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Los caminos de la paz - el concepto de equilibrio de poder en Bobbio y Morgenthau

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LOS CAMINOS DE LA PAZ: EL CONCEPTO DE EQUILIBRIO DE PODER EN BOBBIO Y MORGENTHAU

JORGE JIMÉNEZ BURITICÁ

UNIVERSIDAD DE LOS ANDES

FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES, DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA BOGOTÁ

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LOS CAMINOS DE LA PAZ: EL CONCEPTO DE EQUILIBRIO DE PODER EN BOBBIO Y MORGENTHAU

JORGE JIMÉNEZ BURITICÁ

Monografía de grado

Director Felipe Castañeda Salamanca, Ph.D.

UNIVERSIDAD DE LOS ANDES

FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES, DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA BOGOTÁ

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A mi familia: a mi papá, por la disciplina. A mi mamá, por la incondicionalidad. A mi hermana, por su amistad. A susda, por la fuerza. A Ash, por lo aprendido. A pacho y Muñoz, por el aguante.

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CONTENIDO

pág.

INTRODUCCIÓN 7

CAPITULO 1 EL EQUILIBRIO AL BORDE DEL ABISMO 9

¿LA GUERRA COMO CAMINO BLOQUEADO? 10

PACIFISMO PASIVO: ESPECTADOR DEL ERROR 13

EQUILIBRIO DE PODER: ¿PAZ O TREGUA? 16

LA IMPOSIBILIDAD DE LA GUERRA NUCLEAR 19

CAPITULO 2 LA PAZ A TRAVÉS DEL EQUILIBRIO DE PODER 21

INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA REALISTA DE MORGENTHAU 21

LA CONFIANZA DEL REALISMO EN EL EQUILIBRIO DE PODER 25

EL EQUILIBRIO DE PODER NO ES UN PACIFISMO PASIVO 30

LA PAZ NUNCA ES ESTABLE 35

EL PELIGRO DE LA GUERRA NUCLEAR 39

CAPITULO 3 CONCLUSIÓN: UNA NUEVA VISIÓN DEL EQUILIBRIO DE PODER 42

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Introducción

En el penoso contexto de la guerra fría la preocupación principal de los analistas de la política internacional de la época era la posibilidad de que se librara una guerra nunca antes vista, una guerra nuclear que acabaría con todos los objetivos e ilusiones humanas dada la inmensa capacidad destructiva de las armas con que se llevaría acabo. El terror y la angustia, sentimientos globalizados, se hacían a cada momento más difíciles de soportar porque con el transcurrir del tiempo parecía acercarse la fecha limite en donde se desataría finalmente el primer ataque, la primera bomba que indicaría el camino de no retorno que concluiría en la destrucción total. No había quien lograra exceptuarse a este par de sentimientos que hacían de la acción meditada el camino ineludible para la salvación. La paz, más que una obsesión, se convertía en el tópico obligado a ser analizado para una generación que enfrentaba un peligro abismal pero completamente desconocido. La manera en que se podía abordar un tema tan recurrente en la tradición del pensamiento político occidental era totalmente distinta: la urgencia de estudios y certezas aplicables a la exigente situación hacían de la reflexión sobre la nueva guerra una carrera en donde no era posible sacrificar la calidad de las conclusiones. Las viejas disputas en filosofía política no sacrificaron sus lineamientos básicos frente a la terrible eventualidad del conflicto atómico, y, por el contrario, se reavivaron y radicalizaron las posiciones debido a las distintas soluciones propuestas para salir de la crisis.

En el espectro de propuestas frente a la problemática nuclear dos sobresalen por su discrepancia pero también por la claridad de su análisis: por un lado se encuentra la propuesta del filósofo italiano Norberto Bobbio, pensador preocupado principalmente por los fundamentos de la filosofía del derecho y el futuro de la democracia en los países occidentales, que una vez topado con la crisis de la guerra atómica, no encaminó sus esfuerzos, a pesar de su pesimismo, a otro objetivo diferente al de tratar de hacer consciente a la humanidad del peligro latente al que se condenaba con la guerra. Con una vida casi por completo dedicada a la academia, Bobbio no encontró un motivo más apremiante para la reflexión filosófica que el de la guerra, llegando incluso a afirmar que la filosofía no comprometida con la formación de una conciencia atómica era un ocio estéril1. Para el filósofo italiano, se vivía en un periodo en el que era indispensable aplicarse de lleno a la filosofía de la guerra y descubrir los elementos que hacían de la guerra atómica una particularidad histórica sin precedentes. Por el otro lado se encuentra la propuesta de Morgenthau, politólogo alemán que huyendo del régimen Nazi, se refugió en la academia estadounidense, haciéndose una de las más influyentes figuras de la escuela del realismo político. Al igual que Bobbio, consciente del cambio cualitativo que marcaba la guerra nuclear, analizó el sistema de las relaciones internacionales, buscando reconocer las causas que ponían en peligro la estabilidad mundial bajo el

1 Bobbio, Norberto. El problema de la guerra y las vías de la paz. Barcelona. Gedisa: 2008, p 92.

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nuevo manto de la amenaza atómica. Su propuesta, ajena a las soluciones elevadas y totales, se centraba en la explicación de las dinámicas presentes en la política internacional, considerando que la mejor manera de abordar la tarea de tratar de pacificar las relaciones entre estados era a través del riguroso análisis teórico que derivaba en pequeños pero efectivos mecanismos de acuerdo y conciliación, capaces de prolongar los siempre precarios momentos de paz.

En este trabajo pretendo centrarme en el análisis del concepto de equilibrio de poder, concepto del que parten las criticas y las propuestas de ambos autores, cuando se ocupan de la crisis nuclear. Por el lado de Bobbio, es posible encontrar una denuncia basada en la desconfianza de cualquier política que aspire a conseguir la paz basándose en una política de equilibrio de poder. Por el lado de Morgenthau, la meta obligada de toda política internacional que pretenda alcanzar algún grado de paz, es necesariamente la de la búsqueda de las políticas que apuntan a conseguir y afianzar las balanzas de poder internacionales. Es en el distinto entendimiento del concepto de equilibrio de poder que se marcan a su vez las distintas aproximaciones que tiene cada uno de los autores hacia el fenómeno de la guerra y en general hacia la política: Morgenthau, ante la posible guerra nuclear propone como fórmula de solución el equilibrio de poder junto con el fortalecimiento de una diplomacia aristocrática. Medidas como la transformación completa de la naturaleza humana, o la eliminación inmediata de los poderes existentes, son formulaciones que para el alemán son insustanciales y abstractas, y que resultan sólo útiles para el placer de la imaginación antes que para la práctica política. Bobbio propone el pacifismo activo, basado en la adquisición de una conciencia del peligro atómico, junto con la necesidad de actuar en la vía de la consecución de la paz absoluta, a pesar de la, por él mismo reconocida, improbabilidad de la meta. Con un pesimismo abiertamente expresado desde el inicio, la propuesta de Bobbio se niega a dejar cualquier medio sin probar para alcanzar la paz. Alentando siempre a la acción transformadora radical, el pacifismo activo se permite proponer incluso transfigurar universalmente una naturaleza humana que para muchos, entre ellos Morgenthau, es esencialmente ambiciosa de poder.

Teniendo al concepto de equilibrio de poder como lente a través del cual observar el análisis del fenómeno de la guerra hecho por ambos autores, me propongo evaluar las criticas elaboradas por Bobbio a la escuela realista en su ensayo “El problema de la guerra y las vías de la paz” (desde ahora P.G.V.P). Me centro en este ensayo (publicado en 1979) porque considero que en él se sintetizan las reflexiones de Bobbio sobre el asunto de la guerra y la paz, y, además, porque en él se expresan concretamente los argumentos que manifiestan el desacuerdo frente al realismo político. En la primera parte de este trabajo distingo los cuatro argumentos de los que se sirve el filósofo italiano para criticar el uso y la confianza que al parecer mantendría la escuela del realismo político en el concepto y la política de equilibrio de poder. Trato de complementar estos argumentos con los estudios hechos por Bobbio en otros textos en los que no se refería exactamente a la crisis atómica, pero que considero útiles para aclarar y enriquecer la crítica y el debate entre los dos

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autores. Cabe aclarar que las críticas de Bobbio no se enfilan directamente a la propuesta de Morgenthau, de lo que el italiano se ocupa es de realismo político en general como un conjunto de políticos y teóricos que comparten un grupo de ideas para abordar la eventualidad de la guerra nuclear.

