La Prehistoria en la Península Ibérica

Download (0)

Full text

(1)

La Prehistoria en la Península Ibérica

El Paleolítico

La presencia humana más antigua en la Península Ibérica se remon-ta a 1.6 millones de años en Orce (Granada) y Cueva Victoria (Mur-cia), si bien, ambos casos son problemáticos. Se trataría de ejemplares de Homo erectus procedentes de África a través del Estrecho de Gi-braltar.

Tras estos discutidos yacimientos, los restos óseos más antiguos son los de Atapuerca, con 800.000 años, se trataría de la adaptación eu-ropea del Homo erectus (Homo Heidelbergensis), aunque sus descu-bridores han creado con estos restos una nueva especie: Homo ante-cesor, caracterizado por una capacidad craneal elevada (en torno a 1100 cm3) y una cara muy moderna. Practicaban el canibalismo.

La siguiente especie que encontramos es el Homo Heidelbergensis. Surgido, posiblemente, por evolución del Homo antecesor, vivió en Europa entre 500.000 y 250.000 años. Era una especie robusta (has-ta 1.75 cm. y 90 Kg.), con capacidad craneal cercana a la nuestra (1300 cm3).

El principal yacimiento está en Atapuerca, con unos 300.000 años de antigüedad. Se ha discutido sobre el carácter ritual o no de este enterramiento, lo que indicaría la presencia de creencias religiosas por primera vez.

Por evolución de la especie anterior (Homo Heidelbergensis) aparece-rán los neandertales hace unos 250.000 años, extinguiéndose hace unos 25.000. Se trata de una especie exclusivamente europea, muy robusta y adaptada a los fríos glaciares. Practican ritos religiosos y cuidan a sus enfermos. Vivían tanto al aire libre como en cuevas.

Hace unos 180.000 años, nuestra especie Homo sapiens sapiens, apareció en África por evolución de grupos locales. Pronto se extendió por Eurasia.

(2)

Llegarían a la Península hace unos 35.000 años conviviendo con los neandertales. Su cultura era más evolucionada: vivían al aire libre (en cabañas) o en cuevas (en zonas frías). La diversificada industria lítica se complementa con útiles de hueso, cuerno o marfil (arpones). Aparece el arte, los adornos, ajuares funerarios, etc.

Entre sus manifestaciones artísticas destacan las pinturas rupestres de las cuevas de El Castillo. Altamira y Tito Bustillo. Generalmente están ubicadas en lugares poco accesibles representan animales (bi-sontes, ciervos y caballos mayoritariamente) en posiciones diversas, muchas veces superpuestas. La función de estas pinturas sería de tipo mágico-religioso, propiciatorias de la caza. Rara vez aparece la figura humana.

Las diferencias entre las pinturas rupestres del norte y de levante vienen marcadas por la influencia climática y el régimen de vida de cada zona.

El Neolítico

Hace unos 10.000 años, tras la última glaciación, el clima se hizo más suave y trajo consigo la emigración o extinción de los grandes ma-míferos, que constituían la base de la alimentación de los pueblos pa-leolíticos.

La escasez de alimentos obligó a la domesticación de especies anima-les y vegetaanima-les. Nacen así la agricultura y la ganadería, lo que supone pasar de una economía depredadora a una economía productora. A esa transformación se le llama Revolución Neolítica.

Su origen tuvo lugar en Oriente Medio, hacia el 8000 a. C. en lo que se llama el Creciente Fértil, en torno a los ríos Tigris y Éufrates y de allí se extendió por el Próximo Oriente y el Mediterráneo, llegando a la Pe-nínsula Ibérica hacia 4500 a. C. (Cova de l’Or, Alicante).

El resto arqueológico que se asocia a la cultura neolítica peninsular es al cerámica cardial, caracterizada por ir decorada con impresiones de un tipo de concha marina (cardium).

Existen otros focos del nacimiento de la cultura neolítica en el Ex-tremo Oriente (China e India) y América (México y Perú).

Las primeras especies cultivadas fueron los cereales: trigo en Oriente Medio y Europa; maíz en América y arroz en China.

Las primeras especies ganaderas fueron la cabra, la oveja, el buey y el caballo, así como el perro.

Con el desarrollo agrícola, los seres humanos tuvieron que construir sus casas cerca de los campos de cultivo, surgiendo así la vida seden-taria y los primeros poblados junto a los ríos.

En estos poblados aparecerá la especialización del trabajo; la agri-cultura conlleva la aparición de excedentes, con lo que parte de la po-blación no tiene que dedicarse a la producción de alimentos, sino a otras labores: artesanía (herramientas, cerámica, armas...), a la

(3)

defen-sa del poblado (guerreros), a curar enfermos y al mundo espiritual (defen-sa- (sa-cerdotes, hechiceros), o a dirigir la aldea (jefe)

Esto implica que se rompió la sociedad igualitaria paleolítica y se fue estableciendo una primera jerarquización social.

