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Emaus’

Serie: S igno s

El jubileo del año dos mil se inició en las iglesias cristianas de O ccid ente, co n el solem ne can to del Veni Creator.

Su texto, em inentem ente ecu m én ico, ha llegado a tener

alcance ^incluso j fuera del ám bito eclesial. Representa

también un'grandioso mural sobre el Espíritu Santo en la historia'de la salvación y en la vida de la Iglesia.

El autor m edita sobre ca d a verso o cad a título y nos ofrece un^tratado^com pletor una verdadera Sum m a teológica y ¡ritual | sobre el Espíritu Santo inspirándose en la Escritura,' en los Padres d e la Iglesia, en la liturgia, en la Teología católica, ortod oxa y protestante.

Su lenguaje inspirado recurre a los sím bolos, a la liturgia, a la profecía y a los m odelos de santidad.

El Padre Raniero, uno de los m ayores co n o ce d o re s de la teología del Espíritu, a través d e e sta obra, nos impulsa a conocer, amar, viviry alabar al Espíritu Santo.

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VEN, ESPIRITU CREADOR.

MEDITACIONES SOBKE

EL VENI CFLEATOR

PRÓLOGO DEL

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Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares

del "Copyright", bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos.

Título original: II canto dello Spirito. Meditazioni sul Veni Creator Traductores: Felicita Di Fido y Rafael Claudin

© Paulinas de Asociación Hijas de San Pablo, Buenos Aires, Argentina

ISBN Libro: 978-958-669-728-6 Primera edición, 2011

© Instituto Misionero Hijas de San Pablo

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En la teología occidental el tema del “Espíritu Santo” ocu­ pó durante largo tiempo tan sólo un lugar modesto, a pesar de algunas excepciones dignas de elogio como por ejemplo J. A. Móhler (1796-1838). En realidad, se podía hablar del Espíritu Santo como del Dios desconocido. Eso cambió con el nuevo planteamiento del Concilio Vaticano II. En las décadas anterio­ res al Concilio se había hecho sumo hincapié en la exposición de la Encamación -la encarnación de la Palabra Eterna- como el centro de toda la teología, en absoluto injustamente; aunque con ello la imagen de la Encarnación quedó visiblemente limi­ tada. El maravilloso misterio de que Dios baje a lo material, al mundo pecador, a nuestro mundo, se una a él, viva entre noso­ tros y se haga hombre, y sea hombre para siempre, se vio con razón como la novedad regocijante de la fe cristiana.

Pero allí donde la entrada de lo divino en el mundo de lo corporal y material no se contemple junto con el acontecimien­ to pascual -con la transformación de la “carne” en la cruz y la resurrección-, surge una visión defectuosa de Dios y del hombre. No pocas veces la Encarnación se vio muy próxima a la Institución. Móhler caracterizó irónicamente ya esta for­ ma angosta de la teología de la Encarnación en el siglo pasado con la expresión: Dios creó la jerarquía y con ello, de una vez por todas, ha hecho bastante por la Iglesia hasta el final de los tiempos.

En el renovado encuentro con la Escritura y con los Padres, así como en el diálogo ecuménico, a los que dio pie el Vaticano II, esta estrechez se rompió en favor de una imagen de la Encar­ nación formada a partir de la Pascua y a favor de una consolida­ da apertura trinitaria de la Cristología, en la que se ha esforzado también luego con insistencia el “Catecismo de la Iglesia cató­ * Escrito para la edición alemana. Herder, 1999.

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Pnnicro C'1iiiiüil«mc*éia

lica”. Se tomó nueva conciencia de lo unidos que Pablo y Juan ven a Cristo y al Espíritu Santo.

Pensemos siquiera en la magnífica -aunque a veces mal­ entendida- expresión de la segunda Carta a los Corintios: El

Señor es Espíritu (2 Co 3, 17); pensemos en el discurso de des­ pedida de Jesús, en el que el Señor une inseparablemente su vuelta con la venida del Espíritu Santo, liga entre sí su Palabra y la del Espíritu Santo: el Espíritu de la verdad condecirá a la totalidad de la aún no soportable verdad, y por ello no hablará de sí, sino de Cristo glorificado, como Cristo no habla de sí, sino del Padre glorificado (cfr. Jn 16,13s.). Se partió en busca de una cristología “pneumatológica” y esto no pudo dejar de te­ ner repercusiones en la religiosidad, que ahora se ha hecho más trinitaria, más “espiritual”, que debía aprender a ver un Cristo más desde la Pascua y desde el Espíritu Santo.

Diferentes procesos han ido fortaleciendo estos primeros impulsos después del Concilio. Primero hubo concretamente un encuentro más profundo con las Iglesias del Este y su teo­ logía, que promovió la ampliación del horizonte teológico a la presencia del Espíritu Santo. Para la praxis llegó a ser importan­ te que el fenómeno del pentecostalismo nacido en el mundo protestante en la forma del movimiento de renovación carismá- tica, ahora -de diverso modo-, también era familiar en la Iglesia católica.

Mientras que por una parte una ola de racionalismo y de nuevo iluminismo sacudía a la Iglesia Católica y se difundía como la escarcha en la vida de la fe, se vivenció un nuevo Pen­ tecostés y se experimentó con alegría la presencia del Espíritu en las comunidades de la Renovación Carismática así como en otros movimientos, que se construían y se reconocían como un don del Espíritu Santo a la Iglesia. Finalmente, se añadió un tercer factor: que la búsqueda del Espíritu Santo proporcionó una nueva temática y, claro, también planteó nuevas preguntas. En el diálogo interreligioso no raramente se consideró el vínculo

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con Cristo, como el único Salvador de todos los hombres, como una restricción.

El tema del Espíritu Santo parece ofrecer en este punto muy amplias posibilidades. Así tenemos, por ejemplo, la expresión de san Ireneo de que el Hijo y el Espíritu son ambas manos del Padre, interpretada en ciertos lugares como que hay dos “Eco­ nomías” de Dios en el mundo -dos formas en que Dios lleva a los hombres a la santidad: la “Economía” cristológica y la pneu­ matológica. Si la Iglesia es el ámbito santo de Cristo, las religio­ nes son el campo donde actúa la otra mano del Espíritu Santo. Es evidente que semejante separación de Cristo y el Espíritu Santo va directamente en contra de la fe de la Escritura y no tie­ ne nada que ver con la “cristología pneumatológica”, tal como la indagamos a partir del último Concilio. Pero el inconveniente de preguntar cómo Cristo y el Espíritu actúan juntos en la historia, cuál es el radio del Espíritu Santo y su modo de presencia divina en la historia, aun siendo tal, puede conducir, no obstante, a una reflexión fecunda.

Significativas obras teológicas sobre el Espíritu Santo que han surgido después del Concilio, se pueden considerar como fruto del impulso del Vaticano II. En Alemania están sobre todo H. Mühlen y Chr. Schütz, que han publicado importantes traba­ jos sobre pneumatología; hay que mencionar también especial­ mente la gran Suma de conocimiento histórico y actual sobre el Espíritu Santo que Y. Congar nos ha donado. Estas obras encie­ rran una riqueza de conocimientos pero requieren de media­ ción paira la concreta vida cristiana. Es sobre este terreno sobre el que se asienta el libro de Raniero Cantalamessa.

El autor fue primero profesor de Historia de la Literatu­ ra Cristiana Antigua en la Universidad Católica de Milán, y en ese tiempo, publicó gran número de trabajos importantes, especialmente, sobre la historia de la cristología en la Iglesia antigua. Renunció luego a la cátedra para dedicarse totalmente al servicio de la renovación de la Iglesia con la fuerza del Es­

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8 Raniero Cantalame&sa

píritu Santo. Está vinculado al Movimiento Carismático pero trabaja libremente de múltiples maneras en favor de una nue­ va presencia del Evangelio de Jesucristo en nuestro tiempo. En Italia es uno de los escritores religiosos más leídos, uno de los guías espirituales del hombre creyente y del que busca.

