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Academic year: 2021

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MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino. Orígenes de la novela [Obras completas, tomo II]. Edición de Raquel Gutiérrez Sebastián & Borja Rodríguez Gutiérrez. Estudios pre-liminares a cargo de Ana L. Baquero Es-cudero, Joaquín Álvarez Barrientos, Leo-nardo Romero Tobar y Antonio Martín Ezpeleta. Índices al cuidado de Ana Peñas Ruiz. Santander: Editorial Universidad Cantabria & Real Sociedad Menéndez Pe-layo, 2017 [1905-1910], 2 vols., 1096 pp. Reconforta siempre a los amantes de la Filología la aparición una nueva edición de las obras de Menéndez Pelayo. En el caso que nos ocupa, además del texto del maestro, el lector encontrará cuatro estudios magistra-les sobre el lugar de los Orígenes tanto en la propia obra del estudioso santanderino como en los estudios españoles y europeos sobre la narrativa anterior a Cervantes y acerca del concepto de novela aparecidos principal-mente, y por razones obvias, desde el siglo xviii hasta el tiempo de don Marcelino, sal-vando el meritorio tratado del francés Huet «sur l’origine des romans» (1670); así como su influencia en obras historiográficas poste-riores. Pero vayamos por partes. Conviene hablar en primer lugar de la fijación del tex-to de esta edición, debida a Raquel Gutiérrez Sebastián y a Borja Rodríguez Gutiérrez, excelentes conocedores de la obra de Menén-dez Pelayo, quienes hace una década editaron un esplendente volumen de estudios sobre los Orígenes (Editorial Universidad Canta-bria & Real Sociedad Menéndez Pelayo, 2007), que es menester traer aquí a colación y cuya lectura es muy recomendable y hasta me atrevería a decir que complementaria con la propia de los Orígenes. Y al respecto me vienen a la memoria unas palabras que don Marcelino repetía en algunas de sus cartas dirigidas a sus corresponsales extranjeros, a

quienes, con modestia no sé si falsa o senti-da, decía: «Todo lo sabemos entre todos». No le faltaba razón al crítico santanderino. Volviendo al texto de esta edición, hay que indicar que los editores parten de la princeps (Bailly & Balliere e hijos, 1905-1910), cuyo texto han cotejado con los manuscritos par-ciales que se conservan en la Biblioteca de Menéndez Pelayo sin que se hayan hallado variantes textuales, por lo que R. Gutiérrez y B. Rodríguez piensan que se trata de ma-nuscritos destinados a la imprenta y no de borradores del texto, pues aquellos no pre-sentan ni enmiendas ni tachaduras. Asimis-mo, el texto de esta edición se presenta acom-pañado de tres tipos de notas a pie de página, disposición que facilita mucho su lectura, a saber: las que han redactado los editores para esta ocasión; y las que preparó Menéndez Pelayo, que a su vez se agrupan en dos tipos, según el momento de su redacción. En efec-to, en los tres tomos de la prínceps (1905, 1907 y 1910) se imprimieron notas a pie de página; y aparte, en el publicado en 1905, se incluyó, bajo el epígrafe «Adiciones y recti-ficaciones», una serie de notas en las que don Marcelino, escrupuloso como era, añadió información al texto del original, y corrigió aquí y allí su propia obra. Completan la edi-ción dos esmerados índices al cuidado de Ana Peñas, onomástico y de materias, muy útiles para investigadores y lectores en gene-ral, resultado de la actualización, corrección, en su caso, y desglose del preparado por Ángela González Palencia destinado a la edi-ción nacional de las obras completas de Me-néndez Pelayo (Madrid, Aldus, 1943).

Los estudios preliminares que preceden a esta edición de los Orígenes deben tenerse por la riqueza y variedad de sus fuentes, atinados juicios y luminosas explicaciones por lecturas complementarias de la obra de Menéndez Pelayo igual que el volumen de

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2007 al que aludía arriba. No hay que tomar-los solo como prolegómeno sino también como estudio sustantivo con cuya lectura gana mucho el lector, y ganan mucho los Orígenes. Me detengo algo en cada uno de ellos. Ana L. Baquero se ha afanado con éxito en situar los Orígenes en el seno de los estudios literarios de Menéndez Pelayo sien-do la obra un fruto de madurez. En efecto, el maestro había iniciado sus estudios literarios con la publicación de Horacio en España (1871), la impresión de sus conferencias so-bre Calderón (1881) y la primera entrega de su magna Historia de las ideas estéticas (1883). Atendiendo solo a los títulos se per-cibe el interés de don Marcelino por abarcar historiográfica y críticamente el análisis de fenómenos tan complejos como poliédricos. Indaga esta estudiosa asimismo en cómo se fue pergeñando el libro mostrándonos con claridad y precisión los mimbres de que fue echando mano su autor. Joaquín Álvarez Ba-rrientos, por su parte, estudia el desarrollo del concepto novela en el pensamiento lite-rario anterior a Menéndez Pelayo, atendien-do especialmente al sustrato ideológico de los Orígenes constituido en los siglos XVIII y XIX. Muy pertinente resulta la reflexión de Álvarez Barrientos sobre el título de la obra, que es per se síntesis metodológica y decla-ración de intenciones. «El mejor modo de definir algo que cambia» ―explica el inves-tigador del CSIC― «es hacer su historia o la historia del concepto». Al margen de cual-quier tentativa evolucionista, Menéndez Pe-layo había leído los tratados de Huet, Ma-yans, Juan Andrés, Mme. de Stäel, Reeve, Blair, etc. De todos ellos aprovechó datos y enfoques sumándolos a sus propias indaga-ciones y opiniones. Ahora bien, no hemos de olvidar que don Marcelino se aplicó sobre todo al estudio de las obras que él conside-raba representativas y también relevantes en la confección de un «cuadro de la novela». Joaquín Álvarez señala dos textos de Menén-dez Pelayo donde despuntan con mayor re-lieve que en los Orígenes las ideas de los tratadistas a que acabo de aludir. Se trata del

prólogo de 1888 a las obras de Pereda y del discurso de 1897 de contestación al de ingre-so de Galdós en la Academia. Ambas obras, en cualquier caso, habrían servido para la conformación de los Orígenes. Leonardo Romero Tobar, en otro orden de cosas, se ha ocupado de la recepción crítica del libro de Menéndez Pelayo. Tras repasar los presu-puestos genealógicos y los fundamentos teó-ricos de la obra, Romero Tobar se detiene en la recepción inmediata de la obra aportando preciosos datos que nos permiten hacernos una idea muy completa de cómo recibieron el libro de don Marcelino sus primeros lec-tores, y más específicamente filólogos y crí-ticos. Entre otros testimonios, se recogen las autorizadas voces de Menéndez Pidal o de González Blanco, que saludaron con entu-siasmo la nueva publicación. Mención apar-te merecen las opiniones de hispanistas que Romero Tobar agavilla cuidadosamente. Otro foco de atención del estudioso radica en la revisión de la presencia de los Orígenes en panoramas y monografías consagrados a la narrativa anterior a Cervantes. Finalmente, el Dr. Romero fija su atención en los estudios introductorios de ediciones de obras concre-tas cuyos autores han seguido los juicios de Menéndez Pelayo. El último estudio, firmado por Antonio Martín Ezpeleta, se consagra a la proyección de los Orígenes en la historio-grafía literaria española. Se estudia aquí, en primer lugar, el tratamiento de la novela en la tradición de la historiografía literaria es-pañola haciendo hincapié en el hecho de que fue don Marcelino, al retomar el proyecto de la BAE, quien de facto actualizó el canon nacional incluyendo en este la novelística anterior a Cervantes cuyo estudio era cimien-to seguro para el género literario al que per-tenecía el Quijote. Antonio Martín prosigue con el estudio de la influencia de los Oríge-nes en las Historias literarias españolas pu-blicadas a partir de 1915 (fecha de aparición de un cuarto volumen póstumo debido a Bonilla y San Martín), en cuyas páginas comparecen por lo general tanto la defensa del género como la presentación de los

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ha-llazgos literarios de sus obras más represen-tativas, ideas que se debían fundamentalmen-te a las razones expuestas por don Marcelino en su obra. Concluye el minucioso estudio de Martín Ezpeleta señalando el cambio de rum-bo que se observa en las Historias literarias a partir de la segunda mitad del siglo xx y cuyas consecuencias han llegado hasta nuestros días, lapso cronológico en que con asiduidad se ha puesto sordina a la voz de Menéndez Pelayo.

