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En la desembocadura del Yukon

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De la desembocadura del Yukon

De la desembocadura del Yukon

 por el

 por el

P. Segundo Llorente

P. Segundo Llorente

de la Compañía de Jesús

de la Compañía de Jesús

1948

1948

22

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NIHIL OBSTAT: NIHIL OBSTAT: N. GÜENECNEA, S. I. N. GÜENECNEA, S. I. IMPRIMI POTEST: IMPRIMI POTEST: FERNANDO ARELLANO, S. I. FERNANDO ARELLANO, S. I.

Prepos. Prov. Castilla Prepos. Prov. Castilla

2 Mayo 1948 2 Mayo 1948

IMPRIMATUR  IMPRIMATUR 

CARMELUS, Episc. Victor. CARMELUS, Episc. Victor.

30 Apr. 1948 30 Apr. 1948

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ÍNDICE

AL LECTOR...6 EL ADIÓS A KOTZEBUE...11 CAMINO DE AKULURAK...16 TOMA DE POSESIÓN...25 DIEZ PREGUNTAS...31

VIAJE A HOOPER BAY...41

A TRAVÉS DE LA LLANURA HELADA...52

¿POR QUÉ VINO VD. A ALASKA?...61

EN LA MISIÓN DEL P. FOX...70

ENFERMO EN LA TUNDRA...80

 NAVIDAD ENTRE ESKIMALES...91

A BORDO DEL "AMADEO"...102

EL MARTIRIO DE LA PACIENCIA...110

LA CAPILLA DE NUNALJAPAK...115

TEMPORAL EN EL RÍO NEGRO...120

EL PRIMER ESTALLIDO...129

MESA REVUELTA...133

LAS "HERMANAS DE LA NIEVE"...138

EN LA "PESQUERA" DE AKORPAK...144

VILLANUEVA, LA ALDEA ESKIMAL DE NOMBRE ENREVESADO...150

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El río Yukón es uno de los grandes ríos de América del Norte. El río nace en la Columbia británica (Canada) y recorre 3.018 km, dibujando una

gigantesca curva, hasta desembocar en el Mar de Bering, en Alaka. En su  parte más norteña pasa justo por encima del Círculo Polar Ártico. Con sus

numerosos afluentes, el Yukón drena una cuenca de 855.000 km 2.

Permanece helado desde octubre hasta mediados de mayo. (N. del Editor)

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AL LECTOR 

Cambio de destino

En 1942 se publicaron los dos tomos E N LAS LOMAS DEL POLO NORTE y

AVENTUREROS DEL CÍRCULO POLAR , que recogían la totalidad de las crónicas

enviadas por el P. Llorente desde su avanzado puesto de misión de Kotzebue, sobre el Círculo Polar.

Algún otro libro, seguramente, se habría reunido desde entonces con su colaboración en EL SIGLO DE LAS MISIONES, si la guerra más feroz que han

conocido los hombres no hubiera disminuido y dificultado su correspondencia epistolar con retrasos, censuras y extravíos, poniendo una  barrera a su celoso apostolado de la pluma.

 No cejó por eso en su empeño y, cuando no se pudo de otro modo, utilizó correos de Hispano américa, remitiéndonos sus crónicas por  Colombia o Cuba, y dando a sus escritos tal amplitud que sus firma pudiera seguir estando presente en las páginas de la Revista; así, por ejemplo, «Diciembre en Alaska», que nos fue retrasmitido desde Bogotá y que dio materia para diez de los doce meses de 1944 (1)

Ahora, cuando nos disponíamos ya a entregar a la imprenta la serie de artículos publicados hasta la fecha, nos viene de improviso el 22 de Febrero de 1948, una carta del P. Llorente en que nos dice:

"Anoche me llegó un telegrama anunciándome el cambio que ya esperaba, aunque no para donde yo esperaba. Yo me había quedado con  ganas de volver a dar otra dentellada a Kotzebue, pero la santa Obediencia ha querido que vaya a dársela a Bethel, en las riberas del rio Kuskawim, donde sucederé al P. Manager, que es el actual párroco.

"La parroquia comprende todo el río, desde la desembocadura hasta

1 Capítulos V al X de este libro.

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 McGrath, una distancia fantástica. Veremos cómo nos las bandeamos...  Akulurak sigue impertérrita, y pronto hablaremos de ella largo y tendido  por vía de despedida, si Dios nos da la vida para ello, que con tanto volar 

en tantos aviones nunca sabe uno por la madona si llegará a la cena con los huesos sanos..." 

El nombramiento de Superior del distrito de Akulurak, lo había recibido en Kotzebue, el 10 de Agosto de, 1941, e inmediatamente hubo de salir para su nuevo destino, donde ha pasado seis años y medio.

Esta circunstancia del cambio de residencia viene, pues, a resolver una vez más nuestra indecisión sobre qué artículos incluir u omitir en este tomo, ya que automáticamente las crónicas desde Akulurak nos ofrecen al menos una unidad de procedencia y nos dan un todo cerrado.

Los artículos, ahora capítulos, van casi en el orden en que fueron viendo la luz pública en EL SIGLO DE LAS MISIONES, y que, quizá sin ninguna

alteración, presentan, el orden cronológico con que fueron redactados.

Las vicisitudes por las que, a causa de la guerra, hubo de atravesar la correspondencia del Padre Llorente quedan suficientemente reflejadas en las  páginas que escribe por lo que, salvo raras excepciones, nos abstenernos de

situarlas en el tiempo.

Juzgado por sí mismo

Por esta vez, y confiando en la benevolencia del protagonista, no  podemos resistir a la tentación de ofrecer a los lectores el juicio que al Padre Llorente le merecen sus artículos entresacándolo de su correspondencia  particular de estos últimos años.

"No sé qué sería de mí sin E  L S  IGLO DE  LAS M  ISIONES . Lo que me duele es

que con tanto alejamiento del castellano, lo voy perdiendo sensible y visiblemente, aunque hago esfuerzos titánicos por conservarlo leyendo libros de Hispanoamérica, traducciones mal hechas, libros con frases raras, galicismos, germanismos, hungarismos, anglicismos, que me hacen  prorrumpir en bufidos mal contenidos.

"Menos mal que tengo el QUIJOTE  para cubrir los extranjerismos con

una mano de castellano puro, como se cubren letreros tontos en las paredes con una mano de pintura blanca y espesa..." 

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"...Me ruega encarecidamente que lea el QUIJOTE en voz alta para que

conserve el estilo incorrupto. Así lo hago y lo he venido haciendo desde hace bastante tiempo. Cojo un libro español y lo leo en voz alta. Más aún, a los perros les hablo siempre en español; y, cuando viajo en trineo por las tundras alaskanas, entre el -cielo y la nieve, improviso sermones en español.

"La curioso es que luego me olvido y hablo al guía también en español. Él se ríe y me hace caer en la cuenta del error.

"En el altar y cuando hablo con Dios en general, lo hago infaliblemente en español. Todos los días, en la Santa Misa, pido a Dios en español por todas y cada una de las intenciones de todos aquellos que me han escrito o me han de escribir, aunque no me lleguen sus cartas..." 

"En un número extraordinario de E CCLESIA que me mandaron el año

 pasado (1946) había una sección de Misiones y en ella se quejaba el ar-ticulista que los misioneros españoles no escribían, aunque parecía consolarse con que, el menos, el Padre Llorente lo hace.

"Lo leí en la pesquera de julio y me quedé estupefacto. En el   Juniorado los profesores me tuvieron por una nulidad y nunca jamás me

aprobaron nada de lo que escribí. Ahora salimos con que, según E CCLESIA ,

 soy el único misionero español que escribe para el público. Eso me dice a mí que los demás se tumban a la bartola y creen que emplean racionalmente el tiempo leyendo lo que otros escriben. ¡No hay derecho! Si  yo escribo y el público lo lee complacido, ningún jesuita tiene derecho a eximirse de escribir, pues nunca me tuvo nadie por escritor; y, en cambio, otros escribían exquisitamente... o, por lo menos, así se nos dijo en las clases. Menos mal que se acaba el papel, pues me estoy sulfurando y  pudiera decir algún desatino..." 

"...Son muchísimos los que me escriben quejándose cuando no hallan en E  L S  IGLO crónica de Alaska. Por lo visto, presuponen que entré en la

Compañía y me ordené y vine acá a pergeñar un relato alaskeño en E  L

S  IGLO DE  LAS M  ISIONES .

"Hay cartas muy consoladoras, como cuando me dicen que ya están admitidos o admitidas en tal o cual religión, y que el germen de la vocación  se debe a mis artículos, aunque yo no lo sospechara. Estas "indirectas" me

han hecho pensar seriamente en la obligación que tengo de proseguir  haciendo bien por ese camino de escribir. Por eso, y en cuanto esté de mi  parte deseo que no se pasen muchos meses sin que nuestro S  IGLO saque algo

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mío, para descargo de mi conciencia..." 

"Me escriben que lo que más les gusta es mi espíritu alegre, en medio de tantas contrariedades, que nunca pido dinero a bocajarro, que bajo a de-talles personales para ellos interesantísimos, pues les abre horizontes no  soñados, etc.

