Por una sociologa del capital

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El Capital no es una entidad aislada de las relaciones sociohistóricas que le constituyen, en primer lugar es una relación social que posee una doble dimensión: económica y sociológica. Es una relación social que crea el valor a través de la explotación de la fuerza de trabajo asalariada por los propietarios de los medios de producción. Esta explotación no es posible sino en tanto que es también una relación de dominación en la organización del traba-jo (división técnica y social del trabatraba-jo). Tal es para mí el descubrimiento principal de Marx en El Capital: ha des-naturalizado (y por tanto historizado y sociologizado) el desarrollo del capitalismo. ¿En qué medida la división que se ha institucionalizado entre la economía y la sociología no ha perdido lo esencial de este descubrimiento?

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POR UNA SOCIOLOGÍA DEL CAPITAL

Jean Lojkine*

*.- Este texto forma parte de la obra colectiva Les sociologies critiques du capitalisme, en homage à Pierre Bourdieu, (Paris, PUF,

2002, pp. 42-68, colección Marx Actuel), cuya edición fue dirigida por el mismo Jean Lojkine. Es el resultado de los talleres de la Sección de Sociología del Congreso Internacional Marx III celebrado en París en 2001, y también escriben Emmanuele Terray, Loïc Wacqant, Daniel Bachet, Claude Didry, Catherine Bidou, Louis Chauvel, Michel Pinçon, Monique Pinçon-Charlot, Philippe Corcuff, Albert Ogien, Michèle Leclerc-Olive, Claude Leneveu, Robert Castel y Jacques Bidet.

Youkaliagradece a la editorial PUF el interés que ha puesto en permitirnos contactar y lograr el permiso del autor para

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La sociología ha tenido siempre un estatuto extremadamente marginal en el pensamiento marxista. La razón de ello es que contiene a la vez las divisiones disciplinarias que quieren aislar a la economía (dominada por la corrien-te neoclásica) de las ciencias sociohistóricas (la escuela weberiana constituye a escorrien-te respecto una excepción), a la evolución propia del marxismo, pero también y tal vez en primer lugar a un ataque a la obra misma de Marx. Para aprehender el sistema capitalista en su globalidad, ni Marx ni sus herederos han renunciado a realizar simultáne-amente el análisis del movimiento de reproducción del capital y el análisis de las relaciones de dominación en la organización de la sociedad capitalista (empresas, Estado y sociedad civil)1. La unilateralidad del análisis marxia-no del capital ha contribuido de este modo a alimentar la unilateralidad de los análisis sociológicos de las condi-ciones y de la organización del trabajo.

En el contexto francés de los años 1930-50, la fuerte influencia del marxismo sobre los intelectuales que habían fundado la sociología francesa del trabajo (Friedmann, Naville, Touraine) no debe ocultar el estatuto extremada-mente marginal de la sociología respecto a un marxismo dominado por el economicismo y el pensamiento espe-culativo, poco preocupado en analizar las relaciones entre las grandes tendencias macro-económicas y las relacio-nes sociales concretas, el punto de vista de los agentes y de los actores sociales2.

Esta marginalización de la sociología llamada «empíri-ca» (sospechosa de ser un subproducto de la ideología liberal americana, a través de las encuestas de opi-nión)3, de lo cual se ha aprovechado un marxismo especulativo, va a impedir un encuentro productivo en-tre economistas y sociólogos marxistas. Nacida de la es-cisión entre el análisis económico del capital y el análi-sis sociológico de las relaciones de trabajo, la sociología (francesa) del trabajo se verá finalmente confinada a un estudio de procesos de división del trabajo completa-mente desconectado del análisis de la lógica del capital. Los famosos capítulos XIV y XV de El Capitalde Marx («La división del trabajo y la manufactura»; «El maqui-nismo y la gran industria») citados a menudo en la lite-ratura sociológica de los años 1950-60, estarán comple-tamente desconectados del análisis del desarrollo de la producción capitalista y de la producción de la plusva-lía relativa.

Así pues, como apunta Bernard Mottez4, «estas páginas de El Capitalconstituyen el origen de todos los análisis posteriores de la evolución del trabajo. Estos últimos, que en general dejan de lado el estudio del sistema econó-mico en cuyo marco se inscribe el análisis de Marx (sic), se han interrogado hasta el punto en que se verifica que

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1.- Compartimos aquí el punto de vista desarrollado por J. Bidet en Théorie génerale (PUF, 1999) sobre la insuficiencia del análisis de Marx.

Sin embargo, no pensamos que se pueda introducir el mercado sobre el mismo plano (el cual por otro lado no es en modo alguno una especificidad del capitalismo) y la organización como principios fundadores del capitalismo; la organización es completamente distinta de «la economía de mercado». No obstante, la asignación capitalista en medios de producción no puede situarse en el mismo plano que la dotación escolar, cultural, que la «aptitud» de los gestores capitalistas, sin hablar de los «ejecutivos» sobre los que importa jerarquizar el

poder real; la organización se subordina al poder de los propietarios del capital, como se puede hoy apreciar con la «gobernación

corpo-rativa». Como bien lo entendió Max Weber «la organización racional capitalista del trabajo (formalmente) libre», la invención del

cálcu-lo de capital, la separación legal de la propiedad de las empresas y de la apropiación personal (esa «socialización» del capital en el seno del capitalismo que conducirá al desarrollo de la gestión organizativa de las empresas), como la separación del gobierno doméstico y de la empresa definen el «capitalismo de empresa burguesa» y le distinguen en lo esencial de diversos tipos de economías comunistas y socia-listas, como las formas del capitalismo desarrolladas en la Antigüedad o en la Edad Media (Lojkine, 1988).

2.- En el contexto francés de los años sesenta, el «antihumanismo» de los althusserianos no hará sino reforzar esta tendencia. A este respec-to, las obras de los sociólogos marxistas, P. Naville y H. Lefebvre, constituyen una excepción que confirma la regla.

3.- Cf. J.M. Chapoulie, «La seconde fondation de la sociologie française, les Etats-Unis et la classe ouvrière», Revue française de sociologie,

Julliet-septembre, 1991, XXXII-3, pp. 321-364.

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la lógica se haya cumplido… y las que fueron las consecuencias de la evolución técnica sobre el trabajo obrero». La sociología del «trabajo» se construye pues en el reverso, en el espacio y el lugar de una sociología de la relación trabajo/capital que se hubiera articulado sobre todo al nivel de la empresa, del análisis macroeconómico de la pro-ducción de valor y del análisis sociológico de las relaciones de cooperación y de dominación5.

La sociología del trabajo se ha insertado históricamente en este espacio de micro-libertades donde los problemas de organización del trabajo, de productividad, tuvieron mayor importancia que los problemas del desempleo, en el marco del New Dealo del crecimiento económico de los treinta «gloriosos». Las direcciones empresariales esperaron de los sociólogos no una reflexión sobre los criterios de eficacia económica, sino tan sólo diagnósticos precisos sobre las mejores formas de aumentar la productividad del trabajo (estimulando los salarios), o de faci-litar la «adaptación» a las nuevas formas de trabajo.

Se trata sin duda de la razón substancial que explica esta segmentación disciplinaria del campo empresarial entre el dominio de las condiciones de trabajo atribuido a la sociología (el estudio de las relaciones concretas entre el trabajador y el sistema técnico, las relaciones de poder entre el colectivo obrero y la jerarquía social y técnica, etc.) y aquel de los resultados laborales atribuido a la eco-nomía (el estudio de las relaciones entre objetivos de ges-tión y de rentabilidad). Fundador de la sociología france-sa del trabajo, G. Friedmann (a diferencia de P. Naville quien no abandonará jamás su referencia a Marx) va a «naturalizar» de cualquier modo esta división de campos disciplinarios, olvidando con ello el gran descubrimiento de Marx: la estrecha relación que une la valorización del capital y las condiciones de trabajo:

«El economista, aunque admita libremente en sus análisis el reconocimiento de los hechos sociales, considera al trabajo esencialmente en tanto que producción creadora de valor social y al trabajador como “agente” de esta pro-ducción: concibe esencialmente el resultado del acto de trabajo y no sus condiciones. Por el contrario, éstas inte-resan ante todo al sociólogo en tanto que modalidades de relaciones de producción concretizadas en las colectivi-dades bien definidas. Bajo el término de trabajo, observa un conjunto de activicolectivi-dades inscritas en grupos de diver-so tipo, y que siendo multifuncionales, no obstante están lejos de obedecer cada una de ellas a una imposición o a una finalidad puramente económicas»6.

