Juan Carlos Hernández Cuevas

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GRANDES NARRADORES

DEL EXILIO ESPAÑOL

EN MÉXICO

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GRANDES NARRADORES DEL EXILIO ESPAÑOL EN MÉXICO

Juan Carlos Hernández Cuevas. (Compilador) D.R. Juan Carlos Hernández Cuevas. Editado en Editorial Grupo Destiempos Grupo Destiempos S. de R. L. de C.V. Av. Baja California 245 Piso 11 C.P. (06170) Col. Hipódromo Condesa. México, D.F. www.grupodestiempos.com

Primera edición digital: México, D.F. Junio 2012 ISBN: 978-607-9130-18-3

Ninguna parte de esta publicación puede ser almacenada, reproducida o transmitida de manera alguna ni por ningún medio sin el permiso previo y por escrito de la editorial.

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Índice

Prólogo 5

Manuel Durán Gili 13 La cigarra y la hormiga en Tierra Caliente 14

El águila y la serpiente 16

El coyote y el armadillo 18

Roberto Ruiz 20

Mesidor 20

Carlos Blanco Aguinaga 40

La historia de la piel del gorila 41

Francisco González Aramburu 49

Los pájaros y la mariposa 49

Arturo Souto Alabarce 58

Coyote 13 59 Pedro F. Miret 65 El narrador 66 Gerardo Deniz 77 Alebrijes 77 José de la Colina 92 El toro en la cristalería 94 La madre de Floreal 108 Max Aub 116 Versión última 117 Velorio 121 De farmacias 125

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Prólogo

GRANDES NARRADORES DEL EXILIO ESPAÑOL EN

MEXICO

A mi hijo Carlos Hernández Grau

a presente antología conjunta narrativa breve ―inédita o publicada― de Manuel Durán Gili (1925), Roberto Ruiz (1925), Carlos Blanco Aguinaga (1926), Francisco González Aramburu (1927), Arturo Souto Alabarce (1930), Pedro Fernández Miret (1932-1988), Gerardo Deniz (Juan Almela Castell) (1934) y José de la Colina (1934). Además, se incluyen tres relatos desconocidos de Max Aub Mohrenwitz (1903-1972)1, encontrados en su

borrador Crímenes y epitafios mexicanos, y algo de suicidios y gastronomía

(1958-1962).

A manera de prólogo, y para facilitar la apreciación de este volumen, es pertinente resumir la envergadura histórica de la emigración intelectual republicana en México. Los estudios contenidos en El exilio español de 1939 (1976), de José Luis Abellán, y El exilio español en México. 1939-1982

(1982), de Salvador Reyes Nevares, recalcan la prominencia y desempeño de artistas plásticos, arquitectos, directores de cine, actores, científicos, educadores, historiadores, filósofos y literatos que renovaron y prosiguen enalteciendo la atmósfera cultural mexicana. El filósofo Adolfo Sánchez Vázquez ha comentado que la presencia del exilio español es un capítulo

1Aub escribe cuentos en una época en que el género es cultivado con parquedad por los refugiados españoles.

Antonio Joaquín Robles Soler (Antoniorrobles) (1895-1983), se consagra al cuento infantil. Paulino Masip (1899-1963) contribuye con De quince llevo una (1949), La trampa (1954). Ramón José Sender (1902-1982) destaca por sus relatos de tema mítico mexicano: Mexicayotl (1940). Manuel Andújar (1913-1994), publica Partiendo de la angustia. Relatos (1944). En lengua catalana, Agustí Bartra (1908-1982) incursiona con L´Estel sobre el mur

(1942). Pere Calders (1912-1994) escribe los relatos de tema mexicano Gent del´alta vall (1957), y Lluís Ferran de Pol (1911-1995): La ciutat i el tròpic (1956). Manuel Durán, Roberto Ruiz, Blanco Aguinaga, González Aramburu, Souto Alabarce, Fernández Miret, Gerardo Deniz, José de la Colina y Ramón Xirau pertenecen a la siguiente generación de autores.

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de la cultura mexicana que a la vez debe ser considerado un capítulo de la cultura española (Tejeda 2).

La apertura gubernamental al éxodo republicano fue uno de los mayores aciertos de la política internacional del general Lázaro Cárdenas, ya que, la llegada de refugiados de varias edades, produjo paulatinamente un renacimiento cultural sin precedentes en la historia de México. Este acontecimiento marca el inicio de uno de los periodos menos estudiados por la crítica literaria nacional:

el gobierno de Cárdenas apoya a la República y recibe inmi-grantes que diversificarán y enriquecerán el trabajo cultural (Gaos, Cernuda, Emilio Prados, León Felipe, Adolfo Sánchez Váz-quez, Adolfo Salazar, Wenceslao Roces, Max Aub, Rodolfo Halffter, Manuel Altolaguirre, Joaquín Xirau para sólo citar unos nom-bres). Se funda la Casa de España que se convertirá en el Colegio de México. (Monsiváis, Historia 1023)

El arribo y aportaciones del exilio es un hecho imbricado circunstancial-mente a la fase cultural de la Revolución2 iniciada por José Vasconcelos,

ministro de la Secretaría de Educación Pública (S.E.P.) (1921-1924) del gobierno del general Álvaro Obregón.

Carlos Monsiváis explica cómo Vasconcelos estudió el programa de su homólogo Lunacharsky, ministro ruso de Instrucción Pública de la URSS, para elaborar un plan que coadyuvara a la salvación de México por medio de la cultura y el arte. El plan vasconcelista incluye a la educación “como actividad evangelizadora” que predica el alfabeto y genera una conciencia cultural mediante las misiones rurales. Enfatiza en la asimi-lación de las etnias indígenas: “primero son mexicanos, luego indios”. Vasconcelos fundó un Departamento de Bellas Artes para difundir y promover la pintura, escultura, música, canto y las artesanías populares.

2 Así denomina Marco Polo Hernández Cuevas al periodo de 1921-1968. (African Mexicans and the Discourse on

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Reitera su posición nacionalista-cultural en su deseo de unificar al país por medio del mestizaje y la tradición. Sus planes gigantescos enfatizan el deseo de comunicar al pueblo con la ayuda del arte y la experiencia de los escritores europeos clásicos. Al unísono promueve el nacionalismo cultural: se busca lo “intrínsicamente” mexicano (Historia 986-989).

Un testimonio de Octavio Paz, contenido en su ensayo La “inteligencia” mexicana», describe transformaciones realizadas por Vascon-celos, entre las cuales, los exiliados encuentran el terreno propicio para incorporarse progresivamente a la “inteligencia” del país de acogida:

Por una parte se fundan escuelas, se editan silabarios y clásicos, se crean institutos y se envían misiones culturales a los rincones más apartados; por la otra, “la inteligencia” se inclina hacia el pueblo, lo descubre y lo convierte en su elemento superior. Emergen las artes populares, olvidadas durante siglos; en las escuelas y en los salones vuelven a cantarse las viejas canciones; se bailan las danzas regionales […] Nace la pintura mexicana contemporánea. Una parte de nuestra literatura vuelve los ojos hacia el pasado colonial; otra hacia el indígena. Los más valientes se encaran al presente: surge la novela de la Revolución. (El laberinto de la soledad 297)

Las diversas y constantes aportaciones del exilio engrandecieron el programa cultural posrevolucionario. Una buena parte de su contribución artística e intelectual, satisface los designios gubernamentales. Sin em-bargo, al paso del tiempo, el programa tomó un giro inesperado, cuando ciertas obras artísticas y el influjo intelectual de los republicanos radicalizan la visión de artistas e intelectuales de México. La génesis de este hecho está representada en la correspondencia entre españoles y mexicanos, narrada por Max Aub en “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco” (1960).

La renovación cultural de México comprende aportaciones de los filósofos José Gaos, Luis Recaséns Siches, María Zambrano, Ramón Xirau, Eugenio Imaz, Adolfo Sánchez Vázquez y otros. La industria cinemato-gráfica generó un acercamiento con la población mediante las películas

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dirigidas por Luis Buñuel, José Miguel García Ascot, Jaime Salvador, Carlos Velo y Luis Alcoriza. Los hermanos Ernesto y Rodolfo Halffter; Gustavo Pittaluga y Antonio Díaz Conde escribieron partituras para películas dirigidas por españoles y mexicanos. La integración de actores, actrices, escritores, guionistas, críticos, técnicos y escenógrafos transformó la industria del cine. Destaca Luis Buñuel, con producciones mexicanas que incluyen películas catalogadas entre las cien mejores de la Época de Oro del cine nacional. En Los olvidados (1950), una verdadera joya de la cinematografía mexicana, trabajaron juntos Buñuel, Luis Alcoriza, Juan Larrea, Max Aub, Halffter y Pittaluga.