"'Lo del espíritu alegre no deja de ser aleccionador; pues resulta que me ahogan de vez en cuando tristezas y vivo días cuajados de amarguras interiores. Lo que hago es sobreponerme a todo ello, echarme en los brazos del Señor, dejar que el globo ruede vertiginosamente por los espacios, tararear y aguardar que pase el nubarrón.

"Como táctica procuro no escribir cuando estoy triste. Debo admitir, con todo, que por un día de tristeza tengo una semana de alegría, pues me estoy especializando en el arte de estrangular las tristezas y amarguras tan  pronto como asoman la oreja. Por eso, cuando me escriben: "¡Qué alegre es Vuestra Reverencia y qué socarrón!", yo respondo por lo bajo: "¡Compadre, amigo, sí tú supieras!"...

"...Voy notando que se me acaba la materia para mis artículos. Lo que  pasa es que, como el público no tiene la menor idea de cómo es esto, puedo continuar dándole vueltas por activa y por pasiva, siempre diciendo lo mismo, pero siempre con variantes para que se hagan la ilusión de que es nuevo lo que en realidad es más viejo que las encinas de los montes, y lo han oído ya cien veces, pero se les hace nuevo, sin que yo me pueda ex- plicar cómo sea así.

"Todos me escriben, que gozan mucho con mis crónicas y me animan a continuar. Bastante confuso por este choque de ideas, aparentemente con-tradictorias, obedezco maquinalmente y sigo escribiendo sobre esta Alaska, remota y silenciosa, donde parece que tres artículos debieran agotar la materia, pues no creo haya en el mundo país más monótono y dormido que éste..." 

Lo que hace el P. Llorente

Para terminar, vamos a recoger aquí las líneas que el P. Constantino Bayle, S. I., consagró al Padre Llorente con ocasión de la publicación del  primero de sus libros: «E N EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS», y que se aplican

 por igual a toda su producción literaria: 9

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"Nadie se imagina un misionero español en aquellas latitudes: un misionero castellano viejo, con la frescura de la juventud bullente, que escribe como hablaría en su pueblo en los soportales de la parroquia al   salir de la misa dominguera.

"Un jesuita que entre el temporal de nieves, empujando el trineo, va cantando peteneras, que, en las inmundas chozas de los esquimales, tiene humor para hacer patria y bautizar con el nombre de Millán Astray a un muchacho astroso, o se entretiene en las noches inacabables tocando el  acordeón.

"Pero, bajo la capa regocijante y juguetona, se trasluce el sacrificio espantoso del misionero en aquellas soledades de hielo eterno, hielo físico y moral: se palpa hasta dónde llega el heroísmo del apostolado en aquellos desiertos de nieve, sin ningún aliciente humano.

"El P. Llorente, casi sin proponérselo, con el correr espontáneo de la  pluma nos lo dice, difícil estrazar un cuadro más real y de bulto de lo que

es Alaska, su naturaleza y sus hombres, que el suyo.

"La misionología española, rica sobre todas las del mundo, carecía de narraciones de este carácter, porque nunca subieron tan arriba sus misioneros. El P. Llorente ha llenado el vacío".

Y con esto dejamos al lector que saboree las deliciosas páginas del abnegado misionero alaskeño que, como San Francisco Javier, no se des-deña de consagrar al apostolado de la pluma las horas de descanso entre sus  jornadas apostólicas, en afán impaciente de mantener contacto permanente con quienes, desde retaguardia, tienen los ojos y el corazón puestos en las avanzadas del ejército de primera línea de Cristo Rey.

Patrocinio de San José, 1948.

 R. G., S. I.

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El adiós a Kotzebue

Nuevo destino

Una de las definiciones que mejor le cuadra a la Compañía de Jesús es la que el mismo San Ignacio le dio en cierta ocasión, y es ésta: «Escuadrón de caballos ligeros siempre desplegados y listos para el ataque».

Estaba yo en Kotzebue dándome la gran vida y con la ilusión de  permanecer allí por lo menos unos 25 años, cuando un día de verano bajó de las nubes el aeroplano correo con una carta del señor Obispo de Alaska, en la cual se me mandaba disponer el baúl y las maletas y dirigirme a Nome, donde debía embarcarme para Akulurak.

Por lo visto Akulurak nunca había dado el visto bueno a mi escapada a Kotzebue tres años ha.

Las viejas del Yukón deseaban oírme imitar los sonidos eskimales, los viejos ansiaban volver a escuchar historias inverosímiles y cuentos tártaros; los chicos suspiraban por más capítulos del Quijote; las chicas no se hallaban sin el acordeón y las tonadas granadinas; las monjas amenazaban con huelga de brazos caídas si no les daba yo los Ejercicios de San Ignacio; los ajedrecistas querían romper lanzas cuanto antes con el Padre español y hasta les cachorros aullaban y gemían la ausencia del que les había tratado a cuerpo de rey en los dorados días de su infancia zalamera y gordinflona.

Y cada vez que el Sr. Obispo les visitaba, se reanudaban los lamentos, hasta que el Prelado se cansó y decidió cortar por lo sano nombrándome Superior del distrito de Akulurak. Así se hartarían hasta empalagarse.

Al leer la carta en mi cocina de Kotzebue me quedé de una pieza. No había más remedio que echar a volar y dejar el nido. Era por la tarde. Aquella noche, inútil es decirlo, no pude prender los ojos.

Raquel, la rústica

La primera en enterarse fue Raquel, la Vieja eskimal que anduvo y desanduvo todas las lomas del Polo Norte hasta que se estableció en Kotze- bue, donde tuve el honor de admitirla en el seno de la Iglesia.

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En los dos años de recepción de Sacramentos y vida católica práctica, Raquel llegó nada menos que a las cumbres nevadas de la Mística. Lo sé  porque he leído y releído a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz y pude

comparar lo que allí leí con lo que Raquel me contaba en la cocina.

Las ansias que tenía de comulgar eran tales que se despertaba a media noche y ya no podía conciliar el sueño. En su camastro destartalado se engolfaba en una unión con Dios que la abrasaba y la hacía respirar  aceleradamente.

Al oír la campana se echaba a la calle, aunque rugiese una tormenta fenomenal, y llegaba toda fatigada y tiritando de frío. Ya sabía: al entrar iba derecha a la estufa y se calentaba. Era éste un mandato expreso, pues de lo contrario se quedaba en un rincón para mortificarse ofreciendo a Dios el tembleque de miembros ateridos y el típico rechinar de dientes.

Durante la Misa llenaba de lágrimas por lo menos un pañuelo; algunos días llenaba dos. Como ella no tenía pañuelos y se los daba yo, me era fácil llevar la cuenta de los que llenaba.

Un día le amenacé con darle una toalla, y nos reímos cerca de media hora.

Poco después de recibir la Sagrada Comunión, no cabía dentro del cuerpo y tenía impulsos e ímpetus de levantarse y saltar, o por lo menos de moverse o hacer algo.

Aquella cara feísima y arrugada se revestía entonces de un brillo y una luz que inspiraban reverencia y un como temor sacrosanto o también algo así como veneración sagrada.

Acaecía con frecuencia que al conversar casualmente conmigo sobre temas religiosos, me contaba sus experiencias y se explayaba describiendo detalladamente los efectos de la gracia santificante, que si no lo hubiera estudiado yo en Teología me hubiera quedado en ayunas.

Cuando oyó hablar de monjas y de los votos religiosos, la pobre sufrió verdaderas torturas de espíritu defraudada, como ella decía, nacida y criada en el paganismo y dada en matrimonio sin haber oído hablar jamás de las vírgenes del Señor.

Cuando me oyó hablar de las Religiones donde las monjas, blancas como palomas, adoran a Jesucristo Sacramentado expuesto diariamente en sus altares, quedó como herida de muerte hasta el punto de amedrentarme seriamente. ¡Y que hubiera ella perdido todo eso!

Para cobrarse en alguna manera, nunca dejaba pasar un día sin hacer  12

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una visita larga al Sagrario de Kotzebue. Se arrodillaba junto al co-mulgatorio y se eternizaba en coloquios en eskimal purísimo con Jesucristo, que ciertamente entiende la lengua eskimal. Hablaba alto y yo la oía desde mi despacho dentro de casa.

Su marido, también católico, no entendía de misticismos y un día salió con la petenera de que no quería confesarse porque el Padre era un hombre con pantalones como otro cualquiera y solo Dios puede perdonar los  pecados. Los hombres no pueden perdonar pecados.

Raquel le rogó que fuera a la iglesia y se lo preguntara al Señor. Mientras él iba, ella oraba por él; y cuando el buen hombre entró en la Iglesia y con los ojos en el sagrario preguntó si yo podía perdonar los  pecados de la gente, oyó a la estatua del Sagrado Corazón decir en voz alta:

 —«Sí puede».

Con esa respuesta tan categórica ya no lo volvió a dudar y Raquel vino a mi cocina loca de contenta a comunicármelo.

Yo pasé el resto del día sumamente pensativo.

