CALLES Y LA IDEA OFICIAL DE
LA REVOLUCIÓN MEXICANA*
Guillermo PALACIOS
El Colegio de México
Idea de la revolución popular
U N O DE LOS RASGOS más notables del periodo constitucional de Calles, y e n general de todo el maximato, es la desaparición - r e s e n t i d í s i m a - del "pueblo" como elemento legitimador del poder, función esencial durante la época de Obregón.
Los motivos h a b r í a que buscarlos en la consolidación del fenómeno, en l a sustitución de "pueblo" por "revolución-como único legitimador, proceso ya en marcha con Obregón, y finalmente, en el regreso de Calles y los gobiernos subsi-guientes al elitismo de los principios de la revolución en rela-ción al sector dirigente del poder.
Calles acaba con la idea de la revolución pasada como la presencia inescapable que había sido anteriormente. La im-portancia del proceso iniciado en 1910 pasa a u n segundo pla-no y pla-no recibe mayor atención. De acuerdo con esta línea general, lo "popular" de la idea de l a revolución en Calles está referida a sus objetivos y no a sus elementos causales. A q u í , como en todo, es el futuro lo que importa. Junto a esto, l o "popular", que viene no tanto de planteamientos como de concreciones, se considera dentro de la problemática nacional por consideraciones éticas y, en menor grado, por el condi-cionante que significa el mejoramiento de los sectores obreros y campesinos para la obtención de las metas revolucionarias a nivel nacional. Parece ser la conjunción de una tendencia
* Capítulo del libro La idea oficial de la Revolución Mexicana, que
editará próximamente El Colegio de México. En esta obra se explica el
desarrollo de la idea oficial de la revolución a través de los informes,
discursos y programas de los presidentes de la República.
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elitista del poder con una relación populista con los gober-nados. Junto a consideraciones de "elemental justicia" en los objetivos "populares" de la revolución, ayudan también, a la supervivencia de estos intereses, tratamientos que condicionan el bienestar general al de los trabajadores, en tanto que fuen-tes de la riqueza nacional.
Así, el "pueblo" y l o "popular" reciben funciones eminen-temente receptivas con respecto a u n poder revolucionario comandado, dirigido y ejecutado por u n grupo. L a idea de ciertos caracteres imperativos de la naturaleza "popular" del poder revolucionario, recuerda las causas que motivaron el v i -raje carrancista hacia la revolución "social"; la certeza de que seguir u n camino sólo formalmente popular llevaba al fracaso y a la p é r d i d a del liderato. L a diferencia es, sin embargo, de raíz: a Carranza se le forzó prácticamente a introducir plan-teamientos nuevos dentro de la idea de la revolución; Calles no da ventajas al factor sorpresa, antes bien prevé lo nece-sario y controla las funciones de lo "popular" del poder.
Calles, al mencionar el futuro advenimiento de la "con-ciencia colectiva", hace pensar en la existencia sólo transito-ria de u n poder reducido a la élite o "familia revolucionatransito-ria", en tanto que se llega a esa conciencia. Sería por l o tanto una especie de democracia dirigida en tanto se capacita a las masas -mediante la educación fundamentalmente, para asumir la dirección del p a í s - ; esto recuerda fuertemente, dicho sea de paso, la actitud porfirista con respecto a las posibilidades de la democracia mexicana. Y no sólo por la creencia aparentemen-te compartida de la necesidad de educar para la autodirección, sino porque, al igual que con don Porfirio, esta insinuación callista se ve rotundamente desmentida por la etapa de la plenitud de Calles como dirigente: el maximato.
Idea de la revolución triunfante y consolidada
Calles sitúa el triunfo de la revolución como idea de mo-vimiento político, en 1917, con la aparición de la Constitu-ción, dando por descontado el triunfo en la guerra. Esta doble
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victoria de la idea tradicional de la revolución, da el con-cepto de f e n ó m e n o consolidado -parcialmente, como vere-m o s - , ya vere-muy firvere-me, y que se encuentra, por oposición a Obregón, completamente desarrollado.
