Franco Vaccarini
La noche del meteorito
“En mi casa hay un extraterrestre" le dijo Valentino a Mechi I illa lo miró como solo se puedo mirar n los que creen en marcianos y (SI no creía en marcianos. Sólo tenia un bicho de otro planeta en su cuarto que es algo muy distinto.
Franco Vaccarini nació on en el campo del partido do Lincoln pero a los veinte años se radicó on Buenos Aire»
Estudió periodismo y asistió ni taller literario de la escritora Hebo Uhart, entre otros. En el género juvenil, algunas de sus obras non las novelas Los ojos de la Iguana, Eneas, el último troyano (versión de La Eneida, do Virgilio)
D E V A P O F E L B A R C O
F r a n c o V a c c a r i n i
La noche del
meteorito
E L B A R C O ^ J ^ ^ D E V A P O R
F r a n c o V a c c a r i n i
La noche del
meteorito
PREMIO EL BARCO DE VAPOR 2006
Vaccarini. Franco
La nochc dei meteorito / Franco Vaccarini ; dirigido por Susana Aime ; coordinado por Laura Leibiker ; edición literaria a cargo de Ana Lucía Salgado - Ia ed. 3a reimp. - Buenos Aires : Ediciones SM, 2010. 144 p.: il.; 19x12 cm. (El Barco de Vapor. Naranja; 8)
ISBN 978-987-573-092-2
1. Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. 1. Leibiker, Laura, coord. il. Aime,Susana,dir. 111.Salgado, Ana Lucia,ed. lit. IV.Título CDD A863.928 2
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tra-tamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
Para Mechi. Para Valentina y Camila.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la
Mancha, capítulo VIII.
Siento como si me estuvieran hablando en una lengua que yo no entiendo.
Y me están hablando a mí.
Titán es el decimoquinto satélite de Saturno y el segundo más grande de todo el sistema solar, después de Ganímedes, satélite de Júpiter. Fue descubierto por el astrónomo holandés Christiaan Huygens, en 1655. Si se toma en cuenta su tamaño, Titán bien podría ser un planeta: es más grande que Plutón y que Mercurio. En la mitología griega, los titanes fueron los primeros dioses hijos de Geay Urano. Dominaron el Universo hasta que fueron derrotados por Zeus, al frente de la siguiente generación de dioses.
peces, a las gallinas, a los monstruos de Gila y a todas las lagartijas de la Tierra. En serio.
Aunque no sigo mucho el campeonato local, me encantan los mundiales. Sufrí bastante durante el mundial de Francia, en 1998, más que nada al ver las arrugas en la frente que se le formaron a papá cuando Holanda nos eliminó, después de que Batistuta estrellara un pelotazo en el palo. Yó tenía seis años. Cuatro años más tarde, sufrí de verdad en el mundial de Japón-Corea del Sur. Le ganamos un partido a Nigeria, perdimos otro con Inglaterra (¡cómo se enojó papá!) y empatamos con Suecia. Resultado: no pasamos a octavos de
final. Catástrofe.
Papá mide las etapas de su vida según los mun-diales de fútbol. Dice, por ejemplo: “El primer au-to me lo compré en pleno mundial de México” o “Me casé después del mundial de Italia”. Yo voy por el mismo camino: esta historia la estoy escribiendo antes del mundial de Alemania 2006.
Volviendo al acuario del museo, los pececitos son reflasheros. Inofensivos. No pueden rasguñar porque no tienen garras y, de todos modos, el vidrio de las peceras actúa como una barrera: ellos apenas si tienen conciencia de la gente que cruza esa galería. A veces a algún chico se le ocurre golpear el vidrio, pero enseguida viene un guardia, y el pececito recupera la calma y sigue nadando entre los corales, las anémonas y las estrellas de mar en miniatura.
Estas cosas las sé, porque voy casi todas las tar-des al museo; es mi entretenimiento preferido. Mis amigos ya se acostumbraron a oírme hablar sobre la colección de arácnidos, los paneles con moluscos y la reproducción sexual de las plantas. Mi héroe es Carolus Linnaeus, un naturalista sueco que vivió en el siglo dieciocho y con su
obra Systema Naturae ideó el sistema de ordenamiento moderno de los seres vivos. No se crean que yo soy un erudito, sólo memorizo los carteles del museo. Aunque si hay algo sobre lo que puedo dar cátedra es sobre los tres meteoritos que están expuestos en el vestíbulo.
No es fácil lo mío, no converso mucho con mis amigos, pero estoy acostumbrado. Escucho música, me gusta el rock. Y el más amigo de todos mis amigos es Gabriel, que se apasiona con el sonido de los discos, es detallista y puede detectar cuándo entra el bajo o si el guitarrista mete la pata con una nota. Estudia guitarra eléctrica con un profesor particular. Para mí, hacer música es un enigma: no tengo oído. Los músicos me parecen magos; me intriga mucho todo eso. A mí me gusta cantar por cantar, pero la gente tiende a burlarse de los desafinados. Como si para cantar, hubiera que hacerlo bien.
Gabriel me acompañó al museo algunas veces; otras, fuimos juntos a un recital. Yo estaba con él y con Mechi (la grandiosa Mechi) cuando sufrí el incidente en el zoológico. Tengo una marca en la mano, hecha por el monstruo de Gila; apenas se
nota, una cicatriz corta, un poco más pálida que el resto de la piel, en donde termina el pulgar. El error fue mío, por meter la mano dentro de la jaula. Yo no encerré al monstruo, pero los hombres (y yo soy uno de ellos) lo alejaron de los otros monstruos y de su ambiente natural: ¡tenía sus razones para estar enojado!
Mi accidente en el zoológico es apenas una anécdota comparado con las experiencias que viví en el Museo de Ciencias Naturales. Y todo por culpa de mi atracción por los meteoritos.
Mejor empiezo a poner orden en la historia, pa-ra que se pueda entender. Si no, se me va a hacer difícil contar lo que me pasó. Y yo quiero que esto sea un cuento bien contado.
2. Mi familia, las momias
egipcias y el desodorante de
ambientes
Me llamo Valentino Bravard y vivo sobre la avenida Gallardo en un edificio que está buenísi- mo, un poco antiguo, con habitaciones amplias y mucha luz. Tengo un cuarto para mí solo, con li-bros y la computadora que uso, más que nada, para entrar a Internet y estudiar; a veces chateo, pero me aburre, me gusta más jugar al solitario o a la carta blanca. Desde la ventana se ven las araucarias y los jacarandás del Parque Centenario y parte de la fachada del Museo de Ciencias Naturales. Cuando el viento agita las ramas de los palos borrachos que crecen en la vereda, hasta puedo ver los pumas, las vicuñas o los lobos marinos esculpidos en los altorre- lieves, bajo ios
ventanales del primer piso. También
veo, si me lo propongo, las tejas del Instituto Divino Rostro, cuyas persianas, al menos las que dan a la avenida Gallardo, están siempre clausuradas. Según papá, que se siente orgulloso de haber comprado el departamento “B” del piso seis, tenemos una de las mejores vistas de la ciudad.
Papá es ingeniero agrónomo y trabaja en la pro-vincia, visitando estancias y pueblos; es una especie de “gaucho sobre cuatro ruedas”, como él dice, orgulloso de su familiaridad con la gente de tierra adentro. Le gustan los dichos camperos. En verano, suele repetir una frase: “Estoy más acalorado que mono con tricota”. En invierno, la cambia por otra: “El día está frío como panza de sapo”.
Vuelve a casa los viernes por la tarde, cansado, aunque se esfuerza por preguntarme cómo me fue en la escuela, si tuve algún examen, y así. Los sá-bados, cuando vamos en el auto a algún lado, ha-blamos de cualquier cosa. Es fantástico charlar de cualquier cosa con papá. De música, del mejor co-lor para un auto, de River. También de los insectos que arruinan cosechas: las chicharritas, las tucuras, el picudo del algodonero y la mosca de los cuernos.
El Mal del enanismo rugoso del maíz puede ser un tema para varias cuadras. El sabe que me encantan los animales y todos esos nombres misteriosos.