Sin embargo, bajo la influencia del marxismo y del movimiento obrero, la sociología francesa del trabajo, al menos entre los años 1940-707, se va a distinguir claramente de la sociología industrial anglosajona, pero sin llegar por ello a dejar de lado esta segmentación original entre lo social y lo económico, entre la crítica sociológica del traba-jo y la crítica económica del capital. Esta ambivalencia y esta coyuntura compleja son las que pueden explicar, a nuestro entender, las dificultades que encierran las relaciones entre sociólogos marxistas y sociólogos del traba-jo. Aportamos aquí dos ejemplos emblemáticos: el debate en torno a la investigación de Mayo en la Western Electric durante los años 1920-30 y el alcance «crítico» de la obra del sociólogo americano Michael Burawoy. El estudio de las «colectividades humanas que se constituyen en la coyuntura laboral»8 define el campo de la so-ciología, según Friedmann; y remite a un hecho fundador: la investigación del equipo de Mayo en torno a la

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5.- Esto sirve para Friedmann y Touraine, no para Pierre Naville quien intenta a su manera construir una sociología marxista del capital, pero sobreestima las capacidades del capitalismo de absorber las grandes mutaciones tecnológicas de la posguerra y subestima la crisis econó-mica estructural de los años 1970.

6.- G. Friedmann, «Sociologie du travail et sciences sociales», Traité de sociologie du travail. A. Colin, Paris, 1962, vol. 1, pp. 89-90.

7.- Como consecuencia, haría falta analizar el retorno del péndulo hacia la sociología de Crozier de las organizaciones y el fin del sendero crí-tico que caracteriza el origen sobre todo la sociología de Touraine (Lojkine, 2000).

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ca «Hawthorne» de la Western Electric (1924-1952). Pero los trabajos de Mayo remiten también a un acto cien-tífico fundador, la escisión del campo de la sociología industrial9, con sus variantes (la sociología –francesa- del trabajo, luego la sociología de la empresa). Escisión disciplinaria que se realiza al excluir del campo sociológico las ciencias de la economía y de la gestión. El alcance de estos análisis en realidad sobrepasa con holgura la simple división de ambas disciplinas, ya que implica, más profundamente aún, una cierta concepción de la sociedad divi-dida entre un polo «Social» –la relación social- y un polo del Resultado, de la Eficiencia (que va a monopolizar la economía)10.

Como se ha podido apreciar (Desmarez, 1986, pp. 142-146), el acto fundador de Mayo marca, en efecto, la visión parsoniana de la sociedad; los cuatro subsistemas parsonianos reenvían de hecho a sendas lógicas de Mayo: la función de adaptación (las relaciones que el sistema social establece con su entorno) y la función de persecución de los objetivos (definición de los objetivos y movilización de recursos para alcanzarlos) recuerdan las lógicas del coste y de la eficacia (la organización formal de la empresa y la satisfacción de su función económica), mientras que la función de integración y la función de motivación (la referencia a los valores últimos), remiten a la lógica de los sentimientos y la lógica ideológica (mantenimiento de la cohesión social y de sus sistemas de valores). Se pueden, desde luego, oponer al funcionalismo conformista de Parsons las sociologías del conflicto social que

ponen en tela de juicio la integración a las normas de la clase dominante; sin embargo esta oposición no suprime la división de los campos y de los roles sobre los que se basan todas estas sociologías, sin cuestionar la «raciona-lidad» económica misma. Las corrientes críticas de la sociología del trabajo, como también la sociología crozie-riana y las teorías de las organizaciones, descansan sobre la misma escisión entre el campo del trabajo (y de su orga-nización) y la dirección económica (el campo del capital). Las investigaciones sobre las relaciones humanas limita-das por Mayo al dominio de la afectividad, se han intro-ducido ahora en el campo de la eficacia organizacional: así las famosas «consecuencias inesperadas» con las que Merton ha construido la teoría, como los «círculos vicio-sos» burocráticos «se hallan finalmente muy próximas a la teoría general de las relaciones humanas», como subra-ya M. Crozier11.

Un hecho fundador: el estudio concreto de las motivaciones del frenazo a la Western Electric, va a revelar una organización colectiva que establece una solidaridad del grupo obrero frente a las presiones de la dirección para aumentar la producción12. Frente a la lógica gerencial de la dirección (no se distinguen la «lógica de la eficien-cia», la lógica de la productividad, la lógica de los costes) se sostendría una «lógica de los sentimientos». Esta lógi-ca remite a la autonomía de los asalariados de la producción y a las reglas informales mediante las cuales organi-zan específicamente su trabajo en el taller. De esta diferencia analizada por Mayo entre la organización formal y la organización informal del trabajo nace un campo de estudios, una disciplina y una problemática en la cual los debates y divergencias internas13 no deben esconder la continuidad y la permanencia.

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9.- La sociología industrial fue al principio el crisol de todos los enfoques sociológicos, y por extensión de la sociología a secas. 10.- Nos permitimos remitir aquí a nuestra obra de 1998.

11.- «Cuando una organización quiere imponer un esquema taylorista de tipo mecánico, sus miembros no pueden seguirlo, puesto que sus motivaciones no son tan simples… la presión de las motivaciones reales que no se ha tenido en cuenta… tiene como primer efecto reforzar

el apego de la organización al esquema inicial». M. Crozier, Préface à March et Simon, Les organisations, Dunod, Paris, 1979.

12.- Los obreros evitan producir demasiado a fin de evitar el despido de algunos de sus camaradas.

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La oposición de ambas lógicas (lógica económica contra lógica social) forjará pues el objeto de numerosas críticas y controversias, pero va a continuar la escisión del campo sociológico en las fronteras del campo económico y gerencial. Así pues Friedmann (1946, pp. 315-319) quien contribuirá a dar a conocer los trabajos de Mayo en la Western Electric, no se privará de criticar el encierro de esta sociología dentro de una empresa concebida como un mundo cerrado y separado de múltiples vínculos de pertenencia –fuente de la diversificación social- (vínculos de clase, de religión, de etnia, vínculos sindicales) con su entorno social (y económico). Sin embargo, si las reac-ciones obreras de desconfianza, de hostilidad, de revuelta contra la estructura social de la empresa (Friedmann, 1947, p. 318) se ven rehabilitadas y reconocidas «tan lógicas como», de modo que la lógica de la «maximización de la producción con los mínimos gastos de personal y de material», esta crítica sociológica de un capitalismo industrial «inhumano» que inaugurará en Francia toda la corriente crítica de la sociología del trabajo contra el «taylorismo») no superará las fronteras del «trabajo»: el modo de gestión del capital (que conduce o no a esta lógica de la «producción») no es un objeto de estudio para la sociología del «trabajo», y menos aún para la inves-tigación de alternativas en el campo de la propia racionalidad económica.

Alain Touraine (1952) irá aún más lejos que G. Friedmann en su crítica a los trabajos de Mayo y su equipo. Apuntará de entrada la ambigüedad de una sociología industrial americana creada por «los empresarios y técni-cos que no se preocuparían de analizar una situación social en todos sus elementos, sino de conseguir resultados económicos bien precisos14, sin cuestionar los dirigentes sociales del sistema productivo». «Situar el trabajo en la sociedad global» lleva por lo tanto a Touraine a poner el acento en la oposición entre el contexto político ame-ricano y el francés: «el movimiento obrero en los Estados Unidos, excepto algunas excepciones en el sindicato del automóvil, no cuestiona la validez de las estructuras generales de la vida económica», carece de conciencia de clase, lo cual explica la actitud del obrero americano respecto a su trabajo: sea vigilando, sea participando, sea transformando en las iniciativas patronales… no participa activamente en la valorización de su trabajo y deja el campo abierto al sociólogo «médico de la empresa», que influye sobre las relaciones interpersonales y los facto-res afectivos, limitando su objeto de estudio a las relaciones entre el hombre y su puesto de trabajo y a su integra-ción en el grupo primario del taller.

