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Sincretismo literario de la festividad tradicional : la magia del baile de tambor

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Sincretismo literario de la festividad tradicional : la magia del baile de tambor

Gustavo Luis Carrera

Résumé

Syncrétisme littéraire de la fête traditionnelle : la magie de la danse au tambour.

Un parallèle esthétique et émotionnel peut être établi entre la création littéraire et la tradition de la fête où s'accomplit un usage invétéré. Des significations se dégagent des deux manifestations : la littérature est le réfèrent, la fête la référence. Le transfert de l'un à l'autre fait apparaître l'objet littéraire comme un dérivé, processus fréquent dans l'ensemble latino- américain des XIXème et XXème siècles. L'exemple de cette conjonction est pris dans les danses au tambour des villages noirs de la côte de la Caraïbe vénézuélienne, lors du solstice d'été, en l'honneur de Saint Jean, d'une part et, d'autre part, dans plusieurs contes d' Arturo Uslar Pietri inspirés par cette tradition enivrante ; en particulier celui qu'il a intitulé « Baile de tambor », un des textes fondateurs du réalisme magique. Le personnage, paysan de la côte qui se cache pour ne pas aller au service militaire, est attiré par le son des tambours, leur constante pulsation, vers le lieu de la fête et la danse. Il sait qu'il risque d'être pris, mais ne peut résister. Le caractère pulsionnel de la musique est le facteur principal de ce récit, récriture en est transformée. Un syncrétisme se dégage pour le lecteur : expérience esthétique puissante, émotion des mots qui sacralisent ce moment, fascination magique.

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Carrera Gustavo Luis. Sincretismo literario de la festividad tradicional : la magia del baile de tambor. In: América : Cahiers du CRICCAL, n°27, 2001. La fête en Amérique latine, v1. pp. 223-232;

doi : https://doi.org/10.3406/ameri.2001.1536

https://www.persee.fr/doc/ameri_0982-9237_2001_num_27_1_1536

Fichier pdf généré le 16/04/2018

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Sincretismo literario de la festividad tradicional:

la magia del baile de tambor

I. El paralelo estético y animico que puede delinearse entre la creation literaria y la tradition plasmada en la festividad cumplida por mandato del uso inveterado, es un bosquejo de insinuaciones significativas vinculadas a los dos âmbitos: la literatura como referente y el acto festivo como referencia. De hecho, se produce un trasvase que tiene una sola orientation

— que remata en el objeto literario como un derivado — y es frecuente en el proceso de las literaturas del mosaico latinoamericano de los siglos XIX y XX.

En la narrativa venezolana cabe mencionar el prestigio ostensible de la festividad de mayor representation nacional — por encima de su esencia llanera — , el joropo, término de supuesta rafz indigena que se corresponde tanto con una mûsica y un baile especîficos, como con el conjunto mismo de la festividad que incluye la mûsica, el canto — que puede incorporar corridos o copias — , el baile, la comida y, como elemento estimulante infaltable, la bebida. Asf, encuentra lugar el joropo, en 1890, en una no vela que constituye un hito en la novelfstica venezolana, Peonia, de Manuel Vicente Romero Garcia. Del mismo modo que exige su presencia identificadora en no vêlas de Rômulo Gallegos, como La Trepadora (1925), y sobre todo Doha Barbara (1929), donde el joropo se proyecta en cuentos, prâcticas de brujeria y decires tradicionales, propios de la region de Los Llanos. De otra parte, la amplitud representativa del joropo, en la dimension narrativa, se advierte en su presencia en el ambiente oriental de la novela La guaricha (1934) y el cuento Manrufo (1935), de Julian Padrôn.

Posteriormente, en 1937, Gallegos incorporarâ nuestro tema puntual, el baile de tambor, en su novela Pobre Negro.

II. En una evaluation de fondo, es indispensable diferenciar la fiesta de la festividad. El carâcter libre, voluble e inmanente de la fiesta — como jolgorio eventual, a capricho y sin fecha fija — se contrapone a la condition cfclica, programâtica y trascendente en su signifîcado cronolôgico, de la festividad, al fin y al cabo concebida, y sobre todo conservada, como un verdadero rito obligante, con dîa en el calendario, en homenaje a un elemento natural o a un personaje motivador. Cabe que la festividad encierre en si una fiesta, pero sin que se altère la esencia conmemorativa de aquélla, que es lo que comûnmente, en lenguaje protocolar religioso, se llama fiesta de guardar. Sentido, este ultimo, que incorpora la notion importantfsima de acatamiento de una norma respetuosa de una tradition, donde actûa como factor decisivo la condition gramaticalizada y no textualizada — para usar la

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terminologia de la semiôtica cultural — de la festividad o de la conmemoraciôn festiva traditional.