Una vez analizados los cuatro argumentos en contra del realismo político, en la segunda parte del trabajo me dedico a hacer una evaluación de las críticas de Bobbio a la luz de las posibles respuestas que se podrían encontrar en la teoría política de Morgenthau. La fuente principal de la que me valgo para extraer los componentes más importantes de las respuestas es el libro “Política entre las naciones: La lucha por el poder y la paz” (desde ahora P.E.N), obra capital de Morgenthau, en donde se formula su explicación de la política internacional y las formas en las que se puede llevar acabo una acción política capaz de sobrellevar la amenaza de la guerra nuclear.

En la última parte del texto me ocupo de concluir el debate estudiado, formulando la necesidad de revaluar la posición que en principio se tenía del realismo: lo que inicialmente parecía ser una posición inconsciente, cínica e incluso cruel frente al fenómeno de la posible guerra nuclear, termina siendo en realidad, como pretendo demostrarlo, un análisis más preocupado, más preciso y más útil para las condiciones reales del mundo de la política internacional amenazado por la tecnología nuclear.

Cap. 1 El equilibrio al borde del abismo

Llego la mañana: sobre las negras profundidades Se mece una barca y reposa y reposa… ¿Qué sucedió? Así llamó uno, pronto Así llamaron cientos: ¿Qué hubo? ¿Sangre?- ¡Nada sucedió! Dormíamos, dormíamos Todos- ¡ah, tan bien! ¡tan bien! Friedrich Nietzsche. La ciencia jovial, 1882

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¿La guerra como camino bloqueado?

La pregunta planteada inicialmente en el ensayo de Bobbio “el problema de la guerra y las vías de la paz” apunta a tratar de esclarecer si existe o no una función social del filosofo. Una tentativa de respuesta a este cuestionamiento parece tener que empezar por esbozar una posición frente a las características básicas de la naturaleza de la existencia humana. Tres son las imágenes usadas por Bobbio para ejemplificar las condiciones de nuestra vida bajo la mirada de diferentes filosofías de la historia: en primer lugar, y retomando a Wittgenstein, la tarea de la filosofía sería la de enseñar a la mosca a salir de la botella. El filósofo estaría en un lugar privilegiado (por fuera de la botella) debido a su conocimiento particular, que le permitiría indicar a la humanidad la manera en que debería conducirse para solucionar sus problemas. Esta imagen, además de atribuir una posición favorecida al filosofo, otorga también a la condición humana una posibilidad de “salida”, un momento de liberación de los males que históricamente lo han venido afectando.

En segundo lugar está la imagen del pez en la red. En este caso el animal trata de salir de su apresamiento, desconociendo que una vez se abra la trampa, lo único que le resta es la muerte. Bajo esta figura, el papel del filosofo, que es también un observador externo, es el de pregonar la sabiduría de la cura, del desapego por todo lo terrenal pues no hay motivo para mantener ninguna clase de sufrimientos. No existen razones para que el animal, así como la humanidad, se agite y luche contra un destino irrevocable, lo único que resta es la resignación.

En tercer lugar, la última imagen propuesta por Bobbio es la del laberinto. En esta analogía la humanidad transita caminos que, creyendo que conducen a la escapatoria, terminan mostrando el error cometido al escogerlos. Esta imagen también plantea que existe una salida, pero varía con la primera de las imágenes en que el filósofo se encuentra también dentro del laberinto, no tiene una posición de espectador, él mismo comparte la suerte de las decisiones tomadas con el resto de individuos. En este caso la labor del filósofo es la de asesor prudente que recuerda los caminos transitados erróneamente, promueve la cautela necesaria para actuar lo más racionalmente posible y aboga por el cambio cuando se reconoce que una vía tomada conduce a un final bloqueado.

Cada una de las anteriores analogías expuestas por Bobbio plantea una relación particular entre medios, fin o finalidad. Para el caso de la imagen del laberinto, los medios son, entre otros, la prudencia, la paciencia y la capacidad de aceptación y cambio de los caminos tomados, lo que significa que se piensa la historia humana como un proceso que puede ser progresivo, en la medida en que esa historia tiene, más que un fin, una finalidad.

Esta idea progresista de la historia, basándose en la imagen del laberinto propuesta por Bobbio, plantea que el fenómeno de la guerra, uno de los fenómenos de principal importancia para el análisis de cualquier filosofía de la

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historia, puede ser entendido como un camino bloqueado. “Por camino bloqueado entiendo un camino sin salida, que no conduce a la meta propuesta y que como tal debe ser abandonado”2

. Concebirla así, como una vía sin salida, sin la salida a la que aspiramos como humanidad, es pensar que el objetivo que buscábamos tras el ejercicio de la guerra—la solución de los conflictos políticos3—no puede ser ya alcanzado a través de ella. Pero hay dos maneras de afirmar que la guerra es un camino bloqueado: por un lado se puede mantener la posición de que la guerra es una institución abocada al fracaso, destinada a desaparecer por su inutilidad. Por el otro lado, se puede entender la guerra como un camino bloqueado producto de su carencia moral para solucionar los escenarios problemáticos a los que la vida en sociedad nos lleva continuamente. Este segundo camino considera a la guerra como una institución injusta, maligna, inútil y por todo esto despreciable, de allí que todas estas características hacen que la guerra sea entendida como un fenómeno que debemos acabar, antes que una eventualidad que está condenada por sí misma a la extinción.

La postura de la inevitabilidad de la muerte de la guerra por su propia condición es la creencia característica de los pacifistas pasivos: la pasividad está en la falta de acción motivada por el deseo de extinguir una institución inadecuada para una humanidad con el nivel actual de desarrollo moral y tecnológico; su postura es la de un espectador que espera que el resultado se dé por sí solo. “El pacifismo pasivo habría agotado su tarea cuando lograra demostrar que la guerra no era necesaria para el desarrollo de la humanidad”.4 En esta línea de pensamiento se ubica el realismo, dice Bobbio, y su creencia en el equilibrio de terror, “corresponde a la fe en el llamado equilibrio de terror, por el cual la paz se confiaría no al tradicional e inestable equilibrio de poder sino, por el contrario, a una nueva y más estable forma de equilibrio, el de la impotencia (terror paralizante)”5

. El peligroso desarrollo tecnológico de los armamentos y de su capacidad de destrucción habría llevado, según los realistas, de acuerdo con Bobbio, a un equilibrio de poder que, reconociendo la catástrofe que implicaría una nueva guerra, garantizaría un estado de ausencia de hostilidades marcado por el miedo y el terror a iniciar cualquier acción bélica. Sin embargo, y a pesar de aceptar la peligrosidad de la situación en la que las armas nucleares han dejado a la humanidad, la posición rígida y expectante del realismo estaría

2

Ibid.,p 25.

3 Guerra es definida según el “diccionario de política” escrito por Bobbio, Matteucci y Gianfranco como “a) un conflicto; b) entre grupos políticos respectivamente

independientes o que se consideran tales; c) cuya solución se asigna a la violencia organizada.” Esta violencia, de acuerdo con lo precisado por Bobbio en “el filósofo y la política. Antología” es “el uso de medios capaces de infringir sufrimiento físico, y, en consecuencia, no incluyen ni la violencia psicológica (…) ni la violencia institucional o estructural(…) No existe sólo la violencia física, pero sólo ella es la que distingue a la guerra de otras formas de ejercicio del poder del hombre sobre el hombre”. 4

Bobbio, Norberto. Diccionario de política. Ciudad de México: Siglo XXI, 2005. p 1160. 5 Bobbio, Norberto. El problema de la guerra y las vías de la paz. Gedisa: Barcelona. 1979. p 45

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jugando al borde del abismo. Lo que se podría ver como el desarrollo tecnológico que da inicio al fin del cruel y repetitivo fenómeno de la guerra a lo largo de la historia es, en cambio, la amenaza de la posibilidad de la nada, del vacío de nuestra ausencia.