Razón suplementaria de la diferencia entre ambas sociologías de las dos orillas del Atlántico: las grandes centra-les sindicacentra-les no han podido jamás penetrar en la planta de Hawthorne, la cual posee un dócil sindicato ‘indepen-diente’. ¿Podría introducirse el asesor (el consejero) con éxito en una empresa francesa? Ello supone una pasivi-dad obrera, una aceptación por los trabajadores de los dirigentes sociales en su trabajo poco frecuentes en la actualidad en Francia». ¿Qué propone entonces Touraine? «Partir del trabajo y no del comportamiento del hom-bre en el trabajo», y con ello examinar «la significación sociológica de la técnica en las sociedades industriales» y distinguir «la autonomía en el trabajo» del artesano, del obrero en la cadena de la gran industria, y por último de los «supervisores de máquinas» cuya cualificación consiste no tanto en una relación con la máquina, sino en la responsabilidad, se define por el lugar ocupado en una organización (se habrán reconocido las tres fases tecnoló-gicas A, B, C). Este estudio, interdisciplinar, sobre la evolución técnico-profesional, económica, sociológica, sindi-cal del trabajo se opone pues con toda razón a la micro-sociología (la psico-sociología) de las «relaciones huma-nas», aunque sigue encerrada en el campo del «trabajo».

El «régimen económico» permanece ajeno a la investigación sociológica. Como mucho está designado como el horizonte específico de un movimiento obrero (francés) que identifica su conciencia de clase con un rechazo del capitalismo, aunque un rechazo abstracto, una denuncia ideológica global, carente de cualquier solución concre-ta (que espera el «Gran Día»), lo cual produce una asombrosa proximidad, connivencia incluso, entre una ideo-logía obrera de protesta y una socioideo-logía crítica del trabajo, desgarrada entre «su aptitud para los análisis genera-les y su impotencia para definir soluciones concretas».

La misma observación puede hacerse de los estudios sociológicos que han contribuido a hacer complementarias estas dos lógicas que oponía Mayo. En el taller de la manufactura de tabaco (SEITA), una enorme distancia

sepa-ra la estructusepa-ra formal del taller (la división entre el jefe del taller, los obreros de mantenimiento y los obreros de

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producción) y el sistema de acción concreta que se sustenta en «un acuerdo informal… entre los obreros de pro-ducción y los obreros de mantenimiento» para la gestión de las averías constantes de las máquinas: «se habían legado las tareas de mantenimiento más corrientes a los primeros, mientras que los obreros profesionales se reser-vaban la mayor libertad para arreglar las averías más graves, y esto con el acuerdo tácito de los jefes de taller» (Crozier, 1963 en Segrestin, 1996). Del mismo modo que Bernoux, Motte y Saglio mostrarán que, para luchar con-tra la masa de disfunciones engendradas por la organización formal del con-trabajo en los talleres, «sólo la con-trasgresión del reglamento permite asegurar la producción; (…) la jerarquía sabe que debe recurrir a la buena voluntad de todos para hacer funcionar el taller… la jerarquía usa una lógica del sentimiento para que los compañeros imple-menten una lógica de la eficacia» (Bernoux et alii, 1973, pp. 128-137).

De todo ello se puede desde luego concluir que, en cierta forma este análisis es «el opuesto exacto del que no hace mucho permitieron creer E. Mayo y sus discípulos de la Escuela de relaciones humanas» (Segrestin, 1996, p. 124), si se privilegia la oposición entre ambas lógicas. Así Burawoy, al igual que Bernoux y sus colegas, critica la oposi-ción que establece Mayo entre la lógica obrera informal y la lógica formal que impondría la direcoposi-ción: el código social producido por el grupo obrero para preservar su integridad no se opone en realidad a la lógica económica de la dirección, más bien le permite funcionar (Burawoy, 1979, pp. 79-80). Michel Crozier por su parte, lejos de oponer la lógica de los sentimientos y la lógica de la eficacia, en contra de lo que Burawoy le proporciona (1979, p. 79), considera las teorías sobre la racionalidad limitada de Simon (en quien se iba a inspirar) una prolongación de la escuela de las relaciones humanas, en la medida en que permitiría una feliz síntesis entre «el mundo de la afec-tividad» y «el mundo de LA racionalidad» que identifica

con el de «la eficacia organizacional» (Crozier, 1979). En realidad, la lógica de la eficiencia a la que se refería Mayo, sin analizarla ni cuestionarla aunque se tuviera en cuenta la «demanda» precisa de dirección de la Western Electric (¿cómo aumentar la productividad de las operarias y poner fin al frenazo?, era a la vez organizacional (la obe-diencia a las reglas) y económico (la lógica del beneficio, de la productividad). La sociología de las organizaciones no se interesa más que en la primera y hará de la relación entre reglas formales y organización informal el ámbito de su problemática.

Introducirá pues bastante de «lo informal» en la lógica de la eficiencia, sin embargo se trata únicamente de la eficiencia

organizacional, y no de la eficiencia económica que está fuera de su campo. B. Mottez indica en ese sentido que Taylor, quien iba a convertirse en la proa mítica de LA racionalidad formal (de la organización) criticado por todas las sociologías, había justamente realizado una desconexión15 entre la lógica del beneficio «formalizada por los análisis de los economistas… que en fervoroso compromiso liberal al sistema capitalista, que a pesar de ello él sigue reconociendo», que oculta no obstante la teoría de las organizaciones, y la «lógica de la eficiencia» organi-zacional sinónimo por sí misma de la Racionalidad única (Mottez, 1971, pp. 14-15).

La eficiencia económica se define en principio, como lo apuntaba Friedmann, por la relación entre un objetivo y su resultado; ahora bien, la sociología del trabajo como la de las organizaciones se desinteresa por los resultados del trabajo, y no se preocupa más que de las condiciones laborales, de las relaciones entre operarios y directivos. A pesar de su referencia al marxismo, Burawoy sigue en este punto la tradición clásica de la sociología del traba-jo. La explicación de la búsqueda del rendimiento (el «juego16 de la prueba» obliga a impulsar sus máquinas pero

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15.- Desconexión más acentuada aún en la sociología francesa, por la traducción de scientific managementpor organizacióncientífica del

tra-bajo. Lo cual no tiene nada que ver con la dirección (management)de la empresa, la cual es a la vez económica y organizacional (Lorino,

1991). Se puede por tanto plantear si esta nueva conexión entre lógica del beneficio y lógica de la eficiencia organizacional no es un produc-to debido a los promoproduc-tores del miproduc-to tayloriano más que al mismo Taylor. Taylor fue en efecproduc-to, no lo olvidemos, uno de los invenproduc-tores de la contabilidad analítica (Lorino, 1991).

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bajo ciertos límites obedeciendo a las «reglas de juego») por la investigación de un espacio, incluso mínimo, de iniciativas, de elecciones, de juegos que permiten mantener el «sistema», esta explicación «no se desmarca ape-nas de las tesis de sus precursores en el estudio del taller» (Desmarez, 1986). Como D. Roy hace 30 años17, Burawoy subestima la importancia del aliciente del lucro (de modo que, como apunta Desmarez, al producir un 140% en lugar del 100% los obreros pueden aumentar en un 20% su base salarial), con el beneficio de una expli-cación puramente psicológica; el placer de jugar, del riesgo, de la gratificante proeza deportiva («lo hicimos», «we make out») fortalecería su autoestima en el lugar de trabajo y el reconocimiento de sus iguales. Ya no se trata más que de buscar un derivado (¿una droga?) que permitiría olvidar la coacción más fuerte del trabajo de ensambla-je (su carácter molesto y fastidioso).

No obstante, ¿no va lo uno sin lo otro? ¿No hay más bien que vincular la investigación de un aumento de salario con la construcción de una resistencia colectiva que inscriba el aumento de los ritmos según los límites precisos, negociados con la dirección? La referencia al juego como pura proeza deportiva está completamente desconecta-da de la búsquedesconecta-da del lucro, de la recompensa, lo que supone el «consentimiento» de los obreros dentro de una dominación sin límite, fuera de toda coyuntura económica, fuera de todo cambio preciso en las condiciones labo-rales o en la estrategia de la empresa (crecimiento interno o restructuraciones que entrañan despidos). Por el con-trario, la relación precisa entre las tasas de rendimiento y los salarios restringe este «contrato», este compromiso entre los obreros y la dirección de la fábrica a las condiciones socioeconómicas precisas cuyo replanteamiento puede justamente perturbar las «reglas del juego».

