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Seminario " La nación en tiempos de crisis. Identidades en suspenso."

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Como se sabe, durante el siglo XIX, la formación del estado-nación estuvo acompañada por una narrativa que creó un sujeto nacional homogéneo, entre otras figuras. Si en el presente podemos alegar lo contrario, la visión dominante por entonces consistía en admitir las naciones como una entidad que era y estaba ahí, como verdaderos datos objetivos de la realidad. Lejos se estaba de admitir su carácter de constructo, como producto de procesos sociales ni mucho menos que no se trataba de un dato previo y empírico. (Máiz, p. 10) Ahora bien, ¿podemos admitir que la nación es la consecuencia de un proceso político y (re)significante y no un dato previo? La pregunta es crucial, habida cuenta de que la respuesta nos orienta hacia espacios epistemologógicos diferentes. Como por ejemplo, el que surge de las tesis del constructivismo posmodernista radical, que considera la nación al igual que un “invento de las prácticas discursivas nacionalistas” (Máiz, 9) En cambio, parece más atinada la línea que propone la realidad nacional al modo de un complejo de fenómenos existentes y que le impone límites al contenido del conocimiento e interpretación del mundo, pero a la vez adquiere significación si se interpretan desde algún marco de sentido, no en dependencia con el exterior. (Máiz, 10) Ello perfecciona nuestros recursos hermenéuticos para entender que no hay una nación sin su respectivo discurso, esto es, que la ideología y la cultura nacionalistas no pueden ser consideradas como la expresión de una nación preexistente ni emanación profunda de un “ser nacional” inalterable. Y aquí debemos incorporar el papel de los intelectuales, puesto que por su intermedio o gracias a su labor el “artefacto cultural” llamado nación se realiza, al menos, en algunas de sus dimensiones más importantes, a saber: la elaboración de mitos fundadores, narrativas de origen, poesía de alabanzas, interpretaciones ensayísticas, etc. La consolidación de las nacionalidades latinoamericanas, en suma, fue una tarea que tuvo a los intelectuales y por tanto y en gran medida a la literatura como activos protagonistas en la creación de los sistemas identitarios y la escritura de una memoria colectiva. En el proceso de regionalización actual, en cambio, no está clara la verdadera incidencia de los letrados, puesto que las fuerzas intervinientes resultan más descontroladas e incluso anárquicas, como las que corresponden a los flujos de información transnacionales. Una primera consecuencia de este fenómeno podría consistir en la emergencia de identidades nuevas que mezclan imaginarios nacionales, tradiciones locales con dichos flujos transnacionales.

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activan las representaciones y lealtades, además de que nunca ha sido el mismo, posee una serie de etapas que cruzan componentes políticos, sociales y culturales. Así los interrogantes que despierta la trama identitaria durante el siglo XIX difiere de los que se desprenden del proceso de transformaciones en la era global.

Por lo tanto, la dilucidación de los probables cambios identitarios no puede sino partir de un fenómeno existente y debidamente registrado, inventariado e interpretado en ingentes estudios que abarcan desde lo político-institucional, lo jurídico, lo económico, lo cultural-educativo, etc.; aludimos a la creación de las nacionalidades en América Latina.1 Si bien los tratados sobre el tema aluden a la espacialidad no lo hacen con la intensidad, a nuestro juicio, que el problema merece. Es preciso indagar en las expresiones pasadas, ya que el problema del espacio tiene la actualidad que cada contemporaneidad le ha trazado. Habida cuenta de que los fenómenos aludidos resultan incontrastables, la segunda pregunta que habrá de sobrevolar nuestra reflexión es la siguiente: ¿puede haber una reterritorialización de los espacios latinoamericanos que altere los sistemas identitarios basados en la relación sujeto - nación? Tal vez un camino para encontrar la respuesta a este interrogante deba orientarse hacia “la exploración de la construcción de diferencias en el proceso histórico”, dejando al margen así el “proyecto de yuxtaposición de las diferencias preexistentes.”(Gupta, Akhil, Ferguson, James, 1997) ¿Cómo debe entenderse esto en nuestro contexto? Basta pensar en la transformación del espacio único de la colonia en un conjunto de nacionalidades, habiéndose abortado de tal modo los proyectos de unificación o confederación hispanoamericanos.

Resumidamente y para orientarnos es imprescindible que pensemos en por lo menos tres grandes momentos de la espacialidad en la ensayística hispanoamericana: 1. el espacio como determinación (Domingo F. Sarmiento), 2. la armonización del espacio con la cultura (el humanismo hispanoamericano: José Martí, Manuel Ugarte, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes); 3. la descentralización y fluidez del espacio (Antonio Benítez Rojo, José Arcadio Quiñones) Como se puede apreciar, entonces, los temas hasta aquí enunciados habrán de validarse en relación con y/o en oposición de los sujetos letrados.

