Table of Contents
PRÓLOGO
Capítulo 1 EL BUEN LADRÓN EN EL EVANGELIO
Capítulo 2 EL PENSAMIENTO DE LOS PADRES DE LA IGLESIA Capítulo 3 EL MISTERIO DE LA CRUZ
Capítulo 4 EL MISTERIO DE LA MUERTE Y DE LA RESURRECCIÓN Capítulo 5 UN MODELO DE VERDADERA SANTIDAD
Capítulo 6 EL BUEN LADRÓN Y MARÍA, REFUGIO DE PECADORES
Capítulo 7 EL BUEN LADRÓN Y SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, UNA MISMA ESPIRITUALIDAD
Capítulo 8 EL BUEN LADRÓN Y LA CUESTIÓN LITÚRGICA Capítulo 9 UNA ESPERANZA
Anexo 1 VALIOSOS COMENTARIOS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA SOBRE EL BUEN LADRÓN
Anexo 2 ALGUNOS TEXTOS SOBRE EL BUEN LADRÓN DEL MAGISTERIO DE JUAN PABLO II, BENEDICTO XVI Y FRANCISCO
Anexo 3 OTROS TEXTOS SOBRE EL BUEN LADRÓN DE SANTOS Y OTROS AUTORES CATÓLICOS
Anexo 4 ORACIONES
BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL NOTAS
EL BUEN LADRÓN
ANDRÉ DAIGNEAULT
EL BUEN LADRÓN
MISTERIO DE MISERICORDIA
Traducción de Cordélia de Castellane Edición y revisión de Álvaro Cárdenas Delgado
Calle Playa de Riazor, 12 - 1º, 1.4 28042 Madrid
Teléfono: 91 594 09 22 [email protected]
www.vozdepapel.com
Título original: Le Bon Larron Traducción: Cordélia de Castellane
Edición y revisión de Álvaro Cárdenas Delgado © 1999, Éditions Médiaspaul
© 2014,
Diseño de cubierta: Rudesindo de la Fuente Primera edición: abril de 2014
ISBN: 978-84-96471-75-7
Composición: Francisco J. Arellano Impresión: Cofás, S.A.
Impreso en España — Printed in Spain
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
ÍNDICE
PRÓLOGO
Capítulo 1 EL BUEN LADRÓN EN EL EVANGELIO
Capítulo 2 EL PENSAMIENTO DE LOS PADRES DE LA IGLESIA Capítulo 3 EL MISTERIO DE LA CRUZ
Capítulo 4 EL MISTERIO DE LA MUERTE Y DE LA RESURRECCIÓN Capítulo 5 UN MODELO DE VERDADERA SANTIDAD
Capítulo 6 EL BUEN LADRÓN Y MARÍA, REFUGIO DE PECADORES
Capítulo 7 EL BUEN LADRÓN Y SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, UNA MISMA ESPIRITUALIDAD Capítulo 8 EL BUEN LADRÓN Y LA CUESTIÓN LITÚRGICA
Capítulo 9 UNA ESPERANZA
Anexo 1 VALIOSOS COMENTARIOS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA SOBRE EL BUEN LADRÓN Anexo 2 ALGUNOS TEXTOS SOBRE EL BUEN LADRÓN DEL MAGISTERIO DE JUAN PABLO II, BENEDICTO XVI Y FRANCISCO
Anexo 3 OTROS TEXTOS SOBRE EL BUEN LADRÓN DE SANTOS Y OTROS AUTORES CATÓLICOS Anexo 4 ORACIONES
BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL NOTAS
PRESENTACIÓN
DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Hace dos años Sophi, una buena amiga mía francesa, puso en mis manos la edición canadiense de esta obra que tienes en tus manos, El buen ladrón, del sacerdote
canadiense André Daigneault. Mi amiga, que había sido cautivada previamente por sus páginas, me recomendó insistentemente su lectura.
Este personaje del Evangelio, tan desconocido y olvidado para la mayoría, no era un desconocido para mí. Otro buen amigo mío, José Ramón, un buen pecador que lucha siempre de nuevo por dejarse amar y perdonar por el Señor, se ha identificado desde que lo conozco con el Ladrón que robó el Paraíso. Mi buen amigo no comprende por qué este personaje excepcional, a quien, a pesar de sus muchas fechorías, extorsiones y crímenes, se le perdonaron todos sus pecados, y que escuchó de los mismos labios del Salvador: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso», está prácticamente ausente en la predicación y la espiritualidad de la Iglesia. Él me contagió su interés por este primer santo canonizado, y ni más ni menos que por el mismo Hijo de Dios.
Desde el momento en que tuve entre mis manos el presente libro, se afirmó en mí la convicción interior de que no era por casualidad, que algo importante se hallaba
escondido en él. Tal convicción se fue confirmando a medida que me adentraba en su lectura. En sus páginas descubrí a un testigo maravilloso del Amor Misericordioso de Cristo y a un audaz ladrón que únicamente con su confianza hizo violencia a las puertas del Paraíso, y así entró en él. La confianza, y únicamente la confianza, fue la puerta por la que accedió a acoger el perdón que el Señor le ofreció, y por la que entró a poseer, de la mano de Cristo, el Paraíso.
Como pecador que soy, tres han sido los frutos fundamentales que la meditación sobre el Buen Ladrón a través de la lectura de este libro han producido en mí. El primero, contemplar el genuino método de Dios para salvarnos por medio de su infatigable amor, que busca, encuentra y ofrece su perdón al pecador arrepentido. El segundo, descubrir en el Buen Ladrón a un inigualable maestro en el arte de apropiarse audazmente, por medio del arrepentimiento y de la confianza, de lo que de ningún modo tampoco yo merezco, afirmándome en la esperanza de robar así, también para mí, como lo hizo él, el estar con Cristo para siempre, y recibir de Él la salvación. Y tercero, el haber encontrado entre los moradores del Cielo a un poderoso intercesor como él, que me ayuda a confiar
siempre de nuevo en el incansable Amor Misericordioso de Cristo, a dejarme acoger cada día por Él, y a proponer su audaz confianza a todos los que experimentan la fuerza del pecado como un excepcional motivo de esperanza.
Hace un año que en una semana de oración al final del verano conocí
providencialmente a Cordélia, una mujer francesa a quien ahora acompaño en su camino espiritual, buscadora infatigable de Dios desde pequeña, y al mismo tiempo
infatigablemente buscada, siempre de nuevo, por Él. En cuanto la conocí compartí con ella mi deseo de publicar esta obra. Le propuse a ella su traducción, y ella aceptó. En dos meses la tenía realizada. A partir de ese momento trabajamos juntos su revisión. En medio año, aprovechando los pocos ratos libres que me deja el servicio de mi parroquia y el acompañamiento espiritual de las personas que me lo piden, la habíamos concluido. Nos pusimos en contacto con varias editoriales católicas para su publicación, y tras varias decepciones LibrosLibres aceptó providencialmente su publicación. Era un viernes del mes de mayo. Aún recuerdo cómo, habiendo llegado ya a mi parroquia lleno de alegría porque el camino de su publicación estaba despejado, al terminar mi oración de la hora Nona de la Liturgia de las Horas me encontré con estas palabras de su oración final: Señor Jesucristo que, colgado en la cruz, diste al ladrón arrepentido el reino eterno, míranos a nosotros, que, como él, confesamos nuestras culpas, y concédenos poder entrar también, como él, después de la muerte, en el paraíso. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Esta oración, en aquel preciso momento, fue para mí una preciosa confirmación del Cielo, que intensificó aún más mi alegría y mi convicción de que esta aventura en la que me había metido venía de allí.
El tiempo actual que vive el mundo y la Iglesia de hoy está marcado por el olvido y el rechazo de Dios, por el menosprecio a toda ley moral —como los Mandamientos— que el hombre no se haya dado a sí mismo, y por las consecuencias dramáticas que esto conlleva de confusión, de división interior, en las familias y en todos los órdenes de la sociedad y, con ello, de falta de paz, de alegría y de enorme sufrimiento.
Siendo esto cierto, no lo es menos también que es un tiempo de gracia particular que el Señor nos está ofreciendo, un tiempo marcado por la iniciativa de Dios que sigue llamando a sus hijos, saliendo a su encuentro en todas las formas posibles, suscitando en la Iglesia nuevos caminos, carismas e iniciativas para acercarse a los hombres que sufren y para anunciarles su Amor Misericordioso y la vida que está en Él. La Iglesia ha ido sintiendo cada vez más la urgencia de salir de sus sacristías, de ir al mundo, de salir a la búsqueda de la oveja perdida. El Papa Francisco ha vuelto a recordar este aspecto esencial del ser de la Iglesia: ella no existe para sí misma sino para el mundo, para los hombres, por eso es esencialmente misionera. La Iglesia está llamada a ir al encuentro de todos, y de un modo particular, como también nos lo está recordando el Papa, de tantos de sus hijos que se alejaron de ella y de aquellos que se encuentran en las periferias existenciales, sin haber experimentado aún la alegría de haber sido encontrados y salvados por Jesucristo. Éste es el reto de la Nueva Evangelización.
