EL EJÉRCITO ESPAÑOL A LO LARGO DEL SIGLO XIX Y PRIMER TERCIO DEL XX: del constitucionalismo a la dictadura

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Trabajo Fin de Grado

EL EJÉRCITO ESPAÑOL A LO LARGO DEL

SIGLO XIX Y PRIMER TERCIO DEL XX: del

constitucionalismo a la dictadura

Autor

Alberto Pérez Cañibano

Director

Carmelo Romero Salvador

Filosofía y Letras 2015

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RESUMEN

El papel preponderante del ejército español durante los siglos XIX y XX, tiene su origen en el período de Guerra y Revolución de 1808-1814. “Su” triunfo final contra las tropas francesas y las transformaciones profundas en él acontecidas –con el desarrollo de las guerrillas y la creciente “macrocefalia- lo convierten en protagonista decisivo en la lucha continuada entre el Antiguo Régimen y el liberalismo. Protagonismo decantado mayoritariamente del lado liberal y, de forma más especial, durante la Guerra carlista. Si toda guerra hace generales, acostumbra a suceder también que los generales “se cobran las victorias”. De ahí que el protagonismo militar, tras la victoria del liberalismo, se acreciente muy notablemente hasta convertirse en imprescindibles para los “partidos políticos” y, por ende, para la formación y dirección de los gobiernos.

Este protagonismo militar al frente de partidos y gobiernos durante la época isabelina, con continuidad en el Sexenio, tendrá una cesura durante la Restauración si bien no decaerá ni su fuerza ni, como señala C. Boyd, su “pretorianismo”.

Por otra parte, ese protagonismo al frente del Estado alcanzará su punto culminante en el siglo XX con las dictaduras de los generales Primo de Rivera y Franco. En todo caso, el paso de un ejército “constitucional” a otro “dictatorial” habrá que buscarlo, más que en los propios cambios del ejército en el de las actitudes de las clases propietarias con las que, tanto en el XIX como en el XX, estuvo plenamente vinculado.

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ÍNDICE

Introducción 1

1) La Guerra de La Independencia 5

1.1 La transformación de un mundo: La Revolución francesa 5

1.2 La Guerra de Independencia y el hundimiento del Antiguo Régimen 7

2) El Reinado de Fernando VII: 1814 – 1833 14

2.1 Cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer 14

2.2 El trienio liberal. La Restauración de “La Pepa” 15

2.3 La Década ominosa. A caballo entre el absolutismo y el reformismo 17

3. La I Guerra Carlista: 1833 – 1840 19

3.1 El definitivo enfrentamiento entre Antiguo Régimen y liberalismo 19

3.2 La ruptura del Ejército: Cristinos y Carlistas 21

3.3 La desamortización de Mendizábal 22

3.4 El final de la guerra: “El Abrazo de Vergara” 23

4) Isabel II y el Régimen de los Generales: 1840 – 1868 24

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4.2 “La Gloriosa” 27

5) El Sexenio Democrático: 1868-1874 29

5.1 De la monarquía sin Rey a la I República 29

5.2 Revolución de los dirigentes Vs Revolución popular 30

5.3 El Ejército se redefine 31

5.4 El pronunciamiento de Martínez Campos 32

6) La Restauración: 1874-1923 33

6.1 El Ejército se recluye en los cuarteles. La vuelta al orden 33

6.2 El retorno de los sables 34

6.3 De las Juntas Militares al desastre de Annual: La agitación de los sables 37

6.4 El pronunciamiento de Primo de Rivera y el fin del Régimen constitucional 39

7) La Dictadura de Primo de Rivera 40

7.1 Viejos remedios ante los nuevos desafíos: La Dictadura Militar -1923-1930- 40

7.2 La caída del General 42

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8) De la II República a la Guerra Civil 44

8.1 El Ejército ante la República: de la pasividad a la hostilidad manifiesta 44

8.2 Reforma Vs Reacción 46

8.3 La contrarrevolución europea. La hora de las dictaduras 50

8.4 La Guerra civil, consecuencia directa de la sublevación militar 51

8.5 Franco, de Generalísimo del Ejército rebelde a Caudillo de España 52

Conclusiones 54

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INTRODUCCIÓN

El presente trabajo pretende llevar a cabo un análisis del comportamiento del Ejército en relación al poder civil, ahondando en la profunda vinculación que éste tiene respecto a los sectores de la gran propiedad.

Mi idea parte del interés que me suscitaron una serie de lecturas sobre la financiación de la sublevación de 1936 contra el gobierno de la II República. Más allá de la aportación de las potencias fascistas -Alemania e Italia-, vamos a encontrar una gran cooperación del gran capital español y extranjero en materia de captación de fondos para financiar la sublevación, así como para emprender una ofensiva de guerra.

No obstante, tras consultar con mi tutor, consideramos que, dadas las características de este trabajo, sería más recomendable realizar un desarrollo en un espacio temporal amplio de la relación del poder militar y las elites económicas.

Así pues, acordamos que el trabajo partiría de la formación del ejército “nacional”, fruto de la quiebra del orden antiguo en la Guerra de la Independencia, y definitivamente asentado tras el final de la Guerra Carlista.

Partiendo, por lo tanto, de un breve análisis sobre la profunda agitación que va a provocar la Revolución Francesa, primero, y las alteraciones del período del 8 al 14, después, voy a ir analizando las relaciones, y sus porqués, del Ejército y el resto de agentes socio-económicos y políticos.

Para profundizar en ello es clave, obviamente, analizar cómo se desarrolla y consolida el liberalismo en España, ahondando en la alianza entre la antigua aristocracia y la nueva burguesía a la hora de definir los rasgos del nuevo sistema.1

La alianza nobleza-burguesía va a encontrar en el Ejército un fiel aliado, erigiéndose incluso como brazo armado del sistema y con un muy considerable protagonismo. Así pues, manteniendo como base narrativa los acontecimientos históricos, el análisis tiene como epicentro al Ejército en continua relación con los sectores propietarios.

1 Giuseppe Tomasi di Lampedusa decía en El Gatopardo que “algo tendrá que cambiar para que nada

cambie". Idea que se ha convertido en un concepto político, ya que es necesario crear una apariencia de transformación con el objetivo de que el núcleo del sistema permanezca inalterado.

Considero que, en algunos de sus rasgos, especialmente los relativos a la propiedad, define bastante bien lo acontecido en España.

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Realizar un trabajo cuya temática se desarrolla a lo largo de casi un siglo y medio permite una elaboración más sosegada respecto al relato a construir al tiempo que, sobre todo, posibilita una visión del largo plazo, aspecto éste fundamental en una concepción histórica con vocación interpretativa y comparativa. No obstante, la abundancia de hechos relevantes relacionados con la temática dificulta enormemente la síntesis que requiere el presente trabajo. Así pues, confío en no haberme dejado arrastrar por las inmensidades del océano de la contemporaneidad española, y pido disculpas de antemano por si en algún apartado me he separado del hilo conductor principal: la relación del poder militar y el poder civil.

En el aspecto bibliográfico he de valorar positivamente la variedad de información útil que he encontrado sobre la temática militar, así como la valía de los manuales de carácter general que tenemos sobre la España contemporánea.

Aunque he consultado numerosos de autores considero que he de destacar a los que, aun dentro de su variedad metodológica e interpretativa, más me han servido, con sus informaciones, para construir argumento y relato.

En primer lugar, Gabriel Cardona -El poder militar en España hasta la Guerra Civil;

Los Pronunciamientos; El problema militar en España- y Julio Busquets -El militar de carrera en España; Ruido de sables: las conspiraciones militares en la España del siglo XX; Pronunciamientos y golpes de Estado en España-. Ambos, militares pertenecientes a la UMD y profesores universitarios, aportan estudios muy pormenorizados tanto de las características internas del ejército como de las problemáticas en las relaciones con la sociedad.

Por otro lado, también son de destacar las obras de autores extranjeros sobre distintos períodos como C. Christiansen -Los orígenes del poder militar en España-, Stanley Payne -Los militares y la política en la España contemporánea; Ejército y sociedad en la España liberal- y Carolyn P. Boyd -La política pretoriana en el reinado de Alfonso XIII-.