En definitiva, esta nueva edición de los Orígenes de la novela se ha pergeñado con rigor filológico y crítico cuidando los detalles y guarneciéndola con cuatro estudios tan ati-nados como bien documentados cuya lectura avalora las páginas de don Marcelino.

José María Ferri Coll Universidad de Alicante

LOSADA, José Manuel. Mitos de hoy. En-sayos de Mitocrítica Cultural. Berlín: Logos Verlag, 2016, 205 pp.

Mitos de hoy pone de manifiestola actua-lidad y ductiactua-lidad del mito en la sociedad contemporánea, caracterizada por la globali-zación, el consumismo y la inmanencia. En Mitos de hoy. Ensayos de Mitocrítica Cultu-ral, José Manuel Losada aúna ocho novedosos estudios de investigadores que acometen, desde el enfoque mitocrítico e interdisciplinar, el análisis pormenorizado de mundos míticos presentes en un mundo contemporáneo apa-rentemente desprovisto de trascendencia. Asi-mismo, Losada incluye al final de la obra, a modo de conclusión a la vez que explora nue-vas vías de investigación, una extensa y cla-rificadora reflexión sobre la tipología de los mitos modernos. El presente volumen supone una continuación y ampliación de otros estu-dios presentados anteriormente, especialmen-te en Nuevas formas del mito. Una metodolo-gía interdisciplinar (2015). Ambos volúmenes se hacen eco de la presencia, persistencia y pertinencia de los mitos en la literatura, el

cine, la escultura, la tecnología, la publicidad y otros ámbitos sociales y culturales actuales, tanto en el mundo occidental como más allá de nuestros confines geográficos.

En el artículo «Un mito para los niños de hoy: el viaje de Dante en la Divina Come-dia», Rosa Affatato parte del ensayo de Vir-ginia Jewiss, Hell for Kids: translating Dan-te’s «Divine Comedy» for children (2013) para considerar otras obras contemporáneas en español, francés e italiano. De las diferen-tes adaptaciones del ilustre poema de Dante al público infantil, Affatato evidencia la fun-ción moral y pedagógica del relato, destacan-do los elementos del contrappasso y del viaje como un aprendizaje y búsqueda de identidad.

«Jean Cocteau o el Poeta de Tracia del siglo XX» de Antonella Lipscomb se centra en la «trilogía órfica» de Cocteau: La Sangre de un poeta (1930), Orfeo (1950) y El Tes-tamento de Orfeo (1960) para acentuar la influencia de los mitos griegos en la obra cocteauniana. Lipscomb destaca, además, la fusión de dos mitos, el de Orfeo y el del ave Fénix —el mismo Cocteau desarrolla la teo-ría de la fenixología para explicar la natura-leza cíclica de la creación artística— que orientan tanto la obra como la vida de Jean Cocteau, para crear el mito del Poeta.

El artículo de Cláudia Malheiros Mun-hoz, titulado «Mosaico de mitos: Macunaí-ma», ofrece una novedosa aportación a los estudios tradicionales de mitocrítica con el análisis de la obra Macunaíma, el héroe sin ningún carácter (1977) del brasileño Mário de Andrade. Macunaíma presenta una amal-gama de mitos de origen africano, europeo, brasileño y amazónico, reflejo de la intrinca-da identiintrinca-dad brasileña. Cláudia Malheiros hace uso de la fórmula campbelliana de la aventura del héroe para demostrar el carácter paradójico —de héroe y antihéroe— del pro-tagonista, lo que trasciende en la falta de carácter psicológico y moral en la idiosincra-sia brasileña.

En «L’été de Albert Camus. Una lectura mitocrítica», Adrián Menéndez de la Cuesta

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aborda minuciosamente la presencia mítica e influencia griega —trasladada a geografías argelinas— en los ocho ensayos que confor-man L’été (1954) de Albert Camus: «Le Mi-notaure ou la halte d’Oran», «Les aman-diers», «Prométhée aux Enfers», «Petit guide pour des villes sans passé», «L’exil d’Hélè-ne», «L’énigme», «Retour à Tipasa» y «La mer au plus près». El hilo conductor de los relatos pone de relieve la figura de Teseo y traslada al héroe ateniense a reflexiones so-bre la convulsa Europa coetánea de Camus. La profesora y artista Ana María Gallinal en su artículo «Cíborg: el mito posthumano» relaciona la figura del cíborg con el mito de la eterna juventud y el deseo de vencer a la muerte mediante la hibridación del cuerpo humano y la máquina. El posthumanismo cuestiona los límites corpóreos y biológicos y, con ayuda de la ciencia y el consumismo, crea realidades artificiales y monstruosas del ser, trasformando el cuerpo y la ciudad para formar parte de la identidad cibernética. El cíborg surge así como un ser robotizado, pro-mesa de una trascendencia tecnológica. Si los avances científicos aseveran que las má-quinas están dotadas de alma, la sociedad necesita el debate moral que cuestione los límites de la bioética.

En «La mitologización de la patria en la numismática europea desde la creación del euro», las investigadoras Carmen Gómez y Elena Blanch abordan la relación entre el mito de la patria y el mito europeo, a través de la iconografía presente en las monedas, instrumentos artísticos y símbolos a su vez de la identidad nacional. El euro se convier-te en una herramienta para la divulgación del mito político de Europa. Sin embargo, las diferentes representaciones en la numismáti-ca europea ponen de manifiesto elementos artísticos, naturales o geopolíticos propios de cada estado, lo que conlleva el planteamien-to de la falta de un miplanteamien-to fundador y unifica-dor de Europa.

El artículo «Mito, orden y transgresión: la gráfica del animal humanizado», de Ma-nuel Álvarez Junco, pone de manifiesto la

inclinación del ser humano a sistematizar, a intentar dar un orden al mundo, y en ese sentido las mitologías servirían de guía y explicación. A su vez, se presentan el humor y la lúdica como herramientas transgresoras y desafiantes de la realidad. Así, consideran-do la relación mítica entre el hombre y el animal, Manuel Álvarez Junco muestra pie-zas gráficas de la Antigüedad —papiros, os-traca, cuencos— con representaciones de animales y hombres que, como hiciera Esopo en sus fábulas y como ocurre en la actualidad en el cine y cómics, parodian las conductas humanas.

El estudio de Mercedes Aguirre Castro, «Jardines mitológicos y literarios en Homero y otros testimonios modernos», establece relaciones entre los jardines y la mitología desde dos perspectivas. Por un lado, la auto-ra recoge descripciones de jardines en la li-teratura, desde los jardines encantados de Calipso y Alcínoo en la Odisea. Estos jardi-nes tienen connotaciojardi-nes sobrenaturales, son lugares bellos y apropiados para el amor, con correspondencias con el Paraíso terrenal bí-blico. Por otro lado, se considera la presencia de figuras escultóricas en los jardines de Ver-salles, en la Granja de San Ildefonso, el Jar-dín de Luxemburgo o el «JarJar-dín del Tarot» de Niki de Saint Phalle en la Toscana.

Finalmente, el amplio y avezado estudio de José Manuel Losada, «Los mundos del mito» establece unas pautas de reflexión y discernimiento en torno a la mitocrítica. A partir de consideraciones sobre la dialéctica entre esencia y existencia, Losada propone una taxonomía de los mitos modernos de acuerdo a una división entre la lógica de la inmanencia y la lógica de la trascendencia. De este modo, diversas manifestaciones lite-rarias revelan una inmanencia idealista (Schelling, Cassirer), inmanencia existencia-lista (Camus, Sartre y Simone de Beauvoir), inmanencia académica (el autor ofrece como ejemplos el mito de La dama de las camelias, el de la tuberculosis o el de la superpobla-ción), o trascendencia ontológica, trascen-dencia sagrada (en el «Ulises» de Pessoa, Les

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Mouches de Sartre, Le Deuxième Sexe de Simone de Beauvoir, Clytemnestre ou le Cri-me de Yourcenar, y Apologie pour Clytem-nestre de Simone Bertière) y trascendencia cósmica (el mito de Tristán e Isolda por Go-ttfried von Strassburg y Wagner, y la trilogía de Matrix). Además, Losada deja la puerta abierta para la reflexión sobre la trascenden-cia fantástica, y concluye que no hay mito sin trascendencia, pero que esta es posible en una sociedad inmanente.

Tagirem Gallego García Universidad de Castilla-La Mancha

Lazarillo de Tormes. Edición crítica y bilin-güe de Antonio Gargano. Venezia: Mar-silio, 2017, 282 pp.