Pero, ¿cuáles son las razones que tiene Bobbio para juzgar la confianza en el equilibrio de poder actual, el equilibrio de terror, como una confianza ciega e irracional? Son dos los argumentos del pensador de Turín que se pueden resaltar a este respecto: en primer lugar, la confianza en el equilibrio de poder estaría basada en la creencia de la estabilidad, que ese mismo equilibrio de poder puede brindar, en el proceso de finalización de la guerra. El equilibrio de terror estaría marcado por ser entonces la etapa última del camino bloqueado en el que se convirtió la guerra; y en tanto camino bloqueado, podemos reconocer que, independientemente de cuanto tardemos en transitarlo, llegará un momento en el que sin duda nos daremos cuenta que es un camino sin salida, un camino que nos muestra la imposibilidad de la guerra. Ahora bien, lo que es particular en el caso del equilibrio de terror es que la creencia en la imposibilidad de la guerra que se presenta cuando ese equilibrio existe, no hace otra cosa que revelar, según afirma Bobbio, precisamente lo contrario, es decir, su absoluta posibilidad. “Quienes hoy se manifiestan partidarios del equilibrio del terror fundan sus previsiones sobre el fin (o suspensión prácticamente ilimitada) de la guerra, por paradójico que parezca, en su posibilidad, me refiero a su posibilidad positiva, o sea a la posibilidad de que ocurra”6. La posibilidad positiva a la que se refiere Bobbio es la que se mantiene cuando cada una de las partes, en medio de ese equilibrio de terror, amenaza y paraliza a la parte contraria. Reconociendo la efectividad de la amenaza, es decir, su posibilidad de inmovilizar al otro bando del conflicto y mantener un estado de aparente “paz”, también se puede aceptar que la posibilidad de que se desate una guerra con armas nucleares es real. Si no se considerase posible que se desatara una guerra nuclear, entonces ninguna de las partes renunciaría a actuar, y también en ese caso se confirmaría la realidad de la posibilidad de la guerra atómica. El equilibrio de terror no es de ninguna forma la salvaguarda de la paz, por el contrario, es la expresión de la amenaza de muerte más real y dramática que el equilibrio de poder antiguo nos ha heredado.

En segundo lugar, la confianza en el equilibrio de poder se basaría en una hipótesis de la que también partiría la analogía del laberinto: la concepción progresista de la historia. El punto criticable del equilibrio de terror, según Bobbio, sería el de considerar que en esa vía hacia el progreso el equilibrio es un fenómeno que mostraría uno más de tantos caminos bloqueados en la historia. Si se parte de la imagen del laberinto, la equivocación estaría en que la confianza en el equilibrio de terror termina mostrando a la guerra como un camino bloqueado, pero no reconoce que, en el caso especial de la guerra nuclear, más

6 Ibid., p 49.

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que un camino bloqueado nos enfrentaríamos a un abismo. La concepción optimista y progresista de la historia del equilibrio de terror considera que la humanidad en un continuo ejercicio de ensayo y error va a poder descubrir la salida, pero este optimismo, cuando se niega a emprender medidas para encausar la historia, deja todo el curso de las acciones humanas al vaivén de los cambiantes deseos de la naturaleza. Pero como afirma Bonanate: “Nada garantiza que la guerra no pueda desatarse de nuevo, la confianza mal cimentada en esta esperanza no tendrá otro efecto más que aumentar esa pasividad popular que es, precisamente, uno de los objetivos de los detentadores del poder nuclear”7

. De esta manera, dado que frente a la guerra nuclear no es posible devolverse en el camino ya emprendido, la labor del filósofo, advirtiendo el despeñadero que avizora con anterioridad, enseña que de ninguna manera la actitud optimista del progreso puede ser la solución para poner el freno en el camino hacia la nada: creer en el progreso histórico no asegura que estemos encaminados hacia él.

La figura del laberinto utilizada por Bobbio se desvanece entonces bajo la nueva tecnología existente para la guerra. No se puede hablar de la guerra como un error remediable sino como final absoluto, no podemos hablar de la guerra como opción discutible sino como mal radical. La guerra no es un camino bloqueado, es el abismo. La única confianza que habría que mantener es la confianza esmerada en nuestra posibilidad de cambiar el rumbo que se dirige a la guerra, y esta confianza se niega al estatismo, porque la pasividad en este caso es fatalismo, nihilismo o misticismo8.

Pacifismo pasivo: espectador del error

Como hasta aquí hemos visto, la creencia en el equilibrio de poder parte de la confianza en que esta medida puede llegar a garantizar la paz, por lo menos temporariamente. Pero una vez se reconoce el peligro de la balanza de poder, debido a las condiciones de desarrollo tecnológico actuales, sus defensores se mantienen en una posición expectante, y al margen de lo que pueda suceder, y simplemente se limitan a afirmar la imposibilidad de la guerra, reafirmando el presupuesto base del que parten: debemos conocer el mundo para adaptarnos de la mejor manera a él; puesto que la política internacional se comporta de acuerdo a la dirección de los equilibrios o desequilibrios de poder existentes, debemos tratar de conformarnos a esta realidad, buscando la estabilidad y armonía que puede partir solo de nuestro ajuste a ella.

7 Bonanate, Luigi. El pensamiento internacionalista de Bobbio. Ciudad de México: Fontamara, 2009.p 37

8

Estas son tres de las posturas que Bobbio considera como posturas límite ante el fenómeno de la guerra en “el problema de la guerra y las vías de la paz” y en “el tercero ausente”.

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De acuerdo con su descripción de lo que es la realidad de las relaciones internacionales, los realistas se aferrarían a la idea de la capacidad de adaptación humana a las regularidades que la historia política ha demostrado en su desarrollo. Sin embargo, esta defensa del equilibrio de poder es ejemplo de una de las dos actitudes humanas posibles frente a un contexto problemático:

“ el hombre arrojado a un mundo hostil (el hombre alienado en su sentido más amplio del término) ha tenido siempre ante sí dos caminos para

reconciliarse con el mundo, y ha seguido ambos alternativamente: 1) explicarse de algún modo el mal que lo rodea a través de una

transfiguración puramente representativa de la realidad: es el proceso que va del

mito a la filosofía como intento de dar una explicación racional de la realidad;

2)actuar para modificar o transformar la realidad para someterla a sus propios deseos, de convertirla en dócil instrumento en sus manos: es el proceso que va

de la magia a la técnica. Con la primera operación el hombre busca adaptarse al

mundo; con la segunda, al contrario, procura adaptar al mundo a sus

necesidades. El primer proceso culmina en el esfuerzo de racionalización total de la realidad (uno de cuyos máximos ejemplos es la filosofía de Hegel); el

segundo culmina en la inversión práctica, en la revolución (Marx, discípulo y al mismo tiempo subversor de Hegel).”9

Siguiendo a la segunda de las posiciones citadas, Bobbio criticaría el pacifismo pasivo por pretender adaptarse a una situación completamente inestable, que depende fundamentalmente del azar y que inevitablemente tiende a la desaparición. No se crítica la vía teórica y especulativa de la realidad, sino que en este caso, y siguiendo el camino de Marx10, la acción se vuelve indispensable para salvarnos.

