Una revisión documental del caso de Luis Alfredo Garavito.
MARISOL PAZOS GUEVARA
EDUARDO ALFONSO BOTERO TORO DIRECTOR TRABAJO DE GRADO:
Artículo presentado como trabajo de grado para optar el título de psicóloga
UNIVERSIDAD DE SAN BUENAVENTURA CALI FACULTAD DE PSICOLOGÍA
2013
Una revisión documental del caso de Luis Alfredo Garavito.
Marisol Pazos Guevara Resumen
Esta investigación está orientada, desde un enfoque psicoanalítico, a la descripción de las maneras en que operan las pulsiones en los actos que se alejan del marco de referencia que el Otro impone al sujeto. Con este propósito se realizó una revisión documental de autores que abordan el tema, confrontando sus propuestas con el caso de Luis Alfredo Garavito Cubillos.
La razón de orientar la investigación hacia las pulsiones, parte de concebir que los seres humanos, en tanto que seres sociales, viven en constantes contradicciones cuando esta
“realidad” se enfrenta con la realidad psíquica que también los constituye. Por una parte, los impulsos endógenos, que habitan en el sujeto, entran en tensión cuando todas las fuerzas, pulsiones y deseos son limitados a ser satisfechos por la cultura, ese gran Otro que pone límites a la satisfacción inmediata del movimiento energético que estimula al sujeto a encontrar su fin. No obstante, los sujetos intentan mediar esta tensión descargando las pulsiones de diversas formas; así, algunos articulan sus comportamientos coherentemente con las demandas o invocaciones del Otro mientras que, por el contrario, otros transgreden estas barreras logrando su fin mediante actos que vulneran la integridad de los demás, actos que constituyen conductas consideradas perversas.
Palabras claves: pulsión, complejo edípico, periodo de latencia, desmentida de castración, sociopatía, perversión.
Abstract
This research focuses, from a psychoanalytic approach, on the description of the ways in which the drives operate in acts that deviate from the framework that the Other imposes on an individual. With this in mind, a literature review of authors who approach the subject was made, confronting their proposals for the Luis Alfredo Garavito Cubillos case.
The reason to focus this research on drives is based on the fact that humans, besides being social, live in constant contradictions when this "reality" faces the psychological reality which is also part of them. First, endogenous impulses that inhabit the individual are in tension when all forces, impulses and desires are limited to be satisfied by the culture, the Other who limits the immediate satisfaction of the energetic eager that stimulates the individual to reach his goal. However, individuals attempt to soften this tension by releasing the drives in different several ways. Some consistently articulate their behaviors to the Other’s demands, on the contrary, some transgress these barriers achieving their goals by acts that affect others’ integrity, acts that are considered perverse.
Keywords: drive, oedipal complex, latency, disavowal of castration, sociopathy, perversion.
Planteamiento del problema
¿Desde una aproximación psicoanalítica, cuáles son las formas en que opera la pulsión a través de los actos denominados sociopáticos en un personaje como Luis Alfredo Garavito Cubillos?
Luis Alfredo Garavito Cubillos, ciudadano colombiano nacido en Génova (1957), municipio que pertenece al Departamento del Quindío, es el mayor de siete hermanos y quien alcanzó un nivel de escolaridad de básica primaria. Conocido a nivel nacional e internacional como uno de los mayores asesinos seriales en la historia (debido a comportamientos delictivos consumados por más de 6 años, entre los cuales se cuenta la violación, tortura y asesinato de más de 140 menores de edad), es identificado también con los alias de La Bestia, El Loco, Tribilín, Conflicto o El Cura (Aranguren, M., 2002).
Su caso ha despertado el interés de autores que, dentro de sus profesiones, ofrecen descripciones y testimonios sobre sus comportamientos, considerados sociopáticos por diferentes medios de comunicación; entre ellos se encuentran Guillermo Prieto, Iván Valencia Laharenas, Mauricio Aranguren y la Universidad Pontificia Bolivariana. Con ellos, además de las referencias bibliográficas sobre las teorías del psicoanálisis y la concepción de lo pulsional, buscamos determinar las formas en que opera la pulsión en los comportamientos sociopáticos.
Objetivo general
Formular hipótesis de las coordenadas metapsicológicas implicadas en el desarrollo de un caso de sociopatía presentado biográficamente (Luis Alfredo Garavito Cubillos).
Objetivos específicos
Establecer a partir del estudio de la biografía las coordenadas metapsicológicas en la infancia de Luis Alfredo Garavito.
Precisar el papel de la crianza y sus efectos en el desarrollo psicosexual de Luis Alfredo Garavito.
Describir la o las pulsiones predominantes y sus destinos en el caso de Luis Alfredo Garavito.
Precisar las características de los objetos sexuales elegidos en el historial sádico de Luis Alfredo Garavito.
Establecer los mecanismos de defensa, mediante los cuales el biografiado procura justificar su accionar sociopático
Estado del Arte
Tras la revisión bibliográfica, se lograron establecer elementos conceptuales que enmarcan el término pulsión. Freud por ejemplo, ofreció diferentes visos hasta llegar a la propuesta de su última teoría: Pulsión de vida y pulsión de muerte. Si bien no se hallaron investigaciones empíricas sobre el tema, se pudo acceder a artículos y sustentaciones teóricas, como monografías, que exponen el término y abarcan teorías sobre su fundamentación.
En el texto Tres ensayos para una teoría sexual, Freud (1905), propone el término pulsión por primera vez sustentando: es la representación psíquica de una fuente endosomática de estimulaciones, que dinamizan de manera constante y opuesta a la estimulación que es
producida por excitaciones esporádicas y externas. En pocas palabras, la pulsión es limítrofe entre lo psíquico y lo somático. En ésta, su primera teoría, fundamenta una coexistencia de dos pulsiones en el organismo vivo: pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación o del Yo.
Las pulsiones sexuales, caracterizadas por ser un movimiento de impulso o de fuerza descargado hacia un fin, que finalmente permitirá una supresión del estado de tensión por medio de un objeto. Cabe en este momento expresar que, en esta medida, el término sexual no hará referencia a una sexualidad únicamente genital con intenciones reproductivas sino a aquella que contribuye a conseguir el equilibrio bien sea mediante el incremento del placer o bien mediante la disminución del displacer. Por otra parte, las pulsiones de autoconservación se identifican por ser necesidades que demanda lo corporal o somático con el fin de conseguir la conservación de la vida del sujeto.
