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Sanchez Drago Fernando - Gargoris Y Habidis

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Fernando Sánchez Dragó

Gárgoris y Habidis

Una historia mágica de España

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Título original: Gárgoris y Habidis Fernando Sánchez Dragó, 1978

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Prólogo

Resulta, a primera vista, chocante, ya que no impertinente, que el prólogo a una obra histórica —como es, a fin de cuentas, la presente— lo escriba y firme un autor de obras de ficción, pues no parece que la libertad a que una mente imaginativa se encuentra habituada compagine con el rigor que parece exigir, por su propia naturaleza, cualquier obra científica. Pero es sólo a primera vista; se trata de una apreciación superficial, de —me atrevo a asegurar— la prolongación de un tópico, o de todo un sistema de ellos, cuyo punto de apoyo falso lo constituye la supuesta incompatibilidad entre la imaginación y el rigor, como si la invención fabuladora no obedeciera a leyes, aunque el método científico las ignore: leyes que, por otra parte, los devotos del método se empeñan en no tener en cuenta, por lo que jamás alcanzan el meollo de la obra de ficción. Pero acabo de escribir que la presente, esta Gárgoris y Habidis de Fernando Sánchez Dragó, es histórica. ¿A qué viene, pues, semejante insistencia de varias líneas en lo ficticio y en lo que no lo es? ¿Será porque pretendo de esa manera justificar mi presencia en este prólogo? Pudiera ser, y lo es de hecho; más aún, lo considero la única justificación posible, pero no de las baladíes y ligeras, sino de las que caen por su peso, ya que, tras la lectura de las páginas cuasi infinitas de este libro, he quedado persuadido de que su autor, provisto como comprobará el que lo quiera de un nutrido y aterrador arsenal bibliográfico, de una lúcida mente y de un excelente instrumental, ha utilizado en su concepción y en su redacción, además, aquellas facultades del espíritu que hemos dado en llamar poéticas y que la imaginación preside y encamina. Lo anuncia en el prólogo (o introducción) de su mano escrito; lo anuncia repetidas veces y con distintas proporciones, y a fe que el lector no queda defraudado, pues cumple lo que promete cuando opone el «método de las asociaciones libres», pongo por caso, al estricto y desazonador (por insuficiente) de «la causa y el efecto». Hay obras de historia que se escriben con sólo la aplicación de la inteligencia a un montón de datos comprobados y garantizados; pero existen otras, mucho más ambiciosas, que al mismo material, garantizado o no, comprobado o no, aplican la imaginación, y aunque no falta quien las repute de «poéticas», no cabe duda de que en casi todas ellas, por no decir en todas, se encierran ráfagas de verdad resplandeciente más reveladoras que todo lo que la ciencia nos ofrece. Lo cual no tiene nada de nuevo ni se dice aquí por primera vez. En todo caso, habría que ver si la verdad que se deduce de Mommsen supera a la que nos regala Shakespeare.

No se vaya a pensar, a la vista de lo dicho, que este libro pertenece al género de Coriolano, Julio César y Antonio y Cleopatra; menos aún al de las historias noveladas o al de las novelas históricas. Insinué su carácter y debo precisar inmediatamente que es el fruto de una investigación, de un estudio, en el que mediante el relato de lo que fue o de lo que no

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fue, mediante la hipótesis, mediante la reflexión, se intenta alcanzar un cúmulo de verdades acerca de un tema histórico, en este caso de los más controvertidos, de los que provocan opiniones y aun acciones encontradas, tan violentas a veces como pueden ser unas guerras civiles. Dicho lo cual, resulta inútil añadir que se trata de España, una vez más, pues es el único tema que, con estas formulaciones que anteceden, puede darse por aludido. Esta España acerca de la cual los españoles nunca estamos de acuerdo, hasta llegar a negarle el nombre y la realidad, hasta rechazar el gentilicio que gratuitamente ofrece a los en ella nacidos. ¡Singularidad la de este rabo de Europa, la de esta piel de toro, la de constituir una realidad acerca de las cual es tan arduo llegar a un acuerdo: un pueblo, o un conglomerado de ellos, que es un problema y que hace de esta problemática, o de este problematismo, uno de los temas capitales de su cultura y uno de los motivos de su íntima disensión! Podría escribirse un libro —del que algunos capítulos andan por ahí desperdigados y firmados por distintos autores— en que se describiese la conciencia progresiva que España va teniendo de sí misma, y su proyección en actos y en instituciones, hasta llegar a ese momento dramático del siglo XIX en que se pregunta si es o no es, y, para dirimirlo, en vez de confiarlo a una junta de sabios que se reunieran bajo el roble de las verdades invariables, lo entrega al albur de varias guerras civiles, las ya mentadas, las que siempre se mentarán: expresiones violentas, castrenses, de la guerra civil de los espíritus y de la que muchos espíritus individuales sostienen consigo mismos, en su propio interior, partidos ante los mitos de la unidad y de la variedad, ante el sistema de contradicciones que, a partir de esa, constituye a España no en la invariabilidad de su paisaje, sino en la inestabilidad de sus conciencias. ¿Por qué somos así? ¿Por qué hemos llegado a serlo? ¿Fuimos alguna vez de otra manera? Y lo que jamás tendrá respuesta contundente: ¿Es nuestra historia un error? (Ortega y otros muchos lo afirmaron). ¿Estamos a tiempo de rectificar o no nos queda ya remedio? Todo lo cual, implícito o explícito, consta ya en la abundante literatura acerca del problema de España como problema: el cual, como estamos viendo cada día, no es una invención de intelectualidades, sino una realidad en que nos hallamos metidos ya la que intentamos dar salida cada vez con mayores torpezas políticas y culturales.

No hace falta, pues, añadir que el libro de Sánchez Dragó se suma por derecho propio a esa lista, nunca cabal, ahora acrecentada, como grandes aportaciones de los últimos tiempos, con los del profesor Sánchez Albornoz y de don Américo Castro, los más recientes esfuerzos por aclarar qué es y en qué consiste nuestra realidad. De que Sánchez Dragó los conoce al dedillo y los ha manejado, no cabe duda; de que no está de acuerdo con ellos, tampoco, y dice claramente por qué: es una cuestión de fundamentos intelectuales, y Sánchez Dragó no siente embarazo en proclamar los suyos, que son nada menos que Platón, Nietzsche y Karl Jung: tres nombres que, quiérase o no, confieren carácter y dan a la mente un tono y un color determinados, nunca ese gris de los buenos trabajadores, ratones de bibliotecas, redactores de fichas, ordenadores de conclusiones evidentes, a los que cabría aplicar el razonamiento de Kant acerca de los juicios sintéticos a posteriori, es decir, los que

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no amplían el auténtico saber. Se advierte, naturalmente, que Sánchez Dragó (y él mismo lo dice) ha fisgado como cualquiera en bibliotecas y otros lugares en que la sabiduría se decanta (unas veces) o se enmohece, y ha redactado fichas, y ha extraído conclusiones, e incluso, como antes dije, ha establecido hipótesis; pero la dirección de su curiosidad no ha sido nunca el camino trillado, sino el insólito, y la presidencia y presencia de sus tres santos tutelares ha impreso a su búsqueda una determinada orientación, precisamente hacia aquello que la ciencia descarta por su especial naturaleza, o relega a la investigación secundaria. Hemos visto, por ejemplo, cómo los mitos son estudiados, analizados, descompuestos, mostrados en su estructura e incluso en su función abstracta, en verdaderos alardes de precisión formalista, pero ¿cómo fueron vividos? ¿Qué significaron en la vida real, intrahistórica, de sus sostenedores? ¿Por qué dejaron de informarla? Que es, a la postre, lo único importante, y quizá también lo más revelador. Pues Fernando Sánchez Dragó pretende averiguar algo nuevo de esta España cambiante y problemática por medio de sus mitos, de la materialidad de sus mitos, de sus imágenes y de sus consejas: es, hablando con mayor propiedad, una de las cosas que pretende. Y no deja de ser curioso que esta actitud mental y esta decisión y el origen de este libro se hallen en un determinado momento biográfico, que lo es al mismo tiempo histórico y geográfico: un momento además poético, casi también mítico, que el autor cuenta y describe en su lugar adecuado y que el lector debe esperar desde el principio.