Incluso las viejas justificaciones de la guerra se han vuelto obsoletas cuando se ponen a prueba con la posibilidad de la guerra nuclear11: 1) la teoría de la guerra justa, que justifica la acción bélica cuando se realiza con ella una acción defensiva, pierde su validez al enfrentarse a la masacre indiscriminada generada por las bombas atómicas. Sólo hay guerra defensiva cuando el castigo es equiparable con el delito cometido, y en caso de que se desatara una guerra

9Bonanate, Op. Cit.p 71

10

En la introducción de “Ni con Marx ni contra Max” Carlo Violi muestra como Bobbio resalta la obra del filosofo alemán por ser capaz de dar, a través de la filosofía de la praxis que lo distingue de Feuerbach, una visión de la realidad que denuncia la

explotación y la alienación que nos permitió sobrevivir. Dice Bobbio en este libro: “si no hubiéramos aprendido del marxismo a ver la historia desde el punto de vista de los oprimidos, ganando así una nueva e inmensa perspectiva del mundo humano, no nos habríamos salvado”.

11

En la pagina 69 de el problema de la guerra y las vías de la paz “la guerra atómica ha dado por tierra con la mayor parte de estas teorías justificadoras. No hace falta, pienso, una demostración pormenorizada”.

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nuclear, lo más importante sería el “primer golpe”12

, el que incapacita al enemigo a responder de manera medianamente parecida al ataque recibido. 2) La guerra como mal aparente es la justificación providencialista de la guerra, la que considera que puesto que la guerra se ha presentado con regularidad en la historia, un fin último al que apuntaría el decurso de los hechos sería el motivo que nos permitiría entender que, detrás de este mal(la guerra) -medio, siempre hubo un bien-final mayor. Sin embargo, una guerra nuclear, saliéndose de cualquier consideración de medios y fines, ya que implica una destrucción total, o a menos que se tome una posición cínica, una destrucción con cifras absurdas13, impide que se la pueda llegar a pensar como un sacrificio que promete una recompensa en el futuro. El enfrentamiento atómico es el final, no es posible o es de una dificultad muy alta recuperarse de una guerra con estas armas. 3) La guerra como mal necesario, otra de las justificaciones que se basan en la regularidad con que se ha presentado este fenómeno en la historia humana, afirma que la guerra es un mal necesario para el progreso moral, tecnológico y cívico de la humanidad.

Como es evidente, con armas nucleares en donde se pueden asesinar miles de millones de individuos, no se puede reportar ningún beneficio técnico (independiente del desarrollo tecnológico de armas), moral o civil, ya que lo único que pueden generar estas guerras son temores y destrucción total o casi completa. Si no existen ahora justificaciones válidas para la guerra, y si el peligro de que se desate es inminente, aceptando como medida para prevenirla al equilibrio de poder en su variante de equilibrio de terror, la posición que necesariamente hay que tomar frente al grave riesgo que se corre no puede de ninguna manera ser entonces el de la contemplación teórica y adaptación realista. Al fenómeno de la guerra como se nos presenta hoy en día no nos podemos adaptar, porque pasó de ser un medio que permite solucionar nuestros conflictos para convertirse en la amenaza que puede negar nuestra existencia.

El pacifismo activo, reconociendo la imposibilidad de limitar la institución de la guerra, tiene la necesidad negarla; la responsabilidad de enfrentarse directamente a ella proponiendo caminos de solución. Entrar en acción en este caso significa tomar conciencia de la amenaza atómica y enfrentarla a través del pacifismo instrumental, pacifismo institucional y/o pacifismo finalista. El pacifismo instrumental, considerando que la guerra se presenta porque existen los medios para realizarla, apela a la eliminación de las armas o su disminución. Este tipo de

12

David Solar, Terror H, 1954, comienza la carrera, nº 65 de La aventura de la Historia, Arlanza Ediciones, marzo de 2004

13

“Los minimizadores son espíritus fuertes, que no se ponen nerviosos por las nuevas dimensiones de la guerra y conservan el pleno control de sus facultades mentales. Sólo ellos son personas razonables entre los exaltados y los inconscientes. Demuestran su habilidad calculando los muertos que podría provocar un ataque atómico, seguido de un contraataque inmediato. El numero no ascendería a miles de millones, sino solo a decenas de millones.” En la pagina 55 de “el tercero ausente” de Norberto Bobbio.

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pacifismo tiene como ejemplo principal los acuerdos de desarme que buscan limitar al máximo la capacidad de acción bélica de las partes concordantes; El pacifismo institucional, partiendo de la creencia en que es gracias a la variable efectividad de las instituciones directrices de nuestra sociedad que se presentan los conflictos que desencadenan en guerras, propone dos alternativas: por un lado la eliminación completa del Estado, pues considera que la institución estatal asegura y promueve las contradicciones sociales capaces de generar violencia y guerras. Por el otro lado, apunta a la consecución de un estado mundial que logre solucionar la situación anárquica de las relaciones entre estados, conformando un poder que pueda dirimir los conflictos de intereses en el plano mundial, asegurando así la paz que sólo un derecho universalmente aceptado puede brindar 14; Por su parte, partiendo de la dificultad para justificar la recurrencia de las guerras en la historia, el pacifismo finalista tiene como objetivo la humanidad misma, ya sea porque se considera que la condición humana ha sido siempre pecadora o tendiente al mal moral, o bien porque la compleja relación de sus distintos instintos naturales produce una preferente inclinación a la actitud hostil, que sirve de engranaje primario para el desencadenamiento de las guerras*.

“Pero la apuesta es demasiado fuerte como para que no debamos tomar posición, cada uno por su parte, por más que las probabilidades de victoria sean

pequeñísimas. A veces ha sucedido que un pequeño grano de arena lanzado al aire por el viento ha detenido a una máquina. Aunque existiera un

millonésimo de millonésimo de probabilidad de que ese grano, lanzado por el

viento, vaya a parar al más delicado de los engranajes para detener su

movimiento, la máquina que estamos construyendo es demasiado monstruosa como para que no valga la pena desafiar al destino” 15

Equilibrio de poder: ¿Paz o tregua?

Pero si aceptamos la ineficacia del equilibrio de poder, ¿qué se puede decir frente al cese de hostilidades ocurrido en la época de la guerra fría? ¿Cómo no preferir estos momentos preciados de relativo reposo, antes que revolucionar la política internacional con medidas que desconocemos y que pueden volver a traer el temible caos del conflicto? Las respuestas a estas preguntas se pueden avizorar con lo dicho anteriormente: el equilibrio de terror no es una situación de paz, aunque se muestre como ella, sino que es una momentánea suspensión de la guerra. No se puede hablar de una época de paz gracias a las amenazas

*Posición defendida por biólogos, psicólogos y médicos según Bobbio. También es la creencia de Morgenthau.

*Posición defendida por biólogos, psicólogos y médicos según Bobbio. También es la creencia de Morgenthau.

15 Bobbio, Norberto. El problema de la guerra y las vías de la paz. Gedisa: Barcelona. 1979. pag 93.

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existentes entre los diferentes bloques de poder nuclear, en ese caso se confundiría la paz con la ausencia de uso bélico de las armas. La búsqueda y el deseo de preservar un equilibrio de poder no puede ser una política de paz, el equilibrio de poder tiende a desaparecer, su consecución sólo es parcial, y una vez termina, la estabilidad que por algún momento logro asegurar se convierte equivalentemente en destrucción y guerra 16.

Sin embargo, al considerar los momentos de paz a lo largo de la historia de la humanidad, se podría llegar a pensar que sólo hemos podido alcanzar estos pequeños períodos de “suspensión” de la guerra, más que una paz verdadera. Ante esta suposición, es necesario precisar qué es lo que Bobbio entiende por “paz”. La definición que encontramos en el “diccionario de política” tiene dos acepciones que vale la pena aquí mencionar: la primera es la de paz entendida como no guerra, “el estado en el que se encuentran grupos políticos entre los cuales no existe una relación de conflicto caracterizado por el ejercicio de una violencia durable y organizada”17. La segunda, que considera que hay una “paz

negativa” y una “paz positiva” define “paz” como “un concepto no genérico sino especifico, con el cual se entiende no tanto la ausencia de guerra (paz como no guerra) sino el fin, la conclusión o la solución, jurídicamente regulada, de una guerra(…) en su sentido positivo la paz es un estado especifico, previsto y regulado por el derecho internacional, un estado que se determina posteriormente a un acuerdo con el cual dos estados cesan las hostilidades y regulan sus futuras relaciones. “Hacer la paz” significa no sólo cesar las hostilidades y no hacer más la guerra sino también instaurar un estado jurídicamente regulado que tiende a tener una cierta estabilidad (…) entre guerra en sentido positivo18 y la paz en sentido positivo hay una zona intermedia, como puede ser la de una tregua o la de un armisticio, que no es ni guerra ni paz, vale decir no es más una guerra pero no es todavía una paz”19

.