Las artes plásticas fueron representadas, apunta José María Ballester, por el litógrafo, escenógrafo e ilustrador Miguel Prieto; los pintores José Moreno Villa, Antonio Rodríguez Luna y el cartelista Josep Renau. Más pintores, escultores, dibujantes, críticos de arte y arquitectos forman una pléyade de artistas (El exilio español de 1939 51-52). Entre los más destacados historiadores figuran Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), Pedro Bosh-Gimpera (1891-1974), José María Ots Capdequi (1893-1975) y Agustín Millares Carlo (1893-1978). Hay que sumar a otros historiadores y profesores, cuya labor contribuyó también al desarrollo de la educación mexicana (El exilio 251-281). Juan Comas Camps (1900-1979) fue catedrático de la ENAH (Escuela Nacional de Antropología e Historia), la Normal Superior y la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México); Mariano Ruiz-Funes (1889-1953) destacó en la UNAM y El Colegio de México. Manuel Pomares Monleón (1904-1972) ejerció la cátedra en la Universidad Veracruzana; Enrique Fernández Gual (1907-1973) fue maestro de historia, arte, y director del Museo de San Carlos.

La labor académica desempeñada por profesores exiliados en El Colegio de México, el Instituto Luis Vives, Colegio Madrid, la Academia Hispano-Mexicana y el Mexico City College (Universidad de las Américas) tuvo un fuerte impacto en la sociedad mexicana, que se vio beneficiada

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cionalizaron la educación nacional que sufría los efectos del programa impuesto por Vasconcelos:

Su elevado nivel académico aseguró el ingreso de un alto porcentaje de sus graduados a las instituciones de enseñanza superior, mientras que su humanismo republicano afectó permanentemente a muchos de sus ex alumnos que con el tiempo habrían de alcanzar posiciones importantes en la sociedad mexicana. La reputación académica que alcanzaron pronto motivó a muchos mexicanos a enviar a sus hijos a las escuelas de la emigración [...] (Sarmiento 39)

En cuanto a las instituciones públicas, la docencia republicana en la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacio-nal, la Escuela Normal Superior, Escuela Nacional de Maestros, Escuela Nacional de Antropología e Historia, Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas, la Universidad de Morelia y otros planteles ubicados en varios estados, aproximó a los intelectuales españoles con las diferentes capas sociales urbanas y rurales.

El contingente de literatos, editores de revistas y fundadores de casas editoriales es asimismo considerable. Francisco Giner de los Ríos apunta en su ensayo “Poesía española en México 1939-1949”:

Intentar una bibliografía general de la producción literaria de los escritores españoles residentes en México desde 1939, aun reduciendo sus fichas únicamente a libros publicados y prescin-diendo de ensayos, artículos y poemas aparecidos en publicacio-nes periódicas, es tarea que hubiera implicado varios meses de trabajo y que no está vedada en los días en que aparece esta obra. (Martínez, Literatura mexicana siglo XX 2: 177)

Destacan, aparte de los autores ya citados, José Bergamín, Pedro Garfias, Isabel de Palencia, Juan Rejano, Manuel D. Benavides, Mariano Granados, Concha Méndez, Ángel Samblancat, Miguel Pizarro, Ramón de Belauste-guigoitia (Belauste), Lorenzo Varela, Simón Otaola, José Herrera Petere, Jesús Poveda, Eduardo de Ontañón, Enrique Díez-Canedo, José María Miquel I Verges, Antoniorrobles, Antonio Sánchez Barbudo, Armando

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Bartra, Benjamín Jarnés y Millán, Julio Sanz Sainz, José Moreno Villa, Juan José Domenchina, Juan Larrea, Ernestina de Champourcín, José Carner, Nuria Parés, José Rivas Panedas, Juan Gil-Albert, J. A. Gironella, Anna Murià, etc. Además de la creación de una obra propia, el exilio literario engrandece las letras mexicanas y españolas en sus revistas

España Peregrina: revista de la Junta de Cultura Española (1940),

Romance: revista popular hispanoamericana (1940-1941), Ruedo Ibérico

(1942), El Pasajero (1943); Quaderns de l´exili (1943-1947), en la tercera época de Litoral (1944), Las Españas (1946-1963), La Nostra Revista (1946-1954), Ultramar (1947), Sala de Espera (1948-1951), Pont Blau (1952-1963), La Nova Revista (1955-1958), Diálogos de las Españas (1957-1963),

Los Sesenta (1964), Xaloc (1964-1981), y otras. Al mismo tiempo, participan en periódicos y las revistas mexicanas Taller Poético (1936-1938), Taller (1938-1941), Cuadernos Americanos (1942), Tierra Nueva

(1940-1942), El Hijo Pródigo (1943-1946), Letras de México (1937-1947),

Rueca (1941-1952). Los exiliados jóvenes publican sus primeras colabora-ciones en diarios y las revistas: Las Españas, Universidad de México: Revista de la Universidad de México (1946), Clavileño (1948), Presencia

(1948-1950), Hoja (1948-1950), Segrel (1951), Ideas de México (1953-1955), Revista Mexicana de Literatura (1955-1965), Cuadernos de Bellas Artes (1960-1964), Diálogos (1964-1985), Sucesos para todos (19?), La Gaceta (1971) del Fondo de Cultura Económica, Plural (1971-1976), Vuelta

(1976-1998); y los suplementos culturales México en la Cultura (1949-1961) y La Cultura en México (1962-1972).

Se fundan las editoriales Séneca, EDIAPSA, Grijalbo, UTEHA, Era,

Málaga, Joaquín Mortiz, Ediciones Rex, Tertulia, más tarde conocida como

Aquelarre; Labor Mexicana, Leyenda, Centauro, Quetzal, Editorial B. Costa-Amic, Editorial Arcos, Proa, Vasca Ekin, Ediciones Atlántida, Ediciones España, Minerva, Jurídicas Hispanoamericanas, Lex, Magíster, Cima,

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La Casa del Libro. Inauguran también las conocidas librerías Juárez, Cristal, Cide, Góngora, Madero, Quetzal. Un sector se incorpora al Fondo de Cultura Económica, convirtiendo a esta editorial en la más renombrada del mundo hispánico. Los que trabajaron para el Fondo de Cultura y otras casas editoriales, anota Enrique Krause, efectuaron traducciones de obras clásicas de la literatura y el pensamiento de Europa. La distribución de estas traducciones por toda Latinoamérica, produjo una verdadera revolú-ción cultural en la comunicarevolú-ción cultural (520).

Como hemos explicado brevemente, sin la presencia del exilio, el devenir cultural, educativo y social mexicano promovido por Vasconcelos hubiera sido muy distinto. El programa vasconcelista de tintes naciona-listas fue internacionalizado con ideas y perspectivas basadas en la universalidad del género humano. El influjo republicano transformó la imagen de la España monárquica e inquisitorial de antaño: “Más de 30.000 emigrados de la España de Franco recompensaron a su patria adoptiva con su talento, inteligencia y energías, ayudando a configurar el México moderno” (Sarmiento 35).

Con base a la información provista y para concluir nuestra intro-ducción, es imprescindible indicar al lector el carácter sui géneris de esta antología, ya que, por primera vez son publicados, en un mismo volumen, textos de los últimos narradores del exilio español mexicano y Max Aub.

Obras citadas

Abellán, José Luis et. al., ed. El exilio español de 1939. 5 vols. Madrid: Taurus, 1978.

Aub, Max. Crímenes y epitafios mexicanos, y algo de suicidios y gastronomía. A.M.A.C. 23-1. Archivo Biblioteca Max Aub. Fundación Max Aub, Segorbe.

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CTARE. El Comité Técnico de Ayuda a los Republicanos Españoles. “La aportación de los refugiados españoles a la Bibliotecología Mexicana: notas para su estudio”.

http://clio.rediris.es/articulos/exiliados.htm

Fishman, Lois R. “Recuerdos agridulces.” Américas. Nov.-Dec. 1984: 30-35.

Hernández Cuevas, Marco Polo. África en el Carnaval Mexicano. México: Plaza y Valdés, 2005.

Historia general de México: versión 2000. Preparada por el Centro de Estudios Históricos. México, D. F.: El Colegio de México, 2000. Krause, Enrique. Mexico: Biography of Power. A History of Modern Mexico,

1810-1996. New York: HarperCollins Publishers, 1997.

Martínez, José Luis. Literatura mexicana siglo XX: 1910-1949. México: Antigua Librería Robredo, 1949-1950.

