La Iglesia de Cristo y Los Sacramentos

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I.

LA IGLESIA DE CRISTO

1. PENTECOSTES: EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE CRISTO Iluminación

“Yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador, para que esté siempre con ustedes. Es el Espíritu de la verdad que no puede recibir el mundo, porque ni lo ve ni lo conoce; ustedes en cambio, lo conocen porque vive en ustedes y con ustedes está. No los dejaré huérfanos; regresaré con ustedes” (Jn 14, 16-18).

“Les he dicho todo esto mientras estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recuerden lo que yo les he enseñado y les explicará todo” (Jn 14, 25-26)

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estando todos los discípulos juntos en un mismo lugar con María, la Madre de Jesús, de repente, sobrevino del cielo un ruido como de un viento impetuoso que invadió toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Entonces quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas las palabras que el mismo Espíritu ponía en su boca…”. (Hech 2, 1-41).

1. El Espíritu Santo en la obra de Cristo

Nuestro Señor Jesucristo, por ser un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo, obra unido a ellos. Por eso, Jesús siempre habla de su Padre que le ha mandado salvar a los hombres del pecado, y también manifiesta que el Espíritu Santo será enviado después de su muerte y resurrección para vivificar la Iglesia naciente y hacer entender a los apóstoles todo lo que había enseñando.

En Pentecostés viene El Espíritu Santo y transforma radicalmente a los apóstoles que de inmediato comienzan a predicar el Evangelio por el mundo entero y son tan fuertes que entregan su vida por Cristo. La obra de Cristo continúa viva y eficaz con la presencia del Espíritu Santo de modo continuo. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad está presente en el gobierno de la Iglesia, en la santificación de lo hombres y en el anuncio del Evangelio hasta el fin del mundo.

2. La acción del Espíritu Santo en las primeras comunidades cristianas

Las promesas de Jesús sobre la ayuda que el Espíritu Santo prestaría a los Apóstoles y, en general a todos los creyentes, se cumplieron literalmente el día de Pentecostés. El Espíritu Santo los enseña, los fortalece en la fe y los impulsa a ser testigo de Cristo antes todas las personas, además les vivifica con su gracia y sus dones.

a. El Espíritu Santo enseñó a los Apóstoles. Jesús anunció a los Apóstoles antes de la Pasión que el Espíritu Santo les recordaría la doctrina que Él les había enseñado. Conforme a las promesas de Jesús, los Apóstoles lograron comprender, gracias a la ayuda del Espíritu Santo, el sentido más profundo de sus enseñanzas. Así inmediatamente después de Pentecostés los Apóstoles cayeron en la cuenta de los que Jesús les había dicho. En efecto San pedro, en su primer discurso, recordó al profeta Joel: “En los últimos días dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todo hombre y profetizarán sus hijos y sus hijas, sus jóvenes tendrán visiones, y sus ancianos, sueños; sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán...” (Hech 2, 17-21)

b. El Espíritu Santo fortaleció a los Apóstoles en la fe para anunciar al Señor. Mediante la Acción del Espíritu Santo, los Apóstoles dieron claro testimonio de Jesús (Cfr. Hech 2, 14-38; 3, 12-26). Y San Pedro “lleno del Espíritu Santo” (Hech 4, 8), se enfrenta con valentía a los príncipes del pueblo y a los sacerdotes y trata de convencerles de la divinidad de Jesucristo. También los Apóstoles ponen por testigos al Espíritu Santo ante el Sanedrín, enseñando que Jesús es el Mesías (Cfr. Hech 5, 32). Y el Espíritu Santo ayuda a Esteban a confesar su fe y aceptar valientemente el martirio (Cfr. Hech 7, 1-60). También con la fuerza del Espíritu Santo, el Evangelio se extiende fuera de Jerusalén (Cfr. Hech 8, 17-40; 10, 45-48; 13, 2; etc.). Por eso, San Pablo asegura a los de Tesalónica que no se convirtieron por sus palabras, sino por la acción del Espíritu Santo (Cfr. 1Tes 1, 5).

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c. El Espíritu Santo vivifica a los Apóstoles con su gracia. La acción del Espíritu Santo

vivifica y mejora continuamente la vida de los bautizados. Con la gracia santificante hace que el Cristiano sea, se sienta y viva como un hijo de Dios (Cfr, Rom 14-17) y pueda llamar “Padre” a Dios (Cfr. Gal 4, 6). Al ser y sentirse hijos de Dios, los primeros cristianos vivieron con especial intensidad la fraternidad y la solidaridad, de modo que los que tenían bienes ayudaban a los más necesitados (Cfr. Hech 2, 44-47; 4, 32-37).

En virtud del Espíritu Santo recibido, el bautizado se convierte en una “persona espiritual” que sabe apreciar y valorar las cosas de Dios. Por el contrario, quien no es fiel al Espíritu Santo recibido, se convierte en un “hombre carnal”, incapaz de saborear los bienes espirituales.

3. La acción del Espíritu Santo en la Iglesia de hoy.

Durante su vida pública, Jesús habló frecuentemente a los Apóstoles del Espíritu Santo. En diversas ocasiones les prometió que no les dejaría solos sino que les enviaría al Espíritu Consolador (Cfr. Jn 14, 16-18). Él mismo muestra la necesidad de subir al cielo para enviarles al Espíritu Santo (Cfr. Jn 16, 7).

Su acción en la Iglesia lo realiza de diversos modos como lo ha hecho a través de la historia desde los comienzos.

a.

El Espíritu Santo enseña a la Iglesia. La Iglesia goza de una especial ayuda del Espíritu Santo para enseñar siempre y en todas partes la verdadera doctrina de Jesucristo. El Magisterio de la Iglesia, formado por el Papa y los obispos unidos a él, goza de la asistencia del Espíritu Santo para seguir anunciando el Evangelio. Por eso debemos escuchar con atención las enseñanzas de este Magisterio que explica sobre Cristo y su Iglesia contenido en la Sagrada Biblia y la Tradición Divina. El escuchar nos debe llevar a esforzarnos en poner en práctica. Por ejemplo lo que encontramos en el catecismo y en la encíclicas de los Papas.

b.

El Espíritu Santo santifica a los cristianos. El Espíritu Santo nos santifica especialmente a través de los sacramentos. Desde que recibimos el Bautismo somos templos del Espíritu Santo por la gracia divina. La Eucaristía nos hace crecer siempre más en la vida cristiana. Pero como somos débiles, Jesús nos dejó otro sacramento, el de la Penitencia, para perdonarnos de los pecados y fortalecer nuestra vida espiritual. Así fue desde el principio, el Espíritu Santo nunca dejó de obrar en los cristianos.

c.

El Espíritu Santo nos hace testigos de Cristo. Jesús aseguró a los Apóstoles, que cuando descendiera el Espíritu Santo sobre ellos, “darían testimonio de Él” (Jn 15, 26-27). También hoy el Espíritu Santo no ayuda a vivir como discípulos de Jesucristo y a dar testimonio de Él.

La plenitud del Espíritu Santo la recibe el cristiano con el sacramento de la Confirmación, que nos hace fuertes en la fe y testigos de Cristo en el mundo. El testimonio de fe en Jesucristo lo han dado los cristianos de todas las épocas. Una forma extraordinaria de ese testimonio es el martirio. No obstante los cristianos estamos llamados a dar testimonio de Jesucristo no sólo en las circunstancias extraordinarias, como es el martirio, sino, sobre todo, en las circunstancias ordinarias de la vida: en la familia, en el trabajo, en el estudio, en la amistad, en el colegio, en el deporte y las diversiones, en el amor humano, etc. Para ello necesitamos siempre la ayuda del Espíritu Santo.

4. Los dones del Espíritu Santo

Los dones son disposiciones permanentes por los que el cristiano se hace capaz de moverse bajo la inspiración, impulso y dirección del Espíritu Santo. El fiel cristiano se hace dócil para obedecer con prontitud las inspiraciones divinas.

Los dones del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes morales y teologales ya perfeccionadas por la gracia de Dios, y orientan más eficazmente al cristiano hacia su fin último que sólo no lo puede hacer. Los dones del Espíritu Santo son siete: Sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios (Cfr. Is 11, 1-2)

a.