Siempre que habla conmigo, papá sentencia: “¡Es muy necesario distraer la mente!”. Para papá, todo lo que no es trabajo es distracción de la mente. A veces, jugamos al ajedrez. En medio de una apertura siciliana, es capaz de exclamar: “¡Qué bueno, Valentino, distraer la mente!”. Es extraor-dinario papá.
Mamá es profesora de historia. Va y viene de un colegio a otro, acarreando libros y quejas, porque no le gusta andar de aquí para allá. Le gustaría tra-bajar en un solo colegio y estar más tiempo en casa, pero dice que necesitamos el sueldo para pagar la cuota del crédito hipotecario, el mismo que nos permitió comprar un departamento con vista.
Ceno con mamá todas las noches, pero a la ma-ñana me despierta Felipa, la empleada doméstica que trabaja en casa y se encarga de que las cosas brillen, de desempolvar los libros, de hacer las com-pras y de planchar las camisas. Felipa tiene el pelo negro, es muy delgada y le gusta cantar mitad en castellano, mitad en guaraní:
ete-í cuñamí che yarará.
¡Qué tendrá que ver una víbora con la ingratitud! Con el tema de que se arrastran por el piso, siempre están de turno...
Por la tarde, pasamos horas enteras sin hablarnos con Felipa. Cada tanto ella canta y me advierte de su presencia. A veces me pide algo o me ofrece un caramelo, que siempre lleva en sus bolsillos. Le fascinan los dulces y a mí también, aunque prefiero las manzanas rojas.
Después, cuando me voy al museo o a visitar a un amigo, me da un beso y me toca la nariz. Le en-canta apretar mi nariz como si fuera un timbre. Me pide que me porte bien, como si yo todavía fuera chiquito, y sigue con sus tareas. A su manera, Felipa tiene un humor amable. Ella es tranquila, la casa es tranquila.
Cuando viene mamá, Felipa se va.
Mamá siempre vuelve acelerada de la calle; por diez minutos, es una bola de energía. Grita, señala, arenga, pregunta, reta y da besos. Todo al mismo tiempo. Es su manera de sacarse de encima los bo- cinazos del tránsito, la humedad, el griterío de los alumnos. “No saben si Alejandro Magno fue un
conquistador o una momia egipcia”, jura mamá. “Dios los perdona, porque es su oficio”, agrega.
Una vez que comprueba que durante su ausencia no ocurrió el Apocalipsis y que en la heladera hay comida, fumiga los cuartos con desodorante de ambientes y se da un baño. Mamá les tiene terror a los olores. El único olor que acepta es el perfume a desodorante, que yo detesto. Es fanática de uno que mata al noventa y nueve coma nueve por cien-to de las bacterias, virus y hongos que pueden ha-bitar en una casa.
A esa altura del día, cuando está por anochecer, miro un programa de animales en el cable. Hay que decir algo de mamá: acelerada y todo, suele tener buen humor. Hay dos cosas que le hacen perder el buen humor:
a) las cucarachas;
b) no encontrar el desodorante de ambientes.
De ambas cosas, siempre soy el culpable. No tengo ninguna relación con las cucarachas: sé que son feas, acorazadas y hacen “cric-cric”, como una papa frita, cuando un zapato las aplasta. Mamá tiene sus razones para acusarme de favorecer a esos insectos crujientes: asegura que por culpa de mi
costumbre de dejar abierta la ventana del cuarto, entran las cucarachas, trepándose por las paredes. También afirma que, “¡Dios no lo permita!”, un día podría entrar una rata. Que ella se ha cansado de ver una rata alpinista en un colegio viejo donde da clases; los chicos de 8o “A” la llaman “Petra” y le
dan miguitas de pan a escondidas. También hay ratas que caminan por sobre los cables del alumbrado, agrega mamá, espantada.
Un día, cuando tenía diez años (ahora tengo ca-torce), cometí un crimen terrible: metí tres aeroso-les en una bolsa de basura y los arrojé a la vereda. Confesé mi acto para salvar a un inocente: la pobre Felipa. Por una semana, mamá fue implacable: me prohibió ver los documentales de animales, justo cuando pasaban una serie sobre castores (yo admiro a los castores, en serio, son geniales para hacer di-ques en los ríos).
Cuento todo esto, porque el verdadero inicio de esta historia se puede describir de este modo: mamá entra a casa; se queja del portero porque no arregló la luz de la entrada; me da un beso; despide a
Felipa después del parte diario; entra al baño, busca el desodorante y no lo encuentra. Me pregunta; le
digo que no sé; revuelve toda la casa; entra otra vez a mi cuarto; abre el armario y allí están (en perfecta fila) tres envases de desodorante, uno en uso y dos de reserva. No entiendo nada. Mamá se enoja; le juro que no tengo nada que ver, se lo juro de tal manera que se le pasa el enojo; le agarra un ataque de humanidad, me pregunta si me volví alérgico; le aseguro que solo me disgusta el perfume a flores de frasco, pero que ni los escondo ni los volvería a tirar a la basura. “Entonces habrá sido Felipa.”
Lo bueno fue que mamá se convenció de mi ino-cencia. Lo malo fue que Felipa no había puesto los desodorantes ahí: Felipa ni toca los desodorantes, porque sabe que los detesto...
3. La pelota de tenis
color naranja
Digamos que, hasta ahora, no escribí nada ex-traordinario, quizá lo de las ratas y cucarachas trepadoras. No hablé de Ruperto, mi gato. Soy el encargado de desparasitarlo, cuando le toca. Ruperto odia tomar pastillas: siempre vende cara su derrota. El recurso que encontré, aconsejado por papá, fue molerle la pastilla, mezclarla con dulce de leche y untarle la mezcla en una pata. Ruperto, gato al fin, no tiene más remedio que lamerse.
El día en que comienza esta historia, lo buscaba para su cura y lo descubrí jugando con una peloti- ta peluda: de acá para allá, le pegaba
con la pata.
Me miró, lo agarré, lo unté con dulce de leche, y empezó a lamerse con un gesto rabioso, como diciéndome que había cosas más importantes que hacer.
Yo no dejaba de mirar la pelotita. No la reconocía; tengo algunas pelotitas de tenis color verde manzana, pero esa era una pelotita peluda, de color naranja. La tomé. Entonces escuché:
—¡Basta, bellacos!
¿Quién podría gritar así? La tele estaba apagada. No había nadie en el cuarto, salvo Ruperto, yo... y la pelotita.
Acto seguido, entró mamá echando desodorante de ambientes. Se fue. Oí unas toses. Miré la pelotita. Tosía.
Sentí que el cuarto daba vueltas. Ruperto estaba erizado; era lo que mejor sabía hacer. Pensé que por suerte ya me iba a despertar, que las pelotitas solo tosen en los sueños.
Reaccioné cuando me llevé un dedo a la boca. Todavía quedaban rastros del dulce de leche con la pastilla del gato: el sabor era horrible. Ruperto tenía razón en resistirse. ¡Pobre Ruperto!
—¡Cof, cof!
Bueno, había que terminar con esa locura. Me habían pasado algunas cosas extrañas en la vida.
Cuando era chico, los reyes magos me traían ju-guetes, y el ratón Pérez me ponía unas monedas en la almohada cada vez que perdía un diente. Pero eran cosas que pasaban cuando uno dormía. Jamás vi en persona a los reyes. Jamás me tosió el ratón Pérez. Además, mamá no lo hubiera permitido: le habría dado unos comprimidos para el resfrío, antes de revolearlo por la ventana.
Con la tos, la pelotita comenzó a estirarse. Vi unos bracitos de pulpo, algo parecido a una boca, media docena de ojos. Todo eso me miraba y lo que veía no parecía ser de su agrado. Levantando uno de sus bracitos-tentáculos, la pelotita rugió:
—Permítame presentarme... ¡Pardiez! ¡Cof, cof! No se incomode. Me dirijo a usted atentamente... ¡Cof, cof!... a fin de solicitarle un favor. Tenga a bien escucharme...
Ruperto se subió a la cama y se aferró a lo que le quedaba de valentía para mirar el espectáculo desde allí.
Yo me desmayé definitivamente.
M
e despertó mamá... la voz de mamá: —¡Valentino! ¡Ya está la comida!Abrí los ojos: estaba en el piso y Ruperto a mi lado. De la pelotita, ni noticias.