Un día difícil

Más pensativo me quedé otro día cuando Raquel me vino a preguntar  qué me había ocurrido el domingo durante la Misa.

Resultó que tuve dificultad en encender la estufa y encima me chamusqué los dedos. Luego tropecé no sé dónde y me di un trompazo no sé cómo. Además la noche anterior había dormido en una postura que me dio tortícolis. La borrasca de nieve metía los copos por la chimenea y tuve que habérmelas con no sé qué goteras. Todo en las dos horas que precedieron a la Misa.

Malhumorado y con cara por demás avinagrada comencé a celebrar  hecho un ovillo de quejas y líos.

Al empezar el sermón los nenes se pusieron pesadísimos lloriqueando y echando rabietas a cataratas; todo lo cual acabó de colmar la medida y sin género ninguno de duda, dejé traslucir al exterior el enojo que me consumía  por dentro.

Cuando luego me vino Raquel a pedir cuentas, ya empezaba yo a acusarme con toda sinceridad de mi falta de vencimiento; pero ella me cortó el vuelo para decirme con un aplomo desconcertante que, mientras  predicaba, salían de mi rostro oleadas de rayos de luz, etc., etc., y como

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 preguntase ella al Señor qué significaba aquello, oyó por respuesta que el  preguntase ella al Señor qué significaba aquello, oyó por respuesta que el Padre en el púlpito representaba a Dios y que todo lo que él dijese debía ser  Padre en el púlpito representaba a Dios y que todo lo que él dijese debía ser  recibido como dicho por boca del mismo Dios.

recibido como dicho por boca del mismo Dios.

Desde entonces Raquel está dispuesta a caminar leguas y más leguas a Desde entonces Raquel está dispuesta a caminar leguas y más leguas a trueque de oír un sermón. Yo me quedé con un pánico formidable. Mientras trueque de oír un sermón. Yo me quedé con un pánico formidable. Mientras yo estaba hecho una madeja de zozobras en mi interior, Dios se valía de mí yo estaba hecho una madeja de zozobras en mi interior, Dios se valía de mí como de un instrumento para labrar las almas a mí confiadas. Mientras yo como de un instrumento para labrar las almas a mí confiadas. Mientras yo amontonaba leña en el purgatorio, les ayudada a ellos a quitar de la suya. amontonaba leña en el purgatorio, les ayudada a ellos a quitar de la suya. Misterios dignos de ser ponderados, y que ya a San Pablo le atemorizaron Misterios dignos de ser ponderados, y que ya a San Pablo le atemorizaron cuando descubrió que era posible ayudar a otros a salvarse mientras uno cuando descubrió que era posible ayudar a otros a salvarse mientras uno mismo podía condenarse.

mismo podía condenarse.

Los eskimales y lo sobrenatural Los eskimales y lo sobrenatural

Y una borracha famosa de Kotzebue se convirtió a mejor vida porque Y una borracha famosa de Kotzebue se convirtió a mejor vida porque dice que, al volverse el Padre a decir 

dice que, al volverse el Padre a decir  Dominus vobiscum, Dominus vobiscum, no tenía rostro deno tenía rostro de hombre, sino de ángel, y que también ella quería tener rostro de ángel como hombre, sino de ángel, y que también ella quería tener rostro de ángel como aquél.

aquél.

El anciano obispo de Alaska está convencido de que Dios nuestro El anciano obispo de Alaska está convencido de que Dios nuestro Señor habla a esta gente sencilla con visiones, hablas audibles, Señor habla a esta gente sencilla con visiones, hablas audibles, representa-ciones y otras señales externas con las que les es fácil entender lo que nunca ciones y otras señales externas con las que les es fácil entender lo que nunca entenderían con explicaciones abstractas.

entenderían con explicaciones abstractas.

Para ellos todo es concreto: peces, renos, ballenas, el cuchillo, las Para ellos todo es concreto: peces, renos, ballenas, el cuchillo, las  botas, etc., y si Jesucristo está realmente en el sagrario, esperan con toda  botas, etc., y si Jesucristo está realmente en el sagrario, esperan con toda sencillez verle y oírle; y Jesucristo es tan bueno, tan humano y tan asequible sencillez verle y oírle; y Jesucristo es tan bueno, tan humano y tan asequible que se deja ver y oír y con eso se robustecen en la religión.

que se deja ver y oír y con eso se robustecen en la religión. Un

Una a mmujujer er vvio io al al dedemomoninio o didivverertitirsrse e a a lla a pupuererta ta de de la la igiglelesisiaa  protestante, y desde entonces se nos vino dispuesta a creer a carga cerrada  protestante, y desde entonces se nos vino dispuesta a creer a carga cerrada todo cuanto diga una religión cuya iglesia no tiene demonios tomando el todo cuanto diga una religión cuya iglesia no tiene demonios tomando el fresco a su puerta. Maravilloso.

fresco a su puerta. Maravilloso.

Las despedida Las despedida

Digo, pues, que, cuando le dije a Raquel que iba a embarcarme para Digo, pues, que, cuando le dije a Raquel que iba a embarcarme para Akulurak, se dejó caer en un banco y quedó unos cinco minutos como quien Akulurak, se dejó caer en un banco y quedó unos cinco minutos como quien ha sido herido por el rayo.

ha sido herido por el rayo.

Al volver en si confesó que temía perderse sin mi ayuda; pero yo la Al volver en si confesó que temía perderse sin mi ayuda; pero yo la

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conforté con la nueva de que dentro de un mes tendrían en Kotzebue al R. P. conforté con la nueva de que dentro de un mes tendrían en Kotzebue al R. P. Pablo Ocónnor, S. J., veterano misionero de las tundras alaskanas, muy Pablo Ocónnor, S. J., veterano misionero de las tundras alaskanas, muy amigo de los indígenas, gran teólogo, todo amabilidad, etc., etc., y que él amigo de los indígenas, gran teólogo, todo amabilidad, etc., etc., y que él continuaría mi obra con ventajas.

continuaría mi obra con ventajas.

Tanto ponderé la virtud de mi sucesor que Raquel se aquietó, y con Tanto ponderé la virtud de mi sucesor que Raquel se aquietó, y con eso respiré. Como yo era el único sacerdote que había tratado, se había eso respiré. Como yo era el único sacerdote que había tratado, se había ima-ginado en su ignorancia que los otros eran diferentes y que tal vez la irían a ginado en su ignorancia que los otros eran diferentes y que tal vez la irían a morder o algo así. En las lomas del Polo Norte ocurre todo lo ocurrible y morder o algo así. En las lomas del Polo Norte ocurre todo lo ocurrible y algunos ocurribles más.

algunos ocurribles más.

Mi gran amigo Luis Reich, el ballenero de 1896 y maestro de obras en Mi gran amigo Luis Reich, el ballenero de 1896 y maestro de obras en la construcción de la iglesia de Kotzebue; el gran bienhechor de todos los la construcción de la iglesia de Kotzebue; el gran bienhechor de todos los Padres y su mejor defensor en las tertulias animaloides de los blancos; mi Padres y su mejor defensor en las tertulias animaloides de los blancos; mi vecino Luis, que se enojaba si dejaba pasar dos días sin visitarle en su cama vecino Luis, que se enojaba si dejaba pasar dos días sin visitarle en su cama donde yacía con sola una pierna y con el aparato digestivo descompuesto, donde yacía con sola una pierna y con el aparato digestivo descompuesto, cuando me oyó decir que había recibido órdenes de salir para Akulurak, cuando me oyó decir que había recibido órdenes de salir para Akulurak, clavó en el techo una mirada alelada y luego reaccionó para asegurarme que clavó en el techo una mirada alelada y luego reaccionó para asegurarme que iba a morirse antes de que llegase el barco, pues quería que le enterrara yo y iba a morirse antes de que llegase el barco, pues quería que le enterrara yo y que rogase por él en mis misas cotidianas.

que rogase por él en mis misas cotidianas. Y como lo dijo lo hizo.

Y como lo dijo lo hizo.

Tres días antes de que arribase el barco, expiró en mis brazos, Tres días antes de que arribase el barco, expiró en mis brazos, habiéndome dejado en el testamento un abrigo de pieles que no hay más que habiéndome dejado en el testamento un abrigo de pieles que no hay más que  pedir. No deja de impresionar tener que enterrar a un amigo entrañable en  pedir. No deja de impresionar tener que enterrar a un amigo entrañable en

aquel remoto camposanto del Polo Norte. aquel remoto camposanto del Polo Norte.

Los últimos días todos me invitaban a comer o a cenar, incluso aquel Los últimos días todos me invitaban a comer o a cenar, incluso aquel famoso tabernero de antaño que ahora quería echar la casa por la ventana de famoso tabernero de antaño que ahora quería echar la casa por la ventana de gozo por verme partir de aquella población que él reputaba por coto suyo y gozo por verme partir de aquella población que él reputaba por coto suyo y de nadie más. Me guisó un banquetazo que todavía al pensar en él se me de nadie más. Me guisó un banquetazo que todavía al pensar en él se me hace la boca agua.

hace la boca agua.