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escuelas, convencida de que la historia tiene como único sujeto en la humanidad, desconociendo la influencia que la naturaleza puede tener o ha tenido en el desarrollo de los fenómenos históricos. Tomemos el caso de las divergentes percepciones sobre el istmo de Panamá que han tenido la cultura precolombina y los españoles que lo descubrieron. Por el hecho de ser culturas terrestres antes que marinas, las precolombinas confirieron una categoría mitológica al espacio. Circunstancia que habrá de alterarse violentamente con la avanzada europea llegada con la conquista, en virtud de la reorientación geográfico-cultural que impone. No sólo en Mesoamérica se visualiza el fenómeno, sino también en el antiguo imperio incaico, ya que de ser una organización con bases en los valles de la Sierra y orientada hacia el este, a la montaña y la selva, pasó a emplazarse hacia la costa. Es la tesis sostenida por el peruano Luis E. Valcárcel en su ensayo La ruta cultural del Perú (1944). Dentro del campo culturológico referido al espacio, merece mencionarse el texto del boliviano Jaime Mendoza, Macizo andino (1935), que ve en la cadena montañosa el nexo de unión histórico entre las culturas del Tiahuanacu y la nación boliviana, hasta la guerra del Pacífico.2 Asimismo Germán Arciniegas en Biografía del Caribe (1945) remarca el extraordinario salto dado por la historia, valiéndose de los espacios marítimos, tal como se observa desde el título del capítulo primero de su ensayo: “Del mar grecolatino al mar de los caribes”. Dice el ensayista: “De 1503 hacia atrás, los hombres se mueven en pequeños solares, están en un corral, navegan lagos. De 1500 hacia adelante surgen continentes y mares océanos. Es como el paso del tercero al cuarto día, en el primer capítulo del Génesis. Todo este drama se vivió, tanto o más que en ningún otro sitio del planeta, en el mar Caribe.” (p.11) El cambio de escenario de la historia alcanza un tono épico, nada más que para tornarse picaresco de acuerdo a los personajes, circunstancias vividas y acciones llevadas a cabo por ellos.

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imaginación, dos componentes inestimables de la identidad. También es digno de mencionar la línea inaugurada por Rodolfo Kusch, quien acuño una definición de lo geocultural, es decir, una “unidad estructural que apelmaza lo geográfico con lo cultural”. Desde otras vertientes teóricas, sin embargo, se ha cuestionado la conexión de un reconocimiento cultural con un lugar determinado lugar. Esta crítica apunta al sujeto nacional homogéneo creado en los siglos pasados, circunstancia que ha llevado a una “neutralización del espacio”, es decir lo “patrimonialmente nacional por encima de las divisiones y conflictos de todo orden” (Martín Barbero). De acuerdo con esta perspectiva, la construcción de un orden patrimonial, por tanto histórico, de nivel transnacional como el latinoamericano, se habría visto obstaculizada.

Habría coincidencia, en general, sobre la función de la producción imagológica que necesariamente convierte al espacio en representación e involucra a los lenguajes literarios, con el consiguiente enriquecimiento de la estructura imaginaria de los lectores-ciudadanos de una nación.3 La energía que estos componentes antropológicos poseen se percibe de manera más acabada cuando se repara en que la nación, en los términos de una organización social, no se asienta en el aire sino en un territorio definido y determinado por múltiples factores. En la magnífica definición de nación de François-Xavier Guerra se pone de manifiesto el acento en la novedad que apareja el surgimiento de la nación en tanto forma de comunidad política, dando por sentado que han existido otros modos de aglutinar a los sujetos para la convivencia social.4 Sin embargo, con todo lo amplia que la definición resulta no se detiene en la relación que el sujeto entabla con el espacio. Se podría decir que la definición abarca las condiciones superestructurales de la nación (derechos políticos, constituciones, aparatos legales, etc.) pero no atiende, por lo menos como nosotros pretendemos, al componente espacial. Por otro lado, si en el plano de las creencias, la devoción patriótica del periodo de la Independencia resultó un sustituto de la religiosidad imperante durante la Colonia, es posible pensar, a la luz del desmoronamiento de la estructura del poder tanto real como simbólico, que se produjera también un resurgimiento de creencias ancestrales neutralizadas hasta entonces por la centralidad del catolicismo. Aludimos a la espiritualidad telúrica prehispánica, dando lugar a un regreso de lo que los latinos llamaban el ‘genius loci’.5

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identidad nacional? La imposición de identidades nacionales responde a una fuerte homogeneización de los imaginarios, soslayando las diferencias insalvables en algunos casos. La relación con el espacio y el territorio, como se ve, excede largamente la arista que lo conecta con la identidad. Los significados sociales y culturales asignados al territorio no resultan de una materia pacífica, se trata de un campo intensamente disputado, no sólo desde la política (los reclamos fronterizos de los estados vecinos, por ejemplo), sino también una disputa étnica por parte de los pueblos originarios que experimentan el despojo.