Esa fue la cena más desganada de mi vida. No sé lo que comí, ni lo que hablé con mamá. Ella se dio cuenta de que algo raro me pasaba, quiso saber si me sentía bien; le contesté que no, que me sentía mal. Tuve la tentación de decirle que había una pelotita parlante en el cuarto.
-—Mam i, ¿vos o papá trajeron una especie de pelotita peluda que hay en mi cuarto?
—¿Pelotita peluda? Habrá sido Ruperto, le en-canta despeluzar las de tenis. Pregúntale a él.
No fui más allá. No le dije que la pelotita estaba viva y hablaba. Se comprenderá por qué.
Besé a mamá. Me lavé los dientes y dudé un se-gundo antes de atravesar la puerta del cuarto. Revisé el armario como al descuido; miré abajo de la cama; apagué el velador.
No tenía sueño. Con la cabeza en la almohada, me entretuve un rato mirando el resplandor de las luces de la calle en la pared y en el techo. Hasta que al lado de mi oreja, casi adentro, escuché:
—Prometa no desmayarse y se lo explicaré to-do, por favor.
Era una voz muy parecida a la de la pelotita. —No prenda la luz. Atentamente. Muy agrade-cido. Mejor así, hasta que usted se haga a la idea.
Fantástico. La pelota hablaba y, además, me tranquilizaba para que me hiciera a la idea de que las pelotas hablan.
—¿Quién es usted? —le pregunté a la voz. —¿Ya está mejor, vuesa merced? Disculpe las molestias. Agradezco su atención...
Era una voz agradable, que transmitía calma: como la voz de Felipa, pero en varón. Aquello parecía una pelotita varón.
No dije nada. Sentía que se me revolvían los pensamientos, que alguien los pasaba por una licuado- ra y hacía sopa con ellos, sopa de pensamientos. No iba a abrir más la boca.
—Mi nombre es Sancho Fragancia Bebé.
¡Ah, bueno! Aquello era la locura más grande que había oído en mi vida. Que la pelotita peluda me hablara era una cosa, pero que se llamara “Sancho” y que el apellido fuera “Fragancia Bebé”, era el más allá de la locura absoluta. Ya
comenzaba a creer en un castigo divino por abandonar mis clases de tenis, con lo cara que había salido la raqueta. Pero entonces escuché:
—Valentino, por favor. Necesito su ayuda... su ayuda. Gracias... Perdón. No tengo dádivas ni mercedes para ofrecerle, solo mi amistad —me dijo, y agregó—: no soy un majadero, es menester que usted me preste atención...
.
'
S. El umbral del asombro
L/ádivas ni mercedes para ofrecerle”, me dijo la pelotita, y me pregunté por qué hablaría así, como antiguo. Al menos, yo ya estaba en condiciones de preguntarme algo.
Ya no tenía miedo de desmayarme. Sancho Fra-gancia Bebé era amigable, no importaba lo que fue-ra. El mismo Ruperto dormía a mis pies, sin atender a nuestra conversación. Arriba, el cielo estaba lleno de estrellas y las luces del cuarto estaban apagadas. Me sentía espectral, como uno de los pececitos atrapado en el silencioso acuario del Museo de Ciencias Naturales.
—Escuche, vengo de Titán —me dijo Sancho— . La luna más grande de Saturno: Titán.
¿Qué más podía impresionarme? Nada. El venía de Titán, a mí me había arañado un monstruo de Gila, quizá todo estuviera relacionado. Sólo debía superar “el umbral del asombro”. Así llamaba nuestro profesor de Física a la sensación de los científicos ante un gran descubrimiento. Revelar nuevas leyes, nuevos mundos, requiere una mente adaptable a lo misterioso. Bueno, yo no soy un científico. Así que casi me muero: no lograba trasponer el umbral del asombro. Pero me iba serenando.
Lo primero que me explicó la pelotita fue que aprendió mi idioma gracias a los libros que había en mi escritorio, entre ellos, los dos volúmenes del
Quijote. También aprendió leyendo las cartas que
papá les enviaba a los clientes, y que estaban en la computadora. Ahí entendí por qué hablaba tan ra-ro. ¡Pobre, qué mezcla! Además, me aclaró que él escondió los desodorantes en el armario porque le producían alergia. De ahí sacó el apellido, del de-sodorante que tenía fragancia Bebé.
—¡¿Y su nombre es “Sancho”?! —le pregunté. —¡No, bellaco! Lo tomé de ese venturoso libro. Atentamente... Mi verdadero nombre no tendría sentido para vuesa merced...
Entonces, me contó que él buscaba meteoritos. Que sabía que a mí me atraían los meteoritos y que por eso yo era la persona más apropiada para ayudarlo.
—Hay un meteorito que se llama “El Toba”. Usted lo conoce muy bien. Está en el museo. Por eso, por el meteorito, yo vine aquí. Yo necesito el meteorito, ya le explicaré —dijo Sancho. El Toba era una mole compacta de cuatro mil kilogramos: ¡como para cargarlo al hombro!—. Hace mucho que estoy aquí, aprendiendo su idioma, escondido y trasudando, bellaco. Ahora puedo hablar, con li-cencia y facultad —insistió.
Cada año se derrumban millones de estrellas fu-gaces, miríadas de estrellas fufu-gaces, en todo el sis-tema solar. La Luna se encuentra llena de agujeros hechos por los impactos de los meteoritos. El uni-verso entero está bombardeado por meteoritos. Entonces... ¿por qué razón una criatura extraterrestre venía a reclamarme el meteorito que se encontraba en el museo, enfrente de mi casa? Encima, Sancho no se explicaba demasiado. ¿No es tener un poquitito de mala suerte? O como dirían los gauchos de papá: “¡Qué suerte pala desgracia!”.
6. El universo y las abejas
No sé a qué hora me dormí esa noche. Creo que no dormí; que, lejos de tener un sueño reparador, me pasaron otras cosas.
Soñé que flotaba en un agujero negro y que el universo entero me hablaba como don Quijote. Soñé que deseaba regresar a casa, que volvía a mis clases de tenis y que mi raqueta era una varita má-gica que hacía callar al universo quijotesco; pero un segundo después, alguien en el sueño cantaba con voz penosa: “Ahí va, hacia su última aventura, el caballero de la triste figura”.
Y no sé por qué, pero esos versos eran para mí, así lo sentí en el sueño, en serio. No entendí nada, pero me hablaban a mí.
Cuando Felipa me despertó para ir a la escuela, la luz de la mañana, aunque débil y fría, asomaba en el cuarto. Un poco de luz de sol siempre es re-confortante.
Pero apenas me lavé la cara, recordé a la peloti- ta con tentáculos y me aceleré. Los lunes, cuando papá está apurado para ir al trabajo, dice: “Me voy más rápido que chisme en pueblo chico”. Yo tam-bién estaba apurado para contar algo, pero no era un chisme. Era una noticia que solo una persona en el mundo me podía creer.
Felipa había preparado el café con leche. Mordí dos o tres galletitas y las dejé a todas por la mitad. No tenía nada de hambre. En realidad, tenía ham-bre, lo que no tenía eran ganas de comer. Ganas de irme a la escuela, eso tenía. De contarle todo a Mechi... Mechi, mi amiga del alma... ¡Esto era la primera gran cosa que había experimentado en mi vida! Por fin la iba a impresionar con algo que me había pasado a mí y solamente a mí.
Mechi estaba con la cara hinchada. Me contó que la había picado una abeja. No cualquier abeja, una abeja africana “asesina”.
—Son terribles, son abejas que se escaparon de un laboratorio en Brasil, ¿sabías?
—No, no sabía —dije, fastidioso.
—Sí, quisieron cruzarla con la abeja común en América, porque la abeja africana casi no necesita flores para producir miel.
—¡Qué bien! Como el burro del cuento, que se murió justo cuando estaba aprendiendo a no comer.
—¡No hablés como tu papá!, ¿querés?... Parece que se escaparon del laboratorio unas cuantas y, en poco tiempo, desplazaron a las abejas americanas. Y son capaces de...
-—Córtala, Mechi, basta. A mí me pasó algo peor. Además, acá no hay abejas africanas.
—¿Que no hay? ¿No me creés?