 Nos reíamos como dos compadres de lo más campechanos, mientras  Nos reíamos como dos compadres de lo más campechanos, mientras  por dentro abrigábamos pensamientos totalmente diversos para que en la  por dentro abrigábamos pensamientos totalmente diversos para que en la

tragedia no faltase su dosis

tragedia no faltase su dosis de comedia.de comedia.

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II

II

Camino de Akulurak 

Camino de Akulurak 

Por fin llegó el día y tuve que consumir e Santísimo Sacramento. Por fin llegó el día y tuve que consumir e Santísimo Sacramento. Ko

Kotztzebebue ue ququededababa a temtempoporalralmementnte e sin sin mámás s guguardardas as quque e aqaqueuellllosos demonios que jugabais al truco a la puerta de

demonios que jugabais al truco a la puerta de la iglesia protestante.la iglesia protestante.

Hubo las despedidas de rúbrica y salté a la lancha que me había de Hubo las despedidas de rúbrica y salté a la lancha que me había de llevar al barco que flotaba mar adentro. Me dieron un camarote diminuto y llevar al barco que flotaba mar adentro. Me dieron un camarote diminuto y en él me acosté a devorar penas y pesares.

en él me acosté a devorar penas y pesares.

Siguieron varios días de navegación por aquellas bahías árticas con un Siguieron varios días de navegación por aquellas bahías árticas con un cielo plomizo y rebaños esporádicos de ballenas blancas que jugaban al cielo plomizo y rebaños esporádicos de ballenas blancas que jugaban al escondite sin parar mientes en la cer

escondite sin parar mientes en la cercanía de nuestro barquito mugidor.canía de nuestro barquito mugidor.

Cansado de posar los ojos en agua revuelta, en cielo pardusco y en Cansado de posar los ojos en agua revuelta, en cielo pardusco y en costas peladas, la emprendí con la maleta de libros que me envió del Japón costas peladas, la emprendí con la maleta de libros que me envió del Japón el R. P. Bizcarra, S. J., más otros libros españoles de diversos puntos de el R. P. Bizcarra, S. J., más otros libros españoles de diversos puntos de España.

España.

Allí me enteré detalladamente de cómo y por quién se hizo el CARA Allí me enteré detalladamente de cómo y por quién se hizo el CARA AL SOL; quiénes fueron Raimundo Ledesma, José Antonio, Onésimo AL SOL; quiénes fueron Raimundo Ledesma, José Antonio, Onésimo Re-dondo, Ruiz de Alda y otros «camisas viejas» del Movimiento; cómo vivían dondo, Ruiz de Alda y otros «camisas viejas» del Movimiento; cómo vivían en la Cárcel Modelo los fundadores de la Falange y cómo se escaparon en la Cárcel Modelo los fundadores de la Falange y cómo se escaparon Serrano Suñer y Raimundo Fernández Cuesta. Allí pude leer y saborear los Serrano Suñer y Raimundo Fernández Cuesta. Allí pude leer y saborear los discursos del Caudillo, los de Suñer, los del camarada. Raimundo y los de discursos del Caudillo, los de Suñer, los del camarada. Raimundo y los de Pemán.

Pemán.

Estos libros los llevó al

Estos libros los llevó al Japón el general Castro Girona y no paJapón el general Castro Girona y no pararon deraron de rodar hasta que llegaron ufanos y alegres a mis manos en las lomas del Polo rodar hasta que llegaron ufanos y alegres a mis manos en las lomas del Polo  Norte, frente a Siberia y el Japón.

 Norte, frente a Siberia y el Japón.

«Carlos María» «Carlos María»

También me solacé con la lectura de la biografía del marino y aviador  También me solacé con la lectura de la biografía del marino y aviador  Carlos María Rey Stolle Pedrosa, escrita por

Carlos María Rey Stolle Pedrosa, escrita por su su hermanhermano el o el publipublicista Adrocista Adro 16

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Xavier.

En los primeros años de mi vida religiosa me familiaricé con las vidas de centenares de varones espirituales e ilustres, escritas por varones asimis-mo espirituales, que cometieron el error de pintar únicamente el lado espiritual, dejándonos por el mero hecho desconsolados al pretender  querernos equiparar a ellos y descubrir que todos nacieron, vivieron y murieron en estado de gracia sin haberse impacientado jamás, sin haberse distraído en la meditación, sin haber faltado a la caridad ni por pienso y, como vulgarmente se dice, sin haber roto un plato.

¡Vaya que los rompieron! Pero sus biógrafos lo callan. Por eso las figuras resultan imperfectas. El buen pintor pone sombras en el cuadro, y esas sombras mezcladas con los celajes de luces y colores bellos producen un todo perfecto y acabado; porque solo Jesucristo pudo encararse con sus  propios enemigos y retarlos a que adujeran un solo pecado suyo.

Adro Xavier nos pinta con mano maestra la figura acabada y perfecta de su hermano soldado de Franco, soldado que gustaba de piropeos y que así llevaba el palio en una procesión o ayudaba a Misa como partía en dos de un cañonazo al «Almirante Ferrándiz» en las aguas del Estrecho.

Joven admirable, querido de jefes y compañeros, condecorado por su   bravura en la captura del «Mar Cantábrico», teniente aviador pulcro y esforzado, que mereció formar parte en la celebrada «cadena» que pulverizó las trincheras del Ebro y otros frentes, galanteador de pro que no bailaba aunque sabía hacerlo muy bien, siempre en busca de una mujer que pudiese satisfacer sus ansias de felicidad espiritual y humana, joven de Comunión diaria y que poco antes de morir en un accidente de aeroplano pudo escribir  en sus apuntes secretos que no tenía conciencia de haber cometido jamás un solo pecado mortal.

La vida de Carlos María, marino y aviador, debiera ,ser leída por todos los jóvenes, y la biblioteca que no haya pedido un ejemplar —o varios— es y será una biblioteca manca y perniquebrada.

A bordo del «Meteoro»

Con estas lecturas sanas servidas en un español impecable crucé  bahías y más bahías en aquel vaporcito correo por nombre «El Meteoro»,

hasta que una mañana lloviznosa amanecimos en el puerto de Nome.

Dije Misa en la iglesia grande, que allí tenemos, y tuve oportunidad de 17

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visitar a varios amigos y conversar pausadamente hasta que «EI Meteoro» me avisó que estaba a punto de salir para San Miguel.

En esta travesía no me fue tan bien como me fue hasta Nome. Se levantó una tormenta regular y me mareé bastante. ¡Qué ironías tiene la vida!

Al cabo de tres años de cocinar en Kotzebue, harto de pelar patatas y echar sal en las alubias, me encontré con que el cocinero de «EI Meteoro» era de lo mejor que he visto y gustado. Nos hicimos amigos el primer día y hasta ayudé a fregar las ollas y platos. Él me lo remuneraba guardándome los bocados más exquisitos y visitándome cien veces en mi camarote para llevarme todo género de golosinas.

Ahora, con el dichoso mareo, tuve que someterme a una dieta rigurosa de ayuno y abstinencia.

Una tormenta en el Golfo

El tufillo de la cocina incluso empeoraba la situación.

Cerró la noche al salir del puerto de Gólovin, al Sur de Nome, y el capitán creyó que la tormenta no era peor que otras bandeadas con éxito; por  eso decidió lanzarse a cruzar el golfo en línea recta hasta San Miguel.

Fue aquella la peor noche que pasé desde que nací. Me acordé del  profeta Elías cuando pidió la muerte que viniese ya, pues no vacía la vida la  pena de vivirse.

El infame «Meteoro» se balanceaba como cascara de nuez en alta mar. Fue tal el zarandeo que llevé en aquel camastro estrecho y oscuro, que me  pareció entonces más humano y tolerable hundirme de una vez y poner fin

al tormento.

Sin embargo, cuando una racha de viento enfilaba una ola contra el casco y el barco se sepultaba unos segundos en la espuma, deseaba salir a flote y seguir tirando aunque fuese con las entrañas hechas picadillo.

Al filo de la media noche la situación empeoró notablemente. El agua se nos metía por todas partes impelida por el huracán, y «El Meteoro» era un columpio en actividad. No tuve más remedio que agarrarme bien a los muelles de la cama y sobrellevar el zarandeo.

Hubo momentos difíciles. No quedó en su sitio ningún objeto movible. El ruido de cacerolas lanzadas contra las paredes era por demás deprimente.

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Por fin, me llegué a convencer de que el barco se hundiría de un momento para otro, y en aquella oscuridad apretada e infernal comencé a fi-losofar sobre los vaivenes de la vida.

Dejar a España y venir al fin del mundo para morir ahora en las aguas salobres de este golfo desconocido, ahogado como una rata en una ratonera, lo mismo que las ahogaban en mi pueblo en las ratoneras de alambre, donde las pobres forcejeaban ferozmente hasta que se ahogaban y se convertían en  basura.

Desde entonces «El Meteoro» se llamó «La Ratonera».

Recé varios actos de contrición y ofrecí una Misa en acción de gracias si «La Ratonera» se salvaba del naufragio y me salvaba.