Sus libros, sus predicaciones en la televisión, sus conferen­ cias, su actividad como Predicador de la Casa Pontificia le han hecho ampliamente conocido. Pero lo que le da peso én la vida del catolicismo italiano es, en última instancia, sin embargo, su convincente fe y la riqueza interior de sus obras que se muestra, precisamente también, en este libro sobre el Espíritu Santo. Des­ de el primer momento se ve el conocimiento insólito de los Padres que él tiene y lo profundamente que vive de la Palabra de la Sa­ grada Escritura. Pero no se queda en los Padres, sino que conoce la Edad media y los Reformadores; el tesoro de sus citas llega hasta los espirituales afroamericanos, a escritores no cristianos como R. Tagore y toma ejemplos del mundo de la informática de modo que desde un ámbito de nuestra vida aparentemente lejano de Dios reciben luz sorprendentes conocimientos.

Con todo, el diligente tratamiento de los textos nunca se detiene en lo meramente histórico; en el pasado se descubre el presente y conceptos aparentemente muy lejanos se hacen de repente prácticos, se convierten en orientaciones practicables para nuestra vida. La obra se ha construido como un comentario al “Veni Creator Spiritus”, himno al Espíritu Santo del teólogo alemán medieval Rábano Mauro (780-856), pero no es una obra sobre un texto, sino una obra sobre el Espíritu Santo mismo.

Me alegro de que el libro en la cuidada traducción de la pri­ mera edición se publique ahora en alemán y espero que, como en Italia, también en los países de lengua alemana tenga mu­ chos lectores a los que pueda procurar un encuentro personal con el Espíritu Santo, con el Dios viviente.

Roma, Pentecostés 1999 CARDENAL JOSEPH RATZINGER

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El año dos mil se inició en las iglesias cristianas de Occiden­ te con el solemne canto del Veni creator. Exactamente como se iniciaban —a partir de los primeros decenios del segundo mile­ nio- cada año nuevo, cada siglo, cada cónclave, cada concilio ecuménico, cada sínodo, cada reunión importante en la vida de la Iglesia, así como las ordenaciones sacerdotales o episcopales, y también, en el pasado, las coronaciones de los reyes. Desde que se compuso, en el siglo IX, se ha oído incesantemente en la cristiandad latina, sobre todo en la fiesta de Pentecostés, como una larga y solemne invocación -epíclesis- sobre toda la huma­ nidad y la Iglesia.

Esto, naturalmente, no es el único vínculo entre el Espíritu Santo y el citado jubileo del dos mil. El jubileo es un aconte­ cimiento espiritual, sobre todo porque fue “por obra del Espí­ ritu Santo” por lo que el Verbo nació de María Virgen. Ese fue el momento en que más claramente el Paráclito se manifestó al mundo como Espíritu creador. Decía san Ambrosio: “No podemos dudar de que sea creador ese Espíritu que nosotros sabemos que es el autor de la encamación del Señor”1. El es -junto con el Padre- el gran protagonista de este momento de la historia.

Como todas las cosas que vienen del Espíritu, el Veni creator no se ha desgastado con el uso, sino que se ha enriquecido. Si la Escritura, como dice san Gregorio Magno, “crece a fuerza de ser leída”2, el Veni creator, al igual que otros venerables textos de la liturgia, ha ido creciendo a lo largo de los siglos, a fuerza de ser cantado. Se ha ido cargando de toda la fe, la devoción y el anhelo del Espíritu de las generaciones que lo han cantado antes que nosotros. Y ahora, gracias a la comunión de los santos, cuando

1 S a n A m b r o s i o . El Espíritu Santo, II, 5 . 41.

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10 Damero Cantalamessa

lo canta incluso el más modesto coro de fieles, Dios lo escucha así, con esta inmensa “orquestación”.

Por todas estas razones, es importante llegar preparados, tras haber “repasado” convenientemente este canto, en el momento en que, con él, se invocará al Espíritu Santo sobre este milenio. Es el objetivo al que pretenden servir las páginas de este libro.

A lo largo de las distintas meditaciones, sobre todo en la últi­ ma, iremos proporcionando datos respecto al origen del himno. Por el momento, baste saber algunos datos esenciales. El que hoy está considerado como el autor más probable del Veni creator es Rábano Mauro, abad de Fulda, Alemania, y arzobispo de Maguncia, que vivió entre finales del siglo VIII y la primera mitad del IX, y fue uno de los mayores teólogos de su tiempo y un profundo cono­ cedor de los Padres. El primer testimonio del uso oficial del him­ no lo tenemos en las actas del concilio de Reims de 1049, cuando “en el momento en que el Papa hizo su entrada en el aula, el clero cantó con gran devoción el himno Veni creator Spiritus”3. Aunque seguramente en algunas iglesias locales y monasterios llevaban tiempo cantándolo. A partir de entonces, el himno se ha ganado un puesto fijo en la liturgia de toda la Iglesia.

El Veni creator es un texto eminentemente ecuménico, lo cual contribuye también a hacer que sea particularmente idóneo para nuestra época. Es el único himno latino antiguo que ha sido aceptado por todas las grandes iglesias nacidas de la Reforma. Lutero se ocupó personalmente de hacer una versión del mismo. El himno fue introducido, desde el principio, en el rito de la orde­ nación episcopal de la Iglesia anglicana, y en Pentecostés ocupa un puesto de honor también entre los himnos de las iglesias de origen calvinista. El Veni creator permite, pues, a todos los cristia­ nos estar unidos en la invocación al Espíritu Santo, que es aquel que ha de conducimos a la unidad plena, así como nos conduce a la verdad plena.

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Pero el Veni creator ha tenido un éxito extraordinario inclu­ so fuera del ámbito eclesial, en el campo de la cultura. Goethe hizo una magnífica traducción del mismo al alemán, así como los poetas Tersteegen y Angelo-Silesio. Los músicos se han in­ teresado por él. Bach le puso música a la traducción de Lutero; Gustav Mahler lo eligió como texto para su obra coral llamada

Sinfonía de los mil, por no hablar de muchos otros artistas me­

nos conocidos. Con todo, ninguno de ellos ha podido igualar hasta ahora el sencillo encanto del gregoriano, que parece haber nacido al mismo tiempo que las palabras. Escuchar esta me­ lodía, al comienzo de un retiro o en una reunión pastoral, es como entrar en seguida en la atmósfera misteriosa y sugestiva del Espíritu.

¡Pero éste no es un libro sobre el Veni creator, sino sobre el Espíritu Santo! El himno no es más que el mapa que vamos a usar para ir descubriendo el territorio. Hoy en día, cuando se quiere aprender rápidamente un idioma, se utiliza el método de la “inmersión total” (full immersion). Durante un cierto tiem­ po, evitamos cualquier oportunidad de hablar nuestro idioma y otras lenguas. Hablamos, escuchamos y pensamos únicamente en el idioma que nos interesa: nos “sumergimos” totalmente en la cultura y en las costumbres de la gente que lo habla. Eso mis­ mo pretendemos hacer los que deseamos aprender la lengua del Espíritu Santo. ¡Una lengua “extranjera” para nosotros que somos carne y hablamos la lengua de la carne!

Si, por un lado, las palabras del Veni creator constituyen la flor y nata de la revelación bíblica y de la tradición patrística sobre el Espíritu Santo; por otro, precisamente, porque todas ellas están extraídas de la Biblia, se revelan como “estructuras abiertas”, capaces de acoger las cosas nuevas del Espíritu que la Iglesia, mientras tanto, ha vivido y descubierto. Nuestra re­ flexión seguirá el mismo sistema. Empezaremos cada vez, por la rica base bíblica y teológica codificada en el himno, y a con­ tinuación, nos iremos abriendo a las nuevas perspectivas, sobre

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12 Damero Cantalame&sa

todo con vistas a sacar de su enseñanza inspiración para nuestra vida. Las palabras de nuestro himno son como panales llenos de miel, y nuestro trabajo se parece al del apicultor cuando ex­ trae la miel de los panales.

El Veni creator, sin embargo, no es solamente un himno bello, rico en inspiraciones. Encierra en sí una grandiosa visión teoló­ gica sobre el Espíritu Santo en la historia de la salvación; visión que, como espero, podremos percibir a medida que avancemos en la lectura. Tiene, además, la ventaja de ser teología orante, en clave de doxología, o sea, de alabanza, que es la única clave en la que se puede hablar adecuadamente del Espíritu.

¿En qué fuentes se inspiró el autor a la hora de escribir su himno, y en cuáles nos inspiramos nosotros hoy al comentarlo? Para el Padre, además de la Escritura, disponemos de la filosofía que, a su vez, está en condiciones de decirnos algunas cosas sobre Dios: para el Hijo, además de la Escritura, nos ayuda la historia, porque él se hizo carne y entró visiblemente en nuestra historia. En cambio, para el Espíritu Santo, ¿a qué vamos a recu­ rrir, aparte de la Escritura? La respuesta es: ¡a la experiencia!