Ya sea por el encuentro con el Amor Misericordioso de Jesucristo, que permite ver la propia vida en una luz nueva, como por la toma de conciencia del mal que ante el sufrimiento que éste provoca tantos hombres realizan, y del que los hombres por sí mismos no pueden escapar, son muchos los que en este tiempo están descendiendo a su
yo profundo, descubriendo la luz implacable de la verdad de sí mimos.
Estoy convencido de que el Buen Ladrón está llamado a ser, junto con Santa Teresita del Niño Jesús, el santo que ayude a los hombres de hoy a recorrer el camino de la aceptación humilde, gozosa y esperanzada de la Misericordia Divina, librándolos de la tentación de replegarse sobre sí mismos, hundiéndose en su propia angustia y
desesperación.
Al texto original de esta obra le he incorporado algunas citas que me han parecido oportunas, y que enriquecen la asimilación de su mensaje, así como una preciosa selección de textos, fruto de mi propia investigación, que nos muestran la importancia excepcional del Buen Ladrón para nuestra fe, y que permiten una comprensión más amplia de su misión en la Iglesia, hoy desgraciadamente olvidada para la mayoría.
Doy gracias a Dios por haberme concedido entregar a la Iglesia que reza a Dios en español esta obra. Se la ofrezco como un fruto más de este precioso Año de la Fe que hemos concluido. Pocos como el Buen Ladrón, exceptuando a nuestra Madre la Virgen y a San José, puede ser para nosotros, como lo afirman santos Padres de la Iglesia, un ejemplo y un maestro tan admirable de fe.
Esta obra viene a llenar el vacío existente en España sobre la persona y la misión del Buen Ladrón.
Con ella, espero contribuir a hacer llegar a muchos la figura siempre fascinante del primer santo de la Historia, aquel «ladrón arrepentido» que de generación en generación ha sido desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días un testigo incomparable de la Misericordia, del perdón, y de la salvación de Dios, un ejemplo admirable de aquella audacia de la fe que permite al hombre recibir la salvación, y un motivo de gozosa esperanza para nosotros pecadores, que conscientes del poder del pecado y de nuestra fragilidad humana experimentamos, o anhelamos experimentar, como el Buen Ladrón, el Amor Misericordioso del Corazón de Cristo, y escuchar como él, el día que tengamos que rendir nuestra vida ante el Altísimo, la misma promesa de salvación que él recibió: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43).
Álvaro Cárdenas Delgado
PRÓLOGO
Quiero, como el Buen Ladrón, comparecer ante Él con las manos vacías. Santa Teresa del Niño Jesús
Dieciocho años antes de ser ordenado sacerdote escribí:
Señor, si algún día llegas a hacer de mí un sacerdote, me gustaría ser sacerdote de tu Corazón y de tu Misericordia. La misericordia, el perdón, el amor por los pecadores, la infancia espiritual y mis amigos del cielo: Santa Teresa del Niño Jesús, el Santo Cura de Ars, San Luis María Grignion de Montfort y San Francisco de Asís, el Buen Ladrón y San Benito Labre, todos estos nombres cantan en mi corazón desde hace unos veinte años.
¿Cómo podemos explicar nuestro cariño hacia tal o cual santo? ¿No podría ser que fueran ellos los que nos escogen a nosotros, y no nosotros quienes les escogemos a ellos? Recuerdo que desde los veinte años el Buen Ladrón ya me fascinaba, y que en mi libro
Del corazón de la miseria: la misericordia le había dedicado un capítulo.
Desde hace mucho tiempo quería escribir un libro sobre él. Guardaba ideas y tomaba notas. Y sucedió que la Providencia, por medio de circunstancias misteriosas, me puso en el camino a un laico francés, Yves Carrer, que llevaba treinta años trabajando para dar a conocer y a amar al Santo Buen Ladrón, y para que se recurriese más a él en la
oración.
Este hombre vino a Québec y conversamos largamente, le expliqué mi proyecto y me apoyó vivamente, asegurándome que ya había llegado el momento, y que él me ayudaría con su documentación y con sus ideas para realizar este trabajo.
¡Francia y la Nueva Francia unidas por un encuentro providencial para que el Santo Buen Ladrón sea conocido e invocado en la Iglesia!
Pero ¿por qué tiene que ser conocido e invocado el Buen Ladrón?
Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia
Nuestro mundo atraviesa una crisis de esperanza. El Concilio Vaticano II, por su parte,
visitado por una solicitud pastoral para la salvación del mundo, respondió a la miseria del hombre exponiendo su mensaje a la luz de la Divina Misericordia. Ya San Pablo había entrevisto la misteriosa convergencia entre el pecado y la gracia que sobreabunda.1 Esta actitud de Jesús siempre buscando a las ovejas perdidas, a las prostitutas y a los hijos pródigos se manifestó del modo más increíble en el Calvario, mientras agonizaba entre los dos bandidos. Esto fue, y sigue siendo desgraciadamente para muchos «justos», una
ocasión de escándalo. Se puede decir que el mayor problema del hombre de hoy no es el pecado como tal, sino la desaparición del sentido del pecado, y la huida en el vacío hacia unos paraísos artificiales. Éstos parecen liberar al hombre de unos sentimientos de
culpabilidad juzgados nefastos, pero que lo apartan al mismo tiempo de la Divina Misericordia, que sin embargo quiere manifestarse.
Como ha sucedido siempre a lo largo de la historia de la Iglesia, «los signos de los tiempos» van confirmando la intuición del Concilio Vaticano II. Ponen a la luz del día a
aquellos santos y santas llamados a ser testigos de la Divina Misericordia.
A finales de 1997 Santa Teresa del Niño Jesús es proclamada Doctora de la Iglesia. Ella había ofrecido su vida por los más grandes pecadores, por los incrédulos y los ateos. Es más, quiso sentarse en la mesa de los incrédulos y compartir su suerte para obtener para ellos la misericordia. Teresa está a la puerta de nuestro mundo moderno roído por el ateísmo. Y aparece más que nunca como la «doctora» del Amor Misericordioso.
Además, el Papa Juan Pablo II beatifica a sor Faustina Kowalska, la gran apóstol, ella
también, del Amor Misericordioso, a quien Jesús había revelado:
Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo a las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercarse a Mí. (Diario, 50).
Quiero que los pecadores se acerquen a mí sin miedo de ninguna clase, aunque sus almas se encuentren como un cadáver en putrefacción. Aunque humanamente no tuviesen ningún remedio no ocurre lo mismo con Dios. Las llamas de la Misericordia me
consumen. Tengo prisa en derramarlas sobre todas las almas. Ningún pecado, aunque sea un abismo de abyección, conseguirá secar el pozo de mi Misericordia porque cada vez que se saca de ella, aumenta.
Habla al mundo entero de mi Misericordia (Diario, 1190).
Mira Mi Corazón lleno de amor y de misericordia que tengo por los hombres y especialmente por los pecadores (Diario, 1663).
Hija Mía, escribe que cuanto más grande es la miseria de un alma tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia e (invita) a todas las almas a confiar en el
inconcebible abismo de Mi misericordia, porque deseo salvarlas a todas (Diario, 1182). Diles a las almas pecadoras que no tengan miedo de acercarse a Mí, habla de Mi gran misericordia (Diario, 1396).
Diles a Mis sacerdotes que los pecadores más empedernidos se ablandarán bajo sus palabras cuando ellos hablen de Mi misericordia insondable, de la compasión que tengo por ellos en Mi Corazón (Diario, 1521).
¡Es evidente que el mensaje que nos transmite el Buen Ladrón es la Divina
Misericordia! En un instante la Misericordia Divina le hace pasar de la mayor abyección a la más alta santidad. Un hecho único en la historia de la salvación que hace de él el primer canonizado, el primero a quien se abrieron las puertas del paraíso.
El episodio del Buen Ladrón cambia completamente nuestra escala de valores. Dios no necesita para nada nuestras virtudes naturales, en cambio necesita nuestro vacío y
nuestra pobreza para colmarlos de su Misericordia. Le causa horror la autocomplacencia, y espera de nosotros el abandono de un niño. Como un torrente que desborda, su
Misericordia quiere derramarse en nuestras pobrezas. Dios se complace en manifestar su fuerza en la debilidad de los más pequeños.