En San Miguel

A las nueve de la mañana entrábamos triunfantes en la bahía rasa y  pacífica de San Miguel. Al saltar a tierra, creí que estábamos sufriendo un terremoto. Los pies me fallaban y la cabeza lo veía todo doblado y tresdoblado, y cuando me senté en una silla me pareció qué soñaba.

Dos rapaces me ayudaron a llevar las maletas a la casa de la Misión limpia y aseada. El Misionero del distrito, el belga P. Lonneux, estaba ausente.

Al poco de tomar posesión comenzaron a llegar cristianos. No sé cómo se esparció el rumor de que yo era el Obispo, y así me lo preguntaron a que-marropa:

 —Pero, vamos a ver —les dije—, ¿tengo yo cara y facha de Obispo? Y efectivamente, con sólo mirarme de arriba abajo, se convencieron de que no, que era imposible que yo lo fuera.

Los cristianos seguían viniendo.

Entre ellos había varios ex alumnos de Akulurak que habían estado  bajo mi férula cuatro años hacía y que acababan de dejar la escuela. ¡Qué

crecidos estaban! Y ellas ¡qué desarrolladas!

Allí me enteraron de Fulano, Zutano y Mengano, hasta que pasamos revista a todos los habitantes del distrito.

Se me partió el corazón al oír tantas muertes, tanta gente ahogada, tantas viudas, tantos enfermos y tanta necesidad. Se me inundó de gozo el alma al oír otras noticias más consoladoras, que de todo tiene que haber en

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la viña del Señor.

La lengua de aquí era la lengua misma de Akulurak, distinta de Kotzebue, y me era grato volver a oír sonidos amigos, los mismos sonidos con que tuve que batallar a mi primera llegada al país de los eternos hielos.

San Miguel está en una isla vastísima separada del continente por un canal natural, que juraría uno ser artificial por la proporción simétrica de sus márgenes a lo largo de kilómetros y más kilómetros.

En los buenos días de 1900 y hasta 1915, San Miguel llegó a tener  12.000 habitantes. En la actualidad no creo que pasen de 150.

Da lástima ver tantos edificios abandonados, tanta madera que se  pudre, tantos vapores fluviales en ruinas sobre el barro arenoso ele la costa, tanta desolación y la convicción íntima de que aquello no volverá a resucitar.

Allí está, viniéndose a tierra, la iglesia rusa ortodoxa del tiempo de los Zares, remedo acabado de las catedrales que aún se ven en las fotos de Moscú y otras ciudades de la Rusia soviética.

Fue un tiempo sede episcopal y centro misionero muy activo en la desembocadura del Yukon. Hoy es un fósil. Ni siquiera quedan ortodoxos. El célebre P. Sifton, de grata memoria, entró a saco la población, y hoy son todos católicos.

Tuve confesiones por la tarde y al día siguiente tuvimos una Misa de Comunión muy devota. Durante el día estuvo la cocina llena de visitantes que me entretuvieron amenísimamente. Permanecí con ellos tres días. Tres días de paz octaviana en un ambiente de amistad y comprensión mutuas.

Esta gente es católica. Estos son de los nuestros. Kotzebue no lo es más que a medias o a terceras partes, y el cambio se nota en seguida. Esta gente tiene fe y la práctica. Benditos sean.

Camino de Hámilton

Dejé a San Miguel en el «Mildred», vaporcito muy mono que iba con un cargamento de madera para Hamilton, exactamente el término de viaje por el gran Yukón. •

Fueron dos días placenteros doblando cabos con nombres rusos terminados en off , y subiendo río arriba contra la majestuosa corriente que formaba remolinos por todas partes Como para indicarnos la profundidad de las aguas.

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Acá y allá en las orillas se veían campamentos de pescadores que oreaban el salmón recién cogido y cortado. Cada campamento nos recibía con la consabida música canina indispensable en el país de los eternos hielos.

Llegamos a Hamilton. Me instalé en la casa e iglesia del P. Lonneux. También aquí vino a recibir los Sacramentos la población en masa. Éramos todos gente conocida de antiguo.

A los pocos días de espera, llegó por mí el Hermano Feltes, famoso aviador de nuestro aeroplano que tuvo la suerte de no estar en él, cuando cayó y se estrelló en el aeródromo de Kotzebue en octubre de 1930.

Impresiones gratas

Ahora comenzaron las impresiones. El antiguo barco del H. Murphy acababa de ser sustituido por otro casi el doble de grande, modernísimo, con un motor que zumba lo mismo que el de un aeroplano, y que fue bautizado con el evocador nombre de «El Sifton».

Fue un apretón de manos por demás efusivo el que nos dimos el Hermano y yo.

Después de trece meses sin ser visitado por ningún Jesuita, al verme ahora en aquel hermoso barco, que por el mero hecho quedaba bajo mi custodia y responsabilidad, al oír al Hermano llamarme P. Superior con la gorra reverentemente cogida en las manos encallecidas de trabajar en Akularak, y al enterarme de que me estaban esperando todos impacientísimos se me dilató el corazón y se me anublaron las pupilas y creí que despertaba de un profundísimo sueño.

Venían con el Hermano dos rapaces grandecitos que cuatro años antes había dejado yo pequeñucos y poco menos que inútiles.

Había en el almacén de Hamilton una caja de naranjas con unas 16 docenas; sólo una caja. Pregunté al Hermano con una mueca socarrona si tenían naranjas en Akulurak y me respondió con unos ojazos muy abiertos:

 —¿Naranjas? ¿Qué son naranjas? ¿Esas cosas redondas y amarillentas que se comen? No, Padre, es fruta prohibida.

Le respondí que no había tales prohibiciones, que íbamos a echar la casa por la ventana consumiendo todas y cada una de las naranjas contenidas en aquel cajón.

Y así fue.

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Hay que hacer algo gordo, siquiera una vez en la vida. Cualquier  valenciano hubiera hecho otro tanto y tal vez más. Y lo que son las cosas: cuando el almacenista se enteró de que pensaba yo celebrar mi entrada en Akulurak con aquella caja de naranjas, me la regaló.

Al buen señor (que es ateo) le aseguré, dándole palmadas en los hombros, que, por aquel acto de generosidad, Dios le va a convertir a Sí un día de éstos y le va a preparar un trono elevadísimo en el cielo.

 Nos reíamos a carcajadas: él muy dudoso, y yo muy confiado.

Como en agosto no hay aquí noche propiamente dicha, salimos de Hamilton a las seis de la tarde.

Acercándome a Akulurak

Amanecimos en Kwigyk, donde se reunieron 40 personas para la Misa, que fue precedida de un sermoncito nada corto, pues aquella aldea, hacía mucho tiempo que no habla sido visitada.

De allí nos dirigimos a otra aldea próxima donde también tuvimos una reunión muy consoladora.

La «quinta columna» espiritual (si vale la frase) me informó que Jorge y su mujer estaban separados y que habían puesto a los hijos pequeños en Akulurak.

Dos errores que había que subsanar inmediatamente, pues, si los niños son muy pequeños, resultan un estorbo que hay que evitar a toda costa a no ser en casos de absoluta orfandad.

La reunión con Jorge y su costilla duró casi dos horas. Aquella eskimala tenía un genio endemoniado y no había modo de meterla en vereda. Jorge era bonachón y deseaba a toda costa hacer las paces, pero ella seguía refunfuñando y ladrando con ojos de culebra pisada en la cola.

Todas mis sonrisas, toda mi amabilidad, toda mi campechanería fracasaron rotundamente hasta que cambié de tono y me puse hecho una verdadera furia con muchos puñetazos en una mena destartalada y mucho cocear el suelo con ademanes pavorosos.

Esto dio un resultado colosal. La buena señora amainó velas y quedó   blanda como cera. En menos que se tarda en decirlo se miraron

comprensivos e hicieron las paces.

 No bastaba eso. Yo mismo los llevaría en «El Sifton» a la Misión de 22

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Akulurak para que volviesen a casa con los nenes.

El paseo en aquel barco tan nuevecito les pareció de primera. Subieron a bordo y quedaron hechas las paces.

Los dos rapaces de Pugumuvik

A corta distancia estaba la aldea de Pugumuvik, católica toda ella.

Otra visita que pudiéramos llamar apostólica y el encuentro con dos huérfanos, mantenidos por el abuelo, ya bastante anciano. Aquellos niños iban a ser míos en adelante.

El abuelo, encantado; pero cuando los chicos de 9 y 10 años, respectivamente, oyeron que me los iba a llevar, se metieron debajo del camastro y gritaban como si los fuéramos a desollar. Costó un triunfo sacarlos de aquella madriguera.

Cuando les tuvimos en el medio de la choza el Hermano agarró a uno y yo agarré al otro. N molieron a patadas las canillas, pero logramos arrastrarlos hasta el barco.

La abuela, muy anciana la pobre, me rogó que los atara, no fuera que se tiraran al agua. Lo decía llorando de pena y de gozo; de pena, al oírlos llorar tan rabiosamente; de gozo, al pensar en lo bien que les iba a ir en Akulurak. No fue menester atarlos, aunque si los vigilamos por si acaso.