La historia de España, en esto estamos de acuerdo, viene considerándose, una vez que se ha constituido, desde un punto de vista excluyente y con frecuencia terrorífico. Es la dualidad cifrada en la fórmula de Larra, la media España muerta de la otra media, o en la de Machado, una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Consisten, una y otra, en seleccionar, discriminar y repeler, no hechos aislados, sino sistemas de hechos, estructuras generales, con criterios maniqueos de contrario signo; y cada uno de los que acepta cada parcialidad, de buena gana borraría la otra de la memoria, que es ya de lo único que puede borrarse: de la constancia escrita, de toda posibilidad de transmisión al futuro, y, al mismo tiempo, concebir bajo especie pecaminosa la parcialidad contraria, barrer de la haz de España a los que la sostienen: por eso le llamé terrorífico al punto de vista en que se engendra cada una. Sin embargo, y a pesar de todo, ahí están Villalar y Pavía, los Austrias y los Borbones, Menéndez Pelayo y Giner de los Ríos, Maeztu y Ortega y Gasset. Hasta ahora, aunque con frecuencia escasa y timidez en el talante, se creyó que la postura integradora llegaría alguna vez a superar la dualidad, y se esperó que semejante actitud nos vendría de Europa, sin damos cuenta, quizá, de que Europa en cuanto tal y en cuanto ejemplo era también parte en la contienda. ¿Cabe, pues, la posibilidad de una vía nueva, de una actitud distinta y original, superadora de algún modo de las hasta ahora conocidas y ensayadas? Fernando Sánchez Dragó la apunta mediante una dialéctica de afirmación y de negación. En general, nos viene a decir, España es un país que no pudo expresar su originalidad porque siempre le tocó habérselas con la invención ajena, traída en forma o bajo

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forma de invasiones y mandatos políticos, de influencias religiosas y culturas extrañas, que de algún modo y casi siempre por el mismo procedimiento, la violencia, impusieron la unanimidad sobre la variedad, la ortodoxia sobre la heterodoxia, lo común universal sobre lo peculiar. Europa fue la gran aniquiladora de España, enviando sus ideas y sus formas desde París, desde Cluny, desde Roma (más tarde desde Londres, Berlín y Moscú). Lo espontáneo y autóctono fue destruido cuando no pudo ser domesticado. Sirvan de ejemplo el camino de Santiago y Prisciliano. Galicia y sus confines era una de las metas de las peregrinaciones prehistóricas, célticas quizás; meollo de una cultura distinta: estaba al cabo de una de las «rutas de las estrellas». Para cristianizarla, para raer de las conciencias su inmemorial sentido, envió Cluny a sus monjes. Por su parte, Prisciliano había llegado a un cristianismo original retrotrayéndolo a la gnosis de la que nunca debiera haber salido; la popularidad alcanzada con su predicación muestra que respondía a la conciencia religiosa española, que la expresaba. Roma se interpuso, aunque por mandatarios, y el priscilianismo, pese a su arraigo, desapareció como forma de la piedad oficial y visible, aunque persistiera como fe críptica y perseguida. Y así en muchas ocasiones. La verdadera España, pues, no es la de los unos (las derechas) ni la de los otros (las izquierdas), sino esa otra que no llegó a ser, esa que tropezó en su camino con el Imperio Romano, con el cristianismo católico, con el racionalismo francés y quizás últimamente con el liberalismo y con el socialismo en cuanto variedades del racionalismo. Lo curioso es que esa España malograda de los saberes secretos que esboza Sánchez Dragó tampoco había elaborado los fundamentos y los contenidos de su saber, ya que por una vía o por la otra le vinieron de Oriente: todo cuanto los especialistas y los aficionados llaman saber hermético, depósito transmitido a través de la Edad Media por caminos extraordinarios y cuyas manifestaciones de interpretación o dilucidación difíciles lo mismo hallamos en los rosetones de las catedrales que en las mal conocidas peripecias de los cátaros o de los templarios, en la mística ortodoxa que en la heterodoxa, en las formas primitivas del monacato visigótico que en las sociedades secretas del siglo XVIII; todo ese saber hermético, en lo manifiesto y en lo oculto, del Oriente procede. Y era como se sabe un saber de salvación.

Por todo cuanto queda someramente indicado y por lo al mismo tiempo aludido, el libro con que nos las habemos pertenece al género de los escritos por Charpentier o por Fulcanelli: eso que algunos llaman despectivamente historia-ficción y que yo prefiero llamar historia-poesía: la historia que se acoge, ya lo dije al principio, no a las reglas de la investigación positiva (aunque a veces las utilice), sino a la imaginación y a las musas. ¿No fue la historia en sus comienzos un género poético? ¿No nos habló de mitos Herodoto, padre de cuanto vino después? El lector de este libro experimentará muy pronto los efectos de un instrumento nada frecuente en los libros habituales, pero presente en éste desde la primera linea, un instrumento cuyas leyes conoce la Poética: la buena prosa de Sánchez Dragó, yo la llamaría su endiablada prosa, pues es de esas que envuelven y enmarañan, que tiran del lector y le llevan adonde quiere, que le convencen por la virtud de la palabra bien escogida y

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ordenada y no por el respeto a los encadenamientos de la lógica. Prosa convincente, espejo de una personalidad igualmente convincente: pues el autor está en cada linea y en cada afirmación, en cada paradoja y en cada boutade. Es como si ejerciera la presencia física y le escucháramos un monólogo de mil páginas del que, tanto como las palabras, nos importasen los tonos de la voz, los ademanes y los gestos. Quiero decir con esto, y no sé si lo he logrado, que esta prosa no se limita a comunicamos lo meramente intelectual, el logos, sino también lo sentimental, lo pasional y lo patético, lo sarcástico y lo irónico, en una palabra, la personalidad entera de un hombre que se adhiere a lo que cree y que sabe que una verdad caliente no se queda en la mente, sino que baja al corazón. ¡Peligroso hereje, este Fernando Sánchez Dragó! La Inquisición no se hubiera limitado a discutir con él de teologías: le hubiera enviado a la hoguera. Y no estoy nada seguro de que no lo haga la de hoy, aunque dude acerca de cuál de ellas: porque, como insinué, Sánchez Dragó es hereje para todos los gustos y todas las ortodoxias, e inquisiciones las hay de todos los colores.

Quisiera, para terminar, referirme a un aspecto muy parcial, a un mero detalle, que me hizo gracia y que me libró de un velo que la pasión me tenía echado desde hace tiempo, oscureciéndome ciertas visiones: prefiere Sánchez Dragó los Austrias a los Borbones, cosa no nueva, y los prefiere por mágicos y no lógicos, cosa no tan corriente. Porque lo habitual es amar o denostar a nuestros Habsburgos por razones políticas, por cómo nos gobernaron o nos desgobernaron, por lo que ganaron o por lo que no supieron conservar, por sus aptitudes maquiavélicas o por sus ineptitudes económicas, etc. Sánchez Dragó no tiene nada de esto en cuenta: ve el período y la corte de los Austrias con una mente próxima a la de un novelista gótico que acusase al mismo tiempo cierta sensibilidad para lo sexual, y así nos presenta unos hechos de que Carlos II fue protagonista (que nos hacen recordar otros que su padre y sus abuelos llevaron felizmente a término), que son algo así como la mezcla de un ceremonial funerario con un ritual erótico operada por la virtud del protocolo borgoñón. Y lo que esta síntesis nos hace ver, desplaza de la atención y de la estima cuanto hemos aprendido últimamente acerca de la ruina del país perpetrada por unos reyes y una clase dirigente que se gastaban en un traje las rentas de una provincia, que empobrecieron el país mientras Europa se enriquecía, que lo debilitaron mientras Europa se fortificaba y que permanecieron fieles a una mitología que Europa ya arrojaba por la borda: todo lo que nos muestra como verdad inapelable la historiografía científica. Y el vacío que de ello resulta no se colma, como pudiera imaginarse, de los acostumbrados tópicos de grandezas y batallas, sino de lo que hemos dado en llamar la España negra, aunque no tan negra, puesto que también florece en ella el rosa y la plata de la Infanta María Teresa o del Felipe IV de Praga, y el verde de los jardines del Buen Retiro, y el rojo opulento de los obispos y los cardenales (aunque en él se refleje el resplandor de las hogueras); una España, en fin, en que el olor a chamusquina se disimula con los guantes de ámbar, y el temor al infierno se mitiga con reiteradas fornicaciones, de unos y de otros, a cencerros tapados. Estamos en plena novela gótica. Largos corredores sombríos que atraviesa como una espada un rayo del sol