A comienzos del siglo XX quiso dar al mundo como modelo a Santa Teresita del Niño
Jesús, la «pequeña Teresa». Desgraciadamente, a veces se la ha desfigurado presentado su doctrina como algo infantil y débil. Por eso hay que asociar su espiritualidad a la del Buen Ladrón, porque es la misma.
Al escribir estas páginas quisiera solamente dar a conocer y a amar al único santo canonizado directamente por el mismo Jesús, e invitar a todos a invocarlo. La
proclamación de Santa Teresa del Niño Jesús como Doctora de la Iglesia2 podría ser la ocasión para hacer descubrir al mundo el «pequeño camino» del santo Buen Ladrón, con su mensaje dirigido a cada uno de nosotros, que también somos ladrones con él. Este camino de la confianza absoluta en la Misericordia de Dios debe volver a conceder al Buen Ladrón el lugar que se merece en la espiritualidad y en la devoción cristiana.
Con los avances en los estudios de la Sagrada Escritura, la luz se hará y su hora vendrá. En una época en la que la violencia se desencadena en el mundo es bueno pedir al Buen Ladrón que interceda por todos nosotros, ciegos espirituales, y por todos los pecadores sinceramente arrepentidos. Este mundo herido debe aprender de nuevo a decir con toda verdad: «¡Kyrie eleison!»
Capítulo 1
EL BUEN LADRÓN EN EL EVANGELIO
El Buen Ladrón tiene un mensaje para todos los hombres y mujeres de hoy que se preguntan: «¿Para qué vivir? ¿Merece la pena seguir viviendo? ¿Qué esperanza tenemos?». El Buen Ladrón nos introduce en el corazón del mensaje evangélico.
Nos hace volver al misterio de Jesús crucificado, y nos recuerda que para resucitar y renacer con Él, en la gloria, hemos de ser, de alguna manera, crucificados con Él.
Por la contemplación de Cristo en su Pasión, muerte y resurrección, nos conduce hacia una espiritualidad que vuelve a dar todo su lugar al Misterio de la Redención, al misterio del Viernes Santo y de la Pascua, que es el centro y la esencia del cristianismo. Esta es una de las misiones del Buen Ladrón.
Una gran aventura
El padre Alberto Bessières escribía en 1937:
¡Una gran aventura! ¡Tan grande que el mundo no volverá a conocer otra igual! Un bandido muriendo al lado de Cristo, y canonizado por Él, el primer canonizado del Nuevo Testamento, venerado por el universo cristiano en millares de santuarios en todos los ritos, latino, griego y armenio, glorificado por los Padres de la Iglesia, por los ascetas y los místicos, y el más grande de los apóstoles.3
En esa época, tal admiración por alguien que antes de encontrarse con Cristo había sido un bandido no era compartida por todo el mundo. Desde luego este personaje del Evangelio no era un completo desconocido para los cristianos. Los calvarios, muy a menudo obras de arte maravillosas al mismo tiempo que catequéticas dejadas por nuestros padres, así como las vidrieras o los cuadros de los museos, les recordaban de vez en cuando este episodio de la Pasión de Cristo.
Pero ¿quién les prestaba verdaderamente atención? ¿Quién, al final de los años treinta del siglo pasado, meditaba esta página que nos concierne a todos, sin duda una de las más bellas e inspiradoras del Evangelio?
El cardenal Gilles Guéraud Saliège, arzobispo de Toulouse, iba a esforzarse en abrir una brecha en ese muro de silencio relativo al santo bandido poniendo inmediatamente las cosas en su sitio:
él en la Pasión del Salvador, pero ¿a quién se le ocurre invocarle y rezarle como santo? Es verdad que hay una misa y un oficio del Buen Ladrón, pero ¿quién celebra esta misa y reza este oficio? Estamos muy lejos de darle el lugar que los Padres de la Iglesia le reservaron. Al leerles uno se queda uno un poco sorprendido. ¡Tanta elocuencia y tanta admiración por él!
Entre todas las virtudes heroicas del Buen Ladrón, el cardenal se fijaba sobre todo en su humildad, y lo señalaba:
El Buen Ladrón tuvo el valor de ser humilde y de reconocer sinceramente quién era. Un valor muy poco frecuente y en este caso tan maravillosamente recompensado. Cuando Dios encuentra la humildad en un alma, no puede resistirse más y se precipita sobre ella con el torrente de sus gracias.
Y evocaba su misión en la Iglesia:
¡Canonizado por Jesús!: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». El Buen Ladrón es un testigo del Amor Misericordioso. En un siglo en el que se muere por tanta injusticia, y que a pesar de todo es trabajado por una magnifica esperanza, el habla de
arrepentimiento y de confianza, mostrando a las almas pecadoras algo de las profundidades del Corazón de Jesús.
Os pregunto, amigos lectores, como el cardenal De Saliège: ¿Se os ocurre invocar al Buen Ladrón? ¿Le rezáis como a un santo? Y si no, ¿por qué no lo hacéis?
¿Quiénes son los «ladrones»?
¿Quiénes eran los dos bandidos crucificados con Jesús? San Lucas, el evangelista de la misericordia de Jesús, como escribió Dante, nos habla de ellos.
Conducían también a otros dos malhechores que iban a ser ajusticiados con él. Y cuando llegaron al lugar llamado «la Calavera» lo crucificaron allí, a él y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Lc 23, 32-33).
Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándole, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad lo estamos
justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le contestó: «En verdad te digo estarás conmigo hoy en el paraíso» (Lc 23, 38-43).
Mateo y Marcos nos ofrecen alguna aportación complementaria, pero no distinguen entre los dos bandidos:
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha, otro a su izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y meneando la cabeza decían: «Tú que destruyes el templo y
lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo. Si eres Hijo se Dios, baja ahora de la cruz». Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que le ama, pues dijo: “Soy hijo de Dios”» (Mt 27, 37-44).
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda» (Mc 15, 27). En general, los comentarios que oímos sobre estos dos hombres nos dan la impresión de que sus historias empiezan solamente en la crucifixión. Y por ello no habían visto ni oído nada sobre Jesús antes. La simple lectura del titulus, el cartel situado en el madero vertical, bastaba para decirles in extremis quién era Jesús.
Sin embargo, aquí debemos hacernos algunas preguntas.
¿Conocían a Jesús estos dos bandidos antes de ser crucificados? ¿Le habían visto en el pretorio?
¿Habían oído las acusaciones dirigidas contra Él por parte de los jefes de los judíos? ¿Habían oído sus declaraciones ante el Sanedrín?
¿Qué disposiciones podían tener en relación a su persona? Todo esto es lo que deberíamos intentar saber.
¿Quiénes eran estos dos hombres? ¿Salteadores? ¿Guerrilleros zelotes que se oponían a la ocupación romana? ¿Quizás simples bandidos rebeldes?
Para algunos autores estos dos hombres no eran sino «criminales de derecho común», simples bandidos: latrones, como leemos en la Vulgata.4 Otros como Joseph Blinzer, uno de los mejores especialistas en la Pasión de Jesús, sostienen la opinión, ampliamente aceptada en la actualidad, de que la palabra griega lestes incluye también el sentido de rebelde, de revolucionario, de «combatiente de la resistencia».
«El término «bandidos», lestai, se encuentra en el original griego. Recordemos que
lestes es en Juan el término con el cual se designa a Barrabás. Es casi seguro que aquí el
término designa a un agitador político, a una especie de guerrillero, un zelote partidario de la liberación de Israel frente a la ocupación romana, y no un mero bandido corriente. Pero como los romanos no reconocían ningún estatus social ni a los artesanos ni a los que se rebelaban contra su dominación, para ellos no eran hostes, «enemigos», sino simples bandidos, delincuentes que había que eliminar, destinados obligatoriamente a la muerte, único castigo ante estas acusaciones. Jesús tomó el lugar que le correspondía al jefe de estos revolucionarios, llamado Barrabás.»5
Algunos comentaristas intentan conciliar estas dos opiniones divergentes. El Padre Bessières escribe:
Los dos crucificados con Jesús son bandidos, ladrones y asesinos a la vez, opuestos al ocupación romana. En tiempo de Jesús muchos como ellos infestaban la Palestina. Sus fechorías se disfrazaban de motivos políticos. El odio hacia el invasor romano se
concretaba en sediciones y asesinatos en nombre de la libertad. Las casas de los judíos cuyo patriotismo era juzgado demasiado débil eran saqueadas. Hecha la fechoría, se volvían a la montaña, en donde seguían viviendo de saqueos y robos.6
¿Quiénes eran éstos? ¿Criminales de derecho común, o enemigos políticos? ¿Bandidos de poca monta operando en la carretera de Jericó a Jerusalén?¿Guerrilleros zelotes, agresores de los soldados de ocupación? ¿O las dos cosas a la vez? ¿Violentos como Barrabás? ¿Resistentes a la ocupación? ¡Qué importa! Escuchando las palabras injuriosas del que increpa a Jesús desde su cruz, comprendemos que no eran precisamente unos santitos.7
La respuesta pública del Buen Ladrón no deja lugar a dudas: «Nosotros en verdad lo estamos justamente porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha hecho nada malo» (Lc 23, 41). Con estas simples palabras reconocía la extrema gravedad de sus actos. Su actitud ilustra perfectamente la palabra de San Pablo: «Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia y con los labios se profesa para alcanzar la salvación» (Rom 10, 10).