III. En la tradiciones conmemorativas, como el baile de tambor, coinciden y operan eficazmente la fuerza colectiva del uso, de la costumbre socializada, y el disfrute personal, el goce subjetivo. En este caso, séria diffcil decir que puede mâs, si el imperativo de la festividad, de la tradiciôn inveterada, hecha una sola con la vida emotiva y reverente de una colectividad, o si la fascinaciôn excitante de la fiesta, centrada en el ritmo que estimula la sensibilidad propicia de los tamboreros y de los bailadores

de tambor.

Un magnîfico y prestigioso exponente de esta conjunciôn anîmica se encuentra en los dos componentes del sincretismo: de una parte, en el baile de tambor de las poblaciones negras de la costa venezolana caribena, en honor del solsticio de verano y con fundamentaciôn en el culto a San Juan; y de la otra, en cuentos de Arruro Uslar Pietri especificamente inspirados en esa poderosisima y embriagante tradiciôn.

IV. Ahora bien, £a que baile de tambor se hace referencia?

En el corpus central de las festividades populares tradicionales de Venezuela, las agrupadas en torno al Dîa de San Juan — 24 de junio — , son de las mâs importantes y representativas. Junto a la poderosa veneration religiosa se encuentra la esencia profunda de las celebraciones correspon- dientes al solsticio de verano. La antigua tradiciôn pagana — en Egipto, en Grecia — es absorbida por la religion cristiana en un vivo sincretismo que implica la evoluciôn de los simbolos, y surgen, en consecuencia, las fiestas de San Juan Bautista, tan extendidas y vigorosas en diversas regiones del mundo. Asimismo, resalta con toda claridad el sentido propiciatorio elemental para la cosecha, en el momento del impulso de las lluvias: el culto

incitante de la fecundidad, propio de todos los pueblos.

En Venezuela las festividades en honor de San Juan cobran particular significaciôn y fuerza en las zonas de intensa poblaciôn negra. En los dîas conmemorativos del santo, suenan los distintos tambores, fogosos e infatigables, a lo largo de la costa y lugares cercanos, desde la region de Barlovento hasta el Estado Yaracuy, abarcando un amplio territorio central, con proyecciones hacia el oriente y el occidente del pais. En otras zonas distantes — del Estado Sucre, por ejemplo — también se toca tambor y se baila en ofrenda sanjuanera. Al espiritu de acatamiento respetuoso de una tradiciôn y al cumplimiento de rigidas promesas, se ha ido uniendo el ânimo festivo, sobre todo de parte de los jôvenes, y la fiesta, en lugar de reducirse o de conservarse restringida al nivel bâsico de la supervivencia, como otras, ha ampliado su alcance y su efectividad.

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En integration — o paralelo — con la conmemoraciôn representada por cantos, toques y bailes, se conserva todo un conjunto de costumbres y creencias relacionadas con el dia de San Juan, tales como formulas para la interpretaciôn del futuro, procedimientos para la resoluciôn de problemas amorosos, el bano ritual para atraerse la buena suerte, comidas, dulces, dichos, y otras expresiones; caudal caractenstico sustentado por perfiles etnohistôricos, plasmados en una verdadera etopeya colectiva. Toda una série de elementos y formulaciones que patent izan la proyecciôn animica profunda de la fecha y del santo. En la actual i dad puede hablarse de un complejo culturalmente integrado por factores alôgenos, pero con évidente supremacîa de la etnia negra, como nervio central de la tradiciôn socializada tanto material como animicamente: tacto y espîritu, realidad y magia, costumbre y culto.