La producción de excedentes también condujo al comercio, que en un principio fue de trueque.

Consecuencia de todo esto la población aumentó rápidamente. La mayor cantidad de alimentos permitió alimentar a más población y, además, la sedentarización implicó que los hijos ya no eran una carga, sino útiles en las tareas agrícolas y ganaderas.

También se produjeron una serie de avances técnicos:

1. Las herramientas de piedra se elaboran con la técnica de la pu-limentación.

2. Aparece la cerámica.

3. Los útiles son más sofisticados: aparecen útiles agrícolas. 4. Surgen los tejidos, fabricados con lana o lino.

El Eneolítico. La Edad del Cobre. Los Millares 2300 -1800 a. C.

Eneolítico es el nombre que recibe el periodo inicial de la utilización de los metales, primero oro, plata y cobre, y más tarde bronce, sin que esto suponga que se deja de utilizar la piedra.

En la Península, la utilización de los metales se superpone con rapi-dez a la expansión del neolítico.

El inicio de la Edad de los Metales en España en el III milenio a. C., parece estar ligado a la llegada de pueblos de Oriente que ya do-minaban la metalurgia, en busca de minas de cobre y estaño.

Primero se explotaron yacimientos en la región de Almería y Cartage-na, para después extenderse hacia las zonas mineras de Huelva y el sur de Portugal.

Las principales culturas ligadas al cobre y al bronce aparecen en el sureste español, como la de Los Millares (Almería), hacia el 2300 a. C., donde se ha encontrado una pequeña ciudad fortificada con silos para guardar el grano y hornos para la metalurgia del cobre, unidos a una importante cultura agrícola.

De este periodo es representativa la arquitectura megalítica, hecha con grandes piedras. Destacan las tumbas de diversas tipologías, como las de corredor (Cueva de Menga, Antequera) o las de falsa cúpula (ne-crópolis de Los Millares).

Hacia el 2000 a. C. se desarrolla la cultura del vaso campaniforme, así denominada por la abundancia de piezas cerámicas con forma de campana invertida, con decoración geométrica incisa y que se ex-tendió por gran parte de Europa. Destaca Ciempozuelos (Madrid).

(4)

El bronce pleno. La cultura del Argar (1700-1500 a. C.)

Se puede considerar una cultura urbana, con una especialización en el trabajo, relaciones comerciales, un poder centralizado y una división social en clases. Los enterramientos eran individuales y se hacían en hoyos, tinajas o cajas de piedra (cistas).

Las colonizaciones

A partir del siglo VIII a. C. empiezan a establecerse en el litoral me-diterráneo y suratlántico colonias fenicias, griegas y cartaginesas. Las sucesivas oleadas colonizadoras tienen como trasfondo controlar el comercio, particularmente el de minerales de la Península (oro, plata, cobre…)

Los fenicios fundaron sus ciudades en el litoral andaluz a partir del año 1000 a. C. según los textos escritos y a partir del siglo VIII a. C. según los restos arqueológicos. Gadir fue su colonia más antigua e importante, también se asentaron en Málaga, Sexi (Almuñécar), Abdera (Adra).

Los griegos intentaron controlar el comercio peninsular a partir del siglo VII a. C., hasta que en el año 535 a. C. fueron derrotados por los cartagineses y perdieron el control del sur y su rico comercio de minera-les. A partir de este momento la influencia griega se centró en el no-reste peninsular y Emporio (Ampurias) fue su principal centro.

La ciudad de Cartago fue fundada en el norte de África (Túnez) por los fenicios en el siglo IX a. C., iniciando poco después una clara polí-tica expansionista.

La colonización cartaginesa de la Península tomó el relevo a la fenicia y tuvo una primera fase comercial a partir del siglo VI a. C., siendo Ibiza y Cartago Nova sus principales fundaciones. En el siglo III a. C. Cartago inicia una política de tipo imperialista llegando a controlar todo el litoral mediterráneo al sur del Ebro.

Lo más destacado de las colonizaciones es que pusieron en contacto a las poblaciones indígenas litorales con las más avanzadas culturas me-diterráneas. De esta situación se derivaron sustanciales avances cultu-rales y económicos: se introdujeron nuevos cultivos como la vid y el olivo, la industria de la salazón de pescado, nuevas técnicas mine-ras, el uso de la moneda, la escritura, el torno de alfarero, el hierro…

Tartessos

La cultura tartésica se extendió durante la primera mitad del I mi-lenio a. C. por la actual Andalucía; tenía por centro el valle del Gua-dalquivir e incluía ricas zonas mineras.