Revueltas en la ciudad, arrestos y encarcelamiento de los sediciosos
Podemos representarnos lo que ocurrió de la siguiente manera: unos días antes de la pascua judía una revuelta había estallado en la ciudad bajo la instigación de Barrabás. Pero él no estaba solo, tenía sus cómplices. Además, se había asesinado a alguien. Un destacamento de la guarnición romana que se había traslado al lugar, había arrestado a los rebeldes y los había encarcelado.
¿Qué dicen los evangelistas sobre este punto?
Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás» (Mt 27, 16). «Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta» (Mc 15, 7). «Éste había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio» (Lc 23, 19).
A pesar de su concisión, estos textos nos ofrecen detalles importantes. Según Marcos, Mateo y Lucas, Barrabás es «un preso famoso». Con este término, los evangelistas están indicando claramente que Barrabás poseía una cierta notoriedad para sus conciudadanos, que era considerado una especie de héroe popular, alguien famoso.
Al hablar Lucas de revuelta y Marcos de sedición, nos indican que se trató de un intento de levantamiento popular, de una revuelta en contra de la autoridad establecida, del ocupante romano. Marcos nos dice que Barrabás no fue el autor directo del asesinato que había tenido lugar durante la revuelta. Lo imputa a los rebeldes y a sus cómplices. Según los evangelios sinópticos, una vez arrestados, Barrabás y sus cómplices fueron conducidos a la cárcel, probablemente a un oscuro calabozo de la fortaleza Antonia, lugar de alojamiento de la guarnición romana, en espera de comparecer ante el Procurador imperial bajo la doble acusación de sedición y de asesinato.
En el pretorio
en donde residía el gobernador, que tenía por costumbre acudir a Jerusalén para las fiestas, especialmente para la Pascua. El lugar habitual de residencia del gobernador era Cesarea Marítima, capital de la provincia del mismo nombre, al norte de Palestina, a orillas del mar.
Veamos cómo se desarrollaban los procesos judiciales durante la época romana, en tiempos de Jesús.
Era costumbre romana realizar varios procesos seguidos, uno tras otro. Se comenzaba al alba, reuniendo en una misma sala a todas las personas que iban a ser juzgadas. De esa sala entraban y salían los que dirigían la acusación. De este modo, es de suponer que los dos bandidos asistieran al proceso de Jesús, ya que fueron juzgados y condenados
inmediatamente después que él. Los romanos ejecutaban las sentencias de muerte sin dilación, en el mismo día del proceso.8
Pilato, rodeado de sus asesores e intérpretes, procedía al interrogatorio de los acusados en el auditorium, lugar donde se encontraban también los auditores y la cohorte
pretoriana, es decir, la guardia personal del gobernador. En cuanto al tribunal
propiamente dicho, estaba situado en un estrado en el exterior del pretorio. Es allí, en el lugar llamado lithostrôt, en hebreo gabbatha, desde donde el procurador, sentado en su sede de justicia, pronunciaba ante el público las sentencias de muerte.9
Lo que los ladrones van a oír en el pretorio
El día del proceso los sacerdotes, los escribas y los ancianos, que se han quedado fuera para no contaminarse y poder comer así el cordero pascual (Jn 18, 28), acusan a Jesús de cosas que debieron parecer muy extrañas a nuestros dos inculpados: «Hemos
encontrado que éste anda amotinando a nuestra nación, oponiéndose a que se paguen tributos al César y diciendo que él es el Mesías rey» (Lc 23, 2). Los acusadores, indignados, arrojaban furiosos estas palabras al procurador.
Perplejo, Pilato escucha... ¡Los ladrones también! ¡Cómo no van a estar atentos al que pasa antes que ellos, también inculpados! La sentencia de éste será sin duda reveladora de la propia suerte que van a correr.
Pilato vuelve al pretorio para el interrogatorio. Mateo, Marcos y Lucas se han limitado a señalar la pregunta central del procurador: «¿Eres el rey de los judíos?», y la respuesta de Jesús: «Tú lo dices». Juan, por su parte, incluirá desarrollos que llevan la marca de su teología:
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los Sumos Sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices, para eso he nacido, y para eso he venido al mundo: para dar
testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato le dijo: «¿Y qué es la verdad?» (Jn 18, 33-38).
Al oír esto los ladrones se quedan perplejos. Descubren que, efectivamente, Jesús es rey, pero no de un reino terreno con el que hubieran podido quizás soñar, sino de un reino que no es de este mundo. ¡Asombroso!10
Pilato comprendió entonces que se encontraba confrontado ante un problema de orden religioso en el que no debía intervenir. En efecto, Roma recomendaba a los gobernadores —mejor dicho, les ordenaba— que respetaran las costumbres y las prácticas religiosas de los pueblos que tenían bajo su autoridad. Pilato debía ajustarse a ello.
Persuadido de la inocencia de Jesús, vuelve a la terraza e interpela a los jefes religiosos y al gentío para comunicarles que no encuentra ninguna culpa en ese hombre, ningún motivo de condena, nada realmente que merezca la muerte. Pero ellos insisten
acaloradamente diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí» (Lc 23, 5).
Al oír hablar de Galilea, Pilato ordena llevar Jesús a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, que estaba también en Jerusalén para la Pascua. Tras haberlo humillado, insultado, ultrajado, golpeado, y haberse burlado de él vistiéndole la capa de soldado, denominada clámide, Herodes y sus guardias lo vuelven a remitir a Pilato.
A Pilato sólo le queda un último recurso para intentar liberar a Jesús: el privilegio pascual, que seguramente se le debió recordar. En efecto, era costumbre liberar a un preso por la fiesta de Pascua, el que el pueblo reclamara. Como alto funcionario, Pilato podía liberar a cualquier acusado que no hubiera sido juzgado.11 Pilato les dice: «“Es costumbre entre vosotros que para Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?” Volvieron a gritar: “A ese no, a Barrabás”. El tal Barrabás era un bandido» (Jn 18, 39-40).
Entre los romanos la flagelación era una de las penas que podían sufrir los condenados. Pilato va a ordenar este castigo esperando así conmover a las turbas. Después de este suplicio, Jesús va a ser presentado en un estado digno de lástima: extenuado, cubierto de salivazos y sangre, el rostro magullado, coronado de espinas, y cubierto con un manto escarlata, sosteniendo en la mano derecha una caña. Pero su lastimoso aspecto no tiene efecto sobre el pueblo manipulado, que, enfurecido, grita todavía más. Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn 19, 7).
El gran tema de conversación ese día
En Oriente las informaciones circulan muy deprisa. En ese día de preparación para la Pascua, hay un tema que ocupa el centro de todas las conversaciones: la declaración extraordinaria de Jesús ante el Sanedrín, por la que, libremente y con toda majestad, ha firmado su propia sentencia de muerte.
¿Qué nos dicen los evangelistas?
Más Jesús callaba. Entonces el Sumo Sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios». Jesús le dijo: «Tú lo has dicho; y
además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo» (Mt 26, 63-64).
Volvió de nuevo a interrogarle el Sumo Sacerdote. Pero él seguía callado y no respondía. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo. Pero él callaba sin dar respuesta. De nuevo le pregunto el Sumo sacerdote: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?» Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo» (Mc 14, 61-62).
En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo con los Sumos Sacerdotes y escribas, le hicieron comparecer ante al Sanedrín y le dijeron:
«Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les dijo: «Si os lo digo, no lo vais a creer, y si os
pregunto, no me vais a responder. Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Vosotros lo decís, yo lo soy» (Lc 22, 66-70).