Ordoñez Alonso, María Magdalena. “Hemerografía del exilio español en México, 1939-1950”. Dirección de Estudios Históricos-INAH. 15 de octubre de 2004.

http:www.historiadoresdelaprensa.com.mx/articulos/IIencuentroprensa/2 3.doc

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad (1950). Enrico Mario Santí, ed. Madrid: Cátedra, 2001.

Reyes Nevares, Salvador et. al., eds. El exilio español en México, 1939-1982. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica/Salvat, 1983. Sarmiento, Sergio. “Volver a empezar.” Américas Nov.-Dec. 1984: 35-39. Tejeda, Armando J. “Adolfo Sánchez Vázquez recibió en Madrid el premio

María Zambrano”. La Jornada Online. 14 de abril de 2005. http://www. unam.mx

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Manuel Durán Gili

ació en Barcelona, España, en 1925. Abandona su país siguiendo a su familia, pasando al exilio, en 1939, tras la derrota de la República. Estudios secundarios primero en España (Instituto Salmerón, en Barce-lona), después en Francia (Liceo de Montpellier). En 1942 llega a México, pasando por Casablanca. En México estudia Derecho y Filosofía y Letras. Licenciado en Derecho (Universidad Nacional Autónoma de México), Maestro en Letras (1949). Intérprete simultáneo diplomático en las Naciones Unidas. Estudios de doctorado en Princeton University. Doctor en Lenguas y Literaturas Romances, 1953. Estudios de post-doctorado en la Sorbona (París). Profesor Asociado, Smith College, 1954-1959. Catedrá-tico de Literatura Española, Yale University, 1960-1998. Director de Estudios Graduados, Jefe del Departamento de Lenguas y Literaturas Romances, 1978-1998. Catedrático Emérito desde 1998. Manuel Durán ha publicado libros de poesía, estudios monográficos (sobre Quevedo, Cervan-tes, Calderón, Fray Luis de León); ediciones críticas (poesías completas del Marqués de Santillana, poesías castellanas de Luis de León), estudios críticos sobre García Lorca, Ortega y Gasset, etc., con un total de 47 títulos. Ha ayudado a fundar la North American Catalan Society y la

Catalan Review, de la que ha sido editor en jefe durante largos periodos. Ha participado en congresos literarios y culturales en España, México, Estados Unidos, Italia. Ha publicado más de 170 artículos, ensayos, y cuentos, en revistas en México, Estados Unidos, Francia, Argentina, etc. Ha recibido la prestigiosa Beca Guggenheim (1954). S. M. el Rey le ha con-cedido la medalla de la Orden de Isabel la Católica, con el grado de Comendador (*).

(*)Reproducimos la información provista por Manuel Durán. En páginas posteriores, se incluyen también las biografías y obras proporcionadas gentilmente por Roberto Ruiz, Carlos Blanco Aguinaga, Gerardo Deniz (Juan Almela Castell) y José de la Colina.

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I. La cigarra y la hormiga en Tierra Caliente

En octubre comenzó a inquietarse. Una vaga desazón, sin motivo aparente. Detenía su trabajo de vez en cuando y oía cantar la cigarra a lo lejos.

En noviembre empeoró bruscamente. “Tienes los nervios destro-zados”, se dijo a sí misma en voz baja. “Exceso de trabajo”. Es lo que las hormigas francesas llaman surmenage. Las hormigas gringas le dan el nombre de nervous breakdown. Claro, con dos empleos: toda la noche abriendo galerías, acarreando semillas, pepitas, pedacitos de hojas sucu-lentas. Y durante el día haciendo de portera, cuidando la entrada, limpiando el zaguán, recibiendo visitas…”

En diciembre acabó por descubrir la verdad, después de una prolongada introspección. Se sentía mucho peor durante el día que por la noche. Claro estaba que el trabajo de buscar comida, abrir aquellas largas galerías en compañía de sus silenciosas hermanas, e ir depositando la comida en las amplias bodegas al final de cada galería, la distraía de su angustia. Llevar las cuentas, ver cómo aumentaban los tesoros, era incluso tranquilizador y hasta divertido.

Si se sentía mal durante el día era precisamente por falta de ocupación. Después de limpiar el piso solía sentarse a la entrada y esperar. Esperar visitas que no llegaban. Mejor dicho: una visita, una visita muy especial, la de la cigarra. Se pasaba horas al espejo ensayando la sonrisa —despectiva, irónica, superior, falsamente acogedora— con que recibiría a la cigarra, y tras escuchar su petición de ayuda llegaría el momento sublime en que le diría que se fuera “con la música a otra parte” (¿o emplearía una frase más hiriente? Pero ¿cuál?) Y lo malo era que la cigarra no llegaba. Así, pues, el problema no residía en sus nervios; había algo que no marchaba bien en el mundo externo, lo cual, por otra parte, no

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era tampoco tranquilizador. Una modesta crisis de nervios se estaba convirtiendo en angustia filosófica, existencial, cósmica.

“Esperando a la cigarra”, se dijo. “Si no fuera porque estoy tan cansada quizá escribiría algo sobre mi situación. Unas memorias, o quizá una obra de teatro.”

La cigarra llegó hacia mediados de enero, cuando la hormiga ya desesperaba casi de su llegada. Inmediatamente la hormiga se sintió feliz y en perfecta salud. La sonrisa le salió tal como la había ensayado tantas veces. Hizo pasar a la cigarra y le preguntó qué deseaba.

La cigarra entró tarareando una canción de moda y moviendo las patitas con agilidad al ritmo de algo que parecía un son jarocho. Mientras hablaba iba examinando la sala, los muebles, y el librero con su modesta biblioteca. “La verdad es que no tengo nada que pedirte.” La hormiga dio un paso atrás; no consiguió disimular su asombro, primero y después, casi al mismo tiempo, su amarga decepción. “No te pido nada,” prosiguió la cigarra, “porque nada necesito. Tú creías, sin duda, que te iba a pedir algo de comida para sobrevivir durante el invierno. La verdad es que cualquiera que pase revista a tu biblioteca, como acabo de hacerlo, puede darse cuenta del origen de tu error. Tienes bastantes libros de ingeniería y de contabilidad, como sospechaba. También sospechaba que no iba a encon-trar uno solo sobre arte o música, y así es. Pero veo además que no tienes ninguno de geografía. Así es que no te has dado cuenta de que en estas tierras del trópico hay comida para mí todo el año, tanto en invierno como en verano. No, no vine a pedirte nada,” prosiguió la cigarra, ya en la puerta, y con un gesto de despedida. “Más bien vine a darte un consejo amistoso, un consejo de buena vecina. Quiero decirte que esta tierra es tierra de temblores, y que me parece peligroso que sigas cavando galerías tan largas y profundas en lugar de construir algún edificio ligero y en la superficie de la tierra. . .”

La cigarra salió volando mientras comenzaba a cantar un bolero y se despedía agitando la punta de un ala como si fuera un pañuelo. La muda

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desolación de la hormiga duró unos segundos solamente, para convertirse luego en pánico. Muy a lo lejos, en lo más hondo, se había desatado una vibración sorda, llegaba un rumor como de tormenta, de trueno en sordina. Las galerías más profundas, primero, y después todas las demás, habían empezado a desplomarse.

II El águila y la serpiente

La enemistad venía de muy lejos. Hacía tantos años que las águilas y las serpientes se combatían que nadie recordaba ya el origen de aquella guerra. Por todo el valle, aquel amplio y asoleado valle con las lagunas azules y plateadas a lo lejos, seguían los combates. Casi siempre ganaban las águilas, pero a veces las serpientes conseguían enroscarse en torno a las patas del águila agresora, morderle el cuello mientras ambas se revolcaban en el polvo, o escapar escondiéndose entre las rocas.

Pero casi siempre vencían las águilas. Poco a poco fueron acabán-dose las serpientes. Al no encontrar serpientes a las cuales devorar, las águilas comenzaron también a desaparecer del valle. Y llegó un día —fatal, decisivo— en que la última águila del valle se enfrentó a la última serpiente.