Sabiduría. Este don hace sensible el alma al Espíritu Santo en la contemplación de las cosas divinas y en el uso de las ideas de Dios, en el juzgar tanto lo creado como lo divino. Esta produce un temor filial de Dios además de una paz acogedora en el corazón del hombre.

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b.

Inteligencia. Agudiza la facultad de entender más profundamente la realidad, penetrando

las cosas difíciles en especial las cosas de Dios.

c.

Consejo. Perfecciona la virtud moral de la prudencia. El ser humano como no es capaz de abarcar la singularidad y contingencia de los seres y los acontecimientos, por ello necesita ser dirigido por el consejo de Dios.

d. Fortaleza. Refuerza la virtud de la fortaleza, confiriéndonos la fuerza de cumplir la voluntad de Dios en todo.

e. Ciencia. Discierne con más criterio las cosas de la vida de tal manera que no se queda en lo superficial.

f. Piedad. La piedad es el sentimiento de amor y afecto, reverencia, ternura, obediencia y admiración que un buen hijo siente con sus padres. Es el don de sentirse hijo de Dios y gozarlo en alegría filial.

g. Temor de Dios. Permite conservar la relación justa entre el Creador y su criatura. El Señor es el creador del universo, es el amo y dueño de todo lo que existe pero, a su vez quiso nacer como todos los niños y nos ama con locura como nadie en el mundo de tal manera que lavó los pies a sus apóstoles y murió en la cruz. Nos ama mucho por que es nuestro padre pero también es el Señor y creador de todo.

5. Los frutos del Espíritu Santo

Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna.

Cada uno de los dones del Espíritu Santo produce frutos que en la Sagrada Escritura encontramos doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad (Gal 5, 22-23, Vulgata).

6. Pecados contra el Espíritu Santo.

Nos dice Jesús: Todo pecado puede ser perdonado menos el que va contra el Espíritu Santo. Los pecados contra el Espíritu Santo son:

a. Desesperar de la misericordia de Dios. Se piensa que Dios no nos perdonará por ser un

pecado muy grave. Dios espera solo nuestro arrepentimiento para perdonarnos.

b. Presunción de salvarse sin ningún mérito. Dios nos ayuda pero no nos anula para

salvarnos. El quiere nuestra colaboración para salvarnos.

c. Impugnación de la verdad conocida. Ir en contra de las verdades de la fe bajo pretextos o

enseñanzas erróneas.

d. Envidia de las bienes espirituales del prójimo. Dios da a cada uno según su capacidad, pero

también espera una respuesta según la capacidad.

e. Obstinación en el pecado. Una persona puede cerrarse en su pecado y no querer

confesarlo bajo pretextos muy diversos.

f. Impenitencia final. Mientras uno tenga vida siempre tendrá oportunidad de cambiar. Si uno

muere sin arrepentimiento Dios no le puede perdonar porque ha cerrado su corazón.

g.

2. NACIMIENTO DE LA IGLESIA DE CRISTO Iluminación (Rom 12, 4-8)

“Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros. Puesto que tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado, el que habla de parte de Dios, hágalo de acuerdo con la fe; el que sirve, entréguese al servicio; el que enseña, a la enseñanza; el que exhorta, a la exhortación; el que ayuda, hágalo con generosidad; el que atiende, con solicitud; el que practica la misericordia, con alegría”

1. Introducción

Para cumplir el designio de salvación, Jesús predicó el Reino de Dios diciendo: “Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades, porque para esto he sido enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea” (Lc 4, 43-44). La expresión “Reino de Dios” significa la presencia y la intervención transformadora de Dios en la historia para la

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salvación de los hombres. De la misma manera expresa el reinado de Jesucristo por medio de la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios (Cfr. Lumen Gentium 5) a través del tiempo hasta el fin del mundo tal como el mismo Cristo lo señaló.

2. Jesús funda la Iglesia

Dios “estableció convocar a quienes creen en Cristo en la Santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza” (Lumen Gentium 2). Llega la plenitud de los tiempos en que nuestro Señor Jesús con su encarnación comienza su historia en esta tierra en medio de los hombres, a quienes Él ama tanto que quiso hacerse uno de nosotros menos en el pecado. Nació, creció lleno de gracia, sabiduría y bondad delante de Dios y delante de los hombres, comenzó a explicar con signos y palabras el camino de nuestra salvación. Escoge a sus apóstoles, les prepara con cuidado y les manda predicar por todo el mundo prometiéndoles acompañar hasta el fin del mundo.

La Iglesia comienza a gestarse con su encarnación. Durante su vida madura este proyecto divino que, anticipada en la institución de la Eucaristía, adquiere máxima relevancia el día de su muerte en la Cruz cuando todos los llamados son insertados en su cuerpo. El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signos de ese comienzo y crecimiento (Cfr. Lumen Gentium 3) “pues del costado de Cristo dormido en la Cruz nació el sacramento admirable de la iglesia entera” (Sacrosantum Concilium 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormilado, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo, muerto en la Cruz.

Este cuerpo de Cristo, donde se encuentran insertados los cristianos se vivifica con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. De esta manera, la Iglesia nace, se instituye, se funda en la persona de nuestro Señor Jesucristo: por eso, su muerte en la cruz viene unida a la venida del Espíritu Santo.

3. La Iglesia como familia de los Hijos de Dios

En una ocasión alguien le dijo al Señor “Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero Él respondió al que se lo decía: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt 12, 47-50)

La Iglesia siendo algo misterioso, místico, divino y humano, se configura como la gran familia de los hijos de Dios. Es en la Iglesia donde encontramos a un Padre Bueno, un Hermano mayor que es Dios, una madre tan bella y buena como nadie en el mundo, y muchos hermanos y hermanas que compartimos los mismos bienes que tenemos en familia. Esta gran familia de los hijos de Dios está formada por muchas familias humanas que se constituyen, por eso, como Iglesias domésticas, la Iglesia en pequeño, pero unida a todas las demás que forman como un solo cuerpo.

4. Diversas figuras de la Iglesia

En la Sagrada Escritura hay diversas maneras de exponer qué es la Iglesia. Se habla de ella como de un campo que Dios cultiva (1Cor 3, 6-9); un edificio (Mt 16, 18); una esposa fiel (Ef 5, 25); una madre cariñosa (Gal 4, 26) que se preocupa por sus hijos; y un cuerpo cuya cabeza es Cristo (1Cor 12, 27).

San Pablo llama a la Iglesia Cuerpo Místico de Cristo: “así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros” (Rom, 12, 4-5)

La Iglesia es también el Nuevo Pueblo de Dios: “Ustedes, en cambio, son linaje escogido sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que los llamó de la oscuridad a su luz admirable. Los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; los que no habían conseguido misericordia, ahora obtuvieron misericordia” (1Pe 2, 9-10). El pueblo de Israel fue el pueblo de la Antigua Alianza fundada por Jesucristo. En este Nuevo Pueblo de Dios, asistido por el Espíritu Santo, se encuentran todos los medios de salvación.

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Es el Pueblo de Dios que tiene origen en Dios: “son linaje escogido sacerdocio real,

nación santa” (1Pe 2, 9).

Se llega a ser miembro de este pueblo por el nacimiento del agua y del Espíritu (Cfr.

Jn 3, 3-5), es decir por el Bautismo.

Tiene por cabeza a Jesús, el Cristo, el Mesías, que ha venido para salvarnos.

Condición: dignidad y libertad de los hijos de Dios

Su Ley es el mandamiento nuevo que Jesús nos entregó en la última cena: “Ámense

los unos a los otros como yo les he amado” (Jn 13, 34),Misión: ser sal de la tierra y luz del mundo

Su destino final es el Reino de Dios, que Jesús comenzó en este mundo y que debe

ser extendido por toda la tierra hasta que Él mismo lo lleve a su perfección en el cielo. (Cfr. CCC 154).