Pero la importancia de la consolidación no está - u n a vez más, como casi nada en Calles- referida al pasado y al mo-mento preciso al que ha dado lugar, sino que esta situación de fortaleza adquiere importancia en tanto que significa una base inquebrantable para la acción presente y su culminación futura. Este r e n g l ó n es el primero que da una ligera idea de la ampliación extraordinaria que recibirá la idea de la re-volución en cuanto a su vigencia durante Calles y el maxi-mato. Así, la consolidación de una idea de la revolución en el pasado, a m p l í a las perspectivas de nuevas formas de una manera insospechada, y parece ser el elemento que da a Calles motivos para pensar, ahora sí, en labor revolucionaria, tal vez un poco por oposición a lucha revolucionaria. Ésta, si acaso, se r e g l a m e n t a r á por medio de los canales parlamen-tarios. A su vez, esta nueva modalidad de la lucha confirma la creencia en la consolidación, puesto que se acepta la idea de la revolución política como fundamento y forma de go-bierno, de una fortaleza tal que se pasa a la discusión y el debate para combatirla antes que a la confrontación violenta. L a idea global de la revolución se ha hecho indispensable ya en 1918, l o cual garantiza la estabilidad del poder revolu-cionario; las causas formales son lo que Calles mismo llama "intereses creados por la revolución".
La temporalidad de la idea de la revolución
Por principio de cuentas, Calles termina con la práctica seguida hasta a q u í por los gobiernos revolucionarios, y en especial por Obregón, de limitar la vigencia de la idea de la revolución a una unidad temporal precisa. Esto, que se dice en pocas palabras, es quizás l o m á s importante que le ha pa-sado a la idea desde que fue originalmente concebida, allá en los albores.
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Si los anteriores regímenes daban a la idea de la revolu-ción u n significado esencial y limitativo de "lucha armada" c o m o proceso y como m o v i m i e n t o Calles extiende la v i -gencia de la idea, y casi la inmortaliza; por lo mismo, se com-prenderá que este es u n paso fundamental de la historia con-ceptual de la revolución. La idea de la revolución de los periodos anteriores resulta, j u n t o a Calles, u n tanto simplista; una vez terminada la etapa bélica, la revolución se da por cumplida. L o que le sigue era, a todas luces, la i m p l a n t a c i ó n de u n poder constituido, que podría tener entre sus cualida-des la de ejecutor de una idea de la revolución como la serie de postulados emitidos durante el proceso violento, pero eso era todo. Madero tenía tan en mente la transítoriedad de la idea de la revolución que n i siquiera se refería a ella como algo de mayor trascendencia. Carranza lo tenía tan presente, que procuraba extender los reducidos límites temporales del fenómeno, por medio de la etapa "preconstitucional" que, como su nombre lo indica, antecedía directamente al estable-cimiento del poder triunfador. Obregón, por su parte, primer elegido fuera del terreno de las armas, hablaba, en la mayoría de sus documentos, de gobierno "revolucionario", en u n triple papel de sustituto de la idea de la revolución como realidad presente, y en tanto que heredero y herencia de la revolución: heredero de la idea centrada en los postulados, herencia en la de movimiento partidista.
En fin, la idea de la revolución se mantenía, en este ú l t i m o caso, cerca de 10 años en plena vigencia, para después ceder el paso al gobierno instituido. Calles va a cambiar esto dia¬ metralmente. Para empezar, llama a la etapa político-militar "momentos de agitación revolucionaria", etapa de u n pro-ceso que, por lo demás, no tiene empacho en calificar de fácil y sencilla. Y a q u í viene un primer punto central: lo que sigue a ese periodo de confrontación armada no es, según el esque-ma callista, el gobierno instituido a secas, n i siquiera u n go-bierno revolucionario, sino algo con implicaciones mucho más grandes: el "periodo propiamente gubernamental de la Re-volución Mexicana".
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c e p t ú a a la revolución como algo más que una gran pelea con ciertas consecuencias. Para mayor abundamiento en r i -queza conceptual, postula una idea de la revolución como u n fenómeno siempre en marcha, y al hacerlo, lo que provoca es, de hecho, la conversión de esa idea tan limitada anterior-mente en u n imponente elemento suprahistórico, de una tem-poralidad que si bien no es ilimitada, tiene sin embargo la rara virtud de prolongarse a sí misma mediante la persecución de etapas, periodos, fases, etc. Es más, esta idea de la revo-lución que Calles presenta, dividida en pasos distintos, per-mite ver hacia el futuro sin avizorar, a pesar de los esfuerzos, el f i n del fenómeno y la caducidad de su idea. Es lo relativo a la temporalidad, y no u n proceso formal, lo que efectiva-mente institucionaliza la idea de la revolución, lo que la con-vierte en el más longevo lugar c o m ú n de que tenga noticia la historia de México, lo que va a dar oportunidad a esta-blecer la continuidad del poder, y, finalmente, a considerar el desarrollo natural ascendente de una comunidad, si 3.C3.SO
reformista, como prueba irrefutable de la permanencia y de la ejecución constante de la idea de la revolución.