No solamente la experiencia personal de cada creyente, sino también, y sobre todo, la experiencia que la Iglesia ha tenido de él a lo largo de los siglos, y que se llama Tradición. Si “la Ley estaba preñada de Cristo”, como decían los Padres, ¡la Iglesia está preñada del Espíritu Santo! Lo que hacen falta son manos delicadas, como las de una comadrona, para dar a luz los frutos del Espíritu que en ella maduren.

Y aún hay más: no se trata sólo de la experiencia que la Igle­ sia haya tenido del Espíritu en el pasado, sino también de la que tenga hoy. El hecho de que en nuestro siglo haya surgido lo que ha sido definido como “el movimiento de despertar del Espíritu de más grandes proporciones de toda la historia de la cristian­ dad”, ha creado una situación nueva y más ventajosa para ha­ blar del Espíritu. Situación que será ampliamente valorada a lo largo de estas páginas.

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Para ser fieles al carácter ecuménico del Veni creator, nos es­ forzaremos por inspiramos no solamente en la tradición católi­ ca, sino también en la ortodoxa y la protestante. Será, por tanto, una especie de canto “a tres voces”.

Para hablar del Espíritu Santo, puede que el símbolo, la imagen, el canto, la profecía y la poesía nos sirvan mejor que los conceptos y el razonamiento. Por eso, vamos a dejar mucho espacio, sobre todo en los textos citados al final de cada capítu­ lo, al himnario de las distintas tradiciones litúrgicas cristianas, donde todas estas formas son las que más se utilizan.

Pero aún más espacio vamos a conceder al testimonio de los santos, convencidos, como decía san Basilio, de que “el Espíri­ tu es el lugar de los santos y el santo es el lugar del Espíritu”4. El santo es el “lugar” por excelencia en el que se manifiesta el Espíritu “Santo”.

El libro es un comentario al Veni creator, que ha sido, y sigue siendo, el canto por excelencia del Espíritu (una especie de Te

Deum y de Gloria en honor al Espíritu Santo que, por desgracia, está casi del todo ausente en estos dos cantos trinitarios); pero también porque el libro pretende ser, en sí mismo, un humilde canto de gratitud y de alabanza al Espíritu, en el momento en que entramos en el nuevo milenio.

“Canten al Señor un cántico nuevo”, nos dice a menudo la Escritura. ¿Es posible hoy en día cantar al Espíritu un cántico “nuevo”? ¿Qué podemos decir de nuevo de él, que no se haya dicho ya? Sí, es posible, porque él hace nuevas todas las cosas. Su misma presencia es novedad. ¡El mismo Espíritu Santo es el cántico siempre nuevo de la Iglesia! El “rejuvenece” todo lo que toca, incluidas las palabras antiguas que los hombres han intentado balbucear sobre él.

Por tanto, hago mías las palabras con las que san Gregorio Nacianceno iniciaba uno de sus poemas en honor al Espíritu

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14 Ranicro Cantalame<s<sa

Santo: “¿A qué esperas, alma mía, mi corazón? / Del Espíritu la gloria has de cantar”5.

Vamos a citar aquí, en forma bilingüe, el texto latino del himno junto con una moderna versión métrica del mismo. Al comienzo de cada estrofa, en cambio, yo voy a hacer una tra­ ducción literal, que será sobre la que se base el comentario.

Veni, creator Spiritus, mentes tuorum visita

,

imple superna gratia quae tu creasti pectora.

Ven, Creador Espíritu, visita nuestras almas, tu don divino llene los pechos que creaste.

Qui Paraclitus diceris, donum Dei altissimi, fons vivus, ignis, caritas

,

et spiritalis unctio. Tu septiformis muñere

,

dexterae Dei tu digitus, tu rite promissum Patris sermone ditans gutura. Accende lumen sensibus, infunde amorem cordibus, infirma nostri corporis virtute firmans perpeti. Hostem repellas longius, pacemcfue dones protinus ductore sic te praevio vitemus onme noxium.

Te llamas el Paráclito, el don del Dios Altísimo, fuente viva, amor, fuego y espiritual ungüento.

Autor de siete dones, de Dios dedo derecho, fiel promesa del Padre que por nosotros hablas.

Alumbra los sentidos, el corazón inflama, y sin cesar conforta nuestra vida tan frágil.

Ahuyenta al enemigo, danos la paz muy pronto, contigo como guía

todo mal evitemos.

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Per te sciamus da Patrem, noscamus atque Filium, te utriusque Spiritum credamus omni tempore. Amen.

Danos ir hacia el Padre conocer a Dios Hijo, y confiar en ti siempre, de entrambos el Espíritu Amén.

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AHMA Anacleta Hymnica Medii Aevi, ed. G. Blume. GG Corpus Christianorum.

CinSS Credo in Spiritum Sanctum. Actas del Congreso Teológico Internacional de Neumatología. 2 vol (Librería Editrice Vatic^na 1983).

CM Corpus Christianorum. Continuatio Mediaevalis.

CSCO Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium. CSEL Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum.

Dict. Spir. Dictionnaire de Spiritualité, París, 1936ss.

DBSuppl. Dictionnaire de la Bible Supplément.

DS Denzinger-Schonmetzer, Enchiridion Simbolorum (Hen¿er 1967).

Escritos San Francisco de Asís, Escritos, Biografías, Documentos de la época(BAC 399, Madrid 1993).

GGS Griechische Christliche Schriftsteller.

JAWG Jahrbuch der Akademie der Wissenschaften zu Gottingen. PG Patrologia Graeca.

PL Patrologia Latina.

PLS Patrologia Latina. Supplementum. PS Patrologia Siriaca.

SCh Sources Chrétiennes.

ThWNT Theolpgisches Worterbuch zum Neuen Testament.

WA Weimar Ausgabe (Opera omnia de Lutero).

NOTA. Las obras de los Padres, de las que existen distintas ediciones igualmente válidas y que tienen una división comúnmente aceptada, están citadas sin la indicación de la edición.

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¡VEN, ESPIRITU SANTO!

El Espíritu Santo, misterio de fuerza y ternura

1. "Ruah", el nombre del Espíritu

La primera estrofa del Veni creator, traducida al pie de la letra, dice así:

"Ven, Espíritu creador, visita nuestras mentes, llena de gracia celestial

a los corazones que has creado".

El tema de esta meditación introductoria son las dos prime­ ras palabras del Veni creator: “¡Ven, Espíritu!”, y en particular el nombre Espíritu. Lo primero que conocemos de una persona, normalmente, es su nombre. Con él la llamamos, la distingui­ mos de las demás y la recordamos. También la tercera persona de la Trinidad tiene un nombre, aunque, como veremos, de una naturaleza un tanto especial. Se llama Espíritu.

Pero Espíritu es el nombre traducido; cuando se ama de verdad a una persona, se desea conocer todo de ella, empe­ zando por su verdadero nombre “de pila”. El verdadero nom­ bre del Espíritu, aquél por el que le conocieron los primeros des­ tinatarios de la revelación, es ruah. ¡Es tan dulce invocar, a veces, al Espíritu con esta palabra salida de los labios de los profetas, de los salmistas, de María, de Jesús, de Pablo! La otra etapa por la que el nombre del Espíritu Santo ha pasado antes de llegar a nosotros es la de pneuma. Con este nombre se le señala en los escritos del Nuevo Testamento.

Para los judíos el nombre era tan importante que casi se identificaba con la persona misma. Santificar el nombre de Dios es santificar y honrar al propio Dios. Además, no se trata de un calificativo meramente convencional, como nos ocurre a

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'20 Qaniero Cantalame&sa

nosotros hoy en día; siempre dice algo de la propia persona, de su origen o función.

Eso ocurre también con el nombre ruah, que contiene la primera y fundamental revelación sobre la persona y la función del Espíritu Santo. Por eso, es importante que empecemos con él nuestro camino de búsqueda de la realidad del Espíritu.