5. La Iglesia es un misterio y una comunión

Con una visión superficial solo alcanzamos a ver los aspectos humanos y visibles de la Iglesia: las personas que la componen, su organización, sus edificios, sus actos de culto, etc. Pero sólo con la ayuda de la fe podemos llegar a conocer su realidad profunda y misteriosa.

Por eso decimos que la Iglesia es un misterio: a través de los elementos visibles –sobre todo en los sacramentos- se descubren los elementos invisibles de la Iglesia, es decir, la gracia y los dones espirituales que Dios da.

También entendemos la Iglesia como comunión, es decir, que está formada por todos los cristianos: los del cielo, del purgatorio y de la tierra. Además, todos los cristianos estamos unidos por una misma fe y celebramos los mismos sacramentos; todos obedecemos al mismo pastor universal, el Vicario de Cristo; y todos estamos llamados a vivir unidos a Dios hasta la unión definitiva con la Trinidad del cielo.

6. Las notas de la Iglesia

La Iglesia que Cristo hizo tiene cuatro notas características que la distinguen de las demás Iglesias cristianas (protestante, anglicana, ortodoxa, etc.). Estas notas son:

Es Una. Jesucristo fundó una única Iglesia, que tiene una misma fe y unos mismos

sacramentos. Además Él es único y el Espíritu Santo realiza la unión de cada uno de los cristianos con Jesús como el sarmiento a la vid (Cfr. Jn 15, 5).

Es Santa. Su fundador es Santísimo; su finalidad y los medios que utiliza para ir al cielo

son santos aunque sus miembros sean pecadores.

Es Católica. Es decir está hecha para todos los hombres y mujeres de todos los

tiempos y de todos los lugares: Todos, sin excepción, están llamados a ser de la Iglesia de Cristo. Además es el único medio, directo o indirecto, de salvación.

Es apostólica. Fue confiada a los apóstoles y a los sucesores de ellos. Por voluntad de

Cristo ellos son las columnas de la Iglesia.

La Iglesia, además, es Jerárquica. Fue la voluntad del Señor establecer una Jerarquía para gobernar su Iglesia. Esta jerarquía lo forman el diácono, el sacerdote y el obispo teniendo como cabeza al Papa. Y a su vez es Carismática, ya que Cristo la dotó de vida sobrenatural y suscita en ella carismas que son gracias especiales que el Espíritu Santo va suscitando para el bien de los fieles cristianos.

7. Los ministros de la Iglesia

Jesús llamó a los doce apóstoles para ponerlos a frente de su Iglesia. Los apóstoles, para dar continuidad a la misión que Jesús les había confiado, nombraron sucesores, que son los obispos. Entre ellos hay uno que tiene una misión de especial importancia: el Papa, quien como sucesor de San Pedro es el Vicario de Cristo en la tierra.

En cierta ocasión Jesús le dijo a Pedro: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18); y después de su resurrección le dijo “apacienta mis ovejas” (Jn 21, 17). Por eso Pedro y sus sucesores tienen la misión de cuidar la Iglesia. Siguiendo al Papa, ya los obispos unidos a él, sabemos que estamos ante la única y verdadera Iglesia que fundó Jesucristo.

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El Papa o Romano Pontífice, en determinadas circunstancias, goza del privilegio de la infalibilidad al enseñar en cuestiones de fe y moral ya que tiene una asistencia especial del Espíritu Santo. Jesús dijo a san Pedro: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos”(Lc 22, 32).

San Pedro fue a Roma y allí murió. Todos sus sucesores han sido obispos de Roma. En aquella ciudad reposa el cuerpo del primer Papa. San Pedro fue martirizado y murió crucificado boca abajo en el año 67, durante la persecución del emperador Nerón. El cuerpo lo enterraron en un cementerio ubicado en la falda del monte Vaticano. Allí, en el siglo IV, el emperador Constantino hizo edificar la basílica del Vaticano en homenaje al apóstol.

8. Los laicos y los religiosos en la Iglesia

Los laicos son todos los fieles cristianos –no sacerdotes ni religiosos- que incorporados a Cristo por el Bautismo, forman parte del Pueblo de Dios. La vocación laical tiene cuatro características fundamentales:

 Viven en la diversas circunstancias y ambientes de la vida humana

 Trabajan en asuntos seculares, es decir en cualquier profesión honesta orientándola según el querer de Dios.

 Están llamados a ser santos amando a Dios y a los demás.

 Actúan como fermento de evangelización, siendo testigos de Cristo en la familia y en la sociedad.

De esta manera el Concilio Vaticano II nos recuerda que “a los fieles laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de Dios trabajando y ordenando según el querer de Dios los asuntos temporales. Viven en el mundo, es decir, en todas y cada una de las actividades de la vida familiar y social, con las que su existencia forma un único tejido” (Lumen Gentium 31).

Otro modo de trabajar por el Reino de Dios es la vida religiosa. Los religiosos son aquellos cristianos que consagran su vida a Dios mediante la profesión pública de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Los carismas son muy diversos según sean las órdenes y congregaciones: la vida contemplativa, la educación cristiana, las misiones, el cuidado de los pobres y de los enfermos, etc.

3. LA VIRGEN MARÍA, MADRE Y MODELO DE LA IGLESIA NACIENTE Iluminación (Jn 19, 25-27)

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya”.

1. Introducción

La Virgen María es una mujer única en la historia de la humanidad. Lo que de ella nos cuentan la Biblia y la Tradición cristiana ha sido una constante fuente de inspiración en la fe.

Gente sencilla y sabios, poetas, músicos, pintores, escultores, arquitectos, teólogos.... de todas la épocas han honrado con devoción filial a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra. En honor a ella se han levantado catedrales, santuarios, ermitas.... Se están cumpliendo a la letra las palabras que ella misma pronunció en la visita que hizo a su prima Isabel: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48).

La Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María la confiere una dignidad incomparable, superada únicamente por Dios. Dios con su infinito poder pudo adornarla con todas las gracias y dones que un ser humano puede recibir. Y ella ha correspondido a Dios en todo que, ha sido encumbrada como Reina y Señora de todo por ser la Madre de Jesús.

2. María es Madre de Dios

En el siglo V, algunas personas pensaban que María era madre de la naturaleza humana de Jesús. Por eso se reunió un concilio en Éfeso que proclamó solemnemente que María es madre de la persona de Jesús y, por lo tanto, madre de Dios.

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El Ángel Gabriel le manifestó que sería la Madre de Jesús, su prima Santa Isabel, asimismo, reconoció en ella la Madre de su Señor. Jesús mismo le llama Madre; por ejemplo cuando tenía doce años, en las bodas de Caná, desde la Cruz.

La maternidad divina de la Virgen María es la razón principal de sus privilegios y grandezas, reconocida por todas las generaciones.

3. María fue concebida sin pecado original

El 8 de Diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó solemnemente que era verdad revelada por Dios y que todos los cristianos debían creer que la Beatísima Virgen María, en el primer instante de concepción, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original por singular privilegio y gracia de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, salvador del género humano.

Por este privilegio María estuvo exenta de toda inclinación al pecado; recibió más gracia de Dios que todos los ángeles y hombres juntos; jamás incurrió en falta alguna, ni pecado. Esto es posible sólo por una especial intervención de Dios.

4. María fue siempre virgen

El sínodo de Letrán del año 649, presidido por el Papa Martín I, recalcó los tres momentos de la Virginidad de María cuando enseñó que la Bienaventurada Madre de Dios concibió del Espíritu Santo sin semilla, dio a luz sin detrimento de su virginidad y permaneció indisoluble su virginidad después del parto.

Los dos relatos de la Sagrada Escritura que nos hablan de la concepción de Jesús afirman que ésta se realizó sin romper la virginidad de María (Cfr. Mc 2, 18-25; Lc 1, 26-28). Ambos relatos son un claro testimonio de la fe primitiva en la virginidad física de María. Jesús no nació como fruto de unas relaciones matrimoniales ordinarias, sino que María concibió en su seno por obra del Espíritu Santo.