Si se define paz como la ausencia de guerra, los momentos en los que no hubiera hostilidades, como en la guerra fría, serían entendidos como reales momentos de paz. Pero si se le da primacía a la segunda acepción, se podría entender la situación existente en la guerra fría no como una época de paz sino como una época de tregua, de armisticio. En el ensayo el P.G.V.P Bobbio critica la creencia en el equilibrio de terror, tildándola de ingenua al creer que éste es capaz de garantizar la paz, cuando en realidad solo es un momento de suspensión de la guerra, un momento de tregua. La crítica se ubica entonces desde la segunda definición para considerar como ingenua una posición que se basa en la primera, ¿Cuál es el criterio de Bobbio para hacerlo así? ¿Por qué adopta la segunda acepción desechando a la primera? Creo que una tentativa de

16 Polanyi, Karl. La gran transformación. Madrid. Ediciones Endymion. 1989. pag 43. 17

Bobbio, Norberto. Diccionario de política. Ciudad de México: Siglo XXI, 2005. p 1165. 18

Guerra siempre se define en sentido positivo. Ver cita número dos donde se define guerra.

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respuesta la podemos encontrar en “El filosofo y la política. Antología”, allí Bobbio afirma:

“Ciertamente la paz es el fin mínimo del derecho, pero precisamente porque es mínimo

puede ser considerado como un propósito común de todo orden jurídico, que al no alcanzarlo no podría ser llamado propiamente orden jurídico. En el ámbito de un orden jurídico pueden perseguirse otros fines, paz con libertad, paz con justicia, paz con bienestar, pero la paz es la condición necesaria para el logro de todos los demás fines, y por lo tanto se convierte en la razón misma de la existencia del Derecho”20.

Bobbio parece privilegiar el Derecho por tener como fin mínimo garantizar la paz. La esencia del Derecho radica en el cumplimiento de ese objetivo, y por eso, el derecho internacional, por ejemplo, tiene un carácter precario dado precisamente por su incapacidad de mantener y asegurar un orden jurídicamente establecido conducente a la paz.

Ahora bien, el que para el derecho la paz sea su objetivo primario no quiere decir que sea él mismo el mejor medio para conseguirla, y que por ello fuera licito considerar una concepción de paz, como la de no guerra, que carece de una definición concreta basada en un ordenamiento jurídico, como ingenua. A pesar de lo anterior, Bobbio parecería tener otra razón para privilegiar al derecho: la identificación de Derecho y 2orden. Siguiendo el análisis de Abbott: “Hablar de orden es lo mismo que hablar de paz, o más precisamente, de paz social. El valor positivo del Derecho viene asumido en función del valor negativo que se atribuye al desorden, a la guerra. […] El orden tiene un valor por sí mismo y cualquiera que éste sea, es ya un bien digno de ser perseguido (…) Por eso en Bobbio coinciden Derecho y paz, porque para alcanzar la paz se requiere un

orden, lo que presupone una regulación jurídica amparada en la fuerza -única manera de hacerla eficaz-, gracias a su aparato coactivo.”21 Bobbio cree en la necesidad del derecho para poder configurar la paz, el orden social. El orden se entiende generalmente no como ausencia de desorden, como ausencia de caos, sino positivamente, como la existencia de un conjunto de normas que regulan un espacio y un tiempo determinados. De esta manera, la paz como orden social debe consistir en el conjunto de normas que regulan un espacio ( los territorios pertenecientes a los contratantes) y un tiempo (duración del pacto establecido) definidos, antes que la ausencia de agresiones organizadas y violentas entre grupos políticos contrapuestos, pues sin la existencia de normas concretas que regulan el uso de la fuerza, la pregunta obligatoria ante el fenómeno de la guerra no sería cómo evitarla, sino cuando esperar su aparición.

20

Bobbio, Norberto. El filósofo y la política: Antología. Ciudad de México: Fondo de cultura económica. 2002. p 142.

21 Silva Abbot, Max. Derecho, poder y valores: una visión crítica del pensamiento de Norberto Bobbio. Granada: Comares, 2008.p 330.

(19)

Una vez definido el concepto de paz para Bobbio y las razones que parecen inclinarlo a mantener esta definición, se hace más clara la oposición frente a la defensa de una medida como el equilibrio de poder para garantizar la paz. El equilibrio de poder es una tregua, una medida que se encontraría en medio de una verdadera guerra y una verdadera paz. Aunque mejor que la guerra, por no presentar los ataques y las contiendas entre los enfrentados, no puede convertirse al equilibrio de poder en el objetivo ideal para las relaciones internacionales. Si la meta a conseguir es la paz, el equilibrio de terror sólo es el defecto producido por la carencia de una verdadera conciencia atómica. Mientras el objetivo sea mantener un equilibrio de poder existente, el terror posibilitado que es defendido es comparable con el nivel de riesgo al que somos capaces de someter a nuestra existencia.

La imposibilidad de la guerra nuclear

La última de las críticas que Bobbio le hace al realismo en el P.G.V.P se centra en cuestionar la confianza en el equilibrio de poder como medida para impedir, no todas las guerras, sino solo las guerras nucleares. La utilidad de la balanza del terror está en que impide que se puedan desatar enfrentamientos bélicos con armas nucleares, pues partiendo de la racionalidad de los agentes al mando de los intereses políticos de las naciones, se hace evidente que entrar en una conflagración con bombas atómicas es contraproducente para cualquier ambición política. La guerra nuclear se vuelve imposible, mas no la guerra con armas convencionales, lo que quiere decir que tampoco los enfrentamientos locales de pequeña escala podrán de alguna manera derivar o concluir en un enfrentamiento nuclear. Bajo la mirada del realismo, el llamado “escalation” de las armas nucleares es un fenómeno que no puede servir de referencia para considerar una amenaza real de uso de armas nucleares. “Las armas nucleares se paralizan mutuamente. La amenaza de la guerra nuclear impide sólo la guerra nuclear. De modo que tras la aparición de las armas más mortíferas de la historia, que han supuesto quizás un giro decisivo para las relaciones internacionales, la situación ha vuelto a ser exactamente la misma de antes”22. La guerra nuclear no representaría un cambio significativo para la historia. Las diferentes potencias alrededor del mundo entran en la carrera armamentista siguiendo los lineamientos de una política de prestigio, es decir, su fundamental propósito de acción no sería realmente la guerra, sino simplemente mostrar su capacidad destructiva, aparentando un poder que por su riesgo se torna impracticable.

Sin embargo, el equilibrio de poder sería inútil para custodiar la paz internacional cuando se trata de conflictos con armamento convencional. La acumulación continua de armas tradicionales no es capaz de generar el peligro que sí pueden provocar las bombas atómicas. El poder generado por la adquisición de armas de uso común puede ser practicado sin comprometer la

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existencia misma de la humanidad, haciendo de la guerra tradicional una eventualidad no solo practicable sino incluso elogiable y deseable23. A este respecto, suponiendo que el equilibrio de poder no es inestable y no juega con la imprecisión del calculo de la fuerza contraria, se demostraría que es inútil para alcanzar el objetivo de la paz, cuando incluso supuestamente ha logrado contener el peligro de la guerra nuclear. Teniendo en cuenta además que la conservación del punto de equilibrio en la balanza de poder se mantiene con la tendencia al aumento de armamento24, las guerras desatadas cuando los equilibrios se desajustan implicarían niveles de destrucción cada vez mayores, equiparables a la cantidad de tiempo en que se mantienen estos equilibrios de poder o carreras armamentistas.

