al debate contradictorio. A fin de cuentas, el lector será el único juez. Sin embargo queremos mostrar en este libro que el conjunto de los trabajos agrupados habitualmente bajo el nombre (poco controlado, lo admitimos) de «grupo» o también «escuela de Palo Alto» revela los elementos característicos de un cambio epistemológico.
Todo cambio fundamental de óptica necesariamente lleva consigo un profundo cambio de valores y a través de las crisis es como puede medirse el camino recorrido. Veremos que estas crisis en Palo Alto han sido numerosas y que han permitido precisar y afinar las prácticas. Intentaremos pues, al final del relato de estos momentos importantes de la «escuela de Palo Alto», poner de relieve los valores esenciales de ese nuevo enfoque del comportamiento y de sus implicaciones sociales, incluso políticas.
Nuestro camino personal nos ha llevado a realizar, en sentido inverso, el recorrido que proponemos en esta historia de Palo Alto. En primer lugar nos sedujo la originalidad del método de cambio elaborado en el MRI; pero la aparente simplicidad del modelo de la «terapia breve» revela enseguida una característica esencial de la comunicación: el contexto es el que posee las claves del sentido. Tuvimos que salir a descubrirlo: los primeros trabajos del MRI, las investigaciones sobre la comunicación, la hipótesis de la doble coacción... Nuevos asombros, nuevos rompecabezas: Bateson no se deja domar fácilmente. Chocamos con una masa impresionante de alusiones y de referencias: Gestalt, cibernética, sistemas, información. Navegamos al buen tuntún entre los tipos lógicos y suspiramos ante el muro del segundo principio de la termodinámica. Palo Alto sabe hacerse desear, al menos si se quiere comprender todo su alcance.
Entonces, ¿es necesario comprender a Bateson para realizar la terapia breve? No, sin duda, igual que es posible leer a Bateson sin sentir el menor interés por el enfoque terapéutico del MRI. Sin embargo, hemos descubierto que, para comprender el enfoque interaccional del cambio, para captar sus implicaciones y poder utilizarlo sin correr el riesgo de limitarse a una caricatura, vale la pena ver lo que se oculta tras las técnicas «mágicas» del equipo del MRI. Igualmente, si se siente interés por las consideraciones epistemológicas de Bateson, vale la pena estudiar la visión original del cambio propues ta por el MRI. Aquí también el conjunto ofrece mucho más que la suma de las partes.
Hemos concebido este libro como un instrumento que facilite el acceso a la obra de los diferentes miembros del grupo bicéfalo de Palo Alto. Para hacerlo, nos ha parecido
importante evitar las elipsis y las abreviaciones, en especial en lo que concierne a los conceptos fundamentales del enfoque interaccional.
Nuestro relato traza la evolución de las personas y de las ideas que encarnan el grupo de Palo Alto. Se divide en tres grandes partes que se suceden (en la medida de lo posible) de forma cronológica. Proponemos una rápida visión de conjunto de ellas antes de pasar al plano más detallado.
1) Hacia una ciencia de la comunicación. Siguiendo la trayectoria de Gregory Bateson describiremos las principales etapas de la llegada a una concepción interaccional del comportamiento. Veremos que este enfoque tiene sus raíces en la biología y la antropología y que adquiere forma nutriéndose de los conceptos de la cibernética, de la teoría de los sistemas y de la teoría de la información.
2) La doble coacción y más allá. Nos detendremos en un momento importante del grupo de Palo Alto: el «proyecto Bateson». Encuentro de la cibernética y de la psiquiatría, la hipótesis de la doble coacción trastornará la perspectiva terapéutica de la época y abrirá el camino a la terapia familiar. Aportará la celebridad a sus autores y precipitará la creación del MRI.
3) El y el Centro de terapia breve (CTB). En 1959, Jackson funda el Mental Research Institute en Palo Alto y Bateson permanece en la periferia. La llegada de Paul Watzlawick, en 1960, va a contrarrestar la marcha de Bateson y permitirá que el instituto adquiera una categoría internacional; se convierte muy pronto en el abanderado del grupo de Palo Alto. La historia del MRI se convierte en la historia de la evolución de una concepción de la terapia sistémica influenciada por las prácticas de Milton Erickson. La trama general de la intervención terapéutica llega a su versión más concisa con el nacimiento del Centro de terapia breve a finales de los años sesenta. Veremos por último que actualmente el enfoque del MRI rebasa el contexto de la psicoterapia para extenderse a muchos otros sectores de la vida social.
Nos quedará entonces hacer un balance, provisional, del grupo de Palo Alto. Mientras que se creía enteramente consumada la ruptura con el paradigma sistémico del principio, las teorías constructivistas defendidas por Paul Watzlawick hacen reaparecer a la cibernética (de segundo orden) en los conceptos de la terapia. Aunque los trabajos posteriores de Bateson ya no tienen un lazo directo con la enfermedad mental, intentaremos mostrar sin embargo que las dos posiciones acaban por encontrarse de manera dialéctica y que llegan a una visión compleja y muy original del hombre, del espíritu y de los procesos de cambio.
La historia de las ideas de este grupo «invisible» de Palo Alto per mitirá, así lo esperamos, ofrecer, a fin de cuentas, una visión unitaria del paradigma sistémico. Visión integradora y trascendente de las parejas habitualmente consideradas contradictorias como el individuo y el sistema, la contemplación y la acción. Intentaremos también comprender las implicaciones éticas y políticas del enfoque de Palo Alto. «Pensar globalmente, actuar localmente» es una consigna que actualmente se oye mucho, no sólo en la vida social sino
también en los proyectos de la ciencia moderna. Intentaremos mostrar cómo el grupo de Palo Alto, a través de una síntesis de sus trabajos, puede ofrecer una definición operacional de esta fórmula.