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madrileño; paredes cargadas de santos, vírgenes y martirios que ocultan los de bacanales paganas y deidades en puritito cuero. ¿Habrá habido jamás espíritus como aquéllos? Un bastardo real aspira a casarse con su hermana. Temerosa de su raza mezclada, toda una clase, la nobleza, se inscribe en la Santa Inquisición en calidad de familiar: se acoge al perseguidor el que puede ser en cualquier momento perseguido; porque, ¿quién no tiene una bisabuela judía, empezando por el propio rey? Mala es la fortuna de las guerras: hay que quemar un buen puñado de brujas, de herejes y de cristianos nuevos para que se aplaque, allá en su altura, el Dios de los ejércitos, empeñado en favorecer a esos frívolos de franceses. ¿Habrá operación mágica de más envergadura que ésta? Pues hay teólogos que la justifican. Para llevarla a buen término, se organizan lucidas procesiones, y, acabado el espectáculo, cada cual busca descanso en el regazo de su amiga, que para eso la tiene y es cosa de hombres, no como esas sodomías del extranjero, Y cuando, de noche, ya acostado, busque cada pecador el olvido del sueño, una voz que viene de la noche le invitará al arrepentimiento, porque puede morir. Hay monjas que le enseñan al rey cómo debe gobernar, y otras que lo son a la fuerza porque antes fueron queridas del monarca, y lo que tocaron las manos reales no puede ser rebajado por otras manos. ¡No faltaría más! Y monjas que esperan alcanzar la unión mística ejercitándose en el coito sacrílego con el propio capellán del monasterio: como que no hay más que comparar, para ver en qué se aparta una mente mágica de otra, racionalista, el proceso de San Plácido con el de Port-Royal. ¿Habrá nada más elocuente? Monjas las unas y las otras: cultas, gramáticas, resabidas, las alumnas de Pascal y de Monsieur Arnauld; pero también soberbias como diablos, aunque puras como arcángeles. Ordinarias, analfabetas, supersticiosas, las de Madrid; pero vulgarmente humanas y conmovedoramente humildes. Si se dejan aparte las consideraciones de orden científico y se adentra uno en la descripción, en el relato, de aquel mundo que empieza con la abdicación de Carlos V y termina con la llegada de los primeros peluquines, se tiene la impresión creciente, hasta culminar en los últimos quinquenios del siglo XVII, de que se transita por un mundo alucinante y alucinado, fuera de toda realidad, un mundo de monstruos, locos y extravagantes por el que de cuando en cuando se distrae un genio de la novela, de la poesía o de la pintura. Duró casi dos siglos. ¿No son muchos? ¿No acaba uno, al final, por desear el aire libre y las fachadas frías de los palacios borbónicos, harto ya de columnas y de mentes retorcidas? ¿Harto, en una palabra, de tanta magia y con apetito de alguna lógica? No olvidemos que, a la novela gótica, le sucedió la novela realista, por cansancio.

Habrá quien prefiera, por supuesto, la España de la rabia y de la idea, y yo soy uno de ellos, aunque no siempre, sino cuando me sopla la vena racionalista. ¿Quién duda que lo que trajo consigo la introducción subrepticia de la razón en aquel mundo —de la mano, por cierto, de un monje gallego, nacido al margen del camino de las estrellas— era lo que el país necesitaba? Alumbrado público y alcantarillas, sensatez financiera y reformas agrícolas, un ejército y una marina modernos, y, de paso, las capas algo más cortas y el sombrero algo

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menos caído. Lo que no parece tan necesario es negar la otra España, no ya la de los triunfos militares y el imperio, sino la del saber hermético, la de los heresiarcas, de los iluminados, de los canteros prehistóricos, de las razas misteriosas y marginales: todo ese mundo, en fin, tan nuestro como el otro, tan constituyente como el otro de nuestro ser (entero), que es el que Fernando Sánchez Dragó pone en pie con su prosa valiente y rápida, no exenta (tampoco) de rabia cuando le viene a cuento ni de ideas que se proyectan sin decirlo en un futuro que tampoco se nombra pero que sí se alude o se da por supuesto: ése que nos amenaza, hecho de estupidez y cibernética, y del que muchos quieren salvarnos asiéndonos al clavo ardiente del otro extremo, el mismo que quien escribió estas mil páginas que siguen, vio o adivinó, en ocasión ya lejana, junto al Ganges, y que bien podría formularse así: sabiduría frente a técnica.

Gonzalo Torrente Ballester

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A Pilar, que con iluminada paciencia me siguió por tres continentes, copió millares de fichas, ordenó datos, borró subrayados, buscó signaturas, reservó asientos, exploró las mazmorras y tumbas de la Biblioteca Nacional, ablandó a ceñudos ujieres del Consejo, resolvió petroglifos, creyó en druidas, columbró fantasmas, capeó camino de Compostela la cólera de los Inmortales, brindó con licor de agotes, vadeó noches blancas y desperdició muchas tardes de juventud en la penumbra de las hemerotecas.

Dakar, marzo de 1973

Pero el tiempo pasa y vuelve el Tiempo;

a Caterina, porque con ella lo encontré casi todo, y a mi madre, porque me hizo posible.

Madrid, septiembre de 1978

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«Tácito refiere en su limpia prosa un episodio de Termancia que anticipa Fuenteovejuna. El pretor Pisón quiso, en efecto, cobrar tributos de manera violenta a los arévacos, por lo que fue muerto por los nativos. Detenido un joven de la ciudad y torturado para que revelase los nombres, se negó, manifestando que el crimen era colectivo. Lo interesante del caso es la frase que atribuye Tácito al testimonio prisionero: Aquí existe todavía —dijo— la España Antigua<».

José María de Areilza

ABC, nov. de 1972

(y Tácito, Anales, Lib. IV, IV, 45)

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Introducción

La cita de Tácito que encabeza este volumen, hábilmente alterada por quien la recoge, no puede ser más explícita sobre el propósito que me anima a escribirlo: trato de aventurarme sin esperanza de retorno por el inconsciente colectivo de esa poliédrica y escurridiza —aunque rotunda— comunidad geográfica que otros han dado en llamar españoles (pues éstos —como Américo Castro nos recuerda— siempre se consideraron a sí mismos, y a secas, «gallegos, leoneses, castellanos, navarros, aragoneses o catalanes. El nombre español, que los unificó a todos, se originó en Provenza por motivos comerciales o por cualquier otra razón de carácter práctico»). Y quede ya por delante, cogida al vuelo, la salvedad de que tan madrugadora alusión al más avispado y menos cobarde de nuestros historiadores en modo alguno equivale a comulgar con sus tesis. Los representantes de ese gremio, en el que no me incluyo, suelen confundir la identidad de los pueblos con su toma de conciencia militar o política, sin reparar en que ambas se definen a partir de un concepto —el de nación— parcial, soslayable, reciente, mostrenco y condenado, como todas las ideologías, a la interinidad de lo especulativo. No entraré aquí en polémicas atizadas desde esa deformación profesional. El filósofo pasa, el historiador no llega, el profeta permanece. Sólo conozco, para quienes gustan de estructuras, una estructura humana: la numérica (que aplicada a lo temporal y cotidiano determina los esquemas psicológicos en función de los cuales se produce la actividad de los individuos y de los pueblos). ¿Por qué demorarse en

hechos cuando una memoria más profunda y convincente nos suministra mitos? En

las páginas que siguen procuraré subir a éstos desde aquéllos y, entre aquéllos, mencionaré sólo los que apunten a éstos. Pertenezco irremediablemente a esa ralea de plumíferos que Américo Castro, con desprecio y quizá con despecho, agrupaba bajo la doble etiqueta de psicógrafos o antropólatras del «homo altamirensis». No hace falta decir más. El lector está avisado y a tiempo de arrepentirse.