En nuestros días se dirá que la revolución dejó su cabal-gadura, pero esto, despojado de la crítica política que con-tiene, sólo significa que, una vez cansada de andar a pie, po-d r á tomar el mepo-dio po-de locomoción que más le convenga para hacerse transportar todavía por muchos años. Como se verá posteriormente, con el desarrollo de todos estos elementos du-rante el maximato, es esta genialidad de Calles la responsable casi exclusiva de la llamada estabilidad política del país, se-senta años después de iniciado el movimiento revolucionario.
Esta concepción magistral de la temporalidad de la idea de la revolución, condiciona en Calles, claro está, la consi-deración particular de la dicotomía temporal tradicionalmente usada. En el pasado existe una idea de la revolución que pierde aquí casi toda la importancia que los regímenes ante-riores, de acuerdo con su limitada idea de la historicidad del fenómeno, la h a b í a n atribuido, y que se basaba en la creencia de que ese era todo el devenir que la revolución era capaz de ofrecer al juicio y recreo de las generaciones posteriores.
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lies, por el contrario, se da cuenta de que su tiempo puede ser, si se quiere, sólo el principio de u n proceso que p o d r á esperar tranquilamente la llegada del siglo sin preocuparse por su salud; por el contrario, hacia el pasado, Calles tiene una idea de la revolución político-militar, proceso y movi-miento, que no le merece mayor respeto, y si no hay tono despectivo en sus referencias a lo anterior, sí hay cierta diver-tida condescendencia ante la importancia exagerada que ha recibido.
La idea de la revolución como pasado es elemental, la obra negra del aparato formal, el trabajo de infraestructura.
Esa misma idea, siempre en marcha, hace que al hablar del presente de Calles se hable de la revolución en la misma me-dida - y tal vez m á s - en que se hace al mencionar a Madero o a Carranza. Y este presente es, por tanto, constante, ahis-tórico, temporalmente insujetable. La idea de Trotski que-daba muy cerca de la teoría; la de Calles es la práctica misma, y de allí quizá su superioridad como pensamiento político. O b r e g ó n llamó a su gobierno, por vez primera, gobierno de reconstrucción, dando p á b u l o al surgimiento de varios otros que se autocalificarían de la misma forma, pero que tarde o temprano t e n d r í a n que ceder ante la evidencia de que ya no h a b í a posibilidades, de que ya no era posible seguir re-construyendo, ya de que h a b í a que empezar a construir. Era una etapa perfectamente delimitada en cuanto a sus fines. Calles, con más visión, eterniza una fase: "periodo guberna-mental de la Revolución". Esto es insuperable. Si tuvo en mente el advenimiento de otras etapas, se guardó sus carac-terísticas. Pero la nueva etapa bastó —y sobra— para darle a la idea de la revolución global la seguridad de que su evo-lución a una fase posterior a. la. de 1928 era. u n problema lejanísimo Porque la referencia a una futura etapa de lucha ideológica no contradice en lo más m í n i m o lo gubernamental del periodo, puesto que unas son peras y otras manzanas. Abundando en el presente, hay una característica circunstan-cial que lo define como el campo perfecto para el arranque de u n nuevo esfuerzo revolucionario: "hay que hacerlo y mo-dificarlo todo". Menudo programa, que habla muy bien de la
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modestia presidencial que, por una vez, no considera a su etapa definitiva de algo o para algo.
Así es: Calles no anuncia la realización de la idea de la revolución durante su periodo. L o que hace es todavía más sensacional: anuncia de hecho la creación de una nueva idea de la revolución que, sin embargo, enfrentada a una situa-ción de caos, no aspira a su ordenamiento inmediato, sino que prepara con su movimiento incesante u n ambiente preciso, y da cuerpo a u n proceso que desembocará, finalmente, en el cumplimiento de los propósitos originales de la idea anterior. L a lucha armada, por lo tanto, fue una idea de la revolución, pero no la idea, n i mucho menos la revolución. Con esto, Calles le da a la idea global de la revolución el dominio de lo indefinido: el futuro. Esta es una de las más brillantes j u -gadas de Calles: volcar la idea de la revolución hacia adelante, liberarla de su limitada vigencia anterior, y convertirla en u n fenómeno de verdadera importancia para el destino del país. Esta presentación de la idea es la clave del periodo callista, y su reiteración durante el maximato sólo indica el inmenso n ú m e r o de posibilidades de supervivencia que recibe la idea de la revolución. Todas las medidas, las sugerencias, las i n i -ciativas, buscarán un armonioso proceso de crecimiento, u n elegante desarrollo a largo plazo, pero siempre dentro de la idea de la revolución como nuevo proceso histórico, orien-tado hacia u n futuro en el que estará la ú l t i m a y más perfec-cionada idea de la revolución tal vez único espectador-para conocer sus resultados. Por el momento, nada más opues-to al pensamiento conservador que Calles.