3. De acuerdo con una tradición sociológica, se entiende a la acción social a partir de un cambio en el modelo establecido en las relaciones entre naturaleza y cultura. A la manera de dos polos, la fluctuación ha dado lugar a una dialéctica cambiante. Podrían indicarse por lo menos tres de esos modelos. El primero, establecido por el dominio de la naturaleza sobre la cultura, cuya duración se extiende por milenios. El modelo de organización social se basa en la lucha por la supervivencia. En segundo lugar, la cultura pasa a ocupar un lugar dominante frente a la naturaleza, como consecuencia de la Revolución industrial y el triunfo de la razón. Ciclo que puede ubicarse en los orígenes de la Edad Moderna. El modelo de organización social está dado por el progreso del trabajo, a partir del cual la humanidad encontró su liberación de las fuerzas naturales, tanto como –no tan paradójicamente- su sometimiento a la opresión y explotación. Veamos de qué manera, a modo de ejemplo, operaba este modelo a comienzos del siglo XX. Escribe, en 1910, el ensayista argentino Manuel Ugarte:

Emprendamos en todas partes la obra de vencer a la Naturaleza, imponiendo de un extremo a otro del Continente la marcha triunfal del hombre. Las florestas impenetrables, los ríos que desbordan, las montañas inaccesibles y hasta los hoscos volcanes que nos fulminan tiene que ser dominados al fin. Poco importan los obstáculos. Más emocionante que las batallas /…/ pero mucho más gloriosa, es la lucha entre la especie y la creación, el duelo trágico entre la Naturaleza y el genio. (Ugarte, 1953: 153)

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interacción y organización sociales es puramente cultural. Estaríamos hablando ya de nuestra contemporaneidad.

Hecha esta breve introducción, nos detendremos en el modelo ligado a la modernidad. Como se sabe y para decirlo de manera extremadamente sintética, los cambios tecnológicos inciden en la configuración de las ideas. En tal sentido, como agentes civilizadores, las redes de comunicación han dado lugar a un relato optimista, como lo ha estudiado Armand Mattelart en su Historia de la utopía planetaria. Por el contrario, habrá otra mirada que abstrae a las redes de ese manto de solidaridad universal con el que se encubre, viendo en ellas, de manera crítica, nada más que la interconexión de los mercados nacionales sometidos a una nueva división del trabajo y pactos de seguridad que las grandes potencias consienten para el reparto del globo. Dicho en otros términos, la imaginación utopista de concordia y unión universal le habría otorgado un “rostro humanitario” al expansionismo europeo.

En la raíz de estos cambios de percepción, se sitúa, como se ha dicho, el sistema moderno de comunicaciones. Antes de su aparición los países se componían por elementos desconectados entre sí. Las regiones, si mantenían contactos, lo era por la existencia de alguna vía de comunicación, de lo contrario existía el “silencio” entre ellas. El progreso de la red de comunicaciones (vías férreas, caminos, transporte urbano, telégrafo, diarios) articulará por primera vez la dispersión espacial, al conectar los puntos dispersos. En esta perspectiva, como sabemos, Benedict Anderson define a la nación como una comunidad imaginada, en virtud de este nuevo dominio de “pertenencia”, adquirida por medio de una conciencia colectiva compartida. Pero así como el sistema pudo ser impulso, también fue freno:

En este sentido, -escribe Anderson- la “incapacidad” de la experiencia hispanoamericana para producir un nacionalismo propio permanente refleja el grado general de desarrollo del capitalismo y de la tecnología a fines del siglo XVIII, así como el atraso “local” del capitalismo y la tecnología españoles en relación con la extensión administrativa del Imperio. (Anderson, 1997: 99)

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mexicanos, no del Río de la Plata; y tales hechos aparecerían como “similares” a los sucesos de México, no como “parte” de ellos. La ventaja con la que corrieron las Trece Colonias originales en el Norte está directamente relacionada con la extensión que abarcaban, esto es, el territorio era menor que el de Venezuela y apenas la tercera parte de la Argentina. Poseían, pues, una unidad geográfica.” (Anderson, 1997: 99)