5. María fue asunta al cielo.

El 1 de Noviembre de 1950, el Papa Pío XII proclamó como dogma de fe que la Virgen María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. En efecto decía el Papa en aquel entonces: “La inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, acabado el curso de su vida terrestre, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. Desde el cielo no ha dejado de ejercer la función salvadora en bien de los hombres para nuestra salvación eterna, y por ello es honrada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora, sin quitar nada y sin añadir nada a la mediación única del Redentor.

6. María, Madre de la Iglesia naciente

El Papa Pablo VI lo proclamó con estas palabras: “Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia; es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores, que la llaman madre amorosa; y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título” (Pablo VI, Discurso en el Concilio Vaticano II, 21. XI. 1964).

El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo. Esta unión de la Virgen María con su Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta la Cruz (Cfr. Lumen Gentium, 57). En el Calvario, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba consentimiento al sacrificio de su Hijo como víctima en el comienzo de la Iglesia.

Cuando Jesús estaba agonizando en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). El gesto del Señor, por el que encomienda a su Santísima Madre al cuidado del discípulo, tiene un doble sentido. Por una parte, manifiesta el amor filial de Jesús a su Santísima Madre y por otro, le pide que cuide a su Iglesia representada en la persona de San Juan apóstol.

Respecto a lo primero, Jesús nos enseña a cumplir el cuarto mandamiento: alecciona a los suyos con su ejemplo, con el fin que los buenos hijos tengan siempre cuidado de sus padres. Referente a lo segundo, encontramos a la Virgen María siempre presente en los comienzos de la Iglesia, al lado de los apóstoles y los demás discípulos. Ella con otras mujeres no dejaría de pedir al Señor el don del Espíritu Santo.

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7. La Virgen María, nuestra madre en orden de la gracia

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de fe y caridad desde el comienzo cuando todos los apóstoles y los primeros cristianos se apañaban a su alrededor.

Por su papel en relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. “Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia” (Lumen Gentium, 61).

“Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la Cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna...” (Lumen Gentium, 62).

Todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia.

8. Culto a la Santísima Virgen María

La Santísima Virgen, es con razón honrada en la Iglesia mediante un culto especial. En efecto, desde los tiempos más antiguos se la venera con el título de Madre de Dios, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes, sobre todo en los peligros y necesidades.

Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo Encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo (Cfr. Lumen Gentium, 66). La misma Virgen María, había previsto, de algún modo, esa veneración singular cuando en su cántico del Magníficat exclamó: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48).

El culto dado a la Virgen María se llama hiperdulía, es decir, una veneración especialísima, muy por encima del culto rendido a los ángeles y a los santos.

Los cristianos siempre han tenido un enorme cariño a la Virgen María. Por eso, desde los tiempos más antiguos encontramos templos dedicados a ella, imágenes muy diversas que se van haciendo a lo largo de la historia, se van construyendo santuarios y ermitas en muchos lugares sobre la faz de la tierra. Asimismo, se van construyendo oraciones que profesan nuestra devoción filial. La más antigua oración a la Virgen, por ejemplo, dice así: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestra necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.

Oraciones como el Ave Maria, compuesta con palabras del Ángel Gabriel y de Isabel (Cfr. Lc 1, 28. 42), la Salve, el acordaos, el bendita sea tu pureza, el ángelus, el Santo Rosario que tantas veces ha recomendado la Iglesia, son muestra del cariño y afecto de sus hijos en el mundo.

4. LOS PRIMEROS SIGLOS DE LA IGLESIA Iluminación (Hch 8, 1-8)

“Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén; y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. A Esteban lo enterraron unos hombres piadosos, e hicieron duelo por él. Saulo por su parte, perseguía con furor a la Iglesia, entraba en las casas, se lleva por la fuerza a hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.

Los que se había dispersado fueron por todas partes anunciando el mensaje. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y estuvo allí predicando a Cristo. La gente escuchaba con aprobación las palabras de Felipe y contemplaba los signos que realizaba. Pues de muchos endemoniados salían los espíritus inmundos, gritando con fuerza, y muchos paralíticos y cojos sanaron. Y hubo gran alegría en aquella ciudad”.

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La historia es nuestra memoria colectiva, las experiencias de nuestros antepasados que pueden ser lecciones a seguir como acciones para evitar. La historia la hacen los hombres y como la Iglesia está formada por ser humanos, tiene una historia que manifiesta lo que es. Por eso si queremos saber qué es la Santa Iglesia Católica no debemos ignorar sus luchas en los días de las lejanas persecuciones romanas hasta hoy en día; sus luchas contra las herejías que intentaron rasgar la túnica de su fe inmaculada; sus triunfos en días gloriosos; sus héroes y sus santos.

Además, si queremos defender mejor a nuestra Madre debemos estudiar su Historia para saber a qué precio nuestros padres en la fe nos han conservado nuestra santa Religión. Es de suma importancia para todo católico, el estudio de la Historia de la Iglesia para valorar más su dignidad.

La historia de la Iglesia comienza en la antigüedad cristiana y continúa con la formación de lo que muchos años se llamó cristiandad: conjunto de naciones que socialmente obedecía a Cristo y a su Iglesia. Esa cristiandad en Europa especialmente la hemos visto luchar contra sus adversarios, vencerlos y luego desmoronarse bajo los golpes del protestantismo y laicismo moderno. No por eso fue vencida la Santa Iglesia.

Aquí desarrollaremos los primeros tiempos de la Iglesia hasta el siglo IV.

2. Pentecostés y los primeros tiempos

El día de Pentecostés, cuando vino el Espíritu Santo ante la predicación de San Pedro se convirtieron unas tres mil personas (Cfr. Hch 2, 1-41).

Otro día cuando Pedro y Juan subían al templo a orar como a las tres de la tarde, Pedro curó un cojo que entró al Templo, alabando a Dios. Todo el pueblo quedó lleno de admiración. Por segunda vez predicó San Pedro y convirtió a otras cinco mil personas. Les amenazaron, les encarcelaron, les azotaron pero prefirieron obedecer a Dios antes a que a los hombres.(Cfr. Hch 3, 1-26; 4, 1-22.

Uno de los siete diáconos, Esteban echó en cara a los príncipes de los sacerdotes su impiedad. Por eso lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Y mientras lo apedreaban, Esteban oraba: "Señor Jesús recibe mi espíritu". Puesto de rodillas dijo con voz fuerte: "Señor, no les imputas este pecado". Y diciendo esto se durmió en el Señor. Lo recogieron algunos varones piadosos e hicieron sobre él gran luto. San Esteban fue el primer mártir en la Iglesia (Cf. Hch 6, 8-15; 7, 1-60).

Desde los comienzos de la Iglesia, San Pedro actuó como jefe de ella: fue el primero en predicar al pueblo el día de Pentecostés; el primero en obrar milagros: el primero en sufrir los azotes de los judíos, fue también el primero en llevar el apostolado fuera de Jerusalén. El fue quien con Juan, impuso las manos sobre los fieles de Samaria convertidos por el diácono Felipe y les dio el Espíritu Santo. Pedro fue el que devolvió la salud al paralítico Eneas, en Lida y la vida a la difunta Tabita, en Joppe; el que reprendió a Simón el Mago, padre de la Simonía, cuando este le ofreció dinero al Apóstol en cambio del poder de hacer milagros.

Finalmente fue Pedro el que recibió a los primeros gentiles en la Iglesia y dio el bautismo al Centurión Cornelio. Herodes Agripa intentó darle muerte, fue liberado milagrosamente por un ángel del Señor. Este mismo Herodes había hecho prender y degollar a Santiago el Mayor, hermano de Juan. Fue en ese tiempo cuando los Apóstoles abandonaron la Judea y se dispersaron por el mundo conocido.

San Pedro estuvo un tiempo en Antioquía, donde los discípulos de Jesús se comenzaron a llamar cristianos. Allí estableció diversas Iglesias en el Ponto, la Bitinia y la Capadocia. Después de siete años se encaminó a Roma, capital del Imperio Romano y del mundo. Allí fundó la Iglesia Romana, dio él mismo el episcopado a Lino, que había de ser el primer sucesor suyo y sufrió martirio.