De lo anterior se sigue que la continuidad del proceso re-volucionario general y de la idea global de la revolución son absolutas: la conceptualización del fenómeno por etapas ha-bla, necesariamente, de u n acomodamiento determinado que hace que la consecución de la historia sea una trayectoria lógica y congruente. U n a vez más, el "futurismo" callista aporta u n nuevo elemento: la seguridad de que mientras dure la idea de la revolución, su desarrollo va a ser terso y fácil. La visión de la historia revolucionaria hasta el momento es una prueba de lo anterior: Calles, condenándose a priori,
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se lanza contra los caudillos y su época; pero la continuidad no se rompe, como no se r o m p i ó por la superación de la idea de la revolución maderocarrancista, absorbida por una idea mayor y transformada en sólo una de sus etapas.
Calles recurre a la historia de México para entender la situación de su presente; en el pasado inmediato, los caudillos son la causa de que a fines del primer tercio del siglo x i x , México esté a ú n esperando el momento de convertirse en u n país serio, decente y civilizado. A l igual que los anteriores, Calles presenta una visión coherente de la historia de Mé-xico, y de esa forma da a la idea de la revolución en general, un elemento de continuidad externa que posteriormente, cuan-do las jornadas; del nacionalismo ideológico, será capital; por tanto, él establece el denominador c o m ú n de los movimientos y las luchas nacionales: el mejoramiento de las clases no pri-vilegiadas, "en ú l t i m o extremo, el propósito y la justificación de los movimientos revolucionarios de México". Desde luego, si la historia da la clave de la revolución, t a m b i é n da la de la reacción y, de paso, le expone sus trapitos al sol al decir "que en el conocidísimo curso de nuestra historia ha desatado tan-tas y tan grandes calamidades sobre la n a c i ó n " . De la misma forma, pasando del individuo a su circunstancia, Calles, his-toricista, explica con criterios históricos el origen de los gran-des problemas nacionales: división y gran-desigualdad sociales, acaparamiento de la tierra, intervención extranjera, falta de conciencia en las grandes capas de la población, etc. Todo esto debe examinarse a la luz de criterios históricos que determi-n a r á determi-n , edetermi-n ú l t i m o térmidetermi-no, soluciodetermi-nes acordes: así, la revolu-ción misma fue una "necesidad histórica". Esta visión global de la historia de México es posiblemente lo que permite a Ca-lles la consideración de una revolución igualmente global, dentro de la cual se deben encontrar soluciones integrales: la resolución de los problemas económicos de los trabajadores no se va a encontrar por medio de u n simple aumento de sueldo, n i por una mayor abundancia de capital, n i siquiera por medio de una ideal distribución equitativa del ingreso nacional; todo esto ayuda, pero de nada sirve sin organiza-ción, escuela, solidaridad, conciencia clasista, de la misma
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forma que de nada sirve darle al campesino la tierra si no se le dan los implementos necesarios para su producción, o al indígena instrucción si no se le proporcionan los medios ele-mentales de vida.
El problema de la temporalidad de la idea de la revolu-ción tendrá su pleno desarrollo durante el maximato. L a ín-tima relación de esos regímenes con Calles nos h a r á volver una y otra vez a la consideración de sus ideas, que, en ú l t i m o tér-mino, son las que realmente van a estar actuando, salvo muy contadas excepciones. Esto, como una justificación adelantada de la reiteración de ciertas ideas y conceptos, necesaria en el maximato para entender su cabal importancia.
El problema agrario
Hay similitudes y diferencias con respecto al tratamiento obregonista del problema. Entre las similitudes está el papel destacado de la polítca agrarista dentro de los dos regímenes, según las propias declaraciones presidenciales. La considera-ción del problema del sistema de tenencia de la tierra sigue siendo el mismo: fundamentalmente respeto a la propiedad y creación de una nueva clase propietaria en p e q u e ñ o , antes que la modificación del esquema estructural. E l camino de la resolución tampoco cambia: lo legal, lo indiscutible, for-malmente hablando, la creación de instituciones que institu-cionalizarán el problema, etc.