Hasta aquí se ha mostrado que la critica al equilibrio de poder se ha centrado en un argumento basado en su lógica inestable e imprecisa. Sin embargo, en defensa de su creencia, los realistas, para la época de la guerra fría, consideraban que una prueba incontrovertible de la utilidad del equilibrio de terror, por lo menos para garantizar el no uso de armas nucleares en las confrontaciones internacionales, eran los treinta años sucesivos a la segunda guerra mundial, en donde no se habían presentado ataques haciendo uso de estas armas. El llamado “argumento histórico” es criticado por Bobbio con dos razones: la primera afirma que el periodo del que se sirven los defensores del equilibrio para probar su posición es muy corto. Aunque apreciables, treinta años de paz no son una cantidad considerable como para contarla como prueba que sirva para justificar una política de este tipo. Defender el equilibrio de poder, porque por ahora ha podido mantener la “paz” entre las naciones, no excluye el que mañana se pueda hacer uso de estas armas, mostrando que la confianza depositada en esta medida era errónea. La segunda razón cuestiona la relación causal entre la política del equilibrio de poder y la relativa “paz” de los treinta años. El hecho de que se presente esta estabilidad y ausencia de hostilidades, aparejada con la existencia de una política de equilibrio de terror, no significa que sea la segunda la causa de la primera. Pueden haber muchos factores otros que estimularon continuamente la existencia de esta estabilidad, más que el solo factor del equilibrio de poder. “¿Es el equilibrio del terror una causa suficiente de la paz entre las grandes potencias?, ¿no podría ser una causa secundaria? Una pregunta de este tipo, perfectamente legítima, obliga al historiador a plantear un condicional no menos legítimo, ¿habría estallado inevitablemente la tercera guerra mundial si no se hubiera instaurado, gracias a las armas nucleares, el equilibrio del terror?”25

. El problema se centra en evaluar la eficacia de políticas públicas como ésta: aunque en una época determinada podamos afirmar que es una medida útil en tanto consigue los resultados que esperamos, puede que una época distinta permita dar

23

Hegel, Nietzsche y Von Humboldt. Como lo muestra Bobbio en P.G.V.P 24 Como es afirmado en la pagina 266 de “El tercero ausente”.

(21)

cuenta de la insuficiencia e ineficacia de la misma medida para afrontar un idéntico problema.

De esta manera, de acuerdo con Bobbio, no es posible una confianza certera en el equilibrio de poder, incluso cuando solo pretende contrarrestar la posibilidad de una confrontación nuclear. Pensar entonces que del mal mayor (la invención de armamento atómico) naturalmente puede surgir el bien por excelencia (la pacificación de las relaciones internacionales) es la característica típica de la posición optimista e ingenua frente a la amenaza atómica; pero parece ser más ingenuo aun pensar que la utilidad de la construcción de las armas atómicas está en su no utilización, en detentar la posibilidad de amenazar con amenazas irreales. Por esto el equilibrio del terror no puede ser la meta de la política internacional, o el fenómeno aceptable y digno de ser contemplado: “el terror no conoce equilibrios”26

.

Cap. 2 La paz a través del equilibrio de poder

Solo el poder puede frenar el poder.

Es imposible escapar al mal del poder

independientemente de lo que uno haga.

Simone Weil. Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, 1995.

Introducción a la teoría realista de Morgenthau

Como señala Morgenthau al inicio de “Política entre las naciones”, la teoría realista tiene sus raíces en una tradición de pensamiento difícil de sintetizar. Indicando lo que serían los seis principios básicos de esta teoría, a partir de la lectura de autores como Hobbes o Maquiavelo, el alemán estaría señalando lo que habría entendido como doctrina realista. Sin embargo, aunque es posible pensar que con Morgenthau hay básicamente una formalización de los contenidos ya expresados por otros filósofos de la política, con el análisis de su obra se evidencia la existencia de una marca distintiva, un rasgo original que proporciona los elementos metodológicos de una visión particular de las relaciones internacionales. De este modo, no se puede justificar una consideración del realismo de Morgenthau como un apéndice a una línea de pensamiento, por el contrario, se afirma como una línea de pensamiento que expresa su deseo de pertenecer a una tradición.

(22)

Antes de dar una breve introducción a la aproximación de lo que entiende Morgenthau por “realismo”, es necesario explicitar la manera como esta teoría pretende ser validada como herramienta útil para el estudio de la política internacional. En primer lugar, “El modo en que debe validarse una tal teoría debe ser empírico y pragmático antes que apriorístico y abstracto. En otras palabras, la teoría no debe ser juzgada mediante algunas nociones abstractas y preconcebidas, y conceptos desligados de la realidad, sino por su propósito: aportar orden y significado a una masa de fenómenos que, sin ella, permanecerán desasidos e ininteligibles.”27 Una teoría válida será aquella capaz de racionalizar el conjunto de fenómenos que parecen no tener un sentido ni una manera de ser abordados. La metodología que plantea cualquier teoría deberá tener los elementos suficientes como para que la realidad que pretende analizar pueda ser abordada y organizada. Sólo mientras demuestre su utilidad en la práctica podrá catalogarse como una teoría adecuada. Pero además, “se debe hallar un doble sistema de comprobación, lógico y empírico a la vez. Los hechos tal como se presentan, ¿asimilan la interpretación que de ellos ha hecho la teoría? Y con respecto a las conclusiones, ¿podemos sostener que son consecuencia directa y necesaria de sus premisas? En suma, ¿podemos sostener que la teoría es compatible con los hechos y consigo misma?”28 Una teoría sobre la política sólo puede ser comprobada mediante dos criterios: el primero es el de la coherencia entre sus elementos. Ninguno de sus conceptos puede derivar en una relación que provoque una contradicción interna. El segundo es el de la capacidad de evaluar la realidad, de explicarla e indicar los rumbos de acción más convenientes. Mientras la teoría carezca de eficiencia en el abordaje de la situación política, es decir, si no logra elaborar conclusiones benéficas para la explicación y actuación en el ámbito político, no se podrá considerar como una teoría aceptable.

Basándose en esta manera de validación, el realismo de Morgenthau tiene como bases seis principios. A continuación me ocuparé de resaltar las ideas principales de estos. El realismo supone que todas las sociedades se encuentran regidas por leyes que, a través del estudio de la historia humana pueden ser reconocidas. Estas leyes se encuentran en la naturaleza humana, y se ven expresadas por medio de ella.

“Esta teoría es hecha posible por los dos, el rol del poder en la delimitación del campo y

la naturaleza del objeto de estudio, y los recurrentes patrones de actividad entre Estados producidos por la lucha de poder presentes a lo largo de la historia (…) A la base de su interpretación de la evidencia histórica Morgenthau afirma que todas las políticas

27

Morgenthau, Hans. Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz. Buenos Aires: Latinoamericano, 1986.p 11.

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internacionales tienden a conformarse a, y reflejar, uno de los tres patrones de actividad: mantener la balanza de poder, imperialismo y lo que él llama las políticas de prestigio.”29

Existen además otras leyes o patrones de actividad de la política, por ejemplo las que regulan el gobierno interno o las limitaciones del poder nacional. Lo resaltable es que, producto del estudio de las distintas sociedades, se pueden encontrar un conjunto de características, existentes independientemente de los cambiantes contextos que implica la particularidad de cada cultura, que demostrarían ser los rasgos distintivos del comportamiento político humano. “El realismo cree tanto en la objetividad de las leyes de la política como en la factibilidad de elaborar una teoría racional que explique, aunque sea imperfecta y parcialmente, estas leyes objetivas”30

. Dado que estos rasgos característicos se han presentado desde la antigüedad, la formulación que pretende lograr el realismo no buscará ser innovadora ni tampoco concluyente, simplemente apuntará a alcanzar la mayor precisión, sin dejar de lado el hecho de la imposibilidad de elaborar una teoría exacta y perfecta, que haría más parte de una visión científica de la política antes que de una de poder31.