Con todo, el nacionalismo constituye un fenómeno posterior a la realidad histórica, puesto que el continente se había configurado, a partir de la colonización española, en una unidad política. El impacto del romanticismo es tan fuerte que, junto con la formación de los nacionalismos políticos, se produce también el nacimiento de una conciencia nacional de las literaturas latinoamericanas. Para la generación romántica, la extensión espacial resultó un escollo imposible de sortear y conspiraba contra las ideas civilizatorias Domingo F. Sarmiento frente a la fatalidad de la naturaleza escribía: “Deberíamos quejarnos, antes de la Providencia, y pedirle que rectifique la configuración de la tierra”. Aún más, agrega Sarmiento en el Facundo: “La inmensa extensión de país que está en sus extremos, es enteramente despoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el frágil barquichuelo. El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son, por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias.” 6

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destrucción por Hernán Cortés en 1521, hasta la inauguración en 1960 del más fabuloso sueño de urbe de que ha sido capaces los americanos, la Brasilia de Oscar Niemeyer, la ciudad latinoamericana ha venido siendo básicamente un parto de la inteligencia, pues quedó inscripta en un ciclo de la cultura universal en que la ciudad fue el sueño de un orden.” 7

En el discurso liberal decimonónico, el conjunto de Hispanoamérica constituía una frontera en la que se libraba una lucha entre la civilización y la barbarie8, que no resulta muy distinto de la idea de América como frontera para la expansión europea y también para la 'imago mundi'. Según esta visión racionalista, América representó a la vez imagen y escenario, cultura y naturaleza, vacío espacial y extensión territorial. El continente americano fue una tierra libre a ocupar, con el propósito de construir una civilización que recogiese lo mejor de lo producido por la cultura clásica y cristiana. Para controlar, ocupar y ejercer efectiva posesión de un territorio se necesita un amplio conocimiento del mismo. La era del imperialismo resultó también la era de los grandes viajes científicos y exploratorios. Con el impulso de nuevas conquistas coloniales, nace la figura del viajero-científico.9

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aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal /…/” Seguidamente hace un llamado dramático: “Lo quede de aldea en América ha de despertar.” (Fuentes de la cultura, p. 121) Pero a diferencia de Sarmiento, el cubano rechaza la idea iluminista de una mayor jerarquía de la ciudad sobre el resto del espacio, tomado como barbarie por el argentino. Dice Martí: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno…” (p. 122) La proposición de la falsa dicotomía no persigue la creación de otra en su lugar, sino la de armonizar el conocimiento con lo propio americano y postula: “Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de las tiranías.” (123)

Con todo, si válido para las metrópolis, distinto será el caso de América Latina: el sistema de comunicaciones está apenas desarrollado, lo que desde luego redunda en perjuicio de las ideas integracionistas. Problema que había sido identificado por Ugarte tempranamente: “Debido a la escasez de ferrocarriles, telégrafos y líneas de navegación, estos países se han desarrollado tan independientemente los unos de los otros, que a pesar de la identidad de origen y la comunidad de esperanzas, evolucionan en órbitas distintas. Sólo los más vecinos están en contacto.” (Ugarte, 1953: 94) Desde luego que esta deficiencia, mientras que por un lado redobla el aislamiento e imposibilita la visión de conjunto, por otro el sistema de comunicación funciona eficazmente en relación con el resto del mundo, con el que los países latinoamericanos están unidos a través de “maravillosas vías de comunicación”. Más aún, razona Ugarte, es mayor el conocimiento de lo que pasa en China, pero se ignora lo que ocurre en el propio continente. (Ugarte, 1953: 94) Pues bien, así como esta era puede pensarse por medio de la “unidad geográfica elemental” asentada en el medio físico, la unidad tecnológica relevante que le incumbe viene dada por el ferrocarril. A la noción moderna del tiempo y del espacio corresponde, pues, al ciclo del ferrocarril. Desde su nacimiento el tren ha sido considerado como un símbolo del progreso, nada más acorde entonces a los impulsos hacia el futuro de la modernidad.

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de la promoción conocida como mundonovista nos han parecido dignas de considerar. La noción de Manuel Ugarte y de Gabriela Mistral, respectivamente, sobre el espacio tiene el enorme valor de haberse planteado en pleno auge de las identidades nacionales, es decir, cuando la territorialidad y la centralidad del estado-nación más vigor hubieron alcanzado. (Maíz, 2002) Es así como se creía que cada nación sería portadora de un carácter propio, intransferible. Se trata de un momento herderiano, si se quiere, en el que lo específico se opone a lo universalizante. La base material, claro está, de estos supuestos es el estado-nación. La cultura como la nación sería una civilización centrada en sí misma. Dentro de este círculo conceptual, novecentista y mundonovistas alientan una corriente de religación hispanoamericana que se funda en otros preceptos e indaga en la historia buscando nuevos datos para sostenerla. Vale destacar también, que en tanto intelectuales, no tomaron partido en la elaboración de las memorias nacionales, tal como lo hicieron otros miembros de sus promociones generacionales. Como mediadores culturales no buscaron la legitimación de las fuerzas económicas que propiciaban la afirmación del estado-nación, sino que, al modo de puntos de fuga, se desmarcaron en dirección hacia nociones macroespaciales. El hecho de abandonaran tempranamente sus patrias ayuda a explicar estas divergentes miradas.