Aún así puede sorprendernos especialmente que en esta fábrica (donde se considera que el «patriotismo de empresa» y la movilización del personal en torno al «interés general» de la empresa parecen desconocidos) la ges-tión directiva que ha establecido la nueva firma multinacional que la ha absorbido no busca, a manera de sus com-petidores, implicar al personal en su estrategia industrial y comercial. A menos que, justamente, no sea un efecto del interés exclusivo del autor, como de sus predecesores (Roy y Mayo, pero también la sociología de las organi-zaciones) en relación al trabajo, en detrimento de la relación con el resultado de dicho trabajo y por consecuencia con los objetivos estratégicos de la empresa.

Según Burawoy, en efecto, «La importancia de las reglas será central según mi interpretación de las políticas de los talleres (shop-floor politics),a pesar de que sus implicaciones se comprenderán en términos de dominación, más que de eficiencia (efficiency)». En efecto, para él la eficiencia envía de nuevo al análisis weberiano de las fun-ciones y disfunfun-ciones de la burocracia, no obstante apenas deja margen para la intervención de los ejecutores encerrados en su microautonomía.

A diferencia de Mayo y de la sociología del trabajo, es cier-to que Burawoy tiene en cuenta18 el encier-torno económico de la empresa estudiada asociando la organización del trabajo más individualizado, más autónomo y la transformación de la empresa en una multinacional donde la división entre concepción y ejecución es más fuerte pero donde se redu-cen los controles administrativos y los escalones interme-dios. Sin embargo, los mundos de los cuadros dirigentes, de los ingenieros, de los gestores permanecen lisos, encadena-dos a un pensamiento único jamás cuestionado (la carrera por la rentabilidad de los malvados ingenieros tayloristas que no se interesan más que en la racionalización del tra-bajo): la única cosa que relaciona el mundo del taller con el de los gestores es aquella dominación sin tregua de los obreros por parte de la dirección (el papel de los sindicatos resulta marginal en esta fábrica), de una aplicación sin fricciones de las estrategias decididas por arriba. En

ver-dad se tiene esta vez en cuenta la lógica del beneficio, pero desvinculada de la política industrial y comercial, que

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17.- «Quota restriction and goldbricking in machine shop», American Journal of Sociology, 57, (1952), pp. 427-442.

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19.- El nivel mínimo de beneficio no dependía más que del resultado de la producción del conjunto de talleres, según que produzcan más o menos por encima de la norma del rendimiento medio Burawoy, 1979, p. 90).

20.- «A partir de julio de 1929 la situación comienza a degradarse. Se llevan a cabo nuevos reemplazos, los obreros muestran cada vez menos interés en las experiencias y, a partir de 1930, se inquietan ante las amenazas que la crisis hace pesar sobre su empleo. El rendimiento baja.

En 1932, la Western Electric licencia una buena parte del personal de su sede de Hawthorne entre ellos muchos miembros del Test Room.

La experiencia acaba» (Desmarez, 1986, p. 33).

ha puesto en marcha de forma precisa, como si dependie-ra únicamente del rendimiento de los obreros19. La rela-ción entre la direcrela-ción y el asalariado se reduce a una negociación entre dos tipos de intereses, de una parte la búsqueda de un nivel mínimo de beneficio, de otra parte, la indagación de un salario mínimo garantizado; la supe-ración de la norma mínima (el 100% que corresponde a cuotas fijadas por los directivos) reenvía ahora a un «juego», bajo obligación, entre la búsqueda del beneficio de unos y las satisfacciones (materiales y subjetivas) de otros.

Por el contrario, Burawoy, como sus predecesores, no analiza los debates, las divergencias, los conflictos que podrían esconderse tras la lógica aparentemente lisa y unívoca de la «búsqueda del beneficio» o del «rendimiento», de «la» productividad (como si no hubiera más que una posible). Ciertamente se nos habla mucho, como en todos los estudios de sociología del trabajo, de conflictos latentes entre el mando directo del taller y la dirección de los métodos, sin embargo no se relacionan jamás estos conflictos de organización del trabajo con los conflictos de las reglas económicas, mientras que la mera –breve-alusión al conflicto entre dirigentes sobre la constitución de stocksde amortiguación (tolerados y ocultados por todos en el taller, vueltos a cuestionar por los financieros) habría podido dar lugar a ello.

¿No se trataba, en efecto, de dos concepciones diferentes de la eficacia en la gestión? ¿Los stocksde amortigua-ción permiten evitar las interrupciones de las máquinas, pero graban pesadamente el gasto en materiales, mien-tras que la búsqueda del stock cero (flujo tenso) supone una relación mucho más tensa entre el hombre y la máquina (y una automatización radical de la producción), sin «relajamiento» (el slackde Crozier), sin margen, sin esta porosidad del tiempo que permite justamente estas autonomías? Sin embargo para ello hubiera hecho falta relacionar ambas organizaciones de la producción con dos concepciones divergentes de la competitividad: una competitividad centrada en la economía de los costes laborales, y una competitividad más allá del precio, la cual se basa menos en los precios mínimos que en la conquista de sectores del mercado, la calidad y los servicios post-venta entre los clientes.

Esta interrupción entre la lógica económica y la lógica organizacional se hace aún más desastrosa en el plano cien-tífico, cuando las empresas estudiadas se ven sorprendidas por los despidos colectivos o las amenazas de liquida-ción. Así pues no se puede evitar recordar el final poco glorioso de la experiencia de Mayo en Hawthorne –gene-ralmente ocultada en los manuales de sociología del trabajo. En efecto, gracias a los criterios de dirección muy precisos que han conducido a los directivos de la Western Electric a privilegiar la productividad aparente del tra-bajo (con, como consecuencia concreta, la intensificación del tratra-bajo) y a decidir en 1932 despidos masivos, poniendo fin brutalmente a la experiencia sociológica del equipo de Mayo20.

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¿Pierde por tanto la sociología sus capacidades para reparar los desacuerdos, los debates, los conflictos, a partir del momento que las microautonomías del «trabajo» se subordinan a una novedad económica mundial? La cues-tión vale igualmente para la sociología crítica francesa. A través de un análisis de las nuevas formas de gescues-tión par-ticipativa, D. Linhart anuncia, en efecto, «la desaparición de la dicotomía» entre la lógica clandestina esto es lógi-ca de los sentimientos y la lógilógi-ca del coste y de la efilógi-cacia económilógi-ca (Borzeix y Linhart, 1988): la empresa flexi-ble exige que el taller se transforme en celoso emisor de informaciones y en atento receptor de consignas, que las regulaciones clandestinas, informales, los saberes tácitos sean formalizados y tenidos en cuenta por el cuadro directivo. Los sociólogos denuncian esta voluntad consensuada que pondría en cuestión las «comunidades inter-mediarias del trabajo» y los dispositivos defensivos erigidos por los asalariados para «corromper, para eludir la norma», mas por ello no se interroga por la eficacia de los dispositivos que encierran a los asalariados ejecutores al mismo tiempo que las empresas se someten en las reestructuraciones y que se traducen en la actualidad por una precarización del trabajo y despidos masivos.

Estos investigadores sociológicos no consideran que la «norma» económica pueda estar al alcance de la acción reivindicativa de los asalariados: el fatalismo sociológico retoca con generosidad el fatalismo económico de la mayoría de los militantes sindicales. Ciertas teorías sociológicas de la regulación autónoma y de la regulación en conjunto (Reynaud, 1989) se ven cuestionadas por los sociólogos críticos en la medida en que la disolución de las comunidades intermediarias, bajo el efecto de estrategias de «modernización», de despidos exprés, destruye los lugares que unieron la regulación autónoma de los asalariados y la regulación del control de la jerarquía: el asala-riado que no es inmediatamente útil para la empresa no tiene nada que hacer (Linhart, 1944). Sin embargo «las exigencias de realización particularmente imperiosas» siguen siendo la bestia negra de la sociología del trabajo: aceptadas por unos, denunciadas por otros, y por otra parte, no obstante analizadas, desnaturalizadas, en los debates que comienzan a atravesar el campo económico y de la gestión.