Posteriormente, en 1915, en el texto Pulsiones y destinos de pulsión, Freud sostiene que la pulsión “no actúa como una fuerza de choque momentánea, sino siempre como una fuerza constante” (Freud, S., 1915: 114). En esta ocasión, su significado simboliza impulso, fuerza, presión, entre otras, y cumple condiciones, como por ejemplo: a) ser un estímulo para lo psíquico; b) no provenir de la esfera externa al sujeto; c) ser una fuerza inmutable, constante en el organismo que va en busca de la satisfacción; d) debido a esto, y a que involucra a la estructura del yo, se considera inútil su cancelación por medio de la huída; e) mover al sistema nervioso modificando el medio exterior lo necesario para darle satisfacción a la fuente interior de donde está brotando el estímulo; y, finalmente, f) la pulsión debe proporcionarle al sujeto la satisfacción que ciertamente busca.
El último giro de las teorías relacionadas con la pulsión se encuentra en el texto Más allá del principio de placer. Aquí, Freud (1920) propone la existencia de dos tipos de pulsiones que luchan entre sí: pulsiones de vida y pulsiones de muerte. Las pulsiones de vida abarcan tanto las pulsiones sexuales como las pulsiones de autoconservación, estas últimas corresponden a la preservación de las unidades existentes y a la construcción, a partir de éstas, de otras más amplias, es decir, que en ellas se encuentra un esfuerzo por contrarrestar la pulsión destructora orientándola hacia el exterior, aunque en el interior del organismo siga persistiendo. A su vez, las pulsiones de muerte se identifican como la “tendencia fundamental de todo ser vivo a volver a su estado inorgánico” (Laplanche, J., Pontalis J., 1968: 350). Esta
pulsión, entonces, estará orientada a la destrucción, intentando dominar y desintegrar el organismo y volverlo al estado de estabilidad inorgánica; de esta manera, la pulsión de muerte enviará al exterior su impulso destructor dirigiéndolas a otros objetos para volver inofensiva la pulsión destructora contra sí mismo. Se ha dado en considerar este enfoque como la inflexión sociológica y cultural con respecto de la vida pulsional.
En la búsqueda de investigaciones sobre sociopatía en Colombia, considerada ésta desde una aproximación psicoanalítica, no se logró mucho; sin embargo, existen artículos y libros que presentan el fenómeno desde una perspectiva de la Criminología, otras desde la Psicología y las demás estrictamente desde el campo de la Psiquiatría. En este orden de ideas, autores como Cristian Mora (2011), investigador, criminólogo y psicólogo, se refiere al término sociopatía como “inexacto y poco investigado”, además de ser “generador de confusión”. Por ello propone, en su artículo Psicopatía versus sociopatía: superación de paradigma, estereotipos y costumbrismos, que se supere esta palabra y se sustituya por el término trastorno de personalidad psicopática, argumentando que es éste un constructo psicológico que abarca dimensiones de la personalidad observable a nivel individual, social e interpersonal. En él se acoge a la definición del CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud, décima edición), acerca de este trastorno, describiéndolo como aquel que se relaciona con conductas violentas y potencialmente criminales, “gran disparidad entre las normas sociales prevalecientes y la conducta trasgresora” (Mora, C., 2011: 61). Por otra parte, al evaluarlo desde la psicología, manifiesta que el Manual identifica como características: la falta de empatía, baja tolerancia a la frustración e incapacidad para albergar sentimiento de culpa; aspectos que son, para él, insuficientes si se intenta entender este tipo de elaboraciones.
Autores como Álvaro García, Galán García (2011), María J. López y María del Carmen López (2008), identifican diferencias entre los conceptos de psicopatía y sociopatía. López y López, referenciando a Corral (1996), manifiestan que la sociopatía obedece a dos motivos:
“en primer lugar no se trata de alteraciones de índole congénita y, en segundo lugar, constituyen una personalidad que, por sus características, conduce a una inadaptación social” (López, M., López, M, 2008; 10).
Estos autores, proponen la sociopatía o también llamado trastorno de la personalidad antisocial, como una patología de índole psíquico generadoras de pérdidas de la noción sobre las normas sociales como las leyes y derechos individuales, la cual podrá ser detectada a partir de los 18 años de edad, aunque con características que se desarrollan desde la adolescencia (García, A., García, G., 2011: 136).
Como características de un sujeto considerado sociópata se destaca: la huida de las normas pre-establecidas (por no conocerlas o por no adaptarse a ellas), deshonestidad (mentir repetidamente), tendencia a usar un alias, estafa a otras personas para obtener un beneficio personal o por placer de complacer su impulsividad, incapacidad para planificar el futuro, irritabilidad y agresividad, indiferencia por su seguridad o la seguridad de los demás, irresponsabilidad en el ámbito laboral, falta de remordimientos, y la justificación de los daños o maltratos que ha infligido a otros individuos. (García, A., García, G., 2011: 136).
Método
Paralelamente a la revisión de autores psicoanalistas, que abarcan los temas propuestos, y a los autores Aranguren y Prieto, se elaboró la lectura y la visualización de los documentos buscando aquellos testimonios del imputado que evidencian la implicación subjetiva en la narrativa tanto sobre la realización de sus actos como sobre lo dicho y lo callado, según fuese el interlocutor de sus testimonios. Dentro de los autores psicoanalistas revisados, además de Freud, se encuentran Jöel Dor, Elisabeth Roudinesco, Pierre Kaufmann, Néstor Braunstein, Françoise Dolto y Arminda Aberastury, entre otros.
En la revisión comparada de ambas referencias, esto es, entre los citados autores y los testimonios de Luis Alfredo Garavito, se intenta definir aquellas categorías de análisis que manifiestan la relación del sujeto con la cultura, consigo mismo y con el objeto pulsional, las formas de los actos perversos que configuran una repetición en serie y sus mecanismos de defensa, empleados por el sujeto para presentarse a sí mismo y presentar a los demás sus actos.
Desarrollo del tema.
La pulsión: un destino perverso
Definida por el aporte de Freud (1915), como le hemos expresado más arriba, la pulsión es caracterizada por ser un estímulo que nace desde el interior del organismo y permanece en él como una fuerza constante que no puede evitarse; puede describirse la pulsión, entonces, como el generador de una movilización irresistible de conductas y comportamientos. Será ese impulso e intensidad de energía de la pulsión la que se dirija hacia la consumación de un acto, buscando siempre el placer o la satisfacción.
En otras palabras, la pulsión está vinculada con el displacer o malestar que inicia en lo corporal (fuente) y se proyecta en el psiquismo del sujeto, empujándolo a hallar el placer mediante el (o los) destino(s) de pulsión que éste ha elegido para su satisfacción. Y ¿por qué se constituye el displacer? Los deseos del ser humano son de gran magnitud y pretensiones, sin embargo, la realidad no cumple siempre las dimensiones de tales expectativas, generando persistentemente una insatisfacción y un sentimiento de vacío que se vuelve irresistible y, por ello, se resuelve a través de la liberación de la tensión y la obtención del placer como forma de alivio, incluso, en algunas ocasiones, sin importar las conductas que se consuman para ello.
Basándonos en la teoría de Freud sobre las posibilidades de los destinos que pueden orientar la pulsión, encontramos: 1. El trastorno hacia lo contrario; 2. La vuelta hacia la persona propia; 3. La represión; y 4. La Sublimación (Freud, S., 1915).