San Pablo, el apóstol de los gentiles es también una gran figura de los comienzos de la Iglesia. Al principio él perseguía a los cristianos hasta que el Señor le convierte. Desde entonces es un incansable predicador (Cfr. Hch 9 ss) con la ayuda de Bernabé, Lucas, Marcos, Silas y otros discípulos del Señor. Funda diversas comunidades cristianas, en el transcurso de sus tres grandes viajes, a quienes escribe varias cartas. Después del tercer viaje, subió Pablo a Jerusalén donde se alborotaron los judíos e hicieron que fuera apresado por los romanos. Después de un cautiverio de dos años, él mismo apeló al César y fue llevado a Roma donde permaneció otros dos años en semi libertad. Aprovechó estos años en predicar la fe. Absuelto por el César volvió a Oriente y sufrió luego un segundo cautiverio. Según las antiguas

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tradiciones de la Iglesia Romana, pasó nueve meses con San Pedro en el oscuro calabozo de la cárcel Mamertina. Sacado de allí, sufrió una última flagelación y, en su calidad de ciudadano romano, fue decapitado el mismo día que San Pedro era crucificado con la cabeza para abajo. Era el año 67.

Santiago el mayor, permaneció algún tiempo en Judea y, según afirman tradiciones del siglo VII, se habría ido a predicar a España, convirtiendo algunos a Cristo, de entre los cuales, siete, ordenados más tarde por San Pedro, fueron los fundadores de algunas Iglesias de España. Tradiciones del siglo V dicen que, a petición de la Virgen María, el Apóstol le dedicó un modesto oratorio en Zaragoza. En siglos posteriores fue sustituido por un amplio templo que, en el siglo XIV recibió el nombre del Pilar, por estar la imagen de la Virgen sobre una columna de mármol. El apóstol Santiago volvió a Judea, donde fue degollado por orden de Herodes Agripa, hacia los años de 42 a 44. Su cuerpo, según antiquísima tradición española que remonta al siglo IX, se venera en la ciudad de Compostela.

Santiago el Menor fue obispo de Jerusalén. Su Vida santa le mereció por parte de los mismos judíos el sobrenombre de justo. Pero, por la envidia y el odio de los príncipes de los Sacerdotes y de los fariseos fue arrojado desde lo alto del templo y apedreado.

San Juan, hermano de Santiago el Mayor vivió con la Virgen Santísima en Jerusalén. Antes de ser sitiada la ciudad por los romanos salió para Éfeso cuya Iglesia, fundada por San Pablo, gobernó por muchos años. Tertuliano nos dice que fue llevado a Roma en el reinado de Domiciano y condenado a morir en una caldera de aceite hirviendo. De allí salió milagrosamente ileso. Desterrado a la Isla de Patmos escribió el Apocalipsis. A la muerte de Domiciano volvió a Éfeso, donde murió de avanzada edad. Escribió el Evangelio que lleva su nombre.

San Andrés evangelizó la Escitia y la Tracia. Fue crucificado en Patras de Grecia y el relato de su martirio fue escrito por sacerdotes de aquella Iglesia.

Las noticias sobre los demás apóstoles son muy inciertas, puede, sin embargo, afirmarse que todos coronaron su vida por el martirio, sellando con su sangre la verdad de sus enseñanzas.

3. Tres siglos de persecuciones

Si los judíos persiguieron a muerte a los primeros cristianos más fue de los paganos, concretamente de los romanos. En un principio el pueblo les confundía con los judíos, pero muy pronto les distinguieron de ellos y comenzaron a ser objeto de su odio. Ya en su tiempo el historiador Tácito los acusaba de "enemigos del género humano". De tal manera que los consideraba como responsables de las calamidades públicas. Los filósofos contrarios a la fe y los emperadores fueron otros de los perseguidores; por eso también que ha durado tanto, porque éstos últimos veían a los cristianos como enemigos de la unidad del imperio.

Los cristianos eran acusados de todo, como el comerse la carne de un niño y beberse su sangre en sus asambleas nocturnas pero las principales acusaciones eran: 1º Pretender una Religión Universal que los Emperadores veían una amenaza contra el mismo Imperio; 2º El crimen de la lesa majestad, es decir no adorar al César; 3º El practicar un culto ilícito lleno de supersticiones y hechicerías. Así llamaban a los milagros.

Los cristianos, antes de ser sometidos a juicio eran encarcelados, luego se les sometía a tormento en el potro; se les azotaba; se les desgarraba con garfios etc. Los que permanecían firmes en la fe eran decapitados si ostentaban el titulo de ciudadanos romanos; eran expuestos a las fieras del circo o quemados vivos, si eran de libre condición, pero no ciudadanos romanos; crucificados si eran esclavos. Los edictos publicados por Septimio Severo, Decio, Valeriano y Diocleciano, tuvieron por objetivo atajar la propagación del Evangelio. Ellos fueron la causa del gran número de martirios y de suplicios hasta entonces poco usados.

El número de los Mártires fue muy grande; aún lo atestiguan los autores antiguos, tanto cristianos como paganos, sin que se pueda dar una cifra precisa. Historiadores como Tácito nos habla de una gran muchedumbre, al referirse a las víctimas de Nerón; Dion Casio, nos dice lo mismo al hablar de Domiciano. Clemente de Alejandría escribe que Septimio Severo derramó a torrentes la sangre de los cristianos y se creyó el anticristo. Lactancio llamó a Decio "un monstruo" y de la breve persecución de Valeriano, él mismo dice que hizo correr mucha sangre. La persecución de Diocleciano asoló durante diez años al pueblo de Dios: ninguna guerra diezmó tanto a los pueblos, según testimonio de Sulpicio Severo.

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Sin un verdadero milagro moral que obraba Dios en prueba de la divinidad de su Iglesia, no se explican: a) Ni este gran número de mártires de toda edad y condición, ancianos, doncellas, niños a quienes una muerte cruel no podía menos que horrorizar; b) Ni su heroica constancia en presencia de horribles suplicios, como ser atormentados en el potro, rasgados con uñas de hierro, quemados a fuego lento, desollados, crucificados; e) Ni su invicta fortaleza sin que una queja saliera de sus labios y con la circunstancia de que les bastaba una sola palabra, para verse libres de tanto tormento; d) Ni esa libertad de palabra que usaron los mártires para con sus perseguidores.

Entre los más insignes mártires citaremos a unos pocos de los primeros siglos: San

Simeón, pariente de Jesús Nuestro Señor, y obispo de Jerusalén, crucificado a la edad de

ciento veinte años; San Ignacio, obispo de Antioquía, llevado a Roma para ser devorado de las fieras; San Policarpo, obispo de Esmirna, quemado vivo a la edad de ochenta y seis años; Santa Blandina, la esclava de Lyon y sus numerosos compañeros, atrozmente martirizados; Las santas Felicítas y Perpetua, en Cartago de Africa, expuestas a las fieras del circo; San Lorenzo diácono de Roma, asado vivo a fuego lento sobre unas parrillas por deshonrar la Iglesia; San Cipriano, obispo de Cartago, decapitado; Santa Cecilia, virgen de la nobleza romana degollada en su misma casa; San Sinforiano, joven de quince años en Autún, alentado por su misma madre a sufrir el martirio (275); San Sebastián, capitán de la guardia imperial asaetado primero y luego muerto a garrote, algún tiempo después; Santa

Inés, virgen romana, niña de unos trece años; San Vicente, ilustre diácono español desgarrado

con uñas de hierro y asado sobre parrillas (304); En las persecuciones de Maximiano (286 -292) de Diocleciano y Galerio, (303 -311) fueron particularmente probadas las Iglesias de las Galias (actual Francia) durante la primera y las de Oriente y de España en la segunda.

