EL PAPEL DEL PROFESOR-EDUCADOR ANTE
LA REALIDAD DEL AULA: ¿ES POSIBLE LA
PREVENCIÓN DE LOS TRASTORNOS DE LA
CONDUCTA ALIMENTARIA?
Carolina Pérez Lancho
Profesora de Educación Secundaria Miembro de la Sociedad Española de Nutrición
Resumen:
La educación nutricional ha de estar enmarcada dentro de la educación
para la salud. Es complejo influir en los hábitos alimentarios pero dichos
hábitos pueden cambiarse. Es necesario proporcionar conocimientos
teóricos para prevenir cualquier trastorno de la conducta alimentaria.
Palabras clave:
educación nutricional, educación para la salud, trastornos de la conducta
alimentaria, hábitos alimentarios, prevención.
Summary:
Nutricional education has to be framed within the healthy education. It is
complex to influence in the nourishing habits which could change. It is
necessary to provide theoretical knowledge to prevent any eating disorder.
Key words:
nutricional education , healthy education, eating disorders, nourishing
habits, prevention.
Cuando se habla de educación nutricional no hemos de olvidar que su ámbito de
desarrollo ha de ser una parte de la educación para la salud y según el glosario de
términos publicado en 1988 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la
Educación Nutricional se define como “Las oportunidades de aprendizaje
conscientemente construidas que implican alguna forma de comunicación destinada a
mejorar el alfabetismo sanitario, incluyendo la mejora de los conocimientos y el
desarrollo de habilidades de vida que conducen a la salud individual y de la
comunidad”.
Por otro lado, las posibilidades de educación nutricional de una población están
condicionadas por sus estilos de vida que, están basados en los patrones de conducta
determinados por la interrelación entre las características personales del individuo, las
interacciones sociales y las condiciones de vida socioeconómicas y ambientales.
Si planteamos la educación nutricional a nivel de grupo, hemos de pensar en un
ambiente saludable que se decante claramente hacia la promoción de la salud, es decir,
hemos de educar en un ambiente que permita tomar individualmente la decisión
correcta en la medida que posibilite a las personas elegir la conducta más adecuada a
través de sus conocimientos (alfabetismo sanitario) y de una buena actitud, fruto de la
motivación. Sin embargo, todos los programas educativos presentan un impacto difícil
de evaluar y medir ya que sus efectos son apreciables a largo plazo y muchas de las
veces que se han puesto a punto, se ha manifestado su sensibilidad a intervenciones
externas que nada tienen que ver con las acciones propias de estos programas.
Por todo ello, la educación nutricional se debate en el dilema de modificar sus propias
metodologías, dada la enorme dificultad de cambiar los hábitos alimentarios con las
estrategias utilizadas hasta el momento, o convertirse en simples programas de difusión
discurso sobre la base de un conjunto de recomendaciones nacidas de la ciencia de la
alimentación y nutrición. Las posibilidades de éxito dependían de los recursos
materiales y personales de quién los recibía y del grado de convicción conseguido
mediante el consejo. Cuando se evaluaban los resultados de estos programas se
constataba que existían resultados aceptables en lo que a conocimientos adquiridos se
refiere e incluso podría existir una cierta predisposición a los cambios y a actitudes
favorables en relación a los consumos de alimentos pero, los resultados respecto a la
creación de nuevas conductas alimentarías que permanezcan en el tiempo, se producen
con mucha dificultad.
Por todo lo señalado anteriormente, podríamos afirmar que es complejo influir en los
hábitos alimentarios de las poblaciones ya que están basados en gustos, creencias,
costumbres, medio sociocultural y tradiciones adquiridos en el grupo al que se
pertenece. En el propio origen del hábito se encuentra su fuerza de permanencia y la
dificultad de eliminarlo o sustituirlo porque en su presencia, evolución y desarrollo
juegan sentimientos y códigos de conducta que la sociedad identifica como propios. Si
los hábitos alimentarios tradicionales son positivos para la salud (lactancia materna,
dieta mediterránea), la población suele ser receptiva ya que se reconoce externamente lo
propio pero cuando no es el caso, cuando el reto del educador es proponer cambios
para modificar malos hábitos íntimamente arraigados o para prevenir la posible
aparición de las entidades que nos ocupan, la dificultad es bien diferente ya que supone
mayor dedicación de tiempo y la dificultad de tener que salvar obstáculos.