Estas declaraciones de Jesús ante el Sanedrín reunido bajo la presidencia de Caifás, sumo sacerdote aquel año, no eran en realidad únicamente una afirmación de su
mesianismo, como el Cristo, el Mesías anunciado y esperado como liberador de todo el pueblo de Israel, sino también de su filiación divina. Era el mismísimo Hijo de Dios. Y esta afirmación constituía para los judíos una blasfemia digna de muerte.
Las palabras que los ladrones pronunciarán desde la cruz estarán relacionadas con las respuestas de Jesús a las preguntas de Pilato. Las tres expresiones que usarán merecen ser destacadas de antemano.
Del primer bandido: «¿No eres el Cristo?»
Del segundo: «Cuando vengas...», expresión que implica la fe del Buen Ladrón en el retorno glorioso de Cristo; y «con tu reino» o «para inaugurar tu reino», un reino que para el Buen Ladrón que moría crucificado, no cabía pensamiento alguno de que fuera de la tierra. No podía ser otro reino, sino aquel del que había hablado Jesús, diciendo «no es de aquí».
Condenados a muerte según el derecho romano
A petición del Sanedrín el proceso de Jesús acaba de terminarse con una sentencia de muerte. Mientras se devuelve la libertad a Barrabás, Pilato hace redactar el motivo de la condena: «Jesús el rey de los Judíos».
Veamos lo que dice el padre Pierre Benoît, director de la Escuela Bíblica de Jerusalén, en relación con esto:
¡Sorprendente! Los cuatro evangelistas se muestran unánimes respecto a la inscripción de la cruz. Todos dicen lo mismo: «El rey de los Judíos». Durante el proceso nos hemos dado cuenta de que este supuesto motivo de la pretensión de Jesús de considerarse rey, y que los judíos presentaron a los romanos, no fue lo que les molestó. Lo que realmente les resultó intolerable fue la afirmación de ser el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios. Pilato entendió muy bien que esta acusación política no era más que un pretexto, que no se trataba en absoluto de un revolucionario en sentido político. Pero cedió, aceptó este
motivo de su condena, y lo hizo inscribir sobre la tablilla, porque era lo único que podía escribir en los archivos y presentar al Emperador: el acusado se autoproclama rey de los judíos. Queda, ahora, juzgar a los dos bandidos, cómplices seguramente de Barrabás.
No hubiera sido lógico que Pilato hubiese hecho salir de la cárcel para comparecer ante su tribunal solamente a Barrabás, y que no se hubiese ocupado de sus cómplices, probables autores del asesinato durante la sedición en la ciudad, y que según Marcos estaban en la cárcel con él.
Si los dos ladrones hubiesen sido unos malhechores ordinarios de derecho común, hubiesen sido conducidos ante una instancia local para ser juzgados. En previsión de una condena a muerte, era necesario el procedimiento, exequatur, para poder ejecutar la sentencia pronunciada en el juicio. Se necesitaba la aprobación del gobernador, ya que sólo él tenía el poder sobre la vida o la muerte de todos los súbditos de la provincia que estaba bajo su autoridad. En el caso de malhechores comunes la muerte era por
lapidación.
Según el procedimiento legal romano, la condena a morir clavado en la cruz exigía previamente comparecer ante un jurado competente que juzgaba los crímenes de lesa
majestad, es decir aquellos crímenes considerados contra el pueblo romano y su
soberanía. Se hacían merecedores de la cruz aquellos criminales peligrosos autores de desórdenes y sediciones que ponían en peligro el orden imperial, y que recibían por parte de los romanos el nombre de latrones, es decir, bandidos.
La acusación mantenida contra los dos ladrones condenados con Jesús fue doble: haber participado en un levantamiento popular contra el ocupante romano, y durante esos hechos haber cometido un asesinato. Estos actos no les ofrecían ninguna posibilidad de escapar de este último castigo, y seguramente eran plenamente conscientes de ello.
Pilato, que poseía los poderes de un Senador ecuestre, un alto rango en Roma, era la máxima autoridad. Una de sus mayores preocupaciones durante sus diez años como gobernador había sido la persecución de este tipo de bandidos. Sin lugar a dudas, fue él quien pronunció contra ellos la sentencia de muerte tras un rápido proceso realizado inmediatamente después del de Jesús. Probablemente fue un proceso sencillo, sin interrogatorios, limitándose a escuchar de alguno de sus ayudantes los cargos contra los dos bandidos, para concluir firmando la sentencia contra éstos.
Seguramente que Pilato hubiese querido quitarse a Barrabás de encima, pues era un peligro real para él y para las tropas de ocupación que él mandaba. Además, la captura y la ejecución de este famoso bandido le hubieran valido la estima y el reconocimiento del emperador, favoreciendo así su ascenso político. De este modo se explica su gran
decepción y su nerviosismo, manifestados en su seca respuesta a los jefes de los judíos: «Lo escrito, escrito está».
Encontrará la ocasión perfecta para ridiculizarles haciendo acompañar al rey de los judíos por dos bandidos, reconociendo a Jesús como tal por el titulus. La sentencia dirigida por él contra cada uno de los dos reos será: «Irás a la cruz».
A partir de este momento los dos condenados tendrán que soportar también el suplicio legal y ritual de la flagelación, cargar el palo horizontal de la cruz, llamado patibulum, llevar colgado al cuello el titulus, y su exposición a pública infamia sobre la cruz, en un lugar frecuentado fuera de las murallas de la ciudad. Y para acabar con su vida, la rotura de piernas llamada crurifragium.
La dolorosa flagelación
Del mismo modo que había hecho con Jesús, Pilato entregó a los dos bandidos a los soldados verdugos encargados de la ejecución. Según el derecho romano, el que era entregado a los soldados para ser flagelado perdía su condición de ser humano. No era más que un envoltorio vacío que ninguna ley protegía, un cuerpo sobre el cual uno podía hacer libremente lo que se le antojara.
Si este terrible suplicio podía llegar a ser en ciertos casos la pena principal, para los dos ladrones era el castigo previo antes de la crucifixión. La flagelación infligida quería
intensificar el sufrimiento y también, debido al agotamiento que causaba, acortar la agonía.
Al igual que Jesús, los dos ladrones debieron sufrir seguramente la flagelación en el interior del pretorio. Esta flagelación reservada a los esclavos, se ejecutaba con látigos de cuero incrustados de bolas de metal, o de puntas agudas.12
¿Cuántos golpes fueron? La ley judía prescribía que el número de golpes no podía superar los 39. Pero no era lo mismo para la ley romana, que ignoraba totalmente esta piedad. Cumplido ese ritual, los ladrones cubiertos de sangre fueron conducidos hasta Jesús para formar el doloroso cortejo que en unos instantes tomaría el camino del Gólgota. Un grupo de soldados bajo el mando del centurión, un oficial llamado exactor
mortis, estaban allí esperando las órdenes del procurador: «I, lictor, expedí crucem [Ve,
lictor, y prepara la cruz]».
Los últimos preparativos
Quedaba todavía una última formalidad antes de que se diera la orden de emprender la marcha. La costumbre romana era que el condenado llevase sobre la espalda o sobre el pecho desde el tribunal hasta el lugar de ejecución una tablilla llamada titulus donde estaba escrito el motivo de su condena.13
La tablilla estaba pintada en blanco, el texto en rojo o en negro para que se pudiera leer perfectamente lo escrito. El motivo de la condena estaba escrito en tres lenguas: el hebreo o arameo, como lengua local, el latín, lengua administrativa, y el griego, que era la lengua comercial.14
El brazo horizontal de la cruz, o patíbulo, debía de ser llevado por los condenados hasta el lugar de su ejecución. A Jesús y a sus dos compañeros les fue ordenado extender los brazos. A la altura de la nuca, sobre las espaldas laceradas, los soldados depositaron horizontalmente sobre ellas el pesado fardo, les levantaron los brazos hacia él, y con cuerdas ataron fuertemente sus muñecas al leño.
El lamentable cortejo
El lamentable cortejo compuesto por Jesús y los dos ladrones acompañados de un
marcha. Pasando por las callejuelas de Jerusalén, llenas de habitantes, empezó lenta y penosamente el recorrido hacia la nueva muralla construida por Herodes. El montículo rocoso, que en los Evangelios lleva el nombre de Gólgota, estaba más o menos a unos cientos de metros de ella. Los postes estaban ya colocados allí.
«Lo seguía un gran gentío del pueblo y de mujeres» (Lc 23, 27) a lo largo de todo el recorrido. Si algunos mostraron compasión hacia Jesús, no debió suceder lo mismo con sus dos pobres compañeros, que fueron vilipendiados sin piedad. En efecto, según Tito Livio y Cicerón, había una costumbre que autorizaba a la población a acompañar a los condenados que caminaban al suplicio latigándolos.