Las diferencias son más numerosas. En primer lugar, Ca-lles introduce la idea de una reforma agraria integral, en el sentido de complementar al campesino con materia prima y técnicas. Esto obliga a u n buen paso hacia adelante en la programación del arreglo del problema: la educación al cam-po, y en especial la técnica por medio de la fundación de planteles de enseñanza agrícola.
Otro gran paso es la intervención oficial que anuncia Ca-lles, y que a y u d a r á "organizando racionalmente el desarrollo de los cultivos". Luego entonces, se piensa ya en planifica-ción de la explotaplanifica-ción de la tierra, lo que cambia
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mente la idea tradicional del estado, y aun la del poder revo-lucionario. Además de esto, se contempla la solución de problemas de infraestructura.
Por último, Calles rehabilita la condición del campesino, calificándolo, junto con los obreros, de base de la riqueza del país. L a incorporación del indígena como tema de la litera-tura presidencial parece ser u n resultado del nacionalismo interno unificador, que nace de Calles. La idea particular de la revolución, referida al problema agrario, se enriquece considerablemente por medio de u n mayor detenimiento en la observación de los obstáculos. Se puede hablar, además de enriquecimiento, de cierta radicalización en sus medidas, como la planificación.
El proletariado y la sociedad
La escasa atención que O b r e g ó n concedió a este punto en sus declaraciones públicas, hace que resalte a ú n más el trata-miento callista. A l igual que en lo agrario, Calles pugna por la solución integral a través de la educación, la agrupa-ción, la conciencia de clase y la unidad. A l igual que al cam-pesino, al obrero lo coloca en la base misma del bienestar de la sociedad. Pero esto no logra que la idea de la revolución sea la de u n interés clasista, pese a los múltiples pronuncia-mientos colectivistas. T o d o lo contrario, lo que encontramos es la reiteración de la revolución "popular" y del populismo consecuente.
La idea de la revolución referida al problema obrero no muestra u n obrerismo, n i u n movimiento del proletariado que lo sea por una casualidad ideológica, n i por u n juicio filosófico que lleve a consecuencias clasistas. T o d o lo contra-rio, la idea de la revolución comprende tratamientos más rea-listas y pragmáticos: el mejoramiento de los estratos rezagados es una condición determinante para el desarrollo global del país. Hasta allí llega el compromiso de la revolución con los trabajadores. A l mismo tiempo, se reafirma la idea de la so-ciedad clasista, pero con posibilidades de resumir en consenso una circunstancia de diferencias.
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La idea de la revolución, de acuerdo con su naturaleza "popular", sigue siendo la de una fuerza que pretende ser desclasada, pero con tendencias definidas hacia determinado sector en donde está o estuvo su apoyo principal. No es, n i mucho menos, una revolución proletaria, aunque sí una revo-lución que toma en cuenta al proletariado. Una vez dado a éste su papel efectivo dentro del orden social - m o t o r esencial-mente, pero lastre si se atrasa-, la idea de la revolución vuelve a su cómoda concepción supraclasista y populista que trata de armonizar intereses y corrientes distintas dentro de su gran tolerancia.
A l igual que en los periodos anteriores, el juicio cualita-tivo y no cuantitacualita-tivo es el que determina una acción equi-tativa del estado en la dispensa de los beneficios a los gober-nados. Si bien con Calles la idea de la revolución está ya indisolublemente ligada al problema agrario y a su solución, y no sólo a su arbitraje, no se modifican en l o sustancial los esquemas anteriores para el tratamiento del tema. La idea de la revolución, en su amplitud, en su indiscriminación, genera contradicciones que no se corrigen: j u n t o a llamados a los pro-letarios para que se unifiquen, frente a las exhortaciones a la toma de conciencia de clase, Calles pide la unidad de esas clases que al mismo tiempo invita a diferenciarse. Por u n periodo más, la idea de la revolución se mantiene en el peli-groso equilibrio en que la colocaron privilegiados y clases tra-bajadoras. Esto es l o sustancial del periodo, y lo ha sido desde Madero.
El problema educativo
Esta es una gran constante del periodo de Calles, y repite, en términos generales, el fenómeno observado con el nacio-nalismo: medio y f i n en sí misma, por el momento. Con ella, la idea de la revolución reafirma su carácter humanista, puesto que toda solución referida a la sociedad va a c o m p a ñ a d a por la educación complementaria.
