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Presencia y ausencia de Enrique Lihn

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Academic year: 2020

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(1)PTedro Lastra aller de Letras N° 42: 171-174, 2008. “Para Sharon”, poema inédito de Enrique Lihn issn 0716-0798. Presencia y ausencia de Enrique Lihn Por Manuel Silva Acevedo [email protected]. Hacen 20 años, el 10 de julio de 1988, moría el poeta Enrique Lihn meses antes del triunfo del NO en el plebiscito de octubre y el nuevo escenario político surgido a partir de entonces no alcanzaría a caer bajo su mirada crítica. ¿Quién fue este poeta cuya impronta sigue vibrando en las nuevas generaciones? Recordemos que en 1963, con la aparición de su poemario La pieza oscura, asistimos a la irrupción de una forma de hacer poesía que, por una parte, desechaba abiertamente la retórica nerudiana, pero por otra, eludía con inteligencia ciertos facilismos de la antipoesía parriana. Desde el fondo de esa pieza oscura emergía un discurso impregnado de un fuerte acento existencial y testimonial. El poeta, lejos de quemar incienso a un ego amplificado, tomaba conciencia del tiempo que le tocaba vivir, de su debilidad ante las convulsiones de la historia y de la fragilidad de la palabra poética. De este modo, La pieza oscura marcaba un punto de inflexión entre los poetas mayores vivos entonces: Neruda, De Rokha, Parra y Rojas, y nuestra generación emergente de los sesenta. Por mi parte, fue solo en 1969 que vine a conocer personalmente al poeta de La pieza oscura. Lihn regresaba recién de la Cuba revolucionaria, luego de una estada de tres años que daría lugar a sus libros Poesía de paso y Escrito en Cuba. Si bien no había tomado. 171 ■.

(2) Taller de Letras N° 42: 171-174, 2008. posiciones contra el régimen castrista, su decepción y escepticismo eran indisimulables. La persecución a poetas y escritores por parte de comisarios stalinistas no podía sino provocar rechazo en una personalidad libertaria e independiente como la suya. A partir de entonces, cultivamos una amistad de la que yo sería, qué duda cabe, el mayor beneficiario. Es que junto a Lihn uno aprendía más que en cien cátedras. La fuerza de su pensamiento crítico y de su testimonio de vida –dominada a veces por el pesimismo y la crispación– operaban como poderosos rayos capaces de iluminar y hacer evidente lo esencial, o de calcinar todo aquello carente de autenticidad. De hecho, bajo su influencia mi propia poesía experimentaría un salto cualitativo con el poema Lobos y ovejas que el propio Lihn distinguiera en 1972 con el Premio Trilce. Pero las contradicciones sociales y económicas harían explosión en Chile a comienzos de los años setenta. Celoso de su independencia crítica, Lihn no ocupó cargo alguno en el aparato cultural del gobierno de Allende. Y ocurrido el golpe, permaneció en Chile desechando numerosas invitaciones desde distintos lugares del mundo. ¿Fue esta una opción o bien otras circunstancias influyeron en su determinación? No lo sé a ciencia cierta. Lo que sí me consta es que Lihn fue el referente en torno del cual se aglutinó la que podríamos llamar resistencia intelectual. No obstante el peso de la noche dictatorial, siguió con vivo interés el trabajo de los poetas jóvenes, comentó sus libros en publicaciones extranjeras y los impulsó en su tarea creadora. Asimismo, cada gesto suyo, cada libro, cada palabra, cada bufonada de su alter ego, Gerard de Pompier, fueron una denuncia en clave del horror que nos tocaba vivir. En 1979, con motivo de su cincuentenario, el propio Lihn organiza un acto en el Goethe Institute bajo el lema “En el año de la mutualidad del yo” y con el matasellos de la DINA, la policía secreta de Pinochet, un puño enfundado en acero. Mas en la vida cotidiana, como testigo del horror y la sordidez imperantes, Lihn solía sentarse en los bancos del Paseo Ahumada (obra magna del urbanismo pinochetista) a contemplar la degradación de la sociedad chilena, su descomposición en cámara lenta. De allí nace su libro/pasquín El Paseo Ahumada. Pero Enrique Lihn era, por sobre todo, un artista y como tal se hallaba expuesto a los vaivenes de una sensibilidad extrema y no pocas veces atormentada. Sin embargo, en todo momento fue un poeta de conciencia, con todo el rigor y el dolor que ello entraña.. ■ 172.

