ESCUELA DE FORMACION DE DIRIGENTES. Tema No. 8. La Vocación Universal a la Santidad.

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ESCUELA DE FORMACION DE DIRIGENTES.

Tema No. 8. La Vocación Universal a la Santidad. Padre Saúl Efren Cruz Torres.

Doctor en Teología del Matrimonio y la Familia; Doctor en Derecho Canónico;

Director de la Misión Hispana en Dekalb. E-Mail: hispanosdekalb@hotmail.com - “Sed santos para mí, porque yo, el Señor, soy santo” (Lev 20,26). - Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). - “Ésta es la voluntad de Dios, que seáis santos” (1Tes 4,3).

8.1 La santidad es el fin último del cristiano.

Todo bautizado, por vocación divina está llamado a la santidad. Ser cristiano se puede definir como un camino de fe, una vivencia de la gracia y una búsqueda constante del encuentro con Dios. El cristiano está llamado a ser siempre y enteramente santos, como santo es el que os llamó (1 Pe 1,15 y 16; Lev 11,44s; 19,2; 20,7.26 ). Es Jesús quien invita a seguir su camino hacia la plenitud, la vía de la santidad, a todos y a cada uno de sus discípulos, sin distinción alguna, „sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto‟ (Mt 5, 48).

El padre eterno nos ha predestinado a la santidad, llamándonos a seguir e imitar a Cristo, quien es el modelo de perfección. El Padre celestial nos “ha predestinado a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste, como nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad, venga a ser primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). Todos somos capaces de ser santos y estamos a llamados a la santidad porque todos estamos llamados a la salvación (1 Tim 2,4).

La enseñanza de Jesús insiste siempre en ese planteamiento tan absoluto: “Buscad primero de todo el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). La llamada es universal, para todos los fieles cristianos: es decir, los laicos, los clérigos y los religiosos.

La vocación a la vida cristiana y el llamado a la santidad son equivalentes, ya que todo fiel está llamado a la santidad. El Código de Derecho Canónico, recoge esta doctrina y la convierte en norma para los fieles: “Todos los fieles deben esforzarse, según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación” (c. 210). Estar llamados y en cierto modo obligados a ser santos no es una carga o una imposición dolorosa, sino mas bien, es como el constitutivo esencial y la carta de presentación de los fieles cristianos, y de ella surge la grandeza, honor y dignidad de cada uno de ellos. Así lo enseñó el Papa Juan Pablo II:

“la dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la

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2 8.2 El Bautismo, fuente de la Santidad.

La vida cristiana que proviene del Bautismo incluye la vocación de cada cristiano a vivir la plenitud de la santidad. El Papa Juan Pablo II afirma en la encíclica Christifideles laici que “la vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo” (No. 16), y precisa que esta vocación debe ser considerada “como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad” y como un “componente esencial e inseparable de la nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de su dignidad (No. 17). En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos (LG 40).

La santidad es en primer lugar un hecho: los cristianos son ya realmente santos por el Bautismo, pues, como enseña el Catecismo de la Iglesia (No. 1265), “el Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito una nueva creación (2 Cor 5,17), un hijo adoptivo de Dios (ver Gál 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4), miembro de Cristo (1 Cor 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rom 8,17) y templo del Espíritu Santo (1 Cor 6,19). En segundo lugar, la santidad es una vocación y un deber, por eso, es necesario que los bautizados, con la ayuda de Dios, “conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron”. La vida cristiana acogida en el Bautismo constituye un principio dinámico de crecimiento, que no ha alcanzado todavía la plenitud. Por eso, “toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios” (CFL 10). El hecho que la santidad sea una vocación implica y obliga a una respuesta por parte del que es llamado, por lo tanto esta vocación le implica entender y seguir:

- El camino de la fe. El Bautismo es el sacramento de la fe, la fe que se requiere para el Bautismo. La fe debe pues renovarse y aumentar cada día: “¡Creo, ven en ayuda de mi poca fe!” (Mc 9,24). La fe, “garantía de lo que se espera; prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1). La fe abarca todas las dimensiones del ser humano: la mente, el corazón y la acción, pues la fe “no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, implica un acto de confianza y abandono en Cristo” (VS 88).

- El combate de la fe. El desarrollo del don de la vida cristiana recibido por el Bautismo supone pues un esfuerzo consciente de lucha y combate de la fe (Rm 10,17). Es necesaria la cooperación humana con la gracia recibida, para irse transformando cada vez más, “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13). Esta conciencia lleva al cristiano a descubrir que la semilla de vida que ha sido depositada en su corazón debe madurar por la gracia y por la fe, pues el don del Bautismo es como una semilla de vida llamada a crecer y exige un esfuerzo de cooperación.

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- La dinámica bautismal. Mediante el Bautismo “Jesús une al bautizado con su muerte para unirlo a su resurrección” (Rom 6,3-5); lo despoja del “hombre viejo” y lo reviste del “hombre nuevo”. Esto implica asumir en la propia vida un doble dinamismo por el cual nos vamos asemejando cada vez más a Jesús: despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo. Ambos procesos son simultáneos y complementarios. Por un lado, ir rompiendo con el pecado, con los conflictos y rupturas en todas las dimensiones de nuestro ser, y sobre todo con la mentira, que nos hace esclavos; y por el otro, ir revistiéndonos del hombre nuevo, acogiendo la gracia divina que el Padre derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo, para irnos asemejando cada vez más al Señor Jesús y poder repetir con el Apóstol: “es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

- Las dimensiones de la fe. Para que la fe sea integral debe ser: profesada (en el credo y la doctrina), celebrada (en la liturgia y los sacramentos), vivida (en la moral y la justicia) y anunciada (en el apostolado y la misión). Siguiendo la exhortación del Apóstol: “Poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad” (2 Pe 1,5b-7).