—Te voy a creer, cuando vos me creas a mí. A la salida de la escuela te cuento.
—¿Qué te pasa? ¿Pero, qué te pasó? Estás... —Estoy apurado por contarte todo, pero no es un chisme ni nada por el estilo. Ya vas a ver... — le contesté, justo cuando terminaba el recreo.
Z
Escalofrío
Si hay algo intrigante, Mechi es capaz de escu-char. Así que, a la salida de la escuela, la tenía a mi disposición. Antes llamé a Felipa para decirle que iba a llegar media hora más tarde. “¿Tenés unas monedas? Pasá por el kiosco y traeme de los blanditos de avellanas”, me encargó, antes de cortar.
—Bueno, contame —me apuró Mechi.
—En mi casa hay un extraterrestre —le dispa-ré; ¿para qué andar con rodeos ?
—El chiste está bueno —me contestó Mechi—. Ahora, hablá en serio.
Nos miramos; la miré; me miró; miré para arri-ba. Suspiré como para meter en mis pulmones
to-do el oxígeno del sistema solar. Mechi tiene unos ojitos orientales que me gustan demasiado, el pelo castaño, largo y lacio. Además, arruga la nariz cuando se pone impaciente. Le dije que estaba linda y me contestó:
—¡No digas pavadas!
Exactamente lo mismo que le oí decir a mamá, una vez que papá la vio con un vestido negro, arreglada para una fiesta.
—Mechi, en serio: es un bicho rarísimo, se pa-rece a una pelota de tenis.
Le gané por cansancio. Prometió que, después de comer, vendría a visitarme, así yo le mostraba al “marciano”. Le advertí que no era de Marte y que, por lo tanto, no era un marciano. Ella me miró como solo se puede mirar a los que creen en marcianos. Y yo no creía en marcianos; solo tenía un bicho de otro planeta en mi cuarto, lo que es algo muy distinto.
De regreso a casa, me detuve en la entrada del museo. Vi los escalones y la enorme fachada del edificio de un modo diferente, con un escalofrío.
derecho al armario. En un rincón, al lado de los zapatos, estaba Sancho Fragancia Bebé, junto a los tres aerosoles de desodorante de ambientes.
—No los soporto. No soporto tal veneno, alcornoque; doquiera que eso flote no deja cosa sana.
Antes de cerrar el armario, tomé los desodorantes y le aclaré:
—No se preocupe. Ni Felipa ni yo los usamos. Pero, si mamá no los encuentra, estamos fritos.
—Por favor, bellaco alcornoque, le ruego su intervención. No podré sobrevivir a otra fumigación —suplicó Sancho.
8. Mechi, la maravillosa
Cuando Mechi llegó, luciendo unos pantalones pata de elefante violetas con flores estampadas y una remera negra, me alegré, más por verla que por otra cosa. Pero enseguida ella me preguntó:
—¿Dónde está el marciano?
Felipa estaba cerca. Le hice un gesto a Mechi para que me acompañara al cuarto. Por un momento tuve la sensación de que la pelotita se ocultaría, pero estaba, muy quieta, en la oscuridad del armario. —¡Allí está! —le informé triunfal. Sentí la vacilación en Mechi; se agachó, miró, tomó la pelotita en sus manos y me dijo:
—No es más que una pelota de tenis.
Verde.
Mechi se permitió una broma:
—Al final era cierto: los marcianos son verdes. —No, no... —contesté apresurado—. Es cierto, pero no es... ¡no es esa!
Comencé a buscar como un poseído debajo de la cama, entre los libros, en el baño. Mechi se asustó, pero no del marciano. Se asustó de mi estado. Me pidió que me calmara. No la escuché:
—¡Felipa!
Felipa pensó que queríamos comer algo y nos ofreció la merienda. Pasé por alto su ofrecimiento y le pregunté si había visto una pelotita peluda de color naranja. Arqueó las cejas, torció ligeramente la cara y me hizo un gesto de negación con la ca-beza, se dio vuelta y comenzó a cantar en voz baja.
Si no encontraba a Sancho, iba a perder toda mi credibilidad ante los ojos de Mechi. Era encontrar a Sancho o entregarme, como un condenado, a las garras de un psiquiatra: “¿Así que el joven oye voces? No se preocupe. Sucede. Dígame: ¿a usted le gusta el calor o el frío? ¿Lo dulce o lo salado? ¿Alguna vez usó chaleco?
Tengo uno para regalarle...”.
—¡Tiene que aparecer! —dije, hablando como para mí, cuando volví al cuarto.
Mi amiga estaba pálida y seria. —Ya apareció —dijo Mechi.
Frente a ella, sobre mi escritorio, Sancho nos observaba con su media docena de ojos. Luego, apuntando con uno de sus tentáculos a Mechi, comentó:
—Le ruego, le ruego, Valentino... ¿la doncella es confiable?
—Sí, Sancho, es confiable —respondí más tranquilo... ¡y libre del psiquiatra!
De inmediato intenté suavizar la llegada de Me-chi al umbral del asombro. No quería que se des-mayara como yo. Para mi sorpresa, ella me dijo:
—¡Qué alivio! No estabas loco... O tu locura es contagiosa.
9. Salvar un mundo cualquiera
Le avisé a Felipa que íbamos a estudiar un rato los mitos griegos, y le pedí si nos podía preparar la merienda para más tarde. Ella me dio dos cara-melos guiñándome un ojo. Me hizo poner colora-do como un tomate. ¡Qué se le estaría ocurriencolora-do! Cerré la puerta del cuarto.
Mechi estaba acariciando a Ruperto, sorprendi-da, pero controlando sus emociones. Me asombró su entereza. Yo mismo me sentía más preparado ahora que tenía un testigo: mi cabeza, entonces, funcionaba bien.
A esta altura, solo quedaba encontrar razones que explicaran la presencia de Sancho, y de eso se tendría que encargar é l .
Sancho me señaló la computadora: se había to-mado el trabajo de archivar un montón de notas de diarios, que informaban sobre el descenso de una sonda terrestre en Titán. Me rogó que las leyera.
29 DE OCTUBRE DE £984 _____________________ ftCTUftUOftD CIENTÍFICA
¿HABRÁ UIDA EN TITÁN, LA UJNA D£ SATURNO?
(Madrid) Las dos principales agencias espaciales mun-diales, la Nasa y la Agencia Espacial Europea, son las res-ponsables de una misión histórica: el envío de un vehículo explorador a un satélite de Saturno. Hasta el momento, solo se había hecho una cosa parecida en Marte, donde aún hoy permanecen los robots estadounidenses Spirít y
Opportunity.
Titán es la más misteriosa de las lunas de Saturno. Su composición química es similar a la que tenía la Tierra antes de que apareciera cualquier signo de vida, hace unos 3.800 millones de años...
£4 DE DICIEMBRE DE £604 _________________ ftCTUftLIOftD CIEHTÍFICñ
UIAJE SIN RETORNO
(México DF) La sonda europea Huygens iniciará mañana un viaje sin retorno a la luna Titán de Saturno, tras desplazarse durante siete años por el sistema solar junto con la nave Cassini, Informó hoy una fuente oficial.
El día de Navidad ha sido el elegido para que la sonda efectúe la separación de su nave nodriza. Huygens iniciará un descenso controlado de 21 días, de tal modo que los científicos confían en que el 14 de enero pueda posarse sobre la superficie de Titán, una de las más de 30 lunas de Saturno y el único satélite natural con atmósfera en el sis-tema solar...
£3 D£ ENERO DE £005 ACTUALIDAD CIENTÍFICA
LA SONDA HUyGGNS DESCENDIÓ CON ÉXITO EN TITÁN.
(Barcelona) Finalmente, el 14 de enero pasado, la sonda
Huygens se posó sobre la superficie de Titán. Traspasada la
atmósfera, el descenso llevó 2 horas y 48 minutos y, du-rante ese lapso, Huygens registró una multitud de datos con los seis instrumentos científicos que llevaba a bordo y continuó transmitiendo otros 72 minutos más tras su ate-rrizaje, el primero efectuado por un artefacto terrestre en ese satélite.