El presente volumen de la colección «Le-tteratura universale Marsilio» proporciona más que una nueva traducción al italiano de la genial narración anónima que, según se vuelve a reivindicar en él, supone un signifi-cativo antecedente de la novela moderna tal como la concebimos hoy en día. A una prime-ra miprime-rada ya vienen a testimoniarlo la exten-sión y el alcance del estudio introductorio, la atinada fijación del texto español, las obser-vaciones traductológicas, el copioso y útil aparato de notas, el uso razonado y selectivo de la bibliografía existente sobre el Lazarillo.

La introducción, robustecida por los acla-radores comentarios en nota que funcionan de complemento analítico (pp. 223-276), rebasa con creces la función de sencillo preámbulo a la traducción de la obra y, por su equilibrada y densa interpretación, equi-vale a una monografía en pequeño. Muy bien construida y argumentada, opera con escogi-das referencias bibliográficas y se capta en su enfoque la centralidad del texto, un plan-teamiento que suele arrancar de la materiali-dad de la escritura y que, en la mejor tradi-ción filológica, se vale de la reconstructradi-ción del entorno cultural e ideológico para

expli-car, por un lado, las condiciones que, al me-nos en buena medida, hicieron posible la realización de un proyecto narrativo come el que sentó las bases del género picaresco y, por el otro lado, permite destacar las nove-dades que la breve novela imprimió en el material tradicional.

Antonio Gargano intenta en su estudio dar respuesta a los principales retos formales y temáticos planteados por el Lazarillo, mos-trando gran atención por la explication de texte y prefiriendo no demorarse en aspectos como el de la posible identidad del autor de la obra, que en los últimos lustros, al desem-polvarse antiguas atribuciones, han hecho correr mucha tinta. Por lo demás, solo una adecuada contextualización nos permite de-terminar el grado de innovación que —por tono, diseño y contenidos— supuso el Laza-rillo para el lector de mediados del siglo XVI; una innovación sin precedentes que se perfila contra el fondo de las varias formula-ciones novelescas que Thomas Pavel reuniría bajo la definición de «idealismo narrativo». El protagonismo de un don nadie que se ha hecho pregonero municipal en Toledo, des-empeñando un oficio público pero infamante por muy aceptablemente remunerado que fuera, y que llega a tolerar por provecho propio que su mujer se prostituya con un prelado del lugar, plantea una peripecia bio-gráfica y unos objetivos vitales del todo di-ferentes a los que animaban las aventuras al uso de héroes caballerescos, amantes leales y pastores literarios. Y no merma su origina-lidad el que recupere exteriormente el anda-miaje de la sucesión de aventuras en sarta, de raigambre apuleyana y lucianesca, en años en que en España algunas obras de ficción en prosa unían la imitación clásica con la pintura de costumbres contemporáneas.

Al hilo de las aportaciones de Francisco Rico (figura a la que se dedica todo el traba-jo y que es evocada reiteradamente en él), Gargano nos recuerda que el autobiografis-mo del Lazarillo es solidario de su anonima-to y pudo contribuir incluso a «engañar» en un primer momento al asombrado lector de

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la época atrapándolo en una red de ficción. Que un sujeto como Lázaro tomara la pala-bra, cuando sobre la narración en primera persona pesaban obstáculos y prohibiciones de carácter moral, religioso y retórico, podía hacerse con tal de que apoyara su insólito atrevimiento en justificaciones internas a la narración, como es el obedecer a una solici-tud ajena. Ya Dante reconocía que una de las razones por las que es legítimo hablar en primera persona es para defenderse de una acusación; en su ponderada argumentación, Gargano señala cómo el lector descubre al final de la obra que la acusación infamante que pesa sobre quien dice «yo» es la de ser un marido consentido y que el «caso» que lo atañe es comidilla de los rumores que corren por Toledo. La explicación del «caso» justi-fica el relato biográfico y el relato biográfico sirve para justificar el «caso». A ello Lázaro añadirá la reivindicación de las capacidades de quien ha llegado a buen puerto, empezan-do desde abajo y sorteanempezan-do obstáculos de todo tipo y la crueldad, la avaricia o la indi-ferencia ajenas. A la defensa se añade por lo tanto la pretensión de quien, no sin ambigua ironía, aduce la «ejemplaridad» de su traba-josa experiencia y recupera a la vez, en la categoría que le corresponde, el debate hu-manístico-renacentista que oponía la virtud a la fortuna, el mérito a la nobleza de naci-miento. La utilidad era el segundo motivo aducido por Dante a la hora de justificar la asunción de la primera persona.

Es ese punto de vista sesgado y proyec-tado desde abajo hacia el mundo el que de-termina qué contar y cómo hacerlo. El reto del anónimo autor que mueve los resortes de semejante criatura será el de conferir credi-bilidad a sus desafortunadas vivencias y so-bre todo a las consideraciones que de ellas extrae el pícaro, palabra que aún no aparece en el Lazarillo, como es sabido. Gargano vuelve a reconocer, de forma totalmente oportuna, en el carácter subjetivo y personal que preside el relato una manifestación su-prema del individualismo renacentista, una objetivación de la subjetividad, en palabras

de Erwin Panofsky. Ni el recurso a las tradi-cionales estructuras ternarias ni la (relativa) presencia de materiales folclóricos socavan la gran aportación de la obrilla: someter ma-teriales dispares y anécdotas consabidas a una finalidad específica, la de la maduración psicológica de un individuo, y encaminar la narración hacia un cierre coherente y refrac-tario a continuaciones o añadidos de carácter cíclico; una narración en la que se señalan repetidos paralelismos narrativos y buscadas reiteraciones léxicas, muy especialmente en los extremos del relato, y un punto de llega-da acorde con el desarrollo anterior.

Quien cuenta no se puede negar a hacerlo: el destinatario interno anónimo es de rango superior a Lázaro, conoce al arcipreste de San Salvador e incluso parece tener vínculos de amistad con él. ¿Quizás quien se ampara de-trás el «Vuestra Merced» esté investigando sobre el asunto (tal como ha entendido Fer-nando Fernán Gómez en su guion cinemato-gráfico)? ¿O posiblemente tenga alguna im-plicación en el caso? El hecho es que un acto de obediencia se convierte en una maniobra defensiva que se sitúa, como confirman algu-nas huellas textuales, en el ámbito de un gé-nero de éxito, el epistolar, que arrastraba consigo contenidos y tono. Con la carta fa-miliar el Lazarillo comparte el realismo y el registro jocoso; un realismo vinculado a su vez con el enfoque autobiográfico y que cabe insertar en el marco de una búsqueda de ve-rosimilitud de matriz humanista, que somete la invención a la razón y a la experiencia. Lo decisivo es que con Lázaro, y años más tarde con Guzmán, se supera el principio que de-terminaba a priori un personaje literario a partir del puesto que ocupaba en la jerarquía social. El destino de los plebeyos había sido el de convertirse en objeto de caricaturización literaria. Ahora la naturaleza esencial del per-sonaje de Lázaro sigue siendo cómica, pero Gargano, al igual que otros que lo han prece-dido, no evita medirse con un interrogante muy pertinente: ¿la comicidad se acaba en sí o es vehículo de un contenido que supone implicaciones críticas serias? Para contestar,

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el estudioso recorre las etapas de la peculiar formación de Lázaro (no en vano Claudio Guillén habló del Lazarillo como de un « Bil-dungsroman en germen»), desde el relato de sus orígenes infamantes hasta la arribada fi-nal, pasando por los varios amos y especial-mente por los primeros tres, quienes, como es notorio, más moldean al ingenuo niño que se ve obligado a dejar a su madre. Se suceden la avaricia y los múltiples saberes del ciego, con la paradoja de una invidencia que alum-bra y un ejemplo que enseña el recelo total hacia el prójimo e impone el áspero atropello cuando es de provecho; la concupiscencia del clérigo de Maqueda, negación de la caritas que debería encarnar, en un episodio cons-truido sobre alusiones al lenguaje religio-so-eucarístico que Gargano descifra con suma prudencia; las obsesiones del escudero, en un «tratado» en el que la realidad material vuelve a imponerse a la ideología y que se edifica sobre la inversión de papeles (un cria-do que alimenta a su amo, este que abancria-dona a aquel), dejando aflorar, por otro lado, la irrepetible compasión de Lázaro por el sufri-miento ajeno. Con el tercer amo, Lázaro ya ha madurado una formación que se cimienta en la subversión de los valores de la España del tiempo. Aun aceptando la hipótesis de Francisco Rico sobre las desafortunadas in-tervenciones del editor de la princeps en la división del material narrativo, a partir del servicio al fraile de la merced es innegable que el ritmo narrativo se acelera. ¿Qué aña-den estos nuevos episodios a la formación de Lázaro? Quizás la posible iniciación del jo-ven a una vida erótica relacionada con el manejo del dinero y la conveniencia personal, seguramente su progresiva liberación de las necesidades primarias y de las privaciones sufridas con los tres primeros amos. Y se confirman las marcas que el aprendizaje an-terior deja en sus elecciones: si no, recuérde-se la capa y la espada que, en cuanto su caudal se lo permite, Lázaro adquiere, cono-ciendo la importancia de las apariencias que el escudero le ha descubierto. Antes de ello, la satisfacción que siente el protagonista al

enterarse del fraude cometido en el episodio del vendedor de bulas lo coloca idealmente en el lado de los engañadores. Su camino de formación puede darse por concluido. Solo quedará aprovechar la ocasión propicia, que pronto le ofrece el arcipreste de San Salva-dor, figura que viene a culminar el proceso de distorsión de unos rectos valores éticos y morales.