Considerando los objetivos planteados al inicio del presente escrito, podemos precisar algunas consideraciones fundamentales.
De acuerdo con Freud, el sadismo pertenece a estas relaciones como“una acción violenta, en una afirmación de poder dirigida a otra persona como objeto” (Freud, S., 1915: 123). Tal objeto es seleccionado como fin para descargar los impulsos, sometiendo, violentando, humillando e infligiendo dolor, buscando el placer de manera narcisista. Es el sujeto quien,
conociendo las reglas y juicios morales, los desafía, fragmenta y quebranta, enmarcándose su personalidad, entonces, dentro de las características de rasgos perversos.
Haciendo referencia a la dinámica sadismo – masoquismo en estadios tempranos del sujeto, se hace la aclaración de que, si bien el niño sádico no inflige dolor de manera intencional, cuando se desplaza el placer hacia sí mismo (encontrando una satisfacción pasiva) posteriormente existe la posibilidad de que ocurra un retroceso de dicha satisfacción sádica al estado activo, gozando la excitación sexual acompañada del dolor que está causando en el objeto de deseo seleccionado.
En la teoría freudiana sobre el desarrollo sexual del individuo se identifica una disposición sexual desde la etapa infantil hasta el sexto u octavo año de vida. Durante este periodo, el niño es un explorador sexual que se reconoce como ser autónomo, al buscar y encontrar en los diferentes estadios la satisfacción de las pulsiones sexuales parciales que lo llevarán a la succión, a la acción de ver y exhibirse, a la retención/expulsión y a la masturbación, con lo cual, concluye Freud, se puede decir que su sexualidad es perversa y polimorfa (Freud, S., 1905). Sin inhibición alguna, al no estar aún instaurada la estructura Superyoica (que le hará tener sentimientos de asco, culpabilidad y vergüenza), el niño experimentará placer con su propio cuerpo y se esperará que, finalmente, en etapas ulteriores a la acción masturbadora, se involucre una intención específica y una madurez en la práctica sexual del ser humano.
En cuanto a estos componentes parciales en la sexualidad en el niño, se planteará que son necesariamente perversos, porque las actividades sexuales parciales “imponen otros objetos y otros fines que el objeto y el fin sexual ‘normal’” (Dor, citando a Freud, 1897: 74). Sin embargo, estas pulsiones parciales pueden persistir en el acto sexual normal como tendencias perversas, bajo la forma de placer preliminar. En otros casos, las perversiones son el resultado de la regresión a un estadio anterior de la evolución libidinal donde el sujeto queda electivamente fijado (Dor, 1897).
Lo anterior permite concluir que, en la perspectiva freudiana, la sexualidad perversa es algo que está en el origen mismo de la sexualidad normal como una disposición inevitable en el desarrollo psicosexual de todos los sujetos. Se dirá, entonces, que la pulsión opera en la
perversión mediante el principio de placer, pues ésta es la acción psíquica que tiene como objetivo movilizar al sujeto a hallar la satisfacción de sus impulsos para deshacerse de la tensión displacentera, incluso trasgrediendo las normas, lo convencional, lo moral y lo legal.
El complejo edípico
Será entre los tres y los seis años de edad, aproximadamente, que los niños entrarán en la etapa edípica, descrita por Freud como un momento decisivo del ser humano con relación a la culminación de la sexualidad infantil, el futuro de la identidad sexual (diferenciación de sexos) y la organización de la personalidad (Freud. S., 1924.; Dolto, F., 1983). En el transcurso de este periodo, surge un conflicto psíquico entre los sentimientos hostiles y amorosos por sus progenitores; en otros términos, es un deseo sexual sentido hacia el padre del sexo opuesto y el deseo por el antecesor del mismo sexo. De esta manera, el niño y la niña se instalan en un tejido, en gran medida inconsciente, de la ambivalencia de afecto y odio que se encausará dependiendo de sus representaciones (Freud, S., 1924; Dolto, F., 1983; Laplanche, J., Pontalis, J., 1968).
En el caso de la niña (en la etapa edípica), ésta deseará ser la amada y preferida por el padre, el cual, en su función de ley, demandará su posición como hija y no como mujer, estableciendo límites con el fin de reprimir estas fantasías. Por otra parte, se encontrará que el niño considera a su madre como una propiedad, deseando asumir el lugar del padre, al cual comenzará a reconocer como rival por ser quien recibe el amor ofrecido por la madre.
Lo que implica el paso por el complejo edípico está orientado a la represión de dichos sentimientos de amor hacia el padre del sexo opuesto y a la identificación del padre del mismo sexo como ideal, lo que movilizará en el niño y en la niña un acercamiento a las normas y convenciones sociales, mediante la aceptación e interiorización de un poder superior. Además, se puede indicar, desde ya, qué se espera del complejo edípico: la identificación heterosexual y el inicio de la formación Superyoica. En palabras de Freud, la “organización genital fálica del niño se va fundamentando a raíz de esta amenaza de castración” (Freud, S., 1924: 183), aunque el niño y la niña ya deben estar preparados para algunas pérdidas, pues en un primer
momento ha sido retirado del pecho de su madre y posteriormente agente en la separación del contenido pulsional.
El complejo de la castración y su desmentida
Como ya se mencionó, el complejo edípico guarda una estrecha relación con el complejo de castración, pues es mediante éste que se promueve la aceptación de la prohibición de los deseos edípicos de incesto y asesinato, dando paso a la cultura a través del reconocimiento y obediencia en el nombre del padre, que es investido como ley y que por ello regula el juego del deseo del niño y de la niña.
La castración es el reconocimiento de que existe un ser superior a él, que tiene más poder y que es la autoridad, lo cual forma el núcleo de la estructura Superyoica, en donde se toma prestada la severidad del padre, perturbando la prohibición del incesto (que hace referencia a tener el objeto amado que es el padre o la madre) e invistiendo la libido en partes desexualizadas y sublimadas, obligando así al sujeto a la mudanza de mociones tiernas (Freud, S., 1924). De este modo, Freud concluye que el superyó es el heredero del complejo de Edipo.
En todo caso, se espera que la represión medie sobre este proceso para alcanzar la cancelación del complejo, pues, de no ser así, el sujeto entraría en un estado fuera de lo convencional.
La función del complejo de castración estará en el orden de la prohibición y de la normatividad en relación con la satisfacción de los deseos pulsionales que se encuentran en el interior del sujeto (niño y niña). Será dicha ley quien los vincule con la conciencia moral y el domesticamiento, de acuerdo con la compasión (con relación a los demás individuos) y con la construcción simbólica y cultural. Empero, no siempre se logra elaborar dicho complejo.