No pocas veces, Dios castigó visiblemente a los perseguidores de la Iglesia. En su libro De Mortem Persecutorum, el apologista Lactancio nos da testimonio de cómo murieron los grandes perseguidores: Nerón condenado a morir a puros azotes, y decapitado, en virtud de una sentencia del senado, resuelve matarse cuando vienen a prenderle; Decio pereció en un pantano, combatiendo contra los Godos; Valeriano quien pretendió la destrucción del Cristianismo con la muerte de los obispos y demás ministros fue vencido y hecho prisionero por Sapor rey de Persia; acabaron desollándolo vivo, según la bárbara costumbre persa y colgaron la piel del desgraciado, teñida de rojo en uno de sus templos; Maximiliano en la gran persecución de Diocleciano, apresado por un intento de asesinato a la persona de Constantino, se ahorcó en su prisión; Dioclesiano, obligado a abdicar, se dejó morir de hambre; Galerio, el principal autor de la décima persecución, murió con el cuerpo devorado por gusanos, después de un año de atroces sufrimientos.

Por otro lado, mientras los emperadores romanos derramaban la sangre de los cristianos, los escritores y filósofos paganos trataban en sus escritos de difamarlos y ridiculizar las practicas de la nueva religión. Tampoco le faltaron a la Iglesia, malos hijos que atacaron su doctrina y enseñaron errores que se llamaron herejías.

Por aquel entonces suscitó Dios Nuestro Señor a santos y doctos varones, quienes con su palabra y sus escritos desmintieron las calumnias de los paganos y desbarataron las falsedades de los herejes. Durante los dos primeros siglos, las persecuciones provocadas por los Emperadores Romanos, las calumnias de los judíos contra los cristianos, y el querer de los filósofos paganos de ridiculizar la doctrina de la Iglesia suscitaron los primeros defensores de la Iglesia llamados Padres Apostólicos y Padres Apologistas.

Los Padres Apostólicos fueron aquellos escritores eclesiásticos, contemporáneos con los Apóstoles, quienes se distinguieron por su ciencia y santidad. Los principales fueron San Clemente Papa, murió en el año 100. El Pastor de Hermas hermano del Papa Pío I, San Ignacio, Obispo de Antioquía y los autores Anónimos de la Carta de Bernabé y la Didajé o Doctrina de los doce Apóstoles.

Los Apologistas, fueron los primeros defensores públicos de la fe, eran sabios cristianos, que con sus escritos defendieron la doctrina de la Iglesia y el culto cristiano. Y así pusieron de manifiesto la Santidad de la Iglesia. Entre ellos Sobresalen San Justino, mártir en Roma; San Ireneo; Tertuliano, Orígenes y San Cipriano.

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a. El Clero y los laicos. Jesucristo entregó a sus apóstoles el gobierno de su Iglesia. A su vez

los Apóstoles dieron jefes a las diversas comunidades que establecían. Así, desde un principio, los miembros de la Iglesia se distinguieron en Clérigos y Laicos. Entre los clérigos hubo varios grados a saber: Obispos, Presbíteros y Diáconos; así se constituyó la jerarquía. Desde los tiempos de San Pablo hubo obispos en la Iglesia; ya a fines del primer siglo había uno sólo en cada comunidad importante. Les ayudaban los Presbíteros, mientras los Diáconos atendían a los pobres y manejaban los bienes de la Iglesia. Los obispos eran iguales entre si: uno sólo, el Obispo de Roma sucesor de San Pedro era reconocido como jefe de todos.

b. El celibato eclesiástico. Siempre ha enseñado la Iglesia que el estado de Virginidad es

superior al matrimonio. Sin embargo, en sus primitivos tiempos, se vio obligada a ordenar como obispos a personas ya ligadas por el vinculo matrimonial y sólo se exigía que antes de su consagración el obispo se separara de su esposa, con el consentimiento de ésta. Poco a poco se fue introduciendo en la Iglesia latina la práctica del Celibato, muy propio de los ministros de la Nueva Ley. El Concilio de Elvira en España (306) lo declaró obligatorio para todos los ministros constituidos In Sacris, esto es, Obispos, Presbíteros y Diáconos.

c. Lugares de culto. Los primeros cristianos se reunían para celebrar sus cultos en casas

particulares que los miembros pudientes de la comunidad ponían a la disposición de la misma. Durante las persecuciones los cristianos se reunían en cementerios subterráneos llamados Catacumbas. Hacia los años de 260, creyendo ya asegurada la paz de la Iglesia, empezaron a construir edificios espaciosos. Muchas de estas Iglesias fueron destruidas durante la persecución de Diocleciano.

d. El sacrificio eucarístico. El centro del culto era la Celebración de la Eucaristía por el

Obispo junto con tos Presbíteros. Desde el año 100 la Liturgia, como la llamaban, tenía lugar por la mañana. Comprendía varias partes: las Lecturas -Antiguo Testamento, Epístolas, Evangelio-; una Homilía; la Ofrenda del pan y del vino mezclado con agua; la Oración para toda la Iglesia; la Consagración y la Comunión ordinariamente bajo las especies de pan y vino.

e. Los demás sacramentos. Ya en la Iglesia primitiva hallamos la perfecta distinción de los

sacramentos. Así extendían: el Bautismo por infusión o por inmersión; la Confirmación, administrada en Occidente por sólo el obispo; la Confesión de los pecados hecha al obispo o a los sacerdotes aprobados. El Orden y el Matrimonio se administraban el primero, como hoy, mediante la imposición de las manos del obispo; el segundo, ya reconocido como indisoluble con la comparecencia de los contrayentes ante el obispo. En cuanto a la Extrema Unción se sabe que los primeros cristianos observaban el precepto dado por el Apóstol Santiago.

f. Las fiestas y los ayunos. Pocas eran las fiestas: el Domingo, en sustitución del sábado

judío; Pascua de Resurrección y de pentecostés la Epifanía del Señor. Ya a principios del siglo IV, la Natividad del Señor era fiesta distinta de la Epifanía. Cada Iglesia honraba a sus mártires principales en el aniversario de su muerte. Los ayunos eran dos veces por semana, los miércoles y viernes; también ayunaban en la semana anterior a la Pascua de Resurrección; la Cuaresma no aparece antes del Concilio de Nicea, en 325.

5. Triunfo de la Iglesia. El edicto de Milán.

Por más de dos Siglos, el Imperio romano luchó contra la Iglesia. A la postre tuvo que confesar su derrota. Diocleciano, el autor responsable de la última persecución, tuvo que abdicar en el 305. Quedaron frente a frente los dos emperadores, Constantino en el Occidente y Galerio en el Oriente, con sus respectivos Césares Majencio y Licinio.

Galerio continuó la persecución en Oriente, mientras Constantino daba la paz a la Iglesia en sus dominios. Acometido el primero por terrible y asquerosa enfermedad, publicó un edicto de tolerancia en favor de los cristianos: "Para agradecer nuestra indulgencia, decía aquel edicto del 30 de abril del 311, los cristianos dirigirán sus plegarias a su Dios por nuestra salud, por el Estado y por si mismos, para que todos gocemos de prosperidad perfecta y puedan ellos vivir con seguridad en sus casas". Vano y estéril arrepentimiento de quien había hecho Diocleciano un perseguidor. A pesar de esto fue la aurora de una paz general.

La oposición de ideas y de política que se manifestaba entre Constantino, favorecedor de los cristianos en sus dominios y Majencio que se apoyaba en los paganos tenía que resolverse en un conflicto. Constantino declaró la guerra a Majencio y se adelantó sobre Italia.

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Mientras caminaba el primero a la cabeza de sus tropas, vio una tarde una cruz luminosa, que también la vieron los soldados, y con ellas estas palabras: In hoc signo Vinces (por este signo vencerás). Durante la noche siguiente se le apareció Jesucristo, el cual le ordenó construyese un estandarte según lo que había visto. Constantino obedeció y mandó hacer un estandarte adornado con el monograma griego, (XP) de Cristo.

En la batalla del Puente Milvio, no lejos de Roma, el 28 de octubre del 312. Majencio fue vencido y al huir tratando de refugiarse en los muros de la ciudad, pereció ahogado en el Tíber y Constantino entro triunfante a Roma. Al año siguiente -313- Constantino, Emperador de Occidente y Licinio, uno de los Césares de Oriente se reunieron en Milán y promulgaron el célebre Edicto del mismo nombre que concedió plena libertad de culto a los cristianos y ordenó que se restituyeran los templos y bienes confiscados, no a los particulares sino a los sociedad cristiana, esto es a la Iglesia.

