25 CULTURA POLITICA PRESENTE EN EL CESAR
Lo problemático en el contenido de la cultura colombiana naciente es su carácter político, es el objeto de estudio. Mientras que el movimiento, en el sentido tecnológico y de racionalidad organizadora, presenta gran uniformidad en todo el mundo, la dirección del cambio político es menos clara. Pero es posible discernir un aspecto en esta nueva cultura política mundial: será una cultura política de participación.
Indefectiblemente en todas las naciones jóvenes del mundo está ampliamente difundida la creencia de que el individuo corriente es políticamente importante; que debe ser un miembro activo del sistema político. No obstante, grandes grupos de personas, que han permanecido apartadas de la política, solicitan su ingreso en la misma. Y son raros los dirigentes políticos que no se declaran solidarios con esta meta.
Aunque esta próxima cultura política en Colombia aparece dominada por el impulso de la participación, no se sabe cuál será el modo de dicha participación. Las naciones nuevas se enfrentan a dos modelos diferentes de Estado moderno de participación: el democrático y el totalitario. El primero ofrece al hombre medio la oportunidad de participar en el proceso de las decisiones políticas en calidad de ciudadano influyente; el segundo le brinda el papel de súbdito participante.
Ambos modelos tienen sus atractivos para las naciones nacientes, y no puede decirse cuál vencerá; si es que no surge una nueva combinación de los dos. Si el modelo democrático del Estado de participación ha de
desarrollarse en estas naciones, se requerirá algo más que las instituciones formales de una democracia: el sufragio universal, los partidos políticos, la legislatura electiva. Éstas, de hecho, se incluyen también en el modelo totalitario de participación, en un sentido formal ya que no funcional. Una forma democrática del sistema político de participación requiere igualmente una cultura política coordinada con ella.
Ahora bien, la aplicación de la cultura política colombiana enfrenta serias dificultades. Hay dos razones principales. La primera de ellas afecta a la naturaleza misma de la cultura democrática. Las grandes ideas de la democracia -libertad y dignidad del individuo, principio de gobierno con el consentimiento de los gobernados- son conceptos elevados y fecundos.
Atraen a muchos de los líderes de los nuevos Estados y de otras naciones más antiguas en período de renovación.
Pero los principios impulsores de la política democrática y de su cultura cívica -la manera como los dirigentes políticos toman sus decisiones, sus normas y actitudes, así como las normas y actitudes del ciudadano corriente, sus relaciones con el gobierno y con los demás conciudadanos- son componentes culturales más sutiles. Tienen las características más difusas del sistema de creencias o de códigos de relaciones personales que, como nos dicen los antropólogos, se difunden sólo con grandes dificultades, experimentando cambios sustanciales durante el proceso.
Dentro de este marco, Cultura política, según Almond y Verba (1991), es la fe de la Ilustración en el inevitable triunfo de la razón y de la libertad del hombre que ha sido sacudida dos veces en las últimas décadas. El desarrollo del fascismo y el comunismo (…) suscitaron serias dudas acerca de la inevitabilidad de la democracia en Occidente; y aún piensan los autores no estar seguros de que las naciones del continente europeo lleguen a descubrir una forma estable de proceso democrático que se acomode a sus instituciones sociales y a su cultura particular.
Cuando hablamos de la cultura política de una sociedad, nos referimos al sistema político que informa los conocimientos, sentimientos y valoraciones de su población. Las personas son inducidas a dicho sistema, lo mismo que son socializadas hacia papeles y sistemas sociales no políticos.
Los conflictos de culturas políticas tienen mucho en común con otros conflictos culturales, y los procesos políticos de aculturación se entienden mejor si los contemplamos en los términos de las resistencias y tendencias a la fusión y a la incorporación del cambio cultural en general.
De este modo, el concepto de cultura política nos ayuda a evitar la ambigüedad de términos antropológicos tan generales como el de ética cultural, y a evitar igualmente el supuesto de homogeneidad que el concepto implica. Nos da la posibilidad de formular hipótesis acerca de las relaciones entre los diferentes componentes de una cultura y a comprobar empíricamente dichas hipótesis. Con el concepto de socialización política podemos trascender los supuestos, más bien simples, de la escuela psicocultural respecto a las relaciones entre las pautas generales de desarrollo infantil y las actitudes políticas del adulto.
Podemos relacionar actitudes políticas específicas del adulto y tendencias behavioristas del mismo con experiencias socializantes políticas, manifiestas y latentes, de la infancia. La cultura política de una nación consiste en la particular distribución entre sus miembros de las pautas de orientación hacia los objetos políticos. Antes de que podamos llegar a tal distribución, necesitamos disponer de algún medio para comprobar sistemáticamente las orientaciones individuales hacia objetos políticos. En otras palabras, es necesario que definamos y especifiquemos los modos de orientación política y las clases de objetos políticos.