El desocultamiento de la naturaleza es una operación que emprenden varios ensayistas del periodo. En el prólogo a Chile o una loca geografía, Gabriela Mistral sitúa el ensayo de Subercaseaux junto a Martínez Estrada: Radiografía de la Pampa, López de Mesa:

Relato lírico de Colombia, Eduardo Mallea: Pasión Argentina y el chileno Agustín Edwards. Todos, como puede apreciarse, tienen en común la alusión directa o sesgada a la espacialidad. (Mistral, 1940: 13)

En buena hora –dice, satisfecha, Mistral- ha venido a prestigiarnos el ensayo geográfico y a propagarlo entre los mozos. Va siendo tiempo de que algunos dejen el oficio universal de poetas y se den con una modestia servicial a

contar la tierra que les sostiene juntamente los pies trajinadores y la densa pasión. (Mistral, 1940: 13. Las cursivas son nuestras)

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imperialista reaviva el sentimiento telúrico y la intención de su custodia.11 Ugarte, por su parte, entrevió la importancia que revestía una complementación entre el espacio y su representación discursiva:

La naturaleza es un organismo salvaje que necesita ser domado como los potros de nuestras Pampas. Para poseer verdaderamente un territorio, no basta imponerle límites y clavar una bandera. Es indispensable ante todo traer a la superficie las posibilidades de realización y fecundarlo con la inteligencia, darle por fin una fisonomía, imponerle un alma y transformarlo en una especie de ser viviente. La tierra, como el papel, sólo vale por lo que escribimos encima. (Las nuevas tendencias literarias, 17. Las cursivas son nuestras)

El debate en torno a los espacios, desde una perspectiva que puso en juego elementos geográficos e históricos, le permitió a los novecentistas extraer de esta operación importantes consecuencias de proyección simbólica. En el proyecto literario novecentista la configuración de una imagen de territorialidad, accesible simbólicamente al conjunto, está al servicio de salvaguardar los territorios nacionales frente al peligro que representa el imperialismo norteamericano. La novedad estriba en las dimensiones y la mirada múltiple que se debe acordar para dotar de sentido a una nueva noción de espacialidad, a partir de la cual se produzca la relación identificatoria.

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nuevo mapa, que implica el tránsito de “los intereses de la aldea a la salvación del conjunto.”

5. ¿Cuándo entra en crisis este modelo temporo-espacial correspondiente a la modernidad que con entusiasmo pusieron a funcionar las generaciones de las primeras décadas del siglo XX? Es obvio que algo sucedió ya que aquel optimismo en las identidades regionales o nacionales, incluso en la probable religación continental que el hispanoamericanismo de entonces alentaba se sumergieron en una profunda depresión. En el campo literario, no habrá ya plena confianza en la capacidad cognoscente del escritor, se tornan sospechosas las estructuras temporales heredadas, en fin, la concepción de la realidad se fragmenta o difumina. Hacia finales de la década del 40 parece ser el momento más propicio para situar el comienzo de estos cambios críticos. Para más datos el choque entre concepciones se produce en tiempos de la Guerra Fría. La cultura también se vuelve campo de batalla, aunque los combates hayan sido menos estruendosos. El escenario estaba ocupado por la URSS, defendiendo un realismo en el que lo “real” se definía como la lucha de clases y la paz se volvía táctica política. Por otro lado, los Estados Unidos que hizo de la libertad del artista y la autonomía del arte una bandera. La ganancia para los latinoamericanos, en tal contienda, estribaba en la posibilidad de ser incluidos dentro de la cultura “universal”, “aunque esto –escribe Jean Franco- disfrazara un ataque no demasiado sutil a las culturas nacionales, étnicas y locales, a las cuales se denigraba por aberrantes, por meramente provincianas o por idiosincrásicas.” (Franco, 2003: 10)

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“desprendimiento” del factor físico de la espacialidad; en otros términos, se cobra conciencia del esencial carácter representacional de la espacialidad. Carlos Fuentes refiriéndose al problema del telurismo en la novela hispanoamericana observaba: “El conquistador llegó en busca de los tesoros de la naturaleza, no de la personalidad de los hombres, y liberarse, en la segunda década del siglo XIX, del conquistador, significaba también convertir la naturaleza enajenada en naturaleza propia.” (La nueva novela) Es una de las pocas concesiones que se le hace al arte narrativo anterior.