 No sabían cómo se llamaban, cosa que no nos extrañó. Se llamaban lo que se llaman todos la eskimales, Usok, que quiere decir: oye, tú.

Los pobrecitos estaban hechos una miseria, descalzos, rotos, sucios,  piojosos, y ahora con los ojos hinchados por el llanto.

Cuando estábamos en plena marcha les guisamos una buena comida con carne y patatas, pan, mantequilla y té con azúcar. Creían que era para nosotros. Cuando les mandamos sentarse y comer, se miraron atónitos y no acababan de entender.

Por fin, embistieron con los platos, y el mayor, al tomar el primer   bocado, dijo en eskimal una frase que en español, pudiera traducirse pos: — 

Atiza, chico, ¡qué rico está esto!

El pequeño se animó con eso y los dos se dieron el gran banquete. Arrebañaron los platos con visible gusto y luego comenzaron a deponer su actitud hostil y a familiarizarse con nosotros. Es imposible odiar a nadie después de una suculenta comida. Todo se puede temer de un hombre

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hambriento. Los yankis dicen que la barrera entre el hombre y el tigre son tres comidas. No sé si dicen verdad o no; me limito a citarlos.

 Nosotros llamamos a los rapaces de Pugumuvik Pedro y Pablo, y con ello se quedaron hasta el día de hoy.

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III

Toma de posesión

Hicimos otras visitas a aldeas circunvecinas, donde no ocurrió incidente alguno, y luego viramos en dirección a Akulurak, adonde llegamos ya muy atardecido.

Desde lejos pudimos divisar los edificios con toda claridad, y a medida que nos acercábamos se iban perfilando los detalles, hasta que distinguimos la gente esperándonos a la orilla del río: las monjas, las chicas, el P. O'Connor, los rapaces y la gente de la aldea.

Fue una recepción muy cordial y efusiva. ¡Tantas caras conocidas y tantas caras nuevas!

El P. O'Connor me puso al tanto de los negocios en una charla muy animada hasta mucho después de medianoche, y al día siguiente me escuchó  por espacio de cuatro horas sobre el estado de cosas en Kotzebue, adonde

acababa él de ser destinado.

Dos días más de toma acelerada de posesión y el buen Padre salió de Akulurak, camino de las lomas del Polo Norte. Dos operaciones de hernia le habían dejado paliducho y muy debilitado, y se creyó que la vida pacífica y   patriarcal de Kotzebue le habría de restablecer la salud perdida, como   probabilísimamente acontecerá; pues allí no hay viajes en trineo ni en vapores, y en cambio hay una casa perfectamente acondicionada para los rigores del clima con buenas estufas, buena cama, mucho silencio, mucha  paz y dos almacenes bien repletos que venden de todo. Se fue el Padre

O’Connor.

También fue destinado a Holy Cross el Hermano Feltes.

Los tres Hermanos destinados a Akulurak estaban a 500 kilómetros y sin esperanzas de llegar en una buena temporada.

Tuve que cargar con todos los negocios y de la noche a la mañana me vi hundido hasta la orejas. Las cinco horas que lograba destinar al sueño me dejaban con unos ojos cargados y enrojecidos. Todo el día en pie y de la Ceca a la Meca

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En la nueva faena

El invierno se nos venía a uña de caballo y había que prepararse para recibirlo; es decir, había que retocar los edificios, las estufas, las chimeneas, la indumentaria, la perrera, etc., etc.

Los trabajadores que nos habían ayudado a pescar el salmón, venían continuamente por harina, manteca, té, café, pantalones, gorras, etc., y me traían todo el santo día como burro de noria

Llegó el correo con un fajo preciosísimo de cartas que, unidas a las que tenía sin contestar, formaron una pirámide más pequeña que las famosas de Egipto, pero pirámide.

Para colmo de males aquél era el último correo de la estación, o sea, que no había de haber correo a fines de Septiembre, ni en Octubre, ni hasta fines de Noviembre. ¡Y mis corresponsales esperando impacientes siquiera dos líneas! ¡Si pudiera yo hablar con cada uno de ellos por teléfono siquiera cinco minutos! Pero no; no había más solución que tener paciencia y dejar  que viniesen días y pasasen días.

Entonces discurrí escribir una tarjeta como respuesta a cada una de las cartas, y pronto pude ver un fajo descomunal de tarjetas que habían de echar  a volar por esos mundos y que habían de refrescar memorias si no satisfacer  curiosidades.

Recuerdo que una mañana vino una madre con un niño tan enfermo, que se murió a las pocas horas de llegar. Hubo que arreglar los funerales, el ataúd, la poza, etc.

Por la tarde, dos novios fueron instruidos y a la mañana siguiente, en Misa, se casaron como Dios manda.

Después del desayuno, se ahogó en nuestra aldea una moza de 22 años.

Ese mismo día tuve que organizar las mesnadas de trabajadores que hablan de emplear un mes en hacer todo género de mejoras en la aldea,  pagados por el Gobierno, pero bajo mi dirección. ¡Cuántas horas robadas a ocupaciones que yo creía imprescindibles! Porque todo el mes de Septiembre tuve que dedicar varias horas diarias a las dichosas obras.

¿Cómo escribir cartas? ¿Cómo escribir un articulejo (o varios) para el simpático SIGLO DE LAS MISIONES? ¡Paciencia y amanecerá!

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Un rato en la perrera

En un rato desocupado fui a la perrera a saludar a mis carísimos cachorros. Ya no había tales cachorros.

Aquellos cuatro cachorros de raza superior, que habían quedado llorando cuando yo salí de Akulurak en 1937, son ahora verdaderos mastodontes que me miraron con el entrecejo fruncido como diciendo para sus adentros:

 —¿Quién será este pájaro?

Los miré enternecido y les dije en español que su fama se había extendido por todo el mundo y que eran tan conocidos como el bigote de Stalin

A propósito; de los 15 perros crecidos hay un grupo con nombres de  jefes de Estado o de políticos de actualidad.

 No sé quién tendría la ocurrencia, si el Padre O'Connor o el H. Feltes. Y el chiste está en que ninguno de esos es el delantero. El delantero se llama Nabo, y el que le sustituye a ratos se llama Jazmín, nombre poético si loa hay.

Protesté contra el nombre de Nabo y quise cambiarle, pero los rapaces me aseguraron que ya en tarde, y que no atendería. Nabo en inglés es turnip;  pero para mi mentalidad española turnip es nabo, y yo nunca pude tragar un

nabo sin que me acometieran bascas violentas.

La cocina de Akulurak

Una de las ventajas incomparables que tiene el vivir en Akulurak, es que no tiene uno que cocinar. Se acabó para mí el pelar patatas, el llorar  cortando cebollas, el echar sal a ojo de buen cubero, el freír chuletas de reno y (sobre todo) el fregar platos.

La cocinera de Akulurak, Sor Catalina, de 65 años, pero ágil y valiente como si tuviera 35, es una cocinera de profesión y me trata estupendamente. Todo se vuelve preguntarme si me gusté esto y aquello, si prefiero esto a lo de más allá, si me sentará mejor de esta o de la otra manera.

Yo respondo que un hueso me basta y me sobra; que en Kotzebue me acostumbré a ir a la cama sin cenar; que pan y queso con un vaso de agua es suficiente para un misionero mortificado, y que mientras más cochifritos

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tengamos acá en la tierra, más chamuscones tendremos en el purgatorio.

La pobre monja replica con ademanes y frases de dolor: que si el mucho trabajo, que si la color, que si esto y que si lo otro, y el resultado es una mesa limpia y bien repuesta aquí en las lomas del Polo Norte.

Vaya todo por las comidas de Kotzebue, cuando por pura haraganería llamaba comida o cena a un cacho de pan con queso y unas pasas.

Una visita al cementerio

Ya no tenemos de cocinero al H. Kio, de buena memoria. Se nos fue al cielo a los 70 años de edad y 50 de vida religiosa. El alma voló al cielo; pero el cuerpo quedó aquí entre nosotros, a cien pasos de la iglesia.

Al atardecer se me fortalece el espíritu cuando doy una vuelta por el cementerio, rezando el rosario, y leo en las cruces tantos nombres que para mí son como de familia.

Uno tras otro, todos van a parar al altozano, y las hileras van siendo cada vez más largas y tupidas; cruces iguales y blancas con nombres negros y guarismos subrayados. Ya tenemos dos Padres y un Hermano.

Las monjas no tienen a nadie. Son más listas; cuando una envejece o da señales de terminar la carrera, un telegrama da con ella en los Estados Unidos, donde muere en una cama blanda rodeada de médicos y monjas y suspiros y oraciones.

 Nosotros, los misioneros, morimos con las botas puestas y el abrigo de   pieles bien abotonado, y esperamos la resurrección de los muertos

incorruptos en este subsuelo congelado, reliquia de glaciares prehistóricos que ahora están cubiertos de musgo y forman la celebérrima tundra alaskana.

El hielo del nuevo invierno

A fines de Octubre comenzó a nevar y los charcos se congelaron una mañana de temperatura bajísima. Luego les llegó el turno a los lagos, y por  fin el mismo río tuvo que ceder ante tanto frío, y abrigarse con una capa gruesa de hielo que le convierte en una pista ideal para trineos.