Una de las ideas más importantes que formulan estos principios es la del uso del concepto de interés definido en términos de poder. Es éste el concepto central para limitar el análisis de la política internacional, porque permite descartar los criterios de otras ramas de estudio que no se ocupan estrictamente del análisis de la política. “Cuando hablamos de poder nos referimos al control del hombre sobre las mentes y las acciones de otros hombres. Por poder político significamos las mutuas relaciones de control entre los depositarios de la autoridad pública y entre estos últimos y la gente en general.”32

Una vez se aplica el concepto de poder se restringen los campos de estudio de las diferentes disciplinas: el poder sería la motivación característica de la práctica política, convirtiéndose en el objeto de estudio de la ciencia política; en economía el objeto de estudio sería el interés entendido en términos de beneficio, mientras que en el plano ético el objeto de estudio sería el interés definido en términos del bien o de lo bueno. De acuerdo con la limitación especifica para la ciencia

29 Griffiths, Martin. Fifty key thinkers in international relations. New York. Routledge. 2009. pag 52.

30

Morgenthau, Hans, Op. Cit. p12

31 La idea central del libro de Morgenthau “Scientific man vs Power politics” es la de criticar una forma de entender la política como objeto de estudio medible y precisable bajo formulas y metodología científica. Bajo la concepción científica, los problemas de la guerra, la pobreza y la injusticia pueden ser solucionados definitivamente, mientras se apliquen las medidas dictadas por una teoría que pretendería saber con precisión y exactitud todos los fenómenos y consecuencias pertenecientes al ejercicio de la política. La política, entendida como política de poder, encuentra la solución a sus problemas no a través de fórmulas o mecanismos supuestamente eternos y siempre eficaces, sino a través de los equilibrios precarios de poder, que parecerían reconocer las difícilmente controlables fuerzas del escenario político.

(24)

política, el segundo principio del realismo afirma que debe analizarse toda acción política presuponiendo que hay un interés de poder que la motiva. “Debemos suponer que los estadistas piensan y actúan movidos por un interés que se traduce en poder, ya que todas las evidencias de la historia confirman esa suposición. Ella nos permite historiar y predecir los pasos que cualquier hombre de estado-pasado, presente o futuro- haya dado o esté dispuesto a dar en la escena política”33

. Entender la manera como los agentes de la política llevan a cabo sus acciones, por medio del concepto de poder, le otorga un orden al oscuro y difícil escenario político, le permite al analista hacer mejores predicciones, enfrentar de mejor manera los problemas y proponer soluciones más eficaces a ellos.

La consecuencia principal del uso del concepto de poder para analizar la política es el de la capacidad de distinguir entre las motivaciones morales de cualquier estadista, frente a los medios y los objetivos que él mismo se puede llegar a plantear. Al estudiar las acciones de cualquier político podemos reconocer si, de acuerdo con el objetivo de alcanzar una mejor situación de poder, utiliza y tiene la habilidad para aplicar las cualidades de acción y voluntad necesarias para alcanzar el objetivo trazado. Al reconocer las capacidades de un agente especifico, distinguimos en primer momento sus motivaciones morales, su ideología política y su calidad moral, y en segundo momento el plan de acción, la manera como ejecuta esas medidas y la meta a conseguir, llevando al analista político a centrarse únicamente en este segundo, ya que del primero no es posible concluir o predecir hechos de manera certera. “No se puede concluir de las buenas intenciones de un estadista que su política exterior será moralmente loable o políticamente exitosa. Al enjuiciar sus motivaciones, podremos decir que no llevará adelante, de modo intencional, políticas moralmente censurables, pero no estaremos en condiciones de decir nada sobre las posibilidades de éxito que tiene”34

. Cuando el estudio de la política se desprende del estudio de las afiliaciones políticas o tendencias filosóficas de los agentes políticos, y se ocupa de evaluar las acciones, los medios y los objetivos, puede hacer de su evaluación un ejercicio más preciso y más adecuado para solucionar problemas y proponer soluciones. El politólogo no se tiene que ver enfrentado a debates que no tienden a tener efectos sobre las reales condiciones políticas de una situación específica, y que de acuerdo con el uso del concepto de poder propuesto por los realistas, le competería a otras disciplinas.

El realismo pretende enfrentarse a la superstición que domina comúnmente el análisis de la política nacional e internacional. Cuando, sirviéndose de la herramienta del concepto de poder, el analista pretende apreciar la realidad, puede evadir la posibilidad de caer en el error de considerar que tiene la capacidad de plantear soluciones últimas para toda la infinidad de problemas con

33

Ibid., p 13. 34 Ibid., p 14.

(25)

especificidades completamente distintas, que siempre se presentan en el complicado escenario de la política. “Un concepto central como el de poder provee un mapa del escenario político en la interpretación de Morgenthau. Sin embargo, este mapa no contiene una completa descripción del paisaje político como es en un particular periodo histórico (…).”35

Para el realista se hace explicita la necesidad de acercarse a cada situación (por el uso del concepto de poder), evaluar los factores que intervienen en cada caso y plantear estrategias y medidas para alcanzar cada objetivo particular. Al estudiar el mundo político, las observaciones típicas de las relaciones internacionales, en donde se da una mirada abstracta de la política, junto con una aproximación superficial y general, no pueden ser útiles. El idealista (que se caracteriza por esa aproximación abstracta) es, para el realismo, quien siempre efectúa un análisis insuficiente e inadecuado, porque se niega a pensar en los problemas reales siempre existentes, piensa que el mundo es un lugar en el que pueden llegar a darse arreglos definitivos y pierde de vista las pequeñas y reales soluciones para darle prioridad a los pomposos remedios basados en la imposición de una realidad ficticia. Frente a la común visión supersticiosa del ejercicio de la política, el realismo propone el análisis que pretende ordenar de la manera más racional posible, reconociendo la precariedad de tal pretensión, una realidad turbulenta y complicada. Es por medio del concepto de poder que se aspira a alcanzar esa organización.

La confianza del realismo en el equilibrio de poder

En la primera parte del libro P.E.N, Morgenthau se ocupa de enunciar los seis principios de los que parte su teoría realista de la política. La formulación de estos principios lo lleva a distinguir entre dos corrientes que se han enfrentado en la trayectoria de la historia del pensamiento occidental. Por un lado, estaría la escuela que cree en la bondad esencial y en la maleabilidad de la naturaleza humana para alcanzar un orden social justo y digno acorde con el desarrollo moral presente. Los llamados “idealistas de la política” consideran que los problemas sociales se deben a la falta de instituciones eficaces capaces de modelar los instintos humanos, y por ello proponen, como solución definitiva a estos problemas, la creación de instituciones acordes con el deseo de transformar los condicionamientos, siempre sujetos al cambio, de nuestra naturaleza.

Por el otro lado, la escuela realista considera que el mundo es imperfecto en términos racionales, lo que ocasiona que las medidas tomadas como soluciones

35 Neacsu, Mihaela. Hans J. Morgenthau´s theory of international relations: disenchantment and re- enchantment. New York: Palgrave Macmillan, 2010.p119.

(26)

últimas y definitivas sean vistas como construcciones abstractas e inadecuadas para las reales condiciones del mundo. La realidad, y en especial la realidad política, carecen de esa precisión y exactitud lógica que puede encontrarse en las ciencias naturales, por lo que en el plano moral, a pesar de los buenos sentimientos que nos lleven a pensar lo contrario, las soluciones que supuestamente erradican definitivamente el sufrimiento y la miseria en el mundo son inútiles. “Al ser el nuestro un mundo de intereses opuestos y conflictivos, los principios morales nunca pueden realizarse plenamente (…) esta escuela recurre a que ocurra el menor mal posible antes que el bien absoluto”36

. Para el realismo no se trata de luchar contra las fuerzas inherentes a la naturaleza, pues es imposible tratar de escapar a sus condicionamientos, de lo que se trata más bien es de trabajar con estas fuerzas, tratar de encausarlas para poder conseguir los objetivos que como humanidad esperamos conseguir, aprendiendo de los precedentes históricos y desconfiando de los modelos abstractos cargados de emotividad.

