Festival Internacional de Jazz

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El jazz nació con el siglo XX. Frente a las inquie-tudes sociales y existenciales de razas distin-tas que convivieron, particularmente en Nueva Orleans, criterios musicales diversos se fundie-ron para expresar emociones festivas o dolorosas, cercanas al contexto religioso a veces, cercanas a la denuncia o la alabanza, otras veces. Hombres provenientes de África, intrépidos ciudadanos con sangre francesa o española, ingleses e ita-lianos soñadores habitaban la ciudad norteame-ricana y daban forma a una sociedad polifacéti-ca y activa. La variedad racial en el contexto musical deriva en un impulso potente e inago-table para fundar un estilo cuya influencia en la música popular, y en algunos casos también en la música de concierto, es incuestionable. A este respecto el notable musicólogo Adolfo Salazar apunta: “El intento de llevar el jazz a una cate-goría de arte constituyó el esfuerzo principal de George Gershwin; Robert Guyn McBride pro-cede de la música de jazz para la cual ha escrito numerosas composiciones. Pero quien ha lleva-do a una categoría realmente artística al jazz junto a la música popular de las regiones del sur y del centro de los Estados Unidos es Aaron Co-pland”. Justo es advertir que no sólo en Nueva

Orleans surgieron las primeras expresiones jaz-zísticas. Ciudades como Memphis, Kansas City, Saint Louis o Dallas contaron con exponentes notables, al tiempo que el ragtime y el blues, géneros consolidados, sirvieron para nutrir y fortalecer esta expresión artística fundamental. Así, y desde la cuna mítica de Nueva Orleans al comenzar el siglo XX, nos hemos sorprendido con el legado Dixieland, la avasallante propues-ta del swing, el audaz temperamento del bebop, la afirmación contestataria del cool o la nostal-gia del nuevo clasicismo en el jazz, el encendido espíritu del free jazz, para dar paso a interrelacio-nes armónicas, confrontaciointerrelacio-nes estilísticas e in-cursiones de otros ámbitos como el rock o la música electrónica, sin soslayar a aquellos que dirigen su mirada, sus indagaciones, al origen; para que los artistas sublimen el género al amparo de sus obsesiones y, con él, una de sus nobles cualidades: la improvisación.

La reciente realización del Festival

Interna-cional de Jazz, organizado por la Dirección

General de Actividades Musicales de la UNAM, fue una oportunidad muy apreciable para su-mergirnos en distintos criterios y tensiones, es-tilos y cualidades interpretativas, anhelos

rítmi-Festival

Internacional

de Jazz

Cuatro estaciones en un mapa musical

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cos y formas de enaltecer el arte jazzístico. El mosaico ofrecido en este magno Festival, no sólo conmovió y sometió la exigencia de críticos y conocedores, sino que advirtió sobre la im-portancia de difundir este género. El caluroso recibimiento por parte del público mexicano y la comunidad universitaria sirvió para confir-mar el éxito de cada concierto: la actuación del Sexteto de Eddie Palmieri (ocurrida el 18 de agosto); la presentación de la Harlem Blues & Jazz Band (el 27 de agosto); el Cuarteto de Jarek Smietana (cuya presentación se realizó el 1 de septiembre) y el Cuarteto de Ellis Marsalis (con su actuación de cierre el 8 de septiembre), hicieron de la sala Nezahualcóyotl, en el Centro Cultural Universitario, un recinto a la altura de esta celebración, con un público entusiasta y par-ticipativo, dichoso receptor de la dinámica y la versatilidad de todos los músicos que hicieron del jazz y sus vertientes elegidas un inolvidable encantamiento.

EDDIEPALMIERI

La crítica ha dedicado numerosas y elogiosísimas páginas al trabajo musical de Eddie Palmieri: pianista virtuoso, compositor lleno de imagina-ción, músico excitante, ejecutante enigmático, genio de la música latina, son algunos de los sobrenombres con los que se ocupan de su per-sonalidad y estilo, reconocimiento de su pro-puesta experimental consumada y la enjundia con la que sacude los corazones de quienes tie-nen la fortuna de escucharlo en vivo.