En todas estas articulaciones del texto el análisis de Antonio Gargano es lúcido, pun-tual y documentado. Tal como plantea el es-tudioso, el núcleo de la obra reside en el concepto de medro, pues la trayectoria de Lázaro se propone ilustrar el ejercicio de la «virtud» por parte de quien, oponiéndose a la fortuna que le ha infligido un nacimiento in-fame, ha logrado conquistar la honra, en su doble implicación de honor y gloria. La cues-tión, como se decía, es si Lázaro realmente ha mejorado su condición. Desde el punto de vista del protagonista es indudable que así es; en cambio, los lectores múltiples evocados a partir de las primeras líneas del prólogo, «Vuestra Merced» y nosotros mismos (en el juego textual, llamados a identificarnos con el destinatario interno) difícilmente podemos evitar una sonrisa sarcástica ante el «buen puerto» que se nos indica. Antonio Gargano, por otro lado, nos recuerda que la risa en el Lazarillo no es inocente ni se agota en sí. A la vez que desencadena la carcajada del des-tinatario, la epístola de Lázaro insinúa la existencia de un universo de valores opuestos a los establecidos y difundidos por la cultura y la ideología dominantes. En este sentido, la correspondencia final entre «la cumbre de toda buena fortuna» de Lázaro y los regocijos por la entrada de Carlos V en Toledo no es sino un ulterior arañazo con el que, de forma sardónica, la degradación del cuadro presen-tado casi llega a echar sombra sobre el marco de la historia con mayúscula.

Antes de abordar la traducción, el editor crítico se ha preocupado por manejar un texto fiable. Al comprobar que entre las 4 ediciones de 1554 del Lazarillo que conser-vamos, la publicada en Burgos, aunque

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rea-lizada con el menor número de mediaciones con respecto al arquetipo perdido, también añade innovaciones, Gargano opta por edi-tar Medina del Campo (consciente de que ello no significa que el testimonio sea copia directa de la primera edición) y acude a los otros testimonios en caso de error induda-ble. El editor moderniza el texto español, introduce una puntuación moderna y con-serva la tradicional separación en capítulos por atenerse a la dispositio material de los impresos antiguos y no seguir la ya aludida conjetura de Francisco Rico que, con más de un elemento de verosimilitud, considera que el título de la novela, la división en capítulos y los epígrafes de los «tratados» se deben al editor de la princeps, lo que recientemente ha llevado el mismo Rico a publicar el texto todo seguido y sin saltos (véase Madrid: Real Academia Española; Barcelona: Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2011).

Con esta base textual, Gargano realiza la aportación más original del volumen: una tra-ducción al italiano del Lazarillo que, sensible a la «descuidada naturalidad» del original, intenta reproducir su falta de afectación y se esfuerza por amoldarse a su dictado coloquial, prestando la debida atención a los giros, los anacolutos, los casos de polisíndeton, la alter-nancia de tiempos verbales, las construccio-nes sintácticas de subordinación implícita, que suelen responder a una voluntad de eco-nomía expresiva (pp. 102-103). También se conservan las implicaciones irónicas o mali-ciosas de varios pasajes. El resultado es en su conjunto excelente y mejora sin duda los que habían alcanzado los varios traductores a la lengua italiana, casi una decena, que lo han precedido a lo largo del siglo XX, en versión integral o —más esporádicamente— antolo-gizada. Baste con una notación: entre todos los traductores aludidos, Gargano es el único que respeta la total correspondencia léxica entre el «caso» del prólogo y el del «tratado» conclusivo, frente a las soluciones dispares e internamente incoherentes de los demás. Una feliz circunstancia que ahora también en la

versión italiana cierra el círculo de la cons-trucción novelesca y remata el encuentro en-tre una fina exégesis y una concienzuda labor traductora.

Enrico Di Pastena Università di Pisa

Silva de varios romances. Impreso en Zara-goza por Esteban G. de Nagera. Edición facsímil y estudio de Vicenç Beltran. México: Frente de Afirmación Hispanis-ta, A. C. Primera parte 2016 [1550], 594 pp.; segunda parte 2017 [1550], 594 pp.; tercera parte 2017 [1551], 517 pp. Al rico panorama bibliográfico de edicio-nes sobre poesía de romancero, contribuye en gran medida la aparición en 2016 y 2017 de los tres volúmenes que recogen la impresión facsímil de la Silva de varios romances por Esteban de Nájera, impresos en Zaragoza en-tre 1550 y 1551, a cargo del Frente de Afir-mación Hispanista, A. C., México, encabeza-dos, cada uno de ellos, por un profuso y detallado estudio por parte de Vicenç Beltran.

La calidad de la reproducción facsimilar trasluce un proceso de cuidadoso esmero que se ha materializado en un resultado de gran calidad fotográfica. La tipografía de los im-presos del siglo xvi no debe suponer barrera insalvable para un lector poco avezado en los rasgos gráficos de estos documentos; sin em-bargo, con la finalidad de disfrutar de una lectura completa de los romances recopila-dos en estos tomos, como ocurre con cual-quier publicación facsimilar destinada fun-damentalmente a un público especializado, serán necesarios una serie de conocimientos previos sobre lengua, métrica y ortotipogra-fía del español áureo.

Son precisamente los estudios de Beltran los que vertebran esta reseña, en tanto cons-tituyen el marco teórico crítico-descriptivo de los romances que pueblan las páginas de esta edición. Abre la primera parte de esta

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Silva una investigación que podría estructu-rarse en dos bloques: uno dedicado al con-texto emergente de la tradición impresa del Romancero (La emergencia del romancero, el romancero y los pliegos sueltos y el Can-cionero de romances), que propicia el segun-do apartasegun-do en torno a los poemas insertos en la Primera parte de la obra de Nájera.

A partir de las teorías de Ramón Menén-dez Pidal, se estructura una historia de la trans-misión oral y escrita de los romances, funda-mentada en la emergencia de los «primeros romances a la transmisión escrita [que] lleva a la corte de Alfonso el Magnánimo» (Beltran 2016: 15). Es en el entorno cortesano donde se aclimata la tradición erudita del romancero, sobre todo el de carácter noticiero que sirve para publicitar el poder regio, en un cruce de caminos con la tradición cancioneril. En el caso de la corte castellana, esta tradición en-cuentra punto de arranque en el período de los Reyes Católicos en «el romance trovadoresco, las glosas de romances […], las continuacio-nes […] y las reescrituras» (Beltran 2016: 31). La perspectiva que otorga el estudio del Can-cionero general, así como el Cancionero mu-sical de Palacio, permite dar acogida a los tipos de romances cortesanos y tradicionales, cada uno de ellos destinados a un repertorio en concreto.

La tradición impresa de los romances cobra importancia en la aparición de los plie-gos sueltos, bien de corte tradicional, bien de carácter culto, como los de Juan del Encina o Juan de Timoneda. El triunfo progresivo del Romancero desde la época de los Reyes Católicos pareció responder, entre otros, al agotamiento de la concepción del amor cor-tés y al surgimiento de innovaciones ideoló-gicas en los usos amorosos. La importancia de los pliegos sueltos radica, en palabras de Beltran, por haber transmitido por escrito una tradición puramente oral, por constituir fuen-te de gran parfuen-te del Cancionero de romances y permitir un estudio cronológico de carácter contrastivo conectado con la vida social.