Un alto funcionario de la misión aseguró que Titán es "un mundo fantástico, muy extraño, formado de hielo, alquitrán y petróleo, que llena las riberas y los lagos. No es aconsejable un paseo porque los pies se quedarían pegados o se hundirían. Tampoco es buena idea ir desabrigado, sin un tubo de oxígeno y, por supuesto, está prohibido fumar", afirmó el experto...
sonda Huygens había provocado reacciones químicas complejas en la atmósfera de Titán y que toda la vida allí estaba amenazada. Solo tenían una forma de salvarse: conseguir un elemento muy escaso en el sistema solar. Un elemento que se encuentra en algunos meteoritos; más precisamente, en El Toba, el meteorito más grande de los que se exponen en la entrada del Museo de Ciencias Naturales.
El Toba era un trozo metálico de puro hierro. Se lo dije. Sancho me respondió:
—No es el hierro lo que buscamos. Solicito a usted un momento de su atención: es lo que ustedes llamarían la “esencia” o el “alma” de El Toba. Algo que hay allí. Algo más.
Entonces le hice la pregunta del millón. Qué tenía que ver yo, o ahora, qué teníamos que ver Mechi y yo con todo este asunto, bastante caótico. Sancho se enojó:
—¡Mi mundo se está muriendo! ¡Por su culpa! Atentamente. Mi muy estimado: con toda correc-ción, me dirijo a usted...
—¡Sancho, organice mejor las oraciones! —le rogué, ya medio harto.
—Tiene que ver, porque la epidemia fue producida por su nave espacial.
—¿Mi nave espacial? Sancho, en la Tierra viven
miles de millones de personas. Yo vivo en un país de cuarenta millones. Nunca tuvimos un astronauta y ni soñar con construir una nave espacial. No somos de los más... ricos de este mundo. ¿Entiende?
Sancho, sin embargo, agregó:
—Hoy le toca salvar a Titán. Mañana le tocará a otro la venturosa ocasión. Agora le toca a muy señor mío Valentino. Mañana, otro lo hará. Atentamente, bellaco.
Pero yo seguía sin entender demasiado.
Entonces, los tres pares de ojos emitieron un resplandor que, de algún modo, me atravesó. De golpe sentí algo extraordinario, una ventana que se abrió en algún lugar desconocido y que me mostraba un paisaje nuevo y hermoso. Mechi me tomó de la mano y sonreía, igual que yo. Con una sonrisa boba. Estábamos sintiendo lo mismo: que a todos, en algún momento, nos tocaba salvar el mundo. Un mundo cualquiera, aunque no fuera el nuestro.
—¿Cuántos habitantes hay en Titán? —pre-gunté, aún inundado de alegría.
—Muchos, muchos.
-—Pero... según las fotos... ¡no hay nadie! No hay ciudades, nada.
—¡Voto a tal, corazón de alcornoque! No vivi-mos ansí, en la superficie, que allí todo se marchita, de mi consideración. Muy por debajo de la corteza, en las entrañas, hay sendas floridas y casas, con afecto, apreciado bellaco.
Entonces, él quiso saber concretamente cuán-tos humanos había en el planeta. Puse “población de la Tierra” en un buscador de Internet y a los pocos segundos tenía los datos en la pantalla. Tuve que explicarle la división del mundo en continentes y países.
—Hay dos países que superan los mil millones de habitantes, Sancho. Y, luego, hay nueve países que tienen más de cien millones, ¿lo ve? Estos son los once países más poblados. Argentina está en el puesto 31: casi cuarenta millones.
Sancho se quedó pensativo, como masticando la información. Seguí mirando la tabla. Hay más de 200 países en el mundo. Comprobé que la
Ciudad del Vaticano es un país, aunque está den-tro de oden-tro país, Italia.
POBLACIÓN D£ LA TIERRA China: 1.313.661.696 India: 1.080.264.388 Estados Unidos: 300.061.309 Indonesia: 261.973.879 Brasil: 186.112.794 Pakistán: 162.419.695 Bangladesh: 144.319.263 Rusia: 143.420.209 Nigeria: 128.765.112 Japón: 127.417.244 México: 106.202.364
Me llamó la atención Niue, uno de los últimos de la lista. Según la tabla, en Niue viven 2.166 personas. Hasta ese momento, no me había enterado de que Niue existía. Cuando lo descubrí pensé que sería una isla, un atolón, algún lugar exótico y bello, perdido en las aguas del Pacífico. Casi tan extraño como las ciudades subterráneas de Titán.
10. Nosotros
Y o había elegido contarle todo a Mechi no solamente por aquellos motivos que suponía Felipa y que me hacían poner colorado. Es verdad que Mechi me gusta. Pero el motivo principal que me impulsó a compartir con ella mi secreto es... que Mechi me gusta. Eso ya lo había dicho, cierto. Lo que no dije es que Mechi es capaz de pensar con frialdad aun en las situaciones más comprometidas; es organizada y práctica. Y lo demostró enseguida:
—Sancho, ¿qué espera de nosotros?
La pregunta fue tan directa y contundente que, creo, tomó a Sancho por sorpresa.
puesto en la ocasión de solicitarle su atención; ¡no huyáis, bellaco Valentino! y llevadme al museo, que solo no puedo ni debo, atentamente.
“¿Nada más que eso?”, iba a preguntarle, cuan-do la puerta del cuarto se abrió. Felipa, contra su costumbre, estuvo poco prudente. Más charlatana que nunca, enseguida fue hacia Sancho:
—¡Encontraron la pelota!
Por suerte, Sancho ya se había enrollado y sólo se veía como una pelota peluda de color naranja. Felipa nos avisó que ya estaba lista la merienda y se fue canturfeando uno de sus boleros preferidos.
—¿Nada más que eso, Sancho? —retomé. —En realidad, mi muy estimado amigo, sí, algo más... Le ruego, solicito su atención...
Entonces comprendí que cuanto más nervioso se ponía Sancho, más parecía hablar como una carta comercial.
—Mas esto que voy a decirle, le mando que guarde en secreto: la próxima luna llena debemos hacer posada en el museo, a medianoche, mi muy bellaco. Cuando El Toba libere su esencia, nosotros la recogeremos. Ansí terminarán las aventuras,
atentamente, y curaremos la epidemia. Sin perjuicio desto, lléveme agora mesmo al museo, necesito conocerlo, hermano alcornoque, de mi mayor estima.
Y usted, fermosa doncella, venga también.
Dicho esto, Sancho se hizo pelota otra vez. Guardó sus bracitos-tentáculos, entornó su media docena de ojos y se cerró. Como una ostra.
Faltaban solo dos días para la luna llena, según el calendario. El sábado.
Mientras tomábamos la merienda, Mechi, con el gesto más serio que le vi en toda mi vida, me dijo:
—¿Te diste cuenta de una cosa, Valentino? —¿De qué?
—Dijo “nosotros”. Sancho dijo “nosotros”. ¿Sabés lo que eso significa?
—Sí —le respondí, tan serio como ella—, que no está solo, que hay otros titanes en la ciudad...
11. Visita al museo
Después de la merienda, fuimos al museo. En un bolsito llevaba a Sancho. Cruzamos la avenida Gallardo. Eran las cinco, el sol comenzaba a caer. Admiré el conjunto de árboles del Parque Cente-nario, detrás y a los costados del colosal edificio del museo. En realidad, hacía mucho que no los miraba; yo sabía que vivía en un barrio lleno de árboles hermosos, pero nunca los había disfrutado, en serio. La ciudad estaba llena de vida, de energía y de calor. Quise imaginarme el mundo de Sancho. ¿Habría soles artificiales bajo la superficie? ¿Qué comerían los titanes? Sancho no parecía tener necesidad de alimentarse. Si los castores o los monos aprendieran a cocinar, nos
taparían la boca, pero no tener necesidad de comer debe ser lo máximo de la evolución... aunque un poco aburrido.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —me in-terrumpió Mechi.
—No sé. ¿Vos qué pensás?
—Nada. Una pavada. Un presentimiento... Que vamos a viajar —me dijo al oído.
—¡No me pongas más nervioso! —le dije, tragando saliva.
Ella se quedó callada. Sonreía más embobada que antes. Enseguida la imité: me sentía como iluminado, tan alegre que hubiera abrazado a un monstruo de Gila. Era el “efecto resplandor” de Sancho.