¿Qué significa ruah en hebreo? En su origen, y en su raíz, significa el espacio atmosférico entre cielo y tierra, que puede ser sereno o agitado: un espacio abierto, como una pradera, donde se percibe más fácilmente el soplo del viento; por ex­ tensión, el “espacio vital” en que el hombre se mueve y respira. Este significado primordial del término ha dejado un rastro en la posterior teología del Espíritu Santo. En efecto, con mucha frecuencia se habla de él, sobre todo en el Nuevo Testamen­ to, con un adverbio de lugar. La preposición que se utiliza para hablar de él es en, así como para el Padre es de, y para el Hijo

por: “Por el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo”. El Espíritu Santo es el espacio espiritual, una especie de “ambiente vital”, donde se produce el contacto con Dios y con Cristo.

Pero dejemos a un lado estos significados remotos, que pronto serían superados en la misma lengua hebrea, y vayamos al sentido que esta palabra suele tener en la Biblia. Ruah signi­ fica dos cosas que están estrechamente relacionadas: el viento y la respiración. Esto vale también para el nombre griego pneuma

y para el latín spiritus. También el castellano, Espíritu, ha con­ servado este parentesco originario con el viento y la respiración:

espíritu y espirar proceden de la misma raíz. (Esta asociación está presente también en los idiomas anglosajones: el alemán

Geist y el inglés Ghost, en efecto, derivan ambos de la raíz co­ mún gast, que significa respiración).

Viento y soplo, por tanto, son más que meros símbolos del Espíritu Santo. En este caso, símbolo y realidad están tan liga­ dos que se ocultan bajo el mismo nombre. A nosotros nos es difícil comprender la repercusión que ha tenido, en el desarrollo

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de la revelación, el hecho de que cada vez que nosotros en la Biblia leemos “viento”, los Padres leyeran también “espíritu”, y cada vez que nosotros leemos “espíritu”, ellos leyeran también “viento”. No es el Espíritu Santo el que ha dado su nombre al viento, es el viento el que ha dado su nombre al Espíritu Santo. En otras palabras, el signo ha precedido el significado porque, en la experiencia humana, no viene antes lo espiritual y después lo material, sino a la inversa: primero viene lo material y des­ pués lo espiritual (cfr. 1 Co 15, 46).

Vamos a empezar así nuestra escuela de neumatología al aire libre que proseguirá, a lo largo del Veni creator, con otros sím­ bolos naturales del Espíritu Santo: el agua, el fuego, el aceite, la luz. La Biblia gusta de instruirnos sobre las realidades más es­ pirituales sirviéndose de los símbolos más materiales y elemen­ tales que hay en la naturaleza. De ese modo, los dos “libros” escritos por Dios -el de la creación, hecho de cosas y elementos mudos, y el de la Biblia, hecho de letras y palabras- se iluminan y se explican mutuamente. Es la misma economía que se en­ cuentra en los sacramentos: gracias al signo, la palabra se hace visible, y gracias a la palabra el signo se hace audible.

Como he subrayado antes, fueron dos los significados físi­ cos fundamentales de ruah de los que Dios se sirvió para re­ velarnos la realidad inefable de su Espíritu: el del viento y el del soplo o respiración. Recordemos, a este respecto, algunos de los pasajes más significativos de la Biblia, no con el mero intento de demostrar que lo que estamos diciendo es cierto y está documentado, sino porque cada uno de estos pasajes es una perla que debemos recoger, una flor cuyo néctar queremos succionar.

Al comienzo del Génesis se habla del “Espíritu de Dios” que aleteaba sobre las aguas (cfr. Gn 1,2). Aquí la cercanía entre Es­ píritu y viento es tal que los traductores modernos con frecuencia no saben si traducir esta expresión con “Espíritu de Dios” o con “viento de Dios”, o “viento impetuoso” y, de hecho, se decantan

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r22 Qanicro Cantalame&sa

ora por una, ora por otra traducción. Un poco después, leemos que:

“Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz el hálito de vida” (Gn 2, 7).

Y el resto de la Biblia ve en este “soplo” una primera ma­ nifestación, embrionaria, del Espíritu Santo (cfr. 1 Go 15, 45). Vemos así inauguradas las dos imágenes fundamentales que es­ tán destinadas a hacerse cada vez más explícitas, a lo largo de la revelación. En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo aparece mediante el signo del viento impetuoso (Hch 2, 2); en el Evangelio de Juan, el Resucitado comunica el mismo Espíritu mediante el signo del soplo y de la respiración, con un gesto que evoca a propósito el de los orígenes:

“Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’” (Jn 20,

22).

Juan vio, en el instante en que Jesús expiró en la cruz, el momento en que “entregó el Espíritu” (cfr. Jn 19, 30). Con todo, no ignora la otra imagen, la del viento impetuoso, ya que es pre­ cisamente él quien cita aquella palabra de Jesús:

“El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni adonde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu” (Jn 3, 8).

(Aquí, como en muchas otras ocasiones, Jesús se nos muestra como el gran “poeta del Espíritu”). La imagen del viento impetuoso y del vendaval sirve para expresar la potencia, la libertad y la tras­ cendencia del Espíritu divino. El viento, en efecto, es por excelen­ cia -en la Biblia, pero también en la naturaleza- la manifestación de una fuerza arrolladora e indomable. Es capaz de “remover los montes y quebrar las peñas” (1 R 19, 11), de “subir las olas a los cielos y bajarlas al abismo” (cfr. Sal 107, 25-26). No hay nada que pueda remover verdaderamente el océano, excepto el viento.

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En cambio, las imágenes de la respiración, del susurro o de la brisa ligera, sirven para expresar la bondad, la delicadeza, la quietud y la inmanencia del Espíritu de Dios. La respiración es lo más “íntimo”, vital y personal del hombre.

Los que estudian el fenómeno religioso -es decir, el modo en que se expresa el sentimiento religioso en las distintas cultu­ ras- han destacado un hecho que se observa constantemente en todas las formas superiores de religiosidad, pero especialmente en la Biblia: lo divino se percibe como un misterio “terrible y fascinante”, o sea, capaz de suscitar temor y amor a un tiempo, de aterrorizar y atraer1. San Agustín escribe que cuando, por primera vez, percibió de cerca el misterio de Dios, se estreme­ ció “de amor y espanto”, y que pensar en él le hacía al mismo tiempo “estremecerse y arder de deseo”2. La Biblia confirma ampliamente esta observación. “Tú eres temible, ¿quién pue­ de resistir al estallido de tu ira?” (Sal 76, 8), es una frase que se dirige al mismo Dios cuyo amor es ensalzado en otras partes: “Celebran el recuerdo de tu inmensa bondad, y cantan alegres a tu fidelidad. El Señor es clemente y compasivo, paciente y rico en amor. El Señor es bondadoso con todos, a todas sus obras al­ canza su ternura” (Sal 145, 7-9). No es que Dios sea complicado o que cambie de naturaleza (El es la sencillez misma del ser); somos nosotros quienes no conseguimos abarcar, con una sola mirada, su realidad infinita y absolutamente sencilla. Necesita­ mos dos ángulos diferentes para conocerle, así como necesita­ mos dos ojos para conocer la profundidad de los objetos.

Pues bien, el Espíritu Santo personifica, de la manera más evidente, este misterio de Dios que es, al mismo tiempo, poder absoluto y ternura sin límites, movimiento imparable y quietud infinita. Vamos a reflexionar sobre estas dos características. Nos ayudará a comprender gran parte de la revelación bíblica sobre el Paráclito. Ahora mismo, el símbolo del viento y del soplo ya 1 Cfr. R. O t t o . Lo Santo (Madrid 2005).

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no nos sirve: ya ha cumplido su misión, que era la de ayudamos a elevarnos del plano natural al sobrenatural. Pobres de nosotros si no hiciéramos esta distinción entre el símbolo y la realidad. Se­ guiríamos estando en la fase de los filósofos estoicos que nunca llegaron a dar el salto cualitativo entre soplo y espíritu, y acabaron por concebir el Espíritu divino ora como “hálito que atraviesa el universo” (cfr. Sb 7, 24-25) mezclándose con él, ora como “fuego creador”, pero siempre de naturaleza material. Caeríamos así en el panteísmo o en el materialismo, destruyendo la misma noción de espíritu, tal y como hoy la entendemos los cristianos.

2. El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza

Reflexionemos, pues, en el Espíritu, en primer lugar como misterio de poder y trascendencia. Representa lo “numinoso” (es decir, el absolutamente otro, lo trascendente) en estado puro.

Con razón, la Secuencia de Pentecostés aplica este concepto al Espíritu Santo cuando lo invoca diciendo:

“Sin tu divino poder (numen), nada inocente hay en el hombre”.