Dentro de este marco, para Almond y Verba (1991), caracterizar la cultura política de una nación significa, en efecto, rellenar una matriz
semejante mediante una muestra válida de su población. La cultura política se constituye por la frecuencia de diferentes especies de orientaciones cognitivas, afectivas y evaluativas hacia el sistema político en general, sus aspectos políticos y administrativos y la propia persona como miembro activo de la política.
1. Tipos de cultura política
Así como la cultura en general, entendida como el conjunto de conocimientos, creencias, valores, normas, tradiciones, mitos, rituales y costumbres de una sociedad o de un grupo social dado, juega un papel determinante en el comportamiento social de los individuos, así mismo la cultura política —entendida como el conjunto de conocimientos, creencias, valores, normas, tradiciones, mitos, rituales y costumbres compartidas por los miembros de una sociedad o grupo social y que tienen como objeto los asuntos políticos— ejerce a su vez una poderosa influencia en el comportamiento político de los individuos, entendido éste como la parte del comportamiento social que tiene como propósito hacer expresas las actitudes del individuo frente a la política.
De la misma forma en que la cultura hace las veces de un filtro entre la realidad social y la percepción del individuo, la cultura política se encuentra en la base de la percepción de los individuos acerca de la realidad política.
La cultura política es, pues, un producto histórico-social que ha evolucionado junto con la sociedad y, consecuentemente, el comportamiento político también. Ahora bien, en una sociedad compleja no existe una cultura política homogénea, sino que se dan en su interior un conjunto de subculturas políticas que dan origen a comportamientos políticos diferenciados, así lo afirman Bobbio et al. (2005).
Esto es particularmente cierto en sociedades democráticas, aunque no exclusivo de ellas, en las que las corrientes políticas e ideológicas existentes en su seno dan pie al desarrollo de distintas subculturas y comportamientos
políticos. A pesar de ello, afirma Peschard, (1996, p.12), “ciertos elementos de cultura política pueden ser compartidos por la mayoría de los miembros de esa sociedad y son capaces de prevalecer en situaciones coyunturales, es decir, nos referimos aquí a pautas de comportamiento arraigadas”.
El conjunto de estos rasgos comunes con alcance general constituye la cultura política hegemónica de esa sociedad. ¿Qué factores intervienen en la conformación de la cultura política de una sociedad? Bobbio et al. (2005) hacen referencia a un estudio publicado en 1963, donde se establece una relación entre cultura política, grado de complejidad social y régimen político.
Así, a las sociedades simples, no diferenciadas, donde las funciones y las instituciones específicamente políticas no existen o coinciden con funciones o estructuras económicas o religiosas, corresponde una cultura política parroquial. El comportamiento político en una sociedad de esta naturaleza se caracteriza por una escasa diferenciación respecto de las actividades económicas y religiosas. Partiendo de las posturas de autores como Almond (1980), se puede hablar de cuatro tipos de cultura a saber:
1.1. Cultura política parroquial
Revela las variaciones de la cultura política, respecto a la forma de gobierno y el sistema político. Precisa el autor que el sistema político es determinante en las relaciones se dominación y sumisión. Crea y reproduce los vínculos con la población, y esto alienta los futuros procesos políticos. De ahí que Almond (1980), puntualiza en los tipos de sociedades que van a examinar; va desde lo tradicional, pasa por las sociedades feudales y finaliza con la modernización en el mundo occidental.
Estas características establecidas por Almond (1980), tienen un papel fundamental en la categorización de la cultura política, si bien no son generales, si intervienen en los fenómenos sociopolíticos de una sociedad.
Sin embargo, estos tipos de cultura política son localizables a nivel empírico.
Estos aportes teóricos, permiten esclarecer algunas diferencias en la investigación, pera su interpretación y articulación con la realidad concreta, donde se desarrolle .
Según Almond (1980), la cultura política parroquial, brota en un contexto social donde no hay signos de instituciones previamente organizadas. La cultura política parroquial es empleada en comunidades pequeñas o medianas, regidas por los usos y costumbres y con una jerarquía social horizontal. Para Almond (1980, p. 64)
En estas sociedades no hay roles políticos especializados: el liderazgo, la jefatura del clan o de la tribus (…) para los miembros de estas sociedades las orientaciones políticas hacia dichos roles no están separadas de sus orientaciones religiosas o sociales. Es decir, una orientación parroquial supone también la ausencia relativa de previsiones de evolución iniciadas por el sistema político. El individuo en este caso no espera nada del sistema político. (p. 64)
De esta manera, la cultura política parroquial en el Cesar impulsa una herencia del pasado, las formas de estatus tienen control sobre la toma de decisiones. Los habitantes del Departamento no tienen ninguna participación en la toma de las decisiones; tomando en cuenta que el imaginario social está conformado por la religión profesada, sin embargo, les gusta que le tomen en cuenta y le brinden más participación en lo político.