En esta multitud había también «mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él» (Lc 23, 27). ¿Quiénes eran estas mujeres? Algunos nombres vienen a nuestra memoria: María la Magdalena, Juana de Susa, Marta y María de Betania, y las
trigateres Ierusalem, señoras piadosas de familias ricas que realizaban el oficio de
plañideras oficiales. Éstas formaban una asociación de ayuda a los pobres condenados a la cruz (cruciari), una ayuda moral que mostraban con sus manifestaciones de dolor exterior, como describe el evangelista, y una ayuda material que consistía en la
preparación de un brebaje a base de «mirra y vino» (Mc 15, 23), que ejercía un cierto efecto narcótico sobre los condenados que aceptaban tomarlo.
En el Gólgota
La crucifixión era un suplicio de origen persa que los romanos habían heredado de los cartagineses. Los autores de la época la consideraban como la peor muerte de todas, «la más atroz»15, «el último de los suplicios», «la más cruel y la más terrible forma de morir»16, «el suplicio reservado a los esclavos», según Máximo, Valerio, Tácito y Tito Livio, y la más humillante también, ya que la ley no reconocía ningún derecho al condenado.
El siniestro lugar llamado Gólgota17 se encontraba fuera de la ciudad, cerca de la puerta de Efraím. Convenía dar al acto la máxima publicidad. Era necesario que fuera al mismo tiempo visible y disuasorio. Por eso la ejecución tenía que tener lugar donde el pueblo pudiera asistir al lúgubre espectáculo. De la indicación ofrecida por Marcos, según la cual «el centurión, que estaba enfrente» (Mc 15, 39), podemos deducir que las cruces no debían de ser muy altas, un poco más del tamaño de un hombre. Los pies de los ajusticiados podían estar más o menos a un metro del suelo. A veces la cruz tenía una especie de sillín que servía para sostener el cuerpo del ajusticiado, pero tenía el
inconveniente de prolongar indefinidamente su agonía. No debió de ser ese el caso aquel día en el Gólgota, ya que la fractura de las piernas de los bandidos no hubiera tenido un efecto mortal inmediato. El cuerpo estaba suspendido por los brazos, los cuales tenían que soportar un peso de unos 80 kg, y apoyado sobre los pies, que se sostenían sobre el clavo que los atravesaba.18
Después de eso quedaba una última formalidad, que los soldados sujetaran los titulus con el motivo de su condena sobre la cabeza de los condenados.
Los sinópticos y el evangelista Juan precisan que Jesús había sido crucificado entre dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los evangelistas remitían a sus lectores a un momento histórico del cual tenían conocimiento. Según Mateo y Marcos los
bandidos unían sus voces a las injurias y burlas de la gente que pasaba por allí, del sumo sacerdote, de los ancianos y de los soldados: «También los otros crucificados lo
insultaban» (Mc 15, 32).
Lucas, por su parte, nos informa de que sólo «uno de los ladrones suspendido a la cruz lo insultaba». El evangelista nos aporta hasta las palabras que este ladrón pronunció: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros (Lc 23, 39).
Al escuchar estas palabras podemos preguntarnos dónde está realmente la injuria, si es de verdad una injuria o no. Suponemos que sí, porque Lucas las enlaza inmediatamente con los reproches que el Buen Ladrón dirige al otro: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo» (Lc 23, 41).
Pero, ¿dónde está la injuria? Más que en el contenido de la pregunta, la injuria estaría en el modo de plantearla, presentándola como una insolente manera de obligarle a actuar, o también por el hecho de que ante el insistente coro de los pérfidos acusadores de Jesús haya terminado por estar de acuerdo con ellos.
El padre Lagrange considera las palabras del mal ladrón no como una confesión de fe sino realmente como una «ironía brutal, como si dijera: cuando uno tiene la pretensión de ser el Cristo, se las arregla para salirse de esa situación y para sacar a sus compañeros también».
Hay comentaristas que partiendo del texto de la Vulgata han traducido las palabras del Buen Ladrón «neque tu [aunque tú]», por: «Tú no tienes temor de Dios, aunque
condenado como nosotros vas a comparecer ante Él». El reproche del Buen Ladrón sería más bien porque el mal ladrón ha agredido a Jesús. El sentido sería: «No tienes temor de Dios y te permites atacarle. El hecho de que él esté bajo la misma condena que nosotros te hace pensar que tienes derecho a ponerlo a nuestra misma altura».19
Puede admitirse que el Buen Ladrón haya pedido fraternalmente a Jesús liberarse de donde está, y con Él a ellos también. Pero pensar que lo ha injuriado parece impensable. Porque si ese hubiese sido el caso, el reproche que dirige a su compañero hubiera estado totalmente fuera de lugar, y sería absurdo. Un cambio así en el modo de pensar de este orgulloso y «endurecido» ladrón, estando tan cerca del momento de su crucifixión, en el que los condenados tenían aún suficientes fuerzas para poder hablar20, hubiese sido perfectamente incoherente y humillante para quien las pronunciase.
Por otro lado, suponiendo que se hubiese comprometido unos momentos antes con los miembros del Sanedrín presentes en el lugar, ¿cómo imaginar la posibilidad de que
tuviera inmediatamente después tanto aplomo en rechazar la condena de Jesús y la proclamación publica de la inocencia de éste?
«Él no ha hecho nada malo», dice. No nos puede extrañar esta preocupación de
justicia, convertida de repente un valor sagrado, en un hombre que seguramente poseía un fondo de rectitud.
¿Habría sabido descubrir en Jesús cualidades humanas y sobrenaturales inhabituales en sus compatriotas? ¿Habría podido también darse cuenta de la farsa del proceso de Jesús, una triste parodia de la justicia? ¿Habría visto a Pilato dudar sobre lo que debía hacer para salir honrosamente del embrollo? ¿Habría oído varias veces que no
encontraba en ese hombre nada que mereciera la muerte?
Hubiera sido una lástima no haber sabido nada de las palabras y de las actitudes de los dos condenados, compañeros de Jesús. Colgados durante varias horas de sus cruces ¿no resulta imposible creer que de un modo u otro no hubiesen dicho ni manifestado nada, ningún sentimiento, ninguna reacción?
Algunos autores afirman que el Buen Ladrón, no conociendo a Jesús y no siendo teólogo, no pudo hacer semejante profesión de fe. Realmente, ¿cómo pudo emitir un juicio así cuando lo había acompañado probablemente desde el alba, oyendo las
acusaciones de los sumos sacerdotes, las preguntas del gobernador y las contestaciones de Jesús? Y durante todo el trayecto hasta el Gólgota ¿cómo no habrían escuchado lo que la gente decía de la asombrosa declaración de Jesús ante el Sanedrín?21
¡No era teólogo! Pero, ¿es que hace falta ser teólogo para hacer profesión de fe en Cristo? La fe del Buen Ladrón nació del atractivo que la persona y la palabra de Cristo provocó en él. La fe fue para él un don de Dios, una siembra de Su Espíritu.
Al inspirar a Lucas su relato respecto a la conversión del Buen Ladrón ¿no podía Dios tener el designio de revelar al mismo tiempo el poder de su gracia, su infinita paciencia, y su insondable misericordia hacia los mayores pecadores? Si San Pablo quiso dar esta misma interpretación a su propia conversión (I Tim 12, 14), podemos ver que la del Buen
Ladrón es todavía más maravillosa.
Crucifragium, agonía, muerte y sepultura
Jesús había muerto a la hora de nona, la novena hora para los romanos, las tres de la tarde. Una delegación del Sanedrín fue enviada a Pilato para pedirle que aplicara la fractura de las piernas a los tres crucificados. Había dos razones para eso. El
Deuteronomio ordenaba hacer desaparecer los cadáveres antes de la puesta del sol (Dt 21, 22-23). Por otro lado, era el día de la preparación para la Pascua, y durante el sábado, que empezaba esa noche y que era día de gran solemnidad, los cuerpos no debían de permanecer sobre la cruz (Jn 19, 31). Pero ¿para qué fracturar las piernas?
Orígenes, que nació en el año 185, y que conocía perfectamente las costumbres orientales, anota la tradición entre los judíos, quienes para acelerar la muerte de los crucificados pedían que se les diera una lanzada en el corazón por debajo del brazo. Es lo que hizo el soldado con Jesús. La petición del Sanedrín pidiendo aplicar el
crurifragium se oponía, pues, a esta tradición.