También puede ocurrir la desmentida de la castración, que hace mención a la negación de la realidad ante la amenaza de ser castrado. Dicha amenaza aparece como una manera de defensa consciente en la cual el sujeto excluye la realidad de la percepción y la sustituye con un objeto que entrará en su representación, siendo el caso, por ejemplo, del fetichista, considerado como perverso. Dor, citando a Freud, dirá qué “la negación actúa sobre la realidad exterior y no ya directamente sobre la realidad de la ausencia de pene en la madre, la niña, la mujer…” (Dor, 1987: 80).
Freud presenta argumentos metapsicológicos cuando aborda la negación en paralelo con la represión, entendiendo esta última como el mecanismo introductor a la neurosis y la negación como un proceso introductor de la psicosis. Así, mientras la neurosis acepta la realidad pero huye de ella, se limita a “no querer saber nada de ella; la psicosis la niega e intenta sustituirla” (Dor, citando a Freud, 1987: 81). Freud asocia la negación de la realidad con otro proceso metapsicológico: la escisión del yo, en el cual coexistirán en el mismo organismo dos ideas disímiles entre ellas sin posibilidad de influenciarse entre sí, y donde sólo una de ellas prevalecerá para modificar la realidad exterior. Lo anterior, dependiendo de los deseos pulsionales y la capacidad que es adoptada por el sujeto para apaciguarla. La desmentida de la castración será la que autoriza al sujeto a que descargue sus pulsiones sin remordimiento ni sentimientos de culpa o vergüenza.
Periodo de latencia: Estructuración del Superyó como herencia del complejo edípico
La latencia es entendida como el momento de la declinación de la sexualidad que ofrece al sujeto una nueva relación con el objeto sexual mediante sentimientos de ternura, sensaciones que acompañarán al sujeto hasta la pubertad y lograrán en el psiquismo humano la apertura a la aparición de emociones relacionadas con la vergüenza, el pudor y el asco, manifestadas por los valores y diques morales establecidos en la estructura que ha asumido el sujeto: El Superyó (Freud, S., 1924).
Françoise Dolto (1983), por su parte, relaciona este estadio con la educación en una edad próxima a los 7 años. Aquella educación que el infante asumirá, en muchos casos a través de instituciones como la familia, la escuela o la iglesia, con sentimientos ligados a calificativos del bien y del mal, vinculándolos de esta manera con la angustia que experimenta el niño o la niña al advertir la imprudencia de ceder a actos que han sido prohibidos o reprochados por las figuras que tienen autoridad (los padres) sobre sí. Será un estado armónico donde el niño podrá dirigir sus intereses hacia el mundo exterior, desarrollando sus capacidades cognoscitivas, físicas y sociales en la relación con sus pares. Con lo anterior se entenderá que es durante, y desde, el periodo de la latencia que la libido perderá su condición prevalentemente sexual, canalizándose en actividades sublimatorias con juegos que involucran
roles como el materno, el paterno, el de novios u otros oficios, “satisfaciendo sus necesidades de tocar, mostrarse, de ser vistos y de ver” (Aberastury, A., 2002: 65). Es una etapa que, tras atravesar el polimorfismo del complejo edípico y la castración (reconocimiento que existe alguien más que él, que es un ser superior al tener la autoridad y el poder de prohibir el incesto e instaurar la ley), direccionará, a través de la sublimación, las pulsiones sexuales, que hasta el momento se han experimentado con las zonas erógenas, mediante sentimientos de ternura hacia el objeto sexual, actividades lúdicas, el desarrollo intelectual y el cuidado personal, lo cual abre paso a la dinámica social que se espera lo atrape con mayor eficacia.
Sobre los rasgos perversos y la sociopatía
La perversidad no reside en la acción maligna misma, sino en el placer que le está vinculado y que lleva a cometerla
Henri Wallon
En este momento se puede realizar, entonces, un resumen que permita tener una aproximación a las características de los rasgos perversos. Como se ha desarrollado a lo largo del trabajo, los actos perversos se vinculan con la organización genital infantil, el complejo edípico, el complejo de castración, la prohibición del incesto, la renegación como mecanismo de defensa, una fijación en la sexualidad infantil y, por supuesto, el paso, la elaboración y la interiorización del proceso de latencia, que, en el caso de fracasar, llevará al sujeto a la incapacidad de sublimar o trasladar las pulsiones hacia un objeto de satisfacción coherente con las convenciones sociales por lo que se encontrará, en cambio, con la autorización de descargar dichos impulsos mediante actos delictivos sin remordimiento, sentimientos de culpa y/o de vergüenza.
Aproximándonos a los rasgos de la perversión, destacaremos aspectos que permitan proponer algunas características de ésta. El primer aspecto que se mencionará es la consumación de los actos transgresores o los desafíos de las normas que estos sujetos llevan a cabo, consumación que a su vez estará relacionada con la desmentida de la castración. En este caso, lo que opera será la negación de la regulación del deseo por la ley que es agenciada por el padre, llevando al sujeto a situarse en el límite donde ésta comienza y a traspasarla con el
fin de demostrar o reafirmar que tiene el poder de ser más eficaz y fuerte que las normas que juzgan, prohíben y castigan comportamientos, e incluso moldean pensamientos socialmente.
Será por eso que se puede hablar de una selección de goce por parte de quien viola las normas sin posibilidad alguna de contención intrapsíquica. Como consecuencia, su angustia no estará relacionada con quebrantar la norma sino con la posibilidad de ser sorprendido por la ley, es decir, por las personas investidas con el poder de castigar y sancionar las conductas realizadas con este fin.
Aulagnier, en su texto La perversión (2000), describe como característica de los perversos el “hacer del otro y de su goce conjunta y paradójicamente, la prueba de la no-existencia de la castración y la de que la castración misma es, en su horror, forma de goce…” (Aulagnier, P., 2000: 20).
Otra característica que será de nuestro interés es el narcisismo. Término propuesto por Nacke en 1899, según Freud (1914), para “designar aquella conducta por la cual un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual,… Lo mira con complacencia sexual, lo acaricia, lo mima, hasta que gracias a estos manejos alcanza la satisfacción plena” (Freud, S., 1914: 71). Además de esto, la expresión está vinculada a un rasgo fundamental del carácter: el delirio de grandeza, en él la libido sería sustraída del mundo exterior y sería devuelta al Yo. Se reconocen dos etapas del narcisismo: la primera, relacionada con las satisfacciones sexuales autoeróticas primarias, vinculadas con la complacencia del niño cuando éste se encuentra en la llamada perversión polimorfa, con fines de autoconservación; la segunda, se refleja en algunos sujetos más tarde, cuando se independizan de ella, y se buscan a sí mismos como objeto de amor. Diferente es el caso del neurótico, quien proyecta dicho amor objetal en el mundo exterior.