1.2. Cultura política de súbdito
Se desenvuelve en un ambiente donde predomina el control total o parcial de las instituciones. En este tipo de sistemas políticos, el súbdito es aquel individuo identificado con un régimen no especializado. Las instituciones varían y el súbdito tiene una noción general de las autoridades pertinentes, pero sus orientaciones cognitivas y afectivas no están
emparentadas con el sistema política. En otras palabras, Almond y Verba (1991), lo defienden del siguiente modo:
El súbdito tiene conciencia de una de la existencia de una autoridad gobernativa especializada: está afectivamente orientado hacia ella (…) Pero la relación con el sistema se da en un nivel general y respecto al elemento administrativo, esencialmente, en una relación pasiva (…) Estamos hablando de nuevo de una orientación puramente subjetiva que se dará de un modo preferente en una sociedad donde no existe una estructura política diferenciada. (p.184)
La cultura política de súbdito, tiene ciertos atributos donde los ciudadanos conocen de un modo superficial el sistema político; las instituciones están construidas, pero no tienen una forma definida, es decir, aún tienen una faceta primeriza para ejercer el poder y atender las demandas de la población.
En este caso específico, al contextualizar en el Cesar Colombia, estamos hablando de nuevo de una orientación puramente subjetiva que se dará de un modo preferente en una sociedad donde no existe estructura política diferenciada. La orientación del súbdito en sistemas políticos que han desarrollado instituciones democráticas será afectiva y normativa antes que cognitiva
1.3. Cultura política de participación
Este tipo de cultura política, en la población está más arraigada en los procesos políticos, se informan al respecto de lo que acontece en la estructura política y las instituciones. La cultura de participación es una faceta avanzada, aquí los rasgos distintivos son: un mayor afecto hacia una postura política, aprobación o desaprobación a la toma de decisiones, conocimiento a profundidad de las instituciones políticas se manifiesta y de da mayor sentido de pertenencia.
La cultura de participación, para Almond y Verba (1991), es aquella en que los miembros de la sociedad tienden a estar explícitamente orientados hacia el sistema como un todo y hacia sus estructuras y procesos políticos y administrativos: en otras palabras, hacia los dos aspectos, input y output, del sistema político.
Dentro de este marco asegura Almond (1980)
“(…) es aquella en que los miembros de la sociedad tienden a estar implícitamente orientados hacia el sistema como un todo y hacia sus estructuras y procesos políticos y administrativos (…) Los diversos individuos de este sistema político de participación pueden estar orientados favorable o desfavorablemente hacia las diversas clases de objetos políticos. Tienden a orientarse hacia un rol activo de su persona en la política (p. 186)
La cultura política de participación es producto de los procesos de modernización. Aunque, no se ha perfeccionado totalmente, su presencia es más activa en contextos donde la población tiene una calidad de vida elevada; cubren de manera oportuna sus necesidades; hay una disposición a hacer pública cualquier decisión tomada por los ciudadanos
Analizar la cultura política, implica conocer entender y comprender ampliamente sus teorías; debido que su interpretación dependerá del contexto al que se haga referencia, ya que, no existe una uniformidad en los diversos sistemas políticos. Culturas políticas heterogéneas, es lo que consideran Almond y Verba (1991) más pertinente al abordar el tema:
La clasificación de las culturas políticas, constituye una contribución elemental al quehacer social, por comprender las estructuras de poder y su relación ambivalente entre las instituciones políticas y la sociedad en conjunto. Las culturas políticas surgen como una respuesta a la familiarización de los ciudadanos, con el sistema político. La forma de gobierno, el Estado y la distribución de poder, conforman las estructuras de
poder; cada una tiene un marco definido de acción. Las culturas políticas retoman elementos capaces de interpretar esa realidad y que los actores sociales relacionan.
1.4. Cultura cívica
Combina aspectos modernos con visiones tradicionales y concibe al ciudadano lo suficientemente activo en política como para poder expresar sus preferencias frente al gobierno, sin que esto lo lleve a rechazar las decisiones tomadas por la élite política, es decir, a obstaculizar el desempeño gubernamental. El ciudadano se siente capaz de influir en el gobierno, pero frecuentemente decide no hacerlo, dando a éste un margen importante de flexibilidad en su gestión. El modelo cívico supone, la existencia de individuos activos e interesados, pero al mismo tiempo responsable y solidario.