Sin embargo, es preciso recordar que los hábitos alimentarios constituyen sistemas de
identidad de grupos que lo practican y que por tanto, las acciones educativas han de
estar dirigidas al individuo dentro de este contexto. Si hacemos caso omiso de esta
La actual organización familiar, donde los horarios de los miembros de las familias no
son coincidentes, la mujer se ha incorporado al trabajo fuera de casa, los
desplazamientos hasta el lugar de trabajo o centros docentes son largos y la “tremenda”
(por enorme) información que se recibe desde los medios de comunicación, ha
interferido, entre otras cosas, con las formas de consumo de alimentos, los roles
familiares, y los conocimientos (a veces erróneos), ha obligado a cambiar determinadas
normas de conducta directamente relacionadas con la alimentación. Bettina Isenchmid,
especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) en el Hospital de L´Isle
de Berna, cree que el enfoque actual sobre la información existente, que diferencia entre
alimentos “buenos” y alimentos “malos”, que se está llevando a cabo en la sociedad
occidental moderna, es problemático y provoca una relación cada vez más “neurótica”
con la alimentación por lo que hay que perseguir una alimentación sana sin convertir tal
preocupación en una obsesión. Así, llevar una alimentación sana debería tener un
efecto positivo para la salud sin por ello dejar de disfrutar de la vida o ver afectadas las
relaciones con los demás.
Por todo ello, hemos de constatar que efectivamente es necesario proporcionar
conocimientos teóricos para prevenir cualquier Trastorno de la Conducta Alimentaria.
Pero eso no es suficiente, ya que es preciso adaptar las propuestas , interiorizando los
gestos de la vida cotidiana y realizando una adhesión psicoafectiva a las nuevas
prácticas. Y por supuesto, no se ha de olvidar que estas enfermedades tienen más de un
origen y hay que “tocar todos los palos” si se quiere obtener datos positivos.
La tarea puede resultar difícil pero, nada es imposible, y un ejemplo claro es la
universalización de los patrones de consumo alimentario que han introducido las
empresas agroalimentarias multinacionales: el consumo de la comida rápida se ha
humanos, por lo que podemos concluir que LOS HABITOS ALIMENTARIOS DE
LAS POBLACIONES PUEDEN CAMBIARSE y por tanto, un programa de educación
nutricional puede ser efectivo pero con una premisa clara: Estos programas serán
eficaces si van precedidos de un estudio de situación, se valoran las limitaciones y se
trabaja , especialmente, con los grupos diana o grupos vulnerables. Será preciso para
garantizar el éxito en la aceptación y la continuidad de las acciones, la participación de
la propia comunidad, desde la reflexión de un problema hasta la puesta en marcha de las
acciones adecuadas.
Se ha constatado que los mejores resultados se han conseguido, cuando la información
sobre alimentación/nutrición se ofrece dentro de la enseñanza reglada impartida por el
propio docente responsable de grupo, donde si además existe un comedor escolar se
podrían poner en práctica las dietas y/o pautas recomendadas ( hecho que no siempre se
produce) . No se han de obviar las posibles intervenciones complementarias de otros
profesionales o de otros programas nutricionales paralelos que, refuercen la acción del
profesor. Pero de nuevo, es preciso advertir que aunque es importante la adquisición de
conocimientos, ya que éstos influyen en la evolución del pensamiento, de las
percepciones y de los propios conceptos (y por tanto, ayudan a valorar la importancia de
la dieta para la salud y pueden conducir a que la persona tome decisiones adecuadas), es
preciso, además, estimular un estado de opinión crítica sobre “salud nutricional” a
través de la comunidad y de los medios de comunicación, como refuerzo a esta tarea.
Por otro lado, el pretender que la información transmitida se realice sólo dentro de la
enseñanza reglada, y que además dé sus frutos, no deja de ser una pretensión harto
difícil ya que, en el período adolescente y dentro de la enseñanza obligatoria, la
transmisión de conocimientos en educación nutricional quedaría limitada a una
Educación Secundaria Obligatoria. Este tiempo es insuficiente y contrario a la
formación continuada que se postula como la más efectiva en este campo.