Militarismo y civilismo en la España contemporánea de Carlos Seco Serrano es una obra de gran interés en la que el autor, hijo de militar, ofrece una visión conservadora,

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que en ocasiones no comparto, si bien de notable rigurosidad y con una gran cantidad de información.

Por otro lado, también he utilizado obras de otros autores que pueden calificarse como progresistas, ya que ofrecen una visión más social y desde el punto de vista de las clases populares. Podría destacar dentro de este grupo la aportación de Joaquim Lleixá -Cien años de militarismo en España-, Manuel Ballbé -Orden público y militarismo en la España constitucional- y Javier Fernández López -Militares contra el Estado-.

Por último, destacar en este apartado bibliográfico la aportación de tres profesores de la Universidad de Zaragoza, cuyos análisis sobre periodos concretos me han sido especialmente útiles. Me refiero a Pedro Rújula -Rebeldía campesina y primer carlismo: Los orígenes de la Guerra Civil en Aragón-, Carmelo Romero -Oligarquía y caciquismo durante el reinado de Isabel II; Crónica Contemporánea de Soria- y Julián Casanova -República y Guerra civil; Europa contra Europa; Historia de España en el siglo XX-.

Tal y como ya he comentado, mi trabajo parte de la rebelión popular de 1808 contra la dominación francesa para, a continuación, ir desarrollando un minucioso análisis a lo largo de los siglos XIX y XX, hasta la sublevación militar de 1936.

La elección de esta fecha como final se debe a que, pese a no ser la última sublevación militar, constituye la última vez que un golpe militar permite instaurar un gobierno nutrido y encabezado por militares. Y no sólo eso, sino que la dictadura del General Franco va a perpetuarse durante casi cuatro décadas en el poder, con las consecuencias para la posterioridad que esto supone.

Para terminar, incidir en que mi análisis no pretende tanto desentrañar los aspectos internos del Ejército, como analizar la vinculación existente entre éste y el poder civil. La cuestión central que planteamos es no solo, que por supuesto también, los porqués de un intervencionismo militar –ya desde 1814- para cambiar mediante pronunciamientos el régimen existente y para “encabezarlo” y regirlo en ocasiones –y no pocas- políticamente, sino, sobre todo, porqué en esta muy prolongada línea de militarismo los sectores más hegemónicos de él adoptan durante el siglo XIX una tendencia constitucional y en general considerada progresista –primero frente al Antiguo Régimen, posteriormente contra el carlismo y después contra el “conservadurismo”

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isabelino, mientras que en el siglo XX se decantan contra las constituciones –dictaduras de Primo de Rivera y de Franco- y, por tanto contra el sistema parlamentario y la democracia.

En otras palabras, si constituye un lugar común afirmar una línea de continuidad en el destacado protagonismo e intervencionismo militar a lo largo de toda la historia contemporánea española, no podemos olvidar la profunda disparidad que “separa” la voluntad constitucionalista –en las primeras etapas revolucionaria frente al Antiguo Régimen- del ejército durante el siglo XIX, del rechazo constitucional y parlamentario y, por tanto, dictatorial y reaccionario, durante el siglo XX.

¿Por qué este cambio? ¿Se explica, prioritariamente, por cambios en el seno del ejército o bien por cambios dentro de los propios sectores sociales con los cuales se vincula –ahí sí de forma continuada- los grupos mayoritarios del ejército?

Es ésta, en todo caso, una cuestión que no he encontrado planteada en la inmensa mayoría de las obras que he consultado y que, sin embargo, considero una cuestión central no ya solo para explicarnos “el ejército” sino la propia sociedad y, por ende, aspectos esenciales de nuestra historia contemporánea.

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1. GUERRA Y REVOLUCIÓN EN ESPAÑA: 1808-1814

1.1 La transformación de un mundo: La Revolución francesa2

El proceso revolucionario desarrollado en la Francia de finales del siglo XVIII, y que había tenido el precedente, de alguna forma, en la guerra por la independencia de las 13 colonias norteamericanas3, transformó profundamente no solo a la propia Francia sino a todo el occidente. Al fin y al cabo no se trataba de un mero cambio político, de “una revolución epidérmica” en la terminología “gramsciana”, sino de un cambio que afectaba a todos los ámbitos, y en sus raíces, esto es, de una revolución estructural. El sistema tardofeudal daba paso al liberal burgués.

Obviamente un cambio estructural, una revolución de tal envergadura –del absolutismo a la división de poderes; de la sociedad estamental a la de clases, de la propiedad feudal a la plena y capitalista, de la hegemonía nobiliaria y de la iglesia a la burguesa del tercer estado- no se hizo sin lucha ni violencia. Entre otras cosas porque toda revolución conlleva siempre una contrarrevolución, dadas las resistencias a la abolición de un sistema que se ha mantenido sin apenas fisuras durante siglos y en el que existe una elite privilegiada que concentra en sus manos el poder político y el poder económico.

El hecho, por otra parte, de que toda Europa occidental tuviera unas estructuras similares, de fondo al menos, a las existentes en la Francia anterior a 1789 va a determinar que los impulsos revolucionarios no quedaran detenidos en dicha nación. La Revolución Francesa llevaba en sí misma semillas exportadoras más allá de sus propias fronteras. ¿Lo que era posible en Francia no podía serlo en cualquier país? Y esa interrogante, esa probabilidad, generaba miedos y esperanzas. Miedos en los sectores privilegiados y dominantes en el Antiguo Régimen y esperanzas en aquellos otros sectores que venían pugnando por reformas de fondo y, especialmente, por quienes –con

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Entre la muy extensa bibliografía sobre la Revolución Francesa, nos hemos basado, esencialmente, para este resumen contextualizador en Albert SOBOUL: La Revolución Francesa, Barcelona, Oikos-Tau, 1985; Georges LEFEVBRE: La revolución francesa y el Imperio (1787-1815), Méjico, Fondo de Cultura Económica, 1980 y Silvia TUSELL: La Revolución francesa, Madrid, Santillana, 1997.

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El concepto como pionera de las revoluciones liberales y de una revolución con muchas bases uniformes en todo el occidente, “una revolución atlántica”, en Jacques GODECHOT: Las revoluciones (1770-1799), Barcelona, Labor, 1974.

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las diferentes burguesías nacionales en primer plano- aspiraron a seguir el ejemplo francés y llevar a cabo en su país la Revolución.

Los miedos en las potencias europeas a la extensión y contagio de la revolución, por una parte, y los temores, por otra, en los propios revolucionarios franceses a que la revolución no fuera posible solo en su propio país, convertido en un islote, junto con los deseos expansionistas y la fe revolucionaria, iban a determinar el inicio de la guerra entre la Francia Revolucionaria y prácticamente toda Europa en 1792 y que tendrá continuidad, con ciertos paréntesis, mediante las diferentes y sucesivas coaliciones hasta 1815.

Tremendo esfuerzo bélico, el cual solo será posible mantenerlo con una militarización de la sociedad.4 Esto es, y en lo que nos interesa, la Revolución Francesa iniciará lo que se conoce como “Nación en armas”, es decir, la obligación de que todo ciudadano deba servir a la defensa de la Nación. Además de ser una necesidad, iba en consonancia con las teorías roussonianas, el cual consideraba que la defensa de la Patria debía recaer en todos los ciudadanos.

La gran amenaza externa que se cernía sobre la Francia revolucionaria provocará la necesidad de ampliar el número de efectivos del Ejército, abriendo las puertas de la institución a las clases populares. La reorganización del Ejército -la oficialidad hasta ese momento recaía en manos de nobles, mayoritariamente fieles al absolutismo, que desertaron o fueron sustituidos- y el hecho de mantener una guerra continuada durante casi veinticinco años provocará una modificación del cuerpo de oficiales que llevará a que sujetos pertenecientes al “Tercer Estado” tuvieran la ocasión de ascender en el escalafón militar a causa del desarrollo de los enfrentamientos militares.

El Ejército, verdadero garante de la defensa de la revolución, asumirá un protagonismo cada vez mayor en los asuntos relacionados con el poder político. El ascenso de Napoleón Bonaparte a la cabeza del Estado, tras el golpe de noviembre de 1799,

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Georges LEFEVBRE: La revolución francesa y el Imperio (1787-1815), Méjico, Fondo de Cultura Económica, 1980.