Volvemos por último, a pesar de las negaciones de los sociólogos del trabajo, a uno de los polos de la dicotomía de Mayo en la Western Electric. Si, en efecto, la reunificación de las posturas de la empresa no puede llevarse a cabo más que con la pérdida de los salarios de base, que «aban-donaron ‘su’ sombra por los milagros de una participa-ción tramposa» (Borzeix y Linhart, 1998), hace falta vol-ver a la situación anterior, la de la Western Electric, donde la microcultura del taller inventada por los asalariados, la lógica productiva «en el lugar donde se ejecuta, reorgani-za, pero en la sombra» queda totalmente (y no sólo for-malmente) subordinada a la otra lógica, la lógica del coste y la eficacia económica monopolizada por la dirección. Frente a la «comunidad» obrera –convertida en mítica-se formula, novedosa, la OTRA patronal, adversario abs-tracto que reúne a la vez la dirección del taller, los ingenie-ros y el Estado mayor estratégico. Imagen retrógrada de la lucha de clases, falta ver ahí dónde se juega actualmente, entre los criterios de gestión que determinan la «modernización» experimentada, con su cortejo de empleos precarios y de despidos.

Proposiciones para una nueva sociología del capital

La demanda de una sociología de la empresa encerrada en las regulaciones locales y en las apuestas extra-econó-micas (la esfera del trabajo cotidiano), al margen de las normas econóextra-econó-micas centrales dominantes, esta demanda puede ser también positiva. Puede desembocar en dos apuestas y dos tareas de búsqueda para el sociólogo que no quiere dejarse encerrar en esta contradicción entre una crítica marginal de los criterios de gestión y una ingenie-ría social regida por las direcciones empresariales.

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En efecto, si se acepta la hipótesis según la cual la empresa está en la actualidad estructurada en tres niveles de poder (estratégico, táctico, operativo) que corresponden a tres niveles precisos de la dirección económica (gestión financiera de la rentabilidad, gestión comercial de la competitividad, y gestión física de la productividad) y tres tipos de actores muy jerarquizados (los ejecutivos estratégicos, los ejecutivos operacionales y los operadores), se comprende fácilmente que en el momento de los grandes debates sobre la eficacia de las empresas, ya no puede ser satisfactoria una sociología del trabajo encerrada en el nivel 3, el nivel operativo (Bachet, 2000).

Lo mismo cabe para las relaciones entre lo local y lo global: a la partición triple del poder en la empresa corres-ponde, en efecto, una partición triple del poder político y económico en el sistema mundial, «el Imperio»21 capi-talista que la caída del sistema soviético no ha hecho sino aún más visible. También allí tres niveles de poder que estructuran el territorio mundial: la «punta» de la pirámide, el centro de las decisiones estratégicas está localiza-do en los EE.UU. y en la red directiva de los miembros del G7 (que mezcla dirigentes gubernamentales y dirigen-tes de grandes grupos multinacionales); el segundo nivel intermediario está constituido por las diversas redes, financieras, tecnológicas, comunicacionales, constituidas por las empresas multinacionales y los Estados domi-nantes; por último, el tercer nivel, en la base de la pirámide, viene formado por grupos «representantes» de los intereses populares (sin que los «representados» participen directamente en las deliberaciones y decisiones), Estados nacionales y ONG.

Todo el problema estriba entonces en descubrir las condiciones que aquí nos permiten y podrían permitirnos ahora pasar de lo local a lo global; de efectuar estos desplazamientos, estos «deslizamientos», entre la conscien-cia habitual, la percepción cotidiana del «sufrimiento» en el trabajo (desgaste físico o mental) y la «visión de con-junto» de las relaciones –espontáneamente invisibles- que unen las percepciones fragmentarias y su sentidos dados.

Las experiencias históricas y contemporáneas que hemos analizado recientemente22, con sus límites, pueden per-mitirnos formalizar con más precisión las diversas condi-ciones sociológicas que explican la emergencia de un pro-ceso de subversión de las normas de gestión, la interven-ción del «mundo» de los operadores en el mundo de los estrategas, dicho de otro modo el paso de puntos de vista parciales a un «punto de vista general». Se podrían enu-merar tres condiciones fundamentales cuya combinación puede explicar la emergencia de tales procesos sociales: La «visibilidad» social de la división entre las normas económicas y las de gestión en los espacios de debate públicos.

La presencia de contrabandistas culturales (passeurs culturels), cuyo estatuto «híbrido» (en la empresa, la región o la ciudad) permite tejer los lazos, las transiciones entre ambos mundos (estratégico y operativo, local y global) y asegurar la trasmisión histórica de experiencias colectivas que se convierten en acontecimiento.

21.- Retomamos aquí una de las hipótesis de la obra de M. Hardt y A. Negri: Empire (Exils, Paris, 2000). Por el contrario, no partimos de las

otras dos hipótesis: 1) La de una deslocalización del poder, lo cual contradice justamente esta partición triple del territorio mundial. La orga-nización espacial en redes no elimina en absoluto la centralización del poder mundial. 2) La hipótesis de una casi desaparición del nivel nacional no nos parece verosímil: el debilitamiento del Estado-nación en Francia o en Italia en relación a las instancias políticas europeas no debe hacer olvidar el papel mayor del Estado nacional en las superpotencias mundiales, como los EE.UU., Japón o China (sin olvidar la nueva gran Alemania). Por otra parte, toda construcción de una alternativa antiliberal pasa necesariamente por el nivel político del Estado nación, aunque los nuevos espacios transnacionales que emergen en la actualidad, aunque se dibuja una «ciudadanía» mundial de puntos a través de las inmensas migraciones de una mano de obra cada vez más «mestiza y nómada», consecuencia de la mundialización del mer-cado de trabajo.

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La formación de coaliciones transversales y de una red de actores solidarios en los diversos niveles de poder en la empresa, en el espacio público local (depósito de empleo, región, etc.), pero también en el espacio público nacio-nal y mundial. La articulación entre lo local y lo mundial en estas coaliciones es en la actualidad absolutamente decisivo ante la enorme presión ideológica ejercida por la mundialización financiera.

Primera condición: la división de las normas directivas

Esta división podría medirse según los diseñadores de normas y los estrategas (los cuadros dirigentes, pero tam-bién todos los profesionales especializados en la gestión) por la expresión pública de un debate sobre las orienta-ciones a seguir, incluso sobre los «buenos criterios» de la realización económica. Una serie de investigaorienta-ciones en gestión parecen, en efecto, dar a conocer las fisuras, las tensiones, los debates entre directivos, lo cual gira alrede-dor de sacrosanto criterio de la rentabilidad, esta «regla de juego» intocable hasta ahora. Si eso se revelase exac-to, habría entonces la posibilidad de introducir una auténtica confrontación de actores, o más bien una verdade-ra confrontación de actores al mismo nivel de la norma suprema.

Múltiples estudios recientes23 han demostrado que las oleadas de despidos desencadenadas por las empresas apuntan más a un cálculo racional de los factores comparados de su pérdida de competitividad que a una creen-cia ciega en las virtudes -«míticas»- de un cociente único que mide la productividad aparente del trabajo, sin pre-ocuparse por las consecuencias de la contribución de los puestos de trabajo eliminados a la creación del valor aña-dido. El número de despidos a realizar será así calculado «mecánicamente» en función de las pérdidas financie-ras registradas, como si la mera supresión de empleos tuviera resultados financieros tangibles, los efectivos des-empeñan el papel de «variable de ajuste» para alcanzar el punto muerto financiero.