5. EL CISMA DE ORIENTE: LOS ORTODOXOS Iluminación (Decreto Unitatis Redintegratio 14)

Las Iglesias de Oriente y de Occidente, durante muchos siglos, siguieron su propio camino, unidas, sin embargo, por la comunión fraterna de la fe y de la vida sacramental, siendo la Sede romana, por común consentimiento, la que resolvía cuando entre las Iglesias surgían discrepancias en materia de fe o de disciplina. El Concilio gustosamente recuerda a todos, entre otras cosas muy importantes, que en Oriente hay muchas Iglesias particulares o locales florecientes, entre las que ocupan el primer lugar las Iglesias patriarcales, muchas de las cuales se glorían de tener su origen en los mismos Apóstoles. Por esto prevaleció y prevalece entre los orientales la preocupación y el interés por conservar las relaciones fraternas en la comunión de la fe y de la caridad, que entre las Iglesias locales, como entre hermanas, deben tener vigencia.

1. Introducción

La palabra ‘cisma’ significa ‘separación’. El Cisma de Oriente es, la separación del papa y la cristiandad de Occidente, de la cristiandad de Oriente y sus patriarcas, en especial, del Patriarca Ecuménico de Constantinopla. El distanciamiento entre ambas Iglesias comienza a gestarse desde el momento mismo en que el emperador Constantino el Grande decide trasladar, el 11 de Mayo del 330 d.C., la capital del Imperio romano de Roma a Constantinopla. Se inicia, prácticamente, cuando Teodosio el Grande divide a su muerte (395) el Imperio en dos partes entre sus hijos: Honorio, que es reconocido emperador de Occidente, y Arcadio, de Oriente; deja notarse a partir de la caída del Imperio occidental ante los pueblos bárbaros del Norte en el 476; se agudiza en el siglo IX por Focio, patriarca de Constantinopla, y se consuma definitivamente en el siglo XI con Miguel I Cerulario, también patriarca de Constantinopla.

2. Causas del Cisma

Las principales causas que motivaron el Cisma podemos ordenarlas del siguiente modo: a. De tipo étnico: La natural antipatía y aversión entre asiáticos y europeos, unidas al desprecio que en esta época sintieron los cristianos orientales hacia los latinos, a quienes consideraban contagiados de barbarie a causa de las invasiones germánicas.

b. De tipo religioso: Las variaciones que, con el paso del tiempo, fueron imponiéndose en las prácticas litúrgicas, dando lugar al uso de calendarios y santorales distintos; las continuas disputas sobre las jurisdicciones episcopales y patriarcales que se originaron a partir de dividirse en dos el Imperio; la opinión extendida por todo el Oriente de que, al ser trasladada la capital del Imperio de Roma a Constantinopla, se había trasladado igualmente la Sede del Primado de la Iglesia universal; las pretensiones de autoridad por parte de los patriarcas de Constantinopla, que utilizaron el título de ‘Ecuménicos’ a pesar de la oposición de los papas, que reclamaban para sí, como obispos de Roma, la suprema autoridad sobre toda la cristiandad; la negativa de los patriarcas de Oriente a reconocer esa autoridad sobre la base de la Sagrada Tradición Apostólica y las Sagradas Escrituras, alegando que el obispo de Roma sólo podía pretender ser “un primero entre sus iguales”; y la intromisión de los emperadores en

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asuntos eclesiásticos, creyéndose pontífices y reyes, y pretendiendo decidir ellos solos los graves problemas de la Iglesia.

c. De tipo político: El apoyo que buscaron los papas en los reyes francos y la restauración en Carlomagno del Imperio de Occidente (s. IX) mermaron prestigio a los emperadores de Oriente, que tenían pretensiones de reunificar del antiguo Imperio romano.

A estas causas de carácter general pueden añadirse los cargos —en realidad, pretextos — que los patriarcas Focio y Cerulario imputaron a la Iglesia de Roma, y que pueden resumirse en los cuatro siguientes: Que los papas no consideraban válido el sacramento de la confirmación administrado por un sacerdote; que los clérigos latinos se rapaban la barba y practicaban el celibato obligatorio; que los sacerdotes de la Iglesia Romana usaban pan ácimo en la Santa Misa, práctica considerada en Oriente una herejía de influencia judaica; y, en fin, que los papas habían introducido en el credo la afirmación de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo en contra de lo que sostenían los patriarcas orientales, que no reconocían esta última procedencia.

Estos cargos, que hubiesen podido solucionarse con la convocatoria de un concilio, produjeron la separación definitiva, si no hubiesen prevalecido razones espurias a la esencia misma de la religión.

3. Personajes que han intervenido en el cisma

Para proceder con claridad, estudiaremos todos los personajes que intervienen en este asunto, unos como autores del Cisma y otros como defensores de la unidad de la Iglesia y la primacía de Roma.

En la autoría del Cisma se ven implicados Miguel III el Beodo (838-867), emperador de Oriente (último de la dinastía de los Isauros); César Bardas, tío del emperador y regente del Imperio durante su minoría de edad; Gregorio Asbesta, metropolitano de Siracusa; Focio, secretario de la Cancillería imperial, y Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla.

Como defensores de la unidad de la Iglesia merecen citarse los papas Nicolás I, Adriano II, Juan VIII y León IX; Ignacio, patriarca de Constantinopla, y la emperatriz Teodora, madre del emperador Miguel III y hermana de Bardas.

4. Venganza y falsa acusación

Ignacio, patriarca de Constantinopla (799-878), era un hombre de exquisita piedad, pero excesivamente austero y de una rigidez que rayaba en la intransigencia. Bajo la protección de la emperatriz Teodora, se preocupó de velar con celo extraordinario por la pureza de la fe y la práctica de las buenas costumbres.

El día de la Epifanía del año 857, Ignacio negó la sagrada comunión a César Bardas a causa de la conducta inmoral y escandalosa de que hacía alarde. Bardas juró vengarse de esta humillación y busca la alianza de Gregorio Asbesta, encarnizado enemigo de Ignacio, quien, junto con el papa Benedicto III, lo había suspendido en sus funciones de metropolitano de Siracusa.

Puestos de acuerdo, acusaron falsamente a Ignacio de conspirar contra el emperador Miguel III, que ya había llegado a su mayoría de edad y ejercía personalmente el gobierno del Imperio, pero que estaba fuertemente influido por su tío.

La emperatriz Teodora se declaró defensora de Ignacio, pero Bardas la acusa de complicidad, y, tras ordenar que le fuese cortado el cabello como castigo, la encerró violentamente en un convento, mientras Ignacio era desterrado a la isla de Terebinto

5. Focio (820-897 d.C.), y el Cisma

Era preciso sustituir inmediatamente a Ignacio en la Sede del Patriarcado bizantino, y nadie más a propósito que Focio (820-897), secretario de la Cancillería imperial y perteneciente a una familia noble, emparentada con Bardas.

Focio era hombre erudito, tanto en ciencias profanas como sagradas, hábil político, pero soberbio y ambicioso. Su elección parecía acertada. Existía, sin embargo, una grave dificultad: Focio era seglar y los Cánones de entonces prohibían su ascenso directo al episcopado. Gregorio Asbesta, no obstante su excomunión y suspensión, se encargó, en acuerdo con el emperador, de solventar esta contrariedad. En pocos días, del 22 al 25 de diciembre del 858, confirió a Focio las órdenes sagradas, incluso el episcopado, lo que permitió que el emperador le otorgase la dignidad de Patriarca de Constantinopla.

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Con el fin de legitimar su actuación, Focio escribe una carta al papa Nicolás I, sucesor de Benedicto III, en la que le comunica su exaltación al Patriarcado, cosa que había aceptado — explicaba tan cínica como hipócritamente— en contra de su voluntad y a pesar de no creerse digno de tan alto cargo. En esa misma carta hacía una profesión fingida de fe cristiana de acuerdo con el Credo de Roma y sumisión total al Pontífice. Al propio tiempo, el emperador envió otra carta dando cuenta al Papa de la renuncia voluntaria de Ignacio, retirado a un monasterio, y confirmando las noticias de Focio.