CUADERNO DE RUTA
¡Es dificil encontrar una ilustración mejor del constructivismo que la llegada al MRI! Uno no espera tener que repetir el nombre del instituto al taxista y sobre todo ver cómo levanta las cejas con un aire interrogador cuando está seguro de haberlo comprendido co -rrectamente. No conocen el MRI, incluso en Palo Alto, sobre todo en Palo Alto'. «¿Forma parte de la Universidad Stanford?» «No.» Bien, habrá que contentarse con la dirección. Y una vez allí, es el visitante el que recibe el choque. Desde luego, ya sabía que no es un edificio inmenso, pero a pesar de todo... Un pequeño cuadro de cés ped, un pequeño letrero de madera con las letras MRI y el número, 555. Estamos en Middlefield Road, a dos pasos de la calle comercial principal de Palo Alto. «Pequeña ciudad californiana», como acos -tumbramos a llamarla; pero ¡también hay que aclarar los criterios de comparación! Palo Alto se encuentra entre San Francisco y San José, en la entrada del Silicon Valley, y no es ya el pequeño refugio de paz adonde los ricos venían a retirarse y a disfrutar, del sol y del cielo azul, apenas hace veinte años. La ciudad ha crecido, el tráfico tam bién, sin hablar del precio de los alquileres. Podemos apostar que dentro de muy poco será difícil encontrar mucho espacio libre entre las dos ciudades y saber si Palo Alto está en los alrededores de San Francisco o en los de San José.
El instituto es un pequeño edificio rectangular, de treinta metros por veinte aproximadamente; se entra en él por una especie de porche con una reja de hierro forjado que se cierra por la noche y que da a un pequeño patio arbolado desde el que arrancan dos escaleras que conducen al primer (y único) piso del edificio. Esto en cuanto al decorado. Sharon está en la recepción y allí descubrimos la lista del personal en los buzones, como en cualquier oficina, salvo que se nos encoge un poco el corazón al leer los nombres de Bodin, Fisch, Riskin, Segal, Weakland, Watzlawick... Esta vez no hay duda, ¡hemos llegado!
1. No sucede esto en el extranjero, como muestra esta anécdota contada por Richard Fisch: "Cuando le hablas a la gente en Europa, hay muchos que han oído hablar del MRI; en Palo Alto, algunos de nuestros vecinos no han oído nunca este nombre. En el mismo Palo Alto, el MR1 vive a la sombra de Stanford. Paul cuenta que estaba en París hace algunos años y, en una recepción, encontró a unos invitados de África central. Durante la conversación, uno de ellos le pregunta: "¿Usted, de dónde viene?" Paul le responde: "De California." "¿De dónde en California?" "Palo Alto." "No, nunca he oído hablar de Palo Alto." "Allí está la Universidad Stanford." "¿Y usted trabaja en esta universidad... Stanford?" "No, en realidad trabajo en el MRI." "¡Ah!... el MR1, esto lo conozco." [Risas]» (Richard Fisch, conversación con los autores).
Generalmente, conocéis ya a Karin Schlanger porque es ella la que se ha ocupado de la organización de vuestra llegada. Es un verdadero consuelo encontrarla, porque os permite hacer una pequeña pausa en vuestros esfuerzos desesperados por recobrar el inglés (con salsa americana, además). Tanto si sois francés (su madre es de origen belga), alemán (su padre procede de Austria), español (ella nació en Argentina) como italiano, ella os da la
bienvenida en vuestra lengua materna; no es extraño que Paul Watzlawick la haya hecho su ayudante. En general, os sentís tan aliviados que las palabras se atropellan, queréis saberlo todo y es el momento de aprovecharse. Además, con la diferencia de horario, os sentís un poco cansados. Rápido, un plano de la ciudad, encontráis un pequeño motel en El Camino Real (es la gran arteria que une San Francisco con San José, bordeada de tiendas y de moteles separados por los McDonalds, Sizzler's u otros Kentucky Fried Chicken: verdaderamente es América tal como la imagináis en vuestro país). Os vais a dormir. Mañana, todo será más claro.
Miércoles al mediodía.
Dick Fisch está en la sala de observación del Centro deterapia breve, conecta el vídeo, examina las casetes con Karin; es más bien pequeño, calvo, la sonrisa un poco burlona, los ojos brillantes de picardía, un verdadero diablillo gracioso que siempre tiene un buen chiste para contar. Es cierto que ha seguido cursos de teatro, lo que le ayuda a proponer a los pacientes las tareas más inverosímiles con una convicción y una seriedad a toda prueba. Desde hace algunos años, sigue cursos de piloto (lo que explica sin duda su gruesa cazadora de aviador). Regularmente le propone a su amigo John llevarlo él mismo a la otra punta de los Estados Unidos para un seminario, oferta amablemente declinada hasta el momento.
Precisamente llega John Weakland. Trae el correo de antiguos participantes en seminarios, en programas de formación, en el programa residencial... y discute sobre ello con Dick. Hay mucho humor, los dos hombres son amigos desde hace más de treinta años, y esto se ve. Con más de setenta años, John está siempre alerta, y estalla en una risa estruendosa con los chistes de Fisch. Es curioso, hace que le presenten a los recién llegados y les dirige unas palabras amables con su voz grave y un poco temblorosa, difícilmente comprensible cuando no se está acostumbrado. Habla despacio, haciendo largas exposiciones acompañadas con movimientos de la cabeza -lenguaje marcadamente hipnótico-, pero siempre es así. Una impresión general de anciano sabio, de maestro zen. Hay que contenerse para no pedirle que cuente todo su pasado de leyenda: los diez años con Bateson, Jackson, los encuentros semanales en Phoenix con Erickson, y todo lo demás... Ha debido hablar de ello miles de veces.