El proceso histôrico de la festividad de los tambores de San Juan, en Venezuela, como han destacado estudios de Luis Arturo Dominguez y Adolf o Salazar Quijada {Fiestas y danzas folklôricas de Venezuela, Caracas,

1969), y con una clara vigencia en la memoria colectiva que hemos precisado en nuestras investigaciones, incluye una honda relaciôn con el penodo de la esclavitud. Con el tiempo se estableciô la tradiciôn de que el dia de San Juan los esclavos — que traian de distintas zonas africanas los barcos negreros — tuviesen una especie de liberaciôn temporal, siéndoles permitido dejar el trabajo para bailar y cantar. Circunstancia real y simbôlica que podrîa reforzar la explicaciôn del gran ascendiente de la fiesta y su especial arraigo en los territorios de poblaciôn negra dominante, donde se privilégia la imagen de San Juan y luego las de San Benito y de San Pedro, como los très grandes santos de los negros en Venezuela. Una vision diversificada de aspectos de la festividad de San Juan, seguramente instaurada en torno al sentido cooperativo y protector de una cofradîa colonial, puede obtenerse en la actualidad en una de las poblaciones venezolanas donde se da con mayor intensidad y carâcter representative, Curiepe, pueblo fundado por negros libres y esclavos, quizâs a partir de una rochela o grupo rebelde, en plena tierra de Barlovento. Alli la conmemoraciôn ya se anuncia en la tarde de la vîspera del dia venerado, entre toques iniciales de tambores. En la noche, en el velorio de San Juan, todo se hace impetu. Ya la pequena imagen de San Juan Congo, también llamado San Juan Bari Congo y mas comûnmente San Juan Guaricongo, se encuentra en la sala muy iluminada de una casa escogida, cuidadosamente adornada con palmas, hojas y racimos de cambur, telas, papeles de colores y flores. Frente a ella empieza el ardoroso baile de tambor redondo. La plenitud regocijada de la intimidad de la sala de la casa donde se baila, solo puede igualarse con la intensidad participativa que ostenta, afuera, bajo el cielo barloventeno, la esquina de la plaza donde se encuentra la bateria de tambor grande, de voz mâs recia, difundida hacia los alrededores. Alli se cumple, justamente, el llamado baile de tambor grande o baile de Mina, animado por dos tambores de un solo parche: el gran Mina, de très o cuatro

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métros de largo, apoyado sobre una cruz de palos; y la Curbeta o Curbata, parado en el suelo; ambos de posible procedencia dahomeyana. El baile es mâs confuso y libre. Todo prosigue, sin césar, hasta la manana siguiente.

Después de diversos repiques de tambor, como recordatorio, y de la prâctica tamborera de los ninos del pueblo, durante todo el dia, por la tarde va arreciando la voz del gran Mina y en la noche del 24 de junio, fecha de San Juan, se produce otro velorio, con rasgos semejantes: se baila al ritmo de los tambores y se cantan diferentes tonadas, como Mano Juan, Paso Franco, El Rasguhao, hasta el amanecer.

La festividad culmina con la alegre Jornada del 25, denominada el Encierro de San Juan. En la tarde ese dia, la imagen del santo es sacada a recorrer el pueblo. Se cumple, entonces, el ultimo velorio anual de San Juan, en aras del culto al tambor. La tonada del golpe de Malembe, da la despedida: Malembe, Malembe se va / hasta el ano que viene no volve râ...

Durante très dias y très noches en Curiepe manda la voz del tambor: la tradicion se cumple como tributo a las creencias y a la tierra fecunda, y para regocijo esperanzado del hombre mismo.

Al final, resalta la convicciôn profunda: el tambor y San Juan son habitantes permanentes de un pueblo que los atesora como parte de su identidad fîsica y espiritual.

V. Dentro del marco de la etiologia del tambor y de San Juan es altamente productiva una aproximaciôn a dos muestras narrativas que de alli nacen y se nutren en abanico de posibilidades literarias y emotivas. El relato

« La negramenta », de Arturo Uslar Pietri, forma parte de la coleccion de narraciones cortas publicadas en Caracas, en 1936, con el titulo de Red, segundo libro de cuentos del autor, después de la sorpresa estética que significô su primera recopilaciôn narrativa, de corte vanguardista, Barrabâs y otros relatos (Caracas, 1928).