Llegados a este punto, se hace necesario declarar que lo que había entrando en crisis hacia finales de los 40 y comienzos del 50 se torna lisa y llanamente, no mucho tiempo después, en ruptura paradigmática. Como resultado, la problemática identitaria deja de tener como base de sustentación solamente al espacio definido por el estado-nación. Sin embargo, tal como sugiere una corriente de pensamiento contemporánea en la “modernidad-mundo”, la cuestión de la espacialidad continúa siendo clave. Porque, a través de los cambios en el concepto del espacio, es posible explicitar alteraciones que son mucho más amplios en las sociedades contemporáneas. La producción cultural actual ya no está más espacializada en un espacio físico determinado; por eso la noción de desterritorialización ganó mucha fuerza en los últimos años.12 Debe insistirse en que toda desterritorialización se hace en paralelo a una reterritorialización. Para nosotros el interrogante es qué características tienen las nuevas reterritorializaciones que se están produciendo. Y si es posible pensar una nueva configuración cartográfica para la identidad latinoamericana. Según la tradición durkheimiana, las funciones cognitivas están marcadas por las culturas que las envuelven, de modo tal que cada pueblo tendría una forma particular, primitiva anterior al contenido que ordena y clasifica la concepción del tiempo y el espacio. Así podría justificarse la pregunta sobre el tipo de espacialidad que le correspondería a la regionalización del cono sur.

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manera magistral lo representó la nueva novelística hispanoamericana, al mostrar la persistente coexistencia de planos del pasado, presente y futuro (pensemos en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Pedro Páramo de Rulfo, desde luego que los ejemplos sobran), la espacialidad se ha visto alterada por la superposición de sus niveles locales, nacionales y globales. Así los espacios se cruzan con la fragmentación del tiempo. En algunos casos, la percepción de esa índole del espacio que acusa el impacto temporal es macro y abarca varios países, en otros se trata de un espacio más acotado. Hace algún tiempo Antonio Benítez Rojo cuestionó, desde una mirada posmoderna, el mestizaje como teoría cultural de América Latina. El texto del escritor cubano va asimismo contra las ideas esencializadoras de la identidad. La misma inestabilidad y turbulencia del Caribe hace impensable poner en juego la obsesión ontológica, en la que se demanda un centro irradiante de legitimidad. La repetición de los tropismos, esa “cierta manera” de actuar que le atribuye a la cultura caribeña fluctúa y se desplaza como buena hija de una cultura de los pueblos de Mar. Pero no es lícito reducir al Caribe a la solo cifra de la inestabilidad, ya que se trataría de un error, según este autor. La imposibilidad de poder asumir una identidad estable, ni siquiera el color que se lleva en la piel, sólo puede ser reconstruida por la posibilidad de ser “de cierta manera” en medio del ruido y la fuerza del caos.”(Benítez Rojo, 1989: XXXV)

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la excepcionalidad latinoamericana, que de manera involuntaria esta promoción consolidó. Esta tesis ha operado como eje fundador de la originalidad americana; su postulado más caro sostiene que América Latina es un ente histórico-cultural de rasgos muy particulares, quizás irrepetibles y, hasta cierto punto, adánicos. El más destacado “teórico” de esta corriente a comienzos del siglo XX fue Francisco Contreras. Como se sabe, en 1927, en el proemio a su novela El pueblo maravilloso, elabora un programa de enfatización de la geografía americana que la literatura debe rescatar como materia novelable, no a la manera de un costumbrismo romántico, ya ejercitado y acabado, sino desde una perspectiva integral que aúne lo físico del entorno pero también el fondo psíquico subyacente de quienes la habitan. Acuña así el término Mundonovismo para nominar a esta sensibilidad naciente de su generación, la cual aspiraría a crear una "literatura autónoma y genuina" inspirándose en el "tesoro tradicional" que compendia las "sugestiones" de la tierra, la raza y el ambiente. («Proemio» a El pueblo maravilloso. París: Agencia Mundial de Librerías, 1927) Un detalle más, que también es digno de destacar, nos referimos al uso del adjetivo maravilloso en el título de la novela.