En el Antiguo Testamento se habla a menudo del Espíri­ tu de Dios que “se apodera” de determinadas personas como un ciclón, o que las “invade” -como ocurre, por ejemplo, con Sansón comunicándoles una fuerza sobrenatural3. Aumenta esta revelación de poder el calificativo de “Santo” -qadosh- que, a partir de Is 63, 10 y del Sal 51, se relaciona cada vez más a me­ nudo con el Espíritu; más aún, acaba por formar con él un único nombre compuesto.

Pero, ¿qué significa en hebreo qadosh? La palabra “santo” se ha ido refinando, pero también desvirtuando, en el uso moderno. Ha adquirido el significado, casi únicamente moral, de “bueno”, “piadoso”, “puro”. Se ha convertido en un término tranquili-’ Cfr. Je 6, 34; 13, 25; 14, 6.

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zador. Sin embargo, para Isaías, cuando oyó que los serafines proclamaban tres veces esta palabra, a la vez que “los quicios y dinteles temblaban y el templo estaba lleno de humo”, no era precisamente una palabra tranquilizadora, tanto es así que excla­ mó: “¡Ay de mí, estoy perdido!” (cfr. Is 6, 3-5). En efecto, “santo” es un término absolutamente “numinoso”, es decir, lleno de lo divino: expresa el sentido de separación, de trascendencia, de alteridad absoluta, y por tanto nos exige, para mantenemos en su presencia, adoración, silencio y purificación. “¿Quién podrá estar en presencia del Señor, este Dios santo?” (1 S 6, 20). De­ cir que Dios es santo, es como decir que es “fuego devorador”.

“Santo” se relaciona incluso con “terrible”: “Santo y temible es su nombre” (Sal 111, 9). No se refiere sólo a la esfera moral, sino también a la del ser: “Yo soy Dios, no un hombre; en medio de ti yo soy el Santo” (Os 11,9). “Santo” es lo que pertenece a la esfera de lo divino, opuesta a la de lo humano. Todo esto está contenido en “santo”, el atributo por excelencia del Espíritu.

En el Nuevo Testamento, este significado “arrollador” del soplo divino suele expresarse mediante el binomio “Espíritu y poder”. Dios ungió a Jesús de Nazaret “con Espíritu Santo y poder” (Hch 10, 38). Tras su bautismo en el Jordán, Jesús re­ gresó a Galilea “lleno de la fuerza del Espíritu” (Le 4, 14). Al Espíritu se le define como “el poder del Altísimo” (Le 1, 35) o “la fuerza que viene de lo alto” (Le 24, 49). También el antiguo carácter “terrible” o numinoso del Espíritu vuelve a manifestar­ se en alguna ocasión, como cuando el Espíritu, “engañado” por Ananías, le da muerte, o cuando deja ciego a Elimas, el mago, que se oponía a la misión de Pablo4.

A la venida del Espíritu Santo en Pentecostés se la describe a propósito con los mismos rasgos de la teofanía del Sinaí (cfr. Ex 19, 19-20). Es una manera indirecta de afirmar que el misterio del Espíritu no es inferior ni diferente al del propio Dios. Idénti­ co misterio, idénticos efectos: los presentes quedan “atónitos”,

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“estupefactos”, “perplejos”. Antes de atribuir, de un modo ex­ plícito, al Espíritu los mismos honores y la misma soberanía ab­ soluta de Dios, la Escritura lo ha hecho de esta manera indirec­ ta, pero quizá precisamente por eso aún más eficaz.

Pero vamos a considerar el aspecto práctico de nuestra re­ flexión, que es el que más nos importa. ¿Qué pretende inculcar­ nos la Biblia con esta revelación del Espíritu Santo como fuerza y poder? ¿Qué podemos deducir de ella para nuestra vida de fe? En mi opinión, sobre todo esto: ¡que el Espíritu Santo es la úni­ ca fuerza verdadera, el único poder real que sostiene a la Iglesia! Como cada uno de los creyentes, la Iglesia no vive de su propia fuerza. Su fuerza no está en los “ejércitos”, ni en los “carros y caballos”, o cosas por el estilo.

“Ni el valor ni la violencia cuentan, sino mi espíritu, dice el Se­ ñor todopoderoso. ¿Qué eres tú, inmensa montaña de escombros? Para Zorobabel eres un llano” (Za 4, 6b-7).

La fuerza de la Iglesia tampoco está en los sabios razona­ mientos, la inteligencia, la diplomacia, la filosofía, el derecho canónico, la organización. Pablo decía:

“El evangelio que les anunciamos no se redujo a meras palabras, sino que estuvo acompañado de la fuerza y plenitud del Espíritu Santo” (1 Ts 1, 5).

Por tanto, es del Espíritu Santo de quien la Iglesia, y todo predicador, recibe el poder de convencer y convertir, de pene­ trar en el corazón de una cultura, y de abatir en ella los baluar­ tes que se levantan contra Cristo, induciendo a los pueblos a la obediencia de la fe5. Por consiguiente, el Espíritu Santo es la fuente y el secreto del valor y la audacia del creyente. Respecto a los apóstoles, en un momento difícil de su misión, leemos:

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a anunciar la palabra de Dios con toda valentía (parrhesia)” (cfr. Hch 4, 31).

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El Espíritu Santo es la fuerza de los profetas, de los apósto­ les y de los mártires: “Yo estoy lleno de fuerza, de espíritu del Señor, de justicia y de valor” (Mi 3, 8). Y Pablo dice: “Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza” (2 Tm 1, 7). Hablando de los cristianos que se veían obligados a luchar con las fieras en la arena, Tertuliano llama al Espíritu Santo “el entrenador de los mártires”6. Cirilo de Jerusalén, a su vez, escribe: “Los mártires dan su testimonio gracias a la fuerza del Espíritu Santo”7.

Por tanto, no es del todo cierto que “el valor no se puede inventar”8. Al menos en el plano espiritual, “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rm 8, 26). Es más, la misma flaqueza puede ser una ocasión privilegiada para experimentar el poder del Espíritu Santo. Todas las cosas de la Iglesia y de cada creyente, o toman fuerza del Espíritu Santo, o no tienen ninguna fuerza.

3

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El Espíritu Santo colma nuestra soledad

Pasemos ahora a la segunda característica: el Espíritu Santo como misterio de la bondad y suavidad, de la condescendencia y cercanía de Dios, y también como misterio de quietud. En Occidente, a veces, se ha intentado expresar este conjunto de características con el versículo bíblico que, en la Vulgata latina, decía: “¡Qué bueno y suave es, Señor, tu Espíritu en todas las cosas!” (Sb 12, 1). En un discurso de Pentecostés, el papa Ino­ cencio III exclama:

“¡Qué dulce es este Espíritu, qué agradable, qué suave!

¡Sólo lo conoce quien lo ha saboreado!”9.

6 Te r t u l i a n o. A los mártires, 3, 3: C C 1, 5.

7 Cir il od e Je r u s a l é n. Catequesis, XV I, 2 1.

8 A. M a n z o n i . Los novios (Rialp, Madrid 2007) cap. 25.

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En las lenguas semíticas, Espíritu es un nombre femenino, lo cual ha hecho que en ciertos ambientes (en especial, entre los antiguos autores sirios) se desarrollara una rica doctrina del Es­ píritu Santo como “madre”, que destacaba estos rasgos “man­ sos y dulces” de su personalidad. La desgracia de Adán después de la culpa -como dice uno de estos autores- fue que

“ya no veía al verdadero Padre de los cielos,

ni a la buena y benigna Madre, la gracia del Espíritu, ni al dulce y adorable Hermano, el Señor”10.

El abuso que en un principio los gnósticos habían hecho de este tema, hizo que la gran Tradición de la Iglesia le diera carpetazo en seguida. Sin embargo, una cosa es cierta: de las tres divinas Personas, el Espíritu Santo es sin duda la que, en la revelación y en el lenguaje, está menos caracterizada en sentido masculino (la primera persona es “padre”, la segunda es “hijo” y ha sido, históricamente, un “varón”).

Si bien evitaban especular sobre el Espíritu como “madre”, a los autores ortodoxos no les asustó utilizar este título, hablando de las funciones del Paráclito. Decía un autor antiguo que cuan­ do el Espíritu Santo nos enseña a clamar ¡Abba!, se comporta

“como una madre que enseña a su niño a decir “papá” y repite este nombre con él, hasta que consigue acostumbrarle a llamar al padre hasta en sueños”11.