Los autores de estas investigaciones apuntan ciertamente que estos recursos sistemáticos a los despidos para recu-perar una empresa en dificultades (particularmente en Francia), se hallan «en un entorno marcado por una com-petición económica mortal, donde toda ventaja adquirida (por una empresa en su búsqueda de cualquier plus de productividad) puede tener para sus competidores efectos temibles», sin que las ventajas reales de cada uno sean conocidas con certeza: «los competidores, presas del pánico, se espían y están atentos a los menores detalles. La eficacia es una de las pocas cosas que se hace visibles a través de los balances sociales y cuentas de la empresa»24. Ahora bien los investigadores han podido notar que los efectos «benéficos» de estos despidos están lejos de demostrarse: en nombre de las fábricas donde se había procedido a tales despidos colectivos más o menos «cie-gos», los asalariados más experimentados se han ido con pre-jubilaciones, los más jóvenes se han aprovechado de las reestructuraciones para abandonar la empresa, el personal restante que está profundamente desmotivado, es el que ha experimentado los sobrecostes que no habían sido calculados en el momento de decidir los despidos, etc. De modo más global los investigadores han constatado, al comparar sistemáticamente Francia, Alemania, Japón y los EE.UU., que nuestro país estaba muy a la cabeza en las ganancias acumuladas de productividad del trabajo, pero en la cola por las ganancias de productividad del capital25.

Las comparaciones que acabamos de mencionar así como los estudios de las consecuencias reales sobre estas empresas que utilizan el recurso sistemático a los despidos, muestran en efecto que tales métodos de dirección no tienen nada de ineludible, sino incluso de «normal» en el marco de nuestro mundo capitalista; las empresas que mejor resisten a la competencia mundial actual son ciertamente las empresas que no basan en este criterio único fetichizado. Lo cual no quiere decir que no lo utilicen también. Sin embargo, los ejemplos comparativos citados muestran con claridad que la mundialización no es sinónimo de uniformización monolítica de las estrategias y de las gestiones: los márgenes de libertad, de «actuaciones», incluso de alternativas divergentes están presentes en

23.- P. Chevalier, D. Dure, «Quelques effets pervers des mécanismes de gestion», Gérer et Comprendre, Septembre 1994, pp. 4-14 ; Rachel

Beaujolin, «Outils de gestion et prise de décision en matière de réduction des effectifs», Travail, nº 34, 1995, pp. 59-74.

24.- Ibidem, p. 10.

25.- De 1971 a 1991, Francia «corre más deprisa» en un 15% que sus dos competidores occidentales (en productividad del trabajo), pero está

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el interior mismo de los criterios de «buena gestión» capitalista. Para ello, hace falta no obstante salir de la cásca-ra organizacional en la que se ha encercásca-rado a la sociología de la empresa.

En efecto, no se debe perder de vista que todas estas evaluaciones comparativas descansan en el criterio sintético de rentabilidad. Sin embargo, ello no impide las confrontaciones significativas entre las políticas (tanto estratégi-cas como táctiestratégi-cas) de las grandes empresas enfrentadas a las nuevas apuestas: en el interior de esta dominación de las tasas de beneficio, y obviamente con los límites que establece esta dominación, tales empresas buscan por diferentes medios conciliar las tensiones que se desarrollan entre los tres niveles de evaluación de la eficiencia, bajo la presión de la crisis mundial de la eficiencia del capital:

Tensiones entre los criterios de competitividad, de ganancias de sectores del mercado (que implican cada vez más la calidad del servicio ofrecido a los clientes-usuarios, más allá del criterio del precio de venta) y de los criterios de rentabilidad financiera (la remuneración del capital de los accionistas).

Tensiones entre, de una parte, tener en cuenta la red de competencias y de actividades en la empresa y a los pro-veedores (producir mejor y más rápido), y por otra parte considerar las obligaciones del mercado financiero (tipos de interés, precios aplicados por los competidores). Tensiones entre las empresas de altas tecnologías (NTIC), con fuerte proporción de I+D, entre las inversio-nes materiales e inmateriales necesarias (I+D, forma-ción), las investigaciones sin resultados inmediatos obli-gan a la cooperación fuera del mercado concurrente y a la exigencia de una valorización muy rápida de capitales invertidos.

Estas potencialidades alternativas requieren también, para desarrollarse y actualizarse, una doble ruptura, o si se quiere ser más dialéctico, dos tipos de desbordamiento de los límites de la norma de rentabilidad: en la empresa la búsqueda de otra eficacia global distinta a la rentabilidad, por ejemplo en torno a cocientes que miden la rela-ción entre el volumen de valor añadido creado (disponible para los asalariados y la gente) y los avances en capi-tal material y financiero (Boccara, 1985); más allá de la empresa, la relevancia económica de los efectos sociales. La economía neoclásica habla de efectos «externos», pero el término es del todo inapropiado: lo interior y lo exte-rior están dialécticamente unidos por la referencia, en la construcción de una nueva eficacia global, a las normas sociales y «políticas» (empleo, ecología, necesidades de la población). No podemos aquí más que recordar –muy rápidamente- los problemas cruciales planteados por la revolución informacional respecto a los diversos criterios alternativos de gestión elaborados hasta ahora.

Habría que iniciar una obra sobre los criterios de eficacia social en las organizaciones en red. La economía indus-trial ha intentado superar la oposición entre mercado externo y jerarquía interna de la empresa, oposición en la cual se habían encerrado tanto la economía neoclásica como también la economía neoinstitucionalista (Williamson). No obstante sigue estando prisionera de un doble límite: 1) el desconocimiento de las obligaciones financieras subordinadas a la lógica de la rentabilidad que enerva a las empresas y los mercados, socaba las dife-rentes formas de cooperación entre empresas, entre empresas privadas y servicios públicos, etc. 2) el desconoci-miento de las relaciones de poder y dominación que socaban las «relaciones de confianza» abusivamente ideali-zadas e identificadas con las relaciones de cooperación en los modelos económicos alternativos de la economía en red. Esto vale tanto para un movimiento sociológico próximo a la economía industrial, que ha idealizado las rela-ciones de confianza y de cooperación al borrar las contradicrela-ciones y los conflictos en los que se inserta (Callon, Latour, Veltz, Zarifian, etc.).

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Se indicarán aquí tan sólo tres límites mayores de la noción de valor añadido cuando se utiliza para evaluar la efi-cacia del trabajo informacional. En primer lugar, casi todos los ejemplos censados que ilustran la hegemonía con-cedida a la creación de valor añadido se han obtenido del sector de la producción material, mientras que no se entiende muy bien que se trata de los «productos» de servicios, en especial de servicios colectivos, ni las «mate-rias primas» o los consumos intermediarios (¡lo cual equivale a la «harina» para un servicio educativo!). En segundo lugar, el valor añadido se ha calculado según el precio de productos vendidos en el mercado, cuando jus-tamente la medida de los efectos útiles a largo plazo señala las medidas físicas allí donde el tiempo es un indica-dor crucial: tiempo de transporte ahorrado por los transportes comunitarios, fracaso escolar reducido por una política educativa adecuada, daños ecológicos evitados por una política de prevención industria, etc. Estas medi-das físicas pueden estar en efecto monetarizamedi-das, pero no han sido calculamedi-das como precios mercantiles. Por últi-mo y en tercer lugar, los problemas de «satisfaccionalidad» no indican una ciencia natural de necesidades y pre-ferencias (aspectos de la «naturaleza» humana), sino de procesos sociohistóricos, culturales, que desbordan ampliamente la esfera del mercado capitalista y remiten a una nueva aprehensión de las relaciones entre provee-dores y usuarios de los servicios colectivos.

Más aún, en la medida en que la revolución informacional afecta actualmente a todos los sectores de las activida-des humanas (económicos, sociales, domésticos) ¿no hace falta imaginar otros criterios, a la vez mercantiles, monetarios sino también no mercantiles, que sean

capa-ces de medir de manera más satisfactoria no sólo los pro-ductos sino los efectos útiles, los «valores de uso colecti-vos», propagados en el espacio y el tiempo?

Nuestros análisis de equipamientos colectivos urbanos han puesto de relieve la especificidad de estos servicios: su valor de uso es colectivo, remite a una necesidad social que no puede ser satisfecha sino colectivamente (transportes comunitarios, hospital, escuela, etc.), es difícilmente divi-sible, en la justa medida en que está destinada a una colec-tividad: difícilmente se puede recortar una red de trans-porte, un aprendizaje colectivo, un centro de asistencia médica (Lojkine, 1976, pp. 126-141).