Para bucear en arquetipos se requiere manga ancha. E ingenuidad (si la expresión no os irrita), Plura transcribo quam credo, decía el padre Mariana. Pues bien: yo voy más allá y lejos de transcribir incluso lo que no creo, creo en todo lo que transcribo. Si nada es verdad, como Buda enseña, nada tampoco es mentira. Prefiero, en consecuencia, acumular datos a seleccionarlos según la relativa y pasajera lógica de los usuales criterios historiográficos. Parte del material así

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recogido se revelará mensurable y, por ello, satisfactorio para el gusto y los dedos de Santo Tomás; el resto, en el peor de los casos, simplemente —y con más o menos gracia— inventado (aunque no, en esta ocasión, por mí). Pero tan real —o irreal— resultará y parecerá lo segundo como lo primero, pues supongo que nadie se atreve ya a ver en la invención un antónimo de la existencia. ¿Acaso hay morenos

de verde luna? Lo que no es histórico, y más aún lo intrahistórico, bien puede servir

de metáfora a la historia e iluminarla, ahondando en ella como hondamente ilumina la imagen lorquiana los andares del Camborio. El deseo de entender algo no se agota en la torpe tentativa de reproducido. «Pinte usted su perro exactamente —ironizaba Goethe— y no tendrá un cuadro, sino dos perros». Eso que por ahí llaman metodología científica —asidero al que tantos espíritus obtusos suelen agarrarse— sirve sobre todo para trazar caricaturas o pontificar, cuando no, desde la epidermis de lo observado. Mi método, en buena lógica, es —o aspira a ser, que por desgracia nunca trepará a esas cumbres— tan escasamente científico como el del niño que se asoma a la vida y acierta (¡qué duda cabe!) a subsistir en ella sin necesidad de comprobar la inexistencia de Peter Pan. Mis paisanos de Occidente suelen preocuparse (y preguntarse) por las causas de las cosas. Tarea inútil. ¿Adónde nos lleva el juego? Ahí mismo, a la vuelta de la esquina; nunca a lo remoto, a la postrer unidad, a las esencias< Cae ahora la tarde, dormita mi gata blanca en un sillón, enciendo la luz y eso es todo. ¿Incurriré en el vaniloquio de atribuir tanta maravilla a un vulgar enredo de cables alimentados por un generador? Quédense éste y aquéllos para los electricistas. Una lámpara, al fin y al cabo, sólo alumbra cuando Dios lo quiere. Hay, Horacio, en la breve Tierra y por el vasto universo infinitas cosas que no son el fruto de tal o cual martingala. La ciencia (o la historia científica) se ocupa de mecanismos inmediatos. Para arribar a ese puerto, mejor no salir de casa. Lo que sabemos, lo sabemos ya, del todo y desde siempre. El problema estriba en recordarlo y recuperarlo. O sea: en iluminado entornando los ojos, El análisis no sirve a los fines del conocimiento ni la ley de causalidad explica la cadena del karma. El mundo es simultáneo. Jamás ha existido el tiempo. Jamás el ayer. ¿Son, por ventura, consecutivas las estrellas? De igual modo, los sucesos de la historia suceden, pero no se suceden. Mi empeño consiste en retrotraerlos hasta la nebulosa región de los mitos para alcanzar, con la ayuda de éstos, el espacio interior (y nivel inferior) donde reposa el específico inconsciente colectivo del entorno cultural que a partir de un determinado momento empezó a llamarse España. Y entiendo, pues de no ser así la empresa carecería de sentido, que los hombres y pueblos históricamente inscritos en ese entorno pertenecen a una misma colectividad, continua e incesante (aunque a veces casi yugulada por el intervencionismo romano, francés, católico y, en general, europeo), cuyo discurrir puede reconstruirse y verificarse —si aceptamos la convención cronológica— incluso desde los más inaccesibles y arcanos rincones

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de la Prehistoria.

Temo que esta actitud me granjee las iras de los investigadores con diploma, pero no sé de ninguna otra que mejor convenga a las necesidades planteadas por una incursión en territorio apache. He preparado cuidadosamente la aventura, sin prisa ni pausa, minucioso, fanático, casi angelical en mi paciencia. Y ahora, al cabo de eternos meses e infinitas bibliotecas, aquí estoy, pisando la raya de otro mundo con explicable indecisión, algo de hastío, un muestrario completo de malditas paradojas y un frenético vaivén de interrogantes. Mi libro crece a partir de esta encrucijada o combinación de hechos extraños y fórmulas dubitativas, unos y otras manejados con la técnica de la libre asociación. Para empalmar o interpretar los elementos del rompecabezas no he vacilado en recurrir a símbolos, corazonadas, imágenes oníricas, ecuaciones diofánticas, loterías, certidumbres, figuras de cera, anábasis, naufragios, estados febriles, vivaques neolíticos, teosofías, odiseas, visiones de infancia, cultura de bachiller y hasta magias agridulces más o menos de importación. Tampoco me han detenido lugares comunes (ni horror vacui) en la tentativa de recuperar mundos féeriques deglutiendo esos aliolis de brujas que la pedantería de nuestro siglo, algo policíaca, cataloga entre los alucinógenos. La única forma de entender a qué sabe un melocotón consiste en probarlo. Y para hablar de duendes tenemos, como mínimo, que volar a la ínsula de los duendes, tanto si existe como si no. De más está aclarar que ni en tales andanzas ni en ninguna otra me incumben funciones de adelantado. Muchos escritores ilustres de ayer y de hoy franquearon a su debido tiempo las puertas del Valhaya y volvieron para contarlo. Un deber de gratitud me obliga a destacar, en esa lista, los nombres de mis maestros Platón, Nietzsche y Jung. No sé yo nada que ellos no supieran ni sé, por supuesto, todo lo que sabían.

Américo Castro, defensor de una realidad histórica de España entre las más plausibles que hasta ahora se hayan formulado, sentó judíos y moros a nuestra mesa en un gesto de hospitalidad intelectual que afortunadamente no parece reversible. Sánchez Albornoz, con dialéctica menos penetrante, ha optado por resolver el enigma histórico del país insistiendo una vez más en el gambito — manoseado, pero evidente— de lo romano y cristiano. Aun así, faltan piezas. Los arquetipos son el troquel de las razas, y la nuestra no empieza en Tartessos ni en las supuestas migraciones de pueblos australes o boreales. Atrás quedan milenios de milenios, acaso grandes ciclos periclitados y, desde luego, toda la belleza y la cólera de eso que llaman historia natural y que a menudo no es sino historia sagrada. ¿Estaría en lo cierto Estrabón al afirmar que el pueblo ibero tenía cantos y leyes con más de seis mil años de antigüedad? Ahí duele y ahí apunta este libro: a vindicar un talante crónico perpetuamente actual. Su punto de partida son los

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mitos, las leyendas, la hagiografía popular, las constantes lúdicas el folklore autóctono, lo que cualquier español sabe sin necesidad de que se lo expliquen. Creo que ese fuego central ni puede apagarse ni está apagado: sus reflejos alumbran una y otra vez muchos rincones —casi todos con olor a tigre— de nuestra peripecia propiamente histórica. La España Antigua —que fue española antes de hacerse cristiana, árabe o judía, y no dejó de serlo después— alienta aún, como aseguraba el termestino, aunque desde la paz de Augusto sus manifestaciones se ensombrezcan y adelgacen hasta dar en lo actual. Mi libro, por ello, podría subtitularse estudios tradicionales o algo así (entendiendo la tradición en el sentido tradicional y no en el revolucionario y alicorto que los tradicionalistas le dan). Tal apuesta se expone al fuego graneado de todos los riesgos del oficio. Contra ella podrían concitarse las dos Españas que helaron el corazón del españolito machadiano. La ultramontana me acusará de herético; la regeneracionista, de traidor. ¡Qué le vamos a hacer! Decía Larra (sin señalar): «Aquí yace media España; murió de la otra media». ¿Cuál de las dos nos matará a quienes no somos güelfos ni gibelinos? Esa guerra civil constantemente proclamada no me convence ni me incumbe. El país, estremecido, sigue aguardando el advenimiento de un grupo de pensadores libres.