Del libro Red ha sido muy destacado el relato « La lluvia », sin duda magistral, por su singular poder expresivo proyectado hacia una sutil sim- bolizacion entre la naturaleza y el hombre, en la linea indecisa de la real i dad y la fantasia. Pero, no cabe duda de que en el conjunto sobresale el cuento

"La negramenta" por su originalidad temâtica y el potencial sugerente propio de la conjunciôn de la historia con el mundo anfmico de la tradicion mâs arraigada y envolvente. En este caso, Uslar Pietri tomô como base la situation peculiar y el personaje fascinante que resultan determinados por la que fue, quizâs, la primera insurrection contra la Corona espanola en tierra venezolana y la fundaciôn del primer Reino Negro en America. En efecto, en el siglo XVI los conquistadores espanoles establecieron el laboreo del Real de Minas de San Felipe de Buria, explotaciôn de oro a orillas del no Buna, cerca de Nirgua, en el actual Estado Yaracuy, con mineros peninsulares, ochenta negros esclavos y algunos indios jiraharas, de la region. Entre los esclavos se encontraba uno, Miguel, quien pasô a la historia

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de Venezuela como el Negro Miguel, cuyo espiritu rebelde y osado lo llevô a organizar, en 1553, a una veintena de negros para reaccionar en contra de los maltratos fisicos que imponian los espanoles. Miguel, con su grupo, tome por asalto el Real de Minas y maté a varios mineros. Después se interné, con sus acompanantes, en los montes cercanos y alli logrô formar una tropa de unos ciento ochenta hombres, entre esclavos negros e indios de la zona. En la montana estableciô el Reino de Burîa, en un cumbe o poblaciôn protegida por empalizadas, asiento de rebeldes, donde él era el Rey Miguel y su companera, la negra esclava Guiomar, la Reina, mientras el hijo de ambos pasô a ser el principe heredero. El Obispo era otro esclavo, y asi se fueron estableciendo las dignidades que recordaban un sistema monârquico.

Sintiéndose fuerte, Miguel llegô hasta acometer acciones contra la no tan prôxima Nueva Segovia, la actual ciudad de Barquisimeto. Sin lograr su propôsito, tuvo que refugiarse en su poblado de Burfa, como asienta una de las versiones histôricas, donde fue atacado fuertemente por soldados convo- cados de varias procedencias por los espanoles, y es fama que el Negro Miguel muriô heroicamente, defendiendo su Reino Negro de Burîa, que fue destruido y los esclavos sobrevivientes reducidos a peor esclavitud. Sin embargo, su acciôn no terminé en si misma. El alzamiento del Negro Miguel estimulô el primer levantamiento contra el poder espanol de los indios jiraharas de la region. Y la situaciôn se hizo tan inestable para los mineros,

que poco después fue abandonado el Real de Minas de Burfa.

De esta historia hace Uslar Pietri una sîntesis de preludio, reinado y muerte, en el relato « La negramenta »; término este, por cierto, muy popular para significar un grupo grande de negros. Todo empieza en el prôlogo a la acciôn rebelde:

Del aire hacia la tierra crece la palpitaciôn del tambor. Late espeso y ronco en lo oscuro, entre las casas turbias y el cerro horadado de minas. Brota de los punos negros, que golpean el parche grueso al tiempo de la sangre [...]

"San Juan Bari Congo cabeza pela..."

El proceso del camino que lleva al frenesi del baile toma rumbo, concretândose en actitudes, colores y sabores que denotan una transfiguraciôn, mientras, bajo la mirada paternal de San Juan, el tambor es el corazôn colectivo:

Sabe a sudor el aguardiente y con sudor corre el compas y brilla por el cuerpo de las bailadoras calenturientas, cubiertas de flores. Late el gran pulso del tambor, cada vez mâs râpido.

[...] j Llegô la noche de San Juan!...

La potencia sagrada — y sacralizadora — de la gran noche de los negros, de la gran fiesta de los esclavos, donde ellos disfrutan de un paréntesis libertario y festivo, también alarga sus poderes hasta los calabozos, pues en esa ocasiôn « duermen las argollas frfas y los grillos en los hûmedos compartimentos de los esclavos ».

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La fiesta multiplica las capacidades y enhebra los simbolos en una signification tâcita que todos los negros comparten. El baile concentra su fuerza erotica en las caderas, que vibran sin contenciôn posible. La fantasia es una con las If ne as de la realidad.

San Juan Ban Congo recorta el dfa y alarga la noche. Recorta el dia. Acaba el dfa. Se agita la sombra en cuerpos negros desatados [...] Una mujer vestida de rojo baila con frenesi extraordinario. [...] — jDale, Micaelina, dale!