Aquí, en casa, formamos dos trineos de siete perros cada uno. Por las tardes los sacamos a entrenarse y a desperezarse del largo verano en que han holgazaneado soberanamente.

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Las primeras semanas sudan mucho y jadean que da lástima verlos;  pero poco a poco cambian el pelo corto por otro más lanudo que les abriga  bien y enseguida se hacen al trabajo.

Salen disparados como balas, pero vuelven con una cuarta de lengua, tambaleándose e implorando misericordia. Se les da de comer un salmón; luego se les da de beber y pasan la noche de un tirón, bonachones e inocentes.

Al día siguiente, con las fuerzas debidamente reparadas, ladran y forcejean con ruido infernal, pidiendo a coro salir a dar otra vuelta por la   planicie repleta de maleza, medio sepultada en la nieve. Es una vida

famosísima ésta de Akulurak,

Los niños de las escuelas

Las escuelas funcionan maravillosamente. Tenemos 100 huérfanos; niñas la mayoría, porque los niños valen para el trabajo mucho antes que las niñas, y nunca falta un primo o un abuelo o un pariente lejano que adopta con gusto al rapaz desamparado, con la esperanza de ponerle a partir leña a los siete años y de hacerle visitar las trampas del bosque a los diez.

Estos niños son por demás dóciles y manejables. Aprenden en nuestra escuela lo suficiente para leer y escribir con holgura y manejan la tabla de dividir, que es a lo sumo a que llegan en matemáticas, por la sencilla razón de que no necesitan más para el consumo diario en su vida patriarcal por las lomas del Polo Norte.

Visten limpios y aseados; cortan leña, acarrean agua en cubos a  propósito, juegan, corren, comen tres veces al día, duermen nueve horas y se les ve crecer y desarrollarse. Los domingos vamos de caza, con mucha gritería, y volvemos con una carga respetable de conejos.

Las niñas visten de uniforme en la iglesia, donde cantan con verdadero  primor. Son todas muy chatas, con unas carotas muy aplastadas o redondas,  pero muy sandungueras.

Hemos vuelto a las andadas del acordeón y los cuentos de duendes. En las noches tenebrosas de invierno, mientras el viento azota inclemente las paredes, nosotros nos divertimos adentro junto a la estufa, escuchando vidas de Santos corregidas y aumentadas por mí mismo, cantando himnos de todos los matices al compás marcial del acordeón, oyendo cuentos famosos, y, en fin, entreteniéndonos inocentemente mientras

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el globo terráqueo sigue rodando por los espacios interplanetarios.

Tengo la convicción de que Akulurak es un semillero de plantas que Dios cultiva con mano paternal y que luego trasplanta a los jardines del cielo para recrearse con el aroma de sus flores y el sabor placentero de sus frutos. No me imagino a esta tundra vastísima sin la influencia bienhechora de Akulurak, y se me ponen de punta los pelos al pensar lo que sería esta gente sin el sagrario de Akulurak.

Y creo que con esto basta de generalidades sobre este distrito simpático. Otro día, si Dios quiere, descenderemos a detalles y se los comunicaremos gustosos a nuestros muchos amigos de España y ultramar.

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IV

Diez preguntas

El Rdo. P. Antonio Irala, S. J., bien conocido de todos los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES me escribe rogándome le responda a once

pre-guntas que se le ocurrieron un día mientras viajaba en el tren por las llanuras soleadas de Castilla.

Voy a ser sincero y voy a responderlas tal y como las respondería en el lecho de muerte que es donde todo el mundo es (o debe ser) sincero y sin doblez.

I.ª ¿Qué es lo que más le consuela en su labor  misionera?

R ESPUESTA.— Pensar que estoy haciendo la voluntad de Dios, y no

como quiera, sino de modo tan singular y providencial; porque haber nacido en un pueblo de León; haber sobrevivido castigos de profesores e inspectores de muchacho; haber sido admitido en la Compañía de Jesús; haberme ordenado de sacerdote con los yankis; haber sido enviado a las lomas del Polo Norte a extender el Reinado de Jesucristo en un ambiente tan extraño, y que me guste tanto esto aunque soy el único Misionero español en esta región del fin del mundo... y esto y otras cosas que no hay para qué enumerar, indican claramente que Dios nuestro Señor me quiso para aquí y que aquí es donde debo vivir entregado en cuerpo y alma a la labor  misionera. Este pensamiento es lo que más me consuela en mi vida de misionero.

2.ª ¿Cuál es su mayor pena?

R ESPUESTA.— Mi mayor pena es mi impotencia para deshacer lo que

hacen los blancos. Ya he descrito en diversas ocasiones la labor desmorali-zadora de estos blancos aventureros que no tienen más Dios que el oro y el vientre y con su ejemplo estropean a los indígenas.

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Ellos son los que han introducido el lado malo de la civilización, como el divorcio, el aborto, el aguardiente, la indiferencia en materias religiosas, el lujo necio y el juego, todo lo cual echa por tierra otros beneficios de la civilización, como las escopetas, los motores de gasolina, las botas de goma hasta la cintura, las estufas y la madera aserrada. El misionero forzosamente tiende a deplorar lo primero y a pasar por alto lo segundo.

3.ª ¿Cuál es su principal anhelo?

R ESPUESTA.— Poder predicar en lengua eskimal con la misma facilidad

con que lo hago en inglés o lo haría en español. Los Misioneros de Alaska venimos con el pecado original de no poder aprender la lengua lo suficientemente bien para predicar con holgura sin la ayuda de un indígena experto.

En primer lugar, el inglés lo va invadiendo todo con tantas escuelas y tantos aventureros yankis, y sale uno del paso con esa lengua; y en segundo lugar, como no hay lengua eskimal escrita, su aprendizaje queda confinado exclusivamente a la práctica diaria que es muy escasa por la intromisión forzosa y continua del inglés.

Una cosa es entender y chapurrear el eskimal, y otra muy distinta levantarse delante de un auditorio y dispararles un sermonazo sin zozobras, mugidos ni titubeos. Dentro de 25 años no creo que sea menester aprender el eskimal, pues va desapareciendo visiblemente.

4.ª ¿Cuál es el proyecto que acaricia con más cariño?

R ESPUESTA.— Levantar un edificio nuevo en Akulurak con cimientos

de maderos clavados 10 m. en el suelo eternamente congelado para que no se nos ladee como el que ahora tenemos que está todo él doblado y retorcido y saca todas las puertas y ventanas fuera de sus quicios.

Y una vez, que tengamos ese edificio hecho a prueba de derretimientos   periféricos estivales, instalar una pesquera a estilo moderno que nos dé

10.000 cajas grandes de salmón con un rendimiento neto de 6.000 dólares con los cuales nos podemos reír de todas las crisis y depresiones mundiales y podemos dejar en paz a los amigos y bienhechores que con sus pobres ahorros nos están manteniendo en este rincón del fin del mundo.

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Las obras empiezan a ser planeadas, y, si una energía sabia y prudente secunda esos planes, una mañana se levanta uno y se encuentra con la obra terminada. Con la parte económica mejorada, la parte espiritual debería ser  reforzada considerablemente; que ése es al fin y al cabo la razón de nuestra  presencia en el país de los eternos hielos.

5.ª ¿Cuál es la conversión que más le ha consolado?

R ESPUESTA.— Contesto sin vacilar que la conversión de Raquel

Manguyak en Kotzebue es la que me ha hecho la vida más risueña aquí en las lomas del Polo Norte. Que la que ayer fue pagana, hoy sea mística, es un salto que deja tamañito al de nuestro famoso Alvarado. Raquel Manguyak, eskimala purísima, es hoy un alma favorecida do Dios de modo extraordinario. Ya he hablado de ella en otras crónicas que, si no han visto la luz pública, esperamos la verán pronto.

6.ª ¿Cuál ha sido el día más feliz en su vida de Misionero?

R ESPUESTA.— Si mi madre estuviera ya en cielo, responderla a esta

 pregunta sin que me temblara el pulso; pero como no tengo noticia de que Dios la haya llevado aún, lo hago con mucha carraspeos, muchos meneos de cabeza y latidos muy acelerados del corazón. Es un secreto para los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES; pero allí va.

En cierto día de cierto año, cuando los lagos y ríos acababan de congelarse y solidificarse razonablemente bien, sacamos nuestros dos trineos por la tundra nevada y nos dimos el gran paseo. Se trataba de examinar la índole de los perros nuevos, estudiar sus cualidades, sus tretas y sus zorrerías y luego clasificarlos en los tres grupos de A, B y C.

Es ése un trabajo preliminar indispensable para la formación de un trineo modelo que lleva a uno en volandas como quien dice.

Acabábamos de comer. Dos rapaces manejaban el trineo que seguía al que conducíamos Elías y yo. Elías era un chico muy hábil de unos 14 años.