La escuela, por su parte, empieza a adquirir múltiples funciones además de la enseñanza propiamente dicha. Se
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l u m b r a ya la educación como adoctrinamiento, que será i m -p o r t a n t í s i m o en el maximato, y la escuela se transforma en u n elemento indispensable de las comunidades, sobre todo de las rurales. La idea de la revolución concede gran importan-cia a este aspecto, porque es en la instrucción pública donde p o d r á existir como justificación del presente para las nuevas generaciones, y por tanto de ella d e p e n d e r á en gran parte su seguridad, así como la de sus representantes.
El nacionalismo
En general, Calles, durante su periodo constitucional, sigue el mismo camino marcado por O b r e g ó n al nacionalismo como modus vivendi de la idea de la revolución, esta vez con-ceptuada en el presente y compatible su vigencia con el ejer-cicio de u n poder legal. L a importancia de esta tendencia, que se verá claramente durante el maximato, la lleva ya du-rante la administración de Calles a convertirse en la columna vertebral del - "espíritu revolucionario" y, por tanto, parte esencial de la ética del fenómeno. Así, el nacionalismo está í n t i m a m e n t e ligado con todos los pasos del poder, con todas las consideraciones y las concepciones de la idea de la revo-lución.
En lo relacionado con el problema del capital inversio-nista extranjero, el nacionalismo parece voltear totalmente la consideración de este punto y, aunque no desaparecen la ten-tación y los anzuelos que se tienden a los capitalistas del exte-rior, sí hay ya lincamientos de una solución autárquica al problema de la economía nacional y de su crecimiento. Así, mientras sigue actuando como freno relativo a las actividades del capital extranjero, empieza ya a mover el agua de las na-cionalizaciones, del ideal de que "el país dependa de sí mismo y no de n i n g ú n e x t r a ñ o " . T a l vez p o d r á fijarse a q u í el nacimiento de la idea de la independencia económica, como i n -grediente de la idea de la revolución.
E n lo político el nacionalismo callista t a m b i é n es causa de otro principio. A q u í se inican los esfuerzos desesperados,
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gustiosos y patéticos por librar a la idea de la revolución global de malas influencias. T a l actitud, y la forma de expre-sarla, es de lo m á s recordado en Calles (doctrinas exóticas), no porque se le atribuya, sino porque la usó mucho. Así pues, mientras en lo económico el nacionalismo deja atrás sus com-plejos de inferioridad y se vuelve u n p o q u i t í n agresivo, en lo político tiembla como u n azogado ante la idea de la conta-m i n a c i ó n . Y el susto es tal que la idea de la revolución se aisla, en los textos, del resto del universo, por medio de una tan tonta como a todas luces falsa pretensión de autogenera-ción, unicidad y originalidad casi patentada: la planificaautogenera-ción, la concepción del proletariado, la idea del individuo en la historia reducido a calidad de accidente, la programación re-volucionaria, la fiebre colectivista, etc., hacen indicar que hay por allí ejemplos y modelos no confesados. Sin embargo, u n nacionalismo al borde de la histeria insiste en esterilizar a la idea de la revolución.
Hay, por último, una muestra de valor que hace que la idea de la revolución desafíe los peligros del exterior; y es que no se resiste la tentación de dar a la idea de la revolución u n papel relevante en América Latina, y de paso insinuar la importancia de sus dirigentes en el plano continental. Así pues, la revolución, mustiamente, sale a ofrecer sus soluciones, aunque sus representantes se cansan de afirmar que ellos no creen en las influencias n i en las experiencias ajenas. Pero la revolución insiste en que tiene labores redentoras y destino manifiesto, y se proyecta hacia u n subcontinente que no peca en ese tiempo, como no ha pecado nunca, de democrático. Y tanto va el c á n t a r o al p o z o . . .
El poder revolucionario
En este aspecto encontramos varios cambios fundamenta-les, como el ya citado regreso al elitismo de los principios de la revolución, y, en general, de su etapa armada. E l poder, pese al colectivismo, aparece bastante separado de la base "popular" que, como ya se vio, pierde su papel de legitimador
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del poder. Pero no es sólo el "pueblo" el afectado; Calles prescinde en gran medida del elemento que legitimaba el po-der en O b r e g ó n : la invocación del t é r m i n o "revolución", con-teniendo la legitimación automática de su sentido histórico y social.