(3) Manuel Silva Acevedo. Presencia y ausencia de Enrique Lihn. Ahora que Lihn ya no está entre nosotros desde hace dos décadas, a veces me parece divisarlo en el barrio Bellavista o en alguna lectura, o escuchar su risotada bufonesca con que le arrancaba la máscara de un tirón a quienquiera pretendiese “añadir un codo” a su real dimensión y estatura. Esa fue solo una de las tantas armas de su poderoso intelecto. La mayor de todas, su lucidez e integridad y una capacidad insobornable de autoobservación, de sufrir conscientemente las limitaciones de la propia condición humana, llevadas hasta el extremo en su Diario de muerte. Con su gran cabeza, sus pelos como resortes y sus ojos saltones, aun casi a los sesenta años parecía un arcángel díscolo y burlón. Otras veces el mohín de desaliento y la mirada que ardía en la desolación de un inconformismo irrenunciable lo mostraban en toda su intemperie de poeta y artista rebelde, que fue el sello de su existencia. Imposible olvidar su talento multifacético. Como brotadas de un caleidoscopio, surgían de su bullente creatividad el poema, el dibujo, la pintura, el cómic, el video, la performance callejera, la pieza teatral, con la osadía y el desacato que muy pocos intentaban en los días más tenebrosos de la dictadura. Por eso, qué pobre y deslucido nos parece el ambiente intelectual santiaguino sin la figura insolente y provocadora del poeta Lihn, que con sus gafas encabalgadas de modo impertinente sobre la punta de. 173 ■.

(4) Taller de Letras N° 42: 163-169, 2008. la nariz, picaba como un tábano a los mediocres y trepadores hasta hacerlos sangrar. Sin embargo, hubo también un Lihn íntimo e incluso tierno, amigable y cercano, que despojado de su coraza de guerrero supo mostrar más valor todavía a la hora del último combate, con el lápiz amarrado a la muñeca para poder retomarlo cada vez que se le soltaba de los dedos y seguir escribiendo hasta la postrera buchada de aire. Lo cierto es que esos dos Lihn fueron uno solo, y su Premio Nacional –que no llegó a recibir oficialmente– es el lugar de honor que hoy ocupa en la memoria y el respeto de los jóvenes poetas, de donde difícilmente se borrará. Abril 2008. ■ 174.

(5) PTedro Lastra aller de Letras N° 42: 175-177, 2008. “Para Sharon”, poema inédito de Enrique Lihn issn 0716-0798. Dos páginas Por Guadalupe Santa Cruz [email protected]. Los billetes del sueldo están bajo el colchón. Las letras de boleros en la radio percuten en el silencio poco amoblado con objetos, y se ríe colgado de las palabras: “Te quiero tanto que me encelo/ Hasta de lo que pudo ser/ Y me figuro que por eso/ Es que yo vivo, tan intranquilo/ No me platiques ya/ Déjame imaginar/ Que no existe el pasado/ Y que nacimos, el mismo instante/ En que nos conocimos”. La risa viene de hondo, de un lugar mucho más vasto que aquel departamento, de un cuerpo atento. Es todo lo contrario de “carpe diem”, dice riendo y la risa también viene de un lugar geográfico, de un saber que los patios donde crecimos hablan de este modo el tiempo, con la intensidad, la fijeza y la condena pegadas a la lengua. Pero hay otro tiempo que él conoce. Dijo antes de morir que ya había sabido de la muerte, que la había escrito en unos versos sobre una escena cinematográfica en que desaparecía el espectador, o tal vez la pantalla colapsaba en la lucidez del espectador, o la escena –un beso, una separación, una despedida– se volvía redundante en la súbita divergencia entre la imagen, la mirada y el cuerpo. No recuerdo bien. Era la figura de una división que compromete a todo el cuerpo y que, sin embargo, es condición de su presencia apasionada, sentido y sentidos revueltos. Tal vez sea este el verso: El beso final no ocurre en la pantalla/ sino entre la pantalla y la media luz de la sala/ un corte insubsanable en que se juntan y se/ besan el presente y el pasado: labios/ incompatibles/ que ninguna comedia puede reunir. También puede que no lo sea.. 175 ■.