En esta medida, los sujetos con rasgos perversos y narcisistas son aquellas personas que, buscando el equilibrio y la satisfacción pulsional, transgreden a otras sin ninguna consideración, solo para experimentar el goce de sus mociones pulsionales, es decir, esos impulsos que escapan a la represión y que no han sido atravesados por la conciencia moral, la culpa, la vergüenza o el remordimiento. En otras palabras, no existen límites ni tampoco la oportunidad de ocupar el lugar del otro para identificarse con sus sentimientos; por el
contrario, el sujeto probará ser, él mismo, ley y tener poder sobre otro que se encuentra en una posición de indefensión o de inferioridad (Dor, J., 1987; Roudinesco, E.; Plon, M., 2008;
Kaufmann, P., 1996).
Dor (1987), al hacer observaciones generales sobre la perversión, menciona la división de ella en dos amplios grupos: el primero, en el que el fin de la acción es perverso (situando el sadismo, el masoquismo, el fetichismo y el exhibicionismo); y el segundo, en el que el objeto es perverso y la acción, generalmente, es una consecuencia (grupo de homosexualidad, la pedofilia, la gerontofilia, la zoofilia y el autoerotismo). En consecuencia, habrá, indudablemente, una fascinación en el perverso por el acto que está consumando. En el caso del sociópata, por ejemplo, podría estar vinculado con el masoquismo (en relación con el fin), y, en algunos casos, en la obtención de registros mnémicos y objetos físicos como una nueva fuente de placer para revivir el momento de excitación y exaltación, además de la ratificación narcisista que lo involucra en la dinámica del poder.
El caso de Luis Alfredo Garavito Cubillos
En Luis Alfredo Garavito, se evidencia la fascinación que tiene él al bosquejar cuidadosamente los registros gráficos de mapas de las escenas en donde cometía los crímenes, los calendarios en los que consignaba con un círculo los días en que los llevaba a cabo, los recortes de las noticias que hablaban de ello y la representación de trofeo que lograba con cada prenda de las víctimas que coleccionaba a manera de resto de caza. Entonces ¿qué sucede antes de que el perverso alcance lo que se ha propuesto?
Este sujeto se identifica como un ser estratégico, que elabora y planea de manera minuciosa cada acción que llevará a cabo, las consecuencias y la valoración de los obstáculos con los cuales se puede encontrar; por ejemplo, el ser visto (pues, si bien el perverso no desea ser visto y aprehendido sí desea ser reconocido aunque en lugar de su nombre ponga su acto).
De esta manera, la experiencia adquirida en las diversas contravenciones de su actuar se reflejará en el perfeccionamiento de los rituales y en la variedad de las conductas, sin siquiera importar que se acerque más al riesgo de ser sorprendido.
El sociópata –y éste es el caso de Garavito– comenzará por seducir a la víctima, teniendo siempre presente que ésta se sitúe en un lugar inferior a él. Para ello acudirá, en algunos casos, a posicionarse (con atuendos o vestimentas convincentes y relacionadas con las creencias de la cultura en la cual se encuentra) en un lugar o en la representación de figuras que generen confianza para ocultar sus conductas destructivas y, por ello, punibles. Por ser ése el fin, el sujeto con rasgos perversos recurre a las mentiras, invenciones y disfraces, que son finalmente verdaderas para las víctimas que deciden confiar en el repertorio, convirtiéndose automáticamente en objeto de deseo e igualmente de denigraciones. Todo esto, realizado con el fin de alcanzar notoriedad a partir del acto, además de la gratificación narcisista donde sólo él puede dar testimonio de la autoría del acto.
En el caso de ser aprehendidos, dichos delincuentes explican su accionar ya sea por no haber desarrollado inhibiciones morales (durante el complejo edípico), o porque “en su lucha contra la sociedad se creen justificados en sus actos” (Freud, S., 1916: 339); es decir que, para un perverso, sólo existe ley para desafiarla y como poder, en tanto sea él quien la ejerza.
En términos psicoanalíticos: una total desmentida de castración.
Se aplicará la comprensión de la teoría expuesta y desarrollada en el transcurso del trabajo al caso de Luis Alfredo Garavito Cubillos. Para ello, se tendrán en cuenta algunos de los aspectos identificados en sus narraciones orientados a explicar su actuar y, en algunos casos, nos apoyaremos en discursos de personas que hicieron parte de este caso (confesión ofrecida a Mauricio Aranguren y consignada en el libro El gran fracaso de la fiscalía, 192 niños asesinados (2002) y la entrevista realizada por Guillermo Prieto, transmitida en el canal RCN (2006)).
Es claro que este estudio tiene un alcance limitado en la medida en que el sujeto elegido no ha sido parte de tratamiento de largo alcance con nosotros lo cual permitiría cumplir con los requerimientos que un estudio de caso exige. Las hipótesis en relación con su identidad y comportamiento darán cuenta de dichas limitaciones y, en tanto que límites y obstáculos, serán ellas también objeto de otros posibles trabajos acerca de estudios de esta naturaleza. Por tal razón, estas hipótesis no serán el único producto de este trabajo: consideramos que ciertas preguntas alrededor del tema harán las veces de invitación para que otros profundicen en el
estudio del comportamiento de quien cada día se tiene más noticia a nivel mundial. Además, creemos pertinente expresar que lo propuesto y construido a continuación como hipótesis es producto de largas conversaciones sostenidas con el Doctor Eduardo Botero Toro, quien en calidad de Director del proyecto de grado, y a partir de su conocimiento, realizó valiosos aportes.
Historia personal y Sociopatía
Luis Alfredo Garavito nace en el municipio de Génova, Departamento de Quindío, el 25 de enero de 1957. Ocupa el lugar de hijo mayor entre 4 hombres y 3 mujeres del matrimonio entre Rosa Delia Cubillos y Manuel Antonio Garavito. Es conocido a nivel mundial como el segundo asesino en serie más temible, con 172 asesinatos confirmados de menores entre los 9 y 14 años de edad. Homicidios que fueron consumados desde 1992 hasta 1999, año en el que fue capturado cuando las autoridades realizaban operativos para aprehenderlo. Con respecto a su formación escolar, Garavito dice haber estudiado hasta quinto año de primaria.(Aranguren, M, 2002).
De su infancia él declara:
“Mi infancia trascurrió mmm... La llamo yo muy difícil, porque yo observaba desde muy tierna infancia”… “esas imágenes que son tan dolorosas cuando mi difunto padre, pues él golpeaba a mi madre, si? La arrastraba por el suelo y esto para mí eraaa, era muy doloroso no? Observar yo muy tierno de tres años tengo yo las imágenes de 2 de 5”…
“usted sabe que cuando mi padre llegaba yo siendo un niño me daba miedo oírlo hablar y yo me escondía debajo de la cama. Él tenía una correa que nunca se me va a olvidar y, esa correa, con ella nos pegaba duro y nosotros no podíamos digamos jugar ni nada, éramos totalmente, no me podía desarrollar como un niño si me entiende? Y… entonces él me gritaba muy, unas palabras muy duras”. (Prieto, G., 2006)
“Yo a mí papá le tenía mucho odio, mi papá con mis otros hermanos fue más tierno, en cambio a mí siempre me trató a las patadas… él todo me lo prohibía…”. (Aranguren, M., 2002: 42)
“…a mi padre lo odiaba y muchas veces, en estado de embriaguez y patrocinado en esa época por ciertas personas, quise irlo a matar”. (Ibíd.: 45)
“… mi madre, una persona que poco afecto y cariño me brindó”. (Ibíd.: 42)
Se ha identificado a Luis Alfredo Garavito como sociópata, especificando aquellos criterios en que se apoya dicho diagnóstico según la Universidad Pontificia Bolivariana (s.f.).