En efecto, consecuente con su visión de la temporalidad del fenómeno revolucionario y de su idea, Calles disminuye, hasta casi hacer desaparecer, la importancia de la idea de la revolución pasada como legitimación de su régimen. En com-pensación, los elementos legitimadores del poder se encon-t r a r á n denencon-tro de la nueva idea de la revolución, la de movi-miento presente y la de realización futura. E l pasado se preserva en la medida en que explica la existencia del régi-men; pero éste, que modifica y enriquece la idea de la revo-lución, no puede buscar en la anterior otra cosa que u n apoyo de continuidad. Similarmente, la legitimación no se buscará en causas y fundamentos de la acción y del ejercicio del poder, sino en lo que está adelante, en los resultados de esa acción, que es, al final de cuentas, autojustificatoria en la medida de su revolucionarismo. Esto no impide que el poder sea con-siderado como "popular", sino que modifica la procedencia del calificativo: más que "popular" por u n origen, cuya im-portancia se disminuye, el poder revolucionario lo es por sus tendencias y la dedicación de sus esfuerzos. Por lo tanto, lo "revolucionario" deja de ser u n adjetivo que legitima por sí mismo, para convertirse en u n sujeto de legitimación por me-dio de la concordancia de las acciones con los postulados de la idea de la revolución. L a revolución sólo existe realizán-dose, y sólo así se legitima su régimen.
La p é r d i d a de los instrumentos tradicionales de legitima-ción, o más que pérdida, la no utilizalegitima-ción, tiene todos los rasgos de una prueba que se da el poder a sí mismo, puesto que renuncia a legitimarse por su misma existencia, esto es, por su nacimiento, para buscar lo "revolucionario" y lo "po-pular" en las acciones. Es en realidad el traslado de los dos conceptos de la base a la cumbre. Y en esta nueva situación, el poder ratifica su elitismo y su alejamiento de sus bases socia-les, proclamando su a u t a r q u í a , su independencia y su carácter
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de director de la sociedad, no sujeto tanto a las necesidades directas de los gobernados cuanto a los resultados de sus medi-das que, hay que decirlo, serán legitimadoras en tanto que satisfagan a aquéllas. L o que hay es u n cambio en la relación. Anteriormente el esquema era una base que indicaba y expre-saba necesidades; u n poder que recibía esas demandas, lo cual ya lo legitimaba como "revolucionario" y "popular", y moti-vaba acciones. Pero aquí se detenía el movimiento. E l nuevo esquema de la relación empieza casi donde el anterior termina: u n poder que sabe las necesidades y promueve acciones que no lo legitiman por sí mismas, como en el caso anterior, sino sólo en la medida en que tengan éxito en la satisfacción de las necesidades. Eso, y no su existencia, será la prueba de lo "revolucionario" y de lo "popular" del poder.
Con este nuevo esquema de las relaciones entre el poder y la sociedad, los sectores cuya satisfacción se busca reducen su función activa de demandantes, para cobrar importancia en tanto que beneficiarios de u n poder que se les adelanta en la formulación de sus necesidades, a través de u n aparato ins-titucional creciente y de la planificación de importantes as-pectos de la vida del país.
Esta función pasiva adoptada por lo "popular" dentro de las nuevas relaciones del poder con la sociedad, se anunciaba ya con Obregón, gracias a la doble significación del t é r m i n o "revolución": la idea del proceso y la idea de sus causas so-ciales. Pero a ú n en ese caso de simplificación extrema, el tér-mino "revolución", en esa su idea de entidad, traía a colación, implícitamente, elementos básicos para la existencia del régimen, y por tanto lo legitimaba teóricamente. Calles no renuncia a algo que, como el origen revolucionario, es irre-nunciable so pena de encarnar la contrarrevolución, pero sí le resta casi toda su importancia. En su momento, la idea de la revolución ya no es sólo la abstracción de l o "popular", o la de u n cuerpo de postulados, o la de movimiento político; estas dos ú l t i m a s ideas, si bien permanecen, son desplazadas, como ya. vimos, en su importancia, por las nuevas ideas de la revolución como proceso y movimiento presente, y como fu-turo a realizar. Y es de estas dos ideas primordiales de donde
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debe venir, lógicamente, el calificativo de "revolucionario", puesto que son ellas las que tienen plena vigencia para el momento. La legitimación del poder estará pues condicionada por su habilidad para efectuar ese proceso y convertirse en la parte central del movimiento, y en su éxito para coronar la realización futura de la idea de la revolución.