En julio de 1789, al calor de los sucesos revolucionarios de París se creará la “Guardia Nacional”. Heredera de la “Guardia Burguesa” ya existente en el antiguo régimen, se establecerá como garante de la revolución, así como del orden público ante los saqueos que la crisis agraria venía provocando. Se mantendrá hasta 1881, cuando se abolirá debido a su participación en la “Comuna de París”.

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supondrá la culminación de ese proceso de militarización debido a la decisión de extender la revolución mediante la guerra.5

Entre esos países europeos afectados de lleno por la Revolución Francesa se encuentra, y muy en primer plano, España. No solo, y no tanto, por la proximidad geográfica sino también y sobre todo por la política de alianzas desarrollada a lo largo de todo el siglo XVIII y por los comunes intereses geoestratégicos frente a Inglaterra.

Por ello si en un principio, tras la ejecución de Luis XVI, se llevó a cabo la guerra contra la Francia “regicida” –Guerra contra la Convención, 1793-1795- pronto se dio paso de nuevo –Paz de Basilea y Tratado de San Ildefonso en 1796- a una nueva alianza con Francia que se mantendría, en lo sustantivo, hasta 1808.

Este predominio de los intereses territoriales y geoestratégicos –con paulatinamente mayor peso francés dada la diferente correlación de fuerzas- tendrá su culminación a finales de 1807 tras la firma del tratado de Fontainebleau y el permiso de paso por territorio español para la conquista de Portugal. A partir de ahí y con la instalación de tropas francesas en el territorio hispano los acontecimientos se precipitarán: Motín de Aranjuez -marzo de 1808-, con la caída de Godoy y de los monarcas, Carlos IV y María Luisa; proclamación de Fernando VII como Rey, posterior viaje a Bayona, cesión de la corona y encumbramiento al trono de José I Bonaparte.

1.2 La Guerra de Independencia y el hundimiento del Antiguo Régimen

En 1808, cuando Napoleón, autoproclamado Emperador, adopte la decisión de ocupar el trono español -entregado posteriormente a su hermano José- junto a la continua ocupación del territorio por parte de las tropas francesas, se producirá, primero en Madrid y posteriormente en el resto del Estado, una serie de revueltas que derivarán en una guerra abierta contra el invasor.

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Albert SOBOUL: La Revolución Francesa, Barcelona, Oikos-Tau, 1985

En los inicios revolucionarios los sectores moderados, representados por los girondinos, defendían el uso de la guerra para consolidar y extender la revolución burguesa al resto del continente. En relación a esta declaración de intenciones de los que eran mayoría en la Asamblea de los primeros años de la revolución, es célebre la declaración de Robespierre, líder jacobino, en la que declara su oposición a extender la Revolución a través de la guerra, ya que considera que no se iban a encontrar apoyos en los revolucionarios de otros países porque “nadie ama a los misioneros armados”.

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La guerra provocará el hundimiento de todo un armazón político-social, el Antiguo Régimen, caracterizado por la división de la sociedad en tres estamentos, a cuya cabeza tenemos al monarca, el cual ejerce un poder absoluto.

Cuando Fernando VII, a su regreso reinstaure el absolutismo, contará con el apoyo de la Europa de la Restauración, cuya proclama era: “No más revoluciones”. No obstante, los seis años de guerra y la experiencia liberal provocan cambios muy profundos, no solo en la sociedad, sino también en el propio Ejército.

a) De la revuelta popular al enfrentamiento militar

El Tratado de Fontainebleau, firmado el 27 de octubre de 1807 entre las autoridades francesas y españolas, otorgaba el permiso necesario para la entrada de tropas imperiales en el territorio español con el fin de alcanzar Portugal.

La ocupación de lugares estratégicos, junto a las noticias de que Napoleón había usurpado el trono de España a Fernando para entregárselo a su hermano José I, provocó el estallido de una revuelta en Madrid el 2 de mayo de 1808. La brutalidad empleada por las tropas francesas, convirtió lo que era un motín aislado en una rebelión generalizada que se fue extendiendo por toda la Península.

El Ejército, en un primer momento, obedeciendo órdenes, se situará junto a las autoridades legales, a cuya cabeza estaba Jose I.6 En un principio, las deserciones que se produjeron fueron de soldados y algunos oficiales jóvenes, no obstante, el posterior estallido de revueltas populares frente al invasor provocará deserciones masivas.

Asistimos pues, a la ruptura de la unidad militar, que responde a la división que experimenta la propia sociedad entre los que aceptan la autoridad exterior y los que se encuadran dentro del denominado “bando patriota”, grupo que irá sumando apoyos y cuyo fin era combatir al invasor.

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C. CHRISTIANSEN: Los orígenes del poder militar en España (1800-1854), Madrid, Ediciones Aguilar, 1974.

El viejo Ejército absoluto estaba a las órdenes del monarca, por lo que en un primer momento y alentados también los deseos de Carlos IV desde el exterior, obedecerán las instrucciones de Jose I. Cuando se produzca la ruptura en el seno militar, el nuevo Ejército quedará al servicio de la nación, siendo su único objetivo la lucha frente al invasor extranjero.

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Reducido a cenizas el antiguo Ejército mercenario, surgirá uno nuevo totalmente reestructurado. La guerra modificará su columna vertebral, ya que se producirá la apertura a mayores sectores sociales, así como la penetración de las ideas revolucionarias.7

La realidad del conflicto llevará a los combatientes españoles a adoptar la guerrilla como estrategia defensiva ante el avance francés. Una guerra a campo abierto, supondría irremediablemente, y en un periodo corto de tiempo, la ocupación total de la Península por parte de las tropas napoleónicas.

La simbiosis entre el Ejército “irregular” de las guerrillas y los habitantes -fundamentalmente en el medio rural- dificultaron y entorpecieron irremediablemente la conquista y el control del país por parte de las tropas francesas.8

Algunas partidas guerrilleras llegarán a dominar grandes superficies de territorio, encumbrando a sus líderes como auténticos “caudillos”.

7 C. CHRISTIANSEN: Los orígenes del poder militar en España (1800-1854), Madrid, Ediciones Aguilar,

1974.

La nueva organización militar diseñada por las Juntas, donde no había requisitos de sangre para entrar, junto a la formación de partidas populares que adoptaron tácticas de “guerra de guerrillas” supone un profundo cambio en el seno de la institución, modificando la estructura y permitiendo que accediesen a la oficialidad aquellos a los que el antiguo Ejército se lo había vetado.

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Jean-René AYMES: La Guerra de la Independencia: héroes, villanos y víctimas (1808-1814), Lleida, Editorial Milenio, 2008.

Entre las páginas 199-210 del presente trabajo, el autor analiza la visión historiográfica sobre la guerrilla. Considera que se ha venido mitificando el concepto en nuestro país, considerando que la experiencia española servirá de ejemplo a la resistencia que otras naciones ejercerán ante las tropas de Napoleón. A su vez, enumera una serie de dificultades ante las que se tienen que enfrentar los estudiosos del tema: “la ausencia de un tipo único de guerrillero; la imposibilidad de calibrar con exactitud la importancia numérica del fenómeno, sabiendo que en el transcurso del conflicto tuvo lugar un constante hacer y deshacer de agrupaciones guerrilleras; el carácter evolutivo de las partidas en su composición y su estatuto, dado que las autoridades superiores se empeñaron en fomentar la progresiva integración de las partidas en el Ejército regular, mientras que algunas se disolvieron o se convirtieron paulatinamente en bandas de forajidos; las variedades regionales, bajo la forma de “migueletes”, “somatenes” y “cruzadas”; la lenta mutación de algunos “cabecillas” en potentes “caudillos”, como en el caso paradigmático de Espoz y Mina; la distorsión de la imagen de la guerrilla cuando se plasma en la literatura” -página 200-

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Estos “señores de la guerra” solo aceptarán integrarse en la tropa regular a cambio de ocupar posiciones de alto mando dentro de ésta, lo cual será el origen del problema de la posterior macrocefalia que experimentará el Ejército.9

b) El Antiguo Régimen, en jaque

En 1808 no solo estalla una guerra contra el invasor. El desmoronamiento del poder legal del Antiguo Régimen tras la ausencia de los monarcas y la división de la sociedad respecto a la invasión, dará lugar a la posibilidad de que una nueva clase social en auge, la burguesía, lleve a cabo una serie de transformaciones revolucionarias en el ámbito político y social.10

Resulta paradójico que la consolidación de la revolución liberal en España sea a condición de la derrota de la Francia revolucionaria. Esto nos introduce en un laberinto teórico, donde cabe decir que dentro del “bando patriota” no todos estaban por la revolución, siendo únicamente la lucha contra el invasor el nexo de unión.