La serpiente estaba asoleándose al lado de un hermoso nopal, que desperezaba sus pencas de un verde tierno, bajo el sol implacable y cegador. El águila la vio desde lo alto y bajó con rapidez, encogiendo las alas para caer más aprisa. La serpiente no vio sino una nube negra que crecía vertiginosamente, y comprendió que el águila la había descubierto. Con agilidad se deslizó bajo una roca, al pie del nopal, que la protegía parcialmente. Cuando el águila se abatió sobre ella la serpiente comenzó a hablar, con la elocuencia que le daba la desesperación. Se limpió la

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gar-ganta sacando dos o tres veces su fina lengua y con voz rápida y entrecortada, voz que era apenas un silbido modulado, suplicó: “No me mates antes de escucharme. Después haz lo que quieras. Pero date cuenta, ante todo, de que al matarme a mí, que soy la última serpiente, te das la muerte a ti misma. Ya no habrá más serpientes, y por consiguiente tampoco habrá más águilas. Y habrán muerto así no solamente dos animales, sino también dos símbolos. Porque tú eres un símbolo, ante todo un símbolo, lo sepas o no. Eres el símbolo de la altura, del espíritu identi-ficado con el sol, del principio espiritual. Simbolizas también el padre, eres el mensajero de lo alto, el mensajero celestial. Anuncias la profecía y la gracia divina. Expresas la majestad divina y el poder del rayo. Simbolizas el principio espiritual y celeste en lucha con las fuerzas de la tierra. Yo, por mi parte, soy también un símbolo, el de la tierra, las fuerzas primitivas, el aspecto maligno de la naturaleza. Soy, en cierto modo, un símbolo complementario del tuyo. Destruir dos símbolos al mismo tiempo es un crimen monstruoso…”

El águila había escuchado atentamente pero sin comprender del todo. Se sentía vagamente alegre y orgullosa, halagada por las palabras de la serpiente, sobre todo por todo aquello que le había dicho del símbolo, si bien no era la primera vez que oía tal afirmación. Bien pensado, no le era dado a cualquier animal lo de ser también un símbolo. A diario veía docenas, centenares de seres vivos que no eran considerados como símbolos.

“Todo eso que me dices está muy bien, es muy hermoso, y casi me convence. Pero hay un hecho que sigue sin cambiar: y es que tengo hambre. Así que perdóname, pero…”

La voz grave y gutural del águila le llegaba a la serpiente de muy cerca. La huida era imposible: una garra del águila sujetaba a la serpiente contra la roca. Una vez más la serpiente habló. Unos segundos antes había observado con el rabillo del ojo que muy cerca del nopal se alzaba la modesta choza de un artesano. El hombre contemplaba aquella escena,

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absorto, rodeado de sus instrumentos de trabajo: en el patio trasero, al aire libre, se alzaban piedras de todos tamaños y colores. “Espera, no me mates. Se me ocurre algo. Este hombre te dará de comer y a mí también. Nos necesita, nos ayudará a sobrevivir, más aún… Ningún hombre puede resistir la visión de dos símbolos como tú y yo, y más aún si es artista, escultor, como puedes ver. Ya está pensando en esculpirnos. Pero para que todo salga bien tenemos que posar para él. Mientras nos necesite nos alimentará. Y con lo dura que es la piedra que va a esculpir vamos a tener comida por mucho tiempo. Pero tenemos que aprender a posar. Mira: lo mejor será que me tomes con tu pico —con cuidado, sin apretar dema-siado— y te subas al nopal: así nos verá mejor. Yo fingiré retorcerme con la agonía. Tú te pones de perfil, o mejor tres cuartos de perfil, abres un poco las alas, y miras a lo alto o a lo lejos. Verás como todo saldrá como te digo. En un instante he visto el futuro, y es glorioso para las dos. Sobre todo para ti, que desempeñas el papel de símbolo noble y vencedor. Pero ahí estaré yo también: primero retratada en la piedra, después en el duro metal. Más tarde, mucho más tarde, pasaremos a la bandera nacional, y poco después nos retratarán en el dinero. Y cuando llegue la inflación, que no tardará en llegar —te lo aseguro yo, que conozco bien a los hombres— nos multiplicarán hasta el infinito. Habrá que pensar también en cómo combinar nuestros símbolos opuestos y complementarios para formar uno solo, un acorde, una armonía de símbolos contrarios: quizá podríamos darle un nombre: la serpiente emplumada…”

El águila tomó delicadamente a la serpiente en su pico y se remontó hasta la cima del hermoso nopal. El hombre, unos instantes extasiado, se movió rápidamente en busca de sus instrumentos de trabajo. En lo alto del nopal la serpiente se agitaba débilmente, sostenida por el pico del águila. En su boca se dibujaba una mueca que era en realidad una sonrisa, sonrisa de astucia triunfante, de sabia felicidad, mientras silbaba su conclusión, las dos palabras más hermosas en su lengua: “Seremos

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in-III El coyote y el armadillo

Se encontraron por casualidad en un claro del bosque.

El coyote no tenía buen aspecto. La jornada había sido larga. Su polvoriento pelaje no se decidía del todo a ser gris o amarillo. La cola era rala, con pocos pelos. Pero el armadillo que lo observaba desde detrás de un matorral, al pie de un ocote, estaba demasiado confuso para observar ningún detalle concreto: no podía identificarlo porque jamás había visto ningún coyote.

Dieron varias vueltas el uno alrededor del otro, ritualmente, hus-meándose la cola primero y el hocico después. El coyote también se sorprendía ante aquel extraño y nuca visto animal. Fue el armadillo el que habló primero. “¿De dónde vienes? ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?”

“Vengo de muy lejos, de las regiones del norte. He estado cami-nando todo el día. Por eso me ves tan cansado. Soy un gran cazador, el más valiente y audaz de todos, el verdadero rey de los bosques. Me ves un poco cansado, además he estado enfermo últimamente. Pero soy el mejor de todos. Mi nombre atemoriza a los demás animales, incluso al hombre. Soy un lobo. ¿Y tú? ¿Quién eres tú?”

El armadillo meneó lentamente su larga cabeza. “Yo también…. también yo soy el más temido, en el monte y en el llano. Yo soy… soy un tanque.”

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Roberto Ruiz

ació en Madrid, España el 20 de diciembre de 1925. Es maestro en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, y Master of Arts por la Princeton University. Ha sido profesor de español y francés en el Mexico City College, y Baylor School; profesor de español en Mount Holyoke College, Hunter College, Middlebury College, Wheaton College y Harvard University. Es autor de La ética de Saint-Exúpery (1952); las novelas

Plazas sin muros (1960), El último oasis (1964), Los jueces implacables

(1970), Paraíso cerrado, cielo abierto (1977), Contra la luz que muere (1982) y Juicio y condena del hombre nuevo (2005). Cultiva el cuento en Esquemas

(1954) e Ironías (2006). Ha publicado numerosos relatos, artículos y reseñas en revistas y antologías de Europa y América (1948-2005).

Mesidor

1

Tropezando en las piedras, levantando montañas de polvo, los camiones bajaron al barranco sobre las siete de la tarde. Todavía quedaba sol, y los hombres que se apeaban venían sudados y sedientos del largo y caluroso camino. Aunque eran de lugares diferentes, traían el mismo atuendo y porte: sombrero de paja; camisa de dril o de algodón; calzón blanco, y entre los más jóvenes pantalones vaqueros, de mezclilla; sandalia abierta o bota de lona con refuerzos de hule; maleta vieja y encordada o paliacate rojo atado por las puntas. También tenían el mismo tipo humano: mirada oscura, bigote espeso, labios abombados, cuerpo chico, manos rugosas. Venían de Cocorit y de San Juan del Río, de Tecuala y del Valle del Mezquital; llevaban en el vientre y en el pulmón la amarga ceniza de la sequía y del hambre. Unos dejaban mujeres adolescentes y embarazadas;

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otros ringleras de chiquillos grises de barro y negros de moscas; otros viejas cansinas y tembliques, postradas noche y día ante el icono abi-garrado y sordo a las preces. Todos compartían la esperanza rabiosa de los últimos recursos; todos iban dispuestos a todo.

Los camiones evolucionaron como elefantes de circo y se pegaron a la barranca para iniciar el viaje de regreso. Cuando se disipó el nubarrón de tierra, los hombres se quedaron solos y apartados, huraños en su áspera timidez. Nadie se conocía de verdad; el camino había sido tan fatigoso que había matado las posibles amistades. Además se sabían competidores: por muy ricos que fuesen los campos que los solicitaban, sólo en este rincón se reunían cien pares de brazos, y había sitios como éste a lo largo de toda la frontera. Permanecieron pues clavados al polvo, baja la mirada, procurando no dar un paso ni hacer un ademán que los debilitase, que al revelar su afectabilidad los pusiera a merced de un vecino más fuerte o más hipócrita.