La antropología norteamericana ha demostrado que el contenido de los sueños y sus implicaciones cambian según las etnias. A cada colectividad corresponde un esquema diferente de símbolos oníricos. Es lo que un estudioso de las tribus de pieles rojas ha denominado sueño cultural. En él suelen mezclarse los factores determinantes del comportamiento adquirido (o imágenes tomadas del entorno social) con los arquetipos junguianos que explican el comportamiento congénito. Rara vez existe acuerdo entre ambas escalas de conducta. El

establishment hace suyas las reglas del juego predominante en la comunidad cuyos

destinos rige, o por lo menos tiende a identificarse con ellas, y desde la plataforma de los tres poderes reprime, encauza o ahoga las manifestaciones arquetípicas. Lo que suele llamarse proceso histórico es, en casi todas partes (pues todavía colea algún estadículo budista en Asia a pesar de los esfuerzos convergentes de rusos, chinos y americanos), el resultado acumulativo de las operaciones practicadas para cercenar —y, por supuesto, violar— el ser íntimo de la especie. «Sin saberlo — escribe Denis de Rougemont— arrastramos nuestras vidas de hombres civilizados en medio de una confusión completamente insensata de religiones nunca del todo muertas y raramente comprendidas y practicadas del todo». El porqué de este lento parricidio cae de lleno en los dominios del psicoanálisis y excede, por lo tanto, a los límites de mi intención. Jung ha dedicado muchas páginas al tema. El mundo actual, forjado en el delirio del progreso, sería el momentáneo resultado de esta tenaz falsificación. A lo largo de la mínima parcela de vida humana estudiada

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en los manuales de historia, una segunda personalidad —artificial y secularizada— se superpone a la personalidad original determinando una alucinación (la creencia de que se puede cambiar el mundo), una neurosis colectiva (el deseo de hacerlo) y una agónica contingencia: la destrucción, probablemente irreversible, del ecosistema que posibilita la evolución biológica tal y como el humanismo la entiende.

De ahí que los hombres de hoy, ante la inminencia ambiguamente barruntada de una catástrofe, reincidan una vez más —aunque con dudosa gratia— : en pintorescas y desconcertantes manifestaciones de la primitiva religiosidad. De ahí, también, el creciente prestigio que desde hace pocos lustros —desvanecida ya la presunción del progreso ad nauseam— asume ante nuestros ojos el mundo de los orígenes. Como oportunamente señalaba Vicente Risco, el mayor riesgo de la hora actual consiste en la amnesia de los arquetipos y en su natural secuela: la pérdida del sentido de identidad (lo que a todas luces constituye una de las mil formas posibles del apocalipsis). Desde este punto de vista, y remedando a Américo Castro, mi libro también podría titularse Historia de una frustración o de cómo los

españoles no volvieron a serlo. ¿De una frustración? Mejor de bastantes (lo que ya se irá

viendo). Y esa abundancia me constriñe a utilizar una de las técnicas más desprestigiadas entre los profesionales del dato a machamartillo: la reconstrucción de la historia tal y como pudo ser, en contraposición a lo que fue. Menciono aquí a título de ejemplo, entre esas coyunturas fatales y ocasiones perdidas, el malogrado sueño político de Sertorio al cruzar el Estrecho, la pacificación de los cántabros y astures en el 19 a. de C., el procesamiento de Prisciliano, la llegada de los cluniacenses y la arbitraria sustitución del rito mozárabe bajo la atormentada férula de Alfonso VI, el golpe de estado nobiliario contra el testamento en el que Alfonso el Batallador nombraba al Temple heredero de sus dominios, la derrota de los albigenses, el soslayable acuerdo de los Toros de Guisando, la expulsión de los moriscos y —en época mucho más reciente y a consecuencia de los siempre fortuitos avatares de una guerra— la entronización de una dinastía cartesiana y timorata en el palacio encantado de los Austrias.

África siempre estuvo a punto de empezar en los Pirineos, inclusive cuando el latino se empeñó en incorporarse a la paticorta Europa. El triunfo de Sertorio frente a Sila hubiera supuesto la creación de un estado democrático, popular, autóctono e indigenista en el flanco occidental de la cubeta mediterránea. Con ello, tanto si el prematuro anticolonialismo de Sertorio se extendía a la metrópoli como si quedaba circunscrito a la Península Ibérica y Norte de África, el mare nostrum perdía su unanimidad autocrática y centralista. Es fácil suponer lo que tal bifurcación hubiera entrañado en aquella ardua esquina de la historia. El

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cristianismo, por lo pronto, no se habría convertido en monopolio de la fe (esfumándose para siempre la posibilidad de un saludable pluralismo religioso) ni las veleidades ecuménicas de la Iglesia paulina hubiesen derribado las fronteras naturales (y arquetípicas) del Viejo Mundo. La soberbia apostólica de quienes con ella apostataban de Cristo nunca hubiera encontrado un poder temporal en que apoyarse. Verosímilmente, al menos otro gran esquema religioso —el mitraísmo— habría perdurado, introduciendo en los órganos vitales de la Edad Antigua una cuña mística, iniciática, orientalizante y —con adjetivo de forja más tardía— gnóstica. Sertorio, al frente de una legión extranjera en la que fraternizaban mercenarios y anarquistas de las dos riberas del Estrecho, encarnó ocho años de esperanza. Tropas mogrebíes y milicias españolas, componiendo un mosaico que iba a repetirse muchas veces en los siglos posteriores, a punto estuvieron de cambiarle las cartas en el aire a la historia que conocemos. Nunca tales vasallos tendrían tan buen señor. Miles de celtíberos —cuenta Plutarco— le rodeaban constantemente para vivir o morir con él. De hecho, hasta mucho tiempo después de la traición que condujo al asesinato de Sertorio, la enconada resistencia de arévacos, termestinos, calagurritanos y oscenses —por citar sólo algunos entre aquellos hombres de honor— mantuvo en vilo el fiel de la balanza. Hubo que esperar al 19 a. de C. para que ésta se desequilibrara con el sometimiento a regañadientes de los partisanos vascos, quizá depositarios de un saber más antiguo, y de los astures, entre cuyos posibles orígenes no cabe descartar —como veremos— la directa ascendencia oriental. A partir de esa fecha «todo ha terminado y España se dispone a gozar de unos siglos de paz que nunca más ha tenido, siglos que irán acompañados por la tormenta moral necesaria para expulsar el paganismo e imponer la cristianización. A lo largo de estas luchas, los textos romanos nos enseñan las características espirituales de los pueblos hispánicos. Sus cualidades y defectos son los del pueblo español de todos los tiempos y sin duda no eran distintas las de los precursores en el paleolítico (<) Resulta difícil valorar en la historia estas fases de resistencia cuando se es a la vez hijo de la raza vencida y de la cultura vencedora. ¿Qué era preferible? ¿Continuar la cultura indígena y mejorarla por cuenta propia sin imposiciones extrañas? ¿Entregarse con entusiasmo a la cultura que nos venía otra vez del Mediterráneo, olvidando la tradición secular? (<) Es imposible que las raíces milenarias (<) no hayan dejado en el fondo del alma hispana un sedimento más poderoso que todas las aportaciones de los últimos dos mil años. Somos un producto del natural crecimiento de las pequeñas bandas del paleolítico superior, con el sello que el medio geográfico impuso y con el matiz que les dieron un par de nuevas inyecciones de sangre africana o el baño de indoeuropeísmo de los celtas». A tan larga cita me empuja, quizá justificándola, el consuelo de escucharle estas opiniones afines a un representante nada sospechoso de la historiografía oficial.

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Solo como Don Quijote, proclamaba mi amigo Gil-Albert, pero nunca aislado como Robinsón.

El negocio priscilianista, tan inseparable de los problemas planteados con posterioridad al siglo IX por las rutas jacobeas, constituye uno de los quicios de mi argumentación y, en cuanto tal, impregna muchas páginas de este libro. Creo, con Sánchez Albornoz, que la sensibilidad religiosa de la España anterior al 711 no se ha estudiado con la atención que merece. Varios siglos después de la pax de Augusto, y pese a los esfuerzos moderados de quienes le sucedieron, los habitantes de la Península seguían padeciendo la misma noble angustia ante las fuerzas cósmicas que había caracterizado a sus padres primordiales. Dan fe de ello las actas del Concilio de Iliberri y la escandalosa anecdótica del fenómeno priscilianista. En realidad, como comprobaremos en su momento, el estado de trance se mantuvo hasta bien entrado el siglo XII, cuando los monjes de Cluny consiguieron desviar la antigua ruta de las estrellas transformando el Camino en itinerario de badulaques y turistas, y aún resucitó en la alucinada España de los Austrias, sostenido por místicos, conquistadores, clérigos vagantes y alumbrados. Pero mucho antes de estos lodos, el proceso de Prisciliano —que, no lo olvidemos, a pique estuvo de resolverse con una sentencia absolutoria o por lo menos conciliatoria— abrió urbi et orbe la serie de las persecuciones por delitos de opinión, convirtiendo la disidencia religiosa en indicio razonable de criminalidad. No puede extrañarnos que fuera un español, el corregente Máximo, quien puso de moda el asesinato jurídico en un mundo liberal, ya que de casta nos venía tan execrable primicia. Dos prohombres de origen peninsular —el andaluz Trajano y el vacceo Teodosio— se habían encargado de sentar jurisprudencia: el primero, al calificar de delictiva la discrepancia religiosa en carta enviada a su amigo Plinio; el segundo, utilizando la fe católica como martillo de herejes y horca caudina de sus desventurados súbitos. Otro de nuestros paisanos, el obispo Osio, redactó materialmente el libelo que en Nicea iba a proscribir con alcance retroactivo la libertad de interpretación. Durante el tenso e intenso período que va del siglo II al IV, Galicia y Prisciliano encarnan la confluencia de un medio ambiente y un maestro espiritual capaces de legitimar sine die el cristianismo gnóstico o esotérico de los esenios y de los evangelistas Tomás y Felipe junto al cristianismo exotérico y absorbente del poder temporal. La llama tardaría mucho tiempo en extinguirse y, antes de hacerlo, culebreó caprichosamente a lo largo del reguero de pólvora —y espina dorsal de las artes iniciáticas— trazado, ya que no abierto, por las peregrinaciones a Compostela. Entre las querellas que aún tiene planteadas nuestra historia, ninguna tan candente como la del Camino. Por muchos equilibrios que se hagan es casi imposible sostener que el sepulcro de marras no está o estuvo ocupado por el mártir gallego. Y lo que en cualquier caso no necesita