Como afirma Eckstein (1958,p.212) para mantener estable a un sistema democrático se requiere de un “Equilibrio de disparidades “, es decir, una combinación de la cultura política puede ser un reflejo del sistema político más que un determinante del mismo, puesto que si bien los elementos culturales son más persistentes que los estructurales, para que se mantengan vigentes requieren de nutrientes que provengan de las estructuras políticas en funcionamiento.
De los cinco países estudiados comparativamente por Almond y Verba (1991). Es decir, Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania Federal, Italia y México, los Estados Unidos en primer término y la Gran Bretaña en segundo, fueron los dos que mostraron un mayor número de rasgos de cultura cívica, que pueden resumirse en los siguientes: 1) una cultura participativa muy desarrollada y extendida; 2) un involucramiento con la política y un sentido de obligación para con la comunidad; 3) una amplia convicción de que se
puede influir sobre las decisiones gubernamentales;4) un buen número de miembros activos en diversos tipos de asociaciones voluntarias; y 5) un alto orgullo por su sistema político.
Como puede verse, la cultura cívica abarca no solamente concepciones e inclinaciones, sino también actitudes que se traducen en conductas con características distintivas como la de formar parte de asociaciones civiles. A pesar de que el modelo de Almond y Verba sigue siendo el esfuerzo teórico más acabado y el marco de referencia obligado, se le han hecho cuatro grandes críticas:
a) la cultura política puede ser un reflejo del sistema político más que un determinante del mismo, puesto que si bien los elementos culturales son más persistentes que los estructurales, para que se mantengan vigentes quieren de nutrientes que provengan de las estructuras políticas en funcionamiento.
b) la cultura cívica fomenta la estabilidad política en general y no sólo la de la democracia en particular. Y es que una población con una cultura moderada y equilibrada es una palanca estabilizadora porque sirve para legitimar al sistema al tiempo que asegura su gobernabilidad. c) el esquema dedica muy poca atención a las subculturas políticas, o sea, a aquellas culturas que se desvían o chocan con la cultura política nacional y que no pueden ser desdeñadas porque en ocasiones han llegado a poner en duda la viabilidad de la noción misma de cultura nacional. d) el esquema no otorga importancia a la cultura política de la élite gobernante.
Aunque es cierto que en las democracias bien implantadas las actitudes y concepciones de la población hacia la política no dependen tanto de la cultura política de las élites como sucede en países donde dominan culturas parroquiales o súbditas, el solo peso social que ésta tiene obliga a no ignorar el tema.
Bocarejo (2013), presenta un artículo científico en Revista Colombiana de Antropología, vol. 47, núm. 2, julio-diciembre, 2011, pp. 97-121 Instituto Colombiano de Antropología e Historia Bogotá, Colombia, titulada “Dos paradojas del multiculturalismo colombiano: la especialización de la diferencia indígena y su aislamiento político. El articulo hacer referencia las ilusiones políticas difundidas en el seno de las democracias liberales contemporáneas para consolidar una Cultura política.
Sustenta el autor que los avances en el mundo no está organizado distribuyendo el territorio por culturas o etnias, que existe una discordancia clara entre etnias y estados, entre un 90% y un 40% de la población pertenecen al mismo grupo étnico.
Piensa el autor que la tendencia son los estados multiculturales, lo cual presenta problema cuando se prioriza una identidad de los muchos que todos solemos tener y entonces puede que decide a la reivindicación y tampoco hay que caer en el etnocentrismo, que es pensar que tu propia cultura es la mejor. Cree el Autor que hoy en día el multiculturalismo es la condición normal de toda cultura, debido a la globalización, por lo que la cultura es el conjunto de maneras de obrar, pensar y sentir propias de un grupo humano.
Entonces el multiculturalismo es la forma de vida de cada uno de los pueblos, una forma de vida que implica, costumbres, tradiciones, lenguas, el multiculturalismo tiene una estrecha relación con los términos de cultura y diversidad cultural. La multiculturalidad se deduce como la coexistencia de diversas culturas en un determinado territorio, en donde está presente el reconocimiento del otro como distinto, lo que no significa necesariamente que hay relaciones igualitarias entre sus miembros.
Se entiende que, el multiculturalismo indica a un contexto sociológico característico de los estados contemporáneos, lo cual se evidencia en su
composición diversa de sus habitantes en términos étnicos lingüísticos, religiosos, históricos y económicos.
Al respecto, Rodríguez (2011), sustenta que que el estudio completa ocho años de análisis ininterrumpido de las actitudes, experiencias, valores y creencias de los ciudadanos colombianos, en relación con sus instituciones políticas y hace parte de la encuesta más grande de valores democráticos llevada a cabo en las Américas.