Así, se puede resumir que la transmisión de los mensajes sobre Educación Nutricional
contempla :
A nivel de :
• Contenidos: qué conocimientos hay que transmitir
• Metodología: cómo llevar a cabo la difusión de los mensajes
seleccionados y con que medios
• Escenarios: dónde y en qué circunstancias deben difundirse para
obtener la mayor credibilidad y eficacia
• quienes deben informar a la población
Junto a estos aspectos que son esenciales para lograr los mejores resultados hay que
tener en cuenta:
• El mensaje transmitido a la población debe ser claro, preciso,
adaptado a las audiencias y en el marco de su cultura y recursos
disponibles
• La comunicación en educación nutricional, en concreto en prevención
de TCA, debería ser sistemática y continuada, no fruto de una
campaña esporádica. Recordemos que el objetivo final de estas
acciones es obtener modificaciones del comportamiento y esto no se
consigue si, junto a los conocimientos transmitidos, no se crean
actitudes positivas que generen conductas permanentes. Por supuesto
se ha de contar con el apoyo, colaboración e implicación del personal
• El mensaje debe ser motivador , estimulando la voluntad de acción
para que el sujeto actúe como agente de su propia salud
• Deben utilizarse las estructuras sociosanitarias y educativas existentes
integrando en ellas los mensajes que se desean transmitir
• La evaluación de lo resultados debe ser rigurosa y continua con el fin
de intensificar los esfuerzos en la dirección correcta.
Además es preciso constatar y reiterar que los medios de comunicación de masas tienen
una gran responsabilidad pudiendo crear un clima de opinión favorable a las acciones
educativas sobre educación nutricional y prevención de los TCA, contribuyendo a
suscitar en la población el interés por estas acciones o, por el contrario, influyendo
negativamente al “vender” a nuestros adolescentes, como saludable, una imagen que no
lo es.
Hasta aquí hemos constatado lo que podríamos contemplar como las consideraciones
que, en materia de educación nutricional, se ofrecen por parte de la OMS y la Escuela
Nacional de Sanidad así como lo reflejado en los datos estadísticos e informes
publicados sobre la materia. Pero no hemos de olvidar un hecho crucial: los trastornos
de la conducta alimentaria no sólo son cambios en los hábitos alimentarios, sino que
constituyen auténticas enfermedades multifactoriales. Por ello, ¿puede el educador
influir o ayudar a modificar unos hábitos que no son más que el “escaparate” de unas
enfermedades mucho más complejas?
Antes de intentar responder a esta cuestión, podríamos analizar o reflexionar sobre
algunos de los datos publicados por diversos autores (datos no siempre concluyentes
• Los antecedentes traumáticos y estrés en la infancia pueden dar lugar a
ciertos trastornos en la juventud, entre los que destaca la bulimia
• La pérdida de un ser querido en la infancia puede ser desencadenante de
TCA.
• Existe un 30 – 40 % de prevalencia de abuso sexual en pacientes con
trastorno de la alimentación.
• Existe una susceptibilidad heredada en estos trastornos que supera a la
encontrada en enfermos de cáncer, pudiendo encontrarse, según ciertos
autores, un importante condicionamiento genético.
• Diversos estudios realizados sugieren que receptores para serotonina y
neurotransmisores opioides y/o sus genes vinculantes podrían estar
implicados en la etiología de la Anorexia Nerviosa (AN). Así lo
constatan, por ejemplo, Bergen et al. (2003) tras un trabajo llevado a
cabo con 191 pacientes diagnosticados de AN, sin ningún vínculo de
parentesco, y 442 pacientes con AN, sí relacionados por parentesco con
otros pacientes que habían sufrido o sufrían el mismo TCA, frente a 98
pacientes control. Por otro lado, Molecular Psychiatry en su número de
octubre 2006 y Neuropsychopharmacology en su número de agosto de
2006 publican sendos trabajos que constatan la implicación de los
receptores de serotonina en la manifestación de los TCA, indicando en
este segundo trabajo que la reducción de serotonina a nivel cerebral está
asociada con la susceptibilidad a varias formas de psicopatologías
incluida la bulimia nerviosa y síndromes relacionados.