A l indicar cuáles serán de ahí en adelante las formas de legitimación del poder, Calles parece querer resguardar al poder revolucionario de una tendencia al estancamiento y al conservadurismo, por medio de una cómoda legitimación his-tórica. Hasta O b r e g ó n lo "revolucionario" vino de la identidad con la idea de la revolución a partir de 1910; éste legitimó activamente mientras d u r ó su vigencia. Consumada su etapa, esa idea legitima sólo históricamente, y por tanto no exige del poder mayor esfuerzo. Si Calles no vio ese peligro, lo cu-b r i ó automáticamente. La vigencia de la nueva idea de la re-volución empieza en 1928 y se extiende indefinidamente hacia el futuro. Junto a una idea de la revolución como realidad, la idea histórica pierde la importancia anterior. El poder no p o d r á buscar su legitimación en una idea caduca como reali-dad, cuando él mismo se mueve dentro de una nueva y a todas luces más perfeccionada idea de la revolución. De no existir esta última, la idea histórica seguiría, como en el caso de Obre-gón, siendo validísima como calificadora de u n revoluciona-rismo heredado; pero la herencia no es necesaria cuando hay la posibilidad de ejercer la nueva idea de la revolución.
La "ideología" de la revolución
Calles, a pesar de su gran riqueza conceptual, relacionada sobre todo con la temporalidad de la idea de la revolución, no aporta a través de sus documentos grandes elementos para la conformación del marco ideológico revolucionario.
Si Obregón h a b í a encontrado en el conflicto con la Igle-sia la oportunidad para enfrentar por primera vez a la revo-lución en el terreno ideológico, Calles no desarrolla ese con-frontamiento, toda vez que, como se ha visto, despoja a la
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oposición clerical del respaldo institucional que debía darle l a Iglesia, y reduce el conflicto a u n choque de intereses po-líticos.
Por otra parte, el alejamiento de la idea de la revolución y del poder con respecto a la base "popular", las características elitistas y hasta cierto punto autárquicas del Estado, hacen innecesarios los pronunciamientos ideológicos, toda vez que l a trayectoria por la que el poder conduzca los destinos de la revolución no tendrá por q u é ser específicamente hecha pú-blica, n i sus lineamientos teóricos generales, de existir, discu-tidos. N o evita esto que dentro de las fuentes callistas encon-tremos referencias tan escuetas como "la nueva ideología" o las "ideas nuevas", frases que más que otra cosa llenan vacíos dentro de l a literatura presidencial.
T a m b i é n por medio de los textos, y de igual forma, a di-ferencia de Obregón, Calles parece rechazar la simple incor-p o r a c i ó n de esquemas ideológicos incor-prefabricados aun como meros calificativos de algunos aspectos del pensamiento revo-lucionario; no nos referimos a su rechazo de las "doctrinas exóticas", sino, repetimos, a la ausencia de calificativos ideolo-gizantes que tanto h a b í a n aparecido con Obregón. Claro, re-chazo y ausencia deben tener una relación bastante cercana.
Este rechazo de lo establecido, j u n t o con la ausencia de elementos clara e inequívocamente ideológicos - a u n q u e no manifestaciones de posibles elementos- en la literatura ca-llista, se relaciona, además, con la bomba que Calles coloca al despedirse: la institucionalización. En su afán por dotar a la idea de la revolución de u n edificio congruente y sólido, re-g l a m e n t á n d o l a con su institucionalización, Calles parece tras-poner el problema del enunciamiento de la ideología de la revolución, tal vez el de su sistematización misma, a u n mo-mento perteneciente a la idea de la revolución hacia el futuro. Su creencia en la necesidad de proveer a la vida política de México de partidos "orgánicos", hace entrever toda una serie de cometidos y tareas que se r e u n i r á n en torno a esos orga-nismos, muchas de las cuales serán verdaderas funciones par-tidistas. La estructuración y el desarrollo de una ideología de la revolución puede ser una de las funciones futuras del
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nismo político que, a iniciativa callista, r e u n i r á dentro de su seno a todas las corrientes revolucionarias.
Así, la creación del Partido Nacional Revolucionario en los años subsiguientes, relevará en mucho al gobierno en la tarea de enunciar los elementos teóricos y doctrinarios de la re-volución en su idea de nuevo movimiento y de realización futura; en este sentido, el P N R vertebrará esas dos ideas de la revolución, y asumirá la responsabilidad de dotar al régi-men de elerégi-mentos ideológicos que justifiquen, expliquen y centren su quehacer en función de la materialización de la idea de la revolución.