Además indica el informe, Cultura política de la democracia en Colombia, se llevó a cabo antes de las elecciones de Álvaro Uribe Vélez; de ahí su importancia. El informe gira alrededor de la pregunta acerca de los cambios que pudieron haber ocurrido como consecuencia de esta sucesión concretamente, querían averiguar cómo incide el tipo de gobierno de un país sobre las actitudes y valores de sus ciudadanos. ¿Son estas actitudes y valores rasgos estructurales de una sociedad?
¿O, más bien, estas actitudes y valores en relación con las instituciones y principios democráticos varían con el estilo del gobernante de turno? La coyuntura de la sucesión así como la disponibilidad de una serie de tiempo relativamente larga constituyen una oportunidad ideal para intentar dar respuesta a esos interrogantes.
El estudio plantea el contexto económico de Colombia, en los últimos meses donde indica que el país no ha sufrido variaciones importantes, aunque destacar que, a pesar de que la inversión, especialmente aquella que viene de fuera, ha aumentado, la tasa de desempleo del país se mantiene alta, por encima de aquélla de otras economías de la región.
Indica el informe que la crisis económica mundial de 2008, registró tasas de crecimiento inferiores al promedio de la región. Que la pobreza y la desigualdad no han tenido mejoras sustanciales, de hecho, precisa que
Colombia, se ubica como el tercer país más inequitativo, detrás de Haití y Angola, y el primero entre aquellos países con desarrollo humano alto o muy alto. También advierte el estudio, sobre las percepciones ciudadanas acerca del desempeño de la economía, Un 16% de los ciudadanos creen que la economía va bien o muy bien, frente a apenas un 12% en 2010. Esa percepción favorable principalmente Bogotá y, en general, en los cascos urbanos; las áreas rurales se muestran más insatisfechas con el desempeño económico del país.
Precisa el informe que a nivel individual, las personas más educadas son aquéllas que califican mejor la situación económica. Igualmente, hay un aumento en la proporción de personas que piensan que la economía del país mejorará en los próximos doce meses, de 31% en 2010 a 37% en 2011.
De la misma manera, aunque en menor medida, se presenta un crecimiento en el porcentaje de personas que dicen que sus finanzas personales van bien o muy bien, de 30% en 2010 a 35% en 2011, especialmente en áreas urbanas, en niveles educativos más altos y, naturalmente, entre quienes se ubican en los quintiles de riqueza superiores.
No hay variaciones desde el año anterior entre quienes creen que su situación económica personal va a mejorar, aunque en 2011 se ve que quienes habitan en la región Pacífica y, en menor medida, en Bogotá, tienden a ser más optimistas que el resto de los encuestados.
En el informe hace una descripción del contexto político, en el que enfatiza los contrastes que se han evidenciado entre las políticas y el estilo de gobierno del presidente entrante Santos, con relación al anterior mandatario Uribe, indica que Santos, hace un llamado a los antiguos opositores de Uribe, a dejar los rencores que generó algunos resquemores entre los antiguos aliados del Uribismo y manifestaciones hostiles del propio expresidente en contra del gobierno.
El informe comenta que en materia de relaciones internacionales, no sólo el gobierno Santos, ha hecho del acercamiento con países y organizaciones multilaterales en la región, una de las prioridades de Colombia, sino que en muy poco tiempo se logró normalizar las relaciones con los gobiernos de Correa, en Ecuador, y principalmente en Venezuela, en marcado contraste con la presidencia anterior durante la cual el ambiente con estos países, estuvo casi permanentemente enrarecido por declaraciones públicas agresivas de lado y lado.
El estudio aborda el tema de las actitudes democráticas y antidemocráticas en la sucesión entre la presidencia Uribe, y el gobierno entrante de Santos, Además los indicadores del estudio apuntan tres valores y actitudes centrales de la cultura política: el apoyo a la democracia como forma de gobierno, la satisfacción con el desempeño de la democracia y el respaldo al sistema político.
La primera constatación es que estos valores y actitudes no sufren variaciones importantes en el tiempo, en particular en la sucesión entre (2010 y 2011), Indican el informe que se construye como resultado en el nivel de confianza que un ciudadano deposita en el gobierno y que este mismo ciudadano expresa por el presidente como figura concreta e individual.
La investigación muestren que hay ciudadanos que mantienen una alta confianza en el presidente en relación con la medida en que confía en el gobierno se consideran personas que rinden un culto mayor a la personalidad del gobernante. En cierta forma, este indicador es una medida del carisma personal del líder desde el punto de vista de cómo lo percibe el ciudadano.