12 h 13. Llega Paul Watzlawick. Alto, delgado, muy erguido, la dis tinción germánica. Ropa clásica un poco anticuada, saluda a todos con un movimiento de la cabeza, dice unas palabras en español a Karin, un bonjour a los visitantes francófonos, disimula mal su placer al hacer algunas preguntas a la nueva residente italiana: siente un gran amor por Italia y le encanta hablar italiano. Serio, muy tranquilo, le cuesta trabajo acostumbrarse a las prácticas americanas un poco «vulgares», como por ejemplo el hecho de llamarse enseguida por el nombre de pila (o, peor, por su diminutivo) sin conocerse. Muy «vieja Francia» en definitiva (tal vez vieja Austria), pero sin ninguna pretensión. En todo caso, los «maestros» no son sabihondos, lo que es más bien raro en la profesión.
«¿Quién realiza la sesión?» Todos lo hacen por turno: los tres seniors y los jóvenes (Karin Schlanger, Lucy Gill, Patricia Emard2). Esta vez, le corresponde a Lucy. Como no tiene su licencia californiana de terapeuta, se necesita el consentimiento de la nueva paciente. No
hay ningún problema: Fisch le ha presentado a Lucy, le ha explicado el plan de la terapia, y la paciente lo ha aceptado. La paciente va a llegar a la sala de consulta; Lucy le abre la puerta y lo aprovecha para apagar la luz de la minúscula sala de observación (para el espejo sin azogue). Los tres maestros están sentados uno al lado del otro detrás del espejo, los otros discretamente se sientan donde pueden. De todos modos, como la sesión se filma en vídeo, puede verse a la paciente y a la terapeuta en la pantalla del monitor. Lucy pregunta los datos de orden general, vuelve a explicarle el plan y le hace firmar el formulario de consentimiento para que se utilicen las grabaciones con fines estrictamente profesionales (en los Estados Unidos no se bromea con esta clase de precauciones legales). Y empieza la sesión: «¿Qué es lo que la trae aquí?» Y todo sucede «como en los libros». El modelo es simple y claro. Lucy es sonriente y eficaz. Paul Watzlawick permanece silencioso, a menudo con la cabeza baja, la mano delante de los ojos, parece desinteresarse completamente de lo que está pasando. John Weakland hace de vez en cuando un comentario a su vecino más próximo (que muy a menudo no comprende nada de lo que acaba de decirle), sale de la habitación durante un cuarto de hora, vuelve y parece no ha -berse perdido nada de lo que se ha dicho durante su ausencia. Fisch está atento pero a la menor ocasión salta para decir unas palabras agudas. A veces, todos se echan a reír, lo que irrita mucho a Watzlawick que emite un «chitón» perentorio.
2. El equipo fluctúa, los jóvenes permanecen durante algunos años, después son reemplazados por otros. Lynn Segal trabajó allí durante muchos años, igual que Vincent Moley, Neil Brast y muchos otros. Lucy Gill (de la que volveremos a hablar al final de este libro) acaba de dejar el equipo, se ha ido a vivir cerca del soberbio parque nacional de Yosemite. También se encuentra allí regularmente a un pastor protestante irlandés, Jim Moran, que aplica la terapia breve a los problemas de su parroquia.
Pero el desorden es sólo aparente, todos saben adónde va Lucy y la menor imprecisión en el interrogatorio suscita una llamada inmediata por el interfono: «Ella acaba de decir que pasa bien las tardes, ¿podrías preguntarle lo que hace precisamente en esos momentos?» No se deja nada al azar, es necesario que puedan hacerse una representación clara y precisa («como en una película de vídeo») del comportamiento de la paciente y de las reacciones de su entorno. E inmediatamente comienza el tratamiento; todas las ocasiones son buenas para, desde el comienzo de la primera sesión, iniciar la contrapartida de unos intentos de solución. Si la paciente está muy impaciente por ver desaparecer su molesto síntoma, todas las respuestas de Lucy irán en el sentido de recomendarle la espera: «No hay que precipitarse demasiado», «Tomemos el tiempo necesario para considerar todos los aspectos de la cuestión», «Discúlpeme, pero soy un poco lenta», etcétera. En la sala de observación, un cartel colocado sobre el espejo sin azogue proclama Confusion is our most important product (¡y además está al revés!). Lucy aplica la consigna al pie de la letra.
La sesión no es «brillante». La terapia breve no es un enfoque de gran espectáculo: no hay lágrimas, ni intervenciones espectaculares, no hay revelación sorprendente o interpretación -genial; todo lo más un poco de humor para desdramatizar, pero sobre todo las preguntas de precisión: «¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Cuántas veces? ¿Qué respondió usted cuando su marido le dijo...?» No, decididamente, en la sala no hay espectáculo, la conversación es escueta, incluso austera.
En la sala de observación, todos cavilan y preparan la orden, la «tarea» que se le dará a la paciente al final de la sesión. Es aquí principalmente donde se ejerce la creatividad. Han pasado cuarenta y cinco minutos. Lucy se disculpa con la paciente y le dice que va a consultar al equipo antes de terminar la conversación. Discusión rá pida, propuesta de uno, enmienda del otro, acaban por ponerse de acuerdo. Lucy vuelve junto a su paciente, le comunica las reacciones del equipo (al menos de forma estratégicamente apropiada), le propone los «deberes» (homework) y le indica que la sesión ha terminado. Se fija la fecha de la sesión siguiente. La paciente paga; y se marcha. Lucy vuelve a encender las luces de la sala de observación. Todos se desperezan y pasan a la sala de terapia, más amplia y mejor iluminada, para la discusión que sigue a cada sesión.
3. Todos los miembros del Centro de terapia breve (comprendidos los tres maestros) trabajan de forma desinteresada. La tarifa de la sesión es baja (era de 50 dólares a finales de 1991) en comparación con los pre cios cobrados corrientemente por los otros terapeutas; el dinero sirve para cubrir los gastos de los locales y del material de grabación.