Nacido en el Harlem hispano en 1936, poco más de una década después hizo su debut en el Carnegie Hall. Una vez dado el primer gran paso su temperamento emprendedor y sus apti-tudes musicales lo llevaron por diversas expe-riencias, primero en las percusiones y, a partir de los quince años, en el piano. Inició su carrera profesional en los cincuenta, con la orquesta de Eddie Forrester, posteriormente ingresó a la orquesta de Tito Rodríguez para luego formar su afamado conjunto La Perfecta. Su trayecto-ria está marcada por tres décadas como líder de orquestas de jazz y salsa; entre su amplia discografía es difícil seleccionar lo más repre-sentativo debido al gran nivel de excelencia, tanto de sus incursiones en el avant-garde,

como de las muestras sorprendentes que brotan de la tradición afrolatina, que nos permiten ubicar a un músico destacado y sorprendente, sin concesiones para el público y dotado de una calidad interpretativa que se adapta a los géneros deseados mediante explosiones de riffs, donde él se sitúa deliberadamente, desde la grá-cil presencia de un piano que navega en la me-lancolía para luego acometer insistente con su espíritu percusivo. Palmieri puede acomodarse en una suite orquestal con la misma destreza con la que recorre la nostalgia de un blues, su interés por acrecentar el reconocimiento de la música latina aunado a su inagotable búsqueda lo ha llevado a mostrar sus virtudes con distin-tos grupos por Europa, Japón y Latinoamérica, consciente de sus raíces multiculturales y con especial gratitud para la música cubana de la cual afirma “provée de estructura fundamental a todas mis piezas”, sin olvidar a los maestros como Thelonious Monk, Bill Evans, Horace Silver, Bud Powell, McCoy Tyner, Herbie Han-cock y Miles Davis. Uno de los tantos puntos culminantes en su carrera es la consolidación del latin jazz, estando entre los exponentes más aclamados, al lado de figuras como Poncho Sánchez, Tito Puente y David Sánchez. Los cinco premios Grammys obtenidos a lo largo de su carrera, concedidos a los álbumes de música latina: The Sun of Latin Music (1975),

Unfi-nished Masterpiece (1976), Palo Pa’Rumba

(1984), Solito (1985) y La verdad (1987) reve-lan la importancia de su trabajo creativo, cuyas fronteras rebasa milagrosamente cada día.

Los músicos que acompañaron al maestro Eddie Palmieri en este festival dieron muestra de un talento sorprendente por la gran capaci-dad de improvisación y la coordinación cuando la pieza lo exigió; entre el enaltecimiento del

free jazz y los guiños al jazz clásico, la

propues-ta del Sexteto de Eddie Palmieri nos condujo sin contemplaciones a diversas estaciones y atmósferas: el furor percusivo de José Claussell y sus timbales avasallantes arrancó estampas al delirio africano para luego integrarse a la ar-monía encendida. Con su sonoridad festiva e insolente hacía pareja perfecta y mágica con las percusiones a cargo de Richard Flores, quien podía sacudirnos con un chicotazo de víbora al acecho en los fragores de la selva o calentar los cuerpos con el frenesí de sus instrumentos. Bryan

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Lynch tenía reservada una declaración de amor insólita y voluptuosa, agresiva en su trompeta, atemperada o alentada, según la pieza, por el trombón de Conrad Herwig, bajo la presencia puntual y sobria de un bajo incansable, atento a la exaltación pero nunca fallidamente desbor-dado, para ser algo así como el basamento pode-roso que sostiene el vértigo, y armado de un grácil equilibrio sonoro impulsa el festejo.

La demostración de giros musicales, el con-trapunteo machacón y fuerte entre los instru-mentos de aliento y los de percusiones con la presencia del bajo y la dirección entusiasta aunque severa de Eddie Palmieri, hicieron del concierto inaugural un ofrecimiento de revela-ciones caribeñas llenas de contrastes, versatili-dad y armonía, tan impredecible como contun-dente.

HARLEMBLUES& JAZZBAND

El calificativo no puede ser más exacto y no existe quien lo ponga en entredicho: la Harlem Blues & Jazz Band es la banda de swing más auténtica del mundo, el lugar común de leyen-das vivas adquiere, cuando se le nombra, una distinción solemne y rigurosa pues la

trayecto-prendentes y acentuación de una atmósfera delirante que roza la divinidad cuando los impulsos gospel se desatan alegres; atenaza y sa-cude los temperamentos cuando el piano y el bajo se enfilan a un precipicio inevitable y en la caída los rescata la fractura de la trompeta o la gloria del saxofón.

Juntos desde 1973, iniciaron giras en 1976. Se han presentado en foros de gran importancia en los Estados Unidos, tales como el Lincoln Center, el Metropolitan Museum of Art y el Spirit Center, sin olvidar sus actuaciones en fes-tivales de jazz en Irlanda, Escocia, Inglaterra, Francia, Holanda, Suecia, Finlandia, Noruega, Suiza, Bélgica y Alemania; además de intervenir en programas de radio y televisión para las pres-tigiosas cadenas NBC, CBSy Europan TV, y filmar dos documentales en los que se detallan los principios y los logros de esta singular e imprescindible banda de jazz.