En cuanto subimos las escaleras, vi en la balaustrada los caracoles y la escultura de unas benditas lagartijas. ¿Qué podían estar haciendo las lagartijas? Trepándose a un tronco. Siempre trato de entrar sin mirarlas siquiera, es un temor que me quedó después del incidente en el zoo. Todo lo que sea lagartija (el monstruo de Gila no es más que una fea y horrible lagartija de bellos colores) me pone a la defensiva.
Don Luis, el boletero, vestía, como tantas tardes, una vieja camisa de lino arrugada:
—¡Llegó el hombre de la casa! Veo que hoy viene acompañado. ¡Y muy bien acompañado!
Mechi lo saludó, sorprendida por el piropo. Saqué las dos entradas y estábamos por pasar, cuando sucedió lo inesperado:
—¡Alto! Valentino, las normas... Tengo que re-visar tu bolso.
—¡No! ¿Por qué? —yo no entendía nada. —Ah... ¡Las normas! —insistió don Luis.
¡Ya empezaban las complicaciones! Salió de la boletería. Era un hombre bajo, más bien gordo. Daba la impresión de que podría rodar sin problemas. Don Luis revisó el bolso y comentó:
—Perfecto. Todo en orden. Trajiste lo que había
que traer... —me palmeó la espalda y con una
son-risa me indicó que podía entrar.
En cuanto nos alejamos, aturdí a Mechi:
—¡Es la primera vez que me pasa! ¡No sabía que revisaban los bolsos! ¿Por qué habrá revisado el bolso él y no el guardia de seguridad? ¿Y escuchaste lo que dijo sobre “lo que había que
traer”? ¿No es raro?
—Rarísimo, ¿no? ¡Justo vos te asombrás de las rarezas! —me contestó, divertida.
Como para disimular, me acerqué a ver los li-bros que estaban en la vitrina, enfrente de la bole-tería. Los títulos eran interesantes: El mesozoico de
América del Sur y sus tetrápodos; Introducción a las diatomeas fósiles.
—¿Sabes que las diatomeas son algas unicelula-res? —le comenté entusiasmado a Mechi.
Ella arrugó la nariz, impaciente, y me dijo que prefería las ballenas, que son un poco más... ro-tundas. Después, tiró de mi brazo y me arrastró hasta los meteoritos.
Miré de reojo a don Luis: estaba muy ocupado atendiendo a un contingente de una escuela; era un buen momento para cumplir con el plan. Me puse a leer por enésima vez el cartel de El Toba.
Este meteorito fue hallado en 1923 en el “Campo del cielo”, zona li-mítrofe entre las provincias del Chaco y Santiago del Estero, donde hay gran cantidad de materia caída del espacio. Se presume que son fragmentos de otro u otros planetas. La composición química es de un 90% de hierro, con un 7% de níquel, lo que forma una aleación a la que se denomina “hierro meteòrico” o “sideritas”. El 3% restante contiene cobalto, azufre,fósforo, estaño, silicio y carbono. A diferencia de otras
sideritas, El Toba no presenta ciertas líneas rectas entrecruzadas, a las que se llama “Figuras de Widrnanstatten Esta ausencia ha despertado la curiosidad de los expertos...
—No sabía que los meteoritos tenían nombre —me interrumpió Mechi.
—Es una costumbre de algunos museos, lo dice el cartel —le expliqué, con tono de conocedor y ya no pude parar—. Al primer meteorito lo encontraron a principios del siglo XIX; pesaba novecientos kilos. ¿Sabés qué hicieron los funcionarios de entonces? Lo partieron y le regalaron seiscientos kilos al cónsul británico para que lo llevara al Museo de Historia Natural en Londres. Con el resto, se fabricaron armas. ¿Ves? Lee acá.
La voz de Sancho me interrumpió, imperativa, desde su encierro:
—Mi estimado bellaco: quiero ver el meteorito. ¡Sáqueme del bolso!
Dudé. Sancho estaba loco. ¿Sacarlo?
—Es solo una pelotita, Valentino. Quiero decir: para los demás. ¡Y lo estás aburriendo con tu sabiduría! —dijo Mechi maliciosa.
Su voz tranquila me devolvió la lucidez. Caminé hasta el acuario, a un costado, y saqué a
Sancho del bolso. Me temblaba la mano. Volví. Mechi seguía firme junto al meteorito. Demasiado cerca de la boletería. Don Luis me guiñó un ojo... ¡Ufff! Disimulé
mirando las vigas con los murciélagos esculpidos que hay en el techo. Todo me parecía irreal.
Sancho estaba inquieto, era un cuerpo frío, pero lleno de vida. Yo no tenía idea de lo que se proponía hacer.
—Toque el meteorito, por favor, Valentino, amigo —me imploró.
Un grupo de personas pasó por nuestro lado. —¡Mechi, está muy charlatán! ¡Nos van a des-cubrir! —susurré.
Mechi, por toda respuesta, se puso a cantar. Lo hacía para disimular. Rocé el meteorito con la ye-ma de los dedos.
—¡Bellaco! —rugió Sancho.
—¿Me habla a mí? —pregunté ofendido.
—Discúlpeme. Se lo ruego. Valentino, bellaco, déjeme tocarlo a mí, ahora. Es necesario —rogó.
—Dámelo —me pidió Mechi.
Se lo di y ella comenzó a recorrer la superficie del meteorito con Sancho en la palma de su mano. Sancho no protestó más. Asomó uno de sus ojos a través del camuflaje peludo y redondo: su expresión era de absoluta concentración. Dos o tres minutos después, exclamó:
—¡Suficiente, Mechi! ¡Gracias! Atentamente... Creo que me puse celoso, pero también sentí alivio: la serenidad de mi amiga resolvió todo. No me atreví a salir a la calle tan rápido. Fuimos hasta el primer piso y nos sentamos en los bancos de madera, debajo de la enorme cabeza de un búfalo y frente a cuatro babuinos embalsamados, ubicados en el centro de la sala.
—Ya está. Podemos irnos. No te preocupes, nos van a dejar salir —me dijo, y al ver mi cara de susto agregó—: ¡no seas miedoso! ¿Qué hiciste de malo?
Mechi tenía razón. No habíamos hecho nada malo, salvo entrar al museo con un extraterrestre que quería acariciar un meteorito. Supuse que no habría leyes penales en contra de eso.
Cuando salimos a la calle, entre los bocinazos y el ruido de los motores, la voz de Sancho sonó triunfal desde el bolso:
—¡Confirmado! No tengo palabras, bellaco... Ese meteorito tiene alma. No tiene líneas entre-cruzadas. ¡Titán estará a salvo! Quedo a su dispo-sición, alcornoque amigo.
—pregunté, con conocimiento de causa.
—Llámelo así, si quiere, bellaco. Si esas figuras no están, la esencia está.
Me dejé llevar por un arranque de curiosidad. Quería saber un poco más. Por ejemplo, el ver-dadero nombre de Titán; cómo lo llamaban sus habitantes. Sancho, desde el bolso, soltó una car-cajada. Entonces, apoyé el bolso en la cabina de un teléfono público para preguntarle dónde estaba la gracia. Me dio una respuesta que me hizo pensar por mucho tiempo:
—¡Pardiez! ¿Usted pensó en explicarle su alfa-beto a una hormiga, bellaco?
—No. Pero yo no soy una hormiga, Sancho. No me compare con una hormiga. ¿Acaso no puede hablar conmigo?
—Cuando usted, mi mayor estimado, aprenda a comunicarse con una hormiga en su idioma, yo le diré cómo llamamos nosotros a Titán. Que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra pregunta, no podría. —Luego, muy bajito, y sin altivez, confesó—: Yo aprendí a hablar con las hormigas.
des-pedir chispas de inteligencia. No sé por qué, pero en ese momento me sentí un poco insignificante.
12. El huracán Mamá
vernos entrar.
No le contesté. Necesitaba seguir hablando con Sancho bastante más.
Apenas entramos al cuarto, se puso a saltar (más bien, a rebotar) de alegría.
—Sancho, por si acaso... ¿piensa llevarse el me-teorito a Titán? —yo estaba tomando conciencia de que íbamos a hacer algo peligroso. Un robo.