Así estuvieron más de hora y media. Empezaba a anochecer cuando apareció, corcoveando y botando por los badenes, un carricoche estilo militar. En él venían dos tipos, y el más gordo, sonriente y feliz tras las gafas ahumadas, trepó a un peñasco y alzó las manos como para pedir silencio:

—Acérquense, muchachos, hagan corro para que todos puedan escucharme. Ya saben quién soy: soy un pollero, y ustedes mis pollitos. Ahorita nomás que oscurezca nos ponemos en marcha. Allá verán lo que les espera: unos campos, unas huertas que son la bendición de Dios, se lo juro. Unas milpas que se caen de abundantes, y unos manzanos, unos cerezos, que ni en el paraíso terrenal. Y no teman que luego vaya a ralear el trabajo: hay trabajo para todos ustedes y para otros diez mil, qué caray, si ya mero entran en el país más rico del mundo. Ustedes nomás fíense de su pollero, que sabe lo que hace, palabra. Diez años tengo metiendo cua-drillas, y cuando era legítima la cosa, con mi licenciado Adolfo Ruiz Cortines, hasta carros de ferrocarril traía yo. Con que no se preocupen,

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mis pollitos: pásenle a lo barrido y disfruten de la riqueza, de los buenos dolarotes que les van a caer. Sólo que primero, para que no se me olvide, aquí mi secretario les va a recaudar el impuesto de entrada: son ciento veinte pesos por persona, precio rebajado.

Se alzó entre los hombres una oleada de indignación y de asombro. Uno de los más viejos se atrevió a hablar.

—¡Ya nos cobró ciento cincuenta el que nos trajo desde Saltillo! Pues qué es esto, señor, qué injusticia es ésta. Somos pobres, señor, por eso andamos apartados de nuestras casas. Para pagarle al otro, y al que me contrató en mi tierra, tuve que malvender mis muebles y hasta el rebozo de mi señora. Tengan un poco de honradez, caramba, comprendan quiénes somos.

Un murmullo sordo y hostil certificó la anuencia de los demás. Pero el pollero estaba acostumbrado a estas dificultades, y tenía dispuesto el argumento:

—No se me alebresten, mis pollitos. Ustedes consintieron en venir hasta acá y ahorita tienen que pasar adelante. Ni modo de que todos se regresen a su rancho. ¿Quieren chamba? Tienen que pagarla, chirrión. ¿Pues qué? ¿A poco en la ciudad de México se consigue trabajo así como así, sin aflojar sus buenos pesotes? ¿A poco en sus jacales crece el orégano como el maguey? Piensen en los que dejan, en los que no supieron aprovechar esta oportunidad, de las únicas, créanme, de las que se dan una vez en la vida. ¿Qué son ciento veinte machacantes, cuando van a ganarlos en dos horas, mis pollos? Ándenle, abran la bolsa; nadie pesca truchas a pie enjuto. Yo les garantizo que luego luego que crucen la raya no habrá más gastos ni más complicaciones. Vamos, mi secretario, pase la cuenta, no se duerma, no se duerma, caray.

Dicho y hecho: el supuesto secretario empezó a circular entre los campesinos, que sacaron a regañadientes las mugrientas billeteras y los anudados pañuelos. Para cuando acabó la cobranza, era de noche, y el

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dos hasta la orilla del río, y allí se juntarían engrudos de ocho o diez para pasar más rápido. Los hombres, casi olvidado su rencor ante la inminente recompensa, se alegraron un poco; uno de ellos llegó a desenfundar una guitarra y a entonar con voz algo menos que mediana el corrido de Monclova.

Hacia las nueve y media llegaron al río. Por aquí no venía muy ancho, y con la sequía estaba francamente anémico. Pero cruzarlo a nado iba a ser imposible, a pesar de la luna llena que lo iluminaba. Traía una corriente bastante rápida, y entre los pedruscos y los remolinos se exponía uno a cualquier percance. El pollero, gracias a Dios, había resuelto el problema, y así se lo explicó a sus protegidos, no sin ponderar su propio ingenio y la suerte que habían tenido todos al confiarse a él.

—Nomás vengan por aquí. Pasada esa curvita hallarán el cruce. Cuestión de experiencia y de buena voluntad: sólo eso se necesitaba. ¡Si les digo que tengo muchos años yo en este negocio! A mí ya no me engañan ni la naturaleza ni la ley. Una persona responsable y hábil como su servidor no la encuentras ni en Tijuana, palabra de hombre. Aquellos licenciados tan catrines, con su corbata y sus anteojos gringos, les sacan el dinero y los dejan sembrados en la frontera, se lo aseguro. ¡Nadie como el trabajador experto y decente!

Y en verdad era ingenioso el mecanismo que había instalado. En esta orilla, un poste de oyamel con un escalafón de gruesas escarpias, y enrollado a lo alto del poste un cable de nylon. El cable pasaba el río a veinte grados de ángulo, y se anudaba a la rama de un árbol de la margen opuesta. Pero lo mejor era lo que el pollero llamaba el arnés: una silla flexible, con brazos y sin patas, provista de un fuerte cinturón y ligada al cable por una argolla y una cadena. La gente subía al poste ayudándose con las escarpias; se sentaba en la silla, se ponía el cinturón como en los aviones, se impulsaba apoyando los pies en la madera, y asunto concluido: la argolla se deslizaba por el plano inclinado del cable y depositaba la silla y su carga bajo el árbol. No había más incomodidad que la de doblar las

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piernas al cruzar el río, pues en el último tramo se arriesgaba uno a mojarse las sandalias o a partirse un tobillo contra una roca. Fuera de esto, un placer: el ángulo del cable era lo bastante agudo para acelerar la marcha y lo bastante benigno para no aplastar al viajero en el tronco. Una larga cuerda de rancho, enlazada al asiento por otra anilla, servía para recobrar la silleta y en ocasiones para frenar el impulso excesivo.

Por primera vez desde que salieron de sus jacales, los hombres se permitieron el lujo de la hilaridad. El aparato era demasiado útil, y a la vez demasiado inverosímil, para poderse tomar en serio. Que éste fuera el remate de tantas jornadas, de tantas fatigas, parecía una broma o un juego de niños, y liberaba momentáneamente de la perenne y abrumadora obligación. Todos querían pasar primero, y empezaron a empujarse y a codearse como escolanos en sermón de Pascua. El pollero, siempre opor-tuno, decidió que el primero subiría en orden alfabético, y los demás se ganarían el turno tirando de la cuerda. Cuando cruzara el postre, mi secretario se encargaría del recobro, y así todos mis amigos y nadie relegado.

La gente consintió, y se preparó a pasar. Pero no iban a ser tan sencillas las cosas; todavía faltaba un discurso:

—Atiendan, mis pollitos, que voy a darles las últimas instrucciones. Sigan caminando hacia el nordeste, derecho; no se pueden perder. Ya ven que el Señor Todopoderoso nos favoreció con buena luna; los que traigan linterna apáguenla, porque les conviene. Luego que pasen este llano to-parán con una carretera. Esa es la suya, pollos, la número doscientos setenta y siete. Ahí mero se separan: unos jalan para un lado y otros para otro, y en menos de media hora llegarán a poblado. No se metan hasta que amanezca; échense a dormir donde les pille. Con la primera luz se dispersan en busca de las heredades; este condado tiene más de cien. Ahorita es la cosecha de la espinaca, se necesitan buenos peones, les pagarán por lo mínimo diez castañas al día. No le den su nombre a

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ninguno; sólo al patrón si se lo pide. Y ándenle, mis pollitos, vayan subiendo al poste, que se nos hace tarde.

Subió por rigurosa procedencia cádmica un muchacho Abascal, de Tepetongo. Después se comidieron seis o siete a tirar de la soga. Era una lata meterse en la sillita y abrocharse el cinturón a diez metros del suelo, con los pies aferrados al oyamel; con todo, más valía eso que cruzar a brazo, o colgados del cable como ristras de chile. Sólo hubo un accidente: el de un cuate que anduvo poco listo, se sentó mal y se vino al agua de panza. Lo sacaron empapado y furioso, pero relativamente sano. Para las dos de la mañana habían pasado el río más de cien cuerpos, y bueno fue, porque el cable se empezaba a pandear y ya no habría servido. El último pasante lo desató del árbol, y el pollero lo arrió para casa. Quedaba concluido, por ahora, el contrabando de hombres.

Como un manto de urracas se esparcieron por la oscuridad de la llanura. El sordo ronquido de un helicóptero los espantó un momento, y buscaron refugio instintivo junto a las peñas, los agaves, los chaparros. Salieron uno a uno, dos a dos, mirando al cielo, recelando las sombras. La luna les marcaba un sendero filoso y plateado como la hoja de un machete, y en poco tiempo dieron con el embanque de la carretera. Unos se echaron hacia el norte y otros hacia el sur, procurando evitar las luces remotas de un pueblo de mediano tamaño; lo que querían era la certeza de lo ilegal, la estancia recogida y apartada.

Iba uno cojeando de mala manera; el que venía detrás lo alcanzó, compasivo:

—¿Qué le pasa, compadre? ¿Se lastimó en la oroya?