Los intercambios son vivos, a veces ásperos si hay desacuerdo. Watzlawick se enfada porque no se ha hecho ninguna pregunta sobre algún miembro determinado de la familia. «¡No sabía que se había cambiado de modelo!», le dice agriamente a Fisch. «El problema está suficientemente precisado, es inútil complicarlo con informa ciones suplementarias», responde este último que continúa con susreflexiones sin tener en cuenta la observación. Los «jóvenes» y los visitantes permanecen callados, un poco sorprendidos por el tono. John Weakland espera el momento oportuno para intervenir y des pués comienza una reflexión muy tranquila, muy sosegada, que, reencuadrando la cuestión, muestra que ha
escuchado las dos opiniones. Un gran arte. Lucy toma notas. Paul Watzlawick señala las paradojas en las que se embrolla la paciente, John Weakland expone las estrategias generales posibles, y Dick Fisch explica, de manera muy concreta y detallada, cómo Lucy podría reencuadrar la visión del problema de su paciente. Los jóvenes intervienen también en la discusión; Karin hace unos apartes con Watzlawick, la atmósfera se distiende un poco. Los visitantes ocasionales se arriesgan a emitir algunas opiniones. Todo se acepta con tal que esté justificado por unos elementos concretos de la sesión. No hay que lanzarse a interpretaciones burdas, las ideas deben ser argumentadas. Y rápidamente reaccionan. Se mencionan las soluciones posibles, se prepara la sesión siguiente: «¿Qué información falta todavía? ¿Cómo se va a evaluar la tarea?», etcétera.
Ha pasado una media hora, ha llegado el paciente siguiente, se ordenan las sillas en la sala de terapia y todos vuelven a ocupar su lugar en la sala de observación. Si no falla nadie, se atenderá a tres pacientes, como todos los miércoles, según el mismo ritual, prácti -camente sin cambios desde hace más de veinte años. Paul Watzlawick se marchará un poco antes del final: tiene una reunión en Stanford.
Para los recién llegados, sobre todo para los que ya han intentado aplicar el modelo partiendo de los libros o de las conferencias, asistir a una sesión del Centro de terapia breve es comprender al fin lo que quieren decir las palabras. Y todo parece todavía más rápido de lo que se había imaginado. ¡Es posible pues hacer una terapia sin prácticamente formular la menor pregunta sobre el pasado! ¡Cuando se tienen sólo unas pocas informaciones sobre el contexto, ya se elaboran unas tácticas de cambio y además se las aplica! Creíamos haber comprendido bien el modelo pero John Weakland nos mues tra, muy cortésmente desde luego, que nuestras preguntas revelan supervivencias de nuestra formación tradicional y que, si se miran las cosas desde otro ángulo, ya casi no tienen sentido. Se recibe una bue
na lección de humildad pero no duele demasiado porque se tiene verdaderamente la impresión de haber dado un paso de gigante'. Hay que esperar una semana antes de la próxima sesión del Centro de terapia breve. El tiempo de leer algunos de los documentos y artículos diversos que nos han enviado. El tiempo de familiarizarse con los lugares, examinar las numerosas casetes de vídeo cuyos títulos recuerdan momentos importantes, descubrir la biblioteca en la sala de conferencias en donde una gran fotografía de Don Jackson rinde homenaje al fundador desconocido del instituto y en donde todos los números de la revista «Family Process» cuentan la historia de treinta años de investigaciones en terapia familiar.
El tiempo también de ir a ver a John Weakland, siempre disponible y tan curioso por saber un poco más sobre vosotros como vosotros lo estáis por saberlo todo de él. En el pequeño vestíbulo que conduce a su despacho, un armario desborda de bandas magnéticas y de clasificadores en los que se ven informes de reuniones del tiempo del «proyecto Bateson» y de los primeros años del MRI... El despacho tampoco es muy grande y, en la pared, rodeada de dibujos chinos', domina una hermosa fotografla de Bateson en compañía
de Milton Erickson; fotografia de la unión del agua y del fuego, del contemplativo y del guerrero, parábola con trazas de paradoja para este grupo de Palo Alto.
4. Como muchos visitantes y residentes me han comunicado sentimientos muy parecidos, me permitiré contar brevemente mis impresiones personales después de mi «primer miércoles» en el CTB de Palo Alto. Recuerdo todavía la excitación que me produjo: pasamos la tarde y buena parte de la noche revisando todos los casos que seguíamos en aquel momento, todas las nuevas pistas que se abrían: el deseo casi irresistible de reanudar las sesiones y de darles cumplimiento.
Realmente tenía la impresión, quizás excesiva pero persistente, de haber encontrado por fin un sentido a mi trabajo de terapeuta, esta impresión de saber por fin que era posible prestar el servicio que nuestros pacientes esperaban de nosotros sin tener que entrar en toda clase de explicaciones complicadas que servían para disimular nuestras dudas. Estaba sobre una nube, con la impresión tranquilizadora de una eficacia serena. Desde luego, era exagerado. Desde luego, estamos todavía perdidos en nuestros esquemas de pensamiento normativos y patologizantes. Desde luego, la terapia breve no es la panacea y no tiene todas las respuestas. Desde luego...
PARTE PRIMERA
HACIA UNA CIENCIA DE LA COMUNICACIÓN
Hoy día, la gente se comunica constantemente y en todas partes. Hasta el punto que podemos razonablemente preguntarnos si, pensándolo bien, es todavía posible hacer otra cosa (al menos si creemos el aforismo de Paul Watzlawick: «Es imposible no comunicarse»). El reconocimiento de la omnipresencia de la comunicación ha engen drado, en muchos hombres de ciencia modernos, una especie de fe en este dios único aunque multiforme. Tanto si es la «estructura que enlaza» como si es la «segunda revolución industrial», la comunicación es de todos modos la interfaz entre el individuo y el mundo.