Al anochecer, como era el día de la Preparación, «víspera del sábado» (Mc 15, 42), es decir, un poco antes de las 18 horas, los soldados romanos llegaron con palos y
empezaron a fracturar las piernas de los ajusticiados, primero las de uno de ellos,
después las del segundo (cfr. Jn 19, 32), ocasionándoles la muerte por asfixia. «Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19, 33-34), es decir, un líquido del pericardio parecido al agua. Juan, que había asistido a todo, da testimonio: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que
dice verdad, para que también vosotros creáis» (Jn 19, 33).
Antes de la puesta del sol, y para respetar el Sabbat, los cuerpos de los dos bandidos fueron enterrados con los instrumentos del suplicio, o bien en el fondo de un pozo que servía de fosa común situada cerca del lugar de la muerte, o bien llevados cerca del valle de las inmundicias, la lúgubre gehena al pie del haceldama o «campo de sangre»,
adquirido con las monedas de la traición de Judas, cerca de los que les habían precedido en la «vergüenza».
Para los judíos la ausencia de sepultura hubiera contaminado a todo Jerusalén, e imposibilitado el cumplimiento de los ritos prescritos en el Templo, las casas, los campamentos, y el lugar donde se hospedaban las caravanas.
Además, si el cadáver de un condenado a muerte quedaba suspendido en la cruz después de la puesta del sol, contaminaba no solamente a los vivos, sino también a los difuntos que hubiesen sido enterrados cerca, y también a los crucificados por sentencia legal (cfr. Dt 21, 22). Además, para la mente judía, la sepultura expresaba un sentido humanitario. Su ausencia se consideraba una crueldad excesiva.
Después de la revuelta judía de bar Kochba, el emperador Adriano, que murió en el año 134 y quiso borrar para siempre todo vestigio de cristianismo —en plena expansión entonces por todo el imperio—, ordenó sepultar el Calvario con gran cantidad de tierra y de piedras. El montículo rocoso donde tenían lugar todas las ejecuciones fue así
transformado en un inmenso terraplén donde el emperador hizo construir un templo a la gloria de Venus y Adonis, y en el lugar preciso donde está ahora el Santo Sepulcro se erigió una estatua a Júpiter. Todo esto provocó el resultado contrario que pretendía el emperador, ya que permitió localizar perfectamente el lugar del Calvario. Más tarde Santa Elena (255-328), madre del emperador Constantino, hizo limpiar el terraplén. Se descubrió entonces el sepulcro de Cristo, y gracias a ciertos signos, la cruz del Buen Ladrón. La emperatriz ordenó que fuera llevada a Constantinopla. Más tarde ofreció una parte de ella a la comunidad cristiana de Chipre.
Con el correr de los siglos, fragmentos de la Cruz del Buen Ladrón fueron
transportados a Roma desde Jerusalén (en donde se venera el palo horizontal, en la espléndida Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén). También se venera en la Basílica de San Esteban de Bolonia, en la iglesia de San Vitale y Agrícola, y en algunos otros lugares.
Los nombres atribuidos a los bandidos
Antes de indicar los nombres atribuidos a los dos ladrones crucificados con Jesús hay que recordar la costumbre romana, confirmada por los evangelistas, del titulus. Además, Marcos y Juan nos cuentan que el titulus llevado por Jesús, y claro está, también por los ladrones, incluía no solamente el motivo de la condena sino también su nombre: «Jesús
el Nazareno». San Juan nos ofrece interesantes precisiones complementarias:
Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas “el rey de los judíos”, sino: “Éste ha dicho: soy el rey de los judíos”». Pilato les contestó: «Lo escrito, escrito está» (Jn 19, 19-22).
Para que todos pudiesen ver el letrero, como precisa Lucas, estaba clavado en el poste vertical encima de la cabeza del condenado. Es muy posible que los nombres de los dos ladrones, aunque no mencionados por los evangelistas, hubiesen sido escritos y fueran conocidos por la gente.
Las Actas de Pilato, texto apócrifo anterior al siglo II, daban a los ladrones los
nombres de Dimas y Gestas. Los pequeños bolandistas22 hablan de san Dismas el Bueno, el Buen Ladrón, e invocan la famosa leyenda, que vendría de San Anselmo, del
encuentro entre Jesús y este bandido cuando José y María huían con Él, en la huida a Egipto.23 Se encuentra en ellas una estrofa latina que viene de la Edad Media:
Por razones diferentes tres cuerpos cuelgan del patíbulo: Dysmas de un lado, Gestas del otro, en medio Dios todopoderoso. Dysmas sube al cielo, Gestas baja a los abismos. ¡Que la soberana Potencia nos conserve a nosotros y nuestros bienes! Recita estos versos para no perder por robo lo que te pertenece.
Según los lugares y las épocas este libelo habla de otros nombres: Matha y Joca, Lustin y Vissimus...
Dismas, Sisme, Dysmas, Dumas, quizás sacados del griego dysme, que significa moribundo... Todas estas variantes no tienen demasiada importancia.
En este momento el nombre de Dysmas ya no figura en la lista de los santos porque no descansa sobre ninguna certeza. Aunque figure en las antiguas listas —entre otras la de Baronius—, y haya bastantes santuarios bajo su protección, ha sido suprimido de las listas oficiales de los santos.
El nuevo martirologio romano no lo menciona y se contenta con designar como el Buen Ladrón al compañero de Jesús en el suplicio...
Admiremos de paso la acción del Espíritu inspirador de la Escritura que no ha querido que fuese encerrado entre los estrechos límites de un nombre sino en el genérico de ladrón y pecador, lo que, en mayor o en menor grado, somos cada uno de nosotros.
El Buen Ladrón hoy
En este crucial periodo de la historia que estamos viviendo parece que hay una vuelta hacia la Cruz de Cristo.
¿Nos podemos reconocer nosotros bajo los rasgos del Buen Ladrón en la cruz? ¿No nos encontramos acaso como crucificados por el sufrimiento, sea físico o moral? ¿No nos encontramos también nosotros como condenados a muerte? ¿No somos, acaso, también nosotros pecadores como él?
Testigo privilegiado del Sacrifico cruento del Calvario, ¿no puede el Buen Ladrón ayudarnos a entender el insondable misterio de la Pascua de Cristo y a vivir mejor nuestra participación en la Eucaristía? Engendrado este primer hijo de la Iglesia en el dolor del Gólgota, ¿no podría hacernos comprender mejor el misterio de la Iglesia?
Que su eminente santidad, subrayada con fuerza por los Padres y Doctores de la Iglesia, nos anime a seguir el camino que él mismo recorrió, el más rápido y seguro, el que conduce al Corazón misericordioso de Jesucristo crucificado, Redentor del mundo.
Permanezcamos llenos de esperanza pues:
Pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Sino que lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo
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La conversión posible del mundo moderno
ESEL BUEN LADRÓN
En nuestras sociedades occidentales vemos muy bien que lo que nos separa de Dios es nuestra negación y rechazo de la muerte, y nuestra voluntad de no sufrir. Somos expertos en esta voluntad de rechazo y de no sufrir. En el fondo, el mundo moderno no niega el paraíso, lo quiere enseguida, pero sin pagar ningún precio. Quiere el paraíso, pero reniega del camino que Cristo trazó para llegar a él. Por eso cambia de paraíso para no tener que tomar el camino. No acepta que el paraíso esté fuera del mundo, lo quiere aquí en la tierra, inmediatamente en la mano, y sobre todo sin ningún sufrimiento. Entonces
blasfema, pisotea la llave que le abre la puerta a este camino, y reduce la humanidad a lo que era antes de Cristo, un mundo sin Dios y sin verdadera esperanza. El paraíso
terrestre de nuestro mundo moderno no es más que una imitación del paraíso, imitación que lamentablemente se trasforma en infierno. El verdadero perdón en nuestro mundo moderno, que le ofrece el espejo profético de su posible conversión, es el Buen Ladrón, tan cercano a la piedad rusa tradicional.
«En verdad, en verdad te lo digo, hoy estarás conmigo en el paraíso».
Me parece que Jesús no podía decir más claramente, que desde el momento en el que estamos sobre la cruz, la llave ya está introducida en la cerradura del paraíso. Sólo nos queda como única condición que aceptemos esa cruz.
No olvidemos nunca que el único santo canonizado por Jesús es un bandido, un salteador de caminos, un ladrón justamente castigado por sus crímenes, pero que aceptó realmente en su corazón su castigo y su muerte, porque advirtió que la cruz sobre la que estaba clavado era la llave misma del paraíso, cuyo Señor era su compañero de suplicio. R. L. Bruckberger
Capítulo 2
EL PENSAMIENTO DE LOS PADRES
DE LA IGLESIA
Cuando miramos los escritos de los Padres de la Iglesia vamos de sorpresa en sorpresa. Su admiración unánime hacia el Buen Ladrón nos hace pensar. ¿Por qué tanta
admiración y tantas muestras de interés por el Buen Ladrón?