La presentación de la Harlem Blues & Jazz Band en la sala Nezahualcóyotl el domingo 27 de agosto será recordada como una noche de concierto llena de exaltación, fraternidad y ce-lebración en la que destacó el periodo más acla-mado en la historia del jazz, el bautizado como clásico, aquél que va de los años treinta al medio siglo; el ritual ofrecido estuvo dedicado en forma velada aunque no por ello carente de emotividad a personalidades como Duke Ellington, Lionel Hampton, Count Basie, Fats Waller y abiertamente al genio indiscutible y portentoso de Louis Armstrong. No es casualidad que Joey Morant lo invocara en más de una ocasión durante la velada con su trompeta, su voz y su personalidad, consiguiendo una presen-cia que se reveló en notas largas y desgarradas, sin descuidar la elocuencia ronca y la particular seducción. Sus interpretaciones a las piezas de Armstrong lo distinguen como uno de sus admiradores y estudiosos más fervientes. Su destreza en la trompeta agresiva intenta siempre despertar a Dios con esa gracia salvaje, auxiliado de un canto sostenido por los anhelos y los sueños. Como contraparte el llamado del saxo-fón, por otro virtuoso, David “Buba” Brooks, sabe disociarse del festejo y se acerca a la nota Harlem Blues & Jazz Band

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ensoñadora y llena de ternura, como una ave negra que busca la tibieza de la noche. Las notas del sax son una imploración y un beso cautivo, prolongado, incesante y fresco, que brilla en las piezas clásicas gracias al ritmo perfecto y el aliento preciso.

Alex Layne, en el bajo y Edwin Swanston al piano sirven como dos columnas que contienen el oleaje o regulan la conmoción, pero la versa-tilidad les permite convertirse en una riada que se desborda, empapa, arrastra con su movimiento para luego ceñirse a la cadencia y al deseo, a la sensualidad escondida en el blues añejo, la acometida pianística o el ritmo palpi-tante del bajo hundido en la excitación. Con Johnny Blowers en la batería las piezas rescatadas parecen haber recibido una inyección de sangre indomable, voraz sobre el corazón exacerbado con latidos intermitentes. No es una casualidad que este baterista haya trabajado felizmente con Louis Armstrong, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Tommy Dorsey, Benny Goodman y Frank Sinatra. Domina el escenario, conduce con palpitaciones severas y si se le antoja anuncia con el siseo de una ser-piente el golpe letal, el delirio, la consumación. Las presencias de Al Casey en la guitarra y la dama de la noche, Ruth Brisbane, en la voz, cierran impecablemente esta compañía memo-rable. El guitarrista, ganador en dos ocasiones consecutivas del Gold Esquire Awards, en 1944 y 1945, grabó además con el legendario “Satchmo” y fue predilecto del no menos céle-bre Fats Waller. Imperturbable y poderoso, con-mueve e hipnotiza con sus notas precisas, reta-doras, invita a seguir los vaivenes y los placeres mientras que Ruth Brisbane alza la voz como un estandarte y se impone como un navío en la tormenta iluminada, sus expresiones espiri-tuales o el fraseo inmejorable encumbran la calidad vocal. Con la elevación de la voz y el grito se quiebra la solemnidad y la canción se vuelve una alabanza.

Pocos conciertos han dejado a un público tan inquieto y excitado como el ofrecido por esta agrupación imponente. La noche se hizo suspiro y los asistentes pudieron escuchar las lecciones de los elegidos a través de la presencia terrenal de esta banda, muchos espíritus escapa-ron de las sombras para lograr una comunión caracterizada por la excelente calidad musical.

CUARTETO DEJAREKSMIETANA

El panorama jazzístico de Polonia no estaría com-pleto sin la presencia del guitarrista y compositor Jarek Smietana, quizá la figura más destacada del jazz polaco, la más versátil y creativa y por con-siguiente la de mayor prestigio internacional. Dirigió la banda polaca Extra Ball, el grupo Sounds, la Symphonic Sound Orchestra y la Polish Jazz Stars Band, que agrupó a los músicos más destacados de su país en esta modalidad. El talento de este artista, que supo asimilar las ten-siones e intenciones del jazz desde los inicios en Nueva Orleans y hasta la aparición en la década de los sesenta del comentado free jazz, vertiente de la cual el analista musical Roland de Candé afirma: “Por fin, en 1960 aparece una novedad interesante: el free jazz. Se podría creer que es un invento del show-business para promover nuevas estrellas. Pero es mucho más que eso. En el free

jazz no sólo se trata de que la música sea libre;

también los músicos lo son”. La aseveración viene al caso para indagar en el estilo del músico pola-co, sumergirnos en sus variantes y apreciar sus enormes cualidades en la ejecución de la guitarra. La aceptación de la crítica y el público tienen que ver, en parte, con su colaboración en el Na-mystowski-Smietana Quartet y el trabajo con músicos destacados como Art Farmer, Freddie Hubbard, Eddie Henderson, Joe Zavinul, Gary Bartz, Vince Mendoza, John Abercrombie, Idris Muhammad, Greg Brandy y David Gilmore. Estas aportaciones han quedado de manifiesto no sólo en presentaciones y conciertos, algunas están registradas en la grabación de discos o programas de televisión y radio; entre su discografía como solista, que cuenta con 23 producciones, se encuentran: Mosquito, Talkin’g Guitar, Touch of