Nuestro trabajo insiste en ir más allá de la sola caracterización del personaje y procura establecer los nexos existentes entre sus comportamientos perversos y la historia personal de la que da testimonio. Al respecto, no cabe duda que el comportamiento de Garavito sea claramente sociopático, con lo cual se inscribe dentro de las prácticas que Freud, en Tres ensayos para una teoría sexual (1905), establece a través de las llamadas perversiones.
Si bien otro psicoanalista, como Jöel Dor (1987), ubica la perversión en dos grandes grupos partiendo de la teoría freudiana (a: según su fin, b: según su objeto), el caso de Garavito parece inscribirse en una condición no mencionada por los autores al ser simultáneamente fin y objeto: la acción perversa situada en el sadismo como fin y la pedofilia como objeto. Garavito selecciona como objeto a los niños varones menores de edad para obtener su gratificación sexual a partir del ejercicio sádico.
Conociendo la narración que hace de su infancia, y comparándola con el acto por el cual es procesado, a primera vista llama la atención la elección del tema castigo corporal como aquello que más destaca de la historia de su infancia, y el nexo de dicha acción de la cual era objeto en la distribución de los efectos en relación con las dos figuras primordiales: odio al padre y ambivalencia frente a la madre. Complementamos lo anterior con la interpretación por parte de Garavito acerca del por qué recibía castigo físico de su padre, ubicándose así en el lugar de objeto elegido y “privilegiado” del acto sádico paterno. En tanto que carece de una explicación acerca del porqué de esa elección por parte del padre, podríamos señalar, con respecto a la función paterna, que en lugar de proveer un testimonio de contención del deseo por ejercicio de la ley, lo que revela es la trasmisión de un gesto puramente emocional por parte de un padre excesivo y arbitrario. El acto del padre podemos identificarlo, en la narración de Garavito, no como el instrumento de trasmisión de la norma sino como el exceso sádico con intenciones de descarga. Simultáneamente, y respecto al papel de la madre, resalta
la inhibición de la protección. A su vez, ella también colocada en un lugar semejante al del hijo, destinataria de la agresión de su esposo. Hijo y madre unidos en la condición de destinatarios privilegiados por el sadismo del padre/esposo.
Llamativamente, Garavito concede cierto grado de validez a la palabra del padre como explicación de la historia personal de la madre, insinuando con su credulidad su particular teoría del origen: ser hijo de un padre sádico y de una madre prostituta (Aranguren, M., 2002:
42).
El ejercicio de la pulsión sádica del padre corresponde con su elección homosexual. Dos testimonios de Garavito prueban esta característica del objeto con la cual el niño se identificará: la prohibición del padre para que el niño lleve a cabo la atracción por una niña propinándole un castigo al sorprenderlo visitándola (“me cogió con una correa y me reventó las piernas, por querer ir a hacerle visita clandestina a ‘Nena’” (Aranguren, M., 2002: 42), y el hecho de que su progenitor dormía con él en la misma cama, aprovechándose además del aseo para acariciar sus genitales “él me bañaba”… “tengo un recuerdo vago era de noche él como que me acarició me tocó las partes íntimas…a ese señor nunca lo quise, lo veía como un verdugo” (Aranguren, M., 2002: 43). Este recuerdo describe una escena que involucra placer y castigo. Podríamos llamarla la escena de Pegan a un niño (Freud. S., 1919), que se multiplicará muchos años después en el acto criminal de Garavito, cuando él va más allá de gozar pegando a un niño, es decir, sacrificándolo y coleccionando su acto como empresa privada de la cual se vanagloria con las noticias de los crímenes que comete.
Cada acto del padre resalta la inhibición de la madre para actuar. Según Garavito, él también fue violado por quien presenta como el mejor amigo de su hogar:
“A mis 12 años mmm… Perdón, creo que fue a los 13 años fui víctima de violación, por parte del mejor amigo de mi hogar, un hombre muy religioso, en parte, recibí mmm…
tortura posológica, si? Y fuera de eso, yo en varias partes del cuerpo, yo sufrí golpes y sufrí otras morde… Bueno, una cantidad de cosas queee de verdad nooo, no quisiera acordarme” (Prieto, G., 2006).
Igualmente, declarará haber sido violado por el propietario de una droguería y un sacerdote (Aranguren, M., 2002: 43; Prieto, G., 2006).
Es de anotarse que, en todos los casos, se trata de figuras de autoridad, subrogados de lo paterno, y que no solamente ejercen caricias sino también violencia sobre su cuerpo. Se trata, entonces, de una acción de poder, de una forma de ejercicio autoritario y arbitrario que se exime de someterse a una ley que prohíbe el incesto y el uso sexual de menores. Ésta será la ley con la cual se identificará Garavito. La ausencia de protección por parte de la madre debe considerarse complementaria de esa arbitrariedad.
La complejidad de su Edipo está dada por el hecho de que ambos padres agreden al hijo mediante dos actos distintos pero complementarios. Ambos actúan la arbitrariedad y el exceso:
exceso de castigo corporal acompañado del placer y exceso de abandono y desprotección. En este sentido, debemos situar la prevalencia del deseo del padre cuyas conductas serán aquellas con las que el hijo se identificará, resaltando la condición obscena y feroz del Superyó que Garavito heredará. Con esto, existe otra condición probatoria de la complejidad: la diferencia anatómica de los sexos quedará velada al identificar a ambas figuras con el hecho de compartir una misma postura de aceptación con la trasgresión de la ley, y será en este sentido que la subjetividad de Garavito desmiente la castración materna, toda vez que ella ha sido desmentida por el padre y por la madre al mismo tiempo. Es decir, el padre aquí no ha operado como el encargado de modular el deseo por medio de la ley sino que él mismo refrenda la extensión arbitraria de su deseo. Las consecuencias se expresarán de modo nítido: lo que quedará inhibido no será la pulsión sexual sino aquello que la contiene, como son la misericordia, la piedad, la simpatía, la vergüenza y el amor como valores esenciales capaces de contener un destino brutal.