La noche llega al paroxismo, cuando todos « se lanzan al baile con un ansia insaciable. » Es el momento escogido por el Negro Miguel para alzarse en sangrienta rebeldîa. El santo venerado, el baile venerado, el tambor venerado, son el marco adecuado que el autor escoge para la insôlita action del esclavo insumiso, decidido a hacerse levantisco, a bautizarse cimarrôn.

Todos tornan la cabeza y el baile se para. Ha llegado un negro pequeno y cuadrado, cara chata, ojo frîo, gesticulador, escoltado por diez esclavos gigantescos.

— Miguel, musitan las voces — , el sefior Miguel.

Miguel se adelanta y dice:

— Ha llegado el momento.

De su parte, el propio santo nunca desampara a su pueblo, y en esta noche terrible concede su benevolencia a tan audaz rebelde:

Por fuera, San Juan viene entre su ola de luces con su eco de tambor, gritando con toda la noche:

— jViva el rey Miguel!

Al momento, todos se someten al rey temerario, ungido por la aspiraciôn de justicia, mas alla de los crueles y despiadados tormentos de los amos mineros. El tambor es parte del ritmo del corazôn de cada uno de los esclavos: « ...Parece que se fueran a oir los pulsos retumbar como tambores... »

El tambor propicia, alimenta y encubre la acciôn, que durarâ lo mismo que la noche de San Juan, igual tiempo que la oscuridad del monte, de los huecos de la mina, del destino incierto de los esclavos negros después de cruzar la lïnea negra que se évapora ante la primera luz del dia. Asî, el Rey Miguel, es a su vez, el rey de la noche de San Juan, el rey del baile de tambor, el rey de la negramenta.

El cuento « Baile de tambor » pertenece a la notable colecciôn Treinta nombres y sus sombras, publicada por Uslar Pietri, en Buenos Aires, en 1949; donde se incluyen relates extraordinarios, como « La mosca azul »,

« El gallo », « La cara de la muerte », « El cachorro ». En ese conjunto,

« Baile de tambor » sobresale como una de las narraciones de mayor acierto integral, sostenida sobre una singular plasticidad expresiva — la ambientaciôn es la suma de pinceladas, como la propuesta visual de un cuadro o de pianos cinematogrâficos — y sobre una perception mâgica de la festividad de los negros, que seduce al lector. No es casual que este relate uslariano fue galardonado, en su momento, con el prestigioso premio de cuentos del diario El Nacional. De otra parte, si se considéra el antécédente

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de «La negramenta», al exaltar el tambor sanjuanero, en esta nueva oportunidad, el autor no hace mâs que ser consecuente con una vivencia que lo marcô profundamente en su sensibilidad y en su visualization literaria.

La circunstancia del cuento « Baile de tambor » no puede ser mâs reveladora de la dramatica lucha entre el temor al cruel castigo corporal y la privation de la libertad, de una parte; y de la otra, la fuerza telûrica, erotica, ancestral del tambor y la imposibilidad de resistirse a su llamado obnubilador. En efecto, el negro Hilario es un desertor del cuartel

— después de haber sido reclutado con la violencia acostumbrada — , ya harto de la disciplina y de las privaciones. Se enmontô entonces, Hilario, sobreviviendo como un animal solitario en el monte, comiendo frutas y raices y robando, de vez en cuando, de los fogones de las casas finales del pueblo. Nunca se alejô mucho, pero sabia que si lo agarraban nada lo salvana de una paliza que frecuentemente se traducia en la muerte o en la invalidez. El deslinde estaba hecho: en el monte, algo parecido a la vida; en el pueblo, lo mâs parecido a la muerte. Hasta que se hacen présentes San Juan y su tambor vénérante.

Hacfa mucho tiempo que no ofa el tambor. No ofa sino ruido de ramas, ladridos de perros, cantos de pâjaros. Pero no aquel caliente son del tambor. Agazapado golpeaba con el pie y con la mano en el suelo. Ton ton, ton ton, ton ton. Era como un agua de calor que le rodeaba el cuerpo.