Una búsqueda exhaustiva a través de la patrología nos dejaría ver hasta qué punto su ejemplo ha sido meditado y comentado. Vamos a citar, entre otros, a este Padre de la Iglesia que no ha dudado afirmar en una homilía pascual:
¿Qué rey aceptaría tener a su lado, compartiendo su triunfo, a un criminal fuera de la ley? Que el Rey del Cielo victorioso sobre la muerte entre en su Reino en compañía de un bandido, ¡ésa es la Misericordia dándolo todo!
Los padres del siglo iii Orígenes
Orígenes, oriundo de Alejandría, es uno de los más grandes entre los Padres de la Iglesia, teólogo universal y autor de numerosos libros. Su exégesis alegórica quiere hacer pasar del sentido literal de la Escritura al sentido espiritual. Murió hacia el año 250.
Así describe Orígenes al Buen Ladrón:
Es figura de aquellos que después de haber pecado mucho han creído en Cristo, y han dicho: «Estamos atados con Cristo a la cruz, y configurados en su muerte»; aquellos que se dirigen siempre al Hijo de Dios diciéndole: «Acuérdate de nosotros cuando llegues a tu Reino», e inmediatamente se hallan con Él en el paraíso.24
En el plano dogmático esto significa:
...que es posible a veces obtener ya la justificación necesaria únicamente por haber creído, sin que se haya hecho absolutamente nada. El bandido crucificado con Jesús,
justificado por la sola fe sin las obras, es un ejemplo de esto.25
Orígenes aplica al Buen Ladrón estas palabras de San Pablo en su Carta a los Romanos:
¿Dónde está, entonces, el derecho a gloriarse? ¡Queda eliminado! ¿Por qué ley? ¿Por la de las obras? ¡No! Por la ley de la fe. Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la ley (Romanos 3, 27-28).
El Buen Ladrón no podía de ninguna manera apoyarse en sus méritos. No le quedaba otro camino que su fe en Cristo, que actuando por el amor le permitió llegar a la
justificación y a la santidad.
San Cipriano de Cartago
Cipriano era un abogado de Cartago, que después de su conversión llegó a ser sacerdote y obispo de esta ciudad. Su santidad, su ciencia y su fortaleza hicieron de él uno de los obispos más importantes de los primeros siglos. Ejerció una gran influencia en toda la Iglesia. Debido a las persecuciones se retiró durante un tiempo fuera de Cartago, pero quiso volver allí para dar testimonio de Cristo. Murió decapitado en presencia de sus fieles el 14 de septiembre de 258.
Para él no había duda, el Buen Ladrón había sido bautizado en su sangre, y su sangre era la de un mártir:
En la pasión de este ladrón hay que distinguir dos tiempos, dos hombres, dos sangres. La sangre vertida antes de la fe fue la de un ladrón. Después es la de un cristiano. Pero la sangre del ladrón vertida en testimonio de la fe cristiana para afirmar la divinidad del hijo de Dios es la sangre de un mártir.26
Cipriano vuelve sobre esta afirmación en varias ocasiones:
Siendo ya amigo de Cristo, su confesión lo hace buen compañero de martirio. El ladrón cambia la cruz por el paraíso, y el castigo por su homicidio lo convierte en mártir.27
Cipriano propone con prioridad el ejemplo del Buen Ladrón al mundo de los que sufren:
Los que son bautizados en su sangre y son santificados en su pasión obtienen la
perfección y la gracia de la promesa divina. El Señor lo declara al responder al ladrón que cree en Él, y le confiesa en su propia pasión, prometiéndole que estará con Él en el
paraíso.28
En el ámbito de la pastoral de los enfermos es importante subrayar estas líneas de la carta de San Cipriano:
Aquellos que están santificados por la pasión, padeciendo enfermedades, sufrimientos, la vejez, u otras situaciones dolorosas, obtienen la perfección, es decir, ascienden a la santidad y obtienen, como el Buen Ladrón, la gracia de la divina promesa: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».29
Los Padres del siglo iv San Hilario de Poitiers
Hilario, obispo de Poitiers, sostuvo una lucha encarnizada en contra de la herejía arriana, que negaba la divinidad de Cristo. El emperador Constancio, que estaba a favor de los arrianos, lo desterró a Asia Menor. Cuando volvió a Poitiers se lanzó de nuevo a
defender la verdadera fe y a librar a las Galias de la herejía arriana. Murió en el año 368. El Papa Pío IX lo proclamó Doctor de la Iglesia. Como Orígenes, al hablar del Buen
Ladrón aborda el tema de la justificación por la fe:
El que se encuentra a su derecha es salvado por la justificación de la fe.30
Y también, como Cipriano, reivindica para el Buen Ladrón el título glorioso de mártir.
San Ambrosio de Milán
Después de brillantes estudios de derecho, Ambrosio fue nombrado gobernador de la Alta Italia y prefecto de Milán en el 372. En el 374, no estando aún bautizado y
preparándose para recibir el bautismo, fue escogido a petición del pueblo como obispo de la ciudad. Bautizado el 30 de noviembre, recibió el sacerdocio y la consagración
episcopal el 7 de diciembre siguiente.
Apoyado por los emperadores, fue un intrépido defensor de la fe católica en contra de los arrianos. Excelente orador, estuvo por sus sermones en el origen de la conversión de San Agustín. Murió el 4 de abril del 397.
Comentando la promesa de Jesús al Buen Ladrón, a propósito del paraíso y de su localización geográfica, San Ambrosio acuña una expresión que sigue teniendo eco en la Iglesia:
Es un magnífico testimonio de que hay que trabajar para convertirse. Pero si el perdón se prodigó tan rápidamente al ladrón, fue porque la gracia es más abundante que la oración. El Señor da siempre más de lo que se le pide. Ya que la vida consiste en estar con Cristo, donde está Cristo, está el Reino.31
San Atanasio de Alejandría
Atanasio fue escogido por el pueblo como obispo de Alejandría. Durante casi cincuenta años luchará para defender la fe en contra del arrianismo a pesar de haber sufrido en
cinco ocasiones el exilio. Murió en 373.
Durante un sermón para la Pascua deja estallar su admiración y su afecto hacia el Buen Ladrón, de quien subraya la fe y la caridad, y a quien confiere el título de evangelista:
¡Oh Buen Ladrón más hábil que el primer Adán, que mal aconsejado llevó su mano a la fruta del árbol prohibido, y se tragó, y nos hizo tragar, el veneno de la muerte! Mejor aconsejado habéis tendido la mano hacia el árbol sagrado de la Cruz, y habéis recobrado el cielo y ganado la Vida. ¡Oh, bienaventurado ladrón, que has encontrado el medio de llevarte el más maravilloso de los tesoros! ¡Oh, bienaventurado ladrón, que habéis imitado la traición de Judas, pero que en este caso el traicionado ha sido el demonio! ¡Oh, bienaventurado ladrón, que habéis hecho de la cruz una cátedra elocuente desde donde, con una energía sobrehumana, habéis tomado la defensa de vuestro Redentor! ¡Oh, bienaventurado ladrón, que habéis demostrado a todos el poder de la fe, la eficacia de una confesión bien hecha, y un arrepentimiento sincero.32
San Cirilo de Jerusalén
Obispo de Jerusalén, hacia el 350, ejerció su ministerio en esta ciudad durante 36 años, en un periodo difícil y complicado debido a los sucesivos cismas de la herejía de Arrio. Sufrió el exilio durante dieciséis años. En 381 participó en el Concilio de Constantinopla. Murió en 386. Se han conservado 24 catequesis suyas que constituyen un precioso testimonio doctrinal de la Iglesia durante la primera mitad del siglo IV. Es Doctor de la
Iglesia. Dice del Buen Ladrón:
¡Oh Ladrón! ¿Qué poder te ha iluminado? ¿Quién te ha enseñado a adorar a un hombre despreciado y crucificado contigo? ¡Oh Luz eterna, que alumbra a los ciegos! Es justo que oigas esa palabra: «¡Ten confianza!» No es que tus obras puedan darte confianza, pero el Rey está allí, y es él quien te da la gracia.33
San Gregorio de Nisa
Teólogo espiritual de la Iglesia, obispo de Nisa, en Capadocia. Participó con Gregorio Nacianceno en el Concilio de Constantinopla en 381. Murió en 394.
Este hábil y genial ladrón ve un tesoro y se aprovecha sabiamente de la ocasión. Roba el tesoro de la Vida eterna. ¡Admirable y loable uso del arte de robar!34
Los Padres del siglo v