Para algunos, la metáfora puede llevarse mucho más lejos todavía. Tomemos el caso de algunos fisicos para los que la materia última, los «bloques» de construcción elementales de nuestro universo, el. fundamento mismo del mundo material, ese último baluarte de nuestra existencia «real», «concreta» y también el último parapeto de nuestra salud mental («¡A pesar de todo no me dirá que esta mesa no existe!»), todo esto se disuelve en las nociones abstractas de información', «materia» de nuestros mensajes, substrato de la comunicación.
Entonces, ¿qué hay que pensar de un concepto tan desmesurado? ¿Conserva todavía alguna virtud explicativa? Un concepto que lo ex plica todo ¿no está condenado a no explicar ya nada? No obstante, es ahí donde nos encontramos más cerca de la idea que defendemos en este libro, la idea de un completo cambio epistemológico que aparece como inaceptable (en un primer tiempo, en todo caso) porque está en ruptura total con nuestros hábitos conceptuales. Nuestra exposición seguirá, en parte, el relato cronológico de las investigaciones de Bateson, el primer pilar del grupo de Palo Alto. Seguiremos su itinerario personal, de la biología a la antropología, del estudio de las relaciones biológicas al de las interacciones humanas. Bateson llega a la región de San Francisco en el momento del nacimiento de la cibernética.
1. El fisico americano John Wheeler define la materia última con una fórmula lapidaria pero eficaz: «It from bit... «Cada it ("esto") -cada particula, cada campo de fuerza e incluso el continuum espacio-tiempo- saca su función, su significación, su existencia misma (aunque de forma indirecta en ciertos contextos), de las respuestas a unas preguntas sí-no, a unas elecciones binarias, a unos bits (respuestas que son explicitadas por el emparejamiento)" («Scientific American% [junio 1991] 17).
Ávido de poner a prueba sus nuevos instrumentos conceptuales, va a acometer los problemas de la comunicación y de las relaciones humanas y a abordarlos bajo un ángulo totalmente nuevo, el de la lógica formal. Abandonando la metáfora energética, base de las teorías freudianas y, según él, inadecuada para explicar las características esenciales de los fenómenos vivos, participará muy activamente en la elaboración de un modelo muy diferente cuya piedra angular será la noción de información, «partícula elemental» de los fenómenos interaccionales y de los intercambios entre los individuos. Esta teoría nueva de la comunicación -que ilustrará de entrada con ejemplos tomados de la psicoterapia y de los
psicoterapeutas- revela unos aspectos hasta entonces ignorados del lenguaje verbal y no verbal y deja entrever unas posibilidades muy serias de abordar la enfermedad mental bajo un aspecto nuevo y prometedor.
Estudia lo que los otros descuidan y devuelve al mundo lo que multitudes han dejado de lado. Su objeto consiste en reponer todo en su orden natural, pero no se atreve a emprender ningún paso con este fin.
1.1. El contexto familiar y cultural'
Cuando se encuentra a personas que han conocido a Gregory Ba teson o, mejor, que han trabajado con él, regularmente mencionan algunos rasgos de su personalidad para describir al hombre. «Poseía una cultura general y científica muy amplia», «Era un hombre del Renacimiento» o también «Conocía personalmente a todas las personas importantes en el campo científico». Bateson nunca hizo distinción entre su vida privada y su investigación científica: era didáctico con sus hijos, y las comidas familiares transcurrían habitualmente discutiendo sobre ciencia con los invitados del día. En Palo Alto invitaba cada semana a los estudiantes interesados y a todo científico que estuviese de paso en la región, a pasar la velada en su casa debatiendo cuestiones científicas y filosóficas.
Pero, además de su pasión por el estudio, algunos valores esencia les guiarán la carrera profesional de Bateson. Veremos en las páginas siguientes hasta qué punto las ideas defendidas por su padre definen las opciones fundamentales que lo marcaron durante toda su vida. Con raras excepciones, todas las investigaciones realizadas por Gre gory Bateson aspirarán a aportar respuestas a las grandes preguntas que ya dieron origen a la carrera científica de su padre, y sus posiciones éticas serán la prolongación directa de la tradición familiar.
GREGORY BATESON
1. Debemos las informaciones esenciales sobre la familia Bateson a la biografía muy completa (autori zada) de Bateson escrita por David Lipset (1980).
1.1.1. Los grandes valores familiares
Su abuelo ya fue conocido en el St John's College de la Universidad de Cambridge. Llegó a este bastión de la ciencia conservadora e introdujo en él reformas importantes. Su mujer es una de las primeras sufragistas inglesas. Su hijo William (padre de Gregory) estudia zoología en la misma universidad, después enseña en ella y se con vierte, según una fórmula que tenía todavía todo su sentido en la época, en un profesor a la vez temido y respetado.
Estamos al final del siglo xtx y Darwin ha publicado
El origen de las especies
(en 1859) con las resonancias y los trastornos que ya sabemos; la teoría de la evolución, en efecto, da un terrible golpe a la historia cristiana del Génesis. Todo científico tiene que participar en la disputa, y William Bateson es resueltamente no cristiano y hom bre de ciencia ante todo. Es también un humanista, gran aficionado a la pintura y a la poesía y muy atento a no ceder a las presiones de la moda y de los prejuicios, para conservar su lucidez de científico.Lo asusta la reducción de la complejidad del hombre a una explicación de tipo materialista tal como se dibuja para algunos a través de las teorías de Newton. Hace suya la plegaria de William Blake: «Que Dios nos guarde de la visión simple y del sueño de Newton», que le gusta citar en la mesa del comedor donde se encuentran, cada domingo, los artistas y los sabios que están de paso en la región.