Dimensión metapsicológica del acto criminal de Garavito
Freud, en Más allá del principio del placer (1920), señala que una de las dificultades que se tiene para aislar y comprender la pulsión de muerte es su tendencia a camuflarse en la pulsión sexual. En El hombre de las ratas (1909) indicaba que nos es más fácil comprender la relación
entre el amor y el placer que la que existe, sin duda alguna, entre el odio y el placer. Es necesario expresar lo anterior para comprender la dimensión metapsicológica del acto repetitivo de sadismo por parte de Garavito.
En sus declaraciones se observa un cambio significativo en la aceptación de sus crímenes.
De esta manera, pareciera existir diferencias marcadas en la información que ofrece a los periodistas y la que entrega formalmente en indagatoria. En tal sentido, es objeto de nuestra investigación tanto lo que dice como lo que calla, toda vez que este trabajo se inscribe en una concepción psicoanalítica, que concede valor de sentido tanto a lo dicho como a lo no dicho.
De este modo, es evidente que la declaración ante la Fiscalía es asesorada por un abogado defensor que ha señalado por cuál de los delitos que confluyen en su acto criminal puede recibir condena menos severa. En su afán de obtener piedad y consideración por parte del Estado que lo juzga, y conocedor inteligente de la concepción legal con la que se enfrenta, Garavito apelará a dos modos de proceder simultáneos: negando acciones que aumentarán la magnitud de su condena y enfatizando en la historia que narra acerca de sus dramas infantiles.
En su declaración a la Fiscalía niega aquello que había confesado en las entrevistas ofrecidas a los periodistas, es decir, la violación de los niños asesinados y la obtención de placer con los actos de violarlos y asesinarlos. Habiendo dado cuenta de lo narrado de su infancia, exaltando su condición de víctima, hará de ello una racionalización con la cual intenta ampliar las consecuencias de una negación deliberada. En primer lugar, va a expresar que el asesinato mismo era un acto de piedad para disminuir el sufrimiento de los niños. Él dirá estar eximido de la responsabilidad de su acto, puesto que adjudicará a una fuerza superior, citando para ello la autoridad del fundador de la iglesia: “Personalmente pienso como decía el apóstol San Pablo en Romanos, capítulo 7, versículo 15, porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Aranguren, M., 2002: 22).
Obsérvese que, en este caso, lo pulsional es descrito como imperativo sobre toda contención, de la cual no se puede decir que él no tenga noticia, pues si así fuera, el suyo sería el acto propio de un psicótico. Debemos recordar la forma en que él se relaciona con los hijos
menores de edad de sus compañeras sentimentales, particularmente con Rodolfo, a quien aconsejaba que no debiera salir a la calle porque “…hay mucho violador y pervertido por ahí, es mejor que no salgan…”. Donde nadie más que él sabía por qué se lo decía (Aranguren, M., 2002; 68). Aquí podemos identificar cómo un sujeto es capaz, simultáneamente, de llevar a cabo actos de violación y asesinato y al mismo tiempo aconsejar a otros de cuidarse contra ese tipo de sujetos, en una verdadera expresión de contradicción no dialectizada, con respecto de la cual el sujeto delibera de tal manera que la asume como representante de su modo de relacionarse con la ley. Estamos ante un caso de escisión del Yo. Garavito opera paralelamente como padre protector representante de la ley al tiempo que transgresor eficaz de la misma. En este sentido, es llamativo el contenido de advertencia a Rodolfo:
“Él me decía que allí en Nacederos, mataban muchos niños... que los utilizaba para sectas diabólicas, que le cortaban los genitales y se los ponían en la boca…me decía que sabía todo esto porque había ido allá… me dio a entender que él había visto los cuerpos… que los torturaban y les metían agujas en las uñas, que les mochaban los dedos…” (Aranguren, M., 2002: 208).
Porque en la entrevista que realizan Prieto y Aranguren (págs. 47, 56, 83, 110, 153, 221), Garavito va a explicar su acto en relación con estar poseído por una fuerza satánica:
“Cuando yo veo en un libro de magia negra”… “y empiezo yo a meterme en las profundidades del satanismo y yo vi en esa obsesión que yo tenía por poder y por dinero, que esa opción era muy buena, y opté por vender el alma al diablo y resulta que al yo, al hacer ese pacto, oigo una voz en ese momento, se abren las cortinas, se me para el pelo, y entro en esa psicosis y oí una voz que me decía que qué quería, y yo le dije quiero poder.
Me dijo: ‘me quiere servir?’, y dijo quiero servirle a usted, le vendo mi alma al diablo.
Y… así fue que yo en octubre del año 92, estando en la ciudad de Cali, siento que algo se me posesiona y oigo una voz que me indica que me fuera para Jamundí, y cometo mi primer homicidio” (Prieto, G., 2006).
Aquí, como en muchos otros casos, la figura elegida para representar la fuente y el impulso de lo pulsional es la del ángel muy amado que fue expulsado a los infiernos por sus
actos de soberbia e insubordinación con su padre Dios. Así es como el hijo más amado y despreciado ejerce su venganza, convirtiéndole, simultáneamente, en el padre del mal. Se puede indicar entonces que Garavito revivencia la escena de hijo elegido por el padre y privilegiado para el maltrato como fuerza suficiente para impulsarlo a la ejecución de sus crímenes. Podemos decir que estos niños son objeto de deseo de Garavito, y repeticiones de lo ya vivido por él, incorporándolo como destino del cual desea escapar.
En su declaración acerca de los dramas de su infancia, Garavito nunca dio testimonio de haber gozado sexualmente al ser violado por los adultos. Eso que es negado para entonces, ahora se refleja nítidamente a través de la repetición en su acto sádico. Subjetivamente, Garavito se constituye como un narcisista eximido de toda ley para dar satisfacción a sus pulsiones. Su conducta evolucionó desde la violación hasta la complementación del sadismo con el fin de incrementar su placer (al principio):
“…únicamente los acariciaba, los amarraba, les quitaba la ropa y los violaba, pero finalizando el 80 y a comienzos del 81, me voy para la ciudad de Sevilla, me llevo a un menor, y de pronto no sentía placer solamente con acariciarlos, violarlos, sino que llevaba cuchillas de afeitar, velas y encendedores” (Aranguren, M., 2002: 53).
“Cuando empecé yo a violar o a someterlos a ciertos vejámenes, yo me sentía feliz haciendo eso, poseído, no sé si por un espíritu…” (Ibíd.: 89).
“Los niños de Bogotá aparecían con el dedo pulgar del pie derecho amputado, eso lo hice yo. Sentía placer al hacerle esto a los niños… aparecían con los intestinos afuera…Yo quedaba tranquilo” (Ibíd.: 91).
“Muchas veces me ocurrió que llegaban menores de edad al supermercado a comprar algo, a mí me iba dando un deseo como lo que yo siempre he denominado una fuerza o un impulso de estar con ese menor de edad, acariciarlo, violarlo” (Ibíd.: 53).