• También se ha advertido de la existencia de una subpoblación
contra α-MSH, anticuerpos que aumentan si aumenta el estrés de estas
personas. No podemos olvidar que, una disminución en los niveles
disponibles de α-MSH trae como consecuencia , una disminución de la
actividad de la α- melanocortina ( neuropéptido anorexigénico) que
favorecería un incremento de la ingesta.
• Se constata la importancia de las hormonas leptina y la insulina así como
del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal en el que se integra la secreción del
cortisol con otros neurotransmisores y que es fundamental en la respuesta
a situaciones estresantes tras un trauma y que por tanto, influirán en la
aparición de los TCA.
• Se han identificado moléculas hipotalámicas que pueden inducir
anorexia.
• Se ha observado que ciertas personas desarrollan la AN cuando existe
una historia familiar de alcoholismo, pudiendo ser la respuesta a una
situación estresante que a su vez podría explicarse por un incremento en
los niveles de cortisol.
Podríamos seguir enumerando más factores que tienen influencia, y a veces incluso
podrían determinar la aparición de estas enfermedades, pero nuestra intención ahora no
es esa (lo que seguro que se realizará por parte de otros profesionales). Pretendemos, tan
sólo, provocar la reflexión sobre si estos factores son susceptibles de modificación por
parte de un educador, esa es la gran pregunta que creo tiene respuesta. Para ello, quiero
echar mano de una frase que nunca supe si la leí y la hice mía o si bien la creé en algún
momento: “La genética es condicionante pero no determinante”. Para demostrarlo están
los innumerables experimentos llevados a cabo con gemelos criados en diferentes
diferentes destrezas, distintas enfermedades, etc. Sin embargo, se ha de ser realista y
considerar que hay factores, de los ya expuestos que no podremos modificar.
Por todo ello, el educador debe pensar en no tirar la toalla y aunque “ no pueda
modificar lo inmodificable”, ha de intentar “ influir en lo posible “.
Por otro lado, si tenemos en cuenta los datos aportados por ADANER referidos al año
2005, se cifrarían en más de 500.000 los casos de Anorexia Nerviosa ocurridos en
nuestro país, aunque los datos estadísticos presentados por diferentes Instituciones
Sanitarias referidos al citado año son:
-80.000 casos de Anorexia
-500 personas hospitalizadas
-Más de 100 FALLECIDOS por Anorexia
Teniendo en cuenta que, principalmente aunque no únicamente, es en la
adolescencia donde existe una mayor prevalencia de los Trastornos de la Conducta
Alimentaria (TCA), se está ante el hecho irrefutable que es en la comunidad escolar, es
decir, en nuestros colegios e institutos principalmente, donde se encuentran estas
personas, es decir, junto a nosotros los profesores. La realidad actual en las aulas
constata que los educadores a veces se enfrentan – nos enfrentamos- con un alumnado
donde en un porcentaje variable que, desgraciadamente va en aumento, llega a clase
sin desayunar, come en exceso o no adecuadamente o incluso ha dejado de ingerir
alimentos para mostrarse y/o encontrarse como las maravillosas modelos que pasean
por pasarelas de moda , revistas y anuncios y que consecuentemente, no pueden
mostrarse y comportarse en las aulas de la forma adecuada y deseada.
Estos trastornos son un grave problema en nuestro país y es preciso colaborar desde
todos los ámbitos posibles para evitar que los padres y la sociedad se enfrenten a
creí necesario la elaboración de un manual que fuese o intentase ser una herramienta de
trabajo para todos aquellos educadores que quieren ir más allá de su ya importante y
“estresante” labor docente. No digo nada nuevo si les señalo que Educar ya es en sí una
tarea ardua pero maravillosa si tuviésemos el apoyo de las instituciones y de los padres
para realizar nuestra labor y todas las complementarias pero también es cierto que el
profesor-educador no “conoce” todas las materias y también necesita formación que a
veces, es por supuesto, por nuestra propia cuenta. Además constato que es insuficiente
una mera labor informativa sobre educación nutricional en los cursos y edades que
determina la administración por ello, creo que lo verdaderamente indispensable es una
educación nutricional desde los primeros años de escolarización , continuarla durante
toda la edad escolar e incidir en edades pre y adolescente acompañándola de programas
específicos de prevención y detección.