La evidencia obtenida en el caso colombiano sugiere que las actitudes contrarias a los principios democráticos que habían caracterizado a los colombianos en estudios anteriores son menos estructurales de lo que se
podría pensar, lo cual representa una buena noticia. La otra cara de la moneda es que la misma evidencia sugiere que estas actitudes son maleables por las circunstancias y por el estilo de los gobernantes, lo cual no necesariamente es muy alentador.
El estudio establece el (apoyo al sistema y tolerancia política) y la confianza en las instituciones centrales del sistema político y de la sociedad en Colombia. En este análisis se encuentra que el porcentaje de personas que muestran altos niveles de apoyo al sistema y alta tolerancia por el ejercicio de los derechos de los demás (la categoría denominada
‘democracia estable’) se ha reducido de un 36% en 2010 a un 31% en 2011.
Esta proporción de colombianos ha caído en la categoría de
‘democracia en riesgo’, es decir en el grupo de individuos que muestran baja tolerancia y bajo respaldo al sistema político, que ha aumentado de 15% a 19%. Esto puede ser un síntoma preocupante, aunque es necesario corroborar este hallazgo anterior, en 2011, la institución menos prestigiosa es la Iglesia Protestante, cuyo puntaje es la mitad aquél de la Iglesia Católica, la institución con mayor confianza por parte de los colombianos.
Quizás lo más sorprendente es encontrar que, después de ésta, la institución más prestigiosa resultó ser la Registraduría Nacional del Estado Civil, que goza de una confianza ligeramente mayor incluso que el Presidente de la República. En un año electoral, este resultado es sin duda una buena señal. No obstante, también encontró que, entre 2010 y 2011, las alcaldías (que pasó de 52 a 45 puntos en la escala de confianza de 0 a 100) y los concejos municipales (que pasaron de 50 a 44 en la misma escala) fueron las instituciones que sufrieron mayores pérdidas en la confianza que el ciudadano promedio deposita en ellas.
Este hallazgo no es muy halagüeño precisamente en un año en que se realizarían elecciones para autoridades locales y regionales. Por su parte,
aunque en menor medida, el Congreso fue la institución que mostró un mayor aumento en su nivel de confianza ciudadana. En consonancia con lo descrito en el contexto político del país, el área del desempeño del gobierno actual que resulta mejor evaluada por los colombianos es, de lejos, el manejo de las relaciones con los vecinos. El cambio en la evaluación entre 2010 y 2011 es notable, al pasar de 54 a 69 puntos en la escala de calificación de 0 a 100.
Como en años anteriores, la política social del gobierno, concretamente el combate contra el desempleo y la pobreza, recibe la nota más baja en la evaluación ciudadana. Dicha política ha sido la más deficitaria durante prácticamente todos los años en que se ha hecho el estudio del Barómetro de las Américas, sin cambios después de la transición de gobierno.
La sucesión, sin embargo, sí representó en la percepción de los ciudadanos un deterioro del manejo tanto del conflicto armado como de la seguridad ciudadana, políticas bandera de las administraciones de Álvaro Uribe. En suma, la evaluación general de los colombianos al desempeño del gobierno, aunque sigue relativamente alta, descendió entre 2010 y 2011 al pasar de 68 a 64 puntos en la escala de 0 a 100.
Dicho análisis muestra, como es de esperarse, que la ideología sea consistentemente un indicador significativo de la aprobación al presidente.
Dada la corriente que representan tanto Uribe como Santos, quienes se ubican más a la derecha tienden a estar más satisfechos con el desempeño del gobierno. Sin embargo, este efecto se reduce considerablemente en 2011, en otras palabras, durante la administración de Uribe la orientación ideológica de derecha era un predictor más fuerte de la aprobación al presidente que en el primer año del gobierno Santos.
De igual manera, la afinidad con el Partido de la U es un factor que consistentemente influye de forma significativa sobre la aprobación al presidente, aunque este efecto es mayor en los años 2009 y 2010, y menor
en 2008 y 2011. Finalmente, y en concordancia con las teorías del voto económico, la evaluación socio trópica de la economía es un predictor significativo de la aprobación presidencial para todos los años estudiados.
Los análisis sobre estudios de la cultura política democrática se enfoca en describir y explicar la experiencia de los encuestados en relación con cinco formas de participación: (i) la participación en espacios de discusión locales (sesiones municipales, cabildos abiertos; (ii) la petición de ayuda a las autoridades locales; (iii) la participación en manifestaciones o protestas;
(iv) la participación activa en campañas electorales; y (v) la participación electoral, es decir, el ejercicio del voto. El análisis busca dilucidar el impacto de una serie de factores en cada una de estas formas de participación política.