La «visibilidad»social de la división de las normas

La existencia de un debate en la cumbre es una cosa; la comprensión de su interés para «los de abajo» es otra. Los debates desde arriba bien pueden, en efecto, pasar a la vez como debates abstractos, reservados a iniciados o expertos, y sin relación visible con los problemas concretos de los afectados (empleo, salarios, condiciones de tra-bajo). No cabe duda en esto que es la mejor medida del papel ineludible de una sociología capaz de articular los diferentes niveles de acción y de representación colectiva en el ámbito de la empresa. Puede tratarse de espacios públicos internos como el comité de empresa (debate con la dirección sobre el cálculo de los costes de producción en una fábrica de radar amenazada de cierre), de espacios mediáticos como los medios de comunicación regiona-les (prensa y televisión) que van a permitir una amplia difusión del plan de modernización industrial propuesto por los sindicalistas en una PYME textil o incluso de «ciberespacios» como el sitio de Internet creado por la inter-sindical de ELF26 contra el plan de reestructuración y que será visitado por decenas de millares de internautas, en particular asalariados de otras empresas. Hemos podido analizar estas diversas actividades en nuestra inves-tigación sobre la intervención sindical en la gestión (Lojkine, 1996, 1998).

En el taller de una fábrica de radares acusado por la dirección de tener una «tasa horaria media» demasiado ele-vada, los sindicalistas van a poner en tela de juicio dicha tasa, su racionalidad económica, e interpelar

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27.- Se encuentra por lo mismo e incluso ciertamente más del lado de las direcciones empresariales que con frecuencia piden a antiguos líde-res sindicales ocupar puestos estratégicos como los de dirección de recursos humanos, que en la articulación de la gestión estratégica y del «contacto» con la base social y sus representantes. Véase el ejemplo de C. Dubonnet, Dirección de Recursos Humanos (DRH) en las

tele-comunicaciones en Francia (N. Alter, Le sociologue et le manager, L’Harmattan, 1994).

28.- Cf. el número especial de Futur Anterior, «Les coordinations des travailleurs dans la confrontation sociale», L’Harmattan, Paris, 1994.

te a la dirección local, en especial en los informes a la CE, respecto a sus criterios de evaluación de su realización. Sin embargo, el «mensaje» precisamente no va a adquirir una cierta audiencia, más allá del círculo (muy limita-do) de sindicatos obreros, sino gracias a la presencia de personajes clave que sirven de intermediarios entre los «mundos» de la empresa.

Segunda condición: la mediación de los «contrabandistas culturales»

Se trata concretamente de sujetos cuya trayectoria cultural les permite a la vez estar en contacto con la base (obre-ros o empleados) y de comprender los debates y problemas que se discuten en la esfera de los dirigentes. Son los que llamamos «contrabandistas». Los «contrabandistas» culturales permiten pasar de un mundo a otro27, pues-to que ellos mismos no se relacionan en exclusiva con uno u otro. Entre las empresas en que hemos podido inves-tigar, estos aprendizajes sindicales tenían tres características: la duración media (trataban a menudo de periodos de al menos 40-50 años), la no linealidad (cubren a la vez periodos de avances en la gestión, de alta visibilidad social, y periodos de repliegue, de invisibilidad social) y el rechazo más o menos acentuado en la memoria colec-tiva. De manera sistemática, cuando hemos podido profundizar en las investigaciones, el periodo de la guerra (1939-1945), de la Resistencia y la Liberación marca el origen de estas actividades de intervención en la gestión de la memoria colectiva de militantes «híbridos».

Así pues, según Berliet, la experiencia del comité de dirección de la fábrica requisada (1944 a 1949) que procuró el primer terreno para el aprendizaje de la gestión alternativa; en un equipamiento de automoción, en el Marne, se trata del encuentro entre los obreros del textil de automoción, a través de la unión local, y de los sindicalistas de Champaña, formados durante la Resistencia y la Liberación en la idea de una intervención sobre la organiza-ción del trabajo; por último, en la fábrica de radares de Thomson-Satrouville, cuenta la experiencia del comité mismo en la producción en 1944, en este antiguo taller de aviación, de una autonomía profesional, y de los deba-tes entre la generación de la Liberación y la nueva generación de la guerra fría (hostil a la intervención en la direc-ción), son los que marcan la memoria obrera y sindical.

Al mismo tiempo que estas experiencias acumuladas en la memoria colectiva pasan por momentos de ocultación, de rechazo, durante el periodo de la guerra fría, tras el fracaso de la unión de izquierdas en 1976-1978 o después de 1984, pero sin apartarse nunca completamente, ya que resurgen a menudo de forma inesperada: como las coordinadoras de 1986 o la huelga de los ferroviarios de diciembre de 1995 con los recuerdos de mayo de 1968, de Lip en 1973 o de Longwy de 197928.

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clave, no podría darse el paso, ni del pasado al presente, ni del mundo de la dirección (patronal) al mundo obre-ro, al mundo de la producción.

Los aspectos de este proceso de paso no se reducen tan sólo a la acción de un personaje carismático. La investi-gación sociológica o histórica permite más bien localizar en la empresa un verdadero medio social de transición. Así, en Thomson-Sartrouville, este laboratorio de intervención sindical en la gestión, los obreros profesionales altamente cualificados transformados en técnicos de métodos o de la oficina de estudios, asegurarán la transición entre la cultura obrera (y la identidad de clase tal como había sido forjada en los años de la guerra fría) y una cul-tura más técnica y no obstante ya más directiva; algunos técnicos militantes, parte interesada en la gestión futu-ra, llevarán a cabo el aprendizaje de la gestión productiva al hacer presupuestos, al constatar las disfuncionalida-des de los instrumentos de gestión.

Por la parte de la jerarquía social, algunos jóvenes diplomados convertidos en ingenieros emprenderán el cami-no inverso, al «salir» de su medio social y cultural de origen (el medio de los directivos industriales, de los inge-nieros de las grandes Escuelas, y de una socialización con frecuencia marcada por la educación católica) para «regresar» a la acción sindical de los militantes obreros...

manteniendo (sin rendir cuentas siempre) una preocupa-ción específica por el diálogo con su medio de origen, y una fuerte identificación con el futuro tecnológico de la empresa, en especial donde dominan las NTIC y la Investigación + Desarrollo.

Se debe sin duda a que la historia de la intervención sindi-cal en la gestión resulta a menudo más que una figura carismática (incluso cuando es la más visible), la asocia-ción de «obreros intelectuales» y de intelectuales (o de dirigentes industriales) militantes: tras el obrero Auguste Merrheim y el catedrático de historia Delaisi, en el equipo de La Vida Obrera antes de 194, hasta los militantes obre-ros e ingenieobre-ros durante la Liberación en los comités de

gestión de fábricas requisadas (tras Berliet hasta las fábricas marsellesas), los comités de empresa y los comités mixtos en la producción. Se encuentra la misma asociación en el periodo contemporáneo, sin embargo, del lado de directivos militantes, se tiene menos relación con las trayectorias elitistas de fuga (figuras excepcionales de intelectuales «tránsfugas» que rompen con su medio social) que con las convergencias entre categorías, en sinto-nía con los cambios sociológicos del conjunto de estas categorías sociales, incluso ambivalentes: con toda la gama diferencial que va del técnico al ingeniero salido de las grandes escuelas.

Tercera condición: coaliciones y espacios públicos de debate

Por último, las coaliciones entre directivos, expertos económicos, sindicalistas y asociaciones de usuarios (colec-tividades públicas así como asociaciones de la sociedad civil) permiten construir lo que denominamos espacios públicos de debate (y de cooperación solidaria) locales, aunque también nacionales e internacionales. Espacios no sólo consensuales sino plurales, incluso conflictivos (en la medida en que permitan la expresión de intereses espe-cíficos que pueden ser divergentes entre directivos, técnicos, obreros y expertos), sin embargo con esta particula-ridad de permitir la construcción de una auténtica alternativa económica a las estrategias basadas en la rentabi-lidad a corto plazo y la competitividad por la reducción de costes laborales. Por «coaliciones» entendemos pues no tanto asociaciones comunitarias, homogéneas, sino más bien asociaciones entre actores distintos que basan su cooperación en un contrato preciso, controlable por todos.

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29.- L’Humanité, 2/9/1996.