Una mirada a la situación que ha tenido la mujer en las épo­ cas pasadas pone en evidencia un hecho innegable: las mujeres han sido marginadas en todos los aspectos de la vida. En todos los ámbitos, excepto, el ámbito estrictamente privado de la fa­ milia, las mujeres se sitúan en un peldaño claramente inferior al del hombre: filosofía, literatura, arte, política, etc. Sólo hay un ámbito que comparten con los hombres en absoluta igualdad, y afortunadamente es el más importante: el de la santidad. Es di-10 Homilías espirituales. Atribuidas a Ma c a r i o, 28, 4: PG 34, 712ss.

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fícil establecer si en la historia de la Iglesia han sido más nume­ rosos y más grandes los santos o las santas, a pesar de que para las mujeres sin duda ha sido más difícil, si no llegar a ser santas, al menos ser reconocidas como tales. El Espíritu Santo ha san­ tificado tanto a los hombres como a las mujeres, respetando la característica de cada uno de los dos sexos: con una santidad masculina en el primer caso y femenina en el segundo. En los varones se ha manifestado preferentemente como misterio de poder, fuerza y valor, y en las mujeres como misterio de ternura, acogida y suavidad.

Decíamos que ruah, como soplo y respiración, indica lo más íntimo y secreto que hay en Dios y lo más íntimo y secreto que hay en el hombre, su principio vital, su misma alma. En este sentido, está escrito que nadie conoce lo íntimo del hombre a no ser el mismo espíritu del hombre que está en él, y nadie conoce las cosas de Dios salvo el Espíritu de Dios (cfr. 1 Co 2, 11).

Del Espíritu divino, que entra en el hombre para habitar en él de manera estable, se empieza a hablar relativamente tarde en la Escritura. Es, en efecto, una conquista notable, un paso hacia adelante en la comprensión de la acción del Espíritu con res­ pecto a las manifestaciones externas y carismáticas. Isaías habla del Espíritu que Dios infundió en Moisés (cfr. Is 63, 11), de un Espíritu que estará con nosotros (cfr. Is 59, 21), de un Espíritu al que se puede entristecer (cfr. Is 63,10). Pero es en el Nuevo Tes­ tamento donde se destaca este aspecto plenamente. Al prometer el Espíritu, Jesús dice: “El Espíritu vive en ustedes y está en us­ tedes” (cfr. Jn 14,17), de manera estable, no sólo de paso, como antes. Nos convertimos en su templo (cfr. 1 Go 3, 17; 6, 19). De ahí, la hermosa definición de “dulce huésped del alma” (dulcís

hospes animae), que leemos en la Secuencia de Pentecostés. ¿Qué nos dice a nosotros este segundo modo tan “fascinan­ te” mediante el cual el Espíritu se nos presenta, y que integra y enriquece el primer modo “terrible”? San Basilio lo dice con una frase sencilla y magnífica: el Espíritu Santo es aquel que

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crea “la intimidad (oikeiosis) con Dios”12. La imagen es bíblica. En la carta a los Efesios leemos:

“Gracias a él (Cristo) unos y otros, unidos en un solo Espíritu, te­ nemos acceso al Padre. Por tanto, ya no son extranjeros o advene­ dizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; son familia (oikeioi) de Dios (...). En el Señor también ustedes van formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por me­ dio del Espíritu, morada de Dios” (Ef 2, 18-22).

El término utilizado, en ambos casos, tiene una gama de significados que hacen que el concepto sea aún más sugestivo; significa apropiación, atracción, afecto, familiaridad. En el Espí­ ritu Santo, Dios se hace nuestro, nos atrae hacia sí, nos quita ese miedo y esa especie de malestar que sentimos en su presencia y que hemos heredado de la culpa de Adán. ¡Por el Espíritu, con Dios estamos “en casa”! Juan, por su parte, escribe:

“En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que él nos ha dado su Espíritu” (1 Jn 4, 13).

En eso consiste la intimidad con Dios, fuera de toda metá­ fora e imagen humana: Dios en nosotros y nosotros en Dios, y todo gracias a la presencia del Espíritu Santo. Intimo es el su­ perlativo de intus, que significa “dentro”. Por tanto, tiene razón san Agustín al afirmar que Dios es “más íntimo a mí que yo mismo”13, más presente a mí mismo que yo.

Intimidad es una de las pocas palabras humanas que siem­ pre tiene únicamente sentidos positivos: intimidad de la fami­ lia, de la pareja, de la casa, del corazón. En la intimidad con otra persona se produce la reconciliación entre identidad y alteri- dad, entre ser uno mismo y relacionarse, entre el yo y el tú. En toda intimidad santa actúa de algún modo, el Espíritu Santo. Así, como del Padre procede toda familia (cfr. Ef 3, 15), del mismo modo, de él procede toda intimidad. En efecto, no es el lugar el 12 Sa n Ba s il io Ma g n o. Sobre el Espíritu Santo, X IX , 4 9 ; PG 3 2 , 1 5 7 A .

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que crea la intimidad, sino el amor, y el amor viene del Espíri­ tu Santo. En toda auténtica experiencia humana de intimidad, incluida la conyugal, la persona busca la intimidad con Dios, la intimidad total: busca, tal vez sin saberlo, ese centro del ser, ese punto de fusión, ese lugar de reposo, más allá del cual sabe que no hay otro más profundo ni que la haga más feliz.

De aquí también podemos sacar una consecuencia práctica. El Espíritu Santo es la respuesta y el remedio a nuestra soledad, otra de las grandes y universales causas de sufrimiento, junto con el miedo y la flaqueza. ¿Qué es lo que rompe verdadera­ mente la soledad? Desde luego no es estar entre la muchedum­ bre, sino más bien tener un amigo, un interlocutor, un compa­ ñero. Este es para nosotros, si lo aceptamos, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, sigue diciendo san Basilio, fue para Jesús, durante su vida terrena, “el compañero inseparable”14, y eso es lo que quiere ser también para nosotros. San Juan Crisóstomo añade que Jesús “siempre fue asistido por el dulcísimo Espíritu consustancial a él”, así como Moisés, a lo largo de toda su vida, tuvo como compañero y consejero a su hermano Aarón15.

Si la flaqueza puede ser una oportunidad para experimentar la fuerza del Espíritu, la soledad puede ser la ocasión y el estí­ mulo para sentir a este “dulce huésped”. Gracias a la fe, nadie está verdaderamente solo en este mundo. Cuando no podemos hablar de algo con nadie, podemos aprender, poco a poco, a hablar de ello con este huésped “discreto” que es también “con­ solador perfecto” y “consejero admirable”.

Como misterio de quietud, el Espíritu Santo es también la res­ puesta a nuestra inquietud. Nuestro corazón está inquieto, es decir, insatisfecho, anda buscando, y precisamente el Espíritu Santo es el lugar de su descanso, donde se sosiega y pacifica16. En la Secuencia de Pentecostés invocamos al Paráclito como “descanso de nuestro 14 Sa n Ba s il io Ma g n o. Sobre el Espíritu Santo, XV I, 39: PG 3 2 ,1 4 0 C .

15 Sa n Ju a n Cr i s ó s t o m o. Catequesis bautismales, III, 26: S C h 50, 166. 16 Sa n Ag u s t í n. Confesiones. I, 1, 1; X III, 9, 10.

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esfuerzo” (in labore requies). Entre los fenómenos más corrientes que se observan en el ámbito pentecostal y carismático, está el lla­ mado “descanso en el Espíritu”, un fenómeno que requiere mucho discernimiento, pero cuyo carácter auténticamente espiritual, en muchos casos, no se puede negar. La persona, “tocada” por el Espíritu, se cae, pero dulcemente como si alguien la depositara sobre el suelo: toda actividad mental cesa, y cuando después quie­ re describir a los demás lo que ha sentido en esos momentos sólo encuentra una palabra para hacerlo: paz, paz, mucha paz.

