Florence Nightingale:
Florence Nightingale nació en Florencia (Italia), en Villa Colombia cerca de Porta Romana, el 20 de mayo de 1820. Los Nightingales pertenecían a una familia pudiente, de elevada posición social y alcurnia. Ambiente en el cual Florence creció y se educó.
Su educación estuvo a cargo de su gobernanta y de su padre, quien le enseñaba griego, matemáticas y ciencias. Esto contribuyó a que la amistad entre padre e hijo fuera más estrecha. Se la describe seria, sensitiva más callada y soñadora, y en sus primeras cartas se nota una tendencia a la introspección.
A la edad de 17 años viajó a Francia, Italia y Suiza con el objeto de completar su educación, y allí tuvo oportunidad de frecuentar, dada su posición social, los salones más aristocráticos y refinados, sin que ello la atrajera; su principal interés y preocupación fueron reconocer las instituciones de caridad y la condición social de los países que visitaba. Su cultura era muy superior a la de las jóvenes de su tiempo, y esto significó mucho para la gran reforma que realizaría luego en su propio país y que se extendería rápidamente a otros.
Anotaba sus observaciones diariamente y comparaba los hospitales franceses, que estaban bajo la vigilancia de las Hermanas de la Caridad con los de Inglaterra, llegando a convencerse de la necesidad de organizar en su país algo semejante. En este viaje tuvo la oportunidad de conocer y entablar gran amistad con Mary Clarke y frecuentar su afamado salón literario. Pero nada la atrajo esencialmente: su juventud fue un largo penoso conflicto interior en busca de su vocación y de la manera de satisfacerla.
A su regreso a Londres, época en que su hermana llevaba una vida social brillante, sintió un profundo vacío en su vida u le escribió a Mary Clarke: “Me preguntáis por qué no os escribo algo; creo que es mejor que no exista algo que no era de primera calidad y además preferirías tanto vivir… Los sentimientos se diluyen en palabras; deberían destilarse todos los actos que produzcan resultados…”
De este modo su vocación la llevó poco a poco a comprender que lo único que le llamaba la atención en su vida era el cuidado de los enfermos y así lo decidió. En el 1845 aprendió el oficio de enfermera en el hospital de Salisbury, impulsada por tres razones: las mas grande, la más noble y la que sería el
norte de su vida, constituida por su convicción de que no bastaba la habilidad del médico para salvar a los enfermos, sino que era necesaria la cooperación activa e inteligente de la enfermera. Mientras que las otras dos de índole personal, fueron la proximidad entre su domicilio y el hospital y la amistad que el director de este doctor Fowler, mantenía con su familia.
En esta época el hospital era escuela de inmoralidad y solo llegaban a él mujeres de mala vida, envilecidas por todos los vicios y sobre todo por la bebida. En el mejor de los casos eran unas mujeres ignorantes e incompetentes. Alguien quiso justificar la bebida o los problemas de alcoholismo como consecuencias de las tareas propias del hospital de pobres.
La recia personalidad de la madre, que se impuso a la de los demás miembros de la familia, no podía concebir la idea de ver a su hija en la misma ocupación de esas mujeres ebrias e inmorales. Florence cedió a los pedidos de su madre, pero a pesar de su aparente tranquilidad y su acatamiento, su emotividad creó un resentimiento que afectó su salud. Para distraerla de sus ideas resolvieron en 1847 hacerle realizar un viaje a Roma, donde pasó una temporada con su amiga Miss Backebridge. Allí sintió la influencia de la agitación religiosa de la época, a tal punto que decidió estudiar la doctrina católica y de la gran amistad que la unía a la Madre Santa Colomba, hizo un retiro de diez días en el Convento de la Trinitá dei Monti. Las enseñanzas y conversaciones con la Madre Santa Colomba, sobre todo en lo referente a la formación de las novicias, le fueron de gran utilidad cuando organizó la disciplina de su propia escuela.
De regreso a Londres, trató de visitar los hospitales y reformatorios de menores fundador por Ashley. Consiguió la autorización de sus padres para realizar estudios en la Escuela de las Diaconisas de Kaiserwerth, que dirigía el pastor Fliedner. Era reconocida por los elevados ideales y la moralidad de sus fundadores. Tenía entonces 31 años.
Florence pasó allí tres meses, y se puede decir que ese fue el primer periodo verdaderamente feliz de su vida. Apreciaba extraordinariamente la vida activa y útil que tanto soñara y que comenzaba a ser una realidad… En una carta a su madre decía: “Esto es vida; ahora sé lo que es vivir y amar la vida.”