Touch, Sounds Color, Flowers in Mind, Song and other Ballads y Kind of Life.

El Cuarteto de Jarek Smietana se presentó el viernes 1 de septiembre en la sala de conciertos Nezahualcóyotl, el guitarrista polaco se acom-pañó de Adam Kowalewski, en el bajo; Piotr Wylezol, en el piano y Adam Czerwinski, en la batería. Con la interpretación de algunas com-posiciones suyas —Jarek Smietana es autor de doscientas piezas de jazz aproximadamente— y una selección cuidadosa de otros artistas, el concier-to ofrecido mantuvo a los espectadores seduci-dos por las cuerdas, atrapaseduci-dos por la invocación

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o el nerviosismo, las notas atormentadas o la frenética incursión de los instrumentos cuando la improvisación era más que un recurso, el len-guaje prendido, abrasador, recorría los límites de la pasión para luego situarse en una cadencia melódica siempre misteriosa. Tanto el bajo como el piano y la batería mezclaban sus virtudes para desenmascarar las emociones y sublimar, con la noche y la guitarra, la armonía impecable de un jazz de gran calidad.

EL CUARTETO DEELLISMARSALIS

Promotor de las nuevas generaciones de jazz contemporáneo, Ellis Marsalis está considerado como el primer pianista de jazz moderno de Nue-va Orleans. Nacido el 14 de noviembre de 1934 en esta ciudad mítica y encantadora, a lo largo de su vida se ha dedicado al estudio e interpre-tación del piano así como a la enseñanza de este instrumento. La Dillard University lo distinguió en 1989 con un Doctorado Honorario por el im-pulso musical y el profesionalismo en la inves-tigación. Este reconocimiento, junto con otras distinciones, resulta incuestionable por la importancia de este maestro cuyas virtudes

ar-tica, Marsalis, profesor y padre de músicos destacados: el saxofonista Branford Marsalis, el trompetista Wynton Marsalis, el trombonista Delfeayo Marsalis y el baterista Jason Marsalis; su estilo está tocado por el hechizo de las modali-dades tradicionales de su terruño: la exaltación clásica del jazz de Nueva Orleans; mezclado con las variantes contemporáneas del free jazz y las exploraciones diversas de músicos posteriores a la segunda mitad del siglo XX. La grandeza de sus aportaciones estéticas —confirman los críti-cos— anuncia progresiones armónicas deslum-brantes, construcciones melódicas cuya originali-dad resulta difícil de superar, fraseos magistrales y en términos generales un conocimiento de las formas y los contenidos sorprendente.

Con Bill Huntington al bajo, Derek Douget como saxofón alto, Leon Anderson en la batería y Ellis Marsalis al piano, el Cuarteto de este maestro cerró el pasado viernes 8 de septiembre el Festival Internacional de Jazz. La clausura no pudo ser mejor, broche de oro de virtuosismo y entrega de los músicos, que deleitaron a un público iluminado por la experimentación musi-cal, pendiente de las improvisaciones magistra-les, atento de los homenajes a los grandes espíri-tus tutelares —en repetidas ocasiones Marsalis ha recurrido al repertorio de Duke Ellington, Miles Davis, John Coltrane, James Black y Ornette Coleman. Incluso dentro de su funda-mental discografía destacan los álbumes dedica-dos a Duke Ellington: Duke in Blue y James Black: Whistle Stop sin olvidar el famoso y sober-bio Heart of Gold que hace un repaso por emo-ciones y tendencias asimiladas de otros músicos sin desprenderse de una esencia personal depu-rada y comprometida con la experimentación consumada. Expectantes en los primeros acor-des, los asistentes a esta consagración musical poco a poco llenaron los vasos comunicantes con fraseos que obedecían a las leyes de la pasión, el bajo dejaba una estela ondulante mientras la batería se abrazaba al saxofón en una muestra de anhelada sensualidad o reclamo violento; des-bordadas, las notas del piano enaltecían una melo-día lúdica y audaz: idéntica al vuelo inolvidable de una mariposa en la noche soberbia...

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