—No compadre, pura fatiga. Ya ni siento la planta de los pies. —Párese a descansar.

—Prefiero aguantarme hasta mañana y dormir a cubierto.

—A ver si hallamos dónde. Se me hace que ese pollero nos engañó. —Capaz de que me vuelvo y le causo un perjuicio, compadre. Le aseguro que nadie me engaña.

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—Así ha de ser. ¿Para dónde cae su tierra? —Para el fin del mundo. Regocijo, Durango. —¡No la amuele! Yo soy de La Flor.

—¡Ah qué caray! ¿Cómo te llamas? —Domitilo García, para servirte. ¿Y tú?

—Hipólito Castillo, pero me dicen Polo. ¿Tienes chamacos? —Todavía ninguno. Mi señora recién entró en cuenta.

—Yo tengo tres. Ya va para seis años el mayorcito. Por eso ando acá. Ni quien los mantenga en aquel infierno.

—¡Cabal! ¿Te molesta que echemos nuestra suerte juntos? —¿Cómo va a molestarme, paisano?

—Ahorita nos sentamos a que reposes.

Los absorbió la dudosa tiniebla del yermo, entre el foco profundo de la luna y las estrellas breves de los cigarrillos. Disipada en gran parte la desconfianza del viaje anterior, ablandada por el cruce del río y el paso de las horas la hosquedad natural, se hacían amistades, se formaban cua-drillas, se confirmaba la eterna ley de asociación humana que formuló Aristóteles y que estos desdichados sin letra y sin destino cumplían inconscientes. ¿Dónde íbamos, señor? Todo lo habíamos dejado atrás, señor, y aunque era todo no era bastante para dar de comer a la prole, ni para remediar a los enfermos, ni para distraer la terrible visión de un porvenir tan oscuro y siniestro como el pasado, como el presente de esta dura noche que se alarga y se enfría. Teníamos que apoyarnos unos en otros, señor, no nos había roído el comején de la rivalidad, por más que lo lleváramos escondido en la sangre. Al fin y al cabo como éramos hermanos, hijos de la misma parturienta que no se cansa de escupir chiquillos para que el hambre los devore. Esa es nuestra cosecha, señor, cosecha de carne raquítica y copiosa, para compensar en la horrenda justicia de los ángeles que entre el polvo y las piedras de nuestros alfoces no crezcan ni cardo ni borriqueros.

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Despertaron al amanecer, envarados de rocío y desfallecidos de inanición. Afortunadamente Hipólito llevaba una lata de frijoles y Domitilo un trozo de cecina.

—Con esto aguantamos hasta la noche, paisano. Después quién sabe.

—Para entonces ya tendremos acomodo, paisano. No hay que desesperar de la bondad de Dios.

Con dos o tres ramazos, un chispón de papel y el ingenio de la necesidad armaron unas trébedes. El mismo bote de las habichuelas les sirvió de marmita, y la cecina la hizo tasajo Domitilo con un cuchillo cachicuerno. Desayunaron como sultanes, rebañando la lata a mano entera, y fueron a lavarse en un canal de regadío.

—No andaría tan errado el pollero, paisano. Si hay acequias tendrá que haber labores.

—Pues sí, paisano, pero no garantiza que haya chamba. —Con probar nada se pierde.

—Desde luego que no. —A eso mero vinimos. —A eso mero.

Volvieron a la carretera. Hipólito no cojeaba tanto, y Domitilo le felicitó. Se hablaban con esa rara mezcla de ceremonia y cinismo que revela cien mil cortezas de cultura, todas comidas de vejez y de tedio.

—En el fondo, paisano, ¿qué le hace?

—Pues sí, paisano. Ni modo de enmendarle la plana al Creador. —El hombre llegó a este mundo sin huaraches y descalzo me lo despachan para el otro.

—Cuando el Señor disponga de nuestros cueros vivos no nos faltará tierra donde estacarlos.

—Así es la verdad.

Iban dejando atrás nombres propios y sitios ajenos, Quemado, San Julián, Las Margaritas, entre altas torres de grueso alambre por donde

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corrían los caballos de fuerza. Ya habían perdido de vista a los ochenta y tantos infelices que con ellos habían utilizado la sillita del andarivel. Parece mentira, lo grande que es la bola del terráqueo, lo pronto que se engulle los paquetes de gente. Y luego dicen que somos muchos, que la Chingada Madre Universal no da tregua a parir desgraciados que empiezan a tragar a la media hora. Si es ella, carajo, la que nos muerde y masca y tritura a nosotros, si somos su alimento, su cebo, su carnada, su mes de mieses, su Mesidor, por Dios.

—¡Mira, Polo! ¡Una ranchería! —Dios te la haga buena, paisano.

—¡De adeveras, hombre! Ahorita nomás avisté los tejados y el arca de agua.

—Pues luego luego. ¿Qué tan lejos queda?

—Tú ya como que necesitas anteojos, caray. ¿Qué no la ves al pie de aquella loma?

—Sí, parece que la quiero divisar. No está muy grande. —Suficiente para cuatro brazos.

—Para allá vamos pues.

Poco tardaron en pisar labrantío, en olfatear cosecha, en leer el cartel, por suerte breve, que indicaba la entrada del rancho: FOLEY FARMS — TOM FOLEY, PROP. Con el alivio del viaje acabado y el sobreco-gimiento de lo desconocido se llegaron a las primeras casas. Un tipo chaparro y pomadoso, de camisa anundada a la cintura, les salió a recibir:

—¿Buscan trabajo?

—Primero Dios y la venia de usted, sí señor, lo buscamos. —¿Saben pizcar espinaca?

—Cómo no, señor, y más que se ofreciera.

—Pásenle por aquí y ahorita los apunto. Se echan un trago de agua, que vienen medio secos del camino, y me esperan ahí nomás en el patio. El almuerzo es a la una, en aquel jacalón de la techumbre azul.

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Bebieron agua y esperaron hasta que llegó el chaparrete, al que había que llamar, según les dijo, señor Honorio. Les tomó el nombre, que le comunicaron con la vista baja y rodando el sombrero entre los dedos, por si acaso los comprometía, y les entregó una chapa de plástico que había que pegarse en el bolsillo de la blusa.

—Con esto ya pueden salir a los bancales. Preséntense a un muchacho de apellido Gamero, y él les dará canastas y les enseñará lo que tienen que hacer. Se almuerza de una a dos, y luego se trabaja hasta las siete. Ganarán setenta y cinco dólares a la semana. Pórtense bien y les irá mejor.

Así como la noche del cruce se les alargaba en fases de la luna, en lentísimas y crepusculares calendas corintias, las semanas de la reco-lección se les multiplicaron en cuadrantes súbitos, como si los relojes de batería eléctrica le cortaran de un tijeretazo las esquinas al tiempo. Iban y venían, iban y venían, con los ojos pegados al terrón del bancal, y llenaban canastas, y se llenaban de confléis y otros pastos insípidos, y farrún, les caía la noche como una guillotina y roncaban hasta la revuelta. Conocieron la rara sensación de ver dinero junto, de contar billetes, pero en esto también los atajaba el año, y apenas se embolsaban la semana se les venía encima la calle principal de Spofford, con sus tiendas, sus ma-quinitas de tilín-tilín. Domitilo se compró un par de zapatos, los primeros buenos que había llevado en su vida: quince días de cosecha los hicieron garras. Hipólito cambió el sombrero de petate por una cachucha azul, de marinero; al verse en el espejo se la quitó y la puso encima del guardarropa. Vivían los dos en un cuartito mínimo de la barraca principal, aunque no se daban mucha cuenta: la mañana los empujaba al campo y la noche al jergón, pero al menos dormían bajo techo y se empleaban en algo. No era una vida demasiado pesada; lo peor venía a ser aquel paso raudo de las tardes y los anochecidos, que te sobrecogía el resuello.

Tal vez por eso pasó lo que pasó. Remataban el sábado en Poncho’s, gastándose los búcaros en tequila del grande, del que no se soñaba ni en

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los mejores hoteles de México, y se les fue la velada sin sentirlo. Cuando atinaron a reparar Poncho andaba cerrando: ya querían dar las dos, o las tres, o quién sabe qué horas siniestras. Salieron rojos, turbios, de mal humor; de pronto a Domitilo le entró la del reproche:

—¡Nosotros ya ni la fregamos, caray! ¡Acá pura parranda, pura borrachera, y allá nomás nuestras familias reventando de hambre! ¡No es justicia, caray! ¡No es justicia! ¡Mi señora habrá salido de cuenta, y yo aquí volándome los centavos en puritito pedo! ¡A la mejor soy padre cuatro veces, y estoy dejando a mis chamacos en la mera privada!