El estudio del Cancionero de romances de Martín Nucio, segunda fuente de

contras-te para delimitar con precisión la procedencia de los romances recogidos por Nájera, per-mite a Beltran introducirse en la compleja red de relaciones que constituye las fuentes primarias de las que dispusieron los impre-sores para la confección de sus recopilacio-nes, desde los ministriles que ejecutaban sus composiciones hasta la vulgarización del material oral por parte de los ciegos. De igual modo, el continuo contraste con la obra de Nucio permite matizar el supuesto juicio so-bre la estrecha relación entre esta obra y la impresa por Nájera.

En el estudio que versa sobre la Primera parte de la Silva de romances, sobresale las innovaciones de esta obra: sustitución de los romances carolingios por los de tema religio-so, así como la introducción de una sección final de obras líricas. A lo largo de estas páginas, tiene desarrollo un estudio detallado de carácter ecdótico sobre el origen de los romances recopilados con la finalidad de desmentir su completa procedencia de los pliegos sueltos, así como destacar la rica do-cumentación textual de la que disponía Ná-jera, frente a los materiales de Nucio. En este caso, la estructura de esta obra sigue de cer-ca la de los cer-cancioneros: primero los religio-sos, después los de historia castellana y ma-teria troyana para finalizar con las cosas de amores. Todo ello conduce a un texto «lejos de ser un subproducto de la invención de Martín Nucio [en tanto] resultó ser el primer paso de un proyecto de largo alcance y sobre todo, de notable éxito» (Beltran 2016: 131).

La investigación de la segunda parte de la Silva de romances se abre con la afirma-ción de que esta impresión destaca por la innovación que supone la publicación de un numeroso grupo de romances desconocidos, motivo por el que el autor demuestra su ca-pacidad de encontrar y ofrecer productos inéditos. Continúa con un detallado estudio ecdótico de las fuentes, en contraste con los pliegos sueltos conservados y el Cancionero de romances, como ocurre con los nuevos romances religiosos, caracterizados por for-mar parte de la alta cultura religiosa

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vincu-lada a círculos sociales familiarizados con corrientes de renovación (Beltran 2017: 39). Sigue el estudio de los romances de historias españolas, encabezados por los romances de tema aragonés, motivo reivindicativo de la patria de Nájera, así como de exaltación de la monarquía aragonesa. De entre las treinta y cinco composiciones, la mayor parte cons-tituye contenido inédito que aporta el reco-pilador, todos ellos compuestos en su mo-mento para enaltecer los linajes nobiliarios, tomados del contacto entre Nájera y los eje-cutores de los textos.

Termina este volumen con la introducción de los romances carolingios que habían que-dado fuera de la primera parte, tomados en su mayoría del Cancionero de romances y mejorados en su caracterización métrica, se-guido del apartado de chistes y poesía ligera, conectados «con la poesía ligera de fiestas y saraos, su carácter de pasatiempo cortesano, su posible vinculación con la poesía musical y, también, su afinidad con cierto tipo de can-cionerillos que encontramos entre los pliegos de siglo XVI» (Beltran 2017: 124).

Esta segunda parte sobresale por su ma-terial inédito (con aportaciones originales de un 67%), recuperado de tradiciones orales diversas como las fiestas e incluso el contac-to con cabildos catedralicios y ministriles al servicio de concejos municipales. Continúa el estudio con un acercamiento a los intérpre-tes e impresores y reflexiones detalladas en torno al anonimato y la autoría de los roman-ces, pues muchos de estos poetas «ejercieron como ejecutantes, vendedores y promotores de la composición e impresión de su materia prima» (Beltran 2017: 151).

En la tercera parte de la Silva de varios romances, tiene continuación el minucioso estudio de carácter ecdótico-contrastivo en-tre la Silva, los cancioneros de romances impresos y, de manera específica, los pliegos sueltos de cada uno de los poemas que Ná-jera recopiló para su publicación en 1551. Da comienzo la descripción de los romances religiosos, esta vez más reducidos, que com-parten el mismo ámbito de

producción-re-cepción: poetas letrados con vinculación a los ambientes eclesiásticos. En el caso de los romances de historias, sorprende la inclusión plural de romances amorosos, de tema caro-lingio, políticos, de tema aragonés (incluso los que han sufrido un proceso de reescritu-ra histórica pareescritu-ra enaltecer la corona areescritu-rago- arago-nesa) y aquellos que versan sobre la política imperial. Sobresale en este estudio la minu-ciosidad que reciben los romances sobre la Cava y la invasión musulmana para destacar la originalidad editora de Nájera y concluir que, en muchos casos, los pliegos han entre-sacado romances «de las diversas secciones de la Silva con adiciones de otras fuentes» (Beltran 2017: 95). De igual modo ocurre con los romances del ciclo de Hércules y la transmisión de los de Gaiferos. Muchas de las diferencias documentadas en el cotejo de las múltiples fuentes responden, según apun-ta con gran atino Beltran (2017: 144), a la existencia de versiones orales diferenciadas que fueron aprovechadas por los editores.

Las conclusiones que cierran este estudio abordan en perspectiva, no solo la tercera parte de la Silva, sino también la obra en conjunto. Destaca la originalidad de Nájera, el ámbito culto al que corresponden los ro-mances eruditos de esta selección, así como se da cuenta de las justificaciones ideológicas que trajeron consigo la inserción y estructu-ración (caótica al estilo de la Silva de varia lección de Pedro Mexía) de los romances históricos. Dos tercios de las composiciones insertas demuestran el altísimo porcentaje de romances originales empleados por Nájera. El último bloque de conclusiones gira en torno a las múltiples fuentes de las que bebió nuestro editor para la formación de su Silva, al tiempo que encuentra desarrollo una teoría sobre las tradiciones romancísticas en convi-vencia de gran interés (tradiciones folklóri-cas, adaptación de romances por parte de poetas cultivados, composición de versiones nuevas por parte de músicos y juglares eje-cutantes, así como el complejo proceso de fijación por escrito de estas múltiples tradi-ciones).

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La publicación de estas tres partes de la Silva, enriquecidas por la minuciosa y com-pleta investigación por parte de Beltran, con-tribuye al rescate de un producto que «apor-tó un elevadísimo número de obras que se habrían perdido […], incidió sobre sectores del romancero aún poco estudiados […], aco-gió romances eruditos cuando empezaban a llamar la atención del público […] y consti-tuyó la colección más completa de cuantas conservamos» (Beltran 2017: 203-204).

Francisco Pedro Pla Colomer Universidad de Jaén

LAMA DE LA CRUZ, Víctor de. Urbs bea-ta Hierusalem. Los viajes a tierra sanbea-ta en los siglos XVI y XVII. Madrid: Biblio-teca Nacional de España, 2017, 180 pp. Los relatos de viaje de los peregrinos a tierra santa durante los siglos XVI y XVII constituyeron una reivindicación de los lu-gares santos y una proclamación de la fe pero, además, tuvieron un importante valor por sus descripciones de los sitios remotos y desconocidos, así como de sus gentes y cos-tumbres, que había que recorrer hasta llegar al ansiado destino. Cabría pensar que en Es-paña se realizaron un menor número de via-jes a tierra santa en comparación con los efectuados al Nuevo Mundo recién descu-bierto; sin embargo, las reediciones más abundantes atestiguan un gran interés de los lectores españoles por los relatos de peregri-nación. Este género, sin dejar de ser una obra de devoción, se leía como un libro de viajes donde se describían otras religiones, se daba cuenta de lugares ignotos y se hablaba de animales desconocidos. Así, su testimonio es esencial hoy en día para el desarrollo y el estudio de muchos aspectos de la literatura, el arte y la cultura de los Siglos de Oro.

En el presente catálogo de la exposición de libros de peregrinación titulada Urbs bea-ta Hierusalem. Los viajes a tierra sanbea-ta en los

siglos XVI y XVII y organizada por la Biblio-teca Nacional de España, el comisario Víctor de Lama de la Cruz añade valiosa información que completa la muestra y que rescata la in-vestigación de los libros sobre viajes de pere-grinación a tierra santa durante estos dos si-glos que, hasta ahora, habían permanecido casi desatendidos por la crítica hispana.