Dentro del programa que elaboré, recogido en reciente publicación (Pérez Lancho,
2005), pretendo acercar y/o ayudar entre otras personas, al profesorado que quiere ir
más allá en su labor docente. Algunos de los datos obtenidos en la aplicación de dicho
programa, a un total de 121 adolescentes de edades comprendidas entre los 15 y 17
años, fueron:
1.-Respecto al Índice de Masa Corporal (IMC) encontrado en estos alumnos, sus valores
se han clasificado según la siguiente tabla de la SEEDO (Sociedad española para el
Estudio de la Obesidad), con la salvedad que para la representación gráfica, se ha
considerado genéricamente como Sobrepeso cuando el IMC se encontraba en el rango
Clasificación Valor del IMC (Kg./m2)
Peso insuficiente < 18,5
Normopeso 18,5 – 24,9
Sobrepeso grado I 25 – 26,9
Sobrepeso grado II (preobesidad) 27 – 29,9
Obesidad tipo I 30 – 34,9
Obesidad tipo II 35 – 39,9
Obesidad tipo III 40 – 49,9
Obesidad tipo IV >50
Los datos constatados tras la determinación del IMC, fueron:
Peso insuficiente Normopeso Sobrepeso Obesidad
Femenino 8 46 9 3
Masculino 10 36 5 4
Población Total 18 82 14 7
La representación gráfica según la población total y diferenciada por sexos que
permitirá una visualización más clara de los datos, es la siguiente:
Población adolescente total
(valores absolutos)
18
82
14
7 0
10 20 30 40 50 60 70 80 90
Peso insuficiente
Normopeso Sobrepeso Obesidad
Población adolescente total
diferenciada por sexo
(valores absolutos)
8 10 46
36
9 5
3 4 0
5 10 15 20 25 30 35 40 45 50
Peso insuficiente
Normopeso Sobrepeso Obesidad Femenino Masculino
2.- Otro hecho relevante fue constatar que 57 de los 121 alumnos excluían de su dieta
alguna de las comidas principales y que como se puede comprobar en los datos y en la
gráfica siguiente, en un porcentaje importante esta comida es el desayuno, como ya
constata el profesor en el aula.
Comida excluida Nº de personas Datos expresados en %
Desayuno 24 42,11
Cena 8 14,03
No indica tipo de comida
Comida excluída
(referido a los 57 alumnos que excluyen alguna comida principal)
42,11
14,03
43,86
0 5 10 15 20 25 30 35 40 45
Desayuno Cena No se indica Porcentaje
Existen otros datos relevantes, de suma importancia, pero no se pretende analizarlos
todos en este trabajo sino obtener unas conclusiones al respecto. Una de ellas, tal vez la
más importante, es que nuestros adolescentes cada vez SE SEPARAN MÁS DE UN
NORMOPESO y es preciso actuar desde todos los ámbitos, sanitario, educativo, etc.,
dando información en todas sus formas para que el número de casos de estas
enfermedades no aumente cada día.
Es seguro que es posible actuar desde la educación pero posiblemente la mejor forma
sea:
• Educar en materia de Nutrición desde edades tempranas, asignatura que debe
seguir como parte del Currículo escolar durante toda la Educación
Obligatoria.
• Ofrecer desde las Administraciones la posibilidad de optar por tomar en los
colegios un desayuno saludable .
• Facilitar los padres a sus hijos el tradicional bocadillo para el recreo y no
• Los comedores de colegios y guarderías deberían ser vehículo de la dieta
saludable.
• No se ha de olvidar que la labor educativa de las aulas se queda “coja” sino
va acompañada de la labor formativa de los padres: hay que predicar con el
ejemplo (si al niño se le da pescado y verdura no es lógico que los padres
tomen un filete delante de él).
• Ayudar y ofrecer a los hijos “ las herramientas afectivas necesarias” para que
sean capaces de enfrentarse de la mejor forma posible a situaciones
estresantes.
La implicación de padres , educadores, instituciones públicas y personal sanitario son la
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