Los estudios sobre cultura política hacen un análisis del comportamiento electoral de los colombianos. El 78% de los colombianos decía en abril que votaría en las elecciones locales de octubre de 2011, una intención que claramente no se cristalizó en el momento de la elección.
Apenas la tercera parte de quienes dijeron que votarían sabía en ese momento por quién lo iba a hacer. Entre éstos, las intenciones de voto mostraban una preferencia por candidatos del Partido Liberal (30%) seguido por el Partido de la U (25%) y el Partido Conservador (19%).
Para terminar, la percepción de amenaza al proceso electoral mostró un ligero descenso con respecto a 2007, cuando se realizaron las elecciones locales anteriores. Como en años anteriores, menos del 4% de los encuestados dijeron haber recibido o haber sido testigos de presiones o amenazas para votar por algún candidato o partido, y un porcentaje aún menor dijo haber sido presionado para no votar. En esencia, la investigación citada, plantea situaciones complejas del tema fenómeno a investigar. Es por ello, que se tiene en cuenta su relevancia del tema de la cultura política
En el departamento del cesar, los estudios empíricamente realizados, carecen de pocos análisis que den respuesta a los conocimientos, creencias y prácticas frente a la cultura política de los ciudadanos (as) que deben estar inmersos en los ambientes de una cultura democrática. En este sentido, a partir de la revisión bibliográfica, acerca de la participación política por parte delos ciudadanos (as), podemos hablar de dos tipos de participación política, la convencional y la no convencional.
La primera se enmarca dentro de la afiliación a partidos, la participación en la contienda electoral y en la toma de decisiones, en cuyas investigaciones buscan analizar los comportamientos, las motivaciones, las creencias, entre otras características que determinan la cultura política de la democracia. La segunda, se centra en analizar cómo los ciudadanos (as), desde sus subjetividades construyen nuevos escenarios para la participación ciudadana, social y política. De este modo, es importante rescatar que entre el 2014 y el 2016 se han realizados pocas investigaciones en el departamento del Cesar, encontrándose que son pocas las que hacen referencia explícita a la cultura política de los ciudadanos y (as)
En atención a que el conocimiento no tiene límites y las exigencias del mundo globalizado es cada vez más exigente es un deber de los investigadores atender el llamado de las culturas políticas globalizadas. Por tal razón se hace necesario tocar escenarios internacionales en la cual se citan investigaciones con fechas antiguas, pero que están en concordancia con la presente investigación, debido a carácter importante en el contexto nacional.
A partir de la revisión bibliográfica, acerca de la cultura política democrática en departamento del Cesar Colombia para el período 2014- 2016, podemos hablar de dos tipos de participación política, la convencional y la no convencional. La primera se enmarca dentro de la afiliación a
partidos, la participación en la contienda electoral y en la toma de decisiones, en cuyas investigaciones buscan analizar los comportamientos, las motivaciones, las creencias, entre otras características que determinan la cultura política de los ciudadanos y (as).
Uno de los principales retos que se platean la sociedad colombiana para del siglo XXI, con respecto a la cultura política democrática, es la formación de ciudadanos responsables capaces de participar activamente en la vida democrática El Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018 “Todos por un nuevo país”,, tiene como objetivo construir una Colombia en paz, equitativa y educada, en armonía con los propósitos del Gobierno Nacional, con los estándares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y con la visión de planificación de largo plazo prevista por la Agenda de Desarrollo post 2015.
El plan fue elaborado por el Gobierno Nacional con la participación del Consejo Superior de la Judicatura y del Consejo Nacional de Planeación, con las modificaciones realizadas en el trámite legislativo, El Plan Nacional de Desarrollo se basa en los siguientes tres pilares:
1. Paz. El Plan refleja la voluntad política del Gobierno para construir una paz sostenible bajo un enfoque de goce efectivo de derechos. 2.
Equidad. El Plan contempla una visión de desarrollo humano integral en una sociedad con oportunidades para todos. 3. El Plan asume la educación como el más poderoso instrumento de igualdad social y crecimiento económico en el largo plazo, con una visión orientada a cerrar brechas en acceso y calidad al sistema educativo, entre individuos, grupos poblacionales y entre regiones, acercando al país a altos estándares internacionales y logrando la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.
Estrategias transversales y regionales. Para la consolidación de los tres pilares descritos en el artículo anterior y la transformación hacia un nuevo
país, en el Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018, se incorporarán las estrategias regionales, para establecer las prioridades para la gestión territorial y promover su desarrollo.