Tuvo una estructura económica agrícola y ganadera acompañada de un importante desarrollo minero y contactos comerciales con los pueblos colonizadores que en aquellos momentos se establecían en sus costas.

Contaba con una incipiente organización política monárquica de la que nos han llegado referencias por textos griegos que hablan de un

(5)

rey del siglo VI a. C., Argantonio, el primer personaje histórico español del que se tienen referencias.

El reino de Tarstessos fue destruido hacia el 500 a. C. por el avan-ce imperialista cartaginés.

Culturalmente, lo lazos con los colonizadores fenicios fueron muy fuertes, como lo demuestran los restos arqueológicos de formas orien-tales, como el Tesoro del Carambolo (Sevilla).

El mundo ibero

El nombre genérico de pueblos ibéricos agrupa a un conjunto de tri-bus que desde el siglo V a. C. y hasta la conquista romana ocuparon el sur y el este peninsular.

Estos grupos recogen la herencia cultural de las antiguas civiliza-ciones de la Edad del Bronce y Tartessos, a la que añadieron la in-fluencia directa de los pueblos colonizadores.

Políticamente, nunca llegaron a formar un estado unificado, sino que constituían ciudades-estado regidas por monarcas. Contaban con una estructura social jerarquizada que incluía la esclavitud y una aristocracia poseedora de la tierra.

El hábitat ibérico más habitual era el de pequeños poblados, incluso algunos pueden considerarse ciudades, amurallados y situados en lu-gares elevados para facilitar la defensa y con una urbanización irre-gular en la que predominan las casas de una sola habitación y planta rectangular.

La economía tenía una base agropecuaria, pero presenta rasgos des-arrollados, como las explotaciones mineras o el dominio de industrias como el hierro, tejidos, cerámica y salazones. El comercio con las colonias costeras era floreciente, como lo prueba el uso de la moneda.

Utilizaban la escritura, aunque no se ha llegado a descifrar su alfa-beto.

El arte ibérico nos ha legado ejemplos de una elevada calidad téc-nica muy influenciada por griegos y fenicios. Las damas oferentes, como la de Elche o la de Baza, es su forma escultórica más célebre; se creen que tenían una doble finalidad, funeraria y religiosa, pues pa-rece hacer referencia a la diosa fenicia de la tierra y la fertilidad, Ta-nit. Otras formas artísticas son las representaciones escultóricas de guerreros o de animales reales o fantásticos.

La Hispania romana

La conquista de Hispania por Roma

Roma comenzó la conquista de la Península a partir de la segunda guerra púnica (218-206 a. C), en la que se enfrentó a Cartago por el dominio del Mediterráneo. Entre estas fechas y el año19 a. C. se des-arrolló la conquista militar de Hispania.

(6)

La conquista se puede dividir en tres periodos:

1.- Ocupación del litoral mediterráneo, el valle del Guadalquivir y del Ebro (218-170 a. C.)

Estos pueblos estaban acostumbrados desde antiguo al contacto con otros colonizadores, y la penetración romana se realizó con re-lativa facilidad. Las campañas militares se enmarcan más en los en-frentamientos con Cartago por el dominio de estas tierras que con los propios habitantes.

2.- Conquista de la Meseta (154-29 a. C.)

La resistencia de los pueblos celtíberos que ocupaban el interior de la Península obligó a Roma a una larga serie de duras campañas hasta el año 133 a. C.

Los deseos de independencia de estos pueblos se plasmaron en las campañas contra los lusitanos y contra los arévacos; estos últimos re-sistieron en la ciudad de Numancia (Soria), presentada por las crónicas romanas como ejemplo de heroísmo.

Entre 133 y 30 a. C, las luchas civiles que caracterizaron al final del periodo republicano de Roma detuvieron las campañas de conquista. 3.- Conquista del norte peninsular (29-19 a. C.)

El mismo emperador Augusto capitaneó la guerra contra cántabros y astures que, aunque terminaron deponiendo las armas frente a Roma y pagando tributo, nunca llegaron a integrarse en una plena romaniza-ción.

La romanización

Proceso de asimilación de la cultura y la organización política, social y económica de Roma por parte de los pueblos prerromanos, que adoptan el latín como lengua común, la religión romana, sus leyes e instituciones.

Entre sus consecuencias destaca la fuerte urbanización del territo-rio con su correspondiente red de calzadas.

En los siete siglos que duró la dominación romana, la cultura indíge-na fue desapareciendo o transformándose. No fue un proceso uniforme:

9 En el litoral mediterráneo y la Bética fue muy intensa. 9 En el interior fue menor y, meramente nominal en el norte. El vehículo más eficaz de romanización fue el latín vulgar (soldados y comerciantes).