8.3 La santidad como proyecto de vida.

Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la santidad:

- “Todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Tes 4,3; Ef 1,4). Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (Lumen Gentium 5). - En el logro de esa perfección empeñan los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la

donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo” (Lumen Gentium 40).

El Papa Juan Pablo II, en la Carta Pastoral Novo Milenio ineunte (2001), enseña que la santidad es “la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia” (NMI 7) y advierte que hoy, “la santidad es más que nunca una urgencia pastoral”. Entre los deberes de la Iglesia, el primero debe ser “el camino pastoral de la santidad”. Y enseguida pide a la Iglesia del tercer milenio: “descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la vocación universal a la santidad” (NMI 30). Poner la santidad como eje de la vida pastoral significa entender y vivir el Bautismo como una vida de santidad, significa ponernos en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).

El Catecismo de la Iglesia católica recoge esta doctrina (No. 2013) y enseña que: “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. Confesar que la Iglesia es Santa, significa entender su vocación e

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identidad: la Iglesia es la Esposa de Cristo, por la cual él se entregó para santificarla (cf. Ef 5,25-26). La santidad es “don y gracia” se da a cada bautizado, servicio y responsabilidad.

La santidad cristiana tiene unas mismas fuentes para todos los fieles cristianos: La participación en la vida trinitaria, por medio del Bautismo; los mismos medios para todos: oración, liturgia, sacramentos, abnegación, ejercicio de las virtudes teologales cardinales. Pero cada uno según su propia vocación, cada uno según su estado y condición, en la diversidad de dones y carismas, como enseña san Pablo: “los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido” (Ef 4,1). Por eso, se puede hablar de espiritualidades según los estados de vida del cristiano: laical, sacerdotal, religiosa; o bien, según la consagración particular: activa, contemplativa, misionera, de la palabra o de la caridad, familiar, asistencial.

8.4 Los medios de la Santidad.

¿Cómo podemos ser santos? Para alcanzar la perfección de la vida cristiana, los creyentes han de emplear sus fuerzas, “según la medida del don de Cristo” (Ef 4,7), Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. La santidad es en definitiva el contacto profundo con Dios, es escuchar su voz y cumplir su Palabra. San Pablo enseña que Dios mismo nos ayuda cuando buscamos el bien: “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman…a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó también los glorificó” (Rm 8,28-30).

Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno, son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía puede ser personal y grupal y se vive en la comunión de la vida eclesial.

a) La oración. Para crecer en la santidad es necesario que el cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. Es necesario aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón (NMI 33).

b) Escucha de la Palabra.Toda forma de espiritualidad debe partir de la escucha de la palabra de Dios. Es justamente la palabra de Dios la que nos llama a la Santidad: “Sed santos para mí, porque yo, el Señor, soy santo” (Lev 20,26). Es necesario que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, mediante la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia (NMI 39). Entre Palabra de Dios y santidad hay una unión plena y recíproca, enseña Benedicto XVI: “la santidad en la Iglesia representa una hermenéutica de la Escritura de la que nadie puede prescindir” (VD 49).

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c) La celebración de la Eucaristía Dominical. La celebración de la Eucaristía dominical es “cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (Concilio Vaticano II, constitución dogmática Sacro santum Concilium 10). La Eucaristía dominical debe ser para cada bautizado, el centro y cumbre de su vida de fe, celebración de encuentro como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida y remedio contra la división y la dispersión de la comunidad. El Domingo, día del Señor resucitado es verdadera Pascua para los files (Mc 16,2.9; Lc 24,1; Jn 20,1) (NMI 35).

d) El sacramento de la Reconciliación.Para un cristiano, “es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo” (NMI 37). Contrición y conversión son las vías para el acercamiento a la santidad de Dios, el medio para el encuentro del penitente, turbado y trastornado por el pecado con el Dios de la misericordia, quien, lo libera en lo más profundo de sí mismo y lo restablece en la gracia, la alegría y la paz.

e) Primado de la gracia. En nuestra vida de cristiana es necesario vivir la primacía de la gracia (NMI 38). Dios nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino, pero poniendo primero la ayuda divina, pues sin Cristo, “no podemos hacer nada” (cf. Jn 15,5).

8.5 Correlativos de la santidad.

- La santidad consiste en la plenitud del amor a Dios: “Éste es el más grande y primer mandamiento” (Mt 22,38): “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lc 10,27; Dt 6,5).

- La santidad está íntimamente unida a la caridad. “Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20-21).

- La santidad está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad de los fieles laicos en

la Iglesia y en el mundo.

- La dimensión apostólica: “La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión” (ReMi 90).

- Comunión eclesial. La santidad conlleva la misión de vivir y promover la unidad de la Iglesia y la comunión de todos los fieles; por eso, la santidad cristiana se fundamenta en la espiritualidad de la comunión.

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