No se adherirá pues nunca a la visión estrictamente materialista de la mayor parte de los intelectuales de esa época. Preferirá a los «grandes solitarios», estos pensadores marginales que no quieren abdicar de sus intuiciones personales ante el progreso científico y que defienden la posibilidad de una visión unitaria de la materia y del espíritu: Blake, el poeta visionario, cuyo aterrador grabado
Satán exultante sobre Eva
ocupa un lugar eminente sobre la chimenea de la casa familiar, y también Samuel Butler. En su utopía tituladaErewhon',
ataca la vida y el pensamiento moderno de la época. Denuncia en ella la asimilación del hombre a una máquina, la mediocridad de las universidades en las que es indecente emitir una opinión personal, la sumisión. ciega a la autoridad, aunque sea científica, etcétera.2. Escritor satírico inglés de la segunda mitad del siglo xtx. Es autor, entre otras obras, de Erembon (1872), Fair heaven (1873), Life and habit (1877) y The way of all flesh (1903).
3. Anagrama de norohere, es decir: «en ninguna parte».
Así pues, alrededor de la gran mesa los niños asisten a las discusiones apasionadas de la elite intelectual inglesa de la época; Butler y Blake son citados a menudo en apoyo de las tesis de William Bateson. Durante toda su vida, Gregory se referirá a estos dos grandes es -critores y adoptará las posiciones humanistas y el amor por la cien cia cantados por su
padre. Butler en especial ha suscitado cuestiones que aparecerán constantemente en toda su obra.
En
La naturaleza y el pensamiento,
Bateson insiste mucho sobre lasrelaciones
entre las cosas, sobre su estructuración formal jerarquizada, sobre lo que élllama «la estructura que enlaza». Ya lo hemos dicho, Butler no podía admitir la posición materialista a la que las teorías de la evolución parecían conducir; para él, apasionado por la dialéctica, el espíritu era una entidad importante y misteriosa. Es dificil no ver una premonición de la búsqueda de Bateson en estas palabras de Butler: «¿Quién puede decir -preguntaba- que la máquina de vapor no tiene una cierta forma de conciencia? ¿Dónde comienza la conciencia y dónde acaba? ¿Quién puede trazar la frontera? ¿Quién puede trazar alguna frontera, sea cual fuere? ¿No está cada cosa entremezclada con todas las otras? Las máquinas, ¿no están relacionadas con la vida animal de una infinidad de maneras diferentes?»'
También, como Butler, Gregory Bateson será muy reacio siempre a aplicar prematuramente sus ideas, y mantendrá una desconfianza exacerbada con respecto a los «objetivos conscientes» del hombre (responsables, según él, de la gran crisis ecológicas de nuestra época)'. Para Butler, como para Bateson después, los hombres de ciencia y los religiosos acaban por encontrarse: todos a fin de cuentas intentan imponer sus puntos de vista a la sociedad.
4. Citado en Lipset (1980), p. 7.
5. Hay que señalar que, para Bateson, el término «ecología» se ha de entender en una acepción mucho más amplia de la que se le
atribuye habitualmente. Concierne no solamente a las relaciones del hombre con su entorno, sino también al fenómeno de coevolución tanto fisica como mental (ecología del espíritu). Para mayor precisión, véase el capítulo 10, y sobre todo Bateson (1979a).
6. En 1964, cuando Bateson se encuentra en un momento profesional dificil, Waddington, el gran bió logo inglés, amigo desde hacía
tiempo, le ofrece un puesto de profesor de «análisis de la ciencia aplicada en la sociedad industrial» en la Universidad de Edimburgo; él responde: «Temo que mis opiniones sobre el pa pel de la ciencia en la vida humana sean tan anticuadas como las adaptaciones del dinosaurio. No consigo encontrar una sola aplicación de las ciencias, desde la invención del queso, que no se haya revelado como destructora, sea para la ecología humana o para la ecología más amplia en la que viven los hombres. No creo que sea esto lo que la Facultad de Edimburgo desea que yo enseñe. Creo además que, aunque lo ense ñara, habría muy pocos estudiantes que desearan aprenderlo» (citado en Lipset [1980], p. 245).
Influencia del clima cultural de Cambridge pues, pero también de la veneración que Bateson padre profesa a los grandes artistas y al arte en general. Este ateo lee cada día la Biblia a sus hijos «para que no sean unos ateos iletrados»; este científico infatigable y riguroso les hace leer a los poetas, los lleva a todos los grandes museos y a las ex -posiciones importantes de Europa' y sostiene que «si no hubiese habido poetas no hubiera habido problemas, porque es cierto que el hombre de ciencia iletrado de hoy nunca los hubiese encontrado»8.
Así pues, en esta gran familia intelectual inglesa (como los Dar win, los Huxley, los Russell...) nace Gregory Bateson el 9 de mayo de 1904. Tiene dos hermanos mayores, John (1898) y Martin (1899), sobre quienes van a ponerse todas las esperanzas de la familia. John realiza estudios brillantes de biología en Cambridge, pero morirá al final de la guerra en octubre de 1918.
Es un golpe duro para el padre que, a partir de entonces, pone to das sus esperanzas en Martin. Éste se siente atormentado entre las responsabilidades familiares que lo empujan a una brillante carrera científica y sus impulsos artísticos que lo llevan hacia la poesía. La posición paterna es muy ambivalente: William eleva al pináculo a los grandes artistas tanto como cree que el arte está fuera del alcance del hombre inteligente corriente, en todo caso fuera del alcance de los suyos, como atestigua la carta que escribirá más tarde a Gregory: «[...] la fe en la gran obra científica es el grado más próximo a la religión al que he llegado y procura lo que las personas religiosas sacan de la superstición. [...] Desde luego, existe la gran obra que no es de la ciencia, el gran arte por ejemplo, que es tal vez todavía más grande; pero esto es para los más raros y casi no está al alcance de
7. Su gusto artístico no es siempre tan progresista como sus trabajos científicos, como indica la anéc-dota siguiente, que Gregory Bateson contará a su biógrafo: durante un viaje a La Haya en 1924, William lleva a toda su familia a una galería en la que están expuestas unas obras de Poussin. "l...1 él sabía exactamente dónde se encontraban los cuadros... Nos condujo pues a la sala, para encontrarla llena de las obras de Van Gogh. Había al menos cincuenta. Lo vuelvo a ver mirando hacia todos los lados, con el aspecto de una rata a la que acaban de encerrar en una trampa... Después, se yergue y se dirige hasta el centro de la sala y, con su bastón de contera metálica, golpea el suelo, gritando con toda la fuerza de su voz, que era considerable: "¡No admiraré la obra de las Spirocbaeta pallida (las bacterias de la sífilis)!"» (citado en Lipset [19801, p. 53).