Podría argüirse que el origen de la noción de excepcionalidad coincide con los albores de nuestra expresión literaria (es preciso subrayar aquí el carácter letrado de ese origen y no oral, ya que la discusión permanece abierta, como toda discusión por los orígenes) En efecto, los textos de Cristóbal Colón están en el comienzo de la idea de la excepcionalidad americana. Hay quienes incluso se atreven a sostener que el realismo mágico mismo estaría presente en ellos. En cualquier caso, basta recordar los pasajes de sus Diarios en los que el paraíso terrenal se implanta como subtexto de una percepción inaugural. Durante el comienzo de la vida independiente, Simón Bolívar se ubica entre quienes sostienen la novedad étnica y cultural del continental en la famosa “Carta de Jamaica”, abonando de tal manera la tesis de la excepcionalidad americana. Recordemos uno de los pasajes:

Nosotros somos un pequeño género humano, poseemos un mundo aparte cercado por los dilatados mares, nuevo es casi todas las artes y ciencias /…/nos hallábamos en el caso más extraordinario y complicado /…/ (Zea, 22)

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decimos es el de los estudios transatlánticos, en los que situaciones como las del modernismo y su relación con París, por caso, son compartidas por otras literaturas periféricas europeas y no europeas; al contrario de lo que muchas veces se piensa que se trata de una condición propiamente latinoamericana de nuestra modernidad. Otro ejemplo significativo es el del Caribe y la conexión afroatlántica y el consecuente corpus de la novela sobre la esclavitud.13

Emil Volek, conocido por sus brillantes trabajos de teoría literaria, es además uno de los más firmes críticos del “macondismo”, quizás la corriente cultural más afín a la excepcionalidad. Para el crítico checo, entonces, tanto el “realismo mágico” como el “macondismo” constituyen el reverso del fracasado proyecto de la Modernidad en América Latina, que ni el brillo y embellecimiento de la ficción literaria han logrado ocultar. Aun con todo el atractivo que se aprecia en el hecho de un reconocimiento mundial, el “macondismo” actúa como el subterfugio que convierte las particularidades en estereotipo. En efecto, se trata de la construcción de una otredad pergeñada en el centro metropolitano y tomada como relato de identidad. “Originado en América Latina como forma para hablar de nosotros mismos en relación, contraste u oposición a las miradas "occidentales", el macondismo aparece para los latinoamericanos como la forma afirmativa de representar el "Otro" de los europeos y norteamericanos.” (Erna von der Walde, "Realismo mágico y poscolonialismo: construcciones del otro desde la otredad")) Lo que el realismo mágico tenía de revolucionario en Asturias, Carpentier, Rulfo o Arguedas, al proponerse una exploración crítica de la realidad, se deteriora, al finalizar el siglo, en una versión posmoderna (al decir de Volek), en la que se exalta el irracionalismo y se produce una fijación fundamentalista de la identidad (según García Canclini).

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nacional-continental, regionales (urbanas, rurales), y globales/fractales. Los periodos, a su vez, correspondientes: modernismo-centenario, vanguardia, posmodernidad. Algunos autores que pueden apuntarse a cada ciclo: 1) Martí, Ugarte, Mistral, 2) Mariátegui, Paz, 3) Benítez Rojo.

Los escarceos caracterizadores de Gaos, Reyes y Henríquez Ureña fueron formas de la especificidad. Con todo, ¿existe una especificidad inamovible, ontologizada como ciertas versiones de la identidad que han tenido vigencia periódicas? Con la especificidad ocurre lo que con la identidad, ninguna de las dos es una esencia sino un proceso, una historia, una suma de niveles que engrosan una tradición. Por el contrario, la exacerbación de la diferencia propia de la excepcionalidad culmina siendo una verdadera ontologización de la identidad sobre la base de la marginalidad.

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Ugarte, Manuel (1953) El porvenir de América Latina. Buenos Aires: Editorial Indoamérica. Wünenburger, Jean-Jacques (1999) “Lo imaginario en la filosofía francesa contemporéanea”. Lapoujade,

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1 Un rápido ordenamiento de los trabajos sería como sigue. Los que han estudiado los procesos de construcción de esas

entidades sociales complejas: (Tilly, 1983); (Gellner, 1983); (Hobsbawm, 1991). Otra línea (Nora, Le Goff y otros) se han encargado de explicar esta experiencia moderna de la nación como “topos esencial del imaginario colectivo”: (Nora, 1984-1986). En América Latina los que subrayan los problemas ideológicos en la elaboración de mitos nacionales y se inscriben en la línea de Hobsbawm y la “invención de la tradición”: (Halperin Donghi, 987); (Góngora, 1980); (Chiaramonte, 1991), (Chiaramonte, 2004).

2 Hemos estudiado este tema en Maíz, Claudio, “La cordillera de los Andes: de muro a portal. Visiones del otro a través del

espacio.” Estudios Trasandinos, n. 13, 2007.