(6) Taller de Letras N° 42: 175-177, 2008. Hay una cojera de las cosas en el tiempo que invita al arrebato, a querer saldar, suturar ese descalce. Caminar, entonces. Pasar la lengua por todos los lugares posibles. Vagabundeo por las calles de Santiago flanqueada por un hombre que ciertos días tiene la prestancia erguida de un citadino –si acaso es nítida tal figura entre estas veredas–, de un príncipe urbano, y el merodeo, el avanzar por espirales de un menesteroso (la palabra es antigua, pero es sobre todo el ropaje, anacrónico o fuera de lugar que parece hacerle de carga imprecisa). No creo que se identificara con la figura del flâneur, ni con la deriva de los situacionistas. Tampoco era paseante. Había una necesidad de reconocerse en ese fárrago de la calle, en la ópera cotidiana de diálogos y escenas mudas que ofrecen las micros, los cines, los bares y los parques, una avenida desierta, una pareja sobre el pasto del terraplén, los trabajadores echados sobre el colchón de verduras de un camión, un aviso publicitario, la competencia de espectáculos callejeros por el Paseo Ahumada. De confirmar no solo su presencia en ese Gran Teatro del Mundo, sino su implicación en algún libreto, en un ademán repetido obsesivamente, inaugurado una y otra vez. O su entrega radical a la promesa de un nuevo escenario, de algún reparto desconocido, que irá luego bifurcándose, de manera simultánea, entre la lucidez trágica de lo imposible propio de un tiempo (siempre este, en el que vivimos), y la escritura que ajusta sus cuentas con el tiempo (que tiene tiempo). De todos los enredos, del desorden de las cosas cotidianas, del decir y desdecirse, del abandonarlo todo para una nueva jugada –quemar lo antiguo para quemarse en este fuego de hoy–, de todo aquello, lo único que permanecía en concierto, lo único que fuera objeto de un orden y editado en su orden único, eran –a falta de algo mejor, según una expresión favorita– sus manuscritos. Una letra lábil que ha corrido sobre el papel, una hoja mecanografiada, un archivador. Era lo único que amarraba. Pero ¿por dónde caminamos? Por la ciudad de Santiago, sí. Por sus calles, por sus mapas. Y también, entre una casa y otra. Las ciudades en que no vivimos están completamente vacías. De noche el maicillo del Parque Bustamante cruje bajo la leve iluminación del alumbrado público y la vegetación se enrarece pasado Avenida Santa Isabel. El río Mapocho, en sentido inverso, humedece la caminata perpendicular, tumultuosa de día y sombría en la noche costanera. Se escuchan por sobre todo los cuerpos taciturnos bordeando un río que no tiene caudal. Va atropellándose en olas de barro turbio cuando los temporales y se desliza como acequia bajo el calor, entre los recolectores de áridos con harneros y carretelas en el lecho de adoquines del. ■ 176.

(7) Guadalupe Santa Cruz. Dos páginas. río. Sin corriente ni cauce, pero los muros del Mapocho llevaban, en ese entonces, inscripciones o aullidos. Se leían en el mismo silencio. En el mismo miedo, que era el de entonces. Y el nuestro, otro, ese terror que viene de ti hacia mí y de mí hacia ti/ es decir, de lo más terriblemente cerca que darse pueda. “Carpe diem”. Desde ese endeble piso el mirador es ahora y vértigo. Cuesta por ello hablar de entonces. Si no fuera por las palabras, no hablaría. De no saber toda el agua corrida bajo los puentes, no hablaría. Tampoco si desconociera lo poderosa y a la vez irrisoria que puede ser una versión de lo vivido: relato, al fin, en el secreto de su edición. Cuando los entreactos espacian la distancia sobre una página. Cuando esa ciudad, devenida en esta, aplaza sus nombres. Sólo entonces puedo ser menos extranjera que antes.. 177 ■.

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Referencias

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