8. Ibíd., p. 19.
gentes como nosotros. Estoy seguro de que la ciencia llega exactamente después, y está totalmente a nuestro alcance, en todo caso al tuyo, estoy seguro de ello»9.
Así pues los padres con mucha firmeza disuaden a Martin de la idea de su carrera artística. Éste, afligido después de la muerte de John a quien se sentía muy unido, lleno de dudas sobre su propio talento artístico y rechazado por una joven que no acepta su pro -puesta de matrimonio, se suicida en pleno Piccadilly Circus, de un tiro de revólver, el 22 de abril de 1922 a las tres de la tarde, el día y a la hora del aniversario del nacimiento de John. La familia está anonadada, y William Bateson nunca se recuperará realmente de este doble drama. Desde ese momento, toda la atención de los padres se dirigirá hacia Gregory, que hasta entonces nunca había ocupado el primer plano de la escena familiar. Y, natu -ralmente, éste emprenderá estudios de biología en el St John's College de Cambridge. Toda su infancia gira en torno de los trabajos de su padre, y sus ratos libres consisten en ir a pasear por el campo para descubrir y observar las plantas y los insectos. En la escuela, había elegido como actividad física la carrera a pie: «De esta manera, po día salir de la institución e ir a estudiar los insectos en la naturaleza en lugar de correr: nadie lo supo nunca»`.
Antes de pasar al contenido mismo de los trabajos de William Bateson y al modo como orientaron las investigaciones de su tercer hijo, algunos extractos de correspondencia o de conferencias acabarán de dibujar la paleta de los valores que impregnaron la infancia y la adolescencia de Gregory Bateson y que teñirán toda su reflexión posterior.
El respeto hacia la «investigación pura» le impedirá siempre inte grarse en el molde y las obligaciones de la ciencia oficial institucionalizada. La aplicación prematura de los
descubrimientos científicos constituye un buen ejemplo de ello. Recordemos que a comienzos del siglo xx los primeros descubrimientos de la genética, ciencia to talmente nueva en esa época, abrieron el camino a las utopías eugenistas. William Bateson estaba horrorizado y decía: «Recordemos que el padre de Beethoven era un borracho y que su madre murió de tisis»". Él defendía una posición universalista y animaba al estudio científico como medio de abrir la visióü del mundo, la ciencia era para él «la única fuente de conducta racional... la luz que muestra al hombre en su perspectiva natural»`.
El amor y el respeto por la ciencia, esta concepción según la cual la ciencia bien concebida, con rigor y discernimiento, alcanza lo sagrado, constituye un acto de fe al que Gregory Bateson permanecerá fiel durante toda su carrera. Fuera de las modas y de las corrientes dominantes, en todos los sectores científicos a cuyo estudio se dedi cará, Bateson mantendrá como puntos de referencia a esos dos pilares de la independencia de espíritu que son Butler y Blake.
1.1.2. William Bateson: de la morfología a la genética
Desde 1859, los biólogos se dedicaron todos a intentar confirmar o invalidar las tesis de Darwin. Dos concepciones bastante diferentes intentan explicar el fenómeno de la evolución: la tesis darwiniana y la de Lamarckt3. Para Darwin, los cambios orgánicos se producen al azar; para Lamarck, se producen directamente bajo la influencia del medio (es lo que se ha llamado la herencia de los caracteres adquiridos).
William Bateson, al principio partidario de las tesis de Lamarck efectuará viajes a Egipto y a Rusia para estudiar a animales sometidos a unas condiciones biológicas muy cambiantes. Estos viajes no le aportarán una prueba satisfactoria. Entonces se interesará por las cuestiones de evolución formal, por los problemas morfológicos: si metría, regularidad metamétrica, etcétera. «Tanto si creemos con Lamarck que las adaptaciones son el resultado directo de la acción del entorno, como si creemos, con Darwin, que están producidas por la selección natural, está admitido por todos que la progresión ha teni do que pasar por la aparición de variaciones. Ésta es una base co mún. Por consiguiente, si se investigan las etapas en la secuencia de
la forma animal, debemos investigarlas a través del estudio de los cambios que se producen ahora en ellos, adquirir un conocimiento de los modos de aparición de dichos cambios y, si es posible, de las leyes que los limitan»`°. Así pues se dedica a investigar las leyes que gobiernan la forma orgánica. Considera al organismo como un todo integrado y coordinado y no como una reunión de «caracteres».
11. Citado en Lipset (1980), p. 52. 12. Ibíd.
13. Bateson citará a menudo el ejemplo de Lamarck para ilustrar el carácter estocástico de la evolución (véase más adelante).