No convencido de los argumentos que contenían ambos escritos, Nicolás I envió dos legados a Constantinopla para que le informaran de lo ocurrido, pero, sobornados por Focio y Bardas, informan al Papa falsamente de acuerdo con las anteriores cartas. Aún más, sin autorización del Pontífice, se constituyen en Jueces y convocan un Sínodo cuyas conclusiones deponen a Ignacio y proclaman a Focio legítimo Patriarca. Esta rivalidad entre Ignacio y Focio fue la causa inmediata al Cisma.

6. Resplandece la verdad

Pero no tardaron en llegar a Roma los informes del propio Ignacio y de otros obispos adictos a la Santa Sede, dando cuenta al Pontífice de la realidad de los hechos. Disconforme con los hechos, Nicolás I protestó por la actitud del emperador bizantino, se negó a reconocer patriarca a Focio y reunió en Letrán un sínodo (863), en el que se excomulga a Focio, se le desposee de todas sus dignidades y se restituyen a Ignacio todos sus derechos. Como era de esperar, ni Focio ni el emperador aceptaron la decisión del Pontífice.

Sin embargo, y cuando más esperanzas abrigaban de triunfo, Bardas cae asesinado (866), y, al año siguiente, el emperador Miguel III corría la misma suerte a manos de Basilio, nacido en Macedonia e hijo de padres armenios, que usurpa el trono del Imperio.

7. Destierro de Focio

El emperador Basilio I el Macedonio (810-886), enemigo personal de Focio, encierra a éste en un monasterio (867) y repone a Ignacio en la Sede Patriarcal con todos los honores. A fin de dar legitimidad a las decisiones del nuevo emperador, el papa Adriano II, sucesor de Nicolás I, reunió en Constantinopla el VIII Concilio Ecuménico (869-870), en cuya sesión octava se acuerda anatematizar a Focio y condenar sus libros a la hoguera.

A la muerte del patriarca Ignacio en el 878, el papa Juan VIII, que había sucedido a Adriano II y cuyo desacuerdo con su predecesor era evidente, levantó las penas que pesaban sobre Focio y lo admitió por segunda vez al Patriarcado de Constantinopla, pero cuando el emperador León VI ocupa el trono a la muerte de Basilio I (886), lo recluyó de nuevo en un monasterio, donde permanecería hasta su muerte en el 897.

Durante todo el siglo X, el nombre de Focio cayó en un olvido absoluto. Sin embargo, aunque sus sucesores no rompieron sus relaciones con el Papado, fueron preparando el ambiente contra Roma. La separación espiritual de ambas Iglesias había llegado a tal extremo que, al comenzar el siglo XI, se veía claro que la separación era inevitable. En efecto, ya en el siglo XI, Miguel Cerulario volvía a exaltar la memoria de Focio y a defender sus escritos.

8. MIiguel I Cerulario (1000 - 1059), y la separación definitiva

Miguel I Cerulario fue hombre altivo, prepotente y ambicioso, de poca formación intelectual y lleno de odio contra la Iglesia romana. Elevado a la Sede Patriarcal de Constantinopla en 1043, su ministerio coincidiría con el del papa León IX, y ambos consumarían el cisma que se venía gestando entre ambas Iglesias.

Su enfrentamiento con Roma se inicia en 1051, cuando, tras acusar de herejía judaica a la Iglesia romana por utilizar pan ácimo en la Eucaristía, ordena que se cerrasen todas las iglesias de rito latino en Constantinopla que no adoptaran el rito griego, se apodera de todos los monasterios dependientes de Roma y arroja de ellos a todos los monjes que obedecían al Papa, y dirige una carta al clero en la que renovaba todas las antiguas acusaciones contra las dignidades eclesiásticas occidentales.

En el año 1054, el papa León IX envió a Constantinopla una legación encabezada por el cardenal Humberto de Silva y los arzobispos Federico de Lorena y Pedro de Amalfi, portando un escrito en el que se conminaba a Cerulario a la retractación de algunos aspectos en conflicto y un decreto de excomunión en caso de que éste se negase a ello, pero el patriarca se

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negó a recibirlos y tratar con ellos. Ante esta actitud, los legados papales publicaron su “Diálogo entre un romano y un constantinopolitano”, plagado de burlas contra las costumbres griegas, y, el 16 de julio de 1054, depositaron la bula de excomunión en el altar mayor de la iglesia de Santa Sofía, en Bizancio (antes Constantinopla), y abandonaron la ciudad de inmediato.

Unos días después, el 24 de julio, el patriarca Miguel I Cerulario quemaba públicamente la bula papal y excomulgaba al cardenal Humberto y a su séquito. El cisma entre ambas Iglesias, se había consumado.

Con todo, aunque el inicio del Gran Cisma queda fechado en la Historia a partir del papado de León IX, no son pocos los investigadores que cuestionan la trascendencia de estos hechos en la efectiva separación de ambas Iglesias, pues, por una parte, cuando la excomunión recíproca tuvo lugar, León IX ya había muerto, lo que implica que cualquier actuación llevada a cabo por el cardenal Humberto carecía ya de validez como legado papal, y por otra, las excomuniones afectaban a individuos, no a Iglesias.

9. El Gran Cisma, hoy

Desde aquel momento hasta la actualidad, ambas se denominan a sí mismas Iglesia Católica Romana e Iglesia Católica Ortodoxa y reivindican también la exclusividad de la fórmula “Una, Santa, Católica y Apostólica”, al tiempo que cada una se considera como la única heredera legítima de la Iglesia primitiva fundada por Cristo y atribuye a la otra el “haber abandonado a la Iglesia verdadera”.

Sea como fuere, la Historia nos deja constancia de una suerte de intención latente de acercamiento entre ambas Iglesias. Así, en 1274 tuvo lugar una primera voluntad de aproximación con motivo del II Concilio de Lyon y, en 1439, volvieron a reunirse en el Concilio de Basilea, pero en las dos ocasiones fracasaron los intentos por la recíproca intransigencia en algunos aspectos doctrinales y disciplinarios.

Más recientemente, algunas Iglesias orientales decidieron aceptar la primacía absoluta del papa y ahora se denomina Iglesias Orientales Católicas. Y, a raíz del Concilio Vaticano II, convocado en 1962 por el papa Juan XXIII y clausurado en 1965 por Pablo VI, la Iglesia Católica Romana emprendió una serie de iniciativas que han contribuido al acercamiento entre ambas Iglesias, entre las que puede contarse la declaración conjunta de 7 de diciembre de 1965, en la que el papa Pablo VI y el patriarca Ecuménico Atenágoras I decidían “cancelar de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que había sido pronunciada en aquel 16 de Julio 1054”.

El 11 de Marzo de 2002 una delegación oficial de la Iglesia Ortodoxa fue recibida por el Papa Juan Pablo II en el Vaticano. Esta fue la primera vez desde que se produjo el cisma.

6. LA IGLESIA EN EL MEDIOEVO: LA ESCOLÁSTICA Y LAS UNIVERSIDADES Iluminación

“En la fundación y organización de las escuelas católicas se ha de atender las necesidades del progreso contemporáneo. Por ello, hay que seguir fomentando las escuelas de enseñanza primaria y media, que constituyen el fundamento de la educación; pero se han de tener asimismo muy en cuenta hoy día, las requeridas especialmente por las condiciones actuales de vida, como son las escuelas profesionales, las técnicas, los institutos para la formación de adultos, para la asistencia social, para subnormales, y aquellas en que se preparan los maestros para la educación religiosa y para otras formas de educación” (Gravissimum Educationis, 9)

1. Introducción

A partir del siglo XII y de modo especial en el XIII, la Edad Media llegó a su esplendor. Fue entonces cuando realizó su mejor producción intelectual y cultural. Se ha llamado la época clásica de la cristiandad medieval.

Uno de los rasgos dominantes de la Cristiandad medieval es el lugar cada vez más importante que va adquiriendo el papado en la Iglesia y en la Europa medieval, a costa de luchas muchas veces violentas con el emperador germánico que pretendía elegir a los obispos

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