Sea como fuere, el proceso revolucionario se establecerá mediante una codificación legal cuando el 19 de marzo de 1812, las Cortes constituyentes reunidas en Cádiz aprueben la primera Constitución española11, de carácter liberal en su contenido.

9 C. CHRISTIANSEN: Los orígenes del poder militar en España (1800-1854), Madrid, Ediciones Aguilar,

1974

Mientras la guerra duró, los prestigios y ascensos fueron mayores que antes y el Ejército regular fue ampliado hasta aproximadamente 160.000 hombres. En tiempos de paz, los soldados son enviados a casa pero los mandos permanecen, verdadero origen de esa macrocefalia -muchos mandos respecto al número de soldados-.

¿Cuándo acabe la guerra qué van a hacer con esos guerrilleros reconvertidos en altos mandos del Ejército regular? ¿Aceptarán de buen grado ser enviados a casa tras haber dominado comarcas con lo que ello supone? ¿Si el nuevo monarca decide integrarlos no habrá roces con otros mandos del ejército regular y pugnas por el poder? ¿La Hacienda estatal profundamente debilitada va a poder pagar ese ejército macrocefálico?

Si los licencian, es decir, los envían a casa pueden empuñar las armas contra el Estado y si los integran en el ejército regular supondrá un grave problema a la Hacienda. He aquí el grave conflicto que desatará el final de la guerra en 1814.

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“La realidad de la guerra unida a la ausencia de los monarcas, va a llevar al poder a la burguesía por la vía revolucionaria de la delegación popular (Juntas) destruyendo los restos inoperantes del Antiguo Régimen”

Ibídem, páginas 11-22.

El autor considera que la ruptura se lleva a cabo por la existencia de condiciones objetivas -madurez y vacío de poder-, así como, por las condiciones subjetivas -voluntad revolucionaria de la clase burguesa-. La guerra otorga la oportunidad y la burguesía no la desaprovecha.

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La declaración de igualdad jurídica ante la ley, junto a una serie de libertades individuales y colectivas estipuladas en el texto constitucional, vendrán a completar un proceso que se había iniciado con la eliminación de los señoríos ya en 1811 o la declaración de libertad de comercio e industria -fin de los gremios-.

No pocos autores, principalmente ligados al absolutismo en un primer momento y ensalzadores de la revolución liberal después, han ligado el proceso revolucionario que estalló en 1789 en París al estallido popular que en 1808 se produce en Madrid.

El profesor Josep Fontana, a fin de acabar con la mitificación del proceso, contrapone una argumentación difícilmente rebatible: “La Revolución Francesa fue una revolución social: el derrocamiento por la violencia del viejo orden feudal, efectuado bajo la dirección de la burguesía por las clases populares urbanas y radicalizado por un proceso paralelo de revolución campesina. Su objeto era la transformación de la organización social: abolió realmente el feudalismo, dio tierras a los campesinos, estableció las libertades de expresión y de conciencia y barrió toda la superestructura del pasado. En la España de 1808, hubo ante todo, un levantamiento popular contra un invasor extranjero, que dio lugar a la constitución de un poder revolucionario, pero las propias clases dirigentes tomaron parte en este proceso e impidieron su radicalización. Confundir la Revolución francesa con la española de 1808, es algo que solo cabe en una visión paranoica de la historia”12

“Adquiere carta de naturaleza el concepto de nación basado en el sistema representativo, frente al mandato imperativo medieval, y un sistema unicameral frente a la tradición estamental española” Francisco RUÍZ CORTÉS y Francisco SÁNCHEZ COBOS: Diccionario biográfico de personajes históricos del siglo XIX español, Madrid, Rubiños 1860, 1998 página 19.

El texto constitucional se compone de un discurso preliminar y 384 artículos, divididos en diez títulos. La comisión encargada de redactarlo estuvo presidida por el sacerdote liberal Muñoz Torrero y trece miembros más, siete de los cuales eran realistas, cinco liberales y uno independiente. Se presentaron cincuenta y seis enmiendas y su discusión duró dieciséis meses. Las ideas fundamentales defendidas son: división de poderes, soberanía nacional, unicameralismo, representación nacional y confesionalidad católica.

12 Josep FONTANA: La crisis del Antiguo Régimen (1808-1833), Barcelona, Crítica, 1983, página 18.

La comparación entre los dos procesos, nos permite apreciar cómo, mientras en Francia la participación del pueblo, y las revueltas campesinas que se llevaron a cabo de forma paralela al proceso, permitieron un reparto de tierras entre los campesinos, así como una declaración amplia de derechos y libertades; en España la asunción en manos de una elite dirigente del proceso supuso el establecimiento de un sistema donde ni hubo reparto de tierras a los campesinos, ni una amplia declaración de derechos, ni libertad de culto donde el sufragio pese a ser universal, fuera indirecto y en cuarto grado.

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El Ejército, lejos de constituirse como una fuerza al servicio del poder civil, mantendrá algunos privilegios y funciones heredadas del régimen anterior. “El liberalismo va a ser de corte militarista, dos hechos confirmarán esta evidencia: el mantenimiento de la jurisdicción militar como excepción a la prohibición de las jurisdicciones especiales y sobre todo, el hecho de ser la institución encargada del orden público”13

c) El final de la guerra y la vuelta al Absolutismo

En diciembre de 1813 se firmará el Tratado de Valençay, por el cual se producía la retirada de las tropas francesas del territorio español, así como el reconocimiento de Fernando VII como monarca por parte de Napoleón.

La firma de la paz, al margen del resto de las potencias europeas supuso una traición a la causa común. Esto supondrá que en el posterior Congreso de Viena, celebrado tras la caída de Napoleón y donde se negociará el reparto y la recomposición del mapa europeo, España quedará relegada a una posición marginal, sin apenas capacidad de influencia.

La España en paz de 1814, a la espera de la llegada del deseado monarca, apenas se parecía a la que en 1808 se había levantado contra las tropas francesas. El Antiguo Régimen había sucumbido casi sin oponer resistencia, dando lugar al establecimiento de un sistema liberal que había modificado todo el corpus legal.

El poder civil, dividido en tres brazos: ejecutivo, legislativo y judicial, quedaba repartido entre el Rey, el Parlamento y los jueces. No obstante, el aspecto controvertido, sobre todo tras el final de la guerra era el poder militar. Esta España en paz se

13 Manuel Ballbé: Orden público y militarismo en la España Constitucional (1812 – 1983), Madrid,

Alianza, 1983, páginas 49-54

El propio texto Constitucional de 1812 en relación al tema que estamos tratando, en su artículo 356 decía lo siguiente: “Habrá una fuerza militar nacional permanente de tierra y mar para la defensa exterior del Estado y la conservación del orden interior” (Ibídem)

Por lo tanto, lejos de los planteamientos liberales iniciales que establecían la necesidad de que el poder militar quedara relegado al poder civil, en España, desde un primer momento se cede la defensa del orden interno al Ejército. Esto les otorgará un papel protagonista en la vida política y social del país. Desde luego, no es una decisión poco meditada, la burguesía necesita al Ejército para la defensa de sus intereses particulares.

Inglaterra, Francia o Estados Unidos, por citar los ejemplos paradigmáticos del liberalismo, establecen su base legal al constituirse como estados-nación con una clara separación entre poder civil y poder militar. El artículo 13 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, base legal de la Francia revolucionaria, redactado por Sièyes dice así: “El poder militar no ha sido creado, ni existe, ni debe obrar sino en el orden de las relaciones políticas exteriores. Así pues, el soldado jamás debe ser utilizado contra el ciudadano. No puede ser mandado sino contra el enemigo exterior” (Ibídem)

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encontraba ante la tarea del qué hacer con un Ejército sobredimensionado, macrocefálico, dividido ideológicamente14 y con el encumbramiento de una serie de “jefes militares” que eran los verdaderos líderes de partidas guerrilleras muy numerosas15.