Para terminar esta reflexión sobre las dos maneras que tiene el Espíritu Santo de manifestarse, debemos precisar que no es necesario -y puede que tampoco sea posible- experimentar al mismo tiempo al Espíritu Santo en su aspecto de fuerza y en el de dulzura e intimidad, en su dinamismo y en su quietud. El se ha ido revelando cada vez bajo una y otra forma, y nosotros también lo sentimos, bien de un modo, bien del otro, según la necesidad, las disposiciones y la gracia del momento. Moisés, en el Sinaí, percibió a Dios en el trueno y en el sonido de la trompeta (cfr. Ex 19, 18-19); en cambio, Elias, en el monte Horeb, lo percibió en un ligero susurro (cfr. 1 R 19, 12).

4. A la escuela del "hermano viento"

Ahora podemos invocar el símbolo -el viento y el soplo- para que nos ayude a fijar el contenido de nuestra contempla­ ción en imágenes visuales y a traducirlo a nuestra vida. Los sím­ bolos son “funcionales”: más que decirnos lo que es el Espíritu, nos dicen lo que hace, y es bajo este aspecto como nos interesan en este momento. Vámonos, pues, a la escuela del “hermano viento”, como lo llamaba san Francisco de Asís. ¡Cuántas cosas nos recordará el viento, en su momento, §i lo observamos ahora con nuevos ojos, iluminados por la palabra de Dios! El lenguaje de las palabras y de los pueblos cambia con el tiempo, el de las cosas no. El “hermano viento” habla hoy como hablaba en tiempos de Ezequiel, como al comienzo del mundo.

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Observamos, por ejemplo, lo que ocurre cuando sopla un viento impetuoso. Los árboles se doblan y los robustos cedros del Líbano que intentan resistir, se quebrantan. Nos acordamos entonces de aquella plegaria de la Iglesia que dice: “Dobla ante ti nuestras rebeldes voluntades”. Vemos, por el contrario, que las hojitas que se doblan dócilmente al paso del viento no su­ fren ningún daño, al menos mientras estén verdes. Nuestras al­ mas deberían ser siempre sensibles y dóciles al Espíritu, como lo son las hojas al viento. En un escrito cristiano del siglo II, el alma humana es comparada a un arpa eólica -es decir, que sue­ na al paso del viento— y el Espíritu Santo al viento que mueve las “cuerdas” del alma arrancando de ella sonidos armoniosos:

“Como el viento pasa sobre la cítara y las cuerdas hablan,

así en mis miembros resuena

el Espíritu del Señor, y yo hablo en su amor”17.

¡Qué esfuerzo supone caminar o remar contra el viento! ¡En cambio, qué agradable es hacerlo con el viento favorable! ¡Qué duro es hacer las cosas sin el Espíritu Santo! Pero, ¡qué fácil es hacerlas con él!

El viento fecunda. Transporta las semillas de las flores y de las plantas y las deposita en los cálices de otras flores, o en la tie­ rra, a fin de que germinen. Eso es lo que hace el Espíritu Santo con la semilla de la palabra de Dios.

Los Padres fueron los primeros en acudir a la escuela de neu- matología del “hermano viento”. Cuando en primavera sopla el viento suave Favonio -decía uno de ellos-, brotan flores de to­ das las especies y colores y los prados exhalan una fragancia: lo mismo ocurre en el alma, cuando sopla el Espíritu Santo18. Otro habla del “soplo del Espíritu que hincha las velas de nuestra fe y de nuestra alabanza”19.

17 Odas de Salomón. 6, 1-2 [The Oíd Testament Pseudepigrapha, 2 (Nueva York, 1985) 738].

18 Ze n ó nd e Ve r o n a. Tratados, I, 33: C C 22, 84.

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34 Raniero Cantalamessa

Hace tiempo, estuve una temporada en una casa para retiros situada en la región más al norte de Irlanda, a orillas del océa­ no. Ese lugar es el reino de las gaviotas. Justo entonces estaba yo empezando a pensar en escribir un comentario al Veni crea­

tor, y las gaviotas fueron durante algún tiempo mis maestras de neumatología. Me pasaba largos ratos contemplándolas desde lo alto de aquellos arrecifes abruptos y solitarios. Ellas planea­ ban y planeaban, casi inmóviles, sobre el mar, por encima de los acantilados. Yo tenía ante mis ojos la misma imagen que el escritor sagrado tenía en su mente cuando dijo que al comienzo del mundo el Espíritu de Dios “aleteaba” sobre las aguas, sobre el abismo. Pero sobre todo era impresionante observar cómo las gaviotas conocen el arte de... hacer trabajar al viento. Se ciernen sobre las alas del viento (cfr. Sal 18, 11) y se dejan llevar por él, por eso pueden volar durante horas sin cansarse y alcanzar ve­ locidades muy elevadas. ¿No nos dice nada todo esto?

El viento es la única cosa que no se puede de ninguna mane­ ra atrapar, ni “embotellar” o enlatar para ponerlo en circulación. Lo hacemos con el agua y hasta con la energía eléctrica, que puede ser acumulada y encerrada en pilas. Pero con el viento, no. Ya no sería viento, es decir, aire en movimiento: en todo caso sería aire parado, muerto.

Pretender encerrar al Espíritu Santo en conceptos, definicio­ nes, tesis, como en otros tantos botes o latas, como ha intentado hacer el racionalismo moderno, significa perderlo, desperdiciarlo.

Pero hay otra tentación análoga, aunque opuesta, a la racio­ nalista, y es la de querer encerrar al Espíritu Santo en “latas” eclesiásticas: cánones, instituciones, definiciones. El Espíritu crea y anima las instituciones, pero no puede ser institucionali­ zado él mismo. El viento sopla donde quiere, asimismo el Espí­ ritu reparte sus dones como quiere (cfr. 1 Co 12,11). Al Espíritu Santo no se le puede “canalizar” rígidamente, ni siquiera en los llamados “canales de la gracia”, como si él no fuera libre de ac­ tuar incluso fuera de ellos. El Concilio Vaticano II ha reconocido

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que el Espíritu Santo “ofrece a todo ser humano la posibilidad de ser asociado al misterio pascual, de un modo que sólo Dios

conoce”20. El viento es el símbolo más elocuente de la libertad del Espíritu.

También el otro símbolo —la respiración, el soplo- tiene muchas cosas que recordamos, en el momento oportuno. ¿Qué ocurre si, por cualquier circunstancia, estamos demasiado tiem­ po sin respirar? Es la terrible experiencia de la asfixia: “¡Me falta la respiración, me ahogo!”. Si supiéramos escuchar el grito de nuestra alma, cuando estamos demasiado tiempo sin oración, privados del Espíritu Santo, oiríamos que ella también grita a su manera: “¡Me falta la respiración, me ahogo!”. Guando alguien está a punto de desmayarse, solemos gritarle: “¡Respira! ¡Respi­ ra hondo!”. Lo mismo deberíamos decirle a quien está a punto de tirar la toalla y rendirse en la lucha contra el mal: “¡Respira! ¡Respira hondo en el Espíritu Santo mediante la oración!”.

Jesús, la tarde de Pascua, sopló sobre sus discípulos. En el bautismo él ha repetido ese gesto sobre cada uno de nosotros. Según el ritual vigente hasta hace unos años, el sacerdote en un momento de la ceremonia pronunciaba las siguientes palabras: “Sal de este niño (o de esta niña), espíritu inmundo, y deja el sitio al Espíritu Santo”. Diciendo esto, soplaba tres veces sobre su cara. Jesús siempre está dispuesto a renovar este gesto sobre quien se le ofrece, a rostro descubierto, para recibir su soplo.

En la Biblia hay un texto en el que están reunidos los tres sig­ nificados dé ruah que hemos mencionado en esta primera medi­ tación: el de viento, el de soplo o respiración, y el de Espíritu San­ to. Es la visión de los huesos secos, de Ezequiel 37. Aquí símbolo y realidad se entremezclan y, por así decirlo, se persiguen. “Pero no tenían espíritu”, o sea, respiración, vida. “¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla!”: esto es, “viento, ven de los cuatro puntos cardinales y sopla”. “El espíritu penetró en ellos, revivieron y se pusieron en pie”.

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36 Raniero Cantalame&sa

Hasta aquí, el símbolo; ahora llega la realidad espiritual: “In­ fundiré en ustedes mi espíritu, y vivirán”. Aquí el espíritu es ya el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo; la vida de la que se habla ya no es sólo la vida física.