—De ninguna manera, estimado, que ese escrúpulo viene torcido, mentecato amigo. Solo vamos a aspirar. No se congoje, don alcornoque Valentino. Aspirar el alma. Es menester, ya se lo dije —me tranquilizó.
Entonces, llegó mamá. Imposible no darse cuenta de que... ¡llegó mamá! Hablaba con Felipa en su tono habitual: acelerada y gritando.
—¿Compraste el pollo, Felipa? ¿Te dieron la citación del consorcio? ¿Cómo anduvo Valentinito?
A veces me dan ganas de sacarle la venda de los ojos y decirle: “ma, el bebé creció: soy yo, ¡hola! Era Valentinito, no soy más”.
Pronto se calmaría. Mamá era el huracán Mamá los primeros diez minutos; luego, la locura se iba disipando. En segundos estaría en el cuarto.
Sancho alcanzó a decirme, antes de enrollarse: —¡Sálveme del desodorante!
Enseguida, mamá entró al cuarto. Se alegró al ver a Mechi y lo demostró:
—¡Nena! ¡Qué linda estás!
Creo que a mamá le preocupaba que yo pasara demasiado tiempo solo, en mi cuarto, leyendo o jugando con la computadora. Me encantó el modo en que trató a Mechi. Pero venía con el desodorante fragancia Bebé en la mano.
—¡¡No, ma!! —¿No qué?
—¡Mechi es alérgica al desodorante! —mentí. —Ay... ¡Perdón! —dijo mamá, muy compungida.
Y de inmediato comenzó a hacerle preguntas a Mechi sobre su alergia. Había metido en un lío a mi amiga, pero ella dio muestras, una vez más, de lo genial que es. Le inventó que su sistema inmunológi- co estaba debilitado por el polen de los árboles y que se estaba convirtiendo en alérgica a todo tipo de cosas, y que una “nadita” de desodorante le hacía a su organismo el mismo efecto que la patada de un caballo. Cerró el comentario, diciendo:
—¡Debo ser una bacteria, ja!
Mamá quedó horrorizada, miró el desodorante como si estuviera a punto de gatillar un revolver; se llevó la mano libre a la boca y gritó:
—¡Ay! ¡Dios mío! ¡Casi te mato! ¡Perdóname, mi amor!
Antes de irse, Mechi me dijo:
—Acordate de que mañana hay fiesta en casa. ¿Venís temprano?
acontecimientos, me había olvidado, pero le prometí que sí, que iba a ser el primero en llegar.
13. La fiesta de cumpleaños
Fui a una casa de regalos y compré un par de aros para Mechi. La vendedora me miró con una sonrisa extraña, como si los aros fueran para mí. O tal vez le provocó esa sonrisa torcida mi pelotita color naranja: había decidido que ya no debía ir a ningún lado sin Sancho. Temía que algo le pasara, que una lluvia antimicrobiana lanzada por mamá acabara con su vida.
Estaba, también, preocupado por Titán. Pensaba en un mundo de pelotitas color naranja que vivían debajo de la superficie, lejos del frío helado, al abrigo de los fuegos subterráneos. Me imaginé que se agruparían en comunidades, que habría padres, hijos, hermanos. Sin duda, existiría
el amor entre ellos, o sentimientos de algún tipo. Incluso entre los monstruos de Gila deben existir los sentimientos... Si Sancho había encontrado el modo de viajar a la Tierra (y en un tiempo tan corto), significaba que su civilización poseía una tecnología superior a la nuestra. La nave Cassini tardó siete años en llegar a Titán y él, apenas meses, semanas o acaso minutos en hacer el viaje inverso. Sancho no contestaba estas preguntas ni ninguna otra sobre su mundo. Presumí que eran asuntos confidenciales y no insistí.
Como sea, me la pasaba aferrado a Sancho y estoy seguro de que él estaba contento; prefería la palma de mi mano al oscuro armario. Al anochecer, me sorprendió con algo nuevo. Había encontrado un libro de mamá, con poemas de Guido y Spano. Me preguntó:
—Valentino, ¿qué es esto? —Son poemas.
—¿Y qué quiere decir eso, bellaco?
¡Y dale con “bellaco”! Parecía enamorado de esa palabrita. Le expliqué, lo más poéticamente que pude, de qué se trataba la poesía. “Un cuento que no precisa historia”, le dije. Seguía sin
entender. “Un cuento que sólo necesita música”, insistí.
—¿Y qué es la música? —arremetió Sancho. —Eh... Un cuento que no necesita palabras — me inspiré.
—Entonces la poesía es un cuento con palabras que no necesitan historia, solo música; pero la música no necesita de palabras —definió, triunfante.
—Más o menos... —intenté conciliar—. Lo que importa es la belleza.
—¿Todos los poemas son bellos, entonces? —¡Ojalá!
—¿Me deja recitarle uno? —agregó el muy ca-radura. Y comenzó—:
“¿Conocéis a la rubia y tierna Amira? ¡Qué belleza, qué flor, qué luz, qué fuego! Su andar se ajusta al ritmo de la lira, Hay en su voz la suavidad de un ruego”.
Lo que me faltaba: la pelotita recitadora. Una guitarra y hacíamos un fogón. De pronto, se puso melancólico:
—“Es aquí donde exhausto peregrino Quisiera alzar mi solitario albergue,
¡Y arrullado del aura y de las ondas Vivir lejos del mundo, para siempre! ”
Y agregó emocionado:
—Me gusta su armario. Me gustan los poemas. Me quedaría aquí para siempre, Valentino, amigo.
Sentí que la humanidad se reivindicaba a los ojos de Sancho. Seríamos hormigas, pero hormi-gas poetas.
La casa de Mechi era de dos plantas, tan linda como cualquiera de las del barrio, con un quincho en el jardín, al fondo. Allí estaba ella con sus ami-gas. Al verme llegar, las chicas interrumpieron la charla. Pero yo había alcanzado a escuchar algo:
—¡Está bárbaro!
—¡Nooo! ¡Mirá lo que es eso! —¡Ay, es relindo!
—No está bueno, ¡está espectacular!
Pronto comprendí que el afortunado destinatario de los elogios era el chico del momento. Un pedante sin límites, encima rubio, alto y de ojos celestes. Le decían “Lobo” y tenía su propia banda de rock: Nandú. En homenaje a su presencia, Mechi y sus amigas descartaron la
cumbia y pusieron rock.
En la mayoría de las fiestas, se pasaba un noventa por ciento de cumbia, un cinco por ciento de rock, un cuatro por ciento de lentos y un uno por ciento de cosas inclasificables. Mechi me dijo una vez, hablando de esto: “Vos sos muy estadístico”, y arrugó la nariz.
Mi tema preferido, esa noche, en esa fiesta, fue
You’re beautiful, de James Blunt. Un tema lento a
morir, un tema que te puede hacer enamorar has-ta de una jirafa.
Saludé a Gabriel, mi amigo con alma de soni- dista. Gabriel me producía admiración porque a todo le encontraba un lado cómico. No tardó en preguntarme qué llevaba en el bolso de mano.
—Nada... Una pelotita...
Abrí el bolso para mostrarle a Sancho, pero... ¡no estaba! Por suerte, nadie me prestó atención... ¿a quién podía importarle mi pelotita en una fiesta? Tal vez Gabriel tuvo miedo de que me pusiera a hablar de los amonites fosilizados del jurásico, porque de pronto comenzó a preguntarle cosas a Lobo. La conversación giraba en torno a Nandú. Lobo estaba vestido de “estrella”, con
una remera y un pantalón negros. La remera decía en letras amarillas: “Nandú va por vos”.
Gabriel, que había estado en un ensayo de la banda, le dijo:
—Tenés rebuena voz, Lobo. ¡Buena enserio! Lobo, el muy pedante, ni se inmutó. No pareció importarle el elogio, aunque sí le importó (¡y cómo!) lo que siguió:
—Tu forma de cantar es apasionada y con sentimiento, pero ojo con la afinación, ¿eh? —le dijo Gabriel, siempre con tanta puntería.
Lobo miró a Gabriel con cara de perro rabioso. Los perros rabiosos no suelen aceptar la crítica constructiva, y mi amigo es un especialista en crítica constructiva.