La reorganización del Ejército era tarea de Fernando VII, el cual tras seis años en territorio francés, pisará entrará en España el 22 de marzo de 1814.

Lejos del guion establecido por la Regencia, Fernando VII, con la pretensión de tomar el pulso al pueblo respecto a la intención de retornar al absolutismo, se dirigirá a Gerona, Tarragona y Reus, desviándose posteriormente a Zaragoza donde pasó la Semana Santa invitado por Palafox. A continuación fue a Teruel entrando en Valencia el 16 de abril. Allí le esperaba una representación de las Cortes de Cádiz presidida por Bernardo Mozo de Rosales, encargado de entregar al rey un manifiesto firmado por 69 diputados absolutistas, el llamado “Manifiesto de los Persas”, que propugnaba la supresión de la Cámara gaditana y justificaba la restauración del Antiguo Régimen. El 17 de abril, el general Elío, puso sus tropas a disposición del rey y le invitó a recobrar sus derechos, siendo este el primer pronunciamiento de la historia de España.

El 4 de mayo de 1814, Fernando VII promulgó un decreto que restablecía la monarquía absoluta y declaraba nula y sin efecto toda la obra de las Cortes de Cádiz.

14

“Dentro del dilatado cuerpo de oficiales se establecen cuatro grupos ideológicos principales: En primer lugar tenemos los provenientes del Antiguo Régimen, los cuales disfrutaban de altos empleos y privilegios hijos del feudalismo. Por otro lado, tenemos a los que habían iniciado carrera antes de la invasión francesa pero habían ascendido vertiginosamente con ocasión de la guerra, simpatizantes con un liberalismo no radicalizado y quienes en 1814 se mostraron indecisos pero en 1820 se pusieron del lado de la Constitución. En tercer lugar tendríamos a los que habían sido hechos prisioneros durante la campaña y llevados a Francia, que no tuvieron posibilidad de ascender y en los que prendieron las nuevas corrientes ideológicas como fruto de su larga permanencia en los campos de prisioneros donde proliferaban las logias masónicas, tendentes hacia posturas liberales más radicales. Por último, los oficiales de nuevo cuño, los guerrilleros, que de paisanos habían pasado a altos empleos militares, merced a sus espectaculares acciones y a las facilidades que les dieron las Cortes. Como no podía ser de otra forma eran contrarios al absolutismo”

Pablo CASADO BURBANO: Las fuerzas armadas en el inicio del constitucionalismo español, Madrid, Ed. Revista de Derecho Privado, 1982, página 35.

15

Miguel ARTOLA: La Guerra de la Independencia: Madrid, Espasa, 2007.

Espoz y Mina, líder guerrillero y conocido como el “caudillo de Navarra”, contó con una partida de 3.000 hombres. El General Reille, para enfrentarse a él, organizó un ejército de 30.000 y aun así no logró vencerle. Mina supo luchar ventajosamente en el uno contra diez gracias a sus conocimientos del terreno, convirtiéndose en uno de los héroes de la Independencia siendo nombrado Coronel por la Regencia gaditana.

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14

2. EL REINADO DE FERNANDO VII: 1814 – 1833

2.1 Cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer

El retorno al pasado, a lo viejo que se resiste a morir, traía aparejado una serie de problemas a los que el monarca debía enfrentarse a su regreso. A las dificultades hacendísticas que seis largos años de guerra con cuatro Ejércitos sobre el terreno -el francés, el inglés, el regular español y los guerrilleros- habían provocado, había que sumarle la sublevación independentista de prácticamente todas las colonias americanas. El retorno a la exención en el pago de impuestos a las clases privilegiadas impedía la posibilidad de hacer frente a los compromisos que el propio Estado y las corporaciones locales habían adquirido ante los deudores. A ello le sumaremos una serie de problemáticas sociales, como el hecho de que los señores tras restituir la propiedad feudal de la tierra exigieran el cobro de los tributos que el periodo constitucional les había arrebatado.

Por último, no podemos eludir la cuestión militar. La macrocefalia creada por la guerra provocará la degradación y la expulsión de aquellos que, pertenecientes al estado llano, habían ascendido fruto de los éxitos militares. Esta cuestión, junto al malestar de la tropa al verse embarcada rumbo a América para luchar contra el independentismo, provocará el estallido de un periodo marcado por una serie de pronunciamientos militares, que inicialmente no prosperarán, hasta que en 1820 el monarca se viera obligado a aceptar la Constitución.16

La historiografía ha hecho especial hincapié en cómo el regreso de Fernando VII y el retorno al absolutismo supuso el comienzo de una etapa en la que se sucederían una serie de pronunciamientos encabezados por los “héroes de la Independencia” que se sentían agraviados. Los alzamientos pretendían el restablecimiento de la Constitución

16

Josep FONTANA: La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820), Barcelona, Ariel, 1971.

Fontana alega que la contradicción insoluble en que se debatió el Estado español entre mayo de 1814 y marzo de 1820, empeñado por una parte en mantener íntegra la estructura del Antiguo Régimen, en medio de una Europa que cambiaba rápidamente y obligado, por otra, a adaptarse a las nuevas circunstancias y a organizar la defensa contra la revolución: encerrado en el dilema entre la voluntad de conservar una estructura de la sociedad y del disfrute del poder -político y económico- y la imposibilidad de obtener los recursos para cumplir este objetivo sin tocar esta misma estructura. Desgarrado por este problema, el Estado español fue de tumbo en tumbo hasta desplomarse casi sin resistencia en 1820, vencido por su propia quiebra más que por la fuerza del embate revolucionario.

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de 1812, ya que confiaban en que el retorno al liberalismo les hiciera recuperar el status perdido.

Cuando se observa la historia del siglo XIX español, el militarismo y los pronunciamientos van a ser una constante en el panorama global. Vamos a encontrar militares al frente de los gobiernos continuamente. Sin embargo hay que tener en cuenta que esto no había sido siempre así, ya que durante la modernidad no hubo ningún pronunciamiento de estas características. El punto de partida, por lo tanto, será la Guerra de Independencia, básicamente porque ha supuesto la transformación de la sociedad así como de la estructura del propio Ejército.

Desde que en 1814, el regreso de Fernando VII supusiera la vuelta al absolutismo no habrá un solo año en el que no se produzca un pronunciamiento militar.

El estallido de tantos pronunciamientos puede llevar a pensar que se daban grandes movilizaciones de tropas, sin embargo se trataba de pequeños grupos conspiratorios, esto viene a demostrar la debilidad de lo existente. 17

2.2 El trienio liberal. La Restauración de “La Pepa”

Finalmente, recién estrenado el año 1820, el Comandante Rafael de Riego se alzará contra el absolutismo, proclamando la restauración de la Constitución de 1812 en Cabezas de San Juan. Tras unas semanas de indecisión, se sumarán a la revuelta ciudades como Zaragoza, Barcelona, La Coruña o Pamplona, obligando a que el 7 de

17

En 1814 Espoz y Mina movilizó sus tropas con la pretensión de apoderarse de la plaza y ciudadela de Pamplona. El liberalismo era más consecuencia que causa, ya que el pronunciamiento estaba determinado porque el monarca no le nombró virrey de Navarra eligiendo a un militar de la vieja estirpe.

- En otoño de 1815, se produjo el segundo pronunciamiento a manos del joven militar, Juan Díaz de Porlier en La Coruña.

- En febrero de 1816 se produjo la “conspiración del triángulo”, encabezada por el militar Vicente Richart y apoyado por el ex diputado Calatrava y el general Renovales. El objetivo era secuestrar al Rey y obligarle a jurar la Constitución. Será delatado y posteriormente ejecutado.

- En la noche del 4 al 5 de abril de 1817 un nuevo pronunciamiento tuvo lugar en Caldetas, donde Luis Lacy se sublevó con el apoyo de Francisco Milans del Bosch en Gerona y de Quer en la propia Barcelona. La falta de organización supondrá el fracaso de la operación.