Además de las palabras de presentación del catálogo ofrecidas por Luis Alberto de Cuenca y Ana Santos Aramburo, el volumen se divide en dos grandes apartados. En el primero, titulado «Contextos», Víctor de Lama aporta toda una serie de datos que introducen al lector en el origen y la historia de los viajes a los santos lugares y establece las características del género de los libros de peregrinación a tierra santa. Así, aunque las peregrinaciones a los lugares de Palestina comenzaron desde el mismo momento de la muerte de Jesucristo, es a partir del edicto de Constantino en 313 cuando tiene lugar la expansión del culto cristiano y con ella un mayor auge de las peregrinaciones a tierra santa. Pero será en el año 333 cuando se encuentre el primer testimonio escrito de un viaje de peregrinación: el Itinerarium Burdi-galensis. A partir de entonces se suceden en el tiempo toda una serie de textos que narran los viajes de peregrinación a los santos luga-res hasta llegar a los siglos XVI y XVII que son el objeto de estudio de este volumen.

La estructura externa de estos libros de peregrinación era similar: un itinerario de ida y vuelta a Oriente próximo, que se detiene en Jerusalén y en otros lugares sagrados para visitar los enclaves más significativos del Antiguo y Nuevo Testamento. El autor ofre-ce, por tanto, un testimonio que permite se-guir y contemplar todos los momentos prin-cipales de la vida de Cristo, protagonizando el peregrino así «una auténtica imitatio Christi, especialmente cuando sufre las pe-nalidades del viaje, los escarnios de los mo-ros o turcos y, sobre todo, cuando visita contempla y palpa las piedras que presencia-ron el milagro de la Redención» (26). Pero, a su vez, estos relatos van a servir como

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vehículo que acerca a los lectores occidenta-les a la realidad y la historia del mundo de Oriente próximo, ya que van a estar plagados de leyendas exóticas, de descripciones de ciudades, costumbres llamativas y realidades novedosas.

En el segundo capítulo, titulado «Los relatos de peregrinación», se expone de ma-nera cronológica la historia y la obra de una treintena de autores que realizaron el viaje como peregrinos a tierra santa, entre los que destacan: Juan del Encina que escribe la Tri-bagia aunando todas las características de un libro de viaje de peregrinación, Ignacio de Loyola que dedica unas páginas a la narra-ción de su viaje a Jerusalén en su Autobio-grafía, el importante compositor de música religiosa del renacimiento español Francisco Guerrero, Fray Raimundo Ribes que escribe uno de los relatos que mejor refleja la vida cotidiana de numerosos enclaves de tierra santa con noticias sociológicas y etnográficas de enorme interés, y Fray Antonio del Cas-tillo que escribió El devoto peregrino, uno de los libros de peregrinación con mayor éxito en la historia de la imprenta española.

El lector de este catálogo asiste, por tanto, a un recorrido por los distintos peregrinos españoles que, durante los siglos XVI y XVII, viajaron a tierra santa y dejaron por escrito las impresiones y experiencias vividas duran-te su periplo. La mayoría de estos viajeros van a coincidir en otorgarle una gran impor-tancia a la ciudad de Jerusalén, ya que acu-mula un importante capital simbólico al ser una ciudad sagrada para el judaísmo, el cris-tianismo y el islam. De hecho, los distintos relatos de peregrinación van a dar cuenta de las conflictivas relaciones históricas, econó-micas, sociales, morales y religiosas entre la ciudad y los pueblos del Mediterráneo. Asi-mismo, gracias a las peregrinaciones a tierra santa se acentuó la necesidad y demanda de grabados, para conocer la disposición de la ciudad, y de mapas del Mediterráneo oriental y de los territorios bíblicos que servían como guía para estos viajes. Algunas de las imáge-nes de estos mapas y grabados que atesora la

Biblioteca Nacional de España y que, preci-samente, también son parte de la exposición, se reproducen en este exquisito catálogo, ofreciendo al lector actual la oportunidad de recorrer los itinerarios de los peregrinos.

En suma, con este volumen Víctor de Lama nos descubre el género de los libros sobre viajes de peregrinación a tierra santa en los siglos XVI y XVII, y nos hace acce-sibles un total de veintiocho libros reseñados en este catálogo que, sin dejar de ser relatos de viajes que reflejaban las experiencias del peregrino, se leían como obra de devoción y, a su vez, mostraban las ricas vivencias polí-ticas, religiosas y culturales de estos siglos. Laura Lozano Marín Instituto de Lengua, Literatura y Antropología. CSIC

FLORES RUIZ, Eva M.ª (ed.). Casinos, ta-bernas, burdeles. Ámbitos de sociabili-dad en torno a la Ilustración. Córdoba: UCOPress — PUM, 2017, 332 pp. Este volumen agavilla catorce estudios cuyo asunto común es el análisis del espacio donde se daba el denominado «trato en una sociedad civilizada», definición ya aceptada del marbete sociabilidad, que Álvarez Ba-rrientos documentó en una obra del XVII, El hombre práctico, de Gutiérrez de los Ríos. Parece inevitable asociar el sintagma «socie-dad civilizada» a la época de la Ilustración, al menos en cuanto a la conciencia que en ese momento se tuvo de la importancia del con-cepto. Me parece un acierto que los estudios de este libro arranquen en el siglo XVII y alcancen hasta época contemporánea. La pers-pectiva que aporta el tratamiento diacrónico del objeto de estudio enriquece el contenido del libro. En efecto, la Ilustración fue caldo de cultivo de nuevas relaciones públicas y privadas entre los individuos que constituían aquella sociedad, cuyo modelo se proyectaría a los siglos posteriores. Uno de los géneros

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literarios que presentó estas relaciones y los espacios que las albergaron fue el costumbris-mo romántico. La narrativa realista-naturalis-ta proporcionó a los lectores más derealista-naturalis-talles y una lujosa galería de espacios destinados al ocio de una sociedad burguesa que tendía a mostrar a bombo y platillo su tupida red de relaciones entre individuos, para, entre otros fines, consolidar precisamente la pertenencia del individuo al grupo. Más complejo resulta sistematizar el asunto en el siglo XX, y más específicamente en las estéticas de fin de siglo. Otro acierto del libro, a mi juicio, es la con-currencia en él de análisis que parten de dis-ciplinas diferentes, tales como la historia lite-raria, la historia del arte, la sociología, la arquitectura, etc. Asimismo me parece que el libro gana en valor al enfrentar lugares aso-ciados a tipos de ocio y también a relaciones entre los individuos del grupo que muestran sesgo semántico enfrentado, como son los casos de las tabernas y los casinos.

Descendiendo un poco más al detalle, repaso mínimamente la nómina de trabajos. Inaugura el volumen Mechthild Albert, quien se ocupa de las casas de juego en la tratadís-tica áurea. Estos lugares, eufemístratadís-ticamente denominados «casas de conversación», fue-ron singular espacio de sociabilidad en el Siglo de Oro. Se analiza aquí tanto la regla-mentación de la época destinada a reprimir el juego, como un significativo repertorio de obras literarias cuyo asunto principal descan-sa en aquellas cadescan-sas de converdescan-sación. Fer-nando Durán, por su parte, se ocupa del es-tudio de los almanaques astrológicos de la primera mitad del XVIII, y más específica-mente de sus introducciones narrativas de las que el profesor Durán analiza el tratamiento de los espacios y la sociabilidad. Angela Fa-bris se ha ocupado en su trabajo del estudio de la taberna en la prensa espectatorial del siglo XVIII y de cómo este lugar es antítesis del Café. Jesús Cañas aborda a partir de las ideas de Agustín Montiano y Luyando el modelo de actor según los principios de la Ilustración, así como la técnica de actuación en los locales teatrales, corazón de la

socia-bilidad ilustrada. Ligado al mismo género, se presenta el estudio de Alberto Romero Ferrer, quien se ocupa de los espacios de sociabilidad de las clases populares según cómo estos han quedado estampados en el sainete, la zarzuela y el género chico. Sobre la exhibición de espectáculos ópticos y la repercusión de estos en la sociabilidad públi-ca y privada trata el públi-capítulo firmado por Marieta Cantos. Del casino se ocupa Eva Flores atendiendo a la idiosincrasia de este espacio de la sociabilidad masculina del siglo XIX. La profesora Flores tira del hilo de las ideas de Juan Valera sobre el señoritismo plasmadas en su esplendente Pepita Jiménez. Consagrado al análisis del mismo espacio es el trabajo de Pascual Riesco. En este caso comparece el análisis arquitectónico, aten-diendo principalmente a testimonios litera-rios, del casino en su época dorada (1879-1914) y cómo este se pergeña de acuerdo con determinados patrones destinados a armoni-zar los elementos constructivos y decorativos con su uso como espacio de sociabilidad. Isabel Clúa se fija en un espacio bien dife-rente. Su trabajo indaga sobre los entornos asociados a los espectáculos populares donde está presente la prostitución, asunto que la literatura del XIX había tratado bajo diferen-tes modos de mirar, algunos de ellos compi-lados en la célebre Nana de Zola. Blas Sán-chez Dueñas fija su atención en la presencia de escritoras españolas en las colecciones de novela corta de tema erótico o galante en el ámbito cronológico de fin de siglo. Pedro Ruiz Pérez estudia la presencia del vino en la poesía barroca de las últimas hornadas y su relación con diferentes espacios de socia-bilidad que los poetas han elegido por su valor simbólico marginando la taberna como asunto poético, pero mostrando en cambio el tránsito de la academia al salón como espa-cios de encuentro social y más específica-mente literario en el lapso que ocupa la se-gunda mitad del XVII y la primera de la centuria siguiente. Al género de la picaresca ha dedicado su trabajo Ángel Estévez Moli-nero, quien estudia los espacios de