La religión romana, basada en la mitología politeísta griega y en el culto al emperador, fue fácilmente aceptada por los hispanos al estar abierta a todo tipo de influencias y carecer de prohibiciones. En este proceso era frecuente que dioses indígenas terminasen asimilándose con los romanos; por ejemplo, Cosus, el dios celta de la guerra, se iden-tificó con el romano Marte.

(7)

La Bética y la Tarraconense fueron las provincias en las que la cul-tura alcanzó un mayor desarrollo frente a las zonas más superficial-mente romanizadas. Filósofos como Séneca o escritores como Lucano y Marcial son buenos exponentes del elevado nivel intelectual alcanzado.

La sociedad

Durante el dominio romano la población aumentó hasta los 6 millo-nes de habitantes.

La mayor parte de esta población se asentó en las ciudades.

La sociedad hispana seguía la organización del resto del Imperio. La estructura social descansa sobre la familia patriarcal. Por un lado es-taban los hombres libres, cuyas clases altas se dividían en tres órde-nes: senatorial, ecuestre y decurial. El resto de hombres libres for-maban la plebe: artesanos, comerciantes y campesinos.

A partir del siglo III se concedió la ciudadanía romana a todos los hombres libres.

Los esclavos eran la principal fuente de mano de obra, siendo la ba-se del sistema económico. Se encargaban de los trabajos más duros en las minas, obras públicas, agricultura, domésticos, talleres…

La fuente principal de la esclavitud era la guerra. Los que alcanza-ban la libertad (manumisión) eran llamados libertos.

La economía

Era una economía colonial basada en la explotación de los recursos mineros y agrícolas encaminados a la exportación a Roma, desde donde llegaban productos manufacturados.

El sistema colonial impulsa un gran desarrollo comercial basado en la unidad monetaria y en las grandes infraestructuras: puertos y calza-das.

Las minas eran explotadas por esclavos: oro, plata, cobre, hierro, plomo, mercurio. Eran de propiedad estatal.

La agricultura fue muy importante: trigo, vid y olivo. Se introducen novedades en los sistemas de cultivo (rotación trienal, abono) y en los utillajes (arado romano, trillo de ruedas).

Aunque existió la pequeña propiedad, lo normal fueron los grandes latifundios esclavistas.

Los productos artesanales se importaban de Roma, impidiendo el de-sarrollo de industrias autóctonas, entre las que destaca la alfarería y el salazón.

El Bajo Imperio

A partir del siglo III d. C. se inicia una crisis que conducirá a la des-aparición del Imperio en 476, tras dos siglos de decadencia (Bajo Impe-rio).

(8)

La crisis afectó sobre todo al occidente del Imperio y, por tanto, a Hispania, mientras que el poder se traslada a Oriente, a Constantino-pla.

Causas de la crisis.

1. Decadencia de la vida urbana y aumento de los grandes la-tifundios.

2. Mano de obra esclava más escasa: ya no aumenta el terri-torio con nuevas conquistas.

3. Crisis monetaria: el aumento de los gastos del Estado y la disminución de los ingresos llevan a la devaluación y a la in-flación, por lo que se tenderá al autoabastecimiento.

4. Debilitamiento de la capacidad defensiva.

5. Crisis política: anarquía militar, guerras civiles…

La Cultura

Roma consiguió la unificación de Hispania superponiendo su cul-tura sobre las autóctonas, hasta asimilarlas o hacerlas desaparecer.

La homogeneización lingüística en torno al latín vulgar que em-pleaban los soldados y comerciantes fue el vehículo más eficaz de la romanización. El origen de las actuales lenguas peninsulares, salvo el euskera, está en el latín.

La religión romana, basada en la mitología politeísta griega y en el culto al emperador, fue fácilmente aceptada por los hispanos al estar abierta a todo tipo de influencias y carecer de prohibiciones. En este proceso era frecuente que dioses indígenas terminasen asimilándose con los romanos; por ejemplo, Cosus, el dios celta de la guerra, se iden-tificó con el romano Marte.

El cristianismo cobró cada vez mayor importancia, lo que supuso un cambio ideológico total con respecto al mundo antiguo, sobre el que se asentaba el sistema social y económico de la República y el Alto Impe-rio, como por ejemplo la esclavitud. En el siglo III el cristianismo estaba ya muy extendido en Hispania, donde contaba con sólidas comunida-des.

El derecho romano tuvo gran importancia en la regulación de las costumbres hispanorromanas y su influencia aún pervive en nuestro actual sistema legislativo.

La Bética y la Tarraconense fueron las provincias en las que la cul-tura alcanzó un mayor desarrollo frente a las zonas más superficial-mente romanizadas. Filósofos como Séneca o escritores como Lucano y Marcial son buenos exponentes del elevado nivel intelectual alcanzado.

Figure

Updating...

References