- En 1819 el coronel Joaquín Vidal intentó eliminar a todas las autoridades de Valencia que debían asistir a una función de teatro en la Nochevieja de 1819. El fallecimiento de la Reina Isabel el 26 de diciembre provocó la suspensión de todos los actos de final de año. Será traicionado y posteriormente ajusticiado.

Gabriel CARDONA: “Los Pronunciamientos”, Historia 16, 174, (1985)

Julio BUSQUETS: Pronunciamientos y golpes de Estado en España, Barcelona, Planeta, 1982. Jose Luis COMELLAS: Los primeros pronunciamientos en España: 1814-1820, Madrid, CSIF, 1958.

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16

marzo, Fernando VII acepte la Constitución. –“Marchemos francamente todos juntos, y yo el primero, por la senda de la Constitución”-.18

Nuevamente, el Antiguo Régimen daba paso al sistema liberal. No obstante, en Europa ya no corrían vientos revolucionarios, ya que tras la derrota napoleónica, las potencias europeas se habían conjurado para evitar la Revolución -tanto en sus propios estados como en cualquier otro país- recurriendo a la intervención armada – la Santa Alianza-.

Los primeros gobiernos liberales fueron claramente moderantistas, sobre todo, respecto al sistema de la propiedad. El propio Martínez de la Rosa, jefe de gobierno en 1822 declarará que “se trata de arrancar hasta la última raíz del feudalismo, sin herir lo más mínimo el tronco sagrado de la propiedad”19.

Las disensiones internas entre moderados y radicales, junto a la coyuntura exterior supuso que apenas tres años después de la aceptación de la Constitución por parte del monarca, las cuatro potencias de la Santa Alianza –Francia, Prusia, Austria y Rusia- sufragando los costes a partes iguales, reclutaron un Ejército de Cien mil hombres –los Cien mil hijos de San Luís- para acabar con el liberalismo en España.

Lo viejo, ciertamente, se resistía a morir y como sucede con todos los regímenes que agonizan, una vez restaurado el poder absoluto, la represión no se hizo esperar.20

18 Carmelo ROMERO SALVADOR: Soria: Crónica Contemporánea, Soria, Ochoa, 2008. -Página 54- 19

Ibídem, página 54.

Los tres años que se mantiene en pie el liberalismo se caracterizan por grandes divisiones internas. Por un lado encontramos el sector moderado o “doceañista” en el que tenemos personajes como Martínez de la Rosa, Evaristo Pérez de Castro, Eusebio Bardají Azara o el marqués de Santa Cruz. Por otro lado, tenemos al sector más radical, calificados como “veinteañistas” –partidarios de una nueva Constitución- o “exaltados”. Entre ellos tenemos al Coronel Rafael de Riego, Espoz y Mina, Juan Álvarez Mendizábal o a José María Calatrava. Eran partidarios de una transformación de la propiedad en un sentido plenamente capitalista -desamortización, desvinculación y desaparición de señoríos y mayorazgos-.

20

Los ejemplos más paradigmáticos serían los de Rafael de Riego, ahorcado en la Plaza de la Cebada de Madrid o “El Empecinado”, acribillado a bayonetazos. Junto a ellos, multitud de políticos y militares afines al liberalismo fueron ejecutados o tuvieron que exiliarse.

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2.3 La Década ominosa. A caballo entre el absolutismo y el reformismo

La “Década ominosa o del oprobio”, en terminología liberal, o la “Segunda Restauración del absolutismo” tal y como la denomina Josep Fontana21

, se caracteriza por el surgimiento de un sector “ultra”, los “realistas puros”, en el seno del absolutismo. El hecho de que en el Ejército y en la Administración, se mantuviese en sus cargos a algunas personas “sospechosas de liberalismo”, de que no se restituyese la Inquisición –“un país sin Inquisición es un país liberal”-22

y de que a partir de 1825 se iniciasen tímidas reformas, supuso la aparición de un grupo ultra absolutista donde se encuadraban gran parte de los miembros del Consejo de Estado –Calomarde o el duque del Infantado, entre otros- junto a los “voluntarios realistas”, unidades paramilitares integradas por los más fervientes defensores del absolutismo.

El 10 de diciembre de 1829, Fernando VII contrajo matrimonio con la que sería su cuarta esposa, María Cristina, su sobrina y veintidós años menor que él. Apenas un año después, el diez de octubre de 1830 nacería Isabel, la cual tras la derogación de la Ley Sálica unos meses antes, se convertía en la sucesora legítima al trono, quedando Carlos, hermano del Rey, fuera del derecho sucesorio.

Los movimientos en ambos bandos no se hicieron esperar: Carlos agrupado en torno a los “voluntarios reales” y a los sectores más “ultras” del absolutismo empezará a preparar un futuro golpe que le permitiese el acceso al trono, mientras que María Cristina, fruto de la necesidad se situará junto a los sectores liberales -más conservadores-, ya que estos respecto a la cuestión sucesoria se habían pronunciado en favor de Isabel.

21 Josep FONTANA: De en medio del tiempo: La segunda restauración española, 1823-1834, Barcelona,

Crítica, 2013.

El profesor Fontana, frente a la imagen tradicional que califica de inmovilista en el plano social y político a los últimos diez años de reinado de Fernando VII, contrapone una visión en la que muestra cómo van surgiendo en su interior una serie de fuerzas que van caminando por la senda de las reformas, y como frente a ellas, surge un sector inmovilista. Considera que la futura guerra carlista, más que una guerra sucesoria es una guerra entre “lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no termina de nacer”. Rechaza el mito de la “excepcionalidad española”, comparando los acontecimientos peninsulares junto a los del resto del continente -revoluciones de 1830, “La primavera de los pueblos”-.

22

El absolutismo exaltado considera que la no restauración de la Santa Inquisición es una traición a los principios del Antiguo Régimen, considerando esto como un guiño al sector moderantista liberal que comenzará a tener presencia en los últimos gobiernos de Fernando VII.

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18

El nuevo gobierno encabezado por el absolutista "reformista" Francisco Cea Bermúdez y del que habían sido apartados los "ultras", va a tomar una serie de medidas para propiciar un acercamiento a los sectores liberales "moderados", iniciando así una transición política que tras la muerte del rey continuará bajo la Regencia de María Cristina.

En el plano militar para ganar voluntades, fueron distribuidos ascensos, títulos y cargos, así como se producirán depuraciones de aquellos sectores que habían manifestado su adhesión a Carlos en cuanto a la sucesión.23

Definitivamente, cuatro días después de la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833 se produce el primer alzamiento de Voluntarios Realistas en Talavera de la Reina al grito de: “¡Viva Carlos V!”.

A lo largo de los días las sublevaciones se irán sucediendo, sobre todo en las provincias del norte peninsular, dando comienzo así a una guerra civil que se extenderá durante siete largos años.

23

El gobierno concedió poderes especiales a los Capitanes Generales para actuar contra la oposición derechista, autorizando a su vez la creación de una Milicia Urbana, pagada y mandada por la burguesía liberal que sustituyera a los Voluntarios Realistas, que fueron desarmados.

“Tras la muerte de Fernando VII quedó establecido en España un auténtico régimen militar en apoyo de su hija Isabel”

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3. LA I GUERRA CARLISTA: 1833 – 184024

3.1 El definitivo enfrentamiento entre Antiguo Régimen y liberalismo

La Guerra Civil que se desata en 1833 entre los partidarios de Isabel, agrupados en torno a la Regente María Cristina y los partidarios de Carlos, más que deberse a cuestiones sucesorias, es el enfrentamiento inevitable entre la revolución liberal y la reacción, entre lo nuevo que no termina de nacer y lo viejo que no termina de morir.

a) Maria Cristina y el liberalismo: “Ayudadme que os ayudaré”25.