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demostración es la audaz y categórica posibilidad de sincretismo religioso abierta por Prisciliano. Convergían en ella Plotino, Mitra, algún que otro Buda, la magia, la astrología, las ciencias druídicas y el desalado misticismo vernáculo. Los obispos reunidos en Tréveris se cargaron, por las buenas, la vertiginosa perspectiva de un esoterismo a la occidental. Su decisión, incierta hasta el último momento, constituye otro de esos momentos estelares en los que el destino humano, perdiendo, se juega el resto. La decapitación de Prisciliano, tal y como asegura uno de sus últimos hagiógrafos, frustró el feraz intento de conciliar lo antiguo y lo moderno para hacer posible la «coexistencia de los cultos y concepciones astrales con la nueva fe y moral cristianas».

Luego vinieron los moros y empezó esa extraña danza de la muerte que conocemos con el disparatado nombre de reconquista. ¿Reconquista por quién y de qué? ¡Una empresa política maquinada ocho siglos antes de su terminación! Por supuesto no hubo tal, sino simple obra de marquetería en cuya trama mil veces se compuso y recompuso la esgrima plurivalente de las Españas. Ningún fenómeno tan proclive a la mixtificación como esta larga fiesta de moros y cristianos cuyas recíprocas y fecundas imitaciones suenan más alto que el entrechocar de los aceros. Todas las interpretaciones son posibles, hasta ésa —feliz, verosímil y deseable— según la cual no se ventilaba «tras el juego bélico (<) una cuestión religiosa o de raza, sino un problema de ganadería trashumante, para la que los cristianos necesitaban los pastos invernales andaluces y extremeños, y los moros los pastos veraniegos de las serranías castellanas, leonesas y astures, haciéndose por ello entrambas razas incompatibles».

Y es que, vueltas y revueltas, tratándose de asuntos peninsulares siempre acaban por asomar las astas de un bovino. No se requieren grandes cavilaciones para llegar a la conclusión de que el toro constituye el más vehemente y menos acomodable de nuestros arquetipos. La tradición esotérica lo propone como animal totémico de los pueblos boreales frente al dragón de la raza camita y lo empareja, cuando su piel es negra, a la muerte o cielo inferior, suministrando así una plausible explicación del origen de la tauromaquia. En él se dan cita todos los requisitos asignados por Jung a las imágenes arquetípicas, esas que con su simple aparición desencadenan impulsos irresistibles y liberan líneas de fuerza trazadas tiempo atrás en los mapas de la memoria colectiva. El potencial del toro es análogo, en España, al que de forma más ecuménica poseen símbolos como la Cruz, el Triángulo Equilátero, el Laberinto, las Flechas y, por supuesto, la Esvástica. Cierto que las corridas actuales, con su paroxística carga de elementos profanos (lo que casi en broma se ha bautizado corruptelas de la fiesta), hacen tambalearse la fe del buscador de arquetipos, pero en definitiva es natural que un rito mágico, filtrado

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durante siglos por las rendijas de una sociedad católica y positivista, se nos presente bajo el disfraz tranquilizador de espectáculo apto para menores. Y no parece descabellado suponer que el hondo arraigo de las artes taurinas en la Península pueda guardar relación con esa peculiar sensibilidad religiosa de sus gentes a la que hace poco aludíamos. Otros fenómenos con marchamo de exclusiva —como el misticismo del siglo XVI, que sólo en España se produjo— abonan esta hipótesis. Místicos y toreros, de hecho, coinciden adrede y a menudo. Cuenta Montherlant en Los Bestiarios que la canonización de Santa Teresa costó la vida a más de doscientos toros, pues cada uno de los monasterios fundados por aquel tabardillo se creyó en la obligación de festejar el acontecimiento con una capea. En idénticas circunstancias, aunque referidas al varón de Loyola, incluso los áridos jesuitas solicitaron del Capítulo hispalense la inclusión de una «brillante» corrida de toros entre las ceremonias religiosas. Y, a propósito de la Reconquista, sorprende no poco enterarse de que, cuando Pelayo se echó al monte, ciertos paisanos suyos —en los que se ha querido ver el origen de los vaqueiros de alzada, hasta hace algún tiempo «raza maldita» y, siempre, gente del toro— se negaron a intervenir en aquel supuesto encontronazo de pastores trashumantes. Sobra aclarar que inmediatamente se acusó de cobardía a quienes tan incomprensible abstencionismo demostraban, pero entonces era aún más llevadera la condición de asturiano cobarde que la de cautivo en tierra de moros. Andando el libro se comprobará que también este enrevesado asunto de las razas malditas —agotes, pasiegos, vaqueiros, maragatos y quinquis— merece la atención de quienes por ahora se la niegan.

Como casi todos los mecanismos culturales de transformación (considérese Altamira, Belén, Ayanta, Bamián, el monte Tabor, la espelunca de la Pitia<), el impulso —mesiánico o no— de la Reconquista proviene de otro símbolo explosivo: la caverna, esa fragua o placenta de la especie. E incluso, por si quedaban cabos sueltos, esta vez el símbolo se duplica y aun se triplica. Hay, en efecto, dos grutas fehacientes y una sólo probable (la de Sotoscueva, entre los ríos Trueba y Engaña, donde los Anales Complutenses del 788 ubican el objetivo inicial de las primeras racias organizadas por los musulmanes contra lo que aún no era Castilla. De este antro casi nadie habla).

En cuanto a las cuevas comprobadas por los sabios y santificadas por el pueblo, son —sobra decirlo— la asturiana de Covadonga y la que junto al Pirineo, entre Jaca y San Juan de la Peña, muerde el promontorio de Oroel. Allí, en el año 724, trescientos nobles de tan brusca comarca deciden levantar el reino de Sobrarbe, troquel de lo que andando el tiempo se llamaría Aragón. El incentivo de esta problemática empresa no se nos alcanza, aunque acaso la supuesta presencia

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del Grial —o de un Grial— en la iglesia de Santa María de Sasabe, también perdida entre aquellas gándaras, ayude a entender el hecho de que un puñado de rústicos, tránsfugas, ermitaños y rancios aristócratas campesinos acometiera la alucinada y descomunal proeza de lanzarse al llano no se sabe muy bien para qué. Algo similar estaba sucediendo o a punto de suceder en tierras de Santillana y de foramontanos. ¿Fueron los socorridos «núcleos iniciales de la reconquista» un episodio más en la incansable y eviterna búsqueda del Santo Grial, símbolo —según los tradicionalistas— del centro o línea de intersección de los cielos inferiores y superiores? No cabe duda de que el mito, en aquella época, aún podía suscitar irreprimible entusiasmo en vastos sectores de la población y, sobre todo, en quienes a sí mismos se tildaban de caballeros. Muchas premisas respaldan esta hipótesis, que tiene —entre otros méritos—, el indiscutible de iluminar rincones oscuros.