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sociabi-lidad en el Estebanillo. Enrique Rubio, por su parte, ofrece a los lectores un panorama de la presencia de cafés, casinos y tabernas en la novela naturalista-realista. El profesor Rubio analiza cómo el espacio acaba convir-tiéndose en eje vertebrador del relato desde la iniciática novela de Antonio Flores Doce españoles de brocha gorda (1846) hasta las obras de Blasco Ibáñez y Palacio Valdés, broche español de la estética realista-natura-lista. Cierra el libro el estudio de Alberto Ramos Santana sobre la taberna como espa-cio de sociabilidad en la Andalucía contem-poránea, según fuentes literarias y legales.

En fin, el volumen editado por Eva Flores compila catorce valiosas aportaciones sobre un asunto interesante y no siempre bien aten-dido y entenaten-dido que la editora ha sabido contextualizar y razonar con tino y mesura en las páginas introductorias, donde el lector descubrirá el gusanillo que ata y da coheren-cia a los capítulos del libro.

José María Ferri Coll Universidad de Alicante

FERRI COLL, José María y Enrique RU-BIO CREMADES (eds.). La tribu libe-ral. El Romanticismo en las dos orillas del Atlántico. Madrid-Frankfurt: Ibe-roamericana-Vervuert, 2016, 348 pp. Una monografía como la que coordinan José María Ferri Coll y Enrique Rubio Cre-mades, ambos investigadores prestigiosos con una reconocida trayectoria en el estudio de la literatura hispánica del siglo xix, era necesaria: porque si bien en los últimos años la crítica ha incidido en subrayar la influencia que la literatura francesa, alemana o inglesa tuvieron en el desarrollo del Romanticismo hispanoamericano, la relevancia que adquirió la española en este proceso ha sido desdeña-da o no suficientemente tratadesdeña-da. La tribu li-beral recoge trabajos de acreditados especia-listas pertenecientes al Centro Internacional

de Estudios sobre Romanticismo Hispánico Ermanno Caldera sobre autores desconoci-dos o poco estudiadesconoci-dos y nuevos datos sobre escritores consagrados, que han sido organi-zados atendiendo al género de la obra a la cual dedican su análisis: costumbrismo; pren-sa; poesía; género epistolar; novela; teatro.

El primer bloque temático, dedicado al análisis de obras costumbristas, se abre con un texto de Enrique Rubio Cremades, «El Romanticismo en Cuba: el testimonio de J. M. Andueza en su obra Isla de Cuba Pinto-resca», en el que analiza la significación que tuvo esta obra costumbrista, que vio la luz en 1841, y contiene una descripción de la geo-grafía cubana, sus gentes, su cultura y los principales acontecimientos históricos y artís-ticos que tuvieron lugar en la isla durante las primeras décadas del siglo xix; y se cierra con otro texto, dedicado también al costumbrismo cubano, de Raquel Gutiérrez Sebastián, «Sa-bores, sones y trazos del costumbrismo cuba-no», en el que la autora se sirve de tres térmi-nos musicales para analizar dos obras, Los cubanos pintados por sí mismos (1852) y Ti-pos y costumbres de la isla de Cuba (1881) que, de forma similar a como lo habían hecho otras colecciones europeas y españolas de esta naturaleza, incluían descripciones de los tipos cubanos más característicos.

El siguiente apartado, el dedicado a la prensa, contiene siete textos críticos: José María Ferri Coll describe en el primero, «El movimiento romántico español e hispanoa-mericano en El Iniciador de Montevideo», el contenido ideológico y cultural de las publi-caciones que aparecían en este periódico — manifiestamente liberal— que fue fundado en abril de 1838 en Montevideo por Andrés La-mas y Miguel Cané y en cuya línea editorial tuvo especial influencia el argentino La Moda; el segundo, «El Corsario (Montevi-deo, 1840), ¿Un proyecto romántico?» que escribe Luis Marcelo Martino, tiene como finalidad reivindicar la relevancia que tuvo El Corsario, periódico fundado en Montevideo en 1840 por Juan Antonio Alberdi para com-prender el desarrollo del movimiento

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román-tico en la prensa y la literatura de Argentina y Uruguay; el tercero, «José Caicedo Rojas —el Mesonero colombiano—, Juan de Dios Restrepo —el Larra colombiano— y el Mu-seo de cuadros de costumbres (1866)», de María de los Ángeles Ayala Aracil, analiza las piezas firmadas por los escritores José Caice-do Rojas y Juan de Dios Restrepo, a los que se refieren las historias de la literatura colom-biana clásicas como los Mesonero y Larra colombianos respectivamente, incluidas en la primera colección costumbrista publicada en Colombia, el Museo de cuadros de costum-bres (1866); el cuarto, «Emilia Pardo Bazán escribe sobre el Romanticismo en periódicos de América», de José Manuel González He-rrán, se aproxima al género periodístico al analizar los artículos que la escritora gallega publicó sobre temas, autores u obras vincula-das al Romanticismo en la prensa americana entre los que destacan los artículos aparecidos en el periódico argentino La Nación y en tres periódicos cubanos El Eco de Galicia, El Diario de la Marina y Galicia Moderna; el quinto, «La defensa de la mujer por Gertrudis Gómez de Avellaneda en la revista La Amé-rica (1862)», de Antonella Gallo, también tiene por objeto de estudio tres artículos que, con el título «La mujer», la escritora había publicado en 1862 en la revista madrileña La América. Crónica hispano-americana en los que reivindica la superioridad y el talento de la mujer y desmonta prejuicios machistas; en el sexto, «Americanos y españoles: El Reper-torio Americano de Londres (1826-1827)» Salvador García Castañeda reflexiona sobre la importancia que tuvo esta revista editada en Londres, pero escrita en castellano y diri-gida mayoritariamente a un público del nuevo continente, en la que colaboraban intelectua-les españointelectua-les e hispanoamericanos, tanto por la calidad de sus contenidos como por sus propósitos didácticos; por último, en el sép-timo, «En el foco de la linterna mágica perio-dística (1808-1865)», Marieta Cantos Ca-senave centra su investigación en tres cabeceras que hacen referencia a este instru-mento óptico: La linterna mágica, o

semana-rio fisionómico, para conocer bien al empe-rador de los franceses y su honrada familia: dividido en varias escenas y coloquios que se empezó a imprimir en Sevilla, en 1808, en la Imprenta de los Herederos de José Padrino y después se volvió a editar en 1809 en México; La linterna mágica. Periódico risueño, que empezó a publicar Wenceslao Ayguals de Izco en Madrid en 1849; y La Linterna Mágica. Semanario agri-dulce, joco-serio, no político e inocente, que se publicó en Madrid desde el 1 de abril hasta el 1 de junio de 1865 en la imprenta de Lázaro Maroto.