Hipólito le espiaba torvamente desde el eje oblicuo de sus ojos pequeños y vidriosos:

—Ya párale, paisano. Si te recome el verme, te lo rascas a la callandita, y a mí no me pregonas mis obligaciones. Estoy medio grande para que me lean la dotrina en público. A Hipólito Castillo ni le predica el cura ni le asusta la flaca, a quien lo dude, carajo, ahoritita mesmo se lo hemos de probar.

Percibió el reto Domitilo, palideciendo de cólera:

—A mí tampoco me alzan la voz, compadre. Digo lo que quiero donde quiero, y lo sostengo contra quien sea.

—Pues órale, cabrón, ármese si es hombre.

Domitilo sacó a relucir el cachicuerno de la cecina, y Polo se valió de un facón tapatío de punta rebajada. Con el sombrero en la mano izquierda a guisa de broquel se acechaban despacio y en redondo, como leopardos, como mangostas. Algo de ligereza habían perdido, por la carga del alcohol, pero eran jóvenes y duros: todo podía ocurrir. Cerraban la espiral, fija la vista de cada uno en el puño y el tórax del otro, y se veía venir el primer golpe, cuando frenó en la esquina un coche patrulla y acaecieron dos policías inmensos, de ésos que llaman renches, con su sombrero ancho y su barriga sobre el cinturón. En menos de un segundo y sin saber cómo, Polo y Domitilo se hallaron desarmados, arrinconados contra la pared,

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interrogados a través de la rejilla que separaba el asiento trasero del delantero. Ni ellos hablaban gringo ni los renches hablaban español, de modo que el interrogatorio fue de risa. Sí quedó claro que trabajaban en la granja de Tom Foley; también que habían pintado el pueblo de rojo bermellón y que andaban aún medio trapiches. Satisfechos al parecer, los policías arrancaron el automóvil. En el asiento trasero cuchicheaban Polo y Domitilo:

—Ora sí, paisano, ésta es la despedida. Si no nos echan para el calabozo nos mandan para la frontera.

—Mejor lo hará Dios, paisano. Estuvimos algo imprudentes, pero la Virgencita como que vela por nosotros.

—Perdóname si te ofendí.

—No hay nada que perdonar. Entre hombres a veces pasan estas cosas.

—¿Tú crees que nos volverán las charrascas? —Ni quien lo adivine.

El coche dejó atrás las calles de Spofford y salió a campo abierto, con lo cual se alarmaron los paisanos, sospechando que los trincaban para el último viaje. No sucedió así: quince minutos de carretera toda máquina, con sirenas y luces azules, y habían llegado al conocido pago de Foley Farms. Eran las dos y pico, y hubo que despertar al señor Honorio para que los recibiera y les abriera el barracón. El chaparro traía un pijama de colorines y el engomado cabello prendido de una red:

—Muchas gracias, señores oficiales. ¿Por qué se molestaron, señores oficiales?

Con los peones fue menos cordial:

—Ahora se me suben a dormir la pítima, y en la mañana platicamos. Ni que decir tiene que al día siguiente no se pudieron levantar a tiempo. Bajaron atontados y contritos, con la cabeza hueca y la lengua como el papel de lija, y fueron a disculparse ante el ciudadano del pijama:

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—Mismamente se nos pasó la fecha, señor Honorio. Pero no traemos ganas de desayunar. Ya mero salimos como de rayo para los bancales. Luego luego desquitamos lo que perdimos a primera luz.

El chaparro sacó de una gaveta dos fajos de dólares:

—Ni se preocupen. Es domingo, y al lunes no llegan. Aquí está su liquidación. Agarran sus tiliches y se me largan. El patrón anda a buenas con la policía y no quiere mitotes.

Se miraron, incrédulos, Polo y Domitilo. A dos hombres seguros, a dos trabajadores decentes, los estaban poniendo en la puerta de la calle. Por mucho menos que eso se habían dado cuchilladas de ocho puntos. Pero venían cansados, y era otro país, otras costumbres. Además el dinero, encima del escritorio, les guiñaba el ojillo como una rabiza de feria. Lo apandaron y se despidieron.

—Ahí que le vaya bien, señor. Tantas gracias.

No se dignó de responder el ilustre chaparro. Los dos hombres subieron a la habitación, recogieron sus cosas, y de nuevo salieron a batir el asfalto de la doscientas setenta y siete.

—Nos trajo medio recio el capataz, caray. Si por una boruca inocente lo corren a uno, ¿qué no le harán por una pelea de adeveras?

—Refundirlo en la cárcel, paisano. Mi concuñado tiene un cuate de allá de Regocijo, que se vino para acá, y cruzó unas palabras con un prieto, y entodavía se pudre en la colodra.

—¡Hijos de la tiznada! En esta tierra como que destrozan a los hombres ¿no?

—Pues sí, es lo que parece.

Tocando a mediodía llegaron a un poblado que disfrutaba de restau-rante. Al lado había una tiendecita de tabaco y periódicos que abría los domingos y enviaba fondos a México. Consumieron una hamburguesa, tomaron un café, y mandaron dinero a sus respectivas familias.

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—Yo también. Qué carajo, me quedo pelón, pero Dios hizo al macho para que aguantara. Allá la pobre vieja y los chamacos son los que aguantan más.

En el restaurante les dieron las señas de dos ranchos de las inme-diaciones. Ni en uno ni en otro se precisaba gente: la espinaca estaba recogida.

—¿Y ahora qué, paisano?

—Seguir rascando suela, paisano. Ni modo que nos acostemos a que nos coman los puerquitos.

—Ya quiere anochecer. —Mayor razón para jalarle.

Pero se acordó de ellos el Señor. Una camioneta de buen porte, que cargaba en la caja a diez o doce tipos de sombrero y huarache, se les paró al lado entre un ciclón de polvo. El chofer asomó la cabeza por la ven-tanilla:

—¿Buscan trabajo? —¡Primero Dios!

—¡Súbanse! Andamos reclutando para una construcción de carreteras. ¡Nomás súbanse!

No se lo dijo a sordos. La construcción era famosa por lo segura y bien pagada. Polo y Domitilo treparon de un salto a la camioneta y se acomodaron entre los del sombrero, que los miraban con cara de pocos amigos.

—¿Qué nos ven, compadres? ¿A poco traemos paja en los bigotes? Humillaron los otros la testuz, rehusando el encuentro. Los conciliaba Hipólito:

—Somos todos unos, y vamos a lo mismo. Somos hombres, y mexicanos, y necesitados de trabajar. Aquí nadie quiere ningunear a nadie.

Se alivió el ambiente, pero no al grado de la charla. Huraños y abstraídos siguieron dando tumbos en la caja del camión hasta un pueblo

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muy cabal, muy apañado, y una callecita de fresnos, y un edificio como escuela o como clínica, de ladrillo recocho. El chofer se apeó y descolgó la trampilla trasera:

—Ahí adentro se están hasta que llegue el contratista. Ya no tarda. Él les dirá lo que viene después.

Entraron despacio, mirando recelosos las altas paredes, y el techo ventilado de tragaluces, y los tableros de baloncesto, y los renches de porra y revólver que guardaban la puerta, y el piso de madera brillante, y los hombres sentados en el piso como cuervos en maizal: hombres oscuros y pomulosos, de grandes mostachos y esquenas desmedradas, de labio grueso y mano encallecida. Hombres iguales que ellos, iguales esta tarde y anoche y anteayer y aquella vigilia, ya no tan reciente, en que subieron al poste y calzaron la oroya y se dejaron ir por la tarabita de fibra sintética. Hombres, y mexicanos, y necesitados de trabajar; todos uno, y todos a lo mismo.

Domitilo y Polo se sentaron al lado de un fulano de Rosamorada, Nayarit, y entablaron conversación con él. No las tenía todas consigo el de Rosamorada:

—Se me hace que esto de la carretera es puro argüende. Pa mí que nos llevan de esquiroles a los naranjales de San Benito. Aquellos changos andan en huelga más de quince días, y toditita la naranja se les va a revenir. A eso vamos, ya lo verán, a pizcarla nosotros. Si no, ¿pa qué pusieron centinela de renches con matona?

Luego les contó sus aventuras. Llevaba casi un año en el estado de Tejas. Había vivido en Midland, en Amarillo, en la cuenca del Brazos; había sido vaquero, matarife y esquilador; había cortado caña y sembrado calabacines. Este pueblo de acá lo conocía muy bien: se llamaba Del Río y estaba grandón, casi tan grande como Rosamorada.

—Y ustedes, carnales ¿de adónde la empujan?

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—¿Y no se conocían de endenantes? Regocijo y La Flor han de estar pegaditos.