La voz imperiosa del tambor no puede ser desoida por un negro de buena ley. No es solo el repique sobre el parche, ni el clamor vegetal de los palos o laures sobre el tronco inmenso, es el tambor total, como ritmo, como miembro de la familia, como llamado que convoca, como mujer que enamora. Por eso, Hilario no résiste — no puede ni quiere resistir — el emplazamiento que le hace el tambor, que sencillamente le dice: « si estas vivo todavia, demuéstralo; el baile y la negra Soledad esperan por ti ».

Ya es como un sacudimiento de fiebre lo que lo lleva con el tambor. Todo resuena dentro y fuera de su cabeza [...] Retumba el ritmo. Todo lo sacude. Tumba y retumba. Zumba en la sombra. Zumba. [...] Y aquella mujer que venfa traida y llevada por el tambor, trente a él.

Sacudida con él. Atada con él. Golpeada con él.

- jAé! iAé! jAé!

- i Soledad, guâ, los dos bailando!

- jHilario, guâ, ya volviste!

Nada podia evitar que el Comisario, siempre alerta, advirtiera su presencia en pleno centro del baile, transportado por el ritmo de fuerza biolôgica y la atracciôn incomparable de la negra Soledad. Nada podia distraer su camino forzosamente destinado a honrar el imperio de siglos: una sujétion que marca como una identidad ineluctable. Cumplido el rito, habia que sufrir la penitencia.

Alli lo habia encontrado No Gaspar. Se habia ido acercando poco a poco, lentamente, temerosamente, pegado al borde de una pared, oculto detrâs de un ârbol lejos de los faroles. Pero los pies se le sacudian al ritmo y entre dientes machacaba la gangosa canciôn. Empezô a bailar solo. Y después, sin saber cômo, bailaba con aquella negra encendida en la sombra en ojos y en risa y en olor.

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Las dos dimensiones de la realidad se superponen hasta fundirse en una sola proposition de vida, donde el baile de tambor no es la exception, el paréntesis representado por la fiesta con respecto a la realidad golpeante con su rutina y sus crueles excesos, sino que baile, tambor y San Juan son los signos de una entrega, con fruition, al disfrute de una tradition irrenunciable y a un placer erôtico que es afirmacion de la ûnica vida que vale la pena de ser cumplida. Y ello, a todo riesgo. Simplemente, la fuerza de la seducciôn del tambor es superior al instinto de salvaciôn y al miedo al castigo mâs cruel.

Todo aquello no sabia si lo ofa o lo pensaba mientras salia de la plaza Mena de tambor, entraba por el oscuro zaguân de la comisaria y sin fuerzas para soportar el empujôn caîa sobre los ladrillos del calabozo. Tanto como el tambor y casi con el mismo ritmo le latian los pulsos estrangulados por la soga.

En el calabozo, Hilario percibe los pasos agoreros del Comisario, No Gaspar, entreverados con el ritmo incansable del tambor que vibra en la plaza del pueblo. Luego los pasos se agigantan con su propio eco, como un tambor infernal que acaba por acallar el tambor glorioso de San Juan, opacândolo como si tendiese sobre él un grueso manto negro. Un paso. Dos.

Très. Ya no hay en el oido espacio para la voz del tambor, ni en los ojos imagen para Soledad, la bella negra de las caderas magnificas y el baile insigne. Apenas un levé recuerdo; mientras el aire se llena de los pasos demoniacos: preludio de los azotes mortales.

Chirriô la puerta. Con los ojos abiertos, desde los ladrillos, vio el calabozo lleno de la ceniza de la madrugada, y en la puerta, alto y ancho, No Gaspar, y detrâs de No Gaspar las caras, las cobijas, los fusiles y los machetes de los nombres de la comisiôn.

Queda, entonces, en el lector la perception del contraste integrador de la vida de la fiesta, del baile de tambor, como la fascinaciôn vitalista que puede abrir las puertas de la muerte. La festividad tradicional como un rito de expiaciôn y de sacrificio, bajo el ropaje de la seducciôn que llena los oidos y mueve las carnes.