El bloque dedicado a la poesía se abre con el artículo de Leonardo Romero Tobar «Los poetas hispanos en las dos orillas del Atlánti-co», que trata de la fructífera influencia que tuvo para la literatura española e hispanoame-ricana el contacto con otras culturas y tradi-ciones literarias, las tensiones y encuentros que estas aproximaciones propiciaron y que se tradujeron en un enriquecedor diálogo que trajo consigo el intercambio de expresiones léxicas, imágenes poéticas, topoi, personajes, temas y motivos literarios; continúa con un texto de Borja Rodríguez Gutiérrez, «Melan-cólicos y solitarios: la voz de la tristeza en el Romanticismo», que se centra en produccio-nes sobre todo poéticas, pero aborda otros géneros, para trazar un recorrido por algunas obras, tanto escritas en lengua extranjera (como los de Novalis, Hölderlin, Leopardi, Víctor Hugo, Keats, Poe, lord Byron) como en español (entre los que destacan algunos de Gertrudis Gómez de Avellaneda, José María Heredia, Augusto Ferrán, Bécquer, José Ca-dalso, Enrique Gil y Carrasco, José Negrete, Salvador Bermúdez de Castro, Espronceda y Rosalía de Castro) que tienen como denomi-nador común un sentimiento predominante en la literatura romántica: la tristeza; sigue con otro texto de Helena Establier Pérez, «Escribir y sentir entre la Península y América: la pre-sencia del Romanticismo español en las poe-sías guatemaltecas de María Josefa García Granados», en el que la autora realiza un aná-lisis de la obra lírica de la escritora americana, injustamente olvidada, que se revela como

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fundamental para la literatura romántica espa-ñola e hispanoamericana, tanto por haber sido publicada en una fecha temprana como por su calidad literaria; y se cierra con «Juan Martí-nez Villergas, poesía y sátira de costumbres» un análisis de los epigramas costumbristas —composiciones burlescas, satíricas e iróni-cas de tono mordaz e insolente, pero de for-mato popular— que el escritor publicó por primera vez en diversos periódicos de corte humorístico y que reunió en su última antolo-gía, Poesías selectas, publicada en La Habana en 1885.

El siguiente apartado, relativo a la pro-ducción epistolar, lo constituye un artículo escrito por Ana María Freire, «Algunas no-ticias y catorce cartas inéditas para la biogra-fía de Jacinto de Salas y Quiroga», en el que la autora da noticia del inesperado hallazgo que hizo en Ámsterdam de catorce cartas dirigidas a Jacinto de Salas y Quiroga entre 1833 y 1847 por diferentes personalidades de la época que abarcan dos facetas su vida, la literaria y la política, y aportan valiosa información biográfica sobre el escritor

La sección dedicada al género narrativo incluye dos textos: en el primero, que escribe Rocío Charques Gámez y se denomina «Una pluma romántica: Gertrudis Gómez de Ave-llaneda y su novela corta Dolores», se analiza la citada novela corta de la autora hispanocu-bana teniendo en cuenta las diferentes varian-tes de escritura para comprender la evolución que siguió el texto que se publicó por prime-ra vez en España en 1851, en el Seminario Pintoresco Español, volvió a aparecer en el Diario de la Marina, en La Habana, en 1860, con algunas modificaciones, y se recogió en sus Obras Completas en 1870; y es el foco de la atención del segundo, de Lidia Carol Ge-ronès, una novela del escritor Ignacio Miguel Pusalgas: «El nigromántico mejicano, un caso raro de la literatura romántica en Cataluña», en el que la autora da noticia de esta primera novela histórica del escritor, poco leída, cuyo relato se desarrolla en la época de la conquis-ta de México y que plantea una reflexión sobre el poder.

Finalmente, el último bloque lo componen los textos dedicados al análisis de obras dra-máticas: el primero, de Mónica Fuertes Ar-boix, «Las ideas románticas de Rizal: historia, identidad y nación», reflexiona sobre el drama romántico del escritor filipino Noli me tange-re, que habiéndose publicado por primera vez en 1887, fue censurado en su país durante la etapa colonial, ensalzado a partir de la inde-pendencia y desprestigiado en España por considerarse una amenaza política; el segun-do, «Ese oscuro —y rico— objeto de deseo, o hecho en América: el indiano romántico-tea-tral», de David T. Gies, reflexiona sobre las diferentes perspectivas adoptadas en cuatro dramas, La familia a la moda (1805) de María Rosa Gálvez, Tanto vales cuanto tienes (1827) del duque de Rivas, Quiero dinero (1860) de Antonio Alcalde Valladares y El rico y el po-bre (1855) de Francisco Botella y Andrés, con respecto a la figura del indiano; uno de los dramas más representativos del romanticismo hispánico, Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), del duque de Rivas, es el objeto de estudio del siguiente texto, de Alberto Rome-ro Ferrer, «El indiano en la literatura del siglo XIX; el romántico don Álvaro», donde el au-tor reflexiona sobre los rasgos que caracteri-zan al protagonista de esta obra, en la cual el escritor dignifica la figura del indiano; final-mente, Montserrat Ribao Pereira cierra la monografía con «Higuamota, de Patricio de la Escosura, o la reescritura romántica de la conquista» en el que se aproxima a este drama poco conocido del dramaturgo, único texto del dramaturgo protagonizado por el pueblo in-dio, planteado desde la perspectiva del indí-gena y desarrollado en su espacio.

De este modo, los excelentes estudios recogidos en La tribu liberal muestran que la tradición literaria española, así como los textos publicados a principios del siglo xix en España tuvieron una influencia manifiesta en la configuración del Romanticismo hispa-noamericano.

Laura Palomo Alepuz Universidad Católica San Antonio de Murcia

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GONZÁLEZ HERRÁN, José Manuel. « Éra-se un muchacho...», y otrosestudios pere-dianos (1976-2016). Santander: Real So-ciedad Menéndez Pelayo, 2016, 436 pp. La publicación del libro de estudios de José Manuel González Herrán «Érase un muchacho….», y otros estudios peredianos (1976-2016) constituye, sin duda, una muy buena noticia para el ámbito investigador interesado en la obra del gran escritor cánta-bro. Como se manifiesta con detallada preci-sión en la introducción a la obra, la dedica-ción del investigador hacia la obra de Pereda data de muy lejanas fechas. A lo largo de toda su trayectoria su interés por esta se manifes-taría en una muy abultada nómina de estudios que, repartidos en muy diferentes formatos —libros, introducciones, artículos, prólogos, conferencias….—, arrojan unos resultados que podemos catalogar como absolutamente imprescindibles en el panorama actual de estudios sobre Pereda.

De dicha trayectoria investigadora ofrece el autor detallada relación, en esas páginas preliminares, en las cuales aparecen clara-mente destacados los textos que se incorpo-ran en la presente recopilación. En dicha introducción el estudioso justifica la presen-tación y organización de la obra, en la cual los estudios —en ocasiones adaptados al nuevo formato— son presentados conforme a un criterio cronológico.

En la significativa selección llevada a cabo, se observa un cierto predominio del enfoque de estudio comparatista, así como se evidencia el profundo conocimiento del investigador no solo del autor, objeto de la recopilación, sino también de toda la novela decimonónica, tanto española como europea. Especialmente significativos, al respecto, pueden ser los dos sugerentes trabajos de índole comparatista, en torno a dos motivos temáticos: los trenes y los lugares de ficción. Aunque, es obvio, la obra de Pereda aparece en ambos, la misma se ve acompañada por la de otros escritores pertenecientes tanto al ámbito nacional como europeo. En su

apro-ximación al análisis de trenes en el paisaje, los textos de Pereda se ven, así, cotejados con los de Galdós, Ortega Munilla, Pardo Bazán, Alas y Zola. El análisis de González Herrán a partir de tan variado corpus que incorpora textos, además, de diferente índo-le genérica —novela, cuento, artículo cos-tumbrista—, evidencia las marcadas diferen-cias y relaciones entre estos, incidiendo, especialmente, en las connotaciones simbó-licas que acompañan al manejo de tal motivo. Por otra parte, en el segundo estudio men-cionado, afronta el estudio de la denomina-ción de los nombres de lugares en la novela realista decimonónica, situándolo en un am-plio contexto literario desde el que revisa las estrategias habituales respecto a tal motivo, para analizar, en un segundo momento, la obra perediana.

El estudio que abre la recopilación anti-cipa algunos de los aspectos metodológicos propios de la trayectoria investigadora del crítico, pues el análisis de las obras seleccio-nadas de Pereda se lleva a cabo conforme a un enfoque comparatista que tiene en cuenta, además, un contexto literario supranacional. En este caso afronta González Herrán el tema que, precisamente, da título al libro: el del joven que viaja entre corte y aldea, singular-mente significativo en la obra perediana. Vincula el autor el mismo a un tipo noveles-co de muy amplio calado, noveles-como el Bildungs-roman, y traza su presencia en una amplia panorámica de la novela europea.

Algunos de los trabajos incorporados se ocupan de obras específicas de Pereda. Así ocurre con su acercamiento a la obra juvenil del autor, a raíz de la recuperación de García Castañeda de una parte de su producción pe-riodística, y con sus estudios sobre Nubes de estío, Pachín González o Pedro Sánchez. En relación a la primera se incluyen dos textos en los que analiza las polémicas suscitadas a raíz de su publicación, la presencia de lo cos-tumbrista y la configuración de los persona-jes, así como la importancia del acertado manejo de la focalización narrativa. De la última de las novelas peredianas estudia las

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