“…Cuando los violaba tenía más potencia, pero fui perdiendo la potencia…” (Ibíd.:
112).
Todo lo anterior refrenda la ligazón de la satisfacción placentera con el acto sádico, pero hay que agregar otro motivo de satisfacción y es la que obtiene en su modo de operar
desafiando a la ley y demostrando su capacidad para transgredirla y sobrepasarla. Tal como ha sido descrito por Freud: “una acción violenta, en una afirmación de poder dirigida a otra persona como objeto” (Freud. S., 1915: 123), que sería aquello solicitado al demonio en el pacto establecido.
El hecho de coleccionar recortes de prensa que daban noticia del hallazgo de los cuerpos asesinados desmiente la presencia de culpa, remordimiento y arrepentimiento por parte de Garavito, dando testimonio de la actividad del complejo de Edipo, de la desmentida de castración, del narcisismo y del tipo de interiorización de la norma en la configuración de su estructura Superyoica.
“… el perverso actúa allí donde el neurótico reprime sus impulsos”… “porque el primero carece de Superyó. Afirmación ésta que no tendrá otro alcance que colmar de gozo al perverso, que sólo el deseo hace la ley” (Clavreul, J., 2000: 66).
Garavito obtenía satisfacción registrando en el calendario la fecha de cada crimen, la ciudad en la que lo cometía, el nombre de cada niño, la contabilidad con los gastos, las colillas de los tiquetes de los transportes, algunas prendas de vestir de las víctimas, todo lo cual constituía otra fuente de placer y gratificación narcisista.
Un tema complementario de lo que veníamos diciendo da testimonio de un saber que Garavito tiene acerca del uso de la ley como forma de engaño. Es el caso de los disfraces que usó para facilitar su acción: de cura, comerciante de ambientadores, condición de representante de una fundación, las relaciones maritales en donde aparece como padre y esposo, y el fingimiento de la condición de discapacidad. Como diría Clavreul:
“el perverso desempeña el papel con la aplicación y acierto de un gran actor. Es decir, ha puesto toda su ambición y todo su talento en la tarea de encarnar plenamente su rol”… “el perverso emplea todo su esfuerzo en tratar de reconstituir la coherencia del personaje que sabe representar” (Clavreul, J., 2000; 68).
Esto también representa un plus de placer derivado del gesto mismo engañoso. En síntesis, podríamos decir que Garavito sabe que la manera más eficaz para violar la ley es
convertirse en un personaje que habitualmente la promueva. Podría decirse que la condición de “minusválido” desmiente esta afirmación, pero no debemos olvidar el texto que acompaña la solicitud de limosna de muchos desvalidos en la calle: “yo podría estar robando pero prefiero pedir” o, “en nombre del Señor Todopoderoso…”.
A partir de los referentes teóricos revisados y las declaraciones de Garavito se puede decir, finalmente, que si bien se reconocen diversas maneras en que los sujetos pueden atravesar los estadios o etapas consideradas como decisivas para la constitución psicológica (entre ellas, el complejo edípico, de castración y el periodo de latencia, que ofrece como herencia la estructuración del Superyó), serán éstas las posibilidades que un sujeto asumirá como miembro de la cultura a la cual pertenece. En cualquier caso, teniendo en cuenta las teorías que ofrece el enfoque psicoanalítico, se reconoce como consecuencia de dichos estadios (ofrecida por las figuras parentales desde la primera infancia), la existencia de estructuras psíquicas en los sujetos que influencian las conductas y comportamientos, dependiendo en gran medida de la manera como lo haya elaborado e interiorizado.
Partiendo de lo anterior es que reconocemos la existencia de sujetos que actúan coherentemente y de acuerdo a las leyes, normas y pautas que demanda la cultura; o bien sujetos cuyos comportamientos se alejan de éstas con el fin de cumplir y satisfacer sus aspiraciones, ideales, o deseos por encima de la integridad de los demás, incluso teniendo conocimiento de su accionar punitivo. Sea un ejemplo de esto último el caso de Luis Alfredo Garavito, quien, justificando su accionar delictivo en las experiencias de su infancia o bien atribuyéndola a una fuerza extraña que se dirigía a sí, no es eximido de responsabilidad, toda vez que tenía y tiene plena facultad de diferenciar en lo convenido culturalmente como bueno o malo, además de reconocer sus comportamientos por fuera de la ley.
Garavito violó, torturó y asesinó al menos 172 niños que se encontraban en una postura de indefensión frente a todas las denigraciones cometidas contra su integridad, desde el primer contacto. Negando con la ejecución de sus deseos toda posibilidad de experimentar sentimientos de culpa, vergüenza y remordimiento, su accionar, entonces, es considerado perverso, al ser puramente pulsional y expresado mediante el sadismo al mundo exterior, con
el fin de atentar contra la integridad de un ser humano que, sin su consentimiento, fue vulnerado.
Conclusiones.
Partiendo de los contenidos explícitos y recurrentes en el discurso de Luis Alfredo Garavito acerca de su infancia cargada de violencia, se destaca la posición asumida en relación con sus padres y la de éstos dos como pareja. Garavito se ubica en un lugar simultáneo de elegido y de víctima del padre, quien es caracterizado como un pegador gratuito, y de la madre, descrita como poco afectuosa y a la cual sitúa al mismo tiempo como una víctima más.
Garavito se identifica en su actuar perverso, posteriormente, con aquel inconsciente del padre (esa figura que, en vez de ofrecer la ley, entrega con sus conductas trasgresión, humillación, y sadismo y homosexualidad; pero que reprime conforme lo demanda la cultura), y relaciona el placer con odio y dolor en su accionar sociopático repetitivo, cargado de sadismo y sin ninguna apertura al arrepentimiento, remordimiento, culpa o vergüenza. Una conducta puramente pulsional.
Sus discursos dejan inferir que es por las relaciones establecidas en su infancia que se construye la oposición de asumir e interiorizar las invocaciones del Otro y, con ella, las prohibiciones de sus deseos pulsionales, rechazando la conciencia moral, el domesticamiento y la compasión por las demás personas. Personas que cuidadosamente elegía para descargar sus pulsiones sádicas (pues los hijos de sus compañeras sentimentales nunca fueron víctimas), teniendo en cuenta su indefensión (edad), su condición socioeconómica y sexo (siempre varones). Víctimas a las cuales podría tener fácil acceso, seducir con mayor facilidad (ofreciendo algo a cambio), y que no despertaran mayor sospecha.
Una vez capturado, Garavito ha recurrido a varios mecanismos de defensa, mediante los cuales procura justificar su accionar sociopático para defender sus intereses. De ellos hacen parte: la racionalización, la negación de sus hechos, la elusión y la evasión. Tras éstos intenta encubrir y eximirse de toda responsabilidad, defendiendo su inocencia y su ingenuidad cada vez que tiene la oportunidad de referirse al tema.
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