Llegamos a unos matorrales que circundaban un lago inmenso, helado todo él y plano como palma de la mano. Exploramos el hielo y lo hallamos firme. Nos echamos por la orilla y cubrimos una distancia enorme a carrera

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tendida. Elías estaba sentado en medio del trineo, vuelto hacia mí y los dos reíamos como embriagados por aquel placer inesperado. El trineo que nos seguía, estaba a sólo 20 metros. Yo llevaba las manillas de nuestro artefacto. Aquellos dos trineos parecían dos aeroplanos a toda marcha.

De repente, ¡plas! el hielo se resquebrajó. Mi trineo se hundió en los abismos. Elías se agarró a la maroma de tiro de los perros. Cuatro canes, los más próximos al trineo, se hundieron hasta las oreja. Lo único que yo pude ver de Elías, fue la gorra que le tapaba orejas y cuello.

Los perros que aún estaban en hielo firme, no podían tirar porque, al querer hincar las uñas, se resbalaban y caían de bruces. Elías y los cuatro  perros desgraciados forcejeaban inútilmente con el agua hasta el cuello.

Yo, al hundírseme el aparato debajo de mis narices, me encaramé sobre él, pero se hundió tan profundo que me vi dentro del agua hasta la   boca. En traje de baño y en agua tibia hubiera yo dado una distancia

razonablemente larga, pero aquí, vestido de pieles y con botas hasta la rodilla, veinte minutos después de comer, con bloques de hielo alrededor de mí como si fueran avispas tras una cucharada de miel... la situación cambiaba notablemente.

Digo, pues, que floté unos instantes y avancé hasta los filos del hielo firme; extendí los brazos y el pecho sobre el hielo y, al querer levantarme, se hundió aquel bloque y volvimos al agua a flotar, a avanzar, a extender los  brazos y el pecho sobre los nuevos filos del hielo aparentemente firme.

Vuelta a resquebrajarse éste, y vuelta al agua, a flotar, avanzar, a trepar hielo arriba, y vuelta éste a hundirse, y vuelta yo a flotar, etc., etc.,

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 Nadé en dirección del trineo y quise encaramarme sobre toda la traílla y salir de unos saltos, aunque hundiese a los canes, pero el peso de ropa mojada no me dejaba lograrlo; además hubiera tenido que pisar la cabeza de Elías y hundirlo definitivamente, cosa que no hubiera hecho yo jamás.

El trineo que nos seguía se alborotó tanto, los pobres chicos no hicieron poco con retenerlo a distancia para no hacer una escabechina si se hubieran acercado con nuevo peso.

Elías gritaba valientemente a los perros. Dos veces le vi completamente debajo del agua en forcejeo con uno de los perros que no gustaba verse tan asido a la soga de tiro.

Cuando después de superar una docena de bloques, me encontré con que todos ellos fallaban y me daban el consiguiente remojón sin poder hacer   pie; con la ropa interior empapada en hielo, las fuerzas exhaustas, la suerte

de mí pobre Elías en la balanza, etc., etc., me convencí de que había llegado mi última hora y, sin dejar de nadar con fuerzas salidas sabe Dios de dónde, le dije a Jesucristo en español y en voz alta que era lástima perder a un Misionero tan a lo bobo y a lo tonto; que si me quería para Sí, bien estaba;  pero que yo intercedía por unos años más de vida misionera y reforzaba mi  petición ofreciéndole allí mismo desde aquella marejada de hielos que me

envolvían, y ofreciéndoselo con la confianza mayor que podía tener: TODAS LAS ORACIONES QUE SE HAN ELEVADO, SE ELEVAN Y SE ELEVARAN POR UN POR MÍ.

Añadí confusamente que cómo iba a desoír tantas oraciones como elevan al cielo por mí los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES.

Y ahora viene lo gordo. Terminar la oración y salir a manotadas, fue todo uno. Conmigo, aunque a cierta distancia, salían triunfantes Elías, perros y trineo. Salíamos dejando un rastro de agua que caía y resbalaba sobre un hielo firmísimo y caminamos unos pasos más hasta que nos vimos seguros en la nieve sobre la yerba.

Los dos rapaces habían logrado atar su trineo a un arbolillo y vieron con pasmo cómo salíamos cuando ya nos creían perdidos irremisiblemente. El mayor tomó a Elías en nuestro trineo y partió para casa.

Yo me acomodé en el otro y di órdenes dé salir pitando, pero los canes tiraban tan desaforadamente al ver partir al otro trineo, que no hubo medio de soltar la soga. Para mí, mojado, como estaba, cada segundo tenía un valor  inestimable. No teníamos navaja...

Entonces salté del trineo, tomé la soga con las dos manos y —otro milagro de primer orden— arranqué el arbolillo, o mejor lo debió arrancar el

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Ángel de la Guarda, pues no acierto a concebir cómo un solo tirón sacó tantas raíces.

Y ahora viene otra complicación: los perros no querían volver para casa; querían más aire fresco por la tundra nevada, y, en vez de trotar como acostumbraban, todo era volverse y hacer el oso y pararse a humedecer  todas las matas por donde pasaban.

Todo mi sistema intestinal estaba paralizado, helado, pesadísimo, muerto, como si no fuera mío; pero la respiración era normal así como normales estaban la cabeza y el corazón.

Al llegar a casa el pasmo fue desusado, porque mi abrigo mojado y con una capa de hielo pesaba tanto que a duras penas los Hermanos Coadjutores podían levantarlo del suelo. Fue menester cortar las correas de las botas que parecían alambres y no cedían.

Al meterme en la cama bien abrigado y con un buen vaso de vino creí que estaba soñando.

La reacción fue tremenda con un sudor copiosísimo.

Pasé la noche con el cuerpo en la cama pero con el espíritu batallando   bloques de hielo en un lago muy profundo y amanecí normal, sano,

restablecido, sin un síntoma de pulmonía ni de digestión ni de nada; si cabe, salí más vigorizado con el ejercicio gimnástico que supuso la batalla, o hablando más en cristiano, salí como los jóvenes del horno babilónico a quienes no contristó ni chamuscó el fuego del tirano.

Todo se me volvía preguntar por Elías. Me aseguraban que estaba  bien, pero quise comprobarlo yo mismo; por eso nada más levantarme fui al dormitorio de los niños y me dirigí en línea recta a la cama de Elías que me recibió con una sonrisa verdaderamente angelical.

 —Ven acá, Elías, hijo mío —le dije, echando los brazos al cuello—  ¿caíste en la cuenta de que nos pudimos haber ahogado? ¿En qué pensabas todo aquel cuarto de hora que estuvimos en agua?

Elías me afirmó que nada más verse entre el hielo comenzó a rezar con el corazón y a gritar a los perros con la lengua.

 —Bravo, Elías, bravo; eres un héroe.

Y gastamos cerca de una hora comentando el suceso y atando cabos. Luego me ayudó a Misa; una Misa de acción gracias por el milagro de haber salido, por el de haber arrancado el árbol, por no haberme helado en el camino de vuelta con la brisa de frente, por no haber tenido una indigestión,

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 por no haber tenido ni asomos de pulmonía, por no habérseme helado la sangre, por no habérseme parado corazón, por habérmelas bandeado exhausto con un abrigo que un hombre sano apenas podía mover, etc., etc.

La pregunta del P. Irala dice así: ¿Cuál ha sido el día más feliz en su vida de misionero? Y yo respondo que aquel fue el día más feliz, porque no se puede expresar con palabras el efecto tan saludable que causó en mi alma semejante acontecimiento.

Entonces me convencí, si antes no lo estaba, que las oraciones de los que en sus cartas me dicen que me encomiendan a Dios son reales, ver-daderas, poderosas, eficaces. ,

Entonces me afirmé en el convencimiento teórico de que hay un Dios que vela por nosotros. Aquel día lo pasé en el cielo, absorto en Dios, objeto del amor paternal de Dios, lleno de amor de Dios, dispuesto a emplear  únicamente en el servicio de Dios esta vida que él me acaba de devolver.

  Ni la primera Comunión, ni los votos religiosos, ni la ordenación sacerdotal ni la primera Misa, ni todas esas gracias juntas produjeron en mi alma el cambio que operó este milagro tan breve, tan limpio, tan natural y tan casero. El cielo y la tierra pasarán, pero, con la divina gracia, mi agradecimiento a Jesucristo por este milagro no pasará...

Recuerdo que al día siguiente descubrimos en los pantalones agujeros, o mejor, cortaduras de hielo que tienen filos de navaja de afeitar. Asimismo las manos tenían rasguños en todas direcciones. Se me perdieron en la  batalla los guantes, que en paz descansen.

Los eskimales, que han visto ahogarse a tanta gente, venían a verme y  —los muy supersticiosos— dudaban si yo era el Padre de verdad o un fan-tasma. Por la noche tuvimos rosario y Bendición solemne en acción de gracias. Coincidió ser día de fiesta.

7.« ¿Cuál es su recuerdo más grato?

R ESPUESTA.—La víspera de Pascua de 1940 en que una mestiza de mala

fama no podía termina la confesión a fuerza de sollozos y una borracha que se nos había extraviado volvió al seno de Iglesia, se casó como Dios manda, me mandó bautizar a sus dos hijitos y trajo al confesonario su marido, todo ello en aquella tarde memorable.

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