2. Cultura Política en el Departamento del Cesar
En el Cesar, algunos caciques asumieron que recurrir a varias estrategias, al estilo de la cultura política de democracia Nacional, para corresponder a varios partidos familiares, de tal manera que nadie se quedara por fuera de la repartición de la torta del poder político y económico del departamento. La primera jugada fue convencer a una de la familia Gnecco (del actual Gobernador) para que cediera el poder a alguien que no fuera de su misma corriente. Al día siguiente, uno de los candidatos. Franco Ovalle, (miembro derecho del Vicepresidente Germán Vargas Lleras), dejó de ser el candidato a la alcaldía de Valledupar por Cambio Radical y pasó a ser el candidato a la Gobernación del Cesar, por el partido de la U. Nadie se explica cómo se logran estas decisiones?
La misma alianza política, toco para la alcaldía de Valledupar.
Candidato Tuto Uhía, un líder nato que ha hecho su carrera política a pulso, terminó cambiando el aval del pueblo por un aval bipartidista que se compartieron Cambio Radical y los conservador. Grave error. Ahora le dicen,
“El tres, en uno”.
En ambos casos, se puede estar cometiendo el desliz de la doble militancia política. La ley prohíbe que una persona vinculada con un partido o movimiento político, acepte ser nominado a nombre de otro sector político.
Estas prácticas se castigan con la destitución del cargo o la perdida de investidura. El mayor riesgo lo están corriendo con el propio electorado. En Valledupar, la gente no vota por convicción y cuando un candidato se presta para este tipo de rol dentro de las políticas, por lo general termina derrotado.
En el otro lado de la competencia, están dos candidatos de mucha trayectoria política y con una mayor experiencia en la gestión pública. Arturo Calderón, candidato del Partido Liberal a la gobernación del Cesar, arranca su campaña con un taxímetro de 112.000 votos que obtuvo en las elecciones pasadas. Calderón es un abogado con una trayectoria profesional exitosa y con buen carisma y aceptación.
Por su parte, Sergio Araujo Castro, -gran líder de reconocimiento nacional-, es la carta que se juega el Centro Democrático en una ciudad donde el ex presidente Álvaro Uribe, tiene todo el respaldo y admiración de la mayoría de sus habitantes. Sergio Araujo, es inteligente, visionario y con muy buenas relaciones en el poder central. Independientemente de la resistencia que tiene en algunos círculos políticos y sociales de la ciudad y en el país, es un contrincante de grandes ligas para la alcaldía de Valledupar.
No será una contienda electoral fácil. Los cuatro aspirantes de los dos bandos, son profesionales con visión empresarial y sin tacha alguna. Falta conocer sus programas de Gobierno, donde seguramente encontraremos un abanico de propuestas que permitirán encontrar soluciones al caos de movilidad e inseguridad que vive Valledupar.
En los 24 municipios restantes del departamento, los cesarenses están exigiendo la elección de gobernantes que impulse el desarrollo social que promueva una cultura política en la democracia que brinde mejores alternativas de crecimiento y desarrollo al Departamento del Cesar.
Podemos señalar en cuanto a este proceso que el Estado colombiano se ha comprometido en el fortalecimiento de la democracia en Colombia, como una de las grandes estrategias orientadas a lograr la paz y la construcción de una sociedad de ciudadanos libres y responsables. Para alcanzar este propósito, es necesario contar con investigaciones que apunten a realizar seguimiento y evaluación al
cumplimiento de estas metas, direccionadas a trabajar la cultura política democrática reinante en el país.
En ese sentido, el DANE, acorde con las políticas públicas, y consiente de la necesidad de dotar al país de un sistema de información capaz de generar conocimiento esencial sobre la realidad política y sus tendencias, ha planteado proyectos orientados en la producción de información estadística relacionado con temas políticos y culturales.
No hay que descartar, basados en los supuestos establecidos por la perspectiva marxista, la posibilidad de que la escasa participación de amplios sectores de la sociedad en los asuntos políticos sea un producto deseado, planeado y alentado conscientemente por las minorías dominantes en la sociedad, toda vez que como afirman Bobbio, Matteucci y Pasquino, (2005, p. 77), “en un sistema político caracterizado por una difundida apatía, los márgenes de maniobra de las élites son muy superiores”.
Finalmente, podemos decir que existe un desfase entre la existencia de una normatividad que corresponde a un sistema democrático y la escasa cultura democrática de los ciudadanos en Colombia, por lo cual constituye un factor de riesgo de gran importancia para el proceso de democratización del país, pues hace lento su desarrollo y provoca la insatisfacción con el sistema democrático. Además este riesgo por la insatisfacción con la democracia pudiese alentar nuevas aventuras autoritarias que retrasasen el proceso de democratización o, en su caso, diesen pie a un proceso de involución, de regreso al autoritarismo.