VI. Mijail Bajtin (La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Moscû, 1965) senala la construcciôn, al lado del mundo oficial, de « un segundo mundo y una segunda vida »; como dimension a la cual se incorporan ampli os grupos especificos de poblaciôn en fechas establecidas. En particular, cita, como manifestaciones no-oficiales, las saturnales romanas y los carnavales de la Edad Media; situândolas en una suerte de « dualidad del mundo ». Bajtin basa su identificaciôn particularizadora en lo carnavalesco, lo cômico y lo grosero. Pero, bien vale la delimitaciôn del mundo paralelo de lo festivo para otras dimensiones de la fuerza irradiada por la fiesta popular tradicional. Evidentemente, en esta categoria de mundo paralelo encaja a la perfecciôn el baile de tambor.

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Ahora bien, las kronias griegas y las saturnales romanas no se quedan en homenajes a Cronos y a Saturno — como hace notar James Frazer en su tan famosa y citada La rama dorada (Mexico, 1951) — , sino que son antécédentes de las festividades carnavalescas y de otras fiestas que se corresponden con celebraciones paganas luego cristianizadas. Sobre todo se destaca que estas conmemoraciones simulaban un retorno a la edad dorada, como simbolos de alegna desbordada y de igualdad. Asî lo senala Julio Caro Baroja (Algunos mitos espanoles, Madrid, 1941)) para distintas culturas de la Peninsula Ibérica. Y de alii, el paso sincrético a tierras americanas era una consecuencia natural.

La fiesta — el âmbito diversificado de la festividad — constituye una dimension paralela, al margen, con respecto a la normativa reguladora de la realidad cotidiana. En efecto, en este sentido, la fiesta es un texto que hace de paréntesis dentro del texto gramaticalizado de la realidad. ^Significa esto que la fiesta es una option de virtualidad, una ficciôn, a fin de cuentas? La respuesta serfa: si y no. Si, porque la fiesta es una exception, una ruptura momentânea de un hilo vivencial — de la persona y del grupo social — que es el caracterîstico de lo que los mas precavidos Hainan « la realidad real ».

No, porque, como quiera que sea, la fiesta, dentro de su excepcionalidad y su condiciôn de tregua frente a la contundencia de la normativa social, econômica y polîtica del orden cotidiano, forma parte de la totalidad de la realidad — individual y colectiva — , insertândose en esa esencia genérica y totalizadora de una realidad que conjunta la vigencia de lo tangible con la validez de lo virtual. Quizâs, por esta via, no séria dificil considerar que la fiesta es una subrealidad o un subsistema dentro de la realidad o el sistema de lo real.

En cualquier caso, lo que nos interesa destacar es la legitimidad individual y social de la fiesta como parte sustancial de la vida del individuo y de la sociedad. Y en esa linea de pensamiento cabe hacer resaltar su trascendencia singular como expresiôn de la fuerza especifica de la tradiciôn, de la costumbre, del derecho al uso, y de la potencialidad sublimadora que otorgan a la fiesta su motivation lûdica, su esencia estética y su espîritu liberador.

A fin de cuentas, es la condiciôn marginal, excepcional, seductora, de la fiesta, la que atrae el interés y genera la cristalizaciôn estética del creador

literario.

A la postre, el producto logrado se corresponde con un eficaz sincretismo entre la creaciôn literaria — dimension ficcional ûnica — y la vivencia tradicional — praxis socializada — , donde, para el lector se trata de una pura y conmovedora experiencia estética a través de la palabra sugerente, sacralizada a partir de una atmôsfera dominante y seductora por obra y gracia de una fascinaciôn mâgica. Por encima de todo, en el sistema de préstamos y de interrelaciones que pervive entre la festividad y la literatura, prevalece una trascendencia emotiva reveladora: la magia del baile

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de tambor puede ser vivenciada, pero, también escrita, y con buen provecho anfrnico y estético.

Finalmente, cabe la pregunta: ^dônde se ubica la magia del baile de tambor? Es la seducciôn perfectamente perceptible en la sensibilidad de los personajes, en la motivaciôn temâtica y en la atmosfera envolvente, sugeridas por los excelentes cuadros narrativos y cinéticos de Arturo Uslar Pietri « La negramenta » y « Baile de tambor ». De otra parte, quienes hemos pasado los très dias de la festividad de San Juan, en una poblaciôn barloventena como Curiepe, oyendo el tambor sin césar, dia y noche, y siendo contaminados sin remedio por el baile pleno de fuerza telûrica, de elegancia plâstica y de insinuaciones erôticas, sabemos de esa magia.

Gustavo Luis CARRERA UNA /UCV. Venezuela

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