Y el enredo o satori proseguirá con los juramentados del Temple, a los que una cláusula testamentaria de Alfonso el Batallador hizo por convertir en dueños de media España cristiana (¿o, simplemente, de las válvulas pirenaicas que abrían el itinerario compostelano a los hombres de Europa?). Las piezas encajan bastante bien. Parece como si un proyecto milenario se hallara en lento trance de realización. Pero una vez más la intriga se malogra: los nobles navarros y aragoneses se niegan a acatar las últimas voluntades de su rey. Las motivaciones de esta traición son difíciles de discernir a causa de las luchas intestinas, y la penuria documental que caracterizan el período. Sin duda, la mano de Urraca — movida por los hilos de Cluny— no andaba lejos. Esta princesa de León, que ya en vida de su esposo Alfonso se había atrevido a acusarle de fiar en agüeros, hizo cuanto femenina y fementidamente estaba a su alcance para sembrar la discordia nacional. En su actuación se perfilan dos injerencias destinadas a convertirse en recurrente pesadilla de nuestra andadura: la castellana y la francesa. Tras la muerte de Alfonso, la historia vuelve sobre sus pasos. Como en los sucesos de Sertorio y Prisciliano, el principio autocrático y la intervención extranjera quiebran el curso de los acontecimientos. Los templarios, los campeones del Grial y, en definitiva, los peregrinos que en Compostela buscaban el mensaje del antiguo saber, quedan en situación precaria, casi clandestina. Dos siglos más tarde, la corona francesa y el poder temporal deciden excomulgar y disolver el Temple. Con ello, el Camino de Santiago —cuya transitabilidad estaba garantizada a punta de lanza por los caballeros proscritos— se viene abajo. Los sucesores del Batallador, sin agallas para enfrentarse al coloso bicéfalo del Vaticano y del Imperio, desoyen el clamor de toda la cristiandad y aceptan el anatema. Pero antes, y a diferencia de lo que estaba sucediendo en el resto de Europa, consiguen rescatar a muchos de los maestros españoles enclaustrándolos en el seno de las demás órdenes militares. Los ritos de

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iniciación sobrevivirán largo tiempo al abrigo de la Tebaida Leonesa y entre los ascetas del Bierzo, donde según la leyenda encontró refugio una de las cuatro Gotas de Sangre o logias hispánicas del Santo Grial. Pero mucho antes de todo esto, casi por los mismos años del Batallador, la centripetocracia castellana y papalina se había apuntado una baza de lujo con la prohibición de utilizar el rito mozárabe en las ceremonias litúrgicas. A tan draconiano carpetazo se prestó Alfonso VI, no en balde padre de doña Urraca, tras un juicio de Dios celebrado nada menos que en Toledo y ante las más ilustres cabezas del reino.

Era aquel monarca un individuo atormentado y contradictorio, que sin duda respaldó la decisión de imponer el rito galicano muy a regañadientes. Los verdaderos responsables de la trapisonda fueron, cómo no, los tonsurados de Cluny (a quienes debemos, en compensación, el arraigo peninsular de los vinos del Rhin y del Mosela, c’est è dire, el Albariños, único caldo fruité que nuestras viñas deparan). El pleito venía de lejos. Los papas, siempre alertas frente a la proverbial heterodoxia española, veían en el rito visigodo un maquiavélico criadero de zarabandas teológicas. En el año 1064 llega de Roma un tal Hugo Cándido, legado pontificio cuya espinosa misión estriba en unificar la liturgia. Fieles y clérigos se resisten. Alfonso —presionado por Su Santidad, por la consorte gabacha doña Constanza y por los astutos abades de Cluny— titubea. Al cabo, salomónicamente (o como Pilatos), monta una ordalía de gran guiñol cuyo veredicto se conoce de antemano. Comienza así una de las mayores farsas de nuestra historia palaciega. Los libros romanos y mozárabes serán arrojados simultáneamente al fuego: los que, entre ellos, no ardan se considerarán vencedores de la prueba. El resto es leyenda. Parece ser, aunque podría tratarse de una proyección desiderativa elaborada a posteriori, que el legajo mozárabe resultó incombustible y que Alfonso, tragándose las promesas, impuso porque sí el rito romano. A la anécdota suele atribuirse el origen del dicho popular allá van leyes do quieren reyes. Lo que no cabe discutir son las infaustas consecuencias del suceso. Equivalía éste a malbaratar «una independencia mantenida a través de los siglos desde los tiempos apostólicos y a formar una cadena que sujetase las conciencias. La intromisión francesa, que después iba a dar tan amargos frutos, y la soberanía de Roma —que más tarde, haciendo a España hija predilecta de la Iglesia, había de empeñarla en desesperada y ardiente lucha contra el progreso y la civilización—, quedaban establecidas en este oculto rincón del Occidente. Ya tenía el Papa intervención directa en nuestros asuntos espirituales; ya nuestras oraciones eran las mismas que las de los pueblos sujetos servilmente a su poder. El culto nacional había muerto y, con él, nuestra libertad».

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detendremos con más detalle, excita los instintos patrióticos: España, después de la sentencia, no volvió a rezar en español. La gravedad del hecho se impone por sí misma, cualquiera que sea la plataforma ideológica utilizada para interpretarlo.

Conque ya a partir del siglo XI se dibuja el triángulo intervencionista delimitado por Francia, Castilla y el Santo Padre que está en Roma. Será una constante fatal en nuestra historia. Una y otra vez el pluralismo de la España Antigua va a estrellarse contra ese juego de potencias. Y acaso nunca de forma tan aciaga como en 1468, cuando una futura reina castellana —émula de Urraca— da en Guisando el definitivo espaldarazo al poder central. El primevo y taciturno rebaño de verracos, símbolo y totem de la legitimidad ibera, asiste —supongo que cabizbajo— a la consumación de lo que los siglos nos habían preparado. La historia de España será ya historia de Castilla. El país sienta plaza en las filas utilitarias del estado moderno, al que desde luego no le faltarán valedores. Los hombres de la meseta, en ella forjados y gastados, asumen la responsabilidad del porvenir y, sobre todo, de la aventura imperial. ¿Qué hubiera sucedido sin la debilidad de Enrique IV? He ahí una incógnita que ya nadie despejará. Se estrenaba el error, sostenido y no enmendado, de negarle voz en capítulo a las provincias periféricas.

Hubo, sin embargo, otras oportunidades perdidas. Amainó la infatuación europea al despuntar el alba de América, murió Isabel, se desdijo de bastantes cosas su vapuleado cónyuge y vinieron los felices años de los Austrias, aunque el propio Fernando —digámoslo al sesgo— estuvo a punto de arrebatarnos in

extremis incluso ese postrer eslabón tendido entre la realidad histórica del país y la

congénita realidad de sus habitantes. El episodio merece ser recordado tal como lo recuerdan Mártir de Anglería y Galíndez de Carvajal. El Rey Católico, casado en segundas y sexagenarias nupcias con su sobrina Germana de Foix, deseaba un descendiente directo para apartar del trono a la rama tudesca de la familia. Desde tiempo inmemorial existía en los pagos iberos la costumbre de apuntalar la virilidad vacilante de los viejos (o de los flojos a secas) con un «potaje frío» de testículos de toro. Dos damiselas de la corte, camarlenga la una y desposada la otra con todo un contable mayor, hablaron de la pócima a la reina, dándole a entender que «aluego se haría preñada». El suceso, narrado por Galíndez de Carvajal con malévolo lujo de detalles, tuvo lugar en la aldea de Carrioncillo, cerca de Medina del Campo, donde existía un cazadero en el que a la sazón moraba el rey «para holgar con su consorte». Total: sirvieron el sopicaldo, bebiólo el monarca y, lejos de caer en el yerto catre de la malmaridada, dio directamente con sus huesos en el no menos gélido regazo de la Parca. Una vez más, como en las Guerras Púnicas, la magia del toro ibérico salvaba los destinos peninsulares. Se abría un camino verdaderamente real ante la estirpe mesiánica que en Gante aguardaba su turno.