30.- Ibidem.

diferenciación, en función especialmente de tres niveles funcionales y de poder en la empresa y las administracio-nes: el reparto, por ejemplo, o la difusión del saber orga-nizativo y de gestión de los dirigentes está lejos de ser evi-dente para estos últimos, en la justa medida en que su antiguo monopolio se basaba en la distinción de su esta-tuto. Tal es la razón por la que insistimos tanto en la idea de una coalición, pero igualmente de una red de actores que haga caer tanto las divisiones verticales como las divi-siones horizontales que dividen tradicionalmente la acción dentro de la empresa.

Cuando se han podido llevar a cabo las coaliciones entre sindicalistas obreros o empleados y directivos, han debi-do en efecto cuidar las formas de reconocimiento muto y con ello de nuevos repartos de funciones y de zonas de autonomía entre unos y otros. Así durante el reciente con-flicto Neyrpic en Grenoble, los observadores han advertido que la entre en la arena de la asociación de los direc-tivos no sindicados ha marcado desde luego una fuerte convergencia con la acción de los sindicatos de obreros y técnicos, pero sin eliminar la especificidad de los diferentes agentes: «cada uno se esfuerza por proteger esta uni-dad, sin por ello renunciar a su identidad»29.

En efecto, el alto tribunal de Grenoble ha anulado en septiembre de 1996 el plan de 149 despidos presentado por la dirección. Según un ingeniero de investigación no sindicado, «si en las otras ocasiones las dificultades de la empresa habían podido justificar ante los ojos de los directivos la eliminación de efectivos, ahora ya no era el caso. El anuncio de la desaparición casi completa de la fabricación ha significado claramente que GEC-Alsthom proyec-taba pura y simplemente la liquidación del conjunto de la factoría de Grenoble y de la totalidad de los empleos (...) Enfrentados a los dirigentes que ya no son ‘empresarios’ sino ‘gestores’ y que están dispuestos a llevar a cabo las apuestas tecnológicas aunque a corto plazo, los directivos han tenido el sentimiento de luchar por un negocio que les había traicionado. No importa que parte nos hayamos apropiado de la empresa porque los que estaban fren-te a nosotros no merecían fren-tenerla»30.

Habrá que subrayar el argumento central que justifica a los ojos de este directivo indignado y poco corriente: el sentimiento de que la lógica «directiva» está disociada de la lógica industrial y tecnológica, hasta el punto que opone la lógica patrimonial (los que poseen la empresa pero no se la merecen) y la lógica empresarial. Se trata, recordamos, de la diferencia fundamental del tercer nivel de la dirección (estratégica), entre la eficacia global de la empresa y los criterios de rentabilidad financiera.

El proceso de subversión de la cultura económica tradicional de la eficacia y la productividad refleja pues los tres niveles de análisis de la empresa que ya habíamos distinguido, en la medida en que la coalición de la que habla-mos supone ante todo una cooperación vertical entre tres grupos sociales bien diferentes.

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Pero puede tratarse igualmente, en caso de crisis grave de la empresa, de una crisis que adopta formas públicas en la alta dirección bajo las grandes opciones estratégicas: se establecen entonces las asociaciones específicas o se adoptan efectivamente las posiciones críticas con su lenguaje específico, su ambivalencia respecto a la clase diri-gente y a la cultura económica «común» al medio diridiri-gente, pero también las críticas que hasta cierto punto pue-den coincidir con las de los asalariados y de las organizaciones sindicales.

De forma bastante más contestataria, los directivos de Neyrpic (GEC-Alsthom), organizados en asociación, han elaborado, en concertación con los sindicatos CFDT y CGT (obreros y técnicos), los argumentos que han permi-tido salvar a la empresa de Grenoble. Efectivamente, el alto tribunal de Grenoble ha anulado en septiembre de 1996 el plan de 149 despidos presentado por la dirección.

El argumento central que justifica a ojos de los directivos esta indignación poco común, traslada la división racio-nalidad económica / sentimientos hacia una nueva división en el interior esta vez de la misma racioracio-nalidad eco-nómica: la lógica «directiva» está disociada de la lógica industrial y tecnológica, hasta el punto que se oponen a la lógica patrimonial (la de los que poseen la empresa pero no se la merecen) y la lógica empresarial. Tal es la dife-rencia fundamental del tercer nivel de la dirección (estratégica), entre la eficacia global de la empresa y los crite-rios de rentabilidad financiera.

Una lucha reciente de la mayor importancia ha puesto el acento en la dimensión a la vez local y mundial de las intervenciones de los asalariados en la gestión: se trata de la «ciberhuelga» convocada en 1999 durante más de 100 días por los asalariados de ELF Aquitania contra la eliminación de 1500 empleos decretada por la dirección ejecutiva (PDG) de ELF. Con las mismas características que en Neyrpic: la fuerte presencia de ingenieros y direc-tivos hasta ahora poco implicados en todas las luchas sociales, especialmente en el centro de investigación de Pau. Pero también con particularidades muy interesantes: la enérgica presencia de mujeres (que representan en con-creto las profesiones de apoyo como las secretarias, las más amenazadas), una gran solidaridad entre todas las categorías profesionales que no se comunicaban mucho hasta ahora, y en suma de las proposiciones alternativas precisas, concretas, creíbles, lo cual abarca el plan finan-ciero gracias a la participación de directivos formados en la gestión y en la política industrial y capaces de desarro-llar una crítica contundente a la argumentación de la dirección.

Comprometidos en una huelga dura de 106 días, los asa-lariados de ELF Aquitania no se dejan atrapar en las trampas de las antiguas «fortalezas obreras»; han multi-plicado los contactos con los medios de información, con los colectivos locales, y no obstante la pieza maestra de su apertura al entorno mundial ha sido la instalación de un sitio de Internet –muy visitado-. El elemento decisivo de esta «ciberhuelga» es sin duda su capacidad de aportar una dimensión mundial a un conflicto interno de una empresa gracias al apoyo de Internet. El argumento principal de las reestructuraciones de las empresas multina-cionales, el que más nutre el fatalismo de los asalariados, es en efecto la referencia al carácter «ineludible» de una competencia «mundial» despiadada, tan fatal como una catástrofe «natural», en la que sólo los más fuertes sobre-vivirían. Al elaborar las contrapropuestas que relacionan los problemas locales del centro de investigación de Pau con los problemas estratégicos de la multinacional, los huelguistas han contribuido a transformar un aconteci-miento «naturalizado» por la dirección en un proyecto discutible y modificable en todos sus lados, gracias al apoyo de asalariados de otras empresas o de otros sitios sometidos a las mismas restructuraciones cuya finalidad es puramente bursátil.

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Un clásico, un regalo

egoístas, sino más bien de una coalición basada en una solidaridad de un nuevo tipo. No se trata en efecto de una solidaridad de fusión, unánime, en torno a una comunidad de pertenencia que borra las particularidades y las divergencias de las categorías movilizadas, ni de una simple coalición de intereses individuales, sino más bien de una asociación plural, razonada, en torno a un proyecto común, lo cual no excluye, por supuesto, un muy fuerte apego afectivo 31 a la identidad de la empresa, especialmente a la identidad tecnológica e industrial.

Para que pudiesen surgir este tipo de coaliciones, de redes de acción a diferentes niveles de la empresa, es nece-sario pues que se desbaratase la red de solidaridades y de connivencias identitarias que une tradicionalmente a los directivos y la dirección de la empresa y encierran a cada grupo social en su «mundo», en su nivel de acción: los directivos del estado mayor en el mundo del rendimiento económico y de las grandes estrategias, los directi-vos subalternos en el mundo intermediario de la organización y de la caza de «costes» », de la productividad del «trabajo»; los operadores y los agentes técnicos por último en el mundo del trabajo concreto y de la cultura téc-nica. Más aún, es necesario que las «reglas del juego» compartidas por los diversos protagonistas (dirección, direc-tivos, operadores, sindicalistas) sean cuestionadas de nuevo, al perder su unidad y su mono-racionalidad. No obs-tante, para localizar, observar y analizar estos nuevos tipos de acción en la empresa (y más allá), es preciso que creamos en otro tipo de sociología, una sociología del capital y no solamente del trabajo, capaz de unir apuestas económicas y apuestas implicadas en la organización del trabajo, de desnaturalizar el ámbito de la economía y la gestión, para reintroducir allí el conflicto y las relaciones sociales32.

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31.- La racionalidad según fines se combina así con una racionalidad según valores, para retomar las distinciones de Weber.

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