“¡Espíritu, ven!” Es la epíclesis primordial; de ahí deriva la invocación que abre nuestro himno: Veni creator Spiritus, así como la que da comienzo a la Secuencia de Pentecostés: Veni

sánete Spiritus. Es la primera y única plegaria que la Biblia dirige directamente al Espíritu, y la única que la Iglesia ha recogido y que prolonga a lo largo de los siglos. Es el Marana-tha del Es­ píritu, el equivaliente de aquel “¡Ven, Señor!”, que los primeros cristianos dirigían a Cristo en su culto.

“Hijo de hombre, estos huesos son el pueblo de Israel. Andan di­ ciendo: ‘Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, estamos perdidos’” (Ez 37, 11).

Ese “pueblo”, ahora, somos nosotros. También entre noso­ tros, en la Iglesia, hay quien anda diciendo: “Se ha desvanecido nuestra esperanza. Estamos perdidos, todo se está desmoronan­ do”. Por tanto, a nosotros también se nos promete esa “ráfaga” de Espíritu Santo y esa experiencia de resurrección. Estas medi­ taciones nuestras persiguen precisamente este objetivo: ayudar a la gente a percibir que el “viento impetuoso” de Pentecostés sigue soplando y que Jesús está siempre “soplando” sobre sus discípulos: que el cenáculo se ha vuelto a abrir y que las aguas de la piscina de Betsaida están siendo de nuevo “agitadas” por el ángel. Quien quiera ser curado, todo lo que tiene que hacer es sumergirse en ella...

No nos cansemos, pues, de introducirnos en esta incesante

epíclesis que acompaña la historia de la Iglesia, repitiendo tam­ bién nosotros:

¡Espíritu Santo, ven!

¡Ven, fuerza y dulzura de Dios! ¡Ven, tú que eres movimiento

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y quietud al mismo tiempo! ¡Renueva nuestro valor,

llena nuestra soledad en este mundo, infúndenos la intimidad con Dios! Ya no decimos, como el profeta: "Ven de los cuatro vientos",

como si no supiéramos aún de dónde vienes; nosotros decimos:

¡Ven, Espíritu que sales del costado traspasado de Jesucristo en la cruz!

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El Espíritu Santo transforma el caos en cosmos

Veni creator Spiritus. ¡Ven, Espíritu creador! El título de crea­ dor es nuevo e insólito. Nuestro himno es quizá el único texto litúrgico en que al Espíritu se le llama con este nombre, en vez del apelativo, por así decirlo, “canónico” de Santo. Es la palabra más fuerte, no solamente del primer verso, sino de todo el him­ no. Es una especie de ventana que se abre de par en par sobre la Biblia y la Tradición. Una ventana es una pequeña abertura, pero a través de ella abarcamos a veces un inmenso panorama que se ensancha cada vez más, a medida que nos acercamos a ella. También el término creador es una palabra breve, pero cuanto más excavamos en su historia, más profundidades in­ sospechadas nos revela.

Cuando el músico Gustav Mahler, hacia el final de su vida, se disponía a escribir una sinfonía coral, se preguntó qué palabras podían verdaderamente expresar lo “inaudito”. Pasó revista a toda la literatura mundial, incluida la Biblia, y al final eligió el

Veni creator; para ello organizó el más amplio complejo vocal e instrumental jamás empleado en una ejecución, tanto es así que la obra acabó por llamarse Sinfonía de los mil. El primer verso,

Veni creator Spiritus, contiene el tema de toda la obra y es una especie de grito cósmico que se levanta en oleadas sucesivas con la participación de todas las voces e instrumentos. El autor escribía a un amigo: “Intenta imaginarte al universo mismo que empieza a cantar y a hacer oír su voz. Ya no son simples voces humanas, son los planetas y los soles que dan vueltas”.

En estas palabras se nota el entusiasmo aún fresco del artis­ ta, pero no están tan fuera de lugar, al menos si pensamos en lo que el Veni creator ha suscitado en los corazones a lo largo de los doce siglos que han transcurrido desde que fue compuesto.

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40 Qaniero Cantalamessa

1. El Espíritu Santo creador en la Tradición

Analizando el título de “creador”, constatamos en seguida que no se trata de una elección ocasional, tal vez dictada por exigencias de métrica. Al contrario, es el fruto de todo un filón de la revelación bíblica y de la Tradición de la Iglesia.

El concepto de creador tuvo un papel decisivo en la defini­ ción de la divinidad de Jesucristo en el Concilio de Nicea (325). Fue el terreno del desencuentro entre arríanos y ortodoxos. Si­ guiendo el pensamiento filosófico de aquella época, que era el platonismo intermedio, los herejes arríanos distinguían tres gra­ dos del ser: el ser no engendrado, que es Dios; el ser intermedio, que es el demiurgo o el dios segundo; y el ser hecho y creado, que es el de las criaturas. A esta tripartición, el pensamiento or­ todoxo ratificado en Nicea opone la nueva clasificación cristiana que sólo conoce dos posibilidades: el Ser increado y el ser crea­ do. O se es creador, o se es criatura: no hay término medio.

Llegados a este punto, toda la batalla de la ortodoxia consis­ tirá en demostrar que el Hijo no es una criatura y que, por tanto, forma parte del ser creador igual que el Padre. La distinción del Credo - “engendrado, no creado” (genitum non factum)- permi­ te superar el dilema del arrianismo. En efecto, gracias a ella pode­ mos distinguir entre generación y creación: el Hijo es engendrado, pero no es creado; al contrario, es creador junto con el Padre.

Una vez asegurada la divinidad de Cristo, se utiliza esta arma para resolver el problema de la divinidad del Espíritu Santo. Es otra vez Atanasio, el campeón de Nicea, el primero en utilizar la fuerza de este argumento a favor de la divinidad del Espíritu Santo. Su razonamiento es muy sencillo:

“Gomo el Hijo, que está en el Padre, no es una criatura, sino que tiene la sustancia del Padre, así tampoco está permitido contar en­ tre las criaturas al Espíritu que está en el Hijo y que el Hijo tiene en sí mismo, mutilando así a la Trinidad”1.

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Este argumento se basa en un dato fundamental de la expe­

riencia cristiana: los cristianos se sienten transformados y deifi­ cados por el contacto del Espíritu.

“Si el Espíritu Santo fuera una criatura, nosotros no tendríamos, por medio de él, ninguna participación de Dios... Pero si, mediante la participación del Espíritu, nos hacemos partícipes de la natura­ leza divina, sin duda sería insensato el que dijera que el Espíritu pertenece a la naturaleza creada y no a la de Dios”2.

En este terreno le siguen todos los Padres que escriben en defensa de la divinidad del Espíritu Santo3. San Ambrosio lo convierte en un baluarte de su doctrina sobre el Espíritu Santo, trasladando este debate también al mundo latino: “¡El Espíritu Santo no es, por tanto, criatura, sino creador!”4. La misma ex­ presión creator Spiritus se encuentra ya en san Agustín:

“Ellos no disciernen bien cuando confunden a la criatura con el Creador y colocan entre las criaturas al Espíritu creador”5.

El Concilio de Gonstantinopla del 381 no introduce de ma­ nera explícita, en el artículo sobre el Espíritu Santo, el título de “creador”, quizá para no repetir lo que, en el mismo Símbolo de fe, se dice del Padre, y utiliza en su lugar el apelativo de “Señor” (“Creo en el Espíritu Santo, Señor...”). Pero la oposición entre siervo y señor (o rey) no es más que otra manera de expresar la oposición entre criatura y creador. San Gregorio Nacianceno condena a los que distinguen en Dios a un creador (el Padre), un colaborador (el Hijo) y un siervo (el Espíritu Santo)6. Y san Basilio escribe:

“Si es creado, el Espíritu Santo es ciertamente un siervo; pero si está por encima de la creación, entonces es partícipe de la realeza”7.

2 I b íd .,I , 2 4 : P G 2 6 , 585 B.

3 Sa n Gr e g o r i o Na c i a n c e n o. D iscursos, X X X I , 6: P G 3 6 , 1 4 0 . 4 Sa n Am b r o s i o. E l Espíritu Santo, III, 1 3 9 - 1 4 0 .

5 Sa n Ag u s t í n. E xp o sició n sobre los Salm os, 3 2 , II, 2: C C 3 8 , 2 5 9 .

6 C fr. Sa n Gr e g o r i o Na c i a n c e n o. D iscursos, X X X I , 5: P G 3 6 , 1 3 7 D . 7 Sa n Ba s i l i o Ma g n o. Sobre el Espíritu Santo, X X , 51: P G 3 2 , 161 C.

Referencias

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