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Porque a partir del césar Carlos un soplo de locura germánica vivifica el aire estancado de la meseta. Todos y cada uno de los Austrias, desde el propio Carlos (que, inasequible a la gota, fundiría sus últimos años trasegando barriles de cerveza de Munich en el cenobio de Yuste) hasta el Hechizado (cuya incipiente esposa, ferolítica infanta francesa recién salida de Versalles, tuvo que presenciar en plena cripta del Escorial el beso depositado por el monarca en la venerable y católica calva de su padre, fallecido de maloliente cáncer bastantes años atrás), hicieron honor a la fama que la posteridad les reservaba. Nos faltó, desgraciadamente, un Suetonio capaz de llevar al verso aquel admirable período. Calígula, arrastrando trirremes por las calzadas y elevando su caballo a los altares, nunca llegó a tanto. Fueron años surrealistas, precedidos (y anunciados) por la estantigua que doña Juana tramó en memoria de su difunto esposo. El cadáver de este pájaro de cuenta fue embalsamado y facturado a Flandes. La reina acompañó el fúnebre y nocturno cortejo hasta la raya del mar, campo a través de una España corroída a la sazón por una epidemia de peste bubónica. De vez en cuando ordenaba que se abriera el féretro para besuquear los pies del finado, mordidos ya por una podredumbre que las técnicas de momificación no acertaban a contener. Descomedidos, sin embargo, seguían siendo los celos de doña Juana, que una noche llegó al extremo de prohibir la habitual parada en el convento de turno al enterarse de que eran monjas, y no frailes de pelo en pecho, quienes mansamente lo habitaban. Ni una sola vez accedió la reina a comer en la mesa o dormir entre sábanas, prefiriendo hacer lo uno y lo otro agazapada en el suelo como un animal, y durante todo el trayecto se negó a utilizar agua, jabón, afeites, perfumes y ropa limpia. Así aullaba su dolor aquella gran señora, cuyo vientre había alumbrado al taumaturgo de la nueva época.

Y, de retruque, a su entera estirpe. ¡Qué gente! El joven Carlos, epiléptico y víctima de un prognatismo garrafal que le impedía cerrar la boca, se reveló maestro en el difícil arte de atizar pluralismos sin quebrar lo recóndito y unitario. Su casi medio siglo hierve en comuneros, germanías, guerras de religión, caprichos estéticos, bilingüismos, aventuras africanas y sacos de Roma. El delfín Felipe heredó la epilepsia y el talento. Ahí quedan El Escorial masónico, el secuestro del Lazarillo, el cierre de fronteras y universidades, la invención de un tribunal metafórico (el de la Sangre), la bíblica inmovilidad del sol en el ámbito de un imperio macrocósmico, las columnas derribadas a papirotazos, la princesa tuerta, el rasgo de brindar al romanticismo su mejor tema en la persona del infante Carlos, la larga cambiada con que recibió —de rodillas, como mandan los cánones— la noticia del mayor desastre naval de todos los tiempos, la severa expresión, las rizadas golillas, el plumazo testamentario que nos privó de un destino

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pública derivó a soneto de vanguardia, España era la Closerie des Lilas y el país entero secundaba a ritmo de macumba su primera y enfebrecida revolución cultural. No recurro a la antífrasis ni uso de ironía ni despabilo el pábilo de la leyenda negra (que siempre aborrecí). Me limito a admirar y, sobre todo, a echar de menos el portazo nietzscheano que los Austrias dieron en las fauces de esta nación hambrienta de maravillas. Lo que se dice una ventana abierta al mundo. Y a nuestro almario. Sólo entonces fuimos genuinamente universales. O lo que a juicio de los alejandrinos importa mucho más: cosmopolitas.

No decayó la fiesta con el tercer Felipe —hombre de tanta devoción que sólo consentiría en reírse tres veces a lo largo de su vida— ni menos aún con el siguiente, al que atribuyen la friolera de treinta y dos bastardos habidos con una actriz apodada La Calderona, pero el clímax y definitivo jolgorio se produjo al nacer el segundo Carlos en jornada de luna llena, bajo el signo de Escorpio en conjunción con Mercurio y precisamente cuando el primer minuto de Acuario se encaramaba al horizonte. El nuevo césar mamó toda la leche del país agarrado a las ubres de catorce nodrizas vicisitudinarias, más las dieciséis de repuesto a las que accidentalmente se recurría, y supo aprovecharla, como lo demuestra la impertinencia en que incurrió al cumplir los cuatro años, recién destetado y ya huérfano, diciéndole a un personajillo de la corte que le brindaba su amistad: «Los reyes no consideran amigos a sus vasallos, sino humildes servidores».

Mantendría el tipo en la edad adulta. Transcribiré sólo una anécdota< Se las daba aquel energúmeno de impotente, si bien era tan rijoso como un mandril, hasta el extremo de que su atribulada esposa tenía prohibido calzar bragas, con objeto de que jamás seda alguna se interpusiera entre su ingle y los arrebatos del rey. Costumbre esta que motivó episodios tan divertidos e inéditos en los anales de la Corona como aquel en que la augusta consorte se quedó enganchada por un pie al estribo de su corcel, y el animal corría desalado chichoneando el occipucio de su dueña por entre adoquines y boñigas, y dos caballeros —honra de la juventud dorada— acudieron al quite, y ya en él no pudieron soslayar la visión de los blancos muslos (cuando los esponsales, doña Mariana, madre del Hechizado, había hundido en la miseria a un mercero de Béjar —que le traía a la novia algunas cajas de medias— con la sorprendente afirmación de que las reinas de España no tienen

piernas); y esa deleitable imagen llevaba aparejada la pena capital, y los dos

gentilhombres tuvieron que salir a uña de caballo mientras el Consejo del Reino deliberaba. Carlos —ofendido y cejijunto, pero presionado por el cónclave— optó al cabo por indultarles con la condición de que se condenara el puñetero caballo a la horca, y así se hizo, erigiéndose el patíbulo en los jardines de palacio y permaneciendo en la soga durante muchos días el cadáver del ajusticiado para

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escarmiento de mirones y entretenimiento del rey a la hora del desayuno.

Repito que no me anima espíritu de burla. Lo cuento tal como sucedió, con el estilo desenfadado y barroco de los Austrias. No tenerle respeto a ese arte del desgarro, tan español equivale a insultar a la memoria de nuestras más insignes cabezas. Cervantes, Quevedo o Velázquez escriben y pintan con el lenguaje que los Austrias inventaron. Estos mestizos, y la sociedad que les fue contemporánea, suministran un raro ejemplo de coincidencia entre forma y fondo. No otra cosa es la belleza. Los extranjeros suelen percibir en seguida los muchos lazos que nos unen a lo germánico (alejándonos de lo francés), pero nosotros preferimos hacernos lenguas sobre la fidelidad a una vocación latina que sólo existe entre quienes nacieron a la sombra de Cataluña y Levante. Volviendo a entonces: ¡qué época tan feliz! ¡Cuánta fortuna! Por fin los españoles, monárquicos y anarquistas, encontraban la estirpe real acorde con sus merecimientos. Y se reconocieron en ella como Ulises reconoció su rostro en los espejos de Itaca. La centuria, que se anunciaba prodigiosa, lo fue durante casi doscientos años. No hubo locura a la que el país no se arrimara ni experimento o proeza que no cuajase. Reverentemente, con la tensión de lo sagrado, se practicaba por doquier la irreverencia. No llegaron a arder los templos, como en los siglos XII y XIII, pero más les hubiera valido, pues casi todos sirvieron de ágora para la profanación y de cómplice penumbra para los devaneos amorosos de los cristianos. «En ellos se suscitaron disputas que acabaron a estocadas, a ellos se echaron muertos para evitar responsabilidades penales (<) Las Cartas de Jesuitas y los Avisos de Barrionuevo han conservado memoria de tales sucesos. Por aquéllas y por éstos sabemos que fueron asesinados sacerdotes por haber predicado contra algunas deshonestidades y que varios aristócratas titulados —Chinchón, Talavera, Fernandina y Villanueva del Río— intentaron romper la procesión del Viernes Santo».

No defiendo la arbitrariedad, sino lo español irreversible. Durante el Siglo de Oro —junto a grandes talentos, soldados de ventura, místicos, chamanes, toreros de a caballo y erasmistas— florecen las hermosas flores de la superstición (mensajes enviados por el subconsciente hacia la trivialidad de lo cotidiano) entre las trochas, nunca desbrozadas por completo, del antiguo paganismo. Las creencias levantinas, acarreadas por musulmanes y judíos con la bendición de la Escuela de Traductores de Toledo, le añaden al monipodio la gracia y el escozor de lo alienígena. Es el desquite de la libre interpretación. El Apocalipsis, lectura favorita de Cervantes, corre de mano en mano. España prolonga o recupera un sueño cubierto por el polvo de los siglos. En 1583, cogollo del reinado de Felipe, el inquisidor de Valladolid notifica la existencia de profesores de magia en la universidad de su demarcación. La hechicería erudita, bebiendo en las fuentes de

Referencias

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