—Es una pena lo que te voy a decir, Lobo, pero la música suena a petardo —siguió Gabriel, cavándose su propia tumba.
—¡Idiota! —Lobo se estaba hartando.
—¡No te ofendas, no es el punto! —le aclaró Gabriel. Y agregó—: Tendrías que conseguirte, aunque sea, una sound blaster que pueda cargar
sound fonts... O meter esos midis en un
—¡Metete los midis en tu multipistas! —aulló Lobo, y empujó a Gabriel, que cayó encima de unos arbustos. El cantante se conformó con lo que hizo y se retiró hacia otro sector del parque, donde no se practicara la “crítica constructiva”.
Mientras mi amigo se levantaba, vi algo que brillaba , casi fluorescente, entre las ramas: ¡era Sancho! El propio Gabriel tomó la pelotita.
—¿Esto es tuyo? —dijo, olvidándose de Lobo. Agarré a Sancho y, sin pensar en lo que hacía, exploté:
—¡Que sea la última vez!
Gabriel me miraba sin comprender: no le en-contraba el lado cómico al asunto. Algunas perso-nas suelen arengar a sus perros, a sus gatos, incluso les hablan a las plantas. ¡Pero no a una pelota de tenis! Salí del paso como pude. Solo quería que la fiesta terminara y eso ocurrió a medianoche.
Me fui solo a casa, eran apenas tres cuadras. En la calle, sombras y niebla.
De pronto un tipo con impermeable y acento extranjero se cruzó en mi camino:
—¿Egues Valentino? —me espetó.
—¡No! Sí... más o menos... —llegué a decir, bastante asustado.
—Tengo que hablag con vos.
—¡Yo no! No tengo nada que hablar con un desconocido. Mis padres están en la esquina — mentí.
—Vos no mientas. Ellos están comiendo en la
paguilla Los chanchitos.
Tenía razón, estaban cenando ahí, en Marechal y Gallardo, a pocos metros de casa. Me asusté más. El tipo era inmenso, un pedazo de bestia de casi dos metros y ancho como una pared. Creo que ocupaba toda la vereda. Era una pared.
—Soy Jean-Pierre Platini, investigadog de la Agencia Espacial Eugopea. Necesito hablag con vos un momento —dijo, mientras, de manera poco amis-tosa, me pasaba un brazo por los hombros y co-menzaba a arrastrarme hacia el parque.
14. El hombre de la Agencia
Espacial Europea
Jean-Pierre Platini olía a pipa, pero tuvo el buen gusto de no encenderla durante la breve charla que compartimos esa medianoche, en uno de los bancos del Parque Centenario, muy cerca del edificio con cúpula redonda de la Asociación Argentina “Amigos de la Astronomía”. Allí hay un modesto observatorio para contemplar la Luna, Marte, o los anillos de Saturno. Alguna vez, fui con papá para conocer el Mar de la Tranquilidad, la región donde alunizó la
Apolo en 1969. Aunque a monsieur Platini no le
importaba esa clase de recuerdos.
Era imposible negarme a su pedido de conversar. Podía ser un tipo muy persuasivo. Cada vez que decía la palabra “vos”, sonreía. Un tipo vivo. Como
esperaba una ciudad fulgurante. Los insectos aman las luces urbanas, se lanzan a los focos, vuelan lo-camente hasta que es demasiado tarde y mueren. Jean-Pierre Platini carraspeó:
—¿Vos quiegues sabeg, Valentino, qué hago aquí? ¡Ah!... ¡Esas computadogasl
Comenzó un largo ataque a los programadores y a los programas de las computadoras, a los aparatos de transmisión y a unas cuantas cosas más. Me dijo que todo debía tratarse de un tremendo error (“egog”) humano, porque no podía ser cierto lo que las máquinas indicaban: que aquí, en este país, en esta ciudad, precisamente en este lago artificial frente al cual conversábamos, se encontraba la Huygens.
—¿Vos la ves? Porque yo no la veo —me confesó incrédulo, fastidiado, el desconcertado investigador, antes de largar una real carcajada francesa. Luego, a pesar de la oscuridad, sentí que se sonrojaba—: No
creegás vos,jeune, que sospecho tales cosas. Egaguen humanum est... ¡Todos nos equivocamos alguna vez!
Yo estaba muerto de miedo, con Sancho en el bolsillo. Le pregunté cuál era su trabajo concreto. Casi vanidoso, dijo que era un investigador muy hábil y que por eso lo habían mandado a él a esta “sensible misión”. Que debía llevar un informe completo a sus jefes, para que nadie dudara de que
había estado trabajando y no de vacaciones en esta lejana capital del sur. Estaba convencido de que su esfuerzo era inútil, de que las máquinas se habían vuelto locas. Durante semanas, gracias a sus múl-tiples recursos, había investigado el parque, sus al-rededores, los vecinos...
—¿Y por qué me cuenta todo esto a mí? —le pregunté, para ver si podía zafar.
-—Sentido común —observó.
Me dijo que podía poner las manos en el fuego por mis vecinos. Ninguno había visto algo extraor-dinario en los últimos días: todos seguían sus rutinas, tan normales. Trabajo, gimnasio, estudio, llevar a los chicos al colegio, preocuparse por las cosas por las que se preocupan los hombres y las mujeres en cualquier lugar del mundo.
Pero, según él, yo era distinto. Ni mejor ni peor: diferente. Si era un anzuelo para mi curiosidad, ya estaba atrapado; me mordí la lengua, pero igual se me escapó un:
—¿Por qué?
En pocas palabras, me dio a entender que si él tuviera que hacer una lista de personas del barrio sospechosas de haber tenido un encuentro con ex-traterrestres, me pondría a mí en primer lugar.
Entendí lo que Platini me estaba sugiriendo: que yo era un bicho raro. Eso me decían mis amigos... y siguen siendo mis amigos. En el fondo, todos somos bichos raros. Me da risa, ¡cómo si fuera el único! Cuando me dicen “Sos raro, ¿eh?”, no se refieren a mi cara, no tengo joroba como el jorobado de Notre-Dame, ni la piel de color verde. Se refieren a mis gustos, a mi fascinación por los animales (vivos o muertos). Yo les digo que escarben un poco dentro y ¡ya verán qué cosa los fascina! La gente se hace rutinas para no salirse del molde y parecer un bicho corriente. Yo conocí a un tipo así, convencional a morir. Un día, el día más frío del invierno, se desnudó y comenzó a hacer aerobismo alrededor del parque. La policía se lo llevó y él gritaba en el patrullero: “¡Necesito completar mi rutina! ¡Tengo que dar otra vuelta!”. Ni siquiera sabía que estaba desnudo: se había hundido en la rutina hasta enloquecer.
La cuestión es que, bicho raro o no, al final todos venían a tocar a mi puerta: primero Sancho, ahora Platini. ¡Muy afortunado de mi parte!
El francés, cortando el hilo de mis pensamientos, me espetó:
—Acabemos, Valentino. ¿Estás seguro de no
—¡Jamás en mi vida! —respondí rápido, asustado de nuevo.
—¿No llevas vos, pog ejemplo, un magciano en el bolsillo? Vos tienes la mano allí desde que nos sentamos.
Su instinto era terrible, pero el tipo no creía en lo que decía. ¡Por suerte! ¿Se estaba tomando todo a la chacota... o simulaba? Por las dudas, le dije:
—Es solo una pelotita que no quiero perder. Nada más.
El hombre de la Agencia Espacial miró las es-trellas y luego el lago. Cruzó las piernas. Suspiró.
—Es una bella ciudad la tuya, Valentino.
Me habló de los jacarandás en flor, de las veredas manchadas de flores violetas. Me habló de los meteoritos del museo. A él también le fascinaban: al fin y al cabo, eran como naves espaciales.
—Aunque no como las que yo busco —comparó.
Monsieur Platini me había seguido todos estos días.
Era hábil. Su problema era que ya no creía en nada. Sentí que el francés no me iba a lastimar. Entonces, súbitamente audaz, tomé a Sancho y se lo puse frente a los ojos:
—Me encanta esta pelotita, es la única pelota de tenis color naranja que vi en mi vida —le dije, con el corazón acelerado.