María Cristina provenía de la corte napolitana, más absolutista y rígida que la española, por lo que su vinculación a la causa liberal fue más que por una cuestión de principios, por pura necesidad. El hecho de que en torno a Carlos se agrupasen los sectores del absolutismo, le llevó a un acercamiento con los grupos más moderados del liberalismo. Su afán reformista no iba más allá del que Fernando VII había mantenido en sus últimos años de reinado. Mantuvo al frente del gobierno a Cea Bermúdez cuyo lema: “reformas sí, pero pocas”, nos indica su poca disposición a enarbolar la bandera de la revolución. La base social del “bando cristino” estaba formada en primer lugar por las clases burguesas y las profesiones liberales. En segundo lugar y por paradójico que parezca encontramos a la alta nobleza. La gran nobleza ya no temía perder el control político, ya que el sistema de representación –elector y elegido- quedaba en manos de la gran propiedad.

Por otro lado, la Europa de los años 30, había cambiado profundamente a raíz de las oleadas revolucionarias de 1830. Se había esfumado la Europa de la “Santa Alianza”, con el abrazo de algunas de sus naciones más emblemáticas al liberalismo -Francia, Bélgica, Polonia-. Estos procesos revolucionarios ya no suponían el ajusticiamiento de

24

Para este apartado sobre la Guerra carlista he usado como referencia el manual del profesor Pedro RÚJULA LÓPEZ: Rebeldía campesina y primer carlismo: Los orígenes de la Guerra Civil en Aragón, Zaragoza, Gobierno de Aragón: Departamento de Educación y Cultura, D.L, 1995.

25

Carmelo ROMERO SALVADOR: Soria: Crónica Contemporánea, Soria, Ochoa, 2008, página 73.

El posicionamiento del sector más absolutista del Ejército junto a Carlos, llevará a María Cristina a un acercamiento hacia los que simpatizaban con las ideas liberales. Es una alianza fruto de la necesidad con los sectores más conservadores del proyecto liberal. La frase, pronunciada por María Cristina, es muy ilustrativa.

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reyes y nobles, por lo que estos sectores nobiliarios ya no sentían temor ante el avance liberal, posibilitando una alianza nobleza-burguesía. Una revolución liberal liderada por la Regente, donde el control político seguía en sus manos interesaba más a la nobleza que el “echarse al monte” junto a las tropas carlistas.

b) El carlismo: A falta de pan, buenas son tortas

Por otro lado, el “carlismo”, una vez perdido el apoyo de la gran nobleza y de las ciudades -mayor componente burgués-, encontró sus apoyos sociales en la baja nobleza, clero y campesinado, haciéndose especialmente fuerte en la mitad norte peninsular. La baja nobleza y el bajo clero, escasos de renta y de propiedad, tenían como objetivo al menos mantener sus títulos y privilegios, así como la percepción del diezmo.

El aspecto realmente interesante va a ser la adhesión del campesinado al absolutismo. La historiografía en ocasiones ha pretendido explicar este fenómeno recurriendo a la manipulación propiciada por el analfabetismo de las clases más bajas, no obstante, ya en los años ochenta, Jaume Torras26, abrirá el debate sobre las causas profundas por las que el campesinado se situará junto al absolutismo. Esta visión se hace la pregunta clave: ¿Qué le ofrece el liberalismo a estos sectores campesinos? Ofrece libertades individuales o colectivas, división de poderes etc., lo cual, no repercute en la vida cotidiana del campesino. Al contrario, le es más favorable en la óptica absolutista, la existencia de un monarca absoluto que le libre de esos grandes males representado en los grandes oligarcas que le oprimen y le cobran impuestos.

A su vez, el carlismo otorga posibilidades de ascenso social y de mejora de condiciones que le ofrece la propia guerra contra el liberalismo, ya que si uno se integra en el ejército regular -ejército de María Cristina- sus posibilidades son nulas, será soldado o como máximo cabo o sargento. Frente a esa alternativa, si tú “te echas al monte” en una época de conflictividad puedes ascender en el escalafón militar debido a tus propias hazañas, así como vivir del botín obtenido.

De la misma forma que decimos que quien tiene mucho que perder no se echará al monte -alta nobleza-, para quien tiene poco que perder “echarse al monte” es una posibilidad de ascenso social.

26

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21

Los profesores Fontana y Rújula27, explican el fenómeno carlista y su composición social como una alianza necesaria frente a la apuesta elitista que había establecido el liberalismo. En España, lejos de fraguarse lo que Soboul denomina una “alianza revolucionaria por excelencia” entre burguesía y campesinado frente a las clases privilegiadas –clero y nobleza-, hay una clara apuesta de la gran burguesía por llevar a cabo el proceso de cambio de la mano con la aristocracia terrateniente.

María Cristina, lejos de lo que se ha considerado tradicionalmente, no va virar bruscamente hacia el liberalismo, de hecho, apenas modificó la hoja de ruta marcada por Fernando VII. Es la propia guerra y la necesidad que tiene la Regente de obtener apoyo social frente a un carlismo que en un principio avanza muy rápido, la que le lleva a adoptar medidas que marcan ese proceso transicional hacia el Estado liberal.

3.2 La ruptura del Ejército: Cristinos y Carlistas

La sublevación carlista provocó la ruptura del Ejército quedando dividido en dos bloques: Por un lado tenemos al Ejército regular, el cual guardaba fidelidad a la Regente y al monarca fallecido. A su vez, en 1833 y refrendado en el Estatuto Real de 1834 encontramos la autorización para crear una Milicia Urbana. Encabezada y financiada por los sectores propietarios era heredera directa de la Milicia Nacional que en 1808 había empuñado las armas contra las tropas francesas.

Asistimos pues, nuevamente al fenómeno del “juntismo” y del “pueblo en armas”, que ya encontramos en la Guerra de la Independencia.

La Milicia Urbana, en primer lugar nutrida de propietarios, quedará abierta a las clases populares ante las propias necesidades de la guerra, quedando vinculada pues, en torno a los sectores más progresistas del propio liberalismo.

La división del Ejército y la entrada en él de los sectores populares supondrá la culminación de lo que ya se iniciara en 1808: ruptura del Ejército absoluto, irrupción de nuevos mandos así como nuevos modelos organizativos.

27 Pedro RÚJULA LÓPEZ y Josep FONTANA: Contrarrevolución: Realismo y Carlismo en Aragón y el

Maestrazgo, 1820-1840, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 1998.

La comunión de intereses entre la aristocracia terrateniente y la burguesía liberal fueron usadas por la reacción para nutrir la base social antiliberal.

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22

La guerra puso de nuevo en un primer plano el aspecto militar, otorgando al Ejército un papel protagonista.

El precio que la Monarquía tendrá que pagar para asegurarse el apoyo del Ejército Regular será un militarismo que la propia guerra se encargará de multiplicar, ya que el avance de las tropas carlistas en los primeros años de la guerra convertirá al Ejército y a la Milicia en los elementos decisivos de la política de Estado28.

El hecho de que el triunfo liberal quedara supeditado a ganar la guerra, suponía que toda reforma tenía como objetivo dotar al Ejército de los elementos necesarios que le permitieran derrotar a las tropas de D. Carlos.

3.3 La desamortización de Mendizábal

La guerra y las necesidades que ésta provocaba van a acelerar el proceso transitorio hacia el modelo liberal. Así pues, en 1836 se va a llevar a cabo la ansiada transformación del régimen de la propiedad.

La llamada “Desamortización de Mendizábal29”, previa expropiación por parte del

Estado, consistía en sacar a subasta pública las propiedades del clero.

Las deudas y la necesidad de liquidez inmediata posibilitaron la puesta en marcha de este proceso desamortizador, donde el Estado confiscaba aquellas tierras que se encontraban en “manos muertas” –Iglesia Católica y órdenes religiosas- y que hasta entonces no se podían “enajenar” –vender, hipotecar o ceder-, sacándolas a subasta pública. Esto era lo que los teóricos del liberalismo denominaban el paso de un sistema de propiedad imperfecta al sistema de propiedad perfecta –o de mercado-.30

28

Gabriel CARDONA: El problema militar en España, Madrid, Alba, 2006.

29 Juan Álvarez Mendizábal, hombre de negocios, se convertirá en la figura clave del establecimiento del

liberalismo en España tras llevar a cabo la desamortización de bienes religiosos que lleva su propio nombre en 1836. El proceso se llevó a cabo a través de la supresión de las órdenes religiosas y la venta de sus bienes.