Si se parte de la aceptación de una naturaleza humana conflictiva, existente en un mundo caracterizado por su imperfección en términos racionales, se hace posible la distinción entre lo deseable y lo posible. Lo deseable es que se pudiera dar una armonía completa en las relaciones humanas, que la paz reinara en las relaciones internacionales y que todos pudieran gozar de los elementos que hacen a la vida digna y feliz. Lo posible, por el contrario, y aunque este por definir, debe tener en cuenta, a manera de limitación, que no ha existido tal armonía sobre la tierra y que la pugna por el poder es universal en tiempo y espacio37, como dato innegable de la experiencia, y esto hace que los hombres se subordinen mutuamente, sujetándose a situaciones degradantes entre sí. La paz en el caso de las relaciones entre las distintas naciones no se ha producido por la voluntad general, movida por los más altos, respetables y dignos sentimientos de libertad, igualdad y paz. Por el contrario, los periodos de ausencia de hostilidades se han debido a la contraposición de ambiciones, deseo de beneficios materiales, vanidades y prestigios38 de los hombres que detentan el poder de la guerra, y por ello es que cualquier deseo de paz deberá encaminar esos motivos y no tratar de cambiarlos. En el caso de los recursos capaces de satisfacer la búsqueda de vidas dignas y felices, es generalmente conocida la escasez de riquezas y su inequitativa distribución, por ello, la búsqueda de sociedades justas deberá enmarcarse en el reconocimiento de la precariedad de realización completa del ideal que la motiva.

Partiendo de la distinción entre lo deseable y lo posible, Morgenthau puede responder a los cuestionamientos hechos por Bobbio sobre la institución de la guerra: ¿Se puede hablar de la guerra como camino bloqueado con la aparición de las armas nucleares? ¿Es el respaldo a una política de equilibrio de poder la

36

Morgenthau, Hans.Op. Cit. p12 37 Ibid.,48

(27)

muestra de que se considera la guerra como un evento imposible? De acuerdo con Morgenthau, pensar que la institución de la guerra es una eventualidad desactualizada, indeseable y por ello condenada a la extinción es pensar de acuerdo con lo que deseamos, es pensar idealmente. La pugna continua entre los diferentes intereses presentes en las sociedades pueden derivar en la materialización de la guerra; es una posibilidad que se mantiene intacta gracias a los instintivos impulsos naturales que, a pesar del desarrollo de la capacidad destructiva de las armas, no se ven limitados ni coaptados por los valorables sentimientos que buscan la paz. La política internacional, al igual que la política doméstica, se caracteriza por el deseo continuo de búsqueda de poder de los agentes que intervienen en ellas. Es una situación de por si conflictiva que necesita una aproximación que reconozca sus características. “Cuando la mente humana se acerca a la realidad con el propósito de emprender una acción- y la acción política es una de las instancias más conspicuas-, a menudo suele despistarse en algunos de estos cuatro fenómenos mentales: (…) negativa a aceptar la existencia de un amenazante estado de cosas, que es negado mediante la verbalización ilusoria; confianza en la infinita maleabilidad de una realidad ciertamente turbulenta”39

. La naturaleza humana, así no lo quisiéramos, se ha mostrado violenta e imperfecta en términos racionales. Esta condición abigarrada de nuestra existencia, obliga a que las acciones que queramos emprender para afectar esta realidad se deban ajustar a la irracionalidad de la situación. Una vez se reconoce la falta de perfección lógica de nuestra coexistencia, se puede también hacer claro la limitación que las pretensiones racionalistas deben tener en cuenta cuando pretenden amoldar la realidad a nuestros intereses.

La idea de la institución de la guerra como un camino bloqueado parte de una aproximación al fenómeno puramente histórica y reformativa. La analogía del laberinto le impone a la realidad un esquema de caminos transitables que pueden llegar a llevar a una solución total de las situaciones problemáticas por las que ha venido atravesando la humanidad. El realismo de Morgenthau, por el contrario, se niega a considerar que exista ese momento último de redención de nuestra existencia, y se atiene a los repetitivos escenarios de conflicto y violencia que caracterizan nuestra vida. No considerar la guerra como un camino bloqueado es entonces negarse al enfoque histórico de la realidad, es decir, reconocer en ella un conjunto de condiciones que se han venido presentando con anterioridad, sin la pretensión de que por ese reconocimiento podemos negar los condicionamientos que afectan el presente. Se puede aprender de la historia el reconocimiento de las fuerzas que siempre afectan la realidad política, pero pretender obtener de ese conocimiento las formulas para irrumpir y reformar de repente con el continuum de los impulsos naturales es pensar banal y superficialmente. Ni la visión histórica, ni la legalista (la que considera que la

39 Ibid., p 16.

(28)

política internacional es igual a las normas legales e instituciones) y tampoco la reformativa se han ocupado realmente de las relaciones internacionales.

“La política internacional comprende más que la historia reciente y los acontecimientos

contemporáneos. El observador se ve asediado por la escena contemporánea con su énfasis y perspectivas siempre cambiantes. No encuentra un piso firme sobre el cual apoyarse ni parámetros de evaluación objetivos a menos que se interne en los principios fundamentales, que solo surgen de la correlación entre los acontecimientos recientes y el pasado más distante con las permanentes cualidades de la naturaleza humana subyacentes en ambos términos. (…) En lo que tiene que ver con los esfuerzos orientados a introducir reformas en la política internacional sin haber hecho previamente el esfuerzo para tratar de entender lo que es la política internacional, compartimos el punto de vista de William Graham Summer: el peor vicio de las discusiones políticas es ese dogmatismo que se basa en grandes principios o en hipótesis en vez de apoyarse en un preciso examen de las cosas tal como son y de la naturaleza humana tal como es…

Todo el método de especulación abstracta sobre tópicos políticos se encuentra viciado. Se ha hecho popular porque no es demasiado difícil. Es más fácil imaginar un mundo nuevo que aprender a conocer el que tenemos”40

Las relaciones internacionales no son solo la acumulación de datos históricos o el conocimiento del funcionamiento de las leyes en la política internacional y menos la imaginación de organizaciones sociales completamente desligadas de la realidad. Como reza el segundo principio del realismo, “debemos suponer que los estadistas piensan y actúan movidos por un interés que se traduce en poder, ya que todas las evidencias de la historia lo confirman”41

, de lo que se desprende que las medidas adecuadas para tratar de alcanzar la menor cantidad de violencia en el mundo no pueden ser aquellas que nieguen la condición de la pugna por el poder.

La creencia en la balanza de poder, como lo demuestra Hume en su trabajo “Of the balance of power”, era defendida por los antiguos como máxima del sentido común y razonamiento lógico, para tratar de guardar la estabilidad en las luchas entre las polis. Cuando se generaban guerras, la mayoría de los dirigentes formaban alianzas con el ánimo de respaldar a la parte más débil y así tratar de preservar su existencia y aminorar los violentos resultados de una guerra sin restricción para la parte más poderosa. Desde la Grecia antigua hasta nuestros días se ha mostrado que el conflicto por dominar se presenta sin remedio alguno, pero lo importante ha sido crear los mecanismos que han llevado a que esos deseos de poder se encaminen hacia los objetivos útiles para las sociedades. Lo significativo del ensayo de Hume es que logra mostrar que lo que en la modernidad se oficializó como política que habría que preservar, para los antiguos era algo implícito en todo buen gobierno, no era un punto de discusión

40

Ibid. p 29. 41 Ibid., p 13.

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