Este período de las investigaciones de su padre tendrá una influencia determinante sobre los instrumentos de reflexión de Gregory Bateson. Como él mismo dirá más tarde
de su padre:
«[ ...]
tuvo siempre una fascinación por los problemas de la simetría y del modelo, y esta fascinación y la especie de misticismo que le inspiraba, son los que, para bien o para mal, he hecho míos y he llamado "ciencia". He adquirido un sentimiento más o menos místico, que me ha llevado a creer que debemos buscar el mismo tipo de procesos en todos los campos de los fenómenos naturales: por ejemplo, hay que esperar encontrar que actúa un mismo tipo de leyes, tanto en la estructura de un cristal como en la de la sociedad [...], que estudiando, por ejemplo, los modelos de las plumas de perdiz se podía encontrar una respuesta (o una parte de respuesta) al problema muy embrollado de las estructuras y de la regularidad en la naturaleza»`.En 1900, William Bateson va a Londres a dar una conferencia sobre la herencia y la agricultura. Lleva con él un artículo que acaba de recibir de su colega holandés Hugo de Vries. Se trata de un documento escrito treinta y cinco años antes por un monje austríaco: Gregor Mendel. El artículo, que había pasado inadvertido hasta entonces, describe los resultados de ocho años de cultivo de guisantes de especies diferentes. Se habla de hibridación y de caracteres reces¡vos y dominantes... Constituye una revelación para William Bateson (él mismo muy próximo a estos descubrimientos en sus propios trabajos), que se convierte entonces en el mayor defensor de Gregor Mendel en Inglaterra. Pasará la mayor parte del resto de su carrera en desarrollar esta nueva ciencia que él mismo bautizará como «genética». Y en homenaje al monje desconocido William llama rá Gregory a su tercer hijo.
14. Citado en Lipset (1980), p. 22. 15. Bateson (1972), t. 1, p. 89.
1.2. De la biología a la antropología
Como sus hermanos mayores, Gregory emprende pues inevitablemente estudios de biología en Cambridge. La presión familiar es fuerte, asfixiante. Todas las esperanzas de la familia están puestas a partir de ahora en él. Bateson es un estudiante brillante pero poco entusiasta. Está escrito que tampoco él continuará los trabajos de su padre.
Gregory tiene solamente veintiún años cuando un millonario le propone que lo acompañe, como experto en biología, en un crucero a las Galápagos. Su padre, antes de autorizar el viaje, se informa sobre la duración de la estancia en estas islas que fueron determinantes para la elaboración de la teoría de la evolución de Darwin. Al saber que la estancia será al menos de seis semanas, lo que duró la estancia de Darwin, William Bateson le concede su autorización.
El viaje, aunque poco satisfactorio desde el punto de vista de los descubrimientos biológicos, será determinante para Gregory. En las escalas, tiene ocasión de entrar en contacto con gentes de culturas diferentes. Se siente interesado por ellas. Ya ha hecho su elección: será antropólogo`. Aunque decepcionados por la decisión de su hijo, los padres, escarmentados por el drama de Martin, no se atreven a oponerse.
En esta época, la antropología sale apenas de la orientación evolucionista. Hasta entonces, se ha intentado encontrar, como para la evolución de las especies, una especie de «árbol genealógico» de las sociedades, que va de la más primitiva a... la nuestra, claro está. Los trabajos se realizan a partir de los datos recogidos por los misione ros o los exploradores, porque ¡ningún antropólogo digno de este nombre iría a mezclarse con estas poblaciones «primitivas»!
16. Como anécdota, es divertido ver cómo )ay Haley refiere las confidencias de Bateson sobre este mo-mento crucial de su vida: <Decía que había un millonario griego que había comprado un yate con el que quería viajar a los Caribes [sic]. Buscaba a un biólogo que pudiera decirle el nombre de los peces que pescase. Se dirigió al British Museum para que le indicaran un joven científico que le pudiera convenir. Le indicaron al joven Bateson. Éste estaba ocupado en contar plumas de perdiz porque se interesaba por los patterns. Aceptó. Estaba interesado en el estudio de los parásitos de los tiburones, pero no en los peces, cuyos nombres ni siquiera conocía; por tanto no fue una gran ayuda. Pero el problema mayor fue que el griego tenía una esposa francesa y dos hijas adolescentes. Y Gregory les hablaba a las jóvenes de los aspectos de la vida sexual de los peces y de los parásitos. Esto puso furioso al griego y lo despidió. Entonces, Gregory me dijo que volvió a Cambridge pensando: "Tengo interés en aprender algo más sobre las personas"» (Haley y Weakland [1990a]).
Hacia 1920, Malinowski y Radcliffe-Brown reaccionan contra esta visión etnocentrista y defienden un estudio sincrónico anhistórico de la estructura de las diversas sociedades o culturas. Es el principio del trabajo de campo. Sin embargo los métodos son todavía bastante rudimentarios, como cuenta el antropólogo Reo Fortune, primer marido de Margaret Mead: «Malinowski cogía a los indígenas por el cuello para que no pudiesen escapar... a medida que se hicieron independientes, ya no podía hacerse esto. Esta técnica brutal es un aspecto del imperialismo»".
Bateson, procedente del rigor formal de la biología, se siente muy pronto sorprendido por las lagunas teóricas y la pobreza de los instrumentos metodológicos de la antropología: «Es terrible comprobar lo movedizo que es el terreno sobre el que están basados los elementos de la antropología; es muchísimo más dificil absorber los hechos cuando no existe una estructura teórica en donde situarlos»`. Esta cuestión metodológica va directamente a suscitar otra, más profunda, que estará siempre presente en todas sus investigaciones; podemos formularla del modo siguiente: «¿Cómo debe hacerlo uno para construir un instrumento que permita explicar un fenómeno tan complejo como es una sociedad? ¿Qué hay que observar? ¿Cómo dar a una descripción una trama teórica que pueda hacerla inteligible, es decir, que pueda explicarla?»
Poco después de la muerte de su padre, en enero de 1927, y en gran parte para escapar de la intrusión incesante de su madre en sus proyectos, Gregory parte para efectuar un trabajo de campo en Nueva Guinea, entre los baining, una tribu de cazadores de cabezas. Su experiencia allí será muy penosa. Intenta participar en la vida cultural de la tribu, comparte su comida, duerme en sus casas, etcétera, pero no comprende lo que sucede y, sobre todo, no sabe qué observar. Advierte principalmente que deja escapar algunas ceremonias importantes, ya porque los indígenas lo mantienen aparte de ellas, ya porque simplemente no ha advertido sus preparativos. Sigue las «reglas» de la etnología de la época y, por ejemplo, mide el contorno de la cabeza de los indígenas. Un día, uno de ellos le pregunta por