El objetivo era conseguir liquidez inmediata para ganar la guerra, “que solo se hace pronto y felizmente con hombres y dinero en abundancia”

Juan PAN-MANTOJO: Juan Álvarez y Mendizábal (1790–1853). El burgués revolucionario. Liberales, agitadores y conspiradores. Biografías heterodoxas del siglo XIX. Madrid, Espasa Calpe, 2000.

30

La reforma de Mendizábal fue la más sonada por su decisiva aportación al establecimiento del régimen liberal. No obstante, tenemos precedentes que se remontan al reinado de Carlos III, así como al de

(28)

23

Más allá de suponer un reparto de la tierra o la creación de una masa de pequeños propietarios, el hecho de que la subasta de las propiedades confiscadas no sufriera un proceso de parcelamiento previo, provocó la acumulación de la tierra en unas pocas manos. Era la revolución de los poderosos –nobleza y alta burguesía-, dirigida desde arriba -Corona- cuya defensa, a cambio de no pocos privilegios, se encomendó al Ejército.

3.4 El final de la guerra: “El Abrazo de Vergara”

El 29 de agosto de 1839 el General Espartero –liberal- y trece representantes del General Maroto –carlista- firmarán un convenio en Oñate –Guipúzcoa-. Conocido popularmente como el “Abrazo de Vergara” ponía fin a siete años de guerra –en Cataluña y Valencia la guerra dura hasta 1840- estableciendo el definitivo asentamiento del Estado liberal en España.

A cambio, se pactó la inclusión de soldados y mandos carlistas dentro del Ejército “cristino”, respetando los empleos, grados y condecoraciones que éstos tuviesen.

El “abrazo” entre los representantes del viejo modelo absoluto de “Dios, Rey y Antiguas Leyes” y el nuevo modelo liberal puso fin a una disputa que se venía manteniendo desde 1808. Treinta años de guerra habían concedido un protagonismo sin precedentes al Ejército, y no debemos olvidar, tal y como citaba el viejo revolucionario Maximilien Robespierre que “la guerra hace generales y estos tienden a cobrarse las victorias”.

Así pues, tras el final de la guerra y el definitivo establecimiento del Estado liberal en España, comienza lo que se ha definido historiográficamente como el “Régimen de los Generales”.

Carlos IV, con la denominada “desamortización de Godoy”. La “desamortización de Godoy” consistió en la expropiación de los bienes de la orden de los “jesuitas” y su puesta en venta. Sólo suponía la sexta parte de los bienes eclesiásticos, no obstante, era la primera vez que se vincula el proceso desamortizador con los problemas de deuda pública y la financiación del Estado. Godoy sentará el precedente de los posteriores procesos.

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24

4. ISABEL II Y EL RÉGIMEN DE LOS GENERALES: 1840 – 1868

El periodo que comienza tras el final de la I Guerra Carlista, ha sido calificado de militarista. Esto es debido, a que desde que el General Espartero accediese al gobierno y posteriormente a la Regencia, hasta la caída de la monarquía de Isabel II en 1868, vamos a encontrar sucesivamente a militares al frente de los distintos gobiernos.

Los partidos liberales, débiles y carentes de base social, van a servirse de una serie de generales victoriosos de la Guerra carlista para reforzar sus gobiernos.

Es lo que se ha denominado el Régimen de los Generales.31

El derrumbe del Estado absoluto tras el destronamiento del monarca en 1808 otorgó la oportunidad al liberalismo de plantear una alternativa que, en primer lugar repeliese a las tropas napoleónicas así como reorganizara un Estado que se hallaba en descomposición.

Nos encontramos pues, con un largo periodo de treinta años de guerra –interrumpida-, donde el enemigo no es siempre el mismo –invasor francés, rebelión en América, carlismo- pero supone la brecha necesaria para iniciar un cuestionamiento de la autoridad e iniciar un proceso que permitiera la destrucción del Antiguo Régimen. Es la guerra, los treinta largos años de enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo, lo que permite abrir el proceso revolucionario que tras derrotar los últimos focos absolutistas, permite establecer un sistema liberal. Y por supuesto, lo que terminará otorgando un desmesurado poder al Ejército, o mejor dicho, a sus elites.32

31

Carlos SECO SERRANO: Militarismo y civilismo en la España contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1984

Podemos diferenciar cuatro etapas que conforman dicho periodo: década moderada -1844 – 1854-; bienio progresista -1854 – 1856-; gobierno de la Unión Liberal, con un breve gobierno moderado durante los dos primeros años -1856 – 1863- y crisis -1863 – 1868-. Todos ellos fueron encabezados sin excepción por generales victoriosos que habían tenido un papel destacado en la I Guerra Carlista: Espartero, Narváez, O´Donell y por último Prim.

32

El análisis que Marx y Engels llevan a cabo sobre el “pretorianismo español”, también remonta el origen a la guerra de 1808 y al uso que unos partidos sin base social hacen de estos generales victoriosos para alcanzar el gobierno. Esto escribían en 1855.

“La larga guerra contra Napoleón, en la que los diversos ejércitos y sus generales consiguieron efectiva influencia política, fue lo primero que les dio un rasgo pretoriano. Varios hombres muy activos del periodo revolucionario se quedaron en el Ejército; la incorporación de las guerrillas al Ejército regular reforzó incluso ese elemento. Y así mientras los jefes conservaban sus pretensiones pretorianas, los soldados y subalternos seguían inspirados por las tradiciones revolucionarias (…) Utilizado como instrumento por todos los partidos, no tiene nada raro que el Ejército español tomara por algún tiempo el poder en sus propias manos.”

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25

El reinado de Isabel II, tan oligárquico y caciquil como el de la Restauración33, es fruto de la alianza entre Corona –vinculada a sectores moderados-, Partidos y Ejército, los cuales calificados como políticos de uniforme, actúan como portavoces de los grupos políticos34-. Alianza en precario equilibrio, donde Corona y partidos liberales otorgaron un protagonismo excesivo a las cúpulas militares.

A cambio, las elites burguesas, se aseguraron la posibilidad de acumulación de capital con relativa facilidad y sin apenas contestación social. La revolución de los propietarios estaba a salvo, ya que el Ejército se había establecido como supremo defensor.

Al otro lado, quedaba la gran masa poblacional carente de propiedad y dependiente de su fuerza de trabajo para subsistir, los cuales cuando cuestionen y combatan el modelo socioeconómico existente van a encontrar la firme y contundente respuesta de las Fuerzas Armadas en su conjunto.

Más que una institución organizada para la defensa de la nación, el Ejército era un gran cuerpo de funcionarios armados dedicados a la garantía del orden social existente.35

4.1 “La España de los espadones”

a) La Regencia de Espartero

Recién concluida la guerra carlista, en 1840, el gobierno moderado encabezado por Evaristo Pérez de Castro propuso modificar la Ley de Ayuntamientos, pretendiendo que fuera el gobierno quien nombrase a los dirigentes municipales. Dicho proyecto contó con la oposición frontal del progresismo, el cual tenía en los ayuntamientos su mayor parcela de poder. A partir de septiembre de 1840 estallaron revueltas progresistas por

MARX y ENGELS: Revolución en España, Barcelona, Ariel, 1960, páginas 160, 161 y 188.

33

Carmelo ROMERO SALVADOR y Margarita CABALLERO DOMÍNGUEZ: “Oligarquía y caciquismo durante el reinado de Isabel II (1833 – 1868), Historia agraria: Revista de agricultura e historia rural, 38 (2006), páginas 7-26.

La historiografía tradicional ha denominado el régimen isabelino como militarista y el sistema de la Restauración como oligárquico y caciquil –denominación de Joaquín Costa-. No obstante, el reinado de Isabel II es también oligárquico –por ley: sistema electoral censitario en base a sexo y propiedad- y caciquil –por práctica: todas las elecciones las gana quien las convoca.

34

Carlos SECO SERRANO: Militarismo y civilismo en la España contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1984.

Los militares-políticos del régimen triunfante en la Guerra Civil no encarnan en sí una presión del Ejército como institución, sino que actúan como “jefes de partido”, promocionados tanto por progresistas como moderados ante el defectuoso mecanismo del juego parlamentario.

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