3 Tal como lo afirma la propia autora de Ficciones fundacionales, el propósito de su libro consiste en poner al descubierto

“lo inextricable que es la relación que existe entre la política y la ficción en la historia de la construcción de una nación”. (Sommer, 2004: 22). Dice por parte Wünenburger: “Sin dudas nuestras relaciones con el espacio están mezcladas con los frutos de nuestra imaginación. Tanto la poética de los lugares como la de los objetos provienen de nuestra capacidad para sobrecargar el mundo de ensoñaciones, para hacer brotar imágenes nuevas de las representaciones que nos son impuestas por el ser-ahí de las cosas.” ( Wünenburger, 1999:41)

4 Dice Guerra. “La mejor manera de evitar escollos es, a nuestro modo de ver, considerar la nación moderna como una

nueva manera de concebir una colectividad, como una forma ideal e inédita de organización social, como un nuevo modo de existir al cual pueden aspirar grupos humanos de naturaleza muy diferente. La nación aparece así como un nuevo modelo de comunidad política, síntesis de diversos atributos ligados entre sí; como una combinatoria inédita de ideas, imaginarios, valores y, por ende, de comportamientos, que conciernen a la naturaleza de la sociedad, la manera de concebir una colectividad humana: su estructura íntima, el vínculo social, el fundamento de la obligatoriedad política, su relación con la historia, sus derechos /…/ Considerada bajo este prisma, la nación moderna es una realidad nueva que irrumpe en la historia a partir del siglo XVIII.” (Guerra, 2003: 8) Hasta ahora el vínculo más intenso entre sujeto y lugar está dado por la idea de nación. Son escasas sino nulas las posibilidades de pensar, por caso, los movimientos políticos a gran escala sin una referencia a las patrias nacionales. Las colectividades “no-nacionales” no tienen aún asidero firme. (Gupta, Akhil, Ferguson, James, 1997)

5 “La iconografía revolucionaria combinaba referencias precolombinas con una imaginación territorial de dimensiones

continentales, representando a la independencia americana como una suerte de mandato de la naturaleza americana cuyos potenciales de metaforización acabada de explorar el naturalismo romántico de Humbolt.” (Andermann,2000: 22)

6 Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, CEAL, 1979, p. 24.

7Rama, Angel, “La ciudad letrada”, en: Morse, R. (comp.), Cultura urbana latinoamericana,

Buenos Aires, Clacso, 1985, 11.

8 Gómez Martínez, José Luis, “ 'Mestizaje' y 'frontera' como categorías culturales

iberoamaericanas”. Estudios interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, 5.1, 1994, pp.5-19.

(la cita procede de una versión electrónica)

9 Gómez Martínez, José Luis, “Mestizaje y frontera como categorías culturales iberoamericanas”.

En: Estudios interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, 1994 (la cita proviene de una

versión electrónica). Desde Humbolt a Darwin, que viajó en la expedición del capitán Fitz Roy en 1832, un considerable número de sabios europeos, permitió, gracias a sus observaciones, avanzar en el conocimiento científico, pero también facilitó la más eficiente conquista de los territorios recorridos, por parte de los estados colonialistas a los que pertenecían. Los exploradores llegados a este continente se munen del discurso autónomo de la ciencia, aunque en realidad llegan movidos por una ética imperial: la de liberar las riquezas que encierra la naturaleza en poder de la barbarie. Las sociedades científicas europeas eran instituciones ligadas a algún poder estatal como la Royal Society de Londres o la Academia de Ciencias de París. A la postre la dinámica misma de la revisión de las categorías filosóficas y políticas del siglo XIX contribuyó a comprender que el espacio único de la colonia fue sustituido, luego de la emancipación, por la concepción del nacionalismo romántico, fundamento de los estados nacionales. Con la independencia se perdió el centro español vigente durante la colonia, para deslizarse hacia Francia, Inglaterra, Estados Unidos. El concepto de frontera sufre un proceso de “iberoamericanización”, es decir, pasa de entenderse como una línea a un espacio.

10 Escribe Vicens Vives: “La situación geohistórica de un territorio determina las grandes líneas de

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con las guerras de la independencia y en Europa después del período napoléonico.

11 Graciela Montaldo ha estudiado ciertos textos literarios del siglo XIX partiendo de la premisa de que la escritura cumplió

la función de imaginar los territorios y sus vínculos, “allí donde los ejércitos criollos sucumben al saber de los nativos” que disputan el mismo territorio. También la escritura proyecta sobre el territorio desconocido “la grandeza futura de un país”. Respecto de esta última función, veremos la importancia que recobra en la idea de la unidad continental en la ensayística ugarteana, en su relación con la utopía. (Montaldo, 1999:16)

12 La desterritorialización que se asocia a las transformaciones tecnológicas y financieras no implica la desaparición de las

coordenadas de ubicación y localización geográfica y suponen una cartografía propia. Es posible que la actual cartografía que acusa recibo de la transformación cartográfica introducida por la informática sea también de transición. Como ha sido señalado “espacio y tiempo son categorías fundamentales de la experiencia y percepción humana, pero lejos de ser inmutables, están muy sujetas al cambio histórico” (Huyssen, 2002).

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