Luego realizó otros viajes, el primero de ellos a Atenas cuya historia le era conocida por las lecciones de su padre. En el 1853 viajó de nuevo a Paris, pero en esta oportunidad estudió la organización de hospitales y logró entrar a la
“Maison de la Providence” de las Hermanas de la Caridad, donde adquirió y amplió conocimientos sobre el cuidado de los enfermos. Visitó también la asistencia pública, en donde recojió datos, informes, estadísticas, que fue archivado en forma ordenada, según su costumbre.
En la “Maison de la Providence” cayó enferma, y al respecto escribió: “De todas mis aventuras, que han sido muchas y bien raras, la más sucia es el sarampión en una celda”.
De regreso a Londres, en 1853, un comité de distinguidas damas estableció un sanatorio para gobernantas enfermas y la designó para organizarlo y dirigirlo con carácter de superintendente o enfermera principal. Allí volcó todas sus energías y en 10 días logró ponerlo en condiciones de funcionar e instalarlo.
En 1854 estalló la Guerra de Crimea entre Rusia y Turquía, conflicto que más tarde tendrá como participantes a Francia e Inglaterra también.
Permanentemente llegaban a las autoridades las noticias desoladoras sobre las condiciones deplorables de los hospitales en el frente de batalla y de los horribles y grandes sufrimientos de los soldados ingleses. La opinión pública londinense estaba alarmada.
Los soldados franceses eran atendidos por las Hermanas de la Caridad y los rusos por las Hermanas de la Misericordia, pero los soldados ingleses carecían de todo servicio de enfermería. Hasta esta fecha no existían precedente alguno de que mujeres no pertenecientes a órdenes religiosas actuaran como enfermeras en el campo de batalla.
El entonces ministro de guerra de inglés, Sidney Herbert, que conoció a Florence Nightingale durante su estadía en Roma, en 1847, pensó que ella era la única persona de su país capaz de organizar y dirigir una empresa de auxilio de este tipo, y ello lo animó a solicitar sus colaboraciones.
La hora ansiada había llegado. De inmediato consiguió reunir diez hermanas católicas, ocho anglicanas, seis enfermeras de San Juan y catorce enfermeras de distintos hospitales. Al frente de este grupo de 38 mujeres partió de Londres el 21 de octubre del 1854 y de Marsella el 27 de mismo mes, llevando la bendición del pueblo que durante muchos años había censurado la idea de que mujeres fueran empleadas en los servicios británicos de sanidad.
Después de un largo y agotador viaje llegaron a Scutari. Sobre la parte asiática de Bósforo y las fuerzas británicas habían armado precisamente cuatro hospitales de horrible aspecto que carecían aún de lo indispensable; el más importante era el Hospital General. Cerca del famoso cementerio de Scutari donde estaban los cuarteles de Selimuyec. Este edificio fue utilizado como hospital después de la famosa batalla del Alma. Luego es llamado simplemente The Barracks Hospital: en este último Florence y sus enfermeras se instalaron a trabajar. Imposible resulta imaginar a las condiciones deplorables en el que encontraron, infectado de roedores insectos y repletos de soldados heridos, en medio de la mayor sociedad. El dolor humano está alojado en el lugar menos favorable o propicio para lograr su alivio y curación.
Las enfermeras fueron instaladas en tres habitaciones que estaban próximas una de la otra. Se alquiló una casa particular para lavadero y se comisionó a las esposas de los soldados para la atención del mismo.
Con la llegada de las enfermeras, el cambio que se produjo en los hospitales fue tan notable, que en poco tiempo la mortalidad disminuyó del 40% a 2%, pues era más los que morían por desatención y como consecuencia de sus heridas. A medida que se fueron organizando, se reforzó el personal del grupo, hasta contar con 125 enfermeras.
Luego tomaron a su cargo los hospitales de Scutari y de Crimea. Fue aquí donde Florence contrajo una fiebre que le hizo disminuir sus energías, dejándola casi inválida para toda la vida; en esta oportunidad el Ministro Sidney Herbert le rogó inútilmente que regresara a su hogar por una temporada para reponerse.
En esta época se convirtió en heroína popular. Su obra fue inmensa, y su mejor elogio cabe en la simple frase de un soldado que dijo: “Antes de venir ella todo era blasfemar, maldecir; después todo era tan sagrado como en una iglesia.” Aquí comenzó el reconocimiento de los hombres, cuyas alabanzas rehuyó sistemáticamente. Tal era el agradecimiento de los soldados, que cuando por las noches recorría el campamento con su lámpara, ellos besaban su sombra que se proyectaba en la pared.
Florence Nightingale, considerada la madre de la enfermería moderna, orientó los cuidados de enfermería al control del ambiente para facilitar la recuperación de los enfermos.