—Ni tan pegaditos, carnal, y con toda la sierra de por medio. —¡Qué linda es nuestra patria, carajo!

Domitilo, cansado de conversar, se levantó a dar una vuelta por el salón, gimnasio o lo que fuese. Gimnasio parecía, pues además de los tableros de baloncesto tenía barras y argollas y pesas y un caballete de ésos del volatín. El ya había visto un local como éste, pero más chico, en el cuartel de Gómez Palacio, cuando le tocó el servicio militar.

Los hombres estaban casi todos adosados a la pared, fumando cigarrillos y enhebrando un sueño. Domitilo creyó reconocer a tres o cua-tro de los que pasaron con él; por prudencia o por desconfianza no quiso acercarse. A la gente no hay que buscarla demasiado. Serían en total unos ochenta; muy grande se anunciaba el proyecto de construcción, cuando requería tantos trabajadores concentrados en un solo punto. Pero no convenía pensar en estas cosas, escaldarse el cerebro por lo que pueda o no pueda ocurrir: ahí andamos en las manos de Dios y él sabrá lo que se hace con nuestra suerte.

Encontró el excusado y entró a cambiarle el agua a las aceitunas, necesidad que iba adquiriendo caracteres de urgencia. A la salida topó con un cuadro simpático: tres mulatones que traían carritos de metal, y de los carritos se alzaba el humo, y del humo brotaba el aroma. ¡Como que nos ponían de comer, carabao, y ya apretaba el hambre!

Volvió al lado de Hipólito y del muchacho de Rosamorada a devorar el sambis de queso y de jamón y los pepinillos y la hoja de lechuga y la manzana y el café con leche. A pesar de tanta esplendidez, el de Rosamorada seguía escéptico:

—Esta comilona significa que pasamos la noche aquí, carnales. ¿Qué es de su contratista de carreteras? Ya son las nueve y ni se le echa el ojo.

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—¿Pues qué quiere que le hagamos, carnal? Lo que nos dijeron le dijimos. Si hay que dormir aquí, aquí se dormirá, y paciencia. En peores lugares hemos clavado la almohada.

Media hora más tarde se apagaron las luces. Sólo quedaban encen-didos unos foquitos rojos, en lo alto de las puertas, y una lamparilla sobre la mesa donde fumaban y escribían los renches. Los renches, a propósito, se preparaban para el turno de noche, con gran jaleo de botas, correajes, linternas y pellizas. Tal parecía que custodiaban a una cadena de con-denados a muerte y no a unos humildes trabajadores del campo. Más de una vez se pasearon por el salón, acuciosos, cerciorándose de que todo el mundo estuviera dormido o al menos echado, procurando que aquella improvisada sociedad funcionara en buen orden y concierto. El alba los pilló satisfechos y orondos de haber cumplido con su deber, de haber resuelto un nuevo y difícil problema; entretanto la gente se alegraba de lo que veía, porque habían vuelto los mulatones con los carritos y tocaban a desayunar.

No podía negarse que este tipo de vida tenía sus ventajas. Sí, el piso era duro y había que dormir con la cabeza contra la pared, pero aquí te traían, sin pedirte un quinto, café caliente y leche fresca y hojuelas de maíz y jugo de naranja y pan y mantequilla en cuadritos perfectos. Si así nos trataban antes de empezar a trabajar, ¿qué nos darían al cabo de una jornada común, después de haber majado piedra y molido grava y untado asfalto? Era cierto pues lo que se decía por ahí, que las cuadrillas de carreteras sacaban más dinero y beneficios que los vulgares peones. Ya bajo la influencia de este implícito ascenso, los hombres recogieron los vasos de papel y las grasientas servilletas y las colillas pisoteadas y las migas, y lo tiraron todo al gran barril de peltre del rincón. Sabíamos agradecer, carambas, no éramos unos bárbaros. No por andar traposos, con huaraches y sin afeitar, íbamos a hacer menos nuestro origen y nuestra cultura.

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Iba saliendo la mañana y entrando el aburrimiento, cuando se removieron los renches de la puerta y sonaron tacones y apareció entre cuatro empistolados un tipo elegantón, de zapatos lucientes y trajecito verde manzana. Se notaba que traía bochorno, porque sacó el pañuelo y se enjugó la frente antes de subir a una especie de tarima que había al pie del perchero. Como por ensalmo se extrajo de la manga un micrófono de cable largísimo, y empezó a pregonar:

—¡Su atención, señores! ¡Su atención, por favor! El de Rosamorada gruñía:

—¡Pa su mecha, otro discurso! Desde que vine a este país nomás puros discursos. Me discurseó el pollero, me discurseó el primer patrón que me dio chamba, y hasta me discursearon los de César Chávez para que me uniera al sindicato…

Pero la gente se creía en presencia del contratista, y abucheó los rumores y reniegos. Poco le duró la ilusión:

—Permítanme, señores. Me llamo Francisco Montiel, y me envía el Comisario de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos.

Cambió de color el silencio. De esperanza y solicitud a sorpresa y congoja. Nadie pestañeó. La magnitud del título había caído como un cañonazo.

—Ante todo quiero decirles que a ustedes no se les considera criminales. Ustedes son trabajadores y hombres honrados. Eso no quita para que hayan entrado en los Estados Unidos de manera ilegal, sin pasaporte, sin visa, sin examen de aduanas, sin registro. A ustedes los han engañado los polleros y los han explotado los dueños de las granjas. Sin saberlo, y sin intención, se han hecho cómplices de un delito penado por las leyes. Ahora mismo podrían ser objeto de una demanda judicial y verse obligados a comparecer. Pero el comisario quiere ahorrarles tiempo y molestias, y prefiere hacer uso de sus facultades ejecutivas.

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—Todos los años entran en el país miles de ilegales como ustedes. Vienen a quitarles el trabajo a los que ya residen aquí, a los que han nacido en la tierra, y que también son pobres, y mexicanos, y padres de familia. Vienen a rebajar los salarios, a chotear los servicios, a alterar el equilibrio de la sociedad. Comprendan que el problema es muy grave, y que sólo se puede resolver de una forma: como dicta la ley, regresándolos a México. Nosotros nunca les hemos cerrado la puerta a los que necesitan trabajar y ganarse la vida, pero la ley es la ley, y debe cumplirse.

Se deshizo Montiel del micrófono y la gente trató de acercarse, de rodearle, de hablar con él. Ni por pienso: los renches ya esgrimían la porra y cortaban los ángulos y empujaban hacia la salida, con gestos y voces de vaquero:

—¡Camón, camón! ¡Guet múvin, guet múvin!

Fuera esperaban tres autobuses pintados de amarillo. ¿Qué remedio, compadres? Subirse y procurar agenciarse un asiento junto a la ventana. Cuando ya estaban todos sentados, volvió a aparecer Montiel con su escolta y apuntó los nombres y apellidos en un cuaderno. Cuánta gente, compadres. Aquello no acababa de acabar, y aquel pobre carajo del traje verde sudaba como un Cristo.

Esta vez no cruzaron el río colgados de una maroma, sino como Dios manda, por el puente. ¡Adiós al paraíso! Sobre las dos de la tarde los autobuses hicieron alto en la plaza de armas de Ciudad Acuña, Coahuila. Los hombres se apearon en silencio, arrastrando costales y maletas. Instintivamente, presos aún en la convivencia de las últimas horas, permanecieron apiñados en grupos mientras los autobuses arrancaban y daban la vuelta y se iban por donde habían venido. Nadie sabía qué hacer ni se atrevía a hablar. Surgió de pronto de un quicio oscuro un borracho andrajoso. Al ver la muchedumbre, se detuvo, se desmontó el sombrero, lo arrojó contra la cera y berreó:

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Como si esta furia los hubiese galvanizado, los hombres respondieron a coro, alegremente:

—¡Vivaaaa!

—¡Viva la Revolución Mexicana! —¡Vivaaaa!

El borracho se había vuelto a cubrir y trompiconeaba rumbo al parque, olvidado ya del episodio. Pero la chispa había prendido, y la gente empezaba a moverse, a desgranarse, a resolverse. Poco a poco, despacio, entrañando de nuevo en este ambiente que era el suyo y no era el suyo, se dirigieron a la estación del tren, al depósito de los autobuses, al garaje de carga donde uno se enchufaba de machetero a cambio de transporte a Monterrey, a Torreón, o a Puebla. Poco a poco encontraron el camino de regreso a otras capitales del mundo, a otros solares patrios de acrisolada alcurnia, a Cocorit y a San Juan del Río, a Regocijo y a La Flor, a Acaponeta y a Rosamorada, a las sierras y alcores y collados y páramos donde se plantan, riegan y cosechan los vergeles del hambre.

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